martes, 10 de mayo de 2022

Rompiendo el Silencio

 Por Armando Franco Senén está con Mercedes Muñoz y 7 personas más

“Es que yo estoy segura que, como yo, muchos esperaron una letra al menos. Y yo no puedo admirar a quien haya decidido el silencio”, me escribió hace un par de noches una usuaria de AM.

En realidad, no le falta razón. Ni a ella ni a otros que a través de las redes o llamadas telefónicas nos reclamaron una explicación sobre lo sucedido con nuestro equipo en la revista Alma Mater. Ya habló un funcionario del PCC, la UPEC y la 1ra Secretaria de la UJC, pero nosotros no.
En cierto modo, el silencio nos/me hace cómplice de lo sucedido y sus posibles interpretaciones. Para algunos, mi mutismo ha sido una confirmación de que fue una decisión justa, de que algo hice o andaba mal, de que las organizaciones políticas no se equivocan y que, si así fueron las cosas, es porque así tenían que ser.
En este texto no dejo mi opinión. Esa la he reservado para espacios más fecundos, aunque hasta ahora no haya sido suficiente. Tras dos semanas de análisis, esperas y frustraciones, comparto algunos detalles desde mi perspectiva para saldar una deuda: conmigo mismo y con los lectores de AM.
¿Cuáles fueron las razones de mi salida de AM?
El martes 26 de abril me citaron a la oficina del director de la Editora Abril a las 7 y media de la mañana. Tres horas después tendría lugar un Consejo de Dirección Extraordinario cuyo objetivo desconocíamos sus miembros.
Allí Nislay Molina (Ideológica del Comité Nacional de la UJC) y Asael Alonso Tirado (director de la Editora Abril) me informaron que, por decisión de la Comisión de Cuadros de la UJC, había sido liberado.
Sin mayores detalles ni tiempo para el intercambio, la funcionaria del Comité Nacional expuso cómo sería el proceso de entrega a través del cual abandonaría la Editora en horas y esperaría en mi casa por una ubicación laboral.
Ante mi petición de explicaciones, ambos expusieron que “la decisión, aprobada el 20 de abril, era producto de continuos errores en el trabajo editorial de la revista”. Sobre la mesa estuvo todo el tiempo un documento que ambos consultaron indistintamente para listar esos “errores”.
Por razones éticas no incluyo los detalles de los trabajos señalados; en mi opinión, salvo un par de señalamientos válidos que en su momento fueron corregidos, el resto de los textos son probablemente los mejores resultados periodísticos de AM durante mi dirección.
En aquel encuentro intenté explicarles el sinsentido de lo que exponían. La funcionaria de la UJC me interrumpió y entre otros criterios más bien groseros, que omito ahora por educación, dijo: “A tí debimos botarte hace mucho tiempo, no hay nada más que hablar, te estamos haciendo el favor de liberarte. Puedes hacer lo que quieras, es una decisión nuestra”.
El director de la Editora se limitó a ratificar lo que decía la Miembro del Buró y a dejar claro todas las veces que me había “alertado sobre mis fallas”, con notable intención de librar responsabilidades.

Ese mismo día, a las 11 de la mañana, la funcionaria de la UJC informó la decisión tomada al Consejo de Dirección y desestimó los argumentos de algunos de los presentes en contra de la medida porque, una vez más, “se trata de una decisión tomada, solo vinimos a informar”.
¿Por qué la mayor parte del equipo pidió la baja de la revista?
El mismo martes 26, en horas de la tarde, me reuní con el equipo para informar lo sucedido. Después de ese encuentro, a raíz de una decisión colectiva, publicamos la nota (https://bit.ly/NotaAM1 ) con la medida tomada en donde utilizamos las mismas palabras con las que me lo habían dicho.
El comunicado fue solo un recurso para notificar lo ocurrido y la consecuente interrupción del trabajo de la revista pues, hasta ese momento, nadie había mencionado cómo continuaría funcionando y quién sería responsable.
El cronograma de entrega presentado por la funcionaria de la UJC incluía una reunión para informar al equipo de la revista el miércoles 27 a las 9 de la mañana y ahí estuvieron todos los de AM. Sin embargo, según palabras del director de la Editora a los dos subdirectores de la revista, “el Buró Nacional decidió que este encuentro no ocurriría, pues ya todo estaba dicho”.
La negativa a conversar con el equipo, la inconformidad con la “liberación” y la falta de explicaciones para esta, provocaron que algunos miembros de la revista solicitaran su baja. No existieron presiones ni condicionamientos. En cada caso, fue una decisión personal. Un periodista y la secretaria de la redacción decidieron mantenerse. El resto, todos jóvenes, buscan hoy otros destinos laborales.
¿Fue un proceso natural de renovación?
Aunque durante estas dos semanas se ha mencionado una y otra vez que la medida es producto de un proceso natural de renovación, cuesta creer que sea esa la razón.
La dirección de la UJC estaba al tanto de mis planes de dejar AM después del centenario de la revista el próximo noviembre, cuando cumpliría tres años como director. Para ello, ya habíamos iniciado una serie de transformaciones en las dinámicas de funcionamiento y la conformación del equipo que garantizarían continuidad llegado ese momento. Solo faltaban cinco meses.
No parece renovación natural un proceso que no incluyó ni ubicación laboral para mí ni un director para AM, que no garantizó el trabajo de la revista tras la liberación. Resulta incoherente realizar cambios en AM por razones “naturales”, mientras la editora vive una crisis de directivos y periodistas.
¿Qué sucedió con los canales de AM?
Aunque los canales y la dinámica editorial de AM no fueron prioridades durante el proceso de “liberación”, entregamos al subdirector de la Editora Abril, Yunyer Feliciano, todos los espacios donde se publicaban contenidos.
Se incluyen ahí una página en Medium, 25 grupos de WhatsApp y perfiles en Facebook, Telegram, Twitter, Instagram, Ivoox y Youtube.

Tras la nota de mi liberación, lo publicado y sobre todo, lo no publicado ante las emergencias informativas de los últimos días, no son responsabilidad del anterior equipo.
¿Qué dijo la FEU?
Según las explicaciones de Nislay Molina, “la presidenta de la FEU de Cuba, Karla Santana, participó en la Comisión de Cuadros y aportó elementos en contra de tu gestión. También te estamos liberando por la desatención de AM a la FEU”.
Ese es un argumento fácilmente desmontable. Quienes leyeron con frecuencia AM durante el último par de años fueron testigos de que para nosotros la cobertura a la vida de la FEU, las universidades y los universitarios cubanos fue prioridad. Por supuesto, desde la visión de nuestro equipo. Los múltiples contenidos publicados están ahí para demostrarlo.
Durante sus meses como Presidenta Nacional de la FEU, Karla Santana jamás nos comunicó alguna insatisfacción sobre el trabajo de la revista. Hasta el momento, la FEU no se pronunció sobre lo sucedido con AM.
Recibimos muestras de sorpresa y decepción de casi todos los miembros del Secretariado Nacional de la FEU, de muchos presidentes de Universidades y de estudiantes de varias facultades a lo largo del país. Valdría la pena preguntarse, ¿a los intereses de qué FEU no respondió AM?
¿Qué dijo la UJC?
El 28 de abril la Primera Secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba - UJC, Aylin Álvarez, realizó una publicación en su perfil de facebook (https://bit.ly/post1UJC ) porque “en las últimas horas muchos han puesto su atención en el caso del joven periodista Armando Franco, lo que involucra a nuestra organización. Por ello, me parece necesario hacer las siguientes aclaraciones”
De los argumentos expuestos en dicho post, lo único exacto es lo referido a que los cargos directivos de los medios de la Editora Abril son competencia del Comité Nacional de la UJC y de su Comisión de Cuadros. El resto de las aclaraciones no son ciertas ni coincidentes con lo sucedido en mi caso.
Ese mismo día, en presencia de Rogelio Polanco, Jefe del Departamento Ideológico del CC-PCC, le expliqué a la Primera Secretaria cómo se desarrolló el proceso de “liberación” y lo expuesto por sus subordinados Nislay Molina y Asael Alonso.

Aylin Álvarez mostró sorpresa y los responsabilizó, de ser cierto lo dicho por mí, porque según ratificó, “se trataba de un proceso de renovación natural”. Además, mostró satisfacción por los resultados obtenidos por la revista y desconocimiento sobre los supuestos errores que me habían adjudicado.
Horas más tarde realizó una segunda publicación (https://bit.ly/post2UJC ) en donde dijo: “Recepcioné cada elemento señalado por él, con la encomienda de seguir profundizando en estas circunstancias y depurar responsabilidades. Coincidimos en lo inadecuado de algunas acciones hacia él y el colectivo de Alma Mater, que propiciaron la percepción de que había sido sancionado o expulsado de la revista, las que constituye un error de procedimiento a analizar”.
Además, menciona: “Su liberación, valorada en la Comisión de cuadros de nuestra organización, no tenía más propósitos que el de aprovechar su experiencia y conocimientos en otros proyectos de comunicación, que ya se le habían anunciado, avalado por sus resultados evidentes en Alma Mater”.
Es cierto que a mediados de abril la UJC me propuso dejar AM para incorporarme a un nuevo proyecto de comunicación pero, como sabía la Primera Secretaria, respondí que mi intención era mantenerme en la revista hasta noviembre.
De igual modo, se comprometió a reunirse con el equipo de la revista, algo que sucedió el martes 2 de mayo.
Para este encuentro solicitamos la presencia de Karla Santana, Nislay Molina y Asael Alonso, de modo que con todos los involucrados dilucidáramos lo acontecido y estableciéramos responsabilidades. A pesar de comprometerse con ello, la Primera Secretaria decidió a última hora que los mencionados no debían participar.
Durante la charla, Aylin Álvarez reconoció errores cometidos debido a que “afloraron cuestiones personales” y se comprometió a tomar medidas al respecto. Hasta el momento, no nos han notificado ningún resultado en este sentido.
¿Qué dijo el PCC?
Durante estos 15 días, sostuve un encuentro con el Funcionario Enrique Villuendas y tres con Rogelio Polanco, Jefe del Departamento Ideológico del CC-PCC. Este último me explicó que, aunque la decisión fue liberarme, se trataba de una promoción; no respondía a problemas con AM.
Durante los encuentros conversamos más acerca de lo inadecuado del cómo que sobre las razones del qué. En cada reunión manifesté que la decisión de liberarme en este momento me parecía desafortunada, sobre todo para la revista. De igual forma expuse mi deseo de que toda la situación fuera aclarada y se tomaran las medidas pertinentes con los presuntos responsables.
Durante el último intercambio, el pasado viernes, Rogelio Polanco me ofreció una ubicación laboral que gentilmente rechacé, a pesar de tratarse de una opción que mucho tiene que ver con mis intenciones profesionales.
¿Cuál es el contexto?
Omito en este texto menciones a otras cuestiones que gravitaron sobre AM y cada uno de sus miembros durante los últimos meses; aunque quizás incidieron en esta lamentable situación.
La gente de AM, a la que agradezco cada muestra de gratitud recibida antes y durante los días recientes, conoce muy bien el fuego desde todos los flancos al que estuvimos expuestos.

AM no fue mejor ni peor durante estos casi tres años. No pretendió serlo. Intentamos hacer periodismo y respetamos el criterio que tenga cada lector de nuestro trabajo. Nos gustaría que las próximas etapas de AM sean mucho mejores que la lograda por nuestro equipo.
Probablemente por ello nos duele tanto el estado actual de la revista. Intentamos entender cómo y por qué llegamos a este punto; cuáles son los siguientes pasos para cada uno de nosotros. De hecho, parte de nuestro equipo colaboró voluntariamente en la cobertura de algunos medios al fatídico suceso del Hotel Saratoga.
En los próximos días, semanas, meses, cada uno escogerá su camino dentro o fuera del periodismo cubano. Yo solo aspiro a volver a creer, a encontrar razones para seguir intentando.
(La foto, del día del encuentro del equipo de AM con Aylin Álvarez)


Puede ser una imagen de 11 personas, personas de pie, al aire libre y texto que dice "SUELVE"

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sábado, 12 de febrero de 2022

El Mayor, errores históricos


Cada quien tiene a su héroe, a su Agramonte, a su Maceo, a su Céspedes, por eso es tan difícil encarnarlos. Toda obra humana es perfectible y en el caso del cine es inevitable el caballete de la crítica. La obra del desaparecido Rigoberto López se sitúa como la más cara de todas, aunque El Mayor en comparación con Inocencia (realizada con menos recursos), no logró emocionar y crear la empatía necesaria. Desde antes ya sabía de cosas incómodas que vería en la cinta.

Me gustaron las interpretaciones de Daniel Romero y Claudia Tomás; su varilla estaba muy alta y más allá de insuperables expectativas considero que lo hicieron bien. Vale destacar la fotografía, las locaciones, logradas escenas de combates (muy bien Mina de Juan Rodríguez), pero cojea mucho el guion, tal vez lastrado por un velo teatral y muy posado en diálogos y escenas. Hay más para un docudrama que para un filme que con tantos recursos mereció mayor perfección en demasiados detalles salvables.



Lo primero es que contrario a todo criterio de historiadores y especialistas a trancas y a barrancas, la obcecación llevó a usar sin basamento el pañuelo ensangrentado de Joaquín de Agüero en manos del niño Agramonte. En realidad, esa fue una leyenda tejida sobre la base y los deseos de los camagüeyanos de que El Mayor fuera el heredero y sucesor del adalid independentista (acusado también de anexionista) fusilado en 1851. Es el adelanto de muchas pifias.

¡Ah! Positivo y correcto el cuello de El Mayor, su grado en la guerra Grande era con dos estrellas, no tres como en la del 95 (error común en ilustraciones y estatuas). Pasemos a los gazapos.
1- Al tercer minuto del filme aparecen mujeres cortándose el cabello, y sí, toda que se considerara cubana lo hizo (por eso las españolas las apodaron “pelonas”) en protesta por la muerte de Agüero, pero veamos, si las que se cortaron el pelo eran criollas pro independentistas, ¿qué hacían en el fusilamiento? ¿Acaso cada presente en el macabro acto no asistió para apoyar tal sentencia? Si eran criollas pelonas no tenían nada que hacer allí ¡Es incongruente! ¿Por qué el negro de la viudez y el luto antes de tiempo? Ese agosto de 1851 las familias se retiraron al campo en rechazo a la sentencia, por tanto, es imposible un niño llegara a la Sabana de Méndez y mucho menos lograra hacerse de una tela ensangrentada. Es el primer gran traspié, garrafal, pues demasiado público lo creerá a pies juntillas. ¿Que es una licencia dramatúrgica? Por favor, sin renunciar al elemento, se podía apelar a lo onírico.

2- Minuto 9. El duelo con el oficial español ocurrió (de hecho, hubo otros), si bien la afrenta a Aurelia Castillo fue mayor: le quitaron la silla. Permitida la adaptación, aunque ¿por qué no contar la historia al 100%?

3- Minuto 15. Logia Tínima 16. Pudo vérsele el mandil a Salvador Cisneros (interpretado por Ulik Anello), pero no al resto, amén de aparecer fumando. A pesar de celebrarse una sesión clandestina el posicionamiento de los masones es incorrecto, no se ajusta a cánones de la fraternidad. ¿Sería para proteger los secretos de la liturgia? De igual modo pudieron colocarse de mejor manera los asistentes según jerarquías y perfeccionar el ambiente. Por cierto, sin reclamos para Anello, pero el tratamiento a Cisneros lo hace pedante, soberbio, antipático, como resultado del fin de sus diálogos anticespedistas (solo se explotó esta faceta).

4- Minuto 22. En el alzamiento de Las Clavellinas los convocados cerca del Saramaguacán no procedían de capas humildes: 72 de 76 eran de la logia Tínima 16, apellidos de abolengo y en el filme hay en ese momento mambises negros y de sencillas ropas.

5- Minuto 29. Un jinete español, de la creciente de Valmaseda, tiene la escarapela incorrecta (con centro verde, de cazador), mientras el cuello y bocamanga es de artillería.

6- Minuto 34 ¡Agramonte no recibió a la expedición Galvanic de Manuel de Quesada! Se pueden tener licencias artísticas, pero semejante error NO hacía falta en la trama.

7- Minuto 35. Bien por la escena de los chinos, pero en realidad Agramonte fue más enérgico, convincente y retórico con su oficial. Aceptada la adaptación.

8- Siguió muy séptica y homogénea la composición de la indumentaria mambisa. En lugar del fatal blanco, el sepia aligeró, pero pudo ser más variopinta y desarrapada la facha, para acercarnos más a la realidad, pues no hay patriotas semidesnudos, con trajes o uniformes ocupados… parece un contingente de la EJT.

9- Minuto 37. Se explota bastante la dicotomía y contradicciones Céspedes-Agramonte. La mayoría de los textos de sus polémicas fueron parte más de epístolas que de conversaciones presenciales. La entrevista a orillas del Cauto es invención (minuto 47), igual que el duelo (1:14) fue por carta, y la cabalgata bajo la lluvia (1:27) es un giro artístico, comprensible en la necesidad de resumir y dotar de dramaturgia al filme.

10- Minuto 49. La intervención de Ana Betancourt no ocurrió de esa manera, en público, sino que mediante carta entregada a Agramonte se leyó en la Asamblea de Guáimaro. De hecho, hay otra escena de la Asamblea donde aparecen mujeres de pueblo en la sala (minuto 53), y se repite Ana (minutos 54 y 55) hasta dando candela.

11- Min 59. Los grados de Bembeta son un dilema ¿Por qué en las hombreras? Es impropio del Ejército Libertador, sus galones debieron estar en la fajina (oficiales intermedios), algo que se repite en la reunión del Horcón de Najasa (1:09) con él y Cornelio Porro (Rolando Méndez). Tal vez al venir con de Quesada llevaran grados a la usanza mexicana, pero no estoy seguro…

12-1:36 El rescate de Sanguily tiene imperfecciones. Se supone que los españoles descansaban cerca de un pozo, en Consuegra, por tanto el ataque de los jinetes fue sorpresivo ¡Cómo van a tocar la corneta los mambises? A pesar de los textos de Manuel de la Cruz y otros protagonistas no parece que hubiera un toque antes de la carga (lo hubo antes, con toque español para despistar). En la diapositiva el corneta tiene un instrumento agarrado de manera incorrecta. En el filme hay demasiados negros en la tropa y no es exacto (aunque perfecto lo del muerto por un balazo, así es narrado), pero no estuvo un oficial chino (chamarra azul). Casi todos eran oficiales, emparentados, por tanto, no se ve en el filme trajes de gala. El ataque no fue a tan larga distancia ni en un espacio tan abierto. El sargento Mont no le dispara a Sanguily, lo hacen los mismos cubanos (eso se ve, pero lo hieren en una mano) y Agramonte no mata a Mont, ni monta en la grupa al brigadier, lo hizo el capitán Arango con Díaz de escolta. Claro es más bonito darle más realce al protagonista, una licencia que no aporta demasiado (sí confusión al que tome el filme como referente).

13- En toda la película se aprecia un gran error: ¡los soldados españoles no tenían barbas! Solo podían darse ese lujo los oficiales, pero los soldados debían afeitarse dentro de los cuarteles y si salían de operaciones es posible que al dejar de afeitarse durante siete días (el máximo de campaña fuera de las ciudades fortificadas), les creciera la barba, pero no tanto como aparece en la película.

14- En el combate de San Ramón de Pacheco contra El Tigre Setién (Erdwin Fernández, editada la introducción y diálogo que daba entrada a la escena del porqué del combate), Eduardo Agramonte (Enrique Bueno, sin parecido exacto, pero aceptado) no participa y mucho menos muere. Este personaje es tomado en el filme como un Robin al lado de Batman, pero no estuvo bajo el mando de su primo Ignacio, sino en la brigada sur. NO combatieron juntos, mucho menos se pudo hacer un funeral (se desconoce el lugar de su enterramiento en la Sierra del Chorrillo).

15- 1:07 Bien el combate de Mina de Juan Rodríguez, bien la visualización del mulato dominicano-español Puello (Karel Amores), pero al teniente coronel Sabas Marín (José Ignacio León) le falta la presilla de la escarapela en el sombrero, algo propio de su rango.

16- 1:45 Bastante bien el Cocal del Olimpo, salvo que hubo cabezas picadas y brazos cercenados. Jorge López, en el papel de Leonardo Abril, ya había aparecido en Bonilla (mal eso). El personaje fue muerto, pero no por Agramonte. En la película casi siempre el jefe es el verdugo de sus oponentes, en pos de la épica.

17- 1:48 Incorrecto el combate de Jimaguayú. Es una lástima por lo logrado de la fotografía de sus escenas de caballería. ¡Henry Reeve no pudo actuar con su caballería! ¡Coño, si hubiera pasado así no matan a El Mayor! No hubo enfrentamiento con la caballería, en eso fue cauto el jefe hispano Rodríguez León. Los caballos de Reeves estaban emboscados, descubiertos y cañoneados por un Krupp, obligando a un combate de fusilería, lo mismo que hacía la infantería de Las Villas contra el comandante Ceballos. En el intento por cruzar el potrero (Ignacio llevaba el sombrero), pero… ¡En la película el máuser que le dispara no tiene ni órgano de puntería, es un tubo! Tampoco cae con él Jacobo Díaz de Villegas, quien lo hace unos 50 metros detrás y de otra manera, pues llevaba ropa española y fue rematado en una fosa.

18- Por último, renunciar a explotar lo que la quema incompleta del cadáver de El Mayor ha sido desaprovechar lo que parecía más dramático para el espectador.

Rigoberto López durante el proceso de filmación.

lunes, 25 de octubre de 2021

Las máscaras caen

Por: Enrique Ojito

25 octubre 2021

García Aguilera (segundo de derecha a izquierda) durante su participación en el taller Diálogos sobre Cuba, realizado en Madrid en el 2019. Foto: Tomada de Escambray.

Un dramaturgo que intenta ser “agente de cambio”, formado en la escuela de las “revoluciones de colores”, lidera la convocatoria a una marcha el 15 de noviembre en Cuba, con fines desestabilizadores

Debió sentirse como pez en tierra. Habría que pensarlo por dos razones claves: por un lado, acudió a aquel taller en el campus de Madrid de la Universidad de Saint Louis, de Estados Unidos, en su condición de artista y joven intelectual lo declaró el propio dramaturgo cubano–, y, por otro, el encuentro, celebrado del 12 al 14 de septiembre del 2019, no se detuvo ni por un segundo en la obra de Eurípides, Shakespeare ni en la de Calderón de la Barca.

¿Qué hacía, en la cuarta versión del taller Diálogos sobre Cuba, Yunior García Aguilera, hoy el rostro visible de la marcha anunciada para el 15 de noviembre, denegada por las autoridades locales debido a la ilegitimidad de sus propósitos? ¿Quiénes convocaron y asistieron a la cita en la capital española? ¿Es tan santo como se pinta este actor y director de teatro, nacido en Holguín?

Caballeroso como el que más, García Aguilera accedió a la invitación para intervenir en el evento que les formulara a él y a otros mercenarios la politóloga Laura Tedesco, vicedecana de Humanidades en la Universidad de Saint Louis (campus Madrid) y directora, junto a Rut Diamint, del proyecto de investigación Tiempo de cambios y el nuevo rol de las Fuerzas Armadas en Cuba, de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), de Argentina.

De la comunión ideológica entre ambas académicas, obsesionadas en emitir el certificado de defunción al proyecto político de la nación antillana, resultaron los artículos “Atrapados en Cuba”, “Gatopardismo en Cuba” y tantos otros, publicados en www.openDemocracy.net, web británica financiada por la Fundación Ford y la Open Society Foundations (OSF), uno de los instrumentos protagónicos de la agenda injerencista internacional de Washington.

Fundada por el multimillonario George Soros, la OSF ha apostado por las llamadas “revoluciones de colores” para llevar a la sepultura determinados Gobiernos, estrategia aplicada en países de Europa del Este, en las denominadas Primaveras Árabes y contra procesos de izquierda en Latinoamérica.

Precisamente, en uno de los textos socializados por el sitio digital, el binomio Tedesco-Diamint inquiría sobre el caso cubano: “¿Piensan los miembros del Partido Comunista y los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que podrán mantener la estabilidad política y la paz social en medio de un estancamiento económico que puede agravarse cuando el régimen venezolano colapse completamente?”.

A rajatabla lo preguntan en el artículo “Cuba ¿final a la deriva?”, difundido en mayo del 2019. Poco más de cuatro meses después, el taller madrileño, al que también asistió el profesor Richard Youngs, experto del tanque pensante Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

Ni crean que Youngs disertó sobre el teatro contemporáneo en Estados Unidos o en el Reino Unido podría haberle dedicado un tiempito, al menos, al Nobel de Literatura (2005) Harold Pinter. El también experto del Global Think Tank, radicado en Washington, colocó sobre la mesa de análisis el rol de las Fuerzas Armadas en los países de América Latina y habló sobre el poder transformador del activismo político. Los asistentes conocieron de su prolífica obra y, en particular, de uno de sus libros acerca de la democracia, movimientos cívicos y procesos contrarrevolucionarios en Europa a raíz de las “revoluciones de colores”.

Pero, tamaños “profes” contaron con más de un alumno en aquel curso de formación de “agentes de cambio”. Para quien lo dude, en openDemocracy, Tedesco y Diamint subrayaron: “Miguel Díaz-Canel apuesta por el inmovilismo (…). Y, sin embargo, el cambio será inevitable. No sabemos cuándo, ni cómo, ni quién lo impulsará o lo llevará a cabo”.

No sorprende, entonces, que en la lista de invitados a Madrid aparecieran Manuel Cuesta Morúa, Reinaldo Escobar (esposo de Yoani Sánchez) y Yanelis Núñez Leyva, directora ejecutiva de un proyecto con People In Need, organización checa financiada por el Departamento de Estado para subvertir la Revolución cubana.

Contratado por la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés) para impulsar sus proyectos subversivos en Cuba, y con vínculos con la Agencia Internacional para el Desarrollo (Usaid), Cuesta Morúa integró la relación de mercenarios que usurparon el nombre de la Isla y fueron aceptados para asistir en los Foros Paralelos de la séptima Cumbre de las Américas, celebrada en Panamá en abril del 2015.

Cuba demostró que Manuel Cuesta devino en 2014 instrumento de la NED y del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (Cadal), con sede en Argentina, para realizar un foro y montar un show mediático en el contexto de la segunda Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, desarrollada en enero de ese año en La Habana.

En el mismo 2014, el Cadal invitó a tierra bonaerense al periodista Reinaldo Escobar, director editorial de 14ymedio plataforma digital de la industria mediática anticubana y asalariado de los fondos federales estadounidenses, a pesar de que no lo confesara en una entrevista con la revista Ñ, del diario Clarín, durante la visita a la nación austral.

Está demostrado que antes de ir a Madrid, Yunior García viajó a Argentina en febrero del 2018 a las sesiones del proyecto investigativo Tiempo de cambios…, auspiciado por la UTDT, a cuyo claustro pertenece Diamint, coordinadora de iniciativas en materia de la defensa, liderazgo político y la democracia, para la Fundación Ford y la Open Society Foundations.

Según refiere el sitio web de la casa de altos estudios, dicho proyecto desconocedor de que las FAR y la Revolución cubana son montaña y río de la misma sierra “busca (e) informa a actores disidentes y críticos, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) de dos maneras diferentes. Por una parte, comunica estrategias a actores relevantes de ese campo disconforme, acerca de la necesidad de conocer el rol de las Fuerzas Armadas, su papel en el Gobierno y su posible papel en un proceso de cambio. Por otra parte, ofrece alternativas para una futura inserción de las FAR en vistas de una apertura política”. ¿Quién niega que esta línea de pensamiento no se aviene a una versión tropical de la “revolución de colores”?

Al taller argentino asistió, además, Cuesta Morúa, de sólidos vínculos con Gabriel Salvia, director general del Cadal, quien solicitó respaldo internacional a la marcha convocada para el 15 de noviembre, no autorizada por Cuba debido a sus fines desestabilizadores y apegada a la cartilla del llamado “golpe suave”, que persiste en la agenda de la Casa Blanca contra la Isla.

Aseguran que otra que anda soltando candela por la boca, ante la posición de las autoridades cubanas, es la mentora de Yunior García, la catedrática Tedesco; aunque su discípulo no la ha recriminado por ello y siga aferrado a su discurso de “civismo” y de defensa del supuesto derecho a la manifestación pacífica violentado.

Con ciertos indicios de padecer delirium tremens, la activista política (es más que la eminente doctora en Ciencia Política por la Universidad de Warwick, Reino Unido) se adelantó en anunciar la caída del monumento de José Martí a la sombra de la alta torre del memorial habanero al escribir, a cuatro manos con Diamint, el artículo “En Cuba, el unicornio azul se perdió, la Revolución también”, a raíz del surgimiento del denominado Movimiento San Isidro (MSI), aupado por la embajada de Estados Unidos en La Habana, y los sucesos del 27 de noviembre del 2020 (27N), cuando personas con reclamos diversos incluidos los empecinados en abortar el proyecto político cubano y creadores dignos se congregaron frente a la sede del Ministerio de Cultura (Mincult).

Justamente, el nombre de Yunior García cerraba la lista de participantes propuesta por un grupo erigido en voz de todos los reunidos en el Mincult, enviada el 3 de diciembre en un mensaje electrónico, calificado de “insolente” por ese ministerio, con la pretensión de “imponer, de modo unilateral, quiénes, con quién y para qué aceptarán dialogar”.

Luego del fallido MSI, del 27N y de las protestas del 11 de julio García Aguilera organizó un intento de toma del Instituto Cubano de Radio y Televisión, el director teatral se ha sumado a Archipiélago, un proyecto subversivo y de genes anexionistas, de cuyo consejo deliberativo forma parte junto con el terrorista radicado en la Florida Orlando Gutiérrez-Boronat, quien ha solicitado a voz en cuello una intervención militar en Cuba, liderada por Estados Unidos.

Para no defraudar a sus mentores españoles y argentinos, el dramaturgo encabeza la convocatoria de la provocación del 15 de noviembre, en línea con la instrucción 167 del manual del “golpe suave”, de Gene Sharp: “‘Ataques’ no violentos: invasiones; se comienza con una marcha y se toma posesión pacífica de un lugar o un inmueble”.

En fin, este es el “Mesías” que nos convida a arrepentirnos, que nos convida a tanta mierda como advertiría el poeta y así darnos un rinconcito en sus altares.

(Tomado de Escambray)

lunes, 24 de febrero de 2020

Falsificaciones en torno a José Martí

Por Luis Toledo Sande

Si las obras que merezcan tal nombre han de respetarse, ¿qué deci
r de la debida a José Martí, Obra por excelencia? Aunque formal o legalmente no se identifique como un símbolo patrio, lo es por su trascendencia, y ha de venerarse no menos que los emblemas nombrados con ese rótulo. Para asegurar el tratamiento que reclaman legados y alegorías de tal significación no bastan las leyes. La educación, la cultura y la civilidad influyen de manera directa, pero no vale obviar los requerimientos legales necesarios para que los respeten incluso quienes no se identifiquen con ellos.

Para solo hablar de Martí —pues de él se trata ahora—, no se le debe atribuir ninguna cita que no sea suya y, salvo quizás cuando las que realmente lo son resulten muy conocidas, se ha de indicar de alguna manera la procedencia de ellas, aunque medie la urgencia que puedan requerir la prensa diaria, la tribuna de circunstancia y otros medios afines. Ni la más puntillosa voluntad de rigor impedirá de modo absoluto que se yerre involuntariamente, pero el rigor se necesita para prevenir tergiversaciones que pululan, y no siempre por desconocimiento, sino también por intenciones fraudulentas.

A malas prácticas —frutos del dolo o de la desprevención— ya se ha referido el autor de este texto en otros localizables en la red. Entre ellos se encuentran “¿José Martí sirve para todo?” y “Cómo citar a José Martí”. Ahora intenta no repetir lo dicho en ellos, pero a veces las reiteraciones son útiles, necesarias.

La riqueza conceptual, ética y artística de Martí confiere a sus textos rasgos que permiten calificarlos de bíblicos, aunque metafóricamente, porque su personal religiosidad —o espiritualidad— no se atuvo a dogmas, ritos ni templos. “Religioso sin religión” lo llamó Fernando Ortiz en su prólogo a José Martí y la comprensión humana (1957), de Marco Pitchon, libro no ajeno al tema de estos apuntes, pero que no es del caso comentar aquí.

No pocas evidencias ha habido de utilización del fuego martiano para cocinar sardinas ajenas a él, y eso, medie la intención que medie, termina en falsificaciones. “Cómo citar a José Martí” recoge ejemplos de alteración de su legado cometida desde posiciones diversas. No se abundará ahora en razonamientos hechos en ese artículo; pero procede añadir una de las citas que se le endilgan y cuya prosperidad sería digna de estudio: “Triste cosa es no tener amigos, pero más triste es no tener enemigos, porque quien enemigos no tenga, es señal de que no tiene: ni talento que le haga sombra, ni bienes que se le codicien, ni carácter que impresione, ni valor temido, ni honra de la que se murmure, ni ninguna otra cosa buena que se le envidie”.

Un estudiante que vio ese texto en varias partes, y calzado con la firma y un retrato de Martí, quiso saber si era suya ciertamente. Se dirigió para ello a este articulista, quien le respondió que, por los términos y la orientación del pensamiento plasmado —algo como rabia y resentimiento, valoración de la hacienda a manera de mérito, afán de merecer murmuraciones y envidia—, la cita no era de Martí; pero buscaría para saber si, a pesar de eso, la había escrito. Pronto el estudiante se adelantó a comunicarle que ya había encontrado que era del escritor español Baltasar Gracián (1601-1658), lo que podría ser otra atribución incierta, pero no lo parece, y entre los fines de estos apuntes no está esclarecerlo. Quien desee comprobarlo podrá buscar en la obra de Gracián.

Una de las falsas atribuciones comentadas en “Cómo citar a José Martí” —“La política es el arte de lo posible”— también se les carga, de Aristóteles para acá, a distintos autores, entre ellos Maquiavelo, a quien sí retrata. Otra, similar de algún modo a la cita identificada como de Gracián, y glosada en aquel artículo, también se le ha endosado falsamente a Martí, aunque está asimismo lejos de su espíritu: "Si los que hablan mal de mí supieran exactamente lo que yo pienso de ellos, hablarían peor". En este caso resulta fácil hallar en las redes que la frase es del dramaturgo, escritor y cineasta francés, de origen ruso, Sacha Guitry (1885-1957). 
A nadie —y menos a Martí, que tanto y tan bueno y bello, extraordinario, escribió —se le deben atribuir textos ajenos. Pero para usar a Martí contra la Revolución Cubana se han esgrimido, como suyas, citas que, hasta donde sabemos, no se han encontrado en ninguno de sus textos ni en fuente alguna merecedora de confianza. A propósito de la emigración cubana en años recientes se echó a rodar como suya la sentencia “cuando un pueblo emigra el gobernante sobra”. Por igual trillo en el plazo de pocos días un “citador” lanzó, de dos modos distintos y sin insinuar fuente, esta otra, que también se ha ilustrado con un retrato del héroe: “Podrá”, en un caso, “Podría”, en otro, “morir un hombre por los ideales de un pueblo, pero jamás ha de morir un pueblo por defender los ideales de un hombre”. Martí tenía muy claro el valor de los ideales —de personas relevantes o de pueblos—, pero las intenciones de esas presuntas citas son inocultables.

A lo ya dicho sobre el encanto que los escritos de Martí generan para bien —ejerce un hechizo que no viene de embustes, sino de la integridad y la coherencia—, añádase la colosal diversidad de asuntos que trató con la altura y la amplitud de su sabiduría y su solidez ética. Y con su también prodigiosa maestría estilística.

Si no persistieran las confusiones que este autor ha intentado subsanar con “Fidel Castro y el asedio de la gloria” y otros textos, no volvería ahora sobre la concreción “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Esa concreción la hizo lema de su vida el líder de la Revolución Cubana a partir de una idea de Martí en su carta del 15 de diciembre de 1893 dirigida a Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz”. A quien esto escribe le comentó alguna vez Fina García Marruz que la expresiva síntesis centrada en la gloria enaltece la grandeza de ese grano. El valor de la gloria justa lo reconoció el propio Comandante en su discurso del 1 de mayo de 1990, al expresar con respecto a la Cuba de heroica resistencia: “un pueblo como este merece un lugar en la historia, un lugar en la gloria”.

La condensación aforística hecha por quien tuvo el acierto de ver en Martí no solo al autor intelectual de sucesos ígneos que fraguaron el triunfo de la Revolución Cubana, sino también el fundamento moral de esta y el guía eterno del pueblo de Cuba, continúa repitiéndose como si fuera una cita textual de Martí, a pesar de las aclaraciones hechas, que parecen caer en el vacío. Recientemente y de distintos modos ha circulado la hipótesis de que la variación del original martiano podría deberse a Rafael G. Argilagos en sus Granos de oro, colecciones de “pensamientos de Martí”.

Pero el articulista buscó —y asegura que lo hizo cuidadosamente— en los volúmenes localizados de ese aforismario (1918, 1928, 1936, 1937, 1944, 1953 y 1956), y no halló la confirmación de la hipótesis. En las páginas 82-83 del publicado en 1944 —que Argilagos presentó como compendio de los anteriores y organizó por temas— figuran cinco fragmentos sobre la gloria, y ninguno corresponde a la cita en cuestión. Sobre la fama se lee uno, en la 67, y tampoco atañe a ella. ¿Habrá otras ediciones?

En cualquier caso, venga de donde venga, y aunque no altere sustancialmente el concepto de Martí, la síntesis ya vista no es una cita textual suya. Por tanto, no se le debe atribuir, lo que tampoco debió haberse hecho con el lema “Ser cultos para ser libres”, como en determinado momento se simplificó —¿quién duda que con las mejores intenciones?— su profunda máxima “Ser culto es el único modo de ser libre”.

Queda siempre la sospecha de que se abusa de las citas de Martí, cuando lo vital sería asimilar y aplicar su pensamiento, recta y creativamente, en la práctica diaria, como cuestión de sabiduría y, sobre todo, como guía para la conducta. Pero textos e ideas son inseparables, y el gran reclamo estriba en citarlo correctamente. Con todo, aun cuando siempre se hiciera así, procedería estar vigilantes contra el abuso de sus textos, aunque solo fuera para no cansar o aburrir al público lector, u oyente, con algo que en su centelleante creatividad resulta ajeno al agotamiento.

Una colega de buen juicio le ha preguntado al autor por una frase dada como de Martí, con foto de lujo, en la fachada de un edificio público habanero sito en Ayestarán, cerca de 20 de Mayo: “No hay imagen más falsa que el de haber reclamado derechos sin haber cumplido deberes”. El articulista no la ha encontrado en Martí, ni ha hallado indicios que la ubiquen en ella. Seguirá buscando, y agradecería colaboración en la búsqueda. Pero el texto, cuyo sentido habla más de actitud que de imagen, muestra una falta de concordancia impensable en Martí —“No hay imagen más falsa que el de haber”, en lugar de “No hay imagen más falsa que la de haber”—, y una forma verbal repetida innecesariamente —“haber reclamado sin haber cumplido”— donde cabía “reclamar sin haber cumplido”. Parece tratarse de una construcción para la cual se creyó buen crédito la firma de Martí, o se estimó “tan bonita” que no podía ser de otro autor.

Más allá de detalles como esos, y otros, los enemigos de Martí saben lo que él significa para la Revolución Cubana, y no cesan en el afán de tergiversarlo, menguarlo, mellarle el filo. Uno de sus detractores le ha hecho un homenaje involuntario: conjeturó que sus textos, de tan abundantes y grandiosos, no podrían ser obra de una sola persona, y lanzó la “tesis” de que los habrían escrito muchas manos. Ojalá hubiera habido —en Cuba, para no hablar de otros lares— una legión de autores de la talla de Martí.

Recientemente han vuelto a poner en duda la veracidad de su carta inconclusa a Manuel Mercado, síntesis testamentaria de su pensamiento político, social y ético, incluido su antimperialismo. Aducen que la dio a conocer, años después de muerto el héroe, un oficial español que podía estar interesado en dar una bofetada a los Estados Unidos por la humillación que esa potencia le propinó a España en 1898. Ocultan o minimizan el hecho de que ese militar propició el conocimiento de la carta con una fotocopia, también conocida, que no deja lugar a dudas sobre su autenticidad.

Contra empleos malintencionados de textos de Martí, o de hechos relacionados con su vida, las instituciones cubanas —escuela, prensa, cine, teatro, radio y televisión entre ellas— responsabilizadas con su estudio o con la divulgación de su legado, o con ambas tareas, y en general las llamadas a promover cultura, tienen el deber y la obligación de esmerarse en lograr que se le trate con pleno cuidado. No han de permitir que representantes o funcionarios suyos difundan citas, afirmaciones, juicios, fotos y otros documentos falsos, ni aparecer comprometidas, aunque solo fuera como escenarios prestados, con trabajos que —de pretensiones fácticas o artísticas— carezcan del rigor y la altura con que merece ser tratado uno de los mayores tesoros de la patria.

No se habla aquí de casos imaginados, sino de hechos indeseables que han sucedido, o tal vez estén ocurriendo ahora mismo. Muchos son los modos de profanación posibles. Sobre intenciones y “fundamentos” de los ultrajes se ha hablado, y será necesario seguir aportando luz. A la marginalidad se le da pábulo si se tolera que Martí sea juzgado con criterios de una supuesta picardía inmanente propia de la idiosincrasia nacional.

Por esa superchería ha circulado como obra de Martí una letra de canción que él no habría escrito ni en momentos de delirio febril. Es contraria a la fineza de quien, para calificar a los autonomistas y anexionistas que hoy siguen enrolados en las huestes de apátridas, los llamó “especie curial, sin cintura ni creación”. Lo hizo en su carta póstuma a Mercado, lo que también explica el interés de algunos en poner en duda particularmente la autenticidad de ese texto, mientras le atribuyen otros que no escribió.

Dondequiera que aparezcan citas no confirmadas como suyas, se debería llevar a cabo la debida comprobación, para mantenerlas o eliminarlas o, por lo menos, suprimir la impertinente atribución. Huelga decir que se deben rectificar errores de escritura, de ortografía incluso, que abundan e infaman a quien fue un creador literario inmenso.

jueves, 2 de enero de 2020

Alfredo Guevara: paradigma de la libertad en la lealtad


MARTES, 31 DE DICIEMBRE DE 2019, Segunda Cita

Intervención del Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, en el espacio Dialogar, dialogarde la Asociación Hermanos Saíz, el 23 de diciembre de 2015. Tema: La impronta de Alfredo Guevara*


Voy a confesar que yo nunca me preparo para las cosas porque creo que el que no esté preparado siempre, que no vaya. Esa es una doctrina muy “alfrediana”.

Este lugar, lógicamente, me trae muchos recuerdos, y por eso protesto contra su decadencia, porque fue aquí donde los conocí a todos allá por la década del sesenta, en el Salón de Mayo. Era yo un joven deseoso de conocer mi destino, que no estaba revelado todavía, y fue aquí, en el jardín del Pabellón Cuba, en medio de aquellas noches alucinantes, donde tuve a la mano a los intelectuales cardinales, algunos de los cuales nos acompañan todavía. Y apareció ahí de pronto, con su imagen tan especial, Alfredo, invariable en el estilo que él impuso como suyo y que jamás cedió ni cambió ni modificó. Era él.

Y es muy importante el sentido de la identidad y el sentido de la huella. Por tanto, si al menos fuera como él dice, es una realidad: somos muchos, pero afortunadamente todos tenemos una huella digital diferente, y cuando esto fue descubierto, se reveló uno de los grandes misterios de la naturaleza humana. Alfredo era una huella en sí mismo.

Me acerqué a saludarlo, y me dio un raspe gigantesco, porque Alfredo era como Nicolás [Guillén] dijo del Che: llano y difícil. Como me lo habían presentado antes, me acerqué de nuevo, ávido de conocerlo más, y me dijo con una sonrisa: “Ya yo lo saludé”. (RISAS) Entonces me quedé como quien busca un autógrafo y se lo niegan. Pero el destino me deparó otra fortuna.

A partir de ese momento comenzaron años de creación, y la agitación que vivía el pensamiento cubano tras las palabras de Fidel a los intelectuales, aquella gran definición, aquel parteaguas que a veces se interpreta dogmáticamente en cuanto a lo escrito y no en su espíritu.

Fue el rechazo absoluto, desde el primer momento, a aquella equivocación conceptual que era el realismo socialista, que trataban algunos de imponer, incluso algunos artistas, y él volaba más lejos, estaba fuera de todo eso. El Salón de Mayo había sido la expresión de esa libertad del pensar y de ese deambular por el país de una cantidad de intelectuales del mundo, hombres de letras cuyo afecto hacia Cuba a veces varió de acuerdo con las influencias fatales que se cernieron luego sobre la Revolución Cubana, que era una fuerza de la naturaleza desencadenada.

Alfredo es el paradigma de la lucha contra la decadencia y también el paradigma de la libertad en la lealtad; es un hombre que se sabe y se cree libre, y que actúa siempre dentro de un código de conducta que se revela en lo que tú has leído. ¿Pero dónde estabas leyendo eso? En el Centro Félix Varela, lo cual demuestra, primero, su libertad, que él se la creía y la tenía, porque además muy pocas personas se atreverían como él a decir: yo dentro de la Revolución actuó con libertad, que es la libertad que vio allí en la Universidad, en el gran debate de aquellos años previos al triunfo de la Revolución, años en que nacían, florecían y se definían las ideas en la Universidad. Un Fidel que se enfrenta a piñazo limpio con uno que va a ser luego su entrañable compañero hasta el final, un Fidel que tiene necesidad de recibir un arma para defenderse cuando lo amenazan y, al mismo tiempo, el hombre que es capaz, como él lo revela ahí, de enamorarse de las muchachas, de encendérsele los ojos, como lo vi años después, hablando de La Bombonera –esa famosa casa de huéspedes donde las mujeres más lindas de La Habana y de Cuba se reunían para estudiar. Quiere decir, esa naturalidad en el modus actuante de Alfredo es muy importante, él fue fiel a eso hasta el final.

Alfredo no fue un hombre perfecto, ni tenemos que estar de acuerdo con todo lo que pudo decir, y él habría concordado conmigo al realizar esta afirmación categórica. Alfredo hizo lo que le dio la gana con su vida, e hizo bien, porque asentó un capítulo de la libertad humana desde el compromiso.

Alfredo puso en mis manos, por ejemplo, cuando era imposible conseguirlo, lo encargó para mí, el libro de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, donde aparece el diálogo entre Adriano y Antínoo, que era su propio diálogo entre la búsqueda de la verdad, la angustia del poder y la angustia existencial. Alfredo, por ejemplo, leía apasionadamente a San Agustín, y ese es un detalle muy importante, porque Alfredo era un intelectual marxista. Y digo marxista porque él rechazaba después todas las demás cosas. Él decía: “Otras revoluciones han muerto, la nuestra no, vive”; pero eso nace de su convicción marxista de que nada era estático, que todo se movía, que había que respetar el destino de los hombres. Por ejemplo, entre los cubanos, él le dio mucha importancia a Pablo Lafargue, cuando descubrió su historia durante su estancia en París, como representante de Cuba ante la UNESCO; París, una ciudad que él amaba tanto, como Juan Marinello quien repetía: “Y pobre del que no ame a París”.

Marinello me dijo a mí: “Ay, compañero –con aquella voz preciosa que tenía–, cuando triunfe el socialismo en el mundo, que nadie toque a París”. (RISAS) Eso se lo oí decir, además, en un momento muy difícil, porque estaba contestando las cartas de las personas que le daban el pésame por la muerte de su amada esposa, Pepilla, que fue un trance para él muy tremendo. Yo fui muy amigo, devoto, de la personalidad de Juan.

Entonces Alfredo amaba a París. De hecho, ahí lo tienes con su traje azul y con su Legión puesta. No era el amante frívolo de la ciudad bella, que también le encantaba y la disfrutaba y la enseñaba como pocos, sino lo que le interesaba era lo que había pasado allí; no le interesaba tanto la crisálida como la mariposa. A él le interesaba el París de la Revolución, el París de la plantación del Árbol de la razón pura, el París del cambio revolucionario de los nombres de los días de la semana y de los meses del año. En medio de esa confusión gigantesca, de pronto refería los más importantes eventos: la Comuna de París, la olvidada Revolución de 1848, el mundo de los intelectuales, el Salón de Mayo, el mayo de París de 1968; todo eso nos lo contaba Alfredo con una gran pasión.

En mi casa, en la calle Compostela, que era para mí como el paraíso perdido, ahí llegaba todas las noches con Humberto [Solás], porque se estaba discutiendo el guion y lo que sobrevino después, el Armagedón con la película Cecilia. Recuerdo a ese Alfredo muy joven todavía, y nos íbamos a comer en la época en que todavía La bodeguita del Medio no era un centro turístico, sino que era un lugar recuperado en aquel momento, después de la hecatombe de la nacionalización, en que se pusieron a vender pescado allí, pescado frito, y entonces, cuando viene el incidente de Nicolás con Salvador Allende, que se abre La bodeguita, íbamos a La bodeguita, conversando con Martínez, con Armenia, con Varillas el cajero, que siempre buscaba lugar para nosotros, llegaba Alfredo y entraba. Alfredo era solvente, nosotros no; entonces éramos pobres de verdad. Y entonces comíamos allí y disfrutábamos de la conversación de Alfredo, que era como escuchar a un filósofo de la antigüedad.

Él se mostraba fascinado con Pablo Lafargue, al que nadie le había dado en Cuba el lugar que le correspondía por una cuestión: por la sanción moral que hasta hoy tiene todo el que se quita la vida. Alfredo me dijo a mí que él no había tenido el valor de hacerlo, sobre todo cuando había entrado en ese período de la vida en que, como le dice Jesús a san Pedro: “Cuando seas viejo, te llevarán adonde no quieras”. Ese es el sentido de su final.

También me abrió la puerta de su casa en el FOCSA –allí vivían su madre y su hermano [Juan], al que él apreciaba tanto–, conversábamos mucho en aquel lugar, y después me llevó a su casa del Malecón, que está en ruinas, y me prometo colocar allí lo que se merece, para que las generaciones futuras lo crean. Alfredo dijo eso [Luis] Morlote, es verdad, que vendría un silencio después. Yo también lo creo. Pero lo creyó Martí; dijo: “Durante un tiempo, mis ideas se eclipsarán y luego volverán a nacer”.

Entonces Alfredo se daba cuenta de los momentos que vivía. Y ya, atravesando el tiempo, Alfredo, por ejemplo, en medio de unas discrepancias colosales, creó especialmente el Grupo para el Desarrollo de La Habana Vieja, con el solo objeto de resolver una querella muy grande, que [Armando] Hart solucionó en esa época, cuando llegó al Ministerio de Cultura y apareció Armando, con Yeyé [Haydée Santamaría] del brazo, con las hermanas [Ruíz] Bravo... Aquello significó un cambio absoluto, total, grande. Era un momento de gran creatividad, de gran ilusión.

Esa ilusión que tú señalas, nunca apartó a Alfredo del conocimiento de la realidad. Él se anticipaba a lo que después serían leyes o disposiciones de la Revolución, porque las creía inexorables. En los momentos de mayor peligro, siempre consideraba la importante necesidad de hacer un traje a la medida para Cuba. La vida le ha dado la razón: Cuba está sola frente al muro rajado; creo solamente en el poder de Cuba porque Roma, cuando lograba vencer a un reyezuelo de cualquier parte, o destruir un reino, o traer a un príncipe bárbaro, lo traían encadenado y en una jaula y lo paseaban por las calles. A Cuba no ha sido posible llevarla en una jaula de hierro.

Quiere decir, los acontecimientos que ya no vivió Alfredo y que hemos vivido nosotros fueron el símbolo del valor de un pueblo, que fue capaz de hacer una proeza inimaginable, que fue atravesarse en el camino de las Termópilas y luchar padeciendo enormes dificultades.

En la casa donde lo visité tantas veces al final, pues era su mensajero para muchas cosas y a veces él el mío. Sus conversaciones eran provechosas como eran habituales con Fidel, con Raúl y con Vilma, que era su amiga queridísima, y la consideraba su compañera de lucha. Era la forma de Alfredo de trasladar también un espacio de la realidad, sobre todo del mundo intelectual, que todavía tiene que enfrentar, en muchos aspectos grandes prejuicios. Todavía hay algún personaje, algún burócrata, que se atreve a hablar de “los intelectuales”.

Bueno, eso no es nuevo. Alfredo se reía mucho cuando yo le decía que, en una ocasión el general presidente Bartolomé Masó llegó con una comitiva formada además por grupos de intelectuales que lo rodeaban, y al ver esto el general Modesto Díaz se puso verde. Y el presidente le dijo: “¿A usted qué le pasa, general”. Y respondió: “Que lo veo a usted rodeado de esos bandidos”. Y dice: “¿Pero cómo van a ser unos bandidos? Estos son jóvenes libertarios”. Y Modesto Díaz responde: “No, no, a mí me han dicho que son unos poetas”. (RISAS) Quiere decir que eso viene de atrás.

Lo que pasa es que la Revolución la hizo el pueblo, desencadenado por intelectuales. Céspedes fue un intelectual, Agramonte fue un intelectual, todo lo que rodeó Guáimaro eran brillantes intelectuales que, como dice Martí en el opúsculo a Los poetas de la guerra, firmaron sus versos con su sangre. Lo fue Rubén Martínez Villena, lo fue Martí en grado sumo, y eso es lo que Alfredo consideraba que era la herencia legítima.

Había otras herencias legitimadas, pero que no eran legítimas; la herencia verdadera venía de allí, de tales hombres, de tales ideas. Y sobre todo venía de la necesidad que él siempre planteaba de que no quería élites; él consideraba siempre la necesidad de hacer vanguardias, y que los revolucionarios no tenían por qué ser cosacos con una bomba encendida en cada mano y que hacía falta un refinamiento de la sociedad. Le espantaba la vulgaridad, le espantaban las cosas que, para ser populares, tenían que ser feas, aborrecía eso; lo aborrezco yo también. Creo que el pueblo merece, y todos merecemos, la belleza, que es tan importante en las cosas y en las formas. Aborrecía los discursos absurdos, las palabras huecas, los comunicados leídos; todo eso le producía náuseas.

Era, además, un hombre muy valiente. Alguna vez presencié a la entrada del ICAIC que apareció uno con un poder enorme en aquel momento, porque las revoluciones son así. Entonces Alfredo le dijo: “Estoy en una república literaria”. Y, por tanto, que nadie se ofenda, porque Alfredo todos sabemos cómo pensaba, cómo era, y lo que voy a referir era un atributo intelectual más que una opción que, además, él tenía con la mayor dignidad. Le dijo: “Déjate de mariconerías conmigo porque yo sí es verdad que te mato”. Y eso era verdad, eso era verdad porque muchas veces vi sus propias armas y estaba dispuesto a eso.

Y cuando llegaron las horas de las penumbras, que solamente ocurren en las revoluciones verdaderas… No olvidemos cuando va a subir Dantón, y le dice a Robespierre: “Te precedo en la muerte”. Quiere decir, las revoluciones, cuando son verdaderas, implican este riesgo, sobre todo para los que desde la lealtad están dispuestos a decir siempre la verdad.

El momento crítico fue cuando llegó la UMAP, cosa que ya se ha analizado, y que Fidel se echó él la culpa, y que Raúl asumió la responsabilidad de un momento histórico crítico. Y como íbamos para allá casi todos –yo había ido a buscar el amparo de Haydée y fue ella la que me sacó–, y entonces vivía una mujer extraordinaria, que nunca aparece en la historia, pero que era la gemela de Haydée, con una manera diferente; era una mujer parca, de una voz grave, con su pelo blanco maravilloso, con su rostro cincelado, pálido, elegantemente vestida, y a cuyo despacho llegamos todos hambrientos, desbaratados, y entonces allí fue donde nos encontramos con Silvio, Pablo, Noel Nicola, Rebeca Chávez, Fernando Rey. Íbamos a almorzar con Aida [Santamaría]. Y Aida era como el espejo de aquello que estaba pasando, y era amiga queridísima de Alfredo; para ella, Alfredo era una personalidad extraordinaria. Cuesta mucho trabajo porque, cuando llegamos a un determinado momento, las mismas presunciones de Alfredo nos amenazan.

Claro, la vida de un joven se puede extinguir en nada de pronto, la vida es frágil; pero cuando se han sobrepasado todas esas etapas: la enfermedad, las complejidades, las preguntas tremendas, como aquella que delante de mí le hizo Fidel, en la Casa de las Américas, a Miguelito [Barnet]. Le dice Fidel: “¿Miguel, cómo fue? ¿Cómo fue que tú te quedaste?” Y Miguelito le dijo lo que yo habría podido decirle también en ese momento: “No, Comandante –le dijo en un momento de extraordinaria honradez–, yo no me quedé; yo me fui quedando”. Es decir, vamos a dejarlo para mañana y para pasado; lo mismo me pasó a mí porque, además, el riesgo de la singularidad es muy grave; es decir, Alfredo se vestía como le daba la gana, y yo también. No es que no me guste, a mí me encanta, comparto con Alfredo, como Maceo, cuando le escribe a un norteamericano que le hablaba de Cuba, y Maceo le responde diciéndole: “Más que nunca creo en la causa”. Pondera la lucha, y le dice: “Y no olvide los pañuelos blancos y el agua de colonia que me tiene prometidos”.

Entonces yo los tengo también, y el agua de colonia. Y Alfredo se meaba de risa cuando me daba de comer chocolates blancos, o cuando en su apartamento bello en París me dio marron glacé. Entonces él se reía de eso. Quiere decir: debemos aspirar para todos al marron glacé, a los pañuelos blancos y al agua de colonia, que no sea el privilegio de los que los pudimos tener una vez. Para eso hay que luchar y hay que tener valores, porque el momento es difícil.

Ya Alfredo se fue, pero su idea está ahí, su pensamiento está ahí. Y él creyó que ese pensamiento prevalecería, por eso se apuró en publicar sus libros.

Tuvo querellas gigantescas, y las ventiló con un gran valor. En sus libros están los documentos probados y su enfrentamiento con farsantes u hombres extraviados que en un determinado momento tenían en sus manos, al parecer, los resortes del poder.

Alfredo tenía una gran angustia existencial. Su amistad con monseñor Carlos Manuel de Céspedes fue determinante. Yo me enteré el último de la enfermedad final, y el padre Céspedes se quejaba con amargura: “Yo debía haber estado junto a él”, porque eran muy amigos. Quizás para que le dijera, como le dijo Juan Marinello al padre [Ángel] Gaztelu, al sacerdote, poeta e intelectual, cuando llegó junto a él al momento crítico, y Marinello, dándose cuenta de lo que significaba la visita del poeta, pero también del sacerdote, le dijo: “Déjame morir tranquilo”. Quiere decir: déjame morir con mis ideas.

Por eso Alfredo habla ahí de su iglesia y de la otra iglesia, con todas las connotaciones que eso tiene; las connotaciones dogmáticas, las connotaciones escolásticas, que las comprende y las vive y las padece, y por eso aspira a que la juventud sea iconoclasta, que sea culta; quiere una juventud intranquila, pero no quiere jacobinos a destiempo; quiere que sea una interpretación siempre actual de la historia, porque lo que hasta ayer se vio a la luz de la razón cuando otros medios existían para entender las cosas, hoy las podemos ver desde un ángulo distinto. Aunque Hart me dijo una vez unas palabras que iluminaron mi análisis: “Toda modernidad está necesariamente precedida por otra”. Así que no me digan que son modernos porque yo también lo fui. (RISAS) Pero la modernidad, como la juventud, es una enfermedad que se cura con el tiempo. Vamos a tratar de asumir el concepto de la juventud como un tema, como un manifiesto de ideas, más allá de la piel cansada y la senectud.

Alfredo amaba intensamente, quería las cosas, batalló a muerte por lo de Servando [Cabrera], no por los cuadros, sino por el ser humano, cuando nadie entendía nada; porque los que mientan, los que nieguen la certeza erótica de la sociedad cubana no viven en ella, o son unos hipócritas. Y entonces Alfredo defendió apasionadamente al artista, víctima de unas incomprensiones mortales. Gracias a él llegué yo a Servando, que era una persona encantadora. Murió tan joven, a los cincuenta y tantos. Había preparado todo lo que le rodeaba para hacer de aquello el lugar más maravilloso del mundo. Pero, muerto Servando, empezó el desastre, como suele pasar siempre con los falsos herederos. Lo eran jurídicamente, pero no se dieron cuenta de que la herencia tenía otra magnitud. Y es lo que le pasó a Alfredo, de ahí la afirmación final: “Muero solo”. “Fue lo que tú escogiste”, respondió el interlocutor. Y ese es el gran problema: el misterio de la soledad y también el misterio del acompañamiento.

Él siempre quiso estar rodeado de gente joven. Se veía en ellos como en un espejo. Fue quien me llevó a García Márquez con un escritor joven cubano que él protegía en ese momento extraordinariamente. Y entonces nos encontramos en la Plaza de Armas. Y a mí me causó una impresión extraordinaria la conversación con él y con Mercedes [Barcha]. Hicimos un recorrido por La Habana Vieja. Y Gabo, hasta el final, siempre volvió.

Alfredo y Fidel: la relación era una relación nacida de una comunión de ideas y de una verdad que siempre dijo Alfredo. No se atrevió jamás a decir: desde que lo vi creí que era él… No, no; cuando lo vio, él dijo: este puede ser esto o esto, las dos cosas. Porque, ¿quién es el que llega? Este joven elegante, buen tipo, vestido con su traje espléndido, con su leontina con un ancla de diamantes, no podía imaginar que ese sería el demoledor de todo, empezando por lo suyo propio. Por eso, los que tuvimos la posibilidad de estar cerca del uno y del otro, nos dimos cuenta del sentido verdadero de esa relación.

A Alfredo no le interesaba un Fidel que trataba desesperadamente de remediar los problemas de una administración ineficiente en la sociedad; le interesaba el pensador, creía en el pensador, y creía en algo más: creía en la utilidad del sueño. Hoy, desde la roca del pensar, porque está el filósofo prisionero de su propia naturaleza, pero con la libertad en su imaginación, puede, como el personaje fascinante, recorrer su jardín y ver las extrañas plantas y las flores, y pensar en política, en lo que se hizo y que el tiempo no podrá demoler.

Cuando generalmente se simplifica la obra de la Revolución en la educación, en la medicina, en el deporte... se olvida que la obra principal que se propuso la Revolución fue una obra moral, regeneradora, cuyas consecuencias económicas serían el acceso de todos a una vida mejor.

Por eso, ante esta coyuntura y antes de su muerte, Alfredo creía en la necesidad de una refundación del socialismo; creía que era necesario, desde la soberanía de Cuba, pensar en algo que no era un entretenimiento teórico, sino plasmarlo en la realidad. Él creía en las transformaciones que la Revolución en esta etapa protagonizaba. Aborrecía la idea de que el Estado era el controlador de todo, y defendía en el pensamiento lo que defendió para él mismo, y trataba de infundirle eso a la joven gente. Por eso se fascinó, por ejemplo, con la Universidad de Santiago de Cuba. Llegó a Santiago y se quedó maravillado con lo que escuchó de los jóvenes que le hablaron, se quedaba maravillado cuando venía aquí y conversaba con ustedes.

Llegué aquel último día del Congreso en el Palacio de Bellas Artes, y vi los ojos de los jóvenes que estaban allí, y me di cuenta de que en la Asociación [Hermanos Saíz] había una gran esperanza para volver a encontrar a una vigorosa generación de pensadores, de artistas, de gente que aporte inquietudes, que persuada, que convenza, que nadie crea que tiene el monopolio absoluto de la verdad, que hay hoy más que nunca que escuchar, poner la mano en el corazón de las personas, hablar con la gente. Ese es el legado que creo más importante del pensamiento de Alfredo.

¿Aristocrático decían que era? Es verdad. Pero pertenecía a una aristo que no es la del poder material, sino a una aristo del pensamiento. Hablaba de los clásicos griegos como quien habla del aula primorosa de la Universidad donde le tocó estudiar Filosofía, Letras, pensamiento. No fue abogado como otros. Siempre quiso ser y fue un humanista.

El cine fue un vehículo para él. Si tú vas a ver cuántas películas hizo Alfredo: ninguna. Es sencillamente aquella gestión inicial con los artistas tutelares de la gran generación del cine cubano que le acompañaron entonces: Julio [García Espinosa], Tomás Gutiérrez-Alea [Titón]...

Me acuerdo que un día, en una biblioteca decomisada, encontré algo asombroso: un libro de versos de Tomás Gutiérrez-Alea. Entonces corrí con el libro y fui a ver a Titón, que era mi amigo. Le llevé el libro. Y lo cogió y me dijo: “Qué favor me has hecho”. Era una edición de muy pocos ejemplares. Cogió el libro y se lo llevó, porque se avergonzaba de haber escrito versos (RISAS), y me agradeció como nadie que le entregara el libro.

Me buscaban para hacer las películas del ICAIC. Siempre tuvieron en la Oficina del Historiador y en aquel barrio que iba como renaciendo y en el cual invariablemente Alfredo creyó, un escenario para todas las filmaciones. De ahí Lucía y todo lo que se hizo allí.

Un día Alfredo me llama y me dice que Titón necesitaba mi apoyo como un asesor eclesiástico, porque iban a hacer Una pelea cubana contra los demonios. Bueno, entonces fue la entrevista mía con Titón, y él me pidió lo insólito: “Necesito unos piratas”. Digo: “¿Cómo que piratas?” Y dice: “Sí, necesito unos piratas como extras para llevarlos a Trinidad para la película, y Alfredo me ha dicho que tú eres el único que puede”.

Entonces busqué. La Habana Vieja todavía era un lugar mucho más misterioso que lo que es ahora. Y me metí por la kasbah y busqué a Gabriel Tian, un gordo grande que era tuerto, amigo mío y le dije: “Tian, necesito piratas”. A las 24 horas ya había una gavilla. (RISAS) Necesitaba también ropas de iglesias. Figúrense, me volví loco buscando curas amigos y me prestaron ropas. Entonces salimos para Trinidad. Allí me dijo Titón: “Hay un solo problema: la situación aquí es muy difícil, y entonces hemos conseguido, hemos traído una lechona asada que no se puede tocar, porque no he querido que sea una lechona de atrezo, sino que sea de verdad pero que esté ahí; para cuando lleguen los piratas en el asalto”. Entonces le dije a Tian: “Fíjate, Tian, aquí todo está permitido, menos tocar la lechona”. Y me aseguró: “No, no te preocupes, en eso no hay problemas”.

Entonces, en el momento que está José Antonio [Rodríguez] en el papel del cura, en la bendición del ingenio, irrumpen los piratas, la gente corriendo, y aquello fue de un realismo impresionante. Uno de los señores era Armando Bianchi, que era un hombre de una simpatía extraordinaria. Entraron los piratas y a lo primero que le fueron arriba fue a la lechona. Se la comieron antes de la violación de las mujeres, se comieron todo aquello. Y entonces Titón se halaba no el pelo, se halaba la ropa. Al rato me llama Alfredo, y me pregunta: “Óyeme, Eusebio –como hablaba él–, ¿qué es lo que ha pasado, hijo, con una lechona que se comieron?”

Alfredo usó de su poder político para echar adelante obras maravillosas y extraordinarias. El ICAIC estaba en ese momento en una ruina decadente con aquel edificio que a su regreso transformó completamente.

Cuando lo llamaron, le dije: “Alfredo, ¿quieres que te haga una anécdota?” Alguien escuchó a Máximo Gómez decir que cuánto le gustaría ir a Camagüey a luchar con Agramonte. Y fueron a ver a Céspedes y le dijeron: este quiere ir para allá. Y entonces Céspedes lo mandó a buscar y le dijo: “Escoja unos pocos hombres y váyase a la sierra”, algo así como “hasta que yo me acuerde”. Se fue con lo que Gómez llamó los doce apóstoles. Y cuando murió Agramonte, lo manda a buscar y Gómez le dice: “Mi general presidente, aquí tiene a su viejo soldado”. Y él le dice: “Lo nombro jefe para Camagüey, salga para allá”.

Y entonces a Alfredo le pasó lo mismo: cuando fracasa la película y viene el tiempo en París, fue un tiempo muy fecundo para Cuba, de gran apoyo para Cuba porque él se rodeó rápidamente de lo mejor de la intelectualidad en esa nación y la comprometió.

A su regreso, inmediatamente transforma todo el piso que ocupaba, lo llena todo con los cuadros que tenía, y trajo a un perrito maravilloso. Uno entraba a verlo y el perrito estaba sobre el buró, y él decía: “A ver, ¿cómo tú me quieres?” Y el perro empezaba a hacer gracias. Porque tenía esas cosas también del muchacho que nunca dejó de ser.

Por eso, más allá de la vida, cuando faltan unos días para que él cumpliera 90 años, me alegro de celebrarlo. “Y espero, Alfredo, que sé que estás cerca, que sepas comprender que he tratado de dar un testimonio lo más próximo posible a lo que tú fuiste, cosa que es imposible”.

Gracias.
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Algunas respuestas a preguntas que le formularon desde el público:

Hay que tener en cuenta que el origen no determina, el origen es un punto de partida. Fidel, Raúl, Céspedes, no tuvieron esa posibilidad. Es el desarrollo de las ideas el que lleva a los seres humanos a asumir un camino, una conducta.

Uno necesita desear el conocimiento, tiene que desear el conocimiento. Hay un nido, hay tres pájaros, y hay uno que pide y pide, pero no alcanza; y hay otro que pide y pide, y lo logra. Hay pichones que no vuelan a tiempo y, cuando se van los padres, están condenados a morir. Entonces hay que saber volar a tiempo. Hay un momento en la vida y hay épocas…

Se los digo porque ayer, por ejemplo, se graduaban decenas de jóvenes que han estudiado en una escuela de oficios, y yo les hablaba de la importancia de la conciliación entre la mano y la cabeza. Y ya comprendí hace mucho tiempo, como una vez me dijeron, que la mano ejecuta lo que el corazón manda. Quiere decir, no hay antagonismo entre lo uno y lo otro, pero uno tiene que desearlo.

Aquí, antes de la Revolución, se formaron grupos de personas. Por eso creo que no se puede olvidar que la Sociedad Pro-Arte Musical realizó aquí una obra extraordinaria; una señora, que era una aristócrata de verdad, que era María Muñoz de Quevedo, consumó una obra extraordinaria, y por ahí pasan Alicia Alonso, María Teresa Linares, Argeliers León, Marta Arjona, gente que escuchó el llamado y buscó la oportunidad; uno tiene que buscar la oportunidad.

A algunos contemporáneos míos, por falta de interés mío o porque lo dejé para mañana, no los conocí; pero cuando tuve una noción de lo efímera que era la vida de algunos hombres, como sería la mía, pues acudí nada más y nada menos que para estrechar la mano de Fernando Ortiz y de José María Chacón y Calvo, de aquellos grandes hombres; de los pintores, de [René] Portocarrero, de Mariano [Rodríguez], de Víctor Manuel [García]; los recuerdo a todos. Pero fue la avidez; cuando no podía, alguien me los presentaba.

Recuerdo cuando llegué a ver a Luis Martínez Pedro, que quería conocerlo, porque quería relacionarme con la gran generación de los pintores. Me recibió como era él, con una chaqueta americana preciosa, con un pañuelo atado aquí al cuello, con un trago en la mano, y me dijo: “Joven, le advierto que yo no regalo cuadros; (RISAS) ese es Portocarrero, yo no”. Y entonces le dije: “No, maestro, yo no vengo a pedirle nada”. Inmediatamente se dio cuenta de que me había descolocado, y me dijo: “Pero, mire, yo le voy a dejar para el Museo eso que usted ve en la pared, que es un mascarón de proa de una nave perdida, que compré en Baracoa, eso se lo voy a dejar”. Murió Martínez Pedro, y me llamó la esposa y me dijo: “Hay una cosa para usted”. Quiere decir, él me zarandeó, pero después cumplió su palabra.

Así me pasó con otras personas: Enrique Labrador Ruíz, por ejemplo, o con Cintio Vitier, mi amigo querido. Yo le decía el patriarca de Aquilea. Le gustaba muchísimo, porque era un título antiguo. Habíamos acudido a los intelectuales, Leo [Brouwer], que es un santo, habíamos acudido todos juntos a Venecia, a una acción cultural sin precedentes; Alfredo también. Y entonces Fina [García Marruz], salió y le robaron la cartera. Estaba, figúrate, en una situación desesperada. Pero no fue eso solo: salió caminando con Cintio, y de pronto venía, como en la película, una manifestación contestataria, con bandera roja y todo, y ellos iban delante, y no sabían nada de aquello.

Bueno, pero conocí a esas personas. Y solamente el poder acariciar la mano de esas personas, poder saludar a los contemporáneos y a los que sean de otras generaciones me transmitió algo.

Uno debe tener la avidez por la cultura. Comprar un libro es una cosa gigantesca. Por eso digo que agradezco a Alfredo que me trajo Marguerite Yourcenar, me trajo el Opus Nigrum y varias obras más; estaba entonces deseando conseguir la obra de Marcel Proust, figúrate, que costaba un ojo de la cara.

Pero el tema es la avidez por saber. Hay quienes esperan que les lleven el conocimiento a la puerta. No puede ser así, yo pienso que una de las grandes obras de la Revolución fue desencadenar todos esos sueños postergados por generaciones. Por ejemplo, cuando se creó la Cinemateca de Cuba, tan animada por Alfredo, nosotros inmediatamente sacamos el carnet. Íbamos a ver la Cinemateca, que era una pasión, aquí en La Rampa y en el Rialto, que era un cine muy singular. Allí vimos todo el realismo italiano, los fratelli Taviani, apreciamos las distintas etapas de la historia del cine, pero teníamos esa avidez.

Algo parecido sucedía con la biblioteca. Yo no tenía libros; solo contaba con la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País. Ir allí y con la credibilidad, el carnet, qué honor tan grande, y después llevar el libro intacto luego del disfrute para devolverlo. Quiere decir, el problema no es solo el tema de que existan las oportunidades; uno tiene que buscarlas y arrebatárselas al destino también.

Siempre he relatado que mi encuentro con Emilio Roig [de Leuchsenring] fue una cosa tremenda. ¿Por qué? Porque yo había dado una conferencia, a partir de mi formación tan escolástica y cuando comprendí la magnitud de mi error, fui a ver a un ilustre sacerdote jesuita y me dijo: “No, no, pero eso no es decir que vienes aquí a arrepentirte; tienes que ir allí a hacerle una restitución, que es como se llama eso”.

Llegué y me presenté a aquella muchacha, María Benítez, diciéndole que quería ver al Dr. Roig. Y me pregunta: “¿Con qué fin?” Le expliqué que era un asunto muy privado. No le quedó más remedio que dejarme subir. Cuando entré hallé a Roig sentado, vestido de blanco, impecable y comencé: “Maestro, vengo a restituirle, por esto y esto y esto”. ¿Qué hizo? Me hizo así con la mano, queriendo decir: esto ha terminado.

En ese momento no podía imaginarme siquiera lo que iba a depararme el destino. Volví luego muchas veces a verlo y a aprender y a conseguir los libros y a asistir a las conferencias, deslumbrado por su capacidad de trasmisión. Y allí conocí a todos esos grandes hombres, muchos de los cuales hicieron y hacen historia.

El subdesarrollo genera una falta de memoria. Hay que empezar siempre lo que ya está empezado, volver a honrar a los que una vez fueron honorables y están olvidados; hay que retornar siempre. Aquí, para el olvido, nada más que hay que morirse, por eso este acto tiene un gran valor; por ahí van del brazo, además, dos malos sentimientos: la ingratitud y la envidia, que constituyen una serpiente bicéfala. Por eso es tan importante insertar la memoria, construir el legado y darnos cuenta de que no nos hacen falta seguidores, nos hacen falta discípulos.
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*Cortesía de Camilo Pérez Casal