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sábado, 9 de julio de 2016

Palos porque bogas…

Por: Darío Machado Rodríguez




El debate de la conceptualización del modelo económico y social y del plan nacional de desarrollo económico y social hasta el 2030, está avanzando a lo largo y ancho del país; si se quiere, calentando los motores, aun en medio de un verano caluroso. Una inteligente y oportuna decisión, la de examinarlos con toda la militancia y el pueblo en general, está permitiendo canalizar inquietudes, propuestas, dudas, análisis, criterios, en fin, lo que todos sabemos que está presente en la comunicación entre las personas y que ahora encuentra canalización en esta convocatoria del partido. Ni más ni menos.


Probablemente en ningún lugar del mundo se haya hecho costumbre, como aquí en Cuba, el someter a escrutinio popular las líneas principales de desarrollo del país. En la historia cubana reciente las instituciones han jugado su papel, pero también la sociedad en su conjunto, más allá de criterios establecidos. Los ejemplos sobran.


No es habitual en las “democracias publicitadas del mundo libre” molestarse en escuchar las voces de la ciudadanía, sino que secuestran sus derechos a nombre de los principios y esquemas establecidos en el sistema y cuando la situación es crítica acuden a la violencia en sus múltiples formas.


Es conocido que este año, aun con todos los esfuerzos y los avances registrados, el contexto económico mundial reduce las posibilidades de crecimiento, mientras el bloqueo continúa demostrando la diferencia entre un discurso bonito y la política real.


La situación económica del país continúa siendo crítica, pero hay más conciencia acerca del camino que se está abriendo, se trabaja más y se trabaja mejor, aún cuando todavía no hemos alcanzado los niveles necesarios de eficiencia y de educación económica y laboral. Pero cabe preguntarse cómo es que en medio de una situación crítica, cuando el poder político en cualquier país del mundo acude a los decretazos, en Cuba por el contrario lo pone todo en discusión: se llama democracia, aunque no lo reconozcan quienes buscan imponer una matriz de opinión espuria sobre Cuba.



Democracia es participación, sin ella es manipulación


Los intercambios que se producen ahora en estas reuniones de análisis tienen características renovadas y renovadoras que le dan una mayor fortaleza al ejercicio: la honestidad sin cortapisas, la confianza para expresar los criterios propios, la tolerancia con la opinión contraria lo evidencian. No es que ya la sociedad cubana en la conquista de toda la democracia posible como nos pidió Raúl, se haya ganado la nota de sobresaliente en diálogo, pero es notable el avance, aunque falta mucho por hacer en esa decisiva dirección.


Entre las reglas que vemos que van abriéndose camino en nuestras prácticas participativas en lo tocante al diálogo podemos apreciar: el reconocimiento del derecho de todos a expresarse libremente sin poner en duda las intenciones; el no creerse dueño de la verdad; el no personalizar, sino enfocarse en los temas; el abstenerse de poner etiquetas a los demás; el ser sustantivos, no emplear la ironía ni epítetos hirientes para valorar las opiniones de otros; el no ser soberbios ni paternalistas con los que tienen otros puntos de vista; el ceñirse a lo que se lee o escucha de los demás y no endilgarles lo que no han dicho o escrito, o sea, no tergiversar; el no sentirse molestos cuando los otros tienen más razón y reconocer que se puede aprender de los demás; el debatir con orden y disciplina, etc.


También hay que reconocer que los medios de comunicación están todavía insuficiente y lentamente socializando lo que se plantea en uno u otro lugar sobre estos documentos; es muy importante que alcancen lo antes posible la capacidad de ofrecer un panorama que exprese un balance del sentir de la sociedad cubana y reflejen la vitalidad e importancia de este diálogo nacional, aunque ello se aproveche -cuando se van conociendo los criterios que han ido emergiendo en estos diálogos- por el oportunismo y la vileza de quienes en lugar de registrarlos como la demostración de la madurez democrática de Cuba, los reconvierten en clave catastrofista. Como dice el refrán: “Palos porque bogas, palos porque no bogas”.


Aparecen y aparecerán fuera de contexto y groseramente resonadas aquellas expresiones que trascienden como resultado de los diferentes canales de socialización de estas discusiones. Pero no por ello se puede dejar de informar cabalmente a toda la sociedad interesada en el presente y el futuro del país. Estamos hoy en el epicentro de la batalla de ideas y como toda batalla tiene sus riesgos. Vale aquí recordar el episodio del popular animado Elpidio Valdez, cuando este monta a Palmiche para ir a la batalla y la abuela le dice “¡Cuídate mi´jo…, pero no demasiado!”



Realidad y debate sobre la realidad


La diversidad de posiciones que existe hoy respecto del futuro del socialismo en Cuba, difícilmente puede encasillarse so pena de caer en el lamentable error de poner etiquetas, simplificar la realidad y desconocer opiniones. Es parte también de entender que no hay un modelo acabado de socialismo y que de lo que se trata en estas discusiones es de enmendar errores, superar deficiencias para lograr el futuro deseado. Y el propio proceso de debate está tejiendo el concepto de sociedad socialista al que podemos aspirar, está contribuyendo a construir nuestro ideal de socialismo.


La realidad de la sociedad cubana es una, es compleja, en ella están indisolublemente interrelacionados procesos económicos, sociales, políticos, culturales, psicológicos, etc. El debate constructivo sobre estos temas, para ser realmente constructivo, debe abstenerse de los vicios y prácticas sobrepasadas en la comunicación política que en nada contribuyen a enriquecer el diálogo, sino que lo merman y empobrecen.


Un debate culto es siempre un proceso de aprendizaje colectivo. No es un enfrentamiento con un único ganador, sino una construcción donde todos ganan. El diálogo no puede entenderse como que “conversamos todo lo que se quiera hasta que ustedes piensen como yo”, tampoco como un ejercicio formal para cubrir el expediente de la democracia. Este debate es estratégico no solo por la importancia que le otorga su sentido y finalidad, sino porque hoy está discutiendo la sociedad y eso ya le confiere ese carácter. Es preciso profundizar en los temas, dedicarles el tiempo necesario a su análisis, comprender la relevancia de este proceso.


El diálogo entonces debe verse orientado al propósito de lograr mejores resultados que los que presenta el punto de partida, un nuevo contenido superior al inicial. Es una construcción colectiva.


Este debate abre nuevamente cauces a la sabiduría de un pueblo cuya mayor y más importante riqueza es su instrucción y su cultura, cuyo sacrificio en décadas de intransigencia revolucionaria le ha ganado todos los derechos, en primer lugar el derecho a ser escuchado y a tener la razón. Y en estos intercambios, el pueblo está haciendo uso de ese derecho con el respaldo político del partido. Su naturaleza es la de la cohesión de la nación alrededor de sus legítimos intereses.


Todas las opiniones son válidas, respetadas, significa que también lo son aquellas que estén en contra de uno o más postulados o contenidos de ambos documentos, son opiniones dichas en la convocatoria del partido, tienen la garantía que el partido asegura a la opinión individual de las personas que participan, todas sirven para mejorar los documentos y serán de utilidad para conocer mejor nuestra realidad y precisar las acciones colectivas de cara al futuro.


Para quienes tergiversan la importancia y riqueza de esta experiencia, vale aquella frase atribuida al Quijote: “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”.




martes, 28 de junio de 2016

La última palabra


Por Juan Nicolás Padrón

Fuente CUBARTE


VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

 En una de las intervenciones del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba se enfatizaba en una vieja enseñanza martiana que, en mi opinión, debería ser lema de las reuniones de cualquier gobierno: “Gobernar es prever”. Pero, ¿no se prevé porque no se quiere? No creo que siempre se quiera prever, pues seguramente habrá alguno que no lo haga porque no le conviene ―bien para acomodarse o porque esa carencia facilita la corrupción de la que se beneficia―, pero considero que, en sentido general, los dirigentes cubanos están dispuestos para las prevenciones, mas algunos no pueden hacerlo porque no saben, y es una verdad de Perogrullo afirmar que, si no saben, no pueden, por mucho que quieran. La falta de voluntad por propósitos oscuros puede existir, pero sobre todo, hay administradores y funcionarios que carecen de conocimientos y saberes, que no es lo mismo, pues el conocimiento entraña teorización, sistema y disciplina de información en correspondencia con lo aprendido en las escuelas a todos los niveles, pero los saberes comprenden habilidades y destrezas prácticas que incluyen el advertir indicaciones que llegan por las vías informales; a veces uno de los campos falta, o los dos: una capacitación integral será necesaria para estar preparados en las diversas circunstancias de nuestro acontecer. Creo que la principal causa de la falta de prevención es la ignorancia, o tener una cultura limitada, que implica no conocer o saber lo que se debía para el desempeño de un puesto o cargo, lo cual imposibilita prever con eficiencia o eficacia.


Una de las maneras de prever en Cuba al gobernar o administrar es conocer y saber lo suficiente para poder planificar y programar bien. No basta saber sobre técnicas de planificación, han de conocerse todos los elementos necesarios, y especialmente los inconvenientes en el escenario nacional ―recordemos que en la Isla, muchos materiales y equipamientos para producir y cumplir metas y producciones, entran por barco, bajo circunstancias anormales de bloqueo comercial y financiero―, para trazar todos los pasos con exactitud hasta la consecución del objetivo final. Durante mi vida laboral tuve que asistir a interminables y complejas reuniones para planificar y programar, lo mismo planes editoriales y de publicación, que programaciones de ferias internacionales del libro. Pasé un 31 de diciembre hasta muy tarde discutiendo con un asesor soviético la planificación del papel que consumían nuestros libros. Me da vértigo todavía recordar aquellas reuniones que se prolongaban de un día para otro, y en este caso, pospuestas para el año siguiente, pues dicho especialista, por cierto, bien calificado ―me volví a encontrar con él en Moscú, y allí era muy respetado―, traía conceptos preconcebidos de la URSS que no funcionaban en el trópico, y algunos de nuestros acomodados burócratas, que intentaban una estricta planificación para 20 años ―un futuro que no podía modelar ni el mismísimo Dios―, le daban la razón a todo cuanto decía. Entre otras cosas, se olvidaban las imprescindibles relaciones de un sector con otro, la coherencia y cohesión necesarias en cualquier cadena de producción o servicios. Un ejemplo: si no se entrega en el tiempo planificado papel para la producción libros, por supuesto, en la feria se incumplirá la programación de títulos, y esto tiene otras consecuencias... Lo más acostumbrado ha sido continuar con las cifras del año anterior, y seguir con los mecanismos de financiamiento de toda una vida, aunque hayan fracasado rotundamente, porque lo nuevo, diferente o inesperado, causa siempre incomprensión.


Lo nuevo, diferente o inesperado es riesgoso, y hasta peligroso, para cualquier estabilidad; sobre todo para el que conoce o sabe mucho sobre un tema establecido a partir de una experiencia determinada, y no tiene una perspectiva cultural abierta para otra situación. Resulta difícil romper esa tensión y entender que conocimientos y saberes se condicionan a ciertos referentes, se integran a determinados contextos y necesariamente cambian ante nuevas circunstancias. Cuesta mucho trabajo modificar las prácticas implementadas e instaladas, frente a lo que surge como nuevo; no se admite con facilidad que se cambie una idea por otra diferente ―aunque se evidencie y confirme, año tras año, que algunas de estas ideas no solo fracasaron, sino que ya están sepultadas―; se hace resistencia aceptar lo inesperado, readaptarse a ello, y casi imposible, revalorizar prácticas cotidianas a situaciones inéditas. Los humanos necesitamos tiempo para las adaptaciones, y más para las revalorizaciones ―los oportunistas lo logran con mucha rapidez y a los burócratas hay que darles una orden―, frente a eventos que, a muchos años de haber ocurrido, todavía no se logran concientizar. La recepción de lo nuevo puede ser conservadora, y hay casos en que, sin desearlo, se forma parte de la derecha. Le tenemos tanta fe al conocimiento acumulado por las vías formales y a lo que hemos hecho siempre igual, que sentimos como irresponsable quitar un velo a lo cubierto; de-velar es tarea ardua porque seguimos aferrados a ver ese manto. El objeto lo vemos de la misma manera aunque haya cambiado, quizás porque a nuestros conocimientos no se han incorporado las funciones adaptativas de asimilación para reaccionar y no paralizarnos frente a lo nuevo, lo diferente y lo inesperado.


No es extraño que algunas creencias, y sus respectivos lenguajes, estén muy apegadas a la ignorancia, por están basadas en la tradición, que no hace preguntas. Tampoco resulta raro que se potencie el desconocimiento en sistemas muy jerárquicos que cumplen estrictamente órdenes, sin indagar causas. Cuando un funcionario o grupo de ellos ejerce la mala censura con el pretexto de que el “pueblo”, o algún sujeto determinado, no están preparados para recibir una información, se provoca una desinformación intencionada, no pocas veces facilitadora del ejercicio cómodo del poder, y a veces de la corrupción. Creencia sin convicción, jerarquía sin indagación y censura sin fundamentos, son obstáculos para el desarrollo cultural y social, pero también para el económico y laboral, gubernamental y político. Hay que ampliar los conocimientos, explicar sin cansarse, conversar sin satanizar, persuadir y ser persuadido, y rectificar o luchar por modificar orientaciones cuando hay razones de mayor peso que se oponen a ellas, porque nadie es genio, por muchas responsabilidades que tenga; darse cuenta de eso debe ser obligación de cualquiera que desempeñe un cargo público, y aún más, de los políticos. Y aunque la ignorancia ha retrocedido ante el avance de los sistemas digitalizados y de la informatización de la sociedad, pues ahora resulta casi imposible ocultar algo, la verdadera emancipación se logrará cuando conscientemente seamos más audaces, más transparentes, para ser más de izquierda; y no estoy manejando solamente “izquierda” como término político, sino como concepto revolucionario, que se debería corresponder con una manera de ejercer la administración, y sobre todo, de construir una política revolucionaria.


La falta de comprensión del conocimiento y saber ajenos, genera fanatismo, racismo, homofobia, sexismo, xenofobia, exclusión, triunfalismo y autosuficiencia. Esa ignorancia, en términos de política doméstica, puede propagar mayor incomprensión e injusticia social, pero a nivel de la política mundial, junto a creer que hay “valores culturales universales” ―que son los establecidos por los países ricos de occidente―, colabora a engendrar pretextos de intervención y hace peligrar la paz y la estabilidad del planeta. Lo que se ejerce en política exterior, debe ser coherente con lo realizado en política interna. El ser humano persigue desesperadamente lo que ignora, y lo busca, por lo que hay que aprender a desaprender y admitir con humildad que no sabemos muchas cosas; solo desde esa disposición es posible convivir con otros entendimientos, aunque no se acompañen. Percibir, interpretar y comprender no quiere decir afiliarse, compartir y colaborar: uno puede entender y no afirmar, porque hay una zona del conocimiento que tiene que ver con los criterios y las opiniones basadas en valores aceptados. Lo que es evidente para una persona no alcanza un nivel de confirmación para otra. Y, además, se puede conocer y saber mucho, pero si no hay un proceso eficaz para trasmitir informaciones y ser diestro en la política de comunicación, nuestros conocimientos y saberes quedan limitados solamente a los convencidos de ellos. Quizás por estas razones, en todas las comisiones del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, se recomendó desarrollar un proceso de estudio de sus documentos, propiciar el debate de toda la población ―y no solo de los militantes― y facilitar un proceso de consulta genuinamente democrático. La cultura ―incluida la política― del pueblo cubano, que siempre ha sido escudo y espada de la nación, es la única garantía de la certeza de los acuerdos del Congreso, porque el pueblo es el verdadero sujeto activo e histórico de todos los cambios. No puede haber “secretismos” y los procesos se tienen que desarrollar con plena transparencia, confianza y capacidad para escuchar y cambiar lo que tenga que ser cambiado, porque antes, ahora y siempre el pueblo debe tener la última palabra.


 

martes, 10 de mayo de 2016

Si la empresa privada es la respuesta, entonces: ¿cuál es la pregunta?

Por Pedro Monreal 2016-05-10, Cuba Posible

El planteamiento de que “no tiene sentido refugiarse en ilógicos eufemismos para esconder la realidad de la existencia de la empresa privada nacional” no debe ser entendido como una súbita revelación (1). Fue la reflexión más aguda expresada durante el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) y muestra una noción que probablemente venía examinándose cuidadosamente, desde hace algún tiempo, a nivel de la dirección política y estatal del país, aunque la mayoría de los analistas no nos hubiésemos percatado de la magnitud del asunto (2).




Lo expresado en el VII Congreso –en el Informe Central y en los debates de las comisiones- es una noción transcendental, no tanto por la importancia económica que en sí misma pudiera tener o no la empresa privada nacional, sino porque tal planteamiento (y las circunstancias en las que se hizo) son cruciales para la comprensión de la naturaleza eminentemente política de una importante cuestión que no debería ser confundida con un simple problema económico: el funcionamiento de la producción y distribución del excedente económico -base para la ampliación del consumo y la inversión- en los marcos de un sistema socioeconómico como el que existe en Cuba.  La pregunta clave sería entonces: ¿Cómo lograr que un sistema en el que el excedente económico es apropiado y distribuido por el Estado bajo el liderazgo del PCC, incluya incentivos para que el productor directo tienda a maximizar el excedente, en vez de que tenga incentivos para minimizarlo? Considero que esa es la pregunta esencial a la que trata de responder –en combinación con otros componentes- la noción señalada en el VII Congreso acerca de que la empresa privada nacional debe desempeñar una función sistémica en la Cuba contemporánea. De hecho, no es una pregunta nueva, pues en realidad ha estado presente –bajo diferentes formas y grados de intensidad- en los debates económicos importantes del país desde que se declaró el carácter socialista de la Revolución cubana a principios de la década del sesenta del siglo pasado. ¿Un “antes” y un “después” del VII Congreso?


Lo que ahora sería novedoso son tres aspectos: 1) el reconocimiento explícito de que la empresa privada nacional es parte integral del sistema socioeconómico socialista de Cuba; 2) que el sistema añadiría “oficialmente” a su estructura y a sus mecanismos de reproducción económica y social una base social que estaría determinada por la propiedad privada, en una escala inédita desde 1968 (3); y 3) la posibilidad de que el empresario privado nacional pudiera funcionar –a partir de sus propios intereses- como socio político del PCC en “la actualización” del modelo.


Estimo que solamente el primero de esos puntos ha sido explícitamente planteado hasta el momento de manera oficial, pero es poco probable que los otros dos aspectos puedan ser eludidos o pospuestos en el debate político nacional. El segundo punto ha sido abordado de un modo implícito, pero todavía de una manera muy poco desarrollada, en relación con los límites al crecimiento de la empresa privada, mientras que el tercer punto todavía no ha sido realmente considerado en las discusiones sobre el tema.

El VII Congreso pudiera representar un “antes” y un “después” en cuanto al enfoque oficial sobre la amplitud y la complejidad del sistema socio-económico actual de Cuba. Haberle concedido relevancia política interna al tema de la empresa privada nacional, haberlo proyectado como una muestra de pragmatismo político, haber tomado la iniciativa frente a quienes desde el exterior pudieran manipular el tema, y abordarlo de forma abierta, indicando que no existe una concepción previa que descarte la coexistencia de distintos criterios, representó un punto de partida muy favorable para avanzar rápidamente en la búsqueda de soluciones prácticas (4).


Sin embargo, en mi modesta opinión, la implementación de la indicación impartida por la dirección del PCC respecto a la necesidad de legalizar y de regular la empresa privada nacional ha procedido de manera relativamente lenta en los días siguientes al Congreso; no queda claro si el tema ha perdido algo de la propulsión inicial que tuvo durante el evento partidista de abril de 2016. La etapa inicial “educativa” del proceso, que resulta clave para la fase de “implementación” de la nueva política, apenas ha sido visible en los medios de prensa del país.


Me preocupa que una atención excesiva respecto a “la conceptualización” general del modelo pudiese desviar la atención de la cuestión, a mi juicio mucho más urgente y crucial, acerca de cómo integrar coherentemente en el seno “la actualización” lo que ya ha sido, de hecho, uno de los cambios más importantes ocurridos en Cuba durante los últimos cinco años: el rápido crecimiento de la empresa privada nacional. Los académicos –incluyendo los que han sido participantes activos en “la conceptualización”, así como aquellos que han expresado apoyo o críticas al proceso- deberíamos tomar nota del énfasis normativo que el VII Congreso ha adoptado respecto a la cuestión de la empresa privada nacional.


Énfasis político y normativo (ni académico, ni explicativo).


Es decir, no se trata, en modo alguno, de que el PCC y el gobierno cubano estén planteándose hacer una discusión conceptual detallada sobre la empresa privada nacional, sino que partiendo del reconocimiento pragmático de una realidad que ya existe y sobre la base de determinados principios regulatorios que ya habían sido “conceptualizados” con anterioridad (un marco socialista para la transformación, liderazgo del PCC, y límites a la escala de la empresa privada), lo que políticamente ha decidido el PCC es: a) indicarle al gobierno que debe actuar para concederle el estatus jurídico apropiado a la empresa privada nacional –específicamente la mediana, la pequeña y la microempresa privada (5) - y b) crear el marco regulatorio adecuado que permita que esta pueda funcionar óptimamente dentro del sistema socioeconómico vigente.


En rigor, no se ha expresado oficialmente la intención de hacer una discusión académica sobre el tema. La naturaleza de lo que habría que hacer no es descriptiva ni explicativa, sino normativa. He apuntado en otros textos que la función de la academia no puede limitarse a refrendar decisiones políticas, pero considero que en este asunto particular no se le estaría pidiendo a la academia un trabajo “confirmatorio” en el plano conceptual, sino una colaboración en el plano práctico. Opino, además, que es una extraordinaria oportunidad que los académicos cubanos pudiéramos tener para contribuir al desarrollo nacional, particularmente para aquellos interesados en maximizar las posibilidades de cambio dentro de los marcos del sistema socioeconómico vigente en el país.


La clara comprensión del énfasis normativo pudiera ser importante pues, a nivel práctico, los conceptos académicamente “precisos” aportados por las ciencias sociales en realidad casi siempre reflejan visiones de “escuelas de pensamiento”. Se trata de explicaciones que no son universalmente aceptadas y que, por tanto, son más proclives a propiciar la polémica que favorecer la búsqueda de acuerdos que faciliten la materialización de propuestas (6). Como contraste, para el trabajo normativo práctico resulta mucho más apropiado la utilización de los llamados “conceptos de trabajo” o “conceptos operativos”. No poseen la” hondura” de lo académico, pero tienen un contenido tangible que permite construir, alrededor de ellos, propuestas concretas de implementación.


Este tipo de concepto es particularmente útil para lograr consensos justamente gracias a su relativa imprecisión. Lo que pudiera ser una característica inaceptable desde el punto de vista de “hacer teoría”, puede ser una ventaja para “hacer políticas”. Muchos conceptos de amplia utilización normativa internacional, como es el caso de los conceptos de “inclusión social” o de “seguridad alimentaria”, son en realidad “conceptos operativos”. A fin de cuentas, ninguna “conceptualización” reciente del modelo podrá reescribir una realidad que asumo que nadie (o muy pocos), de entre quienes han estado “conceptualizando” el modelo, pudo prever hace cinco años atrás. Por otra parte, sería poco práctico (y políticamente complicado) tratar de hacer retroceder esa realidad. Estamos hablando de un “genio” que resulta muy difícil de ser devuelto a la “lámpara”, entre otras cosas porque es un genio muy grande.


Una realidad del tamaño de una provincia


La empresa privada nacional cubana es una entidad real que crea empleos, paga salarios, produce ganancias y tributa impuestos, pero como todavía es una quimera jurídica pues entonces no puede ser medida con precisión. No ha sido clasificada en el sistema estadístico nacional y, por tanto, no se le calcula. Actualmente es un tipo de entidad que en las estadísticas aparece amalgamada con otros tipos de actividades en el marco de una nebulosa categoría denominada “trabajo por cuenta propia”, precisamente el eufemismo al que se hizo referencia en el VII Congreso del PCC.


Probablemente existe un solo tipo de estadística oficial que pudiera adjudicarse razonablemente a la empresa privada nacional: el número de trabajadores “por cuenta propia” que poseen una licencia para laborar como empleados asalariados. Se trata de un indicador no muy preciso, pero el más reciente informe oficial de abril de 2016 los contabilizaba en 118,693 (7). Esa cifra pudiera estar indicando que la empresa privada nacional ofrece empleo a un número de trabajadores que es mayor que todos los que laboran en las empresas estatales en sectores como la “explotación de minas y canteras” y “electricidad, gas y agua”; o que es superior al total de la fuerza laboral empleada en las entidades estatales de una provincia como Cienfuegos (8).


Estimado en cifras redondas a partir del tamaño promedio de un hogar cubano (3 personas), los salarios pagados por la empresa privada pudieran estar contribuyendo hoy a la subsistencia de aproximadamente 356,000 cubanos, un conjunto de personas ligeramente inferior a la población de la provincia de Mayabeque (9). Nada mal para un tipo de entidad económica que formalmente “no existe”.


Insisto en que no se trata de cifras precisas, sino de aproximaciones que pudieran facilitar la visualización de la dimensión de la empresa privada nacional. Cualquier crítica metodológica que pudiese contribuir a precisar esta cuantificación será particularmente bienvenida, así como cualquier otra estadística relevante que pudiese existir y que no ha sido tomada en cuenta en este texto.


El cambio en los intersticios del sistema


La empresa privada nacional ha logrado articularse con bastante fluidez entre los intersticios de un sistema socio-económico que dista de tener la coherencia que a veces se asume a priori. Se ha expandido “contra viento y marea” y el hecho de que haya sido pragmáticamente reconocida por el PCC y por el gobierno no solamente expresa una significativa capacidad de adaptación política frente a la complejidad e imprevisibilidad de los procesos de cambio social, sino que también revela un nivel de permisividad que se explica esencialmente gracias a la valoración política positiva que parece haberse hecho del fenómeno (10).


Considero que ha sido un proceso netamente favorable para la clase trabajadora cubana: ha proporcionado empleos, ingresos y estabilidad económica y política, en tiempos de crisis y de incertidumbre. Obviamente no ha sido un proceso lineal ni ha estado libre de problemas, pero en política, el balance es lo que cuenta.


La reciente decisión del PCC de reconocer la empresa privada nacional marca un notable contraste con los documentos iniciales de “la actualización”. En lo que ahora parecería haber ocurrido hace ya mucho tiempo, la propiedad privada y el empleo privado ciertamente fueron incluidos inicialmente en la agenda oficial del cambio, pero recibieron una prioridad muy secundaria. El documento “Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución” (2011) contiene acápites específicos relativos a la empresa estatal y las cooperativas, pero los términos “propiedad privada” o “empresa privada” no aparecen mencionados, ni una sola vez, en un texto con 313 lineamientos; en tanto las pocas referencias que se hacen al “trabajo por cuenta propia” invariablemente lo colocaban al final del listado de las formas de propiedad y de gestión.


Los grandes bloques compactos de la agenda oficial de “la actualización” han incluido componentes como la empresa estatal socialista, la planificación centralizada, las cooperativas, o la inversión de capital extranjero, áreas en las que el gobierno cubano ha invertido tiempo y recursos para apoyarlas. Nada similar ocurrió en relación con la empresa privada nacional en ninguna de sus posibles modalidades.


¿Una empresa privada nacional que no es explotadora?


La explicación sobre la explotación del trabajo asalariado por el capital, materializada en la teoría de la plusvalía, es la piedra angular de la teoría económica marxista y, normalmente, es la “gran bestia” ideológica de un partido comunista en el poder, pues marca el lindero que delimita la coherencia ideológica de sus políticas públicas. En el ideal comunista, una determinada política puede ser casi cualquier cosa, menos promotora de la explotación del trabajador. Entonces, por razones políticas muy prácticas, estamos en presencia de “un toro que hay que agarrar por los cuernos” desde el mismo inicio de cualquier propuesta que se proponga crear espacios para la empresa privada nacional en los marcos del actual sistema socioeconómico cubano.


Es uno de los dos componentes claves de cualquier “estrategia de comunicación” que el PCC pudiera diseñar para captar el apoyo de sus bases sociales y políticas respecto a la incorporación de la empresa privada nacional al sistema socioeconómico. El otro componente, pero que responde a una preocupación de carácter más político que ideológico, es el relativo al tamaño de la empresa privada.


Este segundo aspecto ya se encuentra bien definido por el PCC: la determinación de concederle un reconocimiento jurídico y un marco regulatorio a la empresa privada nacional se refiere exclusivamente a la mediana, la pequeña y la micro-empresa. Falta por definir, con precisión, los criterios que definirán tales categorías, pero ha quedado claro que serán criterios que excluyen la posibilidad de concentración de la propiedad y de la riqueza.


Concentrémonos, por tanto, en una brevísima glosa respecto a la explotación. Se trata de un tema que, con cierta intensidad, ha sido debatido teóricamente por el marxismo contemporáneo en el contexto de los cambios que condujeron a la desaparición del llamado “socialismo realmente existente” (en la antigua URSS y Europa del Este), y en relación con las notables transformaciones de los sistemas socialistas en China y Vietnam. Sin entrar aquí en muchos detalles, el tema de la explotación se convirtió en uno de los argumentos centrales de los análisis realizados por autores marxistas como Stephen A. Resnick y Richard D. Wolff, quienes en esencia consideraban que el tradicional sistema soviético en realidad también era explotador. Partían de razonar que en la URSS existía una estructura de clases que era predominante capitalista teniendo en cuenta que quien se apropiaba del excedente económico no era el productor directo (11).


El argumento fue criticado por otros autores, considerándose que cualquier teorización marxista sobre la explotación no podía partir de analizar las relaciones entre clases tomando como unidad de análisis la entidad productiva (por ejemplo, la empresa). Esta posición teórica resalta que el análisis original de Marx no se concentró en quién se apropia del capital, sino en la pregunta precedente respecto a la forma social de la producción y apropiación del excedente económico, algo que no puede ser separado de las condiciones sociales (relaciones de propiedad) que constituyen el fundamento del poder que permite que se produzca una apropiación del excedente (12).


Es decir, que el excedente económico no puede ser conceptualizado independientemente de la forma social de su producción y de su apropiación. Mientras que en una economía capitalista el excedente adquiere la forma social de plusvalía (que expresa un proceso social de explotación del trabajo asalariado), en una economía socialista donde la propiedad estatal tiene un peso y funciones importantes, y donde el excedente económico es producido y apropiado por el Estado de acuerdo con criterios políticos (no mercantiles), la forma social del excedente económico no es la plusvalía. Ello significa que aun en el caso de posibles distorsiones (por ejemplo: una eventual distribución demasiado “generosa” del excedente en favor de la burocracia), la forma social del excedente no implicaría la existencia de relaciones de explotación, al menos de la manera en que se define la explotación en la teoría marxista.


En las condiciones de Cuba predomina una redistribución no mercantil del excedente económico que beneficia a la mayoría de los ciudadanos. Existen insuficiencias y problemas, pero estos no implican la existencia de relaciones de explotación. Si se rechaza la entidad productiva directa (la empresa) como plataforma explicativa de la explotación (por constituir una unidad de análisis limitada), y se adopta en cambio una perspectiva social del proceso, entonces pudiera concluirse que el funcionamiento de empresas privadas (extranjeras y nacionales) en el contexto socioeconómico del país no significa que el excedente económico asuma la forma de plusvalía. El corolario es que el funcionamiento de la empresa privada en Cuba no implica la existencia de relaciones de explotación.


El emprendedor-trabajador como socio político de “la actualización”.


La empresa privada nacional ha surgido alrededor de un actor económico relativamente atípico, pues no han sido los emprendedores capitalistas clásicos (que esencialmente no existían en Cuba), quienes han conducido el proceso, sino un tipo de actor al que pudiera denominarse emprendedor-trabajador. En su mayoría se trata de personas que fueron asalariados estatales hasta hace poco tiempo y que, por diversas circunstancias y con diferentes medios, reencauzaron sus vidas en el contexto de la creciente diversificación de la sociedad cubana (13). De hecho, se trata de un actor económico que debe adquirir mayor importancia en la medida que “el perfeccionamiento” de la empresa estatal implique “racionalizaciones” de las plantillas de empleados.


El emprendedor-trabajador es un actor económico que se ocupa de actividades socialmente útiles y, por tanto, se excluye de esa categoría a aquellos que se han dedicado a actividades que pudieran ser consideradas como actos delictivos por parte de la mayoría de las legislaciones del mundo. Queda claro que la reciente decisión de legalizar la empresa privada nacional y el establecimiento de un marco regulatorio coherente no resolverá directamente muchos problemas que hoy pudieran existir en relación con el funcionamiento de los mercados privados en Cuba, incluyendo las ilegalidades y los posibles abusos contra el consumidor; pero sin dudas tal marco regulatorio puede sentar importantes bases para avanzar en las soluciones de esos problemas.


La creación de regulaciones efectivas, acompañadas de la infraestructura que las apoye (por ejemplo: mercados mayoristas eficientes) tendría previsiblemente un efecto positivo en cuanto a reducir trastornos sociales como el “desvío de recursos” o la “receptación”. La mediana, la pequeña y la micro-empresa privadas encontrarían incentivos fuertes para operar dentro de un marco regulatorio que las pudiese beneficiar. Dadas las vulnerabilidades inherentes asociadas a sus escalas, ese tipo de empresas no puede darse el lujo de funcionar al margen de la ley. En ninguna parte del mundo la ilegalidad permanente es un parámetro racional del funcionamiento de la inmensa mayoría de las medianas, pequeñas y micro-empresas (14). El afianzamiento de esos incentivos de la empresa privada nacional a partir de la decisión adoptada por el PCC tendría un efecto positivo -que trascendería con creces lo económico-, pues impactaría favorablemente una cultura de trabajo y de respeto a la ley, con beneficios en el plano social y político.


La relación del mediano, el pequeño y el micro-empresario privado con la estabilidad económica, social y política del país tiene un carácter doble. De una parte, esos actores económicos necesitan estabilidad para poder operar y, por tanto, pueden tener poderosos incentivos para funcionar como socios políticos de las entidades (partidos y gobiernos) que sean capaces de asegurarles ese marco de funcionamiento básico que necesitan. De otra parte, al contribuir a la mejoría de la vida de muchos ciudadanos aportan estabilidad económica, social y política. Poder contar con una nueva base social que sea capaz de contribuir a “entregar” estabilidad en medio de una creciente diversidad social pudo haber sido uno de los factores que evaluó el PCC a la hora de considerar el reconocimiento explícito de la empresa privada nacional.


Estoy consciente de lo polémica que resulta la afirmación que haré a continuación, pero considero que es importante tratar de abordar la política nacional con claridad. En términos de innovación económica y social, las medianas, las pequeñas y las micro-empresas privadas son “revolucionarias” (en el sentido de su radicalidad respecto al status quo), pero desde una perspectiva política, los actores que las conducen tienden a asumir posiciones moderadas en el sentido bien delimitado de no favorecer procesos políticos rupturistas que puedan afectar la estabilidad que necesitan para operar. Ese punto, quizás, no haya pasado inadvertido para un partido político como el PCC, versado en una literatura marxista que, de manera consistente, ha expuesto al talante moderado de la pequeña burguesía en relación con la transformación social radical (15).


La política como el arte de lo posible


Los cambios parciales que gradualmente han tenido lugar en los intersticios que han existido entre los grandes bloques de “la actualización”, pudieron haber tenido efectos acumulativos en la manera de enfocar la política económica. Por ejemplo, las regulaciones para el ejercicio de la actividad privada pasaron muy rápidamente –en apenas cinco años- de ser discusiones nimias acerca del límite de sillas autorizadas a los restaurantes privados, a una situación en la que oficialmente ha decidido regularizarse la empresa privada nacional que ha emergido en el contexto de “la actualización”. Es un reconocimiento basado en la dinámica real de una empresa privada que se expande continuamente, que se ha convertido en el único creador significativo de nuevo empleo neto del país, que proporciona ingresos y salarios de los cuales depende el bienestar de miles de cubanos y que, por tanto, contribuye de manera notable a la estabilidad política del país.


Aunque es un proceso que todavía está pendiente de ser sometido a un análisis riguroso, parecen existir indicios de que el gobierno cubano pudo haber percibido durante el periodo 2011-2016 que existen determinadas áreas donde paulatinamente han emergido coincidencias entre la agenda oficial de una parte, y el cambio impulsado por una incipiente, pero muy dinámica, empresa privada nacional.


De hecho, existe una coincidencia esencial entre la empresa privada nacional y un objetivo central del PCC y del gobierno: la máxima movilización posible de las fuerzas productivas de país. Me parece importante destacar el punto porque cuando la empresa privada alcanza determinada escala, tal coincidencia –que tiene efectos prácticos positivos para miles de personas- adquiere mucho más peso que otros temas que quizás pudiesen preocupar al PCC.


El ejercicio de la política involucra ideas y principios, pero es esencialmente un proceso espoleado por consideraciones prácticas. Todo parece indicar que el PCC tomó debida nota de que apoyar los cambios ocurridos en los intersticios de “la actualización” era una decisión estratégicamente importante.


Notas:


1.    Raúl Castro Ruz. Informe Central al VII Congreso del Partido Comunista Cuba. 16 de abril de 2016.


2.    En buena medida porque no existió el tipo de información pública que hubiese permitido apreciar la importancia que se le concedería al tema durante el VII Congreso del PCC. La revisión de la documentación disponible públicamente indica la clara exclusión de cualquier información sobre el tema en los reportes publicados sobre tres importantes eventos políticos que precedieron al congreso: a) las discusiones del parlamente cubano durante el VI Periodo Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en diciembre de 2015; b) la evaluación que en enero de 2016 hizo el XIII Pleno del Comité Central del PCC de los documentos que serían presentados al VII Congreso; y c) los debates preparatorios del congreso reportados por el periódico Granma en el artículo publicado el 27 de marzo de 2016 bajo el título “A menos de un mes del Congreso del Partido”. Adicionalmente, resulta muy significativo el hecho de que la información publicada apenas cuatro meses antes del congreso acerca de la preparación de una nueva ley de empresas que se aspira estrenar en 2017 no haya hecho ni una sola mención a la empresa privada nacional. Ver, Ledys Camacho Casado, “Nueva Ley de Empresas en la actualización del modelo económico cubano”, Semanario Opciones. 3 de diciembre de 2015. http://www.opciones.cu/cuba/2015-12-03/nueva-ley-de-empresas-en-la-actualizacion-del-modelo-economico-cubano/


3.    Se refiere al año en que se implementó la llamada “ofensiva revolucionaria” que eliminó miles de pequeñas empresas privadas.


4.    El reporte periodístico de las discusiones de la Comisión 3 del VII Congreso –centrada en analizar la implementación de los Lineamientos y su actualización para el periodo 2016-2021- ofrece una idea de la diversidad de opiniones que existen sobre el tema. Ver, Lissy Rodríguez Guerrero y Karina Marron, “Actualizar sin alejarse de la esencia de nuestro sistema social”, Granma, 17 de abril de 2016. http://www.granma.cu/septimo-congreso-del-pcc/2016-04-17/actualizar-sin-alejarse-de-la-esencia-de-nuestro-sistema-social-17-04-2016-02-04-19


5.    La cuestión de la gran empresa privada nacional no ha sido planteada como parte de la agenda de “la actualización”, excepto en términos de una proposición negativa: no se admitirá tal tipo de empresa como resultado de la concentración de la propiedad derivada del funcionamiento de la mediana, pequeña y micro-empresa privada.


6.    La polémica es totalmente funcional para el debate académico. También es funcional para algunas fases del ciclo de las políticas públicas (por ejemplo, “definición de la agenda” y “evaluación”) pero no necesariamente para la fase de “implementación” de las políticas.


7.    Cubadebate. “Cuba supera el medio millón de cuentapropistas”. 30 de abril 2016.
http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/04/30/cuba-supera-el-medio-millon-de-cuentapropistas/#.Vyiw8WdXpaQ . El artículo reseña un informe del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS). El indicador presenta un problema de doble conteo a nivel del cálculo del empleo total (incluidas todas las formas de propiedad y de gestión) ya que una parte de esas personas pudieran también ser empleados de entidades estatales. Ello implicaría que al menos una parte de los “trabajadores contratados” en empresas privadas no recibirían sus ingresos exclusivamente de su trabajo en las empresas privadas.


8.    Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI).Ver Tabla 7.3 “Ocupados por clase de actividad económica”, Capítulo 7 “Empleo y salarios” del Anuario Estadístico de Cuba 2014 (Edición 2015) http://www.one.cu/aec2014/07%20Empleo%20y%20Salarios.pdf; y Tabla 6.1 “Promedio de trabajadores en entidades estatales por actividades económicas”, Capítulo 6 “Empleo y salarios” del Anuario Estadístico de Cienfuegos 2014 (Edición 2015) http://www.one.cu/aed2014/27Cienfuegos/06%20Empleo%20y%20Salarios.pdf


9.    Se asume un tamaño promedio del hogar de 2.94 personas. Cálculo del autor basado en la “Tabla II.12 “Hogares censales en viviendas particulares por total de población, tipos de hogar y cantidad de familias nucleares según zona de residencia y tamaño del hogar”, Censo de Población y Viviendas 2012. Oficina Nacional de Estadística e Información(ONEI).http://www.one.cu/publicaciones/cepde/cpv2012/20140428informenacional/54_tabla_II_12.pdf


10.    El punto es importante pues no parece verosímil asumir que, en un sistema político y estatal como el de Cuba, la expansión de la empresa privada nacional no fuese detectada desde sus inicios, o que se hubiese adoptado una postura de permisividad en caso de haberse evaluado como un fenómeno políticamente perjudicial. Por el momento, no existe evidencia empírica concreta para validar una conclusión firme al respecto, pero hipotéticamente parece más racional asumir que el PCC y el gobierno identificaron tempranamente el fenómeno, lo evaluaron minuciosamente, y concluyeron que se trataba de un proceso positivo.


11.    Stephen A. Resnick y Richard D. Wolff. “State Capitalism in the USSR? A High-Stakes Debate”, Rethinking Marxism, Summer 1993, Volume 6, Number 2. Ver también de estos autores, “Class Theory and History: Capitalism and Communism in the USSR”. New York and London. Routledge. 2002.


12.    Clarke, Simon (2004), ‘Resnick and Wolff’s Class Theory and History’, Research in the History of Economic Thought and Methodology. A Research Annual, 22–A: 355–63.


13.    El hecho cierto de que los medios y recursos que han permitido el funcionamiento del emprendedor- trabajador pudieran ser muy diversos no modifica el punto esencial de que no formaban parte con anterioridad de una clase capitalista nacional


14.    Obviamente no me refiero a las empresas criminales involucradas en hacer ganancias a partir de la trata de seres humanos, el narcotráfico, la prostitución, el contrabando, la extorsión, o el robo, entre otras actividades delictivas.


15.    Es muy conocida la expresión de Carlos Marx acerca de que “la pequeña burguesía democrática está muy lejos de desear la transformación de toda la sociedad; su finalidad tiende únicamente a producir los cambios en las condiciones sociales que puedan hacer su vida en la sociedad actual más confortable y provechosa”. Ver, Carlos Marx, “Circular del Comité Central a la Liga Comunista. Marzo de 1850”. De todas maneras, me parece conveniente anotar que esa expresión muchas veces se saca de contexto en las discusiones sobre el tema.





martes, 5 de abril de 2016

Precisando hechos y datos. Acerca de los comentarios de Amuchástegui









Desde el mismo comienzo, Domingo Amuchástegui me reprocha no abordar determinados asuntos o no profundizar ni extenderme más en temas que él considera indispensable tratar. Entre otras cosas señala, por ejemplo, que al hacer referencia a lo ocurrido en los años 60 y hacer mención a determinados momentos de la política agraria, omitimos el análisis y salimos de ello “con la frase fácil de ‘independiente de la explicación y justificación’ de la misma y que al aludir a ‘concepciones equivocadas’ de esos años lo hacemos ‘sin abordar todas las circunstancias en que ocurrieron y quienes fueron sus gestores y responsables’”. Sin embargo, en el encabezamiento de sus comentarios expresa que “Con gran interés y cuidado [el énfasis es mío] he leído el análisis de Humberto Pérez...”.

Si lo realizó con el cuidado con que dice haberlo hecho no creo que le sea difícil entender que mi artículo tiene un tema y objetivo central que es la narración testimonial y el intento de lograr una valoración objetiva, sin prejuicios, integral y justa, del Primer Congreso del Partido y de lo ocurrido a su alrededor en la etapa preparatoria entre los años 70 y 75 y en la posterior de implementación de sus acuerdos hasta 1985. Para ello, lógicamente aludo a determinados antecedentes y a los períodos siguientes hasta nuestros días, pero de una manera somera y sintética.


No podía pretender en el espacio de un artículo (no de un libro) de apenas 35 cuartillas ser exhaustivo en el análisis de todo el proceso revolucionario desde sus inicios hasta nuestros días, texto que ya resultaba demasiado largo para las publicaciones habituales en la prensa digital y solo la comprensión y benevolencia de la dirección de la revista Temas me autorizó la extensión que al final tuvo.


Cuando afirmo que “independiente de la explicación y justificación en su origen que tiene esta forma de organización y dirección de la propiedad económica […] lo indudable es que no fue un resultado de los años 70 ni de la afiliación al CAME”, no me refiero a la política y esfera agraria en particular, sino a la existencia de una economía socialista estatista, altamente centralizada y manejada de manera vertical tanto en la esfera agraria, como en la industrial, la comercial, etc., que venía desde los inicios al comenzar a organizarse y a gestionarse las propiedades que se fueron confiscando y nacionalizando desde el mismo 1959, lo cual para mí tiene una explicación y una justificación en sus orígenes, la cual señalo en el artículo. Cuando hablo de sus “virtudes y pecados” es porque creo que ese tipo de organización económica de la propiedad tiene aspectos positivos y negativos.


Por otro lado, no consideré adecuado asumir la posición de un auditor o inspector de contraloría, y menos la de un fiscal, para decir quiénes fueron los gestores y responsables de las “concepciones equivocadas” aplicadas en los finales de los años 60 a las que hago referencia. Tampoco lo hizo el compañero Fidel en su Informe al Primer Congreso cuando enumeró con bastante detalle esas concepciones equivocadas e hizo valientemente una autocrítica a nombre de toda la Dirección del país.


En cuanto a los comentarios más detallados de Amuchástegui, me concentraré principalmente en los temas relacionados con el período 1971-1985, sobre todo a partir de 1976, en los que estimo puede estar presente una mala o insuficiente información y, en general, en los que considero de suficiente importancia como para que deban ser conocidos por las actuales y nuevas generaciones y que los conozcan tal y como ocurrieron, y no deformados ni tergiversados, cualquiera que pueda ser la causa de ello.



1. Sobre el sectarismo y la microfracción


Dice Amuchástegui que sobre estos términos hay mucho más que explicar y que minimizamos o anulamos “un gravísimo proceso” ocurrido cuando “el grueso de la membresía vieja y nueva del Partido Socialista Popular [el énfasis es mío] bajo el liderazgo de Aníbal Escalante”, y en 1962 “en estrecha complicidad y aliento por parte del embajador soviético Serguei Kudriatzev, casi completaron un proceso de ‘todo el poder para los soviets’ a la cubana, es decir para el PSP...”. Me parece un tanto exagerada y prejuiciada la inculpación que hace al “grueso de la membresía vieja y nueva del PSP” como integrante de un gran complot que pasó a “controlar casi todos los órganos claves del poder incluyendo la Seguridad, las FAR, las jefaturas de las provincias, donde los excesos de poder y abusos abundaron, donde los combatientes del Ejército Rebelde, del M-26-7 y del DR-13 de Marzo fueron discriminados, destituidos, estigmatizados rodeados de una tremenda atmósfera de desconfianza política y hostigamientos”.


Según mis recuerdos e información, el período del llamado sectarismo fue breve (desde inicios de 1961 hasta marzo de 1962) y aunque ciertamente hizo daño en los lugares donde pudo actuar y lastimó a numerosos compañeros, fue combatido y eliminado a tiempo sin que llegara a consolidarse ni a tener fuerza suficiente. Por otro lado, no estuvo presente de igual manera en todas las provincias ni en todas las instituciones y esferas de actividad. Por ejemplo, en la provincia de Las Villas lo acontecido no se corresponde con las manifestaciones narradas por Amuchástegui.


Ya desde inicios de 1960 se comenzaron a producir en la antigua provincia de Las Villas reuniones de coordinación entre las tres organizaciones revolucionarias, como embrión de lo que desembocaría poco después en las ORI. Esas reuniones se convocaban semanalmente en las oficinas del gobernador provincial, que en aquellos momentos era el comandante Carlos Iglesias (Nicaragua). Participaban, además, el Comandante Jefe del Regimiento Leoncio Vidal (primero fue el comandante Orlando Rodríguez Puerta y después el comandante Papito Serguera, ambos procedentes de la Sierra Maestra y del 26 de Julio); el coordinador provincial del M-26-7 (primero Raúl Curbelo y después, cuando este pasó a Ministro de Comunicaciones, el entonces Tte. Pedro Labrador); Arnaldo Milián como Secretario del PSP; un dirigente de primer nivel de la CTC provincial y el subdelegado provincial del Ministerio del Trabajo procedente del M-26-7. Asistía también a esas reuniones un compañero por el Directorio cuyo nombre no recuerdo. Las decisiones se discutían y se tomaban colectivamente.


En aquellos momentos, el jefe de los órganos de seguridad en Las Villas era Aníbal Velaz, procedente del M-26-7 en Cienfuegos, y como jefe para la organización de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) se designó al entonces Comandante y hoy General (R) Armando Choy procedente del Ejército Rebelde y del Movimiento 26 de Julio.


Por la provincia de Las Villas para el primer curso de la Nico López fueron seleccionados ocho compañeros: cinco del M-26-7, dos del PSP y uno del Directorio. La mayoría de los aproximadamente cincuenta alumnos de ese primer curso procedían del M-26-7. Al finalizar, en junio de 1961, fueron seleccionados cinco para continuar estudios superiores en la Unión Soviética: tres del M-26-7, uno del PSP y uno del Directorio.


En ningún momento se pusieron de manifiesto elementos o síntomas de complot por parte del PSP, a pesar de que Aníbal Escalante era el que oficiaba en ese período como secretario organizador de las incipientes ORI.


Cuando el 8 de marzo de 1962 se crea formalmente la Dirección Nacional de las ORI bajo la jefatura de Fidel y Raúl, entre sus 25 integrantes hay 14 del M-26-7, 10 del antiguo PSP entre los cuales estaba aún Aníbal Escalante, y uno del DR-13 de Marzo. Tan solo dieciocho días después, el 26 de marzo, se produce la crítica de Fidel al sectarismo personificado por Aníbal Escalante. Este es el único separado de la Dirección Nacional y se reestructura dicha Dirección.


Un hecho significativo es que César Escalante, hermano de Aníbal, se mantuvo como miembro de la Dirección Nacional, y hasta su muerte, en abril de 1965, fue el Director de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR) del Partido.


Además, en la mencionada reestructuración de la Dirección de la ORI, Blas Roca es designado miembro de su Secretariado, Lázaro Peña uno de los tres miembros de su Comisión Sindical y otro exdirigente del PSP, Manuel Luzardo, uno de los tres miembros de su Comisión de Organización, dirigida por Osvaldo Dorticós y Emilio Aragonés, procedentes del 26 de Julio.


Las organizaciones de base de las ORI fueron disueltas y la única institución nacional —en la que permanecieron juntos e integrados, estudiando y trabajando, compañeros procedentes del M-26-7, del PSP y del DR-13 de Marzo, a los que se sumaba otro gran grupo que no procedía de ninguna organización en particular— fue la de las EIR (Escuelas de Instrucción Revolucionaria) dirigidas por Lionel Soto, un exdirigente del PSP.


De las EIR nacionales y provinciales salieron en ese mismo año 1962, seleccionados y orientados directamente por Fidel, los grupos de alumnos y profesores encargados de la construcción del PURSC siguiendo una línea de masas a través de las denominadas Asambleas de Ejemplares, como cantera de la nueva militancia.


Cuando en octubre de 1965, ya terminado de construir el PURSC y pasar a denominarse Partido Comunista, se constituye su Primer Comité Central este es integrado por cien miembros, de los cuales 72 proceden del Ejército Rebelde y del M-26-7, 24 del PSP y cuatro del DR-13 de Marzo y en su Secretariado y comisiones adjuntas aparecen varias de las principales figuras del anterior PSP.


Todo lo anterior habla de que en el problema del sectarismo no estaba incluido el resto de los altos dirigentes del PSP ni tampoco “el grueso de su militancia vieja y nueva” como plantea Amuchástegui.


En agosto de 1975, en el acto de conmemoración del 50 Aniversario de la fundación del primer Partido Comunista de Cuba clausurado por Fidel este expresó: “Ese partido, a lo largo de sus años de lucha, dejó en el camino incontables mártires: en la época machadista, en la época batistiana, en la época de los gobiernos corrompidos de Grau y de Prío, y en la etapa final de la sangrienta tiranía de Batista […] Este fue el partido que tuvo que enfrentarse a las difíciles condiciones que en nuestro país siguieron al estallido de la guerra fría de las campañas anticomunistas”. Más adelante manifestó Fidel que después del Primero de Enero de 1959 quedaba todavía una gran batalla por librar “frente al imperialismo yanqui empeñado en destruir la Revolución cubana. Pero otra batalla no menos difícil había que librar todavía: la batalla contra los prejuicios, la batalla contra el anticomunismo sembrado durante tantos años por todos los medios posibles”. Y al referirse al compañero Blas Roca expresó con énfasis que se trataba de “un hombre que, a nuestro juicio, es uno de los hombres más nobles, más humanos y más generosos que hemos conocido jamás. ¡Recordaremos siempre con emoción el día en que, un tiempo después del triunfo de la Revolución y luego de un proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias, Blas Roca depositó en nuestras manos las banderas gloriosas del primer Partido Comunista de Cuba!”.


No resultarían comprensibles estas palabras de Fidel si Amuchástegui tuviese toda la razón en lo que expresa al respecto en sus comentarios a mi artículo.



2. Sobre las relaciones con la URSS


Amuchástegui hace también énfasis en lo relacionado con las discrepancias que indudablemente existieron en distintos momentos entre la URSS y la dirección de nuestra Revolución, desde el apoyo de determinado personal de su embajada y de las de otros países socialistas al sectarismo encabezado por Aníbal Escalante en 1962 y renovado como microfracción por un grupúsculo ya sin poder alguno en 1967-68, pasando por lo ocurrido cuando la Crisis de Octubre a finales de 1962, las discrepancias en años inmediatos siguientes sobre las vías para hacer la revolución en América Latina y las posteriores en relación con las luchas en Angola, Etiopía y Yemen y con su intervención en Afganistán, y otras que se produjeron ya en los años 80. Son innegables las varias chapucerías en que incurrió la dirigencia soviética con respecto a Cuba y que llevaron, en ciertos momentos, a un determinado enfriamiento de las relaciones.


No obstante, considero injustas y sin base suficiente en los hechos sus imputaciones de “acciones unilaterales de parte de la URSS contra nuestro país con la suspensión de cualquier cantidad de financiamientos de proyectos y suministros previamente comprometidos que llegaron incluso a dañar seriamente no solo los planes económicos, sino incluso la capacidad defensiva de Cuba en esos momentos drásticos con recortes en suministros energéticos, piezas de repuestos, equipamientos y otros. En la memoria de no pocos están los primeros apagones que en número creciente se producían en 1968”. La acusa también de haber influido con sus demoras en suministros y limitaciones tecnológicas en el fracaso de la Zafra de los diez millones. En otro lugar, Amuchástegui afirma que “las contadas industrias y maquinaria industrial que ofrecían Europa Oriental y la URSS eran ¨cacharros¨ […] en su abrumadora mayoría […] al igual que sus medios de transporte”. Más adelante expresa que los soviéticos solo en la década de los 70 y comienzos de los 80 “por primera vez nos aseguraron un tratamiento privilegiado por algunos años […] a cambio de dejarnos como simple exportador de azúcar, cítricos y níquel (sin entregar su añadido de cobalto que durante muchos años los soviéticos procesaron para su total beneficio)”. En otro momento plantea que los créditos, financiamientos y proyectos comenzarían a disminuir rápidamente para fines de la década de los 70, que esa situación empeoró al entrar en la década de los 80 y que sobre ello “venían influyendo diferencias y conflictos con los soviéticos”. Añade en sus imputaciones a los soviéticos la consideración de que “los frecuentes viajes a La Habana del dirigente soviético Nikolai Baibakov, gran señor del GOSPLAN, nos recordaba a todos que la relación con la URSS era mucho más que una simple copia: tendía a construir una relación de dependencia y vulnerabilidad que se haría dramáticamente visible desde antes del derrumbe simbólico del Muro de Berlín y el colapso de la URSS”.


Frente a estas imputaciones, veamos los hechos como realmente ocurrieron y sobre los que en algunos casos puedo testimoniar por haber sido partícipe y en parte protagonista de los mismos.


El primer convenio comercial con la URSS se firmó en febrero de 1960 y aseguraba la compra de un millón de toneladas anuales de azúcar hasta 1964 a un precio fijo de 4 centavos la libra —cuando el precio en el mercado mundial estaba alrededor de los 2,5 centavos— y además se nos concedía un crédito de cien millones de dólares a un interés de 2,5% para la compra de suministros de diverso tipo durante los próximos cuatro años, todo lo cual ya era un tratamiento privilegiado. En diciembre de ese año se da a conocer que cien nuevas fábricas serán instaladas en Cuba como parte de la ayuda de la URSS mediante un convenio firmado por Kruschev y el Che.


En enero de 1964, durante una segunda visita de Fidel a la URSS, se firmó un convenio a largo plazo por el cual la URSS compraría a Cuba 24 millones de toneladas de azúcar en los siguientes cinco años, comenzando por 2,1 millones en 1965 hasta llegar a 5 millones de toneladas anuales en los últimos tres años (1968-1970). Esta azúcar la pagarían a un precio fijo de 6 centavos la libra (unos 135 dólares la tonelada) y a cambio la URSS aseguraba el suministro a Cuba de productos de todo tipo para su subsistencia y desarrollo económico. Este acuerdo confirmaba un tratamiento con un determinado grado de privilegio para Cuba, lo que, según Amuchástegui, solo ocurrió por primera vez en la década de los 70 y comienzos de los 80.


Fidel, al explicar este convenio ante la TV el 24 de enero de 1964, planteó textualmente lo siguiente:



El caso del convenio azucarero es un buen ejemplo de las perspectivas que brinda a la humanidad una política de división internacional del trabajo y una política de libre comercio entre todos los países […] por una serie de razones naturales, de razones técnicas, de razones históricas, algunos países se han especializado en un tipo de producción y otros se han especializado en otro […] Nuestro país se fue especializando por sus condiciones naturales adecuadas en la producción de azúcar […] La Unión Soviética puede producir azúcar de remolacha toda la que quiera […] Sin embargo, para ellos no es una cuestión vital producir o no producir azúcar, pero para nosotros sí es una cuestión vital […] la Unión Soviética entonces le restó impulso a su programa de desarrollo de la producción azucarera para abastecerse de nuestra azúcar […] este convenio casi cierra toda una etapa de la vida económica de la Revolución y crea las bases para un desarrollo —se puede decir ideal— de nuestra economía.

No fue solo idea y mucho menos imposición de los soviéticos darnos un trato privilegiado y “a cambio dejarnos como un simple exportador de azúcar, níquel y cítricos”, como dice Amuchástegui, sino una idea nuestra, planteada por Fidel, considero que correctamente en aquellas condiciones, a partir de nuestras circunstancias naturales, tecnológicas e históricas, de la situación concreta que se enfrentaba y cuando nadie podía suponer lo que ocurriría con el campo socialista y la URSS veinticinco años después.



Justo después de haber transcurrido un período de discrepancias sobre las vías para hacer la Revolución y asociadas a la microfracción en los años 1967 y 1968, de supuestamente haberse producido los incumplimientos en suministros que, según Amuchástegui, influyeron en el fracaso de la Zafra de los diez millones y en la aparición de los apagones en 1968, y años antes de nuestro ingreso en el CAME, Fidel expresaba, en su discurso del 2 de enero de 1969, refiriéndose a los vínculos con la URSS: “Hay que decir también que a nosotros en ocasiones nos faltaban los productos: las zafras pobres y no podíamos hacer las entregas pertinentes en relación con las importaciones y en muchas ocasiones fueron menos de las cantidades que debíamos haber entregado. Sin embargo esto no afectó las importaciones a Cuba”.


Debe aclararse, según informaciones de compañeros que dirigían la industria azucarera en aquel entonces, que el apoyo de los países socialistas y sobre todo el soviético para la ampliación de los centrales azucareros con vistas a la zafra del 70 fue muy grande en proyectistas, turbogeneradores, calderas, acero, tuberías de acero y de cobre, carriles para vías férreas, coronas para los molinos, motores eléctricos, válvulas y otros materiales, así como una ayuda especial para la automatización con el nivel que ellos tenían en este aspecto, aunque algunos complementos hubo que buscarlos en países capitalistas. Una parte importante de las centrífugas y varios generadores eléctricos vinieron de la RDA, y las de última generación se importaron del área capitalista; los 500 vagones tolva ferroviarios para el azúcar a granel se fabricaron en Rumania, etc.


No es justo imputarle a los soviéticos culpas en el fracaso de los Diez millones. En 1965-1970, de haberse cumplido el compromiso de exportación de azúcar a la URSS, se hubiesen obtenido más de 3 200 millones de dólares de ingreso; sin embargo, el total de exportaciones de Cuba a la Unión Soviética en esos seis años, incluyendo todos los demás productos, solo representaron unos 1 800 millones de dólares, mientras las importaciones ascendieron a más de 3 500 millones, para un saldo desfavorable de casi 1 800 millones. (Reconstrucción y análisis de las series estadísticas 1960-1975 realizado por el INIE y editado en 1977).


En cuanto a que las industrias, maquinarias y medios de transporte no eran en su mayoría de tecnologías de punta, comparadas con las más avanzadas en ese momento en el mercado mundial, y que eran altas consumidoras de energía es totalmente cierto. Pero, de ello a decir que eran “cacharros” va una gran distancia. No se pueden calificar de “cacharros”, por ejemplo, la Planta Mecánica de Santa Clara, ni la de Estructuras Metálicas de Las Tunas, ni el Combinado Mecánico de Moa. Tampoco la Fábrica de Cemento de Cienfuegos (de la RDA) ni la de Santiago de Cuba (de Rumania). No lo eran las Plantas Eléctricas de Mariel, Habana del Este y Renté en Santiago de Cuba (soviéticas), ni las de Nuevitas y Felton (checoslovacas). No lo eran la Poligráfica de Guantánamo ni el Combinado de Cítricos de Jagüey, procedentes de la RDA. No lo era la Planta de Fertilizantes de Nuevitas, ni la Base de Supertanqueros de Matanzas, ni la terminación de Moa Níquel. Dentro de los medios de transporte no eran “cacharros” las KTP-3, ni los Kamaz, ni los jeeps Waz-69, ni los autos Lada —muchos aún funcionan a más de treinta años de su llegada al país—, ni lo eran los ómnibus urbanos Ikarus procedentes de Hungría, etc.


Además se trataba de productos fuertes, de alta calidad constructiva y larga duración y, lo que resultaba determinante: suministrados con créditos blandos a largo plazo, a bajos intereses y a pagar con exportaciones cubanas vendidas a precios muy superiores a los del mercado mundial.


Incluso, cuando para las plantas suministradas era necesario comprar equipos complementarios del área capitalista por no producirse en los socialistas o no tener estos la calidad pertinente, los soviéticos los importaban en MLC y el monto correspondiente lo incluían en la deuda a pagarle en las condiciones y plazos acordados para con ellos. Esto ocurrió, por ejemplo, en el caso de la Planta de Fertilizantes de Nuevitas, en Moa Níquel, en la Base de Supertanqueros de Matanzas y en otras más.


En los años 1971 y 1972 continuaron ocurriendo desbalances comerciales y financieros. En su discurso del 26 de julio de 1972, Fidel criticó “traer el manido argumento, el ridículo argumento de Cuba satélite de la Unión Soviética […] cuando los soviéticos han ayudado a Cuba, cuando nos han mandado las armas gratuitamente —como todas las armas que han mandado a Cuba— y cuando nos han dado créditos para el desarrollo industrial […] aun cuando nosotros hemos tenido duras sequías o dificultades que nos impidieron enviar el equivalente en productos cubanos”.


¿Cómo actuaron los soviéticos ante los incumplimientos de Cuba y ante los problemas que presentaba la situación económica de nuestro país a comienzos de los años 70? Firmaron en diciembre de 1972 con nuestro país, representado por Fidel en una nueva visita a la URSS, cinco convenios económicos. Por el primero refinanciaban y postergaban la deuda acumulada hasta el 1 de enero de 1973 para ser pagada sin intereses trece años después, a partir de 1986 y en un plazo de veinticinco años. Por el segundo concedían nuevos créditos a Cuba para cubrir los desbalances comerciales que se produjeran en los tres años inmediatos siguientes (1973-1975), sin tasa de interés y pagables en los mismos términos. El tercer convenio contenía los listados de mercancías a intercambiar en esos próximos tres años. El cuarto convenio concedía un crédito a Cuba de hasta 300 millones de rublos para financiar una lista tentativa inicial de veintisiete proyectos de desarrollo, a ser amortizado en veinticinco años a partir de 1976. El quinto convenio establecía un precio para el azúcar (de 1973 a 1980) de 200 rublos por tonelada (11 centavos la libra; en el mercado mundial estaba en unos 7 centavos) y un precio para el níquel más cobalto de unos 5 000 dólares por tonelada (en el mercado mundial oscilaba entre 2 000 y 3 000 dólares).


Debemos precisar que el cobalto que iba incluido en el sulfuro de Moa, al contrario de lo que plantea Amuchástegui, no se le regalaba a los soviéticos, sino que estos incluían un plus en el precio de ese níquel como pago de dicho cobalto que lograban refinar y separar en plantas de su industria militar con electricidad barata suministrada por las grandes termoeléctricas de los Urales. El proyecto original de la planta preveía hacer este proceso no en Cuba sino en una instalación en Luisiana (E.U.) donde tenían la tecnología para ello y había gas y electricidad barata.


En la intervención televisiva que hizo Fidel el 3 de enero de 1973 para informar sobre estos convenios aseguró que “no existe, a nuestro juicio, ningún precedente en la historia de la humanidad de tan generosas relaciones”.


En lo relacionado con la afirmación de Amuchástegui de que a finales de los 70 y en el curso de los 80 comenzaron a disminuir rápidamente los créditos, financiamientos y proyectos influidos por diferencias y conflictos con los soviéticos, ello no corresponde a la realidad de lo ocurrido.


Para el plan quinquenal 1976-1980, apoyados en los altos precios que alcanzó el azúcar en el mercado mundial a mediados de los 70 (29,66 cts. como promedio en 1974, habiendo llegado a fines de noviembre a más de 60 cts. la libra), se logró que el precio mínimo para el azúcar a exportar a la URSS en esos cinco años se fijara en 500 rublos (unos 28 centavos por libra), a partir del cual se movería indizado al precio que tuviesen como promedio el petróleo y otros renglones fundamentales a importar en los cinco años anteriores al año dado (precios CAME). Además del azúcar se incluyeron en esa fórmula resbalante nuestras exportaciones de níquel y cítricos sobre precios mínimos igualmente favorables.


Tanto de la URSS como del resto de los países se recibían, además, importantes recursos para proyectos de inversión: ya sea acordados bilateralmente o en los marcos de los llamados Programas a Largo Plazo del Came (PELP), todos cubiertos por financiamientos blandos. Esto se mantuvo durante todo el período 1976-1985, solo con un reajuste en cuanto a los precios mínimos al pasar a elaborar el siguiente plan quinquenal 1981-1985 pues, por ejemplo, debido a la fórmula indizada resbalante atada al crecimiento inflacionario que habían tenido los precios promedio de los productos de importación incluidos en la canasta acordada, el precio del azúcar con la URSS ya había llegado en 1980 a los 686 rublos la tonelada (más de 35 cts. la libra) y se hizo un reajuste a 600 rublos como punto de partida para 1981.


En sentido contrario a lo que plantea Amuchástegui, la actitud de la URSS no fue, en ningún caso, la de disminuir los créditos y financiamientos, sino al contrario: cumplir lo pactado y hacer aportes adicionales cuando se hizo necesario y se le solicitó. Por ejemplo, a pesar de que en los años finales de los 70 y primeros de los 80, la URSS tuvo bajas cosechas de cereales que la obligaron a eliminar sus exportaciones de estos productos y por el contrario hacer grandes importaciones en MLC para su consumo interno, cumplieron con Cuba los suministros pactados.


Así mismo, en algunos años, cuando —debido a incumplimientos en nuestras entregas y a la solicitudes de importaciones por encima de nuestra capacidad de compra, derivadas de decisiones no siempre felices de política económica y de errores en nuestra planificación— el saldo de la balanza comercial resulto desfavorable, a pesar de la favorable fórmula de intercambio aplicada, la URSS financió esos saldos negativos y los convirtió en deuda a pagar a partir de 1986, lo que no estaba previsto en el plan quinquenal firmado.


Adicionalmente, ante los problemas crecientes que se comenzaron a presentar con la balanza de pagos en el área capitalista, en más de un año nos dieron créditos en moneda convertible para cubrir los déficits y, desde 1977, nos autorizaron como complemento a que exportáramos en el mercado capitalista los ahorros que lográramos de los suministros de petróleo anuales que nos entregaban. Estas reexportaciones de petróleo comenzaron a ser crecientemente significativas a partir de 1980 y en los años finales del quinquenio 81-85 llegaron a representar nuestra principal fuente de divisas convertibles (casi 500 millones de dólares al año).


Es de señalar que el 30 de mayo de 1985 se firmó el mayor protocolo de intercambio comercial y pagos en la historia hasta ese momento de las relaciones de la Unión Soviética y Cuba ascendente a 8 200 millones de rublos. No es justo acusar a la URSS de tener como propósito construir una relación de dependencia y vulnerabilidad, lo que era recordado, según nos dice Amuchástegui, por los frecuentes viajes a La Habana de Nikolai Baibakov, “gran señor del GOSPLAN”.


Aunque no es lo más importante, debo precisar, de paso, que en los quince años que van de 1970 a 1985, Baibakov, hombre muy capaz, gran amigo de Cuba y admirador de Fidel, solo vino a nuestro país en cuatro oportunidades, dos con carácter bilateral —1971 y 1979—, y las otras dos para reuniones de los órganos de dirección del CAME —en 1982 en ocasión de celebrarse en Cuba la reunión del COMIPLAN (presidentes de los organismos de planificación) y en 1984 para la XXXIX Sesión del CAME a la que asistieron todos los presidentes de los órganos de planificación, los ministros de comercio exterior y en general los principales dirigentes económicos de todos los países miembros.


En cuanto a que se estaba construyendo “una relación de dependencia y vulnerabilidad” es necesario recordar lo siguiente: ya en la Plataforma Programática aprobada en el Primer Congreso del Partido se planteaba la tarea de elaborar una Estrategia de Desarrollo a Largo Plazo. Desde el primer momento después del Primer Congreso nos dimos a la tarea de elaborar y coordinar con la URSS y demás países del CAME una estrategia de desarrollo encaminada a cambiar la estructura de nuestra economía y precisamente eliminar nuestra dependencia y vulnerabilidad, aprovechando las favorables relaciones económicas establecidas y con ayuda de los países socialistas y de la URSS en primer lugar, sin sospechar ni prever lo que ocurriría quince años después. En una Resolución conjunta del Buró político del PCC y del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros en 1978 se orientó comenzar de inmediato la elaboración de esa estrategia de desarrollo a largo plazo. Se crearon 44 comisiones integradas por 1 500 compañeros de los diversos organismos para cumplir esta orientación. El día 16 de octubre de 1978 se efectuó una reunión en el teatro Karl Marx, presidida por Fidel y los máximos dirigentes del Partido y del gobierno, para dar inicio oficialmente a los trabajos de elaboración de esa estrategia de desarrollo a largo plazo.


A nombre de la máxima dirección del país, al Ministro-Presidente de la JUCEPLAN (actual MEP), se le encomendó hacer la clausura de la reunión. En sus palabras, expresó:



La naturaleza misma de los problemas que debemos resolver […] reclama más de uno, de tres y de cinco años y exigen en muchos casos más de 10 o 15 años […] En los más de 20 años transcurridos […] no hemos logrado el ritmo promedio de crecimiento necesario que nos permita salir del subdesarrollo, ni hemos logrado superar la deformación estructural de la economía externa […] acentuada por diversos factores.

Y más adelante, puntualizó: “El plan a largo plazo es el único que hace posible la creación de condiciones para la realización de la radicales transformaciones económico sociales que se requieren […] para la modificación de la estructura deformada de nuestra economía”.


En su Informe al Segundo Congreso del Partido, Fidel dedica una parte importante (6 páginas de la edición impresa) al tema de los trabajos que se venían realizando desde hacía más de dos años en la elaboración de la Estrategia de Desarrollo y planteaba que en los próximos años seguirían desarrollándose. Continuaron activamente hasta 1985 en que se vieron interrumpidos. En unos llamados “libros azules” se plasmaron los resultados de los trabajos de las diferentes comisiones hasta ese momento. Uno de los más importantes y avanzados, en estrecha colaboración con especialistas y dirigentes soviéticos, fue el Programa de desarrollo autoalimentarlo nacional (PAN).


Nuestros vínculos económicos con la Unión Soviética eran, durante el período 1975-1985, de especialización, integración y complementación que, por ejemplo, dada la relación de precios justos acordados entre nuestros países, en los nueve años comprendidos entre 1975 y 1984 representaron unos 27 mil millones de dólares más de ingresos que lo que hubiésemos obtenido de negociar los mismos productos sobre las bases del mercado mundial.


Pero, además, los soviéticos colaboraban y participaban con Cuba en los estudios y elaboración de los programas que con su ayuda y la del resto de los países del CAME (se firmaron convenios de colaboración a largo plazo en las diferentes ramas principales) nos permitirían en un determinado plazo, de varios quinquenios desde luego, superar la estructura deformada de nuestra economía y aspirar al auto sostenimiento y al desarrollo económico del país. Ese era el objetivo y para eso se trabajaba.



3. Sobre las relaciones con el área capitalista y la supuesta bancarrota económica de 1986


Señala Amuchástegui que “Si la relación excepcional con la Unión Soviética fue el factor principal, un segundo factor de no menor importancia fueron los abundantes créditos y proyectos de cooperación que Japón, España, Francia, Suecia, Argentina y otros países le extendieron a Cuba”.


Sigue diciendo que “Los créditos, tecnologías y proyectos de cooperación de estos mercados capitalistas fueron mal manejados hasta agotar sus potenciales; no se pagaban ni renegociaban de manera inteligente y viable con vistas a su continuidad; prevalecía la inmediatez y el no pago hasta desembocar en 1986, cuando Cuba anunciaba a sus acreedores su incapacidad para cumplir sus obligaciones. Si nuestra economía de 1971 a 1985 hubiera estado en situación tan boyante como la que se describe, no habría razón ni justificación para tomar la decisión de no pagar al año siguiente, casi de la noche a la mañana, en 1986 (subrayado mío) […] Hay algo que no encaja, que no se corresponde, entre el cuadro exitoso que nos presenta Humberto Pérez y la situación de bancarrota que se reconocía en 1986”. [Énfasis míos].


En primer lugar, en mi artículo se señalan los momentos de avance, desarrollo y eficiencia que se lograron en 1971-1985 pero solo en sentido relativo a otros períodos del proceso revolucionario. En ningún momento se plantea que se había logrado una situación boyante ni libre de insuficiencias, errores y dificultades. En segundo, la situación de serios problemas con la balanza comercial y de pagos y con las deudas del país relacionadas con el área capitalista no desembocaron de la noche a la mañana en una bancarrota que se anunció abrupta e inexplicablemente en 1986, sino que ya estaban presentes desde muchos años antes y se manifestaban con agudeza desde finales de la primera mitad de los años 70. Fue algo que recibieron como herencia el Primer Congreso del Partido, sus acuerdos y las instituciones y mecanismos de gestión que se derivaron del mismo.


Hasta 1970, Cuba no tenía prácticamente deudas en moneda libremente convertible. Antes de ese año, la Leyland nos había vendido en 1964 mil ómnibus a crédito e Inglaterra se buscó un serio problema con el Consejo Superior de la OTAN “por cooperar con el enemigo”. Francia nos vendió cientos de bulldozers y otros equipos pesados. Las pocas fábricas y los barcos que se adquirían se cubrieron con créditos a tres o cuatro años cuando más. En los primeros años no se había acumulado una deuda importante en moneda convertible. Del 64 al 67 solo se recibieron créditos por apenas unos 22 millones de dólares. El financiamiento externo en divisas convertibles aumentó, de 1968 a 1974, a razón de 50 millones de dólares por año y ya en el período de 1971 a 1973 el servicio de la deuda requería más de 33% de los ingresos del país en MLC.


Cuando Perón es electo presidente de Argentina ofrece a Cuba un crédito revolvente de 600 millones de dólares. A partir de 1973, mejoraron las condiciones en el mercado financiero internacional en MLC por una relativa distensión y por el “boom” petrolero que creó como consecuencia otro en el crédito internacional ante la necesidad de reciclar los superávit en cuenta corriente de los principales exportadores del crudo.


Por parte nuestra no se fue lo suficientemente prudentes y mesurados en el uso de dichas facilidades y se compraron, sin el debido estudio de inversión, microlocalizaciones y capacidades de construcción y montaje, etc., plantas cuyos equipos permanecieron almacenados durante mucho tiempo, comenzaron a deteriorarse y en cierto momento, en los años 75-76, se hizo necesario crear una Comisión a un alto nivel de gobierno para decidir qué hacer con todo lo que se había adquirido, gran parte de lo cual estaba inmovilizado. Ejemplo de ello son las diez plantas de torula, los molinos de trigo y otros.


En tres años, de 1974 a 1976, nuestra deuda externa en MLC creció en 2,83 veces (casi se triplicó) para un ritmo de crecimiento anual de 42% y llegó, a finales de 1976, a unos 2 450 millones de dólares, de los cuales casi 1 110 millones (45%) eran a corto plazo, lo que obligaba a una diaria y constante gestión bancaria. Esta deuda absorbía en su servicio de 40% a 45% de todos los ingresos en MLC del país. En ese momento, el saldo en bancos en moneda convertible del país era de solo 80 millones de dólares, y el plan elaborado para 1977 estimaba ingresos de unos 570 millones de los cuales 47% debía cubrir las amortizaciones e intereses a pagar y los 300 millones restantes no alcanzaban para enfrentar el plan de importaciones mínimas necesarias estimadas en unos 600 millones.


Al elaborar el plan quinquenal 1976-1980 se había estimado un precio para el azúcar en el mercado mundial de 15 centavos la libra pero los precios reales comenzaron a bajar desde 1975 hasta llegar a unos 8 centavos a finales de 1976. En agosto de ese año se iniciaron negociaciones con los suministradores para lograr posposiciones para 1977 de importaciones ya contratadas y con embarques pactados en el propio 1976.


Se paralizó la adquisición de plantas completas y se estableció lo que se denominó “buqueo”, que significaba decidir mes a mes qué se podía cargar en los puertos de origen según el monto mensual de divisas disponibles para responder a los embarques de mercancías que esperaban en esos puertos. Esto llevó a un ineficiente y costoso empleo de la flota mercante.


Debido a esta situación y a nuestra participación en la guerra de Angola se desarrolló una campaña internacional pronosticando el derrumbe de la economía cubana con el consiguiente retraimiento del mercado financiero internacional. Nos vimos obligados a tomar una serie de medidas, entre las cuales estuvieron las de no iniciar inversiones como no fueran las que generarían fondos exportables y discutir con los países socialistas para desplazar hacia ellos importaciones que veníamos haciendo desde países capitalistas. La participación del intercambio comercial con los países de economía de mercado se redujo de 22% del total en 1977-1980 a 13% en 1982-1984.


Se inició un esfuerzo intensivo por añadir nuevos rubros exportables, sobre todo al área capitalista. En el plan para el año 79 se incorporaron 72 nuevos rubros. Estos continuaron aumentando su nomenclatura y valor, año tras año, y en 1985 ya representaron ingresos adicionales por más de 150 millones de dólares. Se planificaron asimismo, para 1979, reducciones en los consumos de harina de maíz, pan, café, uniformes escolares, pinturas, etc. Debido a las medidas tomadas, la deuda externa en MLC no creció en 1978 ni en 1979.


Aparecieron la fiebre porcina, la roya de la caña y el moho azul del tabaco y para el plan de 1980 fue necesario hacer nuevos ajustes. Se orientó hacer una moratoria en las construcciones sobre todo de obras sociales, detener los inicios e incluso parar algunas obras en proceso, fortalecer el mantenimiento y la reparaciones, etc.


Para el quinquenio 1981-1985 ya había compromisos de pago de servicio de deuda al área capitalista ascendentes a 1 400 millones de dólares de obligaciones contraídas por las compras a crédito de plantas y equipos. Se solicitaron y obtuvieron préstamos en MLC de la URSS, Iraq, Libia y Argelia, que solo servían para paliar la situación y posponer la explosión de la crisis.


El precio del azúcar en el mercado libre continuó descendiendo en los años siguientes (menos en 1981) y en 1984 se redujo hasta 5,18 centavos la libra. Las tasas de interés comenzaron a crecer desde 1978 y sobre todo desde 1979. En 1981 se pagaron 500 millones en intereses por encima de los que se hubiesen pagado a las tasas de 1978.


La presencia nuestra en Angola y Etiopía, la llegada de Reagan al poder en los Estados Unidos y la situación en Centroamérica influyeron en una retirada masiva de los préstamos y depósitos a corto plazo. En diez meses, de octubre de 1981 hasta agosto de 1982, nos retiraron facilidades a corto plazo por unos 1 000 millones de dólares. Por lo anterior, nos vimos obligados a plantear, ese año, ante nuestros acreedores, la renegociación de 1 500 millones de la deuda en moneda convertible que ascendía en total a poco más de 3 000 millones. Esta renegociación es la que continuó hasta 1986. No apareció de la noche a la mañana: se había iniciado cuatro años antes.


En cuanto a lo que significaron las compras de bienes de capital en MLC en los primeros años de los 70, en las condiciones y el contexto económico en que se produjeron y cómo se produjeron, no resultaron, como dice Amuchástegui, “un segundo factor de no menor importancia” que la relación con la URSS, sino que representaron realmente una agonía permanente durante todos y cada uno de los años del decenio 1976-1985, que no era ni mínimamente compensada por lo que algunas de ellas aportaban a la economía nacional.


No es correcto decir que al llegar a 1985 la economía del país, vista en su conjunto, se hallaba en bancarrota pues en más de 85% estaba vinculada al entonces campo socialista que nos ofrecía relaciones de intercambio y financieras favorables sobre las que se asentaron principalmente los avances en crecimientos y eficiencia logrados en los tres lustros (y en particular en los dos últimos) que se abordan en mi artículo, a pesar de errores y deficiencias en su conducción y gestión. En crisis estaba solo la parte vinculada con el área de libre mercado en la que había que enfrentar el pago de financiamientos caros con exportaciones cada vez más depreciadas, una relación de intercambio crecientemente desfavorable y apelar a nuevos créditos con intereses cada vez más altos, además de las afectaciones y entorpecimientos que le añadía el bloqueo imperialista.


4. Sobre los quince años del período 1971-1985 y sobre todo 1976-1985: ¿crecimiento extensivo o intensivo?, ¿aumento o decrecimiento de la eficiencia?, ¿aumento o no del consumo?


Amuchástegui hace referencia irónicamente al período que yo refiero en mi artículo, y afirma: “Durante esos quince años de tantos éxitos no solo comenzaron marcadas declinaciones o total colapso en esferas como la pesca […] la marina mercante, la producción de alimentos, la construcción de viviendas, la industria ligera y alimentaria, “la revolución de los rendimientos” […] la palabra mantenimiento había desaparecido con todas sus implicaciones dañinas”, etc., y manifiesta, en relación con las actividades pesquera y de la marina mercante, que estas actividades económicas existieron exitosamente en los años 60 y de las dos hoy queda muy poco.


4.1. Sobre la pesca y la marina mercante


Es cierto que estas dos actividades fueron una “exitosa iniciativa de los años 60” y que de ambas “hoy queda muy poco”. Pero voy a recordar que pasó con ellas y con su desarrollo en 1971-1985, que Amuchástegui enjuicia desfavorablemente.


4.1.2. Actividad pesquera


La rama pesquera se organizó en 1959 como Departamento de la Pesca del INRA y desde enero de 1964 como Instituto Nacional de la Pesca. A partir de 1976 se constituyó como Ministerio de la Industria Pesquera, derivado de los acuerdos del I Congreso del Partido Comunista de Cuba.


Según los datos y anuarios del CEE, las capturas totales que fueron en 1970 de 106,0 tm, pasaron a ser de 143,9 tm en 1975 y de 219,9 tm en 1985. La producción en la acuicultura, que apenas se iniciaba en 1970, fue ese año de 241 t, de 1046 t en 1975 y de 15 434,3 t en 1985. El consumo per cápita anual de productos de la pesca fue de 10,8 kg en 1970 y ya en 1984 llegaba a los 16,5 kg. Las exportaciones pesqueras fueron de 19,0 millones de pesos en 1970; de 52,2 en 1975, y de 120 millones en 1985. También en la eficiencia económica y productiva tuvo la pesca incrementos sostenidos en todos esos años.[1]


4.1.3. Marina mercante


En relación con la marina mercante, en 1970 la Flota Mercante Cubana tenía 51 barcos con 460.1 tm de peso muerto y en 1985 llegó a las 112 unidades con 1 161 tm de peso muerto.[2]


4.2. Sobre la vivienda.


En relación con este asunto, Amuchástegui plantea que también en los años 60 se desarrollaron varias políticas para atenuar el acuciante problema de la vivienda, que fueron abandonadas después.


En los 17 años que van de 1959 a 1975 se construyeron 255 513 viviendas de las tipologías I y II (con techo de teja o placas y paredes de mampostería u hormigón), para un promedio anual de 15 030. Sumando todas las tipologías, se construyeron 628 484, para un promedio anual de 36 970 viviendas. Entre 1976 y 1985 se construyeron 309 374 viviendas de las tipologías I y II, para un promedio anual de 30 907 viviendas. Sumando todas las tipologías se construyeron 674 607 para un promedio anual de 67 461 viviendas. Es decir, en los diez años enjuiciados desfavorablemente por Amuchástegui se construyeron 53 861 viviendas más de las tipologías I y II que las construidas en los 17 años anteriores y 46 123 más si se consideran todas las tipologías.[3]


4.3. Sobre la industria alimenticia y el consumo alimenticio


En el quinquenio 1976-1980 la producción de los renglones principales de la industria alimenticia se elevó en 14%. En el quinquenio 1981-1985 creció al 6,1% anual. El día 30 de diciembre de 1985 se publicó en la prensa que el Ministerio de la Industria Alimentaria había alcanzado las producciones más altas de su historia en catorce productos fundamentales. Utilizando dos indicadores sintéticos relacionados con este punto, como el consumo de calorías y proteínas per cápita, vemos que mientras en 1975 se consumían 2 622 calorías per cápita, en 1985 ascendía ya a casi 3 000 calorías, y mientras en 1975 se consumían 71,4 gramos de proteína per cápita, 32,8 de ellas de origen animal, en 1985 el consumo era de 79 gramos con 36,2 de origen animal.


4.4. Sobre el mantenimiento constructivo


El mantenimiento constructivo, incluyendo el de viviendas, estuvo siempre entre las prioridades de la planificación y de la asignación de recursos en el período 1976-1985. Desde el primer momento se estableció de manera directiva que los órganos locales del Poder Popular (provinciales y municipales) debían destinar como mínimo 70% de los recursos constructivos que se les asignaran al mantenimiento constructivo y solo 30 % como máximo a nuevas inversiones. Al mantenimiento se destinaron recursos por 76, 7 millones de pesos en 1977 y fueron aumentando significativamente hasta llegar, en 1985, a 415,8 millones de pesos, para una tasa anual de crecimiento de 27%, mientras que la producción bruta total de construcciones en ese mismo período lo hacía en 7,3%. Desde los primeros años se le comenzaron a vender libremente a la población importantes cantidades de cemento y otros recursos para el mantenimiento y la construcción de viviendas por medios propios, cifras que fueron aumentando significativamente cada año.[4]


4.5. Sobre el supuesto colapso de los rendimientos y el crecimiento extensivo o intensivo de la economía.


Amuchástegui, además de hablar de una declinación o total colapso en “la revolución de los rendimientos”, expresa que “el factor decisivo en esos incrementos del PIB no fueron los diseños institucionales y de política económica mencionados sino los acuerdos económicos concertados con los soviéticos” y que “esto facilitó un crecimiento extensivo como nunca antes” y poco después insiste en que “esos crecimientos nunca tuvieron un carácter intensivo, sostenible y a largo plazo”.


En mi artículo yo planteo (supongo que Amuchástegui se haya fijado en ello y no sé por qué lo señala como si yo lo ignorara) que dichos crecimientos “se produjeron indudablemente, en primer lugar, por los excepcionales precios acordados con las URSS y con otros países del CAME” más “los altos niveles de créditos a bajas tasas de interés recibidos de estos países”. La diferencia está en que yo añado que: “no dejó de contribuir a ello la mayor eficiencia interna con que se trabajó en el país en ese período” y aporto datos y cifra al respecto. Esto Amuchástegui lo niega.


En primer lugar sería necesario precisar qué indicadores vamos a utilizar para caracterizar como extensivo o intensivo el crecimiento de una etapa dada. Cuando el crecimiento se produce solo sobre la base de una mayor cantidad de recursos productivos, y se mantienen constantes o empeoran los indicadores de eficiencia económica estaremos en presencia de un crecimiento puramente extensivo. Cuando, por el contrario, la cantidad de recursos productivos empleados se mantiene constante o disminuye y el incremento en la producción se logra únicamente por aumentos en los indicadores de eficiencia, tendremos un puro caso de crecimiento intensivo.


Quizás se deba aclarar que extensivo es cuando más de la mitad del crecimiento se obtiene por incrementos de recursos eintensivo cuando se logra por una mayor eficiencia. También habría que tener en cuenta cómo denominar relativamente a un período en el cual parte importante del crecimiento se alcanza por incrementos en la eficiencia económica (aunque no llegue al 50%), después de una larga etapa en que todo el crecimiento se produjo sobre la base de más recursos, o no hubo crecimiento y sí empeoramiento de la eficiencia económica.


En el período precedente, es decir en el decenio de 1966 a 1975 (todo a precios fijos de 1965), la economía en su conjunto tuvo un crecimiento promedio anual de 5,2%, logrado sobre todo por el crecimiento ocurrido en 1971-1975. Pero tuvo lugar a través de frecuentes altibajos y con una gran heterogeneidad sectorial.


En cuanto a la eficiencia económica en 1966-1970, la productividad neta del trabajo decreció y en 1970 era 12% inferior a la de 1967 y 2% inferior a la de 1965.


Las exportaciones en 1969 eran inferiores a las de 1960 y en 1975 eran escasamente 3% superiores a las de dieciséis años antes. Solo en cuatro años de ese período las exportaciones estuvieron por encima de las de 1960, mientras las importaciones crecieron sostenidamente en todos esos años, en el decenio 66-75 lo hicieron a 9,5% anual, llegando en 1975 a ser 2,6 veces superiores a las de 1960 y 2,5 veces a las de 1965.


A diferencia de lo anterior, la economía en el período 1971-1985 (medida a precios fijos de 1981) tuvo un crecimiento sostenido que abarcaba a todos los sectores. Alcanzó un crecimiento de 5,3% anual en 1976-1985, y en el quinquenio 1981-1985 fue de 7,2%. A cuenta de la productividad se obtuvo como promedio en el decenio más de 60% del Ingreso Nacional, y en 1985 representó 75,3%. El coeficiente del consumo productivo con respecto al Ingreso Nacional pasó de 0,97 en 1975 a 0,90 en 1985.


En la producción de azúcar crudo el consumo de petróleo era en 1976 de 2,1 galones por cada tonelada de caña molida; en 1980 se había reducido a 1,0 galón y en los últimos anos del quinquenio 81-85 se logró suprimir completamente el consumo de petróleo utilizando en su lugar el bagazo como combustible. En general, en 1984 se consumía 15% menos de energía total y 16% menos de petróleo y derivados que en 1975 para producir un peso de PIB.


En cuanto al sector externo (también a precios fijos de 1981), las exportaciones de bienes crecieron al 4,5% anual en 1976-85 y en el quinquenio 1981-85 al 8,2%, mientras tanto las importaciones de bienes del 76 al 85 crecieron a solo 2,5% promedio anual. En el quinquenio 1981-85, a precios fijos (es decir en términos físicos), las exportaciones crecieron cuatro veces más que las importaciones


En toda la historia anterior de la Revolución, medidas a precios fijos, nunca las exportaciones habían crecido más que las importaciones. En 1975, las importaciones representaban 31,3% de la producción total del país y 61,6% del ingreso nacional creado. En 1985, representaron 23,5% y 43,7% respectivamente.[5]


¿Sobre qué base se puede afirmar que el período en cuestión “tuvo un crecimiento extensivo como nunca antes” y que “esos crecimientos nunca tuvieron carácter intensivo, sostenido y a largo plazo”?


Sobre el supuesto “colapso en los rendimientos”, si acudimos a los Anuarios Estadísticos correspondientes al período 1971-1985, sobre todo en el decenio 1976-1985, veremos que tanto los volúmenes de producción agrícola en todos los renglones de cultivos, así como los rendimientos por área, aumentaron sostenida y significativamente año tras año, desde la caña hasta las hortalizas.


Algo similar ocurrió con las actividades pecuarias: porcina, avicultura, lechera, etc. tanto en sus volúmenes totales de producción como en el peso promedio de las entregas a sacrificio, los huevos por ponedora, los kg de leche por vaca, la conversión de pienso en carne, en huevos y leche, etc.[6]


5. Frente a la Ofensiva Revolucionaria de 1968


Manifiesta Amuchástegui que frente a este hecho “nada se hizo para rectificar dicho proceso y sus consecuencias, ni antes del 70 ni durante los quince años de Humberto Pérez. Dicen que rectificar es de sabios, pero en este caso nadie insistió o argumento a favor de una rectificación” (énfasis míos).


Supongo que al hablar de “los quince años de Humberto Pérez” lo haga por la única razón de que al período transcurrido entre 1971 y 1985 es al que me refiero en mi artículo, apoyándome en el “examen de las estadísticas de la historia económica de nuestro país y en las investigaciones y análisis que se han realizado de esa historia por estudiosos calificados”, como el único período de crecimiento y desarrollo de nuestro proceso revolucionario “a pesar de los errores e ineficiencias que ocurrieron en el mismo”.


Ante la afirmación absoluta de Amuchástegui de que “nada se hizo”, solo voy a recordar los siguientes hechos.


1) Ya en 1974, durante la experiencia de los órganos locales del Poder Popular en la provincia de Matanzas y como parte de ella, amparados en una Resolución que dictó el Banco Nacional de Cuba (que desde 1965 había asumido las funciones del Ministerio de Hacienda), se experimentó el trabajo por cuenta propia y se concedieron licencias para unos 30 oficios o actividades.


Después del Primer Congreso se autorizaron las actividades por cuenta propia por el Decreto Ley No. 14 del 3 de julio de 1978 y fueron posteriormente precisadas y reguladas con más detalle por Resolución Conjunta de los Comités Estatales de Finanzas y Trabajo y Seguridad Social de noviembre de 1982. A su amparo, creo que todos los que tenemos edad para ello recordamos, sobre todo, el funcionamiento del Mercado de Artesanos de la Catedral en La Habana Vieja, entre otros.


Es cierto que poco tiempo después vino la “Operación Adoquín” y una política de reducción y eliminación de dichas actividades sobre lo cual es ilustrativo un reportaje que salió en Juventud Rebelde el 18 de junio de 1986 dando a conocer que, en el IV Encuentro Nacional de Trabajadores de los Servicios Comerciales, se planteó “desarrollar un movimiento masivo para que todos aquellos que posean licencias de trabajo por cuenta propia renuncien a dicho privilegio”. El reportaje se titulaba en mayúsculas: “Una propuesta importante: la renuncia a la licencia de trabajo por cuenta propia”.


2) En 1980 se aprobó legalmente el Mercado Libre Campesino para la venta de productos agropecuarios, a precios de oferta y demanda, por parte de Cooperativas, áreas de autoconsumo de Empresas Estatales y campesinos y dueños de parcelas individuales, después del cumplimiento de los planes de acopio, aunque en 1983 se restringió y limitó ese mercado y en 1985 fue eliminado.


3) En 1982 se promulgó el Decreto Ley 50 que autorizaba la creación de empresas mixtas con la participación de hasta 49% del capital por parte de entidades extranjeras, aunque la política económica seguida solo autorizó su creación 7 u 8 años después, ya en vísperas del Período especial.


4) En 1981, en coordinación con la Oficina de Atención a los Órganos del Poder Popular adjunta al Consejo de Ministros, se realizó un levantamiento en todo el país, provincia por provincia, de todos los oficios y labores que, siendo estatales hasta ese momento, debían ser desestatalizados y pasados a ser operados por trabajadores por cuenta propia y/o cooperativas. La dirección del Partido y la del Órgano Provincial del Poder Popular de la entonces provincia llamada La Habana se ofrecieron para desarrollar una experiencia al respecto en su territorio antes de extender la ejecución de la idea a todo el país. Finalmente dicha idea y la propuesta ya concretada fueron desestimadas y no se realizó ni siquiera la experiencia.


6. El gazapo “cazado” por Amuchástegui


En su cuidadosa lectura de mi artículo (a veces como en este caso parece que con lupa, aunque algo empañada según todo hace indicar), Amuchástegui manifiesta en cierto momento al abordar lo relativo a la Zafra de los diez millones lo siguiente: “Y aquí cabe una pequeña corrección a Humberto Pérez: Fidel no anuncia que no se alcanzaran los diez millones en una comparecencia de TV, lo hace en público, frente a la antigua embajada de EE.UU”. Y tiene razón Amuchástegui en relación con que el anuncio ocurrió el 19 de mayo de 1970, pero no en el gazapo que ha creído cazarme.


Revísese mi artículo y se verá que yo no digo que Fidel en la intervención por TV del 20 de mayo de 1970 anunció que no se alcanzarían los diez millones. Textualmente escribo que “durante la intervención televisiva donde informó que no se alcanzarían los diez millones…”, y a renglón seguido hago una cita de esa intervención.


Si releemos el texto de esa intervención publicada en la prensa de la época veremos que Fidel comienza diciendo: “Les ruego que me excusen haber llegado un poco demasiado tarde, casi 45 minutos fuera de hora, a esta comparecencia, por la necesidad de recopilar una gran cantidad de datos en bastante breve tiempo con vistas al informe que queríamos hacer en la noche de hoy”. Y concluye Fidel esta breve introducción: “Más adelante explicaremos precisamente la oportunidad en que nosotros queríamos hacer el informe de la zafra, y las razones por las que salió a relucir ayer este problema”.


Entre otras publicaciones de la prensa de la época, en el número 21 del año 62 de la revista Bohemia del 22 de mayo de 1970 salen ambos documentos: el discurso del 19 de mayo de 1970 en que anunció que no se harían los diez millones y la intervención televisiva que hizo al siguiente día, en que informó en detalles al respecto. En mi artículo me refiero claramente al segundo documento.



7. Epílogo

El 28 de octubre de 1963 el Che escribió una carta a un compañero llamado Pablo Díaz, que le había enviado un artículo narrando determinados hechos históricos.


En esa carta el Che le expresaba que “La primera cosa que debe hacer un revolucionario que escribe historia es ceñirse a la verdad como un dedo en un guante”. Y concluía su breve carta: “Mi consejo, relee el artículo, quítale todo lo que tú sepas que no es verdad y ten cuidado con todo lo que no te conste que sea verdad”.


De te fabula narratur.










[1] Datos tomados del Informe a la Asamblea Nacional hecho por el MIP en julio de 1985 y de los Anuarios estadísticos del CEE.




[2] Datos tomados de los Anuarios Estadísticos del CEE.




[3] Datos estadísticos extraídos y derivados del Censo de Población y Viviendas realizado en 1981 y de los Anuarios Estadísticos del CEE de los años posteriores.




[4] Datos tomados de los Anuarios Estadísticos del CEE y de los Informes de Fidel al II y III Congresos del PCC.




[5] Datos tomados de Reconstrucción y análisis de las Series Estadísticas 1960-1975 elaborado por el INIE y de Balance de la Economía Nacional 1975-1985 elaborado por el CEE y publicado en 1986.



[6] Datos tomados de Reconstrucción y análisis…, ob. cit., y de los Anuarios Estadísticos del CEE para el período 1976-1985.