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lunes, 19 de febrero de 2018

¿Quiere usted ganarse cien pesos? Un centrista responde




En una entrada anterior se describe la Encuesta que hizo Carteles en los 1930 con la pregunta que da título a este post. El premio a la mejor respuesta sería 100 pesos.

En esta ocasión, reproduzco una de las respuestas recibidas, en la que el autor se autocalificaba de “centrista” y explicaba sus posiciones.

Estas eran las preguntas de la Encuesta:

¿Es usted derechista o izquierdista?
¿Cuáles son, a grandes rasgos, en el orden político social, los ideales de su doctrina, que le inclinan a defenderla?
¿Cuáles son los que defiende el bando contrario y con los cuales está usted impugna o desacuerdo?
¿Estima usted que el fascismo es una doctrina de izquierda o de derecha? ¿Por qué?
¿Dónde coloca usted al comunismo, la derecha o la izquierda? Dé sus razones.
¿Con cuál de los dos regímenes han alcanzado mayores libertades y oportunidades de superación el obrero manual, el campesino y lo que se consideran en el orden social desheredados de la fortuna?
Si ninguno de esos dos regímenes le satisface, ¿cuál otro encarna dentro de sus ideas derechistas o izquierdistas los supremos ideales del pueblo y por qué?


Un centrista

Así respondía Carlos M. B Castro Augusto R. Sigarreta, de Filadelfia, en Estados Unidos de América

Primera: Centrista.

Segunda: Considero al “centrismo” como la práctica realizable de los principios de común beneficio entre las derechas e izquierdas. Cual si tales beneficios pudieran nivelar en la balanza social los ideales de ambos extremos. Me inclina a defenderla la simple idea de encontrar la vía más real de edificar una masa homogénea que tienda al verdadero equilibrio nacional. Es la fórmula social en la que ambos lados pueden participar de sus ideales en común.

Tercera: Las derechas o izquierdas extremistas. Estoy en desacuerdo sencillamente porque la idea conservadora de las primeras elimina los pasos gigantescos del progreso en el orden político social. Y las segundas extreman los principios liberales a normas incapaces de practicar, porque están inspiradas en un ideal en el cual no se consideran las naturales tendencias del hombre como tal, y las cuales se elimina la posibilidad de conservar lo que de bueno tenga un régimen conservador.

Cuarta: El fascismo lo inspiró el deseo de implantar un movimiento radical en Italia. Hoy su práctica tienen notas de ambas tendencias; es casi un centrismo indeterminado. Los derechos del pueblo reconocidos vs. una nobleza también reconocida.

Quinta: El comunismo es la doctrina de la propiedad común; la negación de derechos individuales en la propiedad. Esto es el comunismo ideal; no el comunismo que se practica en Rusia donde una dictadura proletaria impone una izquierda radical con detrimento lo que una izquierda social bien inspirada podría brindarle una sociedad ansiosa de reivindicaciones.

Sexta: Un régimen extremista da la oportunidad de satisfacer un deseo social, pero no una necesidad social. El obrero manual ha tenido “mayores libertades” en los cambios izquierdistas, pero no “mejores oportunidades”.

Séptimo: Considerando las derechas e izquierdas como los extremos de la ecuación social, la única manera de establecer el equilibrio descansa en la “media proporcional” que goza del privilegio de ser indispensable a ambos extremos. Es, pues, el centrismo la fórmula feliz capaz de satisfacer el anhelo social. El “fiel” de la balanza mediante un simple esfuerzo de comprensión y un deseo lleno de sabia humanidad.

Carteles, Volumen XXX, La Habana, octubre 31, 1937, pp. 16 y 60

domingo, 31 de diciembre de 2017

La fuerza de Fernando Martínez Heredia




Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.
No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.
Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.
Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo.
En ello, Martínez Heredia mantuvo una terquedad admirable a lo largo de su vida. Supo, pudo y se atrevió a hacer: publicó el marxismo occidental cuando era un “problema ideológico”; estudió la revolución de 1930 —“la más desconocida de las revoluciones cubanas”— cuando era conflictivo acercarse con enfoques renovados a la tradición nacionalista cubana, en momentos políticos en que, por otra parte, se deslegitimaba el “pasado” y se buscaba en lares teóricos exóticos las raíces del proceso revolucionario (como la alucinante descripción de Blas Roca sobre las etapas “feudal, capitalista y socialista” que Cuba habría vivido hasta entonces); y escribió el mejor libro producido en Cuba sobre el pensamiento integral de Ernesto Che Guevara, tras dos décadas de silencio analítico nacional sobre el “guerrillero heroico”.
No por casualidad, Martínez Heredia escogió a Julio Antonio Mella como tema de uno de sus primeros textos. Con “Por qué Julio Antonio” entendió el entronque de la tradición nacionalista democrática con el mejor marxismo crítico producido en la Isla. Mella recuperó la tradición patriótica de las luchas independentistas y la fusionó con el ideal de la liberación social, en clave de la emancipación de la dominación clasista. A partir de aquí, su lectura sobre Martí fue tan original como antagonista: el proyecto no es sustituir “al rico extranjero por el rico nacional”, “¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario [Cubano, de José Martí] de 1895 a 1928”. Desde este enfoque mellista—y contra una tesis extendida según la cual la revista Pensamiento Crítico se ocupaba solo de pensamiento “extranjero”— fueron elaborados números de esa publicación, asombrosos hasta hoy, como los dedicados a José Martí (No.49-50, 1971), y a la Revolución de 1930-33 (No. 39, 1970). Con ellos, el equipo de la revista, con Martínez Heredia a la cabeza, propuso nuevos enfoques y construyó nuevos archivos, documentales y de memoria, sobre la tradición nacionalista y la teoría marxista de las revoluciones.
Puede existir un número infinito de investigadores que compartan los rasgos personales y los compromisos políticos de Martínez Heredia. También pueden producir, y de hecho lo hacen, resultados analíticos por completo diferentes. El autor de La Revolución cubana del 30 explicó así las condiciones de posibilidad del enfoque teórico que combatió a través de su obra: “tanto la alabanza interesada de la república de 1902-1958 como el rechazo abstracto y en bloque de aquella época histórica tienen en común su falta de relación con la vida y los problemas de la gente común, y cierto hábito mental e ideológico de clases medias, muy lejanas a la brega por la sobrevivencia y por un fatigoso y lento ascenso social a la que están obligadas las mayorías.”(Martínez Heredia 2002)
Su comprensión del “pueblo” partió de una matriz teórica específica que operacionalizó de este modo: a) el pueblo se refiere a una polarización, no a una estratificación social; b) este grupo tiene más identidad desde la identificación del enemigo que desde la de sí mismo, y de los demás como “otros” (mismidad y otredad); c) existe un dinamismo: el pueblo no está dado de una vez para siempre, ni es igual a sí mismo; y pueden historiarse su composición, sus rasgos y sus motivaciones. (Martínez Heredia 1999)
Martínez Heredia explicó que su elaboración pertenecía a una corriente singular del marxismo —pues reconoció siempre la existencia de varios marxismos, como de varios socialismos, en Cuba, tanto en la historia pre como post 1959—. La suya es la tradición de Gramsci, que describió al pueblo, en el marco de sentido de “lo plebeyo”, como “el bloque social de los oprimidos”, opuesto al “bloque histórico” en el poder, con sentido similar a Rosa Luxemburgo. En la tradición política cubana, el concepto de “pueblo” más afín al trabajado por Martínez Heredia es el de Fidel Castro en La historia me absolverá: “llamamos pueblo, si de lucha se trata….” .
En esta perspectiva, la única sede del poder político es la comunidad política llamada “pueblo”, constituida a sí misma a través de su propia experiencia política. Esta noción no confunde al pueblo con la sociedad civil. El primero nace de reconocer diferencias sociales y plantearse la abolición de las formas de dominación nacidas de esas diferencias, que segregan ciudadanos de no ciudadanos, o ciudadanos de primera y segunda. En cambio, la “sociedad civil” no reconoce como punto de partida las asimetrías sociales existentes, pues opera como si ya existiese una comunidad universal de ciudadanos “iguales” entre sí. Martínez Heredia especificó su comprensión de este modo: “yo exploro las posibilidades de conocimiento a partir de considerar que las clases sociales solo se constituyen desde sus contraposiciones, percepciones y actitudes conflictuales, esto es, desde las luchas de clases”. (Martínez Heredia 1999)
Sin embargo, no compartió la perspectiva exclusivamente clasista, que hace la metonimia —tan clásica como reductora—, entre la clase y lo social, y que produce “historias del movimiento obrero” en lugar de “historia de los trabajadores”. Sus numerosos y eruditos estudios sobre el papel de la raza y el antirracismo en la formación del pueblo cubano, y en sus dinámicas sociales y políticas, así como sobre el cambio cultural y sus consecuencias para una revolución, bastan para demostrarlo.
Entre sus estudios sobre estos temas recuerdo con especial afecto los dedicados a Ricardo Batrell y a José Isabel Herrera (Mangoché), por las largas disertaciones que le escuché sobre la marca cultural y social de las personas “SOA”, “sin otro apellido”, y sus recitaciones —que a Carpentier le hubiese gustado escuchar— de canciones populares de la independencia (como también lo hacía con temas populares de la república, de la revolución y de la guerra en Angola). Esa masa de composiciones populares formaba parte de sus análisis y las citaba en sus textos, como hizo con “La clave a Maceo”, de Sindo Garay, que transcribió así: “Si Maceo volviera a vivir/y a su noble Patria otra vez contemplara/de seguro la vergüenza lo matara/y volvería a morir”. (Martínez Heredia 2001, p. 302)
Con tales recursos, se alejó de cualquier propensión hacia el nacionalismo de contenido étnico, que suele mantener relaciones horrísonas con la democracia política. Ese nacionalismo, como ha explicado Ramón Máiz, se fundamenta en el cruce con la idea de nación como tradición, origen común, historia y cultura compartidas, o sea, “el amor ridículo a la tierra [o] a la yerba que pisan nuestras plantas”, en palabras de Martí. La tradición y la adhesión a esos valores orgánicos son más determinantes en la formación de la nación que los valores políticos, esto es, el “odio invencible a quien la oprime […] el rencor eterno a quien la ataca”, otra vez en palabras de Martí. Ese discurso etnicista identifica un “espíritu nacional”, que es invocado en nombre de un pueblo homogeneizado en el discurso, e instrumentalizado políticamente.
Martínez Heredia adscribió a otra corriente de comprensión sobre el nacionalismo, que identifica cómo la nación y el nacionalismo llegaron a invocarse a través de la justicia social y la justicia racial. Es la tradición del cruce entre Fernando Ortiz, por un lado, y Rafael Soto Paz con Raúl Cepero Bonilla, por otro. Con el primero, comprendió que asentar la “cubanidad” sobre una base estrictamente cultural, era purgarla de toda connotación racial susceptible de ser usada en negativo; con los segundos, comprendió que el liberalismo oligárquico no defendía solo un concepto exclusivo y excluyente de la propiedad privada sobre bienes y recursos, sino defendía también la propiedad exclusiva y excluyente de la patria por parte de la nación blanca.
La comprensión de Martínez Heredia, como en esos tres autores —y también en Eric Hobsbawm, más que en Benedict Anderson—, discutía las teorías orgánicas y voluntaristas de la nación para lograr una construcción abierta: se es cubano por nacer en Cuba y formar parte de su comunidad de cultura, pero también por la “conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. Así lo escribió el autor de El corrimiento hacia el rojo: “Los cubanos no lo somos porque vengamos de la misma etnia, ni compartamos la misma religión, o nuestra historia sea milenaria y nuestra cocina autóctona variadísima. El gentilicio se hizo realidad por unas representaciones y una conciencia política compartidas que llevaron a una gesta nacionalista y a un holocausto, por una masa de acciones populares colectivas que llamamos la Guerra del 95, ampliada y afirmada por la acción política del pueblo durante la ocupación norteamericana. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta hoy.”(Martínez Heredia 2002)
Martínez Heredia combatió siempre el “purismo” doctrinal del “marxismo-leninismo”, del cual se deriva, necesariamente, una política sectaria. Un enfoque teórico abierto no es solo más perceptivo hacia lo social, sino habilita políticas también más abiertas hacia lo social. La historia del marxismo tiene capítulos trágicos de esa correlación entre teoría y política sectarias. En lo global, recuérdese el trato dado a la cuestión obrera y campesina durante la revolución china,[1] o a escala nacional empeños como “la faja negra de Oriente” en los 1930, o la discriminación y represión contra personas de diversa orientación sexual y la clausura de espacios de pensamiento crítico en el proceso pos 1959, la que Martínez Heredia experimentó en carne propia.
Sin embargo, nadie podrá invocar, con legitimidad, al autor de En el horno de los noventa para justificar comprensiones sectarias de la historia de Cuba, ni políticas represivas de la diversidad —ideológica, cultural, racial, etc— en el país actual: “Cuando solo denominamos neocolonial a la república, nos deslizamos hacia unas antinomias que falsean u oscurecen la comprensión de nuestro proceso histórico: “patricios vs.esclavistas”, “cubanos vs. españoles”, “cubanos vs. imperialistas”. De esa manera simplista queda implícita la actuación de bloques que, en la realidad, nunca existieron, al que pertenecerían todos los cubanos —exceptuados los “malos cubanos” o los “traidores”— y desaparece de la escena la clase de los burgueses cubanos, históricamente expoliadora del trabajo, sometida, racista y, cada vez que ha sido necesario, antinacional.” (Martínez Heredia 2002)
El radicalismo de Martínez Heredia tiene este componente, el mismo que explicó también al analizar el contexto de los primeros años 1960 y el triunfo del pueblo cubano en Playa Girón: “El componente nacionalista radical de la Revolución, y el entonces pujante orgullo de ser cubano, se imponían a los ´clasismos´ y los extremismos.” (Martínez Heredia 2002) Si queremos hablar de su carácter personal, supo también vivir como lo que predicó: tuvo legiones de seguidores que pertenecen a corrientes políticas distintas dentro de la política cubana actual. Entre ellos es muy probable que “no se hablen ni se traten”, pero tuvieron en Martínez Heredia un puente común en lo político, un maestro en el campo intelectual y una admiración compartida por su ética. En ella, su lealtad a los amigos/compañeros políticos fue proverbial: no se conoce de una palabra suya que deslegitimara sin base a un compañero, aun cuando no compartiese varias de sus ideas.
Con su enfoque teórico, con su ética personal, con su política hacia lo público, con ese amor —no hay que tenerle miedo a la palabra amor— por Cuba y por los cubanos, se entiende lo que Martínez Heredia llamó “la fuerza del pueblo”. Es también la propia, personal, fuerza, de su legado. La fuerza de Fernando Martínez Heredia es la de saber, poder y atreverse a admirar, respetar (y a hacer política con y hacia el pueblo de Cuba), como merece ese pueblo cantado en las cuartetas que tanto gustaba a Martínez Heredia recitar, con memoria de elefante, sonrisa guitarrona y, siempre, con un orgullo, muy contagioso, de ser cubano. Por todo esto, Fernando, diremos, contigo y con Ñico Saquito: si lo que quieren es tumba, tumba le vamos a dar.
Bibliografía
Fontana, Josep (2010): La historia de los hombres. El siglo XX. 1ª ed., 2ª reimp. Barcelona: Crítica (Biblioteca de Bolsillo, 81).
Martínez Heredia, Fernando (1999): “La fuerza del pueblo”. En Temas (no. 16-17, octubre de 1998- junio), pp. 82–93.
Martínez Heredia, Fernando (2000): “Nacionalizando la nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”. En Ana Vera Estrada (Ed.): Pensamiento y tradiciones populares. Estudios de identidad cultural cubana y latinoamericana. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Martínez Heredia, Fernando (2001): “Ricardo Batrell empuña la pluma”. En Orlando García Martínez, Fernando Martínez Heredia, Rebecca Jarvis Scott (Eds.): Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912. La Habana: Ediciones Unión (Colección Clío).
Martínez Heredia, Fernando (2002): “El pueblo de Cuba y el 20 de mayo”. En La Gaceta de Cuba (No. 4, UNEAC, La Habana, jul.-ago.).
Notas:
[1] Fontana lo ha explicado así: “El tema tomó una dimensión política inmediata con motivo de las discusiones respecto de la política que se debía seguir en China. Los que pensaban que la sociedad china estaba en una fase feudal propugnaban la alianza de los comunistas con la burguesía nacional para hacer la revolución burguesa como etapa previa a la socialista; los que suponían, como Trotski, que ya estaba en pleno capitalismo, no veían otra salida que la hegemonía del proletariado. Pensar, en cambio, que China se pudiera hallar en el tránsito del modo de producción asiático al capitalismo dejaba a los teóricos sin recetas para formular una línea de actuación. El resultado práctico de esta confusión fue el caos de la política china, que acabó en un desastre a costa de muchas vidas humanas.” Fontana 2010 imp, p. 63
es un jurista y filósofo político cubano, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, muy representativo de una nueva y brillante generación de intelectuales cubanos partidarios de una visión republicano-democrática del socialismo.

lunes, 30 de octubre de 2017

La migración cubana: los árboles y el bosque



Foto: Kaloian.

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30 octubre, 2017 

Por:


Julio César Guanche, On Cuba

El pasado 28 de octubre el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, anunció en una reunión con cubanos residentes en EE.UU. nuevos cambios a la política migratoria cubana. El ministro los enmarcó en una doble temporalidad: dentro del largo plazo – “paulatino” – de revisión de esa política, iniciada en 2012; y en el tiempo coyuntural de una respuesta desde Cuba a los cierres que ha impuesto en este campo la administración de Donald Trump. Como colofón de su intervención, el ministro cubano anunció: “Cuba abre”, con lo que desató una tempestad de euforia en unos y de indiferencia en otros, en el tan polarizado debate cubano sobre el tema migratorio.

La celebración cuenta con razones lógicas: el anuncio elimina el requisito de la habilitación del pasaporte –a través del cual sobrevivía para los emigrados el permiso de entrada eliminado en 2012, y que en ocasiones encarecía más aún el pasaporte–; permite entrar al país por mar –ya no solo a través de cruceros, lo que amplía las posibilidades de viaje marítimo–; autoriza el ingreso al país a quienes salieron ilegalmente –lo que beneficia a “balseros” y otros casos aislados–; y eliminó el requisito de avencidamiento para solicitar la ciudadanía cubana por nacimiento a descendientes, nacidos en el extranjero, de padre y / o madre natural de Cuba –lo que agiliza y reduce costos del proceso.

El escepticismo, la indiferencia, e incluso la denuncia de ser “más de lo mismo”, tienen también sus razones propias. Primero, celebrar el restablecimiento de derechos es algo que debe hacerse con cierta distinción, pues no son favores sino obligaciones estatales. Segundo, las medidas se anuncian dentro de un proceso “paulatino” que no se compromete con contenidos específicos (se van “soltando” medidas a discreción) ni con cronogramas transparentes. Tercero, los cambios podrían ir más lejos, pues mantienen la obligatoriedad de la prórroga y el precio de los pasaportes –uno de los más caros, si no el más caro, del mundo–; la obligación de entrar cada 24 meses al país de origen –del cual se es ciudadano–, y conservan múltiples excepciones, como la interdicción de hasta ocho años para los que abandonaron misiones oficiales. Un cambio importante sería la unificación bajo una sola condición de ciudadanos residentes en el exterior de todas las formas tipificables de migrantes.

Los aprobados no son, sin embargo, cambios “cosméticos”. El requisito de avencidamiento data nada menos que de ¡1944! Toda la legislación cubana desde entonces ha colocado como criterio rector para la adquisición de ciudadanía el requisito de residencia. Luego, no es un cambio menor su exclusión, pues modifica una sostenida –y vista desde hoy quizás “arcaica” – tradición jurídica, que se mantiene en otras zonas. Por ejemplo, en la Ley Electoral vigente, que coloca la residencia como requisito habilitante para el voto, por encima de la condición legal de ciudadanía.

Por otra parte, la mayor facilidad para adquirir la ciudadanía abre más puertas al derecho sucesorio, cuando desde la Ley No. 989 de diciembre de 1961 hasta 2011 –una friolera de 50 años– se dispuso “la nacionalización mediante confiscación a favor del Estado cubano, de los bienes, derechos y acciones de los que se ausenten con carácter definitivo del país.” Con la nueva medida –continuando y facilitando lo aprobado en 2011 y 2012– los nacidos fuera de Cuba, de padres cubanos, que adquieran la ciudadanía cubana, pueden heredar propiedades familiares. Para los que estén en ese caso, tampoco luce como un tema menor.

En las reacciones frente al anuncio ha sido señalado menos, y forma parte del asunto, que no existe ley de Ciudadanía en Cuba. Es un hecho francamente singular. Tanto en los 1980, como en 1990, se hicieron sendos borradores de ley, nunca aprobados. Desde 1982 –han pasado 35 años hasta hoy– hemos escuchado frases como esta: “Sabemos que en la actualidad las Comisiones de estudios jurídicos de la Asamblea Nacional se encuentran trabajando en un proyecto de ley de Ciudadanía que sin duda recogerá las realidades actuales, pero es el hecho cierto de que todavía esta actividad está regida por el Decreto 358 de 1944, lo cual provoca no pocos inconvenientes.”

Ningún país del continente tiene, como Cuba, vigente (parcialmente) un decreto de 1944 sobre el tema (Reglamento de Ciudadanía). Esa norma es preconstitucional y cuenta con gran cantidad de artículos materialmente irrealizables, como los que regula que “jurarán también que se encuentran en posesión del estado político de ciudadano cubano y que residen habitualmente en Cuba, y esto último lo probarán con el informe de vecindad expedido por el Alcalde Municipal de su residencia o por el Capitán de la Estación de Policía de su demarcación si residiere en la ciudad de La Habana”. En este punto, la crítica a lo “paulatino” del proceso está más que justificada.

La carencia de ley de ciudadanía, cuya existencia ordena la Constitución desde 1976, provoca un enredo extraordinario, y la falta de un marco claro, estable y consolidado sobre tan sensible tema. Entre las causas más comúnmente señaladas para explicar la ausencia de esta ley –a falta de justificación oficial– se encuentran la de mantener la obligación para todos los nacidos en Cuba de entrar al país con pasaporte cubano, para que así quede obligado por el derecho nacional durante su estancia en el país (sin poder invocar alguna otra ciudadanía, y sus derechos respectivos, en caso que la posea), y la recaudación por parte del Estado de los elevados costos de la conservación del pasaporte cubano y de su vigencia.

El artículo 32 de la Constitución vigente dejó libre al legislador la definición de las causales de pérdida de ciudadanía; mantuvo la reserva de ley para su recuperación; especificó que no se admite la doble ciudadanía, pues en caso de adquisición de una extranjera, se perderá la cubana; y admitió el derecho a cambiar de ciudadanía. Sin embargo, al no existir ley de ciudadanía no existe actualmente procedimiento regular para su cambio. A todos los efectos nacionales, solo se reconoce la ciudadanía cubana, y no se hace cumplir ese derecho consagrado en la Constitución.

La imposibilidad práctica de cambiar de ciudadanía ha sido objeto de una interpretación, como la que sostiene la profesora Martha Prieto, que asegura que se reconocen “dos ciudadanías”, pero no la “doble ciudadanía”. Significa que, al reconocerse “dos” ciudadanías, se acepta la existencia de una ciudadanía extranjera, sin que por ello se pierda la cubana, pero la extranjera no surte efectos dentro de Cuba, cosa que ocurriría en caso de aceptarse la doble ciudadanía.

Un tema reciente activó este asunto: la concesión de la ciudadanía española por naturalización a cubanos residentes en Cuba que aplicaban a sus condiciones, por la española Ley 52/2007, de 28 de diciembre, o “Ley de la Memoria Histórica”. De las más de 500 mil solicitudes hechas en todo el mundo para esta Ley, 40,7 por ciento de ellas fueron de cubanos, el país con mayor número de solicitudes, seguido de Argentina, con 25,5 por ciento. En su caso, los que han obtenido ciudadanía española por esa vía, lo hicieron desde Cuba, y siguieron manteniendo la ciudadanía cubana.

La única norma existente de modo transparente sobre el tema, y que se cumple en la práctica, no es de naturaleza estatal, sino partidista. La normativa interna del Partido Comunista de Cuba (PCC) que según la Constitución “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado” (art. 5), establece que solo “Excepcionalmente podrán admitirse en el partido a ciudadanos cubanos que ostenten, además, otra ciudadanía”. En consecuencia, los adquirentes de la ciudadanía española por la Ley de Memoria Histórica, si eran militantes del PCC, perdieron esa condición, y mantuvieron la ciudadanía cubana. O sea, el PCC cumple la Constitución, pero no lo hace, en este punto, el Estado cubano.


Foto: Kaloian.

Lo antes descrito es una breve muestra de los problemas que encara la concepción “paulatina” de la reforma migratoria. En mi opinión, es más deseable una concepción integral. Con ella, se puede celebrar con distinción cada paso coyuntural –como los de ahora y, en el futuro –ojalá que inmediato–, la tan demandada eliminación de las prórrogas del pasaporte y la eliminación del límite de 24 meses para entrar al país. También, se podría apreciar cómo se insertan dentro de un horizonte que permita ver el bosque completo –y hacer deseable su visión. Es probable que una política así concebida genere no solo más consensos hacia la política en curso, sino más beneficios conjuntos para el Estado y para sus ciudadanos.

Para ello, dar cuenta de la realidad de Cuba como un país trasnacional es esencial. En el campo artístico y cultural, la idea de Cuba como un “aleph”, elaborada por Ambrosio Fornet, se ha abierto paso desde los 1990 para legitimar la producción cultural allende los mares como cubana, como coproducida por compatriotas; pero ese tipo de comprensión moral sobre qué es “lo cubano” hoy, ha avanzado con mucha dificultad y lentitud hacia otros campos, como el que nos ocupa.

En 1937, Enrique Gay Galbó hablaba del “mosaico de nuestra población”, refiriéndose a la inmigración de cientos de miles de personas que llegaron hasta esa fecha a Cuba: “Una de las anomalías de nuestro panorama jurídico en que no tenemos leyes propias de un país de inmigración, por las que nadie se ha preocupado”. Ochenta años después la situación es por completo diferente: Cuba es un país de migrantes y es preciso legislar en función de esa realidad.

En los últimos cincuenta años han emigrado más de 2 millones de cubanos a más de 160 países, lo que sitúa la Isla en la mitad de la tabla de los países emisores de migrantes. Dar cuenta de esa realidad no es solo legislar “poquito a poquito” quitando trabas, sino procesar maneras de reconocer a la población migrante plena membresía nacional, reconocerles un lugar en la consecución del desarrollo económico y social de Cuba y abrir –aquí sí no queda otra que “paulatinamente”, si queremos ser mínimamente realistas– un proceso de reconocimiento de derechos políticos y de mecanismos propios de representación de las diásporas con capacidad de intermediación política.

Por todo ello, no debería ser este un tema que esté conectado reactivamernte a los cierres de Trump –y a la debida y legítima reacción frente a sus infames políticas y a la justa denuncia del bloqueo. Debería corresponder a la migración patriótica en los EE.UU. disputar toda decisión oficial que afecte a la nación cubana y a sus ciudadanos; pero corresponde al Estado cubano y a todos sus ciudadanos, dondequiera que estén en este ancho mundo, abrir este campo como una necesidad nacional, encuadrada en un marco político de derechos, y dentro de un marco moral de relación con los migrantes, que ofrezca a todos sus ciudadanos el rostro más amable de su nación.

miércoles, 19 de julio de 2017

Del “miedo canijo”, o de los usos del “centrismo” hoy en Cuba

Por Julio César Guanche, Segunda Cita

El actual debate contra el “centrismo” es muy reciente (viene siendo empleado hace menos de dos años), pero la imaginación de la que procede es más antigua.

En Cuba desde los 1960 hasta hoy hemos vivido “debates” contra “quintacolumnistas”, “reformistas”, “segmentos blandos”, “diversionistas”, etc. No es solo una tradición cubana. La experiencia estalinista convirtió la etiqueta “enemigos del pueblo”, con sus epítetos correspondientes, en el eje de una política represiva que se apropió del nombre del socialismo. Tampoco es una tradición solo “comunista”. Políticas capitalistas represivas han criminalizado diferencias (y criminalizan hoy de muchos modos) a través de procesos como el macartismo.

El “debate” impulsado contra los “centristas” pretende reducir a solo dos puntos todas las posibilidades del espectro político cubano. Se sabe mucho sobre los proyectos que han defendido esa doctrina (“conmigo o contra mí”) y sobre sus consecuencias. Sabemos, de inicio, que no conviene al Estado y a la sociedad cubanas para resolver nuestras necesidades de construcción política y mejoramiento social.

La pluralidad y el aislacionismo político

Las revoluciones no son solo un cambio radical en la estructura social y las representaciones culturales de un pueblo, son también una “masa de acciones colectivas”. No hay forma de concebir de modo uniforme “esa masa”, que no sea recortando su interpretación y alcance en el discurso que la delimita y emplea.

Martí dio cabida a un amplio registro de sectores interesados en la independencia nacional y social de Cuba. Mella disputó un campo de beligerancia contra Machado con sectores de la oposición burguesa y de distintos ámbitos revolucionarios. La política de Guiteras fue defendida, entre otros, por sectores trotskistas. El partido comunista cubano pactó con Batista en 1938, pero son menos publicitados los márgenes de independencia que sostuvo. Chibás creó el partido de masas, policlasista, más grande de la historia nacional hasta entonces. Fidel Castro elaboró, con el MR-26-7, una de las creaciones políticas más originales de la historia nacional, capaz de articular a una gran cantidad de personas y sectores sociales.

En la América Latina del siglo XX no fue “centrista” el APRA peruano que preconizó explícitamente una “tercera vía” como salida frente al capitalismo y frente al socialismo de la URSS, cuya deformación ya era evidente entonces. No fue “centrista” ninguno de los ahora llamados populismos “clásicos”: “ni yanquis, ni marxistas; peronistas.” O, como decía el cardenismo mexicano: “ni liberalismo individualista ni Estado patrón”. En diálogo con esa cultura política Fidel Castro formuló la idea de conquistar la “libertad con pan, y el pan sin terror.”

No era “centrista” Rosa Luxemburgo en sus debates críticos con Lenin. No lo era Gramsci en su argumentación democrática sobre la constitución de lo nacional-popular y en sus críticas al estalinismo. No lo era Che Guevara con su denuncia al capitalismo y al socialismo soviético. No era “centrista” Hugo Chávez con su “socialismo del siglo XXI.” No es “centrista” el debate en Europa sobre la “centralidad del tablero”, que ha impulsado, por la izquierda, Podemos, en España, frente a la oligarquización de la política a manos de la derecha, nueva o vieja, y de la izquierda socialdemócrata que devino hace décadas un ala entusiasta del capitalismo neoliberal.

El problema del “centrismo”

Como ha sido empleado en este debate, el concepto de “centrismo” es muy difícil de encontrar en el debate político en cualquier parte del mundo. La razón es simple: es difícil aceptar que en Cuba, o en cualquier otra parte del planeta, un espectro político pueda reducirse, si se mira a una sociedad real, a una oposición entre dos únicos polos, entre una sola y unívoca derecha y una única y unánime izquierda, como no es el mismo socialismo el que defienden los socialistas, que son una gran familia de tradiciones cercanas entre sí de amigos y “enemigos” fraternos, como los anarquistas, los anarcosindicalistas, los autonomistas, los consejistas, los autogestionarios, los socialistas democráticos, los socialdemócratas, los comunistas, etc. (Tampoco es idéntico el capitalismo que defienden los capitalistas, como son los casos del anarcocapitalismo o de los defensores del capitalismo regulado, pero ese es otro debate en el que no me detendré ahora.)

En Cuba no existe ninguna instancia que otorgue en derecho de propiedad exclusiva y excluyente —que es, por demás, el derecho de propiedad privada típicamente capitalista—, el monopolio de lo “revolucionario”. El motivo para no aceptar determinadas diversidades es que estén “financiadas por el enemigo”. Para proteger a la nación del programa real de la injerencia y la subversión extranjera existen leyes e instituciones. Quien trabaje probadamente en contra de la soberanía, en contra de los intereses nacionales/populares, acepte para ello recursos de una potencia extranjera y su actividad política sea dependiente de ese acceso, no puede reivindicar legitimidad para participar políticamente de una comunidad que tiene en la autodeterminación el principio primero de su existencia cívica.

Sin embargo, no puede emplearse ese recurso a diestra y siniestra para “culpar por asociación” a cuanto actor estimen los críticos “anticentristas”. (En Segunda Cita, han aparecido comentarios estrictamente falsos sobre el financiamiento de la USAID y los recursos “ilimitados” de específicos proyectos dizque “centristas”.) No existen en exclusiva derechos de la revolución y del Estado a defenderse, en ausencia de una relación de derechos y deberes con la ciudadanía y el pueblo al que se deben.

El tema del financiamiento “enemigo” se ha dirigido solo contra los medios no estatales. Es importante que varios de esos espacios hayan hecho públicas sus cuentas, que otros hayan anunciado que lo harán, y es imprescindible que lo hagan todos los que tienen presencia en el espacio público. La política, para aspirar a ser un bien común, requiere mucha transparencia. Por lo mismo, la exigencia tiene que incluir al uso de recursos públicos para poder impugnar, desde la sociedad que somos, su “privatización”, esto es, su uso exclusivista por parte de sectores con poder para hacerlo.

El debate contra el “centrismo” y los problemas nacionales

Muchas personas se han quejado en este debate de que es un intercambio entre “intelectuales” con ninguna resonancia para la sociedad cubana. Efectivamente, el término “centrismo” no tiene presencia en el tan florido e innovador español de Cuba y no formaría parte de lista alguna que enumere los principales problemas para la vida cotidiana de millones de cubanos. Pero tampoco tiene presencia en las ciencias sociales del país (en el trabajo académico en su sentido estricto) ni ha tenido presencia en el discurso del liderazgo político cubano desde 1959 hasta hoy.

En sus afanes, algunos críticos del “centrismo” han acopiado a libre voluntad teorías situadas en otros contextos como si fueran doctrinas defendidas por sus cuestionados. Por ejemplo, la teoría de la “convergencia”, que han sintetizado como la elección de los “mejores y peores” rasgos del capitalismo y del socialismo. Sin embargo, en la versión de Raymond Aron la convergencia entre ambos sistemas se produciría en una sociedad industrial semejantes en sus características. Por la izquierda, el grupo de Monthly Review caracterizó en aquel contexto a la URSS como una alternativa acelerada al desarrollo por vía no capitalista, pero que no era socialista. Ese debate era una interpretación sobre sociedades reales, no una conversación sobre “ideas”. Con un escenario por completo distinto al de los 1960 (para no hablar del estado de la industrialización cubana), con un capitalismo brutalmente concentrado y violentamente depredador, y único como poder sistémico mundial, pregonar una teoría de la “convergencia” es un delirio, y pobre será quien lo haga, pero acusar de pregonarla a quien no lo hace es un desvarío por partida doble.

Ilustrar una idea propia, seleccionando a libre voluntad contenidos teóricos e históricos que calcen dicha idea, y atribuir a otros lo que sea más conveniente para “desacreditarlo”, no parece ser análisis político ni intelectual. La intención de calificar de “centristas” a un amplio conjunto de otros no parece ser discutir la posibilidad o la inviabilidad de ciertos contenidos políticos, ni ponderar analíticamente su deseabilidad, o no, mirando a problemas reales de la sociedad real cubana —lo que colocaría el debate en un nivel intelectual superior— sino penalizar a un muy amplio campo de actores que participan del debate nacional.

El “debate” que termina autorizando desde un teclado, o peor, desde una oficina, quién es más “revolucionario”, y proyectando consecuencias para la vida cotidiana de las personas a partir de tal autorización, es algo más cercano a las discusiones sobre la fe y las herejías, que a los debates políticos del que hacen parte personas reales que construyen sentidos políticos mientras disputan a diario lo mejor para sus vidas, defienden sus ideas y sus prácticas, y tienen necesidades que solo se pueden resolver, o resolver mejor, con construcciones colectivas.

Cuando necesitamos con enorme urgencia análisis y propuestas colectivas de soluciones sobre pobreza, racismo, envejecimiento, violencia de género, bienestar social, transporte público, acceso a internet, producción de alimentos, empleo digno, salario decente, maltrato animal, seguridad social, continuidad generacional, calidad de los servicios, relaciones de mayor beneficio para la nación con su diáspora, desarrollo económico (después de un PIB en 2016 en negativo por primera vez en 20 años), ampliación y garantías de derechos, y sobre la necesidad de habilitar resistencias a la generación de relaciones capitalistas de explotación (que no han sido introducidas por los calificados de “centristas”), y otras cuestiones de interés capital para la vida del país, un reducido número de cubanos prefieren concentrar su fervor en el “centrismo” y no sobre este conjunto de problemas.

De hecho, solo ha llegado a los medios públicos la posición “anticentrista”, como tampoco llegó a los medios masivos la diversidad del debate de 2006 (la “guerrita de los correos”). Se dice con facilidad que a nuestra sociedad no le interesan estos debates, lo que es injusto por cuanto, primero, no tiene acceso a ellos. Otra cosa, bien distinta, sería que con la información disponible decidiera no hacerle caso alguno, como sucede hoy con tanta gente desconectada de la política nacional, sobre los que no muestra preocupación la crítica contra el “centrismo”.

Cuesta trabajo concebir cómo gana nuestra sociedad con este debate. Además de no concentrarse en los problemas más perentorios del país, el intercambio ha involucrado a personas con un ejercicio público valioso —que es inconcebible que puedan imaginarse como de “bandos contrarios”—. La virulencia y acritud que ha llegado a tener pueden acumular enconos duraderos, “divisionismos” estériles, exclusiones y marginaciones, en momentos en que necesitamos todo lo contrario: construir consensos, articulaciones y empeños colectivos que trabajen a favor del país y su gente. Personas como Silvio Rodríguez y Aurelio Alonso, y antes como Alfredo Guevara y Fernando Martínez Heredia, son capaces de servir de “puente” entre sectores diversos, pero son cada día menos entre nosotros por diferentes razones. Una nación necesita de “puentes” (en otras palabras, de diálogos horizontales) para conservar y desarrollar bienes públicos de importancia capital: el tejido social, la ética del comportamiento cívico, los diálogos sociales, los intercambios políticos. A nada de esto contribuye el actual debate contra el “centrismo”.

No solo ante 2018 sino ante todo lo que vendrá en el largo futuro que nos espera tenemos que construir un país en el que quepa, aquí sí cabe decir alegremente, cada vez más gente. Las palabras de Martí siguen contribuyendo a ello: “Con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías, ni de parte de otros aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella.”

martes, 7 de marzo de 2017

Tiene la palabra el camarada Ambrosio


Raúl Roa, y otros compañeros en presidio, a causa de su militancia en la Revolución “del 30”.

Por Julio César Guanche

Este breve diálogo con Ambrosio Fornet data de 2005. En él, Fornet rememora detalles de la célebre entrevista que le hizo a Raúl Roa García, texto que acuñó la frase “la revolución del 30 se fue a bolina”.

Esa imagen se ha usado desprolijamente, pero hace ya unos años viene generando estudios que “revisan” esa idea, entre otros, de Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodriguez, Ana Cairo y Berta Álvarez.

El propio Roa dio en profundidad su opinión sobre esa revolución en “Escaramuza en las vísperas”. (Se reproduce en El santo derecho a la herejía. El socialismo cubano «por la libre» en Raúl Roa García (1934-1959), (Compilación y prólogo de Julio César Guanche), Ruth Casa Editorial/ICIC Juan Marinello, 2011. Consultar aqui

Reproduzco ahora aquel diálogo con Fornet, para contribuir al muy loable empeño de Dayron Roque, profesor de la Universidad de la Habana, de hacer de sus clases, además, un espacio virtual y colaborativo. Se puede consultar aquí lo que viene haciendo:


Esta es aquella entrevista:

Donde se hace la historia de cómo un “luciferino entrevistador” se enfrentó al único canciller del mundo que ha puesto por escrito la expresión “músculo primo”.

En 1967, en las páginas de la revista Cuba, apareció, sin crédito, una entrevista a Raúl Roa que a poco devenía célebre. Su autor padecería en el anonimato aún después, cuando publicado el libro La Revolución del treinta se fue a bolina, por Ediciones Huracán, tampoco se dio a conocer el nombre del que Roa calificara de “luciferino entrevistador”. A diez de últimas, se sabría que fue Ambrosio Fornet, y no otro, el responsable de aquella entretenida y densa relación de preguntas, que provocó que la ya de por sí lengua suelta de Roa, se soltara con entusiasmo mayúsculo. Todavía pesan, cual macizos baldones, sus frases sobre aquellos a quienes Roa les infligió sus invectivas, de una gracia que a varios de ellos seguramente les arrancó una sonrisa. Más allá de ello, sus ideas continúan cargando hoy toda la sabia provocativa que le fuera tan consustancial al autor deBufa subversiva. Para los lectores de La Jiribilla, Ambrosio Fornet devela los pormenores de aquella histórica entrevista.

Usted, en el prólogo a La Revolución del treinta se fue a bolina, refiere haberse abalanzado, en acción al parecer “espectacular”, sobre la mesa de la librería donde se hallaban los últimos ejemplares de la edición que hiciera Samuel Feijóo de Retorno a la alborada. ¿Qué motivaba aquel entusiasmo?

Los dos tomos de Retorno a la alborada —de 1964, si mal no recuerdo— recogen numerosos ensayos y artículos de Roa, de diferentes épocas, y en aquellos años era imposible encontrar en librerías esos textos. Para sus admiradores, como era mi caso, la simple idea de quedarse sin la edición, y tener que pedirla prestada o ir a leerla a una biblioteca, resultaba aterradora. Por eso me lancé de cabeza sobre aquellos solitarios ejemplares.

¿Qué significa Roa, además de ser el “tipo más simpático” de ella, dentro de esa heterogénea generación que solemos llamar “del 30”?

Roa era como la confirmación del arquetipo, no de toda la generación, sino de parte de ella, porque jóvenes simpáticos y dinámicos eran otros también, como es el caso de su gran amigo, Pablo de la Torriente Brau. Pero además Roa representaba la integridad y la fidelidad a sus principios, lo que no puede decirse de todos los que habían sido sus compañeros de lucha durante el machadato.

¿Podría usted, Ambrosio, describir pormenores de cómo fue concebida y escrita aquella entrevista que se haría famosa apenas publicada en la revista Cuba, con el título de “Tiene la palabra el camarada Roa”?

Bueno, la idea se le ocurrió a Ernesto González Bermejo, periodista uruguayo que en aquella época era jefe de redacción de la revista. Conociendo mi admiración por Roa, me preguntó si me gustaría que lo intentáramos, y yo, naturalmente, le dije que sí. Roa aceptó enseguida, pero estaba tan complicado entre el trabajo y las tiñosas —los rollos diplomáticos y las siembras de café, como decía él mismo— que me sugirió que le sometiera por escrito un cuestionario, para ir respondiéndolo en sus ratos libres. Yo, por supuesto, me despaché preguntándole sobre lo humano y lo divino, pensando, te lo confieso, que él iba a escoger unas preguntas y desechar otras, pero resultó que en un tiempo récord, una o dos semanas, me parece, las respondió “todas”. Y no solo eso, sino que me dio una cita, en su oficina de Relaciones Exteriores, para ventilar cualquier duda que pudiera haber quedado. Para mí, fue una experiencia memorable. Era la primera vez que hablaba personalmente con él.

Parece que los lectores recibieron la entrevista no solo con interés, sino también con regocijo…

Sí, porque Roa no se cuidaba, era bastante deslenguado, en privado y en público, y hablaba del “músculo primo” y ese tipo de cosas, lo que parecía impropio de un Ministro de Relaciones Exteriores… salvo si ese Ministro resultaba ser él, precisamente. Por cierto, la entrevista apareció muy bien ilustrada, pero con una lamentable omisión involuntaria: sin el nombre del “luciferino entrevistador”, como me había calificado Roa. Así que en el número siguiente se procedió a hacer la aclaración.

¿Nunca hubo planes para un “continuará”, para una segunda ronda de preguntas y respuestas?

Me hubiera gustado —con sus recuerdos y comentarios podía haberse armado un magnífico testimonio—, pero no se nos ocurrió. Sin embargo, me quedó la satisfacción no solo de la entrevista, sino de la confianza que Roa me dispensó, porque un buen día me llamó Rolando Rodríguez a su oficina —era entonces director del Instituto del Libro, donde yo trabajaba— y cuál no sería mi sorpresa —como diría un novelista decimonónico— al ver que Roa estaba allí y me pedía que yo le prologara su nuevo libro, Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, que aparecería en 1970. Era algo insólito —creo que lo he comentado en otra ocasión—, algo que solo a alguien como Roa podía ocurrírsele: que un desconocido, bastante joven todavía, prologara un nuevo libro suyo. El discípulo presentando al maestro a petición suya. No recuerdo un caso semejante en toda la historia de la bibliografía cubana, salvo quizás el de Fernando Ortiz.


Ambrosio Fornet

Para remedar el tono de aquella entrevista: “¿Podría usted retratar o definir con una frase” a un hombre como Roa, como lo hizo él con algunos de sus contemporáneos?

La verdad es que no. No tengo ni su ingenio ni su capacidad de síntesis. Además, Roa era tan polifacético que es imposible encasillarlo.

¿Qué ganarían los jóvenes cubanos, intelectuales o no, descubriendo o redescubriendo a Roa?

Lo que gané yo, y habrán ganado otros tantos como yo: la sensación de estar en contacto con un ser humano excepcional y de poder sostener un diálogo vivo con tu propia historia. Como otros revolucionarios del 30 que fueron también revolucionarios de los 60, la sola presencia de Roa nos aportaba algo fundamental en aquellos tiempos de rupturas, que era el sentido de continuidad. Eso les daba coherencia a nuestras búsquedas.

viernes, 28 de octubre de 2016

El socialismo, la república, la libertad y la justicia en Cuba


 , La Cosa, Julio Cesar Guanche




En la imagen, la voz de los enemigos de la independencia de Cuba y de la conquista de su República.




Diego Vicente Tejera (fundador del socialismo cubano) en 1897:

“Y es que la hora, que pronto ha de sonar, será solemne y decisiva. Libre Cuba al fin, concretada la patria, va el pueblo cubano a verse en frente de un desquiciamiento universal. Todo ha caído, todo ha tenido que caer: instituciones, leyes, costumbres, toda la antigua manera de vivir y de pensar, la riqueza, la industria y —arrastrado por el cataclismo—hasta el hogar material, y con él la familia y la ventura. Todo yace allí en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre—de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad. La obra será magna, y para que sea también hermosa y buena, será indispensable que todos los cubanos —todos—pongan su mano en ella, que todos le infundan su espíritu, que todos encarnen en ella sus aspiraciones. Mal empezaría nuestra nueva vida de justicia y libertad, si privado del abrigo de nuestras instituciones, quedase expuesto a morir en la intemperie un solo anhelo legítimo, un simple sueño noble y generoso.”


En la imagen, la voz de los enemigos de la independencia de Cuba y de la conquista de su República. Es negra y mísera, como el futuro que les esperaría, según esta voz, a una Cuba independiente,  republicana y democrática.


Martí y Maceo, y muchos otros, replicaron en extenso el dicurso codificado en esa imagen. Por ejemplo, decía Maceo: “Tendréis derechos sociales si sois gobernados por la voluntad cubana, que será la vuestra. Donde la voluntad de los hombres —de los hombres blancos, de los hombres negros—, es libre y eficaz, todos los conflictos han tomado el camino de la superación. España es el obstáculo para la democracia, para la voluntad de todos, para la voluntad de los negros. Con ella en Cuba, seguirá el negro sin voz ni voluntad. Echar España es cosa dura y riesgosa que no permite desviaderos. Todos los esfuerzos deben unirse para echarla como para derrotarla en bien del negro cubano.”



viernes, 29 de abril de 2016

Sobre un “centrismo” inútil, y temas de mayor importancia. O por más debates, y menos desvíos.

Por Julio César Guanche, Cuba Posible

 Iroel Sánchez (IS) ha publicado una nota sobre Cuba Posible (CP) (1), proyecto de intercambio de ideas sobre y para Cuba del cual participo. Su texto concita apenas el interés de exponer las manipulaciones que contiene, pero aludiré a él para colocar en el debate temas que considero de mayor importancia. Me referiré así a dos cuestiones puntuales que IS menciona, y a otra de mayor alcance.La primera cuestión es el uso que IS hace de la palabra “centrismo”. No ha empleado el término con un significado conceptual, sino como una descripción, como un adjetivo peyorativo hacia una “posición política”. El texto del que parte IS para elaborar su descalificación es una entrevista a Lenier González que contiene una sola vez la palabra “centro”, en la cual, incluso, aparece entrecomillada por quien la pronuncia (2), y no tiene allí el significado que le asigna IS.





La palabra se menciona ante esta pregunta: “¿Crees que el incremento del acceso a Internet desde la Isla, aún en condiciones precarias, ha favorecido el diálogo y la concertación entre actores sociales diversos?”(3) En ese contexto, la respuesta no alude a una “celebración” de un “centro” sobre la “izquierda” o la “derecha” —estas dos palabras no se pronuncian en toda la entrevista—, sino a lo que el entrevistado considera como una deseable despolarización de las posiciones que participan del debate nacional, esto es, de las visiones que capturan ese debate entre extremos dicotómicos entre sí.

Según ese texto, el “centro” refiere a “sinergias positivas de entendimiento y despolarización en la sociedad cubana trasnacional” (4). Esta idea, ciertamente, no es un gran descubrimiento. Basta observar las dinámicas de relaciones que sostienen, desde hace años, cubanos que viven dentro y/o fuera de la Isla, y cómo se han multiplicado desde 2013 a la fecha.

En todo caso, el diagnóstico de González puede ser objeto de contrastación empírica, discusión teórica y evaluación política capaces de ofrecer otras conclusiones, pero obviar el sentido que su autor le otorga, y atribuirle significados sin base en su texto, no es un procedimiento legítimo de debate. Por este camino, IS se coloca fuera del terreno de la discusión, que intercambie datos y argumentos, y se sitúa en un campo de naturaleza distinta, cuyas consecuencias son obstaculizar, o directamente impedir, la existencia de espacios diferenciados, y legítimos, de deliberación pública sobre Cuba.

Lo antes dicho no evade una discusión más general sobre las implicaciones del “centrismo”, y de cualquier otro concepto, y de sus ventajas y desventajas respecto a otras opciones políticas. Ahora bien, sería útil si ese debate se remite en algún grado a sus usos en las ciencias sociales, y a su historia política e intelectual en Cuba. Son obligaciones mínimas para quien pretende usar un “concepto”. En caso contrario, se usa apenas como un adjetivo aplicable a cualquier situación según el particular humor de cada cual, en cuyo caso no es una base que permita la deliberación colectiva sobre asuntos públicos.

Propongo, de modo breve, dos ejemplos, entre muchos posibles, sobre cómo creo que sería más útil abordar conceptos políticos relevantes para el debate nacional. El primero es la democracia. El debate sobre ella se empobrece cuando se le restringe exclusivamente a la presencia de partidos políticos como clave esencial de su legitimidad. También se empobrece si se elude la reflexión sobre las ventajas y desventajas de considerar a los partidos —sea uno solo o varios de este tipo de instituciones— los representantes de la soberanía popular. La discusión tiene gran diversidad y complejidad al interior de pensamientos como el marxista, y el martiano (5). En las últimas décadas, el debate sobre las ventajas y carencias del “movimentismo”  —que ha estado bastante ausente en Cuba— es, por ejemplo, parte de la búsqueda democrática de formas múltiples de expresión de la soberanía popular desde las izquierdas.

El segundo ejemplo es el concepto de República. Para quienes lo desconocen, recuerdo que el artículo segundo de la Constitución cubana vigente establece que “El nombre del Estado cubano es República de Cuba”. Su discusión no se agota en la referencia a la forma de gobierno —pues puede ser una forma política vacía— sino a los fines que persigue el gobierno y a los medios que tiene la ciudadanía para promoverlos y hacerlos exigibles. Desde este lugar, se presentan temas de la mayor importancia: cómo asegurar las garantías políticas, materiales y legales de la libertad; cuáles son las obligaciones exigibles a toda propiedad frente al bien común;  cómo hacer al pueblo titular efectivo de su soberanía; cómo responder y controlar al poder estatal; cómo asegurar una política exterior soberana; cómo evitar el monopolio de poder a favor de grupos privados, sean burocráticos o económicos; cómo redistribuir derechos sociales a la vez que poder político, cómo descentralizar el poder estatal a favor de poderes locales, cómo defender el estado laico, etcétera.

Plantear una discusión sobre la base de la democracia y de la república tiene además otras ventajas, como la de “no olvidar nuestra historia”. Martí defendía que “a democracia pluralista, república estable”. Bonos de mil pesos emitidos por el MR-26-7 para recabar fondos para la revolución contenían alegorías celebratorias de la República. José Antonio Echeverría aseguraba que la revolución se hacía para sentar “las bases estructurales de la república nueva, soberana en su derecho, justa para con todos sus hijos, honrada en los hombres que la sirvan, próspera y segura en su economía, proyectadas con caracteres propios hacia la cultura universal y orientada hacia el cumplimiento de su destino americano”. Después de 1959, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo exigía extirpar “todo lo inmoral, sucio y feo que manche lo honrado, íntegro y hermoso de nuestra república revolucionaria, libre y soberana”. Fidel Castro aseguraba que: “A la República hay que hacerle una buena operación quirúrgica y si nos ponemos a untarle mercuro-cromo la república se nos muere"(6).

En mi opinión, discusiones como estas, y los problemas que plantean, son infinitamente más importantes que cualquier desvío en “debates” sobre un supuesto “centrismo” que no defiende ni siquiera su pretendido autor. Me refiero ahora a una segunda cuestión. Debería ser obvio lo siguiente: interactuar con semejantes, diferentes, adversarios y enemigos hace parte de todo ejercicio político, lo que es distinto a aceptar y ser dependiente de sus discursos y agendas.  La nota mencionada —y los comentarios que IS responde sobre su texto— aluden, a propósito de un viaje recientemente realizado por CP a Washington, a “conexiones” con “estrategias” de “gobiernos extranjeros”, lo que es absolutamente falso.

En su particular forma de “demostrar” esa pretendida “conexión”, sin aportar, por supuesto, una sola evidencia contrastada, IS omite expresamente que CP fue invitada a Washington por WOLA (Oficina de Washington para América Latina), ONG que armó la agenda y sufragó el viaje. Omite entonces, además, toda información sobre WOLA. Esta institución fue fundada en los 1970 para oponerse a la política de Estados Unidos hacia Centroamérica y hacia el Chile de Pinochet. En sus orígenes está la experiencia de Orlando Letelier abogando en la capital estadunidense por el respeto a la democracia en América Latina, empeño que también le costó su vida. Hacia Cuba, en concreto, WOLA lleva desde su fundación trabajando por la normalización y contra el bloqueo. (Agrego que el anfitrión de CP en Washington por WOLA fue Geoff Thale, cuyos criterios sobre la política de Estados Unidos hacia Cuba pueden leerse en el sitio Cubadebate. (7)

Con el rechazo rotundo a tales procedimientos de falsa inculpación, basados en omisiones de semejante magnitud, llego ahora a un problema de más alcance que los entendidos tan suyos que contiene la nota de IS.

Es larga la lista de personas y proyectos que han sido cuestionados por un tipo muy perjudicial de imaginación política en Cuba desde los 1960 hasta hoy. Esta prédica está convencida que es mejor concebir la política, no como un espacio de colaboración, persuasión y disputa, que procese consensos y disensos en torno a diagnósticos y alternativas respecto a los problemas de la vida pública, sino como la actuación exclusiva del sector que defiende esta posición. El argumento que invoca habitualmente es que este sector cubre “todo” el espectro posible para “lo revolucionario” en Cuba.

En lo que respecta a cómo tratar la diversidad específicamente política, esta imaginación es proclive a asociar la “política revolucionaria” con la sospecha y la hostilidad hacia lo diverso —sea o no opuesto— respecto a su propio discurso, y  tiene vocación por imponer una variante propia de pensamiento único.

El problema no radica en la existencia de “opiniones” de este tipo, sino en la pretensión de convertir estas opiniones en políticas de estado exigibles a toda la sociedad como rasero de la legitimidad de todaactuación política. Las referencias críticas contra esta corriente —que creo que es más pequeña dentro de la sociedad y la política cubanas de lo que algunos suponen, solo que cuenta con distintos grados de poder para asegurar la relevancia de sus posiciones— son infinitas en el espacio público nacional. El efecto práctico de estas posturas, cuando cuentan con poder para imponerse, ha sido el de contribuir consciente y activamente a muchas cosas por las que no cabe sentir orgullo, entre ellas a arrinconar y penalizar las opiniones diferentes, a contaminar y empobrecer el espacio público, a impedir las articulaciones voluntarias ciudadanas en torno a espacios de participación cívica, y a privar a la sociedad cubana del acceso a un debate más diversificado, honesto y riguroso sobre las alternativas que esta produce. Con ello, tales empeños han funcionado como una máquina de producir enemigos, generar exclusiones y abolir ilusiones.

Esa posición le resta espacio político a las izquierdas en Cuba para hoy y para mañana, e incluso le resta espacio para ayer, porque impide apreciar la diversidad de los proyectos y las ideologías de lo que han sido las izquierdas cubanas en su historia. También priva de espacio a otros que, legítimamente, no son “de izquierda”.

Por ello, ese tipo de imaginación es, en un sentido estricto, contraria a los principios del ordenamiento legal cubano, cuya Constitución vigente establece que pueden participar de la política en Cuba “los ciudadanos” y no los de un tipo de “izquierda”, o un tipo de “revolucionarios”. En un sentido político más general,  “le hacen el juego”, y lo hacen por completo, a las visiones que aseguran que “no hay nada que salvar” del proceso iniciado en 1959 precisamente por identificar con ellas a “toda” la Revolución. No. En Cuba hay mucho que “salvar” y hay mucho que “cambiar”. Martí aseguraba que solo “quien ama a la libertad, previsora y enérgica, ama a la revolución”. Desde ahí, y hasta hoy, en Cuba y en el mundo, la revolución es, y ha de ser, la visión más generosa sobre las necesidades de la vida humana en libertad, justicia y dignidad.

El fondo más importante de esta discusión se puede enunciar de modo simple: es un derecho de los cubanos no aceptar la voz de IS como representativa de sus opiniones ni como tribunal de su legitimidad. Asimismo, es el derecho de los cubanos no aceptar las mías. En otras palabras: la pretensión de que los problemas de todos sean procesados por un solo tipo de actor o de pensamiento —cualquiera que este sea, e incluso si fuese por completo legítimo— no es superior a la pretensión de que los problemas de todos sean procesados entre todos. La primera pretensión supone abolir el núcleo mismo de la democracia como proceso de redistribución permanente de poder. Cuba entera, la existente, la deseable, y la posible, merece del todo la segunda pretensión, esto es, la de la república “con todos y para el bien de todos”.

Notas:

1.  Sánchez, Iroel. “El corrimiento ´al centro´”, en: https://lapupilainsomne.wordpress.com/2016/04/18/el-corrimiento-al-centro-por-iroel-sanchez/

2.  Díaz, Elaine. “´Cuba Posible´: una nueva plataforma para facilitar el debate”, en: https://es.globalvoices.org/2014/07/07/cuba-posible-una-nueva-plataforma-para-facilitar-el-debate/

3.  Idem

4.  Idem

5.  Martí destacaba: “la importancia de abrir la república a todas las ideas para que el clamor de la idea desdeñada por autoritaria o revoltosa no trastornase, con el poder de aquella parte de naturaleza humana de que es forma en la política cada partido, la república que al desconocer un partido cualquiera, reprimiría en él sin éxito una expresión de la naturaleza humana.” (OC, t. 2, 1991, p. 114) Conocedores muy calificados de la obra de Martí, como Paul Estrade, no han visto en ello una “celebración” instrumental del multipartidismo en sí mismo sino un contenido de su pensamiento republicano democrático. Por la complejidad de este tema en Martí, permítaseme la cita en extenso: “Cuando habla de "partido" ¿está acaso (Martí) designando una corriente de opinión o una organización política? Estuvo tan convencido de la necesidad de los partidos que fundó y organizó uno con mano maestra: el Partido Revolucionario Cubano. Los partidos americanos le defraudaron tanto, por aquí el "liberal”, por allá el "demócrata", que deseó al parecer que solo hubiese un partido: el partido "nacional" que sintetizara todos los intereses parciales. Pero era lo suficiente lúcido para admitir, contra su propio ideal, la existencia de partidos que correspondieran a las diferentes concepciones de la vida de los diferentes componentes de la sociedad. Cabe suponer que si la guerra de independencia de Cuba hubiese desembocado en la república martiana, su inspirador no habría seguramente favorecido que naciera un partido de la clase obrera ni un partido de oligarquía terrateniente, pero de crearse, de seguro él se hubiera dado a la tarea de hacerlos participar en la obra común por la concordia y por la confrontación de proyectos, en el marco parlamentario y en el absoluto respeto de las libertades de asociación y de expresión.”  (Tengo entendido que este libro está en proceso de edición en Cuba, lo que será otro aporte al vasto cuerpo de estudios, de gran calidad, existente en la Isla sobre la obra martiana) La cita corresponde a Estrade, Paul. José Martí. Los fundamentos de la democracia en Latinoamérica, 2000, Doce Calles, p. 562.

6.  Las citas anteriores se encuentran en Combate, 8 de abril de 1959, 6 de abril de 1959 y 15 de marzo de 1959, respectivamente.

7.  Elizalde, Rosa Miriam. “Ningún analista serio en EEUU apoya los programas de “promoción de la democracia” para Cuba”, en: http://www.cubadebate.cu/especiales/2016/03/07/ningun-analista-serio-en-eeuu-apoya-los-programas-de-promocion-de-la-democracia-para-cuba/ )



martes, 29 de marzo de 2016

“Sirvió”

Por Julio César Guanche, Cuba Posible

 El discurso de Obama es buena oratoria, pero me interesa ahora aludir a otra de sus dimensiones. Es el discurso de un político entrenado en hacer política frente a críticos,  adversarios, enemigos y diferentes. Este sustrato es el lenguaje común de la política desde que esta se procesa a través del sufragio universal. Ese lenguaje da cabida a mentiras simpáticas y a verdades como templos. En cada caso, es imprescindible. Los amantes de la verdad saben que la única forma de evitar la mentira es abolir la política. Por eso, combaten la mentira, no la política.





Obama dijo verdades. Los derechos son universales, la democracia es el mejor recurso disponible, los derechos de salud y educación son básicos, el racismo y la desigualdad deben  ser combatidos, necesitamos de libertad individual y de libertad económica.

Son, a su vez, medias verdades. En los propios Estados Unidos los derechos se reconocen según una matriz que privilegia unos sobre otros, el individualismo produce atomizaciones que rompen lazos sociales y comunitarios; el libre mercado genera tanta eficiencia económica como asimetrías políticas y desigualdades sociales; y la vida política se oligarquiza a pesar del pluralismo social y del multipartidismo.

Contiene a su vez mentiras. Obama olvidó mencionar Guantánamo y la mantención de programas estatales de subversión al tiempo que hablaba de la soberanía de los cubanos sobre su tierra y su futuro. Presentó una visión “consensualista” de la comunidad cubana en el exterior unificada en el deseo del bien para su nación, cuando contiene también mucha conflictividad hacia su interior.

Son, a su vez, interpretaciones. La idea de Martí sobre la libertad como “posibilidad de pensar y hablar sin hipocresía” se refería a la libertad de expresión, pero a bastante más que ello. Martí incluía la democratización de la propiedad, el comercio internacional justo y la justicia social y, por todo ello, era crítico de varios rasgos capitalistas que hoy se han multiplicado hasta el infinito en el país que Obama preside.

Ahora bien, con sus verdades, medias verdades, mentiras e interpretaciones, el discurso de Obama “sirvió”. Y sirvió mucho.

Por primera vez en más de medio siglo, Estados Unidos y Cuba se sitúan en el mismo plano: en el de la política en la que caben las verdades, las mentiras y las interpretaciones. El enfoque de “la rosa blanca”, ese otro nombre de la política, es infinitamente mejor que el plano del amigo-enemigo en el que solo cabe la adhesión o el exterminio.

El discurso sirvió porque mostró esfuerzo por entender y respetar a Cuba, vocación de cambiar la brutalidad de la beligerancia por la complejidad de la convivencia, conexión con la Cuba “cotidiana”, reconoció los valores del nacionalismo independentista cubano, la necesidad de acabar con el bloqueo/embargo; la deseabilidad de una Cuba construida con el aporte de cubanos de dentro y de afuera, la obligación de reconocer a los cubanos como los únicos responsables de su futuro.

Hay mucho aquí de novedad, e incluso de novedad radical. Ningún discurso de un presidente estadounidense sobre Cuba, desde Franklin Delano Rooselvelt en los 1930, había llegado hasta aquí.

Obama habló de sus esperanzas para Cuba. Yo tengo las mías. Mi esperanza es ver más y mejor política de Cuba hacia los cubanos: más espacio político y social para sus respectivas verdades, mentiras e interpretaciones sobre cómo democratizar la sociedad, combatiendo el racismo, y las desigualdades; sobre cómo democratizar la política, ejerciendo y codecidiendo desde la diversidad y la pluralidad; y sobre cómo democratizar la economía, diversificando sus actores, “dándole vida” a mucha más gente y poniendo como prioridad la justicia social.

Nadie debería estar a salvo de las verdades, las mentiras, las medias verdades y las interpretaciones. Ese estar “a salvo” tiene solo dos rostros: la exclusión de la política,  que conduce a la impotencia de quien la sufre; o el control de la política, que conduce a la impunidad de quien la goza. La verdad no es la única opción de la política, pero luchar por más y mejor política es una opción de verdad.