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jueves, 2 de enero de 2020

Alfredo Guevara: paradigma de la libertad en la lealtad


MARTES, 31 DE DICIEMBRE DE 2019, Segunda Cita

Intervención del Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, en el espacio Dialogar, dialogar, de la Asociación Hermanos Saíz, el 23 de diciembre de 2015. Tema: La impronta de Alfredo Guevara*


Voy a confesar que yo nunca me preparo para las cosas porque creo que el que no esté preparado siempre, que no vaya. Esa es una doctrina muy “alfrediana”.

Este lugar, lógicamente, me trae muchos recuerdos, y por eso protesto contra su decadencia, porque fue aquí donde los conocí a todos allá por la década del sesenta, en el Salón de Mayo. Era yo un joven deseoso de conocer mi destino, que no estaba revelado todavía, y fue aquí, en el jardín del Pabellón Cuba, en medio de aquellas noches alucinantes, donde tuve a la mano a los intelectuales cardinales, algunos de los cuales nos acompañan todavía. Y apareció ahí de pronto, con su imagen tan especial, Alfredo, invariable en el estilo que él impuso como suyo y que jamás cedió ni cambió ni modificó. Era él.

Y es muy importante el sentido de la identidad y el sentido de la huella. Por tanto, si al menos fuera como él dice, es una realidad: somos muchos, pero afortunadamente todos tenemos una huella digital diferente, y cuando esto fue descubierto, se reveló uno de los grandes misterios de la naturaleza humana. Alfredo era una huella en sí mismo.

Me acerqué a saludarlo, y me dio un raspe gigantesco, porque Alfredo era como Nicolás [Guillén] dijo del Che: llano y difícil. Como me lo habían presentado antes, me acerqué de nuevo, ávido de conocerlo más, y me dijo con una sonrisa: “Ya yo lo saludé”. (RISAS) Entonces me quedé como quien busca un autógrafo y se lo niegan. Pero el destino me deparó otra fortuna.

A partir de ese momento comenzaron años de creación, y la agitación que vivía el pensamiento cubano tras las palabras de Fidel a los intelectuales, aquella gran definición, aquel parteaguas que a veces se interpreta dogmáticamente en cuanto a lo escrito y no en su espíritu.

Fue el rechazo absoluto, desde el primer momento, a aquella equivocación conceptual que era el realismo socialista, que trataban algunos de imponer, incluso algunos artistas, y él volaba más lejos, estaba fuera de todo eso. El Salón de Mayo había sido la expresión de esa libertad del pensar y de ese deambular por el país de una cantidad de intelectuales del mundo, hombres de letras cuyo afecto hacia Cuba a veces varió de acuerdo con las influencias fatales que se cernieron luego sobre la Revolución Cubana, que era una fuerza de la naturaleza desencadenada.

Alfredo es el paradigma de la lucha contra la decadencia y también el paradigma de la libertad en la lealtad; es un hombre que se sabe y se cree libre, y que actúa siempre dentro de un código de conducta que se revela en lo que tú has leído. ¿Pero dónde estabas leyendo eso? En el Centro Félix Varela, lo cual demuestra, primero, su libertad, que él se la creía y la tenía, porque además muy pocas personas se atreverían como él a decir: yo dentro de la Revolución actuó con libertad, que es la libertad que vio allí en la Universidad, en el gran debate de aquellos años previos al triunfo de la Revolución, años en que nacían, florecían y se definían las ideas en la Universidad. Un Fidel que se enfrenta a piñazo limpio con uno que va a ser luego su entrañable compañero hasta el final, un Fidel que tiene necesidad de recibir un arma para defenderse cuando lo amenazan y, al mismo tiempo, el hombre que es capaz, como él lo revela ahí, de enamorarse de las muchachas, de encendérsele los ojos, como lo vi años después, hablando de La Bombonera –esa famosa casa de huéspedes donde las mujeres más lindas de La Habana y de Cuba se reunían para estudiar. Quiere decir, esa naturalidad en el modus actuante de Alfredo es muy importante, él fue fiel a eso hasta el final.

Alfredo no fue un hombre perfecto, ni tenemos que estar de acuerdo con todo lo que pudo decir, y él habría concordado conmigo al realizar esta afirmación categórica. Alfredo hizo lo que le dio la gana con su vida, e hizo bien, porque asentó un capítulo de la libertad humana desde el compromiso.

Alfredo puso en mis manos, por ejemplo, cuando era imposible conseguirlo, lo encargó para mí, el libro de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, donde aparece el diálogo entre Adriano y Antínoo, que era su propio diálogo entre la búsqueda de la verdad, la angustia del poder y la angustia existencial. Alfredo, por ejemplo, leía apasionadamente a San Agustín, y ese es un detalle muy importante, porque Alfredo era un intelectual marxista. Y digo marxista porque él rechazaba después todas las demás cosas. Él decía: “Otras revoluciones han muerto, la nuestra no, vive”; pero eso nace de su convicción marxista de que nada era estático, que todo se movía, que había que respetar el destino de los hombres. Por ejemplo, entre los cubanos, él le dio mucha importancia a Pablo Lafargue, cuando descubrió su historia durante su estancia en París, como representante de Cuba ante la UNESCO; París, una ciudad que él amaba tanto, como Juan Marinello quien repetía: “Y pobre del que no ame a París”.

Marinello me dijo a mí: “Ay, compañero –con aquella voz preciosa que tenía–, cuando triunfe el socialismo en el mundo, que nadie toque a París”. (RISAS) Eso se lo oí decir, además, en un momento muy difícil, porque estaba contestando las cartas de las personas que le daban el pésame por la muerte de su amada esposa, Pepilla, que fue un trance para él muy tremendo. Yo fui muy amigo, devoto, de la personalidad de Juan.

Entonces Alfredo amaba a París. De hecho, ahí lo tienes con su traje azul y con su Legión puesta. No era el amante frívolo de la ciudad bella, que también le encantaba y la disfrutaba y la enseñaba como pocos, sino lo que le interesaba era lo que había pasado allí; no le interesaba tanto la crisálida como la mariposa. A él le interesaba el París de la Revolución, el París de la plantación del Árbol de la razón pura, el París del cambio revolucionario de los nombres de los días de la semana y de los meses del año. En medio de esa confusión gigantesca, de pronto refería los más importantes eventos: la Comuna de París, la olvidada Revolución de 1848, el mundo de los intelectuales, el Salón de Mayo, el mayo de París de 1968; todo eso nos lo contaba Alfredo con una gran pasión.

En mi casa, en la calle Compostela, que era para mí como el paraíso perdido, ahí llegaba todas las noches con Humberto [Solás], porque se estaba discutiendo el guion y lo que sobrevino después, el Armagedón con la película Cecilia. Recuerdo a ese Alfredo muy joven todavía, y nos íbamos a comer en la época en que todavía La bodeguita del Medio no era un centro turístico, sino que era un lugar recuperado en aquel momento, después de la hecatombe de la nacionalización, en que se pusieron a vender pescado allí, pescado frito, y entonces, cuando viene el incidente de Nicolás con Salvador Allende, que se abre La bodeguita, íbamos a La bodeguita, conversando con Martínez, con Armenia, con Varillas el cajero, que siempre buscaba lugar para nosotros, llegaba Alfredo y entraba. Alfredo era solvente, nosotros no; entonces éramos pobres de verdad. Y entonces comíamos allí y disfrutábamos de la conversación de Alfredo, que era como escuchar a un filósofo de la antigüedad.

Él se mostraba fascinado con Pablo Lafargue, al que nadie le había dado en Cuba el lugar que le correspondía por una cuestión: por la sanción moral que hasta hoy tiene todo el que se quita la vida. Alfredo me dijo a mí que él no había tenido el valor de hacerlo, sobre todo cuando había entrado en ese período de la vida en que, como le dice Jesús a san Pedro: “Cuando seas viejo, te llevarán adonde no quieras”. Ese es el sentido de su final.

También me abrió la puerta de su casa en el FOCSA –allí vivían su madre y su hermano [Juan], al que él apreciaba tanto–, conversábamos mucho en aquel lugar, y después me llevó a su casa del Malecón, que está en ruinas, y me prometo colocar allí lo que se merece, para que las generaciones futuras lo crean. Alfredo dijo eso [Luis] Morlote, es verdad, que vendría un silencio después. Yo también lo creo. Pero lo creyó Martí; dijo: “Durante un tiempo, mis ideas se eclipsarán y luego volverán a nacer”.

Entonces Alfredo se daba cuenta de los momentos que vivía. Y ya, atravesando el tiempo, Alfredo, por ejemplo, en medio de unas discrepancias colosales, creó especialmente el Grupo para el Desarrollo de La Habana Vieja, con el solo objeto de resolver una querella muy grande, que [Armando] Hart solucionó en esa época, cuando llegó al Ministerio de Cultura y apareció Armando, con Yeyé [Haydée Santamaría] del brazo, con las hermanas [Ruíz] Bravo... Aquello significó un cambio absoluto, total, grande. Era un momento de gran creatividad, de gran ilusión.

Esa ilusión que tú señalas, nunca apartó a Alfredo del conocimiento de la realidad. Él se anticipaba a lo que después serían leyes o disposiciones de la Revolución, porque las creía inexorables. En los momentos de mayor peligro, siempre consideraba la importante necesidad de hacer un traje a la medida para Cuba. La vida le ha dado la razón: Cuba está sola frente al muro rajado; creo solamente en el poder de Cuba porque Roma, cuando lograba vencer a un reyezuelo de cualquier parte, o destruir un reino, o traer a un príncipe bárbaro, lo traían encadenado y en una jaula y lo paseaban por las calles. A Cuba no ha sido posible llevarla en una jaula de hierro.

Quiere decir, los acontecimientos que ya no vivió Alfredo y que hemos vivido nosotros fueron el símbolo del valor de un pueblo, que fue capaz de hacer una proeza inimaginable, que fue atravesarse en el camino de las Termópilas y luchar padeciendo enormes dificultades.

En la casa donde lo visité tantas veces al final, pues era su mensajero para muchas cosas y a veces él el mío. Sus conversaciones eran provechosas como eran habituales con Fidel, con Raúl y con Vilma, que era su amiga queridísima, y la consideraba su compañera de lucha. Era la forma de Alfredo de trasladar también un espacio de la realidad, sobre todo del mundo intelectual, que todavía tiene que enfrentar, en muchos aspectos grandes prejuicios. Todavía hay algún personaje, algún burócrata, que se atreve a hablar de “los intelectuales”.

Bueno, eso no es nuevo. Alfredo se reía mucho cuando yo le decía que, en una ocasión el general presidente Bartolomé Masó llegó con una comitiva formada además por grupos de intelectuales que lo rodeaban, y al ver esto el general Modesto Díaz se puso verde. Y el presidente le dijo: “¿A usted qué le pasa, general”. Y respondió: “Que lo veo a usted rodeado de esos bandidos”. Y dice: “¿Pero cómo van a ser unos bandidos? Estos son jóvenes libertarios”. Y Modesto Díaz responde: “No, no, a mí me han dicho que son unos poetas”. (RISAS) Quiere decir que eso viene de atrás.

Lo que pasa es que la Revolución la hizo el pueblo, desencadenado por intelectuales. Céspedes fue un intelectual, Agramonte fue un intelectual, todo lo que rodeó Guáimaro eran brillantes intelectuales que, como dice Martí en el opúsculo a Los poetas de la guerra, firmaron sus versos con su sangre. Lo fue Rubén Martínez Villena, lo fue Martí en grado sumo, y eso es lo que Alfredo consideraba que era la herencia legítima.

Había otras herencias legitimadas, pero que no eran legítimas; la herencia verdadera venía de allí, de tales hombres, de tales ideas. Y sobre todo venía de la necesidad que él siempre planteaba de que no quería élites; él consideraba siempre la necesidad de hacer vanguardias, y que los revolucionarios no tenían por qué ser cosacos con una bomba encendida en cada mano y que hacía falta un refinamiento de la sociedad. Le espantaba la vulgaridad, le espantaban las cosas que, para ser populares, tenían que ser feas, aborrecía eso; lo aborrezco yo también. Creo que el pueblo merece, y todos merecemos, la belleza, que es tan importante en las cosas y en las formas. Aborrecía los discursos absurdos, las palabras huecas, los comunicados leídos; todo eso le producía náuseas.

Era, además, un hombre muy valiente. Alguna vez presencié a la entrada del ICAIC que apareció uno con un poder enorme en aquel momento, porque las revoluciones son así. Entonces Alfredo le dijo: “Estoy en una república literaria”. Y, por tanto, que nadie se ofenda, porque Alfredo todos sabemos cómo pensaba, cómo era, y lo que voy a referir era un atributo intelectual más que una opción que, además, él tenía con la mayor dignidad. Le dijo: “Déjate de mariconerías conmigo porque yo sí es verdad que te mato”. Y eso era verdad, eso era verdad porque muchas veces vi sus propias armas y estaba dispuesto a eso.

Y cuando llegaron las horas de las penumbras, que solamente ocurren en las revoluciones verdaderas… No olvidemos cuando va a subir Dantón, y le dice a Robespierre: “Te precedo en la muerte”. Quiere decir, las revoluciones, cuando son verdaderas, implican este riesgo, sobre todo para los que desde la lealtad están dispuestos a decir siempre la verdad.

El momento crítico fue cuando llegó la UMAP, cosa que ya se ha analizado, y que Fidel se echó él la culpa, y que Raúl asumió la responsabilidad de un momento histórico crítico. Y como íbamos para allá casi todos –yo había ido a buscar el amparo de Haydée y fue ella la que me sacó–, y entonces vivía una mujer extraordinaria, que nunca aparece en la historia, pero que era la gemela de Haydée, con una manera diferente; era una mujer parca, de una voz grave, con su pelo blanco maravilloso, con su rostro cincelado, pálido, elegantemente vestida, y a cuyo despacho llegamos todos hambrientos, desbaratados, y entonces allí fue donde nos encontramos con Silvio, Pablo, Noel Nicola, Rebeca Chávez, Fernando Rey. Íbamos a almorzar con Aida [Santamaría]. Y Aida era como el espejo de aquello que estaba pasando, y era amiga queridísima de Alfredo; para ella, Alfredo era una personalidad extraordinaria. Cuesta mucho trabajo porque, cuando llegamos a un determinado momento, las mismas presunciones de Alfredo nos amenazan.

Claro, la vida de un joven se puede extinguir en nada de pronto, la vida es frágil; pero cuando se han sobrepasado todas esas etapas: la enfermedad, las complejidades, las preguntas tremendas, como aquella que delante de mí le hizo Fidel, en la Casa de las Américas, a Miguelito [Barnet]. Le dice Fidel: “¿Miguel, cómo fue? ¿Cómo fue que tú te quedaste?” Y Miguelito le dijo lo que yo habría podido decirle también en ese momento: “No, Comandante –le dijo en un momento de extraordinaria honradez–, yo no me quedé; yo me fui quedando”. Es decir, vamos a dejarlo para mañana y para pasado; lo mismo me pasó a mí porque, además, el riesgo de la singularidad es muy grave; es decir, Alfredo se vestía como le daba la gana, y yo también. No es que no me guste, a mí me encanta, comparto con Alfredo, como Maceo, cuando le escribe a un norteamericano que le hablaba de Cuba, y Maceo le responde diciéndole: “Más que nunca creo en la causa”. Pondera la lucha, y le dice: “Y no olvide los pañuelos blancos y el agua de colonia que me tiene prometidos”.

Entonces yo los tengo también, y el agua de colonia. Y Alfredo se meaba de risa cuando me daba de comer chocolates blancos, o cuando en su apartamento bello en París me dio marron glacé. Entonces él se reía de eso. Quiere decir: debemos aspirar para todos al marron glacé, a los pañuelos blancos y al agua de colonia, que no sea el privilegio de los que los pudimos tener una vez. Para eso hay que luchar y hay que tener valores, porque el momento es difícil.

Ya Alfredo se fue, pero su idea está ahí, su pensamiento está ahí. Y él creyó que ese pensamiento prevalecería, por eso se apuró en publicar sus libros.

Tuvo querellas gigantescas, y las ventiló con un gran valor. En sus libros están los documentos probados y su enfrentamiento con farsantes u hombres extraviados que en un determinado momento tenían en sus manos, al parecer, los resortes del poder.

Alfredo tenía una gran angustia existencial. Su amistad con monseñor Carlos Manuel de Céspedes fue determinante. Yo me enteré el último de la enfermedad final, y el padre Céspedes se quejaba con amargura: “Yo debía haber estado junto a él”, porque eran muy amigos. Quizás para que le dijera, como le dijo Juan Marinello al padre [Ángel] Gaztelu, al sacerdote, poeta e intelectual, cuando llegó junto a él al momento crítico, y Marinello, dándose cuenta de lo que significaba la visita del poeta, pero también del sacerdote, le dijo: “Déjame morir tranquilo”. Quiere decir: déjame morir con mis ideas.

Por eso Alfredo habla ahí de su iglesia y de la otra iglesia, con todas las connotaciones que eso tiene; las connotaciones dogmáticas, las connotaciones escolásticas, que las comprende y las vive y las padece, y por eso aspira a que la juventud sea iconoclasta, que sea culta; quiere una juventud intranquila, pero no quiere jacobinos a destiempo; quiere que sea una interpretación siempre actual de la historia, porque lo que hasta ayer se vio a la luz de la razón cuando otros medios existían para entender las cosas, hoy las podemos ver desde un ángulo distinto. Aunque Hart me dijo una vez unas palabras que iluminaron mi análisis: “Toda modernidad está necesariamente precedida por otra”. Así que no me digan que son modernos porque yo también lo fui. (RISAS) Pero la modernidad, como la juventud, es una enfermedad que se cura con el tiempo. Vamos a tratar de asumir el concepto de la juventud como un tema, como un manifiesto de ideas, más allá de la piel cansada y la senectud.

Alfredo amaba intensamente, quería las cosas, batalló a muerte por lo de Servando [Cabrera], no por los cuadros, sino por el ser humano, cuando nadie entendía nada; porque los que mientan, los que nieguen la certeza erótica de la sociedad cubana no viven en ella, o son unos hipócritas. Y entonces Alfredo defendió apasionadamente al artista, víctima de unas incomprensiones mortales. Gracias a él llegué yo a Servando, que era una persona encantadora. Murió tan joven, a los cincuenta y tantos. Había preparado todo lo que le rodeaba para hacer de aquello el lugar más maravilloso del mundo. Pero, muerto Servando, empezó el desastre, como suele pasar siempre con los falsos herederos. Lo eran jurídicamente, pero no se dieron cuenta de que la herencia tenía otra magnitud. Y es lo que le pasó a Alfredo, de ahí la afirmación final: “Muero solo”. “Fue lo que tú escogiste”, respondió el interlocutor. Y ese es el gran problema: el misterio de la soledad y también el misterio del acompañamiento.

Él siempre quiso estar rodeado de gente joven. Se veía en ellos como en un espejo. Fue quien me llevó a García Márquez con un escritor joven cubano que él protegía en ese momento extraordinariamente. Y entonces nos encontramos en la Plaza de Armas. Y a mí me causó una impresión extraordinaria la conversación con él y con Mercedes [Barcha]. Hicimos un recorrido por La Habana Vieja. Y Gabo, hasta el final, siempre volvió.

Alfredo y Fidel: la relación era una relación nacida de una comunión de ideas y de una verdad que siempre dijo Alfredo. No se atrevió jamás a decir: desde que lo vi creí que era él… No, no; cuando lo vio, él dijo: este puede ser esto o esto, las dos cosas. Porque, ¿quién es el que llega? Este joven elegante, buen tipo, vestido con su traje espléndido, con su leontina con un ancla de diamantes, no podía imaginar que ese sería el demoledor de todo, empezando por lo suyo propio. Por eso, los que tuvimos la posibilidad de estar cerca del uno y del otro, nos dimos cuenta del sentido verdadero de esa relación.

A Alfredo no le interesaba un Fidel que trataba desesperadamente de remediar los problemas de una administración ineficiente en la sociedad; le interesaba el pensador, creía en el pensador, y creía en algo más: creía en la utilidad del sueño. Hoy, desde la roca del pensar, porque está el filósofo prisionero de su propia naturaleza, pero con la libertad en su imaginación, puede, como el personaje fascinante, recorrer su jardín y ver las extrañas plantas y las flores, y pensar en política, en lo que se hizo y que el tiempo no podrá demoler.

Cuando generalmente se simplifica la obra de la Revolución en la educación, en la medicina, en el deporte... se olvida que la obra principal que se propuso la Revolución fue una obra moral, regeneradora, cuyas consecuencias económicas serían el acceso de todos a una vida mejor.

Por eso, ante esta coyuntura y antes de su muerte, Alfredo creía en la necesidad de una refundación del socialismo; creía que era necesario, desde la soberanía de Cuba, pensar en algo que no era un entretenimiento teórico, sino plasmarlo en la realidad. Él creía en las transformaciones que la Revolución en esta etapa protagonizaba. Aborrecía la idea de que el Estado era el controlador de todo, y defendía en el pensamiento lo que defendió para él mismo, y trataba de infundirle eso a la joven gente. Por eso se fascinó, por ejemplo, con la Universidad de Santiago de Cuba. Llegó a Santiago y se quedó maravillado con lo que escuchó de los jóvenes que le hablaron, se quedaba maravillado cuando venía aquí y conversaba con ustedes.

Llegué aquel último día del Congreso en el Palacio de Bellas Artes, y vi los ojos de los jóvenes que estaban allí, y me di cuenta de que en la Asociación [Hermanos Saíz] había una gran esperanza para volver a encontrar a una vigorosa generación de pensadores, de artistas, de gente que aporte inquietudes, que persuada, que convenza, que nadie crea que tiene el monopolio absoluto de la verdad, que hay hoy más que nunca que escuchar, poner la mano en el corazón de las personas, hablar con la gente. Ese es el legado que creo más importante del pensamiento de Alfredo.

¿Aristocrático decían que era? Es verdad. Pero pertenecía a una aristo que no es la del poder material, sino a una aristo del pensamiento. Hablaba de los clásicos griegos como quien habla del aula primorosa de la Universidad donde le tocó estudiar Filosofía, Letras, pensamiento. No fue abogado como otros. Siempre quiso ser y fue un humanista.

El cine fue un vehículo para él. Si tú vas a ver cuántas películas hizo Alfredo: ninguna. Es sencillamente aquella gestión inicial con los artistas tutelares de la gran generación del cine cubano que le acompañaron entonces: Julio [García Espinosa], Tomás Gutiérrez-Alea [Titón]...

Me acuerdo que un día, en una biblioteca decomisada, encontré algo asombroso: un libro de versos de Tomás Gutiérrez-Alea. Entonces corrí con el libro y fui a ver a Titón, que era mi amigo. Le llevé el libro. Y lo cogió y me dijo: “Qué favor me has hecho”. Era una edición de muy pocos ejemplares. Cogió el libro y se lo llevó, porque se avergonzaba de haber escrito versos (RISAS), y me agradeció como nadie que le entregara el libro.

Me buscaban para hacer las películas del ICAIC. Siempre tuvieron en la Oficina del Historiador y en aquel barrio que iba como renaciendo y en el cual invariablemente Alfredo creyó, un escenario para todas las filmaciones. De ahí Lucía y todo lo que se hizo allí.

Un día Alfredo me llama y me dice que Titón necesitaba mi apoyo como un asesor eclesiástico, porque iban a hacer Una pelea cubana contra los demonios. Bueno, entonces fue la entrevista mía con Titón, y él me pidió lo insólito: “Necesito unos piratas”. Digo: “¿Cómo que piratas?” Y dice: “Sí, necesito unos piratas como extras para llevarlos a Trinidad para la película, y Alfredo me ha dicho que tú eres el único que puede”.

Entonces busqué. La Habana Vieja todavía era un lugar mucho más misterioso que lo que es ahora. Y me metí por la kasbah y busqué a Gabriel Tian, un gordo grande que era tuerto, amigo mío y le dije: “Tian, necesito piratas”. A las 24 horas ya había una gavilla. (RISAS) Necesitaba también ropas de iglesias. Figúrense, me volví loco buscando curas amigos y me prestaron ropas. Entonces salimos para Trinidad. Allí me dijo Titón: “Hay un solo problema: la situación aquí es muy difícil, y entonces hemos conseguido, hemos traído una lechona asada que no se puede tocar, porque no he querido que sea una lechona de atrezo, sino que sea de verdad pero que esté ahí; para cuando lleguen los piratas en el asalto”. Entonces le dije a Tian: “Fíjate, Tian, aquí todo está permitido, menos tocar la lechona”. Y me aseguró: “No, no te preocupes, en eso no hay problemas”.

Entonces, en el momento que está José Antonio [Rodríguez] en el papel del cura, en la bendición del ingenio, irrumpen los piratas, la gente corriendo, y aquello fue de un realismo impresionante. Uno de los señores era Armando Bianchi, que era un hombre de una simpatía extraordinaria. Entraron los piratas y a lo primero que le fueron arriba fue a la lechona. Se la comieron antes de la violación de las mujeres, se comieron todo aquello. Y entonces Titón se halaba no el pelo, se halaba la ropa. Al rato me llama Alfredo, y me pregunta: “Óyeme, Eusebio –como hablaba él–, ¿qué es lo que ha pasado, hijo, con una lechona que se comieron?”

Alfredo usó de su poder político para echar adelante obras maravillosas y extraordinarias. El ICAIC estaba en ese momento en una ruina decadente con aquel edificio que a su regreso transformó completamente.

Cuando lo llamaron, le dije: “Alfredo, ¿quieres que te haga una anécdota?” Alguien escuchó a Máximo Gómez decir que cuánto le gustaría ir a Camagüey a luchar con Agramonte. Y fueron a ver a Céspedes y le dijeron: este quiere ir para allá. Y entonces Céspedes lo mandó a buscar y le dijo: “Escoja unos pocos hombres y váyase a la sierra”, algo así como “hasta que yo me acuerde”. Se fue con lo que Gómez llamó los doce apóstoles. Y cuando murió Agramonte, lo manda a buscar y Gómez le dice: “Mi general presidente, aquí tiene a su viejo soldado”. Y él le dice: “Lo nombro jefe para Camagüey, salga para allá”.

Y entonces a Alfredo le pasó lo mismo: cuando fracasa la película y viene el tiempo en París, fue un tiempo muy fecundo para Cuba, de gran apoyo para Cuba porque él se rodeó rápidamente de lo mejor de la intelectualidad en esa nación y la comprometió.

A su regreso, inmediatamente transforma todo el piso que ocupaba, lo llena todo con los cuadros que tenía, y trajo a un perrito maravilloso. Uno entraba a verlo y el perrito estaba sobre el buró, y él decía: “A ver, ¿cómo tú me quieres?” Y el perro empezaba a hacer gracias. Porque tenía esas cosas también del muchacho que nunca dejó de ser.

Por eso, más allá de la vida, cuando faltan unos días para que él cumpliera 90 años, me alegro de celebrarlo. “Y espero, Alfredo, que sé que estás cerca, que sepas comprender que he tratado de dar un testimonio lo más próximo posible a lo que tú fuiste, cosa que es imposible”.

Gracias.
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Algunas respuestas a preguntas que le formularon desde el público:

Hay que tener en cuenta que el origen no determina, el origen es un punto de partida. Fidel, Raúl, Céspedes, no tuvieron esa posibilidad. Es el desarrollo de las ideas el que lleva a los seres humanos a asumir un camino, una conducta.

Uno necesita desear el conocimiento, tiene que desear el conocimiento. Hay un nido, hay tres pájaros, y hay uno que pide y pide, pero no alcanza; y hay otro que pide y pide, y lo logra. Hay pichones que no vuelan a tiempo y, cuando se van los padres, están condenados a morir. Entonces hay que saber volar a tiempo. Hay un momento en la vida y hay épocas…

Se los digo porque ayer, por ejemplo, se graduaban decenas de jóvenes que han estudiado en una escuela de oficios, y yo les hablaba de la importancia de la conciliación entre la mano y la cabeza. Y ya comprendí hace mucho tiempo, como una vez me dijeron, que la mano ejecuta lo que el corazón manda. Quiere decir, no hay antagonismo entre lo uno y lo otro, pero uno tiene que desearlo.

Aquí, antes de la Revolución, se formaron grupos de personas. Por eso creo que no se puede olvidar que la Sociedad Pro-Arte Musical realizó aquí una obra extraordinaria; una señora, que era una aristócrata de verdad, que era María Muñoz de Quevedo, consumó una obra extraordinaria, y por ahí pasan Alicia Alonso, María Teresa Linares, Argeliers León, Marta Arjona, gente que escuchó el llamado y buscó la oportunidad; uno tiene que buscar la oportunidad.

A algunos contemporáneos míos, por falta de interés mío o porque lo dejé para mañana, no los conocí; pero cuando tuve una noción de lo efímera que era la vida de algunos hombres, como sería la mía, pues acudí nada más y nada menos que para estrechar la mano de Fernando Ortiz y de José María Chacón y Calvo, de aquellos grandes hombres; de los pintores, de [René] Portocarrero, de Mariano [Rodríguez], de Víctor Manuel [García]; los recuerdo a todos. Pero fue la avidez; cuando no podía, alguien me los presentaba.

Recuerdo cuando llegué a ver a Luis Martínez Pedro, que quería conocerlo, porque quería relacionarme con la gran generación de los pintores. Me recibió como era él, con una chaqueta americana preciosa, con un pañuelo atado aquí al cuello, con un trago en la mano, y me dijo: “Joven, le advierto que yo no regalo cuadros; (RISAS) ese es Portocarrero, yo no”. Y entonces le dije: “No, maestro, yo no vengo a pedirle nada”. Inmediatamente se dio cuenta de que me había descolocado, y me dijo: “Pero, mire, yo le voy a dejar para el Museo eso que usted ve en la pared, que es un mascarón de proa de una nave perdida, que compré en Baracoa, eso se lo voy a dejar”. Murió Martínez Pedro, y me llamó la esposa y me dijo: “Hay una cosa para usted”. Quiere decir, él me zarandeó, pero después cumplió su palabra.

Así me pasó con otras personas: Enrique Labrador Ruíz, por ejemplo, o con Cintio Vitier, mi amigo querido. Yo le decía el patriarca de Aquilea. Le gustaba muchísimo, porque era un título antiguo. Habíamos acudido a los intelectuales, Leo [Brouwer], que es un santo, habíamos acudido todos juntos a Venecia, a una acción cultural sin precedentes; Alfredo también. Y entonces Fina [García Marruz], salió y le robaron la cartera. Estaba, figúrate, en una situación desesperada. Pero no fue eso solo: salió caminando con Cintio, y de pronto venía, como en la película, una manifestación contestataria, con bandera roja y todo, y ellos iban delante, y no sabían nada de aquello.

Bueno, pero conocí a esas personas. Y solamente el poder acariciar la mano de esas personas, poder saludar a los contemporáneos y a los que sean de otras generaciones me transmitió algo.

Uno debe tener la avidez por la cultura. Comprar un libro es una cosa gigantesca. Por eso digo que agradezco a Alfredo que me trajo Marguerite Yourcenar, me trajo el Opus Nigrum y varias obras más; estaba entonces deseando conseguir la obra de Marcel Proust, figúrate, que costaba un ojo de la cara.

Pero el tema es la avidez por saber. Hay quienes esperan que les lleven el conocimiento a la puerta. No puede ser así, yo pienso que una de las grandes obras de la Revolución fue desencadenar todos esos sueños postergados por generaciones. Por ejemplo, cuando se creó la Cinemateca de Cuba, tan animada por Alfredo, nosotros inmediatamente sacamos el carnet. Íbamos a ver la Cinemateca, que era una pasión, aquí en La Rampa y en el Rialto, que era un cine muy singular. Allí vimos todo el realismo italiano, los fratelli Taviani, apreciamos las distintas etapas de la historia del cine, pero teníamos esa avidez.

Algo parecido sucedía con la biblioteca. Yo no tenía libros; solo contaba con la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País. Ir allí y con la credibilidad, el carnet, qué honor tan grande, y después llevar el libro intacto luego del disfrute para devolverlo. Quiere decir, el problema no es solo el tema de que existan las oportunidades; uno tiene que buscarlas y arrebatárselas al destino también.

Siempre he relatado que mi encuentro con Emilio Roig [de Leuchsenring] fue una cosa tremenda. ¿Por qué? Porque yo había dado una conferencia, a partir de mi formación tan escolástica y cuando comprendí la magnitud de mi error, fui a ver a un ilustre sacerdote jesuita y me dijo: “No, no, pero eso no es decir que vienes aquí a arrepentirte; tienes que ir allí a hacerle una restitución, que es como se llama eso”.

Llegué y me presenté a aquella muchacha, María Benítez, diciéndole que quería ver al Dr. Roig. Y me pregunta: “¿Con qué fin?” Le expliqué que era un asunto muy privado. No le quedó más remedio que dejarme subir. Cuando entré hallé a Roig sentado, vestido de blanco, impecable y comencé: “Maestro, vengo a restituirle, por esto y esto y esto”. ¿Qué hizo? Me hizo así con la mano, queriendo decir: esto ha terminado.

En ese momento no podía imaginarme siquiera lo que iba a depararme el destino. Volví luego muchas veces a verlo y a aprender y a conseguir los libros y a asistir a las conferencias, deslumbrado por su capacidad de trasmisión. Y allí conocí a todos esos grandes hombres, muchos de los cuales hicieron y hacen historia.

El subdesarrollo genera una falta de memoria. Hay que empezar siempre lo que ya está empezado, volver a honrar a los que una vez fueron honorables y están olvidados; hay que retornar siempre. Aquí, para el olvido, nada más que hay que morirse, por eso este acto tiene un gran valor; por ahí van del brazo, además, dos malos sentimientos: la ingratitud y la envidia, que constituyen una serpiente bicéfala. Por eso es tan importante insertar la memoria, construir el legado y darnos cuenta de que no nos hacen falta seguidores, nos hacen falta discípulos.
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*Cortesía de Camilo Pérez Casal

lunes, 29 de enero de 2018

Develada estatua ecuestre de José Martí en La Habana: “Te agradecemos por tu vida breve y generosa” (+ Videos)

Por: José Raúl Concepción, Irene Pérez
En este artículo: Cuba, Estados Unidos, estatua, Eusebio Leal, Historia, Historia de Cuba, José Martí, La Habana, Nueva York, Raúl Castro Ruz
28 enero 2018


Raúl Castro junto a Esteban Lazo, Eusebio Leal y Bruno Rodríguez en el acto de develación de la estatua ecueste de José Martí en el parque Trece de Marzo. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
Una réplica de la estatua ecuestre de José Martí en el Parque Central de Nueva York fue inaugurada hoy en La Habana. El General de Ejército Raúl Castro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, presidió el acto en el parque Trece de Marzo, a pocos metros del antiguo Palacio Presidencial, actual Museo de la Revolución.
Las palabras centrales del acto de develamiento estuvieron a cargo del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal.

Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
“En esta mañana en que se cumple el 165 aniversario de su nacimiento no lejos de aquí, en la calle de Paula, evocamos a José Martí en el acto de su supremo sacrificio por la causa que escogió como una motivación para su vida. La obra de la insigne artista norteamericana Anna Hyatt Huntington lo evoca”, dijo el reconocido historiador.
Eusebio emocionó al público cubano y estadounidense que se encontraba sentado frente a la estatua. Junto a Raúl estaban el vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Esteban Lazo, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez, entre otros miembros del gobierno de Cuba.
También se encontraban representantes del Museo del Bronx, institución clave para convertir en realidad el sueño de tener una réplica de la obra de Anna Hyatt Huntington en La Habana. Ciudadanos estadounidenses y cubanos residentes en EE.UU. que aportaron fondos para materializar lo que hoy fue develado, viajaron a la capital cubana para estar presentes en el acto.

La pieza de bronce pesa ocho toneladas y media y está sobre un pedestal de mármol negro. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
El historiador continúo con su discurso estremecedor y describió la estatua con los adjetivos exactos:
“Hay serenidad en su rostro. Hay hermosura en el conjunto en que la bestia pisotea hierbas y lirios, quizás evocando aquellas palabras que siempre consideré la íntima premonición de su sacrificio: ‘Mi verso crecerá bajo la hierba y yo también creceré’. Es la escena del 19 de mayo de 1895. Pero hoy precisamente no nos detenemos a contemplar la muerte que él consideró como un acto necesario. ‘No es verdad -dijo- cuando se ha cumplido bien la obra de la vida’. ‘O cuando ella -como también afirmó- se constituye en un carro de gloria’, no venimos hoy con tristeza y apocamiento ante su monumento. Me alegra extraordinariamente que podamos los habaneros disfrutar hoy de una obra tan bella y tan poéticamente inspirada”.
José Velázquez, representante de la Alcaldía de Nueva York, dio lectura a un mensaje enviado por el alcalde de esa ciudad, Bill de Blasio. “Celebramos con orgullo la amistad que nuestra ciudad comparte dignamente con Cuba. En nombre de Nueva York, les expreso mis mejores deseos de que tengan una agradable y significativa ceremonia”, escribió el gobernante.
Durante el acto, hubo varios agradecimientos a la recientemente fallecida, Holly Block (1959-2017), quien como directora del Museo del Bronx fue una de las más entusiastas impulsoras de la realización de este proyecto. “Fue Holly Block con quien me entrevisté en horas de tristeza, cuando ella y yo estábamos atacados por súbita enfermedad. Ella no pudo sobrevivir. Hoy en su nombre, agradezco a ese centenar de donantes, entre los cuales instituciones y personas lo hicieron desde una modesta contribución hasta la mayor”, explicó Leal Spengler con sentida voz.
El protector del patrimonio habanero, prosiguió con sus palabras dedicadas al cubano más trascendental de la historia:
“Autor de la unidad, no pudo verla concluida. Por eso hoy, cuando nos acercamos ante este monumento rendimos culto aquellos que hicieron posible que tus ideas prevalecieran más allá de la muerte. A las legiones que sufrieron y padecieron buscando un camino para Cuba; para esta Cuba actual para la cual luchamos”.
La reproducción idéntica de la estatua de Martí en Nueva York llega a Cuba tras 22 años de iniciarse las primeras conversaciones para lograr que en la capital de la Mayor de las Antillas también esté presente el Apóstol sobre su caballo. La pieza de bronce pesa ocho toneladas y media y está sobre un pedestal de mármol negro.
La escultora norteamericana Anna Hyatt Huntington (1876-1973) es la autora del monumento original erigido en 1958 y colocado siete años más tarde en el famoso Central Park de Manhattan.
Finalmente, Eusebio Leal despidió sus palabras con un agradecimiento a José Martí similar al que cualquier cubano dedicaría al Maestro bendito de vida breve y generosa.
“Te agradecemos, maestro y apóstol, por tu vida breve y generosa. No has muerto. Vives en nuestro corazones. Cuba te agradece. El pueblo cubano todo deposita ante ti una ofrenda de flores y estos signos recuerdan que tu sacrificio no fue inútil. Hace un instante, la bandera nacional flota en lo alto del monumento. No hemos seguido la práctica habitual, renunciando un poco a la tradición de arrebatar un velo – sería inmenso – hemos preferido que sea la bandera la que se levante sobre el cielo azul de Cuba cuando aún el Sol no ha tocado nuestros ojos ni se ha levantado por las tierras del Oriente, esas tierras que por primera vez viste después que regresaste a Cuba. Bendito seas, Maestro”.

El presidente cubano Raúl Castro y el Vicepresidente primero Miguel Díaz-Canel a su llegada al parque Trece de Marzo. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

La escultora norteamericana Anna Hyatt Huntington (1876-1973) es la autora del monumento original erigido en 1958. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Amanecer en el parque Trece de Marzo. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

La réplica de la estatua ecuestre de José Martí en el Parque Central de Nueva York fue inaugurada hoy en La Habana. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

En video, las palabras de Eusebio Leal

Veal el acto de develamiento de la estatua

domingo, 23 de julio de 2017

Eusebio Leal "El camino de Cuba es buscar su propio rumbo y salir adelante" ( Video)

Publicado: 22 jul 2017 11:37 GMT | Última actualización: 22 jul 2017 15:03 GMT

"En un mundo tan pluralista como este nadie puede creer que tiene el monopolio de la verdad". Eso considera Eusebio Leal Spengler, historiador cubano, en Entrevista, de RT, al recordar las palabras de Fidel Castro. ¿Por qué la capacidad de prever es la más importante en política? ¿Qué es la amnesia social y por qué la padecen sobre todo los pueblos jóvenes? ¿Cuál es el camino de Cuba sin Fidel? Todo esto y mucho más en Entrevista.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Eusebio Leal: “Fidel se entregó sin límites a la causa de su patria y tuvo por patria al mundo”

Por: Magda Resik Aguirre



 Eusebio Leal junto al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.





El triunfo de la Revolución abrió todas las puertas a varias generaciones de cubanos. “Seguir las palabras de Fidel, que eran compartidas por todo un pueblo, fue para mí más que una sensación y una vivencia, un magisterio.”


Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, tenía entonces mucha avidez de conocimiento y le había sido negada en la pobreza familiar la educación escolar anhelada.


Las oportunidades posteriores fueron de gran provecho para quien hoy tiene sus espacios ganados en disímiles academias y altas casas de estudio de Cuba y el mundo. Pero ante cada lauro, la reacción siempre es de gratitud a quien le permitió integrarse al proceso revolucionario desde su singularidad, su condición de cristiano, su devoción por una historia patria despojada de arquetipos y omisiones y su probada pasión por la defensa del patrimonio nacional.


Una noche intercambiaron pañuelos bordados con las iniciales, y Leal correspondió a la deferencia: “Le doy mi Lealtad a cambio de su Fidelidad”. Y la lealtad y la fidelidad coronaron una amistad incondicional: “cuando tuve algún problema personal, se apartaba rápidamente de lo que estaba haciendo, me escuchaba, y si estaba en sus manos, daba una solución.”


Así Leal fue comprendiendo cómo el liderazgo de ese cubano universal se había inspirado en el ideario de José Martí “el más agudo, el más intenso intérprete de la realidad de su tiempo, el más profundo conocedor de los cubanos”. Fidel rechazó todo dogma, reinterpretó continuamente la realidad y creyó sinceramente en las capacidades del hombre, en la vocación redentora de todo revolucionario. No le gustaban el engaño y la simulación. Con él “había que estar dispuesto a la verdad”.


Pero el atractivo mayor fue descubrir en “Fidel a un hombre de la cultura, a un pensador que se prepara, estudia y nunca cree suficiente el conocimiento adquirido”. Frente a él “no se podía improvisar” y contrario a lo que algunos suponen, dada su inmensa capacidad como orador – podía hablar horas ininterrumpidamente -, en el brazo de su butaca quedó la huella del pequeño hoyuelo marcado por el golpe seco de su dedo durante las largas horas que dedicó a escuchar el testimonio de otros y a cultivarse en la sabiduría ajena.


“Cuando conocí de él a partir de los testimonios de su propia vida – asegura Leal – supe que, por ejemplo, en los estudios universitarios era capaz de llevar muchas asignaturas al mismo tiempo, estudiar y a la vez, como está consignado en su expediente académico demostrar la enorme lucidez y capacidad  para emplearse a fondo en muy diversas materias.


“Ha sido un lector incansable, ha leído de todo lo necesario para el conocimiento de la historia de la humanidad, de la cultura, la literatura, el arte. Ahí entran muchas apreciaciones cruzadas en mi memoria, de intelectuales que conocí que lo conocieron; de amigos y compañeros de lucha que compartieron con él momentos muy trascendentes y una de las cosas que a todos más nos impresionó fue su capacidad de adquirir conocimientos y proyectarlos en sus relaciones y en su discurso político.


“Una convicción le acompañó desde los primeros años de su vida: su destino estaba ligado indisolublemente a una causa de justicia social por la cual sacrificaría fortuna, tiempo, momentos para los amigos… todo cuanto fue necesario dejar a un lado para llevar adelante lo que él consideró justo, conveniente y necesario para Cuba”.


—Esa capacidad intelectual y ese cultivarse en el ejercicio constante del conocimiento le facilitaron sin dudas convertirse en el estadista y el hombre de connotación universal que es. ¿Qué hitos nos resaltaría hoy de esa impronta global de Fidel?


—Hay que depositar todo eso dentro de una personalidad muy singular. Un hombre pulcro, atildado, muy cuidado en su imagen en todo tiempo, un caballero, quiere decir, alguien que con cualquier persona, de cualquier ideología, de cualquier confesionalidad, podía hablar, conversar y traducir en su palabra ese sentimiento de respeto que su propia cultura y conocimiento humano le confirió como una virtud y una capacidad.


Lo recuerdo delante de mí conversando con figuras tan importantes como Rajiv Gandhi que era un hombre también de gran refinamiento personal; lo recuerdo hablando con el Papa Juan Pablo II y su impresión en relación con Su Santidad; lo recuerdo conversando con diferentes líderes revolucionarios latinoamericanos; lo recuerdo en las incontables visitas en las cuales guié a mandatarios que él acompañó al Centro Histórico habanero.


Tuve la oportunidad de estrechar la mano a distintos líderes mundiales y latinoamericanos con los cuales él sostuvo una intensa relación como fue, por ejemplo, Salvador Allende a quien saludé por intermedio de Fidel como senador visitante en Cuba primero y luego en su visita presidencial.


En sus encuentros, más privadamente, Fidel siempre expresó aquél comedimiento, ese sentido que lo llevaba a saber desde cómo comportarse a la mesa, cómo hablar y sentarse, cómo dirigirse a las personas. Ejercía una especie de magnetismo sobre los demás. Y es que, a diferencia de lo que algunos creen, Fidel tenía una gran capacidad de escuchar al mismo tiempo que una gran capacidad para lograr ser escuchado.


—Entre esos hombres universales resalta la amistad de Fidel con Hugo Chávez que se expresó cual amor entrañable entre un padre y un hijo. Usted fue testigo del surgimiento de esa relación ¿cómo se produjo ese abrir la puerta a una amistad para toda la vida?


—Tengo fundamentos para creer que la persona con la que tuvo la mayor empatía, la que le sorprendió tremendamente por su capacidad, su patriotismo que era como un manantial que brotaba de manera espontánea, también un lector voraz, poseedor de una memoria fotográfica increíble, fue Hugo Rafael.


Tuve la suerte de estar entre los primeros cubanos que le conocieron. Estuve presente en el recibimiento cuando llegó por primera vez a Cuba y en la primera conversación entre los dos. Recuerdo la fascinación que Fidel sintió por aquél joven que venía tras las huellas de los próceres y con el interés de visitar los escenarios progresistas latinoamericanos y conocer de otras experiencias de militares comprometidos. No olvidemos a Omar Torrijos, a la revolución de las fuerzas armadas en el Perú…  por ese camino andaba él inicialmente. Era un camino que debía lógicamente recorrer pues había sido un soldado formado, un oficial nacido en el seno de la academia, que tuvo muy buenos maestros, que conocía al dedillo la historia de su supremo mentor que era Simón Bolívar, quien lo fue también para Martí y Fidel.


Estaban creadas las condiciones para que Chávez se convirtiera en lo que fue. Recuerdo el momento en que estando juntos en Venezuela – tuve el honor de acompañar al Comandante Fidel – el venezolano le hace la solemne promesa de no defraudarlo. Y efectivamente, así fue con la vida y con la muerte.




Fidel Castro y Hugo Chávez en Canaimahugo-chavez-fidel-castro-580x320.




—Evocaba a José Martí quien fue el asidero y la raíz del ideario del Comandante en Jefe. El Apóstol de Cuba en su tiempo dijo que cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres… ¿Qué relación establecería usted entre esos dos grandes iluminados de la historia patria?

—Fidel fue profundamente martiano, no de fragmentos de la obra de José Martí sino de leer todas las biografías escritas, el epistolario sobre todo y podía recordar a la perfección distintos momentos no sólo de la vida sino de la obra política unitaria del Apóstol. A él le fascina cómo Martí logra de las causas y razones que perdieron la Guerra de los Diez Años abogar por y crear y convertirse en el factor de la unidad.

Esa idea de la unidad va a estar permanentemente en el ideario político de Fidel. Nada que desuna es para él importante. Nos dice como Martí que hay que estar siempre ardiendo en la luz del sol y no a la sombra. Nos dice que debemos situarnos en el hecho político que Martí supone y en toda la historia del país, al tiempo que reverencia a aquellos que se sacrificaron en aras de ese ideal y no lograron alcanzarlo.

Por eso su admiración por Bolívar o por Carlos Manuel de Céspedes. Profundamente cespediano, profesó una devoción al Padre de la Patria. Fidel fue un revolucionario que estaba movido por un gran patriotismo, de un alto sentido del deber que se impuso él mismo como disciplina.

Si de Martí se pudo decir que subía y bajaba escaleras como quien no tenía pulmones, que pasaba días enteros en vigilia, visitando y hablando, de Fidel igual. Lo he acompañado en jornadas inacabables que han comenzado por el día y por la noche también. Su más grande obsesión era dejarle al pueblo cubano una bandera. El servicio más grande o el último que ha prestado en vida a su patria no es solamente el haber dejado un acumulado de ideas, proyectos, iniciativas y obras, sino también habernos dejado en este momento crucial una bandera no sólo de resistencia sino de triunfo.

En el momento en que escuchamos expresiones groseras de unos pocos y a otros que irrespetuosamente celebran la muerte, nosotros asistimos al espectáculo conmovedor de la despedida multitudinaria y universal de alguien que ha luchado tanto por la vida. Y la expresión del pueblo cubano en este instante, la que apreciamos y sentimos contenida en ese silencio que percibimos por las calles, es la más grande manifestación de respeto a un hombre que se entregó sin límites a la causa de su patria y tuvo por patria al mundo.


Eusebio Leal junto al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eusebio Leal junto al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.




—Hay quienes auguran que después de Fidel Castro la Revolución cubana desaparecerá, que las jóvenes generaciones no están preparadas para continuar ese legado, que el país definitivamente se convertirá en esa fruta madura que caerá destruyendo a la nación independiente por la cual él tanto luchó junto a su pueblo. ¿Qué nos diría usted?

—Un hormiguero es lo que verán esos agoreros cuando traten de tocar al país en su yaga, en sus debilidades o defectos… un hormiguero. El pueblo cubano en este momento está tranquilo pero muy celoso de la dignidad de la cual Fidel ha sido un símbolo absoluto.

Tengo fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud y en la vida futura como decía Martí. Y sé lo que él ha significado y lo que significará para las futuras generaciones. No se podrá escribir la historia universal del siglo XX, ni se podrá escribir la historia de nuestro país sin mencionarlo a él. Será como lo que respondió una vez Máximo Gómez ante una provocación: prueben a escribir la historia de Cuba sin mencionarme a mí.

—La corbata negra que usted porta hoy es como la encarnación simbólica de los momentos de más intimidad que compartió con Fidel. Usted hablaba del gran caballero que fue y sé que conoció de la inmensa bondad y también de la cólera de un hombre muy especial. ¿Cómo era ese Fidel que usted pudo disfrutar más próximamente?

—Fidel me honró con su amistad y honró con su amistad a mi madre que era alguien muy importante para mí y que él apreció en su valor como testigo de una época dura en la cual a ella le tocó vivir. Ella coincidió un poco generacionalmente con él aunque le llevaba casi veinte años. Por eso estoy muy cerca del sentimiento humano, de la capacidad de ser por un instante ese ser humano tan cálido y próximo; porque él – vale la pena aclararlo – era un político ante todo y todo el tiempo pues comprendió el valor de la política y sacrificó sentimientos muy propios. Pero cuando le planteabas alguna situación personal enseguida se apartaba y atendía ese tema.


Sé lo que significa su abrazo en un momento oportuno y sé lo que significa su mano en un momento oportuno. No era cosa que se regalaba y prodigaba. Él sabía ser severo, austero e ignorar la adulación que le molestaba extraordinariamente. Tenía un gran sentido de la cultura del refinamiento, vanguardista diría.


Yo tenía una corbata que llevaba por otras razones, siempre negra. Un día le dije a él: quiero pedirle algo, e inmediatamente abandonó lo que estaba atendiendo sentado a la mesa y me preguntó: ¿De qué se trata? Le planteé que necesitaba una corbata negra porque la mía se había deteriorado. Enseguida mandó las suyas y escogí entonces una. Es esta que llevo puesta hoy y que desde hace veintitantos años utilizo en ocasiones de gala. Siempre anudada porque entre mis tantos defectos está el no saber hacer el nudo de la corbata. En algunos lugares está raída, pero lo que no está raído es el recuerdo del que me la dio.


—El que se la dio le entregó muchos de los bienes personales que le habían obsequiado a lo largo de los años, en nombre de la nación cubana y para ella, y también muchos de lo que hoy se consideran bienes patrimoniales y se muestran en instalaciones museales del país. ¿Cómo se produjo ese legado?


—Cuando murió Celia (Sánchez) me ocupé personalmente por una designación de él de ordenar y clasificar todo lo que como jefe de estado había recibido. En ese sentido fue muy pulcro porque allí estaba absolutamente todo, desde un pañuelo bordado con sus iniciales, un libro dedicado, hasta cualquier objeto que le hubiesen entregado. Si un campesino en un campo de caña le había entregado una mocha de corte allí estaba.


Pero también había regalos primorosos de presidentes de diversos sitios del mundo. Recuerdo la biblioteca donde habían libros dedicados desde el Papa Juan XXIII hasta la madre de Gandhi, Indira. Un día en medio del período especial me acompañó al lugar donde estaba depositado todo pues ya me había ordenado distribuir aquello en todos los lugares donde fuera útil a Cuba.


Esa noche observó todo con detenimiento por última vez, en presencia del secretario del consejo de estado, el Doctor José Miyar (Chomi), quien le sirvió con una lealtad y modestia ejemplar. Le ordenó que levantara un acta y escribió el mismo de su puño y letra dándome ese legado y la responsabilidad histórica. Unas pocas horas después estábamos llevando a los asilos de ancianos la ropa y los abrigos que debieron ser adaptados por las monjas a las tallas propias del anciano que los usaría.


A los museos de toda la isla de Cuba desde Sandino hasta Baracoa llevamos esas cosas personales con la sola condición de que no se podía poner en leyenda alguna o referencia que eso lo había entregado él. De ninguna manera, independientemente de que muchas piezas bordadas en objetos manufacturados de América Latina y el mundo llevaban grabado su nombre.

Recuerdo que en una Mesa Redonda en la televisión, ante una calumnia, fue que entonces autorizó a contar esta historia y se reveló lo que con mucha prudencia, sentido común y silencio había hecho.

—Fidel fue un amante de las artes y las letras y un defensor consciente del patrimonio. ¿Cómo nos ejemplificaría Leal esa condición de Fidel?

—Ahí está el Museo Nacional de Bellas Artes que se amplió a dos edificios y se reinauguró en momentos muy difíciles para el país. Otras voces siempre querían salvar a cambio del patrimonio pero Fidel nunca. Tengo un escrito de él en relación con un automóvil muy bello que estaba a la venta por parte de una familia y él ordenó comprarlo y pagar lo que la familia pedía para luego poner una nota que decía: que no se venda a ningún precio. O el reloj del Padre Félix Varela regalo de José Antonio Saco con el que pasó lo mismo.

Y está el Decreto Ley 143 del Consejo de Estado firmado por él que considero es el monumento a la política más avanzada a escala mundial en la preservación del patrimonio de cualquier nación. Concedía personalidad jurídica, capacidad de poseer bienes patrimoniales y subordinaba mucho al interés de salvar la Habana Vieja que la veía como un bien extraordinario del país y serviría de ejemplo para un movimiento nacional de restauración y rescate del patrimonio.

Con la mente siempre puesta en los precursores, en los que habían luchado y en otros compañeros a los cuales había encomendado esa tarea, viendo que en ese momento me correspondía, pues me dio esa facultad. Hace unos pocos días tuve la satisfacción de hacerle llegar un mensaje cuando convertimos en una lápida de bronce sus palabras del decreto, para convertir en perpetua memoria ese avanzado proyecto de preservación patrimonial. Está colocada sobre las piedras del antiguo Palacio de Gobierno en la Plaza de Armas y así lo comuniqué al General Presidente, su hermano Raúl, también amigo y benefactor de la gran obra a favor del patrimonio.


Este tema me resulta particularmente sensible y quisiera hoy agradecerle a él, a su memoria dedicarle estas palabras porque el tiempo pasa también para mí, por todo lo que hizo por el pueblo cubano, por la humanidad y por qué no, también por mí. Quisiera agradecerle a su familia y enviarle mi profundo pesar a su viuda Dalia Soto del Valle, a sus hijos todos, a su hermano Raúl, a sus hermanas y a todos los cubanos y a todas las personas del mundo que en este instante sienten como suyo el dolor de su transitoria partida. Como dijo una vez Martí: mi verso crecerá bajo la yerba y yo también creceré. Él también crecerá.





Eusebio Leal junto al Comandante en Jefe, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eusebio Leal junto al Comandante en Jefe, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.




—Hoy, después de conocerle de tantas maneras, ¿cuáles cree el historiador que fueron las condiciones que en los orígenes de su vida allá en Birán – como si se tratara de un viaje a la semilla – condicionaron la naturaleza y el carácter de Fidel?


—Las recientes publicaciones de la obra hecha por Katiuska Blanco, son a mi juicio un aporte fundamental para el conocimiento de Fidel, la familia y de esa primera historia. He leído otros textos también y he tenido el testimonio directo, a lo largo de muchas conversaciones, con sus hermanos, Ramón, Raúl, con sus hermanas… todas me dieron en algún momento un testimonio de lo que fueron aquellos años.

Birán es toda una explicación. Él tuvo un culto particular por sus padres como lo han tenido todos sus hermanos. Un culto particular por Lina y un culto particular por Ángel el soldado español que vino a la guerra de Cuba, levantado en las quintas españolas y que llegó a esta tierra y se enamoró del país. Estuvo enfermo en los hospitales de campaña, en la trocha de Júcaro a Morón y posteriormente, es embarcado de regreso con las tropas exhaustas, vencidas y enfermas. Pero apenas un año después regresa y en una proeza personal y con amigos fieles, logró la tierra que se fue convirtiendo en una especie de pequeño reducto entre los grandes cañaverales de los grandes latifundios norteamericanos.

Birán fue en cierta medida una utopía. Veintisiete construcciones entre las cuales destaca la escuela, cosa que no era común de ninguna manera en una finca particular, en una casa de familia. Poseía una distribución que permitía tener ciertas condiciones muy excepcionales para los trabajadores que allí operaban en especial los trabajadores negros haitianos que allí llegaban forzados a emigrar de su país, a los cuales Fidel y Raúl siempre se han referido con mucho afecto y compasión.

Birán fue siempre el punto de regreso pero también el punto de partida. Hay un momento en que la partida se hace definitiva porque los hijos de Ángel deben ir a enfrentar la populosa Habana. Ya no era el ambiente coloquial y familiar de Santiago de Cuba. Ahora sería la gran Habana, la urbe donde estaba la única institución de alta docencia en Cuba, la universidad.

Y ahí llegaron los hermanos y Fidel con el más pequeño, con Raúl. Entonces comienza el gran debate. Muchas de las cosas aprendidas en Birán aparecen con fuerza, la disciplina, el amor a la tierra, a la montaña… Fidel narra su aventura subiendo a los montes, esos pinares que siempre recuerda, de Mayarí. Recuerda con mucha ternura la vida campesina que le confirió un sentido muy humano y particular a su vida. Me refrenda la idea de que el ser humano se forja en el seno de una familia y a partir de ciertas virtudes fundamentales como son el espíritu de trabajo, la honradez, la compasión hacia los demás, el sentido de la justicia… sobre esa base se levantan luego las virtudes políticas.

—Fidel se refirió al Che alguna vez de este modo: Hay personas que da trabajo resignarse a la idea de su muerte. ¿Qué le diría hoy al pueblo cubano al cual le cuesta mucho resignarse a la idea de la muerte de Fidel?

—Él tenía su propia medicina reservada. Así nos lo expresó en su última comparecencia en el congreso del partido. Fidel era profundamente martiano y Martí dijo: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida. Ahí está la clave.

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