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miércoles, 1 de noviembre de 2017

¿Ajiaco made in USA?

 Por Carlos Luque Zayas Bazán
 LA PUPILA INSOMNE
Según el siguiente razonamiento, referido y limitado al acto deliberativo de masas durante la discusión de los Lineamientos pero extendido al debate actual: a) Si algunos ciudadanos hacen propuestas en relación de no impedir o permitir la concentración de riqueza en manos privadas, en “abierta contradicción con la esencia del socialismo”, y b) si el poder político no impugnó, no se manifestó en contra de, la legitimidad política de los ciudadanos que tienen esa opinión, de allí seguiría que, c) los ciudadanos pueden ejercer y ejercieron su legitimidad política para emitir propuestas contrarias al socialismo, con la aceptación del poder político.
Las premisas de esta argumentación hablan muy positivamente de la capacidad y libertad de expresión que se ejerció en aquel proceso, y también del carácter democrático, propio, cubano, específico de nuestro sistema, ese que tanto le cuestionan. La inferencia, aunque expresada con circunloquios, es la que amerita algunas precisiones.

¿Existe una “línea roja” respecto a la legitimidad política de los actores que hacen propuestas de cambio en Cuba?
Mi opinión es que, en efecto, existe. Y no es privativa de Cuba, sino universalmente aplicable e incluso punible: quien pretenda legitimidad política para hacer propuestas de cambios a un sistema legítimamente establecido – cambios políticos o económicos, o de cualquier otra índole, – si transgrede el principio moral, y también legal, – existente en todo ordenamiento político de no rechazar para la consecución de esos cambios cualquier tipo de asociación o vínculo directo o indirecto con entidades extranjeras y enemigas de las que se pueda probar o tener la certeza razonable, basada en hechos pasados y presentes, de que esas entidades o sus representantes, por sus acciones y concepciones políticas e intereses se oponen, quieren modificar o subvertir al orden político con respecto al cual se aspire la legitimidad de la intervención política, inmediatamente pierde esa condición.
La legitimidad política en uso de la cual, en sus centros de trabajos, organizaciones sociales o de masas, en sus comunidades, o en cualquier otra entidad, los cubanos han propuesto cambios, o modificaciones, o añadidos a los principios y lineamientos de la actualización en curso, ha sido ejercida sin transgredir aquel principio básico, incluso si han hecho una propuesta que exceda los límites que debe tener la probable acumulación de riqueza privada, o con respecto a cualquier otro tema en discusión.
Se pudiera admitir como hipótesis que uno o varios de esos cubanos que abogaron por la concentración de la riqueza privada en el examen de los Lineamientos, lo hiciera desde el presupuesto personal de que el sistema capitalista es preferible para Cuba, y no simplemente que se debe tolerar una determinada concentración de la riqueza privada. Pero si ese cubano no tiene una relación orgánica, logística u organizacional, no depende ni utiliza para posicionar públicamente su criterio el trampolín de una entidad extranjera, gubernamental, pública o privada, o, por cierto, “colindante” con ellas, y desde la cual pretenda y pueda hacer amplio proselitismo político por su idea, el uso de la legitimidad política que haría ese cubano en su acto de proponer, refutar, enriquecer, o complementar, lo estaría ejerciendo en coherencia con el ordenamiento político y moral que le reconoce el derecho a ejercer su criterio y hacer su propuesta. No se trata de que haga una propuesta determinada lo que le podría negar su legitimidad para hacerlo. Se trata desde dónde lo hace y con qué objetivo lo hace.
La intuición también existe en política. Cualquier cubano sabe o simplemente intuye y apoya el criterio de que la discusión popular de las políticas gubernamentales tienen como propósito contribuir a continuar el proyecto socialista, no a destruirlo. Sabe que hay compañías que son malas compañías. Y destruirlo es el objetivo del capitalismo mediante todas las vías posibles, las cruentas y las incruentas. Y entre las incruentas están las más o menos sutiles, la guerra cultural, la psicológica, la ideológica, pero también el uso de las academias aparentemente neutrales, los centros aparentemente independientes, el pensamiento aparentemente autónomo. Por ejemplo: La aceptación tácita de la participación en un evento para un proyecto de Constitución cubana con financiamiento del gobierno de Estados Unidos y una entidad perteneciente a la terrorista Fundación Cubano Americana aunque se pretenda escudar sobre un manto académico termina cualquier legitimidad en un debate.
La línea roja en el ejercicio de la política en Cuba es la que se pone a prueba cuando los cubanos, al proponer en cada barrio a sus representantes, no aceptan con su voto mayoritario, por ejemplo, que otro ciudadano, francamente relacionado con un poder extranjero, de cualquiera de las maneras que existen para ello, sea elegido.
La conclusión del razonamiento inicial evocado en esta nota es forzada, porque las premisas no consideran, precisamente la “zona” donde adquiere legitimidad la participación política en Cuba. Que está definida, entre otras, por la convicción de que cualquier tipo de asociación, relación, dependencia, o vínculo de cualquier tipo con un poder extranjero enemigo, sus entidades o sus representantes, se sitúa, automáticamente, “fuera de zona.” La pasada semana Pascual Serrano nos recordó una lección que, aunque bien aprendida, se debe estudiar continuamente: ¿quién es el que paga? He allí la cuestión.
Nota final necesaria:
Ya daba por concluido el texto anterior, cuando hoy en la mañana leí el que parece el más reciente artículo del Sr. académico Pedro Monreal, titulado El “oro de Soros”, el “ajiaco conspirativo” y el debate en Cuba. El asesor catedrático evidentemente aquí se ha descompuesto y por momentos parece abandonar y rebajar su habitual y sereno tono académico a la debilidad de la ofensa. La confianza en la solidez de los argumentos evita, no necesita, acudir al lenguaje ofensivo directamente personal de que hace gala el estudioso en esta especie de última ratio de la impotencia argumentativa.
En efecto, para cualquier lector medianamente informado, las consideraciones que hace el Sr. Monreal del papel que juega Soros en el mundo académico, financiero y político hacen, cuanto menos, sonreír. Como suele suceder, su argumentación, salpicada además ahora de términos ofensivos dirigidos a su contradictor (mentiras, bajeza moral, sordidez ética, étc.) ha sido el reconocimiento más evidente de que resulta imposible explicar y justificar esa “colindancia” de su proyecto. (para emplear un término del mismo Monreal que le señala “colindancia oficial” a este escriba.) Por lo tanto, me ahorro aquí tratar el tema de las relaciones de la entidad que el académico asesora con la Open Society, y que el Sr. Monreal se ha limitado a presentar con un binarismo muy curioso: tenemos a un Soros bueno, a un Soros malo, y una amplia gama de Soros-grises donde con tanta holgura se acomodan ciertas academias y la gente de pensamiento que el filántropo millonario atrae a su órbita aceptando, por esa “complejidad” que no tenemos en cuenta los pobres ignorantes de este mundo, que algunas iniciativas hagan daño, y otras, beneficios.
No es mi propósito devolver ofensa con ofensa. En verdad no lo necesito. La desigualdad de saberes no me rebaja a la impotencia de la injuria personal. Creo que el Sr. Monreal está honestamente convencido de la cosmovisión que guía su obra, por lo tanto no le supongo a priori una intención aviesa, ni un cálculo frío. Toda postura ideológica tiene un basamento filosófico. Los resultados que de una cosmovisión se derivan, pueden resultar tendenciosos, unilaterales, sesgados, pero un pensador, intelectual o investigador convencido de sus ideas, que no las trafique, prostituya, o adapte a circunstancias cambiantes con objetivos de medro, no es moralmente repudiable. Pero dicho esto debo declarar, sin ningún ánimo de ofensa personal, sino dirigido precisamente al plano de las ideas, que me resulta muy sorprendente que el Sr. Moreal califique meramente a George Soros y la Fundación Open Society como “controversiales” cuando muchas de las consecuencias de su actividad han sido francamente criminales.
No es posible extenderme aquí, a partir de los hechos probados, en consideraciones sobre los medios y los fines de este personaje y sus entidades que en el 2002 ya actuaban en más de 50 países, sobre qué significa realmente el tibio calificativo empleado por el Sr. Monreal. Baste saber esto: En 2002, George Soros declaraba: «En la antigua Roma, sólo los romanos votaban. Bajo el capitalismo mundial moderno, sólo los estadounidenses votan. Los brasileños, ellos, no votan» (Declaración pública de George Soros durante el Forum Social de Porto Alegre, Brasil. Citado por la Red Voltaire.). Sólo apunto algo que ya cualquiera sabe, cualquiera, por supuesto, que se informe sólo un poco: el apoyo del especulador financiero a “una amplia serie de entidades y causas que, en su diversidad, abarcan algunas de orientación “progresista”, “radical” y de “izquierda””, como afirma el Sr. Monreal, no se debe utilizar como argumento del lado positivo de la actividad de este personaje expresado con un enfoque de aséptica neutralidad desidelogizada. No es casual que el núcleo fundamental de los economistas que acompañan y ejecutan sus múltiples proyectos, sean neoliberales.
La historia de cómo y con qué objetivos se apoyan las causas y los intelectuales “progresistas”, “radicales” y de “izquierda”, y por cierto, también comunistas renegados o desencantados, creando y financiando medios, revistas, premios y simposios, se encuentra profusamente documentada y analizada en el libro de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural.
Todo esto recuerda una pregunta que Retamar dirigía a un escritor latinoamericano cooptado como director de una revista que después se confirmó era financiada por la CIA, pregunta plenamente vigente: “¿O debemos creer que el imperialismo norteamericano (…) se ha entregado de repente al patrocinio desinteresado de las puras tareas del espíritu en el mundo.?

martes, 22 de agosto de 2017

El sendero de las teorías que se bifurcan…

Por Carlos Luque Zayas Bazán
22 AGOSTO, 2017 DE LA PUPILA INSOMNE
El economista cubano Pedro Monreal (PM) ha publicado varios artículos dedicados a exponer su criterio acerca de los trabajos incluidos en una recopilación de textos sobre las tendencias políticas centristas en Cuba.
En su texto más reciente, PM sostiene su análisis   en el argumento según el cual los textos de la antología  definen el centrismo como equivalente a contrarrevolución. A partir de esa afirmación PM precisa la segunda premisa de su análisis definiendo por su parte que es contrarrevolucionario en Cuba  postular  a) “…la necesidad y/o conveniencia de acabar con el control del poder político por parte del Partido Comunista de Cuba (PCC)”  y b) demandar “…que los medios de producción fundamentales no sean de propiedad social. Es decir, cuando una posición política atenta contra cualquiera de los dos pilares de un modelo comunista.”
En párrafo anterior el analista acepta que “pudieran ofrecerse diferentes definiciones” de la posición política contrarrevolucionaria en Cuba. Pero a fin de cuentas se decanta por las dos (a y b) señaladas, y desde allí despliega su tesis apoyado en la premisa mayor, que como vimos,  establece que el anticentrismo se limita a denunciar a la contrarrevolución y sólo definida por esos dos rasgos.
De paso, hay que advertir que acudiendo a Lenin y a Gramsci, el autor pretende: a) legitimar y ensalzar las supuestas bondades o la eficacia de las posiciones políticas centristas y b) a la vez reitera la tesis según la cual la distinción de posiciones de izquierda, derecha y sus matices intermedios es inoperante o errónea,  tesis muy común también últimamente en el debate de aquellos que se oponen a lo que llaman la radicalidad ortodoxa, u oficial o dogmática.
Se advierte bien claramente que esa tesis, planteada ahistóricamente, sin análisis contextual de cada escenario de la lucha política, pretende prestigiar y colocar las políticas centristas como si existieran en una especie de terra incognita de la política. En la citada carta a su amigo comunista, más adelante el mismo Gramsci utiliza profusamente esas distinciones que son y le resultan inevitables para analizar el campo político italiano y los temas que allí trata. Como también, por sólo mencionar una valoración reciente, Immanuel Wallerstein en su texto Dilemas de la izquierda radical, publicado en La Jornada.
Este aspecto del análisis de PM no merece mayor detenimiento ahora, que la advertencia de la manipulación que contiene para inficionar y contaminar el imaginario político e introducir modos de pensar que conviertan la lucha ideología en un terreno confuso, elástico y líquido, algo muy característico de todo centrismo.
No comentaré extensamente aquí la posición de “centro político” que se le atribuye a Lenin. Es un recurso muy débil y totalmente erróneo por antihistórico el intento de prestigiar u otorgarle pertinencia a esa posición política en las condiciones concretas actuales de Cuba acudiendo a Lenin, pero mucho menos a Gramsci con respecto a aquel. Pero esto merece un comentario.
Casual (¿o quizás premonitoriamente?) releía en estos días Un paso adelante, dos pasos atrás y sólo porque lo reencontré organizando algunos libros. Apenas uno se puede resistir a la angustia que provoca no poder leer o releer un libro valioso que asome a la vista. Y no podía imaginar que alguien trajera a Lenin a colación, insinuando que si alguna vez fuera de “centro” en política, ello podría servirle a los centristas de esta época para tranquilidad de sus almas.
Como se sabe, Lenin hace en ese texto un meticuloso análisis de las actas del II° Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), celebrado en 1903, en Bruselas y, por razones de seguridad, trasladado después a Londres. La primera reacción-placer que nos regala Lenin es disfrutar de su genial exposición analítica y de su estilo polémico, exacto, duro, irónico y directo (entre compañeros de lucha), que hoy levantaría tantos lamentos y victimizaciones entre los moderados que suelen reaccionar con quejas y lamentaciones. Los revelados en las actas de aquel congreso y textos posteriores a que se refiere Lenin , de hecho, son casi la copia y el calco de los recursos defensivos de los supuestos perseguidos o criticados que ahora a veces se leen en Cuba durante las confrontaciones ideológicas. La segunda fue constatar con cierta tristeza racional, o de la razón, (si eso existe, o se puede expresar así) y casi con alguna conmiseración posterior, cómo se intenta de manera tan pedestre y elemental manipular hoy los hechos y los conceptos.
En aquella ocasión Lenin celebraba el paso adelante que significaba la posible unificación y consolidación en un Partido de la dispersión organizativa que existía en el campo de la lucha política e ideológica, formada hasta ese momento por diversos grupos, círculos y tendencias, y lamentaba los dos pasos atrás por la escisión sobrevenida entre los mencheviques (minoría, en ruso) y los bolcheviques (mayoría).  Lenin demuestra con meticuloso rigor ​la postura oportunista y girondina de los primeros, (son sus expresiones), frente al jacobinismo radical de los segundos. Allí, entre esas posturas se delineó claramente lo que se denominaba en aquella cultura política “la charca”, (en Alemania, “el pantano”) es decir, el centro político con respecto a los temas que se discutían y en el contexto específico en que ello se manifestó.
No se puede ni pretender, así sea un acotado comentario en este medio que exige la mayor brevedad posible, y con respecto a un texto que se debe disfrutar directamente. Es muy conveniente, como aconsejaba el Che, leer hasta el último papelito escrito por aquel genio. Pero como se intenta escamotear qué significa ocupar el centro político en distintos contextos y circunstancias históricas al afirmarse con ligereza, sin mayor precisión, que Lenin dijo “alguna vez” que “era de centro”, debe disculparse que al menos se recuerde que la división se manifestó en aquel Congreso entre algunas propuestas de Lenin, apoyado inicialmente en algunos temas también por Plejanov , de un lado, y los anti-iskristas, en el otro polo, apoyados por los del “centro”. Y, vacilando entre ellos, unas veces de parte de unos, y otras a favor del contrario, los que Lenin llamó los vacilantes, el centro, o “la charca” (*).
A nadie se le ocurriría, o se le debiera ocurrir (¡pero por lo visto, sí!) comparar a “la charca” de aquel momento, o de momentos posteriores de la historia del partido bolchevique, con nuestra charca actual. Entre otras razones por el “detalle” difícilmente despreciable de que entonces se enfrentaban visiones, propuestas, diferencias, entre camaradas, entre concepciones y personalidades que discutían temas específicos para lograr un objetivo común, es decir, el derrocamiento del zarismo: discutían la estructura organizativa, programática e ideológica de un partido para acompañar y guiar la lucha obrera contra el zarismo y encabezar y conducir la revolución. Ni la valoración citada de Gramsci es pertinente en los actuales contextos donde los polos con respecto a los cuales se sitúa la concepción centrista no son posiciones de matices o antagonismos entre compañeros de lucha, sino de fondo, y esencialmente, entre el socialismo y el capitalismo. (El estudio detallado del escenario actual del debate sería muy útil que se hiciera por especialistas competentes para deslindar matices y posiciones que no se pueden reducir a la propuesta simplista, antonómica y maniquea de Monreal.)
Cuando mucho después la socialdemocracia europea devino esa “ruedecilla” más y funcional al capitalismo, cooptada por el parlamentarismo burgués y traicionando a la causa obrera, (término este, el  entrecomillado aquí, que usa con sabrosa ironía Lenin),   aquel centro ya devendría una significación política concreta cualitativa y funcionalmente distinta al centro que se formó durante aquel Congreso, centro del que Lenin, por cierto, no formaba filas, y que no se puede confundir  al muy distinto al papel de Lenin como dirigente que se esfuerza por construir la unidad alrededor de las fuerzas dispuestas a la lucha en aquellos tiempos. El tema, entre otros, con respecto a los cuales se definió el centro en aquel momento del II Congreso fueron el centralismo democrático como principio organizativo del Partido, propuesto por Lenin, y el autonomismo o federalismo político y organizativo defendido por los opositores que deseaban mantener la existencia independiente de los círculos o grupos de lucha. Aquellos eran los polos, sobre todo con respecto a un elemento organizativo, y es en relación a ese aspecto y otros que surgieron con él relacionado, que se situaba el centro, la “charca”, que como siempre, depende para ser definido y localizado por los elementos claramente opuestos con respecto al cual se sitúa. El centro está condenado a la movilidad porque se define con respecto a cómo se sitúan sus extremos, de ellos depende, y por esa razón le caracteriza la vacilación y, al final, la selección de una de las posiciones en debate y la acción, si es que no se retira de la lucha y la causa que declara defender. Lo curioso es que en múltiples ejemplos conocidos – y en aquella ocasión también – opta por el lado derecho, oportunista o girondino, como demuestra Lenin que ocurrió en aquel evento. 
No es posible ceder a la tentación de extenderse en las sugerencias que para  hoy  emanan de aquellos sucesos analizados minuciosamente por Lenin, muchos de ellos tan actuales en nuestras circunstancias. Sólo apunto que hay, por ejemplo, una asombrosa similitud entre los argumentos esgrimidos por la “charca” y los oportunistas de entonces, y los que hoy leemos entre algunos de nuestros centristas. Precisamente porque las posiciones vacilantes gozan de cierta universalidad e invariantes cuando  tratan de establecer equidistancias y Lenin las revela genialmente en su análisis. Aunque debe notarse con claridad que ahora no se puede establecer ni siquiera similitud entre las posiciones que entonces se oponían entre sí con las que hoy definen una posición de centro político.  Porque aquel se daba en el seno de un proyecto común, y además, no sólo por la obvia verdad de Perogrullo de que son eventos tan distintos en épocas tan diferentes, sino porque ahora la posición centrista no se manifiesta  como alternativas o matices en el seno de un proyecto,  del proyecto de la Revolución Socialista, aunque algunos lo afirmen o quieran sugerirlo, o parecerlo.
Un aspecto de aquel debate, era por ejemplo, a quiénes admitir en el Partido, qué relación debía tener este con el campesinado en la llamada cuestión agraria, si debían admitirse los círculos con autonomía política, cómo debían estar compuestos los órganos del partido, etc. En cambio, ahora el núcleo duro del centrismo  radica en proponer el pluripartidismo bajo el manto de la democracia y contra el “totalitarismo” político, con la divisa de ser una izquierda, cuando lo proclaman, ideológicamente moderada, defender la transición, pero no la del socialismo, sino la de un “régimen” totalitario a uno “democrático”, etc., y por esa razón es que reciben el apoyo y beneplácito de personas y organizaciones que no pretenden esconder, como los centristas, su clara oposición al gobierno, al estado y la Revolución cubanas. Es un sueño de la Razón evocar aquel centrismo, del cual Lenin no era parte, en nombre del actual.
El centrismo hoy suele esconderse detrás de una reivindicación de la democracia y del autogobierno obrero.  Un argumento que aparece en los textos de los fundadores de Cuba Posible y ocasionalmente esgrimido por otros, y  que de manera explícita aparece en aquella declaración en la que sus directores solicitan ser enjuiciados, es el derecho que todo cubano tiene a expresar sus opiniones sobre el destino de Cuba. Ese derecho no se pone en duda, y a nadie se le pregunta su filiación ideológica para ello. La trampa es que en realidad lo que se exige es el derecho de las diferentes tendencias ideológicas a participar en la disputa del poder y sin que nos importen sus vínculos organizativos y logísticos con entidades foráneas. De allí surge la “necesidad” de restituir el multipartidismo, que es la base programática de Cuba Posible.
La historia es la señora que siempre tiene la última palabra.  Con el tiempo se reveló en los hechos duros y tenaces que el centro político, – como muchas veces se advierte en la “antología” aunque sin pruritos ni métodos o aspiraciones académicas-, deviene siempre funcional al capitalismo. Su objetivo en Cuba no remite ni se identifica como mera  opción contrarrevolucionaria.  Anticentrismo no equivale fundamentalmente a una denuncia de la contrarrevolución, sino a la revelación y denuncia de opciones y conceptos que son funcionales al capitalismo mientras postula que sus propuestas deben conducir a la verdadera República democrática, y esto último es lo importante, y es su rasgo esencial y, por lo tanto está excluido por Monreal de su propuesta clasificatoria del centrismo=contrarrevolución y contrarrevolución definida del modo como vimos más arriba. El anticentrismo es anticapitalista y antimperialista, antineoliberal y antieconomicista, pero sólo por eso, en principio y a partir de allí, opuesto a la contrarrevolución, en cuanto la contrarrevolución no puede ser anticapitalista, antimperialista y antineoliberal. Si el Partido pierde el poder político a Cuba no le espera otro destino que ser deglutida por el imperialismo estadounidense. Es por esto último que se define lo contrarrevolucionario, en las concretas condiciones actuales. La definición destacada en negrita es la que desea escamotear la reducción que consiste en sostener que sólo la disputa del poder político partidista y el rechazo de la propiedad social estatal sean los rasgos que definirían a la contrarrevolución y por lo tanto al centrismo. Y no es así, porque en ocasiones se manifiesta y mimetiza como todo contrario: al centrismo sin máscaras, y al solapado que no se reconoce como tal, lo podemos encontrar  aceptando la legitimidad de la Revolución, como Obama, y también la existencia de la propiedad social y estatal, junto a otras modalidades de propiedad. Necesita de ello, es parte de su táctica. Su perfil o retrato político no se agota en la simple y engañosa antinomia reductora centrismo = contrarrevolución. Las plataformas y determinadas personalidades que aúpan y difunden el centrismo no quieren pasar por contarrevolucionarias, (de lo contrario no podrían confundir y pedir un lugar legítimo en el debate cubano), siendo sutilmente procapitalistas no porque apoyen los crímenes de ese sistema, (no faltara más), sino porque ponen sus esperanzas de solución en ese sistema o en una combinación imposible entre él y el socialismo, a la vez que descreen profundamente en el marxismo y arrastran a otros o se han dejado arrastrar por el descrédito sembrado con respecto al socialismo. Es por eso que el centrista rechaza los métodos frontalmente mercenarios de aquellos que son directamente pagados al cash por embajadas y gobiernos.  Pero también es por ello que dirigen cuanta crítica pueden tratar de fundamentar, no desde y para continuar la transición hacia el socialismo, no para argumentar la importancia de la unidad en torno al Partido, nunca se lee esa expresión en un verdadero centrista, sino toda su acción teórica pretende, supuestamente, democratizar, horizontalizar, consensuar, desestatizar, persuadir, lograr un amplio despliegue de la propiedad privada, pero regulada por el estado, etc. Por su lenguaje, sus medios, las sedes de sus reuniones y sus amigos los conoceréis. Leed el amplio análisis leninista y veréis qué asombrosos paralelos se pueden encontrar entre los términos y los argumentos cuando se trata de aparentar que no se defiende ni una posición ni otra en un tema en que sólo se puede optar con coherencia por una de ellas.
Más evidentemente contrarrevolucionario es- aunque fuera sólo desde el punto de vista ético-, beneficiarse, bajo el pretexto de la objetividad académica, del financiamiento facilitado por organizaciones  que son notoriamente enemigas de la Revolución Cubana y enemigas de todo gobierno o política que surja en cualquier rincón del planeta que atente contra los intereses del capitalismo. Cuando ello ocurre, hay, además de procapitalismo, potencialmente o no, verdadera contrarrevolución aunque se proclame estar del lado de los obreros y de la democracia .
Injerencia, y contrarrevolucionaria, es pretender influir en la política cubana y dictar normas a su futura Constitución desde foros convocados y sostenidos por la NED. En mi opinión, un centrista convencido, por ejemplo, de que el estado puede regular la depredación capitalista, o que sostenga la sincera esperanza de que puede existir el capitalismo de rostro humano, y que espere que al menos atempere su salvajismo, puede, al defender esa convicción, no hacer contrarrevolución militante, efectiva y directa. Pero un centrista o no, que haga propuestas en el debate cubano y sostenga su actividad o asista a eventos financiados por órganos foráneos de probada vocación contrarrevolucionaria y proimperialista, ya adquiere un carácter en ese caso bien diferente y de todos los rasgos esenciales al centrismo puede definirse por contrarrevolucionario porque  se pone al servicio, deséelo o no, del imperialismo.
Por último, si nos atenemos a la metodología de PM, una organización como Cuba Posible podría calificarse de contrarrevolucionaria, al menos claramente con respecto a la primera condición y de modo nada ambiguo. La condición a) de PM define como contrarrevolucionario, recordemos, aquel que “postula la necesidad y/o conveniencia de acabar con el control del poder político por parte del Partido Comunista de Cuba (PCC).” Pues bien, por medio de su director, ya sea postura personal, ya sea objetivo de la entidad, o de sólo algunos de los que allí publican, CP se ha declarado partidaria del pluripartidismo, trabajar por la transición de “régimen” en Cuba, intensificar sus vínculos extranjeros e, incluso, no desecha la intención de organizarse en un partido político para la disputa del poder si ello fuera necesario. Además, en varios escritos publicados allí se propone que el Partido Comunista sea un partido más entre otros. Y en otros textos, aunque a veces no se declara abiertamente, se cuestiona que la propiedad estatal sea una forma de expresarse y protegerse  la propiedad social y los intereses comunes de los cubanos. ¿Hacen falta otros argumentos que los mismos declarados por sus mismos voceros? Creo que, al menos, no con respecto a la taxonomía de Pedro Monreal. 
(*) Que Lenin define como aquellos “elementos inconstantes que vacilan entre los que luchan”. “Entre los círculos y organizaciones de lucha contra el zarismo que acudieron al II Congreso, el grupo socialdemócrata “Yuzhni Rabochi” (El Obrero del Sur), a la vez que sostenía su acción en principios que entonces se podrían considerar de izquierda- énfasis en la lucha política para derrocar al zarismo,  condena del terrorismo como método de lucha, extensión el movimiento revolucionario de masas, al mismo tiempo que estos rasgos, sobreestimaba el papel de la burquesía liberal y menospreciaba el papel del campesinado.”

sábado, 12 de agosto de 2017

Omitir, negar y evitar: la troika de la manipulación.

Por Carlos Luque Zayas Bazán
Pedro Monreal (desde ahora PM), se embarca en un fatigoso inventario cronológico de artículos publicados en el blog La Pupila Insomne con el peregrino objetivo de  atribuirles la invención y uso del término centrismo a los autores de los textos que han abordado un fenómeno político e ideológico que existe sustantivamente. Se supone, por lo tanto, que el autor no pretenda negar la existencia en sí misma de los posicionamientos que se denominan del centro político. Pero si no lo niega, entonces dedicar esfuerzos a la arqueología de su uso local-insular es un ejercicio poco menos que inútil. Porque como advierte Enrique Ubieta el asunto de su nominación es irrelevante si no fuera porque necesitamos conceptuar las ideas.
Al referirse a la selección de esos artículos, (la “antología”, como la entrecomilla PM, y no se puede afirmar si para enfrentar al lector a una cita o es un intento de descrédito), aclara que no utiliza el término panfleto con una intención peyorativa, sino sólo para identificar un tipo de “literatura de combate”. Sin embargo, cuando un propósito subyacente pretende ocultarse con una advertencia inicial, casi siempre resulta una confesión adelantada, y por ello después el subconsciente termina revelando lo que niega: PM no puede evitar el desliz de un juicio peyorativo al suponer que la reunión de esos textos pretende darle un “cariz intelectual”. No hace mucho el mismo PM le señalaba a un polemista, que sus opiniones no eran dignas de tenerse en cuenta porque su nombre no aparecía registrado en respetables índices académicos. Uno se pregunta para qué sirve la ardorosa defensa de la democracia que hacen esos que después le niegan la palabra y el juicio a quienes no consideran a su altura intelectual. Es un método dogmático, que acaba de repetir el cantante Miguel Bosé para dar ventaja al fascista Leopóldo López sobre el “chofer de bus” Nicolás Maduro.
Si ya cualquiera sabe que no hablamos en “prosa”, como creía aquel célebre personaje de Moliere,  sin embargo hay quien se reserva una estatura intelectual inalcanzable para los meros combatientes en el campo de las ideas. Cierto onanismo académico no aspira a que su sapiencia tenga como receptor final y más importante al hombre común, y que este tenga la necesidad y el derecho de opinar sobre el resultado de sus propuestas, fruto de la injusta división del trabajo en virtud del cual unos disponen  y disfrutan del ocio creador, mientras otros crean la riqueza que se lo permite. Quizás escriben para los papers y los currículos académicos. En todo caso debemos recordar que la nobleza obliga.
Y al no obedecer esa vieja sabiduría, el intento desacreditador le resulta fatal a PM. Veamos qué omite, qué niega y qué evita.
En ningún momento abandona su inventario estadístico para exponer  argumentos que demuestren que los autores de la antología destilan el “veneno impreso” que le atribuye a los “panfletos”. Es decir, no argumenta si las propuestas y las ideas de los autores que se discuten en esa recopilación, adoptan o no posiciones políticas e ideológicas de centro, y por lo tanto en qué se equivocan los “panfletistas” de la antología. Quizás eso bastaba en lugar del intento de desdorar a otros desde la superior poltrona de un estadístico académico, que revela en su sospecha de que esa selección pretendía darle un cariz intelectual. PM no se atreve a revelar claramente su juicio peyorativo, que se adelanta a negar al principio, quizás porque lo que se insinúa es más sugerente, y venenoso que lo que se declara. Por fortuna la “antología” no hace uso de esas artes de la mala polémica sino del lenguaje alto y claro que tanto molesta a los moderados que desean persuadir al capitalismo.
Así, vemos que en lugar de un elemental ejercicio argumentativo, PM sólo hace un arduo ejercicio cronológico con la esperanza de apuntalar los dos sustantivos que adornan su título: la invención y la ausencia. La existencia de las políticas e ideologías centristas, o úsese el término que se quiera, en todo caso no es una invención de nadie ni nace en la fecha que compila. Como cualquier fenómeno político-social que previamente exista, fue más bien un descubrimiento, y de más vieja data que la fecha de génesis que PM fija, porque apareció hace mucho como práctica en el  escenario político mundial, de manera que excede los límites insulares. A no ser que PM quiera ajustarse sólo al término “centrista” entre nosotros, lo que resultaría más que baladí, y no a la sustancia objetiva de ese posicionamiento político, ampliamente analizado por investigadores y analistas de distintas geografías. Pero un texto que debe ser breve no puede rastrear esa historia. En su lugar debemos subrayar que PM, si se quiere limitar al ámbito cubano, olvida, o no conoce, que el uso del término objeto de sus desvelos salta a la palestra de los debates en un momento anterior a su inquietante aparición en el blog que él antologa. Es la omisión que comete, la brecha que deja en su cuidadosa cronología, y  a la que nos vamos a referir en un momento.
Antes digamos que el camino más eficaz para demostrar esa falta de un prestigioso “barniz” intelectual en los textos de la “antología” sobre el centrismo, podría ser dar él mismo un ejemplo intelectual a los que acusa de panfletarios, y no tratar de negar la íntima relación que tiene toda la obra y la acción de Fernando Martínez Heredia con la ideología comunista, y por ende anticentrista, en cualquiera de los matices o metamorfosis de ese posicionamiento, y desde la base meridianamente marxista, comunista y revolucionaria de nuestro pensador. No creemos que PM haya tratado de demostrar lo contrario, sólo basado en que el autor de Las ideas y la batalla del Che,  En el horno de los 90, o El corrimiento hacia el rojo, no usó la palabra centrismo en la respuesta de la entrevista que cita, o cualquiera de sus posibles variantes o sinónimos. No sería de esperar que quien nos recuerda que un panfleto es un veneno impreso, a su vez administre la pócima de tan débil argumento. Entre otras muchas razones que no son del caso, debemos tener en cuenta que Fernando Martínez Heredia nunca optó por enviar sus textos a determinadas plataformas y sí, y varias veces, a La Pupila Insomne, lo cual es ya toda una toma de posición. Pero lo importante es que la obra completa de Fernando es un mentís rotundo a la pertinencia de cualquier matiz centrista que nos proponga un socialismo que diluya las contradicciones fundamentales, llame a moderar la política, a persuadir al Capital, a suavizar su salvajismo intrínseco, e intentar en Cuba otra que no sea socialismo, temas sobre los que debiera disertar PM en vez de inventar una impostura.
Eso basta para refutar el buen intento de PM de separar a Fernando de un posicionamiento en la polémica que legítimamente subyace, como sólida refutación, en toda su obra. Pero si de sutilezas se trata y nos fijamos sólo en la entrevista a que se limita PM para estimular su propia inventiva, obsérvese que a la pregunta de la periodista: “Fernando, usted mismo ha alertado de la existencia en Cuba de un nacionalismo de derecha, que está en contra del bloqueo pero también implícita o explícitamente  en contra de la Revolución, invocando posturas centristas.”, el entrevistado inicia su respuesta con una conjuntiva que enlaza y acepta la idea anterior en la propuesta de la periodista: “Y un nacionalismo de derecha incluso que tiene una acumulación cultural a la cual referirse”. Pero ese argumento no es ni necesario. La no participación de Fernando en el “laboratorio de ideas” es una prueba más que elocuente del significado de su silencio y la opción de su medio para publicar algunos de sus textos.
Pero he aquí que tenemos una sorpresa final: el oficiante del inventario comete una omisión en su meticulosa lista de textos anticentristas, y aunque menciona a Emilio Ichikawa en la supuesta saga del uso del término (lo que tiene como fin deslizar uno de esos “venenos impresos” al sugerir que la opción D del filósofo cubano le impondría una dificultad a La Pupila), sin embargo excluye con cuidado un antecedente en la fatigosa armadura del árbol genealógico isleño del dichoso calificativo que tantas ronchas levanta: y es que fue precisamente uno de los direcivos de la plataforma donde anidan varios textos centristas y otros contra bolivarianos, en dulce maridaje pluralista, esos, los supuestos opositores al capitalismo, pero también ariscos al comunismo, quien -inauguralmente y bastante antes de que en La pupila insomne se mencionaran los términos “centro” o “centrista”- en una entrevista aventuró que en la sociedad cubana se estaba verificando “un corrimiento al centro”.  La afirmación se encuentra en una entrevista a Elaine Díaz en Global Voices, donde el entrevistado declara que: “Si algo ha tipificado los últimos 10 años, es un corrimiento “al centro” en un conjunto importante de actores sociales y políticos, dentro y fuera de la Isla”.
Apuntemos, de paso y como quien no quiere la cosa, que más adelante, el entrevistado parece no apoyar, “la transición cubana” que “está codificada en las leyes norteamericanas”, y uno se hunde en la confusión cuando su otro compañero de ruta, y director del laboratorio CP, en otra entrevista declara estar a favor de un cambio de régimen, change y régimen que nunca caracterizan con claridad, sino con ese lenguaje resbalante e inapresable que habla de consensos y pluralidades fraguadas en simposios foráneos. No es el capitalismo, dixit, no es el modelo del estado socialista cubano, proclaman y, entonces, ¿qué es?. Pues eso que está allí, en esa zona política difusa adonde se llega si hay un corrimiento al supuesto centro inexistente, porque tanto los senderos de la centroizquierda como los de la centroderecha llegan a la misma meta. Recomiendo a nuestros lectores la lectura y el estudio cuidadoso de Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, del economista argentino Claudio Katz que hace un sustancioso estudio de este tema y muchos otros afines. Siempre es necesario tener a mano un buen antídoto para ciertos brebajes y para detectar las OTI de nuevo tipo.
¿Qué intentó generalizar aquella opinión omitida ahora tendenciosamente por PM en el recuento histórico de la aparición de un significante del que evita discutir su significado?¿Qué se quiso atribuir a toda, o casi a toda una sociedad, con una festinada generalización que no matizaba ni entraba en ninguna otra consideración? Revelaba algo que les pertenecía, es decir, que ese “corrimiento” se estaba manifestando muy señaladamente en un conjunto de autores de un círculo bien acotado y desde una plataforma bien específica, mientras se deseaba presentar como una tendencia predominante en el pensamiento social cubano. ¿Lo olvidó PM, no lo leyó, o es que “corrimiento al centro” y “centrismo”  no tienen ningún parentesco etimológico? No me desgasto en desmnentir al inaugurador de esa expresión “corrimiento al centro”, los más de siete millones de cubanos de cubanos que suscribieron con su firma, nombre y carnet de identidad el concepto de Revolución fidelista, luego de repetir “yo soy Fidel” por toda Cuba lo hacen innecesario.
Por último, una aclaración pertinente: creo que ninguno de los “panfletistas” antologados (y en lo que atañe a este comentarista a mucha honra, si sus convicciones no tienen ninguna tangencia con las de PM, ni con determinados autores de Cuba Posible, y ojalá sí algunas con las de Fernando, o a ello al menos aspira) tiene como principio de su actividad polémica una oposición contra la “normalización” iniciada por Obama. Creer eso puede ser confusión de algunos, e intento consciente de dividir en otros, haciendo una campaña contra las “etiquetas”, mientras diluyen y debilitan sus argumentos echando mano a lo que dicen repudiar, con otras etiquetas muy caras a las propagandas anticomunistas de todos los tiempos: oficialistas, extremistas, izquierdistas radicales, stalinistas, ortodoxos, etc. Lo que nos diferencia y opone en la valoración de ese proceso, es su utilización para propiciar los objetivos obamianos de hacer una “transición pacífica” que no es otra cosa, aunque lo oculten con ardides de academia, que llevar a Cuba al capitalismo, suavemente, “suavemente nena”, como lo musicó Iroel al comentar una entrevista a Arturo López Levy, mediante la “moderación”, mimetizados en una supuesta izquierda, o desde la real y franca derecha que se dice socialdemócrata, a la vez que opina que el capitalismo no siempre es salvaje y se le debe persuadir.
Opino que si en La Pupila no se citó la famosa opción D de Emilio Eichikawa (“Defensores del régimen político y críticos de la normalización de las relaciones Cuba-EEUU, sería el izquierdismo radical, nostálgicos del fidelismo, etc.”).es porque sencillamente el tema era otro, y no habría ninguna suspicacia elusiva en ello, pues resulta evidente que los que publican en ese blog no ocultan nada y son defensores claros del gobierno, el partido y el proyecto socialista cubanos  y, si quieren, del “régimen socialista”, pues el término también tiene significados ajenos a la propaganda de la derecha y de sus intelectuales orgánicos. Lo que nos diferencia en la crítica es la intencionalidad del discurso crítico. Y también pueden ser críticos de la normalización, si eso no se tuerce para interpretar oposición extremista, sino examen y ejercicio del criterio como hizo Martínez Heredia en la citada entrevista al decir “pensar que, porque Obama viene a Cuba, la situación material de una parte grande de los cubanos va a mejorar (…) supone una tremendísima confusión”; y, sobre todo, no sienten ninguna nostalgia por una presencia que sigue viva entre nosotros y afirmara “no necesitamos que el imperio nos regale nada”. Crítico es también Raúl cuando en su más reciente discurso ante la Asamblea Nacional declaró:  “El presidente Obama terminó su mandato y se mantuvo el bloqueo, la Base Naval en Guantánamo y la política de cambio de régimen”. La ponzoñosa sugerencia de que se evitó la taxonomía de Ichikawa se parece mucho más a las “sutilezas” de los malos panfletos que en su aparente objetividad, “combaten” pero omitiendo lo que no les conviene, negando lo evidente y evitando lo medular.
Hablando de omisiones, aprovecho esta réplica para preguntar por qué si se tomó PM el trabajo de dedicar un artículo a refutar el comentario de un forista en La pupila insomne, no ha respondido las interrogantes de otro  identificado como Aldo Cabrera, quien dijo lo siguiente:
“Es posible tener discrepancias con politicas de revolucion cubana pero no es correcto participar en la divulgacion de posiciones al servicio de la ley Helms-Burton, con dinero de la ley Helms-Burton para servir a sus intereses. Nada se puede tener contra el uso de las estadisticas pero el Doctor Pedro Monreal de Cuba Posible cuando participaba en el encuentro para una nueva constitucion cubana organizado para el profesor Rafael Rojas en Mexico, a nombre del Centro de estudios constitucionales iberoamericanos con 60 mil dolares para distribuir entre sus participantes, incluyendo los directores de la Fundacion de los derechos humanos en Cuba (pantalla de la Fundacion Nacional Cubano Americana encabezada por Juan Antonio Blanco y Marlene Azor) tiene que enfrentar el dato de que estaba participando en una actividad anticubana. ¿Qué dijo Monreal allí que no se pudiese leer en ningun lado? ¿Por que la National Endowment for Democracy, la USAID y la Fundacion Nacional Cubano-Americana están auspiciando ese evento en México para como reformar la constitucion cubana sin ningun reporte publicado?”

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los malabares del Ni-Ni.

Por Carlos Luque Zayas Bazán

2 AGOSTO, 2017 DE LA PUPILA INSOMNE
El escenario del debate  y de la lucha ideológica reciente en Cuba se ha ido despejando. Si algún tiempo atrás era un algo brumoso identificar a los contendientes, si en un principio el Rey deseaba hacernos creer que lucía sus mejores galas, no ha sido tan necesario que apareciera después el niño díscolo para  revelar que estaba realmente desnudo. Claro que no se pudo evitar el análisis y la denuncia del género que vestían sus iniciales intenciones. Pero al fin, las evidencias eran tan claras, que, en revelador concierto de varias declaraciones aparecidas casi al unísono, algunas figuras se han encargado de las autodefiniciones aceptando lo innegable. Esas reacciones  no hubieran sido tan urgentes de no resultar que el dedo venía hurgando en clásica llaga. Varias veces, abogando por la conciliación y el diálogo, y el llamado a no dividir las filas revolucionarias, pero  en una intención de abogar por una falsa unidad que debía ser esclarecida., quisieron negar la pertinencia del debate polémico y firme, al que repetidamente, calificaban del debate equivocado erróneo, provocador de cismas. Y si era tan gratuito, qué necesidad había de responderles. Con frecuencia el silencio que calla no otorga,  y el ruido de la protesta, revela.

Las evidencias históricas del fracaso en la búsqueda de una solución a los problemas de la humanidad que no sea el capitalismo, pero tampoco el socialismo, y menos el comunismo, son abrumadoras e innegables. Los intentos se acumularon rápidamente desde los tiempos mismos de Marx, Engels y después Lenin. Prosiguieron con los diversos revisionismos de los “marxistas” arrepentidos o renegados, y las “filosofías” occidentales. La radicalidad marxista y leninista repetidas veces se intentó diluir, adaptar, congeniar, contemporizar. La socialdemocracia, los presuntos “socialistas democráticos”, abandonaron una y otra vez a la clase obrera durante toda la sucesión de las -, de una u otra forma y por diversos motivos -, fracasadas Internacionales Obreras. Las causas específicas fueron circunstanciales, pero la esencia siempre era la misma: la adaptación “realista” a las coyunturas, y la incomprensión o el abandono de los aportes centrales del marxismo. Si el marxismo es una guía para la acción, la flexibilidad que encierre esa afirmación no significa el relativismo de las soluciones, porque puso la piedra basal inamovible que descubrió la invariante del conocimiento  que dicta el secreto de la lucha política y de clases: la contradicción antagónica insalvable entre Trabajo y Capital, la lucha de clases.
Cuando se trata de evadir la solución básica que tiene ese antagonismo, cuando se intenta sembrar en el imaginario social que a los intereses del capitalismo se les puede  vencer desde adentro mediante la lucha parlamentarista en política, o la aceptación acrítica de la propiedad privada en lo económico, o  conciliando o persuadiendo y educando en lo cultural; cuando se confunde lo que se puede y debe continuar en el socialismo de  toda la historia anterior porque es herencia común cultural de la humanidad – (eso que Lenin afirmaba que podíamos tomar del capitalismo porque eran conquistas invariantes del hombre y condiciones afirmativas de su universalidad – cuando se confunde eso de lo que, como específico del capitalismo, es inconciliable con una sociedad de aspiraciones socialistas, es cuando aparecen los intentos del equilibrio imposible: o se lucha coherentemente por un objetivo estratégico, lo que no significa rigidez en la táctica y la negación de toda la flexibilidad posible, o se sucumbe y traiciona por creer que existen soluciones intermedias, vías estratégicas distintas que intenten resolver la contradicción esencial apuntada al final del párrafo anterior. Es lo que no sólo los cubanos hoy, sino muy diversos pensadores sobre la política pasada y la presente, denominamos posiciones políticas centristas, o los engañosos y fracasados intentos socialdemócratas por congeniar la contradicción insalvable de la lucha de clases, y que tanto escozor concertado está  provocando su análisis y advertencia.
Hay que  destacar y revelar una y otra vez la direccionalidad ideológica, la intencionalidad política circunstancial de esas corrientes. Pero es urgente recordar también el fundamento filosófico esencial que sostiene la incompatibilidad de la conciliación ideológica y las soluciones que se pretenden no capitalistas, pero tampoco comunistas. Ambas direcciones de la polémica ayudarían a esclarecer mejor la manipulación que la socialdemocracia y el centrismo hacen del patriotismo.
Con respecto a la intencionalidad política, no resultan en iguales objetivos y consecuencias para el socialismo cubano declarar el propósito de acompañar a Cuba en un proceso de “cambio de régimen”, que pensar y actuar, con Cuba, con los cubanos, con su gobierno y desde dentro, en el desarrollo del socialismo, y en la revolución que pueda y deba devenir la específica modalidad que ha adoptado la democracia cubana. Aunque se quiera relativizar y justificar, acompañar el proceso cubano con la compañía, a su vez, de factores externos y extraños al proyecto cubano, en un indicio de una intencionalidad política que adversa, no colaborativa, no es oposición leal. Acompañar y compañeros son conceptos de raíz común con colaborar y cooperar con sus iguales de intereses de clases al interior de las naciones y en la lucha de clases internacional, que no es lícito enarbolarlos a la vez que se “acompaña” a Tirios y Troyanos.  
Con respecto a este punto se argumenta que en uno de esos círculos, el conocido como Cuba Posible, participan intelectuales de diversa tendencia y, en efecto, para este lector, algunos cuya obra le ha sido de utilidad y ha leído con delectación. Les animarán diversos motivos y racionalizaciones para hacerlo, pero otros partimos de un criterio nada ambiguo: participar en una plataforma cuya máxima dirección proclama la subversión interna de un orden social, y no aclarar la postura en el momento de ocurrir, es una forma de legitimarla, así sea por omisión. Si hay alguien que lo sabe, o debe saber mejor que nadie, es el intelectual, pues dentro del arsenal de medios que se utilizan hoy para los propósitos de los intereses del Capital,  la captación y cooptación de la intelectualidad sigue siendo la más efectiva vía, y mientras más parezca que gozan de independencia moral e investigativa y no sujeción a pagos y prebendas, mucho mejor. Ya van pasando esos tiempos en que podía seguirse con claridad la traza visible que relacionaba directamente, por ejemplo, a la CIA con el mundo cultural. Hay una historia completa de ello. Hoy los hilos son mucho más sutiles y transparentes y es por ello que algunos pueden desafiar ahora a que se les pruebe la conexión dolosa, sabiendo que hay muchas prácticas de cooptación que muy difícilmente están codificadas penalmente, pero así como existen las leyes no escritas, existe el error no tipificado. Se comprende la peculiaridad del pensador que duda, que investiga, que pone a prueba sus mismas ideas, que necesita de recursos para leer, viajar, investigar, publicar y los acepta, no como pago a su conciencia, sino como una oportunidad en la que puede mantener su independencia. Pero también ya es harto conocido que no en pocas ocasiones ese es el camino más directo para la deserción de las causas iniciales que se dicen defender, y que esas prácticas son el inicio del fin de lentas derivas al final de las cuales la persona está plenamente justificada ante sí misma. Nadie les niega el derecho. Que tampoco nieguen el derecho a revelarlo y no acusen de recicladas santas inquisiciones y oscuras intenciones a los que tienen el mismo derecho de analizar esas prácticas como otros a realizarlas. Cada uno hace sus opciones en la que Gramsci llamó guerras de posición.
La intencionalidad se revela también en la consecuente repetición de concepciones unilaterales y parciales, originados en la guerra cultural e ideológica imperial contra el socialismo, como el agotamiento de la radicalidad revolucionaria, el “empoderamiento” de la “sociedad civil”, torciendo, manipulando, podando u oscureciendo el sentido gramsciano  del concepto, martillando sobre las dificultades económicas cubanas como responsabilidad de y atribuida sólo a la forma de la propiedad social estatal con la minimización de las causas externas, o la desconfianza que se desea sembrar en la intelectualidad y la juventud con respecto al Partido Comunista como gestor y garante de la necesaria unidad de los cubanos en torno al  proyecto socialista.
Otro indicio que puede indicar el carácter de esa intencionalidad es la opción de apoyar la idea de que se debe negociar y contemporizar con,  y persuadir a, los intereses del capitalismo para que sea un poco menos salvaje y depredador, incluso aunque eso signifique soportar su presión hegemónica, asistiendo a sus cónclaves académicos, y no poniendo allí y al menos sobre la mesa con claridad y energía, las reivindicaciones cubanas, como hace la diplomacia cubana en el curso de la “normalización”, proceso este con el que han querido legitimarse, justificarse y compararse, en vez de, desmarcándose con meridiana claridad de aquella “compañía”, participar en la investigación, la propuesta de ideas y el debate sólo con sus propias fuerzas y recursos.
El sustrato filosófico de las concepciones que separan la radicalidad revolucionaria anticapitalista y efectivamente patriótica, de las posturas de una supuesta izquierda moderada, (lo cual es un contrasentido, cuasi un oxímoron, una contradicción ilógica en los términos, porque la moderación en los principios básicos ya deja de ser realmente de izquierda, y porque izquierda moderada siempre ha derivado o ha sido funcional al capitalismo) se ha revelado con mayor claridad en el reciente intercambio de criterios que han sostenido el socialdemócrata anticomunista Arturo López-Levy y el filósofo comunista cubano Enrique Ubieta. Su análisis puede aportar mucha más claridad acerca del fondo filosófico de la cuestión ideológica y política que está en la base de la polémica actual.
Un punto nodal de ese intercambio es el concepto de patriotismo, en el que, inobjetablemente, existe una diferencia inconciliable entre el sionista  académico López Levy y el que sostiene el escritor Enrique Ubieta – o al menos en la modalidad que el Sr. López Levy  es y  declara un anticomunismo incompatible esencialmente con la martianidad. Este punto es vital porque es en la asunción del legado martiano y en su peculiar interpretación del patriotismo  que, “en su mérito”, el socialdemócrata Lopez-Levy quiere legitimar la validez de su posicionamiento en el diálogo cubano, a la vez que sostiene  que no existe una contradicción entre la solución martiana del proyecto cubano y el (su) anticomunismo.
Ya antes del intercambio a que nos referimos, López-Levy había dado fe de su posición reescribiendo el apotegma de Fidel: “Dentro del Patriotismo todo, contra el Patriotismo nada”, sustituyendo Revolución por Patriotismo y de esa manera diferenciándolos como dos procesos no relacionados y proponiendo una Patria posible, una Cuba posible, sin Revolución, sin socialismo y mucho menos sin aspiraciones comunistas.
Lo primero notorio aquí es que todos aquellos que se han opuesto a la Revolución, y al comunismo, acuden en esencia a la misma concepción, postulando que el comunismo, o el socialismo cubano en el camino del esfuerzo de su construcción transicional, es un accidente evitable, ajeno, prescindible y artificial al curso de la formación de la nacionalidad cubana y su cristalización histórica. Para calzar ese modo de pensar, cuando acude  a la historia, Ya hemos señalado que ALL cita sólo a aquellos pensadores o políticos de nuestra historia que le allegan argumentos de apoyo. Así ocurre  con determinadas personalidades además del mismo Martí, pero no, por supuesto, con Baliño, Mella, Rubén o Guiteras, quienes no les servirían, pese a tener, como aquellos, tanto peso en la conformación histórica del perfil ideológico de nuestra nacionalidad, pero en la línea comunista y anticapitalista.
Por ello creo que se debe prestar cuidada atención a los argumentos de Ubieta y aunque basta con leer ese intercambio, mi deseo es enfatizar ciertos puntos del hilo argumentativo del debate porque revelar tanto la forzada interpretación histórica de ALL, como el consiguiente relativismo y manipulación que implica, pueden ayudar a esclarecer temas de fondo que en los meros intercambios en las redes se leen con premura por el espacio en que se producen.
Atendiendo a esos temas de fondo, ya no es lo más importante del debate, el anticomunismo que sostiene una posición, cuando se revela declaradamente, que es incompatible, antagónica y además, como con toda razón Ubieta aclara, ideológica y políticamente enemigo. No en el sentido personal – ya Marx nos hablaba del buen capitalista, magnífico padre de familia, filántropo y de buen corazón. En este sentido aquí no habría nada personal y tampoco desechar la valoración de los aspectos positivos y útiles de, por ejemplo, la defensa de la soberanía y la independencia, aunque por vías equivocadas, o el apoyo por la causa de los 5, o la oposición al bloqueo, algo que exigen hace mucho tiempo ha todos los países en la ONU, más la pasada abstención del grácil expresidente, todo ello sumamente valioso a no dudarlo.
Ubieta no evade el tema del patriotismo, como le señala ALL, sino todo lo contrario, le da cumplida respuesta y no equipara como una identidad comunismo a patriotismo, como también malinterpreta, o crea el falso argumento, su opositor. En su última respuesta el escritor cubano revela la sutilidad de la retórica de su opositor. Efectivamente este utiliza un recurso retórico harto reiterado por él, afirmando varias veces la razón del oponente para posicionar, – desde la simpatía que despierta en el lector ajeno ese recurso de reconocimiento-, sus propias ideas. Ubieta lo desnuda así:
“A menudo usted retoma mis palabras, aparenta situarse en ángulos visuales cercanos a los míos, e incluso, cuando polemiza, construye afirmaciones e introduce conceptos –pretendidamente opuestos a los que defiendo–, que pueden hallarse con otro sentido en la Conceptualización de nuestro Modelo Social y Económico”.
 Y para definiciones más claras que le hagan sortear los vericuetos de que “tiene ud razón en esto, pero”, el filósofo cubano le invita a la observación precisa:
“Si no es mi enemigo en ideología, tendrá que objetar el retorno al pasado en Cuba (no insista en que se opone al capitalismo “dependiente”, mi pregunta es sencilla: ¿se opone al capitalismo?)”
Y para buscar una respuesta plausible y airosa ALL tendrá que hacer los malabares propios del Ni-Ni, es decir, ni con esto ni con aquello, que está definido ya por el inefable Cantinflas, “ni esto, ni lo otro, sino todo lo contrario.”.
Por supuesto, ALL tiene una puerta de escape a la incómoda pregunta definitoria. Que la ha refugiado en el concepto de socialismo democrático. Y que es la razón por la que Ubieta subraye esta verdad, que no lo es, por supuesto para su no-enemigo:
“La contraposición de los conceptos de socialismo democrático y socialismo revolucionario es confusa; alude en todo caso a la existencia de un “socialismo”, el suyo, que respeta las rígidas normas de la democracia burguesa, imperfecta y no perfectible, y de otro, el nuestro, que establece un nuevo tipo de democracia, imperfecta pero perfectible.”
Téngase en cuenta que ALL cifra su esperanza para una Cuba con democracia burguesa, en el respeto capitalista no suficiente salvaje a los estándares y las normas internacionales  de convivencia y derechos humanos. Aquí el lector se queda con el deseo de la demostración, sobre todo en lo que va de siglo, de esa respetuosa actitud como realmente se manifiesta en varios puntos del candente planeta.
Contra el simplismo – que para mí es de corte oportunista al cebarse de las dificultades de los intentos socialistas – del argumento de ALL, que le señala a Ubieta un presunto intento de postular la identidad entre patriotismo y comunismo, Ubieta responde con acierto: “No se trata de otorgar a una ideología la representación de una identidad nacional”. La identidad nacional está formada por una diversidad de toda índole, incluida por supuesto, las opciones políticas y las cosmovisiones ideológicas. Lo que Ubieta subraya es que al intentar el imposible de vaciar el patriotismo de su contenido de clase, diluye o ayuda a tornar invisible la condición violenta de la explotación capitalista, su inevitable principio de maximización de la ganancia como condición indispensable de su existencia y por ello la orgánica imposibilidad de la “moderación” como principio de eficacia del patriotismo.  Así, ALL pasa tabla rasa sobre lo que le señala Ubieta: el proyecto de nación del patriota desposeído, pero con autoconciencia de clase, pero incluso aunque no tenga conciencia de ella, nunca podrá ser el mismo (para la efectividad de su patriotismo), que el proyecto de nación de aquel cuyos intereses se conecten por riqueza, o por ideología, por cuna o por opción, por interés o sinceramente, con la cosmovisión del sistema del capital, que no sólo es antipatriótico por definición, sino anti humanista y, por excelencia, enemigo mortal de la naturaleza y la civilización. Al no poder comprender ese corolario, el Sr. ALL, no le queda más remedio que enunciar que el capitalismo no siempre es salvaje y que por lo tanto se le puede persuadir. En efecto,  no siempre lo es, porque el capitalismo es el mejor de los sistemas de vida posible…para los capitalistas o para sus pensadores orgánicos.
La verdad no es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Por ello no puede existir Patria capitalista, en la realidad tercermundista, como le afirma Ubieta. Pero no creo que sólo para ella, aunque no haré aquí mención a la realidad europea actual. Es un contrasentido. Es por ello que en las naciones pudientes, “desarrolladas”, sus poblaciones viven en “Patrias” muy diferentes, aquellas delimitadas por las fronteras, no las del misterio al decir del poeta, las demarcadas dentro de su propia tierra por la desigualdad, la precariedad y el distinto acceso al disfrute de las bondades de su país. No es una identificación ideológica a priori y forzada la que hay entre la Patria que tenga la posibilidad de ser  construida idealmente con todos y para el bien de todos, y el socialismo de Ubieta, es decir, el nuestro, (de lo cual siempre nos acusarán los enemigos del socialismo y el comunismo, eso sí, enemigos de ideas y principios): la relación dialéctica (no la identidad) que hay entre patriotismo y socialismo, llegado un momento específico de la historia humana, es una relación de necesidad objetiva, de condición de posibilidad de realizar la Patria en el mundo hoy conocido, y en lo que coinciden cada vez más lúcidas mentes: lo que logre ser el socialismo mañana, lo que vaya siendo en su tránsito tremendo, mientras exista la tensión del capitalismo, es hoy por hoy lo único conocido que puede hacer que el patriota alcance una condición superior de posibilidad en su aspiración de hacer realidad su patriotismo: es por ello que el Che habló del revolucionario como la escala superior del ser humano. Allí no hay sesgo ideológico, como les gusta repetir a los ideólogos.
Aparte de que el contradictor de Ubieta se declara abiertamente no comunista, socialdemócrata y sionista, y con todo ello a la vez que martiano, lo cual explica ampliamente el basamento de sus concepciones y opciones, el fundamento de su posición está en la negación de lo más visible e innegable de la historia: la lucha de clases. Y eso limita tremendamente la capacidad de intelección de lo que le argumenta Ubieta, a saber, que “con todos y para el bien de todos” no significó en Martí, y menos aún hoy, “con los justos y los injustos”, que es una forma de decir que un proyecto de nación, cualquiera que sea, no puede en ultima instancia nunca realizarse con el concurso de todos, precisamente porque existen los intereses de clases antagónicos y enemigos que los enfrentará, tarde o temprano, en opciones distintas. Lo más que se puede hacer es lo que intentó Martí y lo que intenta todo político sagaz: procurar la mayor unión posible. Lo que es innegable es que cualquier revolución verdadera desea que sus conquistas se logren para el bien de todos, y si no resulta ni lo uno ni lo otro, es porque a la postre las diferencias de clase, intereses, cosmovisiones, deslindará  a los que siguen una dirección de los que se apartan de la ella.
Finalmente una tesis a desarrollar en la ocasión propicia: no es casual que esta clarificación de las posiciones, esta caída de los velos, y hasta los desafíos que por allí leemos, y el anuncio de la  puesta en marcha  atrás del reloj de la Revolución cubana, se haya intensificado en el transcurso de estos años, sobre todo desde Obama a la fecha, porque todo se cifra, en palabras de ALL, a las “oportunidades” que se abren “una vez que la política de cambio de régimen por coacción se derogue”. Porque se intenta aprovechar el curso complejo de la actualización, el cambio generacional en Cuba, el repliegue reaccionario en Nuestra América y la suerte de la experiencia bolivariana, con la hipótesis-aspiración-deseo de que todas esas variables combinadas puedan y deban facilitar, o un cambio de sistema sociopolítico en Cuba,  o una deriva “suave” al capitalismo.
 Ese “sueño-pesadilla” ya tiene más de medio siglo. Ni la cubanología, ni la politología cubensis foránea, ni los laboratorios de ideas, ni la intelectualidad orgánica afín, han acertado nunca con Cuba. Las  agoreras interpretaciones  de estos días anuncian “plausible” que la próxima presidencia del país se vea obligada a intentar más “reformas” para compensar una supuesta falta de liderazgo con un éxito económico, y suponiendo una pluralidad de “facciones” al interior del Partido. Desprecian que el apoyo cubano a su revolución ha pasado las peores etapas sin condicionarlo al éxito económico. Sino todo lo contrario. Nunca brilló más alto la entereza de este pueblo que en los angustiosos días de los primeros años de la década del 90. Desprecian y desconocen, al reflexionar desde los presupuestos de sus ideologías, el carácter colegiado de la política partidista, aun en vida de Fidel, principio que los cubanos le exigiremos cada vez más al órgano del cual formamos parte sus militantes y sus no militantes, como bien aclara Ubieta. Ignoran o no quieren aceptar que el Partido cubano, no el concepto de partido que conocen desde sus erudiciones y visiones teoréticas de la vida, fue, es, y sigue siendo “el alma visible de la Patria”. Eso le exigiremos al Partido quienes tenemos el derecho pleno de hacerlo, de ser sus miembros, estemos o no en sus filas, y es bueno que continúen dudándolo y haciendo sus cábalas, pues cuando coincidamos es cuando comenzaremos de veras a preocuparnos.