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martes, 12 de junio de 2018

Fernando Martínez Heredia, te fuiste para apurarnos

Por: Alejandro Gumá

Fernando Martínez Heredia. Foto: La Tizza

A. “El anuncio de los tiempos que vendrán”

Siempre que alguien se ponía a la cabeza de una meta cuyo tamaño excediera las fuerzas propias –al menos las fuerzas conocidas y supuestas–, toda vez que una persona oponía su voluntad a valladares de semblante infranqueable, cuando cualquiera mostraba empecinamiento tras objetivos en desuso o mal usados, Fernando Martínez Heredia les apoyaba en el hombro un aserto: “Eres el anuncio de los tiempos que vendrán”. Quien lo afirmaba, sin embargo, no creía en destinos inexorables. Ningún tiempo llega solo. Ningún anuncio sin práctica puede traerlo. Tampoco, cualquier práctica.
Si asumimos bien las ideas que pasó la vida defendiendo, no haremos de ellas el fijador de un retrato suyo, el salvoconducto de algún capítulo de tesis, o la cita sin vocación, a la postre, traicionera. Si las asumimos bien tendremos que crearles instrumentos, sin confundir al instrumento con la idea; conducirlos, sin semejar la conducción con el monólogo; y desarrollarlos para que sigan dando de sí.
Anoto algunos principios que aprendimos en su voz entrecortada y tosedora:
1. Al plantearnos actuar en política debemos tomar en cuenta las condiciones de partida, no para someternos a ellas sino para trascenderlas –incluidas las condiciones creadas por la cuarta Revolución Cubana, de 1959. Esta superación mediante la práctica es el vector más importante de la reproducción ampliada de un proyecto de liberaciones y el modo de prefigurar un espacio futuro al cual referir las actuaciones del presente y sus promesas.
2. Para no ser cómplices de esa ganancia de la dominación que implica naturalizar los fenómenos sociales y los productos de la actividad humana, debemos estudiarlos –y comprenderlos– en su historicidad.
No asumir como “dados” los procesos o relaciones que pudieran impedir la liberación de las personas y las sociedades, pero tampoco, los que pudieran ayudarnos a hacerla avanzar. En el primer caso, para no suponer una predestinación que después de largos períodos de procesos revolucionarios estos se rutinicen o, al cabo, terminen siendo vencidos, idea que ya Fidel Castro había planteado con audacia en 2005 [1]. En segundo lugar, para no creer(nos) que es un resultado evolutivo la sociedad de bienandanzas y emancipaciones por la que Fernando pugnaba. Hay que ganarla luchando.

La historicidad es también un valor para la asunción de los legados y del pensamiento.
3. Consecuente con los dos puntos anteriores, Fernando no fue nunca martiano, fidelista y marxista de forma mimética. En su concepción de la cultura y de la lucha cultural, por ejemplo, se pone de manifiesto su capacidad –que es la misma de todo pensamiento revolucionario– de concebir ideas superiores a las condiciones vigentes. Fue sin dudas un martiano histórico al entender que la posesión de cultura –“ser cultos”– aunque nos predispone a ser libres, puede predisponernos también a no serlo. Valga aclarar que “ser cultos” para Fernando no incluye únicamente los atributos que desde un sentido común decimonónico encasillan esa cualidad, sino implica –sobre todo en el mundo de hoy– ser convivientes de procesos culturales, portadores de significaciones diferentes y hasta contradictorias, y reproductores en escalas desiguales de la cultura que portamos.
Por ello siempre encontramos en Fernando un cuestionamiento de los contenidos de la cultura que se posee, y la apelación a apoderarnos de y crear una cultura determinada, donde no caben las discriminaciones de ningún tipo, ni las jerarquías que justifican la explotación, ni el tratamiento de las identidades –personales o nacionales– como muñecos de feria.
Cuando José Martí escribió en “Maestros ambulantes”, 1884, aquella idea famosa que todos citamos [2], la ignorancia era el principal instrumento de dominación. Desde mediados del siglo XX comenzó a serlo la cultura misma.
Armado de esa certeza, por haber estudiado a fondo aquel tránsito, es que Fernando aboga por una emancipación que debe serlo también –si aspira a la sostenibilidad– en los contenidos de la cultura, y rebasa la explicación de esta última como antónimo de ignorancia. Por eso puede decir, en la madurez de su concepción, “la rebeldía es la adultez de la cultura” [3]. Y al conferirle valor político, amplía sus predios, le asigna nuevas tareas. Porque mientras ella no es rebelde permanece infante, sujeta, minusválida, postrada por el fardo secular de la opresión, que en la medida en que fue sofisticándose utilizó a la cultura como vehículo de oscurantismo y sumisión.
4. El socialismo no es en Fernando Martínez Heredia un lugar “al cual” llegar sino “del cual” llegar, a otro superior –el comunismo–. Por tanto, siempre usó el concepto de “transición socialista” –y no de “construcción del socialismo”– para llamar la atención sobre dos aspectos decisivos: a) el carácter que debía tener la transición para conducirnos a cotas de libertad y justicia superiores, y b) la condición conflictiva e inacabada de un camino donde solo en la medida en que cambiamos la vida, las relaciones sociales y a nosotros mismos de un modo revolucionario, nos acercamos al horizonte comunista.
Delante de esta idea para Fernando va Ernesto Guevara, con su llamado de “(…) empezar a construir el comunismo desde el primer día, aunque nos pasemos toda la vida tratando de construir el socialismo” [4].
Una consagración total a ese propósito basta, para que como le ha sucedido al Che, Fernando no sea tampoco visto como un hombre del pasado histórico de la revolución, sino de su futuro.
5. Más referida al trabajo de ciencia social y pensamiento social, el autor de Cuba en la encrucijada nos deja una lección que refrendó con su propia obra: la objetividad está en el modo como encaramos los objetivos, pero no en la ausencia de estos. Dos principios lo sustentan:
a). Que todo trabajo de ciencia social –y todo científico social– persigue objetivos “extra científicos”, tiene intereses ideológicos. Lo que resta valor a la ciencia social es la pretensión de neutralidad e imparcialidad, y no las finalidades políticas que le animan.
b). Que, por lo tanto, el medidor de “cientificidad” no está en la “pureza ideológica” –inexistente e improbable– de la ciencia social, sino en la seriedad, rigor y honestidad intelectual con que el científico social encara o sustenta sus filiaciones al hacer ciencia [5].
6. La combinación entre militancia y libertad es necesaria no solo al hacer trabajo intelectual, sino a la hora de conducirnos como ciudadanos, de pensar con cabeza propia, de imaginar futuros para los cuales el pensamiento no puede tener ataduras. Es preciso “convertir los ideales en militancia y la militancia en ideales” [6].

B. Los revolucionarios no enviudan

La clausura del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (1963–1971) y de la revista Pensamiento Crítico (1967–1971) [7], fue un episodio duro. Tan bien lo comprendió Fernando que no pudo secarlo el ostracismo ulterior. No transigió con la “autocrítica” que le sugirieron. No pactó. Supo distinguir entre la revolución y sus usufructuarios. En el tiempo que sobrevino chocó a consciencia una y otra vez con la misma piedra –solo así las piedras ceden–.
Y jamás enviudó. Tampoco los de su grupo, los de su estirpe. A no enviudar le ayudó la idea de que “se gana mucho con la derrota si uno no se convierte en un derrotado” [8]. Los inmaculados no han vivido jamás revoluciones, aun cuando su ciclo vital transcurra dentro del ciclo histórico de alguna. O aun cuando supongan actuar en su nombre, administrar sus legados, conducir sus estructuras. Debemos desconfiar de aquellos a los que siempre les va bien en las revoluciones. Y desconfiar de la prevalencia del carácter revolucionario en procesos donde la estabilidad de la norma obsede más que el ejercicio de su interpelación.
Llena de abolladuras nos entrega Fernando su indumentaria. Ninguna es moral. Él ha estado en revolución. En brega por un socialismo que no llegue a homologarse con el pedacito de poder personal de un grupo [9]. O que, como gustaba repetir, citando a Lezama, no se vuelva tan pequeño “que quepa en la chapita de una botella”. Él jamás permutó del centro de una batalla para evitarle al pensamiento la humillación de “adorno” o “actividad permitida”. Allí se mantuvo para volverlo un prefigurador de caminos y un chofer de la política.
Los inmaculados, ¿qué indumentaria exhiben?, ¿cuáles abolladuras?

C. Profeta, periodista, historiador

Fue decisivo aquel curso que impartiera Fernando en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, entre el 3 de marzo y el 12 de junio de 2015: “El marxismo de Marx, problemas de su conversión en instrumento revolucionario mundial” [10]. Quince sesiones de cinco a seis horas los martes y catorce de ocho horas los viernes. Recesos fugaces, como este suyo de ahora.
Fernando, renqueante, trepaba hasta el salón. Su esperanza ardía con la misma intensidad sobre 26 personas que sobre siete. Bromeó el primer encuentro con aquella premonición de Máximo Gómez cuando las tropas bajo su mando salieron hacia Occidente en la invasión: “En estas filas que hoy veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros”.
De Carlos Marx y La Gaceta Renana a José Martí y aquel opúsculo en La Edad de Oro donde Fernando nos enseñó a ver fundamentado el comunismo[11]. De las Cartas a Kugelmann [12] y Lenin pidiendo que todos las clavasen en las paredes de sus casas, al Che que desde Tanzania le dice a Armando Hart: “(…) ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar” [13].
En tamañas travesías se nos fue revelando cuán preciso era Fernando en aquella forma jocosa de describirse: “Yo he sido a un tiempo profeta, periodista e historiador. Primero me ha tocado alertar: ‘va a pasar esto’; luego decir: ‘está pasando esto’; y por último contar: ‘pasó esto’”.
Entendimos en toda su complejidad personal y social el valor de esa tríada al abordar en sus clases el segundo intento de universalización del marxismo, que a diferencia del primero, aconteció en el tercer mundo hacia la segunda mitad del siglo pasado. Y en el fragor de ese segundo intento, desde la Cuba de los 60, descubrir al imberbe que se fuga con su revólver de una escuela emergente cuando ante la Crisis de Octubre llega la orientación a los alumnos de permanecer estudiando [14]; que, cuatro años y varias broncas después escribe la pieza fundamental de su profecía: El ejercicio de pensar [15]; que analiza los reveses –con optimismo histórico– mientras suceden, en ese testimonio de la resistencia y el pase a la ofensiva que es En el horno de los 90 [16]; y que en las dos décadas siguientes argumenta –andando en la historia [17]–, por qué seguir abrazado(s) a idéntico mástil.
Era el mismo Fernando que nos insistía: “Ustedes la tienen más difícil que nosotros: nosotros lo teníamos todo más claro, ustedes lo tienen todo menos claro”, y añadía: “Quizás porque está todo menos claro ahora”.
Rumiando las posibles causas de esa menor claridad, se me ocurre que una de ellas está asociada a que la lucha por el relanzamiento de la revolución en Cuba debe vérselas con un asunto muy serio: el de las propias creaciones de la revolución. ¿Cómo lograr que esas creaciones se trasciendan sin negarlas? O dicho de otra manera: ¿cómo convertir la superación en causa principal de su pervivencia? ¿Cómo evitar el drenaje de sus contenidos? Las respuestas supondrán encontrarles rápido a nuestros vehículos un nuevo modo de funcionar, porque ellos también nos conducen.

D. Allí donde renazca, hacerlo envejecer

Nos contaba Fernando que en algún momento de su ostracismo su hija Liliana le preguntó: “Papá, ¿tú eres el jefe de la generación del silencio?”, a lo que él no supo responder. Después bromeaba con un pensamiento que lo asaltó en sordina: “Caramba, si esta muchacha sigue avanzando tendré que matarla”.
Me regocija que la suya, la de sus compañeros, no haya resultado ser la generación del silencio.
Muchos atribuyen lo anterior al fracaso del “socialismo” en Europa del Este, que interpretan como la coyuntura que les dio la razón y los colocó otra vez en la palestra. Yo prefiero asociarlo a algo no coyuntural: la permanencia en ellos de la idea, los principios y una forma específica de defenderlos.
La generación a que pertenezco tiene entre sus peligros el de la repetición o el adocenamiento, lo cual a la larga terminaría convirtiéndola en una generación del silencio, pero de uno peor: antes de ser acallados luchando, enmudecer sin haberlo hecho.
Entonces, nos corresponde hablar donde quiera que se abra un espacio digno, y martianamente, con los actos: como mejor se habla. Ser conscientes de que tan perjudicial e indecoroso resulta servir a emisarios de lógicas empresariales, los que colocan la motivación fuera de la idea, como a la poda de las ideas en nombre de la custodia del socialismo. Darnos nuevos medios de expresión y salvar entre todos los que existen. Saber distinguir bien cuáles son las demarcaciones de nuestro campo, para ensancharlas y volverlo el campo más grande. Las revoluciones no se administran, se hacen.
Si es con ojos de funeral que en derredor miramos, Fernando deja un claro terrible en tropas menos nutridas que antes. Pero esos son solo ojos de cristal, de ver afuera. Los suyos, los de afilada cuenca y bolsón debajo, nos dicen que entró a movernos mejor, con esa forma de “orientar” –¿o debería decir “proponer”?– a la que una pedagogía política en la transición socialista no puede dar espalda.
Falleció el 12 de junio de 2017. El mismo día, dos años antes, cerraba el último seminario del curso que nos cambió la vida.
Acertó aquel compañero suyo cuando en uno de los homenajes póstumos inició así su intervención: “A Fernando no digo ‘donde quiera que esté’, porque ‘Fernando está en todas partes’”. Tenía que estarlo para el amigo de tanto trecho.
Pero cuando apenas comenzaba a llenar partes de mi generación, se fue Fernando. Estoy por creer que para apurarnos.

Si ya provoca escándalo morirse a los 78 años sin geriatría, seguir siendo joven en la muerte es un bochorno para los vivos. Él sabe que volverá con frecuencia, pero quiere, necesita, regresar más viejo cada vez. Ayudemos al hereje. Ahora somos los responsables de su ubicuidad, que cambió el “don” por la conquista.

Notas

[2] “Ser culto es el único modo de ser libre” Martí, José (1884): “Maestros ambulantes” en José Martí. Obras completas — Edición Crítica, Centro de Estudios Martianos, 2016, p.124.
Nota del autor: Propongo la lectura completa y cuidadosa del artículo de José Martí para una mejor comprensión del uso que hace del concepto “cultura” y de los problemas específicos a que con él se enfrenta.
[4] Martínez Heredia, Fernando (2001): “El Che Guevara: los sesenta y los noventa”, en El corrimiento hacia el rojo, Editorial de Letras Cubanas, La Habana, pp. 254–255.
[5] Dos ejemplos clásicos paradigmáticos –y diferentes entre sí– son Karl Marx (1818–1883) y Max Weber (1864–1920).
[7] Para ahondar sobre las causas del cierre de ambos empeños, propongo la lectura de “Pensamiento social y política de la Revolución”, conferencia dictada por Fernando Martínez Heredia como parte del ciclo La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios. Puede verse en: Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio de pensar, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.
[8] Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio de pensar, Editorial de Ciencias Sociales, Ruth Casa Editorial, La Habana, p.76.
[9] Martínez Heredia, Fernando (2017): “No seamos siervos de ellas: trabajemos con ellas”, en: Cuba en la encrucijada, ob.cit., p.137.
[10] El curso está grabado en su totalidad y ya se edita para su publicación.
[11] “(…) y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz eléctrica”, Martí José (1889): “La última página”, en La Edad de Oro, p.128, disponible en:https://elsudamericano.files.wordpress.com/2017/06/jose-marti-la-edad-de-oro.pdf
[13] Carta del Che Guevara a Armando Hart Dávalos, Dar-Es-Salaam, Tanzania, 4 de diciembre de 1965, disponible en:https://www.rebelion.org/hemeroteca/argentina/filosofia310702.htm
[14] Ver entrevista a Fernando Martínez Heredia en: Suárez Salazar, Luis y Dirk Kruijt (2015): La Revolución Cubana en Nuestra América: El internacionalismo anónimo, Ruth Casa Editorial, libro electrónico.
[15] Véase en: Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio…, ob.cit., pp.139–158.
[16] Martínez Heredia, Fernando (2005): En el horno de los 90, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.
[17] Ver Martínez Heredia, Fernando (2009): Andando en la historia, Instituto Cubano de Investigación Cultural (ICIC) “Juan Marinello” y Ruth Casa Editorial, La Habana.
(Tomado de La Tizza)

domingo, 31 de diciembre de 2017

La fuerza de Fernando Martínez Heredia




Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.
No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.
Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.
Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo.
En ello, Martínez Heredia mantuvo una terquedad admirable a lo largo de su vida. Supo, pudo y se atrevió a hacer: publicó el marxismo occidental cuando era un “problema ideológico”; estudió la revolución de 1930 —“la más desconocida de las revoluciones cubanas”— cuando era conflictivo acercarse con enfoques renovados a la tradición nacionalista cubana, en momentos políticos en que, por otra parte, se deslegitimaba el “pasado” y se buscaba en lares teóricos exóticos las raíces del proceso revolucionario (como la alucinante descripción de Blas Roca sobre las etapas “feudal, capitalista y socialista” que Cuba habría vivido hasta entonces); y escribió el mejor libro producido en Cuba sobre el pensamiento integral de Ernesto Che Guevara, tras dos décadas de silencio analítico nacional sobre el “guerrillero heroico”.
No por casualidad, Martínez Heredia escogió a Julio Antonio Mella como tema de uno de sus primeros textos. Con “Por qué Julio Antonio” entendió el entronque de la tradición nacionalista democrática con el mejor marxismo crítico producido en la Isla. Mella recuperó la tradición patriótica de las luchas independentistas y la fusionó con el ideal de la liberación social, en clave de la emancipación de la dominación clasista. A partir de aquí, su lectura sobre Martí fue tan original como antagonista: el proyecto no es sustituir “al rico extranjero por el rico nacional”, “¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario [Cubano, de José Martí] de 1895 a 1928”. Desde este enfoque mellista—y contra una tesis extendida según la cual la revista Pensamiento Crítico se ocupaba solo de pensamiento “extranjero”— fueron elaborados números de esa publicación, asombrosos hasta hoy, como los dedicados a José Martí (No.49-50, 1971), y a la Revolución de 1930-33 (No. 39, 1970). Con ellos, el equipo de la revista, con Martínez Heredia a la cabeza, propuso nuevos enfoques y construyó nuevos archivos, documentales y de memoria, sobre la tradición nacionalista y la teoría marxista de las revoluciones.
Puede existir un número infinito de investigadores que compartan los rasgos personales y los compromisos políticos de Martínez Heredia. También pueden producir, y de hecho lo hacen, resultados analíticos por completo diferentes. El autor de La Revolución cubana del 30 explicó así las condiciones de posibilidad del enfoque teórico que combatió a través de su obra: “tanto la alabanza interesada de la república de 1902-1958 como el rechazo abstracto y en bloque de aquella época histórica tienen en común su falta de relación con la vida y los problemas de la gente común, y cierto hábito mental e ideológico de clases medias, muy lejanas a la brega por la sobrevivencia y por un fatigoso y lento ascenso social a la que están obligadas las mayorías.”(Martínez Heredia 2002)
Su comprensión del “pueblo” partió de una matriz teórica específica que operacionalizó de este modo: a) el pueblo se refiere a una polarización, no a una estratificación social; b) este grupo tiene más identidad desde la identificación del enemigo que desde la de sí mismo, y de los demás como “otros” (mismidad y otredad); c) existe un dinamismo: el pueblo no está dado de una vez para siempre, ni es igual a sí mismo; y pueden historiarse su composición, sus rasgos y sus motivaciones. (Martínez Heredia 1999)
Martínez Heredia explicó que su elaboración pertenecía a una corriente singular del marxismo —pues reconoció siempre la existencia de varios marxismos, como de varios socialismos, en Cuba, tanto en la historia pre como post 1959—. La suya es la tradición de Gramsci, que describió al pueblo, en el marco de sentido de “lo plebeyo”, como “el bloque social de los oprimidos”, opuesto al “bloque histórico” en el poder, con sentido similar a Rosa Luxemburgo. En la tradición política cubana, el concepto de “pueblo” más afín al trabajado por Martínez Heredia es el de Fidel Castro en La historia me absolverá: “llamamos pueblo, si de lucha se trata….” .
En esta perspectiva, la única sede del poder político es la comunidad política llamada “pueblo”, constituida a sí misma a través de su propia experiencia política. Esta noción no confunde al pueblo con la sociedad civil. El primero nace de reconocer diferencias sociales y plantearse la abolición de las formas de dominación nacidas de esas diferencias, que segregan ciudadanos de no ciudadanos, o ciudadanos de primera y segunda. En cambio, la “sociedad civil” no reconoce como punto de partida las asimetrías sociales existentes, pues opera como si ya existiese una comunidad universal de ciudadanos “iguales” entre sí. Martínez Heredia especificó su comprensión de este modo: “yo exploro las posibilidades de conocimiento a partir de considerar que las clases sociales solo se constituyen desde sus contraposiciones, percepciones y actitudes conflictuales, esto es, desde las luchas de clases”. (Martínez Heredia 1999)
Sin embargo, no compartió la perspectiva exclusivamente clasista, que hace la metonimia —tan clásica como reductora—, entre la clase y lo social, y que produce “historias del movimiento obrero” en lugar de “historia de los trabajadores”. Sus numerosos y eruditos estudios sobre el papel de la raza y el antirracismo en la formación del pueblo cubano, y en sus dinámicas sociales y políticas, así como sobre el cambio cultural y sus consecuencias para una revolución, bastan para demostrarlo.
Entre sus estudios sobre estos temas recuerdo con especial afecto los dedicados a Ricardo Batrell y a José Isabel Herrera (Mangoché), por las largas disertaciones que le escuché sobre la marca cultural y social de las personas “SOA”, “sin otro apellido”, y sus recitaciones —que a Carpentier le hubiese gustado escuchar— de canciones populares de la independencia (como también lo hacía con temas populares de la república, de la revolución y de la guerra en Angola). Esa masa de composiciones populares formaba parte de sus análisis y las citaba en sus textos, como hizo con “La clave a Maceo”, de Sindo Garay, que transcribió así: “Si Maceo volviera a vivir/y a su noble Patria otra vez contemplara/de seguro la vergüenza lo matara/y volvería a morir”. (Martínez Heredia 2001, p. 302)
Con tales recursos, se alejó de cualquier propensión hacia el nacionalismo de contenido étnico, que suele mantener relaciones horrísonas con la democracia política. Ese nacionalismo, como ha explicado Ramón Máiz, se fundamenta en el cruce con la idea de nación como tradición, origen común, historia y cultura compartidas, o sea, “el amor ridículo a la tierra [o] a la yerba que pisan nuestras plantas”, en palabras de Martí. La tradición y la adhesión a esos valores orgánicos son más determinantes en la formación de la nación que los valores políticos, esto es, el “odio invencible a quien la oprime […] el rencor eterno a quien la ataca”, otra vez en palabras de Martí. Ese discurso etnicista identifica un “espíritu nacional”, que es invocado en nombre de un pueblo homogeneizado en el discurso, e instrumentalizado políticamente.
Martínez Heredia adscribió a otra corriente de comprensión sobre el nacionalismo, que identifica cómo la nación y el nacionalismo llegaron a invocarse a través de la justicia social y la justicia racial. Es la tradición del cruce entre Fernando Ortiz, por un lado, y Rafael Soto Paz con Raúl Cepero Bonilla, por otro. Con el primero, comprendió que asentar la “cubanidad” sobre una base estrictamente cultural, era purgarla de toda connotación racial susceptible de ser usada en negativo; con los segundos, comprendió que el liberalismo oligárquico no defendía solo un concepto exclusivo y excluyente de la propiedad privada sobre bienes y recursos, sino defendía también la propiedad exclusiva y excluyente de la patria por parte de la nación blanca.
La comprensión de Martínez Heredia, como en esos tres autores —y también en Eric Hobsbawm, más que en Benedict Anderson—, discutía las teorías orgánicas y voluntaristas de la nación para lograr una construcción abierta: se es cubano por nacer en Cuba y formar parte de su comunidad de cultura, pero también por la “conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. Así lo escribió el autor de El corrimiento hacia el rojo: “Los cubanos no lo somos porque vengamos de la misma etnia, ni compartamos la misma religión, o nuestra historia sea milenaria y nuestra cocina autóctona variadísima. El gentilicio se hizo realidad por unas representaciones y una conciencia política compartidas que llevaron a una gesta nacionalista y a un holocausto, por una masa de acciones populares colectivas que llamamos la Guerra del 95, ampliada y afirmada por la acción política del pueblo durante la ocupación norteamericana. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta hoy.”(Martínez Heredia 2002)
Martínez Heredia combatió siempre el “purismo” doctrinal del “marxismo-leninismo”, del cual se deriva, necesariamente, una política sectaria. Un enfoque teórico abierto no es solo más perceptivo hacia lo social, sino habilita políticas también más abiertas hacia lo social. La historia del marxismo tiene capítulos trágicos de esa correlación entre teoría y política sectarias. En lo global, recuérdese el trato dado a la cuestión obrera y campesina durante la revolución china,[1] o a escala nacional empeños como “la faja negra de Oriente” en los 1930, o la discriminación y represión contra personas de diversa orientación sexual y la clausura de espacios de pensamiento crítico en el proceso pos 1959, la que Martínez Heredia experimentó en carne propia.
Sin embargo, nadie podrá invocar, con legitimidad, al autor de En el horno de los noventa para justificar comprensiones sectarias de la historia de Cuba, ni políticas represivas de la diversidad —ideológica, cultural, racial, etc— en el país actual: “Cuando solo denominamos neocolonial a la república, nos deslizamos hacia unas antinomias que falsean u oscurecen la comprensión de nuestro proceso histórico: “patricios vs.esclavistas”, “cubanos vs. españoles”, “cubanos vs. imperialistas”. De esa manera simplista queda implícita la actuación de bloques que, en la realidad, nunca existieron, al que pertenecerían todos los cubanos —exceptuados los “malos cubanos” o los “traidores”— y desaparece de la escena la clase de los burgueses cubanos, históricamente expoliadora del trabajo, sometida, racista y, cada vez que ha sido necesario, antinacional.” (Martínez Heredia 2002)
El radicalismo de Martínez Heredia tiene este componente, el mismo que explicó también al analizar el contexto de los primeros años 1960 y el triunfo del pueblo cubano en Playa Girón: “El componente nacionalista radical de la Revolución, y el entonces pujante orgullo de ser cubano, se imponían a los ´clasismos´ y los extremismos.” (Martínez Heredia 2002) Si queremos hablar de su carácter personal, supo también vivir como lo que predicó: tuvo legiones de seguidores que pertenecen a corrientes políticas distintas dentro de la política cubana actual. Entre ellos es muy probable que “no se hablen ni se traten”, pero tuvieron en Martínez Heredia un puente común en lo político, un maestro en el campo intelectual y una admiración compartida por su ética. En ella, su lealtad a los amigos/compañeros políticos fue proverbial: no se conoce de una palabra suya que deslegitimara sin base a un compañero, aun cuando no compartiese varias de sus ideas.
Con su enfoque teórico, con su ética personal, con su política hacia lo público, con ese amor —no hay que tenerle miedo a la palabra amor— por Cuba y por los cubanos, se entiende lo que Martínez Heredia llamó “la fuerza del pueblo”. Es también la propia, personal, fuerza, de su legado. La fuerza de Fernando Martínez Heredia es la de saber, poder y atreverse a admirar, respetar (y a hacer política con y hacia el pueblo de Cuba), como merece ese pueblo cantado en las cuartetas que tanto gustaba a Martínez Heredia recitar, con memoria de elefante, sonrisa guitarrona y, siempre, con un orgullo, muy contagioso, de ser cubano. Por todo esto, Fernando, diremos, contigo y con Ñico Saquito: si lo que quieren es tumba, tumba le vamos a dar.
Bibliografía
Fontana, Josep (2010): La historia de los hombres. El siglo XX. 1ª ed., 2ª reimp. Barcelona: Crítica (Biblioteca de Bolsillo, 81).
Martínez Heredia, Fernando (1999): “La fuerza del pueblo”. En Temas (no. 16-17, octubre de 1998- junio), pp. 82–93.
Martínez Heredia, Fernando (2000): “Nacionalizando la nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”. En Ana Vera Estrada (Ed.): Pensamiento y tradiciones populares. Estudios de identidad cultural cubana y latinoamericana. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Martínez Heredia, Fernando (2001): “Ricardo Batrell empuña la pluma”. En Orlando García Martínez, Fernando Martínez Heredia, Rebecca Jarvis Scott (Eds.): Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912. La Habana: Ediciones Unión (Colección Clío).
Martínez Heredia, Fernando (2002): “El pueblo de Cuba y el 20 de mayo”. En La Gaceta de Cuba (No. 4, UNEAC, La Habana, jul.-ago.).
Notas:
[1] Fontana lo ha explicado así: “El tema tomó una dimensión política inmediata con motivo de las discusiones respecto de la política que se debía seguir en China. Los que pensaban que la sociedad china estaba en una fase feudal propugnaban la alianza de los comunistas con la burguesía nacional para hacer la revolución burguesa como etapa previa a la socialista; los que suponían, como Trotski, que ya estaba en pleno capitalismo, no veían otra salida que la hegemonía del proletariado. Pensar, en cambio, que China se pudiera hallar en el tránsito del modo de producción asiático al capitalismo dejaba a los teóricos sin recetas para formular una línea de actuación. El resultado práctico de esta confusión fue el caos de la política china, que acabó en un desastre a costa de muchas vidas humanas.” Fontana 2010 imp, p. 63
es un jurista y filósofo político cubano, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, muy representativo de una nueva y brillante generación de intelectuales cubanos partidarios de una visión republicano-democrática del socialismo.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Las cuatro estaciones de Fernando Martínez Heredia

Por: Rosa Miriam Elizalde


Fernando Martínez Heredia. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Palabras en la presentación del libro Cuba en la encrucijada, de Fernando Martínez Heredia (Ruth Casa Editorial y Editora Política, 2017), en el Centro “Juan Marinello”, el 13 de diciembre de 2017.
En una nota a sus lectores, el autor de Cuba en la encrucijada comenta que ha hecho una selección de trabajos sobre problemas actuales, la mayoría frutos de la impronta periodística y pensados para el lector cubano, en diálogo con la historia del país. Explica que ha dividido los textos en cuatro grupos, de acuerdo con los temas y que, casi todos, se publicaron en los medios digitales –de hecho en Cubadebate, donde él colaboró regularmente desde el 2009, se pueden consultar 53 artículos suyos.
Para no repetir las razones de ese ordenamiento editorial, que tiene la mano y la inteligencia de un sabio, les propongo recorrer cuatro estaciones de Fernando Martínez Heredia, que se reconocen en el hilado de toda su obra anterior y se revelan también en este libro.

Primera Estación: Fernando, el Apóstol del Socialismo cubano

Independientemente de la fe que cada uno tenga, admitamos que Fernandoera un Apóstol. Se consagró durante toda su vida, con total coherencia, a la prédica de un socialismo que tenía apellido, “cubano”, un emblema honroso, digno de formar parte del lenguaje en una etapa civilizatoria cargada de esperanzas y peligros, y en la que conceptos aledaños como libertad, democracia, soberanía, derechos humanos, solidaridad, patria y hasta Dios se han vuelto tan livianos como el aperitivo, el selfie, las Kardashian, los crucigramas o el horóscopo.
Si alguien quiere hoy o mañana restituir la verdadera enjundia a esas dos palabras, “socialismo cubano”, que son el hilo conductor de cada texto de este libro, tendrá que pasar obligatoriamente por Fernando Martínez Heredia y concluir que la médula de su apostolado es la convicción de que sin conciencia revolucionaria no hay socialismo posible.
Él nos dice a cada paso que las revoluciones no son hechos arqueológicos, pero no basta con invocar las palabras “socialismo” o “revolución” cada tres por dos. Cuba no se va a revolucionar socialistamente por sí misma, es decir, sin la voluntad de los sujetos que abracen “el socialismo cubano, que tiene una profunda necesidad de apelar al patriotismo popular de justicia social” [1],como él subraya en uno de sus artículos.
Fueron diversos los campos en los que se ocupó su pensamiento, pero este apostolado socialista es el elemento central de su obra que explica el por qué de la atracción que ejerció y aún ejerce sobre muchos dentro y fuera de Cuba: la suya fue siempre una prédica centrada en el estudio de los procesos de producción de la subjetividad humana en el socialismo.
Después de varias décadas de predominio de un marxismo vulgar y de experiencias socialistas que se desvanecieron en el aire, los textos de Fernando Martínez Heredia apuntan en una dirección que permite asimilar creadoramente las nuevas formas de lucha y de expresión de la subjetividad social sin tener que abandonar para ello el fundamento que proporciona el paradigma de la importancia de la producción o la centralidad del concepto de lucha de clases.
Estas prosas tienen, además, el calor del contexto. Sus trazos, hijos en ocasiones de un titular del noticiero nocturno, revelan no obstante el rasgo más peculiar del talante político de Fernando que lo acompañó durante toda su vida. Capta los elementos nuevos, revolucionarios, que brotan de la acción misma del pueblo, sin dejar de tener en cuenta de manera realista las condiciones internacionales y las condiciones al interior de Cuba, que han cambiado mucho en los últimos diez años. Con una gran dosis de imaginación democrática, este Apóstol del socialismo cubano nos convence en estas páginas, de una y mil maneras, de que no debemos permitir la victoria de la dominación y que la única opción decente para nuestras vidas sigue siendo continuar el proyecto anti-capitalista y desenajenante en Cuba.
Un domingo, en uno de los encuentros del club “La pensadera”, como le llamábamos a las reuniones informales que armábamos en la casa de Rebeca Chávez y Senel Paz, Fernando me habló de una cita de La sagrada familia, de Marx y Engels, que parece un juego de palabras: “Si el hombre es formado por las circunstancias, será necesario formar las circunstancias humanamente”. Allí está toda la sustancia de un problema que para Fernando –y lo reitera en varios artículos de Cuba en la encrucijada– no se ha superado en ninguna parte, pero tenemos que resolver en este archipiélago donde la “normalidad” significa que el 90 por ciento de los 500 años transcurridos entre la llegada de Colón y la actualidad, han sido de dominación colonial o neocolonial. Lo dice en este libro y lo comentó entonces en “La pensadera”: es falso que estemos librando una pugna cultural entre el neoliberalismo y la economía estatal, como algunos lo enfocan. No, nuestra bronca es entre la dominación capitalista que recupera fuerza social y un socialismo cubano que tendrá que transformarse y ser cada vez más socialista, o perecerá tras esa breve existencia medida a partir de los últimos 500 años de nuestra historia. Y acto seguido, muy a lo Fernando, armó su propio retruécano con la frase de los padres fundadores que recuerdo, palabras más o menos: lo mínimo que podemos decir es que todavía no estamos formando las circunstancias todo lo humanamente que nos es posible para que se formen humanamente las personas.

Segunda Estación: Fernando, el antimperialista tozudo y militante

Quizás el artículo más comentado de Fernando en Cubadebate y en el ciberpotrero que habita en una esquina de Facebook, es el que encabeza esta antología: “Días históricos, épocas históricas”. Comienza con una declaración tajante: “El pasado viernes 14 no fue un día histórico”. Se refiere al 14 de agosto de 2015, fecha en que reabrió la Embajada de Estados Unidos en La Habana con tres Chevrolets del 59 como telón de fondo en la puesta en escena del Secretario de Estado John Kerry.
El Antonio Guiteras que Fernando llevaba por dentro planta aquí el trípode de la ametralladora y dispara con furia a las verdaderas intenciones de Estados Unidos en la nueva coyuntura política. Es decir, apunta contra “la esperanza de dividirnos entre los prácticos y sagaces, los que comprenden y los rabiosos y ciegos, los aferrados y anticuados.” Dispara “a la posibilidad de hacernos una guerra que no es de pensamiento, sino de inducción a no pensar, a una idiotización de masas”.
“Me llega a admirar –escribe Fernando- que funcionarios norteamericanos crean que hacer visitas y parecer simpáticos sea suficiente para que los cubanos se sientan reconocidos y gratificados, algo solamente explicable por la subvaloración del que se siente imperial y el desprecio que ya les conocía José Martí”. Por eso, clama por “desbaratar confusiones y desinflar esperanzas pueriles como una de las tareas necesarias”, y a ello dedicará varios artículos y entrevistas que desbordan el paréntesis de este libro.
En medio del discreto tono diplomático que tomó el discurso oficial y el entusiasmo desembozado por el giro de la política norteamericana en sectores dentro y fuera de Cuba, Fernando fue uno de los pocos intelectuales que en esos días dijo abiertamente que la brújula política del país, el antimperialismo, estaba una vez más siendo sometida a la prueba de las nuevas situaciones y necesidades nacionales.
Cuando Esther Pérez, su compañera, me llamó para que presentara este libro, lo describió como “los artículos de Fernando sobre Estados Unidos”. Obviamente, todos los textos que aquí aparecen no abordan directamente la nueva vecindad que se inició a fines de 2014 y se fue a bolina dos años después, pero sí fue este el leit motiv de buena parte de la producción de artículos y ensayos de Martínez Heredia desde ese año hasta su muerte en junio pasado. Pero en todos los textos, desde el primero hasta el que estaba escribiendo o soñando en su última madrugada, es posible reconocer las balas trazadoras de su antimperialismo militante y guiterista.

Tercera Estación: Fernando, el incómodo

Quizás convenga subrayar que el “socialismo cubano” de Martínez Heredia no es un concepto usable con cualquier norma de conducta. Significa ante todo una ejecutoria y una palabra que no admiten maquillajes, que no comulgan con el desarme ideológico ni con su opuesto, el voluntarismo ideológico. Por eso resultaba incómodo.
Más de una vez hablamos de esta “incomodidad” y algunas de sus consecuencias no deseadas, como la de ser citado alegremente lo mismo para afirmar un argumento que para contradecirlo. “Los manipuladores no me han tenido, no me tienen y no me tendrán”, comentó un domingo en “La pensadera”.
Fernando fue siempre un socialista incómodo, porque sus convicciones socialistas tenían una vena jacobina y otra vena clasicista, sístole y diástole de su pensamiento. Fue un filósofo difícil de clasificar porque la solidez de sus convicciones morales le empujaba a estar siempre con los de abajo, con la mayoría, mientras que su erudición marxista y su pasión por la historia lo alejaron siempre de las modas y de las instrumentalizaciones políticas. Y verán en este libro otra constante en la obra de Fernando: pocos como él en Cuba se han tomado tan en serio aquella frase de Gramsci que dice que la verdad es revolucionaria.
Fernando pelea contra la censura, el dogmatismo, el racismo que naturaliza la desigualdad y el economicismo ramplón, pero aún más contra la idea de un Imperio sin imperialismo, que ofende al sentido común. Se subleva contra los intentos de reducir al país a la fantasía de los buenos tiempos republicanos, cuando no imperaban “la chusma y los castristas”. Le va arriba a lo que llama “la democratización mercantilizada del consumo cultural” y dice que es “suicida quien crea que esto es solamente un entretenimiento inocente para pasar ratos amables”. Pone en su justo lugar al nacionalismo de derecha emergente en Cuba, que como ocurrió a inicios del siglo XX, no podría ser anexionista por presión de los de abajo, pero sí “cumplir su papel entreguista de cómplice y subordinado del imperialismo norteamericano”.
Llama por su nombre al autoritarismo trasnochado que pretende obstaculizar la utilización de los nuevos medios, y también, al conservatismo social que cree posible vivir “en digital” y modernizarse por imitación, ser apéndice de los objetos y las imágenes, y dejar de ser pueblo para convertirse en público. Protesta contra la inercia y la pasividad y usa frecuentemente el verbo “pelear”, porque “estamos en medio de una guerra: la contienda cultural entre el capitalismo y el socialismo en Cuba”. Planta ante el hecho bochornoso del uso de nuestra bandera en un acto para recibir turistas, pero exige que además de “establecer responsabilidades y motivaciones interesadas”, se analice la cuestión más seriamente y se busquen las causas de por qué “sectores de pobres priorizan un ingreso para resolver necesidades perentorias y no el rechazo a una ofensa a la dignidad y los símbolos nacionales”.
Leyendo este libro cualquiera se da cuenta de que no hay manera de encasillar a Fernando, que es incómodo tal vez porque sus frases y sus preguntas son como estiletazos capaces de condensar en una oración simple un pensamiento complejo y vital, que se resiste a ser clavado con alfileres como mariposas en el panel de un entomólogo.

Cuarta Estación: Fernando, el intelectual del pueblo

Este libro es coherente con la vida y el pensamiento de Martínez Heredia, porque nos dice: “primero la gente”, “todo con los pobres de la tierra y nada sin ellos”. Porque nos habla de la gran oportunidad que tiene la Cuba de hoy de privilegiar la justicia, de poner al ser humano en toda su dignidad como objetivo fundamental de la economía y no al revés. Porque demuestra que la ostentación a la que nos llama el capitalismo a ultranza, toda esa vida figurativa, está profundamente equivocada desde sus raíces.
La historia desde la perspectiva de los más humildes, dice Fernando, nos permite descifrar los valores rectores de nuestra existencia y comprender que la identidad nacional nació de los sacrificios de los próceres y de los pobres de todos los colores, en una fragua donde “todas las formas de la entrega y el altruismo se hicieron cotidianas”, en “un trance en que la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria se volvió sagrada, y la marcha, el campamento, el héroe, el amado y la amada, la jornada de sangre y de muerte, se expresaron en canciones”. E incluye a pie de página una décima que nos revela otra de las cualidades de Martínez Heredia: a la par que despierta el espíritu crítico, su prosa no renuncia a avivar las emociones sin las cuales la Historia, particularmente aquella en la que se reconocen los de abajo, termina en letra muerta:
Cuando asoma la mañana
alumbrando el firmamento
se escucha en el campamento
alegre el toque de diana.
Cuando la tropa cubana
se forma por compañía
y el sargento, al ser de día
pasa lista diligente,
al responderle ¡presente!
yo pienso en ti, vida mía.
En fin, les recomiendo fervorosamente este nuevo título tan Martínez Heredia, tan de puertas abiertas hacia nuestra cultura, a un modo de entender la vida, a un país; tan anudado a la idea de calado profundo que deja marcas, huellas y que se acerca bastante al sentido de la existencia de un hombre que hizo de la palabra una herramienta de trabajo, pero sobre todo un ámbito de reflexión existencial y política.
Si coincidimos después de leer Cuba en la encrucijada que en el socialismo antimperialista, incómodo, popular y cubano que soñamos se distingue precisa y nítida la imagen de Fernando, hagamos con sus estaciones lo que él nos pedía que hiciéramos con la obra del Che: “Vamos a tomarlo para hacerlo realmente nuestro, apoderarnos de él y vamos, sobre todo, a utilizarlo”.
(Tomado de Desbloquendo Cuba)

sábado, 18 de noviembre de 2017

FERNANDO: MÁS NECESARIO QUE NUNCA


Aurelio Alonso, colega, amigo de aventuras fundacionales y uno de los coordinadores del homenaje a Fernando Martínez Heredia que tuvo lugar este viernes en la Casa de las Américas, concluyó la jornada confesando que “esto ha rebasado la reunión testimonial que habíamos pensado”.

Durante más de cuatro horas, compañeros suyos, entonces jóvenes en los sesentas, tomaron la palabra para recordar al fundador y director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de la revista Pensamiento Crítico, dos proyectos que marcaron un antes y un después en intelectualidad cubana después de la Revolución.

Bajo el pensamiento “La rebeldía es la adultez de la cultura”, del propio Martínez Heredia, la sala Manuel Galich acogió a un nutrido grupo de personas entre las que se encontraban algunos que lo acompañaron en las experiencias del Departamento de Filosofía y de Pensamiento Crítico, hasta los más jóvenes que desde el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, centro de trabajo en las últimas dos décadas de vida de Fernando donde fungió como director, han continuado su legado.

Uno de los momentos más destacados del homenaje fue la intervención del Dr. José Millar Barruecos (Chomi), quien era el rector de la Universidad de La Habana durante la existencia del Departamento de Filosofía, y secretario personal de Fidel por más de cuarenta años.

Chomi compartió algunas historias relacionadas con las complejas condiciones de aquellos años en que los debates, reuniones, discusiones se producían a toda hora en la Universidad. Contó que en una ocasión una reunión con Fernando sobre la militancia en el PCC duró 24 horas. “Fidel iba constantemente y yo vivía allí. Se trataba de una batalla por la verdad y la honestidad. Sobre el Departamento, Fidel dijo que era profundamente revolucionario y creador”.

Chomi llevó una libreta que recoge los apuntes de las reuniones con el Departamento de Filosofía, algunas de ellas con la presencia de Fidel. “Esta libreta tiene casi cincuenta años. Aquí está todo. Eran discusiones fuertes, esto puede dar cosquillas. Yo estoy dispuesto a entregársela a ustedes, junto con la colección completa de Pensamiento Crítico que poseo. Pero quiero que esté abierta al público, no en una biblioteca donde no se consulte. Creo que es importante que esto se conozca, sobre todo, para los más jóvenes”.

Esther Pérez, compañera en la vida y la obra de Fernando, le pidió a Chomi ser la depositaria de esos apuntes y se comprometió a transcribirlos. “Ahí está la gran batalla política, ideológica y moral del Departamento”, dijo Chomi.

Fidel fue un aliado, según relató el Dr. Millar, porque hubo una comunión de valores éticos y morales de la Revolución. “Fidel quería cambiar el concepto de universidad como una fuerza telúrica en la sociedad. Me decía que yo no tenía que administrar ni cuartear las ideas, sino facilitar las discusiones.”

“Fernando tosía y discutía mucho. Hizo un trabajo extraordinario, con aquellas ideas, se lograron gracias a ese espíritu de transformación colosal del comandante en la universidad. Fueron años con muchos problemas. Se discutía duro, pero ese departamento fue revolucionario siempre, digno y responsable, con sus características, porque todo eso fue parte de la riqueza en que se fundó un nuevo concepto de universidad.”

Esther informó que en el Centro Martin Luther King la Biblioteca abrirá un ala con el nombre de Fernando Martínez Heredia que ya contiene hoy los volúmenes que le pertenecían y que incluye también toda la papelería, las revistas y documentos que Fernando acumuló durante su estancia en Nicaragua durante los ochentas.

Al mencionarse el nombre de Marta Pérez Rolo, presente en la sala y una de las autoras de la iniciativa de este Homenaje, Chomi comentó: “Ah, ese nombre aparece en los apuntes. Ella era muy dulce, pero a la hora de discutir, sacaba un bate”.

Por su parte, Rebeca Chávez, le pidió a Chomi la necesidad de que esos apuntes vieran la luz y también de que esa imagen de Fidel fuera reivindicada, especialmente, en los momentos actuales de la Revolución.

A continuación, muchos amigos y colegas, acompañaron a Aurelio en la mesa evocando recuerdos, anécdotas y valoraciones de Fernando. Uno de ellos, Ricardo Jorge Machado, confesó que fue él quien tuvo el primer contacto con Fidel en la Plaza Cadenas con apenas 23 años. Contó que en una de esas conversaciones, Fidel le dijo que él era de esos que estaban diciendo que él no se había leído El capital y que no era marxista. Ya se sabía quiénes eran los que estaban comentando eso y se lo habían atribuido al grupo de Departamento. Machado recuerda que le dijo, “usted está completamente equivocado”. A partir de ahí, el vínculo se profundizaría y sistematizaría con el Departamento.

Muchos hablaron de la coherencia de la vida de Fernando, de su humildad, honestidad y modestia y de la necesidad de replantearse su pensamiento desde la discusión de muchos de sus temas que hoy siguen vigentes y que son desafíos de la Revolución. “A veces vemos que toman una frase de él de manea superficial, tirios y troyanos”.

Orlando Borrego, ex Ministro de Azúcar y viceministro del Che, se refirió a la importancia del pensamiento de Fernando en su formación intelectual. “En estos momentos recordar a Fernando es un instrumento de mucho valor desde el punto de vista del valor y de la transcendencia de su pensamiento.”

Rubén Suárez (Purito), por su parte, insistió en que hay que difundir la figura de Fernando no solamente como un hombre de pensamiento sino también como un hombre de la Revolución latinoamericana.

El poeta Víctor Casaus confesó que habló motivado por la presencia de Chomi y recordó el texto de Fernando publicado en El Caimán Barbudo, “El ejercicio de pensar”, un texto que sigue siendo clave. Recordó que cuando cerraron El Caimán y esa generación de poetas salió de la publicación, Roberto Fernández Retamar le aconsejó que no se convirtieran en las viudas de El Caimán, como había sucedido con Lunes de Revolución. Casaus trajo a colación la anécdota para decir que efectivamente, esa generación de Pensamiento Crítico, no se convirtió en las viudas de la revista.

Alejandro Gumá habló en nombre de la generación más joven, discípulo directo de Fernando en el Marinello. “Ellos no fueron las viudas de Pensamiento Crítico. “Fernando hacía énfasis en la necesidad de un bloque intergeneracional como elemento de un nuevo bloque histórico en la Cuba actual. En el curso intensivo que nos impartió, cristalizó la necesidad de una nueva organización, quizá más difícil porque quizá está menos claro todo. Quizá porque la confrontación y la lucha tienen que enfrentarse a un problema serio, a las propias creaciones de la Revolución. ¿Cómo lograr que esas creaciones se transciendan así mismas, cómo no negarlas? La idea de Fernando era partir de las condiciones pero no para someterse a ellas, sino para superarlas.”

Contó que el propio Fernando bromeaba que su hija Liliana le preguntó, “Papi, ¿tú eres el jefe de la generación del silencio?”. Gumá concluyó, “El único homenaje que merece Fernando es de la práctica. No son la generación del silencio, han persistido en defender las ideas.”

Agregó que “los peligros de los más jóvenes es convertirse en la generación de la repetición. Estamos abocados a nuevos desafíos, debemos crear nuevos medios, para que el campo de la Revolución sea más rico y se acerque a lo que fue. Necesitamos recuperar la riqueza de aquellos tiempos.”

Aurelio concluyó leyendo un mensaje de Elena Díaz, quien no pudo estar presente, quien lo nombra como el Elegguá, por todas las puertas al pensamiento que abrió.

Como anunciara Esther Pérez, la biblioteca de Fernando está asequible al público en el Centro Martin Luther King y el Marinello también atesora gran parte de su obra. Los apuntes de Chomi que hoy fueron comprometidos a Pérez también serán una fuente pública para investigadores y estudiosos de la obra de Fernando y de Pensamiento Crítico.