martes, 22 de mayo de 2018

¿Polémica o batalla entre razones e insultos?



No es casual que –aparezca en una película o en cualquier otra parte– algo que insulte a José Martí desate un debate público. Es demasiado grande ese héroe, y mucho vive en el alma de la patria –y no solo en ella–, para que la afrenta quede sin respuesta. Hechos de tal naturaleza validan en la inmediatez cotidiana el criterio expresado por el sabio italiano Benedetto Croce: “La historia es siempre contemporánea”, o, como escribió en verso memorable el poeta cubano Víctor Casaus, “La historia no es un viejo animal muerto”.

Sin embargo, la contienda desatada por una película aludida en el inicio de estas notas, parece haberse extendido más de lo razonablemente aceptable, y tampoco ello es fortuito: en el abrazo y la defensa de los valores patrióticos no solo interviene la razón, sino también la emotividad, los sentimientos y el decoro. Pero el muy extraño sentido común parece apuntar a lo aconsejable que pudiera ser que quienes defienden esos valores pongan fin a su intervención en el debate o, por lo menos, impidan que este se mantenga fuera del punto en que debe ubicarse.

Desde el inicio se apreció que a los realizadores de la película –o a quienes entre ellos (y ellas) ostentaron su representación– les interesaba que estallara el conflicto, y mejor aún si generaba escándalo. Hasta donde este articulista sabe, fueron ellos quienes pusieron en las redes un diálogo que, para no hablar de talento artístico, algo que puede ser esquivo para las mediciones, solo una total indolencia podía llevar a suponer que pasaría sin el debido repudio. No hay indicios de que antes los más encarnizados enemigos de Martí y de Cuba –¿no son uno los dos?– hayan llegado a semejante grado de abyección. Alguien inteligente comentó: “Ni Posada Carriles se permitiría esos extremos”. ¡Y miren que ese engendro se ha permitido aberraciones, crímenes monstruosos!

Si no lo planearon –aunque todo apunta a eso–, el escándalo les funcionó a los promotores como pretexto para llevar el debate al punto donde ellos querían situarlo. Evadieron la realidad del asunto: la inaceptable falta de respeto al héroe fundador y el derecho de la patria y sus instituciones a impedir que se le injurie, y actuaron como si el conflicto se diera entre la libertad de expresión y la censura, en abstracto una y otra. Ello les facilitaba cuestionar el derecho de las instituciones cubanas a cumplir los deberes para los que se han fundado, y en función de los cuales han dado vida a proyectos y realidades como la propia Muestra Joven que los agitadores del griterío usaron para amplificar sus posiciones.

No les faltó astucia para impulsar su maniobra. A menudo hasta pareció que imponían sus reglas. Aducían que sus impugnadores condenaban la película sin haberla visto, y ocultaban que no pocas o la mayoría de las defensas que concitaba, afincadas en la confusión del planteamiento central, tampoco tenían de su lado haberla visto, y se desentendían de la índole del diálogo. En su escala patética, hicieron que muchos recordaran a los marinos yanquis que profanaron la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana. Pero hasta parece que lograron que se confundieran algunas personas cuya responsabilidad intelectual, y humana, debió haberlas librado de permitir que se les azuzara de tal modo.

Lecciones pudieran sacarse de los hechos. Las instituciones culturales deben cumplir su cometido, y en todas partes del mundo se promueven, se permiten o se impiden realizaciones determinadas. Pero, aunque actúen sin miramiento ético alguno, a otras no se les discute el derecho a hacerlo. Mientras que, aun cuando cumplan el suyo con acierto y honradez, a las de Cuba hay quienes les quieren negar sus derechos, cuando ellas deben defender una Revolución amenazada por fuerzas materiales terribles, en medio de una lucha cultural impulsada por el mismo poderío imperialista, aunque algunos intenten negar que eso ocurre, o simulen que no lo ven.

También está claro que las instituciones cubanas, por el mismo asedio que sufre el país, están llamadas a actuar sin equivocarse. Pero eso es más bien improbable, dada la falibilidad humana, y una revolución no es obra de arcángeles. Aplicar prohibiciones excesivas en un momento dado, puede conducir a que luego el complejo de culpa empuje a no aplicar las necesarias. Además, está visto que a menudo las prohibiciones generan estímulos promocionales contrarios a los fines con que ellas se aplican.

De ahí la vehemencia con que, avalando la grosería, o más, del diálogo aludido, los promotores de la película reclamaran que se les considerase víctimas de la privación de su derecho a expresarse, cuando lo que se les repudió fue haber sido burdamente irrespetuosos con un héroe sagrado. Sí, sagrado, aunque haya quienes –sobre todo si se tasan a sí mismos entre catorce y quince dólares para recibir mayores réditos en efectivo y en premios que los catapulten a un falso estrellato– nada entiendan de patria y valores irreductibles a cálculos inmorales. A cada paso se ve que hay pequeños y grandes mecenazgos planificados para quienes ataquen a Cuba y sus fundamentos históricos y éticos.

Ojalá el país nunca tuviera que pagar el precio de equivocaciones suyas. Pero estas, como en el arbitraje de la pelota, no se corrigen cantando bola en vez de strike para compensar el haber convertido antes en strike una bola. Haber cedido en algún momento –es solo un ejemplo– a tentaciones ateocráticas, no debe mover a la nación a olvidar que la rige un estado laico, ni a sentirse imposibilitado de castigar por delincuente a un religioso que se lo haya ganado. Tampoco debe dar pie a que falsos religiosos se pasen la vida cobrándole el sectarismo ateo en que ella haya incurrido. De igual modo, sería torpe rehuir la responsabilidad de aplicar interdicciones justas, por el temor a parecer que se reproducen excesos cometidos en otras etapas, y que demandan la debida autocrítica, sin que esta conduzca a una parálisis que sería suicida.

Nada que Cuba haga, por muy lúcido, sabio y acertado que sea, se lo perdonarán sus enemigos, cuyos voceros estarán prestos a condenarla por todo, poniendo en práctica todo tipo de subterfugios, tergiversaciones y calumnias. Si las instituciones de la patria no cumplen su deber, la patria peligra, y si lo cumplen, aunque lo hagan con el mayor tino, entonces puede ser todavía más enconada la rabia con que reaccionen quienes procuran denigrarla.

De eso habla el desconocimiento que ellos (y ellas) mostraron no solo ante la declaración del ICAIC respecto de la película aludida, sino también ante las de la UNEAC y de la Asociación Hermanos Saíz. Esta última organización representa precisamente a los artistas de menor edad, y la honra recordar con su nombre a dos jóvenes revolucionarios que tuvieron por guía el legado martiano y fueron víctimas de la sanguinaria tiranía contra la cual la patria se alzó inspirada en ese legado. La realidad no debe ignorarse como invitan a hacer quienes promueven falacias “posmodernas” según las cuales la historia es un mero relato, no sucesión de hechos.

Las diversas actitudes mostradas ante la historia se pusieron nuevamente en evidencia frente a un insulto que, lanzado contra Martí, si para algo sirvió fue –si es que ello hacía falta– para definir con mayor precisión de qué lado estaba o está cada quien. Siempre puede haber quienes se confundan y, aunque no sea ese su propósito, sean llevados a compartir, de momento al menos, posiciones contrarias a las que verdaderamente sustentan. Pero de eso también pueden sacarse lecciones: en primer lugar por parte de las personas confundidas. Es ni punto menos que doloroso imaginar cómo pudieran sentirse algunas de ellas al percatarse de qué compañías les proporcionó –lenguaje soez incluido– su confusión, aunque no fuera más que, repítase, momentáneamente.

Ante esa realidad, sobre todo frente a quienes siguen aferrados a su afán de condenar a Cuba y todo cuanto ella haga, no parece aconsejable que los defensores de la patria sigan dedicando tiempo a polemizar alrededor de la citada afrenta a Martí. Con respecto a ella han quedado bien delimitadas las distintas posiciones, aunque –reitérese– sea justo dejar abierta la puerta que confundidos de buena fe puedan merecer y necesitar para sus rectificaciones, cuando enemigos de la patria y su Revolución han buscado sacar provecho publicitario del debate, y que este les sirva de pedestal en que alzarse.

Las polémicas deben servir para afinar criterios. Pero no es eso lo que pretenden personas que se conducen como sordos voluntarios, y llegan a extremos como el intento de arrimar a sus sardinas –aprovechando que no están vivos para responderles– el fuego de patriotas como Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea y Guillermo Rodríguez Rivera; o ilustran sus réplicas antipatrióticas con imágenes tomadas de fuentes tan abyectas como la mal llamada Televisión Martí; o, en el colmo del cinismo y la desfachatez, llegan a decir que el aludido diálogo cinematográfico –que indigna recordar, no digamos ya reproducir– no insulta a Martí, sino le rinde homenaje. Tampoco han faltado indicios del daño que se puede derivar de no trazarse los límites necesarios entre pueblo y chusma, confusión contraria a criterios cardinales expresados por el propio Martí y que darían para otros textos.

Una vez que a esas personas se les ha dicho lo que merecen, ¿hay por qué seguir propiciándoles tarimas para que se exhiban? A cada quien, la atención pertinente. No se les alimente el ego a quienes ni al ser impugnados tienen estatura suficiente como para que sus nombres circulen junto con el del extraordinario ser humano insultado. Ni para atacar a quienes lo merecieran se permitía él bajar de la altura en que lo situaron su conducta, su pensamiento y su palabra. Incluso en una carta personal, no en un texto público, para calificar a quienes en su tiempo se enlodaban en el anexionismo y el autonomismo, el día antes de caer en combate los llamó “especie curial, sin cintura ni creación”.

Quería contar con todos, y fundar una república para el bien todos. Pero sabía que esa aspiración, brújula necesaria, tropezaba con quienes no estaban dispuestos a seguirla, y entre ellos estaban –y perduran hoy– los representantes de aquellas tendencias antipatrióticas. No hace muchos años que, en el camino del (¿neo?)autonomismo y el (¿neo?)anexionismo, alguien movido por ideas contrarias a la Revolución Cubana, y a Martí, quiso devaluar al héroe –a quien le reprochó que se guiara por la razón moral–, y se declaró identificado con el Enrique José Varona que, basado en la razón instrumental, justificó a la luz de la sociología positivista la expansión del imperialismo, contra el cual murió en combate el fundador del Partido Revolucionario Cubano.

Matices cabría introducir aquí en favor de Varona, pero lo antes dicho sirve para deslindar posiciones. Quien prefería (o prefiere) a ese pensador antes que a Martí, acusó a este de pretender “totalidades imposibles”. Nada más lejos de la verdad. En el mismo discurso programático donde expresó el afán de fundar una república con todos y para el bien de todos, Martí denunció actitudes contrarias a ese propósito.

En esa pieza oratoria identificó a enemigos de la revolución: entre ellos, junto a quienes atizaban el racismo y el miedo a la guerra necesaria, estaban –no eran los únicos– los que él llamó políticos de pisapapel, lindoros, olimpos y alzacolas. En otros textos expresó similar desaprobación hacia los lamerricos, y hacia los cultivadores de la yanquimanía. Se mantuvo siempre alerta contra aquellos que no tenían fe en su patria y, refiriéndose en particular a quienes tenían los ojos puestos con deslumbramiento en los Estados Unidos, repudió a los que consideraban que no había “elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas”.

Entre sus lecciones perdura la que dio al preferir condenar actitudes e ideas erradas antes que a personas. Podía pensarse que rehusaba herir innecesariamente a nadie en particular. Pero cuando creyó insoslayable refutar un libro que abonaba perspectivas contrarias a la lucha independentista lo hizo, sin vacilar, en el mismo discurso en que llamó a la unidad necesaria para alcanzar el bien de todos: no quería una unidad fundada sobre bases quebradizas o inmorales. Quien vio en la patria un altar para honrarla y sacrificarse por ella, tampoco desearía dar beligerancia individual a personas no merecedoras de que se les concediera una distinción que ellas, distantes de la honradez, tratarían de tomar como pedestal donde lucir una altura que no tenían. (Tomado de La Jiribilla.)