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martes, 17 de octubre de 2017

Lo objetivo y lo subjetivo en la historia




Por ARMANDO HART DÁVALOS

Solo comparando la época y el proceso histórico europeo, estudiado por Marx y Engels, con el cubano del siglo XIX, y extrayendo después conclusiones, podremos ser consecuentes con sus enseñanzas en nuestro país.

Para defender los intereses de los trabajadores y explotados de Cuba y el mundo hay que desterrar de nuestras mentes todo vestigio de interpretación de sus ideas como una teoría general de la filosofía de la historia válida para todos los tiempos y lugares. Esto —lo diría el propio Marx— es hacerles un escarnio a sus ideas. Descubrir un método de investigar y una guía para nuestro trabajo en lo político, para la investigación social y económica, es un aporte genial. ¿Por qué darle otra interpretación a lo que ya tiene un valor enorme en sí mismo?

Salvando, desde luego las enormes diferencias, cuando alguien me preguntó por qué yo insistía tanto en Marx, dije: Porque inventó las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir en las ciencias sociales y económicas. Y podría decírseme: no basta con las tablas, también se desarrolló toda la matemática hasta el álgebra superior y hasta la física cuántica. Pero sumar, restar, multiplicar y dividir ya es un invento grande sin el cual no existiría la ciencia moderna.

Si comparamos la cultura de los tiempos de Félix Varela y de Luz y Caballero con las ideas políticas y sociales europeas de la época posterior a 1815, cuando la derrota de Napoleón en Waterloo y la instauración de la Santa Alianza, es decir, desde la primera gran crisis de la modernidad hasta los movimientos democráticos y populares de la década de 1840 cuando emergió con fuerza el pensamiento socialista, encontramos que en la Cuba colonial y esclavista en ese tiempo (1815-1845) surgió por oposición a tanto oprobio una sabiduría filosófica y política más rigurosa que la de Europa de ese mismo período. Ello fue posible precisamente porque superó la herencia reaccionaria de determinadas corrientes de la escolástica, que nos representamos en la Inquisición, y porque se situó del lado de los pobres. En fin, la cultura de Varela, de Luz y Caballero y de la intelectualidad cubana forjadora en nuestro país de la modernidad europea estuvo asentada en el pensamiento científico más riguroso e inspirada en una espiritualidad de raíces éticas y culturales cristianas.

Al estudiar con visión actual y partiendo de la formación científica y filosófica que hemos recibido del materialismo histórico, hay puntos en Luz y Caballero que mueven a la más consecuente reflexión filosófica. En su obra Las ideas y la filosofía en Cuba, texto imprescindible para quienes se interesen en la historia del pensamiento cubano, Medardo Vitier –padre de Cintio– destaca como una de las claves de la concepción de Luz: “El criterio sobre la verdad no radica objetivamente en el mundo exterior, no radica subjetivamente en nosotros; surge, se organiza como una congruencia entre lo objetivo y lo subjetivo”. Sería de interés examinar esta conclusión a la luz del pensamiento de Marx en las Tesis sobre Feuerbach. Dicen Marx y Engels en la primera de ellas: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluido Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensorialidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo”. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero solo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Es decir, conciben como defecto fundamental del materialismo anterior que no tiene en cuenta al sujeto, a lo subjetivo, a la sensorialidad como práctica humana. ¡Cuántas polémicas tuvieron lugar desde los años 60, cuando el Che y Fidel destacaron el valor de lo subjetivo y el papel del hombre en los procesos históricos!

Hay que probar la raíz materialista y el fundamento científico de la facultad humana de crear vida espiritual. En realidad está confirmado por la evidencia de que no solo de pan vive el hombre. No lo dijo un científico, pero es una verdad científica. Es una de esas verdades sencillas que, parafraseando a Engels, podríamos decir que también permaneció oculta en la maleza ideológica de siglos. A esto se refería Engels cuando afirmó: “La civilización ha realizado cosas de las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia, pero las ha llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y las pasiones más viles de los hombres, y a costa de sus mejores disposiciones”. Yo diría: maestro Engels, ¿dónde están las mejores disposiciones? Y seguro contestaría: en la naturaleza humana.

Tanto en un caso como en el otro –los impulsos más viles y las mejores disposiciones– están en la naturaleza humana como un factor clave de las condiciones y actitudes del hombre.

Lo más importante consiste en que el pensar filosófico cubano promovió el lado activo a favor de la justicia en su forma radicalmente universal y lo hace sobre el fundamento de métodos de investigación científica de la naturaleza. Esto es lo que nos ha ayudado a ser revolucionarios. Dinamizarlo sobre el fundamento de la interpretación cubana del materialismo histórico está presente desde los tiempos del Moncada como fuerza esencial de la Revolución. Ello nos permitió enfrentar un momento decisivo de la historia cultural de lo que se llamó occidente. El genio y la originalidad de Fidel Castro consistió en llevar al terreno de los hechos estos métodos y principios que, en esencia, significan relacionar dialécticamente las ideas del socialismo con la tradición ética de la nación cubana.

Si hubiéramos marchado solamente por la vía de las reformas o demandas económicas, como se planteaba por las llamadas “izquierdas” del siglo XX, no hubiéramos llevado a cabo una revolución profunda. Si lo hubiéramos presentado solo como una cuestión ética tampoco la hubiéramos hecho. Es la combinación de ambos elementos lo que hace la Revolución. El sentimiento ético, patriótico, el sentido heroico del Moncada, y las exigencias de igualdad y justicia social contenidas en La historia me absolverá, están en la médula de aquel acontecimiento. Esta articulación llegó hasta nuestros días y se proyecta hacia el porvenir.

Etica y justicia social constituyen la principal necesidad ideológica de Cuba, América y el mundo. El sistema burgués imperialista divorcia estas categorías y las sitúa en planos antagónicos. La síntesis entre lo ético y lo social tiene fundamentos en la filosofía cubana, es la clave central de ella. Luz y Caballero, desde su arraigada creencia cristiana, llegó a señalar que la relación entre la moral y el cuerpo humano era mucho más estrecha de lo que habitualmente se creía.

Llevó esto al terreno de la filosofía, es decir, a los principios que orientan los métodos de investigación. Así, critica a los que sugieren la existencia de dos tipos de investigaciones contradictorias, es decir, “dos clases de observación, la externa e interna… No siendo ella en realidad más que la misma función, ora aplicada al conocimiento de los objetos exteriores, ora a los fenómenos internos; por lo cual solo la razón de su objeto, pero no de su principio, podrá clasificarse la observación como interna y externa; modo de clasificar que no es de lo más claro ni científico y por lo mismo tanto más tachable en este género de investigaciones, las sociales, en que más que ningunas otras debe hermanar el precepto con el ejemplo en materia de precisión”.

En el sistema occidental las llamadas ciencias del hombre ni tenían ni tienen posibilidad de encontrar los fundamentos objetivos de la naturaleza humana, precisamente porque divorciaron radicalmente estos dos planos de la vida: el externo y el interno. Subrayo, con inmenso respeto a todas las creencias, que el pecado original de la historia de las ideas de Occidente fue divorciar lo que denominaron materia y lo que llamaron espíritu. En verdad, se trata de una relación dialéctica. ¿No es esto acaso lo que refleja el concepto de unidad material del mundo o, para decirlo con palabras de Martí, la unidad de la naturaleza?

Resulta muy esclarecedor lo expuesto por José de la Luz en el siguiente párrafo: “Hasta que no sea aplicado a las ciencias morales el método edificante y creador de las naturales, no nos hemos puesto en camino de resolver los más importantes problemas de la organización social”. ¿Ven ustedes la inconsistencia que tienen —no ya dicho por un marxista, sino por José de la Luz y Caballero— las tendencias a la desideologización y fragmentación de la ciencia?

En Cuba se llegó en el siglo XIX a la más alta escala del saber que nos representamos en el Apóstol. Con métodos propios del materialismo histórico y la experiencia de más de cien años de historia, podemos estudiar los factores decisivos que en el siglo XIX cubano y de la historia de Occidente sirvieron de condicionamiento económico-social al pensamiento cubano.

En Cuba creció y se fortaleció la utopía universal del hombre sobre fundamentos económicos y sociales por haber vivido, de forma original, procesos claves de la historia de Occidente en estos dos últimos siglos, entre ellos, los siguientes:

 La necesidad de liquidar el sistema colonial europeo en América (siglo XIX).

 El desarrollo y expansión de los Estados Unidos a lo largo de aquella centuria que sentó las bases del imperialismo moderno (siglo XIX).

 El crecimiento acelerado de la población esclava de origen africano y de trabajadores blancos traídos de España y de otras latitudes que conformó como conjunto una composición social y de masas que sufrían la doble explotación nacional y social (siglo XIX y XX).

 La expansión norteamericana durante el siglo XIX.

 Por último, en Cuba se estableció al inicio del siglo XX, el primer ensayo neocolonial del imperialismo. La república que emergió tras la ocupación norteamericana frustró toda posibilidad de que se desarrollara un capitalismo portador del ideal nacional cubano.

Sobre estas bases económicas, sociales y políticas, hicieron síntesis y se materializaron en la Revolución Cubana los ideales más progresistas de los siglos XIX y XX de Occidente. De esta forma, en el crisol de nuestras luchas por la independencia y por afianzar nuestra identidad como nación estuvieron presentes los siguientes elementos:

 El inmenso saber de la modernidad europea, tal como la habían interpretado creativamente los maestros forjadores que nos representamos en Varela y Luz y Caballero.

 La más pura tradición ética de raíces cristianas que, como he dicho, en Cuba no se asumió en antagonismo con las ciencias.

 La influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su sentido de universalidad y solidaridad humana que estuvo presente en la forja de la epopeya del 68 y en especial en las ideas de nuestros padres fundadores.

 La cultura de raíz inmediatamente popular que nos simbolizamos en el pensamiento y sentimiento de la familia de los Maceo y especialmente del Titán de Bronce. La caracterizamos como la forma y el sentido con que la población de origen africano del Caribe asumió las ideas de la modernidad.

 La tradición bolivariana y latinoamericana que Martí enriqueció con su vida en México, Centroamérica y Venezuela, de donde partió hacia Nueva York en 1881 y proclamó: “De América soy hijo: a ella me debo”.

 Las ideas y sentimientos antimperialistas surgidos desde las entrañas mismas del imperio yanqui. La presencia del Apóstol durante casi quince años en Estados Unidos, la tercera parte de su vida, completó su inmenso saber y sintetizó el pensamiento político, social y filosófico desde la óptica de los intereses latinoamericanos y fue una contribución decisiva a la conformación del pensamiento cubano. Martí se consideró siempre discípulo de Bolívar.

0 El pensamiento de Marx, Engels y Lenin, tal como lo interpretaron Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Ernesto Guevara y Fidel Castro.

Debemos asumir la historia de lo que fue la práctica socialista en el siglo XX, sobre la base de someterla a una rigurosa crítica. Hoy debemos asumir la herencia socialista de esa centuria recién concluida a beneficio de inventario, como ya señalamos en otras ocasiones.

Para este alto propósito es necesario tomar conciencia y extraer consecuencias prácticas de que el factor humano, y por tanto el socio-cultural, para bien o para mal, es fuerza decisiva de la historia. Que las condiciones materiales y económicas sean, en última instancia, las que determinan su curso no debe significar negar que los hombres con sus emociones, su cultura, su inteligencia y acciones, son los protagonistas de la historia, son ellos quienes la llevan hacia delante y también, en ocasiones, quienes destruyen las posibilidades de progreso. Para no hablar del progreso en sentido exclusivamente abstracto, o mejor, ajeno a las realidades concretas, tenemos que formular principios éticos y aplicarlos. El progreso material y espiritual exige, en primerísimo lugar, de un programa moral para el enfrentamiento al imperialismo a escala internacional. Mientras esto no se entienda o no encontremos los caminos adecuados para estos propósitos no podremos soñar con salvar a la humanidad de un posible holocausto.

Si deseamos buscar una fundamentación de estos principios en la historia de las ideas científicas de Europa que sirva de antecedente a nuestros fundamentos filosóficos de hoy, sigamos el camino que nos enseñó José Carlos Mariátegui.

Tres sabios de la ciencia europea hicieron los más importantes descubrimientos de repercusiones filosóficas, y la cultura espiritual de Europa no pudo extraer de ellos las conclusiones correspondientes. Me refiero a Darwin, Marx y Freud. Sin embargo, el peruano José Carlos Mariátegui, desde Indoamérica, entendió el alcance filosófico y espiritual de estos tres genios y realizó un análisis muy esclarecedor del significado de cada uno de ellos. Decía que se rechazaban estos tres pilares del pensamiento occidental por razones psicológicas, dado que el hombre se negaba a reconocer la naturaleza de sus orígenes y evolución. Estos descubrimientos de Freud –la importancia del sexo–, de Marx –la importancia del hecho económico–, de Darwin –la teoría de la evolución–, herían la conciencia y subconsciencia humana. Sin embargo, lo grande del hombre –decía Mariátegui– estaba en haberse elevado de esos orígenes a la más alta condición dentro de la historia natural y social. El reto consiste, precisamente, en la necesidad de continuar ese ascenso.

Enfoquemos la cuestión a partir de lo que Freud caracterizó como principio de actuación y principio de la realidad a la que se debe atener la conducta personal. Hay que entender que Freud se refiere a la realidad exterior a nosotros que abarca a los otros hombres, es decir, a la humanidad de que formamos parte. Ella también actúa sobre las necesidades determinadas por lo que el científico austríaco llamó principio de actuación, es parte esencial de la realidad a que se refería Freud. Porque la humanidad está situada en un mundo exterior al de cada uno de nosotros. Este es un problema clave para entender los nexos entre el pensamiento sicológico y el pensamiento social y económico más avanzado de la humanidad moderna. Situemos en este plano el tema de lo subjetivo como realidad exterior a cada hombre porque es la de los otros hombres y con la que necesariamente nos vinculamos de una forma u otra. Es la porción más inmediata de la realidad exterior a nosotros con la cual nos relacionamos.

Analícese lo anterior a la luz de las formulaciones de Marx y Engels en la Primera crítica a Feuerbach, a la que ya hemos hecho referencia anteriormente, es decir, cuando señaló que no había tenido en cuenta el factor subjetivo y la práctica de la transformación de la realidad. Asumamos a escala social el principio de actuación y vinculémoslo con el de la realidad que nos viene de los millones de seres humanos, y estaremos aplicando el postulado martiano de que el secreto de lo humano está en la facultad de asociarse. Aquí anda entonces, de por medio, la relación entre lo que se llamó subjetivo y lo que se denominó objetivo. La humanidad y su inmensa carga de subjetividad es una realidad exterior a cada uno de nosotros.

( Tomado de Bohemia)

viernes, 1 de septiembre de 2017

El reformismo en Cuba (1898-1902): Cartas reveladoras

Por: Enrique Ubieta

Este texto es un fragmento del libro de Enrique Ubieta: “Cuba ¿revolución o reforma?”.

En septiembre de 2001, asistí como ponente a uno de los maratónicos congresos de la Latin American Studies Association (LASA) en Washington. Permanecí en la ciudad otros dos meses, en una fructífera revisión de la papelería manuscrita de José Ignacio Rodríguez, que se conserva en la Biblioteca del Congreso. Se comprenderá por las fechas de mi estancia, que viví el estupor que causó en todos los hombres y mujeres honestos del mundo el desvío de los aviones civiles y el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, y el ataque al Pentágono, en la capital estadounidense.
Viví la histeria belicista que preparó los ánimos para la invasión a Afganistán e Iraq, y el renacimiento del movimiento civil norteamericano contra la guerra.
La pesada puerta de la Biblioteca del Congreso en Washington separaba dos mundos lejanos pero semejantes: afuera, manifestaciones populares que denunciaban la guerra y el terrorismo de Estado, mientras algunos congresistas y políticos cubano-americanos cabildeaban para hacerle más dura la vida a quienes en la Isla de sus orígenes se atrevieron a enarbolar el ideal de independencia absoluta. Adentro, en disímiles caligrafías que transparentaban el temperamento de los autores y en ocasiones, el humor del día, aparecían, desnudos ante mis ojos, personajes y personajillos decimonónicos que conspiraban en Washington y en La Habana para evitar que se produjera la independencia cubana. Las cartas tienen un destinatario: José Ignacio Rodríguez. Y un contexto histórico preciso: los años de la primera ocupación militar norteamericana (1898-1902), después de la derrota de España en la guerra hispano-cubano-americana, aunque algunas misivas son de fechas anteriores y otras de fechas posteriores. El diálogo epistolar se produce entre autonomistas y anexionistas, las dos tendencias políticas del reformismo insular decimonónico.
Cabe una aclaración: en la historiografía cubana se acepta sin dificultad que el autonomismo es una corriente reformista, pero algunos autores dudan al calificar el anexionismo. Dos razones parecen interponerse: la creencia de que toda solución violenta es revolucionaria y la errada suposición de que la anexión es una solución radical. Ni lo uno ni lo otro. Se puede ser violento y reformista (y viceversa), y ninguna solución que apostara por la anexión podía solucionar los problemas de la nación desde su raíz. Creo que el anexionismo, por su dependencia de un poder externo que garantice los límites del cambio al que aspira, es esencialmente reformista. Las décadas que transcurren entre el fin y el inicio de los siglos XIX y XX, ofrecen suficientes evidencias de esta confluencia de propósitos e intereses.
En la intimidad de la correspondencia caen etiquetas y máscaras políticas. Algunos autonomistas de fines del siglo XIX se trasladan sin recato y con inusitada rapidez a las filas del anexionismo. Ante el señalamiento de la inutilidad del esfuerzo autonomista, un amigo de juventud de José Ignacio, Ricardo de Albate, le había escrito el 20 de julio de 1893:
Seguro tengan razón, si solo se atiende al propósito de alcanzar de España la Autonomía; pero no se perdería el trabajo dedicado al fin de ir ganando terreno —¿Para qué, si no viene la Autonomía?
Para preparar a nuestra gente, que mucho lo necesita, y por medio de la doctrina y la disciplina, ensayarla en los hábitos de la política seria, sensata, prosaica, modernista y anti-jacobina de tal manera que —ya que los estadistas de la Casa Blanca mantienen el tradicional precepto de «esperar que madure la fruta» podamos evitar que la nueva generación, incitada por los energúmenos […] que tantas veces han extraviado el patriotismo cubano, no caiga en la tentación de echar abajo la fruta verde a pedradas, como muchachos perversos, por el gusto de que no se la coma el vecino. No vale esto algún esfuerzo?
Es el mismo razonamiento que guiaba a José Ignacio Rodríguez –el primer emigrado en autocalificarse como cubano-americano–, anexionista convencido y declarado, en su apoyo y estímulo constante a los autonomistas. Todavía en enero de 1898, Rodríguez escribiría una carta pública de respaldo a la Autonomía que España promulgaba como concesión de última hora, y llamaría a deponer las armas. Esa posición fue repudiada incluso por algunos de sus colaboradores más honestos. Raimundo Cabrera, por ejemplo, respondió de forma pública en la revista Cuba y América, de Nueva York. Cito algunos fragmentos:
Aunque hace muchos meses interrumpió Vd. su larga correspondencia conmigo sobre los sucesos políticos de Cuba, desde que le comuniqué con franqueza mi opinión sobre el deber de todo cubano de apoyar la Revolución, (traída contra nuestra voluntad y los constantes esfuerzos de los autonomistas por la obstinación y la ceguera de España) no creo que haya motivo que me impida escribirle de nuevo […] Tiene usted razón al decir que la política es una ciencia de transacciones prudentes. También lo creo así.
Pero no veo en la carta de usted que se aconseje una transacción, sino una sumisión. Lo que en síntesis dice usted al Sr. Angulo y por ende a todos los cubanos, es que vayan a tomar puesto, a hablar, a hacer azúcar sin más garantía, después de las penosas experiencias del pasado […]. Admitida la posibilidad del hecho que usted enuncia como supremo argumento para sofocar las esperanzas de los revolucionarios y de los que con ellos simpatizan; que los Estados Unidos no favorecerán el planteamiento en Cuba de una República independiente y débil: aún así ¿puede llamarse transacción prudente la aceptación incondicional de un plan de gobierno colonial que los ministros de España promulgan en la Gaceta como acto de magnanimidad, llamando en su apoyo a los enemigos todos de la Revolución y prescindiendo en lo absoluto de ésta […]?
Tal toma de posición no le impediría a José Ignacio ser, unos meses después, traductor principal y consejero de la delegación norteamericana en las discusiones del Tratado de París (el único cubano en asistir), y sostener, entre 1899 y 1900, una intensa correspondencia con algunos autonomistas cubanos para propiciar la anexión o impedir al menos «la Absoluta», como le llamaban a la independencia real.
Especialmente reveladora es su correspondencia con José María Gálvez, presidente del Partido Liberal Autonomista. ¿Cómo entender que Gálvez reconociera haber dicho, en la efímera Cámara del Gobierno Autonomista, «que prefería el hundimiento de la bóveda celeste a ver sojuzgado al pueblo cubano por otro pueblo» y después recomendara el protectorado yanqui y la anexión? Él mismo se explica con una elocuencia que hubiese hecho sonreír a Marx. Como el espacio es breve, citaré fragmentos de sus cartas a Rodríguez que no necesitan ser comentados:
No se nos oculta el peso de las razones que exponías contra el avance de un régimen autonómico dentro del sistema americano. Lo indicábamos como medio provisional y transitorio de regularizar la vida del país durante el tránsito á cualquiera de las dos únicas soluciones definitivas posibles, que son la independencia absoluta y la anexión […] Aquella sería la mayor de las calamidades que pudieran venir sobre el país, que ya ha soportado tantas. Prescindiendo de la división en razas hostiles y de la inmoralidad que sembró profusamente la administración española, no es para olvidarlo este dato elocuentísimo: más del 80% de la población de Cuba vive sumida en la más crasa ignorancia. Y fórmese con esto una república libre e independiente! (21 de agosto de 1899).
Estoy de acuerdo contigo en que nos conviene no crear sistemáticamente obstáculos a los interventores; pero también es preciso que ahí adopten una política más definida y clara. McKinley habla a manera de oráculo, y de sus ambigüedades sacan partido estos calientes, interpretando cada palabra del Presidente como una nueva promesa de mandarnos la «absoluta» certificada por el primer correo. (31 de agosto de 1899.)
Siempre creímos que la solución del Protectorado, única viable, necesitaba vencer las resistencias locales y abrirse paso en la opinión americana. Por lo que me dices, y he leído con gusto, veo que podemos continuar la propaganda sin el temor de contrariar los propósitos de ese Gobierno, a quien opino, como tú, que la fórmula ofrece un medio decoroso y seguro de salir de las dificultades creadas por la «resolución conjunta» […] Sin embargo, la campaña será ruda, porque la masa general de este pueblo está grandemente prevenida contra nosotros por las diarias predicaciones que oyen y leen de labios de los oradores y en los editoriales de los periódicos «cubanísimos», acerca de los cuales no emito aquí juicio porque veo que los conoces perfectamente
[…] La independencia absoluta es la ilusión del día, fomentada por los «patrioteros» y acariciada por la turba mulata. Conviene desvanecerla antes de emprender la demostración de que a la anexión ha de llegarse de todos modos.
[…] Creo haberte dicho antes y repito ahora que suspiran por la anexión todos los que tienen algo que perder, los que aspiran a adquirir, y la masa general de españoles. (3 de septiembre de 1899.)
Hemos creído preferible dar a nuestra campaña carácter crítico y de propaganda conservadora en el recto y levantado sentido de la palabra, sin buscar inteligencias, pero sin rechazarlas, a condición de que se basen en los principios que informan nuestra propaganda y que no envuelvan abdicaciones indecorosas.
El negarnos a ellas en el periódico y fuera de él, ha sido y es con frecuencia motivo de recriminaciones por parte de los que a todo trance quieren hacernos gritar «viva la independencia absoluta» y «viva Baire». (28 de febrero de 1900.)
Conservo fotocopias de todas esas cartas. El autonomismo y el anexionismo decimonónicos eran tendencias reformistas en las que confluían aspiraciones individuales diversas (liberales o conservadoras), asociadas a una determinación común: la dependencia a un factor externo (español o estadounidense) que garantizara el cambio sin afectar el statu quo. Desde fines del siglo XIX e inicios del XX, el reformismo —que siempre expresa una desconfianza (o temor) hacia el pueblo— aspirará a conservar los espacios de predominio clasista bajo la tutela del imperialismo norteamericano.

Nota:

Este texto es un fragmento del libro del autor: Cuba ¿revolución o reforma? (Casa Editora Abril, 2012), cuya segunda edición publicada en el 2017 por la Editorial Ocean Sur será presentada en el mes de septiembre.

miércoles, 26 de julio de 2017

Prohibido olvidar

Posted by heraldocubano

Por Arthur González.-

La mafia terrorista anticubana intenta tergiversar la historia de sus crímenes contra el pueblo cubano durante más de medio siglo, acusando al gobierno revolucionario de cometer “actos de lesa humanidad”.

Envalentonados por la presencia del presidente Donald Trump en Miami, y sus palabras desacertadas contra Cuba el pasado 16.06.2017, los que abandonaron su tierra y solo acumulan largas listas de fiascos, pretenden ahora inventar un espectáculo circense con un apócrifo juicio, en una fingida “Comisión Internacional Fiscalizadora de Crímenes de Lesa Humanidad del Castrismo”,bajo la consigna de “Prohibido olvidar”.

El espectáculo tuvo lugar el 15.07.2017 en la de la Alcaldía de Miami, donde varios contrarrevolucionarios, autodenominados “exiliados”, y algunos residentes en Cuba como el asalariado Antonio Enrique González-Rodiles, expusieron sus alegatos, al parecer olvidándose de que los cubanos que viven en la mayor de las Antillas están alfabetizados y la mayoría posee nivel técnico o universitario, que les permite leer y conocer la verdadera historia de su patria.

Si alguien no tiene derecho a olvidar es precisamente el pueblo cubano, que sufrió una cruenta tiranía encabezada por Fulgencio Batista, quien asesinó, torturó y ordenó desaparecer a miles de jóvenes que se oponía a su régimen de terror, apoyado política y militarmente por el gobierno de Estados Unidos.

Esos que ahora conforman el “juicio contra Castro”, son los mismos que trabajaron junto a Batista, cuando en 1952 se apoderó del poder mediante un golpe de estado, pisoteando la constitución de la República.

Está claro que los cubanos no pueden olvidar que asesinos como Esteban Ventura; Rolando Masferrer; Jesús Blanco Hernández; Conrado Carratalá; José Ramón Conte Hernández,( miembro de la brigada mercenaria de Bahía de Cochinos y del grupo de asesinos de Carratalá, nombrado el “grupo 5” encargado de los asesinatos a jóvenes revolucionarios, y autor del asesinato del estudiante y obrero Antonio Díaz Santana); Luis Alberto del Río Chaviano; Mariano Faget; Pilar García; Julio Laurent y decenas de asesinos más, lograron el estatus de refugiados en Estados Unidos, a pesar de las reclamaciones de los tribunales cubanos para juzgarlos por sus crímenes.

Para esos y su jefe Fulgencio Batista, nunca celebraron un juicio y menos aún conformarles una Comisión Internacional Fiscalizadora de Crímenes de Lesa Humanidad, porque muchos de los “exiliados” participaron en sus delitos.

Cómo se le podría olvidar a los cubanos residentes en la Isla, los crímenes cometidos por quienes al servicio de la CIA asesinaron en las montañas del Escambray, a campesinos humildes y alfabetizadores, o de aquellos que colocaron petacas incendiarias en los grandes centros comerciales de La Habana, cines y teatros, para sembrar el terror entre los ciudadanos, establecido por un plan de la CIA hoy desclasificado, en el que tuvo una amplia participación Carlos Alberto Montaner, quien mutó de terrorista a analista político.

Tampoco los pescadores cubanos borrarán de sus mentes los ataques terroristas efectuados contra sus barcos y casas en las costas, por comandos de Alfa 66, dirigidos por Andrés Nazario Sargent, entre ellos el perpetrado sobre el caserío de Boca de Samá, al norte de Banes, Holguín, causando dos muertos y cuatro heridos, en el que una adolecente perdió su pie derecho.

En Cuba nadie olvida los actos terroristas contra embajadas, consulados y oficinas comerciales cubanas en Madrid, New York, Perú, Argentina y Canadá, que causaron destrucción y muerte de diplomáticos cubanos.

Tampoco los padres e hijos de los diplomáticos y funcionarios cubanos Félix García Rodríguez, Jesús Cejas, Crescencio Galañena, y del técnico de la pesca Artaigñan Díaz, asesinados por terroristas de Omega 7 “exiliados” en Miami, podrán borrar de la memoria tales actos.

Aún varios de esos asesinos, entre ellos Luis Posada Carriles, autor junto a Orlando Bosch, de la voladura en pleno vuelo de un avión civil cubano en el que perecieron 73 personas inocentes; Eduardo Losada Fernández, Pedro Remón, Guillermo Novo Sampol, Gaspar Jiménez Escobedo, Andrés García, viven en Estados Unidos sin ser molestados y respaldados por el denominado “exilio”.

Nunca un país ha sido tan agredido por solo decidir adoptar un sistema distinto al de Estados Unidos. La guerra económica total impuesta desde 1962 afecta a varias generaciones de cubanos.

La guerra biológica sufrida por los cubanos, jamás se borrará del corazón de los padres de 101 niños muertos en 1981 producto de la introducción premeditada del virus del Dengue Hemorrágico, inexistente hasta entonces en Cuba, por el grupo terrorista dirigido por Eduardo Arocena, según declaró durante el juicio celebrado en New York en 1984, por asesinar al diplomático cubano en Naciones Unidas, Félix Rodríguez.

Igualmente, le sumaron la guerra contra la flora y fauna de la isla para evitar la alimentación del pueblo.

Los “exiliados” de Miami tienen que tener presente esos crímenes de lesa humanidad, pues la Fiebre Porcina Africana fue introducida desde Estados Unidos y a causa de ella se sacrificaron 424,848 cerdos.

La Roya y el Carbón de la caña de azúcar afectó miles de caballerías de caña. La Sigatoka Negra, que afecta el cultivo del plátano y no existía en Cuba hasta 1990, fue introducida para afectar la alimentación del pueblo.

La Tristeza de los Cítricos y el Minador de los cítricos, aparecieron en Caimanera, Guantánamo en las cercanías de la Base Naval Yanqui y posteriormente en Matanzas, perjudicando amplios sembradíos de frutas.

La Seudodermatosis Nodular Bovina, cuyo agente causal es el virus de SNB, infestó añojas y novillas, perjudicando la producción de leche al provocarles daños en la piel. Igual situación sucedió al detectarse la Mamilitis ulcerativa de la vaca lechera, causada por el Herpes Virus MUB, el que infesta las ubres.

La lista de crímenes es demasiado larga para que a nadie en Cuba se le puedan olvidar. Por tanto, los que están condenados a perpetuidad son precisamente esos “exiliados” que fracasados y frustrados pretenden desnaturalizar la historia.

Por esas razones los cubanos de ningún modo olvidarán a sus muertos, pues como aseguró José Martí:

“Olvidar es de ruines”

lunes, 27 de marzo de 2017

Buscando a Pablo, el escritor y brigadista cubano enterrado en Montjuïc


Por: Silvia Marimón
En este artículo: Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Fotografía, Historia, Pablo de la Torriente Brau
27 marzo 2017

Según el testimonio de las hermanas, Pablo de la Torriente Brau estaría enterrado a pocos metros del nicho 3772. Foto: FRANCESC Melción CENTRO CULTURAL PABLO DE LA Torriente BRAU
Según el testimonio de las hermanas, Pablo de la Torriente Brau estaría enterrado a pocos metros del nicho 3772. Foto: FRANCESC Melción/ Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
En julio de 1936 el escritor y brigadista cubano Pablo de la Torriente Brau asistió a un mitin a favor de la República española en Union Square y decidió que tenía que ir a España a luchar en la Guerra Civil. Participó en la Batalla de la Carretera de La Coruña, en el noreste de Madrid, entre el 29 de noviembre de 1936 y el 15 de enero de 1937. En uno de los días más cruentos por la superioridad numérica del enemigo y por la niebla, el brigadista cubano cayó y cinco soldados rescataron su cadáver de entre las líneas enemigas.
“Encontré a Pablo: estaba tendido en el suelo, boca arriba, el cuerpo todavía estaba caliente. Le grité, ‘Pablo’, pero no me contestó. Le quité la chaqueta y la camisa y vi que una bala le había entrado por el corazón y le había salido por el hombro”, escribía el soldado Justino Frutos, que fue compañero de Pablo de la Torriente Brau en la décima Brigada Mixta, comandada por Valentín González, el Campesino.
El cuerpo fue embalsamado y lo enterraron el 23 de diciembre de 1936 en el cementerio madrileño de Chamartín, y el 13 de junio de 1937 lo trasladaron al nicho número 3772 de Montjuïc con el propósito -así lo quería él y su mujer- de llevarlo a Cuba. Pero los republicanos perdieron la guerra y Pablo de la Torriente Brau nunca salió de Montjuïc.
Desde los años 60, el consulado cubano quiere recuperar los restos de este periodista y escritor cubano a quien el poeta Miguel Hernández dedicó el poema Elegía segunda que después Silvio Rodríguez convirtió en canción.
Pero exhumar los restos de Pablo de la Torriente Brau no es fácil. En el Registro de Cementerios de Barcelona consta que su cuerpo estaba embalsamado y que se depositó en el nicho 3772 en una concesión temporal por dos años. El 26 de septiembre de 1939, según se especifica en el mismo registro, se acabó la concesión, se sacaron sus restos del nicho, y se colocaron en una fosa. En ningún lugar se especifica cuál.
Un estudio elaborado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, la Asociación Científica ArqueoAntro, la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales y la Universidad del País Vasco reivindica su exhumación y da muchos detalles sobre dónde podría estar enterrado De la Torriente. El antropólogo Javier Iglesias, de la Sociedad ArqueoAntro, que ha participado en más de 40 exhumaciones, destaca la importancia de que los restos del brigadista cubano sean desenterradas: “Es vital recuperar los restos de aquellos que vinieron a luchar en España contra el fascismo y, además, lo reivindican desde los años 60”, asegura.
En 1963 Isidro Rosales Quesada, técnico de la Embajada de Cuba, redactó un informe para localizar la tumba de De la Torriente. Rosales contaba que había visto el nicho y que los trabajadores del cementerio le habían indicado la fosa donde se la había enterrado en 1939: “Está al lado del nicho y la fosa está totalmente sellada”, aseguraba Rosales. En ese momento, sin embargo, la exhumación fue imposible.
Foto: Cortesía del Centro Pablo.
Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.

Conversaciones con la Generalitat

En 1970 la hermana de Pablo de la Torriente Brau, Zoe, se entrevistó con el enterrador que sacó el brigadista cubano de su nicho y lo trasladó a la fosa, y le indicó el mismo lugar que mencionaba Rosales.
“Esta persona, con la ayuda de un libro de referencia que utilizan los trabajadores del cementerio, la llevó al lugar que él recordaba y, sin dudarlo, señaló el punto exacto donde se depositaron los restos del Pablo y de once adultos más y dos fetos, que podrían proceder de otras sepulturas temporales o bien haber llegado ese mismo día en el cementerio”, afirma el estudio.
En otro documento se detalla que, según el enterrador, los otros once enterrados podrían ser fusilados. Años más tarde, otra hermana del Pablo, Nora, fue al cementerio y el enterrador le indicó el mismo lugar.
La dirección general de Relaciones Institucionales de la Generalitat admite que está en conversaciones con el consulado cubano -hay prevista una reunión esta semana-, pero que aún no puede adelantar qué acciones emprenderá. Iglesias cree que es importante abrir una zanja y averiguar qué hay debajo del lugar que señalaron tanto Rosales como las dos hermanas del brigadista: “Puede ser un osario, una fosa individual o colectiva”, apunta Iglesias. “La familia señala un lugar pero en esta zona no tenemos constancia de que hubiera habido ninguna fosa. Hoy en día no tendría ningún sentido que enterraran alguien allí, pero era en 1939 y entonces podía pasar de todo”, dice el director general de Cementerios de Barcelona, Jordi Valmaña. En cualquier caso sería la primera exhumación de este estilo que se hace en el cementerio de Montjuïc.

Una mata de pelo

El equipo de Iglesias aporta también pruebas genéticas. En 2009, Zoe de la Torriente Brau entregó a Vicente González, presidente de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, una mata de pelo que su hermano le había dado poco antes de venir a luchar en la Guerra Civil Española: “Es todo un reto para los genetistas, porque nunca antes se había tenido material genético de una persona represaliada, pero también se podría comparar con familiares no directos [ni Pablo ni sus hermanas tuvieron hijos pero la Asociación de Amigos de las Brigadas internacionales está intentando localizar familiares de tercer grado que viven en España] o pedir al gobierno cubano que exhumar los restos de alguna de sus hermanas enterradas en Cuba”, dice Iglesias.

Uno entre mil brigadistas cubanos

Pablo de la Torriente Brau. Foto: Archivo.
Pablo de la Torriente Brau. Foto: Archivo.
Víctor Casaus es el director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, fundado en 1996 en La Habana para preservar el archivo y toda la documentación del escritor y brigadista cubano. Han publicado toda su obra en doce volúmenes: “Raúl Roa [un escritor y diplomático cubano] intentó en muchas ocasiones encontrar los restos del Pablo, incluso durante el gobierno franquista, pero no lo consiguió”, asegura Casaus.
“En Cuba es muy conocido como escritor, por su obra periodística. Escribió Crónicas de la guerra en sólo tres meses, los que estuvo luchando, y porque vino en España, como más de mil cubanos, para defender la República”, añade.
Pablo de la Torriente Brau nació en Puerto Rico el 12 de diciembre de 1901 y se trasladó a Cuba con su familia en 1913, donde su padre fundó el Colegio Cuba. Se matriculó en la Universidad de La Habana pero nunca se licenció porque se involucró en la lucha política contra la dictadura de Gerardo Machado. Escribía en diferentes publicaciones y estuvo en prisión dos veces. Soñaba ser capitán de barco y superó todas las pruebas de la Escuela Naval de Cuba pero al final del examen salió su espíritu rebelde y escribió: “En Cuba, senador es sinónimo de botellero [aprovechado]”.
Se exilió en Nueva York dos veces y se ganó la vida fregando platos y vendiendo helados. Allí fue donde decidió que tenía que irse a España a luchar:
“He tenido una idea maravillosa. Me voy a España, a la revolución española. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Estaré cuando ni Hitler ni Mussolini puedan sostenerse más y se lancen a la guerra, y entonces vendrá la batalla definitiva entre oprimidos y represores. Y asistiré, sea como sea, el gran triunfo de la revolución”, escribió.
El 1 de septiembre, este escritor y periodista al que Cuba ha dedicado una fundación muy activa a nivel cultural, cogió un barco para ir a España. De momento, 81 años después, todavía no ha salido. “Me quedaré en España, compañero/ me dijiste con gesto enamorado/ y al final sin tu edificio tronante de guerrero/ en la hierba de España te has quedado”, escribía Miguel Hernández en el poema que le dedicó.
Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.
Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.
Pablo de la Torriente Brau, con tres de sus hermanas, en el monumento a los estudiantes de Medicina, junto al Malecón habanero.
Pablo de la Torriente Brau, con tres de sus hermanas, en el monumento a los estudiantes de Medicina, junto al Malecón habanero. Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.
Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.
Foto: Cortesía del Centro Pablo de la Torriente Brau.

En video, Silvio Rodríguez canta la Elegía segunda de Miguel  Hernández a Pablo 

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miércoles, 1 de marzo de 2017

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