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sábado, 7 de mayo de 2016

El hueco negro de la opinión pública



Diariamente ajustamos buena parte de nuestra comprensión del mundo con la lista de asuntos que escalan en el hit parade callejero. Depende de cuán cerca o cuán lejos estemos de los “dolientes” para que podamos reconocer hasta qué punto un tema realmente importa y a cuántos nos moviliza. Porque la mayoría de las veces solo tenemos como feed back el “cocinaíto” en familia, íntimo, sobre las “cosas públicas”, ese que se realiza en paz o a dentelladas a la hora de estar en casa, mientras suenan los calderos.


También algo nos aporta el pleno grito en el pasillo de una guagua a punto de estallar, cuando a un vociferante, cuerdo o no, le da por enunciar sus verdades; o al contrario, cuando en susurros cada vez más corrosivos se pasan, de boca en boca, ciertas ideas.


En ese fluir discontinuo, aproximativo, donde se configuran opiniones orales, ayudan además los juegos cotidianos que el humor y la música popular protagonizan; aunque los chistes y los estribillos tengan que atenerse a los bordes que la censura mediática establece.


La información disponible sobre lo que pensamos y queremos los cubanos resulta tan vaga e imprecisa, tan apreciativa, tan de tumba y vira…, que asusta.


¿Quién se atreve hoy a afirmar cuál es la opinión mayoritaria, y cuáles sus matices, respecto, por ejemplo, a las consecuencias del 17D y el progresivo acercamiento entre Cuba y Estados Unidos? ¿Quién y a partir de qué criterios puede definir cómo evalúan las personas en Cuba el proceso de reordenamiento económico, o el desempeño de un ministro, o las perspectivas de una nueva ley electoral?


El hecho de que la opinión pública no se estudie apenas, y que tampoco se difundan los resultados de sus indagaciones, no es un hecho fortuito, ni la consecuencia colateral de un descuido. El hueco negro de la opinión pública ha sido el tablero de operaciones ideal para que decisores tomen decisiones exonerados per se de compromisos medibles, cuantificables, escrutables. Suele darse por sentada la buena intención y la experticia de quienes administran recursos y diseñan políticas, en el contexto de una economía estatalizada. Y más grave aún, se da por sentado el consenso.


En Cuba, muchas decisiones se han modelado después de asambleas públicas masivas. Recuerdo bien, porque lo viví en plena conciencia, el proceso de reuniones previas al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, en ese parteaguas que fue 1990. Igual ocurrió durante los Parlamentos Obreros, o más recientemente durante la discusión de los Lineamientos…, o del Código de Trabajo. En todos los casos la cantidad de participantes fue abrumadora, y también el volumen de propuestas. Pero en ninguna de estas experiencias, al finalizar, se devolvió al público el examen estadístico de los criterios que las personas, esperanzadas, ofrecieron.


La apropiación institucional del balance de la opinión pública en esos eventos y la falta de socialización de los resultados, no como documento final sintetizado, procesado, sino en su aspecto estadístico y sin interpretaciones, distorsiona el valor consultivo de estas experiencias.


En ese panorama, el pequeño grupo de cubanos que desde la isla nos conectamos a Internet o a algunas redes (25 por ciento de la población), hemos visto cómo ha ido creciendo en esta zona de la vida, virtual, un nuevo espacio de vertimiento de opinión: la zona de comentarios de la prensa digital, donde los usuarios, anónimos o a camisa quitada, desde la Isla o desde fuera, le buscamos la quinta pata al gato de forma bastante liberada, a pesar de la falta de costumbre.


Aunque casi todos los foros se moderan -también en OnCuba, por cierto-, los usuarios de sitios web como Cubadebate o incluso Granma, cada vez consiguen aproximarnos mejor a una visión del heterogéneo espectro de opiniones que vamos elaborando día por día; y no solo sobre asuntos estrictamente políticos. El principal valor de estos espacios es que convierten el ejercicio de oralidad, en escritura.


La palabra escrita, aunque sea en letra digital, es recuperable, citable, contestable, y por todo ello más poderosa: un ágora ad hoc. De paso, compartir criterios allí va nutriendo la imagen de nosotros mismos, proteinizando nuestros acuerdos, fraguándolos en el trasiego colectivo entre el mundo real y el virtual.


No obstante, todavía vemos que se puede “caer el mundo”, que los foristas pueden argumentar con sabias interpretaciones o desgañitarse, sin que esa expresión genere respuestas. Todavía la agenda pública allí recogida, esa pequeñita constancia de lo que pensamos, parece afectar poco o nada la agenda institucional de los servidores públicos.


La mayoría de las veces, tal como ha ocurrido recientemente, a partir de los nuevos equívocos en las pruebas de ingreso a la universidad, los actores institucionales no parecen sentirse en la obligación de replicar, se muestran elusivos. Frente a estos debates, muchas veces ejemplares, pasan de largo aquellos que desde ministerios, o empresas estatales millonarias, se apoltronan seguros de que un bit de opinión no les tuerce el rumbo. Pero la suma de ellos…, ah… ese día magnífico en que el 75 por ciento de los desconectados de hoy se vuelvan ciudadanos digitales, podría cancelar tanta soberbia.



viernes, 26 de febrero de 2016

Cuba: “La verdad no se ensaya”

Por Milena Recio



 Como es de rigor, y en este caso aún más, tengo que comenzar explicando que estar aquí, ayudando a presentar este libro, es un regalo que me ha hecho Julio César Guanche. Y lo asumo como un regalo personal.


Es su último libro cubano antes de comenzar una nueva etapa en su vida que lo enfocará hacia el trámite de convertirse en Doctor. Y es, si me lo permiten, así lo veo, el cierre de un ciclo de este analista prolijo. No solo por las circunstancias de su propia biografía, sino porque el objeto de su análisis, el orden social cubano, experimenta una poderosa transformación de la que estará dándonos cuenta en próximas entregas.


Creo con convicción que debemos ayudar, todos cuanto tengamos noticia de la obra de Guanche, para que particularmente sus ensayos jurídico-políticos e históricos, sean cimiento de la nueva Cuba en la que al parecer estamos enfrascados en la hora actual. Es muy joven este amigo nuestro y ya acumula suficiente autoridad en este campo.


Este libro en particular, por ser tan variopinto, por ser resumen de ensayos premiados aquí y allá, y por estar prologado por el maestro Juan Valdés Paz con un texto programático, debería ser referente ineludible para laintelligentsia cubana encomendada de segregar hacia la ciudadanía algunas de sus ideas clave sobre nuestro pasado inmediato y visiones urgentes sobre el futuro deseable.


El presidente cubano Raúl Castro hace menos de una semana ha anunciado que al finalizar la recién estrenada legislatura, el país tendrá nueva Carta Magna, o al menos una reformada.


“En concordancia con los acuerdos del 6to Congreso, --dijo-- será preciso armonizar los postulados de la Constitución de la República con los cambios asociados a la paulatina implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución.”


Y continúa diciendo: “no resulta saludable estar reformulando continuamente la Carta Magna de la Nación y comoquiera que efectuar una reforma constitucional nos tomará necesariamente un tiempo prudencial, ya que si bien algunas cuestiones pueden modificarse por el propio Parlamento, otras más importantes requieren además la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos en referendo”…


Estos enunciados sugieren muchas preguntas: ¿La consulta previa imprescindible o al menos deseable para el ejercicio constitucionalista acaso ya se ha saldado con la consulta partidista que antecedió al VI Congreso del PCC y del cual han emanado estos Lineamientos? ¿Serán los postulados de la Constitución los que deberán armonizarse con la actual implementación de los Lineamientos, que no deja de ser una formulación circunstancial, un programa para un par de décadas, o por el contrario debería ser este programa el que se adaptara a los postulados de una distinta Constitución? ¿Por qué estas transformaciones no han comenzado por el ámbito constitucional? ¿Cuáles serán las consecuencias de introducir “parches” a la Constitución a través del mandato representativo de la Asamblea Nacional? ¿Cómo podría convertirse este proceso de reinstauración de la Ley Suprema en un hecho de evolución ciudadana, de reconstrucción republicana?


Juan Valdés Paz, quien pondera como quizás uno de los mayores méritos de la obra de Guanche “su interpretación del socialismo en clave republicana”, sintetiza de este modo lo que considero una premisa sustancial para este análisis: “La República de Cuba incluye un Estado republicano pero es ella quien sustenta la transición socialista de la sociedad cubana; el Estado de esa República es socialista pero no es el socialismo de la República. El estatismo de las relaciones sociales atenta contra el socialismo y contra la República.”


Porque este libro de Guanche en verdad se trata de “la exposición más completa sobre la tradición republicana, el nacionalismo radical y el socialismo, cubanos, de que podemos disponer”, hago votos para que se convierta en libro de cabecera para todos aquellos, --juristas, decididores políticos, parlamentarios, etc.-- a quienes durante los próximos cinco años corresponderá la tarea de concretar los cambios de la norma principal de esta congregación humana que llamamos Cuba y convertirla en algo más que un documento de anaquel. Creo en la utilidad, para estos fines, de este tesoro rojo que hoy hemos venido a rebautizar.


Muchas gracias.


Milena Recio es periodista y profesora universitaria cubana. Estas fueron sus palabras en la presentación, el 1 de marzo pasado, del último libro de Julio Cesar Guanche, La verdad no se ensaya. Cuba: el socialismo y la democracia, Editorial Caminos, La Habana, 2012. EL libro cuenta con una edición chilena, por Ediciones Universidad Alberto Hurtado.