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miércoles, 18 de mayo de 2016

Una reseña hasta ahora perdida de José Martí

“El bostezo de los dioses”, sobre el libro de Nicolás Domínguez Cowan Las Pifias del Ajedrez


Uno de los textos que ha sido más buscado por los amantes del ajedrez en Cuba es la reseña que Martí escribió del libro de Nicolás Domínguez Cowan: Las Pifias del Ajedrez.[1] Este libro se publicó en México en 1886, y el autor se lo envió a Martí, quien era su amigo y residía a la sazón en Nueva York. Se sabía por una de las cartas del cubano que este había recibido el libro y que había publicado la reseña en uno de los números del Economista. En su carta del 24 de febrero de 1887, Martí le decía a Domínguez Cowan “¿Con que no han llegado a manos de V. dos números de ‘El Economista Americano’ que puse yo mismo, en diciembre, en el correo, y le hubieran dicho que sí recibí las Pifias, y me parecieron todo lo que allí digo?” (OC 20, 320).[2] Pero esto era todo lo que se sabía, porque no teníamos la reseña, ni el número en que se publicó.




De hecho, de los números que Martí publicó durante tres años del Economista solamente había sobrevivido uno solo, que se encontró en 1979 en la Biblioteca Nacional de Cuba. En mi libro El Poeta en el mercado de Nueva York doy a conocer otro ejemplar que hallamos, y en donde se encuentra este artículo que salió en el mes de noviembre de 1886.[3] En esta reseña Martí incluye además una valoración del libro de su otro compatriota, Andrés Clemente Vázquez, algo que también sabíamos por la misiva que le dirigió a Domínguez Cowan donde le recalcaba: “¡dejar de escribir lo justo de la obra de mi amigo! Y de intento lo puse en un número que había de ser leído. Tomé ocasión de las Pifias para pagar mi deuda a Andrés Clemente Vázquez” (OC 20, 320 énfasis nuestro).


Vale agregar que Martí estaba en lo correcto cuando le dijo a Domínguez Cowan que en el número en que la publicó, con toda intención, era uno “que debía de ser leído” ya que este fue un número realmente extraordinario, que Martí dedicó a las fiestas por la inauguración de La Estatua de la Libertad en Nueva York y que incluye crónicas memorables como la que le dedicó a Henry George, el economista político norteamericano que más admiró en su vida. Esta y otras crónicas, por consiguiente, aparecen en mi libro, pero a continuación reproduzco para los lectores de CUBAENCUENTRO y los fanáticos del juego ciencia esta reseña de Martí sobre lo que llama: el “bostezo de los dioses”.


“Pifias del Ajedrez” De Nicolás Domínguez Cowan, “Análisis del Juego del Ajedrez” De Andrés Clemente Vázquez


José Martí


Nos viene de México, hermosamente impreso, un libro hidalgo, ya por la elegancia y discreción que todo el respira, ya por lo castizo y sabroso de los comentarios con que su autor, el distinguido cubano Nicolás Domínguez Cowan, apunta las pifias de ajedrecistas afamados en las partidas que transcribe. Y tan bien hecho está el libro, que burla burlando viene a ser como una guía literaria del noble entretenimiento del ajedrez, aunque en apariencia no sea más que una colección de juegos, escogida por mano de maestro para que se vea como pueden “bostezar los dioses.” Entre las “pifias” no ha de incluirse por cierto el prólogo, que es donairoso y ameno, ni los comentarios, animada revista en que pasan contritos los jugadores más gallardos, desde Rui López de Sigura, que divertía los ocios acres de Felipe II, hasta Eguiluz, de México, y Andrés Clemente Vázquez, de Cuba, brillantes y novísimos mantenedores.


Esto nos trae a la memoria, para que se vea como nuestra raza sobresale tanto en lo sutil como en lo hojoso, que el cubano Andrés Clemente Vázquez, sobre ser orador de empuje, cabeza de fuerza, y abogado de mérito, ha escrito un “Análisis del Juego del Ajedrez” que goza ya de justa fama, y debe estar en la mesa de todo jugador, por no haberlo tan bueno que no tenga algo que aprender del libro. Allí está todo: las reglas generales y la apertura de los juegos, y sus fines, habilidades y problemas. No hay tratado más claro y completo, ni escrito con mayor urbanidad y soltura, como que el autor se sabe de memoria en todos sus lances y osadías cuantas combinaciones puedan ponerse en el tablero. Avalora el libro, que es un verdadero código, una buena colección de juegos difíciles o célebres.


A un cubano también, al eminente ajedrecista Dionisio Martínez, que es persona magna entre los de esta afición, dedica sus “Pifias” Nicolás Domínguez Cowan, quien pone curioso remate a su libro con una traducción hecha en verso español por David León del poema que escribió sobre el ajedrez aquel rabino de Aben Ezra, cuyos cantares son todavía himnos cotidianos en las casas judías. Si se han de entretener los hombres, sea en cosas tan intelectuales y honestas como el juego que tiene tan cabal tratadista en Andrés Clemente Vázquez, y comentador tan pulido y donoso en Nicolás Domínguez Cowan.








domingo, 8 de mayo de 2016

“Irma” sigue dando que hablar

Contrarréplica a la dúplica de Jorge Camacho



Aunque algo tardíamente, mi profecía del año 2000 en torno a “Irma” viene cumpliéndose. A partir de la Historia de un error del profesor Jorge Camacho este cuento de Martí está dando bastante que hablar. Y comoquiera que los puntos de vista suyos y los míos parecen inconciliables en este momento, habrá que hacer un alto y retomar las pesquisas en busca de otros elementos que puedan arrojar nueva luz sobre el asunto. No renuncio, sin embargo, a mis conclusiones porque las considero bastante fundamentadas, aunque Camacho estime lo contrario apoyado sobre todo en suposiciones sin fuertes asideros. La verdad, ya se sabe, no es absoluta. Y si un día él o yo mismo encontrásemos otros elementos probatorios de nuestras personales hipótesis o de las del contendiente, pues haríamos un bien al divulgarlas como contribución al mejor conocimiento de la vida y obra de José Martí. Mientras tanto, estimo necesario volver sobre las hasta ahora infundadas y no verificables apreciaciones e hipótesis de Camacho y reiterar las mías, a la vez que poner en evidencia la falta de solidez de sus argumentaciones y los errores en que cae, tomando como punto de partida su nuevo artículo “Irma”, un apócrifo en la edición de “Obras completas” de José Martí.


Ya en su primer párrafo yerra tres veces el profesor Camacho. Primero, cuando afirma que fue Víctor M. Heres quien dio a conocer el cuento como del Apóstol en la revista Archivo José Martí (por cierto, sin la preposición de que él añade al título. Ya deslices mínimos como este ponen en entredicho el rigor de cualquiera), pues antes, como he expresado, vio la luz en La Nación de Buenos Aires (20 de diciembre de 1884, con sus iniciales J. M.) y en La Lotería de La Habana (22 de febrero de 1885, con su nombre completo al pie); después, cuando insiste en que fue “recientemente” cuando hice la atribución, pues de ese hecho han pasado nada más y nada menos que 15 años; finalmente, cuando señala, refiriéndose a mí, que “durante un cuarto de siglo ha tratado de probar que pertenece al cubano”, pues en realidad un cuarto de siglo estuve buscando pruebas que finalmente un azar ajeno me puso en las manos. Si fuésemos a llevar este asunto hasta hoy, con cuentas claras, habría que decir que han sido cuarenta años: veinticinco desde el encuentro en La Lotería (sin conocer entonces la presentación de Heres en Archivo José Martí) hasta que demostré su paternidad y quince desde que esta se hizo pública[1]. Entre tantas imprecisiones en un primer párrafo resalta además su omisión de que el dato de su publicación por Heres lo obtuvo de mi presentación en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (2000 [i.e. 2003]), que aún no ha aclarado cuándo la conoció.


Vayamos a su segundo párrafo. Dice Camacho que el cuento apareció años después: ¿después de qué, le pregunto? Como estoy de lleno en el asunto, entiendo a qué se refiere, pero ¿y el lector que cae de pronto en su artículo? Por otra parte, le pregunto también, ¿quiénes son esos “críticos martianos” que habían puesto en duda la paternidad martiana del cuento y podían, tras las “pruebas” suyas que, en mi criterio, nada han probado, pedirle “a los especialistas del CEM que sacaran este cuento de sus Obras completas? ¿Puede citar alguno que lo haya hecho explícita y públicamente antes o después que él? Debe tenerse presente que Archivo José Martí, revista que dirigía el eminente martiano Félix Lizaso, lo acogió como suyo en 1942. Salvo en el caso de Gonzalo de Quesada y Miranda, tuve el cuidado y el respeto de no mencionar los nombres de aquellos relevantes especialistas cubanos en Martí que me negaron explícitamente, en forma verbal o escrita, mi atribución hasta el momento en que el cuento se encontró en La Nación, cuando ya para ninguno hubo dudas al respecto. Invito también a Camacho a explicar, a los lectores que han estado siguiendo esta polémica, ¿cuándo y cómo, por qué vía, conoció él de la existencia de las Reminiscencias tudescas y de la presencia entre ellas del cuento “Irma” de José Martí, “adaptado” por Santiago Pérez Triana para adecuarlo a las características del conjunto de narraciones que conforman su volumen de 1902? Finalmente el profesor Camacho pidió en su primer artículo, de modo arrogante y hasta prepotente, como si tuviera la única verdad en sus manos, a los especialistas del CEM que “lo retiren de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre”. ¿Por qué no mejor sugerir, recomendar, invitar, analizar la conveniencia de, reconsiderar el asunto? Habría resultado más elegante y modesto, más propio de un profesional de la investigación.


Más adelante, reiterando criterios a favor de su negación de la paternidad martiana del cuento ya expuestos en su primer artículo, señala que “tampoco estaba escrito en su estilo, que no lucía ninguno de los giros lingüísticos, ni el lenguaje poético que lo caracterizaba”. Bueno, ¿y es que Martí tuvo “un” único estilo desde Abdala hasta sus Diarios de campaña? Es evidente que no, y Camacho mismo lo conoce, pues recién acaba de rescatar unos cuantos textos martianos desconocidos hasta el presente, que fueron reproducidos en su momento en periódicos de países de América Latina y que si no fuese porque aparecieron originalmente en El Economista Americano, que el cubano escribía casi en su totalidad, nadie se atrevería a afirmar que fuesen suyos (No obviar que en mi presentación original del cuento yo aludía a la no coincidencia de su prosa en el cuento con la maestría y originalidad ya alcanzada por él en la de sus crónicas). Reitera asimismo su peregrina idea de que para escribir sobre un lugar o ambientar una narración en un sitio se requiere haber estado en el mismo. No ha tenido en cuenta mi referencia al primer cuento de Rubén Darío, también ambientado en una Alemania medieval, sin que él hubiese visitado ese país y mucho menos vivido en el medioevo. Como han expuesto algunos comentaristas de este segundo artículo suyo en torno al asunto que nos ocupa, no son pocos los casos en que notables autores han descrito países y costumbres sin conocerlos de modo directo. El propio Martí, por cierto, es una prueba fehaciente de ello. Recuérdense, si no, por solo citar tres ejemplos, sus maravillosos textos sobre el terremoto de Charleston, la Exposición de París y la tierra de los anamitas (esta última mencionada por un lector comentarista), que pueden leerse hoy como trabajos modélicos. Y concluye esta parte de su dúplica con la siguiente pregunta: “¿Hay acaso argumentos más sólidos que estos para rechazar la paternidad martiana de este cuento?” Claro que sí: muchos años antes de que Pérez Triana diese a conocer su “versión” de “Irma” (hasta el momento solo se tiene evidencia de la de 1902 en Reminiscencias tudescas, lo demás son suposiciones y sugerencias de Camacho que ojalá no necesite veinticinco años para demostrar de modo más sólido su tesis de la posible primacía del texto del colombiano sobre el del cubano) ya la de Martí había aparecido (1884) con sus iniciales en un diario donde publicaba regularmente sus correspondencias o cartas desde Nueva York y que es difícil imaginar que pudiera atribuirle un texto aparecido antes bajo el nombre de otro autor o de forma anónima, y en una revista de La Habana (1885, aquí con su nombre y apellido), ciudad donde ya era conocido aunque no se le publicaba o aludía aun con la frecuencia en que se haría a partir del año siguiente (como me consta por la investigación que desarrollo en estos momentos a través de la prensa habanera epocal).


En apoyo a sus tesis negadoras, no ya de la paternidad martiana del cuento sino también de las pruebas aportadas por mí a favor de ella, Camacho acude al propio Martí y a sus recientes experiencias que han dado como fruto esos dos pequeños volúmenes con textos desconocidos suyos (aunque no los mencione). Si bien es cierto que en el XIX los editores de periódicos y revistas en ocasiones “no escribían ni siquiera el nombre del autor, no reproducían de forma íntegra las crónicas y a veces las atribuían a un escritor equivocado”, en este caso estamos hablando de una obra literaria que, en dos publicaciones de ciudades distintas y geográficamente lejanas y en fechas diferentes, aunque relativamente cercanas, aparece con las iniciales de Martí o con su nombre completo, aunque en la segunda no se ofrezca la fuente de procedencia. Pero cuando en su carta a Mercado Martí expresaba que “las toman donde las hallan” se refería a sus crónicas periodísticas, no a piezas literarias que, por demás, no publicaba con frecuencia entonces.


Y seguidamente entramos en un aspecto interesante de esta dúplica suya. En mi artículo le preguntaba si conocía las estrechas relaciones de colaboración entre Martí y Pérez Triana. Ahora las alude someramente y dice que ambos fundaron en Nueva York (1887) la “Sociedad Literaria Hispano-Americana” (aclaro que el artículo antepuesto por Camacho al nombre de la institución no forma parte de él. Ojo con estas pequeñas pifias.), en cuya inauguración “Martí se expresó de una forma muy elogiosa sobre el colombiano” y a continuación cita unas pocas palabras del comienzo de ese “supuesto” discurso homenaje a Santiago Pérez Triana. Doble error en el texto de Camacho, aunque no achacables del todo a él. En primer lugar, esas palabras de Martí no se pronunciaron en la inauguración de la Sociedad en 1887, sino en un homenaje de la misma ocurrido al año siguiente, aunque ello no se precise en la edición de las Obras completas de la década de 1960 a cargo de Gonzalo de Quesada y Miranda. O sea, que la conclusión errónea de que las palabras fueron pronunciadas en la sesión inaugural es todo un aporte suyo. Pero, además, como defensor de Pérez Triana, Camacho debe conocer su vida y su obra; por tanto, si hubiese leído completo tal texto de Martí (algo que evidentemente no hizo para esta ocasión), cuando menos le hubiese asaltado la duda de si se refería en verdad a Santiago Pérez Triana (como se anota al pie en las OC y él acepta) o a otra persona de similares nombre y primer apellido, o sea, a su padre, Santiago Pérez Manosalbas (1830-1900), Socio de Honor de la Sociedad, llegado a Nueva York a mediados de abril de 1888 (o sea, cuando ya la entidad llevaba meses existiendo) y homenajeado por ella en una velada efectuada el 16 de junio de ese año, ocasión en que Martí ocupó la tribuna para pronunciar las palabras recogidas, con el error sobre la identidad del homenajeado y sin la precisión en la fecha de la celebración, en la edición citada de las OC, deficiencias que, suponemos, aparecerán rectificadas en el tomo correspondiente de la edición crítica en proceso de publicación. No voy a hacer más extensas estas notas citando aquellas expresiones del discurso martiano que cuando menos debieron alertar a Camacho, pero le sugerimos que lo lea completo con cuidado. Y, por favor, que no vaya a echar la culpa de los desaciertos de Quesada y Miranda a quienes nada tuvieron que ver con aquella edición.


Como poseo y he expuesto pruebas en mi parecer suficientes para mantener mi criterio de que “Irma” es de José Martí y que lo que hizo Pérez Triana fue “adaptarlo”, “adecuarlo” al conjunto en que lo incluyó o hasta “plagiarlo”, no considero haber hecho “acusaciones injuriosas” para “manchar la reputación” de Pérez Triana, si es que a él y solo a él se refiere Camacho bajo el sintagma “algún escritor”. No pongo en duda la amistad y la colaboración entre ambos y, aún más, asumo plenamente las informaciones y valoraciones de Enrique López Mesa en su enjundioso artículo en proceso de publicación “Santiago Pérez Triana: un colombiano singular”, que tuvo la gentileza de remitirme y podrá leerse oportunamente. No soy yo, por cierto, quien debería “explorar otras hipótesis que no sean las del ‘plagio’”, pues numerosas pruebas he aportado a favor de mi tesis y esta del plagio no estuvo nunca en mi pensamiento hasta que Camacho dio a conocer su tardía impugnación a la paternidad martiana del cuento y su atribución a Pérez Triana una vez detectada su “versión” en las Reminiscencias tudescas. Recomiendo a Camacho localizar publicaciones de entonces, rastrear en ellas no solo en busca del cuento, sino también de referencias indirectas que puedan permitirle algo más que suposiciones y sugerencias no bien fundamentadas. Aunque López Mesa demuestra fehacientemente que Pérez Triana fue consecuente con su posición a favor de Cuba y de Latinoamérica, que escribió un elogioso artículo con motivo de la aparición de Versos libres en 1891, no deja de llamarme la atención una frase de Martí en su carta testamento literario a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, donde le orienta que para completar seis volúmenes de sus obras en caso de necesidad, podría escoger los trabajos aparecidos en La Opinión Nacional, La Nación, El Partido Liberal, El Economista Americano y los de La América “hasta que cayó en Pérez”, frase que, en mi criterio, parece signo de distanciamiento suyo de la revista.


Por notas y comentarios sobre La América en la prensa habanera, conozco que hacia mediados de 1887 Pérez Triana compartía su dirección con Diego Vicente Tejera, pero para entonces no se mencionaban ya trabajos de Martí en las notas y comentarios de dicha prensa sobre la revista, donde, sin embargo, al menos en enero y marzo, se habían publicado artículos suyos no registrados en su bibliografía, aunque uno de ellos ha sido muy buscado. ¿Hubo alguna desavenencia en esos momentos entre Martí y Pérez Triana en torno aLa América u otra circunstancia, tal vez relacionada con el proyecto de la Sociedad Literaria Hispano-Americana sobre el que López Mesa asegura que Martí tuvo una “inicial reserva”? Para terminar con este aspecto de la dúplica suya le pregunto a Camacho si cree de veras que existan especialistas en la obra de Pérez Triana que puedan decirnos “dónde y cuándo publicó por primera vez estos cuentos”. Me temo que no, pero, al igual que él, dejo abierta la posibilidad.


Por un momento voy a darle un mínimo de credibilidad a su sospecha y sugerencia de que “Irma” apareció en otra (hasta el momento no ha hablado de ninguna) revista de Nueva York (o de cualquier otro sitio, podría acotarse), donde ambos vivían entonces, con el nombre equivocado o de forma anónima, y que quienes recibieron tal publicación fuera de Estados Unidos “reprodujeron el de Martí [no me queda claro si se refiere al cuento o al nombre] o simplemente asumieron que era suyo”. Hasta ahí esta sería una propuesta atendible para abrir una nueva perspectiva en la investigación al respecto. Pero tal tesis se me desmorona cuando comparo las versiones atribuidas por mí a Martí con la de Pérez Triana en sus Reminiscencias tudescas. Como ya expresé en otro lugar, la versión de La Lotería presenta variantes en relación con la de La Nación que la mejoran en algunos aspectos, por lo cual aventuré que tal vez fue el propio Martí quien la envió a la revista habanera de Triay con las correcciones (Se conoce cuánto se quejaba Martí de las atrocidades cometidas con sus textos periodísticos en el proceso editorial.). La versión de Pérez Triana es bien diferente de la de Martí en muchos aspectos, no solo en la inclusión del epígrafe en alemán y del extenso párrafo inicial. Quien erró en la atribución del cuento a Martí ¿además los suprimió y cambió otras cosas a su antojo? ¿Con qué objeto? ¿Cómo podría explicarse este asunto?


Me apena que Camacho haya asumido que yo tomé su crítica de una forma personal, pero me veo en la necesidad de replicarle que en ningún momento expresé que él la hubiese publicado “en este preciso momento para estropear mi viaje por Estados Unidos”, del que posiblemente no tuviese la más mínima noticia. Pero si en verdad su “propósito al escribir este ensayo [¿no quedamos en que se trataba de una breve nota, cuando más de un artículo? ¡Cuánta presunción la suya ahora!] fue rectificar la bibliografía de Martí y encaminar la investigación por otro rumbo”, ¿a qué tantos ataques, invectivas y mandatos, a quienes como yo y el Centro de Estudios Martianos en este específico caso, se entregan a esa labor que, al parecer, solo él puede llevar a cabo de manera correcta? ¡Cuánta soberbia!


Para concluir, exhorto a Camacho a continuar sus pesquisas en torno al asunto y a darlas a la publicidad, como acaba de hacer con sus dos pequeños volúmenes con textos martianos hasta hoy desconocidos para la contemporaneidad, pero también a que no se apresure demasiado. La prisa no es buena consejera en estos menesteres. Por mi parte, pronto retomaré gustosamente las mías desde una modesta e incómoda butaca de una calurosa biblioteca habanera donde colecciones únicas de polvorientos periódicos decimonónicos cubanos se deshacen a veces entre los dedos, copiando afanosamente a mano cuanta información relacionada con Martí pueda localizar con el único fin de salvar esa parte olvidada de su memoria para la “Patria [que] es humanidad”.








jueves, 5 de mayo de 2016

“Irma”, un apócrifo en la edición de “Obras completas” de José Martí

Dúplica a la réplica aparecida en CUBAENCUENTRO


Hace unas semanas publiqué un breve artículo en esta revista argumentando que el cuento “Irma” atribuido a José Martí por el investigador cubano Ricardo Luis Hernández Otero y sus colegas del Centro de Estudios Martianos recientemente, era un texto apócrifo, es decir, realmente pertenecía a otro escritor. Dije que este texto tenía una larga historia, ya que no fue Hernández Otero quien primero lo dio a conocer, sino Víctor M. Heres en 1942 en la revista Archivo de José Martí. Hernández Otero, sencillamente fue el único que se tomó en serio este cuento y durante un cuarto de siglo ha tratado de probar que pertenece al cubano.




El problema, como dije, era que no se sabía que este cuento apareció años después en el libro del escritor colombiano Santiago Pérez Triana junto con otros suyos, que tienen el mismo estilo y tratan el mismo tema. Y este hallazgo, advertí, era la prueba que necesitaban los críticos martianos que habían puesto en duda su paternidad para pedirle a los especialistas del CEM que sacaran este cuento de sus Obras completas.


Aclaré, no obstante, que esta no era la única razón por la que creía que este cuento no era de la pluma de Martí. En primer lugar, dije que tampoco estaba escrito en su estilo, que no lucía ninguno de los giros lingüísticos, ni el lenguaje poético que lo caracterizaba. Que era un cuento redactado en un estilo “purista”, como decía Juan Varela, que era propio del colombiano. El cuento, además, trata de una experiencia muy alejada a Martí. Ocurre en Alemania, lugar adonde fue a estudiar Pérez Triana, y nunca fue el cubano, y los críticos que han discutido este cuento, entre ellos el propio Varela, han dicho que este refleja su experiencia en aquel lugar y su admiración por aquella cultura. ¿Hay acaso argumentos más sólidos que estos para rechazar la paternidad martiana de este cuento?


Hernández Otero piensa que no son tan sólidos, y dice que este cuento se publicó primero con la firma de Martí y luego apareció en el libro de Pérez Triana. ¿Por qué? No lo sabemos. No obstante, quien esté familiarizado con los periódicos del siglo XIX sabrá que sus editores muchas veces no ponían mucho cuidado al publicar textos que habían aparecido en otras revistas. A veces no escribían ni siquiera el nombre del autor, no reproducían de forma íntegra las crónicas y a veces las atribuían a un escritor equivocado. Esto ocurría porque en esta época los periódicos tomaban las crónicas y los poemas donde “las hallaban!”, como le decía Martí a Mercado, y él mismo fue víctima muchas veces de estos saqueos.


En respuesta a mi artículo Hernández Otero y su amigo, “el Cubañejo andarín”, argumentan que Pérez Triana plagió a Martí. “Porque, al menos para mí, no hay duda de que se trata de esto” dice Hernández Otero. Yo no lo creo porque a pesar de que Santiago Pérez Triana hoy día es un escritor muy poco conocido, en su época tenía grandes admiradores y amigos, entre ellos Rubén Darío y el propio Martí, con quien fundó en Nueva York “La sociedad Literaria Hispano-Americana” en 1887. Justamente en la inauguración de esta sociedad Martí se expresó de una forma muy elogiosa sobre el colombiano diciendo:


Me siento como ungido, y este honor, en nadie hubiese podido recaer mejor que en quien recae por ser él persona distinguidísima. Este honor recae en quien debe porque al celebrar a D.S.P., [Don Santiago Pérez Triana] no sólo celebramos sus méritos propios, como proféticos y patriarcales.// Hay en la tierra de Colombia algo como aquello… (OC 7, 425)


¿Realmente cree Hernández Otero que este hombre plagió a Martí? Afirmar tal cosa es poner en duda esta amistad y las palabras de cubano. Por eso, antes de hacer estas y otras acusaciones injuriosas con el objetivo de manchar la reputación de algún escritor, creo que Hernández Otero debería tener mucho más cuidado, conocer mejor su vida, la amistad que los unió a los dos, y explorar otras hipótesis que no sean las del “plagio”.


Sospecho y sugiero, que este cuento se publicó en otra revista de Nueva York, donde ambos vivían en esta época. Tal vez en la misma revista La América, en la cual ambos trabajaron. Que se publicó con el nombre equivocado o sin nombre, y quienes recibieron la revista fuera de Estados Unidos reprodujeron el de Martí o simplemente asumieron que era suyo. Desgraciadamente, no tenemos todos los números de La América, ni de otras muchas que se salieron en esta época en Estados Unidos, y tendremos que esperar a que los especialistas en la obra de Pérez Triana nos digan dónde y cuándo publicó por primera vez estos cuentos.


Lamento, sin embargo, que el señor Ricardo Luis Hernández Otero haya tomado mi crítica a este error de atribución de una forma personal, porque yo no escribí este artículo para desacreditarlo a él, ni lo publiqué en este preciso momento para estropear su viaje por Estados Unidos. Mi propósito al escribir este ensayo fue rectificar la bibliografía de Martí y encaminar la investigación por otro rumbo. Las Obras completas de Martí tienen tantos errores, erratas, omisiones, y crónicas cortadas al gusto de los editores, que se necesitaría un contingente de especialistas para irlas depurando de tantos ripios. El cuento titulado “Irma” es solo un ejemplo.


Como dije en mi primer artículo quien quiera conocer mejor el tema y las razones que llevaron a este error que empiece leyendo el artículo del señor Hernández Otero y después lea el cuento de Pérez Triana. Yo, como he dicho, no tengo dudas de que es un texto apócrifo, pero si el señor Hernández Otero quiere seguir pensando que es de Martí y que Pérez Triana lo “plagió” esa es su opinión, a la que tiene todo su derecho, aunque esté por supuesto equivocado. Yo por mi parte, no tengo nada más que agregar a esta discusión y dejo a los editores de las Obras completas que son los que tienen el privilegio de decidir qué incluir y no incluir en sus Obras completas, que tomen una decisión al respecto.



martes, 3 de mayo de 2016

Historia de un error

“Irma”, un cuento mal atribuido a José Martí




Recientemente en la nueva edición de las Obras completas de José Martí, que está editando el Centro de Estudios Martianos de La Habana, se publicó el cuento titulado “Irma” que los especialistas del Centro atribuyen a la pluma del cubano. Este cuento lo dio a conocer Víctor M. Heres en 1942, en la revista Archivo de José Martí, y desde entonces los especialistas han tenido dudas e incluso han negado su paternidad. Porque como se sabe, Martí no era un “cuentista,” ni se movía con facilidad en este género a pesar de que es cierto que escribió y tradujo algunas piezas de este tipo. No obstante, en el año 2000, el crítico Ricardo Luis Hernández Otero retomó unas investigaciones que ya había comenzado en los años 70, y publicó este cuento en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, junto con una breve nota donde explicaba por qué él creía que había que considerar este cuento como de la pluma del cubano.

Las razones que dio entonces eran que no debíamos “continuar ignorando” 1) que “existe un cuento con la firma de José Martí y la indicación al pie Nueva York, donde nuestro José Martí residía desde hacía varios años”, 2) que “dicho cuento fue publicado en 1885 en una revista habanera dirigida por un español a quien nuestro Apóstol había fustigado desde México, había conocido después en La Habana”, 3) que “en la misma revista aparecería en 1888 otro texto suyo, este sí con la indicación precisa de la publicación de donde había sido tomado (de la cual era redactor principal, a veces único, José Martí)”, 4) que “el cuento que se analiza fue dado a conocer como suyo en la revista especializada Archivo José Martí en 1942; y sin embargo, no sólo no se le ha incluido en sus Obras completas…” (11).

Todas estas razones, que se entenderían mejor si se lee todo el artículo de marras, llevaron a los especialistas del Centro de Estudios Martianos a incluir en su última edición de las Obras completas, “el cuento titulado «Irma», de reciente adjudicación a Martí como autor” (OC 17, 6), con una breve historia al final poniendo por todo lo alto esta investigación. Hasta Encuentro en la red se hizo eco de esta historia y publicó la noticia del supuesto hallazgo.

¿Cuál es el problema entonces? El problema es que este cuento NO es de Martí. El cuento fue escrito y aparece con este mismo nombre, en el libro del escritor colombiano Santiago Pérez Triana (1858-1916)Reminiscencias tudescas (1902). Lo único que falta en la versión que se le atribuye a Martí es el primer párrafo del cuento, la cita en alemán que lo encabeza y algunas frases que están modificadas. El resto es exactamente igual. Esto nos dice que no es un cuento de Martí y que seguramente fue una versión anterior que Pérez Triana publicó en algún periódico y luego fue mal atribuida al cubano.

Juan Valera (1824-1905), el famoso crítico español, fue quien escribió el prólogo de la obra y ya entonces aclaraba que el libro presentaba animadas pinturas de “la vida y costumbres universitarias en Alemania”, adonde fue a estudiar Pérez Triana —y no fue a estudiar, por supuesto, Martí, como alguna vez se preguntó Hernández Otero. Su libro —no sólo este cuento— es una especie de tributo a los alumnos y profesores que conoció en aquel país. Varela explica, además, lo que quienes leían el cuento como si fuera del cubano, no podían entender. El “purismo” de la lengua de este escritor, —purismo entendido como dice Varela, en una forma “amplia y liberal”, pero al fin y al cabo, purismo, que no se aviene con la “selva” martiana, ni con el estilo metafórico de sus crónicas por esta época.

Todo el libro de Santiago Pérez gira, por tanto, alrededor de su experiencia de estudiante y los títulos de los cuentos nos dan una idea de lo que dicen. “Irma” es el primero y comienza con una cita de Schiller. “Otto” es el segundo, y comienza con otra cita de J. V. von Scheffel. “Karl” es el tercero, y está acompañado de una cita de Goethe. El cuarto, “Hans” comienza con una cita de Uhland. El quinto, “Herrmann” con otra de una canción popular Volkslied, y el sexto y el séptimo, con una de Schiller, y otra de Hoffmann von Fallersleben. Todas están en el idioma original, en alemán, que Martí tampoco hablaba, ni nunca escribió.

¿Por qué se publicó entonces este cuento con la firma de Martí en la revista La Lotería de La Habana? No lo sé, pero algo nos debe decir que Martí haya fustigado a su editor, un integrista, desde México. No tengo entonces que repetir que el cuento “Irma” está mal atribuido al cubano, y si algunos críticos lo pensaban pero no tenían la prueba, aquí está. Espero que ahora que sabemos quién es el verdadero autor, los editores de las Obras completas de Martí lo retiren de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre.

Obras citadas: