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lunes, 2 de octubre de 2017

Función de la crítica

Publicado: Domingo 01 octubre 2017 | 01:51:05 AM
Actualizado: Domingo 01 octubre 2017 | 02:14:43 AM

digital@juventudrebelde.cu

Cuando José Martí definió el «ejercicio del criterio», se estaba remitiendo al origen más remoto del concepto de crítica. Para los griegos, se trataba de establecer las bases para discernir la necesaria búsqueda de la verdad mediante un instrumental analítico. Nunca neutral, se fundamenta en una perspectiva filosófica y se proyecta hacia el diseño de una sociedad en función del desarrollo humano. Ese propósito anima la inmensa obra periodística del Maestro.

En la preparación y desarrollo de la Guerra Necesaria habría de estar, para José Martí, el germen de una República «con todos y para el bien de todos», con participación de los pinos nuevos, del sector obrero en crecimiento y con una noción de cubano que incluía en igualdad de condiciones, al blanco y al negro. Sabía también que la conquista de la soberanía nacional implicaba la asunción del destino común de las Antillas y de la América Latina toda. Su práctica periodística se orientó a definir esos contextos. Subrayó, por ello, nuestras especificidades y los peligros que nos amenazaban. Delineaba de esa manera, los signos identitarios, reconocibles también en su examen de las expresiones de las artes y las letras que aparecían en Cuba. De clara intención programática, su ejercicio crítico anotaba luces y sombras, pero el enfoque no dejaba de remitirse a una perspectiva integradora.

Válida cuando estaba fraguando la nación, la perspectiva crítica martiana es imprescindible en la actualidad. En un mundo mucho más complejo, las formas de dominación han adquirido un grado extremo de sofisticación. Sin descartar el empleo de la fuerza mediante la acción combinada de las armas y las represalias económicas, se apela también a la construcción de subjetividades con el empleo de recursos tomados de las ciencias sociales, la sicología y la semiótica, entre ellas. De las formas primarias de la publicidad, dirigidas a la venta de un producto, se ha pasado a fabricar, a escala planetaria, consumidores para el mercado, todo ello alentado por una filosofía de la vida que apunta a la evasión, a la búsqueda del placer a cualquier precio, a la exacerbación del individualismo, a la crisis de los fundamentos éticos del comportamiento humano y a la neutralización de todo proyecto transformador de la realidad. Hipnotizados por los mismos estímulos, constituimos una masa gregaria en la que, paradójicamente, fracturados los esenciales nexos solidarios, andamos más solos que nunca.

A contracorriente del poder hegemónico, el proyecto de emancipación socialista implica una filosofía de la vida y la formación de un ser humano actuante en la transformación de la realidad. Se sitúa, por tanto, en el terreno de la cultura. Desde ese punto de vista, el discernimiento analítico abarca el desmontaje de las contradicciones fundamentales de cada época y el desarrollo de un pensamiento crítico respecto al proceso de construcción de una sociedad justa, apuntalada en los valores, que dimana de un esencial compromiso solidario. Esa vigilante búsqueda de la verdad alienta en la acción y la obra del Che.

Muchos reclaman la necesidad de una crítica constructiva. Yo preferiría adscribirme a la modelación de una crítica participativa, involucrada en la búsqueda de la verdad, enraizada en los conflictos de la realidad, proyectada hacia un horizonte transformador, atenta a los obstáculos que se interponen en el camino en el plano tangible de los hechos objetivos y en lo referente a la zona sutil y soterrada de los valores y las mentalidades. Considerada así, puede ofrecer señales tempranas de alerta ante peligros latentes, contribuye al desarrollo de una cultura revolucionaria atemperada a las exigencias de la contemporaneidad. Despojada de autoritarismo, con plena conciencia de que todo análisis entraña un margen de error, puede establecerse un diálogo reflexivo con los variados sectores que integran el entramado social. Durante algunos años, ejercí la crítica como oficio circunscrito al ámbito de la creación artístico-literaria. Al escribir, intentaba imaginar el perfil de mis interlocutores potenciales. En aquellos días de fundación estaba emergiendo un público espoleado por el deseo de apropiarse de bienes espirituales, a los que accedían por primera vez. Pensando en ellos, debía ofrecer claves que viabilizaran una lectura provechosa, soslayando siempre la tendencia a subestimar la inteligencia y la sensibilidad latentes en el destinatario. No podía olvidar tampoco al artista auténtico, comprometido desde lo más profundo de sus entrañas en la realización de su obra. Con toda modestia, mi testimonio podía contribuir al necesario proceso de retroalimentación.

En el cincuentenario de su caída, la presencia del Che alienta entre nosotros con más fuerza que nunca. Mundialmente reconocida, la estampa del guerrillero se agiganta. Su tarea de constructor mantiene también plena vitalidad. En ella, el pensar y el hacer fueron inseparables. Cortó caña y comprobó el funcionamiento de las primeras alzadoras. Convirtió en práctica institucionalizada el ejercicio de la crítica. Su análisis de la experiencia socialista acumulada reafirmó su convicción de la necesidad de transformar, parejamente, a la estructura económica y al hacedor de esos cambios. Concedió tiempo y espacio al debate teórico. A la vez, hizo de la crítica un medio permanente para sembrar principios éticos en el vivir cotidiano, porque la nueva sociedad arrastraba un indeseable rezago del pasado. Las huellas de esa permanente vigilancia crítica y autocrítica aparecen en su rico anecdotario, en sus escritos teóricos y aun en el más íntimo testimonio de su diario.

Ante los desafíos del mundo actual, la crítica participante define las coordenadas de las fuerzas en conflicto. Con ese referente indispensable, fija la mirada en nuestro entorno inmediato donde reconoce los paradigmas y advierte las fisuras que se manifiestan en nuestro cuerpo social, tanto en las conductas que vulneran principios de legalidad, como en aquellas lacerantes de las sensibilidades como sucede en el desparpajo de la vulgaridad y en la ostentación impúdica de bienes de dudoso origen. Fieles a la construcción de un modelo alternativo, nuestro horizonte abarca, en última instancia, a los pobres de la tierra, a los pueblos del sur, a los excluidos de siempre y a la preservación del planeta amenazado. Nuestra plataforma política propone un proyecto humano inseparable de su fundamento ético y de la formación de una cultura en la que habrá de crecer un sujeto crítico, capacitado para rehuir la seducción del facilismo y de asumir que el porvenir de cada uno está vinculado con el de su comunidad.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Por un costumbrismo crítico..

Por Graziella Pogolotti 

Graziella Pogolotti • 
2 de Septiembre del 2017

Formamos parte de un país que dispone de una brevísima e intensa historia. Nuestros primeros pobladores dejaron escasas huellas. Luego, fueron llegando los españoles que impusieron la inmigración forzosa de africanos. Nuestra demografía en los años que siguieron a la conquista se vio empobrecida por la partida de quienes se marcharon al continente, seducidos por el espejismo del oro y la plata. Con el andar del tiempo, los que radicaron en la Isla y sembraron familia, se fueron acriollando. Se modificó el habla, cambiaron las costumbres y, por razones de clima y de recursos, las ciudades evolucionaron con perfil propio. La mentalidad, los estilos y expectativas de vida acentuaron diferencias entre los nacidos en Cuba y sus padres. Aparecían también las contradicciones entre el monopolio expoliador de la metrópoli y los intereses económicos de los lugareños.

La agudización de las contradicciones con España se une a la conciencia de nuestra singularidad para forjar paulatinamente el sueño de la nación.

Los rasgos característicos de nuestro perfil se precisaban al contemplarnos ante un espejo. Los escritores asumieron esa tarea, punto de partida para la conformación de un imaginario colectivo. Era la obsesión de Heredia en sitio tan distante como las cataratas del Niágara, y el desgarramiento de Gertrudis Gómez de Avellaneda al abandonar la tierra en que había nacido. Estaba en el descubrimiento de la peculiar luminosidad de nuestro paisaje.

Con extrema prodigalidad y riqueza, el costumbrismo se expandió a lo largo del siglo XIX. Para los contemporáneos, fue un modo de afirmar nuestra singularidad. La posteridad ha podido descubrir en esos textos el registro de un ambiente de época a través del testimonio de un vivir cotidiano que incluye una significativa franja de la sociedad. La mirada del observador recorre mercados, el vestuario y la conducta de las vendedoras de una repostería hecha al gusto de los paseantes, en las celebraciones tradicionales, en la vida de los salones y en los sitios dedicados a la recreación.

El costumbrista resulta a veces complaciente en exceso, al extremo de eludir en sus viñetas las zonas más oscuras de nuestra realidad. Podemos tropezar con la zona marginal representada por los curros del manglar, pero el acercamiento al drama social y humano de la esclavitud es mucho más cauteloso.

Los reformistas condenaron la trata negrera, pero no pudieron plantearle la abolición radical al sistema. Precursor de una ciencia en formación, en su prosa reflexiva José Antonio Saco intenta un análisis sociológico de las razones de algunos de los males que hemos arrastrado en nuestro devenir; la vagancia y los juegos de azar, que se sumergen y renacen como el irreductible marabú que inficiona nuestras tierras.

Desde la publicación de Contradanzas y latigazos, Reinaldo González no ha abandonado el estudio de Cecilia Valdés, clásico indiscutible de nuestra literatura, lectura imprescindible para todos los cubanos. Con esa novela, Cirilo Villaverde dio término al ambicioso empeño de toda una vida. Encontró maestros en los escritores europeos de su época, pero su intuición de artista lo condujo a entrecruzar la perspectiva sociológica con una penetrante capacidad de observación sicológica. En su voluntad de descubrir las interconexiones subyacentes en una realidad compleja, conduce al lector a un recorrido por la capital y por las zonas rurales. Atraviesa los estratos de la sociedad cubana, desde el comerciante español hasta el quehacer de ingenios y cafetales. Pasa junto a los mestizos que desempeñan oficios. Mira de soslayo a los estudiantes del seminario San Carlos. Describe la condición de los esclavos y advierte, con notable perspicacia, la marca de esta infame institución en víctimas y victimarios. El acercamiento abarcador a conflictos que atraviesan la sociedad se complementa con la sagaz visión del ámbito familiar de los Gamboa y la manifiesta ambigüedad latente en el vínculo entre Leonardo y su madre.

La literatura del siglo XX tomó otros rumbos, aunque nos dejó el perfil crítico del trepador Juan Criollo. No faltó, sin embargo, la crítica de costumbres. Se hizo a través del periodismo. La ejerció de manera ejemplar Emilio Roig, quien supo compartir su tarea en los campos de la investigación histórica y de animación cultural con una acción pública en favor de la cimentación de la conciencia ciudadana. En las modalidades de la convivencia cotidiana se manifiesta también el sueño martiano de preservar, ante todo, la dignidad suprema del hombre en lo que tiene de esencial, el respeto al otro.

En el aquí y el ahora del obligado quehacer de cada día, observamos la vulneración creciente de normas de conductas básicas para garantizar, en lo espiritual, una adecuada convivencia entre los seres humanos y, en el orden de la práctica concreta, un mejor funcionamiento de la sociedad. Desde la espontaneidad, se socavan los valores que sustentan un imaginario que subvierte los momentos esenciales para un presente en que germinan las semillas del porvenir. La prepotencia se expresa en la actitud del vendedor con el cliente, del funcionario que maltrata al demandante, de los poseedores de bienes adquiridos al margen de la ley y los exhiben sin recato ante quienes disponen apenas, con su trabajo honrado, de un salario depreciado. Las bocinas estentóreas perturban el descanso del vecindario. Los basurales tupen nuestras avejentadas alcantarillas, propician el derrame de aguas negras y violan condiciones de higiene indispensables para detener la propagación de epidemias. La coreografía de las fiestas de quince rinde culto a la ostentación y a la más ramplona cursilería.

Hay espacios en nuestra prensa para el registro crítico de fenómenos de nuestra realidad. Más allá de la observación del hecho aislado, se impone profundizar en las causas de las cosas y abordar el problema de manera integral. El funcionamiento de las instituciones tiene que ofrecer muestras de ejemplaridad en el cumplimiento de las normativas legales, eludir la persistente tendencia justificativa, actuar con prontitud y eficacia al responder a los demandantes, convertirse en modelo de trato respetuoso, aplicar sanciones requeridas en caso necesario, restaurar el estricto cumplimiento de la ley.

El pueblo trabajador es el mayor tesoro de la nación. Desde el siglo XIX los visitantes de otros países admiraron nuestro paisaje, pero reconocieron, sobre todo las cualidades del cubano cordial. Preservar esa virtud es compromiso esencial en este momento histórico.

lunes, 15 de mayo de 2017

Para un diálogo productivo entre lo abstracto y lo concreto


Graziella Pogolotti • Juventud Rebelde


De manera natural, el tema de nuestra identidad se expresa en el ámbito cultural desde tiempos remotos. Su antecedente más lejano puede reconocerse en Espejo de paciencia, ese singular poema épico en tono menor inspirado en el contrabando. Luego se manifiesta en nuestros historiadores tempranos que, en el siglo XVIII, empiezan a interrogarse acerca del qué somos y del cómo somos. En dirección similar apunta la crítica formulada por el padre José Agustín Caballero a la escolástica dogmatizante. Los criollos comenzaban a marcar su diferencia. A partir de entonces, con conciencia creciente de nuestra condición colonial, fue cristalizando, en el reconocimiento de nuestro entorno, una rica obra de imaginación y pensamiento. En los 80 del pasado siglo, el Ministerio de Cultura auspició una investigación que abordaba el asunto desde la perspectiva de las ciencias sociales. El muy reconocido texto de Carolina de la Torre constituye uno de los resultados de aquel proyecto.

La globalización neoliberal, con sus repercusiones en todos los planos de la vida, coloca el tema en una dimensión más amplia. Se han emprendido numerosas investigaciones al respecto, orientadas casi siempre al estudio de los sectores juveniles. Sin conocer las premisas de estos trabajos, sus enfoques me llevan al planteo de varias interrogantes. Algunas giran en torno a la conveniencia de establecer un corte generacional prescindiendo de un contexto más complejo. Por otra parte, me pregunto acerca de las herramientas empleadas para abordar un delicadísimo problema en el cual confluyen factores intelectuales y afectivos.

Al nacer, la criatura carece de identidad. La construye en el contacto físico con la madre, en el despertar de los sentidos y en las circunstancias que configuran el ambiente que la rodea. En esta iniciación, lo afectivo ejerce un dominio absoluto. La paulatina adquisición de la palabra establece la intersección entre lo intelectual, lo afectivo y lo meramente sensorial. Acompañada de la voz, la palabra transmite nociones y con su tesitura modela sensibilidades.

El medio familiar constituye, pues, la matriz iniciática de la definición de una identidad cultural. Es la base constructiva de valores, de normas de relación entre los seres humanos, basadas en el respeto mutuo y en la doble capacidad de observar y escuchar. Desde lo más elemental, la cocina tradicional, la familia es un vehículo básico de transmisión de una memoria cultural fundada en las zonas más íntimas de la cotidianeidad, entre tantas otras, las anécdotas de padres y abuelos. De manera más o menos consciente interviene con peso decisivo en la formulación de proyectos de vida y en los modos de configurar la noción de la felicidad. La atmósfera de armonía, o su contraparte, el ejercicio de la violencia física o sicológica, marcan indeleblemente las conductas de las criaturas en formación. La vida moderna, con su ritmo apresurado y con la intromisión de entretenimientos invasivos del hogar, ha debilitado el papel de la familia. El fenómeno es universal, pero alcanza un grado alarmante entre nosotros.

A medida que va creciendo, la criatura amplía su círculo de interacciones. El barrio y la escuela se interrelacionan. Complementaria del medio familiar, corresponde a esta última una acción múltiple, formativa, en el diseño de una identidad cultural. Sin renunciar al factor afectivo, imprescindible en el vínculo entre alumnos y maestros, entra en juego la ancha zona que corresponde a los valores y al conocimiento. En el primer caso, ha de regirse por el principio insobornable de justicia. En el segundo, interviene de manera fundamental el dominio de la lengua como instrumento para la captación de matices, la enseñanza de la historia y el conocimiento de la literatura nacional.

Es el momento de acceder, con todas sus implicaciones, a la noción de patria, razón de ser y compromiso con las generaciones que nos precedieron. Siempre en lucha con la adversidad, nos dotaron en lo material y en lo espiritual de lo que tenemos, reconocible en la maravilla de nuestras ciudades, en la obra de escritores y artistas, tanto como en la existencia de quienes sacrificaron vida y juventud para dotarnos de un espacio propio.

Adentrarse a través del doble carril de la inteligencia y de los sentimientos en el proceso histórico de una isla pequeña y escasa de recursos, capaz de enfrentar con el valor y la astucia a adversarios que la superan en dimensión y poderío, transmite noción de pertenencia e infunde el orgullo de compartir la identidad propia con un proyecto colectivo. A lo largo de medio milenio, muchos han sido los sacrificios para forjar el perfil de lo que somos. Una nación que convoca e interpela con voz autorizada, porque alcanzó su independencia tras 30 años de lucha, término incomparable en duración y esfuerzo con el de ninguna otra del continente. Frustrada la victoria, recobró fuerzas y voluntad. Derrocó tiranos y encabezó las reivindicaciones de un Tercer Mundo víctima del neocolonialismo. Llegado el momento de negociar, lo hizo en paridad de condiciones. Ahogada por una guerra económica implacable durante medio siglo, ha sido capaz de resistir y seguir haciendo obra. Tuvo que pagar un alto precio, padecer necesidades y sufrir desgarramientos por la lejanía de quienes, familiares y amigos, decidieron tomar otros rumbos. Y, sin embargo, subsisten reservas morales. A ellas tiene que apelar la sociedad toda para sanar cicatrices, para combatir los vicios que amenazan corroernos y restaurar la fe en la capacidad infinita de levantarnos y continuar la marcha. Martí ridiculizó al aldeano vanidoso. Al mismo tiempo, supo rendir homenaje a quienes, con las armas y el obrar virtuoso, sembraron conciencia y templaron el alma para el enfrentamiento decisivo.

La nación se hace todos los días mediante el actuar eficaz de sus ciudadanos. En ese presente que nos envuelve y en la recuperación viviente de la historia construida entre todos, se reconocen los hechos concretos de la realidad. En el plano simbólico de lo abstracto está la síntesis que reverenciamos. La bandera y el himno se gestaron en la sangre, en la lucha, en el inmenso sacrificio de la existencia en los campamentos mambises y en el dolor infinito de los padres que ofrendaron sus hijos. Les debemos reverencia y respeto. No podemos vulgarizar su uso, sino enaltecer su presencia en los instantes excepcionales. Con sus peculiares ideas, sus arrestos y su voluntad de reafirmar su identidad, los jóvenes se integran a una comunidad intergeneracional, porque toca a ellos continuar nuestra lucha y sostener la defensa de una soberanía difícilmente conquistada.