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martes, 4 de julio de 2017

Mientras los dinosaurios despiertan


Ninguna sorpresa: el pescado estaba al horno… aunque ya olía a podrido. Donald Trump en Miami con los restos de la Brigada 2506, los derrotados de Girón, los cambiados por compotas, en un grotesco acto de la peor ralea política y ante una multitud enardecida de ardiente militancia en la derecha asesina y antediluviana, que gritaba USA, USA, USA… ¿Qué podía esperarse, sino politiquería caricaturesca? Hay quien asegura que Trump fue asesorado por un oficial encubierto de los órganos de la Seguridad del Estado criolla, pues el resultado de esa aberración escénica fue lograr una impresionante unidad contra el susodicho engendro mediático entre cubanos dentro y fuera de la Isla, con las más diversas ideologías y matices, incluidas las conservadoras, pero al menos, cubanas: pocas veces una acción política se ha traducido en tanta unión contra ella; en realidad, un verdadero éxito.

Foto Internet

Trump creyó que debía ir allí a respaldar al senador Marco Rubio, El Vampiro Baby Face, según lo apodó un amigo ―norteamericano y republicano, por más señas, conocedor de política, quien me aseguró que con la inexperiencia de Rubio a ningún estadounidense sensato se le ocurriría nominarlo para nada―, porque sigue corriendo la investigación por el caso de James Comey, exdirector del FBI, y la influencia del senador Rubio pesa. Pero Trump es así; se hace el que se deja engañar con el cuento de que obtuvo el “voto cubano” en la Florida, para justificar su presencia, pero realmente se trata de un negocio, un tráfico de apoyos: “yo vengo aquí a respaldarte y tú me ayudarás en el comité de investigación”. No es raro este comportamiento; recordemos lo que le dijo al presidente argentino Mauricio Macri: “Ayúdame con China, que yo te ayudo con lo de los limones” ―se refería a la suspensión provisional del comercio de limones entre Argentina y Estados Unidos por asuntos sanitarios―; en realidad fue una manera irónica de humillarlo, porque ¿cómo podría Macri ayudar a Trump con China? Trump fue a Miami a cumplir con Rubio, y si no fuera porque estamos hablando del pronunciamiento del presidente de la potencia militar más grande del planeta sobre las relaciones futuras con una isla del Caribe, cualquiera pensaría que se trata de las maniobras de Michael Corleone para contener las acusaciones del senador Pat Geary, cuando fue investigada su familia en el Senado. 

Al final, ¿cuál es el resultado de esta representación jurásica? Se deroga el decreto del presidente Barack Obama, pero imposible dar atrás a los convenios firmados, especialmente los relativos a Seguridad Nacional de Estados Unidos ―no, Mayeya, con los santos no se juega―, y casi imposible revertir el proceso de viajes y negocios, porque esto iría en contra de los intereses de ciudadanos estadounidenses, incluso algunos muy poderosos, y es poco probable que un Corleone actúe así. Por mucha enfermedad obsesiva contra Cuba, por mucha prepotencia que se pretenda imprimir en las relaciones internacionales y por mucha ignorancia que se tenga acerca de la sociedad y cultura cubanas actuales, del funcionamiento de su economía y comercio, resulta absurdo volver a la época de la Guerra Fría en un escenario tan diferente. Los actores de este sainete desconocen la realidad de la Isla, se la han imaginado bajo esquemas y etiquetas fabricados por ellos mismos, y a fuerza de repetirlos una y otra vez, se los han creído, y los que no se los creen lo aparentan porque les conviene: son los empleados que paga Tom Hagen, el inefable asesor de los Corleone.

Todo el mundo sabe que los trabajadores del turismo en Cuba no son militares; que los hoteles cubanos reciben suministros de empresas estatales, cooperativas y productores individuales; que una disminución de turistas en la Isla perjudica a los dueños de hospedajes privados, a quienes alquilan autos o brindan cualquier servicio asociado a esta industria; que una afectación a la economía y al comercio involucra a todo el pueblo, porque escasean las materias primas necesarias para desarrollar no solo la producción estatal, sino la de los emprendedores que se pretende “empoderar”...; eso está muy claro para los cubanos, residan donde residan, pues solo basta un mínimo de relación con familiares y amigos en la Isla para conocerlo.

Las relaciones de Cuba con Estados Unidos son irreversibles, se estrecharán tarde o temprano, pase lo que pase y quiérase o no, porque se basan en la comunicación entre pueblos con una larga historia de vínculos y cuentan con el creciente apoyo de los estadounidenses y de la gran mayoría de los cubanos. La vuelta al pasado es una fantasía sustentada en el odio y el rencor, que no construye ningún futuro ni ninguna política. Trump sabe que no hizo política en Miami; fue también a despertar a sus dinosaurios para meter miedo, una fórmula que a veces ha dado resultados en Estados Unidos, pero en Cuba solo ha servido para provocar un efecto bumerán; fue a prometer a los vampiros que habrá sangre, porque el presidente teme enredarse en problemas con la justicia, pero posiblemente él mismo intuya que el destino final del bloqueo sea descansar con los peces, como Luca Brasi.

En realidad, ¿qué firmó Trump? Todavía sin instrumentar por la OFAC, propuso la prohibición de viajes individuales, violatoria del derecho de sus nacionales a viajar a Isla de forma personal, pues deberán hacerlo en grupos y por alguna de las razones autorizadas. Los ciudadanos norteamericanos no podrán, como simples turistas y en igualdad de condiciones a los del resto del mundo, recorrer el reconstruido Centro Histórico de La Habana Vieja, sentarse a la célebre barra del Sloppy Joe, tomarse ―como su compatriota Ernest Hemingway― un daiquirí en el Floridita o un mojito en La Bodeguita del Medio; asistir al clásico espectáculo de Tropicana ni a la descarga musical del Jazz Café, participar de la variedad cultural de la Fábrica de Arte o bailar en la Casa de la Música; se perderán el Festival de Ballet, la Bienal de La Habana, el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano o el de Gibara...; tampoco podrán admirar, sin una justificación “convincente”, la belleza romántica de Camagüey y Trinidad, declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, ni las remozadas capitales provinciales, especialmente Santiago de Cuba; ni bañarse en las tibias aguas de Varadero y Guardalavaca, ni contemplar el impresionante paisaje de Viñales, ni competir en el torneo internacional de la pesca de la aguja, sumergirse en alguno de los 525 puntos de buceo, observar sus preferidas entre las más de 16 500 especies de fauna descritas con 90% de endemismo, o de flora, con unas 6 300 variedades. Aunque nada de ello supera en Cuba a su pueblo y a su cultura cotidiana.

Mientras los dinosaurios despiertan y los vampiros se hinchan, Cuba continuará cambiando, como lo ha hecho a lo largo de toda su historia, y desde 1959, para beneficiar a la mayoría del pueblo. Ahora, cuando Trump, gracias a sus asesores ―incluido el Elpidio Valdés que algunos sospechan―, nos ha ayudado para unirnos, es un momento oportuno. Pero resulta imprescindible aprobar definitivamente dos asignaturas pendientes: lograr mayor eficiencia y eficacia en la prosperidad económica, con el menor costo ambiental posible y contando con el lastre del bloqueo como si fuera natural y eterno, aunque se siga reclamando su levantamiento; y consolidar la república socialista y el perfeccionamiento y completamiento de leyes y derechos, blindaje contra la corrupción y la politiquería, y garantía para la democracia participativa e inclusiva.

Un país mejor, un pueblo más feliz, unos ciudadanos con patriotismo más arraigado, convertidos en defensores genuinos de la patria a partir de pensamientos propios y real compromiso, una juventud convencida desde el corazón y el cerebro de que aunque no vivan en una sociedad perfecta está en sus manos mejorarla, es la mejor respuesta a los peligros que siempre nos acecharán desde el gobierno del vecino poderoso y su industria de homogeneización cultural que arrasa con identidades y siembra odio, rencor, miedo y frustración. Defender la independencia y la soberanía de Cuba ha costado mucha sangre y sacrificios, desde la colonia española y la república dependiente del capital norteño: ha llegado el momento de demostrar nuestra madurez como nación.

La Uneac y la AHS han emitido breves y ejemplares mensajes de unidad cívica a partir de la cultura, que han sintetizado la respuesta que necesita esta etapa mesozoica de politiquería desde el otro lado del Estrecho de la Florida. No hay que convertirse en diplomáticos ni en politólogos, hay que construir consensos con un lenguaje en que nos sintamos representados: hagamos real política socialista. Cada uno de nosotros lleva en sí tonalidades, melodías, armonías, cadencias y ritmos, como para suene una enorme banda que pueda acompañar la voz de Cuba, Cuba, Cuba… Ojalá podamos reunir en la Plaza de la Revolución a todas las orquestas de las Escuelas de Arte creadas por la Revolución para, con mil variaciones y afinación impecable, interpretar el llamado al combate del Himno de Bayamo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

La utilidad de la historia

Fuente: CUBARTE

En el artículo que Fidel Castro escribió en su cumpleaños 90 –Granma, 13 de agosto de 2016– hay una confesión: 

Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine. Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer. 

Al repasar su niñez, se duele por no haber ido a un cine, a disfrutar del experimento cultural más novedoso de su época, y sabe que posiblemente muchos perdieron potencialidades, porque cuando no hay una enseñanza adecuada o una insuficiencia de educación en los primeros años de vida, medio para llegar a la cultura, esta privación resulta a veces insustituible en la adultez, porque influye o decide en muchísimas cuestiones esenciales de la existencia. Fidel, en su adolescencia y juventud, completó con creces la cultura de que careció en la niñez, pues sustituyó prontamente ese déficit, pero ni todos somos tan ágiles autodidactas como él, ni tenemos su privilegiada memoria, ni mucho menos su capacidad de razonamiento y de relación, una de las virtudes más sobresalientes de su intelecto. 

Fidel es un político culto –especie en extinción–; por ello puede adelantarse a la Historia. La incultura aplana al ser humano, y la falta de profundidad en los juicios sobre la sociedad imposibilita la construcción de un criterio político sólido y, por tanto, propio, carencia ideal para que otro se aproveche y presente ciertas «recetas», listas para la aceptación y el consumo. La ignorancia de los dirigidos es el paraíso de la dominación de no pocos políticos: somos más vulnerables en la medida en que desconocemos más. Quizás por ello en los momentos más difíciles del socialismo cubano, el líder de la Revolución aseguró que la cultura era lo primero que había que salvar. 

Entre las carencias de la preparación cultural, se encuentra el desconocimiento de la Historia, o su mal conocimiento, pues si la memoria histórica se resume a ser un azote improductivo para repetir lo que sucedió, no sirve y será inútil; la Historia tiene que ser herramienta para el entendimiento de la realidad de ahora mismo en toda su complejidad, e incluso, pedestal para avizorar el escenario que está por venir, es decir, el porvenir. Políticos y políticas que no tengan esto en cuenta, serán fugaces y tanto sus nombres como sus fracasadas acciones se olvidarán muy pronto.

Lejos de la densa, parcial, idílica, personalista y triunfalista visión de buena parte de los historiadores, enseñada en las escuelas con bastante frecuencia, la que día a día se establece en las memorias colectivas de los más jóvenes mediante diversas vías, aparentemente más sencilla, bipolar y contradictoria, objetiva y polémica, es la que contribuye realmente a la construcción epistemológica actual. No hacen falta métodos de aprendizaje con genealogías de poder y triunfo incorporadas a “biblias”, ni frases repetidas como recurso mnemotécnico, único medio para transmitir el conocimiento unidimensional en la antigüedad. Las civilizaciones, a partir de la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, han realizado fabulosas insurrecciones gnoseológicas, y han convertido los descubrimientos científicos en una asombrosa práctica, recientemente de manera casi inmediata y cotidiana, accesible incluso para los niños, que ha dejado rezagada, por pasiva, hasta a la novedosa televisión de nuestra infancia, pues hoy la interacción constituye un requisito indispensable para la comunicación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las sucesivas revoluciones de las tecnologías de las telecomunicaciones y la informática, las ciencias biológicas, y las del conocimiento general, incluida la robótica, alcanzaron una vertiginosa rapidez de aplicación, a tal punto que el científico holandés Paul Crutzen –Premio Nobel de Química en 1995 por sus descubrimientos en la destrucción del ozono atmosférico– ha nombrado a esta era geológica como Antropoceno, pues posiblemente después del paso de los humanos por el planeta, vendrá la séptima gran extinción masiva. 

Esta puede ser la realidad de un fin de una historia en el mundo por las prácticas de consumo que ha establecido el capitalismo, lejos del “fin de la Historia”, que agoreros neoliberales lanzaron con despliegue de publicidad y aparataje seudocientífico hace algunos años, y en la que no pocos incautos creyeron, cuando se derrumbó un tipo de «socialismo» que había torcido el camino sustituyendo una enajenación por otra y alejándose de la emancipación social. Cuba, desafiando las leyes de gravitación hacia Estados Unidos y con un ético programa de justicia e inclusión social, no solo resistió los embates de esa primera economía mundial que la bloqueaba, sino que emergió victoriosa hasta lograr su reconocimiento como país «diferente». ¿Pueden explicarse estos hechos a partir del texto de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre? 

Existe un cuantioso patrimonio audiovisual e iconográfico, que ha superado considerablemente el cine de la época de la niñez de Fidel, y que todavía espera por ser incorporado a la enseñanza. También hay publicados valiosos textos que es necesario tener ya en cuenta en los planes docentes, pues contribuyen a conformar la cultura histórica y política imprescindible para no perderse en el escenario mundial contemporáneo. Entre esos libros están los dos excelentes volúmenes de Ernesto Limia Díaz: Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, y Cuba Libe: la utopía secuestrada, ambos con dos ediciones cubanas, y ahora Cuba: ¿fin de la historia?, puntual síntesis de razonamientos concatenados para desentrañar la verdadera naturaleza de la relaciones de la Isla con el coloso vecino del norte, único modo de entender el nacimiento de la nación cubana, el transcurso de la república dependiente de Estados Unidos, qué retos venció y enfrenta hoy la revolución socialista después de la caída del muro de Berlín, y cuáles tendrá que asumir el país rebelde ante nuevos y complejos desafíos. Desde que Cuba forjó su identidad cultural en el siglo XVIII, mucho antes de ser nación, ha luchado contra todas las potencias imperiales del mundo. Dos líderes de estatura planetaria han conducido la ideología y la acción antiimperialista de su pueblo para construir la república y el socialismo: José Martí y Fidel Castro. 

La estructura del libro de Limia resume algunos momentos y procesos cruciales del nacimiento de la nación y los permanentes intentos de dominación por parte de Estados Unidos, hasta llegar al instante actual: desde la gestación de la nacionalidad basada en la identidad cultural y pensada por Félix Varela, un sacerdote católico que también fue, a juicio de Emilio Roig de Leuchsenring, «el primer intelectual revolucionario cubano»; la actuación de Estados Unidos frente a la revolución de 1895, concebida por Martí como «guerra necesaria» para fundar una república «con todos y para el bien de todos»; la persistencia norteamericana para ejercer el poder en la Isla a través de diferentes medios y tácticas, y posteriormente, a partir del triunfo de la Revolución de 1959, la lucha por defender la soberanía en los momentos en que las campañas neoliberales se creaban como plataforma neoconservadora, para recuperar un terreno perdido y hacer realidad el sueño de una zona de libre comercio favorable a sus intereses desde Alaska al Cabo de Hornos; por último, las nuevas tácticas de Estados Unidos a raíz de las negociaciones con Cuba, como sutiles maniobras vinculadas a una guerra cultural y mediática. Imposible comprender estas relaciones actuales, si no se revisa con objetividad el conflicto entre lo que se ha llamado el Tío Sam y lo que erróneamente se ha caricaturizado como Liborio, una caricatura del pueblo cubano que nunca ha sido ese sujeto obediente, ingenuo y asustadizo.

Cuba: ¿fin de la historia? comienza con el análisis del parto de la nación gestada en el período de la Ilustración española, cuyos ecos en nuestro continente coadyuvaron al espíritu independentista y a que la metrópoli perdiera casi todas sus colonias en América, hacia el primer cuarto del siglo XIX. El vasco Luis de las Casas, capitán general de la Isla, y colaboradores cubanos como Tomás Romay y el sacerdote católico José Agustín Caballero, iniciaron a partir de la última década del siglo XVIII un proceso de formación de la identidad cultural criolla. En el texto se explica con detalles la génesis de este proceso, y también, el surgimiento de una figura esencial que logró sintetizar la identidad cultural pensada como una todavía inexistente nación: el padre Félix Varela, quien aprovechando el movimiento constitucionalista de España, fue a dar allí la batalla política por Cuba; con la restauración monárquica lo acusaron de «conducta traidora» y tuvo que partir para Estados Unidos. Varela fue un convencido de dos elementos esenciales para pensar a una Cuba verdadera: el abolicionismo y el independentismo; nunca más pudo regresar a su Isla amada, pero dejó un legado patriótico recibido por la generación de jóvenes que iniciaron la primera guerra de independencia cubana.

El libro continúa con otro ensayo que primeramente analiza las causas del fracaso del primer intento independentista de 1868-1878, y después se detiene en el conocimiento que el más grande de los cubanos, José Martí, había adquirido sobre los intereses económicos de Estados Unidos en relación con la Isla en las últimas décadas del siglo XIX, favorecidos por el control del comercio marítimo y la concepción geoestratégica de ampliar su territorio, apoyada por estudios de las universidades de Harvard y Yale, y por los intereses declarados con el ascenso al poder de anexionistas como James G. Blaine. 

La nación estadounidense durante su época expansionista había desarrollado una estrategia, y para aplicarla comenzaba con la manipulación de la opinión pública como avanzada para ganar adeptos. El Apóstol, ante las intenciones de comprar la Isla a finales de los años 80, publicó «Vindicación de Cuba» en el diario The Evening Post, en respuesta a un artículo en The Manufacturer, en que se calificaba con términos humillantes a los cubanos; no fue réplica de amor propio herido lo que Martí expresó cuando se dirigía a los de «...la política fanfarrona o la desordenada ignorancia». Aunque parezca increíble, no ha cambiado mucho esta perspectiva en algunos políticos norteños de hoy, vinculados al proceso de las relaciones con Cuba. Por esta razón todavía «amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», aunque con el paso del tiempo hayamos sustituimos la palabra «tememos» por «vigilamos», pues los yanquis en la Isla ya han sido derrotados hasta militarmente. 

El conocimiento que Martí adquirió sobre el país donde vivía, de su vigorosa cultura y de su actualidad cotidiana, tan bien reflejada en sus hasta hoy no superadas crónicas de la sociedad norteamericana –atento lo mismo a las elecciones que a la intrahistoria del pueblo–, le proporcionó una aguda visión de virtudes y defectos, de lo que se podía esperar y hasta temer de sus gobernantes, porque se fundaba sobre lecturas y saberes comprobados en la práctica. La previsión del Apóstol ante la ofensiva de dominación estadounidense hizo que dedicara varios discursos y artículos de opinión a la Conferencia Internacional Americana, cuando se definía el futuro de las relaciones de Estados Unidos con la América al sur del río Bravo. No es lujo conocer bien este proceso que Limia describe teniendo en cuenta sus elementos fundamentales y que aún está vigente. En el discurso pronunciado por Martí en la velada celebrada en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889 en honor a los delegados a la Conferencia en Washington, se permitía una pregunta que él mismo contestaba: «¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola». Ante sucesivos convites, se mantiene hoy la misma respuesta. 

Con la muerte de Martí y Antonio Maceo, fue relativamente más fácil imponerle a Cuba la Enmienda Platt, el apéndice constitucional que garantizó la neocolonia. La Isla se convirtió en tema permanente de la agenda política del Congreso de Estados Unidos, y aún algunos de sus senadores creen que pueden legislar aquí. El tercer ensayo de Limia recorre la vieja política gravitacional norteña de la fruta madura y la doctrina del Big Stick o «gran garrote». Theodore Roosevelt, que había sido nombrado por el presidente William McKinley secretario adjunto para la Armada en la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba, fue uno de los que ideó el golpe publicitario de acusar a España de la voladura del acorzado Maine, aprovechada como pretexto para la entrada en la guerra en 1898; se alistó a la cabeza de un regimiento de caballería, los Rough Riders o «duros jinetes», y se ganó una desproporcionada fama de héroe, a tal punto que se nominó para recibir la máxima condecoración militar estadounidense y su imagen creció hasta ganar la presidencia; quizás por esta experiencia personal creía que «Cuba tiene que mantener con nosotros relaciones políticas mucho más estrechas que con ninguna otra nación», como cita Limia. Después fueron cambiando las tácticas para continuar la estrategia hacia la Isla, según las épocas: de la «diplomacia del dólar» al capitalismo de Estado, y de la histeria macartista al entreguismo batistiano. 

El ensayo de Limia demuestra que la lucha por la independencia y la soberanía cubanas continuó bajo diversos tipos de resistencias de eminentes figuras de la cultura nacional en todas sus manifestaciones, y con la lucha política de disímiles personalidades. Fidel Castro logró con el Movimiento 26 de Julio lo que parecía imposible: hacer una revolución social contra un ejército fuertemente armado a 90 millas de Estados Unidos; sus gobernantes quedaron sorprendidos y a partir de entonces su agenda política estuvo más activa que nunca, esta vez, para derrotar a la Revolución. Desde entonces, ha sido la obsesión de 11 administraciones; el texto ejemplifica algunos momentos con Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Richard Nixon, Gerald Ford y James Carter. Esta historia ha probado algo muy sencillo, pero que a los estrategas norteamericanos les ha costado trabajo entender, y tal vez aún no comprendan: no es posible derrotar a una profunda revolución social con amplio apoyo popular, por mucha fuerza y recursos que se empleen. 

El cuarto ensayo en Cuba: ¿fin de la historia? trata de los desafíos planteados frente a la extinción de la URSS y lo que se llamó «campo socialista europeo», y la escalada de la guerra de Estados Unidos contra la Isla, en medio de la borrachera neoliberal. Francis Fukuyama fue una de las cabezas visibles de la primera ofensiva ideológica del neoconservadurismo, con su libro The End of History and the Last Man, de 1989, traducido al español en 1992. Samuel P. Huntington y su equipo habían preparado durante una década las bases ideológicas de la nueva era, y la guerra económica encabezada por George H. Bush sería el colofón de la poshistoria proclamada por Fukuyama. Pero otra vez fallaron las tesis de laboratorio que desconocían la verdadera voluntad de los pueblos y la situación de los desplazados y marginados del sistema capitalista; aunque muchos descubrieron, con paralizante estupefacción, que la Unión Soviética no era el paraíso proletario, tampoco su destrucción conducía al triunfo capitalista definitivo, a pesar de que no pocos entusiastas «ideólogos» arrastraran desde entonces, como dijera Mario Benedetti, «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser».

Bush –padre– lanzó los proyectos de la Iniciativa para las Américas y el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, y algunos mexicanos ingenuos creyeron que se acercaba la hora de entrar al «primer mundo». Participé en enconadas y prolongadas discusiones en México con incautos que estaban convencidos de que llegaban al «sueño americano». Bill Clinton, el sucesor demócrata, firmó el Tratado de Libre Comercio, pero la historia, el «viejo topo», vino a aguar la fiesta, y justo el 1.0 de enero de 1994, cuando entraba en vigor, campesinos armados del estado de Chiapas ocuparon 7 cabeceras municipales y le anunciaron al mundo la existencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional; su líder visible, el subcomandante Marcos, proclamaba, no la toma del poder, sino algo mucho más difícil: la lucha por un mundo nuevo. A una nueva táctica sustentada por los poderes oligárquicos para ponerle fin a la historia, se oponía una vez más la resistencia de los pueblos, empeñados en construir otra historia. 

Cuando Fukuyama y los estrategas de Washington trataban de convencernos del fin de la modernidad, resurgía el desafío de la premodernidad indigenista. Lo que posteriormente fue conocido como ALCA –Acuerdo de Libre Comercio con las Américas–, sería liquidado en 2005, en Mar del Plata, Argentina, durante la IV Cumbre de las Américas, gracias a la ofensiva de los pueblos encabezado por el ALBA –Alianza Bolivariana para los pueblos de América–, proceso de integración de América Latina y el Caribe fundado por Hugo Chávez y Fidel Castro en 2004, año en que se conmemoró el 180 aniversario de la victoria de Ayacucho. El cacareado «fin de la historia» sirvió para organizar otra táctica de resistencia e iniciar otra etapa en la larga lucha por la emancipación.

La Alianza Transpacífica anunciada en 2013 por Barack Obama es continuación de los intentos de ponerle otro «fin a la historia». Ahora se cuenta con diversas alternativas en un sistema de redes del ciberespacio como medio atractivo para la guerra cultural, junto a películas, series, espectáculos televisivos, videojuegos, videoclips… producidos fundamentalmente por la industria del entretenimiento –vocablo muy preciso– norteamericano. Limia pone al desnudo los mecanismos de las corporaciones, contando con la opinión de un prestigioso intelectual como Joseph E. Stiglitz –Premio Nobel de Economía en 2001– o un político de alto reconocimiento entre jóvenes universitarios de su país, como Bernie Sanders –candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata en las elecciones de 2016. 

La cultura y el conocimiento no solo constituyen un requisito fundamental para trazar la política revolucionaria, sino que son imprescindibles para su ejecución, porque se necesita desentrañar los símbolos y paradigmas que actúan como agentes destructivos de la memoria histórica de los pueblos, columna vertebral de la actual guerra imperialista. Los políticos que no estén preparados para enfrentar esta nueva cruzada neoliberal sucumbirán inexorablemente; las políticas que no actúen en los campos de batalla en que se plantea la confrontación, con toda la inteligencia necesaria, no tendrán ninguna importancia para las nuevas generaciones. El texto demuestra cómo se hace coherente la vocación imperial con las declaraciones del presidente Barak Obama en su visita a La Habana; y su autor afirma que «...en esta batalla Cuba lleva las de ganar, como resultado de la profunda revolución cultural con que se edificó la nación a partir de 1959». 

En el último capítulo, «Para conectar desde los sentimientos», Abel Prieto se pregunta cómo lograr la cultura y la conciencia socialista en nuestros jóvenes, y se impone la respuesta: con la construcción de saberes estratégicos que tributen a un ideario patriótico y socialista, con maestros cultos y sensibles –no en balde José de la Luz y Caballero afirmaba: «Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra». Hay que continuar pensando cómo enseñar a pensar, hay que estimular y sensibilizar la «conexión de sentimientos» para lograr resultados de cultura, ciencia y conciencia patriótica. Limia examina cómo Estados Unidos, mediante sus emporios mediáticos, se dedica a hacer atractiva la lógica capitalista de la preponderancia de lo privado por encima de lo público; a Cuba no le queda otra alternativa que continuar trabajando para demostrar que con justicia social y preservación de sus políticas públicas, se puede garantizar una real sociedad de bienestar. 

Pero en los idearios martiano y fidelista, ni a la felicidad se llega solamente con la riqueza material, ni a la prosperidad se arriba con un apoliticismo desmovilizador. El consumismo corrompe y desvía las emociones hacia un egoísmo ajeno al socialismo cubano; históricamente es enemigo de la justicia social. El empeño por «empoderar» a algunos cubanos para hacer fuerte una clase media en sí y convertirla en para sí, plataforma que después la conducirá a ser «para ellos», está en la agenda norteamericana contra Cuba, en su intento de «apagar» a la nación. El autor demuestra este propósito con palabras de gobernantes, funcionarios e instituciones estadounidenses. La suposición de que con un cambio generacional se construirá «algo nuevo» es cierta, pero no en la dirección insinuada por Obama en sus discursos habaneros. Las nuevas generaciones, participando en el imaginario de su nación, completando su república y perfeccionando su socialismo con las armas de la cultura y los valores, seguirán labrando en el surco de la Historia.

Si con sus dos primeros y extensos libros Limia demostró –junto a una gran eficacia comunicativa, dotes para la narración y prosa cuidada– la resistencia, largo aliento y astucia del corredor de fondo, en el ejercicio de síntesis contenido en las páginas de este breve volumen, se nos revela como avezado velocista, concentrado, y apto para un eficaz remate. En ambas «modalidades» impone su emoción, porque la historia para él no es ejercicio académico, pasado muerto, pretexto para vacuas conmemoraciones, sino carne y sangre de un presente que estamos cada día construyendo y un tiempo futuro que, como gustaba repetir Julio Antonio Mella, tiene que ser mejor. Tenemos que hacer mejor.

domingo, 5 de febrero de 2017

Sobre la Propaganda

Fuente: CUBARTE
Categorías: SOCIEDAD, LETRA CON FILO

La propaganda es tan antigua como la necesidad de propagar al público algún interés. La política y la religión son las que más la han utilizado. Posiblemente Alejandro Magno haya sido el primero en aplicarla de manera incipiente y discreta, pero seguramente con conciencia de sus efectos en sus exitosas conquistas. Tito Livio la usaba para buscar más adhesión a Roma, y después registró sus comentarios como extensos textos como historia. La Iglesia Católica la empleó y desarrolló en su forma oral, teatralizada y escrita desde su surgimiento, con mucho éxito para el adoctrinamiento, no solo en sus fieles, sino también en sus sacerdotes durante la Edad Media; resultó trascendental en la Reforma de Lutero, que coincidió con el surgimiento de la imprenta en Occidente y puso en crisis el monopolio católico. Erasmo de Rotterdam acudió a ella para propagar el llamado pensamiento humanista. Fue muy importante en la Revolución Industrial para dar a conocer la ventaja de sus inventos, y decisiva en la construcción de la emergente ideología burguesa en la preparación de la Revolución Francesa. La Ilustración la utilizó, en especial los enciclopedistas, y particularmente Diderot, quien supo inducirla e infiltrarla en sus escritos como aspiraciones de la nueva clase social frente a la decadencia del antiguo régimen monárquico. En plena Revolución Francesa echaron mano a ella todos los políticos con mayor o menor fortuna, y Napoleón, en sus campañas, expediciones, batallas, ocupaciones e intervenciones territoriales, la refinó con argucias y la enmascaró entre otras manifestaciones culturales, en los difíciles y complejos laberintos negociadores del poder.

En los nacientes Estados Unidos la propaganda política y religiosa se perfeccionó, oculta entre otros mensajes; una parte se extendió al comercio, para promover el consumo y las ventas de bienes y servicios, convirtiéndose en publicidad, hoy con otra historia. A pesar de la importancia de la prensa escrita en Europa, fue en esta estrenada nación donde en el siglo xix se afianzó y estilizó la propaganda de los medios escritos. Periódicos y revistas se especializaron en dirigir mensajes con los cuales se influía en la actitud de una comunidad respecto a alguna causa o posición conveniente para autoridades y gobernadores, mediante la presentación de un solo aspecto del argumento y teniendo muy en cuenta la demanda. Entre 1895 y 1898 se desarrolló una intensa competencia entre el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Randolph Hearst, en la que ambos periódicos emplearon una propaganda agresiva que incluía fotografías dramáticas, sucesos catastróficos, enredos políticos, crímenes, accidentes, adulterios… en primera plana, para intensificar la emoción, llamar la atención al público lector y vender más ejemplares; como en medio de esta “contienda” surgió una caricatura de un niño vestido de amarillo, identificado como The Yellow Kid o El Chico Amarillo, a este tipo de prensa y de propaganda se le conoce como sensacionalista, amarilla o amarillista. 

La utilidad y efectividad de la propaganda gráfica para los gobiernos comenzó a ser muy visible en este contexto de inicios de la modernidad, pues obtenía altos resultados concretos e inmediatos; fue explotada muy bien por el presidente William McKinley para obtener apoyo en el Congreso cuando Estados Unidos intervino en la Guerra de Independencia de los cubanos contra España, la primera demostración del poderío del principiante imperialismo. En la Primera Guerra Mundial se aprovechó para reforzar la oposición antialemana en Estados Unidos, y al igual que en Europa, el mensaje propagandístico en la literatura, el teatro y el cine, se supervisó y vigiló, mientras el gobierno controlaba celosamente la prensa y la radio. En la Guerra Civil Española, campo de experimentación de la política, la ideología y el sector militar, se diversificó el uso de los carteles y canciones, el cine informativo, la oratoria en desfiles y actos, la impresión de octavillas y folletos, la manera de utilizar la prensa escrita, y especialmente, la radio, que tenía el privilegio de la inmediatez y, por el uso de la voz, se hacía accesible a los analfabetos y demandaba menos esfuerzo en la recepción, con la consiguiente agilidad que demandaban los tiempos para el efecto de los mensajes; en las emisoras radiales se producían verdaderas batallas campales entre los bandos republicanos y monárquicos, y podían diseminarse los contenidos políticos más allá de los frentes de guerra ―un verdadero sueño para Napoleón―, por lo que, entre otras razones, se internacionalizó rápidamente el conflicto; la propaganda franquista, una mezcla de retórica militar, santurronería medieval y conservadurismo monárquico, hablaba de una “cruzada” contra la “barbarie roja”. 

La propaganda nazi dirigida por Joseph Goebbels, responsable de la educación popular y de la comunicación hitleriana, estableció ciertas reglas mediante un poder centralizado para avivar odios primitivos; son conocidos sus métodos y técnicas todavía vigentes, basados fundamentalmente en la mentira y su repetición hasta convertirla en verdad; a pesar de su falta de objetividad, obtuvo muchos simpatizantes y seguidores en un pueblo culto, por el cruel refinamiento conseguido; nunca antes la propaganda política tuvo una perfección tan precisa y maquiavélica. La agitación y propaganda en la época del futurismo ruso en la Revolución de Octubre, inaugurado por el poeta Vladimir Mayakovski ―el “Agitprop”, estrategia política de agitación y propaganda que concebía carteles o vallas para actuar sobre las emociones de los individuos―, devino durante el estalinismo burda propaganda política, incluido el llamado “realismo socialista” ―que muchas veces no era realista ni socialista―, y estableció reglas dogmáticas, sectarias y burocráticas, también mediante un poder centralizado y control estatal absoluto de todos los medios de comunicación, y ―como en la maquinaria hitleriana― en las manifestaciones del arte y la literatura.

La propaganda se continuó utilizando en cualquier lugar del mundo; los estadounidenses la usaron durante la Guerra Fría contra los soviéticos y las nuevas autoridades de la URSS también. Estados Unidos comenzó utilizando la propaganda blanca en La Voz de América, como estación oficial, y Radio Free Europe, emisora controlada por la CIA, como propaganda gris; la URSS respondió con Radio Moscow ―blanca― y Freedom ―gris. Resulta curioso que ambas potencias rivales utilizaran de manera similar o enmascarada, y en nombre de la libertad, emisoras que hacían propaganda disimulada bajo una programación amplia y variada de entretenimiento y proyección cultural. Las dos intentaban utilizar mensajes propagandísticos infiltrados en otros culturales, empleando a la cultura, o la aculturación, como plataforma de una estrategia para desacreditar al “otro”; se trataba de una “inversión” a largo plazo, inculcada de manera indirecta; indudablemente Estados Unidos estaba mejor preparado para “vender” el “sueño americano”, pues, entre otras cuestiones, su tradición le daba ventaja.

En la década del 50 en Estados Unidos se desarrolló la televisión como medio de comunicación masiva; la imagen transmitida hasta la casa ofrecía todas las primacías para convertirse en el medio idóneo de propagar el american way of life. La televisión se convirtió en una “fábrica de opiniones” favorables a la sociedad capitalista, nombrada entonces “de beneficio común”. Desde entonces a la fecha no se ha detenido su progreso y eficacia en el aspecto tecnológico ―televisión en colores, alta definición, digitalización, televisión por cable y satélite, en 3D…―, los aparatos receptores ―pantalla LCD, pantalla de plasma, TV LED, Holográfico…― y la “cultura” televisiva trasmitida en su programación con informativos, debates, opiniones, entrevistas… que diseñan la propaganda evidente del canal, así como espacios educativos, infantiles, seriales, telenovelas… para contribuir a reforzar este carácter propagandístico de manera indirecta y sofisticada. Aún hoy los estadounidenses pasan una considerable cantidad de tiempo frente al televisor, líderes universales en el consumo de la “caja tonta” que emite una programación creada, en más del 90%, por 6 poderosas corporaciones que, en última instancia, responden a los patrones culturales y políticos del “sueño americano”. Este modelo se difundió a muchos otros países que han asimilado su naturaleza consumista, e inclusive en los que se han opuesto a ella, pues sus códigos se infiltran a veces hasta imperceptiblemente para los realizadores, que se convierten en promotores gratuitos de la invitación a realizar “el sueño”. 

Por otra parte, la prensa escrita de Occidente comenzó a desarrollar una perspectiva en órganos oficiales o de expresión de partidos políticos o grupos de presión de las oligarquías, que promueven los intereses del gran capital bajo muy diversas coberturas y matices, aunque se especialicen en diferentes tipos de periodismo con temas políticos, económicos, sociales, culturales, deportivos o variados: mayoritariamente subyace una posición que fortalece las bases de la libre empresa, las ventajas de la iniciativa privada, el individualismo y los valores de la sociedad de consumo. En Estados Unidos, actualmente los grupos más conservadores “acusan” a The New York Times de inclinarse hacia la “izquierda”, por manejar con frecuencia asuntos de interés público o políticas menos agresivas hacia el exterior, mientras que liberales y movimientos populares dicen lo contrario de The Wall Street Journal. Sin embargo, en esencia estas posiciones, que pueden inclinarse en un momento u otro hacia lo público o hacia un monopolio, son muy semejantes, aunque tengan diferencias de formas y métodos. Cada vez más los grandes medios tienen menos dueños y están de acuerdo en ganar más y propagar la voz de los más ricos, por lo que al final postulan políticas semejantes; solo a veces entran en contradicción por rivalidades en intereses particulares, pero siempre son intocables. El imperio del magnate australiano Keith Rupert Murdoch, iniciado en 1952, fue el principal accionista de News Corporation, que comprendía emporios mediáticos como The Sun y The Times, así como cadenas de televisión como Fox y Sky; su monopolio enfrentó acusaciones de soborno, corrupción, intervención de teléfonos, etc., mas su poder fue tan grande que ninguna autoridad nunca se atrevió a enfrentarlo.

En los conflictos modernos la propaganda occidental, que predomina en el mundo, se parece mucho. La guerra de Irak fue transmitida por televisión y se empleó la llamada “propaganda oscura”, una técnica cuyo objetivo es crear a priori una apreciación negativa o positiva ―negativa, por ejemplo, contra “Satán” Hussein, y positiva a favor de la invasión para conjurar el peligro de unas “armas de exterminio en masa” que nunca aparecieron― y preparar el hecho que vendrá, adelantándose a él. El cine puede ser financiado para lograr esos mismos objetivos: la Walt Disney/Buena Vista, la Sony Columbia TriStar, la Metro-Goldwyn-Mayer ―MGM―, la Paramount Pictures Entertainment, la Twentieth Century Fox Film Corporation, la Universal y la Warner Bross, que controlan grandes producciones norteamericanas, y, por consiguiente, han decidido un alto por ciento de lo que se ve en cine, a veces están casi unánimemente interesadas en que se vea lo mismo. Por supuesto, no todas las películas de estas productoras son propagandísticas, pero muchas portan una dosis de propaganda directa o indirecta, que puede ser muy sutil u “oscura”, y, por tanto, apenas perceptible. Atentas a los resultados de las encuestas, estas productoras han detectado las necesidades del destinatario para adaptar su producto a esas demandas, entre las que se pueden encontrar lo latente, la insatisfacción o la vacilación, y sobre ellas, se construye el mensaje. 

La propaganda moderna busca, en un grácil ejercicio del discurso persuasivo, lograr la adhesión del otro a los intereses y a la cultura del último modelo sacrosanto capitalista por las vías de la emoción, y teniendo en cuenta las opiniones de grupos a que se destina el mensaje. La forma sigue siendo asimétrica y emocional, pero muy encubierta, pues se han perfeccionado los disfraces y refinado las referencias: la meta es convencer de la importancia de ser rico a toda costa, sin que nadie se dé cuenta de que está siendo objeto inerme de la propaganda. Apenas se recurre hoy a los panfletos políticos o al discurso pedagógico que tiende al dogmatismo. En la actualidad, los mensajes se remiten a documentos que a veces ni existen o no están bien citados; se promueve el miedo para justificar políticas que aseguren a cualquier precio la estabilidad del sistema; se utilizan testimonios convenientes que cantan al consumismo y desvalorizan todo tipo de austeridad; las palabras y conceptos se redefinen para alabar el individualismo y descalificar al colectivismo; se busca la generalización, el estereotipo, la satanización, la omisión de lo inconveniente, la imprecisión intencional, la simplificación exagerada, el eslogan duro, la cabeza de turco y el cambio semántico que contribuya a una confusión favorable para hacer creer que el capitalismo es irremediable y eterno. En la actual propaganda política, jamás enunciada así, se mantienen trampas clásicas: el insulto personal y la difamación del adversario; la explotación de temas conocidos o lugares comunes para desacreditar o aprovechar su contenido; la vieja técnica de la transposición o transferencia del asunto para ponerlo en el bando contrario; el recurso de usar el prestigio o autoridad de alguien, bien en una cita descontextualizada o una referencia amañada; la ubicación demagógica en el lugar de los desposeídos, un populismo para confundir el sentido de justicia con el de caridad. En la reciente campaña de Donald Trump, se hicieron aportes notables, todavía más execrables.

Como el mundo actual ya es audiovisual e interconectado, Internet no se remite al futuro, sino al presente, y la propaganda estadounidense está todavía más diluida e intangible. Solo podrán “verla” quienes se hayan entrenado y estén alertas para identificarla. El “sueño americano” se sigue vendiendo, aunque para algunos sea pesadilla, y muchos ingenuos que todavía no saben leer lo que consumen por las redes, lo compran. La falta de preparación para entender los mensajes resulta común; no me refiero a la falta de habilidades para manejar dispositivos, sino al analfabetismo funcional ante la venta de ilusiones; ya los spams convencen poco, pero sí operaciones complejas para lograr una votación, cambiar mentes, intervenir psiquis y mudar ideologías. Los cubanos, aunque debemos dominar bien nuestras fortalezas, no tenemos que “vender” nuestro imperfecto socialismo para contrarrestar el negocio del “sueño americano”, y estamos en la obligación de identificar nuestras debilidades. Debemos conocer que no vivimos en una sociedad perfecta porque ellas no existen y tenemos problemas comunes a cualquier país que no ha podido lograr niveles de desarrollo en la última modernidad, porque la arquitectura del capitalismo del primer mundo lo impide, a lo cual se suman las condiciones excepcionales de vivir bajo la presión de Estados Unidos, que no es solo bloqueo económico, comercial y financiero, sino bombardeo cultural flagrante, masivo y sistemático. Sería ingenuo creer que podemos ofrecer un “sueño socialista” para competir en el selectivo consumo del mal llamado “sueño americano”. No se pueden usar las mismas respuestas, pero contrarias, para convencer; lo más importante es crear convicciones sobre la base de los ideales. Pero para comenzar, hay que alfabetizarse en los nuevos medios y detectar sus trucos y mañas propagandísticas; sería el primer paso para identificar la vida real.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cuba de ayer, hoy y siempre


Punto Final

Juan Nicolás Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1950), es licenciado en filología y especialista en lengua y literatura hispánica, con postgrados en filosofía y lingüística. Posee una extensa trayectoria como investigador, profesor, poeta, ensayista, antologador y conferencista en Cuba, España, México, Argentina, Chile, Venezuela y Canadá. Ha sido editor del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, director de literatura del Instituto Cubano del Libro y Editorial Letras Cubanas. Entre sus libros se cuentan: El polvo finísimo del tiempo (1983), Desnudo en el camino(1988), Peregrinaciones (1991), Crónica de la noche (1995), La Palma en el huracán (Ediciones Rodriguistas, 2000) y Bestiario, animales reales fantásticos (LOM Ediciones, 2008).


¿Qué ha significado para Cuba la reanudación de relaciones con Estados Unidos?

“Desde el punto de vista histórico, la llegada de una nueva etapa táctica en la estrategia norteamericana de tener el control de Cuba: no pudieron doblegarnos con bloqueo económico, comercial y financiero; no pudieron derrotarnos militarmente; no pudieron con nosotros usando todas las fuerzas después que desapareció la URSS, y ahora refuerzan una guerra cultural para la que la isla se ha preparado largamente.

El anuncio del presidente Barack Obama de que se iniciaría un periodo de relaciones con Cuba fue una decisión que merece ser aplaudida, pues significa un reconocimiento al gobierno revolucionario cubano. Habría que ver, con los hechos y no con palabras, si será una oportunidad para dar pasos encaminados a permitir relaciones comerciales normales, en que se benefician hombres de negocio norteamericanos y el pueblo de Cuba. También podría ser una ocasión para dinamizar los intercambios académicos, científicos, culturales y deportivos, cuyos resultados ya se ha demostrado que resultan positivos para ambos pueblos. Significa, asimismo, la probabilidad, como ya se está viendo, de un aumento considerable de la llegada de visitantes -que aún no pueden ser ‘turistas’-, que lógicamente tienen un impacto económico positivo, aunque personalmente no sea esa la dirección que más aprecio. Además, ha significado una facilidad para el acercamiento familiar entre cubanos que viven en Estados Unidos con otros que residen en la isla; de hecho, ya comenzaron a volar de manera comercial y regular importantes líneas aéreas norteamericanas a diferentes lugares de Cuba”.

BATALLA CULTURAL

Seguramente habrá intentos de penetración cultural. ¿Cómo los enfrentará Cuba?

“Eso no es un fenómeno nuevo. Desde hace tiempo la cultura norteamericana ha estado presente en Cuba y la cultura cubana en Estados Unidos. Todo depende de qué cultura me hables. La cultura cubana tiene tres fuentes importantes: la de los españoles, y también, la del resto de los europeos -especialmente franceses-; la de los africanos, sobre todo del norte del golfo de Guinea hasta la actual Angola; y la de Estados Unidos, a partir de su nacimiento.

A veces se ha querido olvidar esta última fuente que se instaló por la cercanía geográfica y las comunicaciones, y se fue estableciendo a partir del siglo XVIII y XIX con la tecnología, música, bailes, y después las películas, literatura, deporte y formas de hacer radio, cine o televisión. Cuba tuvo el primer ferrocarril de América Latina, en 1837, incluso antes que España, y la tecnología de los ingenios azucareros se intercambiaba con EE.UU. desde el siglo XIX; Cuba tuvo radio en 1922, cine sonoro en 1930 y televisión en 1950; acá vivía Ernest Hemingway y muchos escritores y artistas de cine muy famosos visitaban la isla con frecuencia; también muchos cubanos residían en Estados Unidos, trabajaban temporalmente, vacacionaban o iban de compras o por asuntos de negocios; los artistas de aquí y de allá hacían giras y los deportistas participaban en competencias. No por gusto nuestro deporte nacional es el béisbol -desde su propia fundación las Grandes Ligas han contado con innumerables peloteros criollos-, y también el boxeo. Esa ‘penetración’ cultural casi siempre fue asimilada provechosamente y no logró aculturarnos; un ejemplo típico es el caso del jazz, que ‘latinizamos’ e impusimos como modalidad en el propio Estados Unidos.

Los cubanos desde 1959 comenzamos un proceso de aceptación-rechazo de lo que venía del vecino del Norte por la política hostil de su gobierno, pero te confieso que nunca vi la gran literatura, el rock, su buen cine, sus vanguardias plásticas como ‘penetración cultural’, eran valores tan asimilables como muchos otros. Ahora bien, si te refieres a los antivalores de la cultura capitalista estadounidense, como el egoísmo, la injusticia, la exclusión, el racismo… tampoco es nuevo enfrentarlos: lo hicieron muchos cubanos antes de la Revolución y seguimos haciéndolo otros, casi por genética. Ahora con las relaciones, hay un interés de ellos en acercar la batalla cultural y simbólica a nuestro ‘teatro de operaciones’; yo creo que se procedió correctamente en aceptar el reto, pues estamos muy preparados, en condiciones de derrotarlos, como lo hicimos en las arenas de Playa Girón, ahora con lo que fue escudo y hoy se ha convertido en la espada de conocimientos y saberes adquiridos por el pueblo cubano en todos estos años revolucionarios”.

¿Han influido, en el plano cultural, los cambios económicos de los últimos años?

“El prolongado desgaste económico que ha sufrido Cuba como consecuencia del bloqueo económico, comercial y financiero, y también por errores e ineficiencias propios, ha influido negativamente en todos los procesos sociales y culturales. Algunas personas, que no tienen suficiente resistencia, reservas morales, condiciones individuales o convicciones revolucionarias, han sido muy afectadas por esta situación, no han podido lidiar con las dificultades y ha sucedido de todo: desde el suicidio, las salidas ilegales arriesgando la vida gracias a la política norteamericana de estímulo a la emigración u otras salidas definitivas, hasta la renuncia de algunos a sus antiguas ideas políticas, cuyas esencias no estaban fuertemente vinculadas a un componente cultural. Por supuesto, la gran mayoría de los cubanos revolucionarios hemos tenido suficientes reservas para soportar cualquier avatar económico, aunque de eso casi ni se habla en la propaganda de Estados Unidos sobre Cuba.

Por otra parte, con las transformaciones en el modelo económico se han abierto nuevos espacios culturales con un fuerte componente privado, que se han ido insertando en la sociedad, a veces armónicamente, otras con lógicas contradicciones e indefiniciones en un país donde, hasta hace solo pocos años, todo era estatal. Ello no significa una oleada privatizadora, ni que el Estado haya cedido el control de la política cultural. Aporta un componente interesante y muchas veces dinamizador”.

JUVENTUD CUBANA

¿Se esperan mayores cambios políticos?

“Cuba siempre ha tenido cambios políticos diversos, en dependencia del periodo y de la situación político-militar que ha vivido. En esta época de distensión, ya comenzaron esos cambios, y si este tipo de paz continúa, espero que sean mayores. Nuestra democracia socialista es imperfecta y necesita ser mejorada en muchos aspectos. Soy de los que creen que el socialismo cubano tiene dos talones de Aquiles: la ineficiencia productiva y las insuficiencias de la democracia socialista. Sin embargo, nunca se me ha ocurrido que alguno de estos dos problemas pueda resolverse desde afuera. Nunca lo creí, cuando muchos confiaban con fe ciega en las soluciones traídas desde las estepas congeladas de Siberia; ahora, mucho menos: ¿cómo confiar en quienes siempre han sido nuestros enemigos históricos? Más que ingenuo, sería tonto pensar que el gobierno de Estados Unidos desea actuar en Cuba de buena fe para ‘resolver’ los problemas de nuestro socialismo. Los cambios políticos que haya que hacer en mi país les conciernen únicamente a los cubanos que luchan por un programa social de justicia ‘con todos y para el bien de todos’, como quería José Martí, el más grande de nosotros. Ese es el ideal de república al que debe tender cualquier cambio político”.

¿En qué está la juventud cubana, cuáles son sus aspiraciones principales?

“Es difícil hablar de manera categórica sobre ‘la juventud cubana’. Hay una parte de la juventud que está muy comprometida con el proceso histórico de la Revolución, aunque no sea muy visible en los medios. Sus aspiraciones fundamentales son preservar y mejorar el proceso que sus padres y abuelos les legaron. Hay otra que está demasiado influida por la guerra mediática y cultural dirigida a ellos, por lo que son actores conscientes o inconscientes; unos ven en la emigración la solución de sus carencias y la satisfacción de sus expectativas; otros han aprovechado las nuevas oportunidades y se han volcado hacia el sector privado; algunos pocos están siendo utilizados para ‘empoderarlos’ y servir a los intereses norteamericanos desde Cuba. Hay también una parte de la juventud confundida, sin una conciencia política sólida, entre otras cuestiones porque el desgaste económico que sufrió el país afectó el sistema de educación; para mí es el sector más vulnerable a las influencias, porque ni ellos mismos conocen sus aspiraciones principales”.

PROBLEMAS EN LA EDUCACIÓN

¿De qué manera ese desgaste económico afectó el sistema de educación, qué medidas se tomaron?

“Fue una proeza incalculable mantener, bajo una crisis económica brutal como la sufrida en los años 90, un sistema de educación universal y gratuito desde la enseñanza primaria hasta la universitaria y de posgrado, incluida la especializada: artística, deportiva, para personas discapacitadas. Para ello hubo que tratar de paliar, en lo posible, las dificultades en cuanto a instalaciones, libros, material escolar, laboratorios, etc., a lo que se sumó la carencia de profesores, muchos de los cuales emigraron hacia sectores mejor remunerados, hacia la economía informal y más recientemente hacia el sector privado. Se tomaron medidas en ocasiones yo diría que desesperadas, para que ningún aula se quedara sin maestro. La decisión de que en la enseñanza secundaria un solo docente impartiera todas las asignaturas, intensificó el éxodo de educadores experimentados, y hubo que acudir a la preparación emergente de profesores, con un dramático descenso de la calidad de la enseñanza en ese nivel. En ese retroceso también influyó la errónea sustitución del protagonismo del maestro por teleclases. La prolongación más allá de sus posibilidades reales de la enseñanza preuniversitaria en centros internos ubicados en el campo, también contribuyó a que muchos profesores salieran del sistema de educación, y bajara el nivel en ese tipo de enseñanza. Pocos jóvenes pudieran vencer las pruebas de ingreso a la universidad y disminuyó la matrícula en el nivel superior.

Hubo una toma de conciencia del problema. Se ha tratado de estimular el ingreso a las carreras pedagógicas; se volvió a la especialización de los profesores por asignaturas, lo cual estimuló la incorporación, a tiempo completo o por contratos, de maestros experimentados; se autorizó también el contrato a estudiantes universitarios de los últimos años de sus carreras para ejercer como profesores en la enseñanza media; se prescindió de las teleclases, que fueron sustituidas por materiales audiovisuales complementarios de la clase presencial; se eliminaron los preuniversitarios internos en el campo; se trazó un plan de reparaciones y mantenimiento a las escuelas, aún insuficiente, y se ha mejorado considerablemente la base material de estudio, incluidos módulos de laboratorio para asignaturas como física y química en la secundaria y el preuniversitario. Puedo asegurar que hoy la situación es diferente, aunque persistan algunas malas herencias en los programas de estudio, pues considero que la perspectiva educacional tiene que parecerse a la sociedad que construimos. Hay una revolución en el conocimiento y los saberes en el mundo actual, y esto no es solo un problema cubano”.

CASA DE LAS AMÉRICAS

Casa de las Américas es un centro de cultura importantísimo, no solo para los cubanos. ¿Cómo asume las nuevas inquietudes artísticas que van surgiendo?

“Haydée Santamaría, la heroína del Moncada y fundadora de la institución, siempre presente entre nosotros, cuando pensó en la ‘Casa’, la imaginó como un espacio cultural para el diálogo, familiar y hospitalario, y cuando la apellidó con el plural ‘de las Américas’, le aportó un significado muy amplio, pues en ese hogar serían bienvenidos todos los pueblos del continente americano, sin exclusión. El pueblo estadounidense siempre estuvo en la Casa representado hasta con su bandera, como lo está Canadá; incluso, una de las primeras celebraciones que tuvo la institución fue por el 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos. Nunca se ha excluido la presencia de los sectores culturales estadounidenses, sino todo lo contrario; incluso, recientemente se ha convertido en una referencia para estudios culturales de avanzada en muchas universidades norteñas, debido a sus excelentes biblioteca, hemeroteca y demás instalaciones para estudiar artes plásticas, teatro o música de América Latina y el Caribe. Es cierto que ahora, con el aumento considerable de visitantes estadounidenses a Cuba, la Casa ha intensificado el intercambio cultural, pero ojalá que ese sea el interés mayor de los que arriben a la isla. He visto llegar de Estados Unidos a la Casa de las Américas alumnos y profesores, visitantes de la tercera edad y turistas curiosos, con mucho miedo, prejuicios y desconfianza, y pasado un tiempo con ellos, cuando se despiden, tienen lágrimas en los ojos y confesiones increíbles. ¿No será que los estamos ‘penetrando’?”

¿Ha habido un cambio de actitud de Estados Unidos en las relaciones políticas, o continúan presionando?

“Nunca lo hubo, no lo hay, y creo que tampoco habrá esos cambios de actitud, si se refiere al gobierno estadounidense; la presión siempre existió, existe y existirá; de lo contrario, no sería Estados Unidos”.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 861, 30 de septiembre 2016.

www.puntofinal.cl

martes, 28 de junio de 2016

La última palabra


Por Juan Nicolás Padrón

Fuente CUBARTE


VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

 En una de las intervenciones del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba se enfatizaba en una vieja enseñanza martiana que, en mi opinión, debería ser lema de las reuniones de cualquier gobierno: “Gobernar es prever”. Pero, ¿no se prevé porque no se quiere? No creo que siempre se quiera prever, pues seguramente habrá alguno que no lo haga porque no le conviene ―bien para acomodarse o porque esa carencia facilita la corrupción de la que se beneficia―, pero considero que, en sentido general, los dirigentes cubanos están dispuestos para las prevenciones, mas algunos no pueden hacerlo porque no saben, y es una verdad de Perogrullo afirmar que, si no saben, no pueden, por mucho que quieran. La falta de voluntad por propósitos oscuros puede existir, pero sobre todo, hay administradores y funcionarios que carecen de conocimientos y saberes, que no es lo mismo, pues el conocimiento entraña teorización, sistema y disciplina de información en correspondencia con lo aprendido en las escuelas a todos los niveles, pero los saberes comprenden habilidades y destrezas prácticas que incluyen el advertir indicaciones que llegan por las vías informales; a veces uno de los campos falta, o los dos: una capacitación integral será necesaria para estar preparados en las diversas circunstancias de nuestro acontecer. Creo que la principal causa de la falta de prevención es la ignorancia, o tener una cultura limitada, que implica no conocer o saber lo que se debía para el desempeño de un puesto o cargo, lo cual imposibilita prever con eficiencia o eficacia.


Una de las maneras de prever en Cuba al gobernar o administrar es conocer y saber lo suficiente para poder planificar y programar bien. No basta saber sobre técnicas de planificación, han de conocerse todos los elementos necesarios, y especialmente los inconvenientes en el escenario nacional ―recordemos que en la Isla, muchos materiales y equipamientos para producir y cumplir metas y producciones, entran por barco, bajo circunstancias anormales de bloqueo comercial y financiero―, para trazar todos los pasos con exactitud hasta la consecución del objetivo final. Durante mi vida laboral tuve que asistir a interminables y complejas reuniones para planificar y programar, lo mismo planes editoriales y de publicación, que programaciones de ferias internacionales del libro. Pasé un 31 de diciembre hasta muy tarde discutiendo con un asesor soviético la planificación del papel que consumían nuestros libros. Me da vértigo todavía recordar aquellas reuniones que se prolongaban de un día para otro, y en este caso, pospuestas para el año siguiente, pues dicho especialista, por cierto, bien calificado ―me volví a encontrar con él en Moscú, y allí era muy respetado―, traía conceptos preconcebidos de la URSS que no funcionaban en el trópico, y algunos de nuestros acomodados burócratas, que intentaban una estricta planificación para 20 años ―un futuro que no podía modelar ni el mismísimo Dios―, le daban la razón a todo cuanto decía. Entre otras cosas, se olvidaban las imprescindibles relaciones de un sector con otro, la coherencia y cohesión necesarias en cualquier cadena de producción o servicios. Un ejemplo: si no se entrega en el tiempo planificado papel para la producción libros, por supuesto, en la feria se incumplirá la programación de títulos, y esto tiene otras consecuencias... Lo más acostumbrado ha sido continuar con las cifras del año anterior, y seguir con los mecanismos de financiamiento de toda una vida, aunque hayan fracasado rotundamente, porque lo nuevo, diferente o inesperado, causa siempre incomprensión.


Lo nuevo, diferente o inesperado es riesgoso, y hasta peligroso, para cualquier estabilidad; sobre todo para el que conoce o sabe mucho sobre un tema establecido a partir de una experiencia determinada, y no tiene una perspectiva cultural abierta para otra situación. Resulta difícil romper esa tensión y entender que conocimientos y saberes se condicionan a ciertos referentes, se integran a determinados contextos y necesariamente cambian ante nuevas circunstancias. Cuesta mucho trabajo modificar las prácticas implementadas e instaladas, frente a lo que surge como nuevo; no se admite con facilidad que se cambie una idea por otra diferente ―aunque se evidencie y confirme, año tras año, que algunas de estas ideas no solo fracasaron, sino que ya están sepultadas―; se hace resistencia aceptar lo inesperado, readaptarse a ello, y casi imposible, revalorizar prácticas cotidianas a situaciones inéditas. Los humanos necesitamos tiempo para las adaptaciones, y más para las revalorizaciones ―los oportunistas lo logran con mucha rapidez y a los burócratas hay que darles una orden―, frente a eventos que, a muchos años de haber ocurrido, todavía no se logran concientizar. La recepción de lo nuevo puede ser conservadora, y hay casos en que, sin desearlo, se forma parte de la derecha. Le tenemos tanta fe al conocimiento acumulado por las vías formales y a lo que hemos hecho siempre igual, que sentimos como irresponsable quitar un velo a lo cubierto; de-velar es tarea ardua porque seguimos aferrados a ver ese manto. El objeto lo vemos de la misma manera aunque haya cambiado, quizás porque a nuestros conocimientos no se han incorporado las funciones adaptativas de asimilación para reaccionar y no paralizarnos frente a lo nuevo, lo diferente y lo inesperado.


No es extraño que algunas creencias, y sus respectivos lenguajes, estén muy apegadas a la ignorancia, por están basadas en la tradición, que no hace preguntas. Tampoco resulta raro que se potencie el desconocimiento en sistemas muy jerárquicos que cumplen estrictamente órdenes, sin indagar causas. Cuando un funcionario o grupo de ellos ejerce la mala censura con el pretexto de que el “pueblo”, o algún sujeto determinado, no están preparados para recibir una información, se provoca una desinformación intencionada, no pocas veces facilitadora del ejercicio cómodo del poder, y a veces de la corrupción. Creencia sin convicción, jerarquía sin indagación y censura sin fundamentos, son obstáculos para el desarrollo cultural y social, pero también para el económico y laboral, gubernamental y político. Hay que ampliar los conocimientos, explicar sin cansarse, conversar sin satanizar, persuadir y ser persuadido, y rectificar o luchar por modificar orientaciones cuando hay razones de mayor peso que se oponen a ellas, porque nadie es genio, por muchas responsabilidades que tenga; darse cuenta de eso debe ser obligación de cualquiera que desempeñe un cargo público, y aún más, de los políticos. Y aunque la ignorancia ha retrocedido ante el avance de los sistemas digitalizados y de la informatización de la sociedad, pues ahora resulta casi imposible ocultar algo, la verdadera emancipación se logrará cuando conscientemente seamos más audaces, más transparentes, para ser más de izquierda; y no estoy manejando solamente “izquierda” como término político, sino como concepto revolucionario, que se debería corresponder con una manera de ejercer la administración, y sobre todo, de construir una política revolucionaria.


La falta de comprensión del conocimiento y saber ajenos, genera fanatismo, racismo, homofobia, sexismo, xenofobia, exclusión, triunfalismo y autosuficiencia. Esa ignorancia, en términos de política doméstica, puede propagar mayor incomprensión e injusticia social, pero a nivel de la política mundial, junto a creer que hay “valores culturales universales” ―que son los establecidos por los países ricos de occidente―, colabora a engendrar pretextos de intervención y hace peligrar la paz y la estabilidad del planeta. Lo que se ejerce en política exterior, debe ser coherente con lo realizado en política interna. El ser humano persigue desesperadamente lo que ignora, y lo busca, por lo que hay que aprender a desaprender y admitir con humildad que no sabemos muchas cosas; solo desde esa disposición es posible convivir con otros entendimientos, aunque no se acompañen. Percibir, interpretar y comprender no quiere decir afiliarse, compartir y colaborar: uno puede entender y no afirmar, porque hay una zona del conocimiento que tiene que ver con los criterios y las opiniones basadas en valores aceptados. Lo que es evidente para una persona no alcanza un nivel de confirmación para otra. Y, además, se puede conocer y saber mucho, pero si no hay un proceso eficaz para trasmitir informaciones y ser diestro en la política de comunicación, nuestros conocimientos y saberes quedan limitados solamente a los convencidos de ellos. Quizás por estas razones, en todas las comisiones del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, se recomendó desarrollar un proceso de estudio de sus documentos, propiciar el debate de toda la población ―y no solo de los militantes― y facilitar un proceso de consulta genuinamente democrático. La cultura ―incluida la política― del pueblo cubano, que siempre ha sido escudo y espada de la nación, es la única garantía de la certeza de los acuerdos del Congreso, porque el pueblo es el verdadero sujeto activo e histórico de todos los cambios. No puede haber “secretismos” y los procesos se tienen que desarrollar con plena transparencia, confianza y capacidad para escuchar y cambiar lo que tenga que ser cambiado, porque antes, ahora y siempre el pueblo debe tener la última palabra.