miércoles, 30 de noviembre de 2016

Fi(d)eles a su ejemplo

Por Luis Toledo Sande


Desde el seno mismo de la obra revolucionaria que él fundó, de distintos modos se ha dicho que nadie volverá a tener en Cuba la autoridad que décadas de consagración a su pueblo concentraron legítimamente en Fidel Castro. Al vaticinio se suma la comprensión de que se trata de un ser humano cuyos cargos podrán o deberán necesariamente ser ocupados por otros, pero él —de tan excepcional— es insustituible. El propio Raúl Castro, que por méritos propios y de manera constitucional lo remplazó al frente del Partido y de los consejos de Estado y de Ministros, ha proclamado que únicamente un equipo de trabajo podría dar continuidad a la brega que protagonizó el líder cuya existencia física ha cesado.


Contra especulaciones tendenciosas sobre el futuro de Cuba, a las que remiten las comillas del título, el cartel de Ares adelantó lo corroborado ante la muerte física del líder: una Cuba siempre con Fidel, llena de cubanas y cubanos fi(d)eles a su ejemplo.


Pero el requerimiento colectivo ni empieza ni termina en las estructuras gubernamentales y partidistas: concierne a todo el pueblo, llamado a seguir con tanta disciplina como exigencia participativa y crítica, creativa, no como una mera masa obediente, a quienes lo dirijan hoy y en el futuro. Aunque el Comandante respondió, como responde todo ser humano, a condiciones históricas, y en su caso ello resulta especialmente ostensible a la luz de su descomunal relevancia, insistir en considerarlo el líder histórico de la Revolución pudiera limitar la noción de su alcance.


Lejos de agotarse en la historia entendida como pasado, ese alcance es fuerza impulsora que lo sobrevivirá. Fidel continúa siendo, sin linderos frustrantes, el guía por antonomasia de la obra revolucionaria a la que él dio vida entregándole la suya. Pero la capacidad de supervivencia de su legado no sería plena, o pudiera desdibujarse, si se confiara a la inercia, a lo mecánicamente espontáneo. En estos días de duelo Ricardo Alarcón de Quesada, soldado de la Revolución guiada por el Comandante en Jefe, lo ha dicho para una entrevista de la televisión en términos que el autor del presente artículo no podría superar, por lo que intenta reproducirlos de memoria: “A partir de ahora la vida de Fidel está en nuestras manos”.


Sin descartar —hacerlo sería propio de un pensamiento aldeano, mezquino— la contribución que en otros lares se esté en condiciones de aportar o se esté aportando ya, puesto que él personificó al internacionalista en ideas y en actos, la vida que Fidel pueda seguir teniendo, y no solo en Cuba necesitamos que tenga, se encuentra medularmente en manos de su pueblo. A este lo convoca la responsabilidad de cultivar su presencia, más que su memoria, no de modo abstracto o como rito improductivo, sino procurando, día a día, que la patria siga el camino de soberanía y justicia social que él fertilizó con denuedo y sabiduría desde antes incluso de preparar y dirigir los hechos fundacionales acometidos el 26 de julio de 1953.


Con él físicamente vivo nos sentíamos amparados por una fuerza irradiante: por la autoridad política y moral que brotaba de él y no era fruto de formalidades jerárquicas, sino de su indetenible tesón revolucionario, con el cual, al tiempo que actuaba, imantaba a las masas. Tal era, es, la autoridad en la que el pueblo intuía, sabía, que radicaba su poder para propalar hechos e ideas, o frenar —desde sus entornos más inmediatos hasta la nación toda— tendencias o actitudes que pudieran dañar un proyecto cuya legitimidad no se garantiza con la buena voluntad si a esta no la calzan, orgánicamente, los actos que garanticen su eficacia. Menos aún asegurarán su realización los fueros del mercado, los valores imperantes en un mundo donde campean las tentaciones del acomodamiento, modos de vida signados por el individualismo, las ansias de lucro y el sálvese quien pueda.


El proyecto que Fidel fraguó estaría condenado al fracaso si se le separase de la sed de equidad y el fundamento ético heredados conscientemente por él de José Martí, su mentor directo, en quien supo ver —son sus palabras— al “más genial y universal de los políticos cubanos” y al “guía eterno de nuestro pueblo”. Esa es asimismo la estirpe del propio Fidel, revolucionario que, por serlo plenamente, no se conformó con lo posible y se planteó lo imposible.


Así lo hizo Martí al proponerse metas que cualquier pragmático de su tiempo habría considerado inalcanzables: librar a su patria del viejo colonialismo y del sistema de colonización que los Estados Unidos imperialistas se disponían a ensayar en nuestra América, contra el cual el fundador del Partido Revolucionario Cubano se proponía lograr que la independencia de Cuba ayudara a salvar “el equilibrio del mundo”, e incluso “el honor dudoso y lastimado” de la que entonces era potencia emergente y crecía como el monstruo que es.


Atento a las lecciones de Martí, Fidel halló en la obra del Maestro la claridad con que este advirtió que en aquella nación se gestaba a finales del siglo XIX el imperialismo contra el cual esencialmente hizo él todo cuanto hizo y haría, según declaraciones testamentarias suyas: el mismo imperialismo que hoy sigue en pie. Aunque lo administren presidentes de elegante astucia u otros que encarnen una decadencia estilo neroniano —propia de un imperio en declive—, continúa siendo un peligro mayor para la humanidad y empeñado en apoderarse de Cuba. Que lo haga con agresividad flagrante o con tácticas diplomáticas supuestamente refinadas no pasa de ser episodios de su esencia imperial. Frente a esa realidad continúa aportando luz el pensamiento del Fidel que sabía denunciar a quienes pretendieran pasar por amigos o hermanos sin serlo.


Los desafíos eran y son ingentes. Pero cuando un pragmático —al que no habría por qué negarle necesariamente buenas intenciones— le aconsejó a Martí que no se desperdiciara en los propósitos que había abrazado como programa de vida cuando —según el pragmático— no había en Cuba “atmósfera de revolución”, el revolucionario radical le respondió: “Usted ve la atmósfera; yo, el subsuelo”. También Fidel tuvo la mirada de zahorí necesaria para calar en las honduras de la historia y vislumbrar el porvenir.


Aun si cupiera tal vez reconocer alguna razón práctica en el pensamiento regido por el pragmatismo —sin ignorar que este, en raíces y en proyección, es propio del sistema capitalista—, una realidad contundente se yergue para desautorizarlo desde la base. Gracias a que Martí se planteó imposibles históricos tales, con trincheras de ideas y con una bien organizada guerra de liberación nacional de implicaciones planetarias, y a que Fidel asumió resueltamente esa herencia en su tiempo, existe hoy la Cuba soberana capaz de proponerse construir una sociedad justa.


Fidel puso toda su creatividad política, su fertilidad ideológica, su capacidad de lucha, en camino de dar continuidad, para salvar a Cuba e impedir que el Apóstol muriese, a las metas que este abrazó y las circunstancias, incluida su muerte, le impidieron lograr. A un empeño similar está convocada por la historia, por la vida, la mayoría revolucionaria del pueblo cubano para que su Comandante no muera. Ello significa, entre otras cosas, no renunciar al propósito de que no haya un niño sin aula, aunque para instruirlo, por vivir aislado en las montañas, sea necesario mantener una escuela en la cual él sea el único alumno.


Esa decisión, que abona el futuro de la patria, es parte de una revolución hecha con los humildes, por los humildes y para los humildes, en la senda que Martí señaló, e hizo suya, al echar su suerte con los pobres de la tierra. Nada de eso debe terminar en simple consigna, sino seguir siendo brújula, y también para afirmar ese propósito será fundamental mantener vivo a Fidel.


En general, lo que para el pueblo cubano significa la partida de su líder —precedida por realizaciones que el contexto histórico y deficiencias internas le imposibilitaron a la vanguardia patriótica cubana de finales del siglo XIX consumar— pudiera compararse con lo que para una familia representa la muerte de un padre extraordinario a cuyas autoridad y grandeza se ha confiado la suerte del hogar. Cuando ese padre falta, la familia tiene una disyuntiva: o se resigna a perder el rumbo y a hundirse en el quebranto y la disolución, o sus integrantes se unen resueltamente para elevarse a la continuidad reclamada por el ejemplo heredado del padre.


Solo una disposición tal, que no cabe dejar solamente en manos de gobernantes y funcionarios por muy brillantes y honrados que estos fuesen, le permitirá al pueblo cubano mantener en pie el legado de su Comandante. Se trata de un logro indispensable para seguir el camino gracias al cual llegó Cuba a ser lo que crecientemente ha sido desde el alba de 1959: una honrosa anomalía sistémica en un mundo donde predominan las reglas capitalistas, las fuerzas imperiales. Lograr que Cuba fuera “un país normal” habría sido fácil: bastaba dejarla a merced del mercado y de la voracidad imperialista de la cual su pueblo fue capaz de librarla, guiado por la vanguardia revolucionaria que Fidel condujo y alumbró.


Ese logro sería insuficiente si no se afincara en un funcionamiento que no solo dé a Cuba un erario próspero y sustentable, sino también las condiciones de un país plenamente vivible con una alegría cotidiana que no debilite la necesaria capacidad de sacrificio. Se requiere para ello, a no menor altura que la eficiencia económica y material, una eticidad firme que caracterice a una ciudadanía honrada en su conjunto y en la acción diaria, individual, de sus integrantes, en quienes el afán revolucionario estaría manco sin la correspondiente disciplina en las normas de convivencia.


Fines tales no se conseguirían si se dejara morir el legado del Comandante. Para las metas que él se trazó como base para el bienestar material y moral del pueblo no servirá el pragmatismo economicista, para el que todo puede reducirse a finanzas y saldos. Unas y otros deben tenerse en cuenta, atenderse; pero, si se quiere que sirvan de veras a los afanes de la justicia social y la dignidad humana, no han de considerarse fines, sino requisitos para asegurar la soberanía de la nación y los grandes ideales redentores.


De ahí la importancia de cultivar la pasión con que, frente a la pérdida física del líder, la gran mayoría de su pueblo honra su memoria y expresa la decisión de mantenerlo vivo. Eso reclama que entre todos seamos Fidel, que tengamos como guía de conducta su estatura histórica y política, lo cual sería tonto entender como que cada uno de nosotros las emulará. La cuestión está en que seamos fi(d)eles a su ejemplo, a su obra, a su tesón, a su voluntad de desafiar y vencer imposibles.


Así como para el ateo Ernesto Guevara, otro grande de su estirpe, el “Patria o Muerte” podía repetirse como un “Ave María purísima” en una obra de transformación que une a los llamados no creyentes y a los creyentes, ante la expresa voluntad popular de mantener vivo a Fidel, de conservar activa la brújula de su ejemplo, cabe decir con fuerza de reclamo: ¡Amén!


Luis Toledo Sande


Publicado en Bohemia Digital:



El ángel de Fidel.

Por Jorge Mañach*



Por Jorge Mañach*/Diario de la Marina**.- Escuchábamos la otra noche a Fidel Castro por televisión. Había allí amigos de distintos matices: revolucionarios, conservadores, intermedios... Los había entusiastas sin flaqueza y aprensivos sin tregua. Se interrogaba al líder de la Revolución sobre todo lo divino y lo humano. La implacable curiosidad periodística, en rigor no hacía falta. Fidel todo lo dice. Cada pregunta le da pie no para una, sino para diez respuestas. Nada se calla; nada disimula; de nada se abstiene. Lo quiere explicar todo, y de todo está enterado.


La cosa empezó a esa hora de la noche en que aún hierven los ruidos ciudadanos. Pasaban los faros de los automóviles a cada momento, rasgando la sombra del portal en que le escuchábamos como sumidos en un rito. Fueron transcurriendo también las horas. Cuando Fidel terminó, soplaba ya el friecillo de la madrugada, y el silencio arropaba a la ciudad.


—¿Qué te ha parecido? —pregunté al más conservador de mis amigos allí reunidos, un abogado de grandes empresas, de factura mental muy sólida, de fina puntería dialéctica y de espíritu cubano sobrio, sin aspavientos.


Se quedó un momento en silencio. Luego respondió laboriosamente, como quien refleja un conflicto interior.


—Este muchacho me tiene desconcertado. Hay momentos, muchos momentos, como esta noche, en que le escucho con algo más que simpatía: con una profunda emoción. Se le ve tan sincero, tan férvido, tan entregado a su causa, tan manifiestamente animado de un anhelo de justicia, de dignidad y de bienestar para todos, que parece realmente un milagro humano... Sí, un milagro... cubano. Algo como Martí. Pero...


—¿Pero?


—Luego me sacudo de ese trance casi hipnótico en que sus palabras lo ponen a uno. Pondero ciertas manifestaciones, comparo la realidad con las cosas que dice; exploro, sobre todo, el sentido que tienen (o que no tienen) ciertos argumentos, particularmente de orden económico... Y te confieso que entonces me alarmo, disiento, me pregunto si no estará construyendo peligrosamente una utopía sobre premisas hijas de su deseo más que de la realidad... Y esto me tiene sometido a un conflicto interior.


Yo no dudo que mi amigo era sincero; desinteresadamente sincero, sin cálculos. Creo que a muchos otros cubanos, aun sin ser conservadores, aun de los que no representan intereses, como él, les ocurre algo parecido.


Por de pronto, es cierto eso de que Fidel "seduce". Yo diría que tiene eso que los españoles llaman "ángel". Un ángel dialéctico y hasta de espada flamígera, como los del paraíso. Pero ángel. A veces se le percibe como en un revuelo de alas. Otras, en la fulguración, en el blandir del anatema. ¡Y qué fuerza de persuasión! Se está, a lo peor, lleno de aprensiones. Que si los fusilamientos; que si las pobres viudas afectadas por la rebaja de los alquileres; que si el comunismo; que si una tendencia a calificar de reaccionarios a cuantos disientan... A muchos, esto los tiene no ya preocupados, sino irritados.


Pero sale Fidel a explicar. Parece siempre que despierta de un vasto cansancio. Parpadea frente a las luces, pone en ángulo las cejas, se rasca un poco la patilla aguerrida. Y empieza a hablar, con la voz ya algo ronca. Explica, arguye, impreca, advierte... Va disolviendo aprensiones. No halaga ni miente seguridades imposibles; pero pide por el bien de todos, por Cuba que le duele. El conservador (hablo del conservador de voluntad generosa, no del acorazado de egoísmos) se siente conmovido. Ve que este hombre, que hace meses puso en la revolución su brazo, ahora está poniendo su alma... El público del programa aplaude desde sus butacas para nosotros invisibles. Fidel baja la cabeza, deja devanarse el aplauso, con el lápiz clavado en el papel, con cierto aire dulcemente adusto en el rostro, con no sé qué expresión grave e infantil a la vez.


Los conservadores de buena voluntad guardan silencio. Cuando Fidel termina, alguno se lanza a decir que sí, que está bien, pero que habla demasiado... Yo, que no gusto de lisonjas, y menos en momentos como éstos, me limito a hacer observar que Fidel se ha echado encima, abrumadoramente, una tarea indispensable de apóstol, de mentor revolucionario del pueblo.


— Pero, en sustancia —me estrecha mi amigo— ¿qué piensas tú? ¿No compartes mis aprensiones, mis temores?


Y ya no tengo más remedio que ser explícito.


—Te diré. Nos hemos pasado la vida (al menos me la he pasado yo, como escritor público) pidiendo una honda y total rectificación de la vida cubana. Más de una vez escribí que esto necesitaba "una cura de caballo", "una cura de sal y vinagre". Y ahora que eso ha llegado, me parece de canijos asustarse...


—Pero ¿son de veras rectificaciones?


—¡Qué duda cabe!... Por lo pronto, la Revolución ha logrado ya aquello que Martí pedía: poner de moda la virtud. Y yo creo que esa proscripción de la venalidad, de la frivolidad, de la irresponsabilidad, ha llegado con tal fuerza acumulada de voluntad y con tanto ímpetu, que no va a ser una simple "moda" pasajera.


—¿Y qué más?


—Eso es algo cardinal. Otra cosa cardinal es esta: la vida pública cubana, cuando no fue siniestra y sórdida, como en los últimos años, era algo chato, menguado, sin nobleza alguna en los empeños. No había voluntad de nación. Vivíamos, a lo sumo, acogidos a un optimismo rutinario, con el cuento aquel de que la Isla era de corcho... Ahora hay altura de propósitos en el ambiente, voluntad creadora, decisión de ser... Esto me parece enorme. Al lado de eso, todo lo demás cuenta muy poco.


—¿Cómo?, ¿qué cuenta muy poco ese atacar a los ricos, ese antiamericanismo innecesario, esa infiltración comunista, esos despojos inmerecidos?


—Me parece que todo eso se exagera, francamente. Sobre todo, se lo mira sin sentido integral e histórico. Una revolución democrática como esta no es cosa que pueda hacerse sin desquiciamientos, sin desajustes, sin tanteos, sin riesgos más o menos graves. Mucho peor que esto esperábamos a la caída de Batista: esperábamos una hecatombe... Lo que importa es la visión global —no mirar las cosas desde el ángulo estrecho de los personales intereses— y la visión histórica: no contemplarlas en relación con el hoy, sino con el mañana... Lo accesorio siempre puede rectificarse. Hay que estar a lo esencial.


No sé si convencí a mi amigo. Yo no podía ser más claro, ni él entenderme del todo. Estábamos rendidos de sueño. 


*Jorge Mañach Robato Eminente intelectual y político cubano. Doctor en Filosofía y Letras y notabilísimo escritor y periodista. Publicó importantes libros y cientos de artículos en los principales diarios y revistas cubanas. Participó en la Protesta de los Trece contra el gobierno de Alfredo Zayas y perteneció al Grupo Minorista. Ver: Jorge Mañach.

**Diario de la Marina, 4 de abril de 1959, p. A-4.

Artículo tomado de La Jiribilla.

Fidel en la Universidad Habana el 27 de noviembre de 1960. Foto Liborio Noval



martes, 29 de noviembre de 2016

Fidel Castro y la historia


 LA HABANA. Aunque él mismo la pronosticó en su última comparecencia pública, la muerte de Fidel Castro no ha dejado de conmocionar a los cubanos y al resto del mundo.






Varias veces confesó que no había esperado vivir tanto y tenía razón, no por razones biológicas, sino porque difícilmente otra persona asumió más riesgos durante su vida y ninguno fue objeto de tantos intentos de asesinato.

Fidel fue un soldado invencible, un intelectual de alta talla y un político extraordinario, pero ninguna de estas cualidades son suficientes para caracterizar la dimensión de su figura. La grandeza de Fidel radicó en haber sido un cubano universal y un adelantado de su tiempo.

Tres ejes caracterizan su trayectoria política: un patriotismo que colocó a Cuba en el epicentro de la política mundial; una vocación antimperialista que le llegó de José Martí y la solidaridad internacional, lo mismo para librar combates en cualquier parte, que para “invadir” con médicos y maestros cubanos al Tercer Mundo. Fidel fue un hombre de muchos pueblos y solo un ignorante o un fanático puede ignorar su peso en la historia contemporánea.

Alrededor de su persona, ya sea en Cuba o en cualquier otro país, se concentraban multitudes para escucharlo o simplemente verlo de cerca, conscientes  de que eran testigos de un hecho trascendente. No existe un lugar del planeta donde no se conozca su nombre.

Ganó batallas que parecían quiméricas y, al margen de cualquier otra consideración, ha dejado al morir un país soberano e independiente, con un prestigio universal que constituye su mejor defensa. Un pueblo sano y culto como pocos y un sentido de la dignidad nacional, que ha posibilitado que incluso sus enemigos vivan el orgullo de ser cubanos.

Varias generaciones de cubanos nos educamos bajo su liderazgo y estoy seguro que muchos comparten el sentimiento de que fue un privilegio haber sido contemporáneo de Fidel Castro y estar a su lado en las buenas y en las malas, compartiendo peligros y sacrificios.

Recién comienza otra historia de Fidel Castro, al igual que ocurrió con el Che, con seguridad su imagen aparecerá en cualquier rincón del planeta donde se reclame justicia y los políticos mediocres, que desgraciadamente tanto abundan, no sabrán qué hacer “con ese fantasma que recorre el mundo”. Ya que se habla tanto de “legados”, éste será el de Fidel Castro de cara al futuro.

Habrá tiempo para profundizar en su pensamiento, donde hay mucho que encontrar, así como escudriñar en aciertos y errores para que sirvan de experiencia, pero ahora se impone el homenaje a un hombre excepcional que marcó la vida de mucha gente dentro y fuera de Cuba.

“Honrar, honra”, decía José Martí, y así han actuado todos los gobernantes y personalidades del mundo, sin importar diferencias ideológicas o posiciones políticas. La excepción es un señor que se llama Donald Trump, que en virtud de la “democracia norteamericana” será el próximo presidente de Estados Unidos.

No debieran sorprendernos sus insultos, en verdad los han sufrido personas de todo tipo, pero parece que Trump está diseñado para romper toda escala ética. Se ha equivocado muchas veces y acaba de hacerlo en su primera prueba diplomática, demostrando que no son infundados los temores que despierta su ignorancia y arrogancia, pero más grave aún es que ha sacado a flote sus miserias humanas: quien no sabe respetar a un adversario que muere con dignidad, no se respeta a sí mismo.

Ojalá que en su proceso de aprendizaje como gobernante llegue a comprender la importancia de respetar el sentimiento de los pueblos, especialmente el cubano, que parece ha confundido con un grupo de delirantes que, desde el odio y la impotencia, andan organizando fiestas macabras en Miami.

En cualquier caso, sentirá el desprecio internacional, volverá a verse aislado en el mundo y criticado en su propio país. La moraleja es que la respuesta al insulto será otra victoria de Fidel Castro.

Resulta lamentable que este precedente pueda poner en peligro lo que se ha avanzado en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, porque ello beneficia a ambos pueblos. Ojalá que las presiones de los que abogan por la convivencia eviten que continúe por este camino, pero, en cualquier caso, vivir sin Estados Unidos, incluso en su contra, no será nada nuevo para los cubanos.

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lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi amigo Fidel

Por: Frei Betto



 Fidel y Frei Betto el domingo 16 de febrero de 2014.





He perdido un gran amigo. Nuestro último encuentro fue el 13 de agosto, cuando cumplió los 90 años. Me recibió en su casa, en La Habana, y por la tarde fuimos al teatro Karl Marx, donde fue homenajeado con un espectáculo musical. A pesar de que tenía su organismo debilitado, caminó sin apoyo desde la entrada del teatro hasta su butaca.


Con Fidel desaparece el último gran líder político del siglo 20, y el único que logró sobrevivir más de 50 años a su propia obra: la Revolución Cubana. Gracias a ella la pequeña isla dejó de ser el prostíbulo del Caribe, explotado por la mafia, para convertirse en una nación respetada, soberana y solidaria, que mantiene profesionales de la salud y de la educación en más de cien países, ocluyendo el Brasil.


Conocí a Fidel en 1980, en Managua. Lo que llamaba la atención a primera vista era su imponencia. Parecía mayor de lo que era, y el uniforme militar le revestía de un simbolismo que transmitía autoridad y decisión. Daba la impresión de que cualquier butaca era demasiado estrecha para su corpachón. Cuando entraba en un recinto era como si todo el espacio fuera ocupado por su aura. Todos esperaban que él tomara la iniciativa, escogiera el tema de la conversación, hiciera una propuesta o lanzara una idea, mientras que él persistía en la ilusión de que su presencia era una más y que lo tratarían sin ceremonias ni reverencias. Como en la canción de Cole Porter, él debía preguntarse si acaso no sería más feliz siendo un sencillo hombre de campo, sin la fama de que estaba revestido. En cierta ocasión el escritor colombiano Gabriel García Márquez, de quien era gran amigo, le preguntó si sentía la falta de algo y Fidel respondió: “El poder quedarme parado, anónimo, en una esquina”.


Otro detalle que sorprendía en Fidel era su timbre de voz. Su tono de falsete contrastaba con su corpulencia. A veces hablaba tan suave que sus interlocutores debían ponerle mucha atención. Y cuando hablaba no le gustaba ser interrumpido. Pero no monopolizaba el uso de la palabra. Nunca he conocido a nadie a quien le gustase tanto conversar como él. Siempre que no fuesen encuentros protocolares, en los que las mentiras diplomáticas suenan como verdades definitivas. Fidel no sabía recibir a una persona durante sólo diez o veinte minutos.


Por invitación de los obispos de su país y del propio Fidel, actué en el asunto de la libertad religiosa en Cuba, facilitado por la entrevista contenida en el libro Fidel y la religión, en la cual el líder comunista aprecia positiva el fenómeno religioso.


No sabría decir cuántas conversaciones privadas he tenido con Fidel. Una curiosidad es que este hombre, capaz de entretener a la multitud durante tres o cuatro horas, detestaba, como yo, hablar por teléfono. En las pocas veces que le vi al aparato siempre fue muy parco.


Mis frecuentes viajes a La Habana estrecharon nuestros lazos de amistad. En el prefacio que generosamente escribió para mi biografía, lanzada esta semana por la editora Civilización Brasileña, Fidel subraya que defiendo a Cuba “sin dejar de sustentar puntos de vista discrepantes o diferentes de los nuestros”. En la década de 1980, cuando expresé críticas a la Revolución, el Comandante replicó: “Es su derecho. Es más: es su deber”.


Todas las veces que lo visitaba en su casa, después que dejó el gobierno, le llevaba chocolates amargos, su preferido, castañas y libros en español sobre cosmología y astrofísica. Conversábamos sobre la coyuntura política mundial, su admiración por el papa Francisco y, especialmente, sobre cosmología. Le conté que al visitar a Oscar Niemeyer, poco antes de la muerte del arquitecto brasileño, ya centenario, me dijo éste, animado, que cada semana reunía en su despacho a un grupo de amigos para recibir clase de cosmología. El hecho de que dos eminentes comunistas se interesaran tanto por el tema, comenté con Fidel, me hizo recordar una escena de la película “La teoría del todo”, en la cual el protagonista del famoso físico inglés Stephen Hawking, todavía estudiante en Cambridge, le pregunta a una muchacha con quien iniciaba un romance: “¿Qué estudia usted? Historia, responde ella. Él le dice: Yo estudio cosmología. ¿Qué es eso?, indaga ella. Y él responde: Una religión para ateos inteligentes”.


Tengo para mí que Fidel, alumno interno de colegios religiosos durante diez años, abandonó la fe cristiana al abrazar el marxismo. De algunos años para acá me queda la impresión nítida de que se volvió agnóstico. Varias veces me pidió, al despedirnos: “Ore por nosotros”. Tengo la certeza de que Fidel transvivenció feliz con su coherencia de vida.




viernes, 25 de noviembre de 2016

El amor no es un privilegio de la inteligencia







Algunas de las canciones de nuestro invitado de hoy forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones de españoles y latinoamericanos. Yo crecí escuchando Ojalá, Canción del elegido y Playa Girón, aunque el tema que nunca ha dejado de acompañarme es aquel que dice “debo partirme en dos”.
Con Haydée Santamaría. Foto: Cubadebate

Silvio Rodríguez, bienvenido a Otra Vuelta de Tuerca. Es un placer.

Mucho gusto, Pablo.

Me han contado que naces en San Antonio de Los Baños y que tu padre influye mucho en tu amor por la literatura y tu madre en tu amor por la música. ¿Cómo era Silvio Rodríguez de pequeño?

Era fantasioso. Era el mayor de dos hermanos, tenía una hermana pequeña y me tuve que acostumbrar a jugar solo durante mucho tiempo. Pero mi padre, como bien dices, me inclinó a la lectura, sobre todo a la poesía. Me leía poemas de Rubén Darío, de Nicolás Guillén y de otros poetas también, incluido Juan de Dios Pesa, un poeta mexicano que fue amigo de José Martí, que le llamaban El Poeta del Hogar y tenía versos muy divertidos sobre la vida cotidiana, hogareña. Eso me hizo inclinarme por la lectura, porque después cogía los libros de mi padre y me ponía a leerlos. Mi madre cantaba y canta todavía, tiene 90 años y canta todavía. Ella viene de una familia donde hubo algunos músicos, no muy destacados, pero sí muy persistentes; de esa combinación creo que adquirí el gusto por la literatura y por la música.
Hay un período que atraviesa tu infancia y que a mí me fascina: el fin de la dictadura de Batista y el inicio de la Revolución Cubana, cuando tú eres muy jovencito todavía. ¿Qué recuerdos tienes de ese período?

Tengo recuerdos muy vívidos de cosas que pasaban en la calle, atropellos de policías a vagabundos, por ejemplo. Vi cosas así en mi infancia que me afectaron mucho. Recuerdo también las luchas estudiantiles, el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957. Yo era un niño de 9 años, el tiroteo se oía en toda La Habana. Recuerdo también que se hablaba mucho de que desaparecían jóvenes universitarios y que luego aparecían torturados. Íbamos también a casa de un familiar nuestro que vivía frente al Capitolio y ahí, en un cuartico que estaba al fondo de la casa, se encendía muy bajito Radio Rebelde, que era la radio que se transmitía de la Sierra Maestra, y uno de los que hablaba ahí era el Che, porque él fue el promotor de esa idea de hacer una radio que llegara a toda Cuba. Desde antes del triunfo revolucionario nos fuimos familiarizando con los nombres de Fidel, del Che, de Raúl, de Camilo, Almeida; los que eran jefes de columnas. Todo el mundo era cómplice de lo que estaba pasando, a través de Radio Rebelde y a través de una forma de divulgar las noticias —que el Che bromeó en determinado momento con eso y que se usa mucho en Cuba— y que le llamamos “radio-bemba”, o sea, la gente hablando.
Cuando triunfó la Revolución el 1ro. de enero de 1959, nos sorprendió a nosotros en una visita que estábamos haciendo en mi pueblo natal. Ya vivíamos en La Habana desde hacía años y estábamos en San Antonio pasando ese fin de semana. Fue un día luminoso, lleno de sorpresa: la gente se lanzó para la calle. Fue un día de mucha intensidad.


Haces el servicio militar después de la Revolución y ahí aprendes algo muy importante para el resto de tu vida, a tocar la guitarra. De ahí surgen, además, algunas de tus canciones míticas como “La guitarra del joven soldado”. ¿Cómo es hacer la mili en la Cuba revolucionaria, con 17 años?


En aquel momento era más duro, ahora es más suave y creo que es un año, pero en aquel momento, cuando surgió la ley de servicio militar, eran tres años. Yo estuve tres años y tres meses, y realmente era difícil. Creo que íbamos, sobre todo, jóvenes que en ese momento no estaban haciendo nada, y dio la casualidad de que en ese momento yo estaba haciendo algunas cosas, pero no estaba trabajando propiamente. Estaba estudiando por mi cuenta piano y pintura; no estaba haciendo la secundaria ni la universidad. Como eran estudios digamos irregulares, no se me tomó en cuenta que estaba estudiando y me metieron en el servicio.

Aprendí muchas cosas allí, sobre todo en el sentido de que podía haber algún tipo de organización que juntara a mucha gente con un solo propósito. Eso fue interesante, porque fue la primera vez que vi eso y creo que nunca más lo he vuelto a ver. Me imagino que los partidos son así un poco también; el ejército es más riguroso, en el sentido de la disciplina, pero esto, aunque tiene su parte negativa, también tiene su parte hermosa. Los ejércitos, lógicamente, no tienen muy buena prensa en general en el mundo, pero el hecho mismo de que exista una organización que ponga a muchos seres humanos a hacer una cosa, lo veo como algo positivo. Aprendí, entre otras cosas, radiotelegrafía. Me hice radiotelegrafista y eso me sirvió años después, cuando estuve en la Flota Cubana de Pesca, por las costas de África. A veces me sentaba en la máquina y me ponía a pasar mensajes y a recibirlos.

En el ejército di con un muchacho que tenía su cama al lado de la mía y que tenía una guitarra. Aunque ya tenía un poco de inclinaciones musicales, realmente ahí fue cuando empecé a escudriñar qué podía hacer y le pedí que me enseñara algunos acordes. En cuanto aprendí los dos o tres primeros acordes, ya seguí solo. Es que me aburría mucho, la verdad, y aquello fue para mí como llegar a un remanso, a un paraíso. Luego me escabullía, después que daban la hora de silencio, a eso de las 10:00 p.m. A esa hora todo el mundo se dormía y yo agarraba la guitarra, caminaba varios kilómetros, me sentaba debajo de una mata y allí me pasaba hasta la una o las dos de la mañana. Al día siguiente ya tú sabes cómo estaba.

Con Frank Fernández. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro


Terminas el servicio militar, empiezas a cantar y coincides con algunos nombres que todavía no se conocían fuera de Cuba, como Pablo Milanés. Muchos años después se hablará de la nueva trova cubana, que seguramente en aquel momento no se consideraba un movimiento musical específico. Desde la distancia, desde el presente, ¿cómo juzgas lo que significó la nueva trova?


Nosotros éramos herederos de una trova que existía en Cuba desde mediados del siglo XIX y que había tenido diversas etapas, de manera que la nueva trova no es más que los muchachos de mi generación, a quienes les toca agarrar la guitarra en pleno proceso revolucionario. Nos caracterizamos por, de cierta forma, seguir los pasos de los anteriores, pero también por un sentido de ruptura, sobre todo en el sentido de la palabra. Empezamos a usar más palabras que las que solía tener el léxico de las canciones que se conocían y pienso que esto fue por vínculos que tuvimos con gente de la literatura. Antes de irme al ejército estuve trabajando en un diario de la juventud, de la juventud socialista primero y después de la juventud comunista cubana, que se llamaba semanario Mella, donde conocí a una serie de escritores, dibujantes, fotógrafos; gente de mi generación que después fueron importantes. Allí empecé a tener cierto rigor en las lecturas y, cuando empecé a hacer canciones, todo aquello que me gustaba, inevitablemente, lo empecé a volcar en las canciones; a todos los demás compañeros que conformamos ese primer núcleo de la nueva trova les pasaba un poco parecido. Le pasó, a su manera, a Pablo, a Noel Nicola, a Vicente Feliú y a todos. Influyó también el hecho de que al triunfo de la revolución se inaugurara una política muy concentrada en la cultura, que arrancó con una campaña de alfabetización; después se hizo la Editora Nacional de Cuba, que la dirigió Alejo Carpentier. ¿Cuál fue la política de esa editora? ¿Qué hizo? Editar todos los clásicos universales, españoles. Lo primero que se editó fue El Quijote y luego los clásicos del Siglo de Oro, los clásicos norteamericanos e ingleses, incluido Shakespeare y la literatura latinoamericana, que también impulsó mucho la Casa de las Américas, su directora, Haydée Santamaría, y todos los intelectuales que se reunieron alrededor de eso. Hubo un ambiente muy cultural y literario a principios de la Revolución. Pienso que todo ese ambiente, todas esas lecturas, esa avidez que despertaron todas esas publicaciones, ayudado por  la propaganda inmensa que se le hacía en la televisión y en los demás medios a los temas culturales, influyó mucho en nosotros y nosotros fuimos lo que fuimos gracias a eso. Influyeron también las características personales de cada cual, indudablemente, pero todo este ambiente que te describo resultó esencial.

Hay un elemento de tu biografía en esa época que también me llama mucho la atención y es el viaje de 125 días en el que llegas a Cabo Verde, a Dakar, y donde dicen que compones algunas de las canciones que forman parte de la biografía sentimental de generaciones de latinoamericanos y de españoles como “Ojalá” y “Playa Girón”. ¿Qué significa ese viaje para ti?

Ahora mismo me acabo de encontrar dos libros de lo más interesantes, uno es el diario de Arthur Conan Doyle sobre un viaje que hizo y otro es acerca de un viaje que hizo con Jack London, un contemporáneo suyo. Acaban de salir esos diarios y yo estaba un poco obsesionado con esas lecturas. Había leído mucho a London, a Conan Doyle, a Josef Conrad, todas esas novelas que hablaban del mar. Acuérdate que yo soy de una isla y que todos los isleños tenemos un poco la curiosidad por saber qué es lo que hay más allá del horizonte, porque alrededor nuestro solamente vemos agua. Yo tenía un poco esa ansiedad, unida a que en aquellos momentos se estaba estrenando la Flota Cubana de Pesca, conformada por una legión de jóvenes que se lanzaban al mar sin tener una cultura de pesca, sino sencillamente porque era necesario pescar para llevar comida a Cuba. A veces estaba la conciencia de saber que muchos de ellos se metían meses, incluso se hablaba hasta de años, sin regresar, trabajando sin parar. Todas esas cosas unidas: mis lecturas, la realidad, la flota cubana y algunas otras cosas más, me llevaron a plantearle un día a un compañero que me hiciera el favor de conseguirme un viaje para montarme en un barco y así fue. A los dos o tres meses este amigo me llamó y me dijo: “¿Te quieres ir todavía en el barco?”. Le respondí que sí y me presentaron al capitán. “Este es el tipo que se va con ustedes” ─le dijeron─, y yo agarré un montón de libros que no me había leído y algunos que me había leído, pero que me quería volver a leer, y arranqué. Estuve cuatro meses y pico haciendo todo ese viaje. Era la primera vez que salía de Cuba y fui a dar a Las Palmas de Gran Canaria. Ahora hice ese cuento, cuando estuvimos por allá cantando, y estuve en Lanzarote también. Yo tenía 22 años y era el ansia de un joven de esa edad, la incógnita de saber qué había más allá del horizonte, unido al deseo de cantarle a los compañeros que se estaban sacrificando. Así fue que hice las dos cosas: averigüé qué había más allá del horizonte y le canté a los compañeros.

En 1972 llegas a otro mundo, seguramente muy distinto a las Canarias, al África, incluso al de esa literatura de viajes. Llegas a la República Democrática Alemana con un concierto en Berlín del Este, y después visitas Moscú. ¿Cuál es tu impresión, tu recuerdo de lo que entonces se llamaba socialismo real europeo?

Me produjo incógnitas. Por ejemplo, en la Basílica pequeña, que está en el Kremlin y que atesora iconos de Andréi Rubliov, hubo una soviética que era la guía turística y explicaba los iconos y las figuras religiosas como si fueran mitos de otro planeta: “antes se creía que existían seres en el cielo”, decía. Aquello me sonó raro, impostado. Me preguntaba, ¿cómo va a ser, si todavía hay iglesias y la mamá de uno cree también que hay gente allá arriba? Me sonó algo falso, pero de todas formas eso estaba ligado con lo que uno también había leído de ese país. Fui al cementerio Novodévichi y me hice una foto al lado de la tumba de Maiakovski, un poeta que siempre admiré, no solo por su poesía, sino por su postura humana. Es un país extraordinario, misterioso, con una historia particular; un país al que yo respeto mucho, porque hizo también una extraordinaria contribución a la humanidad, cuando la Segunda Guerra Mundial.

Luego estuve en la RDA, como bien dices, y algo fascinante fue ir a la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, donde está la tumba de Johann Sebastian Bach. Eso, para cualquiera que ame la música, es extraordinario; ese rigor de las iglesias protestantes, hechas de pura madera y pura piedra, sin ornamentos ni oro, y aquella tumba allí, en el suelo, es muy impresionante. Lo otro que te iba a contar es que en los hoteles —porque hicimos una girita por algunas ciudades del interior—, había un letrerito que decía que por conciencia no pusieras la televisión del enemigo. Estaban tan cerca del enemigo que la televisión entraba, y te pedían que, por conciencia, no lo hicieras, y yo decía: “qué bobos son”, porque nada más si te dan la noticia de que hay una cosa extraña ahí que ver, lo primero que tú haces es ponerlo. Son cosas que tenía el socialismo y que hasta cierto punto han tenido sus equivalencias también en Cuba. Cosas que, justamente por estar en Cuba y por comprender la complejidad del socialismo en un mundo y en una época en que no estábamos solos en el mundo, sino bastante mal acompañados, pues uno entendía un poco.

Hay otro momento histórico mágico, que es también un mito en América Latina y para la izquierda en general. Me refiero a los mil días de Allende, y tú eso lo ves directamente. En 1973, junto con Pablo Milanés, Noel Nicola y otros, viajas al Chile de Violeta Parra, de Quilapayún, de Víctor Jara y, sobre todo, el Chile de la Unidad Popular. Supongo que para un cubano esa experiencia tenía que ser muy llamativa, sobre todo por la complicidad y la empatía que se había creado entre Allende y Fidel.

Apasionante, sobre todo para mi generación, que había vivido los enfrentamientos callejeros cuando la tiranía de Batista, pero desde la óptica del niño. No nos habíamos podido enfrentar nunca en la calle a nada; pero allí tú ibas caminando por la calle y de pronto te veías en medio de una lanzadera de gases lacrimógenos, palos y chorros de agua, y había un momento en que ya tú no sabías ni a quién tenías al lado. Era un poco sálvese el que pueda, porque se armaban situaciones muy crispadas y desesperadas. Era tener todas esas experiencias y la posibilidad de verlo en vivo.

Una cosa que me llamó mucho la atención y que me angustiaba mucho, era ver cómo los mismos compañeros, o lo que se suponía que eran los compañeros de Allende, lo criticaban tanto. O sea, que lo criticaba tanto la derecha como la izquierda, e incluso parecía que la izquierda lo criticaba más que la derecha. Y yo me preguntaba: ¿cómo puede ser? Fue muy aleccionador. Estuvimos justo un año antes del golpe, durante septiembre de 1972. Cuando llegamos esa noche, en la madrugada, al aeropuerto de Pudahuel, la primera gorrita que vi entre el grupo de compañeros que nos estaba esperando era la de Víctor, y esto me ha pasado después todas las veces que he ido a Chile.

Con Ángel Parra. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro

¿Ves la gorrita de Víctor?

O no la veo y me da angustia. Me he quedado con el recuerdo de que cuando aterrizo en Chile me van a estar esperando la gorrita de Víctor y los Parra, incluido Ángel, a quien  mandaron para el campo de concentración de Pisagua. Toda aquella pléyade de talento musical que tuvo que salir huyendo, desperdigados por Europa y algunos que pasaron por Cuba. Fue una experiencia tremenda la de Chile.

Después de eso sacas tu primer disco, te censuran canciones en América Latina, se prohíbe escuchar a Silvio Rodríguez en algunos países latinoamericanos, y en España se prohíben también algunas canciones tuyas. ¿Cómo se vive eso de que a uno le prohíban canciones?

En ese momento yo era un poco conocido en Cuba. Había empezado a tocar en el año 1967, cuando me desmovilicé del servicio Militar; había tenido un programa de televisión y algunas de mis canciones eran bastante conocidas, sobre todo “La era está pariendo un corazón”, que la hizo popular Omara Portuondo. Había hecho algunos temas para programas de televisión y la gente sabía quién yo era, pero realmente yo no tenía una proyección internacional muy fuerte. Eso de la prohibición internacional empezó con “Siete días con el pueblo”, en República Dominicana, en 1974. Lo que tú me decías de canciones prohibidas tiene que ver con que en ese momento  estaban las dictaduras militares en el cono sur, y eso incluye que no solo estaban prohibidas, sino que cuando las canciones que hacíamos los cubanos se vinculaban a alguna actividad política, eso podía costarle caro a algunas gentes.

Después vino el caso de aquí, de España. En mi primer disco hay 2 canciones que las prohibieron aquí, una era la que le daba nombre al disco, “Días y flores”, porque decía: “la rabia, coño, paciencia, paciencia”. Parece que esa palabra no se podía decir y la sorpresa mía es que, a los dos años, en 1977, cuando vengo aquí por primera vez y leo los periódicos, veo que se escriben todas las palabras que en Cuba no se podían decir, y digo: coño, ¿por qué prohibieron mi canción que decía “coño”, cuando eso lo dice aquí todo el mundo, hasta en el periódico?

¿Cómo viviste ese contraste entre las dos Españas? Tú habías estado en Las Palmas, no sé si pudiste darte una vuelta y conocer lo que era la España de la dictadura y, de repente, llegas en el momento de la transición.

Me di cuenta de que había algo reprimido y que había como un momento de expansión, lo que ustedes llaman el “destape” o algo así, y eso lo vivimos aquí porque…

Porque aquí grabaste tu segundo disco en 1978. ¿Puede ser?

Yo estaba grabando mi segundo disco en Cuba, pero tuve que venir y “al final de este viaje en la vida”, que así se llama el disco, lo grabé aquí en un ratico que me metí en un estudio de grabación. Nosotros estábamos aquí en el hotel Arosa, en la calle Salud, la noche en que legalizaron el Partido Comunista.

El jueves santo

Estábamos ahí al frente y sentimos los pitazos, el ruido y la gente en la calle y, cuando nos asomamos al balcón, eran los carros pasando con la bandera roja; yo decía: se volvieron locos los españoles. Era que habían legalizado el Partido Comunista. Nos sorprendió la mañana después, sentados en un quicio de La Gran Vía, viendo pasar a la gente y saludando. Eran momentos muy especiales para este país y a nosotros, como veníamos de Cuba, que era un país revolucionario, nos impresionó ese momento de apertura aquí. Creo que por eso fuimos tan bien recibidos. Recuerdo que Carlos Puebla venía muchísimo y cantaba “Llegó el comandante y mandó a parar” y llenaba los teatros. Aquello era una efervescencia tremenda y fueron años muy lindos, realmente.

Te quiero preguntar por tu experiencia en la guerra de Angola, cuando participas en las brigadas internacionales cubanas que combatieron contra las tropas sudafricanas del Apartheid. ¿Qué recuerdos tienes de una experiencia militar directa, en condiciones tan difíciles?

La gente de mi generación estaba muy marcada, y creo que lo estamos todavía, por el ejemplo del Che.

En Cuba la gente estaba inscribiéndose masivamente en los Comités Militares. En todos había cola, y algunos de nosotros hicimos la cola y nos inscribimos. Luego las Fuerzas Armadas se dieron cuenta de que éramos varios los trovadores y artistas inscriptos, y decidieron hacer una Brigada Artística, de modo que nuestra misión consistió en visitar las unidades militares y algunas poblaciones, lo que nos permitió recorrer todo el país, desde las zonas más tranquilas hasta las menos. Fue una experiencia extraordinaria. La gente de mi generación estaba muy marcada, y creo que lo estamos todavía, por el ejemplo del Che. Esa cosa de hacer la guerra, ganarla y luego tener un cargo de ministro, ser un tipo brillante, crítico, implacable con los errores propios, con los de los contrarios ni te digo; pero sobre todo con los propios, y de pronto dejarlo todo y marcharse, a inmolarse prácticamente. Ese ejemplo se apoderó de nosotros, de mucha gente, y cuando vino lo de Angola, eso estaba latente todavía. Fue a finales de 1975. Las primeras tropas nuestras llegaron a Cabinda como en septiembre u octubre de 1975, con Ramón Espinosa al frente. Doscientos cubanos fueron para allá y nosotros pudimos ir a Angola en febrero de 1976. Cuando llegamos, Sudáfrica aún tenía tomada la mitad sur de Angola y no se sabía si habría un enfrentamiento. Ellos, después de varios combates en que perdieron gente, se retiraron. Perdimos también los cubanos y los angolanos. Fue una guerra y la guerra es catastrófica. A lo último que hay que llegar es a la guerra.

1976, al sur de Angola. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro

 

La primera zona que visitamos fue el norte, el enclave de Cabinda, separado de Angola por un pedazo de Zaire, después del río Zaire. Fue muy interesante, porque también de una playa que hay ahí, que se llama Malembo, salieron algunos de los primeros cargamentos de esclavos para Brasil y para Cuba; eso también implicó un contacto con los ancestros y tuvo mucho significado. Luego impresionaba ver aquel país tan rico, empobrecido por el colonialismo, con su pueblo tan discriminado, sus ciudades opulentas y la inmensa mayoría de la población en un estado de pobreza espantoso. Realmente fue una lección extraordinaria la de Angola. Yo estuve dos veces: la primera, de febrero a junio, y luego a fin de año. Me acuerdo que salimos un 29 de noviembre, día en que yo cumplía 30 años, y regresamos a Cuba ya en 1977. Yo vengo a España por primera vez acabado de salir de la guerra de Angola. Me preguntaste hace un ratico qué me había parecido España y ahora te cuento que para mí fue un contraste extraordinario llegar y cantar en los colegios mayores, donde los muchachos nos aplaudían, y tener tan cerca todo lo que nos había sucedido recientemente fue un contraste muy fuerte, pero la vida está hecha de contrastes.

Hablando de contrastes, tengo entendido que tu primer viaje a EEUU fue en 1978, prácticamente en esa misma época. ¿Qué representa en ese momento, después de esa experiencia angoleña, después de haber estado en Chile e incluso en España, llegar allí, ya con una enorme tensión entre Cuba y EEUU, y ya Silvio Rodríguez siendo Silvio Rodríguez?

Fue muy raro. Voy a Estados Unidos porque me invita una brigada de norteamericanos que se llama la Brigada Venceremos, gente que estaba de acuerdo con levantar el bloqueo y con que no se fuera agresivo con Cuba. Había otro grupo integrado por jóvenes cubanos que pertenecieron a la llamada Operación Peter Pan, mil niños que los padres se llevaron para EEUU por los mitos de que en el socialismo a los niños los hacían compota y todas esas cosas extrañas que se decían entonces. De ese núcleo de muchachitos que fueron llevados a Estados Unidos había una brigada, y ellos también participaron en esa invitación. Te digo que fue extraño porque yo esperaba que fuera todo muy hostil, pero no fue así. Recuerdo que un día llegamos a un teatro y estaba lleno, y había gente que hasta pidió canciones. Eso me llenó de asombro y me dio también otra dimensión de las cosas. Me di cuenta que dentro de los Estados Unidos también había mucha gente amistosa. De ahí regresé a Cuba, donde  se estaba celebrando el festival de la Juventud de 1978 —uno de aquellos eventos mundiales que se hacían de la Juventud y los Estudiantes—, y en ese festival había también una cantidad enorme de norteamericanos, franceses y de todas partes. Fue muy interesante toda aquella etapa de los 70.

Estuviste después, a principios de los 80, en un concierto mítico en Managua, ya en la Nicaragua sandinista.

Ya había empezado lo que llamaron La Guerra Sucia y estaban calientes las fronteras con Honduras. Fue muy hermoso, ahí estuvieron Mercedes Sosa, Chico Buarque y una cantidad enorme de gente. Fue una fiesta extraordinaria aquel concierto. Nosotros estábamos acabados de llegar de un viajecito que hicimos por la frontera con Honduras. Estuvimos tres días dando vueltas por ahí, cantándole a la gente, y llegamos a una unidad que cuidaba la frontera. Allí cantamos y, cuando fuimos a regresar, el pueblo anterior estaba tomado por la contra. Nos tuvimos que quedar a dormir una noche allá, esperar a que la contra saliera del pueblo y, cuando entramos, nos encontramos con un sacerdote español muy joven, de La Mancha, que era dirigente de la guerrilla popular y daba misa con una pistola al cinto.

1976, Cabinda, Angola. Con Vicente Feliú. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro


Es verdad que en los años 80 Cuba todavía tenía una presencia en la escena latinoamericana, en la medida que aún existían movimientos guerrilleros muy vigorosos, y eso le dio a Cuba una gran presencia política, militar hasta cierto punto, pero también cultural. Sin embargo, en los 90 entramos en una situación mucho más difícil, con la caída del muro de Berlín y lo que después se llamará el Período Especial, que significó un replanteamiento en muchas claves de la diplomacia cubana en diversos ámbitos, incluida la cultura. ¿Cómo afecta eso tu forma de pensar, de hacer música e incluso de viajar? Cuando Silvio viaja, viaja también Cuba. Yo supongo que eso a veces es agradable y otras veces genera una presión insoportable. ¿Cómo se nota eso en los años 90?

Yo nunca me lo he creído, para serte sincero. Nunca he pensado que represento a Cuba, creo que una sola vez usé ese recurso.

Pero te lo atribuyen

Allá ellos. Una vez que estuve en Chile, después que salió Pinochet, en el 90, le dije a los chilenos: “Perdonen que use al pueblo de Cuba, pero me parece que el pueblo de Cuba estaría de acuerdo en felicitarlos por haber regresado a la democracia”. Eso lo dije en un concierto, pero jamás he usado eso y muchísimo menos me lo he creído, para nada. Soy un cantor cubano, sin lugar a dudas, y no me arrepiento de eso, me siento bien incluso siendo cubano, pero tampoco creo que sea nada muy especial. Se puede ser de cualquier lugar, es la verdad, todo depende de cómo uno vea las cosas. Lo que ocurrió en los 90 se veía venir. Yo por lo menos me di cuenta de que se acercaban tiempos difíciles. Ya para finales de los 80, todo lo que estaba pasando en la Unión Soviética se veía venir, quizá no tan catastrófico como fue, pero se notaba que todo estaba cambiando. Yo había estado en 1985 en un Festival de la Juventud y los Estudiantes en Moscú, ya estaba la Glasnost y lo que se hablaba era diferente. Ya no se hablaba con tanta confianza como se pudo haber hablado antes y me di cuenta de que se acercaba un tiempo difícil, pero para nosotros lo cubanos.

Soy un cantor cubano, sin lugar a dudas, y no me arrepiento de eso.

En el año 1989 me planteé hacer una gira por toda Cuba que se llamó “Por la patria” y que comenzó en el Pico Turquino, el más alto que tiene Cuba, con casi 2000 metros de altura. Allí subimos e hicimos el primer concierto, solo con guitarra, para unas 200 personas que subieron con nosotros; después hicimos una gira de dos meses por todo el país, con treinta y tantos conciertos, y terminamos en la Plaza de la Revolución. Aunque fue un año antes del descalabro, yo intuía lo que venía; se veía en los mismos preparativos. En Cuba empezaron a verse las cosas con no tanto optimismo y luego llegó el trastazo del Período Especial, que produjo los momentos más difíciles que ha tenido la Revolución. Es cierto que los 60 fueron difíciles, yo los viví plenamente, habían guerrillas contrarrevolucionarias en varios puntos del país, había casi una guerra civil en Cuba, pero nunca, ni antes ni después, fue tan difícil la situación cubana como a principios de los ´90, ´93, ´94. Ahí fue cuando hice “El necio”.

Solamente he estado en Cuba una vez, en 1995, en una brigada de las juventudes comunistas de España. Tenía solo 15 años y en realidad ni tenía la capacidad intelectual para saber lo que estaba pasando; no me di cuenta de muchas cosas porque yo iba buscando la Cuba mítica de mis padres, o sea, la Cuba de los CDR, de Carlos Puebla. Pero yo estaba allí muy feliz. Nos llevaron a un campo de trabajo, a cortar bejucos de boniatos; formábamos temprano con la bandera. Para los 15 años eso es ideal, no había matices, volví a Madrid y le hice boicot a la Coca Cola durante mucho tiempo. Pero después, con el tiempo y repensando algunas conversaciones que sostuvimos, algunas cosas que vimos, recuerdo que los cubamos no podían beber ron en aquel momento, bebíamos “chispa´e tren”, que era una mezcla espantosa de alcohol sanitario con azúcar de caña. Con 15 años yo me lo bebía feliz y resistía las mañanas mucho mejor que mis compañeros. Ahora creo que hubiera sido más difícil, pero claro, con los años y recordando conversaciones con gente que llevaba mucho tiempo allá, que tenía más clara la sensación de querer reinventar muchas cosas, de que muchas cosas tenían que cambiar, en medio de una situación económica y política muy difícil. Tengo esa sensación de estupidez de que, a los 15 años y a pesar de que era una brigada política, no alcancé a percibir muchos matices que seguramente eran cruciales para entender lo que ocurrió luego. También me ocurre porque después he tenido oportunidad de viajar; pero me sigue gustando mi Cuba de los 15 años, del año 1994, y me da como cierto reparo ir ahora, con las tonalidades grises de los 30 y muchos, y casi que me quedo con mi recuerdito, a pesar de que era enormemente difícil, en muchos aspectos, aquella situación.

 

Con Miguelito Cuní y Pablo Milanés. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro

Los 90 fueron el “hasta aquí” de mucha gente, pero como para mí no fueron un “hasta aquí”, sino un “vamos a ver a cómo tocamos”, hice El necio.

Sí, pero había un espíritu de resistencia. En la Cuba actual ha aflorado más esa cosa festiva que el espíritu de resistencia nos obligó a postergar tantas veces, como pudimos, porque cada vez que podíamos se nos salía también, porque es algo inherente a la personalidad del cubano y sí, ahora hay una Cuba un poco más festiva. No es que carezcamos de problemas ni que no nos demos cuenta, creo que incluso nos damos más cuenta que nunca en este momento de los problemas que tenemos, razón por la cual estamos algunos muy preocupados y, hasta donde podemos, ocupados por tratar de atajar en lo posible la parte negativa que tiene todo este presente nuestro. Pero aquellos años fueron muy definitorios. Los 90 fueron el “hasta aquí” de mucha gente, pero como para mí no fueron un “hasta aquí”, sino un “vamos a ver a cómo tocamos”, hice El necio. Ahora no hice El necio porque ya la había hecho, y no tiene sentido que 20 años o 25 después vuelva a cantar lo mismo. Eso sería muy aburrido, además. Ahora hice una canción que se llama América, que no la he estrenado, por cierto, y lo voy a dejar así en la incógnita. Eso es lo que me ha inspirado este momento y va a salir en unos meses o en un año, cuando termine un disco que estoy grabando. Creo que tenemos mucho por delante y que la vida es maravillosa, porque a cada generación le da la posibilidad de probarse a sí misma y de crecerse o de sucumbir, depende de lo que elija cada una.

Hay dos cosas que te quiero preguntar antes de que pasemos a la rueda de reconocimiento y el cuestionario. Una es sobre el amor, que es una constante en toda tu producción artística y que daba título, de alguna manera, a tu disco del año pasado, Amoríos. Claro que es una pregunta enormemente abierta, pero te la quiero hacer. ¿Qué representa el amor para ti a la hora de componer, a la hora de cantar y de escribir?

El amor no es un privilegio de la inteligencia, de eso no tengo la más mínima duda, porque los seres que no son tan inteligentes como nos creemos nosotros, también aman,

Varias cosas. Casi todas las canciones que componen este disco tratan del amor de pareja, cosa de la que no está exento el resto de mi trabajo, pero que en este es muy particular. Está muy dirigido a esa temática, excepto dos canciones: una que trata de otro tipo de amor, dedicada a los niños que sortean los peligros de meter los pies en los raudales de agua, que corren en la ciudad cuando hay grandes aguaceros, y se llama “Día de agua”; y otra que se llama “En cuál de esos planetas”, una fantasía que se me ocurrió viendo un rayito de luz. El amor no es un privilegio de la inteligencia, de eso no tengo la más mínima duda, porque los seres que no son tan inteligentes como nos creemos nosotros, también aman, y los bichos aman a sus críos, los cuidan, los protegen. Eso es amor, pero el amor en mí quizá se vincula un poco con destino, con afán, con esfuerzo y con dedicación.

La otra pregunta es más irónica. ¿Llegaste a imaginar alguna vez que un presidente negro de los estados Unidos visitara La Habana y que tocaran allí los Rolling Stones, prácticamente en el mismo momento?

No, pero Fidel sí se lo imaginó, increíble, y lo predijo casi en los 70. Fidel es increíble y ahí lo tenemos todavía.

Entramos ya en el cuestionario. Te voy a preguntar, en primer lugar, por una película que te haya marcado.

La Fuente de la Virgen me impresionó mucho. La cosa del abuso me puede, me trajina, y la cosa del milagro, también.

Un libro

El nombre de la rosa

¿De Umberto Eco?

Sí, me parece un libro extraordinario, maravilloso.

Una canción que, de alguna manera, haya sido una referencia para ti.

La tarde, de Sindo Garay, donde hace un disloque del lenguaje cuando dice: “la luz que en tus ojos arde, si los abres amanece, cuando los cierras parece, que está cayendo la tarde”.

Ahora vamos ya con la rueda de reconocimiento. Yo digo nombres y tú dices la primera palabra o el primer pensamiento o frase que te venga a la cabeza.

Camilo Cienfuegos.

Una estrella.

El Che.

Otra.

Gabriel García Márquez, que leí por ahí que tuvisteis un encuentro curioso con él, en una avión.

Él es la literatura.

Carlos Puebla.

El cantor de la Revolución.

Pablo Milanés.

El trovador más grande de todos los tiempos.

Y por último, Víctor Jara.

Es como el Gran Hermano.

Ahora sí que llegamos al final. Te entrego la taza de La Tuerca, que hay que cogerla con la mano izquierda, y te voy a pedir que mires a esta cámara y brindes por lo que tú quieras.

Brindo por la felicidad de España.

Muchísimas gracias, un placer enorme.

Igualmente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Correr en La Habana



Por: Gabriela Guerra Rey |
…Matar un enano, pero más que eso, ¡descubrir que puedo ver a mi ciudad de siempre desde otra mirada, a pesar de tantos años y tantas cosas! No podía imaginar que correr en La Habana me iba a dejar tan dulces sabores en el paladar, reseco del salitre y las muchas despedidas de los años del exilio. Es, aunque en terreno conocido, la primera vez que corro sola.

Cuando frente al Capitolio, apretujada por unos pocos miles de corredores ansiosos por volar, sintonizaron Radio Reloj, esa emisora de la Revolución que da la hora, las noticias y, en esta ocasión, la arrancada, me brincó la panza junto con las entrañas porque, por fin, iba a correr el Marabana.

— Estoy nerviosa, le dije a mi “compañero” de carrera, un amigo que me dejó atrás en los primeros 50 metros. — Yo también, respondió él. Nos deseamos suerte, esa suerte que todo corredor necesita o cree que necesita para vencer los 21 kilómetros que todavía tiene por delante, y nos volvimos a concentrar en música, aplicaciones, tiempo, calentamiento, respiración…

¿En qué piensa un corredor de fondo antes de iniciar una carrera? No lo sé. Presumo que unos minutos antes empieza esa soledad obligatoria que te acompañará para siempre, y que no quieres trocar en nada más. Esa soledad implica todo y nada, la vida, el futuro, lo cierto, lo incierto, el pasado, los pasados; entraña tantas cosas que ni siquiera el corredor, a punto de pisar la línea de salida, es capaz de resumir pensamientos en una sola oración.

Radio Reloj marca el minuto 59, de las 6 de la mañana del 20 de noviembre de 2016. Fecha que va a pasar a la historia personal, suceso que en ese instante escapa a mi consciencia. El último minuto se va en fuga bajo elucubraciones aún más efímeras. Respiro una vez más, como si no lo fuera a hacer en los siguientes segundos, minutos, horas, y pongo los pies en movimiento. Estoy advertida de que tan cerca de la línea de salida, los corredores desesperados se empujan unos a otros para sacar esa irreparable ventaja que hace la diferencia entre un campeón y otro solitario corredor.

Yo me sé solitaria corredora, pero me aventuro en esa idea de partir desde la frontera entre lo que no ha pasado y todo lo que está por suceder. Avanzo como puedo los primeros metros, y antes de que me dé cuenta mi amigo de camiseta azul ya no está, y yo estoy corriendo, nuevamente, en un año de muchas carreras que va a acabarse, pero esta vez en La Habana. Cuando un sueño se hace realidad, es difícil comprenderlo justo en el instante en que está ocurriendo. Sabedora de eso, fui consciente del sueño antes de echarme a dormir.

Correr en la ciudad que conozco como la palma de mi mano tiene ventajas y desventajas. Puedo, como atleta, calcular las condiciones del camino: la humedad, el sol, las subidas, los accidentes geográficos y humanos, lo que quiero ver, lo que no. ¿La desventaja? Es exactamente la misma. Me lanzo con la sensación de que no hay nada nuevo; nada va a sorprenderme. No es así.

Entre tantos kilómetros de ensoñaciones, aparece el mar de mis nostalgias, en una cuenca infinita de cuyos fondos emerge esa Yemayá que invoco, ahora más que nunca, en una súplica desesperada y repetida por otros miles como yo: “Ayúdame a correr como quisiera”. Después de ocho kilómetros muy húmedos y pesados, pero sin duda los más bellos, abandono las marismas del malecón habanero. Ya no me acuerdo de esa reina de la que soy hija bastarda, porque delante tengo el reto grande: cinco kilómetros de elevaciones, desde Calzada y 12 hasta la Ciudad Deportiva, que deberé bordear para emprender eso que se parece al regreso.

Un mulato alto, de trencitas, de nacionalidad incierta, quizás cubano, tal vez de cualquier lugar, está todavía a mi lado, y parece que me espera cuando la loma de 12 me obliga a reducir la velocidad. En 23, dejo que las piernas se suelten y recuperen el tiempo perdido. Cuando volteo en la esquina cinematográfica y revolucionaria, he extraviado al hermoso ejemplar masculino, pero sé que no hay nada que hacer. Agradezco haber podido sostener su ritmo por 10 kilómetros, y retorno la concentración a esa tarea repetida miles de veces: mover una pierna hacia delante, la otra y así, en un ciclo sin fin.

Trato de imaginar qué sienten los corredores ajenos a esta urbe perdida en el tiempo. Aparecen, sin orden ni concierto, los barrios donde nací, me hice mujer, tuve mi primer amor, mi primer adiós, las postreras lágrimas. Voy dejando atrás las esquinas de mi vida; esquinas donde nunca más estaré, que solo significan eso, recuerdos, efímeros unos, perdurables otros, pero que al final tendrán la misma suerte que las memorias hartas le deparan a las pequeñas cosas, solo instantes.

Llego al coliseo deportivo y le doy una vuelta completa de dos kilómetros. Ahora solo quedan seis. Me siento fuerte, pero para mejorar el último récord personal tengo que meterle la pata a la calzada. Calculo cuándo debo hidratarme; cuándo subir la velocidad, y reprogramo la música para la distancia que queda. Todo incentivo es insuficiente.

Se retrasan algunos corredores que no me pueden seguir el ritmo, pero se aventajan otros que, como yo, han reservado las últimas gotas de combustible para el tramo conclusivo. Me voy marchando sin rastro, hasta desaparecer en la esparcida muchedumbre. Toco las cumbres de Boyeros, y presiento que solo queda esa bajada finita de Carlos III, la calle Reina, para dar vuelta nuevamente en ese Paseo del Prado que abandoné hace un rato.

El reto es hacerlo en menos de dos horas. Ese sería mi mejor tiempo de nunca jamás, pero tengo, literalmente, los minutos contados. Miro ansiosa el reloj y trato de aumentar una velocidad que ya alcanzó su máximo impulso.

Faltan cuatro minutos, y me separan unos cientos de metros de la meta. Pienso que vale la pena echarle al último de los esfuerzos, el spring definitivo, aunque lo hago con el temor de gastarme lo que queda dentro y tener que aminorar antes del fin.

Me olvido de todo y de mí. Delante hay un arco que dice “meta”. Tengo que atravesarlo. Al acercarme, el reloj marca los segundos como si se me estuviera yendo la vida, y yo sigo, sigo, no veo nada, no pienso nada, me olvido incluso de que mi mejor amiga, mi hermana, por primera vez está esperándome en la línea de llegada. Clavo la vista en el reloj y dejo que las piernas hagan lo que ellas crean conveniente.

Piso la base justo en el instante que marca el minuto 59. Lo he hecho, 1:59`. Al menos seis minutos por debajo de mi récord personal. Camino un poco perturbada, y recuerdo que debo buscar a una muchacha de cabello largo, que me espera en la esquina del cine Pairé, para una cita planeada por muchos meses, que va a llenar esa mañana mi corazón del único regocijo que no había tenido como corredora: compartir el triunfo con la vieja que espera verme regresar a casa con una medalla al cuello.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

“El sentido de la vida es mantenerse en vida”








De una manera hermosa y un poco sorpresiva comenzó Eugenio Barba, este martes en la sala Che Guevara, su clase magistral. El fundador y líder del OdinTeatret se paró ante el público y anunció que traía un regalo, y, seguidamente, felicitó a la investigadora y dramaturga Raquel Carrió por su cumpleaños 65. Pero esta celebración personal forma parte también de un tributo a la amistad entre el grupo danés y Teatro Buendía, del cual Raquel es fundadora junto a su directora Flora Lauten.

Buendía y el Odin han sido por casi treinta años amigos, cómplices, compañeros de lucha teatral y han creado juntos un nido de afecto mutuo. Por esas razones, Eugenio hizo una parada en su charla y la abrió justamente con ese saludo en el cual le entregó a Raquel un regalo “teatral”: un cactus, “con poco agua sobrevive”. Una metáfora de un camino teatral hecho a veces sobre el sacrificio y la resistencia.

De manera similar, la Casa de las Américas ha sido también un espacio creativo donde los “odines” han encontrado un hogar. Presentaciones, clases magistrales, conferencias y publicaciones en las últimas década, según recordó Vivian Martínez Tabares, Directora de Teatro de la Casa y de la revista Conjunto, han reflejado ese profundo vínculo que también es parte de la honda conexión del OdinTeatret con el teatro latinoamericano y caribeño.

“El sentido de la vida es mantenerse en vida”, Julia Varley y Eugenio Barba,
durante su clase magistral en la Casa de las Américas. Foto: Casa de las Américas

La poesía ha sido uno de los ejes que han vertebrado el trabajo del OdinTeatret. Tanto en sus textos como en los espectáculos, la instancia poética ha sido materia prístina – convertida en imágenes, identidades actorales, sonoridades musicales –de su quehacer y de su pensamiento. Leemos un texto de Eugenio y asistimos a una literatura condensada en figuras poéticas que iluminan sus ideas desde hermosas construcciones estilísticas que, como en su propio teatro, crea contrastes, retruécanos que amplifican sus significados.

“¿Qué es un proceso creativo?” Se preguntó Barba. “La trasposición, esencialmente. De los símbolos de las letras en la página a imágenes. Es la creación de otras realidades”.

El oficio del poeta, la sucesión de palabras una detrás de otra, la creación de una cadena de imágenes donde la pasión, la emoción comunican al lector, fue uno de los puntos de partida: versos de Neruda, Blake, Octavio Paz, Borges, Huidobro se dejaron escuchar en su voz.

La trasposición de la eficacia de la palabra poética a la acción dramática, a la acción del actor, fue una equivalencia con la cual Barba explicó el proceso creativo.

“Hay que luchar contra el automatismo, con los clichés, con lo que hemos heredado de nuestros padres, de nuestras culturas”. En su caso, dijo, fue su condición de migrante italiano y su cultura las que le permitieron también reconocer y valorar otras culturas.

Sobre la base del ritmo y la variación que rigen, a su juicio, todo, la naturaleza misma – “la naturaleza odia la simetría”; Eugenio le ofreció una pauta a Julia para que mostrara la trasposición de esa frase a acciones físicas. “Las olas del mar tienen ritmo y variaciones, y la naturaleza aborrece la simetría”, fue este el pie forzado para la improvisación de Julia.

Durante un largo periodo, Varley fue trabajando sobre esa frase, encontrando variaciones, modulaciones, amplificándola, buscando otros sentidos en el espacio y en la gestualidad, incidiendo sobre el ritmo y el desplazamiento e incorporando la música como base para los movimientos.

Según confesó Eugenio, uno de los hallazgos del Odin es encontrar que cada forma tiene información, multiciplicidad de informaciones. Ahí se llega a través de un proceso de reducción en el cual se va contrayendo la acción, se va comprimiendo. Este proceso fue mostrado por Julia en varios ejercicios indicados por Barba.

Fue muy ilustrativo observar la construcción de una partitura que se enriquecía por las variaciones y las compresiones que la actriz ejecutaba sobre ella y, de manera especial, por la inclusión de la música. “Con la música la estructura se transforma porque la actriz dialoga con los acentos de la música. La música es parte fundamental que hace que el actor no se quede en sí mismo. El actor siempre reacciona, no acciona”.

Cuando los asistentes llegaron a la sala Che Guevara, encontraron sobre sus asientos una hoja impresa con un poema que Eugenio Barba atribuye a Jorge Luis Borges, aunque su viuda, María Kodama, aseguró que no pertenecía al poeta argentino. Sin embargo, Barba insiste en que es borgeano. El poema fue encontrado en la billetera del cadáver del padre del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince cuando fue asesinado en una plaza pública de Bogotá. Abad, al reconocer el cuerpo, encontró en la billetera, que aún conservaba dinero, de manera que descartaron un robo como motivo del homicidio, un pequeño papel doblado, según contó Barba, con el poema y decidió viajar a Buenos Aires para confirmar si era de Borges.

El poema en cuestión, titulado “Aquí. Hoy” fue un material que le sirvió a Julia para construir otra improvisación en la cual como base trabajaría a partir de un verbo inspirado en palabra, frases o versos del poema. Para ello, Julia se apoyó de una actriz del público quien le fue aportando los verbos. Sobre ese diálogo, fue modelando los nuevos movimientos, las nuevas imágenes que repetía y reconstruía según indicaba Eugenio.

Eugenio recordó lo que siempre le decía un maestro suyo en la escuela de teatro de Varsovia: “¿contra quién actúas?”. Y es así, dijo Barba. “Siempre actúas contra algo, contra alguien, contra el suelo, contra el suelo limpio, contra el suelo de mármol, contra el suelo de madera. Porque el actor siempre reacciona, no acciona”, insistió.

Eugenio en esta parte se refirió a lo que él denomina dramaturgia orgánica porque trabaja a nivel atómico, con pequeñas acciones que ofrecen la imposibilidad de que el espectador pueda anticiparse a lo que sucederá.

Al finalizar, Barba confesó: “esto es una ficción pedagógica” ante las risas del auditorio. Se refirió a que ese era el método de Stanislavski, “en el Odin no se trabaja de esa forma.”

Para nosotros la esencia es la biología, el estudio de la vida, los procesos del organismo, porque, añadió, el espectáculo es un organismo vivo, como el ser humano. “¿Cuál es el sentido de la vida? Es mantenerse en vida”, aseguró.

En el caso del Odin, el sentido también es transformar la vejez, la pérdida de lo que algunos también llaman ideales, en algo eficaz y pragmático. Las identidades que los actores van construyendo durante tantos años, es también una jaula y un cliché. “Hay que transformar esos materiales en algo estructurado, en un sentido para los espectadores.”

Se refirió también a los grandes maestros del siglo XX que no se dejaron domesticar por las grandes ideologías que les dieron de comer. Ellos transformaron los edificios no teatrales en teatros. Se construyeron su propia casa sin que la época se los comiera, una casa para ser libres, para mantener un idioma propio. Pero en esas casas dejaron huecos en el techo para poder ver el cielo, “sino la época nos come, sobre todo cuando uno llega al final de su vida y hace cuenta”, dijo.

Su despedida fue cargada de esperanza y de misterio; el misterio de la creación y de la sabiduría compartida: “ustedes se pueden ir con nuestras verdades oscuras”.

Mañana concluyen las presentaciones del OdinTeatret en la Casa de las Américas con la demostración de trabajo Casi Orfeo, el actor músico, a cargo de JanFerslev, a las 11:00 a.m. en la sala Che Guevara. Odisea OdinTeatret: de vuelta a Cuba continúa ofreciendo talleres y funciones teatrales hasta el 25 de noviembre en el Complejo Cultural Bertolt Brecht, el Complejo Cultural Raquel Revuelta y la sede de Teatro Buendía.

martes, 22 de noviembre de 2016

Habla Camilo Guevara, hijo del Che

Oleg Yasinsky / Desinformémonos
forum@forumenlinea.com

La idea de esta entrevista nació hace varios años en Kiev, capital de Ucrania. Un amigo periodista, Andrey Manchuk, había conocido a Camilo Guevara en un viaje a Cuba gracias a la ayuda del Instituto Cubano de Amistad de los Pueblos. Allí Camilo contó algunas anécdotas de sus estudios en la URSS, demostrando un notable manejo del léxico vulgar ruso, entre otras virtudes. Pensé en lo interesante que sería hacerle un par de preguntas sobre la perestroika y las causas de la caída de la Unión Soviética.

Jamás imaginamos, en esos días, que en nuestra Ucrania se instalaría la nefasta ultraderecha nacionalista; que conocidos y amigos morirían en el proceso; que los libros de Andrey serían prohibidos y él, como muchos ciudadanos honestos, sería amenazado y perseguido.

Entre tanta locura, varios ideólogos nacionalistas afirmaron que el Che Guevara es uno de sus héroes ya que, según ellos, admiraba a la guerrilla nacionalista ucraniana y hasta aprendió de ella. Sentí eso como un agravio personal. Tuve ganas de hablar urgente con alguien de la familia del Che para que respondiese a esa infamia.

Tiempo después, invitado a Cuba por unos amigos luchadores por la paz colombianos, me acordé de esto y escribí a Camilo. Luego, tras unos cafecitos en su trabajo, en el Centro de Estudios Che Guevara, pensé que sería bueno convertir esta conversación en una la entrevista y abordar no sólo la situación ucraniana, sino la de la izquierda latinoamericana y mundial.

Así se gestó esta conversación realizada por correo electrónico, la que seguramente será un testimonio más de este confuso momento histórico, tan distante todavía de nuestros sueños. Siento estas palabras no sólo como opiniones, sino también como posible material de construcción de puentes entre los tiempos y los mundos, hoy fragmentados por el neoliberalismo.

Ernesto Guevara, padre del entrevistado –y tal vez también de una generación entera de quienes supieron despertar, soñar despiertos y poner sus vidas y sus muertes por un mundo mejor, sin pedir nada a cambio– es una de esas pocas personas que, sin alcanzar muchos éxitos tangibles en su momento, han logrado alumbrar a la humanidad con una luz que nos queda para siempre.

José Martí dijo, en un artículo escrito en el exilio, que “patria es humanidad”. La mirada de Camilo Guevara nos parece un importante aporte en la construcción o el rescate de esta patria, porque simplemente le tocó, además de ser hijo del Che, ser un hijo común de un pueblo tan especial como el cubano. Es común, porque muchos en esta isla siguen caminando en esta dirección y tal vez es lo único que realmente importa.

Camilo, viviste y estudiaste en la URSS, ¿cuáles fueron los momentos y experiencias que más te marcaron durante esa estadía?

–El primer encuentro con Moscú fue muy especial, nunca se me ha borrado, y mira que tengo mala memoria. También fue el primer viaje fuera de mi país, estaba un poco eufórico, aunque creo que no se notaba.

Lo que conocía hasta entonces de la Unión Soviética era por medio del testimonio de otros y la información obtenida en los medios, sumado a algo de la literatura soviética y pre soviética, principalmente rusa, y muchos filmes y documentales. Incluso, llegué a tener profesoras de ruso cuando estudiaba en los Camilitos. Todo esto era como un reflejo, algo etéreo. Nunca había estado en Rusia, y realmente tenía una imagen muy edulcorada e irreal de ese gran país.

Llegué a Moscú en septiembre del 81, con apenas diecinueve años. Tú sabes lo que eso implica. Estaba lleno de aspiraciones, algunas mundanas, otras más elevadas. Esa noche fue fresca, casi fría, y al respirar el aire de Moscú tuve una rarísima sensación. Tenía una idea cercana de cómo debían ser las cosas, esas que se pueden tocar y ver, pero me faltaba probar los olores, respirar el aire, sentir las estaciones. La llegada de nuestro grupo no fue para nada interesante. Más bien pasamos inadvertidos, sin bombos, ni platillos. Sin embargo para mí fue, como ya dije antes, muy especial.

Después tuve momentos muy gratos, que recuerdo con calidez. Vivencias que marcan mucho. Un sinfín de cosas que si no las hubiera vivido seguro sería hoy otra persona.

Siento un gran afecto por aquel pueblo que fue tan hospitalario, solidario y cariñoso con los cubanos. Su historia, su literatura, su arte me son caros. Siento como míos sus fracasos y victorias. Los llegué a querer como a los propios.

La restauración del capitalismo en los países de la ex Unión Soviética ha sido una sorpresa para toda mi generación. No sabíamos que, ya a principios de los 60, el Che advertía sobre este riesgo. ¿Ha sido una sorpresa para ti lo que pasó?

–Sí, porque los pronósticos, por muy bien fundados que estén, dependen del resultado de un millón de factores. Estamos hablando de una gran nación que desarrolló una revolución autóctona y épica contra viento y marea. Que venció las hordas nazi-fascistas a costa del sacrificio de su pueblo, haciéndole un favor impagable a la humanidad. Los soviéticos realizaron hazañas de diversa índole y en infinidad de campos. Soy de los que creen que ni los críticos o enemigos más objetivos o viscerales de la URSS se esperaban algo así. Siempre tuve la convicción de que no había fuerza capaz de destruir tan enorme obra. Subestimé la burocracia política, la acumulación de errores y la influencia capitalista en la mentalidad de algunos dirigentes.

Se precipitó una avalancha que estuvo acumulando energía por mucho tiempo. El descrédito creciente del proyecto socialista soviético y de un aletargado Partido Comunista, alimentó el escepticismo reinante y trajo, como consecuencia, una desidia suicida. Pienso, aunque no sirva de mucho, que en este caso en particular hubieran podido solucionarse ciertas cosas yendo por un camino diferente. Todo esto queda en la especulación. Aun así soy de la opinión de que, efectivamente, se podía y se debía transformar, pero sin caer en el caos.

El Che lo que advertía era que en la URSS ya se estaba conviviendo con el capitalismo. Ante todo, trataba de prevenir a los revolucionarios de esta situación, porque veía que ese estado de cosas podía hacer reversible el intento de crear una sociedad más justa y humana. Entendía el daño que esto podía traer para las fuerzas progresistas a nivel mundial. Al fin y al cabo, la Unión Soviética fue el gran referente ideológico para muchos por mucho tiempo.

¿Cuáles crees que fueron las principales debilidades o contradicciones del socialismo soviético que posibilitaron su derrumbe? Dentro de la izquierda postsoviética se suele reducir la cuestión a la discusión entre el trotskismo, el estalinismo y la crítica a éste último, pero, ¿existirá algo más de fondo?

–Yo creo que todavía hay que hacer un análisis lo más científico posible. Es decir, despojado de cualquier atisbo de sentimentalismo o afinidad ideológica para llegar a un resultado más o menos preciso. No abogo por que se aborde este tema sin perspectivas militantes o de clase, eso es imposible, sólo pido que se vea como una experiencia que se debe desnudar, radiografiar, auscultar hasta el último e insignificante pedacito para descubrir las raíces de lo que estuvo mal o bien, porque esa experiencia es, quizás, en una versión mejorada, la única forma que existe de salvarnos como especie.

¿A quién le toca esa responsabilidad? Simple, a los que están convencidos de que el capitalismo es barbarie y que es un momento histórico que se debe superar. Muchos pensaron que el socialismo era la solución pero, ¿cuál socialismo? No es el mismo el que empezaron los bolcheviques con Lenin, que el de los soviéticos con Stalin. O el vietnamita, el chino o el cubano. El socialismo se ha adaptado a las características de cada lugar ora mostrando deslumbrantes avances, ora desalentadores retrocesos, por tanto puedes encontrarte una gama muy amplia de opciones, tanto que sería lícito preguntarse, si alguno o, tal vez, todos, nunca han llegado a ser tal, sino un pálido reflejo de lo que se pudiera obtener. Por lo tanto, encuentras una gama muy amplia de opciones que, probablemente, apenas constituyan un formidable esfuerzo que no llegó a florecer en su totalidad. Es decir, hay que depurar cada experiencia, sin temor. Deberíamos discernir qué estuvo bien y que no, teniendo como base al humanismo revolucionario y los valores que nos hacen nobles. Tenemos el deber de convertir las nuevas experiencias en algo cien por ciento positivo, que es como podrían funcionar y perdurar en el tiempo.

Si todo se redujera a una simple discusión entre trotskistas y estalinistas, hallar la solución sería relativamente fácil. Me temo que el asunto es mucho más complejo. Pasa por solucionar un cúmulo inmenso de interrogantes económicas, psicosociales, políticas, en fin, de todo tipo, que amenazan el normal funcionamiento de una nueva sociedad, que para colmo, en sus profusos intentos de formación nunca pudo dormir en un colchón de pétalos, sino más bien de espinas, asediadas de un aluvión de dificultades y urgencias de muy compleja salida. Así y todo, de las experiencias en cuestión, hay mucho de lo que se puede estar orgulloso.

No obstante los evidentes reveses, debo decirte que no hemos sido testigos del fin. Se desarticularon ciertas experiencias porque se alejaron de la esencia. Pero se darán nuevas revoluciones. Algunas repetirán errores, otras serán mejores. Así, poco a poco, llegaran las verdaderas. Creo, sinceramente, que las respuestas pueden encontrarse por diferentes caminos, porque cada caso será peculiar, aunque deberán cumplir algunos parámetros imprescindibles, como ser alternativa al capitalismo, tener espíritu de comunidad, ser profundamente humano, ser solidario, noble y justo, ser racionales, etcétera.

La ultraderecha nacionalista ucraniana, que tomó el poder en Kiev, en múltiples publicaciones y en su discurso oficial ha asegurado que el Che fue un admirador de la guerrilla anticomunista del Ejercito Insurgente Ucraniano (UPA), aprendió de ellos la táctica, en la batalla por Santa Clara fue asesorado por ellos y hasta invitó a su líder Stepán Bandera para participar en la lucha contra Batista. Creo que sería importante que lo comentaras.

–Eso es absolutamente improbable y burdo. Claro que no es ingenuo. Se trata de utilizar el poder de convocatoria del símbolo que representa el Che en beneficio para la reacción. Lamentablemente hay mucha gente crédula dispuesta a creer cualquier estupidez sin detenerse ni un segundo a pensar. Esto lo saben muy bien los reaccionarios y se aprovechan de ello.

Esto no es casual ni aislado. Me contaron una vez que en una manifestación neofascista, en Italia, aparecieron pancartas con la imagen del Che. Yo, creyendo que era cosa de la izquierda para enfrentar dicha manifestación, le pregunté a mi interlocutor “Se formó tremenda bronca, ¿no?” Él me sacó del error diciéndome que los fascistas habían llevado las pancartas como parte de su identidad, de su liturgia. Eso en parte es fruto del constante intento de separar la historia y el pensamiento del Che de su imagen, la que ha tenido una divulgación muy peculiar y universal.

Es frecuente este tipo de maniobra táctica. Confundir es una herramienta muy eficaz para acercar a su orilla a las masas, que son las que determinan el curso de los acontecimientos. Suelen ser inescrupulosos y burdos, el fin justifica los medios. Con el pasar del tiempo es posible, logren o no sus objetivos, que aclaren cínicamente que la mentira era necesaria por un bien mayor. Y probablemente ese bien mayor y común termine esclavo en las manos, como es costumbre, del pequeño grupo de privilegiados.

No critico el sentimiento genuino de alguien por su tierra. Es algo que, a ésta altura del desarrollo de la civilización, es natural. Los cubanos conocemos muy bien esto. También hemos visto “patriotas” que, con tal de enfrentar el supuesto mal que acecha a la patria, se entregan en cuerpo y alma al primero que les prometa villas y castillas. Y, de ser necesario, entregan a la patria también.

Siempre hemos sido muy celosos de nuestra soberanía e independencia. Son cosas sagradas por la que murieron muchos cubanos a través de los siglos. Esto nos hace ser lo que somos hoy. Un insigne del siglo XIX fue el querido general mambí Antonio Maceo, conocido como el Titán de Bronce. Lo traigo a colación porque imagino que su entereza y sapiencia pueden ser útiles para los ucranianos, a pesar de las grandes diferencias que nos separan. Maceo dijo, ante la posibilidad de que Estados Unidos nos “ayudara” en la lucha contra la Metrópoli española, que era contra quien combatían los cubanos en aquellos momentos: “todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos, mejor es subir o caer sin su ayuda, que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”. A la OTAN no le importan la independencia ucraniana ni los ucranianos. Están expectantes porque necesitan esa plaza por sus riquezas y posición geográfica, y si se las dejan en las manos, verán qué difícil será sacarlos de allí. O saldrán cuando la dejen en tan mal estado que sea imposible reconstruirla en corto plazo, lo que traería muchos males al pueblo ucraniano. Ojalá aprendan de Irak, Libia y Siria.

Me impresiona y conmueve el cariño que todavía, y a pesar de la traición de los líderes de la perestroika, tienen los cubanos hacia nuestros pueblos, que para ustedes siguen siendo el pueblo soviético. ¿Como ves los últimos acontecimientos y la actual guerra en Ucrania? ¿Cómo ha sido posible?

–Siento a veces una gran impotencia viendo cómo se manipulan los sentimientos de una nación en beneficio de los imperios. Es evidente que la guerra en Ucrania es contra Rusia. Puede ser muy molesto para un patriota verlo o que otros lo vean así, pero es la verdad. Al menos es como yo lo percibo.

Toda esa zona que ahora puede estar dividida por fronteras fue la cuna de las tres naciones eslavas que, en su época, se unieron a las repúblicas soviéticas. Sus relaciones datan de mucho antes de constituir, según el caso, un imperio o un país. Sus sangres y culturas están mezcladas. Han sido mucho más tiempo aliados, hermanos, que oponentes o adversarios. Por esto y otros factores políticos e históricos, no puedo entender como permiten que intereses foráneos los contrapongan.

Hubo un instante post soviético donde existió un equilibrio frágil, pero equilibrio al fin, entre fuerzas que veían la solución a sus problemas en puntos cardinales opuestos. Haciendo una labor de zapa, el occidente, llamémosle así, aunque no es exacto el epíteto, fue confabulándose con sus acólitos regionales para cambiar el estado de cosas y dar un golpe de estado. Inmediatamente empezaron a intentar aplastar la posible reacción con terror, con propaganda nacionalista, racista, campañas al estilo fascista. Como resultado estalló la caldera, y con ello se dieron las diferentes propuestas de las poblaciones en estos territorios en pugna. Incluso se proclamó la independencia de algunos.

El llamado nacionalismo es un extremismo dañino que alimenta las más bajas pasiones. No es casual que fueran aliados de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, ni que sus discursos y propagandas sean tan retrógradas. No tienen nada que aportar a los valores positivos que han sido reconocidos universalmente.

Rosa Luxemburgo, pienso que injustamente, culpaba a Lenin por haber creado el nacionalismo ucraniano. Es evidente que llegaron a constituir gobierno por la independencia que le llegó a Ucrania, dada la expresa voluntad de los revolucionarios bolcheviques encabezados por Lenin. Ella, una voz autorizada por ser polaca, revolucionaria y una muy lúcida intelectual (vivió y fue asesinada en Alemania), decía, en otras palabras, que los ucranianos nunca habían tenido un estado propio y que era innecesario crearlo artificialmente. Mejor era aprovechar la circunstancia para sumar ese territorio, en el que convivía una nación de origen étnico e idiosincrasia eslava, a Rusia que, como se sabe, estaba en revolución. Lenin no aceptó la idea porque una revolución no puede pasar por alto la voluntad de un pueblo, de una nación. Si esto sucedía tenía que ser notoriamente democrático. Y fíjate que Ucrania era tan importante para los revolucionarios rusos que Lenin aseguraba que no podían crearse las condiciones propicias para fundar el socialismo sin la cuenca de Donetsk, y se conoce bien el papel estratégico que jugaba toda Ucrania en las guerras desatadas contra Rusia. Aun así decidieron darle la independencia.

Más allá de cualquier otro análisis, el hecho cierto es que hoy son un estado por aquella circunstancia, y no se ve la menor señal de que los rusos puedan cambiarlo o de que estén interesados. De lo que menos precisan los rusos es de tierras. Sí seguridad, y eso se resuelve con pactos, con buena voluntad. Por lo tanto, no entiendo como un verdadero patriota puede apoyar este conflicto torpe que, además, puede generar incalculables consecuencias para toda la zona. ¿No sería más beneficioso tratar de llegar a acuerdos sensatos, con el fin de distender los ánimos? Estoy seguro que toda la comunidad internacional, la rusa y gran parte de la nación ucraniana lo verían con buenos ojos. Me refiero, sustancialmente, a los pueblos, ya que es conocido el interés de ciertos poderes y de sus representantes locales por acercar la guerra a las fronteras rusas.

Este tipo de problemas no se resuelven fácilmente. Se necesitan tino y paciencia. Hay que llamar a la cordura. Hay que estar dispuesto a abrazar con las manos limpias, sin dagas escondidas. Cuando se desatan las pasiones más insanas se cometen tantos errores y crímenes que importará poco quién tuvo o no la razón. El daño ya estará hecho, y las principales víctimas serán el pueblo ucraniano y el ruso. Nunca se debe olvidar algo que en Cuba se le dice mucho a los niños: “el que empuja no se da golpes”.

Tomado de Forum

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