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miércoles, 26 de abril de 2017

Donde basta con una (+ Video)




Por: Manuel Alejandro Hernández

Fotos: Roberto Garaicoa

Donde basta con una, un documental sobre la polémica guerra de símbolos y el uso de las banderas, fue el tema que se puso sobre la Mesa Redonda durante la emisión de este 21 de abril de ese espacio televisivo.

El Centro de Estudios sobre la Juventud ha promovido varias investigaciones sobre el uso de la bandera norteamericana en Cuba, al respecto la directora de esa institución, la doctora Teresa Viera Hernández, aclaró que “los estudios sobre la juventud en el país hoy se realizan desde todas las facultades de ciencias sociales del país, no únicamente hacia la arista del empleo de la bandera de los Estados Unidos, sino del empleo de muchos símbolos, patrios, extranjeros, que de alguna manera recoge cómo nuestra juventud cubana se apropia de la globalización y la colonización cultural.

“En el caso cubano, el uso de la bandera de los Estados Unidos es una problemática social que las propias circunstancias sociales del país, en torno a las posibilidades migratorias y a la entrada de intercambio cultural con otras naciones, entraña la posibilidad de que se haya diversificado mucho la manera y ampliado mucho el horizonte en los que eso está ocurriendo hoy.

“La cultura cubana ha logrado ser exitosa por los cubanos y las cubanas, ha encontrado en este escenario hoy con una proliferación del uso de este tipo de prendas, el rechazo ciudadano a que esto ocurra, a lo mejor no proactivamente, pero si en el entendido de que muchas personas se cuestionan la manera en que se usa y cuáles son los preceptos que se utilizan para su uso.

“No es una problemática totalmente aceptada por la población. Los estudios expresan que el uso de esa prenda no tiene que ver con la identificación ideológica con la cultura estadounidense o con principios de vida norteamericana, sino con el uso de determinadas modas que son accesibles para determinadas fuentes de ingreso”.

El documental de la productora Dver, dirigido por el ciudadano Fernando Arias, y un equipo de trabajo que él mismo coordinó, ha sido puesto a disposición de los participantes del espacio “Dialogar, dialogar”. Sobre las reacciones que se han experimentado al respecto, el doctor Elier Ramírez Cañedo, historiador y ensayista, coordinador de ese tipo de intercambios expresó que “ese material es una prueba de cómo se pueden hacer materiales de temas históricos y políticos de calidad y con una factura y una buena acogida en los jóvenes. Hemos conspirado con Fernando Arias y lo hemos llevado a conferencias, al Salón de Mayo, y ha sido muy bien acogido y ha servido para incentivar el debate, porque este material de alguna manera abre una puerta hacia un tema más amplio que es la guerra cultural.

“En los debates que hemos hecho siempre caemos en el análisis de qué hacemos desde la producción simbólica en la lucha ideológica, cultural, y cómo tratamos el tema de nuestros propios símbolos.

“En más de 40 minutos este material, que es solo el primer capítulo de una serie, nos pone a pensar sobre el uso de los símbolos, y la ley respecto a ello. En los análisis que hemos hecho hay bastante consenso en que la ley no es problema. La polémica se da más en el reglamento que es del año 1988, y es más restrictivo y no le permite ni siquiera portar una bandera en un pullover, aunque sea de pequeño formato para llevarla con orgullo.

“Hay posiciones de todo tipo. Hay jóvenes que incluso aprueban que sea más restrictivo el uso. Hay un consenso en que debe haber algún tipo de flexibilización, pero nunca caer en la ofensa al símbolo”.




Lea también este interesante reflexión de Fernando Martínez Heredia

Desde hace varios meses –y estimulado por un incidente bochornoso—está presente en el conjunto de medios que circulan en la actualidad cubana un debate acerca de la utilización en espacios públicos de nuestros símbolos nacionales, la bandera de Estados Unidos y las implicaciones que advierten los participantes en el debate. Esto es muy positivo, porque ayuda a defender y exaltar el patriotismo en la coyuntura peligrosa que estamos viviendo e invita a definirse en un terreno que es favorable a la patria, en un momento en que el curso cotidiano incluye muchas cosas en las que no es necesario definirse, que resultan desfavorables a la patria y la sociedad que construimos a partir de 1959.

Como en tantos otros campos y problemas, pudiera producirse en este una división entre élites y masa de la población. La cuestión expresada en los símbolos nacionales tiene una larga data –siglo y medio–, e implica una cultura acumulada que desde el inicio hasta hoy le aporta al mismo tiempo una fuerza descomunal, una gran complejidad y aspectos que han sido y pueden volver a ser conflictivos. Desde hace tres décadas vengo publicando mis criterios sobre ese decurso histórico y sus expresiones contemporáneas, y no me repetiré aquí. Solo reitero que la explosión libertaria y de poder revolucionario combinados que se desató hace casi sesenta años logró –entre tantas victorias– deslegitimar y disminuir a fondo las divisiones cubanas entre élites y masa, y resulta vital que no permitamos que hoy se vuelvan a levantar.

En torno a la cuestión de estos símbolos existen actualmente reacciones y opiniones diversas que no creen referirse a problemas trascendentales. Más vale no tacharlas de superficiales, ni sentirse solamente heridos ante lo fenoménico. También pueden crearse confusiones involuntarias, porque las ideologías que se van instalando en clases y sectores sociales no se basan en la malicia, ni en intenciones y reflexiones. Es imprescindible interesar a la formidable conciencia política que posee el pueblo cubano en cuanto a lo que significa esta cuestión, para que la resuelva.

Es preciso aclarar que estamos ante dos problemas diferentes: el del uso y la regulación de los símbolos identificados como nacionales, y el de la batalla cultural decisiva entre el socialismo y el capitalismo que se está librando en la Cuba actual. [1] Trataré de sintetizar aspectos, comenzando por el primer problema.

La ley que rige la utilización de esos símbolos puede ser muy rígida, pero nadie le ha hecho caso nunca a esa rigidez, y el pueblo ha expresado su patriotismo de todas las formas y con todas las acciones que ha estimado conveniente.

El canon patriótico popular de uso de los símbolos nacionales tiene otras reglas que son diferentes a las legales, y más legítimas que estas, porque tiene su fundamento en la conciencia colectiva, los sentimientos, las costumbres y las tradiciones que lleva íntimamente cada persona consigo, desde que comienza a descubrirlos y asumirlos de niño hasta la muerte.

En la batalla de símbolos que se está librando participa una multitud de cubanas y cubanos que sienten una profunda emoción al cantar el himno nacional –como el atleta premiado que lo entona llorando–, o portan, veneran, pintan, saludan a la bandera de la estrella solitaria. Participan los que tienen a Martí como el padre tutelar de esta nación, que nos enseñó las cuestiones esenciales y nos brindó su talento, su proyecto y su vida, le tienen devoción y lo representan, aunque lo hagan con más unción que arte. Y los que siguen a Maceo porque supo trasmutar la guapería en heroísmo, renunciar al mérito propio por la causa y presidir la familia que murió por Cuba. Participa el que se tatúa al Che en su cuerpo, el que siente orgullo de ser cubano y el travesti vestido con la bandera en la obra de teatro político hecha por jóvenes.

Es un error poner las precisiones y discusiones sobre la ley en un lugar importante, en medio de la tremenda pelea de símbolos que ya estamos viviendo. Sería otra de esas discusiones que pueden ser largas o abstrusas, pero le interesan a muy poca gente y no sirven de mucho.

La ley debe servir, con claridad y sencillez, para defender lo que sería el hábito externo del patriotismo, frente al avance galopante de la mercantilización que está envileciendo tantas cosas, y para ayudar a hacer acertadas y efectivas las expresiones populares y oficiales del patriotismo. Hay que sacarla de la fría prosa y la convocatoria semestral de la Asamblea Nacional. Los medios de comunicación y el sistema educacional deben divulgarla –insisto, divulgarla–, como un auxiliar más del patriotismo, ayudándose con algunas narraciones emotivas y unos cuantos datos que casi nadie conoce, que sean ajenos unas u otros a los clichés tan repetidos que no mueven a nadie y provocan aburrimiento o rechazo.

Paso a la función de los símbolos en la batalla cultural, que en la fase actual de Cuba es la principal.


Será muy positivo si podemos analizar cada aspecto diferente del problema, teniendo siempre en cuenta que no existen así, sino como parte de un todo; que existen mezclados, en conflicto o en paralelo con los demás aspectos y
problemas de su propio ámbito, pero sobre todo con otras características de la sociedad cubana actual. Habría que elaborar una comprensión del conjunto de la cuestión de los símbolos nacionales en función del complejo y doble conflicto actual, entre capitalismo y socialismo y entre Cuba socialista y Estados Unidos. Y atender también a los condicionamientos a que someten a la cuestión las corrientes culturales principales del mundo actual.

En cuanto a esto último, gana cada vez más terreno a escala mundial la homogeneización de opiniones, valoraciones, creencias firmes, modas, representaciones y valores que son inducidos por el sistema imperialista mediante su colosal aparato cultural-ideológico. Una de sus líneas generales más importantes es lograr que disminuyan en la población de la mayoría del planeta –la que fue colonizada– la identidad, el nacionalismo, el patriotismo y sus relaciones con las resistencias y las revoluciones de liberación, avances formidables que se establecieron y fueron tan grandes durante el siglo XX. La neutralización y el desmontaje de los símbolos ligados a esos avances es, por tanto, una de sus tareas principales. Es obvio que ese trabajo trata de ser más eficaz hacia los jóvenes, que están más lejos de las jornadas y los procesos del siglo XX. Si logran que les salga bien, la victoria imperialista será mucho mayor, porque se generalizará el desconocimiento y el olvido de aquel mundo de libertad, justicia social y soberanía, y les será más fácil implantar el mundo ideal y sensible correspondiente a su dominación.

En vez de desconcertarnos con las anécdotas terribles de ignorancias de jóvenes en este campo, y de que se extiendan las creencias en mentiras y aberraciones que son difundidas dentro de la masa creciente de medios que no controlamos, hay que desarrollar ofensivas –no ripostas– de educación patriótica y socialista bien hechas, atractivas y eficaces, exigir y lograr la participación de los medios nuestros que deben implicarse en esas ofensivas y la eliminación de las actuaciones y omisiones que se opongan a ellas o las debiliten, y organizar atinadas campañas de condena y desprestigio de los aspectos burdos o menos disimulados del sistema cultural-ideológico imperialista.

Pero lo esencial es que partamos de que en lo interno a Cuba está lo decisivo en la batalla de los símbolos.

Los niños pequeños y los alumnos de primaria aprenden a sentir el patriotismo y venerar los símbolos. Confluyen en ese logro la enorme tradición cubana que les llega desde las familias y en la escuela, por la cual pasa el universo infantil, el esfuerzo de sus maestros, los actos escolares. Desde hace más de un siglo el patriotismo ha tenido una amplia presencia en su socialización, y la Revolución multiplicó las acciones, los vehículos y las actitudes positivas en esa asunción más temprana del patriotismo. La fractura viene poco después.

Hay que actuar mucho y bien en la formación de los adolescentes y jóvenes, porque ahí se unen la deficiente calidad de la educación secundaria y la avalancha de materiales ajenos o desfavorables al patriotismo nacional que cae sobre ellos, en una etapa de la vida en la que el ser humano experimenta una multitud de cambios, motivaciones e influencias. El peso de la familia disminuye en esa etapa, es insuficiente el trabajo o la influencia en ellos de instituciones y organizaciones de la Revolución, y se topan cada vez más con diferencias sociales, porque ellas han venido creciendo.

Esas diferencias impactan su sensibilidad y su comprensión de la sociedad cubana, llegan a obligar a una parte de los adolescentes y jóvenes a hacer elecciones y renuncias, y tienden a sectorializarlos y disgregarlos.Sin embargo, no debemos conformarnos con generalizaciones superficiales, ya sean triunfalistas o pesimistas. Es imprescindible analizar y llegar a conocer la situación, con rigor y con honestidad. Esto nos permitirá, por ejemplo, encontrar muchos miles de jóvenes en disímiles situaciones y de diferentes sectores, a lo largo del país, que se identifican con el patriotismo popular de justicia social, o que lo harían si se representan que eso es necesario. Qué los motiva, cómo lo entienden, cómo lo formulan, merece estudio más que preocupación. Y es posible que los más conscientes no parezcan muy tentados a decir lo dicho, hacer siempre lo que se espera ni hacer mucho caso a los consejos. Las generaciones que emprendieron las revoluciones que ha vivido Cuba tenían esos mismos rasgos.

Por su parte, la creciente conservatización de nuestra sociedad no incluye un chovinismo cubano, sino más bien la imitación de modelos extranjeros. Ponerse al día con los consumos materiales e ideales, hacer lo que se espera que uno haga, alternar, ocupar un lugar social determinado, no privilegia lo nacional, sino lo “de afuera”, y Estados Unidos tendrá cada vez más presencia en esto. Pero no se trata de una subestimación abierta de lo propio, como experimentaban los colonizados hasta el siglo pasado: ahora viene envuelta en su disfraz neocolonial. Lo que abunda es una supuesta comprensión de que las naciones y lo nacional no tienen tanta importancia, y que la vida cotidiana, la diversidad de identidades e inclinaciones humanas y sociales de los individuos, gran parte de las preocupaciones y las ideas sobre el medio ambiente, la vida cívica y otras cuestiones se pueden y se deben compartir sin ninguna reserva por las personas de “todas” las naciones.

Detrás está la estrategia imperialista de desnacionalización de la población de la mayoría de las naciones, para desarmarlas y dominarlas más fácilmente, pero este peligro mortal no es objeto de polémicas políticas ni ideológicas. Los comportamientos desarmantes parecen algo natural, “normal”, y pueden llevar a considerar anticuado, obcecado y hasta cavernícola al que insiste en fastidiosos discursos políticos.

Permítanme usar un material de hace dos meses para añadir criterios acerca de los símbolos. En los pueblos que han logrado avanzar en la lucha contra el colonialismo que el capitalismo le ha impuesto a la mayoría del planeta, numerosos aspectos de su universo simbólico adquieren una importancia excepcional. Son fuerzas inmensas con las que cuentan, muy superiores a sus escasas fuerzas materiales, porque son capaces de promover la emoción, exaltar los valores y guiar la actuación hasta cotas de esfuerzos, incluso de abnegación, heroísmo y sacrificios, que serían imposibles sin ellas, y propician triunfos que pueden ser asombrosos.

Al mismo tiempo, esos símbolos son el santo y seña cívico de una comunidad nacional, las canciones, las telas, los nombres, los lugares que identifican y reúnen a las hijas y los hijos de un pueblo orgulloso de su historia.

Por eso los símbolos cubanos son hoy también un frente en la guerra cultural. Pero lo que a mi juicio será decisivo es si enfrentaremos o no nuestros problemas fundamentales como revolucionarios cubanos socialistas, con la mayor participación real que sea posible en cada caso, con honestidad ante los datos de los problemas, la apelación al consenso y la creatividad de los implicados, la mayor flexibilidad táctica y el más férreo apego a los principios.

Hay que defender y difundir la causa del patriotismo socialista, la hija de la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, hay que hacer conciencia y movilizar, hay que vivir y compartir las emociones y los sentimientos, las ideas y las actuaciones que han llevado a este pueblo a ser admirado en el mundo. Los símbolos nacionales no son cosas fijas que deben ser honradas según un recetario establecido, son algo que no vive por sí, sino cuando lo hacemos vivir. Son una relación íntima de cada uno y del pueblo entero con una dimensión que las personas revolucionarias y la nación liberada convirtieron en algo entrañable. Son la campana de La Demajagua de hoy, que apuesta a un futuro de libertad, soberanía y justicia social.

En fotos la Mesa Redonda


Donde basta con una, un documental sobre la polémica guerra de símbolos y el uso de las banderas, fue el tema que se puso sobre la Mesa Redonda durante la emisión de este 21 de abril de ese espacio televisivo.

En el caso cubano, el uso de la bandera de los Estados Unidos es una problemática social que las propias circunstancias sociales del país, en torno a las posibilidades migratorias y a la entrada de intercambio cultural con otras naciones, entraña la posibilidad de que se haya diversificado mucho la manera y ampliado mucho el horizonte en los que eso está ocurriendo hoy.

Los estudios expresan que el uso de esa prenda no tiene que ver con la identificación ideológica con la cultura estadounidense o con principios de vida norteamericana, sino con el uso de determinadas modas que son accesibles para determinadas fuentes de ingreso.

Sobre las reacciones que se han experimentado al respecto, el doctor Elier Ramírez Cañedo, historiador y ensayista, coordinador de ese tipo de intercambios expresó que “ese material es una prueba de cómo se pueden hacer materiales de temas históricos y políticos de calidad y con una factura y una buena acogida en los jóvenes.


martes, 23 de agosto de 2016

Cubanos y punto


Foto: Kaloian 23 agosto, 2016 Arturo López-Levy 








La participación de más de una docena de deportistas cubanos compitiendo por otras naciones en las Olimpiadas de Río de Janeiro ha elevado en el debate público una de las carencias más importantes de la reforma migratoria cubana de 2013: la cuestión de la doble nacionalidad.

Aquellos cambios aportaron progresos sustanciales en el tratamiento del gobierno cubano a la migración de sus nacionales y su relación con su país de origen. Pero el alineamiento de la política cubana con los estándares internacionales de derechos de viaje recogidos en el sistema de derechos humanos de las Naciones Unidas fue insuficiente.

La puesta en marcha de la reforma migratoria en 2013 puso en evidencia la necesidad de cambios ulteriores. Desde su concepción, mejoró los derechos de viaje de los cubanos residentes en la Isla sin desmontar el trato discriminatorio hacia los nacionales que habían emigrado antes de esa fecha.

Ese tratamiento desigual, con impuestos abusivos escalados para gestiones de pasaporte y regulación del regreso a Cuba, como país de origen, está reñido no solo con los estándares internacionales de derechos humanos, sino también con importantes principios constitucionales del Estado cubano, que se proclama desde su nombre como una “República” y reconoce la igualdad de los ciudadanos ante la ley y el respeto a la dignidad plena del hombre como culto cívico.

En un contexto en el que la población cubana tiende al envejecimiento y el decrecimiento y la sociedad cubana se hace más transnacional y plural, los avances efectuados expusieron aun más la contradicción entre la animosidad ideológica de los sectores más conservadores de la oficialidad hacia los que habían optado por su cuenta y riesgo emigrar, y el interés nacional cubano, que es mantener la relación más fluida posible con esa población.

Para poner un ejemplo: es evidente que la participación cubana en los Juegos Olímpicos o en los campeonatos internacionales de béisbol, voleibol, atletismo, y otros deportes se beneficiaría de una política más abierta a la inclusión en los equipos nacionales de cubanos residentes en otros países o que hayan adoptado otra nacionalidad.

Además del prestigio internacional y la alimentación del orgullo nacionalista –ganancias intangibles importantísimas–, habría también beneficios económicos directos de una política fiscal sensata hacia los ingresos alcanzados por los deportistas, como resultado de su esfuerzo personal y talento, así como de subsidios aportados por sus connacionales, y políticas dirigidas a promover el deporte en la Isla.

Todas esas liebres saltaron a raíz de la hazaña deportiva del vallista Orlando Ortega, cubano que ganó medalla de plata en la carrera de 110 metros con vallas bajo la bandera española. Al terminar la carrera Ortega declaró entre llantos que le habían ofrecido la bandera cubana “pero estaba buscando la de España como loco”.

A raíz de esto, algunos observadores trajeron a colación unas afirmaciones del periodista cubano Randy Alonso de la Mesa Redonda, voz cercana a la posición oficial, en las que calificaba a deportistas nacidos en Cuba que competían bajo otras banderas como “ex cubanos”.

La condición nacional no se pierde ni al emigrar de Cuba ni al adquirir otra ciudadanía, ni al desobedecer al gobierno comunista. Desde el punto de vista del sistema internacional de derechos humanos, existe un derecho inalienable de retornar al país de origen. El Comité de Derechos Humanos de la ONU, a cargo de manejar la implementación del Convenio Internacional de Derechos Civiles y Políticos ha establecido que “país de origen” no se limita a país de ciudadanía. Incluso en casos en que la adopción de otra ciudadanía implicase la pérdida de la de nacimiento, la nacionalidad de origen no se pierde, manteniéndose el derecho de “entrar y salir” del país de nacimiento sin limitaciones, acorde al artículo 12 de ese convenio.

El propio gobierno cubano tiene un largo récord de tratar como ciudadanos propios a todos los nacidos en el país, cualquiera fuese su condición legal en el exterior. El gobierno cubano ha exigido pasaporte cubano para viajes a la Isla a todo cubano emigrado después de 1970. Incluso en esos casos, ha emitido ese documento a personas emigradas con anterioridad a esa fecha que así lo decidiesen, incluyendo aquellas envueltas en casos explícitos de hostilidad a la soberanía del país.

En lugar de repartir descalificaciones de excubanidad hay asuntos más útiles al interés nacional: ¿Qué hacer para que menos cubanos emigren? ¿Qué hacer para que el capital humano desarrollado en las décadas revolucionarias de inversión en la educación y enriquecido por experiencias de vida en el exterior se revierta en oportunidades para Cuba? ¿Cómo dar continuidad real y sustantiva a los diálogos entre las partes de la nación cubana en la Isla y su diáspora patriótica para que la participación económica y política de los emigrados en el deporte, la cultura, el debate público y la vida de la nación sea canalizada de forma constructiva y armoniosa a la soberanía, el prestigio y los intereses nacionales?

En relación a la doble ciudadanía, se impone una reflexión realista sin falso chovinismo ni doble moral. Hoy hay centenares de miles de cubanos que tienen además de la cubana, otra ciudadanía. A Cuba le conviene que sus emigrados adopten la ciudadanía de los países donde residen, sin perder la suya. Así, en plenitud de derechos pueden aportar más a la relación bilateral con su país de origen, sin quedar a merced de posturas anti-inmigrantes.

¿Por qué no reconocer la doble ciudadanía explícitamente, como apunta la tendencia en las naciones emisoras, tratando a los cubanos solo como tales para asuntos referentes a su patria de origen, sin descalificarlos de ningún derecho o tratamiento igualitario en razón de portar otra ciudadanía?

Por su parte Orlando Ortega tuvo la oportunidad de ser un buen cubano, un buen español, un buen ciudadano del mundo en el siglo XXI, cuando millones de personas viven múltiples identidades al emigrar, y optó por rechazar la bandera de la estrella solitaria. Sus argumentos para rechazar la bandera cubana por agradecimiento a España carecen de asidero. ¿Es que no tiene nada que agradecer a Cuba, el país donde nació y lo formaron como deportista, al punto que bajo esa bandera que rechazó fue a competir a las olimpiadas de Londres?

En la segunda década del siglo XXI hay precedentes suficientes de deportistas como la jamaicano-estadounidense Marion Jones que portaron banderas juntas y agradecieron a los múltiples países de los que vienen. Ortega tuvo la oportunidad de ser grande y pasar por encima de las miserias. La desperdició.

No dudo que el gobierno cubano haya cometido injusticias con el vallista Ortega, como lo ha hecho la oficialidad cubana con muchos en múltiples ocasiones. La política deportiva cubana post-revolucionaria tiene también indiscutibles méritos, al convertir a la Isla en una potencia deportiva. En cualquier caso, Cuba es una nación, un país, una historia, un proyecto martiano-nacionalista, una cultura de la que –como dice la canción del grupo Buena Fe– “nunca te irás del todo”, o mejor dicho, nunca te irás. Porque el emigrado la lleva consigo, no importa lo que digan los que nos quieren descalificar. El INDER, el gobierno cubano, sus políticas y representantes son parte inseparable de Cuba, pero la nación cubana es mucho más que eso; y no responde a una sola manera de pensar ni a un espacio físico concreto.

La bandera cubana, la adorada en los versos de Bonifacio Byrne y Enrique Hernández Mijares, representa a la nación toda; a los cubanos patriotas que viven dentro o fuera de la Isla y que en días de Olimpiadas celebran juntos cada medalla ganada por un cubano.