Mostrando entradas con la etiqueta bandera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bandera. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de mayo de 2017

Una vez más, banderas

Por Luis Toledo Sande

Hace pocos días por calles de La Habana un hombre relativamente joven –no muchacho– arrastraba, llenas de viandas, dos cajas plásticas similares a las empleadas para empacar botellas. ¿Sería uno de esos mensajeros que llevan víveres a domicilio, o un revendedor? En ambas llevaba, prendidas a sendas pequeñas astas, banderitas cubanas de las que hace un tiempo se portan en actos públicos.

Esas banderas, por ser de un material mucho más duradero que el papel, no terminan profanadas en la basura, y pueden tener luego otros usos, como en las cajas de las que aquel hombre tiraba de un modo que al testigo le pareció que revelaba orgullo, como en los diplomáticos al engalanar su automóvil con la enseña del país que representan.

También –pensó el testigo, mientras deploraba no haber fotografiado la escena– el hecho contravendría normas legales vigentes sobre el empleo de los símbolos patrios. Pero, si algo infringía, ¿no sería preferible una transgresión como aquella antes que la flagrante proliferación de banderas de otras naciones por todo el país? Suelen aparecer entre indicios de pésimo gusto, a veces acompañadas de la cubana, ignorando el digno reclamo del poeta patriota Bonifacio Byrne, quien frente a la intrusión de la bandera imperialista enérgicamente declaró que aquí basta una sola, la nuestra.

Inflexibilidad no equivale a firmeza

En la proliferación de pendones foráneos predominan el británico y, sobre todo, el estadounidense, sean piezas enteras o motivos visuales que remiten a ellos. Los hay incluso con la presencia del águila que en el siglo XIX –lo denunció José Martí ante la ofensiva del panamericanismo imperialista– “apretaba en sus garras los pabellones todos de la América”.

Taxi privado.

Parecería que nada se ha instrumentado en el país contra la actual invasión de símbolos imperiales. Tampoco existe la flexibilidad legal que facilite el uso afectivo, no necesariamente protocolar, de los propios, sin mancillarlos como ocurre al usarlos como simples adornos, estampados en cualquier tipo de objeto: zapatos, ropa exterior e interior, pañuelos para protegerse el cabello o soplarse la nariz, delantales… Eso hace el mercado de los Estados Unidos con su bandera, que así es manejada también como invasor recurso propagandístico. ¿Debe Cuba imitar el despropósito?

Otra cosa sería que la inflexibilidad legal –quebrantada en los hechos– desaprobara el uso de acordes del Himno en una pieza de música popular, enraizada en el pulso de la nación y enfilada a enaltecerla. Salvando distancias de diversa índole, en este punto vale recordar una obra que no es tan conocida como merece: la Paráfrasis para piano con la cual Hubert de Blanck, nacido en Holanda en 1856 y radicado desde 1883, hasta su muerte, en Cuba –cuyo independentismo apoyó, y donde una insigne sala de teatro de la capital perpetúa su nombre–, honró con variaciones sobre el original el Himno creado en Bayamo por Perucho Figueredo.

La enseñanza y la persuasión son básicas para la sociedad. En ninguna parte las sustituyen las disposiciones legales, por muy importantes que estas puedan ser, y lo son, máxime donde se vivió una etapa colonial que fomentó, junto a otros males, esta idea patógena: “La ley se acata, pero no se cumple”. La educación es responsabilidad del hogar y de la sociedad toda –no solo de la escuela, llamada a ser particularmente eficaz–, y entre sus fines vitales debe sobresalir el abono del civismo y la civilidad y el respeto a las leyes. Son propósitos inseparables de la formación cultural: de la siembra, el cuidado y la cosecha de nociones arraigadas en hechos, conocimiento y sentido de responsabilidad.

¿Esperar por normas?

Martí, con su vida ejemplar, incluida su heroica muerte, sin mengua de su universalidad legó a la patria un inmenso legado moral de sabiduría y conducta. Aunque la celebración de su natalicio y la conmemoración de su caída en combate sean estimulantes para recordarlo, se le debe tener presente y asumirlo todos los días, como semillero de lecciones para pensar y actuar.


Foto: Desiderio Navarro. Las demás son del autor del texto.

El fundador no necesitó de ley ni de imposición alguna para tener la conducta que testimonió en el poema X de Versos sencillos, al recordar su disfrute, en Nueva York, de la actuación de la bailarina española, gallega, Carolina Otero: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”, dijo en la segunda estrofa, refiriéndose al pendón de España, la metrópoli que oprimía a su patria y a los propios pueblos españoles.

No se debe menospreciar la importancia de estudios sociológicos para saber bien quiénes usan en Cuba prendas de vestir en las cuales se reproducen la bandera de Gran Bretaña y, sobre todo, la de los Estados Unidos, o –ya sea en la cabina o fuera de borda– la ostentan en sus vehículos particulares, y hasta en los estatales que están bajo su cuidado. Pero ¿se necesita alguna investigación especial para suponer que se trata de hechos ante los cuales la gran mayoría del pueblo, integrada por patriotas conscientes, no podrá menos que sentir irritación, rechazo?

En un “almendrón” que está lejos de ser el único automóvil en circular por La Habana con la bandera de los Estados Unidos desplegada, se ha visto al chofer vistiendo una camiseta con esa insignia estampada en el pecho. Como ilustración de un texto donde se refirió a normas que, en Noruega, controlan o prohíben allí el empleo de banderas de otros países, el ensayista cubano Desiderio Navarro difundió la foto de una vivienda de Bauta, provincia de Artemisa, en cuyo techo se alza la bandera estadounidense a una altura y de un modo inexplicables como fruto de la casualidad.

¿Confiarse a la industria y el mercado?

Aunque descollante, ese caso es uno solo entre los numerosos de un mal que prospera sostenidamente ante la vista pública y distintos autores han repudiado. Quien escribe este artículo ha dedicado ya otros al tema: “¿Banderas nada más?”, “Banderas y más” (BOHEMIA impresa y digital); “Porque si está la bandera…” (Cubarte), “¿Se trata de símbolos?” (Cubadebate), con ilustraciones elocuentes, y reproducidos todos en espacios digitales. Que no intente repetir ahora todo lo dicho en aquellos textos se explica por apremios de espacio, no porque ignore el valor de la reiteración, que pedagogos, políticos, sacerdotes y otros propagadores de conocimientos e ideas saben necesaria.


Vehículo de propiedad estatal.

El asunto es preocupante en sí, y porque se ha instalado como una moda de larga duración. Para alarmar –diga lo que diga el “cosmopolita” avispero neoliberal, listo siempre a lanzarse contra quienes hablen de revolución y patriotismo– bastaría que expresara indolencia. Pero también pudiera revelar ansias anexionistas o una manera simbólica de emigrar sin salir físicamente del país, desvinculación del proyecto revolucionario, un paso hacia su abandono afectivo o factual.

Las justificaciones aducidas para portar banderas imperiales son indefendibles. Por confusión o por afán doloso, a veces se invocan las normas protocolares establecidas para reuniones políticas de representantes oficiales de dos o más países, o en encuentros internacionales de diversa índole. También se aduce que las banderas cubanas no aparecen en el mercado o son caras para la gran mayoría de la población. Pero en las luchas patrióticas se han enarbolado banderas hechas con amor y respeto por personas que no se sentaron a esperar soluciones industriales. La fértil iniciativa se manifestó asimismo ante la muerte del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, cuando hubo quienes quisieron rendirle homenaje llevando brazaletes del 26 de Julio.

A cubanas y cubanos patriotas les sobran razones e historia para no avalar que en su país se rinda culto acrítico –no digamos ya entusiasta– a la bandera que debería ser emblema de todo un pueblo, pero oficialmente representa a un imperio agresivo.

Extremos que se tocan

La voracidad de ese imperio se ha sufrido y se sufre en todos los continentes, y el actual césar la prolonga. Sus actos patean las ilusiones que hubo en quienes quisieron albergarlas viendo en el predecesor un estadista presto a actuar honestamente, y cuyo lema electorero We can! (¡Podemos!) evidenciaría cambios favorables para otros pueblos en la política imperial. Quizás la mayor celebridad la alcanzó al anunciar que, para que se levantara el bloqueo impuesto por su país a Cuba, daría pasos que ciertamente pudo haber dado pero no dio. Se quedó cortísimo, y no por falta de pista.

En general, dio curso a la deportación de inmigrantes en cifras comparables con las anunciadas por el nuevo césar y, usando como patente de corso el Premio Nobel de la Paz –que, venido a menos, se le regaló, al igual que a otros–, sobresalió desatando guerras. Por el mismo camino, su sucesor prometió poner fin al expansionismo belicista del imperio, y poco después de llegar a la Casa Blanca empezó a ejecutar –con “bomba madre” incluida– planes del poderío bélico-militar que domina al establishment regente, del cual forma parte, aunque algunas mentes quisieron creer que lo desafiaba, ¡y no faltó quien lo calificara de revolucionario!

Ser o parecer torpe al estilo de George W. Bush, o elegante como Barack Obama, o todo lo que ya se sabe de Donald Trump, puede aportar subterfugios a una potencia que busca salir de su crisis sistémica, de su decadencia, que es manifiesta, aunque sea prolongada. A ese imperio se le rinde pleitesía factual cuando se ostenta su bandera, y en eso las ingenuidades, si las hay, serían tan peligrosas como la ignorancia o la complicidad. La pleitesía puede apoyarse en extremos que se tocan, entre los cuales oscilaría el no llegar o pasarse que se tiene como sabia y críticamente advertido por Máximo Gómez.

Uno de esos extremos sería creer que lo único o lo más contrarrevolucionario es una consigna de ese carácter pintada en una pared o impresa en papel u otro soporte. Se soslaya así el efecto, como de bomba de tiempo, de terribles males voluntaria u objetivamente contrarrevolucionarios como la corrupción, la mala actitud ante el trabajo, la indisciplina social, la violación de las normas de convivencia, el irrespeto a los derechos y deberes colectivos, la desatención de la historia.

El otro extremo –¿asociado quizás al deseo de compensar impertinentes o excesivas interdicciones de otros momentos?– sería un peligroso dejar hacer. En él cabrán hasta pronunciamientos de algún alto funcionario que dé por bueno librar de muros de contención a la venta por particulares de los productos que a estos se les antoje comercializar, aunque pululen objetos mal habidos y discos piratas que han terminado en tremendos paquetes.

Y no es cuestión de adornos

En cuanto a conducta social, ese dejar hacer puede ser más peligroso que el acuñado en francés (laissez faire) para caracterizar a la burguesía cuando ella capitalizó el rótulo de liberal para actuar a sus anchas en la economía, no para desentenderse del control de la sociedad. Más recientemente ese rótulo –digno de mejor suerte– mutó en neoliberalismo, también recurso de dominación. No importa que el césar de turno haya amenazado con sustituirlo por la vuelta al proteccionismo: otra arma a la que el imperio puede seguir acudiendo para autoprotegerse y agredir a todo el mundo.


En Cuba, un mal entendido, trasnochado o timorato laissez faire puede abrir las puertas a letales caballos de Troya, no sublimados en una obra literaria clásica, sino infusos en burdas o sofisticadas fullerías políticas, cuyas consecuencias pudiera ser tarde enfrentar si se les deja tomar cuerpo. Frente a ello conforta saber que la lucidez patriótica, histórica, revolucionaria, cívica, ha garantizado la capacidad de resistencia, lucha y victoria de la mayoría del pueblo.

Con esa lucidez ha encarado y vencido Cuba los grandes desafíos que la han asediado, y ha de mantenerla como arma principal para conservar la independencia indispensable. Solo así podrán triunfar aquí planes justicieros por los que han luchado y muerto tantos hijos y tantas hijas de la patria. En ella un par de cajas usadas por un mandadero o hasta por un revendedor, y engalanadas con la bandera que la representa desde sus luchas por la independencia, siempre serán preferibles –dígase sin apoyar por ello un mayor desmadre de la ilegalidad– al espectáculo de una población disfrazada con insignias del imperio que por todos los medios ha intentado estrangularla, aunque no lo ha conseguido. Ni lo conseguirá mientras la mayoría del pueblo lo mantenga a raya, y eso incluye lo simbólico.

Luis Toledo Sande

miércoles, 26 de abril de 2017

Donde basta con una (+ Video)




Por: Manuel Alejandro Hernández

Fotos: Roberto Garaicoa

Donde basta con una, un documental sobre la polémica guerra de símbolos y el uso de las banderas, fue el tema que se puso sobre la Mesa Redonda durante la emisión de este 21 de abril de ese espacio televisivo.

El Centro de Estudios sobre la Juventud ha promovido varias investigaciones sobre el uso de la bandera norteamericana en Cuba, al respecto la directora de esa institución, la doctora Teresa Viera Hernández, aclaró que “los estudios sobre la juventud en el país hoy se realizan desde todas las facultades de ciencias sociales del país, no únicamente hacia la arista del empleo de la bandera de los Estados Unidos, sino del empleo de muchos símbolos, patrios, extranjeros, que de alguna manera recoge cómo nuestra juventud cubana se apropia de la globalización y la colonización cultural.

“En el caso cubano, el uso de la bandera de los Estados Unidos es una problemática social que las propias circunstancias sociales del país, en torno a las posibilidades migratorias y a la entrada de intercambio cultural con otras naciones, entraña la posibilidad de que se haya diversificado mucho la manera y ampliado mucho el horizonte en los que eso está ocurriendo hoy.

“La cultura cubana ha logrado ser exitosa por los cubanos y las cubanas, ha encontrado en este escenario hoy con una proliferación del uso de este tipo de prendas, el rechazo ciudadano a que esto ocurra, a lo mejor no proactivamente, pero si en el entendido de que muchas personas se cuestionan la manera en que se usa y cuáles son los preceptos que se utilizan para su uso.

“No es una problemática totalmente aceptada por la población. Los estudios expresan que el uso de esa prenda no tiene que ver con la identificación ideológica con la cultura estadounidense o con principios de vida norteamericana, sino con el uso de determinadas modas que son accesibles para determinadas fuentes de ingreso”.

El documental de la productora Dver, dirigido por el ciudadano Fernando Arias, y un equipo de trabajo que él mismo coordinó, ha sido puesto a disposición de los participantes del espacio “Dialogar, dialogar”. Sobre las reacciones que se han experimentado al respecto, el doctor Elier Ramírez Cañedo, historiador y ensayista, coordinador de ese tipo de intercambios expresó que “ese material es una prueba de cómo se pueden hacer materiales de temas históricos y políticos de calidad y con una factura y una buena acogida en los jóvenes. Hemos conspirado con Fernando Arias y lo hemos llevado a conferencias, al Salón de Mayo, y ha sido muy bien acogido y ha servido para incentivar el debate, porque este material de alguna manera abre una puerta hacia un tema más amplio que es la guerra cultural.

“En los debates que hemos hecho siempre caemos en el análisis de qué hacemos desde la producción simbólica en la lucha ideológica, cultural, y cómo tratamos el tema de nuestros propios símbolos.

“En más de 40 minutos este material, que es solo el primer capítulo de una serie, nos pone a pensar sobre el uso de los símbolos, y la ley respecto a ello. En los análisis que hemos hecho hay bastante consenso en que la ley no es problema. La polémica se da más en el reglamento que es del año 1988, y es más restrictivo y no le permite ni siquiera portar una bandera en un pullover, aunque sea de pequeño formato para llevarla con orgullo.

“Hay posiciones de todo tipo. Hay jóvenes que incluso aprueban que sea más restrictivo el uso. Hay un consenso en que debe haber algún tipo de flexibilización, pero nunca caer en la ofensa al símbolo”.




Lea también este interesante reflexión de Fernando Martínez Heredia

Desde hace varios meses –y estimulado por un incidente bochornoso—está presente en el conjunto de medios que circulan en la actualidad cubana un debate acerca de la utilización en espacios públicos de nuestros símbolos nacionales, la bandera de Estados Unidos y las implicaciones que advierten los participantes en el debate. Esto es muy positivo, porque ayuda a defender y exaltar el patriotismo en la coyuntura peligrosa que estamos viviendo e invita a definirse en un terreno que es favorable a la patria, en un momento en que el curso cotidiano incluye muchas cosas en las que no es necesario definirse, que resultan desfavorables a la patria y la sociedad que construimos a partir de 1959.

Como en tantos otros campos y problemas, pudiera producirse en este una división entre élites y masa de la población. La cuestión expresada en los símbolos nacionales tiene una larga data –siglo y medio–, e implica una cultura acumulada que desde el inicio hasta hoy le aporta al mismo tiempo una fuerza descomunal, una gran complejidad y aspectos que han sido y pueden volver a ser conflictivos. Desde hace tres décadas vengo publicando mis criterios sobre ese decurso histórico y sus expresiones contemporáneas, y no me repetiré aquí. Solo reitero que la explosión libertaria y de poder revolucionario combinados que se desató hace casi sesenta años logró –entre tantas victorias– deslegitimar y disminuir a fondo las divisiones cubanas entre élites y masa, y resulta vital que no permitamos que hoy se vuelvan a levantar.

En torno a la cuestión de estos símbolos existen actualmente reacciones y opiniones diversas que no creen referirse a problemas trascendentales. Más vale no tacharlas de superficiales, ni sentirse solamente heridos ante lo fenoménico. También pueden crearse confusiones involuntarias, porque las ideologías que se van instalando en clases y sectores sociales no se basan en la malicia, ni en intenciones y reflexiones. Es imprescindible interesar a la formidable conciencia política que posee el pueblo cubano en cuanto a lo que significa esta cuestión, para que la resuelva.

Es preciso aclarar que estamos ante dos problemas diferentes: el del uso y la regulación de los símbolos identificados como nacionales, y el de la batalla cultural decisiva entre el socialismo y el capitalismo que se está librando en la Cuba actual. [1] Trataré de sintetizar aspectos, comenzando por el primer problema.

La ley que rige la utilización de esos símbolos puede ser muy rígida, pero nadie le ha hecho caso nunca a esa rigidez, y el pueblo ha expresado su patriotismo de todas las formas y con todas las acciones que ha estimado conveniente.

El canon patriótico popular de uso de los símbolos nacionales tiene otras reglas que son diferentes a las legales, y más legítimas que estas, porque tiene su fundamento en la conciencia colectiva, los sentimientos, las costumbres y las tradiciones que lleva íntimamente cada persona consigo, desde que comienza a descubrirlos y asumirlos de niño hasta la muerte.

En la batalla de símbolos que se está librando participa una multitud de cubanas y cubanos que sienten una profunda emoción al cantar el himno nacional –como el atleta premiado que lo entona llorando–, o portan, veneran, pintan, saludan a la bandera de la estrella solitaria. Participan los que tienen a Martí como el padre tutelar de esta nación, que nos enseñó las cuestiones esenciales y nos brindó su talento, su proyecto y su vida, le tienen devoción y lo representan, aunque lo hagan con más unción que arte. Y los que siguen a Maceo porque supo trasmutar la guapería en heroísmo, renunciar al mérito propio por la causa y presidir la familia que murió por Cuba. Participa el que se tatúa al Che en su cuerpo, el que siente orgullo de ser cubano y el travesti vestido con la bandera en la obra de teatro político hecha por jóvenes.

Es un error poner las precisiones y discusiones sobre la ley en un lugar importante, en medio de la tremenda pelea de símbolos que ya estamos viviendo. Sería otra de esas discusiones que pueden ser largas o abstrusas, pero le interesan a muy poca gente y no sirven de mucho.

La ley debe servir, con claridad y sencillez, para defender lo que sería el hábito externo del patriotismo, frente al avance galopante de la mercantilización que está envileciendo tantas cosas, y para ayudar a hacer acertadas y efectivas las expresiones populares y oficiales del patriotismo. Hay que sacarla de la fría prosa y la convocatoria semestral de la Asamblea Nacional. Los medios de comunicación y el sistema educacional deben divulgarla –insisto, divulgarla–, como un auxiliar más del patriotismo, ayudándose con algunas narraciones emotivas y unos cuantos datos que casi nadie conoce, que sean ajenos unas u otros a los clichés tan repetidos que no mueven a nadie y provocan aburrimiento o rechazo.

Paso a la función de los símbolos en la batalla cultural, que en la fase actual de Cuba es la principal.


Será muy positivo si podemos analizar cada aspecto diferente del problema, teniendo siempre en cuenta que no existen así, sino como parte de un todo; que existen mezclados, en conflicto o en paralelo con los demás aspectos y
problemas de su propio ámbito, pero sobre todo con otras características de la sociedad cubana actual. Habría que elaborar una comprensión del conjunto de la cuestión de los símbolos nacionales en función del complejo y doble conflicto actual, entre capitalismo y socialismo y entre Cuba socialista y Estados Unidos. Y atender también a los condicionamientos a que someten a la cuestión las corrientes culturales principales del mundo actual.

En cuanto a esto último, gana cada vez más terreno a escala mundial la homogeneización de opiniones, valoraciones, creencias firmes, modas, representaciones y valores que son inducidos por el sistema imperialista mediante su colosal aparato cultural-ideológico. Una de sus líneas generales más importantes es lograr que disminuyan en la población de la mayoría del planeta –la que fue colonizada– la identidad, el nacionalismo, el patriotismo y sus relaciones con las resistencias y las revoluciones de liberación, avances formidables que se establecieron y fueron tan grandes durante el siglo XX. La neutralización y el desmontaje de los símbolos ligados a esos avances es, por tanto, una de sus tareas principales. Es obvio que ese trabajo trata de ser más eficaz hacia los jóvenes, que están más lejos de las jornadas y los procesos del siglo XX. Si logran que les salga bien, la victoria imperialista será mucho mayor, porque se generalizará el desconocimiento y el olvido de aquel mundo de libertad, justicia social y soberanía, y les será más fácil implantar el mundo ideal y sensible correspondiente a su dominación.

En vez de desconcertarnos con las anécdotas terribles de ignorancias de jóvenes en este campo, y de que se extiendan las creencias en mentiras y aberraciones que son difundidas dentro de la masa creciente de medios que no controlamos, hay que desarrollar ofensivas –no ripostas– de educación patriótica y socialista bien hechas, atractivas y eficaces, exigir y lograr la participación de los medios nuestros que deben implicarse en esas ofensivas y la eliminación de las actuaciones y omisiones que se opongan a ellas o las debiliten, y organizar atinadas campañas de condena y desprestigio de los aspectos burdos o menos disimulados del sistema cultural-ideológico imperialista.

Pero lo esencial es que partamos de que en lo interno a Cuba está lo decisivo en la batalla de los símbolos.

Los niños pequeños y los alumnos de primaria aprenden a sentir el patriotismo y venerar los símbolos. Confluyen en ese logro la enorme tradición cubana que les llega desde las familias y en la escuela, por la cual pasa el universo infantil, el esfuerzo de sus maestros, los actos escolares. Desde hace más de un siglo el patriotismo ha tenido una amplia presencia en su socialización, y la Revolución multiplicó las acciones, los vehículos y las actitudes positivas en esa asunción más temprana del patriotismo. La fractura viene poco después.

Hay que actuar mucho y bien en la formación de los adolescentes y jóvenes, porque ahí se unen la deficiente calidad de la educación secundaria y la avalancha de materiales ajenos o desfavorables al patriotismo nacional que cae sobre ellos, en una etapa de la vida en la que el ser humano experimenta una multitud de cambios, motivaciones e influencias. El peso de la familia disminuye en esa etapa, es insuficiente el trabajo o la influencia en ellos de instituciones y organizaciones de la Revolución, y se topan cada vez más con diferencias sociales, porque ellas han venido creciendo.

Esas diferencias impactan su sensibilidad y su comprensión de la sociedad cubana, llegan a obligar a una parte de los adolescentes y jóvenes a hacer elecciones y renuncias, y tienden a sectorializarlos y disgregarlos.Sin embargo, no debemos conformarnos con generalizaciones superficiales, ya sean triunfalistas o pesimistas. Es imprescindible analizar y llegar a conocer la situación, con rigor y con honestidad. Esto nos permitirá, por ejemplo, encontrar muchos miles de jóvenes en disímiles situaciones y de diferentes sectores, a lo largo del país, que se identifican con el patriotismo popular de justicia social, o que lo harían si se representan que eso es necesario. Qué los motiva, cómo lo entienden, cómo lo formulan, merece estudio más que preocupación. Y es posible que los más conscientes no parezcan muy tentados a decir lo dicho, hacer siempre lo que se espera ni hacer mucho caso a los consejos. Las generaciones que emprendieron las revoluciones que ha vivido Cuba tenían esos mismos rasgos.

Por su parte, la creciente conservatización de nuestra sociedad no incluye un chovinismo cubano, sino más bien la imitación de modelos extranjeros. Ponerse al día con los consumos materiales e ideales, hacer lo que se espera que uno haga, alternar, ocupar un lugar social determinado, no privilegia lo nacional, sino lo “de afuera”, y Estados Unidos tendrá cada vez más presencia en esto. Pero no se trata de una subestimación abierta de lo propio, como experimentaban los colonizados hasta el siglo pasado: ahora viene envuelta en su disfraz neocolonial. Lo que abunda es una supuesta comprensión de que las naciones y lo nacional no tienen tanta importancia, y que la vida cotidiana, la diversidad de identidades e inclinaciones humanas y sociales de los individuos, gran parte de las preocupaciones y las ideas sobre el medio ambiente, la vida cívica y otras cuestiones se pueden y se deben compartir sin ninguna reserva por las personas de “todas” las naciones.

Detrás está la estrategia imperialista de desnacionalización de la población de la mayoría de las naciones, para desarmarlas y dominarlas más fácilmente, pero este peligro mortal no es objeto de polémicas políticas ni ideológicas. Los comportamientos desarmantes parecen algo natural, “normal”, y pueden llevar a considerar anticuado, obcecado y hasta cavernícola al que insiste en fastidiosos discursos políticos.

Permítanme usar un material de hace dos meses para añadir criterios acerca de los símbolos. En los pueblos que han logrado avanzar en la lucha contra el colonialismo que el capitalismo le ha impuesto a la mayoría del planeta, numerosos aspectos de su universo simbólico adquieren una importancia excepcional. Son fuerzas inmensas con las que cuentan, muy superiores a sus escasas fuerzas materiales, porque son capaces de promover la emoción, exaltar los valores y guiar la actuación hasta cotas de esfuerzos, incluso de abnegación, heroísmo y sacrificios, que serían imposibles sin ellas, y propician triunfos que pueden ser asombrosos.

Al mismo tiempo, esos símbolos son el santo y seña cívico de una comunidad nacional, las canciones, las telas, los nombres, los lugares que identifican y reúnen a las hijas y los hijos de un pueblo orgulloso de su historia.

Por eso los símbolos cubanos son hoy también un frente en la guerra cultural. Pero lo que a mi juicio será decisivo es si enfrentaremos o no nuestros problemas fundamentales como revolucionarios cubanos socialistas, con la mayor participación real que sea posible en cada caso, con honestidad ante los datos de los problemas, la apelación al consenso y la creatividad de los implicados, la mayor flexibilidad táctica y el más férreo apego a los principios.

Hay que defender y difundir la causa del patriotismo socialista, la hija de la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, hay que hacer conciencia y movilizar, hay que vivir y compartir las emociones y los sentimientos, las ideas y las actuaciones que han llevado a este pueblo a ser admirado en el mundo. Los símbolos nacionales no son cosas fijas que deben ser honradas según un recetario establecido, son algo que no vive por sí, sino cuando lo hacemos vivir. Son una relación íntima de cada uno y del pueblo entero con una dimensión que las personas revolucionarias y la nación liberada convirtieron en algo entrañable. Son la campana de La Demajagua de hoy, que apuesta a un futuro de libertad, soberanía y justicia social.

En fotos la Mesa Redonda


Donde basta con una, un documental sobre la polémica guerra de símbolos y el uso de las banderas, fue el tema que se puso sobre la Mesa Redonda durante la emisión de este 21 de abril de ese espacio televisivo.

En el caso cubano, el uso de la bandera de los Estados Unidos es una problemática social que las propias circunstancias sociales del país, en torno a las posibilidades migratorias y a la entrada de intercambio cultural con otras naciones, entraña la posibilidad de que se haya diversificado mucho la manera y ampliado mucho el horizonte en los que eso está ocurriendo hoy.

Los estudios expresan que el uso de esa prenda no tiene que ver con la identificación ideológica con la cultura estadounidense o con principios de vida norteamericana, sino con el uso de determinadas modas que son accesibles para determinadas fuentes de ingreso.

Sobre las reacciones que se han experimentado al respecto, el doctor Elier Ramírez Cañedo, historiador y ensayista, coordinador de ese tipo de intercambios expresó que “ese material es una prueba de cómo se pueden hacer materiales de temas históricos y políticos de calidad y con una factura y una buena acogida en los jóvenes.


martes, 23 de agosto de 2016

Orlando Ortega: la bandera “equivocada”

.

Ortega: Estoy muy orgulloso de haber puesto el nombre de España bien alto.





“Me dieron la de Cuba, pero estaba buscando la de España como un loco (…). “Estoy muy orgulloso de haber puesto el nombre de España bien alto”. Tales fueron las declaraciones del vallista de origen cubano Orlando Ortega, ganador de la medalla de plata en los recién concluidos juegos olímpicos de Río de Janeiro. A propósito de la alharaca suscitada en las redes sociales en torno al suceso, Escambray publica la visión del intelectual espirituano Antonio Rodríguez Salvador

Según Aristóteles, hay tres tipos de argumentos: ligado al logos, ligado al ethos y ligado al pathos. El primero se ciñe al tema del mensaje; el segundo, a cuestiones éticas y morales, y, el tercero, a determinadas pasiones. Por lo común, los argumentos ligados al pathos (cuyo significado es dolor) no pretenden llegar a verdades algunas, sino a manipular ideas mediante la incitación de emociones primarias.

La historia recoge numerosos casos donde este último tipo de argumento fue utilizado para transmitir sentimientos de rechazo contra una persona o grupo de personas. Fue empleado por los colonialistas españoles para justificar la masacre de pueblos originarios en América; por Hitler para legitimar el asesinato de millones de judíos en Europa; por el senador McCarthy durante la conocida “cacería de brujas” en Estados Unidos.

El tiempo pasa, cambian las formas, pero no el contenido. Por ejemplo, durante los últimos días hemos visto cómo, en las redes sociales, se azuza el “linchamiento mediático” del periodista cubano Randy Alonso Falcón, director de la publicación digital Cubadebate y del programa televisivo Mesa Redonda.

¿El motivo?, traducir en palabras lo que, con una muy cuestionable actitud, claramente expresó el deportista de origen cubano Orlando Ortega —quien competía por España en los recién finalizados Juegos Olímpicos de Río— tras alcanzar la medalla de plata en el evento de los 110 metros con vallas.

Alguien del público le lanzó a Ortega una bandera cubana, pero este volteó su espalda y la dejó abandonada en el piso. Luego relató a la prensa: “Me dieron la de Cuba, pero estaba buscando la de España como un loco (…). “Estoy muy orgulloso de haber puesto el nombre de España bien alto”.

Su mensaje también sonó bien alto: se estaba excusando porque alguien le dio la bandera “equivocada”, la que “no era suya”. Quería poner el nombre de Cuba por lo bajo. Verum ipsumfactum, solía decir Giambattista Vico ante casos semejantes. O sea, los hechos son los que cuentan.

Si Ortega hubiese tomado las dos banderas: la cubana y la española, yo lo hubiera entendido. Más aún, lo hubiera considerado un gesto elegante; pero, al rechazar la nuestra, no estaba protestando contra el Inder ni contra el sistema político cubano; estaba rechazando su cultura, su identidad, su nación.

Randy Alonso lo llamó “excubano” en su programa Mesa Redonda, y entonces en las redes sociales se desató la tormenta. No seamos ingenuos: bien se sabe de dónde parten determinadas “corrientes de opinión”. Vienen de los mismos que reciben millones de dólares para subvertir el orden constitucional en Cuba; dinero que es entregado por la nación que sueña vernos rendidos a sus pies y cuyo presidente hace poco conminó a que olvidáramos nuestra historia.

Así las cosas, empezó el intento de “lapidación mediática”. De pronto lo importante no era que alguien hubiese ofendido un emblema de la Patria y que, con tal acción, insultara a millones de cubanos para quienes la bandera simboliza orgullo por su cultura, su identidad y su historia. Tal detalle fue ocultado de manera alevosa, en tanto el verdadero propósito no era defender sentimientos de cubanidad, sino utilizar lo dicho por Randy para manipular pasiones entre los cubanos residentes en el exterior.

Mediante determinadas argucias propias de la desinformación, pretendían mostrarlo no como el periodista que ejerce su libre derecho a opinar, sino como una personificación del Consejo de Estado y la Asamblea Nacional, que prácticamente daba orientaciones a la Dirección Nacional de Inmigración y Extranjería. Pero no la orden de despojar de su nacionalidad a una persona en particular, sino a todos los ciudadanos cubanos residentes en el exterior. La intención era clara: lesionar determinados vínculos afectivos de los emigrados con su nación de origen.

Pero en las redes sociales también hay personas que no se prestan a manipulaciones y suelen colocar en un altar la verdad y la justicia. Tomados en falta, algunos de estos “neolinchadores” de pronto titubearon, y sus argumentos comenzaron a sonar ridículos.

Yo me acordaba de una frase acuñada dos siglos atrás por el pintor español Francisco de Goya: “Los sueños de la razón producen monstruos”. Atrapados en una lógica perversa, ni siquiera se daban cuenta de que, contradictoriamente, habían empezado a defender los valores de la Revolución.

Puestos a la defensiva, a uno se le ocurrió justificar la actitud de Ortega con el argumento de que la bandera, el himno y demás símbolos patrios hubieran identificado al deportista con el proceso político cubano. Luego, tras esa misma idea, llegaron otros.

¡Qué cosa…! Pero todavía faltaba lo más grotesco. Por ese mismo despeñadero, hubo quien empezó a esgrimir que la bandera era una simple “telita”, “un trapo coloreado”, “un instrumento de dominación”. O sea, la negación total de Maceo y Martí, detestable pretensión de prostituir su propia historia, los fundamentos sensibles de la nación.

Dejo al lector las múltiples valoraciones que se desprenden del caso. Solo acotaré una última paradoja: ¿Cómo alguien puede vociferar ofendido ante el término empleado por Randy, y al mismo tiempo callar impasible ante el ultraje de lo que dice defender? ¡Cosas veredes, Sancho!, diría Cervantes.