Está considerado como uno de los investigadores más connotados de la historia de nuestras raíces culturales, en especial, con lo relacionado con los procesos etnoculturales y componentes étnicos de la nación cubana, entre otros. Y es que acerca del Doctor en Ciencias Históricas, Profesor e Investigador Titular y Licenciado en Historia del Arte, Jesús Guanche Pérez, siempre habrá que hablar en letras mayúsculas por la riqueza de su bregar académico-científico, la exquisita sencillez que le distingue y sus extraordinarios aportes a la profundización y divulgación de los estudios e investigaciones sobre la cultura cubana en general.




El Doctor en Ciencias Históricas Jesús Guanche Pérez. Foto: Internet


Entre los reconocimientos que le han sido conferidos se hallan la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Investigación Cultural (2013), además de ser miembro del Comité Científico Internacional del Proyecto de la UNESCO “La Ruta del Esclavo” y de la Junta Directiva de la Fundación Fernando Ortiz. Igualmente, es un prolífero autor de cientos de trabajos publicados en Cuba y en otros países de América y de Europa.


En entrevista concedida al sitio web de la Uneac, destacó: “(…) Ahora es más actual hablar de cubanía y crecimiento demográfico, un verdadero desafío en el presente y el futuro para la existencia misma de la nación que envejece más rápido que lo que merece”.


Usted posee un amplio trabajo monográfico sobre procesos etnoculturales. ¿Qué lo llevó a la realización de dichos estudios e investigaciones y a la elección de una disciplina como la Antropología?


Todos esos son temas que de un modo u otro envuelven la riqueza y complejidad de la cultura cubana con una visión inclusiva. Los diversos componentes humanos de la cubanidad hay que verlos desde la presencia aborigen hace varios miles de años, antes del arribo de los europeos, hasta la formación y consolidación de la nación, cuando la población propiamente cubana es mayoría constante y creciente, en convivencia con otros grupos humanos venidos de los más disímiles rincones del orbe.


En el caso de la Antropología, si bien nació en el siglo XIX como un campo del conocimiento por y para el colonialismo, fue poco a poco ampliando y diversificando su objeto de estudio y su visión de la realidad. Hoy, más que un recurso para la liberación del propio conocimiento, es un campo que posee una cualidad abierta a la transdisciplinariedad y a la valoración multifactorial de los procesos culturales, sociales, biológicos, migratorios, históricos y de otra índole”.


¿El antropólogo, historiador, etnólogo, musicólogo y lingüista Don Fernando Ortiz es el elegido principal para sus estudios al respecto? ¿Existe para usted alguna otra fuente bibliográfica?


Fernando Ortiz es una fuente a tomar en consideración, pero no lo considero ni remotamente el elegido principal. Hay muchos, muchísimos autores antes y después de Ortiz. Por suerte, para los investigadores cubanos existen muchísimas fuentes para estudiar los temas de la cultura nacional. En el caso de Ortiz, hay que valorarlo en su justa medida y época, con sus aportes y desaciertos. Lo más trascendental y valioso de Ortiz es que abrió muchos senderos para estudios posteriores. Esa es una continuidad que hoy está presente en múltiples autores cubanos y de otros países.


¿Cuál es su valoración sobre la obra de Fernando Ortiz El engaño de las razas.


El engaño de las razas es toda una batalla ideológica contra el racismo, o contra los racismos, como él mismo decía, y en cierta medida contra sí mismo como autor en crecimiento y superación. No podemos olvidar que en una etapa temprana e inmadura como intelectual, Ortiz estuvo influido por la antropología criminal italiana, marcada por las obras de Césare Lombroso y Enrico Ferry, de marcada tendencia racista y criminosa a priori. De esa tendencia se zafó luego de escribir Los negros brujos, en 1906. Cuando escribe en 1916 Los negros esclavos ya da un primer paso trascendental para comenzar a vindicar el legado africano en la cultura cubana. Esta línea antirracista la sigue en el resto de su obra, especialmente luego de conocer una parte de los textos de José Martí.


El engaño de las razas, de 1945, es una obra de un Fernando Ortiz en plena lucha contra el estigma de los racismos. Es una obra que no culmina ahí, sino que la continúa mediante acciones de divulgación social y científica. Por eso, cuando hace poco compilamos y publicamos el libro Fernando Ortiz contra la raza y los racismos (2013), lo vemos en La Universidad del Aire, por radio; en el Club Atenas, en la Universidad de La Habana y en otros espacios de socialización de sus ideas.


¿Ha explorado los orígenes e historia de las culturas de las pequeñas islas caribeñas (Caribe anglófono y francófono) y su relación e influencia actual con el Caribe hispano?


Las relaciones culturales del Caribe hispanohablante han sido y son constantes desde el siglo XVI hasta el presente. De eso se ha escrito y se seguirá escribiendo. Recuerdo que gracias al empeño del historiador Jorge Ibarra, realizamos en 1991 en la ciudad de Holguín un encuentro sobre “Identidad Nacio­nal y Cultural de las Antillas Hispanoparlantes” que fue publicado como un suplemento de la revista iberoamericana Pragensia, en su quinto número; y luego se efectuaron otros eventos en Santo Domingo y San Juan.


En el orden estrictamente lingüístico no podemos pasar por alto la diversidad lingüística del Caribe insular: un total de 25,7 millones de habitantes son hispanohablantes (60,9%); 9,8 millones son francohablantes (23,2%); 5,3 millones son anglohablantes (12,7%), y el resto, criollohablantes, nerlandéshablantes y otras lenguas (1,9; 0,71; y 0.5%, respectivamente). De manera que nos referimos a más del 60% de la población del Caribe insular, y la cifra se multiplica si incluimos el Gran Caribe.


En una entrevista que le realicé al profesor universitario y escritor Juan Nicolás Padrón, este planteaba que: “(…) Después de la invasión de Europa en 1492, el racismo de los colonialistas españoles trajo consigo tres variantes a América: la aplicación de `la limpieza de sangre´, para los súbditos de la Corona, la discusión de si los indígenas americanos poseían o no alma, y una oprobiosa discriminación racial hacia los esclavos africanos”. ¿Cuál es su criterio?


El tema de la discriminación racial tiene su historia, sus matices e interpretaciones. Mientras no haya conciencia plena de que es un constructo social engañoso, perverso y morboso para eternizar las desigualdades humanas, seguiremos esclavos de las apariencias y de las discusiones bizantinas sobre lo irreal. La genética ha demostrado el origen africano de la especie humana y las múltiples mezclas a través de los matrimonios, así como la adaptabilidad de la especie humana a los más variados ecosistemas; pero permanece y se reproduce el prejuicio ideológico para mantener privilegios y accesos.


Por eso el propio Ortiz proponía alcanzar la indiferenciación en relación con el color de la piel, para oponer la cultura, y sus cualidades, a la falsa noción de “raza”. Proponía alcanzar la verdadera condición humana para superar esta cualidad inhumana que es creer en “el engaño las razas.


¿Qué es lo que está por estudiar, en relación con el actual medio cultural americano, donde nacen y actúan los afrodescendientes? ¿Es el surgimiento y confrontación social y ética de una raza cósmica conformada por todos los ingredientes universales?


No olvidemos que lo tenido por “afrodescendiente” también es un constructo académico de orden político elaborado en Durban, Sudáfrica, con variados matices polisémicos.


Puede considerarse una denominación genérica y controvertida para designar en Las Américas y el Caribe a los descendientes, directa e indirectamente, de africanos esclavizados desde la época colonial. De modo genérico hace referencia a las personas melanodermas (del color de la piel identificado como negro) o mezcladas con europeos (mulatos) o con aborígenes (mestizos), nacidas fuera de África, desde el punto de vista del fenotipo.


Sin embargo, genéticamente toda la población del orbe es afrodescendiente, con múltiples mutaciones y adaptaciones a los más disímiles ecosistemas. El término se emplea más con una acepción política que científica, pues alude a los derechos y aspiraciones de grupos humanos más desfavorecidos socialmente; y tiene variadas acepciones, interpretaciones y posiciones contradictorias.


Desde el punto de vista de la antropogénesis más general, todos los seres humanos somos afrodescendientes, por lo que el término envuelve a toda la humanidad y no se encuentra circunscrita a una parte de ella. Esta acepción inclusiva, antirracista y antidiscriminatoria es la menos utilizada por las personas melanodermas que reclaman derechos.


Se emplea como una denominación particular que sustituye al término negro o negra, como en EE.UU., donde se le ha dado una connotación despectiva, y el nuevo término adquiere una connotación distintiva, dignificadora y diferenciadora de otros fenotipos humanos. También ha sido interpretado como un tipo de racismo en dirección contraria o como rechazo al racismo implementado en ese país.


La anterior acepción es trasladada de múltiples maneras a las demandas reivindicadoras de grupos humanos en América Latina y el Caribe, por lo que de modo consciente o inconsciente, niega, neutraliza, silencia o sustituye las denominaciones nacionales (gentilicios) y el reconocimiento a la formación de los estados nacionales: brasileño por afrobrasileño, uruguayo por afrouruguayo, por ejemplo; es decir, un discurso diferenciador y separatista en un contexto regional de integración. Esto no es gratuito ni ingenuo.


Por su intencional polisemia, el término es aceptado por unos y rechazado por otros, pues tiene más una significación política que sociocultural o étnica.


Los siglos del XVI al XVIII constituyen el período de la acumulación de capital por las emergentes potencias europeas. Europa acumula el capital, África aporta la mano de obra y América la materia prima para la manufactura europea. Según estudiosos, sin el desarrollo del comercio esclavo atlántico y de la esclavitud en América, no se hubiera formado la era del capitalismo. ¿Cuál es su opinión al respecto?


La semana pasada culminamos un evento en la Casa de África de la Oficina del Historiador sobre “El comercio de esclavos a Cuba: nuevas perspectivas de investigación”, auspiciado por Afro-Latin American Research Institute, Hutchins Center de la Harvard University, y precisamente ahí se desmontó el mito o la visión limitada del llamado “comercio triangular”.


La trata esclavista moderna fue un fenómeno global y multifactorial con infinidad de matices. Se reconoció el constante papel de la trata transamericana y caribeña en todo ese proceso, el papel de las metrópolis europeas y de las jefaturas costeras africanas, así como el permanente contrabando de esclavos hacia los más diversos destinos. La trata fue decisiva en la acumulación de capitales, por eso muchos traficantes devinieron banqueros dedicados a la especulación financiera. Después vienen las interpretaciones y los olvidos. Hay exmetrópolis que no desean hablar del tema o que lo interpretan de otro modo, e investigadores que sacan a la luz nuevas fuentes al respecto. El tema sigue  abierto a todo lo que falta por aportar.


Razas y cubanidad, ¿cómo interactúan actualmente?


Cuando se publica Cubanidad y cubanía, de Fernando Ortiz, ya este autor da por sentado que la noción de raza no tenía lugar en ese binomio, al contrario, es un estigma contra el desarrollo sano de la nación. De todos modos, no hay que darle tregua a ninguna manifestación de racismo o de discriminación en cualquiera de sus formas.


Ahora es más actual hablar de cubanía y crecimiento demográfico, un verdadero desafío en el presente y el futuro para la existencia misma de la nación, que envejece más rápido que lo que merece.


¿Alguna otra obra inmediata en el tintero?


Debe salir en algún momento Iconografía de africanos y descendientes en Cuba, una valoración de la pintura, el grabado, la fotografía y la caricatura en su visión múltiple durante la época colonial.