Mostrando entradas con la etiqueta Relaciones Cuba Estados Unidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relaciones Cuba Estados Unidos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La política de la administración Trump hacia Cuba: un balance necesario




Dice Trump sobre Cuba. “Yo también he cancelado el acuerdo unilateral de la última administración (se refiere a la presidencia de Barack Obama) con el régimen comunista cubano, y no vamos a levantar las sanciones hasta que las libertades políticas y religiosas no sean restauradas para el pueblo cubano”. Foto: Tom Brenner/ The New York Times.

El 16 de junio de 2017, durante un discurso en Miami, más parecido a un show televisivo que a un acto político, el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, despejó la incógnita que existía en cuanto al rumbo que tomaría su administración en relación con la Mayor de las Antillas. Sin embargo, la relación bilateral entre ambos países se da en diferentes planos, en medio de múltiples contradicciones y en un contexto cambiante, que en la actualidad no favorece las políticas fallidas del pasado, diseñadas e implementadas por los distintos gobiernos de los Estados Unidos contra Cuba, a pesar de todo el empeño de Trump por barrer con todo lo avanzado en los últimos años en las relaciones bilaterales y los logros para nada despreciables que ha logrado en ese sentido.

No puede ignorarse que las variables que empujaron a la administración demócrata de Barack Obama a negociar secretamente con Cuba durante 18 meses y luego realizar los históricos anuncios se mantienen e incluso algunas de ellas se consolidan, lo cual dificulta el camino a Trump para destruir el legado de su predecesor, lo que parece ser una de sus mayores obsesiones y no solo en lo concerniente al tema Cuba.

Aunque existe una élite de poder de extrema derecha, encabezada por varios congresistas de origen cubano, que respaldan a Trump en el regreso a la clásica política de confrontación, el consenso dentro de la propia élite de poder de los Estados Unidos y su aparato burocrático se inclina a continuar la apertura iniciada por Obama el 17 de diciembre del 2014. Por tanto, la política que está adoptando la administración Trump hacia Cuba, tiene grandes posibilidades de convertirse en el futuro en una anomalía coyuntural, que terminará siendo barrida por la lógica sistémica, proclive a continuar el enfoque del acercamiento. Quizás Ben Rhodes, ex asesor de Obama, utilizó la frase más exacta cuando expresó que el anuncio de Trump constituía el “último suspiro ilógico de una política estadounidense con un historial de 50 años de fracaso”.[i]

Es cierto que el costo político que representa para Trump, darle marcha atrás a lo avanzado durante los años de su predecesor en la Casa Blanca en la relación con Cuba, resulta menor en comparación a otros temas de la agenda doméstica e internacional sobre los cuales pretende ganar el apoyo de los congresistas de origen cubano, junto a su respaldo electoral; pero no deja de ser alto, además de un negocio bastante inseguro. Pierde en primer lugar con Cuba, pues la Isla ha sobrevivido a este tipo de política fracasada por décadas, además de granjearse el rechazo prácticamente absoluto del pueblo cubano, incluyendo el sector privado, uno de los más afectados con un retroceso de las relaciones; pierde en su proyección hacia de América Latina y el Caribe, sobre todo teniendo en cuenta que el próximo año el presidente Trump verá las caras a los presidentes de la región en la Cumbre de las Américas a celebrarse en Lima, Perú, en el mes de abril; tampoco gana en el escenario internacional –incluyendo sus aliados-, donde existe un rechazo generalizado a la política de aislamiento y bloqueo contra Cuba, así como frente a la opinión pública de los Estados Unidos y de los propios cubanoamericanos quienes en su gran mayoría se inclinan por la mejoría de las relaciones con la Isla. Volver a las políticas del pasado con relación a Cuba va en contra los propios intereses económicos, diplomáticos, políticos y de seguridad de los Estados Unidos. Un estudio de la organización Engage Cuba, concluye que dar marcha atrás a lo logrado en tiempos de Obama impediría a mediano y corto plazo la creación de 12 295 puestos de trabajo en los Estados Unidos y la pérdida para ese país de más de 6 600 millones de dólares.[ii]

Por las informaciones filtradas a medios de prensa estadounidenses como The Hill, se conoce que los congresistas Marco Rubio y Mario Díaz Balart habían logrado pactar con Trump antes de su discurso del 16 de junio, una reversión total de todas las políticas de Obama en relación con Cuba adoptadas a partir del 17 de diciembre de 2014, que incluía el cierre de las embajadas, el retorno de Cuba a la espuria lista de países terroristas, y la suspensión de todos los acuerdos de cooperación firmados, sin embargo, cuando el borrador del memorándum circuló por las estructuras burocráticas hubo un rechazo casi unánime a estas políticas, por lo que finalmente Trump tuvo que firmar un documento bastante diluido en comparación con la propuesta original, que dejaba en pie los 22 acuerdos de cooperación firmados por ambos países durante el mandato de Obama, así como las embajadas en ambas capitales. Asimismo, junto al anuncio del presidente se hizo la aclaración, de que mientras el Departamento del Tesoro no publicara las nuevas regulaciones –algo que podía tardar varios meses-, se mantenía el estatus quo e incluso, que cuando éstas fueran publicadas serían prospectivas por lo que no se afectarían los contratos y las licencias ya existentes.

Pasarían más de cinco meses —hasta el 8 de noviembre— para que estas nuevas regulaciones fueran publicadas. No obstante, por lo que estaba ya formulado en el memorándum presidencial firmado por el presidente Trump, se podía concluir que si bien las nuevas medidas anunciadas no constituían un regreso al escenario existente antes del 17 de diciembre de 2014, sí representaban un retroceso significativo en lo avanzado en las áreas del comercio y los viajes. Los pasos hacia atrás en la política hacia Cuba anunciados por el presidente Trump fueron los siguientes:

  • Prohibición de las transacciones económicas, comerciales y financieras de compañías y entidades estadounidenses con empresas y entidades cubanas vinculadas con las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior.
  • Ampliación de la lista de funcionarios del Gobierno y de ciudadanos cubanos que no podrán recibir visas, remesas o involucrarse en transacciones con entidades estadounidenses.
  • Eliminación de los viajes individuales bajo la categoría de intercambios pueblo a pueblo.
  • Derogación de la Directiva Presidencial de Barack Obama sobre la Normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
  • Oposición de los Estados Unidos a las acciones que promuevan el levantamiento del bloqueo a Cuba en las Naciones Unidas y otros foros internacionales.
  • Aplicación estricta de la prohibición de viajar a Cuba fuera del marco de las 12 categorías autorizadas por la ley de Estados Unidos, que excluyen los viajes de turismo.

A lo anterior se añade el enrarecimiento del ambiente para el diálogo y la negociación bilateral, que provoca un discurso tan estridente y hostil como el del presidente Trump con relación a Cuba.

Pero más allá de ese discurso que desde posiciones de fuerza pretendió fijar condicionamientos a Cuba, en la práctica, después del reality show en Miami, la administración Trump continuó dándole cumplimiento a una buena parte de los acuerdos bilaterales firmados en época de Obama, incluyendo los nuevos acuerdos migratorios, lo que implicó la devolución a la Isla de los cubanos que habían entrado ilegalmente al territorio estadounidense. Del mismo modo, las ligeras brechas al bloqueo en el plano comercial prosiguieron su curso, y algunos de los sectores de negocios estadounidenses que habían apostado por el mercado cubano –en especial la industria de los viajes, tanto compañías aéreas como de cruceros-, lejos de retroceder, continuaron ampliando las relaciones con la Isla, incluso con viajes de delegaciones empresariales. Hubo también avances en el área marítimo- portuaria, con la firma de varios convenios con autoridades locales de varias importantes ciudades de los Estados Unidos.

Los canales de comunicación entre ambos países tampoco fueron cortados. El 19 de septiembre, mientras el presidente Trump realizaba declaraciones ofensivas e injerencistas sobre Cuba en su discurso en la ONU, tenía lugar en Washington la sexta reunión de la Comisión Bilateral Cuba-Estados, otra evidencia de las profundas contradicciones en que se desenvuelve la política de esta administración hacia Cuba. La Comisión Bilateral Cuba-Estados Unidos es un instrumento creado durante el período de Obama para avanzar hacia la normalización de las relaciones entre ambos países, proceso que Trump había anunciado el 16 de junio estaba “cancelando”.

Lo que si se ha quedado muy claro en estos meses es que el presidente de los Estados Unidos ha convertido a Cuba en una mera ficha de cambio para sus turbios manejos de política interna. Y en esos manejos turbios está la mano del senador Marco Rubio, con el cual al parecer el presidente ha llegado a algún acuerdo, a cambio de su apoyo en el Comité de Inteligencia del Senado donde su responsabilidad está siendo cuestionada en la investigación por la presunta injerencia rusa en la campaña electoral de 2016. Estos sectores de extrema derecha de origen cubano se encuentran hoy a la ofensiva y el presidente no ha dejado de complacerlos. La construcción del nuevo pretexto de los supuestos ataques sónicos contra el personal diplomático de la embajada de los Estados Unidos en La Habana le ha venido como anillo al dedo a estos sectores, quienes son los únicos que se benefician con este tipo de operaciones de bandera falsa, en las cuales Estados Unidos tiene una larga experiencia. No hizo falta entonces esperar a que la burocracia jugara su papel y se publicaran las nuevas regulaciones con las medidas anunciadas por el presidente el 16 de junio, se utilizó el subterfugio de los “incidentes sónicos” para acelerar la implementación práctica del retroceso de las relaciones bilaterales.

El senador Marco Rubio, al conocer sobre los supuestos incidentes en La Habana, envió una carta al secretario de Estado, Rex Tillerson, en la cual pedía la expulsión de todos los diplomáticos cubanos de Washington y el cierre de la embajada cubana en ese país. Rubio logró además la firma de senadores republicanos como Tom Cotton, Richard Burr, John Cornyn y James Lankford.

A propuesta de la parte cubana, el canciller Bruno Rodríguez Parilla sostuvo una reunión con el secretario de Estado de los Estados Unidos, Rex Tillerson, en New York el 26 de septiembre, donde trasmitió la seriedad y profesionalidad de la investigación realizada por las autoridades cubanas desde que conocieron de los incidentes por los representantes del gobierno estadounidense y que hasta ese momento no se había encontrado evidencia alguna que demostrara las causas y el origen de las alegadas afecciones a la salud de los diplomáticos de los Estados Unidos, pero que no obstante, se habían adoptado medidas adicionales de protección de los diplomáticos estadounidenses y sus familiares. El Ministro cubano también solicitó al gobierno de los Estados Unidos mayor cooperación en la investigación en curso y enfatizó que la Isla no ha perpetrado nunca ni perpetrará ataques de ninguna naturaleza contra diplomáticos, como tampoco ha permitido ni permitirá que su territorio sea utilizado por terceros para este propósito.

No obstante, el 29 de septiembre se conoció la decisión de Washington de reducir más de la mitad de su personal diplomático en Cuba, cancelar por “tiempo indefinido” la tramitación de visas, acompañado de una advertencia a los ciudadanos estadounidenses de los peligros que podían correr en caso de visitar la Isla. La primera reacción del senador Marco Rubio no fue de beneplácito, sino de inconformidad, consideró la medida como débil e inaceptable, en su criterio el gobierno de los Estados Unidos debía expulsar a funcionarios cubanos de la embajada en Washington. “Es vergonzoso que el Departamento de Estado retire a la mayoría de su personal de la embajada de EE UU en Cuba pero Castro puede quedarse con los que quiera en EE UU”, escribió en su cuenta Twiter. Muy poco después, el 3 de octubre, la administración Trump siguiendo esta “recomendación” ordenaba la reducción del personal diplomático cubano en Washington al mismo nivel del existente en La Habana. El presidente llegó incluso a responsabilizar al gobierno cubano por los presuntos daños a la salud del personal diplomático estadounidense en la Isla llevando la relaciones entre ambos países a su nivel más bajo desde los anuncios del 17 de diciembre de 2014.

La saga acústica ha ido desinflándose hasta el nivel de lo ridículo. El gobierno de los Estados Unidos no ha aportado prueba alguna que demuestra la veracidad de los presuntos ataques sónicos y las afectaciones a la salud de su personal diplomático en La Habana. Como expresara el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, en conferencia de prensa en el National Press Club, Washington, el 2 de noviembre: “Si La Habana fuese un lugar realmente inseguro, no se habrían solicitado entre enero y octubre de 2017, 212 visas para familiares y amigos de los diplomáticos –se refiere a los diplomáticos estadounidenses- ni estos hubieran realizado más de 250 viajes de recreo fuera de la capital”. [iii]

De cualquier manera, las decisiones de Washington han afectado el funcionamiento de la Embajada de Cuba en Washington, en especial la Oficina Económica Comercial que fue completamente desmantelada, con la marcada intención de afectar las relaciones con el sector empresarial estadounidense, una de las fuerzas más importantes que están pujando actualmente en los Estados Unidos por una relación normal con La Habana. El daño recae también directamente en los ciudadanos cubanos y estadounidenses que ahora verán limitadas sus posibilidades de viajar en ambas direcciones, sobre todo aquellos con vínculos familiares. Asimismo, el impacto será nefasto para los intercambios académicos, culturales, científicos y deportivos, uno de los campos en que más se había avanzado en los últimos años. Con estas insensatas decisiones, además, se están perjudicando los 22 acuerdos de cooperación firmados entre ambos países a partir del 17 de diciembre del 2014. Como explicó el Canciller cubano en la conferencia citada, ya se ha suspendido un encuentro técnico sobre agricultura, se ha dilatado el desarrollo de acciones de cooperación en materia de salud y se han cancelado eventos culturales, deportivos, estudiantiles y los viajes de decenas de grupos de visitantes estadounidenses.

Finalmente fueron publicadas las nuevas regulaciones el 8 de noviembre, emitidas por el Departamento de Estado, Tesoro y Comercio, estas confirmaron el serio daño que han sufrido las relaciones bilaterales y auguran un escenario aun peor, en que serán sobre todo afectados los propios ciudadanos estadounidenses y cubanos, que verán aun más limitados sus posibilidades de viajes y de comercio en ambas direcciones. El sector empresarial de los Estados Unidos resulta una de las víctimas principales de estas nuevas regulaciones, en tanto seguirán perdiendo interesantes oportunidades de negocio en Cuba, frente a la competencia. El Departamento de Estado publicó una lista negra de 179 entidades cubanas con las que quedan prohibidas las transacciones financieras directas de entidades y ciudadanos estadounidenses. Por su parte, la OFAC amplió la lista de funcionarios del Gobierno y el Estado, los representantes de los órganos judiciales, las organizaciones de masas y la prensa con los que está prohibido realizar transacciones. Indudablemente se trata de un recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba. [iv]

Otros nuevos zarpazos pueden producirse en los próximos meses con el ánimo de llevar la relación bilateral a un nivel mayor de deterioro. Recientemente se conoció la aprobación en la Cámara de Representantes de un proyecto de ley para revisar los sistemas de seguridad de los aeropuertos cubanos que tienen vuelos comerciales con aeropuertos estadounidenses, para buscar posibles fallos. La eliminación del acuerdo de los vuelos comerciales ha sido una de las grandes obsesiones de Marco Rubio y hará todo lo posible por lograr su objetivo.

Mientras esto ocurre, la posición de Cuba ha sido ecuánime, inteligente y a la vez muy firme, respondiendo más a las acciones prácticas de los Estados Unidos que a una retórica vacía y colérica, al tiempo que se ha dejado en todo momento una puerta abierta para continuar avanzando hacia una relación más civilizada. Una vez más ha brillado el liderazgo cubano y su diplomacia, encabezada por el General de Ejército Raúl Castro, ratificando la histórica y consecuente posición de Cuba de estar dispuesta al diálogo y la negociación con los Estados Unidos, siempre que sea sobre la base del respeto mutuo y sin la más mínima sombra que afecte la soberanía de la Isla, tanto en política interna como en el plano internacional.

Sin embargo, siempre es posible encontrar alguna arista positiva dentro del escenario en que se desenvuelven las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, pues al tiempo que la política la poderosa nación del Norte hacia Cuba siembre ha sido un desafío, han existido también determinadas aristas que pueden ser aprovechadas de acuerdo a los intereses nacionales de la Isla. En ese sentido resulta necesario destacar que si bien la nueva administración estadounidense representa en muchos sentidos una amenaza global (aumento de la carrera armamentista y del arsenal nuclear, agresión abierta y desenfrenada al medio ambiente, discurso y prácticas ultranacionalistas, antiinmigrantes, racistas, xenófobas, etc) también constituye una oportunidad no solo para la resistencia, sino para una mayor ofensiva anticapitalista a nivel internacional. El llamado “fenómeno Trump”, es otra muestra palpable de la crisis sistémica del capitalismo, del agotamiento de un modelo que busca desesperadamente como mantener la acumulación ampliada del capital. Ello se manifiesta en la agudización de las propias contradicciones inter capitalistas y el auge de tendencias ultraderechistas en los Estados Unidos y Europa.


Para Cuba, significa una nueva oportunidad para el avance y fortalecimiento de los procesos de transformaciones en curso hacia un socialismo próspero y sustentable, así como para afianzar las alianzas con los gobiernos, movimientos y fuerzas políticas progresistas y de izquierda en la región, y el relanzamiento de los procesos integracionistas y de unión en América Latina y el Caribe, en especial la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). De la misma forma para fortalecer los lazos con aquellos actores internacionales que a nivel global desafían la hegemonía estadounidense.

El retiro de los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), debilita la opción derechista y neoliberal de los gobiernos latinoamericanos de la costa del pacífico, pone en aprietos el futuro de la Alianza del Pacífico y ofrece una mayor oportunidad a China para una mayor presencia e influencia en la región.

La construcción de un muro en la frontera con México, las posiciones antiinmigrantes, xenófobas y discriminatorias de la nueva administración estadounidense, generan gran rechazo en la comunidad internacional en detrimento de la imagen de los Estados Unidos. Todo esto, contribuye a debilitar aun más la hegemonía hemisférica y global de la nación del norte y coloca a Cuba en una mejor posición en la correlación de fuerzas a la hora de sentarse a negociar con el nuevo gobierno estadounidense.

Igualmente, las políticas anunciadas por la administración Trump que atentan contra el medio ambiente y contribuyen a acelerar los procesos asociados con el cambio climático, favorecen una mayor articulación y unión entre los Estados Insulares del Caribe, los cuales resultan los más amenazados de la región.

Julian Assange, fundador del sitio web Wikileaks, en una amplia entrevista que ofreciera a Página 12, daba su opinión sobre las nuevas oportunidades que se abrían para la resistencia y la lucha antisistema a nivel global con Trump en la Casa Blanca:

“Bajo la conducción de un hombre negro educado y cosmopolita como Barack Obama el gobierno de Estados Unidos no se parecía a lo que era. Bajo Barack Obama se deportaron más inmigrantes que en cualquier otro gobierno y se pasó de dos guerras a ocho. Supongamos que Argentina tiene un conflicto con el gobierno de Trump por su apoyo a Gran Bretaña en el caso de las Malvinas. ¿Es más fácil o más difícil para Argentina conseguir apoyo en la comunidad internacional que cuando era presidente Obama? Es más fácil con Trump. ¿Y a nivel doméstico en Estados Unidos? Claro que será más fácil protestar contra las políticas de Trump. De hecho las protestas ya empezaron. Los demócratas, cuando están en la oposición pueden convertirse en una fuerza que restringe y controla al gobierno. Pero cuando llegan a la presidencia y al gabinete se funden con las instituciones. El gobierno de Obama era un lobo con piel de oveja. El gobierno de Trump es un lobo con piel de lobo. Es más fácil tratar con un lobo que no se disfraza”.[v]
Notas

[i] “Exasesor de Obama pronostica fracaso de política de Trump hacia Cuba”, en:http://www.prensa-latina.cu/index.php?o=rn&id=93780&SEO=exasesor-de-obama-pronostica-fracaso-de-politica-de-trump-hacia-cuba.

[ii] “Dejar políticas con Cuba costaría 6 600 millones de dólares a EE.UU, dice estudio”, en https://www.efe.com/efe/america/ame-hispanos/dejar-politicas-con-cuba-costaria-6-600-millones-dolares-a-eeuu-dice-estudio/20000034-3284400

[iii] Las medidas adoptadas contra Cuba son injustificadas y políticamente motivadas. Conferencia de prensa ofrecida por el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parilla, en el National Press Club, Washington, el 2 de noviembre de 2017, Granma, 7 de noviembre de 2017.


[v]“Trump es un lobo con piel de lobo”. Entrevista a Julian Assange, fundador y director del sitio de filtraciones WikiLeaks. Véase en:https://www.pagina12.com.ar/18251-trump-es-un-lobo-con-piel-de-lobo

martes, 26 de septiembre de 2017

CBS NEWS se desmarca y reprocha a su gobierno ocultar información sobre los supuestos ataques acústicos. ¿Por qué ahora?

Por: Marco Velázquez Cristo. Post Cuba

El medio que se ha comportado como una liebre que corre delante de la jauría mediática, cuyos artículos no han sido para nada críticos con el gobierno estadounidense, por el contrario, trasladando versiones que, a través de una hábil mezcla de filtraciones con especulaciones periodísticas servían para posicionar en el espacio mediático matrices de opinión favorables a su gobierno, sorpresivamente el 20 de septiembre publica un artículo   titulado, “Mientras el número de diplomáticos heridos se disparaba, el Departamento de Estado mantuvo el secreto”, donde cita a un documento interno de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental, al que según CBS NEWS tuvieron acceso y en el cual, los cito, “se demuestra que el Departamento de Estado estaba plenamente consciente de la magnitud de los ataques contra sus diplomáticos en La Habana, Cuba, mucho antes de verse obligado a reconocerlos. La portavoz del Departamento de Estado Heather Nauert sólo admitió que los ataques estaban ocurriendo después de que CBS News Radio los reportara por primera vez el 9 de agosto”, fin de la cita, realmente es cierto que ellos reportan sobre el tema en esa fecha, pero fue una noticia más.

¿Por qué cuando CBS NEWS publica la noticia por primera vez no tiene una amplia repercusión?

Es muy sencillo, los norteamericanos seguramente prometieron guardar silencio sobre el tema a las autoridades cubanas como muestra de sus “buenos oficios”, en realidad estaban preparando las condiciones,  por eso necesitaban a CBS NEWS para que llegado el momento, filtrara la noticia y los “obligara” hacerla pública de manera  oficial, eso era parte del plan, pero la orden para la erupción mediática debía darla alguien de la jefatura de la operación que se había montado y esa fue la vocera del Departamento de Estado con su declaración.

¿Por qué CBS NEWS tan hábil para agenciarse informaciones sobre el caso no ha entrevistado a ninguno de los “atacados”?

Porque arrastraría tras sí al resto de la prensa y se descubriría la farsa, las “serias afectaciones” descritas serían muy difícil de fingir ante un amplio auditorio por mucho tiempo, pues aun cuando no son visibles, si hay comportamientos que denotan su presencia, y el escrutinio público podría notar su ausencia. No obstante, el origen que se les atribuye y los órganos que se dice fueron dañados dan el pretexto para mantenerlos apartados de la prensa. Todo bien pensado.

¿Por qué CBS NEWS no mostró su desacuerdo con la forma en que se manejó la información cuando la vocera Heather Nauert hizo su declaración inicial?

 No puede alegar que aún no había tenido acceso al documento que mencionan, pues la vocera dijo claramente la fecha desde la que supuestamente se venían suscitando los ataques, y en las sucesivas intervenciones fue informando de su presunto incremento, pero en cada uno de esos momentos CBS NEWS siguió el guion que estaba previsto, por eso calló. De ponerse impertinente, habría perdido la fuente de información, y las ventajas periodísticas que esto le daba, una conducta disidente habría irritado a su “informante anónimo” en el Departamento de Estado.

¿Por qué ahora CBS NEWS se desmarca de su gobierno y le reprocha ocultar información? 

 El mismo estado de cosas da la respuesta, ya habló el Secretario de Estado y predijo lo que pudiera suceder, el escenario mediático está preparado y listo para el cierre de la obra, pero se incorporó un factor adicional no previsto, prestigiosos expertos utilizando argumentos científicos han cuestionado la posibilidad de ocurrencia de los ataques, cada vez son más los incrédulos, el mal olor a boñiga se expande, el NEWS quiere alejarse de él, la fuente le da el documento como premio a su lealtad, para que lo  use para conservar su credibilidad y protagonismo, además como no hay mucho que decir por el momento, el documento, aunque hay otras intenciones que luego abordaré.

¿Por qué infiere CBS NEWS que el documento que sirvió de base a la declaración de la vocera se preparó semanas o meses antes de la reunión informativa? 

 No lo infiere, lo sabe, su fuente debe habérselo dicho, mencionar este detalle le da credibilidad a su escrito y refuerza su desmarque, no aporta nada informativo, le están pagando a CBS, a la vez que lo conservan, algo comienza a moverse.

Si es como dice el medio, entonces me da la razón, el Departamento de Estado, lo planificó todo cuidadosamente, previendo incluso que se filtrara “inoportunamente” la noticia, léase sin su consentimiento, se prepararon para ello, en función de garantizar el éxito de una operación en la que indudablemente hay unos cuantos involucrados en el gobierno de USA y en sus Agencias de Inteligencia.

Lo anterior resulta interesante, a la vez que se desmarca el medio hace una vez más su papel de vocero, el mensaje no es solo para el gran público, también va para las autoridades cubanas, ¿Cuál es?, “no mentí cuando hablé de mi buena fe de guardar silencio, ni cuando dije que estaba preparado para salir al ruedo en caso de una filtración indeseada, estuve obligado hacerlo, existe un documento que prueba lo que digo”.

Finalmente, CBS NEWS, serían ustedes tan amables de preguntarles a sus fuentes anónimas:

¿Cuál ha sido la contribución de las autoridades norteamericanas a la investigación?

Y de responder esta pregunta:

 ¿Qué piensa CBS NEWS de lo que ha estado ocurriendo, es una farsa o son ataques reales?

 Me siento a esperar.

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuba: La ruidosa conspiración de Norteamérica en La Habana. Siete respuestas.

Por: Marco Velázquez Cristo. PostCuba

Los norteamericanos saben explotar la paranoia de la que padecen generada por el temor a los muchos enemigos que se han buscado por el mundo. Es así que cuando persiguen un objetivo, por despreciable que sea, manipulan la opinión publica de su país y la del resto del mundo, construyen falsas amenazas y potenciales peligros para justificar sus deleznables actos.

Ahora, acorde con esa política, han construido un supuesto caso de ataques acústicos múltiple sobre sus funcionarios destacados en La Habana. La lista de los afectados llega ya a 21.

Todo muy bien concebido. Primero, un silencio de meses para demostrar su “buena fe”, con las filtraciones ausentes. Evidentemente la pila estaba cerrada. ¿Por qué? Sencillamente porque lo que estaba pasando era y es una macabra maniobra de los conocidos sectores de la ultraderecha, incluyendo sus agencias de inteligencia, cuidadosamente planificada, pero no había llegado el momento de mover a la opinión pública, a la vez que vendían al gobierno cubano la imagen de sus buenos oficios.

Llegado el punto donde consideraron tener listas las condiciones, los nuevos “enfermos” bien preparados y al gobierno cubano supuestamente convencido de la realidad de los ataques, con unos canadienses que no en vano aparecieron en el ajedrez, iniciaron la segunda fase de su operación. La vocera del Departamento de Estado habló crípticamente, sin aportar mucho. Su declaración más bien constituía la orden de arrancada para que los medios previamente seleccionados comenzaran las “especulaciones y filtraciones”: CBS NEWS, Associated Press, The Washington Post y CNN entre otros, Martí Noticias incluido para satisfacer a la derecha de Miami, los demás medios se incorporarían como parte del entramado mediatico actual, en el que por lo general las grandes cadenas y agencias marcan la pauta y el resto ya se conoce.

No tengo las “fuentes anónimas” vinculadas al caso, como las tienen los medios norteamericanos que mencioné, principalmente la AP y CBS NEWS, pero es lógico inferir que en los encuentros entre las autoridades de ambos países, se intercambiaran informaciones y evidencias. ¿Por qué no se ha filtrado nada al respecto? ¿Cuál ha sido la contribución del FBI a la investigación? ¿Por qué el silencio sobre este aspecto? Quizás esto se deba a que su aporte no ha sido significativo y tengan poco que mostrar o teman que las autoridades cubanas rompan el silencio y terminen expuestos una vez mas ante la opinión pública.

Las filtraciones empezaron a cuentagotas. La idea era mantener la noticia en el espacio mediático, con algunos picos para llamar la atención sobre ella, a la vez que iban creando la imagen de una saga de ataques contra sus funcionarios, historia en la que se presentaba a las autoridades cubanas como incapacitadas para detener las “agresiones”, por eso el progresivo aumento de “enfermos”. Paralelamente, trasladaban la hipótesis de una posible implicación del gobierno cubano y de sectores de sus servicios de inteligencia, induciendo la idea de que esa era la causa que impedía arribar a resultados en las investigaciones. Para reforzar e incrementar la presión, introdujeron un elemento adicional: la posible participación de un tercer país.

¿Por qué aparecen afectados diplomáticos de Canadá?

La respuesta podría estar en la condición de ser ese país uno de los principales socios comerciales de Cuba y también estar entre los primeros emisores de turismo hacia la isla. Es decir, a la vez que reforzaban la credibilidad sobre la supuesta ocurrencia de los hechos, como “daño colateral”, pretendían crear la incertidumbre entre los turistas y empresarios canadienses, disminuir su flujo y participación en negocios con Cuba, el objetivo: causar un daño económico y enrareser el clima entre ambos gobiernos.

¿Cómo convencieron a los canadienses?

Considerando que el gobierno de ese país ha sido muy reservado, en mi opinión no es cómplice de su vecino, sino que sus funcionarios no trabajan solo para él, tengamos presente que las “afectaciones” sufridas por los agredidos no son visibles. Se basan, en primera instancia, en lo que refieren. Según los medios, uno de los canadienses casualmente es el único que exteriorizó la afectación sangrando por la nariz, acaso para reforzar la supuesta realidad de los hechos, aunque esta versión no ha sido confirmada por las autoridades de su país.

¿Por qué fueron escogidos los ataques acústicos y no otro tipo de agresiones?

La puesta en escena misma es elocuente. No son visibles sus consecuencias y sus síntomas muy variados, es relativo el origen o la causa que los pudo originar, es decir eso depende de lo que exprese el “paciente”, tampoco son letales y los aparatos o armas que pudieran ser utilizados son desconocidos para el gran público, por lo que no se puede cuestionar su tamaño, alcance, efectividad, incluso su propia existencia.

¿Permitió el gobierno estadunidense a los médicos cubanos examinar a las “víctimas”?

Lo más seguro es que no, pues tratándose de un montaje, los galenos podrían haberse dado cuenta de la farsa.

¿Accedió los EE.UU. a que las autoridades cubanas investigaran en el interior de las residencias de los funcionarios afectados?

Si se tiene en cuenta la consabida arrogancia yanqui y, de acuerdo a mi versión conocían que nada encontrarían, me atrevo a afirmar que no accedieron a esto.

De todas formas, paso las preguntas al The Washington Post o la AP, tan prolijos en fuentes anónimas cercanas a la investigación para que se las realicen y nos den la respuesta definitiva a las mismas, porque de coincidir con lo que he expuesto, entonces, ¿qué les reclaman a Cuba, si ellos mismos han limitado las posibilidades de nuestros investigadores?

Si es una operación de sectores que no toleran el status actual, incluyendo sus aparatos de inteligencia, ¿por qué se recurrió a expertos que ponen en duda la posible ocurrencia de los hechos a partir de un análisis científico de los mismos?

Curiosamente el primero que le da voz a los expertos es BuzzFeed, medio relativamente nuevo, que según afirman, ha evolucionado hacia un periodismo investigativo que además estuvo envuelto, coincidentemente, en una controversia con el presidente Donald Trump por publicar un dossier con documentos clasificados que afirmaban que Rusia había comprometido la información personal y financiera del recién electo presidente. Varios medios a los que fue enviado el dossier declinaron publicarlo, entre ellos CNN. BuzzFeed se ha caracterizado por sus contiendas mediáticas, entre ellas una en la que el diario inglés The Guardian no quedo muy bien parado. Quizás por todo ello no se le consideró y las propias características del medio y los intereses que se mueven tras él, condicionaron su comportamiento.

Entonces fue BuzzFeed el que obligó a los medios más importantes a recurrir a expertos, para mantener su credibilidad y aparente neutralidad en los artículos que publicaban sobre el tema. No obstante, incluyeron opiniones que reforzaban las versiones principales que estaban sosteniendo, sin llegar a profundizar tanto en el aspecto científico en las que las contradecían como lo hizo el mencionado medio.

En todo este escenario la diplomacia americana jugaba el papel que tenía asignado, no acusaba directamente a las autoridades cubanas, pero las hacia responsables por la seguridad de sus funcionarios, cosa lógica pero dirigida a crear las condiciones para lo que después hicieron.

A las tablas saltó un nuevo actor: la Asociación Americana del Servicio Exterior (AFSA, por sus siglas en inglés), sindicato que representa a los funcionarios del Servicio Exterior estadounidense, que actuando de acuerdo a sus funciones “presionó” al Departamento de Estado para que atendieran adecuadamente a los afectados y garantizaran el cese de los hechos y su no nueva repetición.

Para completar la imagen de un Departamento de Estado obligado a dar alguna respuesta conclusiva, ve la luz una carta de cinco miembros del influyente Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos, entre ellos su presidente, Richard Burr, y por supuesto Marco Rubio, en la que solicitan al Secretario de Estado Rex Tillerson que declare persona non grata a todo el personal diplomático cubano acreditado en Estados Unidos y cierre la Embajada en La Habana a menos que el gobierno cubano adopte medidas verificables para eliminar la amenaza. La escena estaba lista para el próximo acto.

Con todo el tinglado armado, el periodista de CBS NEWS John Dickerson en el programa Face the Nation, desliza al final de una entrevista con Rex Tillerson cuyo eje principal giró alrededor del diferendo con Corea del Norte y los principales actores que inciden en el mismo, una pregunta aparentemente apresurada sobre lo que planteaba la carta ya mencionada y lo que haría el gobierno norteamericano, a lo que respondió el Jefe de la diplomacia estadunidense: “lo tenemos bajo evaluación. Es un asunto muy serio con respecto al daño que ciertas personas han sufrido. Hemos traído a algunas de esas personas a casa. Están bajo revisión”.

De inmediato se dispararon los medios. La noticia fue difundida por los principales periódicos y agencias de prensa, unos estaban listo para hacerlo, otros actuaron por el interés de la noticia. El cierre de la obra estaba cerca.

En Miami, Marco Rubio y camarilla estaban celebrando por adelantado lo que consideran su victoria. En La Habana imagino el trajín de los reporteros alrededor de la embajada de Norteamérica en busca de noticias frescas, los diplomáticos, unos de seguro haciendo sus maletas con suvenires cubanos, otros controlando los trabajos para borrar los daños del huracán Irma, todos sin saber si continuaran en sus puestos. Solo falta la orden.


La que da cumplimiento al objetivo trazado, retrotraer los vínculos entre ambos países a los niveles existentes antes del restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

martes, 18 de julio de 2017

Las falacias en su centro

Por: Enrique Ubieta


La verdad social puede ser escurridiza. No basta con pretenderla para hallarla. A diferencia de la manzana de Newton, no siempre cae hacia abajo. En gran medida su descubrimiento depende de nuestros ojos; y más que de los ojos, de nuestra mirada, o para ser más exactos, de nuestro ángulo de visión, de nuestra atalaya. Existe con independencia de los individuos; pero la guerra en torno a su legitimación expresa intereses. Las simplificaciones más comunes acogen extremos falsos: que la verdad está repartida entre todos, que es la suma de todos los ángulos de visión; que sin la verdad de los explotadores es parcial e incompleta la verdad de los explotados. Es curioso, pero los extremismos se ubican, paradójicamente, en la comodidad del centro.
Algunos textos de apreciados colegas que fueron publicados en medios digitales y la entrevista que Cubadebate me hiciera –aparecida también en las páginas de Granma–, todos sobre el supuesto centrismo de corrientes ideológicas que intentan asentarse en Cuba, provocaron un enorme revuelo en diversas plataformas digitales, algunas de abierto perfil contrarrevolucionario. Lo paradójico es que, al menos en las primeras jornadas, los aludidos y los que no habían sido aludidos –pero sintieron que podían serlo–, en lugar de discutir los argumentos, invirtieron los roles: nos acusaron de victimarios, de censores. La exigencia de que hablásemos de los problemas de la agricultura, o de la burocracia, o de cualquier asunto no resuelto, y no de tendencias ideológicas, paralizaba el debate. Pero la excusa es insostenible: ninguno de los problemas actuales que enfrenta el país podrá ser resuelto si perdemos la Revolución (1).
Iniciaré estas reflexiones, que pretenden rescatar el debate extraviado, con una breve referencia al artículo que Cuba Posible –principal plataforma en la web del más sutil pensamiento restaurador– coloca como primera respuesta a la denuncia de su intención desmovilizadora, e iré abriendo el análisis a otros tópicos. El autor del texto, Lennier López, acepta y reivindica el término desde el propio título: La centralidad del tablero es radical, demócrata, socialista e ilustrada. Para ello apela a dos o tres ideas muy simples, impracticadas e impracticables: hay que eliminar los “discursos polarizadores”, la “política de guerra”, porque según su aséptica comprensión, la política “es la administración efectiva del poder”, y no “una batalla desleal, sin reglas”, por eso propone sustituir el eje “izquierda-derecha” por “la centralidad del tablero (…) de una partida en desarrollo”. Todo esto, reconozcámoslo, dicho de forma elegante, desde una torre que llaman “laboratorio de ideas” –como se autodenomina esa Cuba que solo sería Posible si perdemos a Cuba–, construida, según declaración reciente de sus fundadores, para propiciar “una evolución gradual del actual modelo sociopolítico cubano”, mientras otros desde Washington, y desde algunas otras sedes alternas y subcapitalistas de América Latina, mueven en Caracas los hilos de la “política de guerra”, de la violencia, o alternan funciones en el reparto de zanahorias y garrotes para Cuba (Obama dixit).
Lennier insiste en la metáfora de la partida de ajedrez –empleada antes por el derechista Aznar, cuando era primer ministro de España y respondida por Fidel– para entender la política: “las piezas –dice el articulista citado– están dispersas ocupando columnas, diagonales y casillas en todos los sectores del tablero. La centralidad resulta, entonces, un intento de hacer política desde la transversalidad”. Viene al caso la respuesta de Fidel al político español: “hubo un caballerito que como en un tablero de ajedrez me dijo que si Cuba movía fichas, ellos movían fichas y yo le dije que el destino de un país no se juega en un tablero de ajedrez”. Lennier, desde luego, no pretende una discusión de pueblo, aunque la invoque y enumere deficiencias o carencias no estructurales, que cualquiera reconocería, para eludir los temas de fondo.
Hay señales de olor en el texto que atraen al público entendido, capaz de “degustarlo”; actitudes correctísimas, que prestigian mucho: Lennier defiende, por supuesto, la Razón y adopta el discurso de la Ilustración, el de la burguesía en ascenso, en una suerte de utopía reaccionaria, aunque se declara, a la vez, moderno, postmoderno y postestructuralista. Pretende estar en el centro, ser antidogmático, pero asume todos los dogmas de la derecha. Hay que reconocer que fue creativo al utilizar el término Centralidad… ¡qué hallazgo! Como me comentaba alguien que no respeta esa portentosa imagen: es un gato en el centro del tejado de zinc caliente. Y en un quejido lastimero declara: “¡Qué desperdicio para una nación el dejar fuera de la participación política a varios segmentos de sí misma!” ¡Sí, qué desperdicio, digo yo, que haya clases y lucha de clases, naciones opresoras y naciones oprimidas, patriotas y vendepatrias! Lennier es tan socialista como Felipe González.
Porque en lo común no se trata de perspectivas o de opiniones diferentes, sino de intereses contrapuestos. Repito y preciso: intereses de clase. El conflicto histórico de los Estados Unidos con Cuba, el que hoy todavía nos separa, nada tiene que ver con una diferente comprensión de los derechos humanos. Batista, Trujillo, Somoza, Pinochet, fueron socios –en el sentido cubano del término– del imperialismo (no hablo únicamente de los gobernantes estadounidenses). Donald Trump acaba de regresar de Arabia Saudita, adora a los jeques sauditas –el nombre del país se deriva del apellido de la familia real–, y les venderá armas con componentes israelíes. No se confundan: no es el abrazo final de árabes y judíos, es el abrazo de árabes ricos, judíos ricos y estadounidenses ricos en contra de sus respectivos pueblos. En los 70 del siglo pasado, los hippies enfrentaron al sistema con audacia y candor: “hagamos el amor y no la guerra”, decían y recibían una paliza tras otra como respuesta, mientras los B52 partían con sus armas químicas –ahora son drones o misiles “inteligentes”, la muerte se administra por computadora–, sordos de ira, hacia Viet Nam. La guerra imperialista en Indochina terminó porque el pueblo vietnamita expulsó con las armas en la mano a los invasores y a sus mercenarios locales ¿Es cosa del pasado?

¿Los frentes amplios de la izquierda son centristas?

Todo pareciera conducir en el mundo al centrismo: los movimientos revolucionarios construyen frentes amplios que incorporan a una militancia no tradicional, históricamente desmovilizada y descreída, que exige el cumplimiento estricto de la democracia burguesa. Ello es saludable, es un paso de avance y una estocada de muerte, ya que sabemos que en tiempos de crisis el sistema ni quiere ni puede cumplir con unas reglas que fueron concebidas para reproducir el poder burgués, no para socavarlo. Sin embargo, el proceso debe servir para educar a las masas, y sobre todo, a los dirigentes; la democracia burguesa solo los llevará al gobierno si está rota, si alguno de sus conductos de oxigenación está obstruido por la crisis, y aún así, nunca al poder; entonces, ya en el gobierno, tendrán dos alternativas: o mantienen un perfil anodino, de infinitas dejaciones y concesiones, de espaldas al pueblo, lo que desilusionará a los electores en la próxima ronda (y no evitará la cruenta demonización mediática) o intentan tomar el poder, es decir, radicalizarse.
Si anuncian que van a por más, que quieren el poder, el tigre (que no es de papel) saltará al cuello, a morder la yugular; y si lo anuncian y no se mueven, la pierden. Si, en cambio, permanecen en los límites precisos de la democracia burguesa y a pesar de ello entorpecen los proyectos de enriquecimiento trasnacional –de los que la viceburguesía antinacional obtiene siempre alguna ganancia–, el ALCA por ejemplo, el sistema judicial encargado de proteger a los ricos intentará castigarlos de manera drástica. Para eso existe la “separación” de poderes, todos en manos de una minoritaria clase social. Escoja usted la variante más eficaz: golpes de estado judiciales (Honduras, Paraguay, Brasil), procesos y condenas a expresidentes “indisciplinados” que conservan el apoyo de las masas y pueden regresar al Gobierno –nunca tuvieron el poder– (Dilma y Lula en Brasil, Cristina Fernández en Argentina).
Finalmente, si el frente amplio toma el poder, será declarado totalitario, antidemocrático, y populista (una palabra que despojan de sus significados históricos y concretos para reducirla a la acepción más grosera, la de demagogia). Y vaya paradoja, los restantes frentes que puedan existir en el mundo en lucha electoral, tendrán que moderar aún más el lenguaje, evitar hablar de los que consiguieron llegar, desmarcarse de ellos. Da igual, el sistema los acusará de ser sus cómplices o peor, sus seguidores: ahora por ejemplo está de moda espantar al electorado colonizado –y a los políticos “correctos”– con la amenaza de que la nueva izquierda quiere convertir el país en otra Venezuela, o en otra Cuba.
Así las cosas, mientras el sistema hace aguas en medio mundo, sus ideólogos intentan reciclarlo asfixiando revoluciones y retornándolas de vuelta al redil. Si le exigen a una Revolución en el poder que restaure la democracia burguesa (separación de poderes, pluripartidismo y medios de comunicación privados), porque esa democracia es importante (para que ellos puedan recuperar lo perdido, desde luego), y sitúan como ejemplo a quienes buscan el poder en países burgueses construyendo frentes amplios –a estos los acusan de ser como nosotros, a nosotros nos acusan de no ser como ellos–, ya sabemos lo que quieren.
Entiéndase esto: la única validación aceptable para el sistema de que hemos introducido correctamente esos instrumentos suyos, es que perdamos las elecciones, el gobierno y el poder. Venezuela es un ejemplo clásico: el respeto estricto a todos los códigos de esa democracia nunca obtuvo la certificación imperialista. Porque si esa “democracia” existe para impedir que la voluntad popular derribe el sistema de dominación, allí donde este ha sido derribado y en los siguientes cinco o diez años no ha logrado restaurarse –esto puede afirmarse de modo “científico”–, funciona mal.
En realidad queremos democracia, sí, eso son las Revoluciones, grandes saltos democráticos, y de lo que se trata es de echar a andar la nueva visión que tenemos de ella, no de restaurar sus viejos postulados. No estamos conformes con el nivel alcanzado en el ejercicio de esa nueva democracia, pero no porque queramos la otra, la que ya sabemos inservible: la comparación es y será con nuestros propios ideales. Porque, hay que recordarlo, en Cuba no pretendemos tomar el poder, ya lo tenemos.
Es cierto que Fidel, como Martí en el siglo XIX, fue el artífice de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. Fidel salvó para la Revolución a seres humanos honestos, que eran revolucionarios o que se hicieron revolucionarios con los acontecimientos o que nunca fueron contrarrevolucionarios, pero no integró de manera ecléctica diferentes tendencias ideológicas, ni incluyó a una sola persona pagada desde los Estados Unidos o Europa. Blas Roca como presidente y Raúl Roa como vicepresidente de la primera Asamblea Nacional, conformaron un dúo simbólico: ambos pusieron su talento y su capacidad creadora al servicio de la más radical de las miradas posibles, la de Fidel, la del Partido, que bajo su liderazgo todos contribuyeron a construir. Fidel no hizo pactos, construyó un nuevo consenso, el que emanaba de la justicia social postergada y anhelada por el pueblo. Rechazó el Pacto de Miami, en momentos en que parecía más necesario que nunca, con argumentos diáfanos: “lo importante para la revolución –escribió Fidel–, no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. No adoptó el camino socialista porque el gobierno estadounidense fuera hostil, esa es una afirmación reductora, aunque sin dudas aquel fue un factor catalizador. En septiembre de 1961 escribió:
La Revolución no se hizo socialista ese día [16 de abril]. Era socialista en su voluntad y en sus aspiraciones definidas, cuando el pueblo formuló la Declaración de La Habana. Se hizo definitivamente socialista en las realizaciones, en los hechos económicos-sociales cuando convirtió en propiedad colectiva de todo el pueblo los centrales azucareros, las grandes fábricas, los grandes comercios, las minas, los transportes, los bancos, etc.
El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución.
El 16 de abril se reafirmó y se llamó por su nombre, lo que orientaba ya hacia el ideal socialista desde el día mismo en que, frente a las aspilleras de la fortaleza militar de Santiago de Cuba o en sus celdas de tortura y muerte o frente a los pelotones de criminales –que defendían un poder caduco–, daban su vida casi un centenar de jóvenes que se proponían lograr un cambio total en la vida del país. Y dentro de un régimen social semicolonial y capitalista como aquel, no podía haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de la liberación nacional.
En su última alocución pública, que a la postre fue su despedida, frente a los delegados al Congreso del Partido –abril de 2016–, Fidel reafirmó su credo comunista: “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos”, dijo.
No me sorprende que Arturo López Levy, uno de los asiduos ideólogos de Cuba Posible, en uno de los artículos más transparentes de la última semana, escribiera: “La pregunta central de este debate sobre opciones ideológicas no debe formularse en términos históricos, sino políticos [olvidemos la historia, pedía Obama]. No debe ser sobre lo que hubiese hecho Fidel Castro hoy (…) Cuba pertenece a las generaciones actuales de cubanos”. Este autor, que se declara socialdemócrata y sionista, coloca varias carnadas en su anzuelo, pero en un comentario al debate abierto en un blog, termina donde debe terminar: “El día en que se acabe el bloqueo/embargo, soy partidario de que se inicie un proceso hacia la instauración de una democracia multipartidista en Cuba, con libertades de prensa, asociación, y todas las otras recogidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, tal como se entienden por los comités que han estado a cargo de manejar su interpretación”. El título del artículo, sin embargo –que manipula una frase de Martí, el más radical de los cubanos– revela ya su sentido: La moderación probada del espíritu de Cuba. Volveremos a él.

¿Lo mejor de uno y otro sistema?

¿Por qué ha causado tanto escozor mi afirmación de que no es posible integrar “lo mejor” del capitalismo y lo “mejor” del socialismo? Tal manera de concebir la coexistencia (nada pacífica en términos sociales) de elementos de uno y otro sistema, algo que es inevitable, parece establecerlo como fin y no como punto de partida. Hablo desde la perspectiva de un revolucionario (que defiende los intereses de los desposeídos), que es diferente a la de un reformista (que le teme a las masas aunque las invoque mientras procura resguardar sus intereses). La prensa trasnacional hegemónica, al mencionar los cambios que el pueblo cubano decidió introducir, utiliza el vocablo “tránsito” –reiterado por Veiga, uno de los fundadores de Cuba Posible– como si fuese el inicio de un proceso de restauración capitalista.
La promoción de cambios no es per se revolucionaria; tampoco es reaccionaria o conservadora la intención de conservar algo. Todo depende de lo que se quiera cambiar y de lo que se pretenda conservar. En ambos casos, el punto determinante está en las necesidades de los más humildes (“con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar”, escribía Martí), solo en relación a ellos se es o no se es revolucionario. La condición del revolucionario no se mide ni por los métodos que se utilizan, ni por la intención de cambios; puede sintetizarse en dos cualidades: va a la raíz de los problemas (es radical) y siente como agravio personal la injusticia, donde quiera que se cometa. Pero aviso a los académicos burgueses (sordos, ciegos y mudos para la verdad): en el siglo XX lo que fracasó, definitivamente, fue el capitalismo. Y los que aman las estadísticas deberían saberlo: el un por ciento de la población mundial tiene tanto dinero como el otro 99 por ciento (datos de la ONG Oxfam divulgados por la BBC). Según RTVE, nada sospechosa de infidencia, el un por ciento de los españoles acumula tanta riqueza como el otro 88 por ciento, lo que significa decir que 466 mil personas poseen tanto como 37,3 millones de conciudadanos.
Algunos autores que desde una supuesta moderación abrazan la idea de “fundir” los dos sistemas, es decir, retornar al capitalismo, aseguran con cinismo que se preservarían las conquistas sociales y la soberanía nacional, aunque saben –claro que lo saben, y los que no, amigos, son unos ignorantes– que a la larga se perderían ambas, por eso exigen que se “profundicen” los cambios. Sabemos el sentido que tiene para ellos el verbo profundizar. Por eso en la entrevista que me hizo Cubadebate insistí en la necesidad de desentrañar la direccionalidad discursiva de cada discurso, no a partir de la posición que cada cual se atribuye, sino a partir de una pregunta simple, que Lenin usó con efectividad: ¿a quién sirve? La palabra cambio implica para los revolucionarios cubanos que se  perfeccione el socialismo; para los contrarrevolucionarios, que se desarticule, que evolucione hacia su contrario. Esta no es una discusión teórica ajena a los intereses del pueblo: todas las dificultades, insuficiencias, errores, que hoy padecemos, tendrán solución o no, en la medida en que triunfe o fracase el socialismo cubano. Por eso, sin subestimar las contradicciones (antagónicas) que los elementos de capitalismo y de socialismo generan en Cuba, como en cualquier otro lugar, las preguntas claves son estas: ¿a cuál de los dos sistemas se subordinan?, ¿a cuál sirven?, ¿hacia dónde nos proponemos ir?
La Conceptualización del Modelo, discutida y aprobada por decenas de miles de cubanos en reuniones auténticamente democráticas, que recogían y clasificaban cada criterio, y en la Asamblea Nacional, con las enmiendas derivadas de esos debates, dice en su primer capítulo:
[Este documento] (…) sirve de guía para avanzar hacia la materialización plena de la Visión de la Nación: independiente, soberana, socialista, democrática, próspera y sostenible, mediante el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social a largo plazo, y otras acciones.
Los objetivos estratégicos de la actualización del Modelo son: garantizar la irreversibilidad y continuidad de nuestro socialismo afianzando los principios que lo sustentan, el desarrollo económico y la elevación del nivel y calidad de vida con equidad. Todo ello, conjugado con la necesaria formación de los valores éticos y políticos, en contraposición al egoísmo, el individualismo y el consumismo enajenante y depredador.
Desde luego, la interacción y lucha de elementos capitalistas y socialistas en el mundo en el que vivimos es una realidad de múltiples aristas. De una parte, el capitalismo, en su guerra por la sobrevivencia, ha incorporado ciertos mecanismos y visiones socialistas de carácter colateral: las luchas sindicales, de género,  las victorias anticolonialistas, las revoluciones del siglo XX, la existencia de experiencias, fallidas o no, de construcción socialista, han introducido elementos de justicia social, sobre todo en los países más ricos. No cometamos el error de atribuirle al capitalismo –en su versión de Bienestar Social, en países que fueron usufructuarios del sistema colonial y neocolonial, tuviesen colonias o no, y de la injusta división internacional del trabajo, o simplemente, a sus conquistas laborales–, los huevos de la nueva sociedad (uso de manera libre una imagen de Lenin), engendrados por la resistencia al capitalismo. El capitalismo, como sistema, es el mismo en todos los países ¿Por qué tomamos de ejemplo a los países nórdicos y no a los del Sur, que comparten nuestra historia de expoliaciones, y son, además, la mayoría? ¿Por qué el capitalismo en Cuba –si solo se tratara de copiar un sistema– nos llevaría a ser como Suecia, Suiza o Reino Unido y no como Honduras o Haití? Pero en Suecia, dicho sea también, hay elementos del nuevo orden socio-económico por el que luchamos, que niegan en alguna pequeña medida, el que allí existe.
Es decir, la superación del capitalismo ocurre por diferentes vías, de manera simultánea. Cuando los países latinoamericanos, por ejemplo, adoptan una posición común que se opone a la injerencia imperialista o rescatan la soberanía nacional –que solo puede ser defendida como valor regional–, más allá de sus razones puntuales, están golpeando al sistema. Si un sector de la burguesía argentina o de la brasileña decide reivindicar sus intereses y enfrentar la hegemonía económica y política del imperialismo, el golpe no es bilateral, es sistémico. Todo golpe al imperialismo es un golpe al capitalismo. Los sectores más radicales de esos países en ocasiones no perciben que ese gobierno burgués, a pesar de sí mismo, es un aliado de “lo nuevo que nace”. El imperialismo, por el contrario, sí lo percibe, y le declara la guerra.
Por otra parte, la cultura socialista (anticapitalista) existe como contracultura aún en los países donde hay gobiernos revolucionarios, e incluso en aquellos donde las transformaciones han sido más radicales, porque la cultura del capitalismo (hablo de sus modos de vida, de sus conceptos de éxito y de felicidad) es hegemónica. La base material que sustenta a la nueva cultura es aún débil, de resistencia, tiene un alcance limitado. Un partidario e incluso un protagonista de la revolución, puede ser también un adicto acrítico a los realitys shows de Miami o un reproductor de la cultura del tener, es decir, del capitalismo; puede trabajar durante toda la semana por la consolidación del Gobierno revolucionario, y reproducir en su vida privada, en sus sueños más íntimos, los valores del sistema que combate.
Como el triunfo en el capitalismo se asocia indefectiblemente al dinero, sin importar su origen, y el esfuerzo personal en el trabajo no suele conducir al éxito prometido, el sistema abre pequeñas válvulas de entrada, ajenas al aporte social del individuo: la herencia, el juego en todas sus modalidades, el matrimonio de conveniencia, lo mismo para la mujer que para el hombre, el robo de cuello blanco o de pistola en mano (siempre que el autor logre evadir la justicia). El mercado del deporte se convierte para los pobres en un camino a transitar. Ningún otro relato clásico expresa la esencia de este postulado como el de Cenicienta: un cuento recreado y actualizado de todas las maneras posibles. La corrupción es un subproducto del capitalismo. Si el origen del dinero no es importante, y su posesión establece el rango de éxito o fracaso social del individuo, las vías fraudulentas son un recurso tolerado. Decir que el socialismo genera también burocratismo o corrupción, significa reconocer que hay bolsones de capitalismo en su seno.

¿Qué supone la normalización de relaciones con los Estados Unidos?

Se ha dicho que quienes nos oponemos a las máscaras de centro, conformamos un grupo duro opuesto a la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Nada más ajeno a la realidad. Es una idea que reproduce el esquema que otorga una falsa paridad a los supuestos extremos de La Florida y La Habana: si bien el extremo floridano pudiera asociarse al terrorismo y a la politiquería anticubana, es decir, al lacayismo proimperialista ¿a qué se asocia el de La Habana?, ¿a la defensa de la Patria socialista? Ningún revolucionario cubano viajó en lanchas rápidas para ametrallar poblados floridanos, ni colocó o pagó para que colocasen bombas en industrias o centros recreativos de Miami. Ni siquiera quemó banderas estadounidenses. Pero existe un tercer elemento, que es decisivo: el imperialismo de ese país. Un blog contrarrevolucionario ya de capa caída, publicó hace algunos años un artículo esclarecedor de un tal Castillón:
Pocos luchan mejor por sus países de adopción que los inmigrantes. La historia norteamericana está llena de ejemplos […] Posada Carriles ha sido soldado estadounidense en tiempo de guerra y eso le da derecho a estar en Estados Unidos. Porque Posada, a pesar de haber luchado en un campo de batalla diferente, no es tan distinto de todos esos otros soldados. Porque aunque nos hayamos olvidado de ella y la hayamos relegado a ese cajón en que se guardan los recuerdos molestos, la Guerra Fría fue una guerra real. Una guerra en la que participaron numerosos exiliados en contra de los estados que dirigían sus naciones.
Es aquí donde aparecen las reminiscencias autonomistas y anexionistas. Ambos proyectos decimonónicos, que no conciben el desarrollo nacional sin la presencia dominadora de una potencia extranjera, empalman con el reformismo contemporáneo, gústele o no a López Levy. Evidentemente, no existe concordancia entre el extremismo lacayo y la defensa radical de la soberanía nacional. Permítaseme que me cite brevemente: “¿Qué significa ser extremista? –decía en el artículo La Patria posible–, ¿cuáles son los extremos del debate nacional? Para los revolucionarios cubanos, el extremista es quien adopta de manera irreflexiva consignas y frases hechas, cuyo fondo conceptual ignora o no comprende, y es incapaz por tanto de discernir qué es esencial y qué no lo es. El extremismo conduce al dogmatismo y a la doble moral. (…) Pero nada tiene que ver con la visión radical –que va a las raíces–, y a la postura revolucionaria frente a la realidad”.
Los revolucionarios cubanos (no pertenezco a ningún grupo) abogamos por unas relaciones “normales” entre vecinos civilizados; no obstante, lo que me parece más peligroso de esa suposición que se nos imputa es que revela lo que algunas personas entienden por normalización. Ya se sabe que el restablecimiento de relaciones diplomáticas es el primer paso, y que la normalización, tal como la proyecta Cuba, implica la derogación absoluta del bloqueo económico, comercial y financiero, la devolución de la Base Naval de Guantánamo y el cese de las actividades subversivas en el país. Sin embargo, López Levy es osado y –no puedo evitar la palabra– cínico, al escribir:
No caben dudas de que como priorizamos los intereses de desarrollo económico y bienestar del pueblo cubano, así como el alejamiento de un conflicto militar con Estados Unidos que puede ser devastador para Cuba, los “centristas” tenemos visiones distintas a las de Iroel Sánchez y Enrique Ubieta sobre las relaciones a buscar con Estados Unidos. Una política de distensión, incluso de acciones persuasivas de corte hegemónico, es preferible a la estrategia de coacción imperial por sanciones y financiamiento directo de opositores. (…) Este ambiente distendido permite, también, avanzar en reformas dirigidas a una economía de mercado y a una sociedad más plural en lo político, con afinidades a posiciones como las nuestras, pues Cuba tendría una interacción mayor con un mundo más favorable a ese rumbo.
De esa manera, casi al finalizar su artículo, el socialdemócrata López Levy declara abiertamente su respaldo al proyecto obamista de eliminar el bloqueo por ineficaz –en términos políticos– y no por inmoral y criminal, y sustituirlo por otra política igualmente injerencista, pero menos confrontativa, que reinstaure en Cuba el capitalismo (y la subordinación a Washington). Aceptamos el reto –creemos que este pequeño David puede batir a Goliat en el terreno de las ideas–, a pesar de que el articulista sabe, más por viejo que por diablo, que se trata de una guerra de baja intensidad, con financiamiento a proyectos subversivos de corte no confrontacional como Cuba Posible. Pero igual, cobren o no, el que intente retornar a Cuba a un pasado de capitalismo semicolonial, es mi enemigo. No creo en los centrismos; nadie, ni ellos mismos, creen que sea posible “estar en el medio”.

Nota

(1)  El debate en las redes sociales se aleja del debate. Es la fiesta de los asombros, cuando aparece, esta vez sí, un grupo. El “sabio” Pedro Monreal casi escribe un tratado para reivindicar la importancia de las estadísticas –Julio Carranza, antes o después que él, insiste en ello–, a partir de una lectura primitiva y/o tendenciosa de mi entrevista. Se quedan en los marcos de la puerta, sin entrar. Un tal Domingo Amuchástegui me endilga todas las culpas y desvíos del espíritu revolucionario, ocurridos desde mis tres años de vida y aún antes. En cambio, algunos de los protagonistas de esos desvíos, censores y adoradores de manuales, escriben largas peroratas sobre la flexibilidad del pensamiento y la dialéctica. Haroldo Dilla, expulsado de la politiquería dominicana por su desmedido oportunismo, propone que se me expulse del debate político de la Revolución cubana.

Lea la entrevista de Cubadebate a Enrique Ubieta: