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martes, 29 de agosto de 2017

Comentario de Vascós en Segunda Cita a Carta abierta de Aurelio Alonso a Enrique Ubieta

Por Fidel Vascós González, Segunda Cita 

Me solidarizo con Aurelio Alonso en su “Carta abierta a Enrique Ubieta” difundida por Segunda Cita el pasado 23 de agosto. Reconozco en Aurelio su sobresaliente historia revolucionaria y su bien ganado prestigio intelectual y humano en Cuba y en el extranjero. Comprendo su inconformidad con el discurso ofensivo con que Ubieta lo trató en el artículo “La pregunta esencial”, del 10 de agosto en el blog “La Isla desconocida”.

 No obstante esta aspereza, me regocijo por el debate desatado -por ahora en INTERNET- entorno a diferentes concepciones económicas y políticas existentes en la Cuba de hoy con vistas al presente y futuro de nuestra nación. Es el comienzo de un proceso imparable que, más temprano que tarde, abarcará también los medios impresos y de amplia difusión del país. Lo que debemos ir aprendiendo es a mejorar la cultura del debate para que el intercambio no se convierta en un torneo literario con descalificaciones personales. La controversia no es entre las personas que participan, sino entre las ideas expuestas, las cuales deben fundamentarse con suficientes argumentos. 

Apoyo la idea de Aurelio acerca de “propiciar la existencia de un abanico de reflexión con la mayor amplitud posible de posiciones.” Este abanico debe incluir las diferentes tendencias que se proyectan dentro de Cuba y entre los cubanos residentes en el exterior con vistas al fortalecimiento de nuestro proceso socialista. Vivimos tiempos nuevos. Hay que tener sentido del momento histórico y cambiar todo lo que debe ser cambiado. No podemos negarle a Pedro Monreal, a Julio Carranza, a Cuba Posible y a otros muchos más a que digan, escriban y divulguen sus ideas. Tampoco estoy de acuerdo que a Ubieta se le expulse del debate político de la Revolución Cubana. Lo que no se puede permitir son las teorías y acciones para derrocar al gobierno revolucionario constitucionalmente establecido. La más importante obra de la Revolución es nuestro pueblo, que ha adquirido una amplia y profunda cultura política. Ella le permite discernir y exigir la mejor opción para lograr su desarrollo económico, alcanzar toda la justicia social y salvaguardar la ya ganada independencia nacional. 

La Habana, 28 agosto de 2017 



jueves, 10 de agosto de 2017

La pregunta esencial

Por Enrique Ubieta Gómez, La Isla Desconocida

A pesar de que Aurelio Alonso se insertó desde el comienzo en el debate en curso con un texto ajeno a su temática, que solo parecía buscar el descrédito del joven historiador Elier Ramírez Cañedo, yo me abstuve de mencionarlo, sobre todo por respeto a Martínez Heredia –un hombre de extraordinaria coherencia–, su amigo, a quien admiré siempre, y porque el propio Elier se encargó de responderle de manera brillante. Ha vuelto sin embargo al ruedo, ahora sí en tema. No sé si solo ha leído los textos aparecidos en Granma –el de Elier y el mío–, pero debo enfatizar el hecho de que en estos días se han publicado contundentes reflexiones en el blog La pupila insomne, en Cubadebate y en las redes, más valiosos y profundos en mi opinión que los que cita con entusiasmo y casi nos privan de su respuesta, según dice.

Es una tarea fatigosa volver a repetir ideas que ya han sido formuladas por otros colegas. Me permito recomendar al lector algunos pocos de esos textos:

de Raúl Antonio Capote, “Tercera opción en Cuba, el drama de los equilibristas”, (Cubadebate, del 26 de junio); de Jorge Ángel Hernández, “¿Qué nos dice el centrismo a estas alturas en Cuba?”, (La Jiribilla); de Iroel Sánchez, “El debate abierto y la mano cerrada”, (10 de julio, blog La pupila insomne); y de Carlos Luque Zayas Bazán, “Breves notas sobre la moderación política”, (8 de agosto, blog La pupila insomne) entre otros. Escritores no directamente vinculados a la polémica como Luis Toledo Sande, incluso algunos que residen en el exterior, como René Vázquez Díaz y Emilio Ichikawa, han aportado valiosos comentarios.

Una de las dificultades de un debate como este suele ser la dispersión de los textos y la posibilidad de que los contendientes no lean las respuestas más abarcadoras. Es el caso de Aurelio, al parecer. Como reduce su réplica a mis palabras en la entrevista citada –al fin y al cabo, una entrevista oral, retocada por supuesto, pero prisionera de la improvisación–, e ignora mi artículo “Las falacias en su centro” (Cubadebate, 18 de julio) y luego mis extensas respuestas a López Levy (blog La isla desconocida, Primera Parte, 24 de julio y Segunda Parte, 29 de julio), desconoce los argumentos expuestos en esos textos, que quizás, hubiesen evitado entuertos retóricos innecesarios.

En mi respuesta a López Levy menciono el hecho de que el Che ya avizoraba que la contradicción primaria –prefiero usar ese término– de la época, es la de países explotadores versus países explotados. Tras ella, sin embargo, subyace otra, que sí puede ser catalogada de fundamental: la que marca los límites históricos del capitalismo. No hablo de una contradicción entre países capitalistas y países “socialistas”, sino entre el capitalismo y el socialismo necesario. Porque no hay, no habrá supresión de la explotación para la mayoría de los países y de los seres humanos, vivan donde vivan, por unos pocos, si no se derriba el capitalismo.

Me sorprende sin embargo que un investigador como Aurelio afirme que Cuba no pudo entender esa realidad antes de la caída del socialismo este-europeo; si hubo un país que rompió desde sus propios orígenes revolucionarios la burbuja de un “campo socialista en coexistencia pacífica con el imperialismo” y se hizo cargo de aquella contradicción primaria, fue Cuba. Una cosa son los manuales, estimado Aurelio, –incluso los publicados o distribuidos en Cuba–, y otra la práctica revolucionaria, cuando existen líderes de la estatura de Fidel y del Che. No fue por el equilibrio Este – Oeste  que decenas de miles de cubanos entregaron sus vidas (muchas veces a contrapelo de los criterios de Moscú) en República Dominicana, Argelia, Congo, Congo Brazzaville, Guinea Bissau, Angola, Etiopía, Venezuela, Bolivia, Centroamérica, etc., ni el incondicional apoyo dado a Vietnam –el nuestro fue el único país que tuvo embajada en el territorio liberado del Sur–, o a los gobiernos de Allende en Chile, o de los sandinistas nicas en su primera etapa, para solo citar tres casos paradigmáticos. Tampoco el hecho de que decenas de miles de colaboradores de la salud y de otros sectores –maestros, constructores, entrenadores deportivos, ingenieros, etc.– ofrecieran sus servicios en zonas intrincadas, selváticas o marginales de más de 60 países, en su mayoría del Tercer Mundo. Sobre las diferencias entre el CAME y el ALBA, como proyectos integradores, expongo mi criterio en el libro Cuba, ¿revolución o reforma? (páginas 227 – 230) cuya segunda edición a cargo de la Editorial Ocean Sur –de donde ubico las páginas–, será presentada dentro de algunas semanas, en el venidero septiembre.

Me sorprende también su afirmación de que el derrumbe del sistema socialista nos hizo “descubrir que era posible (y necesaria) la asociación con el capital extranjero, la explotación del turismo como fuente de ingresos, la expansión de sistemas de propiedad cooperativa, una comprensión positiva de la autogestión, y la privatización en escala controlada”. Aurelio coloca de esta manera la verdad fuera de todo contexto, como una entidad que debe ser vislumbrada o descubierta al margen de los sucesos históricos y sus necesidades. Existe la tendencia a calificar de erróneas todas las políticas implementadas con anterioridad por la Revolución –no creo que sea su caso–, lo que resulta un disparate y en algunos autores, una estrategia descalificadora. Por cierto, la primera Ley de Inversión Extranjera data de 1982, mucho antes de la caída del socialismo europeo.

Empecemos por abordar el tema del reformismo. Las reformas en el capitalismo –en este caso, las que provienen de, o fueron enarboladas por la socialdemocracia– solo son realizables si el capitalismo las necesita o dicho de manera más exacta, solo fueron realizables mientras el capitalismo las necesitó. Ese es el problema histórico del reformismo, que presume de realista y de pragmático, de conocedor de los datos de la realidad, de lo que es posible –en oposición al espíritu revolucionario, acusado de utópico, de cazador de imposibles– en aras de objetivos mayores que nunca alcanza. Cuando el capitalismo europeo necesitó del Estado de Bienestar y de las políticas keynesianas, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las implementó, estuviese o no en el gobierno la socialdemocracia. No fueron conquistas de un partido, sino enroques de un sistema. Pero a finales de la década de 1970 cambió la situación: la especulación financiera y la contracción del capital productivo, así como la transnacionalización desnacionalizadora del capitalismo, entre otros rasgos, requerían de políticas neoliberales. Algunos líderes socialdemócratas como Olof Palme resultaban molestos y contraproducentes para el insaciable proceso de reproducción del Capital, y fueron eliminados de manera impune. Cuando sobrevino la caída del llamado campo socialista, la socialdemocracia –supuestamente dueña absoluta, por primera vez, de las banderas de la izquierda–, ya no era viable (por sí misma nunca lo fue), y para sobrevivir electoralmente tuvo que ajustar sus programas hasta hacerlos indiferenciables de la derecha neoliberal. En la entrevista oral que reprodujo Granma, hablo de manera muy sucinta  de esto y al intercalar la alusión al asesinato de Palme, da la impresión de que lo vinculo al derrumbe del socialismo, peccata minuta que aprovecha Aurelio, ante la ausencia de argumentos más sólidos. Vale decir, no obstante, que sí existe al menos una relación indirecta y por supuesto, adelantada, entre aquel asesinato y esa caída, porque el debilitamiento del sistema socialista le permitiría al capitalismo el abandono paulatino de las políticas de corte socialdemócrata, algo que Aurelio debiera saber y no dice. Si hubiese leído mi respuesta a López Levy, hubiese comprendido lo que acabo de explicar.

No comparto la teoría del péndulo en la sensibilidad política de los pueblos, pero es posible señalar al menos dos períodos de predominio reformista en Cuba, ambos asociados a grandes decepciones nacionales; el primero ocurre después del Pacto del Zanjón, cuando se impone la mirada del autonomismo, y del cientificismo positivista. Cintio Vitier añade un tercer elemento a los dos anteriores, que los complementa: la crítica literaria academicista. Martí, solar, se apartó de esa tríada de tendencias reductoras. Fue independentista (revolucionario), antipositivista –la verdad social no podía ser ajena a la justicia humana–, y modernista.

El segundo momento se produce al nacer la República neocolonial, con una Enmienda que rebajaba su condición de Estado libre y soberano, por el que habían muerto en la manigua tantos cubanos. Durante las dos primeras décadas del siglo XX predominó en Cuba el apego al dato, un cientificismo positivizante muy orondo, sin alas para volar. No significa, por supuesto, que en uno u otro período no se hiciesen aportes relevantes a la cultura cubana; el mejor ejemplo, por sus indudables aciertos y también por sus limitaciones, es la revista Cuba Contemporánea. Incluso Fernando Ortiz, nuestro tercer descubridor, aparece atado todavía a conceptos “científicos” que lastran sus primeros acercamientos a la realidad nacional, lo que luego superaría con creces.

A veces temo que un sector descreído de la intelectualidad –escéptico y desilusionado– produzca un tercer período, e intento hacer contrapeso. A eso me refería, por supuesto, cuando aludía a las estadísticas y a la descripción minimalista, como síntomas de un cientificismo empobrecedor y desmovilizador (contrarrevolucionario). Es una reacción típica de un cientificista el sacar de inmediato su sable en defensa de las estadísticas –sin entender el sentido de la frase–, cuando cualquiera, en realidad, las reconoce como útiles y necesarias. Las estadísticas, desde luego, no son el problema: son los hombres y las mujeres que las usan, los que quedan atrapados en sus redes. Los revolucionarios están obligados a conocer a fondo la realidad –la tangible y la intangible, la visible y la invisible, o simplemente la posible (que es una zona muchas veces desconocida de la realidad)– para transformarla, nunca para aceptarla de forma pasiva. Martí y Fidel conocían mejor que sus contemporáneos sus respectivas realidades, porque trascendían la mirada que se ajustaba estrictamente al dato comprobable. He repetido mucho esta anécdota en mis conferencias y textos sobre Martí, pero es menester que insista en ella: cuentan que tras un ardoroso discurso ante emigrados cubanos en los Estados Unidos, en el que Martí había exaltado con verbo encendido las condiciones que según él existían en el país para la Revolución, un recién llegado de la Isla replicó: “Maestro, pero en la atmósfera de Cuba no se respira ese fervor que usted describe”, a lo que Martí respondió: “Pero yo no hablo de la atmósfera, hablo del subsuelo”.

El uso de uno u otro nombre para denotar un hecho o una posición política, caramba, no cambia su cualidad. Que Martí no utilizara el término centrista para referirse al autonomismo –atrapado en una solución intermedia entre el colonialismo verticalista y la independencia– no implica que el reformismo no intente situarse siempre en esa incómoda e irreal posición. Pero, ¿alguien cree que nos creemos el cuento? Si nos piden que eliminemos “la etiqueta” por falsa, no tendremos reparos; lo que no podemos es dejar de señalar la postura. Tampoco Aurelio logra avanzar mucho al rechazar mis asedios al término. Coloca una advertencia que compartimos todos: “una característica a tomar en cuenta del centrismo, cuando se le necesita para concertar alianzas, es que suele comenzar distanciándose de la izquierda para terminar barrido por la derecha. Lo delatan actuaciones pendulares”. Parece escrito por el incisivo Iroel Sánchez. Pero intenta deslindarse: “la fórmula centrista –afirmo yo en la entrevista oral–, funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero”, y Aurelio, en un tono condescendiente, acota de inmediato: “es válido, pero insuficiente”. También lo creo. Después, reproduce mi definición para Cuba: el centrismo “se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución”. Retengo la respiración para esperar el veredicto, pero enseguida sentencia: “dicho en abstracto puedo compartir esa afirmación.” Estoy aliviado, al menos saco el aprobado. Sin embargo, el propio Aurelio demuestra más adelante –lo hace para objetar que nos enfoquemos en algo que le parece baladí– que la definición del centrismo que manejamos no es tan abstracta como pretendía: “el centrismo que parece preocupar a Ubieta y a Elier, [es] la proximidad, real o aparente, de una corriente crítica, proyectada al cambio, con objetivos reformistas de corte socialdemócrata”. No podría decirlo mejor.

Aurelio pide que revisemos el discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, aquel que advierte que el imperialismo jamás podría destruirnos, y que nosotros sí. Sobre ese discurso publiqué un artículo titulado “Dos modelos éticos: una década después de la advertencia de Fidel” en la revista Universidad de La Habana, en su número 279 de enero – junio de 2015. Lo que podría autodestruirnos, dice Aurelio basado en ese texto, no es el centrismo, sino la corrupción. Pero yo le recomiendo que relea con más detenimiento ese discurso extraordinario. Por supuesto, a Fidel le preocupa la corrupción, y no el centrismo –que solo existe en la mente calenturienta de algunos partidarios del capitalismo, por acción o por omisión– pero no en abstracto: le preocupa el mercanchinfleo, el enriquecimiento ilícito de los que juegan al capitalismo como fuente de una desigualdad no basada en el trabajo. Es decir, a Fidel le preocupan los bolsones de capitalismo que emergen sin control en la sociedad cubana. Recientemente el Estado cubano ha iniciado un reordenamiento de la actividad privada y cooperativa, no para frenar su expansión, sino para mantener el control popular. Los que se oponen a ese ordenamiento, y claman por una profundización (liberalización) de las medidas, saben o intuyen –el instinto de clase es poderoso–, que el desorden y la ausencia de controles le abriría las puertas al capitalismo. A propósito, resulta pueril, pero evidentemente necesaria, una aclaración: jamás he dicho que no existen elementos de capitalismo en el socialismo, o que no hemos abierto o cerrado compuertas, según las necesidades de su construcción. El camino hacia el socialismo, que es lo que comúnmente se entiende por socialismo, se construye con el cemento y la arena de las canteras del capitalismo. Pero, ¿qué significa traer “lo mejor” del socialismo (que no existe como realidad establecida, que apenas se construye) para unirlo a “lo mejor” del capitalismo? Lo mejor del socialismo, cuando se alcanza en algún punto, es la negación-superación del capitalismo en ese punto. Ignoro de dónde Humberto Pérez extrajo la frase entrecomillada –"al capitalismo hay que descartarlo completamente como fuente de experiencias a considerar ya que en él no hay aspectos positivos que rescatar"– que le sirve de comodín para caricaturizar la imposibilidad de unir “lo mejor” de cada sistema. No la escribí yo y él no expone la fuente. Google, tan acuciosa, solo lo sitúa a él como referente. Pero debo admitir sin embargo que en su más reciente artículo se acerca, no sé si conscientemente, a las ideas que defendemos. Suscribo plenamente esta afirmación suya referida a la Conceptualización del Modelo Económico y Social:

Es un magnifico documento que representa el nuevo Programa del Partido y la Revolución en las circunstancias actuales y que tiene sus antecedentes fundamentalmente en el Programa del Moncada, que fue el primer programa, y en la Plataforma Programática aprobada en el I Congreso del Partido, que fue el segundo programa de la revolución y su primero para la construcción del socialismo.

También Aurelio menciona en acuerdo, así sea someramente, la existencia de los Lineamientos consensuados con el pueblo. Entonces, ¿en qué discrepamos? Quieren hacer creer que estamos en contra de la crítica revolucionaria. En mi artículo “La añorada contaminación de la crítica revolucionaria. Algunas reflexiones” (2012), publicado en mi blog La isla desconocida y después en mi libro Ser, parecer, tener (Casa Editora Abril, 2014), apunto tres objetivos que avanzaban ya de manera sigilosa:

–        El primer objetivo y el de más alcance, es quebrar la identidad histórica entre Gobierno y Revolución (presuntamente, el Gobierno cubano construye hoy en secreto un nuevo capitalismo).
–        El segundo objetivo es la contaminación de ese imaginario con presupuestos de una izquierda no revolucionaria, restauradora del capitalismo, que utilice a conveniencia la terminología revolucionaria y eluda las definiciones para pasar inadvertida; que aliente el combate contra el Gobierno cubano “por no ser suficientemente revolucionario”, y que simultáneamente teja una urdimbre conceptual que “supere” la visión revolucionaria.
–        El tercer objetivo sería entonces romper el nexo histórico entre rebeldía juvenil y Revolución. Contaminar el espacio de la crítica revolucionaria, es decir, incorporar en él a la crítica contrarrevolucionaria. Hacer que la Crítica pierda sus apellidos, para legitimar a los actores invisibles de la contrarrevolución.

Quiero recalcar que apoyo la crítica revolucionaria, la que tiene como fin no el desmantelamiento del sistema o su criminalización, sino su necesario y continuo perfeccionamiento; la crítica que denuncie la aparición de bolsones de capitalismo sin control popular; la que defienda a los más humildes de las injusticias o del acomodamiento de los de más recursos. Qué vengan todas las ideas útiles, todas las mentes dispuestas a contribuir al debate nacional, siempre que el propósito, la direccionalidad discursiva, el sentido de cada sugerencia, sea la derrota definitiva del capitalismo en Cuba. Pero entonces, ¿qué nos separa?, ¿quién nos separa?
Volvamos al origen de esta polémica, tendenciosamente olvidado: Cuba Posible. Uno de sus fundadores, Lenier González, expresaba en una entrevista concedida a Elaine Díaz para Global Voices, en el 2014:

en el contexto cubano no se trata de modificar “un modelo de prensa”, sino de transformar “un modelo de Estado”. Ese “modelo de Estado” consagra constitucionalmente una ideología y la proyecta sobre toda la nación, y pone a todo su aparato institucional en función de su reproducción, como si de una iglesia y sus fieles se tratase.
(…) El desafío, que es de índole estrictamente político, consiste en reconocer, de una vez por todas, el pluralismo político de la nación, y construir unos marcos legales e institucionales donde esos cubanos, con pensamiento(s) diferente(s), puedan trabajar por el cumplimiento de las metas históricas de la nación.
(…) Si algo ha tipificado los últimos 10 años, es un corrimiento “al centro” en un conjunto importante de actores sociales y políticos, dentro y fuera de la Isla. Ello ha sido positivo, y ha favorecido el surgimiento de plataformas e iniciativas de comunicación de inestimable valor.

¿Qué significa “un modelo de Estado” que promueva y difunda todas las ideologías? Todas significa una: el capitalismo. Otro de los fundadores, Roberto Veiga, comentaba a Reuters en el propio año 2014:

“Evidently in Cuba there will come a time when more than one party exists," Veiga said. "I have a personal opinion in favor of a multiparty Cuba. Our project wants to facilitate this and contribute to serenity in the process. (“Yo tengo una opinión personal a favor de una Cuba pluripartidista. Nuestro proyecto quiere facilitar esto y contribuir a la serenidad en el proceso.”)
(…) Cuba Posible will promote "transitional change" with views from a wide range of Cubans, Veiga said. (“Cuba Posible promoverá el ‘cambio transicional’”)

Estos son los propósitos fundacionales de Cuba Posible, alegremente financiados por embajadas, instituciones y fundaciones que –es evidente–, no quieren el socialismo en Cuba. Una plataforma en la que actores principales como Arturo López Levy declaran de manera abierta su militancia socialdemócrata (y sionista) y en la que se ataca desembozadamente a Venezuela (“Venezuela: claves para una crisis”, 6 de agosto) precisamente cuando el imperialismo intenta estrangularla y privarla de la solidaridad externa. Porque Venezuela y Cuba libran una guerra contra el mismo enemigo, aunque los procederes por el momento sean distintos. Por eso las palabras de Emir Sader dirigidas a los intelectuales que se distancian ahora de la Venezuela asediada, son también pertinentes para Cuba:

Para esos, aunque se digan de izquierda no existen ni capitalismo, ni imperialismo. No hay tampoco derecha, ni neoliberalismo. Las clases sociales desaparecen, disueltas en la tal “sociedad civil”, que pelea en contra del Estado. No toman en cuenta que se trata de un proyecto histórico anticapitalista y antimperialista.
Parece que no se dan cuenta que no se trata de defender un gobierno, sino un régimen y un proyecto histórico.

Entonces, la pregunta esencial del debate que Aurelio, uno de los miembros fundadores –como también lo fue Julio César Guanche– de la directiva de Cuba Posible, de larga trayectoria como intelectual revolucionario, debe hacerse, no para responderme –no me debe explicación alguna–, sino para responderse él solo, es esta: ¿comparte o son compatibles con sus principios, estas posiciones y realidades de partida?

lunes, 7 de agosto de 2017

¿Es que el centro es el centro?

Por Aurelio Alonso

Con el título “Un debate ideológico necesario”, la primera página del Granma del 21 de julio remitía al artículo de su sección de opinión. Pensé que ese enunciado podía abrir el espacio a otros puntos de vista y envié a la Dirección del diario unas líneas, el día 29, las cuales no fueron publicadas ni puedo reconocer respondidas. Pues no se me ocurre identificar una respuesta en el anónimo titulado “El debate, el Arca de Noé y los reclamos al Granma”, irrespetuoso además para mi persona y para otros compañeros, aparecido en el blog Post Cuba, junto a otros textos igualmente acusatorios. Como no había hecho públicas mis líneas al diario, solicito ahora a Silvio que me permita una vez más hacer uso de su espacio Segunda cita para darlas a conocer. La unidad se fortalece tomando en cuenta las discrepancias dentro de la Revolución, y termino preguntándome si no habrá quien se regodee de habernos puesto a pelear en torno a un dilema teórico cuando enfrentamos el más complejo desafío práctico como Nación.
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Fue con un día de retraso que logré leer la entrevista de Enrique Ubieta en el Granma del viernes 7 de julio, y me pasó otro tanto con el artículo de Elier Ramirez del día 21. Confieso que por momentos he sentido deseos de decir que no quiero oír más de centrismo, pero sería meter la cabeza en la arena, como dicen que hace el avestruz. La existencia del centro en política, derivada de la oposición de fuerzas de izquierda y de derecha – conceptos cuya connotación es siempre relativa, sujeta a realidades históricas concretas –, es un hecho desde la transición de las monarquías absolutas al republicanismo burgués o la realeza formal en el siglo XIX europeo. Lo que quisiera añadir ahora es que lo que llamamos el centro es el más borroso de los territorios, pues puede ser caracterizado desde la moderación sistemática, la falta de radicalidad, la prudencia desmedida, la indefinición, la voluntad de permanecer apolíticos, la vacilación o la incertidumbre. Por lo tanto no siempre califica como tendencia. Una característica a tomar en cuenta del centrismo, cuando se le necesita para concertar alianzas, es que suele comenzar distanciándose de la izquierda para terminar barrido por la derecha. Lo delatan actuaciones pendulares. Omar Pérez Salomón, en La pupila insomne, usó una cita de Martí en 1882 para caracterizar retrospectivamente lo que sería, en su criterio, un centrismo autonomista: “soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla”. Pero Martí nunca les llamó centristas.

Una digresión, sin entrar en las respuestas de Ubieta, para señalar una discrepancia con su entrevistador de Cubadebate, en una apreciación que, por ser común, no dejo de considerar errada, y que afecta la mirada global. El mundo no dejó de ser bipolar, solo que se nos despejó la errática noción del bipolarismo Este/Oeste, como primario, para dejar inequívoco el dominio del bipolarismo Norte/Sur, que siempre estuvo ahí. Pienso que, en el fondo, nunca hubo dos mercados en competencia en el mundo, sino que el mercado moderno fue siempre uno, capitalista, a escala global, y que el CAME no pasó de ser una asociación para insertarse en él con condiciones más ventajosas. Su éxito fue relativo, aunque los presupuestos de la coexistencia entre dos sistemas resultaron inconsistentes. Pero este sería otro debate. 

Posiblemente uno de nuestros pecados – que no son de la dimensión de los atribuibles al socialismo soviético aunque tampoco los creo ajenos – ha sido no haberlo entendido antes, aunque no nos faltaran atisbos. Tuvo que derrumbarse el sistema socialista a escala mundial para que la necesidad nos llevara a descubrir que era posible (y necesaria) la asociación con el capital extranjero, la explotación del turismo como fuente de ingresos, la expansión de sistemas de propiedad cooperativa, una comprensión positiva de la autogestión, y la privatización en escala controlada; todo eso sin salirnos de las coordenadas del proyecto socialista. 

Confieso que interrumpí este artículo al ver que Pedro Monreal se había detenido en una oportuna defensa del significado de las estadísticas, y del dato probatorio (y otros puntos en textos igualmente certeros), y Humberto Pérez desmontó, con una síntesis impecable de referencias marxistas estratégicas, la quimera de que el capitalismo no tiene aporte que dar en una transición socialista. Nada que ver en ellos con la superficialidad de imaginar “terceras vías” o “juntar lo mejor del capitalismo y el socialismo” que se atribuye a los centristas camuflados. Estamos hablando de perfeccionamiento socialista, y de los Lineamientos que lo definen a través de las discusiones de muchos de nuestros propios criterios. Posteriormente apareció también un artículo –convincente por su rigor– de Julio César Guanche sobre el centrismo. Todo ello en el sitio web Segunda cita, donde debemos agradecer la solidaridad de Silvio Rodríguez al acoger las respuestas polémicas desde temprano, sin dejar de tomar posición con sus criterios personales.

Al igual que el día 7, el viernes 21 me sorprendió de nuevo Granma, dedicando completa la página de opinión a una contra-riposta de Elier, sin que se hubieran hecho llegar igualmente al lector las opiniones discrepantes que acabo de aludir, todas ellas incuestionables por su seriedad como por su perspectiva revolucionaria. Sin precisar a quienes responde, Elier habla de una “maquinaria de fango” (sic), de “improperios y manipulación” que yo no he hallado en los autores citados, y si se trata de otros autores habría que nombrarlos y no dejar acusaciones en el aire. De ningún modo dejarlos confundidos con la polémica de argumentos. También alude sin más datos a quienes “antes fueron defensores a ultranza del dogma y ahora se presentan como abogados de la mayor pluralidad de ideas…”. Bueno, solo puedo decir que la evolución a posiciones críticas de una inteligencia que se inició dogmática, al igual que la de un reformista que se radicaliza – sea uno u otro el caso– me motiva casi siempre reconocimientos, nunca reproches.

No excluyo que Elier se haya sentido ofendido; no lo he leído todo y no puedo saber si alguien incurrió en “improperios”, como dice. Pero en todo caso dudo que sean más graves que las acusaciones arbitrarias de desviarse, de manera intencional o por ingenuidad, del curso socialista, que Ubieta y él han lanzado con impunidad, hacia quienes no compartimos los criterios que les animan en este debate. A quien pueda seguir las dos posiciones en discusión – para lo cual, hasta ahora, tiene que entrar en Internet, porque Granma solo ha propiciado una mirada – se hace más fácil discernir quienes “eluden [verdaderamente] lo esencial del debate”, y cómo lo eluden.

Decir que “la fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero” – como afirmó Ubieta en la entrevista de marras – es válido, pero insuficiente, pues el centrismo no se define así. No obstante, de lo que se trataría aquí es de explicar cómo funciona al interior del socialismo; del nuestro específicamente. Situados ya en este plano, afirma que el centrismo “se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución”. Dicho en abstracto puedo compartir esa afirmación. Pero cuando en 2005 Fidel lanzó la dramática advertencia de que la Revolución no podía ser derrotada por el enemigo pero que existía el peligro de que la hiciéramos fracasar nosotros mismos, se refirió de manera explícita a la corrupción, no al centrismo. Aunque no excluyo que podamos ver también en la complacencia hacia el acomodo, la indolencia, el inmovilismo, la incompetencia tolerada, el oportunismo, la búsqueda de beneficios en los cargos públicos y todas las anomias que distorsionan los dispositivos de la administración socialista, una manifestación del centrismo. Una más íntima, que no se genera en estrategas de Washington. Ahí están los circuitos más generalizados de corrupción que afectan al sistema cubano, donde el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero, el robo de bancos, el terrorismo, la prostitución infantil, el tráfico de personas no existen o no alcanzan (todavía) una magnitud que pueda desordenar la sociedad (o reordenarla en consonancia con la aquiescencia imperial).

Pero no es ese el centrismo que parece preocupar a Ubieta y a Elier, sino la proximidad, real o aparente, de una corriente crítica, proyectada al cambio, con objetivos reformistas de corte socialdemócrata. Y tampoco es para subestimarlo.

Les preocupa que, con la generación histórica de la revolución envejecida, el 80% de los cubanos vivos – ellos mismos incluidos – no han vivido el capitalismo. En ese 80% se proponen distinguir los dispuestos a impedir que los planos del pasado nacional retornen a nuestra Isla, de los que querrían la restauración de la burguesía. ¿Pero cómo definir “el centro” simplemente a partir de la acusación a personas o a iniciativas institucionales dentro de la sociedad civil? ¿Y piensan que el peligro advertido por Fidel en 2005 se desvaneció solo?

Por cierto, aprovecho para recordarle a Ubieta que en el asesinato de Olof Palme, socialdemócrata amigo, en febrero de 1982, no puede verse, como él afirma, un hecho sucedáneo a la desarticulación de la Unión Soviética, que ocurrió casi una década después.

El problema es que la polémica que se ha abierto ahora no me parece dirigida realmente contra el centrismo sino contra el ejercicio de la crítica y la disposición de polemizar desprejuiciadamente, en el momento en que nuestra revolución más lo necesita y cuenta con más madurez para hacerlo.

Me he decidido a retomar estas líneas después de leer el día 21 “Tarjeta roja para el ‘centro’: respuesta a Elier Ramírez” de Monreal, por la carta enviada a Granma por Fidel Vascós, que el diario publicó solo en su página digital, y el comentario de Humberto Pérez sobre la asimetría en la difusión de este debate entre revolucionarios. Ninguna de estas notas ha llegado al gran público.

Hago llegar estas líneas a la dirección de Granma con la solicitud expresa de que aparezcan en la edición impresa, ya que ninguno de los textos omitidos – más importantes que lo que aquí expreso – han sido publicados en el diario. Lo hago porque creo, personalmente, que lo que se dirime en este debate –aun si quedara limitado solamente a dejar el problema expuesto con claridad –es de un talante que rebasa el marco de los planteos teóricos, y toca al dilema práctico de hacer sostenible (o sustentable, como prefiera decir cada cual) nuestro proyecto socialista.

Reconozco que tiene razón Elier, cuando afirma, al final de su último artículo, que “el tiempo se ocupará en definitiva de sacar a flote la verdad y colocar a cada quien en su verdadero lugar”.

28 de julio de 2017.

jueves, 6 de julio de 2017

¿Es posible unir lo mejor del capitalismo y el socialismo? Responde Enrique Ubieta (+ Video)

Por: José Raúl Concepción
El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en ela sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en la sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.

Cuando el mundo era bipolar, alguien dijo lo que suena a obviedad: “juntemos lo mejor del capitalismo y el socialismo en un solo sistema“. Si cada uno tiene sus defectos y virtudes por qué no desechar lo inútil. La idea es atractiva, sería algo así como la sociedad idílica. Pero qué impide realizarla ¿Por qué se sigue hablando de capitalismo y socialismo? Detrás de aquella obviedad habita otra: no puedes sacar lo mejor del capitalismo como si se tratara de una fruta que se dañó al caer del árbol. Las virtudes de ese sistema se sustentan en sus defectos.
Al parecer la idea no era lo que prometía y continúan las mismas opciones: o mantienes el modo de vida que daña cada rincón de este planeta o buscas una alternativa que solucione los problemas desde la raíz.
En la política, como en la vida, estar en el centro resulta complicado. Sin embargo, existe el funambulismo.
Cubadebate conversó sobre el Centrismo Político con el intelectual cubano, Enrique Ubieta, quien a preguntas sencillas respondió con disertaciones sobre la historia, vigencia y posible aplicación en Cuba de la llamada Tercera Vía.
–¿Es posible que el centrismo represente lo mejor del capitalismo y el socialismo?
–El capitalismo no es una suma de aspectos negativos y positivos, de elementos que pueden ser rescatados o desechados: es un sistema, que en algún momento fue revolucionario y hoy no lo es. Lo engloba y lo encadena todo: la alta tecnología, la más sofisticada riqueza y la miseria más absoluta. Los elementos que contribuyen a una mayor efectividad en la producción son los mismos que enajenan el trabajo humano. Los que generan riqueza para unos pocos, producen pobreza para las mayorías, a nivel nacional e internacional. Me parece una falacia establecer semejante meta: no existe “lo mejor del capitalismo”, como si este pudiera ser depurado, como si un capitalismo bueno fuese factible. Hay versiones muy malas, como el neoliberalismo o el fascismo, pero no conozco ninguna buena. El capitalismo siempre es salvaje.
Por otra parte, el socialismo, a diferencia del capitalismo, no es una totalidad orgánica, una realidad ya construida, sino un camino que no deja atrás de golpe al sistema que intenta superar. Probamos por aquí y por allá, adoptamos nuevas formas, avanzamos y retrocedemos, eliminamos lo que no resulta, rectificamos los errores una y otra vez; un camino hacia otro mundo, en medio de la selva, porque el capitalismo es el sistema hegemónico. Lo que lo caracteriza es su intención confesa, consciente, de superar al capitalismo.
¿Existe un centro? ¿Sobre qué bases se establece? En el sistema electoral capitalista supuestamente existe una izquierda y una derecha, pero esa izquierda, cuya matriz ideológica es la socialdemocracia, que en sus orígenes era marxista y pretendía reformar el capitalismo hasta hacerlo gradualmente desaparecer, hoy es funcional al sistema, y ha renegado del marxismo, y se diferencia de los partidos conservadores en sus políticas sociales y en su comprensión desprejuiciada de la diversidad. La fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero. El elector –que se maneja como un cliente porque las elecciones funcionan como si fueran un mercado– está harto de que los partidos de derecha y de izquierda se alternen y apliquen políticas similares, y el sistema construye entonces una falsa tercera vía.
Pero los polos reales no están dentro de un sistema, se contraponen: son el capitalismo y el socialismo. No existe un centro, un espacio neutro entre los dos sistemas. La socialdemocracia se ubica dentro del capitalismo, pero finge ser un centro, que intenta hacer lo que declaramos imposible: tomar lo mejor de uno y otro sistema. En realidad, provoca una alternatividad de métodos, no de esencias. Más allá de casos muy aislados, como pudo haber sido Olof Palme en Suecia, que vivía en un país muy rico, que aún sin haber tenido colonias, como parte del sistema capitalista, también se benefició del sistema colonial y neocolonial.
La socialdemocracia, que parecía ser la triunfadora, dejó de tener sentido cuando cayó la Unión Soviética y desapareció el Campo Socialista. Ni siquiera en Suecia pudo mantenerse (Olof Palme fue asesinado). A partir de entonces, el sistema ya no la necesitó y tiene que recomponerse. La Tercera Vía de Tony Blair es un centro que se ha corrido todavía más hacia la derecha: acepta e instrumenta una política neoliberal y se alía a las fuerzas imperialistas en sus guerras de conquista. La historia de la socialdemocracia es esencialmente europea.
¿Qué papel podrían tener las políticas de centro en Cuba?
En definitiva, ¿qué es ese centro? Es una orientación política que se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución.
Y en otros casos, como el nuestro, intenta usar la cultura política de izquierda que existe en la sociedad cubana porque no puedes llegar aquí con un discurso de ultraderecha a tratar de ganar adeptos. Tienes que usar lo que la gente interpreta como justo y con ese discurso de izquierda empezar a introducir el capitalismo por la puerta de la cocina. Ese sería el papel que podría tener el centro dentro de una sociedad como la cubana.
Enrique Ubieta, director de la revistas cubanas "Cuba Socialista" y "La Calle del Medio", explica la historia de las políticas de "centro" y sus objetivos en Cuba. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
Enrique Ubieta explica la historia de las políticas de “centro” y sus objetivos en Cuba. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
Con diferentes terminologías y contextos, políticas similares al centrismo han estado presentes en la historia de Cuba desde que el Autonomismo intentara detener la Revolución independentista de 1895… ¿Por qué cree usted que hay una especie de resurgimiento del centrismo en Cuba en el contexto actual?
En la historia de Cuba está muy clara esa división de tendencias entre el espíritu reformista y el revolucionario. Es una vieja discusión en la historia del marxismo, pero solo voy a referirme a la tradición cubana.
El reformismo está representado por el autonomismo y por el anexionismo. Hay autores que insisten en decir que el anexionismo aspiraba a una solución radical, porque quería la separación de España. Aquí el término “radical” está mal usado, porque no se iba a la raíz del problema. La solución de anexar el país a los Estados Unidos era solo en apariencia radical porque pretendía conservar los privilegios de una clase social y evitarle además el desgaste económico de una guerra por la independencia, conservar el statu quo a través de la dominación de otro Poder que garantizara el orden. Las dos tendencias, el anexionismo y el reformismo, tenían como base la absoluta desconfianza en el pueblo. El miedo a “la turba mulata”, como decían los autonomistas.
El reformismo entreguista ha permanecido a lo largo de la historia de Cuba hasta nuestros días, no se ha extinguido. La Revolución de 1959 lo barrió como opción política real, pero la lucha de clases no ha desaparecido. Si la burguesía o la que aspira a serlo, intenta retomar el poder en Cuba, tanto la que se ha formado fuera del país como la que pueda estar gestándose dentro, va a necesitar de una fuerza exterior que la respalde.
En Cuba no habría un capitalismo autónomo, no existe ya en ninguna parte del mundo, menos en un país pequeño y subdesarrollado. El capitalismo cubano, como en el pasado, solo puede ser neocolonial o semi-colonial. La única forma que tiene la burguesía de retomar y mantener el poder en Cuba, es a través de un poder externo; es la única opción para reproducir su capital, y ya sabemos que la Patria de la burguesía es el capital.
Hoy existe una situación que favorece este tipo de tácticas centristas, sembradas en Cuba desde el Norte. Termina su ciclo histórico-biológico la generación que hizo la Revolución. Alrededor del 80 por ciento de la sociedad cubana no vivió el capitalismo. Imagínate, Cuba es un país que intenta construir una sociedad diferente a otra que la gente no vivió. Hay una situación de cambio y se introducen nuevos elementos, antes rechazados, en la concepción del modelo económico-social. Es en ese contexto que las fuerzas procapitalistas construyen su discurso seudorevolucionario, solo en apariencia, enlazado a los cambios que se operan en el país.
¿La Actualización del Modelo Económico y Social Cubano tiene alguna semejanza con el Centrismo?
No la tiene. Apelo a conceptos que hallé en el filósofo argentino Arturo Andrés Roig. Es imprescindible diferenciar dos planos: discurso y direccionalidad discursiva, significado y sentido. Recuerdo que mientras estudiaba la década de 1920, observaba que Juan Marinello y Jorge Mañach decían casi lo mismo, manejaban conceptos muy similares, porque eran intelectuales que estaban en la vanguardia del pensamiento y el arte cubanos. Pero si sigues la trayectoria de ambos, comprenderás que aquellas palabras con significados similares tenían sentidos diferentes. Marinello se integró al Partido Comunista y Mañach fundó un partido de tendencia fascistoide. Uno peleaba por la justicia social y el socialismo, mientras que el otro deseaba tardíamente convertirse en el ideólogo de una burguesía nacional que ya no existía. No creo que esa ruptura sea solo el resultado de una evolución posterior: ya estaba implícita en la diferente direccionalidad histórica de sus discursos.
Es importantísima esa diferenciación de sentidos, hoy más que nunca, porque vivimos en un contexto lingüístico muy contaminado, promiscuo, en una sociedad global que ha asimilado el discurso e incluso los gestos tradicionales de la izquierda, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial. La lucha de clases se enmascara, y es preciso desentrañar a quienes sirven nuestros interlocutores.
¿Qué se proponen los Lineamientos? Buscar una vía propia, alternativa, para avanzar hacia el socialismo, ya que no existe ningún modelo universal y cada país y cada momento histórico son peculiares. Un socialismo cubano equivale a decir un camino cubano hacia una sociedad diferente a la capitalista, en un mundo hostil, desde la pobreza, el bloqueo implacable y la ausencia de recursos naturales, si exceptuamos el conocimiento de sus ciudadanos.
Esa es la situación real de Cuba. Nos proponemos mantener y profundizar la justicia social alcanzada, y para ello debemos dinamizar las fuerzas productivas. Por eso establecemos límites a la acumulación de riquezas y propiedades, y nos preocupamos por los mecanismos de control de esos límites. En sentido inverso, los centristas, con lenguaje parecido al nuestro, sugieren que hemos abandonado el ideal de justicia social, pero exigen una profundización de esos cambios que conduciría al desmantelamiento de lo mínimamente conseguido en términos de justicia. La “profundización” que exigen los centristas, tanto desde el punto de vista económico como político, es una vuelta al capitalismo. Pueden y deben ser escuchadas las opiniones críticas y divergentes en nuestra sociedad, pero todas deben apuntar hacia un mismo horizonte de sentido.
Cuando alguien dice que el socialismo no ha logrado erradicar la corrupción o la prostitución, yo me entristezco porque sé que es verdad. Pero al mismo tiempo habría que preguntar: “¿el capitalismo qué haría con eso?” Lo multiplicaría. Cuando la acusación no conlleva un camino hacia el afianzamiento del sistema que tenemos en el país –el único que puede subsanar sus defectos, insuficiencias y errores–, sino hacia su destrucción, la crítica es contrarrevolucionaria.
Porque no todo lo que hagamos estará bien; nos vamos a equivocar, eso es seguro. El que camina se equivoca. Lo importante es tener la capacidad para rectificar y tener claro el sentido de lo que estamos haciendo, para qué lo hacemos. Si en algún momento perdemos el rumbo, habrá que consultar la brújula que marca el sentido. Que todo lo que podamos hacer ahora, y lo que discutamos, esté marcado por la clarificación de qué queremos y hacia dónde vamos.
El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en ela sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en ela sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
¿Se puede ser centrista y revolucionario al mismo tiempo?
No, en absoluto. Un reformista no es un revolucionario. Lo que no significa que un revolucionario no pueda hacer reformas. Los revolucionarios hicimos la Reforma Agraria, la Urbana… Ser reformista es otra cosa.
El reformista confía en las estadísticas y en descripciones exhaustivas de su entorno que terminan haciéndolo incompresible. Una descripción minimalista de las paredes de esta habitación no nos permitiría entender dónde estamos, porque este cuarto está en un edificio, en una ciudad, en un país, es decir, la descripción, para ser útil, presupone una comprensión mayor. Hay que alzarse en vuelo de cóndor para ser revolucionario, que es lo que Martí exigía.
El reformista es descriptivo –cree que la realidad se agota en lo que ve y toca–, por eso se confunde y falla. En la política, el reformista solo puede sumar los cuatro elementos visibles del entorno social. El revolucionario añade un quinto elemento subjetivo no detectable a simple vista. Un elemento que el reformista no toma en cuenta, porque no confía en el pueblo. Podemos resumir ese quinto elemento en el histórico reencuentro en Cinco Palmas de los ocho sobrevivientes del desembarco del Granma, dicho en palabras de Raúl: “Me dio un abrazo y lo primero que hizo fue preguntarme cuántos fusiles tenía, de ahí la famosa frase: ‘Cinco, más dos que tengo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!’. Es el salto sobre el abismo que pedía Martí.
Eso es lo que diferencia a un revolucionario de un reformista. Y un centrista es algo peor que un reformista, porque de alguna manera es un simulador.
En la tradición europea toda esa trama conceptual, teórica, política que se fue urdiendo desde el siglo XIX le otorga cierta espesura a los debates. En Cuba esos debates manifiestan su trasfondo de forma mucho más evidente. Y toda esa palabrería de juntar capitalismo con socialismo, de quedarte en un plano discursivo revolucionario, pero en la práctica contrarrevolucionario, de alguna manera, a mi modo de ver, también evidencia cierto nivel de cobardía, cierta incapacidad para liderar un proyecto en el cual crees. Esas personas creen en un proyecto que es opuesto al nuestro, pero no tienen la fuerza política ni la valentía suficiente para enarbolarlo abiertamente.
"El capitalismo no es una suma de aspectos negativos y positivos, de elementos que pueden ser rescatados o desechados: es un sistema, que en algún momento fue revolucionario y hoy no lo es"., explica Ubieta. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.
“El capitalismo no es una suma de aspectos negativos y positivos, de elementos que pueden ser rescatados o desechados: es un sistema, que en algún momento fue revolucionario y hoy no lo es”., explica Ubieta. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.

En video, fragmento de la entrevista con Ubieta

viernes, 23 de junio de 2017

Tercera opción en Cuba: El drama de los equilibristas.


Por Raúl Antonio Capote
Un poco de historia
Surgida en Inglaterra como intento por enmascarar y atenuar la depredación capitalista, acelerada tras la caída de los proyectos socialistas en Europa del Este, la doctrina de la tercera vía no ha generado, como profetizaron sus gurúes, las condiciones para que los millones de pobres del mundo sobrevivan, produzcan y consuman; se ha generado, eso sí, un deterioro brutal de las condiciones de vida, más pobreza, más insalubridad, más inseguridad.
Los representantes de llamado centrismo en Cuba, que se presentan como una tercera opción, una vía intermedia entre el capitalismo y el socialismo, etc., tratan de demostrar con una serie de sofismas, lo inoportuno de la vía revolucionaria, niegan, como negaron a finales del XIX los Autonomistas, a la Revolución.
Palabras nuevas para principios viejos, la misma fórmula se intentó para mediatizar la Revolución a finales de los 50 y a principios de los 60, finiquitaba la década del 80 cuando se intentó utilizar movimientos artísticos con propuestas estéticas emergentes, para fomentar el discurso de la tercera opción. Con este fin se utilizaron becas internacionales que existían para otros propósitos y se intentó confundir y sobre todo dividir en momentos sumamente complejos, en que el llamado Socialismo Real en Europa del Este hacía aguas, a sectores de la joven intelectualidad artística y literaria de entonces en la Isla.
El hilo de la trama
El 14 de mayo del 2004 a las 16:00 horas se reunieron en la residencia de un funcionario estadounidense, destacado en la Sección de Intereses de los Estados Unidos en la Habana (SINA), Francisco Sáenz, un grupo variopinto de funcionarios yanquis, funcionarios diplomáticos de países aliados del gobierno de los Estados Unidos y oficiales de la CIA. Invitado especial, el profesor universitario y escritor, Raúl Capote.
Apenas una hora antes el pueblo cubano había marchado frente a la SINA en protesta por el endurecimiento de la guerra económica contra Cuba y las amenazas del Presidente de los EE.UU., George W. Bush. Diez años después, un Presidente de ese país reconocía la derrota de la obsoleta política e intentaba lo mismo de “otra manera”, la lógica indicaba el fin del garrote y la administración Obama apostaba a proyectos como Génesis. Cuba Posible, etc.
En la residencia yanqui celebraban las medidas de Bush, sin embargo, se hablaba de la posibilidad de un cambio de estrategia para acabar con la Revolución, en caso de que fallaran los planes de la administración Bush, como alguno de los presentes vaticinaba. La Guerra contra la generación histórica estaba perdida, decía uno de los invitados, había que probar otras opciones, el camino de la concertación al modo chileno, por ejemplo, o la transición estilo España.
Francisco Sáenz hablaba de un nuevo camino que debían emprender hombres como Capote, intelectuales, gente de la cultura y la academia, no comprometida con la contrarrevolución tradicional, se manejaron varios nombres y la posibilidad de articular un camino que fuera aceptado por la mayoría del pueblo. Debemos trabajar por preparar las condiciones, para cuando no estén Fidel y Raúl Castro, fue el consenso general.
El “nuevo camino”, trece años después de las medidas de Bush para rendir a Cuba por hambre, regresa al lenguaje de las cavernas en boca de otro presidente: Donald Trump.
Bajo la mirada del águila
De ese primer encuentro se derivaron muchos otros, Kelly Keiderling, por aquel entonces Jefa de Prensa y Cultura de la SINA,  presente en la reunión de casa de Francisco Sáenz comenzó a organizar con Capote,  tertulias que permitieran reunir a intelectuales y artistas no comprometidos abiertamente con la contrarrevolución, el “gancho” sería  debatir temas sobre la realidad cubana.
Katrin Hansing, presentada siempre como amiga de Kelly y condiscípula de la Universidad de Georgetown, tenía la misión de convocar a esas tertulias a un conocido profesor universitario, hoy devenido además en “reformador constitucional”, “propulsor” de cambios constitucionales, etc., incluso de una nueva Constitución,  quien era anunciado como gran amigo de ellas, sobre todo de Katrin. A las reuniones asistían, entre otros, colaboradores y editores de publicaciones religiosas, como Espacio Laical y Vitral.
Aquellas tertulias no dieron el fruto esperado por la baja asistencia de los invitados y por lo comprometedor del lugar, la residencia de Kelly. Surgió la idea de crear una Agencia Literaria, que fuera reconocida por el Ministerio de Cultura, una organización independiente abierta para todos, que permitiera reunir a escritores y artistas para el “intercambio libre de ideas” y así crear la base intelectual necesaria para proyectos futuros.
EL Proyecto Génesis
En el 2007 nace el proyecto Génesis, proyecto de la CIA dirigido fundamentalmente a la juventud cubana[1] y los sectores revolucionarios.
Génesis debía dar sus frutos en un periodo calculado entre unos 10 o 15 años y salir a la luz, en un escenario propicio, donde ya no estarían los principales líderes históricos de la Revolución. Las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones e Internet, jugarían un papel fundamental para la promoción de contenidos y para la movilización.
Se debería construir un entramado de líderes plantados en centros económicos, políticos y sociales del país. Acoto como interesante que en el proceso de captación de aspirantes a las becas de liderazgo promovidas por Génesis, se debía priorizar a los cuadros juveniles de la UJC y la FEU en la Universidad.
Estamos hablando de una organización “sembrada” en las universidades, que debía estar integrada por jóvenes estudiantes y profesores, vinculada, mediante programas de extensión universitaria, auspiciados y financiados subrepticiamente por el enemigo, con proyectos artísticos, académicos, culturales y sociales en las comunidades. Con soporte técnico garantizado, en un país que debía tener, como resultado de una intensa guerra cultural, una masa crítica de personas a las que no les interesara la Revolución.
Génesis debía presentarse, como opción nacionalista, nacida no para destruir el socialismo, sino para “modernizarlo”, para enrumbar al país por caminos “actuales” acordes con lo más “granado” del pensamiento europeo y latinoamericano, una tercera vía, que tenía como objetivo central destruir la unidad del país, sembrar la confusión y propiciar el caos.
Un pequeño detalle, esta organización nacionalista, tenía en su organigrama, dos comités uno ejecutivo y uno consultivo, el ejecutivo integrado por cubanos y el consultivo por estadounidenses, no se podía tomar ninguna decisión sin la aprobación del consultivo.
Después de la denuncia
En abril del 2011, como parte de la denuncia pública conocida como Las Razones de Cuba, el engendro no pudo nacer. La base social integrada por jóvenes descreídos no apareció por ninguna parte, se les hizo bien cuesta arriba encontrar líderes y formar a los nuevos cuadros, los jóvenes más valiosos del país, estaban y están con la Revolución.
Se dieron a la tarea de reorganizar el trabajo. Ted Henken en el 2011 realizó una exploración de la blogósfera cubana, identificando posibles aliados, buscó brechas, estudió candidatos. Su cartografía de la blogósfera cubana provocó un fuerte debate en la redes.
Por esta fecha, comenzaron a crearse en el país plataformas digitales con tendencia centrista, administradas por estudiantes, profesores universitarios, profesionales de las comunicaciones, etc.,  vinculados  a cursos financiados por ONG, a programas y becas internacionales, a planes de intercambio académico y otros programas financiados por empresas y medios de prensa privados.
Los ex editores de Espacio Laical Roberto Veiga y Lenier González, fundan la entidad “Cuba posible”; y a solo semanas de fundada “Cuba posible” organizan un gran evento “académico” en los EE.UU. Todo a una velocidad increíble.
El 26 de mayo del 2016 Open Society Foundations acogió en su sede de New York al “Laboratorio de Ideas” Cuba Posible. El evento neoyorquino, financiado por la Fundación Ford y Open Society, versó sobre “los desafíos actuales de Cuba”. La  misma Open Society de George Soros, el millonario filántropo de las Revoluciones de Colores y los Golpes Suaves, el genocida tras telón de Ucrania, Venezuela, etc.
La nueva estrategia del Imperio articuló un brazo mediático, formado por plataformas que promueven una tercera  opción, plataformas a las que buscan sumar líderes intelectuales, periodistas y académicos de nuestras instituciones, atraer a un público cada vez mayor utilizando un lenguaje y códigos atractivos, contenidos que construyen una conexión sensitiva y emotiva con el público.
Usan herramientas popularizadas en el mundo del marketing, como el storytelling, para lograr una mayor empatía con el público.
Ante el fracaso de las viejas fórmulas, ante la derrota de los mejores planes elaborados por los laboratorios de subversión del enemigo, apuestan a mover las hormas de la ideología revolucionaria al centro, sumar los más a la ambivalencia ideológica, cómoda y oportunista y desde una posición de aparente neutralidad socavar los pilares de la Revolución.
Promueven la indefinición ideológica, el abandono de los principios, la falta de compromiso y la inacción política. Se proclaman de izquierda y nacionalistas, permanecen dentro de las instituciones, académicas, culturales, científicas, de los medios de comunicación -a los que denigran y tildan de oficialistas-, pero siempre en contra del Estado Socialista, del Partido Comunista de Cuba y su tradición revolucionaria antimperialista.
Su gran dilema: necesitan una masa crítica de pueblo alejado de los principios de la Revolución y eso no ha ocurrido, la inmensa mayoría del pueblo opta por el camino socialista, junto al Partido Comunista de Cuba, dispuestos a cambiar todo lo que tenga que ser cambiado, menos su alma o desde su alma, el alma soberana de Cuba, forjada en años de experiencia histórica, profundamente martiana y fidelista.
La tercera opción, que es siempre por su esencia, contrarrevolucionaria, ha sido la herramienta más utilizada históricamente cuando los poderosos del mundo sienten que el “piso se les mueve” bajo los pies, cuando necesitan amansar la marea revolucionaria. En Cuba, la ven hoy, dentro de la nueva estrategia imperial, como un plan B posible para derrotar a la Revolución desde dentro, los nuevos autonomistas, que comparten el horror a la “Absoluta”[2] de sus predecesores del XIX, esperan confundir lo suficiente, marear al público desde la cuerda floja, donde se balancean, avanzan y retroceden, según las señas que les hacen desde el norte.
La tercera opción, el centrismo cubano, fue creado en los tubos de ensayo de los centros de subversión del enemigo, sus líderes, reciclados, maquillados ante la difícil tarea de buscar nuevos aliados con cierto valor, se criaron bajo la sombra del águila calva, su esencia les denuncia.
[1] Ver libro Enemigo de Raúl Antonio Capote, editorial José Martí, La Habana, Cuba, 2012.
[2] Independencia Absoluta.