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viernes, 16 de septiembre de 2016

Ser revolucionario en Cuba, hoy.

 Por Enrique Ubieta Gómez







¿Qué significa ser revolucionario? Los estudiosos del marxismo saben que en sus orígenes, el partido socialdemócrata se fracturó: los reformistas, cada vez más alejados de las concepciones de Marx, se quedaron con el nombre y los revolucionarios crearon el partido comunista. La polémica “reforma vs. revolución” tiene una larga historia. Ahí están los textos de Lenin, de Rosa Luxemburgo, entre otros.




Pero la definición o la opción revolucionaria, y su existencia práctica, no son exclusivas de un partido o de una clase social, aunque sí de una época. Porque los burgueses fueron revolucionarios en su momento. Y el movimiento anticolonial en la era del imperialismo tuvo por lo general un carácter revolucionario. José Martí creó el Partido Revolucionario para lograr la independencia de Cuba, y dicen que hablaba de la revolución necesaria que habría de iniciar una vez alcanzado el poder. Por eso, me gusta hacer referencia a la tradición cubana del término. Cintio Vitier, por ejemplo, asumiendo los riesgos reductores de cualquier agrupamiento, establece dos tendencias “espirituales” en el último tercio del siglo XIX: la revolucionaria (independentismo, modernismo literario, antievolucionismo) y la reformista (autonomismo, preceptismo literario, evolucionismo positivista).


Lo cierto es que Revolución es Creación, salto sobre el abismo, o sobre el muro de la aparente imposibilidad –“seamos realistas, hagamos lo imposible”, decían los estudiantes parisinos del 68–, mirada de cóndor, pero es sobre todo una toma de partido “con los pobres de la Tierra”. Si tomamos a José Martí como modelo de revolucionario, observaremos en él tres características que se repiten en Fidel Castro:


1. Opción ética antes que teórica: se adopta una teoría para luchar contra la explotación, y no a la inversa. Es vocación de justicia social. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, escribía Martí. “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, acotaba Ernesto Che Guevara. “Es precisamente el hombre, el semejante, la redención de sus semejantes, lo que constituye el objetivo de los revolucionarios”–ha dicho Fidel. El poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton se burlaba de las posiciones esnobistas de la pequeña burguesía en estos versos:


Los que
en el mejor de los casos
quieren hacer la revolución
para la Historia para la lógica
para la ciencia y la naturaleza
para los libros del próximo año o el futuro
para ganar la discusión e incluso
para salir por fin en los diarios
y no simplemente
para eliminar el hambre
para eliminar la explotación de los explotados.


Hay revolucionarios que desconocen la teoría marxista. Y hay académicos marxistas muy conocedores de cada texto, de cada frase de Marx, que jamás han salido a la calle, que son incapaces de sentir, de vibrar, con el dolor o el júbilo ajenos, que no militan; esos académicos “marxistas” no son revolucionarios. Tampoco son continuadores de Marx. Uno de los resortes formadores y auspiciadores de una Revolución, es la solidaridad.


2. Radicalidad en la comprensión y en los actos; el revolucionario busca la raíz del problema, aún cuando no pueda extirparla de inmediato, aún cuando se equivoque al señalarla, y pasa rápidamente a la acción. A diferencia del reformista, no pretende mitigar el dolor o enmascararlo, sino eliminar la enfermedad.


3. El revolucionario es una persona de fe. No en el sentido religioso. Ninguna declaración mejor que la que hace Martí (otra vez Martí) a su hijo, en la dedicatoria del Ismaelillo: tengo, le dice, “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. Fe en el pueblo, en sus capacidades. El revolucionario entiende los límites aparentes de lo posible, y los trasgrede, porque cree en el pueblo. En esto también se diferencia el reformista, que por razones de clase desconfía o subestima al pueblo. Creer, no es extirpar la duda; los revolucionarios vivimos la angustia de la duda, que es la del conocimiento. Sin embargo, el cínico es contrarrevolucionario, aunque no lo sepa.


Algunos ideólogos de la contrarrevolución reducen la actitud revolucionaria al acto violento, al uso de las armas. Como si las revoluciones armadas no ocurrieran en respuesta a la violencia del poder burgués. Ser un radical –ir a las raíces–, no es optar por la violencia. En su afán por desideologizar hasta el mismísimo concepto de revolución, pretenden hacer pasar como acciones revolucionarias las revueltas violentas de los politiqueros de la seudo república, que querían hacer valer el poder personal. Ni siquiera los antimachadistas o antibatistianos eran necesariamente revolucionarios. Y contraponen el socialismo revolucionario al que llaman “democrático” (socialdemócrata), porque aquel no respeta el orden burgués. El socialismo no solo puede, sino que debe ser democrático, aunque no en el sentido que el sistema capitalista otorga al término. Debe y puede ser más participativo, más inclusivo, más solidario, más representativo. Debe y puede defender la individualidad, no el individualismo, porque el socialismo es el único camino capaz de transformar a las masas en colectivos de individuos.


Ciertas cualidades o virtudes éticas constituyen el fundamento o la base sobre la que se erige un revolucionario. Pero es una ética esencialmente política, social, no privada, que no puede vaciarse o desligarse de las contradicciones fundamentales de la época. No se es revolucionario con respecto a los intereses personales, sino de cara a la sociedad. Hay personas conservadoras –por razones biográficas, y quién sabe si hasta por razones genéticas–, que repelen los cambios bruscos, la incertidumbre de lo nuevo, que disfrutan el orden y la rutina. No son contrarrevolucionarias. En sus Palabras a los intelectuales (1961), Fidel Castro decía: “Nadie ha supuesto nunca que (…) todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Ser revolucionario es también una actitud ante la vida, ser revolucionario es también una actitud ante la realidad existente (…)”. Y agregaba más adelante: “Es posible que los hombres y las mujeres que tengan una actitud realmente revolucionaria ante la realidad no constituyan el sector mayoritario de la población; los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos todo el pueblo (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo; a contar, no sólo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos que aunque no sean revolucionarios, es decir, que aunque no tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con ella. La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.


Allí donde una Revolución ha triunfado, el adjetivo –que en el globalizado mundo del oficialismo burgués suele endilgarse como insulto–, se convierte en elogio. Una persona es trabajadora, “buena gente” y revolucionaria. La cotidianidad puede descontextualizar el sustrato rebelde y el significado político del término y reducir la condición del revolucionario a la honradez o a la decencia. A veces, puesto que la Revolución ha tomado el poder, se identifica con el buen comportamiento o la corrección. Decimos: “en el fondo él (ella) es revolucionario(a)”, como si dijéramos que, más allá de sus apariencias, “es una persona noble”. Y creemos que el niño o el joven “más revolucionario”, es el que “se porta bien”. De cierta forma, el calificativo se aburguesa. Esto parece casi inevitable, pero no lo es: una Revolución en el poder necesita establecer su “normalidad”, su gobernabilidad. Defenderse como poder político es la premisa de cualquier poder político, mucho más cuando se trata de un contrapoder acorralado por el Poder Global –que no solo acecha en el plano físico (material, militar), sino también en el espiritual, en el ámbito de la reproducción de valores–, y su normalidad es una “anormalidad” fuera de sus fronteras geográficas. Ser revolucionario es participar en la consolidación del gobierno revolucionario, establecer un frente común con ese gobierno, para defender cada conquista y establecer las nuevas metas, aún cuando los grados de participación en la determinación de esas metas son aún insuficientes o se ejercen de manera formal. La democracia socialista, esencialmente superior, tiene todavía un largo camino por recorrer. Ser revolucionario también es participar desde la crítica comprometida. Criticar no es enunciar un hecho cierto, es actuar sobre él, empujarlo hacia su solución. Lo que otorga veracidad y justeza a una crítica no es el hecho enunciado, es su sentido. Si se desideologiza la crítica, se deshuesa, y se falsean sus enunciados.


De manera imperceptible, ocurre un lento proceso de separación o destilación del contenido “rebelde” que toda actitud revolucionaria presupone. Esto no es bueno. Vienen entonces los que enarbolan la rebeldía y la contraponen al ser revolucionario –vieja aspiración de la subversión imperialista: promover la rebeldía antirrevolucionaria, lo que significa decir, que los rebeldes sean antirebeldes, que aspiren a ser “normales”, inconformes frente a la rebeldía y conformes frente a la enajenación global–, o en sus antípodas, aquellos que consideran que el ser rebelde es el verdadero ser revolucionario. Estos últimos pueden perder el sentido de orientación, porque la rebeldía a secas, habitualmente manipulada por el mercado capitalista, tiene una larga historia de convivencia y a veces de connivencia con el capitalismo. La rebeldía juvenil no es ni puede ser enemiga del espíritu revolucionario; ser revolucionario es la forma superior de ser rebelde. Sin la inconformidad que propicia la rebeldía y sin su disposición para romper moldes, normas, esquemas, es difícil ser revolucionario. Las universidades cubanas no pueden ser “de o para los revolucionarios”, son centros formadores; deben ser, eso sí, formadoras de revolucionarios. De sus aulas salieron Mella y Fidel. El capitalismo (la cultura del tener) intenta domar la rebeldía incentivando sus formas primarias: el desacato, la irreverencia; intenta aislar al rebelde, concentrarlo en sí mismo, explotar al máximo su expresión individualista, transformarlo en un cínico. El socialismo (la cultura del ser), pretende encauzar esa rebeldía hacia la acción transformadora, ponerle mayúsculas, hacerla partícipe de las causas más justas de su época.


Vivo en el barrio centrohabanero de Colón, y muchas personas en mi entorno deben enfrentar enemigos más concretos e inmediatos que el imperialismo norteamericano, al menos eso parece, cuando la corrupción, la burocracia, la doble moral, la insensibilidad, el “sálvese quien pueda” se imponen. Creo, como ellos, que ese es el enemigo principal. Pero no podemos confundir su nombre: se trata del capitalismo, de su capacidad para regenerarse dentro del socialismo, que no es más que un camino (no un lugar de llegada) hacia otro lugar, hacia otra esperanza o certeza de vida mejor. Si desvinculamos ese nombre de aquellas manifestaciones, o las enlazamos erróneamente al camino socialista que hemos emprendido, perdemos el rumbo. No podemos ser revolucionarios hoy, en este mundo globalizado, si no somos anticapitalistas, si no somos antiimperialistas. Si no sentimos como propios las conquistas, los peligros, las humillaciones, de otros pueblos. Si no defendemos la unidad de los revolucionarios cubanos y la de los pueblos latinoamericanos frente al imperialismo. No podemos ser revolucionarios si creemos que el mundo tiene el largo y el ancho de una calle, o de un barrio, o de un país. Si aceptamos los consensos que otros construyen, y no construimos los nuestros. Si vaciamos cada palabra de los contenidos de combate, porque de inmediato serán llenadas de otros contenidos, por aquellos que nos combaten.


Martí, Mella, Guiteras, el Che, Fidel, se parecen demasiado, para que nos inventemos ese asunto de las generaciones. No han dejado de ser jóvenes. Cambian las tareas, las coordenadas, pero no las actitudes, los principios, el horizonte al que siempre nos acercamos sin llegar. Por otra parte, nadie se hace revolucionario de una vez y para siempre. Hay que nacer como revolucionario cada mañana, cada día. Los papeles no están predestinados ni son inmutables: el héroe de 1868 pudo convertirse en traidor veinte años después; el indeciso de entonces, quizás empuñó las armas con dignidad en 1895; el guerrero valiente de la manigua pudo dejarse seducir por la corruptora política neocolonial; el enérgico antimachadista, desilusionarse de sus ideales de juventud o convertirse en un profesional de la violencia; el revolucionario de la Sierra o del Llano, acomodarse o enredarse en las redes del burocratismo; el escéptico de aquellos días, transformarse en un miliciano fervoroso, en un héroe cotidiano e invisible; el dirigente juvenil, acodado en el balcón de la buena conducta y los aplausos, convertirse en un repetidor de consignas vacías y el profesional rebelde, crecer como tal hasta hacerse revolucionario. Entre unos y otros, disfrazados, están los oportunistas, los “pragmáticos”, los cínicos de siempre. A todos los cerca la historia y, de sus actos múltiples, solo perdura el instante de eticidad fundadora que sostiene a la Patria: “ese sol del mundo moral” que ilumina y define a los seres humanos, según la frase que Cintio rescatara de José de la Luz y Caballero. Una Patria que es Humanidad, que no está en la “hierba que pisan nuestras plantas”, o en unas costumbres siempre en evolución, sino en un proyecto colectivo de justicia. Una Patria que aspira a fundirse con la Humanidad, y que mientras, defiende su espacio para fundar, para crear, para proteger la dignidad plena de sus hombres y mujeres.


(Dialogar, dialogar)



martes, 17 de mayo de 2016

Reglas para el debate o cuestión de principios


Por  






Lo pueden creer, esta no, es una guerra de frases, no es una confrontación de palabras por palabras, de argumentos de utilería, de oratoria fatua o improvisada. Esta es una guerra de principios. ¿Qué son principios? Digamos columnas, raíces, bases o puntos germinales desde donde surge la esencia de las cosas. Los principios son la estructura sólida sin la cual el cuerpo, el edificio, la obra se desmorona.

Por supuesto una guerra de principios es una guerra por el poder. El poder de sostenerse sobre los principios, los del socialismo contra los del capitalismo. Es eso.

Primera regla para el debate
. No será posible entendernos con quienes llegan hasta nosotros portando una granada de fragmentación lista para hacerla estallar en el seno de la República, de la Nación, de la Patria con el fin de destruir el sistema socialista en construcción y reponer el arcaico y desgastado sistema capitalista. Todo lo demás es discutible.







La Constitución de la República de Cuba contiene entre sus fundamentos la condición de no regresar al capitalismo, la irreversibilidad del socialismo. Esa condición no fue un capricho, ni una enmienda adoptada por señores de corbata, asalariados del poder, fue el parto popular de una decisión pensada y firme de la inmensa mayoría de la población cubana, consultada en las urnas, avaladas con su firma, argumentadas con su historia. Un acuerdo de todos, o de casi todos, no volver atrás, aunque ese pasado nos lo disfracen de futuro.

En el recién finalizado VII Congreso se anunció una reforma constitucional, destinada a contextualizarla El primer secretario del Comité Central dijo: “Estas modificaciones (…) deberán fijarse en la Constitución de la República que nos proponemos reformar en los próximos años, considerando las importantes transformaciones asociadas a la actualización del modelo económico y social y su conceptualización. En la Constitución hay que reflejar todo lo que vamos haciendo, en el momento”. 

La carta magna, a los requerimientos del contexto histórico que vivimos.

Y dijo más. “Debo resaltar que en el alcance de estos cambios constitucionales propondremos ratificar el carácter irrevocable del sistema político y social refrendado en la actual Constitución, que incluye el papel dirigente del Partido Comunista de Cuba en nuestra sociedad (Aplausos), y que en la actual Constitución es el artículo 5”.

Por supuesto eso no significa que como toda la letra del documento, ese artículo estará por supuesto en pleno debate. Si se mantiene y la mayoría vota a favor de la constitución en toda su letra, entonces ahí estamos, firmes en el camino adelante. Si por el contrario la carta magna no es aceptada y recibe los votos mayoritarios en contra, entonces habrá que ir a una nueva propuesta. Lo que si no ocurrirá en Cuba es que la Revolución contradiga la democracia que ella misma ha postulado como parte de la justicia alcanzada.

Los fabricantes de programas, proyectos, articulaciones, y otros similares de interés capitalista en Cuba saben perfectamente que el principio de la democracia es y será respetado, por ello buscan a toda máquina una forma de desmontar la irreversibilidad al capitalismo. Hay sin dudas señores y señoras dispuestos a vender su alma, como también hay, en inmensa mayoría, gente, formidable, con las manos firmes en lo que quieren, empeñadas en no dejar que le destrocen su país. Esos son una barrera infranqueable para los ilustres que pretenden ser Estrada Palmaen su versión 2.0.

Puede ocurrir que alguien pregunte ¿y por qué no al capitalismo? O es inocente o es ladino. Para el primero información para el segundo Baraguá.

Cuba, los cubanos, construyen una sociedad nueva. En ese arduo trabajo de albañilería histórica por supuesto se cometen errores, se saltan planos, se desentienden quien pone el ladrillo y quien dice donde se pone. Y también se avanza con buen tino, se funde una base antisísmica, se levanta una columna para siempre. Todo eso ocurre en cualquier obra, incluida las trascendentales e históricas.  El final es una edificación enteramente nueva, sin los males de las sociedades de mercado. Ninguno de los problemas actuales de Cuba se resuelven dentro del capitalismo. Los problemas de la sociedad de consumo, no se han resuelto en 500 años, por el contrario estos se han incrementado.

Los aspirantes a la Cuba de rodillas repiten una y otra vez: para Cuba, más democracia, más participación ciudadana, más acceso a la información, más libertades.  Y ante sus narices densas y su miope visión les pregunto ¿Qué país capitalista tiene más de todo eso que Cuba?

En América Latina, para no irnos tan lejos. Elecciones con más del 50 % de abstencionismo y el o la flamante presidente o presidenta, así elegida, por una pizca del pueblo, se cruza la banda presidencial como si de verdad hubiera tenido mayoría. (Chile y Colombia están en la lista de los países con más abstencionismo, otro de esa lista es Suiza)

Los medios de prensa desinforman, manipulan, ofenden, calumnian. La población más humilde es mayormente analfabeta o no puede dedicar el tiempo de su lucha por la subsistencia para leer y estudiar. Por cierto los crecientes índices de alfabetización se han alcanzado gracias a la voluntad política de los gobiernos nacionalistas y antimperialistas de este continente todos los cuales están hoy bajo fuego en plena  Guerra de Cuarta Generación, por el pecado de enseñar a leer y a escribir a los pobres.

Quien tiene acceso real a la información, la minoría del poder. Tienen mucho Internet en América Latina, si, para el ocio, el comercio, la propaganda comercial, algo para las campañas electorales, casi nada para el verdadero poder ciudadano.  Como en la antigua Grecia, tienen derecho al ágora los ciudadanos “libres”, en términos actuales son los que saben y tienen tiempo para leer, disponen de solvencia económica  para adquirir tecnología, equipos, cuenta de datos, TV satelital y otros adelantos de la soledad. Es decir los menos dentro de los menos.

A los periodistas que se enfrentan a la hegemonía de la desinformación les espera la expulsión o la muerte. Los medios que se revelan contra ese poder de manipular o son sacados del país o son atacados sin tregua. Telesur en Argentina por ejemplo. México es líder en periodístas asesinados el segundo lugar es de Honduras.

Si las empresas petroleras son nacionalizadas, las tierras entregadas a los pobres, las bases militares gringas -con sus militares violadores inmunes a la justicia-expulsadas del país, las riquezas naturales puestas al servicio de la gente. Si la Chevrón no puede contaminar la selva y los ríos sin ser acusada y obligada a pagar, si Mosanto no puede infectar las cosechas con pesticidas y transgénicos que hacen parir niños con dos cabezas, sin que los pueblos se indignen y se nieguen a comprar sus productos, entonces el capitalismo acusa a esos pueblos de antidemocráticos, genera golpes de estados, crea campañas difamatorias, y declara a esas naciones peligrosas.

Es decir para Cuba el proyecto que nos venden es ese. Veremos a nuestros viejos sin protección social, a los estudiantes endeudados, a los maestros cesantes, a los muchachos recién nacidos morirse como moscas, a los bienes liquidados, a los policías antimotines entrenándose en torturar. Tendremos eso si partidos y políticos que se turnen en el poder para ser más de lo mismo, pandillas de jóvenes que se matan entre sí, senadores con cuentas en paraísos fiscales, traficantes de droga pagados con el presupuesto del Estado, señoritas de sociedad, propaganda comercial, bailes en los liceos, y  resucitarán al Diario de la Marina donde podrán acceder los que hoy publican en ya ustedes saben dónde.


Entonces los pro capitalistas estarán felices y cuando alguien les reclame, dirán “Bueno así es la democracia”.Hasta el más tonto sabe por qué en Cuba no queremos capitalismo, y por qué los que promueven esa sociedad la gente no los considera personas serias a los que se les puede hacer caso.  Hasta el más tonto sabe por qué las personas van a respaldar la irreversibilidad del sistema socialista en Cuba, en la próxima reforma constitucional. A pesar de los esfuerzos de los que quieren ser Plattistas new age.

Segunda regla: No nos entenderemos con quien venga financiado, respaldado, apoyado, por el dinero anticubano terrorista de Miami o de cualquier otra nación, incluida las de la vieja Europa.El mismo financista que pagó las armas usadas en Boca de Samá y los billetes de avión para los cursos de democracia en el Miami Colege. El mismo poder que pagó el entrenamiento en explosivos de Posada Carriles y Orlando Bosch y el salario de las Damas de Blanco o los proyectos del Soft Power. No hay debate con quien acepta dinero del terrorismo y la muerte, dinero blanqueado en los proyectos no violentos de Gene Sharp; de los campos de infiltración de Alpha 66 a las becas, los viajes a Europa, las organizaciones civiles, la prensa alternativa. Las imagenes del contrarrevolucionario Coco Fariñas con Posada Carriles, la del provocador anticubano Antunes abrazado al Félix Rodríguez, alías el "gato" quien participó en el asesino del Che, significan es la consagración de que el el dinero, el mal y los criminales son los mismos.Aceptar el debate de los financiados con esos fondos, es lo mismo que asesinar cada mañana al Che, volar nuevamente La Coubre, matar a los maestros y alfabetizadores, y hacer desaparecer en el aire cada día al avión de Barbados. De nada vale que nos acuse de intolerantes, atrincherados en el pasado y cualquier otro piropo similar. Hay demasiada sangre derramada, demasiadas lágrimas, demasiada dolor, como para olvidar.Por último un mensaje a los “plurales”. Si su proyecto no pretende que seamos una sociedad capitalista, si su proyecto no está financiado con dinero de los centros de poder anticubano, ah entonces podemos, tranquilamente discutir con todo cariño esas ideas, y de seguro estaremos de acuerdo en más de una.  Para los que se apresuran a meter cuñas para desunirnos y medrar en tiempos de cambios, el mensaje es mucho más corto: Los principios no serán negociados.Porque estos son la que hacen posible y no imposible a esta Nación, Patria, Estado, Cultura, cuyo nombre común es la suerte de la indivisibilidad: Cuba.

lunes, 16 de mayo de 2016

Derechos Patrios

Por: Javier Gómez Sánchez, La Joven Cuba


No soy jurista, no estudié leyes y mucho menos derecho constitucional. Desde mi posición de ciudadano intento mantenerme lo más informado posible sobre mis deberes y derechos, tener algún concepto básico de justicia y de moral. Creo que es indispensable para considerarse parte consciente de la sociedad. No creo que las leyes hagan la verdad como cómodamente piensa la burocracia y la vida nos demuestra que no todo lo legal es moral. La mera elaboración de leyes como palabra escrita no garantiza automáticamente las libertades. Hay un gran trecho entre la existencia de una Constitución, un Parlamento, etc y la práctica efectiva y satisfactoria de la democracia.


Soy cubano pero he vivido parte de mi vida fuera de Cuba. En el capitalismo comprendí mucho del socialismo. Me considero producto de la Revolución Cubana y creo en el socialismo como el mejor sistema para mi país. El sistema que puede llegar a darnos lo que Simón Bolívar llamó ¨el gobierno más perfecto, que es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible¨


Por eso lamento que el Gobierno cubano, revolucionario, nunca haya sido capaz de articular un discurso en defensa de su labor por los Derechos Humanos más allá de los reiterativos y casi robóticos ¨Salud y Educación¨ Décadas de gobierno ininterrumpido, y sobretodo el gasto de enormes energías en el conflicto propagandístico con los Estados Unidos han llevado a que la dirigencia política en Cuba haya dejado precisamente de hacer política. Entiéndase por hacer política, lograr por métodos objetivos y convincentes, que el pueblo entienda que este sistema y los individuos que lo manejan les entregan algo bueno, que lo hacen mejor que otros, y sobretodo que pueden darle algo mejor aún en el futuro.


Se hacen llamados en estos tiempos a no ser ingenuos, pero esa falta de ingenuidad no debe ser solo hacia las relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, si no hacia nosotros mismos. No podemos creernos que la mayoría de la población cubana considera así porque sí que el sistema socialista es el mejor. Nos hemos acostumbrado a recibir un discurso de resistencia y nada más. La defensa de la Revolución no puede ser solo el culto a su historia, ni tampoco la del Socialismo. La despolitización y desintelectualización cada vez mayor de amplias capas sociales nos pueden pasar la cuenta. Nuestro discurso, sin perder el lenguaje popular, no puede ser simplista, pues nunca será tan simplista y edulcorado como el del capitalismo. Debemos prepararnos para que en un futuro mediano, las instituciones y organizaciones políticas tradicionales que conocemos hoy no sean capaces ya de defender el ideal de la Revolución ni presentarlas como la mejor opción. Prepararnos tal vez para que las ideas revolucionarias y socialistas no sean vistas como las mejores por grandes grupos sociales, y que lo expresen. Que no sea la moda. Incluso para un escenario en el que las personas que las apoyamos seamos una minoría. No es un llamado al pesimismo, si no a la preparación y a la evolución de nuestro arsenal ideológico y por lo tanto de nuestro desempeño político.


Estas líneas debían tener la intención de desentrañar la existencia de derechos en Cuba, más allá del limitado e insuficiente discurso oficial. Una investigación simple sobre lo que se considera hoy Derechos Humanos nos indica que no todos están recogidos en las constituciones de las distintas naciones, por lo que no coinciden al cien por ciento los derechos considerados humanos con los considerados constitucionales. Como ha llovido mucho desde la firma en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a los originales se les han añadido otros produciendo varias generaciones de derechos, como también los llamados Derechos Emergentes o los más recientes Derechos Digitales.


A partir del año 2008 Raúl Castro marcó una diferencia con la hasta entonces política de divulgación de información legal. En un país donde era imposible comprar en parte alguna una copia de la Constitución, del Código Penal, o simplemente del Código del Tránsito, distintos estudios arrojaron un alarmante desconocimiento entre la población sobre el ejercicio de la ciudadanía. La pobre educación cívica en las escuelas no mejora aún la situación. La eliminación de prohibiciones creó un ambiente favorable y coherente. Más de lo que se hace actualmente, es imprescindible que se amplíe el acceso del pueblo al texto constitucional, así como los de procedimiento penal y los que recogen los Derechos Humanos, para lograr tanto una base para el debate, como para eliminar fantasmas. Si la gente ignora cuales son todos los Derechos Humanos serán entonces presa fácil de la manipulación y el engaño. El gobierno debe pagar el costo de estar dispuesto entonces a ser cuestionado, pero hay más mérito en eso que en gobernar sobre un pueblo dañinamente aletargado en la ignorancia.


Derechos por la izquierda


Me limitaré a hacer una panorámica muy personal de la situación de los derechos humanos y cívicos en Cuba. Mi visión no tiene que coincidir con la de otras personas, es solo un ejercicio de apreciación.


En Cuba se disfruta hoy mucho más que en otros países el Derecho a la Vida. Cada año en Latinoamérica miles de personas mueren en manos de la policía en falsos ¨intercambios de disparos¨, verdaderos ajustes de cuenta de las autoridades armadas con narcotraficantes u otros delincuentes que aunque hayan incurrido en el crimen no deben perder por eso su condición de seres humanos.


Los presidiarios cubanos son los más longevos del continente, algunos acumulan tres o más condenas. En cualquier país latinoamericano es difícil que un delincuente pase de 25 o 30 años o ver presidiarios reincidentes, simplemente la policía los mata, con el aplauso a veces de una clase media que pide más ¨mano dura con la delincuencia¨ en un intento fallido por supuesto y tan igualmente criminal de combatir una criminalidad incontrolable.


En Cuba la mayoría de los policías con décadas de carrera nunca ha sacado ni siquiera su pistola, y solo la han disparado en prácticas de tiro. No creo que tengamos la mejor policía del mundo como se aspiraba hace unos años, pero es mejor que otras, aún falta trabajo público para evitar la violencia policial, establecer un programa especializado de denuncias más amplio que el existente para garantizar más elDerecho a la Integridad Física. Y que conste que en cuanto a violencia policial nuestro país no ocupa ni remotamente los primeros lugares.


La Cuba de hoy es un referente de respeto al Derecho a la Identidad Sexual. Sin dejar de ser una sociedad machista y homofóbica ha tenido una evolución enorme en la lucha a la discriminación contra personas transexuales u homosexuales. Incluso en el Derecho a una Sexualidad Plena, Cuba ofrece la mayor formación posible en todos sus niveles escolares, en temas de reproducción y educación sexual.


En Cuba los ciudadanos no se ven empujados a casarse jóvenes por presión social o familiar, la cultura lograda con esa formación, ve con buenos ojos la maduración y la experiencia antes de formar una familia. El divorcio no se ve como una desgracia, si no como una liberación para hacer una nueva pareja. A cualquier edad el hombre o la mujer tienen oportunidad de encontrar el amor y demostrarlo públicamente.


Nadie se escandaliza de ver una pareja de 60 años abrazados en el Malecón. Los cubanos son libres de caminar por la calle de la mano de su espos@ o novi@, besarse en la boca y abrazarse públicamente. Algo que es mal visto y hasta multado por la policía como atentado a la moral pública incluso en países muy cercanos.


Cuba es desde 1965 casi el único país latinoamericano y uno de los pocos del mundo subdesarrollado que permite y protege el acceso de la mujer a decidir sobre su cuerpo con la interrupción del embarazo, con lo que se cumple plenamente el Derecho Reproductivo. Se impide formalmente el irrespeto al Derecho a la Igualdad de Género y se trabaja por erradicar el machismo de nuestra mentalidad social.


En Cuba la mujer no es un objeto, ni es abandonada por su pareja al llegar a los 30 para cambiarla por una mujer más joven, o sea por un objeto más nuevo. La industria de las cirugías plásticas en el mundo se basa en instalar la idea en muchas mujeres de que necesitan ser físicamente perfectas para ser admiradas, deseadas o simplemente queridas.


Se lucha a brazo partido por garantizar el Derecho a la Igualdad Racial en una sociedad que arrastra la complejidad de haber sido el penúltimo país en abolir la esclavitud en las Américas (1886, Brasil lo hizo en 1889) convirtiendo a millones de personas negras, luego de haber sido explotadas sin piedad, en libres pero sin instrucción ni preparación alguna, lo que los llevaría inevitablemente a ser ciudadanos pobres de segunda o tercera clase.


Cuba ha sido visitada en menos de 20 años por tres Papas y fue el lugar elegido para la firma de un acuerdo ente las Iglesias Católica y Ortodoxa. Funcionan libremente sinagogas, templos bautistas, evangélicos, protestantes, presbiterianos, logias masónicas, plantes abakúa, asociaciones yoruba, espiritistas, mezquitas y prácticas budistas.


Ningún cubano se siente obligado a decir que es cristiano para ser aceptado o considerado una persona decente. Tiene incluso el mayor porcentaje de población atea del continente. Intente usted pedir empleo en el extranjero, en muchos países de habla hispana, y en la entrevista diga que es ateo, puede irse despidiendo del trabajo, y si además dice que es gay y que está a favor del aborto mejor ni se presente. Aquí nadie le va a preguntar.


Hay como en pocos estados Derecho a la Integridad Pública, Dignidad y Privacidad. En la prensa oficial no se publican fotos de artistas en bikini o topless o con sus amantes tomadas a escondidas por algún paparazzi. Se respeta absolutamente la privacidad de su familia y de sus relaciones de pareja. Más allá del chisme callejero o del cotilleo en las redes sociales ningún suceso bochornoso en sus vidas se convierte en portada de revistas y periódicos, reitero, de la prensa oficial.


A ningún camarógrafo de la televisión cubana se le ocurre acercar morbosamente su cámara al féretro de alguna figura fallecida, existen límites que a nadie se le ocurre violar. Algunas revistas privadas que circulan incipientemente en PDF les gusta coquetear con la onda paparazzi, pero se miden bastante, saben que una denuncia bien puesta en una Fiscalía por algún artista ofendido puede terminar con la felicidad de su publicación.


Nunca he escuchado en Cuba de nadie que haya permanecido en la cárcel sin haber recibido su Derecho a Juicio o esté en su proceso. En Cuba no existe una cultura de impunidad, por lo que es habitual el Derecho a Igualdad ante la Justicia. Si usted comete un crimen y es encarcelado, puede estar convencido de que otras personas que cometan el mismo crimen también lo serán. Por supuesto ¨quién tiene padrino se bautiza¨ y es lógico que alguien con buenos contactos consiga un mejor abogado, un procedimiento más conveniente, incluso puede recibir una sentencia más suave pero no por eso dejará de ser castigado.


No es perfecto. Algunas personas pueden tener críticas hacia el sistema judicial cubano y deben tener razón pero en comparación con los índices de impunidad de las clases altas y corrupción de la justicia típica latinoamericana, funciona mejor. Lo mismo puede decirse del sistema penitenciario. Toda prisión es terrible, pero creo que no tiene comparación cumplir una condena en una cárcel de Cuba que en una de Guatemala o El Salvador.


Tampoco hay que olvidar que en Estados Unidos verdaderos criminales permanecen libres gracias a poder pagarse un buen abogado. Un sistema que promueve eso es lo más lejano a la justicia que se pueda imaginar.


Se puede ejercer aquí un derecho raro, el Derecho a la Vocación, porque en Cuba hay miles de personas que viven de las artes, de las ciencias, del deporte. Es raro hoy el padre cubano que cuando sus hijos le dicen que quieren ser pelotero, o bailarina, o pintor, le responden: ¨NO, yo no voy a criar un vago o un muerto de hambre¨.


Cuando la gente ha tenido alimentación aunque sea básica, un techo aunque sea un apartamento de micro, vestuario aunque haya sido una camisa Yumurí, entonces puede darse el lujo de dedicarse a la trova , escribir poesía, bailar en un conjunto folklórico, prepararse para las Olimpiadas. Solo la garantía de las necesidades básicas permite al ser humano superar ese nivel y buscar la realización de necesidades más elevadas.


El Derecho al Disfrute de las Artes, es altamente subvencionado en Cuba, el país cuya capital es la plaza cultural más importante de Centroamérica y el Caribe mantiene los precios de acceso más bajos respecto al costo de la vida, además de uno de los mayores calendarios de actividades gratuitas en el mundo en proporción con su población.


El Derecho al Deporte ha sido tradicional en los últimos 50 años. Con frecuencia se menciona junto a la Salud y la Educación. La gente ha disfrutado ver a sus atletas en las más disímiles disciplinas. Es el país que más logros tiene en comparación con su PIB y cantidad de habitantes.


Pero la vida en Cuba se ha ido complejizando. El espíritu popular y amateur del deporte se ha ido diluyendo un poco, los intereses de la juventud son otros y la nueva generación no le tiene la misma estima a su práctica y sobre todo al sacrificio que implica.


Al Estado le es difícil sostener una red gratuita de instalaciones deportivas que exigen un mantenimiento económicamente costoso. En la mente de los cubanos de hoy el deporte es algo para deportistas. Un extraño fenómeno de profesionalización precisamente en uno de los países donde más se ha rechazado históricamente la idea del deporte profesional.


La misma búsqueda de mayores resultados ha dejado atrás la idea romántica de los años 70 y 80 del obrero-atleta. El avance tecnológico también ha jugado su parte. Años atrás la diversión de cualquier barrio o pueblo de campo era el juego de pelota.


Hoy los más jóvenes tanto del campo como de la ciudad, pasan su tiempo libre frente al televisor viendo series, películas, absortos en la pantalla de su celular, viendo algún partido de futbol, o jugando deportes pero sentados en la PC…En el mejor de los casos salen a jugar precisamente fútbol que si no es el deporte nacional al menos es algún deporte.


¨La dignidad plena del hombre¨ La frase más allá del bronce.


El Derecho al Trabajo se ha venerado de tal modo que la política de Pleno Empleo y las plantillas infladas llegaron a ser más que un logro, un lastre para la economía. Cuba se convirtió en el único país del mundo donde se podía vivir sin trabajar. Las intenciones de desinflar las plantillas del Estado despidiendo una cuarta parte de la fuerza laboral del país parecía lo mejor, pero no hay nada más similar a una ¨terapia de choque¨ y de paso a un suicidio político. Tener un sector privado limitado e incipiente, insuficiente para absorber rápidamente a un millón de trabajadores, no ayuda en la situación. En vista de esto la necesaria ¨cura de caballos¨ parece haber sido pospuesta o desacelerada. Por otro lado miles de internos laboran y reciben un salario desde el sistema penitenciario. En muchos países ni siquiera se concibe algo similar.


Durante años el Estado construyó una gran cantidad de guarderías gratuitas (pago casi simbólico), en Cuba llamadas círculos infantiles para que los padres se vieran liberados del cuidado de sus hijos y pudieran ir a trabajar. Es preocupante que al Estado se le dificulte económicamente el sostenimiento óptimo de esa red, la escasez de personal debido a los bajos salarios y los cierres intermitentes de algunos centros por diversas razones. En pasadas sesiones de la Asamblea Nacional se llegó de manera alarmante a reconocer como una alternativa válida para el Estado promover las costosas guarderías privadas.


El Derecho a un Salario Digno es una asignatura pendiente. Más que la búsqueda de otras fórmulas la solución vendrá cuando el Estado renuncie al monopolio absoluto del comercio y la importación solucionando el desabastecimiento crónico. Una subida de salarios actualmente aumentaría la demanda pero sin una oferta suficiente. Aún con el poco poder adquisitivo de hoy los estantes de las tiendas están semivacíos y es difícil encontrar muchos productos. El desabastecimiento y el mantenimiento de su origen es el mayor obstáculo para que los trabajadores cubanos reciban un mejor salario.


Derecho a la Alimentación, otro de los tradicionales. En Cuba el alimento empezó a escasear cuando la Revolución logró que todo el mundo desayunara, almorzara y comiera (lo mismo pasó con el transporte público cuando todo el mundo tuvo los 5 ctvos para montarse en la guagua) Mientras hubo hambre era que la comida ¨sobraba¨, algo que los nostálgicos de la Cuba prerrevolucionaria olvidan. Actualmente los altos precios de los productos agrícolas alarman a todos los cubanos y son un dolor de cabeza para el Gobierno. La población destina la mayor parte de sus ingresos en alimentación (la mayor parte no paga renta, ni seguro médico, ni gasolina, ni matrícula escolar que son los otros mayores destinos del salario en el resto del mundo) El país importa la mayor parte del alimento que consume al no tener un sistema social con una mayoría pobre o inmigrante que esté dispuesta a trabajar en las duras labores agrícolas por poco dinero. Aun así los índices de desnutrición son de los más bajos del planeta.


Es difícil clasificar esto dentro de un derecho definido, pero sin dudas el hecho de que en Cuba los servicios funerarios sean gratuitos forma parte la tranquilidad y la seguridad de los cubanos. Servicios adicionales o electivos son subvencionados para mantenerlos a precios accesibles. Es lo menos que un Estado organizado puede hacer por sus ciudadanos.


Existe pleno ejercicio del Derecho a la Identificación, toda persona que nace posee un acta de nacimiento y un documento de Identidad como ciudadano de la República de Cuba. Los cubanos no conciben una persona que no la tenga. Gran parte de la población de muchos países cercanos carecen de identificación alguna, lo que les impide acceder a un empleo formal, tener un seguro médico o contratar servicios. Muchos no pueden conocer ni siquiera su edad exacta.


El acceso al Derecho a la Vivienda ha estado limitado por las condiciones económicas del país y actualmente por la inexistencia de un mecanismo estatal suficiente para la construcción y adquisición de inmuebles. Sin embargo la Revolución convirtió a millones de familias arrendatarias en dueñas de su casa y asumió el pago de los alquileres a los antiguos propietarios. Construyó municipios completos de nuevas viviendas. Cambió proyectos urbanos de casas playeras, de segunda residencia para clase alta, por edificios de apartamentos económicos para gente que no tenía un techo. Feos, es verdad, pero más feo es no tener casa.


El Derecho a la Familia es sagrado. Grandes hitos históricos en la Revolución Cubana como la operación Peter Pan o el caso del niño Elián González han girado en torno a la patria potestad, precisamente por el alto aprecio que los cubanos le tienen al derecho de padres e hijos a permanecer juntos. La separación familiar nos ha afectado tanto como a cualquier país emisor de emigrantes, solo que con el consabido ingrediente de la politización. Incluso bajo condena los reclusos tienen contacto con su familia, incluyendo las relaciones sexuales, tanto en el caso de hombres como de mujeres. En varios países esto no está permitido, o peor aún solo se le permite a los reclusos masculinos. A mediados de la década del 2000 el gobierno de Raúl Castro felizmente abolió el obsoleto sistema de enseñanza en internados en el campo conocidos popularmente como ¨becas¨.


En otra época había favorecido el acceso a la educación de miles de niños y jóvenes de zonas rurales y de las capas más pobres. Pero desde finales de los 80 y sobre todo a partir de los 90, creaba enormes traumas familiares y desarraigo del hogar debido a la separación entre padres e hijos durante toda la semana. Laceraba al mismo tiempo el acceso de miles de adolescentes a otros derechos, a la cultura, las artes, espectáculos, etc al permanecer fuera de las ciudades.


En cuanto a los Derechos Laborales y Sindicalización todo trabajador cubano puede sindicalizarse protegido por la ley. Que los sindicatos no funcionen es otra cosa.


Se ha observado en los últimos años un respeto mayor a la imagen del individuo, en los preuniversitarios ya no se persigue una uniformidad excesiva como antes, no se ven pelados militarizados, muchos estudiantes llevan su cabello teñido y cortes de pelo singulares. Hasta hace poco tiempo no era así.


En Cuba se ven muchísimas personas con tatuajes, eso no les impide trabajar en un banco, en un supermercado, en una oficina. Actualmente se considera incorrecto tener una actitud negativa hacia personas con tatuajes o piercings. En cualquier empresa o ministerio se encuentran hombres con el pelo largo.


La sociedad ha avanzado en tolerancia y aceptación de la diversidad. Tampoco vamos a esperar que un Vicepresidente del Banco Central lleve una argolla en la nariz, pero si trabaja bien tal vez a nadie le importe su imagen. Cuba tuvo Pablos Iglesias mucho antes que España.


Desde mediados de la década del 2000 el gobierno cubano fue eliminando leyes y resoluciones ministeriales que incurrían en violaciones de derechos recogidos en la Constitución, se eliminó la triste prohibición a los cubanos de hospedarse en cualquier hotel y se derogó el impedimento a los ciudadanos cubanos de provincias a residir en la capital (un intento fallido por limitar la migración interna). La madurez de reconocer que han ocurrido violaciones a los derechos es lo que nos permitirá tener una mejor visión en el futuro para la defensa de los mismos. No debe avergonzarnos, lo importante es haber tenido la lucidez de rectificarlo.


Se dieron pasos de avance en cuanto a uno de los derechos recogidos en la Declaración Universal cuya violación más se le imputa a Cuba. ¨Todo ser humano tiene derecho a residir en el país del que es ciudadano¨ y ¨Todo ser humano tiene derecho a entrar y salir de su país¨. La eliminación del lacerante Permiso de Salida, que implicaba que los ciudadanos debían pedir autorización al gobierno para viajar, y este podía ser negado o era concedido por un tiempo límite bajo peligro de perder sus propiedades, fue uno de los mayores avances en materia de Derechos Humanos. Hoy aún se limita a 2 años este periodo de estadía en el exterior. Precisamente la garantía de otros derechos en Cuba impide un ejercicio normal de mantener la residencia, así como el reconocimiento a la doble ciudadanía.


Es difícil ofrecer derechos inherentes a la ciudadanía cubana, como la salud y educación gratuita, subvenciones, etc a personas que no residen en Cuba y por lo tanto no tributan de ninguna manera a la economía nacional. Es usual que cubanos residentes en Miami u otra ciudad del mundo, aprovechen sus viajes a Cuba para conseguir medicinas a precios ínfimos, un chequeo médico, hacerse unos espejuelos, o incluso una dentadura postiza. Como le digo a mis amigos extranjeros: el carnet de identidad cubano es la mejor tarjeta de seguro médico del mundo. Encontrar una solución a este dilema entre aspiraciones, realidad, economía, y derechos humanos y constitucionales no es nada fácil.


Otro escollo pendiente para cumplir el ¨Todo ser humano tiene derecho a entrar y salir de su país¨ consiste en que fue eliminado el permiso de salida pero no el de entrada. Se mantiene el requisito de todo cubano residente en el exterior de presentar su pasaporte en el consulado correspondiente para que le estampe un sello de ¨Pasaporte Habilitado¨, lo cual significa que solo así podrá entrar con ese pasaporte al mismo país que lo emite. En la práctica consiste en una solicitud de permiso para entrar al país. Recordando que los cambios en política migratoria fueron una modificación de la ley vigente y quedó explícito por las autoridades que llegaría el momento de una ley migratoria verdaderamente nueva, de la que estamos a la espera, un punto importante de esa nueva ley sería la del mayor respeto posible a esos derechos.


La reciente voluntad política de aumentar el acceso a Internet permitirá en el futuro ejercer plenamente los llamados Derechos Digitales (relacionados con el manejo de la web) y el Derecho a la Libre Información. Muchos trabajan contra viento y marea por lograr mayores espacios para ejercer el Derecho a la Opinión, que gota a gota, va cambiando el rostro de la prensa nacional. Avanza en toda la sociedad la tolerancia a la Libertad de Expresión. Mucho más que en épocas anteriores, las personas expresan su criterio respecto a la realidad y se va instalando en las mentes que está mal impedirlo o censurar de algún modo a una persona por emitirlo.


Gradualmente desde los espacios oficiales ha ido cambiando la mentalidad en cuanto a la crítica y al pensamiento divergente. Falta mucho aún. Pero recordemos que los gobiernos son el producto y el reflejo de las sociedades. No existe mayor fuente de intolerancia, reticencia, temor, prejuicio o inexperiencia en materia de derechos que la que emana de lo más amplio de la sociedad. El Gobierno muchas veces no es más que un reflejo de eso. No hay nada más fuerte que una idea a la que le ha llegado su momento y quien intente frenarla estará condenado a jugar al más triste de los papeles.


Recuerdo cuando hace unos años se daba lectura a los Lineamientos, en una sesión plenaria de la Asamblea Nacional, un diputado pidió la palabra y en medio de la exposición de las reformas económicas soltó sin ton ni son: ¨Yo quiero saber si el gobierno está previendo permitirle a los peloteros que jueguen en ligas profesionales porque yo no estoy de acuerdo con eso¨. No era un dirigente, no era un funcionario, era lo que puede llamarse ¨una voz salida del pueblo¨. La evolución del tema beisbolero en los últimos tiempos demuestra que las leyes de las dialéctica son implacables.


El punto más álgido acerca de derechos en Cuba es sin dudas el recuento de los que son asignaturas pendientes: El Derecho a la Libre Asociación, Derecho a la Manifestación Pacífica y Derecho a la Diversidad de Prensa (prefiero no usar el término ´´libertad de prensa¨ pues no creo que exista en país alguno). Existirán solo cuando la creación de un modelo de socialismo más desarrollado nos exija que no solo se necesite liberar fuerzas económicas que lo sostengan si no también fuerzas políticas que lo validen. Pero eso solo llegará cuando sea el deseo de una mayoría de la sociedad que sienta que no puede existir plenamente sin ellos. Si alguna vez llegaran a pensar que la solución a sus problemas pasa por el ejercicio de esos derechos.


Mientras tanto no sabemos si en el futuro tendremos que usar ese Derecho a Manifestación que los enemigos de la Revolución tanto exigen para precisamente defender la Revolución. Que lo que se publica en internet sea leído sobre el papel impreso en miles de ejemplares y que el Derecho a Asociación sea para crear más formas en que se inserten los que se sientan revolucionarios. Si un día comprendemos que aquel Discurso del 2005 en el Aula Magna es una terrible realidad mucho nos hará falta que existan también esos derechos. Habrá que vivir el futuro.


 

 

viernes, 13 de mayo de 2016

La Patria posible.

Por Enrique Ubieta




Todos los accesos al campo de batalla han sido minados. El campo es un círculo cerrado, y en él, un grupo de “ofendidos” apedrea al “ofensor”. Si te unes a los que lanzan piedras, “defiendes” la libertad de expresión, la diversidad; si tratas de defender el derecho a opinar, y reconoces algún atisbo de verdad en la opinión del que se pretende estigmatizar, eres un censor. Las advertencias son claras: el articulista que ha desatado la ira –y propiciado el contraataque que, esperan ellos, constituya una lección definitiva para todos los que piensan como él–, es “vil”, “mezquino”, “un ser de las sombras”.


Algunos transeúntes de las redes, ajenos al verdadero contenido de la discusión, asumen como ciertos los epítetos. Otros que saben que el supuesto ofensor lleva razón, callan, porque no quieren ser estigmatizados. El apedreado es un intruso, alguien que fue declarado con desprecio, en una contienda de “elevados” intelectuales, como un no intelectual, un político: “Por más que el inspirador de este texto (…) tiene nombre, blog y pupila, no lo leo como una polémica entre dos intelectuales, porque no lo es: falta uno”, escribe una comentarista. Si un intelectual expresa su acuerdo o su coincidencia de criterios con el Partido, es un político “oficialista”, y no entra en la “zona de prestigio trasnacional”.


Pero la sentencia discriminatoria no es exacta. El articulista atacado no está indefenso, esgrime argumentos profundos que quedan sin respuesta. A cambio, recibe insultos o manipuladoras evasivas. Es un revolucionario intelectual. Su texto incluye una larga cita de uno de los más prestigiosos intelectuales cubanos, que no va en la dirección deseada por los aludidos, y es ignorada.


En la contienda participan los que surfean en la ola de los consensos de prestigio: viene la siguiente, y son expertos en montarse, en avanzar sin caer al agua, en hacerse visibles, aplaudibles. Jamás cambiarían un consenso por una verdad, es muy costoso. Aunque saben, no me cabe dudas, diferenciarlos. Los medios (re)productores de consensos en el capitalismo nos hacen comprar cualquier cosa, incluso la idea de que el suicidio –el capitalismo depredador– es bueno, pero sabemos (todavía sabemos) que no lo es. Suelen citarse estas palabras de Allan Dulles, el fundador de la CIA: “Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso a comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad”.


La verdad, en términos sociales, no puede ser ajena a la ética, a la justicia. Y un revolucionario no puede defender la corriente de moda, aún si fuese acatada por la mayoría de la población, o de los jóvenes, solo porque coyunturalmente la mayoría lo piense; pero es costoso para el prestigio individual ir a contracorriente, y es sin embargo imprescindible, si somos o aspiramos a ser revolucionarios. En construir mayorías estúpidas –desde la ignorancia pura, pero también desde la tecnofilia o la falsa erudición, como la llamaba Martí–, de cualquier edad, se especializa el capitalismo. A veces es inevitable administrar consensos, pero un revolucionario debe, ante todo, construirlos.


Pudiera entrar a discutir un argumento o una frase del articulista “villano”, decir que estoy en desacuerdo con tal razonamiento suyo para que me perdonen el desacuerdo con sus adversarios, en fin, tomar distancia de los implicados, situarme en el medio, hacer política bastarda; pero eso me repugna. Prefiero atenerme a las esencias: estoy de acuerdo con Iroel Sánchez, que escribe como ciudadano, y lo hace con la legítima pasión de los revolucionarios. Entremos pues en el tema de los centrismos.


II


La llamada desideologización, o dicho de otra manera, el desgaste social de la ideología revolucionaria, que para existir tiene que hacerse consciente y reproducirse de manera continua –a diferencia del proceso de reideologización conservadora, que puede transcurrir sin que el sujeto lo perciba–, transforma la duda en escepticismo, en abandono. El individuo se acomoda en el centro, equidistante de los puntos emisores de contenidos: es el lugar aparentemente más cómodo, más seguro. La tesis es que todos tienen parte de razón (la razón libresca, de espaldas a la vida), y esa sola sentencia derriba el interés por la Revolución. El “desideologizado” delega en los demás la actividad política, mientras recarga su nueva cosmovisión.


Cuba Posible se mueve con sigilo y atrae a este sector, mostrándose de la misma manera; usufructúa el cinismo, pero no lo cultiva: necesita construir las nuevas creencias para la reconversión ideológica, y coloca, sin prisa, sus rieles. Por el momento, disecciona como forense –manipula e hiperboliza, ofrece sus propias conclusiones como inobjetables puntos de partida– los males de nuestra sociedad, desde una aparente pluralidad de intenciones y doctrinas, de opiniones y consejos, que provienen los más diversos orígenes; es su manera de eludir cualquier definición ideológica expresa: en ocasiones se acerca al lenguaje revolucionario, en otras, parece articularse en el reformismo socialdemócrata, a veces, en el más tradicional liberalismo.


Si el capitalismo funciona de forma inconsciente a nivel de individuo, y el socialismo lo hace de forma consciente, entonces la “desideologización” únicamente afecta a este último, lo desarma. Ideologizar en el socialismo es lo opuesto a una “falsa conciencia”; implica tomar conciencia de sí, hacerse cargo de que existimos en un mundo, en una época, donde pasado y futuro están interrelacionados. La presencia de todas las doctrinas en el mercado, dispersa y anula la revolucionaria. Donde no hay ideología visible, hay ideología capitalista. Los fundadores de Cuba Posible han dicho que se oponen al "empeño por imponer un proyecto de país único, sin tomar en cuenta las otras propuestas que existieran. Estábamos y continuamos estando convencidos de que el gran cambio que demanda actualmente la nación implica todo lo contrario; o sea, la capacidad para que todos los proyectos puedan compartir el país y construirlo juntos".


Sin embargo, en lo que verdaderamente importa y tiene sentido histórico, solo hay dos proyectos de país. El de la justicia social y la independencia, y el del capitalismo neocolonial. Lo demás son caminos que conducen a uno u otro, acertados o fallidos. ¿Quién dijo que el pluripartidismo implica en alguna parte la existencia de muchos y diferentes proyectos de país? ¿Alguien cree que en los Estados Unidos, en sus zonas de poder, cohabita más de un proyecto esencial de país? Claro que no es lo mismo Obama que Trump o que Sanders, o que la Clinton, pero por favor, ¿alguien cree que alguno de ellos pretende o podría construir otro país? Que nadie pretenda traernos de contrabando, como opción posible, al capitalismo neocolonial.


El cinismo se siente, a pesar de todo, representado en Cuba Posible, porque este grupo construye espacios teóricos descontextualizados, para “denunciar” las grietas que el contexto ha generado entre la realidad y el discurso.


Dos formas diferentes de encarar la realidad y su conceptualización tienden puentes:Cuba Posible (la teoría) se hace acompañar de OnCuba (la descripción minimalista). Ambos procuran golpear los espacios de prestigio de la Revolución: la igualdad, la solidaridad, el heroísmo. Ambos son funcionales a la dominación imperialista, pero semejan ser radicales, rebeldes. No son críticos de lo mal hecho, de los desvíos y errores de nuestra Revolución –ese es el mito de presentación–, porque se sitúan más allá de ella, en el período “Post”: no puede repararse lo que ya “no existe”.


El proceso “descripción-teoría” avanza a rastras, en la oscuridad, se detiene en cada descorchado de la pared, de manera que el lector llegue a creer que ese minúsculo espacio es la imagen de un país. La extrañeza que el discurso de ellos provoca en nosotros y, probablemente, el de nosotros en ellos, se debe a que estamos situados en orillas diferentes: nosotros en la orilla de la convicción, y ¿por qué no?, de la fe (fe en el pueblo, en su capacidad de sostener y desarrollar la Revolución), ellos en la del descreimiento o dicho de modo más literario y autojustificativo, en la del desencanto. En este caso, la fe ve más; el descreimiento es ciego.


Cuando, airado, Veiga –uno de sus fundadores– le responde a Iroel, parte de una creencia propia que enuncia como si fuese una verdad admitida por todos (en esto se parece a Obama): Cuba, su sistema, se encuentra en crisis y es preciso construir entre todos una transición. La palabra en sí porta significados dudosos, comprometidos con la historia: bajo ese término, por ejemplo, España y Chile dieron por finalizado el período de salvajismo capitalista militar y abrieron el del salvajismo capitalista “democrático”, mientras que los países de Europa de Este saltaron de un socialismo trunco a un capitalismo "bananero con nieve" (el único posible para recomenzar). Y no creo que aluda al “período de tránsito al socialismo”, como alegaban los manuales.


Quizás por eso apostilla que no sería “una transición al modo oligárquico o mafioso de la Europa del Este”, y entonces cabría preguntarse, ¿pero nos conduciría al mismo lugar? Dice que Iroel representa “el pasado y el fracaso”. ¿La Revolución, para estos hijos de la Revolución, ha fracasado? Son precisiones que quedan en la sombra y que nada tienen que ver con las prevenciones de Fidel y de Raúl –cuyas palabras manipula Veiga una y otra vez, con gestos literarios de cuadro político, para vender gato por liebre–, ni con la actualización o la reforma (no tengo reparos con el término, porque hacer una reforma no implica ser reformista, contra lo que sí tengo reparos, por cierto), que se ha propuesto hacer más eficiente y justo nuestro socialismo. Cambiar todo lo que deba ser cambiado jamás ha significado en Fidel o en Raúl, o en los revolucionarios cubanos, cambiar el socialismo por el capitalismo. Cuba Posible apuesta por, e intenta construir, la República posrevolucionaria y sus fundadores se perciben como consejeros o asesores de un nuevo estamento político, que ya se declara “lealmente” opositor. Una lealtad dudosa.


Es usual en discusiones como esta que los aludidos se refugien en teorías, en citas eruditas, que mezclen lenguajes y conceptos pescados en este o en aquel libro; pero tras cada palabra, sépanlo ellos o no, sean o no partícipes o usufructuarios, cobren o no, palpita un interés de clase. Como decía el filósofo argentino Arturo Andrés Roig, hay que aprender a diferenciar entre discurso y direccionalidad discursiva, entre significado y sentido.


Si la derecha venezolana utiliza el lenguaje de los revolucionarios –con alusiones al pueblo, a sus derechos o necesidades, a la justicia social– para derrotar a los revolucionarios, ello no implica que se ha reubicado en “el centro”, que aspira a dialogar con la “otra parte”; solo procura cambiar el color de la piel, para igualarse al contexto por el que debe inevitablemente transitar, y defender los intereses de una oligarquía que es antipopular y neocolonial. Una vez en el poder, arrasará con todo vestigio de dignidad adquirida por los Sin Nada. Ya hemos visto un adelanto en el Parlamento de aquel país. El conflicto (el de siempre) entre los Estados Unidos y Cuba más que teórico es práctico, no surge de diferentes interpretaciones sobre los derechos humanos, es un conflicto de intereses, económicos y geopolíticos, y aquellas diferencias conceptuales justifican o defienden estos intereses opuestos, están a su servicio. A ningún congresista estadounidense se le ocurre debatir la peculiar interpretación de los derechos humanos en Arabia Saudita o en Israel.


Tampoco es suficiente el nacionalismo a secas (porque, en primer lugar, no existe). La Patria, la de Martí, no es la “tierra que pisan nuestras plantas”. Es un proyecto y una experiencia colectiva de vida. Cuando, hallándose en Guatemala después del Pacto del Zanjón, le piden a Martí que regrese a Cuba, responde: mi Patria no está allá en la isla colonizada, va conmigo. El nacionalismo burgués convive de manera armónica con el anexionismo; el imperialismo jamás permitiría su existencia independiente.


La Patria que construimos es inclusiva. Pero los que atentan contra la justicia social y la dignidad de los otros, los que aspiran a una riqueza que se sustenta en la pobreza de las mayorías, los que intrigan y conspiran para ser colonizados –así sean fervorosos voluntarios o viles mercenarios–, se autoexcluyen de la Patria. Es cierto que quienes desconfían de las capacidades de su pueblo y mitifican las del vecino, no dejan de ser cubanos. Son los reformistas de siempre, los autonomistas y anexionistas del siglo XIX, los neocolonizados del XX. Recordemos la sutil diferencia que establece Fernando Ortiz entre cubanidad y cubanía: los anexados son cubanos porque no pueden eludir las formas propias (costumbres, tradiciones, etc.) de la cubanidad, pero carecen de cubanía, que es la forma conciente en que se asume esa pertenencia.


III


¿Qué significa ser extremista?, ¿cuáles son los extremos del debate nacional? Para los revolucionarios cubanos, el extremista es quien adopta de manera irreflexiva consignas y frases hechas, cuyo fondo conceptual ignora o no comprende, y es incapaz por tanto de discernir qué es esencial y qué no lo es. El extremismo conduce al dogmatismo y a la doble moral. Lenin lo sentencia de manera inequívoca en una frase que el pueblo ha hecho suya: detrás de cada extremista hay un oportunista. Pero nada tiene que ver con la visión radical –que va a las raíces–, y a la postura revolucionaria frente a la realidad. No me atrevo a definir el extremismo reaccionario, porque el capitalismo no estimula ni propicia –a diferencia de la Revolución– la participación ciudadana en la política real. De cualquier manera, ni el socialismo revolucionario ni el capitalismo, son los extremos en una supuesta “gama de ofertas” políticas. El centrismo político descalifica toda visión radical como extrema y no necesita buscar un equivalente en la visión conservadora. Lo que no es radical, ya no es revolucionario. El centro queda a la derecha del mapa.


¿Por qué Veiga y algunos de sus colaboradores respondieron con ira los señalamientos de Iroel? Con su lenguaje ambiguo y su teoricismo supuestamente centrista, Cuba Posible pretende pescar en el río revuelto de la guerra cultural. El Rey está desnudo, ha dicho Iroel, y la ilusión ha desaparecido. Mi interés no es acusarlo de complicidades espurias: no porque sean bienvenidos en Washington y en Miami, o porque sus artículos sean reproducidos y elogiados por la derecha, la más inteligente, vamos a sospechar de sus gestores o a descartar el análisis de sus propuestas. Pero yo quiero felicitar a Iroel Sánchez, porque nos hizo pensar, raro oficio. La Cuba real contiene, al menos, dos Cubas posibles: la neocolonial e injusta del capitalismo dependiente y la de un socialismo revolucionario, más eficiente y democrático, pero real, por el que no dejaremos de pelear.


(La isla desconocida)



martes, 1 de marzo de 2016

Preservemos nuestros símbolos


Por Mayra Cue Sierra



Defender nuestra bandera también es respetarla, preservarla de ultraje y humillación y darle el valor simbólico, histórico y cultural que ella tiene. A muchos nos irrita y nos duele presenciar este uso, so pretexto irónico de identidad y cubanía.

 Nadie puede decir lo que serán los valores de la nueva sociedad o crearlos en su lugar.


Pero nosotros debemos contemplar con sobriedad de los sentidos, lo que es perseguir las ilusiones y proclamar con firmeza lo que queremos.


 Herbert Marcuse


 La sociedad contemporánea está saturada de símbolos e íconos que se integran imperceptiblemente a nuestra vida cotidiana y que, incluso, llegan a saturarla.


Pero hoy quisiera compartir con ustedes algunas inquietudes sobre símbolos ineludibles para cualquier ciudadano, que tienen diversas funciones y propósitos cuando los usamos en diversos espacios y momentos de nuestro quehacer: los símbolos patrios.

El escudo y el himno generalmente se reservan para documentos, actividades y eventos oficiales y colectivos. La bandera nacional, hasta hace muy poco tiempo la usábamos en ceremonias oficiales habituales y en momentos solemnes o no, relacionados con sucesos históricos donde se redimensionaba el sentimiento patrio; ya es otro el cantar.

Por décadas muchos criticamos el uso indiscriminado de la bandera de otros países como sustento de diversas mercancías —prendas de vestir y objetos—, pues nada tenían que ver con los objetivos fundacionales del estandarte en cuestión.

Los tiempos cambian y las percepciones de los individuos y de la propia sociedad hacia algunas prácticas culturales se transforman; algunos dicen que debido a la evolución del pensamiento humano y la liberación de tabúes. Sin embargo, no me refiero a los modos de hacer modernos sino al hecho de que de una manera imperceptible —y hasta solapada— se esta consolidando entre nosotros una tendencia que replica una variante cubana de una práctica foránea que, hasta ahora, considerábamos malsana e irrespetuosa.

Ello me impulsa a retomar la teoría sobre comunicación y cultura para esclarecer algunos presupuestos conceptuales de lo que significa un símbolo y que, por supuesto, también se relaciona con los símbolos patrios.

La cultura —ese término y zona polisémica— se relaciona intensamente con la producción y reproducción de sentido, significado y comunicación, y es una zona determinada y determinante de la actividad social. Por ello, a la producción artística se le denomina producción simbólica, porque es portadora de signos y fórmulas convencionales reconocidos por todos y porque también contiene idearios, paradigmas, valores y símbolos.

El comunicólogo británico O ‘Sullivan aporta la acepción cultural de un símbolo como el signo, objeto o acto que hace las veces de algo diferente de sí mismo, en virtud de un acuerdo entre los miembros de una cultura, y su sentido exacto depende de sus diferentes contextos; mientras que Barthes le atribuye la dimensión de abstracción o valor.

Para Andrade, el símbolo es una forma comunicativa intuitiva y expresiva que se aleja de lo racional, lo ideológico —en cuanto a ideas— y lo intelectual, y se acerca a lo conceptual, la imagen y lo sensible; afirmando que: toca fibras inconscientes del hombre; remueve estratos míticos; evoca imágenes primordiales; genera sentimientos de identidad y unión en el grupo que lo comparte; facilita la comunicación y representa los valores y principios colectivos más arraigados, con más fuerza y precisión que las palabras estructuradas de un discurso lógico.

La bandera nacional no es solo el estandarte que identifica a un país, representa las esencias, la trayectoria de una nación, sus luchas, su identidad, su imaginario, sus valores y sus paradigmas.

Ya es común que diversas representaciones —exactas o figurativas— de nuestra bandera se repliquen en gorras, vestuarios, objetos e instrumentos musicales, como elemento escenográfico y en los espectáculos y sitios más diversos.

El fin de año pasado la televisión cubana nos prodigó un diverso raudal de ejemplos.

Una cosa es que Con dos que se quieran —en sus dos versiones—, muestre con orgullo una discreta banderita cubana en una salita imaginaria de un supuesto hogar donde se reciben amigos que sienten a Cuba como propia, y que casi siempre culmina con una pregunta sobre el sentimiento de la cubanía. Otra bien distinta es convertirla en escenografía habitual de cualquier concierto teatral o mediático que la televisión replica de forma alucinante; expandiendo con sus imágenes de cobertura masiva —por demás gratuita y abierta— estas “novedosas” prácticas: ver una bailarina vestida con un simulacro de bandera desarticulándose con las contorsiones corporales que ahora están en boga, en el video clip de Gente de Zona y Marc Anthony —titulado nada menos que La gozadera— y que una y otra vez reproduce nuestra televisión; Juana Bacallao en un programa musical de fin de año, con un burdo vestido con sus colores y rayas que parecía disfrazada; Haila Mompié en un número musical repetido hasta la saciedad con algo que simulaba los elementos de la bandera.

Defender nuestra bandera no solo es dolerse por verla suplantada por otra en nuestro territorio o impedir que caiga en manos del enemigo en un combate, como clamaba Bonifacio Byrne; también es respetarla, preservarla de ultraje y humillación y darle el valor simbólico, histórico y cultural que ella tiene. A muchos nos irrita y nos duele presenciar este uso, so pretexto irónico de identidad y cubanía.

Luis Carbonell, Celina González, Esther Borja, Justo Vega, Ernesto Lecuona, Ramón Veloz y Barbarito Diez nunca precisaron vestirse con remedos de bandera cubana para proclamar por Cuba y el mundo su cubanía, y constituyen exponentes cimeros de la autenticidad de nuestra identidad histórico-cultural.

El tema tiene aún mucha tela por donde cortar, pero necesitaba comenzar este año compartiendo con ustedes mis preocupaciones.

En la entrevista a Miguel Barnet, “Cuidar a Cuba como la casa”, que José Luis Estrada publicara el 31 de diciembre en el periódico Juventud Rebelde, este antropólogo y poeta afirmó: “Debe haber un espacio amplio donde todo quepa, aunque resulte incomodo o tenemos que saber vivir con el pensamiento de todo el mundo, siempre y cuando no corroa la esencia de la nación”.

De igual forma invito al diálogo como mecanismo fortalecedor y enriquecedor de la práctica cultural; es decir, de la espiritualidad, el imaginario y la memoria de la nación.

Por ello, les convoco a debatir públicamente este tema