martes, 1 de agosto de 2017
Operación Milagro
miércoles, 17 de mayo de 2017
La utilidad de la historia
miércoles, 20 de julio de 2016
Acontecimientos que demandan una ampliación y flexibilización de los esquemas de reforma en Cuba
Por Domingo Amuchástegui 2016-07-19
Lo referente a Caracas no es casi noticia. Desde la maltrecha victoria electoral de Maduro –e incluso desde antes, aún en vida de Chávez– muchos de los mayores proyectos prometidos por Venezuela a Cuba luego de los acuerdos de 2002 –con excepción de la refinería y terminal de Cienfuegos– han terminado olvidados en alguna gaveta. Mientras, los flujos petroleros en calidad de pago por servicios médicos y otros servicios y ventas, se han visto seriamente amenazados por el sostenido descenso de los precios del petróleo; todo ello unido a una pésima gestión económica de parte del presidente Maduro y su equipo, así como la creciente inestabilidad política luego de los resultados de las elecciones parlamentarias de medio término.
El horizonte no se cierra ahora. Solo un ciego, o un mutismo oficial negado a abordar descarnadamente todas las implicaciones de semejantes tendencias, podían abstenerse de admitir y, peor todavía, a no prever lo que dicho horizonte, desde hacía tiempo, podía depararle a la economía cubana. ¿Había plena conciencia en la dirigencia cubana de tales peligros? Más allá de su renuencia a admitirlos y discutirlos a plenitud y en público, el empeoramiento de la situación era algo que gravitaba sobre todo su quehacer y era un tema de creciente preocupación en los más diversos círculos en La Habana. Si alguien ha quedado sorprendido ha sido porque andaba en “Belén con los pastores”.
Si los niveles de recortes e impactos se mantienen de acuerdo a los números y medidas presentados por el vice-presidente Marino Murillo, entonces puede hablarse de “un mal menor”. Si, por el contrario, “el horizonte venezolano” llegara a cerrarse en números mayores, las cosas pueden llegar a empeorar: hipótesis que no descartó en sus palabras el presidente Raúl Castro. Aunque es incuestionable que Cuba está hoy en una mejor situación para neutralizar las posibles consecuencias de una crisis de gran envergadura; mucho mejor preparada que cuando ocurrió el llamado “Período Especial” de comienzos de los 90, del cual algunos han comenzado a especular como “posible” y, para algunos delirantes, incluso “deseable”.
Habrá que seguir muy de cerca los acontecimientos y tendencias, tanto en “el horizonte venezolano”, como en la economía y la sociedad en Cuba (con los dedos cruzados, con todas las invocaciones y rezos posibles, con velas, vasitos de agua y ofrendas, tirando los caracoles) pero, sobre todo, poniendo en práctica las políticas más atinadas y pertinentes ante una contingencia como la presente y que entrañen una ampliación y flexibilización de los esquemas de reformas a aplicar de aquí en lo adelante.
No olvidemos que, en paralelo al despeñadero venezolano de los últimos años, la dirigencia cubana trabajó, seria y certeramente, para normalizar sus relaciones con la Unión Europea y con Estados Unidos (el horizonte “que no termina de abrirse”, según la fórmula piadosa y demasiado incompleta del periodista Llano), además de renegociar su deuda externa con diversos actores internacionales.
Más allá de negociaciones y arreglos en áreas de relativa importancia, o completamente secundarias, el embargo/bloqueo sigue gozando de perfecta salud, todavía es imposible conducir transacciones financieras en dólares, se mantienen en pie todos los programas de “cambio de régimen” administrados por la USAID; y en el Congreso, con independencia de algunas iniciativas loables de parte de algunos legisladores (todas fracasadas y ninguna aprobada hasta ahora) hay una mayoría de ellos que continúan “bloqueando” todo lo que tienda a normalizar la relación con Cuba, mientras introducen toda suerte de enmiendas o perchas para crear más restricciones al comercio, a los viajes, a diversas transacciones, al turismo y otras. El horizonte con Washington no es que “no termine de abrirse”, sino que cada vez se cierra más. Las recientes acciones en el proceso de aprobación del proyecto de Apropiaciones así lo confirman con creces, con el añadido de mayores incertidumbres en torno a las elecciones de noviembre en la nación norteña y lo que estas puedan depararle a Cuba, no solo por quién resulte electo a la presidencia, sino por saber en qué dirección cambiará el Congreso, pues es allí donde se ventilan los temas cruciales que lesionan los intereses soberanos y materiales de Cuba, para bien o para mal, en particular en las circunstancias actuales.
martes, 5 de julio de 2016
El cielo se va a caer
Por: Javier Gómez Sánchez, La Joven Cuba
Diariamente uno participa en disímiles conversaciones, dónde se habla de los temas más diversos e inesperados, y si además uno tiene el privilegio de relacionarse con todo tipo de personas, puede llegar a escuchar las declaraciones más peregrinas.
Pero ha sido últimamente cuando he sentido durante algunas conversaciones ese sentimiento amargo que llaman vergüenza ajena.
En los días más recientes he escuchado a tanta gente hacerse eco irracional de los más estrambóticos rumores. ¨Que si vamos a vivir otro Periodo Especial¨. ¨Que si tendremos apagones de 25 horas al día¨. ¨Que si volveremos a 1994 pero en vez de salsa con reguetón¨
En fin, las bolas más exageradas y disparatadas que un grupo humano puede echar a correr siendo solo superadas por Apocalipsis Maya del 2012.
Todo motivado por las medidas de austeridad, término europeo de moda, que el gobierno cubano ha comenzado a tomar luego de una sostenida bajada en los precios del petróleo.
Es necesario entender la paradoja de que el hecho de que los precios del petróleo en el mercado mundial estén desplomados afecta el consumo de hidrocarburos en Cuba.
Como una buena cantidad de países del Caribe y Centroamérica, Cuba importa petróleo a través del programa Petrocaribe. Dicho programa, creado en el 2005 por Hugo Chávez, devino más que un alivio económico en una plataforma de desarrollo, especialmente para aquellos países que han sabido aprovecharlo.
Petrocaribe ofrece créditos a largo plazo y a muy pajo interés, por la compra de petróleo crudo venezolano. No todo el petróleo que importan y consumen sus estados miembros proviene de él, pero por sus ventajas sí su mayor parte. El programa solo está abierto a empresas estatales. Unos 16 países se benefician y en la práctica dependen de su funcionamiento.
Con el tiempo el pago de Petrocaribe se perfilaba no como una mera deuda de los miembros, si no en un fondo de inversión regional similar al que recientemente crearon varios países con China a la cabeza, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. Como es entendible la muerte en el 2013 de su principal impulsor, el presidente Hugo Chávez y la compleja situación política posterior en Venezuela afectaron el avance del proceso.
La exportación petrolera es por mucho el primer renglón económico de Venezuela y por lo tanto su principal fuente de divisas. Los altos precios del petróleo en años anteriores permitieron no solo la creación y expansión de Petrocaribe, sino múltiples inversiones en materia social además del lógico sostenimiento de la vida en el país.
La caída de los precios ha disminuido drásticamente la adquisición de dividas para Venezuela así como la existencia de sus reservas nacionales.
Aunque Petrocaribe es un proyecto del gobierno bolivariano, con una fuerte inspiración latinoamericanista y de colaboración regional basada en el principio de Patria Grande, por lo que es lógico que un cambio político en Venezuela amenace su existencia, es muy poco probable que desaparezca al menos en el futuro cercano.
Pero si debido a la coyuntura actual está disminuyendo obligatoriamente su funcionamiento.
Las consecuencias para pequeñas naciones como Nicaragua, Haití, Republica Dominicana, Jamaica, El Salvador, y por supuesto la propia Cuba, pueden ser muy serias.
Sin embargo, si se hace un análisis, tal vez el país que más condiciones tiene para sobrevivir de la mejor manera a esta situación es precisamente Cuba.
A diferencia de sus vecinos tiene una economía mayormente estatal, lo que amén de las diatribas cotidianas de los cubanos, le permite ser una economía planificada. En el país cada año se toman medidas de ahorro energético durante el verano. Se hizo una trasformación de su sistema eléctrico nacional con la llamada Revolución Energética, que lo descentralizó para hacerlo más fragmentado y manejable, con menores afectaciones ante cualquier situación.
Cuba, a diferencia de la gran mayoría del resto de los miembros, produce buena parte del gas y le petróleo que consume. Es entendible que esta situación acelerará la inversión en la extracción nacional.
Según se ha anunciado el país está a las puertas de una segunda sustitución masiva de la tecnología de iluminación, sustituyendo próximamente todos los bombillos llamados ahorradores que remplazaron una vez a los incandescentes, por bombillas led. Se ha hablado de unas 13 millones de bombillas a distribuir. Eso disminuirá notablemente el consumo energético, especialmente el doméstico.
En algunos países cercanos, incluso con Petrocaribe en su mejor momento, la situación energética es penosa. En República Dominicana los apagones diarios sin excepción en gran parte del país superan las 10 horas diarias.
Es posible que el temor de los cubanos sea mayor debido a que la mayoría no recuerda lo que es un apagón más allá de alguna rotura o evento climático y los más jóvenes ni siquiera vivieron el Período Especial.
Como todos los países, la ejecución del presupuesto disponible es anual, y por supuesto está comprometida de antemano y se evita echar mano a las reservas. En medio de un año fiscal es lógico que no sea fácil sacar cientos de millones de dólares para comprar petróleo fuera de Petrocaribe, ni esas compras se hacen de forma expedita.
Lo más probable es que el Estado cubano tenga que comprar durante lo que queda del 2016 y el 2017, el petróleo de otras fuentes para completar su consumo nacional. Claro, no sería con las ventajas de Petrocaribe por lo que significaría un notable impacto financiero. Además de las conocidas consecuencias del bloqueo estadounidense, donde aún no acaba de erradicarse en la práctica la prohibición del uso del dólar.
Pero como quiera que sea se trata de una crisis energética y no de otro tipo. Por supuesto el sector energético es el pilar del funcionamiento de toda la economía y muchos servicios y producciones se verán afectados. Pero no creo, por ejemplo, que los cubanos vayamos a tener por eso un desabastecimiento mucho mayor que el que ya padecemos cada día.
Puede ser que las tiendas incluso abran más tarde y como es habitual cada verano, apagarán el aire acondicionado para que usted pueda encender el de su casa. De hecho la medida de limitar la jornada de trabajo en muchas oficinas y ministerios a medio día, es reducirla al tiempo verdaderamente productivo. El resto de las horas de trabajo no son efectivas pues buena parte del personal se dedica a jugar en la PC o escaparse hacia las tiendas.
La economía cubana y su comercio internacional se encuentran enormemente más diversificadas y con mayores fuentes de financiamiento que en la década del 90. La Cuba de 1994 y la del 2016 no tienen comparación.
Lo que sí es indudable es que la necesidad de desembolsar un mayor capital para el sostén energético del país, llega en un momento en que ese dinero es necesario para acoger inversiones extranjeras, impulsar industrias en expansión como la turística y la minera. También cubrir enormes lagunas en el desarrollo del país como las telecomunicaciones e Internet. Además de satisfacer la cada vez mayor exigencia popular de inversión en los servicios públicos.
La crisis energética será una afectación real además de una nueva y útil excusa en boca de la ineficiencia.
Pero también acelerará la búsqueda de una mayor independencia energética. Nuestra alianza con Venezuela como todas las cosas terrenales tendrá su término. Aunque duro, nos ayudará a hacernos más independientes y por lo tanto más desarrollados tal y como pasó con el padrinazgo soviético o con el fin de la industria azucarera.
En cuanto a la política interna, se cumpliría el más interesante de los escenarios que se especularon cuando las reelecciones de Chávez y Obama – el trabalenguas ¨ (1) Cuba con Chávez y con Obama, (2) Con Chávez pero sin Obama, y (3) Sin Chávez pero con Obama¨- en la práctica, con el socio venezolano agobiado por su situación y una Casa Blanca con relaciones diplomáticas, la tercera opción es la que perece que tendremos por delante.
Esperemos pasar esta situación con la menor afectación posible ya que sin dudas traerá dificultades extras a nuestras vidas.
Mientras, el ser humano seguirá encontrado más placer en la locuacidad que en el análisis. Pero a veces, aunque sea a veces, uno debe poner la vista en el vacío y ocupar su mente en sacar algunas conclusiones. Puede parecer que está entretenido, pero no, esa persona simplemente está pensando.
Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com
miércoles, 24 de febrero de 2016
Transición a la cubana
2016 será un año decisivo para el futuro de la isla: en abril tendrá lugar el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), que coincidirá con diez años de Raulismo, y en noviembre se celebrará el 60º aniversario de la salida del yate Granma hacia Cuba, en paralelo a las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
La severa crisis política y económica en Venezuela y la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias venezolanas del 6 de diciembre pasado obligarán al régimen cubano a acelerar las negociaciones con Estados Unidos, con quien ya sostuvo una reunión secreta sobre un tema clave: las propiedades que Cuba nacionalizó durante la Revolución y que su vecino del norte sigue reclamando. Este asunto ocupará un espacio importante tanto en la agenda bilateral como en la transición cubana, que continúa pasito a pasito.
Los cambios en Cuba y Estados Unidos se condicionan mutuamente. Un presidente menos favorable al diálogo podría frenar una mayor apertura en Cuba y, viceversa, las reformas en la isla podrían acelerarse con la continuidad del compromiso constructivo y el fin de la política de sanciones que provocaría cambios más sustanciales.
El ritmo de reformas en la isla siempre ha dependido de socios externos que, desde la alianza con la Unión Soviética hasta la unión con Venezuela, dieron oxígeno económico al régimen castrista y retrasaron los cambios necesarios para adaptarse a una economía globalizada. Ahora, Cuba está sustituyendo a Venezuela por Estados Unidos.
Esta nueva apuesta no está exenta de riesgos, pero el lucrativo intercambio con Venezuela – especialistas cubanos a cambio de crudo – se está agotando, igual que la Revolución Bolivariana en un post chavismo inmerso en una profunda crisis interna tras la derrota electoral. La victoria de la oposición es el principio del fin de la alianza bilateral y uno de sus líderes, Henrique Capriles, ya ha dicho que “no vamos a regalar más petróleo”.
Desde esta perspectiva, la luna de miel entre Cuba y Estados Unidos es un paso pragmático para preparar el fin de la alianza con Caracas – en camino a un Estado frágil con un récord de homicidios y una economía colapsada – y buscar un nuevo aliado que reemplace a Venezuela como principal socio económico.
En 2014, Caracas todavía representó un 37% del comercio total de Cuba, a la que suministró unas 90.000 toneladas de barriles de petróleo diarios, un compromiso que el Gobierno de Nicolás Maduro difícilmente puede mantener en una situación de emergencia nacional por la caída del precio del crudo, una inflación del 158% y una recesión histórica del -10%.
Ambos lideran el ALBA, una plataforma que une a un grupo de países para construir un modelo alternativo de desarrollo y oponerse a la hegemonía de Estados Unidos. La frágil alianza está condicionada a cambios internos en Cuba y Venezuela, y tanto el acercamiento entre La Habana y Washington como el conflicto interno venezolano conspiran contra el ALBA.
En 2014, EE UU ya fue el noveno socio comercial de Cuba, por delante de Rusia. Después del restablecimiento de relaciones diplomáticas, los intercambios bilaterales llegaron a récords históricos, y la economía cubana creció un 4,5% en el primer semestre de 2015. La decisión de sustituir a Caracas por Washington promete, pero sólo si el próximo año ganan los demócratas. En el caso contrario, el próximo presidente podría restablecer el statu quo anterior.
Mientras tanto, el Gobierno de Raúl Castro continuará un proceso de reformas lento pero irrefrenable. Desde que el presidente sustituyó en 2006 a su hermano Fidel, el país ha cambiado mucho: el enemigo histórico abrió una embajada en La Habana, Cuba participó en una Cumbre de las Américas, negocia un acuerdo de cooperación con la Unión Europea, permitió una creciente influencia política de la Iglesia Católica y levantó las restricciones de viajes y múltiples actividades privadas. Unos cien presos políticos salieron de las cárceles, hay un debate más plural sobre el futuro del país y algunos grupos, entre ellos los homosexuales y transexuales, ampliaron sus derechos.
Todo esto ocurrió en el habitual marco de un régimen autoritario que sigue aplicando la represión, prohíbe las libertades políticas y no permite alternativas al régimen actual. Pero el país también es más previsible, y Raúl habla poco y cumple con lo que dice: restableció relaciones diplomáticas con Estados Unidos y autorizó un creciente sector privado como alternativa al Estado que despidió a más de un millón de trabajadores. Raúl Castro es evaluado por los resultados y no, como antes, por la lógica de la “fortaleza amenazada” desde un enemigo externo o el carisma del máximo líder.
Si Raúl cumple con su promesa de abandonar el poder en 2018, le quedan dos años para preparar los cambios que necesita el país. Sin duda, quien le suceda – sea el actual vicepresidente Miguel Díaz Canel u otro – ya no pertenecerá a la generación histórica de la Revolución y tendrá que buscar otras fuentes de legitimidad. En términos institucionales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que representa Raúl Castro seguirán ocupando una función clave en la próxima etapa política, mientras que el Partido Comunista de Cuba (PCC) ha tenido, desde siempre, un papel menor.
Por la represión, las fragmentaciones internas y la “opción salida” -más fácil por la libertad de viajar-, la oposición no ofrece una alternativa creíble al poder, dejando el campo al régimen actual, que probablemente es menos hermético de lo que aparenta. Salvo sorpresas, en dos años pueden manifestarse las primeras fisuras de una cúpula política que durante 57 años se ha presentado unida (o como una unidad), pese a las especulaciones sobre posibles divisiones entre talibanes, halcones y palomas que suelen acompañar a las transiciones del autoritarismo a la democracia.
Por su vecindad, la herencia social de la Revolución y la perspectiva de sucesión, el futuro de la isla no se puede anticipar construyendo paralelismos con otros países con trayectorias y contextos regionales muy diferentes. Cuba no es ni España ni Vietnam. Sigue siendo un caso sui generis.
A diferencia de España carece de un mediador político como el Rey, Fidel ya tiene sucesor y la situación en su vecindad no invita tanto a transitar el camino hacia la democracia liberal. Comparado con casi todos los países latinoamericanos y pese a las enormes dificultades económicas, Cuba sigue contando con un alto desarrollo humano, que es la cara amable de un régimen indudablemente autoritario.
El desarrollo social y el mantenimiento de unos sistemas públicos de salud y de educación gratuitos, que incluso sobrevivieron al colapso del bloque socialista, siguen siendo la excepción en una región que es la segunda más desigual del mundo. Y de modo diferente al gran incentivo que ofreció a España la inclusión en la Comunidad Económica Europea, el mayor obstáculo para un cambio democrático sigue siendo el embargo de Estados Unidos, que sólo puede ser levantado por el Congreso.
Tampoco funcionan las comparaciones con otros países socialistas como China o Vietnam. Primero, los logros sociales en Cuba son mayores y, aunque crecen, las desigualdades no son comparables con los elevados índices Gini de China o Vietnam. Por otro lado, la isla cuenta con un mercado interno no solo mucho más pequeño y menos privatizado que el vietnamita, sino también joven y dinámico, ajeno al dilema que afrontan los países europeos de una población mayor y bajas tasas de fertilidad.
Como siempre, pocos analistas acertarán con sus pronósticos sobre el futuro de la isla, que depende tanto de la constelación de poder interno como de la evolución de su nueva alianza con el enemigo histórico y cuya actuación condiciona el ritmo de los cambios en Cuba. Si continúa la política de compromiso constructivo, se acelerará la apertura y, viceversa, si un republicano gana la presidencia de Estados Unidos, puede volver el statu quo ante. En 2016 tendremos más certeza sobre la próxima etapa de la transición a la cubana que evoluciona al ritmo caribeño de “lento, pero sin pausa”.
