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martes, 1 de agosto de 2017

Operación Milagro

1 agosto 2017 

Operación Milagro. Foto: Archivo

Le llaman “la Ceguera”. Es un conjunto de cuatro modernos edificios situado al suroeste de La Habana (Cuba), concretamente en el verde y boscoso municipio de Marianao. No lejos de la mundialmente conocida sala de espectáculos Tropicana y del que fuera colegio jesuita de Belén, donde cursó sus estudios secundarios Fidel Castro. Oficialmente se llama Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer y ahí es donde se inventó, el 9 de julio de 2004, a iniciativa de Fidel y de Hugo Chávez, la famosa “Operación Milagro” que le ha devuelto la vista a millones de personas ciegas y sin recursos no sólo en Cuba y Venezuela sino en decenas de países de América Latina y del mundo.

El hospital existía, en forma embrionaria, antes de la revolución cubana. Se llamaba “La Liga contra la Ceguera” (de ahí el nombre con el que aún se le conoce popularmente) y había sido fundado en 1956 por un grupo de oftalmólogos humanitarios, financiado por un patronato de beneficencia a base de donaciones voluntarias de la población. Pero la mayoría de sus médicos, después de la victoria de la revolución, abandonaron a sus pacientes y se marcharon a Estados Unidos.

Con el personal que no desertó y se mantuvo fiel al proyecto transformador, poco a poco, gracias también a un grupo de jóvenes oftalmólogos, se retomó el proyecto. Así fue consolidándose la idea de impulsar la creación de un Hospital Docente Oftalmológico enteramente financiado por las nuevas autoridades revolucionarias.

En 1988, a iniciativa del presidente Fidel Castro, se creó, en el seno de este hospital, con los más modernos equipos tecnológicos, el Centro de Microcirugía Ocular que pronto iba a situar a Cuba en los primeros puestos, a nivel mundial, en materia de cirugía de cataratas, miopía y glaucoma. De todo el planeta empezaron entonces a acudir pacientes para someterse a delicadas intervenciones. Y la excelente reputación del “Pando Ferrer” se fue extendiendo por el mundo entero.

“¿Cómo surgió la idea de la operación milagro?”, le pregunto al doctor Marcelino Ríos, director del Hospital Pando Ferrer. Acompañados por la Dra. Eneida Pérez, que dirige el departamento de cataratas, estamos en su modesto despacho en el que destaca una gran foto en blanco y negro, enmarcada –obra de Alberto Korda—, que muestra en primer plano a Fidel Castro encendiendo un cigarro junto a Che Guevara. El Dr. Ríos lleva su bata blanca bien abrochada por encima de una camisa azul, está sentado ante una mesa repleta de libros y documentos, y me cuenta: “Todo empezó un 9 de julio del 2004. Se cumplen ahora exactamente trece años. Yo estaba ya de director. Recuerdo que era un viernes, ya de noche, pasadas las siete de la tarde. Una gran parte del personal, como es lógico, ya se había ido a su casa. Empezaba el fin de semana… Y, de pronto, me anuncian que llega, de improvisto, Fidel. ¡Imagínese!”

El Dr. Ríos se echa las manos a la cabeza y hunde los dedos en su espesa cabellera gris mientras, abriendo bien grandes los ojos, trata de reproducir la traumática sorpresa de entonces: “Ignoraba a qué venía el Comandante… Y me puse a reunir a todos los doctores que, a esa hora, podía encontrar disponibles. No eran muchos, cuatro o cinco a lo sumo. Entre ellos estaba la jovencísima Dra. Eneida Pérez que no debía tener ni treinta años entonces… Llegó Fidel, con su uniforme verde oliva, sus botas altas, afable como siempre. Venía solo, sin ningún ministro. Nos reunimos en un salita pequeña. Expectantes… Y ahí, sin muchos preámbulos, bebiéndose un vaso de agua, Fidel nos pidió, como un favor, si podíamos recibir el día siguiente por la mañana –un sábado…— a un grupo de cincuenta pacientes venezolanos que estarían llegando de Caracas para ser operados de cataratas…”

“¿Ya dominaban ustedes la cirugía de las cataratas?”, le pregunto a la Dra. Eneida Pérez. Venerada por sus pacientes, amable y bondadosa, considerada como una de las mejores cirujanas oftalmólogas del mundo, la Dra. Eneida me explica: “Bueno, quizás no tanto como ahora con trece años más de experiencia… Pero ya realizábamos, en 2004, unas setecientas cirugías por semana… Y ya entonces, varios de nosotros, exactamente siete, dominábamos la más novedosa técnica quirúrgica, la Blumenthal, para el tratamiento de las cataratas, enfermedad que es responsable, hay que recordarlo, de la mitad de los casos de ceguera en el mundo.”


“Al día siguiente –prosigue el Dr. Marcelino Ríos— a las siete de la mañana, llegaban a nuestro hospital los cincuenta venezolanos anunciados por Fidel. Una hora después ya habían sido operados los primeros de ellos. Y el lunes siguiente, nuestros siete cirujanos, trabajando sin descanso, habían operado a todo el grupo. Me llamó Fidel para felicitarnos y preguntarme si podíamos operar a más gente… ¿A cuántos más? le pregunté. Y ahí es cuando me dice que, sin duda, se había expresado mal porque lo que él nos había pedido era de operar a cincuenta venezolanos… ¡por día! Además eso no debía perturbar el servicio a los pacientes cubanos que ya operábamos normalmente…”

“Tuvimos que traer a otros siete oftalmólogos del interior del país porque no dábamos abasto… –me explica la Dra. Eneida Pérez— Tuvimos que constituir dos grupos: el primero empezaba a las 7 de la mañana… Terminaba a final del día… Calcule usted, cada intervención en aquella época duraba unos 15 minutos… Y cada cirujano operaba a unos sesenta o setenta pacientes por día… En total, los catorce cirujanos operábamos a una media de unos 500 pacientes cada día… Fue un reto formidable. Tuvimos que sobrepasarnos. Dos meses después, habíamos operado a unos 14 mil pacientes. Casi todas eran personas sin recursos. Con anécdotas muy conmovedoras: madres o padres que veían a sus hijos por primera vez… Ciegos de nacimiento –porque hay cataratas de nacimiento…— que por fin recobraban la vista y descubrían el mundo… Muchos lloraban de emoción. Humanamente fue una experiencia fabulosa.”

“Fidel –recuerda el Dr. Ríos—, un tiempo antes, en una precedente reunión, me había preguntado: ‘¿Cuál es la mejor tecnología para la cirugía oftalmológica, sin contemplar precios pero obviamente que no sea norteamericana?’ Le dije, sin vacilar, que era la alemana o la japonesa. Y el Comandante, a pesar de las reservas expresadas por algún ministro, mandó importar lo mejor. Para dar el mejor tratamiento a nuestro pueblo. Ello permitió a nuestros médicos y a todos nuestros especialistas formarse a las técnicas más actuales, más avanzadas. Sin esos equipos de alta tecnología y sin esos progresos no hubiésemos estado a la altura del desafío que nos planteó aquel 9 de julio de 2004. Fidel lo tenía pensado, no me cabe duda, desde mucho antes. Recordemos que, con Hugo Chávez, ya habían lanzado con enorme éxito, en Venezuela, la ‘Misión Barrio Adentro’, enviando a miles de médicos cubanos a los barrios más pobres para atender a pacientes que, a veces, no habían visto a un doctor o a un dentista en toda su vida. Por eso, los dos Comandantes conciben la idea de lanzar la ‘Operación Milagro’. Pero no divulgan la iniciativa; la mantienen en secreto hasta ver si todo sale bien.”

“Durante más de un año –prosigue la Dra. Eneida Pérez— estuvimos operando a miles y miles de pacientes venezolanos. Se estableció un verdadero puente aéreo con Caracas. Cada enfermo venía, por razones obvias, acompañado de un pariente. Y a este pariente, nuestros servicios médicos lo sometían a un examen de salud completo, multidisciplinario. Y a menudo se descubría que padecían diversas afecciones de salud o padecimientos crónicos; y también se les trataban. O sea que paciente y acompañante regresaban a su país totalmente curados.”

“¿Cuándo se anunció públicamente la existencia de la ’Operación Milagro’?”, le pregunto al Dr. Marcelino Ríos. “Fue —me contesta— en el marco del programa de televisión ‘Aló Presidente’ que se realizó aquí en Cuba, en la provincia de Pinar del Río, en un poblado llamado Sandino, el 21 de agosto de 2005. Ahí es donde los presidentes Hugo Chávez y Fidel Castro anuncian que ya se han operado más de 50 mil pacientes y divulgan la existencia del convenio mediante el cual se crea la ‘Misión Milagro’ que plantea intervenir quirúrgicamente a seis millones de latinoamericanos, aquejados de enfermedades oculares, en un lapso de una década. Se le puso de nombre ‘Milagro’ porque es la expresión popular de centenares de pacientes que, al recobrar la vista, exclaman sorprendidos: ‘¡Es un milagro!’. Muchos de ellos nos contaban sus experiencias de peregrinar por los diferentes servicios de salud de sus respectivos países, sin recibir respuesta. Y ya habían abandonado toda esperanza de recuperar la vista algún día…”

“¿La ‘Operación Milagro’ —le pregunto al Dr. Ríos— se ha extendido a otros países además de Venezuela?” El año siguiente al anuncio hecho por los Comandantes Fidel y Chávez, o sea en 2006, abrimos varios de centros oftalmológicos en Venezuela, integrados por profesionales cubanos —un centenar de ellos trabajadores de nuestro hospital Pando Ferrer. Debo precisar que, en la ‘Operación Milagro’, participan unas 165 instituciones cubanas. Y se dispone, además, de una red de cincuenta centros oftalmológicos con 82 posiciones quirúrgicas en 14 países de América Latina y el Caribe. Porque, en efecto, Fidel y Chávez, a partir de la experiencia cubana, decidieron ampliar el servicio a otros países, incluyendo a varios Estados del Caribe, como Haití y San Vicente y las Granadinas. Bolivia fue la siguiente nación. Después se sumaron Guatemala, Honduras, Ecuador, Paraguay, El Salvador, México, Argentina, Uruguay… Hasta alcanzar una veintena, más otras decenas de establecimientos quirúrgicos abiertos por personal cubano en África y Asia. “

En el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay unos 45 millones de ciegos. Y, como nos lo precisaba la Dra. Eneida Pérez, la mitad de ellos, o sea unos 25 millones, lo son sencillamente a causa de las cataratas. Lo que significa que, con una simple operación quirúrgica, esos 25 millones de personas podrían recuperar la vista. Dicho de otra manera, esos 25 millones de personas son ciegas porque son pobres. Porque no pueden costearse una intervención quirúrgica de alto coste, o porque no viven en un país con un sistema público de salud que preste esa atención y asuma ese gasto. Esa es la tremenda injusticia que quisieron combatir los líderes de la revoluciones cubana y bolivariana. Igual que ambos combatieron y erradicaron por completo el analfabetismo en sus respectivos países, se propusieron erradicar la ceguera.

Algunos quizás se pregunten si todo esto que estoy diciendo no es más que propaganda. Para verificarlo, como yo era muy miope y con unas cataratas muy complicadas, decidí probar en mi propia persona la ‘Operación Milagro’ y someterme a cirugía en los dos ojos.

Después de los análisis pertinentes, mezclados con las decenas de pacientes que llenan los pasillos del Hospital Pando Ferrer, me sometí a la intervención. Con sus manos de ángel, la Dra. Eneida Pérez me operó. Una semana el primer ojo. La semana siguiente el segundo. Seis o siete minutos a cada vez. Cero dolor. Increíble. Totalmente ambulatorio. Apenas operado, te levantas de la mesa del quirófano por tus propios pies y, sin la ayuda de nadie, te marchas a casa. Dos horas después, te retiras tú mismo el esparadrapo que cubre el ojo operado. Milagro. Ya ves bien. Ya puedes hacer vida normal. Puedo dar testimonio de ello. ¿Cómo no pensar en los millones de personas que han vivido esta experiencia? ¿Cómo no estar eternamente agradecidos a los dos Comandantes que impulsaron este grandioso milagro?

miércoles, 17 de mayo de 2017

La utilidad de la historia

Fuente: CUBARTE

En el artículo que Fidel Castro escribió en su cumpleaños 90 –Granma, 13 de agosto de 2016– hay una confesión: 

Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine. Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer. 

Al repasar su niñez, se duele por no haber ido a un cine, a disfrutar del experimento cultural más novedoso de su época, y sabe que posiblemente muchos perdieron potencialidades, porque cuando no hay una enseñanza adecuada o una insuficiencia de educación en los primeros años de vida, medio para llegar a la cultura, esta privación resulta a veces insustituible en la adultez, porque influye o decide en muchísimas cuestiones esenciales de la existencia. Fidel, en su adolescencia y juventud, completó con creces la cultura de que careció en la niñez, pues sustituyó prontamente ese déficit, pero ni todos somos tan ágiles autodidactas como él, ni tenemos su privilegiada memoria, ni mucho menos su capacidad de razonamiento y de relación, una de las virtudes más sobresalientes de su intelecto. 

Fidel es un político culto –especie en extinción–; por ello puede adelantarse a la Historia. La incultura aplana al ser humano, y la falta de profundidad en los juicios sobre la sociedad imposibilita la construcción de un criterio político sólido y, por tanto, propio, carencia ideal para que otro se aproveche y presente ciertas «recetas», listas para la aceptación y el consumo. La ignorancia de los dirigidos es el paraíso de la dominación de no pocos políticos: somos más vulnerables en la medida en que desconocemos más. Quizás por ello en los momentos más difíciles del socialismo cubano, el líder de la Revolución aseguró que la cultura era lo primero que había que salvar. 

Entre las carencias de la preparación cultural, se encuentra el desconocimiento de la Historia, o su mal conocimiento, pues si la memoria histórica se resume a ser un azote improductivo para repetir lo que sucedió, no sirve y será inútil; la Historia tiene que ser herramienta para el entendimiento de la realidad de ahora mismo en toda su complejidad, e incluso, pedestal para avizorar el escenario que está por venir, es decir, el porvenir. Políticos y políticas que no tengan esto en cuenta, serán fugaces y tanto sus nombres como sus fracasadas acciones se olvidarán muy pronto.

Lejos de la densa, parcial, idílica, personalista y triunfalista visión de buena parte de los historiadores, enseñada en las escuelas con bastante frecuencia, la que día a día se establece en las memorias colectivas de los más jóvenes mediante diversas vías, aparentemente más sencilla, bipolar y contradictoria, objetiva y polémica, es la que contribuye realmente a la construcción epistemológica actual. No hacen falta métodos de aprendizaje con genealogías de poder y triunfo incorporadas a “biblias”, ni frases repetidas como recurso mnemotécnico, único medio para transmitir el conocimiento unidimensional en la antigüedad. Las civilizaciones, a partir de la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, han realizado fabulosas insurrecciones gnoseológicas, y han convertido los descubrimientos científicos en una asombrosa práctica, recientemente de manera casi inmediata y cotidiana, accesible incluso para los niños, que ha dejado rezagada, por pasiva, hasta a la novedosa televisión de nuestra infancia, pues hoy la interacción constituye un requisito indispensable para la comunicación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las sucesivas revoluciones de las tecnologías de las telecomunicaciones y la informática, las ciencias biológicas, y las del conocimiento general, incluida la robótica, alcanzaron una vertiginosa rapidez de aplicación, a tal punto que el científico holandés Paul Crutzen –Premio Nobel de Química en 1995 por sus descubrimientos en la destrucción del ozono atmosférico– ha nombrado a esta era geológica como Antropoceno, pues posiblemente después del paso de los humanos por el planeta, vendrá la séptima gran extinción masiva. 

Esta puede ser la realidad de un fin de una historia en el mundo por las prácticas de consumo que ha establecido el capitalismo, lejos del “fin de la Historia”, que agoreros neoliberales lanzaron con despliegue de publicidad y aparataje seudocientífico hace algunos años, y en la que no pocos incautos creyeron, cuando se derrumbó un tipo de «socialismo» que había torcido el camino sustituyendo una enajenación por otra y alejándose de la emancipación social. Cuba, desafiando las leyes de gravitación hacia Estados Unidos y con un ético programa de justicia e inclusión social, no solo resistió los embates de esa primera economía mundial que la bloqueaba, sino que emergió victoriosa hasta lograr su reconocimiento como país «diferente». ¿Pueden explicarse estos hechos a partir del texto de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre? 

Existe un cuantioso patrimonio audiovisual e iconográfico, que ha superado considerablemente el cine de la época de la niñez de Fidel, y que todavía espera por ser incorporado a la enseñanza. También hay publicados valiosos textos que es necesario tener ya en cuenta en los planes docentes, pues contribuyen a conformar la cultura histórica y política imprescindible para no perderse en el escenario mundial contemporáneo. Entre esos libros están los dos excelentes volúmenes de Ernesto Limia Díaz: Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, y Cuba Libe: la utopía secuestrada, ambos con dos ediciones cubanas, y ahora Cuba: ¿fin de la historia?, puntual síntesis de razonamientos concatenados para desentrañar la verdadera naturaleza de la relaciones de la Isla con el coloso vecino del norte, único modo de entender el nacimiento de la nación cubana, el transcurso de la república dependiente de Estados Unidos, qué retos venció y enfrenta hoy la revolución socialista después de la caída del muro de Berlín, y cuáles tendrá que asumir el país rebelde ante nuevos y complejos desafíos. Desde que Cuba forjó su identidad cultural en el siglo XVIII, mucho antes de ser nación, ha luchado contra todas las potencias imperiales del mundo. Dos líderes de estatura planetaria han conducido la ideología y la acción antiimperialista de su pueblo para construir la república y el socialismo: José Martí y Fidel Castro. 

La estructura del libro de Limia resume algunos momentos y procesos cruciales del nacimiento de la nación y los permanentes intentos de dominación por parte de Estados Unidos, hasta llegar al instante actual: desde la gestación de la nacionalidad basada en la identidad cultural y pensada por Félix Varela, un sacerdote católico que también fue, a juicio de Emilio Roig de Leuchsenring, «el primer intelectual revolucionario cubano»; la actuación de Estados Unidos frente a la revolución de 1895, concebida por Martí como «guerra necesaria» para fundar una república «con todos y para el bien de todos»; la persistencia norteamericana para ejercer el poder en la Isla a través de diferentes medios y tácticas, y posteriormente, a partir del triunfo de la Revolución de 1959, la lucha por defender la soberanía en los momentos en que las campañas neoliberales se creaban como plataforma neoconservadora, para recuperar un terreno perdido y hacer realidad el sueño de una zona de libre comercio favorable a sus intereses desde Alaska al Cabo de Hornos; por último, las nuevas tácticas de Estados Unidos a raíz de las negociaciones con Cuba, como sutiles maniobras vinculadas a una guerra cultural y mediática. Imposible comprender estas relaciones actuales, si no se revisa con objetividad el conflicto entre lo que se ha llamado el Tío Sam y lo que erróneamente se ha caricaturizado como Liborio, una caricatura del pueblo cubano que nunca ha sido ese sujeto obediente, ingenuo y asustadizo.

Cuba: ¿fin de la historia? comienza con el análisis del parto de la nación gestada en el período de la Ilustración española, cuyos ecos en nuestro continente coadyuvaron al espíritu independentista y a que la metrópoli perdiera casi todas sus colonias en América, hacia el primer cuarto del siglo XIX. El vasco Luis de las Casas, capitán general de la Isla, y colaboradores cubanos como Tomás Romay y el sacerdote católico José Agustín Caballero, iniciaron a partir de la última década del siglo XVIII un proceso de formación de la identidad cultural criolla. En el texto se explica con detalles la génesis de este proceso, y también, el surgimiento de una figura esencial que logró sintetizar la identidad cultural pensada como una todavía inexistente nación: el padre Félix Varela, quien aprovechando el movimiento constitucionalista de España, fue a dar allí la batalla política por Cuba; con la restauración monárquica lo acusaron de «conducta traidora» y tuvo que partir para Estados Unidos. Varela fue un convencido de dos elementos esenciales para pensar a una Cuba verdadera: el abolicionismo y el independentismo; nunca más pudo regresar a su Isla amada, pero dejó un legado patriótico recibido por la generación de jóvenes que iniciaron la primera guerra de independencia cubana.

El libro continúa con otro ensayo que primeramente analiza las causas del fracaso del primer intento independentista de 1868-1878, y después se detiene en el conocimiento que el más grande de los cubanos, José Martí, había adquirido sobre los intereses económicos de Estados Unidos en relación con la Isla en las últimas décadas del siglo XIX, favorecidos por el control del comercio marítimo y la concepción geoestratégica de ampliar su territorio, apoyada por estudios de las universidades de Harvard y Yale, y por los intereses declarados con el ascenso al poder de anexionistas como James G. Blaine. 

La nación estadounidense durante su época expansionista había desarrollado una estrategia, y para aplicarla comenzaba con la manipulación de la opinión pública como avanzada para ganar adeptos. El Apóstol, ante las intenciones de comprar la Isla a finales de los años 80, publicó «Vindicación de Cuba» en el diario The Evening Post, en respuesta a un artículo en The Manufacturer, en que se calificaba con términos humillantes a los cubanos; no fue réplica de amor propio herido lo que Martí expresó cuando se dirigía a los de «...la política fanfarrona o la desordenada ignorancia». Aunque parezca increíble, no ha cambiado mucho esta perspectiva en algunos políticos norteños de hoy, vinculados al proceso de las relaciones con Cuba. Por esta razón todavía «amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», aunque con el paso del tiempo hayamos sustituimos la palabra «tememos» por «vigilamos», pues los yanquis en la Isla ya han sido derrotados hasta militarmente. 

El conocimiento que Martí adquirió sobre el país donde vivía, de su vigorosa cultura y de su actualidad cotidiana, tan bien reflejada en sus hasta hoy no superadas crónicas de la sociedad norteamericana –atento lo mismo a las elecciones que a la intrahistoria del pueblo–, le proporcionó una aguda visión de virtudes y defectos, de lo que se podía esperar y hasta temer de sus gobernantes, porque se fundaba sobre lecturas y saberes comprobados en la práctica. La previsión del Apóstol ante la ofensiva de dominación estadounidense hizo que dedicara varios discursos y artículos de opinión a la Conferencia Internacional Americana, cuando se definía el futuro de las relaciones de Estados Unidos con la América al sur del río Bravo. No es lujo conocer bien este proceso que Limia describe teniendo en cuenta sus elementos fundamentales y que aún está vigente. En el discurso pronunciado por Martí en la velada celebrada en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889 en honor a los delegados a la Conferencia en Washington, se permitía una pregunta que él mismo contestaba: «¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola». Ante sucesivos convites, se mantiene hoy la misma respuesta. 

Con la muerte de Martí y Antonio Maceo, fue relativamente más fácil imponerle a Cuba la Enmienda Platt, el apéndice constitucional que garantizó la neocolonia. La Isla se convirtió en tema permanente de la agenda política del Congreso de Estados Unidos, y aún algunos de sus senadores creen que pueden legislar aquí. El tercer ensayo de Limia recorre la vieja política gravitacional norteña de la fruta madura y la doctrina del Big Stick o «gran garrote». Theodore Roosevelt, que había sido nombrado por el presidente William McKinley secretario adjunto para la Armada en la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba, fue uno de los que ideó el golpe publicitario de acusar a España de la voladura del acorzado Maine, aprovechada como pretexto para la entrada en la guerra en 1898; se alistó a la cabeza de un regimiento de caballería, los Rough Riders o «duros jinetes», y se ganó una desproporcionada fama de héroe, a tal punto que se nominó para recibir la máxima condecoración militar estadounidense y su imagen creció hasta ganar la presidencia; quizás por esta experiencia personal creía que «Cuba tiene que mantener con nosotros relaciones políticas mucho más estrechas que con ninguna otra nación», como cita Limia. Después fueron cambiando las tácticas para continuar la estrategia hacia la Isla, según las épocas: de la «diplomacia del dólar» al capitalismo de Estado, y de la histeria macartista al entreguismo batistiano. 

El ensayo de Limia demuestra que la lucha por la independencia y la soberanía cubanas continuó bajo diversos tipos de resistencias de eminentes figuras de la cultura nacional en todas sus manifestaciones, y con la lucha política de disímiles personalidades. Fidel Castro logró con el Movimiento 26 de Julio lo que parecía imposible: hacer una revolución social contra un ejército fuertemente armado a 90 millas de Estados Unidos; sus gobernantes quedaron sorprendidos y a partir de entonces su agenda política estuvo más activa que nunca, esta vez, para derrotar a la Revolución. Desde entonces, ha sido la obsesión de 11 administraciones; el texto ejemplifica algunos momentos con Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Richard Nixon, Gerald Ford y James Carter. Esta historia ha probado algo muy sencillo, pero que a los estrategas norteamericanos les ha costado trabajo entender, y tal vez aún no comprendan: no es posible derrotar a una profunda revolución social con amplio apoyo popular, por mucha fuerza y recursos que se empleen. 

El cuarto ensayo en Cuba: ¿fin de la historia? trata de los desafíos planteados frente a la extinción de la URSS y lo que se llamó «campo socialista europeo», y la escalada de la guerra de Estados Unidos contra la Isla, en medio de la borrachera neoliberal. Francis Fukuyama fue una de las cabezas visibles de la primera ofensiva ideológica del neoconservadurismo, con su libro The End of History and the Last Man, de 1989, traducido al español en 1992. Samuel P. Huntington y su equipo habían preparado durante una década las bases ideológicas de la nueva era, y la guerra económica encabezada por George H. Bush sería el colofón de la poshistoria proclamada por Fukuyama. Pero otra vez fallaron las tesis de laboratorio que desconocían la verdadera voluntad de los pueblos y la situación de los desplazados y marginados del sistema capitalista; aunque muchos descubrieron, con paralizante estupefacción, que la Unión Soviética no era el paraíso proletario, tampoco su destrucción conducía al triunfo capitalista definitivo, a pesar de que no pocos entusiastas «ideólogos» arrastraran desde entonces, como dijera Mario Benedetti, «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser».

Bush –padre– lanzó los proyectos de la Iniciativa para las Américas y el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, y algunos mexicanos ingenuos creyeron que se acercaba la hora de entrar al «primer mundo». Participé en enconadas y prolongadas discusiones en México con incautos que estaban convencidos de que llegaban al «sueño americano». Bill Clinton, el sucesor demócrata, firmó el Tratado de Libre Comercio, pero la historia, el «viejo topo», vino a aguar la fiesta, y justo el 1.0 de enero de 1994, cuando entraba en vigor, campesinos armados del estado de Chiapas ocuparon 7 cabeceras municipales y le anunciaron al mundo la existencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional; su líder visible, el subcomandante Marcos, proclamaba, no la toma del poder, sino algo mucho más difícil: la lucha por un mundo nuevo. A una nueva táctica sustentada por los poderes oligárquicos para ponerle fin a la historia, se oponía una vez más la resistencia de los pueblos, empeñados en construir otra historia. 

Cuando Fukuyama y los estrategas de Washington trataban de convencernos del fin de la modernidad, resurgía el desafío de la premodernidad indigenista. Lo que posteriormente fue conocido como ALCA –Acuerdo de Libre Comercio con las Américas–, sería liquidado en 2005, en Mar del Plata, Argentina, durante la IV Cumbre de las Américas, gracias a la ofensiva de los pueblos encabezado por el ALBA –Alianza Bolivariana para los pueblos de América–, proceso de integración de América Latina y el Caribe fundado por Hugo Chávez y Fidel Castro en 2004, año en que se conmemoró el 180 aniversario de la victoria de Ayacucho. El cacareado «fin de la historia» sirvió para organizar otra táctica de resistencia e iniciar otra etapa en la larga lucha por la emancipación.

La Alianza Transpacífica anunciada en 2013 por Barack Obama es continuación de los intentos de ponerle otro «fin a la historia». Ahora se cuenta con diversas alternativas en un sistema de redes del ciberespacio como medio atractivo para la guerra cultural, junto a películas, series, espectáculos televisivos, videojuegos, videoclips… producidos fundamentalmente por la industria del entretenimiento –vocablo muy preciso– norteamericano. Limia pone al desnudo los mecanismos de las corporaciones, contando con la opinión de un prestigioso intelectual como Joseph E. Stiglitz –Premio Nobel de Economía en 2001– o un político de alto reconocimiento entre jóvenes universitarios de su país, como Bernie Sanders –candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata en las elecciones de 2016. 

La cultura y el conocimiento no solo constituyen un requisito fundamental para trazar la política revolucionaria, sino que son imprescindibles para su ejecución, porque se necesita desentrañar los símbolos y paradigmas que actúan como agentes destructivos de la memoria histórica de los pueblos, columna vertebral de la actual guerra imperialista. Los políticos que no estén preparados para enfrentar esta nueva cruzada neoliberal sucumbirán inexorablemente; las políticas que no actúen en los campos de batalla en que se plantea la confrontación, con toda la inteligencia necesaria, no tendrán ninguna importancia para las nuevas generaciones. El texto demuestra cómo se hace coherente la vocación imperial con las declaraciones del presidente Barak Obama en su visita a La Habana; y su autor afirma que «...en esta batalla Cuba lleva las de ganar, como resultado de la profunda revolución cultural con que se edificó la nación a partir de 1959». 

En el último capítulo, «Para conectar desde los sentimientos», Abel Prieto se pregunta cómo lograr la cultura y la conciencia socialista en nuestros jóvenes, y se impone la respuesta: con la construcción de saberes estratégicos que tributen a un ideario patriótico y socialista, con maestros cultos y sensibles –no en balde José de la Luz y Caballero afirmaba: «Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra». Hay que continuar pensando cómo enseñar a pensar, hay que estimular y sensibilizar la «conexión de sentimientos» para lograr resultados de cultura, ciencia y conciencia patriótica. Limia examina cómo Estados Unidos, mediante sus emporios mediáticos, se dedica a hacer atractiva la lógica capitalista de la preponderancia de lo privado por encima de lo público; a Cuba no le queda otra alternativa que continuar trabajando para demostrar que con justicia social y preservación de sus políticas públicas, se puede garantizar una real sociedad de bienestar. 

Pero en los idearios martiano y fidelista, ni a la felicidad se llega solamente con la riqueza material, ni a la prosperidad se arriba con un apoliticismo desmovilizador. El consumismo corrompe y desvía las emociones hacia un egoísmo ajeno al socialismo cubano; históricamente es enemigo de la justicia social. El empeño por «empoderar» a algunos cubanos para hacer fuerte una clase media en sí y convertirla en para sí, plataforma que después la conducirá a ser «para ellos», está en la agenda norteamericana contra Cuba, en su intento de «apagar» a la nación. El autor demuestra este propósito con palabras de gobernantes, funcionarios e instituciones estadounidenses. La suposición de que con un cambio generacional se construirá «algo nuevo» es cierta, pero no en la dirección insinuada por Obama en sus discursos habaneros. Las nuevas generaciones, participando en el imaginario de su nación, completando su república y perfeccionando su socialismo con las armas de la cultura y los valores, seguirán labrando en el surco de la Historia.

Si con sus dos primeros y extensos libros Limia demostró –junto a una gran eficacia comunicativa, dotes para la narración y prosa cuidada– la resistencia, largo aliento y astucia del corredor de fondo, en el ejercicio de síntesis contenido en las páginas de este breve volumen, se nos revela como avezado velocista, concentrado, y apto para un eficaz remate. En ambas «modalidades» impone su emoción, porque la historia para él no es ejercicio académico, pasado muerto, pretexto para vacuas conmemoraciones, sino carne y sangre de un presente que estamos cada día construyendo y un tiempo futuro que, como gustaba repetir Julio Antonio Mella, tiene que ser mejor. Tenemos que hacer mejor.

miércoles, 20 de julio de 2016

Acontecimientos que demandan una ampliación y flexibilización de los esquemas de reforma en Cuba

Por Domingo Amuchástegui 2016-07-19



 En un reciente artículo publicado en el diario español El País, el periodista Pablo de Llano, desde México, concluía sus comentarios sobre las actuales tensiones y reveses de la economía cubana, en los siguientes términos: “Hoy La Habana mira preocupada a dos capitales. A Caracas, donde se cierra el horizonte, y a Washington, donde no termina de abrirse”.




Lo referente a Caracas no es casi noticia. Desde la maltrecha victoria electoral de Maduro –e incluso desde antes, aún en vida de Chávez– muchos de los mayores proyectos prometidos por Venezuela a Cuba luego de los acuerdos de 2002 –con excepción de la refinería y terminal de Cienfuegos– han terminado olvidados en alguna gaveta. Mientras, los flujos petroleros en calidad de pago por servicios médicos y otros servicios y ventas, se han visto seriamente amenazados por el sostenido descenso de los precios del petróleo; todo ello unido a una pésima gestión económica de parte del presidente Maduro y su equipo, así como la creciente inestabilidad política luego de los resultados de las elecciones parlamentarias de medio término.

El horizonte no se cierra ahora. Solo un ciego, o un mutismo oficial negado a abordar descarnadamente todas las implicaciones de semejantes tendencias, podían abstenerse de admitir y, peor todavía, a no prever lo que dicho horizonte, desde hacía tiempo, podía depararle a la economía cubana. ¿Había plena conciencia en la dirigencia cubana de tales peligros? Más allá de su renuencia a admitirlos y discutirlos a plenitud y en público, el empeoramiento de la situación era algo que gravitaba sobre todo su quehacer y era un tema de creciente preocupación en los más diversos círculos en La Habana. Si alguien ha quedado sorprendido ha sido porque andaba en “Belén con los pastores”.

Si los niveles de recortes e impactos se mantienen de acuerdo a los números y medidas presentados por el vice-presidente Marino Murillo, entonces puede hablarse de “un mal menor”. Si, por el contrario, “el horizonte venezolano” llegara a cerrarse en números mayores, las cosas pueden llegar a empeorar: hipótesis que no descartó en sus palabras el presidente Raúl Castro. Aunque es incuestionable que Cuba está hoy en una mejor situación para neutralizar las posibles consecuencias de una crisis de gran envergadura; mucho mejor preparada que cuando ocurrió el llamado “Período Especial” de comienzos de los 90, del cual algunos han comenzado a especular como “posible” y, para algunos delirantes, incluso “deseable”.

Habrá que seguir muy de cerca los acontecimientos y tendencias, tanto en “el horizonte venezolano”, como en la economía y la sociedad en Cuba (con los dedos cruzados, con todas las invocaciones y rezos posibles, con velas, vasitos de agua y ofrendas, tirando los caracoles) pero, sobre todo, poniendo en práctica las políticas más atinadas y pertinentes ante una contingencia como la presente y que entrañen una ampliación y flexibilización de los esquemas de reformas a aplicar de aquí en lo adelante.

No olvidemos que, en paralelo al despeñadero venezolano de los últimos años, la dirigencia cubana trabajó, seria y certeramente, para normalizar sus relaciones con la Unión Europea y con Estados Unidos (el horizonte “que no termina de abrirse”, según la fórmula piadosa y demasiado incompleta del periodista Llano), además de renegociar su deuda externa con diversos actores internacionales.

Más allá de negociaciones y arreglos en áreas de relativa importancia, o completamente secundarias, el embargo/bloqueo sigue gozando de perfecta salud, todavía es  imposible conducir transacciones financieras en dólares, se mantienen en pie todos los programas de “cambio de régimen” administrados por la USAID; y en el Congreso, con independencia de algunas iniciativas loables de parte de algunos legisladores (todas fracasadas y ninguna aprobada hasta ahora) hay una mayoría de ellos que continúan “bloqueando” todo lo que tienda a normalizar la relación con Cuba, mientras introducen toda suerte de enmiendas o perchas para crear más restricciones al comercio, a los viajes, a diversas transacciones, al turismo y otras. El horizonte con Washington no es que “no termine de abrirse”, sino que cada vez se cierra más. Las recientes acciones en el proceso de aprobación del proyecto de Apropiaciones así lo confirman con creces, con el añadido de mayores  incertidumbres en torno a las elecciones de noviembre en la nación norteña y lo que estas puedan depararle a Cuba, no solo por quién resulte electo a la presidencia, sino por saber en qué dirección cambiará el Congreso, pues es allí donde se ventilan los temas cruciales que lesionan los intereses soberanos y materiales de Cuba, para bien o para mal, en particular en las circunstancias actuales.


martes, 5 de julio de 2016

El cielo se va a caer

Por: Javier Gómez Sánchez, La Joven Cuba


Diariamente uno participa en disímiles conversaciones, dónde se habla de los temas más diversos e inesperados, y si además uno tiene el privilegio de relacionarse con todo tipo de personas, puede llegar a escuchar las declaraciones más peregrinas.


Pero ha sido últimamente cuando he sentido durante algunas conversaciones ese sentimiento amargo que llaman vergüenza ajena.


En los días más recientes he escuchado a tanta gente hacerse eco irracional de los más estrambóticos rumores. ¨Que si vamos a vivir otro Periodo Especial¨. ¨Que si tendremos apagones de 25 horas al día¨. ¨Que si volveremos a 1994 pero en vez de salsa con reguetón¨


En fin, las bolas más exageradas y disparatadas que un grupo humano puede echar a correr siendo solo superadas por Apocalipsis Maya del 2012.


Todo motivado por las medidas de austeridad, término europeo de moda, que el gobierno cubano ha comenzado a tomar luego de una sostenida bajada en los precios del petróleo.


Es necesario entender la paradoja de que el hecho de que los precios del petróleo en el mercado mundial estén desplomados afecta el consumo de hidrocarburos en Cuba.


Como una buena cantidad de países del Caribe y Centroamérica, Cuba importa petróleo a través del programa Petrocaribe. Dicho programa, creado en el 2005 por Hugo Chávez, devino más que un alivio económico en una plataforma de desarrollo, especialmente para aquellos países que han sabido aprovecharlo.


Petrocaribe ofrece créditos a largo plazo y a muy pajo interés, por la compra de petróleo crudo venezolano. No todo el petróleo que importan y consumen sus estados miembros proviene de él, pero por sus ventajas sí su mayor parte. El programa solo está abierto a empresas estatales. Unos 16 países se benefician y en la práctica dependen de su funcionamiento.


Con el tiempo el pago de Petrocaribe se perfilaba no como una mera deuda de los miembros, si no en un fondo de inversión regional similar al que recientemente crearon varios países con China a la cabeza, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. Como es entendible la muerte en el 2013 de su principal impulsor, el presidente Hugo Chávez y la compleja situación política posterior en Venezuela afectaron el avance del proceso.


La exportación petrolera es por mucho el primer renglón económico de Venezuela y por lo tanto su principal fuente de divisas. Los altos precios del petróleo en años anteriores permitieron no solo la creación y expansión de Petrocaribe, sino múltiples inversiones en materia social además del lógico sostenimiento de la vida en el país.


La caída de los precios ha disminuido drásticamente la adquisición de dividas para Venezuela así como la existencia de sus reservas nacionales.


Aunque Petrocaribe es un proyecto del gobierno bolivariano, con una fuerte inspiración latinoamericanista y de colaboración regional basada en el principio de Patria Grande, por lo que es lógico que un cambio político en Venezuela amenace su existencia, es muy poco probable que desaparezca al menos en el futuro cercano.


Pero si debido a la coyuntura actual está disminuyendo obligatoriamente su funcionamiento.


Las consecuencias para pequeñas naciones como Nicaragua, Haití, Republica Dominicana, Jamaica, El Salvador, y por supuesto la propia Cuba, pueden ser muy serias.


Sin embargo, si se hace un análisis, tal vez el país que más condiciones tiene para sobrevivir de la mejor manera a esta situación es precisamente Cuba.


A diferencia de sus vecinos tiene una economía mayormente estatal, lo que amén de las diatribas cotidianas de los cubanos, le permite ser una economía planificada. En el país cada año se toman medidas de ahorro energético durante el verano. Se hizo una trasformación de su sistema eléctrico nacional con la llamada Revolución Energética, que lo descentralizó para hacerlo más fragmentado y manejable, con menores afectaciones ante cualquier situación.


Cuba, a diferencia de la gran mayoría del resto de los miembros, produce buena parte del gas y le petróleo que consume. Es entendible que esta situación acelerará la inversión en la extracción nacional.


Según se ha anunciado el país está a las puertas de una segunda sustitución masiva de la tecnología de iluminación, sustituyendo próximamente todos los bombillos llamados ahorradores que remplazaron una vez a los incandescentes, por bombillas led. Se ha hablado de unas 13 millones de bombillas a distribuir. Eso disminuirá notablemente el consumo energético, especialmente el doméstico.


En algunos países cercanos, incluso con Petrocaribe en su mejor momento, la situación energética es penosa. En República Dominicana los apagones diarios sin excepción en gran parte del país superan las 10 horas diarias.


Es posible que el temor de los cubanos sea mayor debido a que la mayoría no recuerda lo que es un apagón más allá de alguna rotura o evento climático y los más jóvenes ni siquiera vivieron el Período Especial.


Como todos los países, la ejecución del presupuesto disponible es anual, y por supuesto está comprometida de antemano y se evita echar mano a las reservas. En medio de un año fiscal es lógico que no sea fácil sacar cientos de millones de dólares para comprar petróleo fuera de Petrocaribe, ni esas compras se hacen de forma expedita.


Lo más probable es que el Estado cubano tenga que comprar durante lo que queda del 2016 y el 2017, el petróleo de otras fuentes para completar su consumo nacional. Claro, no sería con las ventajas de Petrocaribe por lo que significaría un notable impacto financiero. Además de las conocidas consecuencias del bloqueo estadounidense, donde aún no acaba de erradicarse en la práctica la prohibición del uso del dólar.


Pero como quiera que sea se trata de una crisis energética y no de otro tipo. Por supuesto el sector energético es el pilar del funcionamiento de toda la economía y muchos servicios y producciones se verán afectados. Pero no creo, por ejemplo, que los cubanos vayamos a tener por eso un desabastecimiento mucho mayor que el que ya padecemos cada día.


Puede ser que las tiendas incluso abran más tarde y como es habitual cada verano, apagarán el aire acondicionado para que usted pueda encender el de su casa. De hecho la medida de limitar la jornada de trabajo en muchas oficinas y ministerios a medio día, es reducirla al tiempo verdaderamente productivo. El resto de las horas de trabajo no son efectivas pues buena parte del personal se dedica a jugar en la PC o escaparse hacia las tiendas.


La economía cubana y su comercio internacional se encuentran enormemente más diversificadas y con mayores fuentes de financiamiento que en la década del 90. La Cuba de 1994 y la del 2016 no tienen comparación.


Lo que sí es indudable es que la necesidad de desembolsar un mayor capital para el sostén energético del país, llega en un momento en que ese dinero es necesario para acoger inversiones extranjeras, impulsar industrias en expansión como la turística y la minera. También cubrir enormes lagunas en el desarrollo del país como las telecomunicaciones e Internet. Además de satisfacer la cada vez mayor exigencia popular de inversión en los servicios públicos.


La crisis energética será una afectación real además de una nueva y útil excusa en boca de la ineficiencia.


Pero también acelerará la búsqueda de una mayor independencia energética. Nuestra alianza con Venezuela como todas las cosas terrenales tendrá su término. Aunque duro, nos ayudará a hacernos más independientes y por lo tanto más desarrollados tal y como pasó con el padrinazgo soviético o con el fin de la industria azucarera.


En cuanto a la política interna, se cumpliría el más interesante de los escenarios que se especularon cuando las reelecciones de Chávez y Obama – el trabalenguas ¨ (1) Cuba con Chávez y con Obama, (2) Con Chávez pero sin Obama, y (3) Sin Chávez pero con Obama¨- en la práctica, con el socio venezolano agobiado por su situación y una Casa Blanca con relaciones diplomáticas, la tercera opción es la que perece que tendremos por delante.


Esperemos pasar esta situación con la menor afectación posible ya que sin dudas traerá dificultades extras a nuestras vidas.


Mientras, el ser humano seguirá encontrado más placer en la locuacidad que en el análisis. Pero a veces, aunque sea a veces, uno debe poner la vista en el vacío y ocupar su mente en sacar algunas conclusiones. Puede parecer que está entretenido, pero no, esa persona simplemente está pensando.


Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com



miércoles, 24 de febrero de 2016

Transición a la cubana

Susanne Gratius, esglobal
 “Lento, pero sin pausa” ¿Cuál será el futuro de Cuba?


2016 será un año decisivo para el futuro de la isla: en abril tendrá lugar el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), que coincidirá con diez años de Raulismo, y en noviembre se celebrará el 60º aniversario de la salida del yate Granma hacia Cuba, en paralelo a las elecciones presidenciales en Estados Unidos.


La severa crisis política y económica en Venezuela y la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias venezolanas del 6 de diciembre pasado obligarán al régimen cubano a acelerar las negociaciones con Estados Unidos, con quien ya sostuvo una reunión secreta sobre un tema clave: las propiedades que Cuba nacionalizó durante la Revolución y que su vecino del norte sigue reclamando. Este asunto ocupará un espacio importante tanto en la agenda bilateral como en la transición cubana, que continúa pasito a pasito.


Los cambios en Cuba y Estados Unidos se condicionan mutuamente. Un presidente menos favorable al diálogo podría frenar una mayor apertura en Cuba y, viceversa, las reformas en la isla podrían acelerarse con la continuidad del compromiso constructivo y el fin de la política de sanciones que provocaría cambios más sustanciales.


El ritmo de reformas en la isla siempre ha dependido de socios externos que, desde la alianza con la Unión Soviética hasta la unión con Venezuela, dieron oxígeno económico al régimen castrista y retrasaron los cambios necesarios para adaptarse a una economía globalizada. Ahora, Cuba está sustituyendo a Venezuela por Estados Unidos.


Esta nueva apuesta no está exenta de riesgos, pero el lucrativo intercambio con Venezuela – especialistas cubanos a cambio de crudo – se está agotando, igual que la Revolución Bolivariana en un post chavismo inmerso en una profunda crisis interna tras la derrota electoral. La victoria de la oposición es el principio del fin de la alianza bilateral y uno de sus líderes, Henrique Capriles, ya ha dicho que “no vamos a regalar más petróleo”.


Desde esta perspectiva, la luna de miel entre Cuba y Estados Unidos es un paso pragmático para preparar el fin de la alianza con Caracas – en camino a un Estado frágil con un récord de homicidios y una economía colapsada – y buscar un nuevo aliado que reemplace a Venezuela como principal socio económico.


En 2014, Caracas todavía representó un 37% del comercio total de Cuba, a la que suministró unas 90.000 toneladas de barriles de petróleo diarios, un compromiso que el Gobierno de Nicolás Maduro difícilmente puede mantener en una situación de emergencia nacional por la caída del precio del crudo, una inflación del 158% y una recesión histórica del -10%.


Ambos lideran el ALBA, una plataforma que une a un grupo de países para construir un modelo alternativo de desarrollo y oponerse a la hegemonía de Estados Unidos. La frágil alianza está condicionada a cambios internos en Cuba y Venezuela, y tanto el acercamiento entre La Habana y Washington como el conflicto interno venezolano conspiran contra el ALBA.


En 2014, EE UU ya fue el noveno socio comercial de Cuba, por delante de Rusia. Después del restablecimiento de relaciones diplomáticas, los intercambios bilaterales llegaron a récords históricos, y la economía cubana creció un 4,5% en el primer semestre de 2015. La decisión de sustituir a Caracas por Washington promete, pero sólo si el próximo año ganan los demócratas. En el caso contrario, el próximo presidente podría restablecer el statu quo anterior.


Mientras tanto, el Gobierno de Raúl Castro continuará un proceso de reformas lento pero irrefrenable. Desde que el presidente sustituyó en 2006 a su hermano Fidel, el país ha cambiado mucho: el enemigo histórico abrió una embajada en La Habana, Cuba participó en una Cumbre de las Américas, negocia un acuerdo de cooperación con la Unión Europea, permitió una creciente influencia política de la Iglesia Católica y levantó las restricciones de viajes y múltiples actividades privadas. Unos cien presos políticos salieron de las cárceles, hay un debate más plural sobre el futuro del país y algunos grupos, entre ellos los homosexuales y transexuales, ampliaron sus derechos.


Todo esto ocurrió en el habitual marco de un régimen autoritario que sigue aplicando la represión, prohíbe las libertades políticas y no permite alternativas al régimen actual. Pero el país también es más previsible, y Raúl habla poco y cumple con lo que dice: restableció relaciones diplomáticas con Estados Unidos y autorizó un creciente sector privado como alternativa al Estado que despidió a más de un millón de trabajadores. Raúl Castro es evaluado por los resultados y no, como antes, por la lógica de la “fortaleza amenazada” desde un enemigo externo o el carisma del máximo líder.


Si Raúl cumple con su promesa de abandonar el poder en 2018, le quedan dos años para preparar los cambios que necesita el país. Sin duda, quien le suceda – sea el actual vicepresidente Miguel Díaz Canel u otro – ya no pertenecerá a la generación histórica de la Revolución y tendrá que buscar otras fuentes de legitimidad. En términos institucionales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que representa Raúl Castro seguirán ocupando una función clave en la próxima etapa política, mientras que el Partido Comunista de Cuba (PCC) ha tenido, desde siempre, un papel menor.


Por la represión, las fragmentaciones internas y la “opción salida” -más fácil por la libertad de viajar-, la oposición no ofrece una alternativa creíble al poder, dejando el campo al régimen actual, que probablemente es menos hermético de lo que aparenta. Salvo sorpresas, en dos años pueden manifestarse las primeras fisuras de una cúpula política que durante 57 años se ha presentado unida (o como una unidad), pese a las especulaciones sobre posibles divisiones entre talibanes, halcones y palomas que suelen acompañar a las transiciones del autoritarismo a la democracia.


Por su vecindad, la herencia social de la Revolución y la perspectiva de sucesión, el futuro de la isla no se puede anticipar construyendo paralelismos con otros países con trayectorias y contextos regionales muy diferentes. Cuba no es ni España ni Vietnam. Sigue siendo un caso sui generis.


A diferencia de España carece de un mediador político como el Rey, Fidel ya tiene sucesor y la situación en su vecindad no invita tanto a transitar el camino hacia la democracia liberal. Comparado con casi todos los países latinoamericanos y pese a las enormes dificultades económicas, Cuba sigue contando con un alto desarrollo humano, que es la cara amable de un régimen indudablemente autoritario.


El desarrollo social y el mantenimiento de unos sistemas públicos de salud y de educación gratuitos, que incluso sobrevivieron al colapso del bloque socialista, siguen siendo la excepción en una región que es la segunda más desigual del mundo. Y de modo diferente al gran incentivo que ofreció a España la inclusión en la Comunidad Económica Europea, el mayor obstáculo para un cambio democrático sigue siendo el embargo de Estados Unidos, que sólo puede ser levantado por el Congreso.


Tampoco funcionan las comparaciones con otros países socialistas como China o Vietnam. Primero, los logros sociales en Cuba son mayores y, aunque crecen, las desigualdades no son comparables con los elevados índices Gini de China o Vietnam. Por otro lado, la isla cuenta con un mercado interno no solo mucho más pequeño y menos privatizado que el vietnamita, sino también joven y dinámico, ajeno al dilema que afrontan los países europeos de una población mayor y bajas tasas de fertilidad.


Como siempre, pocos analistas acertarán con sus pronósticos sobre el futuro de la isla, que depende tanto de la constelación de poder interno como de la evolución de su nueva alianza con el enemigo histórico y cuya actuación condiciona el ritmo de los cambios en Cuba. Si continúa la política de compromiso constructivo, se acelerará la apertura y, viceversa, si un republicano gana la presidencia de Estados Unidos, puede volver el statu quo ante. En 2016 tendremos más certeza sobre la próxima etapa de la transición a la cubana que evoluciona al ritmo caribeño de “lento, pero sin pausa”.



Suscriben el presente texto Alfonso Ruiz Miguel, Elena García Guitián, Esther Gómez Calle, Juan Antonio Lascuraín, José Ramón Montero, José Luis López González, Fernando Martínez, Fernando Molina, Julián Sauquillo, Gregorio Tudela, Soledad Torrecuadrada y Yolanda Valdeolivas, profesores de la Facultad de Derecho de la UAM y miembros del Colectivo DeLiberación.