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jueves, 30 de noviembre de 2017

¿Qué es la cultura Maceo-Grajales?

Armando Hart.
Por ARMANDO HART DÁVALOS 
La inmensa riqueza cultural acumulada en el siglo XIX llevó al erudito español Marcelino Menéndez y Pelayo, desde posiciones reaccionarias, a escribir en 1892 estas líneas paradójicas que muestran muchas cosas contradictorias:
“Cuba, en poco más de ochenta años, ha producido, a la sombra de la bandera de la madre patria, una literatura igual, cuando menos, en cantidad y calidad, a la de cualquiera de los grandes estados americanos independientes, y una cultura científica y filosófica que todavía no ha amanecido en muchos de ellos”.
Incluso, el ilustre erudito hispano seguramente no conoció el crisol de ideas de José Martí.  La paradoja se halla en que le atribuye a la permanencia de la dominación española durante todo el siglo XIX la enorme riqueza intelectual, científica y filosófica de esa centuria.  Se aprecia cómo la más amplia cultura no pudo arribar a conclusiones certeras históricamente si no toma en cuenta el drama social y político.  El fundamento del alto nivel científico y filosófico de la Cuba decimonónica está en que las minorías intelectuales asumieron la más alta cultura europea y universal en una sociedad cuya composición social estaba integrada por masas de esclavos y, en general, explotadas; y estas últimas la adquirieron, la elaboraron y la enriquecieron en función de los derechos del hombre, con un sentido genuinamente universal.
Las fuentes principales de la cultura cubana del siglo XIX son, entre otras, las siguiente:
–     El inmenso saber de la modernidad europea, tal como la habían interpretado creativamente  los maestros forjadores que nos representamos en Varela y Luz Caballero.
–     La más pura tradición ética de raíces cristianas que, como he dicho, en Cuba nunca se situó en antagonismo con las ciencias.
–     La influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su sentido más universal y de solidaridad humana.  La inmensa mayoría de los Presidentes de la República en Armas, empezando por Carlos Manuel de Céspedes, fueron masones.  Lo eran también Martí, Gómez y Maceo.  La epopeya de 1868 surgió con la influencia de la Gran Logia de Oriente y las Antillas.
–     La tradición bolivariana y latinoamericana que Martí enriqueció con su vida en México, Centroamérica y Venezuela, de donde partió hacia Nueva York en 1880 y proclamó: “De América soy hijo y a ella me debo”.
–     Las ideas y sentimientos antimperialistas surgidos desde las entrañas mismas del imperio yanqui.  La presencia del Apóstol durante más de quince años en Estados Unidos, la cuarta parte de su vida, completó su inmenso saber y sintetizó el pensamiento político, social y filosófico desde la óptica de los intereses latinoamericanos, fue contribución decisiva a la conformación del pensamiento cubano.  Martí se consideró siempre discípulo de Bolívar.
–     La cultura de raíz inmediatamente popular que nos simbolizamos en el pensamiento y sentimiento de la familia de los Maceo y especialmente del Titán de Bronce, la caracterizamos como la forma y el sentido con que la población esclava del Caribe asumió las ideas de la modernidad.
Desde el triunfo de la Revolución sentí que nuestro país poseía una tradición que vinculaba o relacionaba las categorías ética, cultura y política de una manera extraordinariamente útil para los pueblos.  Esta idea -como se sabe- la defendí durante mi gestión en el Ministerio de Cultura, pero al tener que ejercer responsabilidades estatales, administrativas y económicas en relación con el movimiento artístico e intelectual, resultaba muy complejo revelar con toda su fuerza y pureza el valor político de nuestra cultura.  Sin embargo, me la confirmó el hecho de que el resultado positivo de la política que promovimos no está cuestionado.
Hoy, como se me ha otorgado el honor de promover las enseñanzas martianas y, por tanto, a los héroes y pensadores de nuestra América y del mundo, presentes en la cultura del Apóstol, podré explicar mejor los vínculos entre ética, cultura y política vivos y activos en la evolución espiritual del país.
Nadie mejor que Antonio Maceo para estudiar las relaciones entre cultura, ética y política en la historia espiritual de nuestro pueblo.
Antonio Maceo no fue sólo un talento militar, sino también un hombre de honor, de enorme curiosidad por la cultura, de amplísima visión humanista y, desde luego, de estrechos vínculos con el pueblo explotado del que era su más nítido representante en el Ejército Mambí.    En Maceo   hay   un   guerrero de modales culturales en el hacer y en el decir, que hasta sus enemigos se vieron obligados a reconocerlo como un caballero.
La ética de Maceo se observa en los siguientes párrafos de la carta dirigida a General español Camilo Polavieja:
“(…) jamás vacilaré porque mis actos son el resultado, el hecho vivo de mi pensamiento, y yo tengo el valor de lo que pienso, si lo que pienso forma parte de la doctrina moral de mi vida”.
Y en otra parte de la misma carta agrega: “La conformidad de la obra con el pensamiento: he ahí la base de mi conducta, la norma de mi pensamiento, el cumplimiento de mi deber.  De este modo cabe que yo sea el primer juez de mis acciones, sirviéndome de criterio racional histórico para apreciarlas, la conciencia de que nada puede disculpar el sacrificio de lo general humano a lo particular”.
Más adelante señala: “Vislumbro en el horizonte la realización de ese mi ideal, casi parecido al ideal de la humanidad, humanizado con los grandes bienes que tiene que realizar en el porvenir”.  “(…) no hallaré motivos para verme desligado para con la Humanidad.  No es, pues, una política de odios la mía, es una política de amor; no es una política exclusiva, es una política fundada en la moral humana (…) no odio a nadie ni a nada, pero amo sobre todo la rectitud de los principios racionales de la vida”.
No son las palabras de un tratadista de ética, sino de quien mostró, con el ejemplo de su vida, la validez de estos principios.
Para realizar un diálogo político sistemático cada vez más profundo con las nuevas generaciones es necesario estudiar con el peso que le corresponde a la cultura representada por Antonio Maceo.  Tenemos que promover esa cultura en las escuelas, la familia, las instituciones juveniles, políticas y sociales a todas las escalas de la vida cubana.  Discriminado por el color de su piel en la sociedad esclavista de las décadas que precedieron al 10 de octubre de 1868, se situó desde las primeras batallas de nuestras guerras independentistas por su firmeza de carácter, valor personal e inteligencia excepcional, en el punto más avanzado de aquella vanguardia revolucionaria que fue la partera ilustre de la nación cubana y la cual ejemplificamos en Céspedes y Agramonte, la Demajagua y Guáimaro.  Pero es más, su carácter entero, su devoción patriótica y su sentido ético y revolucionario alcanzó más altas cumbres de grandeza con la Protesta de Baraguá.  Por esta razón, se convirtió en la expresión el más radicalmente popular y de más acendrado patriotismo de la gloriosa Guerra de los Diez Años.
Esto no era posible alcanzarlo sin el fundamento de una cultura de raíz cubana.  Es más conocida y comprendida la historia de las ideas de los forjadores de la nación en las fuentes de la alta educación recibida por los patriotas ilustrados de la clase acomodada que tomaron la decisión de unirse a la justa aspiración de los humildes, fusionar sus intereses con los del pueblo trabajador y desencadenar la lucha por la independencia y la abolición de la esclavitud.
Sin embargo, la influencia cultural de la población explotada y su articulación creativa con el saber más elevado del Occidente civilizado no ha sido suficientemente reconocida y asumida a pesar de que constituye una contribución original de la historia de Cuba al movimiento intelectual y espiritual de nuestra América.  Es de importancia capital estudiarla y trasmitirla a las nuevas generaciones de cubanos para que puedan cohesionarse mejor en lo interno y entenderse de manera más profunda y eficaz con el mundo.

Nadie mejor que Antonio Maceo para estudiar las relaciones entre cultura, ética y política en la historia espiritual de nuestro pueblo.
Antonio Maceo no fue sólo un talento militar, sino también un hombre de honor, de enorme curiosidad por la cultura, de amplísima visión humanista y, desde luego, de estrechos vínculos con el pueblo explotado del que era su más nítido representante en el Ejército Mambí.    En Maceo   hay   un   guerrero de modales culturales en el hacer y en el decir, que hasta sus enemigos se vieron obligados a reconocerlo como un caballero.
La ética de Maceo se observa en los siguientes párrafos de la carta dirigida a General español Camilo Polavieja:
“(…) jamás vacilaré porque mis actos son el resultado, el hecho vivo de mi pensamiento, y yo tengo el valor de lo que pienso, si lo que pienso forma parte de la doctrina moral de mi vida”.
Y en otra parte de la misma carta agrega: “La conformidad de la obra con el pensamiento: he ahí la base de mi conducta, la norma de mi pensamiento, el cumplimiento de mi deber.  De este modo cabe que yo sea el primer juez de mis acciones, sirviéndome de criterio racional histórico para apreciarlas, la conciencia de que nada puede disculpar el sacrificio de lo general humano a lo particular”.
Más adelante señala: “Vislumbro en el horizonte la realización de ese mi ideal, casi parecido al ideal de la humanidad, humanizado con los grandes bienes que tiene que realizar en el porvenir”.  “(…) no hallaré motivos para verme desligado para con la Humanidad.  No es, pues, una política de odios la mía, es una política de amor; no es una política exclusiva, es una política fundada en la moral humana (…) no odio a nadie ni a nada, pero amo sobre todo la rectitud de los principios racionales de la vida”.
No son las palabras de un tratadista de ética, sino de quien mostró, con el ejemplo de su vida, la validez de estos principios.
Para realizar un diálogo político sistemático cada vez más profundo con las nuevas generaciones es necesario estudiar con el peso que le corresponde a la cultura representada por Antonio Maceo.  Tenemos que promover esa cultura en las escuelas, la familia, las instituciones juveniles, políticas y sociales a todas las escalas de la vida cubana.  Discriminado por el color de su piel en la sociedad esclavista de las décadas que precedieron al 10 de octubre de 1868, se situó desde las primeras batallas de nuestras guerras independentistas por su firmeza de carácter, valor personal e inteligencia excepcional, en el punto más avanzado de aquella vanguardia revolucionaria que fue la partera ilustre de la nación cubana y la cual ejemplificamos en Céspedes y Agramonte, la Demajagua y Guáimaro.  Pero es más, su carácter entero, su devoción patriótica y su sentido ético y revolucionario alcanzó más altas cumbres de grandeza con la Protesta de Baraguá.  Por esta razón, se convirtió en la expresión el más radicalmente popular y de más acendrado patriotismo de la gloriosa Guerra de los Diez Años.
Esto no era posible alcanzarlo sin el fundamento de una cultura de raíz cubana.  Es más conocida y comprendida la historia de las ideas de los forjadores de la nación en las fuentes de la alta educación recibida por los patriotas ilustrados de la clase acomodada que tomaron la decisión de unirse a la justa aspiración de los humildes, fusionar sus intereses con los del pueblo trabajador y desencadenar la lucha por la independencia y la abolición de la esclavitud.
Sin embargo, la influencia cultural de la población explotada y su articulación creativa con el saber más elevado del Occidente civilizado no ha sido suficientemente reconocida y asumida a pesar de que constituye una contribución original de la historia de Cuba al movimiento intelectual y espiritual de nuestra América.  Es de importancia capital estudiarla y trasmitirla a las nuevas generaciones de cubanos para que puedan cohesionarse mejor en lo interno y entenderse de manera más profunda y eficaz con el mundo.
Las dotes de carácter y virtudes revolucionarias de Antonio Maceo son consecuencia de un esfuerzo personal que tiene sus fundamentos en la formación familiar y social que desde niño recibió. Fue un adolescente y joven cuyo temperamento y comportamiento no inducían a quienes hicieran un análisis superficial, a pensar que el hijo mayor de Marcos y Mariana llegaría a convertirse en un hombre de conducta ejemplar cimentada en sólidos principios morales y de elevado proceder en la sociedad y la política. Es bueno que nuestros maestros asuman esta lección. Asimismo, es indispensable que los jóvenes aprendan que fue un proceso de autoeducación lo que elevó al Titán de Bronce a las cumbres más altas de la historia de Cuba.
La formación y educación de Maceo es un ejemplo sobresaliente de que cada individuo en particular es su mejor educador porque es, además, quien más se puede conocer a sí mismo. Esto último me recuerda ideas esenciales de Ernesto Che Guevara. Es importante, a la vez, subrayar que fueron la guerra y la lucha contra la injusticia del colonialismo y la esclavitud las que forjaron el carácter entero de aquel hombre convertido en símbolo. Ella fue su maestra, pero asumió la lección de manera consciente a partir de una tradición popular y familiar cubana que debemos estudiar.
La familia heroica de los Maceo Grajales está en la raíz de sus virtudes y nos sirve de orientación y estímulo al desarrollo de la educación y la política cubanas en los tiempos que corren. Tales antecedentes familiares, su niñez y juventud -contaba 23 años cuando se inició la guerra y se enroló en ella- muestran cómo en las situaciones sociales, de atraso cultural y de pobreza de los campos, poblados y ciudades del oriente de Cuba de hace 150 años, emergió un carácter, una voluntad y una ética que le permitieron promover la cooperación, establecer orden, organización y disciplina dentro de la contienda bélica con mucha mayor eficacia a la de otros patriotas de saber académico. Esto enseña mucho. Pero hay más.
Si comparamos la cultura alcanzada por Maceo con la de los cubanos que rechazaban la independencia del país, apreciaremos que los representantes más significativos del reformismo y el autonomismo, aunque poseían un alto nivel intelectual y de información, no pudieron comprender, sin embargo, la esencia de las necesidades vitales de la nación y sus soluciones, es decir, la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba de España y de Estados Unidos. Era, sin embargo, en la articulación de ambas demandas históricas donde estaba la cultura más profunda de la nación cubana. Sí la entendieron los independentistas y por esto, los de más elevado nivel cultural entre ellos alcanzaron en la civilización occidental las cumbres del saber, en cuya más alta escala está José Martí. Y en cuanto al oficio de la guerra, que es también cultura, y del sentido ético de la vida que constituye lo primero en ella, están también a ese nivel Gómez y Maceo, quienes poseían, además, una amplia cosmovisión cultural.
La hazaña militar de la invasión para traer la guerra al Occidente que juntos materializaron, constituye motivo de asombro y admiración dentro y fuera de Cuba. Sobre todo, cuando se toma en cuenta la abrumadora superioridad de la maquinaria militar que España llegó a tener en Cuba pues disponía del más moderno armamento de la época. Baste recordar que la metrópoli, despojada de sus inmensas colonias de América, acumuló contra nuestro país toda su fuerza militar y su resentimiento político de hondas raíces sicológicas. La idea de la invasión, nacida desde los tiempos de la Guerra de los Diez Años, sólo podía asumirse de forma radical y llevarse a su realización práctica por el coraje, la inteligencia y cultura del Generalísimo y su Lugarteniente General. Estos valores integrados en una sola pieza expresan lo mejor y más original de nuestra identidad nacional.
¿Qué encierra todo esto?     Estas reflexiones nos conducen a priorizar la importancia que tienen la sicología, la educación y la cultura, entendida al modo que la comprendió el sabio cubano Fernando Ortiz. Uno de los grandes errores teóricos cometidos en el “socialismo real” fue subestimar los enormes avances de la sicología que habían tenido lugar desde finales del pasado siglo y en nuestra centuria. Por esta vía hubieran podido esclarecerse en el plano científico y de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico, el papel objetivo que ejercen los llamados factores morales y que yo relaciono con el amplísimo e infinito mundo de la cultura. Fueron precisamente factores relacionados con las insuficiencias educacionales y culturales, los que llevaron a olvidarse del carácter profundamente humanista y universal de la cultura de Marx, Engels y Lenin.
Al menos, en cuanto a las ciencias sociales e históricas, y pienso que también en relación con el pensamiento filosófico necesario a nuestra época, si no se ha asumido un compromiso de solución de las exigencias vitales del desarrollo social, aunque se disponga de amplia información, se tropezará con obstáculos insalvables para conocer el drama histórico en su esencia. Y de esto se trata cuando se habla de cultura en tales disciplinas.
Es importante política e intelectualmente conocer cuáles eran los orígenes específicos de estos paradigmas éticos y culturales en el caso de los esclavos y sus descendientes de Cuba, y en especial, los del oriente del país. No puede atribuirse de forma exclusiva la educación de los Maceo a la escuela de Varela y de Luz. Ella debió jugar, desde luego, una influencia indirecta importante, pero el asunto es mucho más complejo porque las ideas de libertad de los esclavos, hijos de esclavos y, en general, de la población explotada tenía –tal como han planteado algunos investigadores– otras influencias en el Oriente de Cuba.
Las ideas liberales de la Revolución francesa y de Europa en general, llegaron a las tierras orientales en buena medida por medio de sus relaciones con el mundo del Caribe, y fueron recepcionadas por una población pobre y explotada que obviamente las asumió de forma bien distinta a como se hizo en la historia de Estados Unidos y de Europa. La opresión que significaba la esclavitud generó odio contra la injusticia y amor apasionado por la libertad en hombres y mujeres que la sufrían o acababan de salir de la ella. La discriminación social y racial desarrolló como rechazo un sentimiento de independencia personal que se arraigó en los espíritus más fuertes. Los fundamentos sicológicos de este espíritu, presentes en el cubano desde los orígenes de nuestra patria, han sido fuente importante de su temperamento y carácter rebelde.
Lo original está en que tales sentimientos se exaltaron más allá de las justas aspiraciones individuales, se convirtieron en un interés en favor de todos los explotados de Cuba y el mundo. Es decir, la idea de la libertad y la dignidad personal superó la expresión intelectual y formal y se convirtió en aspiraciones concretas reclamadas por todos y para todos. Por esto, rebasaron el pensamiento liberal de Europa. Hacía falta una alta sensibilidad moral, esencia de una cultura de liberación, para que estas nobles inclinaciones del pueblo tomaran un camino favorable a la nación. De esta manera se explica cómo los principios políticos de nuestras guerras independentistas, enriquecidos en nuestra centuria por las luchas antimperialistas y contra la corrupción, y el entreguismo de las oligarquías del patio, fueron asumidos por la generación del centenario, bajo la dirección de Fidel, de una forma universal. Así nos identificamos con las más elevadas concepciones políticas y sociales de la civilización occidental de los siglos XIX y XX, en cuya cima más alta está el pensamiento socialista. Esto último, con independencia de las tergiversaciones prácticas que han tenido lugar. Por esto mismo, podemos entender mejor los fundamentos y raíces de tales desviaciones.
La lucha contra la esclavitud llevó al cubano a amar la dignidad plena del hombre no referida a unos cuantos, o a una parte de la población, sino a todos sin excepción. Este valor universal está en Antonio Maceo. De las entrañas de la tierra oriental, en una sociedad esclavista, nació un sentido del honor, de la dignidad humana y del valor de la cultura en su acepción más profunda, que convierten a Maceo, por sus dotes excepcionales, en un genio militar con una amplia visión cultural y una ética superior puesta a prueba en las más difíciles circunstancias.
Por todas estas razones sugiero que el Congreso de Historia propicie, junto a otras instituciones, que se desarrolle una línea de investigación y promoción de la inmensa cultura que representa Antonio Maceo y la familia Maceo-Grajales.

martes, 17 de octubre de 2017

Lo objetivo y lo subjetivo en la historia




Por ARMANDO HART DÁVALOS

Solo comparando la época y el proceso histórico europeo, estudiado por Marx y Engels, con el cubano del siglo XIX, y extrayendo después conclusiones, podremos ser consecuentes con sus enseñanzas en nuestro país.

Para defender los intereses de los trabajadores y explotados de Cuba y el mundo hay que desterrar de nuestras mentes todo vestigio de interpretación de sus ideas como una teoría general de la filosofía de la historia válida para todos los tiempos y lugares. Esto —lo diría el propio Marx— es hacerles un escarnio a sus ideas. Descubrir un método de investigar y una guía para nuestro trabajo en lo político, para la investigación social y económica, es un aporte genial. ¿Por qué darle otra interpretación a lo que ya tiene un valor enorme en sí mismo?

Salvando, desde luego las enormes diferencias, cuando alguien me preguntó por qué yo insistía tanto en Marx, dije: Porque inventó las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir en las ciencias sociales y económicas. Y podría decírseme: no basta con las tablas, también se desarrolló toda la matemática hasta el álgebra superior y hasta la física cuántica. Pero sumar, restar, multiplicar y dividir ya es un invento grande sin el cual no existiría la ciencia moderna.

Si comparamos la cultura de los tiempos de Félix Varela y de Luz y Caballero con las ideas políticas y sociales europeas de la época posterior a 1815, cuando la derrota de Napoleón en Waterloo y la instauración de la Santa Alianza, es decir, desde la primera gran crisis de la modernidad hasta los movimientos democráticos y populares de la década de 1840 cuando emergió con fuerza el pensamiento socialista, encontramos que en la Cuba colonial y esclavista en ese tiempo (1815-1845) surgió por oposición a tanto oprobio una sabiduría filosófica y política más rigurosa que la de Europa de ese mismo período. Ello fue posible precisamente porque superó la herencia reaccionaria de determinadas corrientes de la escolástica, que nos representamos en la Inquisición, y porque se situó del lado de los pobres. En fin, la cultura de Varela, de Luz y Caballero y de la intelectualidad cubana forjadora en nuestro país de la modernidad europea estuvo asentada en el pensamiento científico más riguroso e inspirada en una espiritualidad de raíces éticas y culturales cristianas.

Al estudiar con visión actual y partiendo de la formación científica y filosófica que hemos recibido del materialismo histórico, hay puntos en Luz y Caballero que mueven a la más consecuente reflexión filosófica. En su obra Las ideas y la filosofía en Cuba, texto imprescindible para quienes se interesen en la historia del pensamiento cubano, Medardo Vitier –padre de Cintio– destaca como una de las claves de la concepción de Luz: “El criterio sobre la verdad no radica objetivamente en el mundo exterior, no radica subjetivamente en nosotros; surge, se organiza como una congruencia entre lo objetivo y lo subjetivo”. Sería de interés examinar esta conclusión a la luz del pensamiento de Marx en las Tesis sobre Feuerbach. Dicen Marx y Engels en la primera de ellas: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluido Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensorialidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo”. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero solo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Es decir, conciben como defecto fundamental del materialismo anterior que no tiene en cuenta al sujeto, a lo subjetivo, a la sensorialidad como práctica humana. ¡Cuántas polémicas tuvieron lugar desde los años 60, cuando el Che y Fidel destacaron el valor de lo subjetivo y el papel del hombre en los procesos históricos!

Hay que probar la raíz materialista y el fundamento científico de la facultad humana de crear vida espiritual. En realidad está confirmado por la evidencia de que no solo de pan vive el hombre. No lo dijo un científico, pero es una verdad científica. Es una de esas verdades sencillas que, parafraseando a Engels, podríamos decir que también permaneció oculta en la maleza ideológica de siglos. A esto se refería Engels cuando afirmó: “La civilización ha realizado cosas de las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia, pero las ha llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y las pasiones más viles de los hombres, y a costa de sus mejores disposiciones”. Yo diría: maestro Engels, ¿dónde están las mejores disposiciones? Y seguro contestaría: en la naturaleza humana.

Tanto en un caso como en el otro –los impulsos más viles y las mejores disposiciones– están en la naturaleza humana como un factor clave de las condiciones y actitudes del hombre.

Lo más importante consiste en que el pensar filosófico cubano promovió el lado activo a favor de la justicia en su forma radicalmente universal y lo hace sobre el fundamento de métodos de investigación científica de la naturaleza. Esto es lo que nos ha ayudado a ser revolucionarios. Dinamizarlo sobre el fundamento de la interpretación cubana del materialismo histórico está presente desde los tiempos del Moncada como fuerza esencial de la Revolución. Ello nos permitió enfrentar un momento decisivo de la historia cultural de lo que se llamó occidente. El genio y la originalidad de Fidel Castro consistió en llevar al terreno de los hechos estos métodos y principios que, en esencia, significan relacionar dialécticamente las ideas del socialismo con la tradición ética de la nación cubana.

Si hubiéramos marchado solamente por la vía de las reformas o demandas económicas, como se planteaba por las llamadas “izquierdas” del siglo XX, no hubiéramos llevado a cabo una revolución profunda. Si lo hubiéramos presentado solo como una cuestión ética tampoco la hubiéramos hecho. Es la combinación de ambos elementos lo que hace la Revolución. El sentimiento ético, patriótico, el sentido heroico del Moncada, y las exigencias de igualdad y justicia social contenidas en La historia me absolverá, están en la médula de aquel acontecimiento. Esta articulación llegó hasta nuestros días y se proyecta hacia el porvenir.

Etica y justicia social constituyen la principal necesidad ideológica de Cuba, América y el mundo. El sistema burgués imperialista divorcia estas categorías y las sitúa en planos antagónicos. La síntesis entre lo ético y lo social tiene fundamentos en la filosofía cubana, es la clave central de ella. Luz y Caballero, desde su arraigada creencia cristiana, llegó a señalar que la relación entre la moral y el cuerpo humano era mucho más estrecha de lo que habitualmente se creía.

Llevó esto al terreno de la filosofía, es decir, a los principios que orientan los métodos de investigación. Así, critica a los que sugieren la existencia de dos tipos de investigaciones contradictorias, es decir, “dos clases de observación, la externa e interna… No siendo ella en realidad más que la misma función, ora aplicada al conocimiento de los objetos exteriores, ora a los fenómenos internos; por lo cual solo la razón de su objeto, pero no de su principio, podrá clasificarse la observación como interna y externa; modo de clasificar que no es de lo más claro ni científico y por lo mismo tanto más tachable en este género de investigaciones, las sociales, en que más que ningunas otras debe hermanar el precepto con el ejemplo en materia de precisión”.

En el sistema occidental las llamadas ciencias del hombre ni tenían ni tienen posibilidad de encontrar los fundamentos objetivos de la naturaleza humana, precisamente porque divorciaron radicalmente estos dos planos de la vida: el externo y el interno. Subrayo, con inmenso respeto a todas las creencias, que el pecado original de la historia de las ideas de Occidente fue divorciar lo que denominaron materia y lo que llamaron espíritu. En verdad, se trata de una relación dialéctica. ¿No es esto acaso lo que refleja el concepto de unidad material del mundo o, para decirlo con palabras de Martí, la unidad de la naturaleza?

Resulta muy esclarecedor lo expuesto por José de la Luz en el siguiente párrafo: “Hasta que no sea aplicado a las ciencias morales el método edificante y creador de las naturales, no nos hemos puesto en camino de resolver los más importantes problemas de la organización social”. ¿Ven ustedes la inconsistencia que tienen —no ya dicho por un marxista, sino por José de la Luz y Caballero— las tendencias a la desideologización y fragmentación de la ciencia?

En Cuba se llegó en el siglo XIX a la más alta escala del saber que nos representamos en el Apóstol. Con métodos propios del materialismo histórico y la experiencia de más de cien años de historia, podemos estudiar los factores decisivos que en el siglo XIX cubano y de la historia de Occidente sirvieron de condicionamiento económico-social al pensamiento cubano.

En Cuba creció y se fortaleció la utopía universal del hombre sobre fundamentos económicos y sociales por haber vivido, de forma original, procesos claves de la historia de Occidente en estos dos últimos siglos, entre ellos, los siguientes:

 La necesidad de liquidar el sistema colonial europeo en América (siglo XIX).

 El desarrollo y expansión de los Estados Unidos a lo largo de aquella centuria que sentó las bases del imperialismo moderno (siglo XIX).

 El crecimiento acelerado de la población esclava de origen africano y de trabajadores blancos traídos de España y de otras latitudes que conformó como conjunto una composición social y de masas que sufrían la doble explotación nacional y social (siglo XIX y XX).

 La expansión norteamericana durante el siglo XIX.

 Por último, en Cuba se estableció al inicio del siglo XX, el primer ensayo neocolonial del imperialismo. La república que emergió tras la ocupación norteamericana frustró toda posibilidad de que se desarrollara un capitalismo portador del ideal nacional cubano.

Sobre estas bases económicas, sociales y políticas, hicieron síntesis y se materializaron en la Revolución Cubana los ideales más progresistas de los siglos XIX y XX de Occidente. De esta forma, en el crisol de nuestras luchas por la independencia y por afianzar nuestra identidad como nación estuvieron presentes los siguientes elementos:

 El inmenso saber de la modernidad europea, tal como la habían interpretado creativamente los maestros forjadores que nos representamos en Varela y Luz y Caballero.

 La más pura tradición ética de raíces cristianas que, como he dicho, en Cuba no se asumió en antagonismo con las ciencias.

 La influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su sentido de universalidad y solidaridad humana que estuvo presente en la forja de la epopeya del 68 y en especial en las ideas de nuestros padres fundadores.

 La cultura de raíz inmediatamente popular que nos simbolizamos en el pensamiento y sentimiento de la familia de los Maceo y especialmente del Titán de Bronce. La caracterizamos como la forma y el sentido con que la población de origen africano del Caribe asumió las ideas de la modernidad.

 La tradición bolivariana y latinoamericana que Martí enriqueció con su vida en México, Centroamérica y Venezuela, de donde partió hacia Nueva York en 1881 y proclamó: “De América soy hijo: a ella me debo”.

 Las ideas y sentimientos antimperialistas surgidos desde las entrañas mismas del imperio yanqui. La presencia del Apóstol durante casi quince años en Estados Unidos, la tercera parte de su vida, completó su inmenso saber y sintetizó el pensamiento político, social y filosófico desde la óptica de los intereses latinoamericanos y fue una contribución decisiva a la conformación del pensamiento cubano. Martí se consideró siempre discípulo de Bolívar.

0 El pensamiento de Marx, Engels y Lenin, tal como lo interpretaron Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Ernesto Guevara y Fidel Castro.

Debemos asumir la historia de lo que fue la práctica socialista en el siglo XX, sobre la base de someterla a una rigurosa crítica. Hoy debemos asumir la herencia socialista de esa centuria recién concluida a beneficio de inventario, como ya señalamos en otras ocasiones.

Para este alto propósito es necesario tomar conciencia y extraer consecuencias prácticas de que el factor humano, y por tanto el socio-cultural, para bien o para mal, es fuerza decisiva de la historia. Que las condiciones materiales y económicas sean, en última instancia, las que determinan su curso no debe significar negar que los hombres con sus emociones, su cultura, su inteligencia y acciones, son los protagonistas de la historia, son ellos quienes la llevan hacia delante y también, en ocasiones, quienes destruyen las posibilidades de progreso. Para no hablar del progreso en sentido exclusivamente abstracto, o mejor, ajeno a las realidades concretas, tenemos que formular principios éticos y aplicarlos. El progreso material y espiritual exige, en primerísimo lugar, de un programa moral para el enfrentamiento al imperialismo a escala internacional. Mientras esto no se entienda o no encontremos los caminos adecuados para estos propósitos no podremos soñar con salvar a la humanidad de un posible holocausto.

Si deseamos buscar una fundamentación de estos principios en la historia de las ideas científicas de Europa que sirva de antecedente a nuestros fundamentos filosóficos de hoy, sigamos el camino que nos enseñó José Carlos Mariátegui.

Tres sabios de la ciencia europea hicieron los más importantes descubrimientos de repercusiones filosóficas, y la cultura espiritual de Europa no pudo extraer de ellos las conclusiones correspondientes. Me refiero a Darwin, Marx y Freud. Sin embargo, el peruano José Carlos Mariátegui, desde Indoamérica, entendió el alcance filosófico y espiritual de estos tres genios y realizó un análisis muy esclarecedor del significado de cada uno de ellos. Decía que se rechazaban estos tres pilares del pensamiento occidental por razones psicológicas, dado que el hombre se negaba a reconocer la naturaleza de sus orígenes y evolución. Estos descubrimientos de Freud –la importancia del sexo–, de Marx –la importancia del hecho económico–, de Darwin –la teoría de la evolución–, herían la conciencia y subconsciencia humana. Sin embargo, lo grande del hombre –decía Mariátegui– estaba en haberse elevado de esos orígenes a la más alta condición dentro de la historia natural y social. El reto consiste, precisamente, en la necesidad de continuar ese ascenso.

Enfoquemos la cuestión a partir de lo que Freud caracterizó como principio de actuación y principio de la realidad a la que se debe atener la conducta personal. Hay que entender que Freud se refiere a la realidad exterior a nosotros que abarca a los otros hombres, es decir, a la humanidad de que formamos parte. Ella también actúa sobre las necesidades determinadas por lo que el científico austríaco llamó principio de actuación, es parte esencial de la realidad a que se refería Freud. Porque la humanidad está situada en un mundo exterior al de cada uno de nosotros. Este es un problema clave para entender los nexos entre el pensamiento sicológico y el pensamiento social y económico más avanzado de la humanidad moderna. Situemos en este plano el tema de lo subjetivo como realidad exterior a cada hombre porque es la de los otros hombres y con la que necesariamente nos vinculamos de una forma u otra. Es la porción más inmediata de la realidad exterior a nosotros con la cual nos relacionamos.

Analícese lo anterior a la luz de las formulaciones de Marx y Engels en la Primera crítica a Feuerbach, a la que ya hemos hecho referencia anteriormente, es decir, cuando señaló que no había tenido en cuenta el factor subjetivo y la práctica de la transformación de la realidad. Asumamos a escala social el principio de actuación y vinculémoslo con el de la realidad que nos viene de los millones de seres humanos, y estaremos aplicando el postulado martiano de que el secreto de lo humano está en la facultad de asociarse. Aquí anda entonces, de por medio, la relación entre lo que se llamó subjetivo y lo que se denominó objetivo. La humanidad y su inmensa carga de subjetividad es una realidad exterior a cada uno de nosotros.

( Tomado de Bohemia)

jueves, 11 de mayo de 2017

El valor de la juridicidad en Cuba y en el mundo

Todos los hombres sin excepción deberían unirse en el propósito de proteger el género humano de su posible extinción, y por ello es indispensable el apoyo a la juridicidad. Para esto tenemos la consigna martiana de ser radicales y armoniosos
Por ARMANDO HART DÁVALOS
Hay una cuestión esencialmente de cultura que en Cuba se particulariza por su historia: la cultura cubana tiene un fundamento popular y de derecho. Incluso, me he percatado de algo más: la tradición cultural jurídica cubana, y aun ciertos principios que pudiéramos llamar filosóficos, de derecho, en la historia de Cuba se orientaron siempre hacia la defensa de los pobres, de los desamparados. Ha sido así orgánicamente desde los tiempos de Varela, de Céspedes y de Agramonte, de José Martí y de Fidel Castro.
En la Guerra del 68, cuando se constituyó nuestra primera República con su Gobierno en armas, desde los decretos de la abolición de la esclavitud, toda la mejor historia del derecho se hallan inclinados hacia la defensa de los intereses populares.
En Cuba ha existido una sensibilidad jurídica muy grande… He estudiado aquellas discusiones de la Asamblea de Guáimaro, aquellas discusiones entre Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte. Discrepancias memorables. Ambos próceres eran abogados, letrados, personas de profesión jurídica, y tenían opiniones diversas.
Céspedes pensaba que, desde el punto de vista práctico, la República no debía constituirse con un Gobierno institucional en medio de la guerra. Agramonte oponía sus puntos de vista, pero ambos se apoyaban sobre las bases jurídicas. Y uno de los más grandes valores de Céspedes fue el de acatar las decisiones de aquel Parlamento mambí. Solamente personas de esa grandeza y sensibilidad jurídica son capaces de respetar principios tales. Si ambos no hubieran poseído una formación política y una sensibilidad jurídica qué más les hubiera dado desestimar la decisión de un Parlamento en armas que lo componían poco más de diez hombres. Y esas son las conductas que crean las bases del respeto en una nación.
Se demostró que ese tipo de República no era viable –Martí hizo un examen de todo esto-. Pero era la República a la que ellos aspiraban y Céspedes tenía conciencia de que si actuaba de otro modo dividiría a los cubanos. Su conducta puede verse hasta como una cuestión de praxis. Una conducta ética lleva al respeto de una decisión jurídica, aun cuando no sea funcional, hasta que se demuestre su inoperancia.
Hacer lo contrario podría traer reacciones funestas en el orden del respeto social y las normas sociales. Y lo ejemplificó con su conducta. Páginas sagradas de la historia son las discrepancias de Maceo, Gómez y Martí en La Mejorana. Estas discusiones que ya venían entre ellos desde los 80 no son más que temas jurídicos: cómo organizar el ejército y cuáles han de ser sus funciones, las funciones del Gobierno, el límite entre ambos. Martí había descubierto una fórmula: el Partido Revolucionario Cubano. Y en los temas esenciales todos estaban de acuerdo: abolición de la esclavitud, independencia de Cuba, desaparición de los conflictos raciales y postura ante el imperialismo. Las discrepancias aparecían en la forma o el modo de abordar un propósito comúnmente aceptado. Y es que eran personas de distinta formación. Martí venía de una formación intelectual y aquellos dos hombres de una formación de lucha, de combate. A la hora de instrumentar algo tenían que aparecer diferencias.
Lo distinto en las propuestas de Martí ocurría por su temor al caudillismo, que América arrastraba como una nefasta y terrible tradición. El mismo temor se albergaba en Maceo hacia el Ieguleyismo, de ingrata y funesta tradición también.
Pero como  Martí no era un leguleyo, Maceo un caudillo a lo latinoamericano, se llegaron a entender al fin. Y ese es el fondo de las honorables discusiones de La Mejorana.
En todo ha existido una esencia que devela que el derecho se ha ejercido para la liberación de los explotados, y para la independencia de Cuba. Lamentablemente ocurre en el 98 la intervención norteamericana y cuando se proclama la República nos colocan como ley la Enmienda Platt, que fue un hecho antijurídico. La impusieron por la fuerza a la Asamblea y muchas gentes votaron en contra. Hubo quienes no votaron en contra argumentando una serie de razones, pero la mayoría sabía o sentía que moralmente estaban votando por algo que estaba mal. Y se sabe que hubo presión, hubo fuerza para esta votación. Ante la resistencia de los constituyentes, se hizo aprobar por el Congreso de los Estados Unidos  el texto de la Enmienda, planteando que si no se incluía textualmente en nuestra Constitución no se pondría fin a la intervención norteamericana. Por eso es inaceptable reconocerle valor jurídico a la Enmienda Platt.
Si se revisa la historia neocolonial se aprecia que los dos gobiernos que originaron movimientos revolucionarios en magnitud social -1933 y 1959- fueron el de Gerardo Machado, con la prórroga de poderes, y el de Fulgencio Batista con el golpe de Estado de 1952, que devinieron dictaduras violentas. Los demás gobiernos, a pesar de su corrupción, sus ilegalidades internas, su mediocridad en todos los aspectos, enfrentaron oposiciones, disturbios, pero no revoluciones sociales, porque cuidaban vestirse con ropaje legal.
Sin embargo, Batista violó la ley, violó la Constitución del 40 y nosotros nacimos defendiendo esa Constitución que era una de nuestras sagradas memorias. La violentación de la Constitución del 40 motivó un movimiento de rebeldía popular.
Se fue a la lucha armada para que se respetara la ley. Batista violentó la Constitución porque tenía un carácter progresista para la época y estaba orientada hacia los intereses del pueblo. Se ha dicho mucho que en los años 50 pudo ocurrir una revolución burguesa, y yo digo que el solo cumplimiento de la Constitución del 40 habría traído un choque con los Estados Unidos, porque formalmente abolía el latifundio.  La abolición del latifundio azucarero y de todo el latifundio en Cuba representaba un choque brutal con los Estados Unidos: un choque inevitable.
Con el triunfo de la Revolución y un programa que rebasaba esas leyes, se necesitaba un cambio. Y proclamamos, apoyados por el pueblo, una nueva ley constitucional,  pero respetando las esencias de  la Constitución del 40. En verdad, ella era la historia de algo ya superado.
En 1976, por abrumadora mayoría, el pueblo cubano dijo sí a la nueva Constitución socialista ajustando jurídicamente las transformaciones ocurridas en nuestra sociedad.
La clave de la cuestión se encuentra hoy en que la civilización, de una a otra forma, nació y creció sobre los principios de juridicidad. Cuando cada etapa va llegando a su fin tienen lugar desajustes que ponen en peligro toda la región del mundo en que ha tenido influencia.
En épocas anteriores, sin embargo, las regiones circundantes ocupaban un espacio geográfico determinado. Actualmente tiene sus efectos sobre toda la humanidad. Hay que movilizar a la población no solo de una región circundante, sino a todo el planeta Tierra e incluir al espacio exterior, que los descubrimientos científicos han convertido cada vez en más cercanos. Por esto se ha planteado  la necesidad de sustituir el Divide y vencerás por el Unir para vencer.
Hagamos desde Cuba, un llamado a todos los hombres sin excepción para que se unan en el propósito de proteger al género humano de su posible extinción y por ello es indispensable el apoyo a la juridicidad. Para esto tenemos la consigna martiana de ser radicales y armoniosos. Ahí se encuentra el camino en este  momento.

jueves, 13 de abril de 2017

Ética y espiritualidad ante los desafíos contemporáneos

Por ARMANDO HART DÁVALOS, Bohemia

Patria es humanidad, sentenció el más excelso de los cubanos, José Martí, con lo cual proclamaba la irrenunciable vocación universal de nuestra patria. Ese concepto forma parte de la raíz y recorre el alma de la historia y de las esperanzas de Cuba.

En nuestro país apreciamos los valores espirituales de la cultura universal y nos esforzamos por tender puentes de amistad y entendimiento común, a pesar de las distancias geográficas, porque sabemos que lo más importante es la identidad de sentimientos y la comunión de empeños en favor de la redención humana.

Enumeremos los desafíos que enfrenta hoy la civilización occidental, un mundo al que no somos ajenos puesto que con la globalización de la vida social y económica de los últimos años los problemas también se han globalizado. Hagámoslo desde una perspectiva cultural, en tanto estoy convencido de que es en ese campo donde se debate y decide el drama de la contemporaneidad.

Ahí está el reto que tienen ante sí la civilización y la cultura occidentales. Solo puede salvarse del caos y de la muerte exaltando sus más hermosas tradiciones humanistas y asumiéndola en todas sus consecuencias, es decir, no para servir al apetito insaciable de una parte de los individuos, sino para defender los derechos e intereses de todos. Esto se puede comprender y alcanzar si se estudia y analiza el profundo significado de una expresión martiana: Ser cultos es la única manera de ser libres.

La cultura está comprometida con el destino humano. Ejerce un papel funcional en la historia. Situada en el sistema nervioso central de las civilizaciones, sintetiza los elementos necesarios para la acción y el funcionamiento de la sociedad como organismo vivo.

El pragmatismo y, su hermano gemelo, el pensamiento tecnocrático fragmentan las diversas categorías de la vida social, sitúan sus variados contenidos en departamentos estancos, obstaculizan sus vasos comunicantes –que son los que le dan el más profundo valor humano y social a la cultura. Hay que superar la noción pragmática para enriquecer y diversificar los conocimientos, formar los espíritus en un sentimiento raigalmente humanista y desencadenar así las energías necesarias para promover nuestras acciones y, por lo tanto, la voluntad social de transformación de la realidad en favor de la justicia.

Los cambios en las civilizaciones humanas surgieron a partir de la reconquista de antiguas ideas y nobles tradiciones dejadas a un lado. Reconocerlas y asumirlas, ponerlas en movimiento y proyectarlas hacia el futuro, es válido a escala nacional y para cada comunidad en concreto.

Una época que se proponga superar la edad moderna debe plantearse retomar con fuerza los valores que quedaron truncos. Precisamente lo que se dejó a un lado o no se coronó, fueron las mejores disposiciones de los hombres a crear un futuro de justicia, a exaltar la esperanza y la utopía. Se impusieron los peores instintos humanos.

Hay que ir al rescate del legado espiritual del hombre moderno. Para ello debemos reconocer el valor de los símbolos y de los mitos en su sentido más amplio.

La modernidad rechazó muchos de los mitos existentes porque venían distorsionados por las más viles pasiones humanas pero, de hecho, acabó promoviendo los de la razón, la ciencia y la técnica. Detrás de esos mitos, se revelan necesidades consustanciales a la evolución social. La inconsecuencia no ha estado en aceptar la validez de paradigmas y de móviles ideales, sino en no partir de estos para buscar sus raíces y causas fundamentales. Sin estos valores y sus expresiones formales desaparecerían las civilizaciones, el sentido de la vida y el papel funcional de la cultura.

La exaltación de la razón, y de la ciencia por la civilización occidental tuvo el mérito de echar abajo, en lo conceptual y ya era algo importante, las atávicas tendencias a la irracionalidad. Sin embargo, para superarlas en el plano real no basta el pensamiento racional ni siquiera las más altas escalas del pensar dialéctico.

Es necesaria la acción en la educación y la cultura que propicie la transformación del hombre en favor del hombre, solo así se alcanzará una ética digna del nivel de conocimiento e información logrado por la humanidad. No hay otro modo de ser libres.

La capacidad humana de asociarse conscientemente con fines de interés común fue uno de los primeros peldaños de la cultura, es un atributo que tiene fundamentos biológicos y antropológicos dados por una larga historia natural y social.

Promover la solidaridad no es ajeno a las bases científicas de la vida social, e incluso de la historia de la naturaleza orgánica, nada de esto contradice a la realidad material en movimiento, cambio y constante desarrollo, está insertado en ella.

Para alcanzar la victoria definitiva de la razón, esta debe ser coronada por principios éticos. Es imprescindible promover y fortalecer, desde la cuna hasta la tumba, la facultad de asociarse de cada hombre con los demás hacia fines que correspondan a los intereses comunes. A esto se llega orgánicamente haciendo crecer nuestros conocimientos, sentimientos y emociones hasta llegar a eso que llamamos amor y que es la fuerza real y objetiva de la vida y de la historia como lo prueba la evidencia.

Sin esta comprensión y sin la dialéctica entre las voluntades individuales y las de carácter social, la civilización moderna no saldrá adelante, sino que, por el contrario, acelerará su aguda crisis. El asunto es tan grave que hay quienes sostienen que puede llegar a ser la última.

Cuba defiende su identidad en medio de la crisis de valores éticos, políticos, e incluso, jurídicos, que se expresan en el inmenso vacío y la angustia espiritual de la moderna civilización. Lo hacemos a partir de una cultura, que el eminente polígrafo cubano Fernando Ortiz caracterizó como la síntesis lograda de una diversidad de procesos universales. Afectar la integridad de esta nación, como lo han pretendido las últimas nueve administraciones norteamericanas, es un crimen de lesa humanidad.

Somos una consecuencia histórica de los mejores ideales de la Edad Moderna. Cuando tales valores han sido lanzados por la borda por el materialismo vulgar y grosero impuesto en el mundo que llaman unipolar, nuestra Patria se yergue como estandarte de la dignidad humana.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Cultura e identidad

Por ARMANDO HART DÁVALOS

En su esencial ensayo titulado Nuestra América, José Martí proclamó: Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Hoy debemos abordar el tema del tronco, es decir el de nuestra cultura e identidad y su estrecha vinculación con la cultura universal.

Vivimos un momento verdaderamente crítico de las varias veces milenaria historia del hombre sobre la Tierra y al mismo tiempo en medio de una etapa muy importante y compleja del más de medio siglo de existencia de la Revolución triunfante. El estudio de nuestra historia y de los factores diversos que condujeron al alumbramiento de la nación cubana constituye un elemento esencial para su supervivencia.

Se ha afirmado que la historia es, o debe ser, maestra de la política. Sus lecciones se nos presentan en dos planos a estudiar: el primero se refiere a la información y descripción de los hechos y acontecimientos que marcan su recorrido en el tiempo; el segundo, a la evolución de las ideas contenidas en el “hilo invisible que –dice el Apóstol– une a los hombres de las distintas épocas”.

La existencia y fortaleza de la nación cubana han estado siempre fundamentadas en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural y Fidel Castro que al evitar que “el Apóstol muriera en el año de su centenario” (1953) –como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país– hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la patria.

En este siglo XXI, la perdurabilidad de la Revolución tendrá, como garantía decisiva, la unidad alcanzada, la cual se nutre de las ideas y los sentimientos que ocho generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura. Nuestra tarea consiste en interpretar y actualizar el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y mucho más complejo que el que tuvimos que enfrentar en la segunda mitad del siglo XX y en el actual.

El papel de la cultura resulta esencial para asegurar estos objetivos. Veamos primero qué entendemos por cultura. La singularidad humana en la historia universal está en que el hombre toma conciencia de su propia existencia, de su pertenencia a la naturaleza y se plantea como exigencia descubrir y descifrar el misterio de lo desconocido. Es el único ser viviente que tiene ese reto, de ahí nace la cultura hasta convertirse en segunda naturaleza. Ella es, a la vez, claustro materno y creación de la humanidad. No hay hombre sin cultura y esta no existe sin el hombre, y este afán por descubrir lo lleva al extremo de intentar encontrar el sentido de su creación. No hay, obviamente, respuesta racional a este interés humano, sin embargo, en parte la puede hallar aquí en la Tierra cuando asume que todos los hombres sin excepción tienen derecho a una vida plena de felicidad tanto material como espiritual y, por tanto, facilitar que supere la enajenación social a que está sometido. Ahí nacen la ética y la necesidad de ejercer la facultad de asociarse que Martí sitúa como el secreto de lo humano.

Alguien me dijo una vez críticamente que yo consideraba que todo era cultura. Le respondí: ella está en todo y donde no se halla se encuentra la ignorancia, el camino de la barbarie y también la mediocridad carente de entusiasmo creativo. Recordaba Luz y Caballero que el entusiasmo nunca fue patrimonio de los mediocres.

Hagamos un poco de historia. Es precisamente a partir de las características singulares de la formación económico-social de nuestra nación y la conjunción de varios factores condicionantes que la Revolución Cubana pudo llegar a ser lo que es y lo que su ejemplo representa para otros procesos en marcha en América Latina. Es muy importante que saquemos conclusiones que nos permitan abrir horizontes al nuevo pensamiento que se necesita hoy para llevar a cabo las transformaciones que demanda nuestra región latinoamericana y caribeña a partir de una interpretación antidogmática y creadora de las ideas de Marx y Engels.

Para entender la singularidad de Cuba, es necesario tener en cuenta que Cuba sin la Revolución no es Cuba. Como se ha dicho, la Revolución nacida el 10 de octubre de 1868, fue la que creó la nación cubana. En otras partes ha habido naciones que hicieron revoluciones, repito aquí fue la revolución la que hizo una nación. De esta forma –como ha dicho Cintio Vitier– este país tuvo la originalidad de ser una nación pensada, concebida y proyectada. Presenta una identidad inconfundible que se proyecta hacia el presente y hacia el futuro con un legado ético y jurídico de enorme significación.

Así, se identifican nación y revolución sobre el fundamento del más absoluto respeto al inmenso abanico de ideas, emociones y sentimientos que ofrece lo que Fernando Ortiz llamó el “ajiaco”, es decir, la cultura nacional. Y ella emergió con dos principios en sus esencias: la independencia total del país y la liberación social radical; sin estos valores no hay Cuba.

Esta identidad nacional tiene carácter y vocación universal en tanto fue síntesis de los mejores valores espirituales forjados por la humanidad en más de 500 años de historia, es decir, desde Fray Bartolomé de las Casas hasta Fidel Castro.

En la primera mitad del siglo XIX, los grandes poderes del mundo occidental: España, Estados Unidos, Inglaterra y Francia tenían a Cuba y las Antillas como una de las claves de su política hegemónica. Al extremo de que el pensamiento conservador cubano, representado germinalmente por José Antonio Saco en estos doscientos años, aspiraba a libertades políticas y económicas bajo la tutela de la metrópoli española, porque temía que el país cayera en manos norteamericanas y que una rebelión en Cuba provocara un conflicto armado entre las grandes potencias de la época. Es decir, el alumbramiento de la nación tuvo lugar en medio de conflictos y contradicciones inmensas entre las más grandes potencias de la época anterior a 1868.

En la cultura cubana, desde los tiempos forjadores de la nación, los principios éticos de raíz cristiana adquirieron un papel clave en nuestro devenir histórico. La ética ha sido durante milenios el tema central de las religiones. Por ello he afirmado que la importancia de la ética para los seres humanos, la necesidad de ella, se confirma por la propia existencia de las religiones.

Su valor y significación son válidos tanto para los creyentes como para los no creyentes pues ella se relaciona con las apremiantes exigencias del mundo actual. Los creyentes derivan sus principios del dictado divino. Los no creyentes podemos y debemos atribuírselos, en definitiva, a las necesidades de la vida material, de la convivencia entre los seres humanos. Puede apuntarse como una singularidad de nuestra tradición cultural el no haber situado la creencia en Dios en antagonismo con la ciencia, se dejó la cuestión de Dios para una decisión de conciencia individual. Así se asumió el movimiento científico moderno y ello permitió que el fundamento ético de raíz cristiana se incorporara y se articulara con las ideas científicas lo cual abrió extraordinarias posibilidades para la evolución histórica de las ideas cubanas.

Desde los tiempos de gestación que comenzaron en los finales del siglo XVIII y, sobre todo, a partir del alumbramiento de la nación el 10 de octubre de 1868, hasta el presente, la nación cubana ha estado marcada por una identidad, que se fundamenta en la cohesión y unidad del pueblo cubano. Esta es la que representaron Félix Varela y Luz y Caballero en la educación durante la primera mitad de aquella centuria cargada de sabiduría, y la que representaron Céspedes y Agramonte, Gómez, Maceo y Martí en la segunda mitad del siglo XIX.

Esta identidad en el siglo XX, viene marcada por maestros como Enrique José Varona, y con revolucionarios militantes como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y los combatientes del Moncada, de la Sierra, del Llano, de la clandestinidad y de la victoria de enero. Esa identidad es la única que puede facilitar la diversidad en la cultura y en la vida espiritual cubana. Quienes la asuman podrán enriquecerla; quienes no la asuman sólo pueden aspirar al caos, la disociación y el desorden.

Esta misma realidad enfocada desde una óptica revolucionaria y con alta conciencia iberoamericana y universal es la que confirma objetivamente la cultura de José Martí. El Apóstol aportó en esto abundante y enriquecedora literatura. Su pensamiento surge en los tiempos posteriores a la Guerra de Secesión de Estados Unidos y madura en ese país entre 1880 y 1895, es decir, en Nueva York, cuando llegaba a la ciudad el más amplio y universal entrecruzamiento de ideas que haya tenido lugar en el hemisferio occidental y en los momentos del ascenso norteamericano a potencia mundial, y descenso de España como tal.

La idea martiana de la independencia de Cuba y las Antillas como una contribución al equilibrio entre las dos Américas y del mundo, es una de las claves de la historia de la cultura política cubana.

En la década del 20 del pasado siglo se ensamblaron definitivamente la tradición patriótica y antimperialista que venía del siglo XIX y cuya figura descollante es José Martí, con el pensamiento socialista europeo. El pensamiento antimperialista de Martí con su proyección universal asumió el liberalismo latinoamericano, lo trascendió y presentó las primeras ideas y programa antimperialista. Este pensamiento fue el que se articuló con el pensamiento socialista en el siglo XX.

El símbolo más representativo de esa fusión es, sin duda, Julio Antonio Mella junto a Rubén Martínez Villena y los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba en 1925.

Los ideales patrióticos, antimperialistas y por la justicia social inspiraron el combate de la llamada Generación del 30 contra la tiranía de Gerardo Machado. De ese proceso emerge la figura de Antonio Guiteras como su más radical y consecuente representante.

Sobre el fundamento de esa tradición, diversos procesos y hechos históricos de la década del 30 y principios de la del 40, influyeron decisivamente en la formación política de la Generación del Centenario.

No fue casual que ante la pregunta del fiscal a Fidel Castro en el juicio por los sucesos del Moncada sobre el autor intelectual de aquella acción armada él respondiera sin vacilación: José Martí. Esos hechos y procesos son, entre otros, los siguientes:

-El pensamiento liberal latinoamericano que nos representamos en Miranda, Bolívar, Simón Rodríguez, Juárez, Alfaro y Céspedes. Ese pensamiento adquirió en nuestras tierras un sentido y una proyección bien diferente al norteamericano y al europeo. Las ideas expuestas por Benito Juárez, en enero de 1861, constituyen una buena demostración de la radicalidad alcanzada por el pensamiento liberal latinoamericano. Dijo Juárez: “A cada cual, según su capacidad y a cada capacidad según sus obras y su educación. Así no habrá clases privilegiadas ni preferencias injustas (…)” “Socialismo es la tendencia natural a mejorar la condición o el libre desarrollo de las facultades físicas y morales”.

-Las concepciones más progresistas de la Revolución mexicana de 1910 y 1917, tal como las representaba, en su tiempo, Lázaro Cárdenas.

-Las ideas nacidas de la Reforma Universitaria de Córdoba, de las cuales empezaron a emerger, con gran vigor, las concepciones sociales más avanzadas del siglo XX en América Latina.

-Las ideas y luchas antimperialistas de Augusto César Sandino.

-Las ideas más progresistas en la lucha a favor de la República Española, su expresión en la presencia internacionalista cubana en aquella lucha y la continuidad de la misma en el combate contra el régimen de Franco.

-Las luchas contra el fascismo en Alemania e Italia en la década del 30 y la solidaridad hacia las fuerzas antifascistas que participaban en la II Guerra Mundial.

-Las ideas revolucionarias que se forjaron en el proceso de la Constitución de 1940 y en su aprobación. Este texto constitucional llegó a ser el más avanzado en su época entre los llamados países occidentales.

-Las ideas de contenido social puestas en práctica por Franklin Delano Roosevelt, para combatir la recesión en Estados Unidos y el llamado New Deal en las relaciones hacia América Latina promoviendo una política más inteligente y cultivada que los anteriores y posteriores gobiernos de Estados Unidos.

-Los ideales sociales, políticos, antimperialistas y socialistas de América Latina simbolizados en Mella, Mariátegui y Aníbal Ponce, entre tantos otros.

-La lucha contra el golpe de Estado de Fulgencio Batista, violatorio del orden constitucional, y el enfrentamiento a la tiranía impuesta con el respaldo del imperialismo.

Sobre estos fundamentos, la generación forjadora de la revolución socialista de Cuba, tenía lazos profundos con los pueblos de América, del mundo y con las raíces de la cultura occidental, en cuya fuente más remota está la religión de los esclavos de Roma, el cristianismo.

A nosotros se nos educó en que el sacerdote católico Félix Varela y los maestros predecesores retomaron de la mejor tradición cristiana el sentido de la justicia y de la dignidad humana y, desde luego, de las revoluciones europeas y de la tradición bolivariana. Se nos enseñó que los padres fundadores de Cuba relacionaron todo este acervo cultural con el pensamiento científico. Se nos explicó que en las esencias de la cultura nacional y de la revolución de Martí no podía tener cabida la intolerancia. En todo caso no estaba en el espíritu de la Revolución Cubana. En Cuba la intolerancia no tiene fundamentos culturales ni siquiera religiosos; cuando se han presentado ha sido por incultura o por dependencia a ideas ajenas a la tradición patriótica nacional.

Se nos educó, sin embargo, en principios éticos y se nos dijo que el mejor discípulo de Varela, el maestro José de la Luz y Caballero, forjó a la generación de patriotas ilustrados que se unieron a los esclavos para proclamar la independencia del país y la abolición de la esclavitud en 1868. Él estaba y está en nuestro recuerdo agradecido y él nos sirvió también de enseñanza para promover el hilo de nuestra historia. El Apóstol lo llamó el silencioso fundador. En Martí se encarnaron estas ideas y sentimientos, y él les dio profundidad mayor y alcance universal. Podemos visualizarlo en la decisión de echar su suerte con los pobres de la tierra, no solo en Cuba, sino en el mundo.

Esta fue la cultura que, tras una larga evolución llena de contradicciones y luchas políticas y sociales, llevó a la Generación del Centenario a las ideas socialistas. Desde luego, también estuvo presente el hecho de que el imperialismo siempre apoyó a Batista y los peores regímenes de la seudorrepública. Estados Unidos tenía su suerte echada con el régimen golpista del 10 de marzo. Estos fueron el resultado de la expansión norteamericana, que había sido la gran preocupación de José Martí.

Aspiro a que maestros y políticos interesados en buscar símbolos y señales puedan hallar en nuestra historia los fundamentos más puros de la cultura y la identidad de la nación cubana. Asimismo, quizás filósofos y científicos sociales, puedan hallar los elementos de objetividad escondidos, lo que se ha llamado utopía cubana.

Quiero en otro elemento clave a tener en cuenta para definir nuestra identidad como nación, es lo que he llamado la cultura jurídica que está presente desde los decretos aboliendo la esclavitud del Padre de la Patria, la Constitución de Guáimaro y todas las constituciones mambisas hasta llegar a la Constitución de 1940, y nuestra actual Constitución socialista. La cuestión jurídica estuvo presente también en la tragedia de 1898 cuando un poder extraño e intruso se introdujo en nuestra guerra liberadora e impuso la Enmienda Platt.

Los imperialistas de la década del 50 solo disponían de la ilegalidad y el crimen y de su alianza con la peor escoria que representaban los violadores de la ley, es decir, los mandos militares integrados en su mayoría por asesinos y criminales de la peor especie. Los estudiantes y trabajadores, interpretando un sentimiento nacional, rechazaron el régimen ilegal mientras que las instituciones políticas y sociales de la sociedad neocolonial, por venalidad y entreguismo, resultaron impotentes para enfrentar la nueva situación creada.

El sistema pluripartidista y las organizaciones fundamentales de la llamada sociedad civil neocolonial eran impotentes e incapaces para este propósito porque tenían su destino indisolublemente unido a los intereses imperialistas y se sumaron al golpe o lo combatieron solo verbalmente sin poder ofrecer respuesta adecuada.

Así, en la década del 50, la lucha contra la tiranía y el golpe de Estado de Batista se inició como un enfrentamiento a los que violentaron la legalidad constitucional. Sin este hecho, la historia no hubiera sido como fue y el principio de juridicidad se ha mantenido vivo en estas más de cinco décadas pues tiene, además, una enorme tradición en nuestro país desde los tiempos de Yara y de Guáimaro.

Nuestra tradición jurídica y ética viene de una historia llena de complejidades y contradicciones, como todas ellas, nacida en los tiempos gloriosos de la Asamblea de Guáimaro, en 1869, que estuvo viva en el proceso forjador de la guerra necesaria y de la fundación del Partido Revolucionario Cubano de Martí, que, como es sabido, con Gómez y Maceo integra el núcleo central de nuestra gesta libertaria del siglo XIX.

Los dos grandes momentos revolucionarios de los primeros 60 años de la Cuba del siglo XX, estuvieron fundamentados por una lucha en favor de la legalidad. Por esto, nadie puede venir a darle lecciones al pueblo cubano en relación con su más sana vocación jurídica. El derecho en Cuba ha sido siempre bandera de los revolucionarios y han sido invariablemente los enemigos de la Revolución quienes han apelado a la ilegalidad. 

Sería muy útil investigar y estudiar la historia de la tradición jurídica cubana y dentro de ella también la de Fidel. Porque desde los tiempos en que aspiraba a ser elegido como representante al Parlamento antes de 1952 concibió proponer una legislación complementaria a la Constitución de 1940 para hacer efectiva la disposición que establecía la abolición del latifundio. Cuando se produjo el golpe de Estado de Batista, el 1º de marzo de 1952, publicó un trabajo desenmascarando la afirmación del dictador de que se trataba de una revolución. Fidel tituló aquel trabajo ‘’Revolución no, Zarpazo’’. Posteriormente en su alegato de autodefensa La historia me absolverá presentó un programa revolucionario que tenía sólidos fundamentos jurídicos. Esta ha sido una constante que hay que estudiar y que está presente en toda su acción política. Un ejemplo sobresaliente se produjo también en 1976 cuando fue aprobada por abrumadora mayoría, en plebiscito popular, la Constitución socialista y la ratificación radical de ese carácter por la Asamblea Nacional siguiendo los procedimientos previstos en la ley vigente. Esa ratificación fue acompañada de una amplísima movilización popular con un destacado papel de las organizaciones de masas. Esto debe tomarse en cuenta no solo hoy sino para cuando por ley de la vida otros revolucionarios asuman la dirección en un tiempo que desearíamos fuera bien lejano. Entonces, quien intente gobernar en Cuba sin fundamentos jurídicos o con artimañas legales le abriría el camino a la contrarrevolución y al imperialismo. Esto, desde luego, no ocurrirá entre otras razones porque hemos educado a generaciones de cubanos en el respeto a la juridicidad y el socialismo está ensamblado en la más rigurosa cultura moral y de derecho de la nación cubana.

En la articulación, de manera creadora, de la cultura, que tiene en la justicia su categoría principal, con la política culta, que toma muy en cuenta la tradición intelectual de la nación cubana con su aspiración a una cultura general integral, está la clave para alcanzar la invulnerabilidad ideológica a que aspiramos.

En Cuba esa articulación se fundamenta en sólidos principios éticos que nos vienen de una larga tradición y que podemos resumir en aquella frase memorable del fundador de la escuela cubana José de la Luz y Caballero: “Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”.

He ahí una de las claves para abordar el tema del nuevo pensamiento filosófico que requiere el siglo XXI y que debe servir de punto de partida para alcanzar ese mundo mejor al que aspiran millones de seres humanos en todo el planeta.

Para ello debemos desterrar definitivamente los ismos que debilitan la actividad creadora del hombre y apoyarnos en el método electivo de la tradición filosófica cubana del siglo XIX, que se sintetiza en aquella fórmula del propio Luz y Caballero: Todos los métodos y ningún método, he ahí el método. Consideremos a los sabios, llámense Einstein, Newton, Marx, Aristóteles, etc., o llámese también Che Guevara, no como dioses que todo lo resolvieron adecuadamente sino como gigantes, que descubrieron verdades esenciales que son puntos de partida para descubrir otras verdades que ellos, en su tiempo, no podían encontrar. Esto es, afirmarse en el pensamiento del Che Guevara, de Marx, Engels, Lenin, Martí y de todos los grandes pensadores de la historia universal.

Hoy no hay tarea más apremiante que asumir la defensa de la ética y el derecho. Partiendo de las realidades del mundo de hoy, Fidel Castro planteó con insistencia los peligros que gravitan sobre la existencia de la especie humana. El imperialismo hegemónico está empeñado en conducirnos hacia una guerra de incalculables consecuencias para hacer prevalecer su política de saqueo a escala planetaria. Hay que continuar uniendo voluntades para hacer frente a esa política brutal y bárbara.
Reitero la idea de la necesidad de articular, con la pericia y sensibilidad de orfebres, la cultura y la política concebida por Martí como un arte.