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domingo, 8 de mayo de 2016

“Irma” sigue dando que hablar

Contrarréplica a la dúplica de Jorge Camacho



Aunque algo tardíamente, mi profecía del año 2000 en torno a “Irma” viene cumpliéndose. A partir de la Historia de un error del profesor Jorge Camacho este cuento de Martí está dando bastante que hablar. Y comoquiera que los puntos de vista suyos y los míos parecen inconciliables en este momento, habrá que hacer un alto y retomar las pesquisas en busca de otros elementos que puedan arrojar nueva luz sobre el asunto. No renuncio, sin embargo, a mis conclusiones porque las considero bastante fundamentadas, aunque Camacho estime lo contrario apoyado sobre todo en suposiciones sin fuertes asideros. La verdad, ya se sabe, no es absoluta. Y si un día él o yo mismo encontrásemos otros elementos probatorios de nuestras personales hipótesis o de las del contendiente, pues haríamos un bien al divulgarlas como contribución al mejor conocimiento de la vida y obra de José Martí. Mientras tanto, estimo necesario volver sobre las hasta ahora infundadas y no verificables apreciaciones e hipótesis de Camacho y reiterar las mías, a la vez que poner en evidencia la falta de solidez de sus argumentaciones y los errores en que cae, tomando como punto de partida su nuevo artículo “Irma”, un apócrifo en la edición de “Obras completas” de José Martí.


Ya en su primer párrafo yerra tres veces el profesor Camacho. Primero, cuando afirma que fue Víctor M. Heres quien dio a conocer el cuento como del Apóstol en la revista Archivo José Martí (por cierto, sin la preposición de que él añade al título. Ya deslices mínimos como este ponen en entredicho el rigor de cualquiera), pues antes, como he expresado, vio la luz en La Nación de Buenos Aires (20 de diciembre de 1884, con sus iniciales J. M.) y en La Lotería de La Habana (22 de febrero de 1885, con su nombre completo al pie); después, cuando insiste en que fue “recientemente” cuando hice la atribución, pues de ese hecho han pasado nada más y nada menos que 15 años; finalmente, cuando señala, refiriéndose a mí, que “durante un cuarto de siglo ha tratado de probar que pertenece al cubano”, pues en realidad un cuarto de siglo estuve buscando pruebas que finalmente un azar ajeno me puso en las manos. Si fuésemos a llevar este asunto hasta hoy, con cuentas claras, habría que decir que han sido cuarenta años: veinticinco desde el encuentro en La Lotería (sin conocer entonces la presentación de Heres en Archivo José Martí) hasta que demostré su paternidad y quince desde que esta se hizo pública[1]. Entre tantas imprecisiones en un primer párrafo resalta además su omisión de que el dato de su publicación por Heres lo obtuvo de mi presentación en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (2000 [i.e. 2003]), que aún no ha aclarado cuándo la conoció.


Vayamos a su segundo párrafo. Dice Camacho que el cuento apareció años después: ¿después de qué, le pregunto? Como estoy de lleno en el asunto, entiendo a qué se refiere, pero ¿y el lector que cae de pronto en su artículo? Por otra parte, le pregunto también, ¿quiénes son esos “críticos martianos” que habían puesto en duda la paternidad martiana del cuento y podían, tras las “pruebas” suyas que, en mi criterio, nada han probado, pedirle “a los especialistas del CEM que sacaran este cuento de sus Obras completas? ¿Puede citar alguno que lo haya hecho explícita y públicamente antes o después que él? Debe tenerse presente que Archivo José Martí, revista que dirigía el eminente martiano Félix Lizaso, lo acogió como suyo en 1942. Salvo en el caso de Gonzalo de Quesada y Miranda, tuve el cuidado y el respeto de no mencionar los nombres de aquellos relevantes especialistas cubanos en Martí que me negaron explícitamente, en forma verbal o escrita, mi atribución hasta el momento en que el cuento se encontró en La Nación, cuando ya para ninguno hubo dudas al respecto. Invito también a Camacho a explicar, a los lectores que han estado siguiendo esta polémica, ¿cuándo y cómo, por qué vía, conoció él de la existencia de las Reminiscencias tudescas y de la presencia entre ellas del cuento “Irma” de José Martí, “adaptado” por Santiago Pérez Triana para adecuarlo a las características del conjunto de narraciones que conforman su volumen de 1902? Finalmente el profesor Camacho pidió en su primer artículo, de modo arrogante y hasta prepotente, como si tuviera la única verdad en sus manos, a los especialistas del CEM que “lo retiren de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre”. ¿Por qué no mejor sugerir, recomendar, invitar, analizar la conveniencia de, reconsiderar el asunto? Habría resultado más elegante y modesto, más propio de un profesional de la investigación.


Más adelante, reiterando criterios a favor de su negación de la paternidad martiana del cuento ya expuestos en su primer artículo, señala que “tampoco estaba escrito en su estilo, que no lucía ninguno de los giros lingüísticos, ni el lenguaje poético que lo caracterizaba”. Bueno, ¿y es que Martí tuvo “un” único estilo desde Abdala hasta sus Diarios de campaña? Es evidente que no, y Camacho mismo lo conoce, pues recién acaba de rescatar unos cuantos textos martianos desconocidos hasta el presente, que fueron reproducidos en su momento en periódicos de países de América Latina y que si no fuese porque aparecieron originalmente en El Economista Americano, que el cubano escribía casi en su totalidad, nadie se atrevería a afirmar que fuesen suyos (No obviar que en mi presentación original del cuento yo aludía a la no coincidencia de su prosa en el cuento con la maestría y originalidad ya alcanzada por él en la de sus crónicas). Reitera asimismo su peregrina idea de que para escribir sobre un lugar o ambientar una narración en un sitio se requiere haber estado en el mismo. No ha tenido en cuenta mi referencia al primer cuento de Rubén Darío, también ambientado en una Alemania medieval, sin que él hubiese visitado ese país y mucho menos vivido en el medioevo. Como han expuesto algunos comentaristas de este segundo artículo suyo en torno al asunto que nos ocupa, no son pocos los casos en que notables autores han descrito países y costumbres sin conocerlos de modo directo. El propio Martí, por cierto, es una prueba fehaciente de ello. Recuérdense, si no, por solo citar tres ejemplos, sus maravillosos textos sobre el terremoto de Charleston, la Exposición de París y la tierra de los anamitas (esta última mencionada por un lector comentarista), que pueden leerse hoy como trabajos modélicos. Y concluye esta parte de su dúplica con la siguiente pregunta: “¿Hay acaso argumentos más sólidos que estos para rechazar la paternidad martiana de este cuento?” Claro que sí: muchos años antes de que Pérez Triana diese a conocer su “versión” de “Irma” (hasta el momento solo se tiene evidencia de la de 1902 en Reminiscencias tudescas, lo demás son suposiciones y sugerencias de Camacho que ojalá no necesite veinticinco años para demostrar de modo más sólido su tesis de la posible primacía del texto del colombiano sobre el del cubano) ya la de Martí había aparecido (1884) con sus iniciales en un diario donde publicaba regularmente sus correspondencias o cartas desde Nueva York y que es difícil imaginar que pudiera atribuirle un texto aparecido antes bajo el nombre de otro autor o de forma anónima, y en una revista de La Habana (1885, aquí con su nombre y apellido), ciudad donde ya era conocido aunque no se le publicaba o aludía aun con la frecuencia en que se haría a partir del año siguiente (como me consta por la investigación que desarrollo en estos momentos a través de la prensa habanera epocal).


En apoyo a sus tesis negadoras, no ya de la paternidad martiana del cuento sino también de las pruebas aportadas por mí a favor de ella, Camacho acude al propio Martí y a sus recientes experiencias que han dado como fruto esos dos pequeños volúmenes con textos desconocidos suyos (aunque no los mencione). Si bien es cierto que en el XIX los editores de periódicos y revistas en ocasiones “no escribían ni siquiera el nombre del autor, no reproducían de forma íntegra las crónicas y a veces las atribuían a un escritor equivocado”, en este caso estamos hablando de una obra literaria que, en dos publicaciones de ciudades distintas y geográficamente lejanas y en fechas diferentes, aunque relativamente cercanas, aparece con las iniciales de Martí o con su nombre completo, aunque en la segunda no se ofrezca la fuente de procedencia. Pero cuando en su carta a Mercado Martí expresaba que “las toman donde las hallan” se refería a sus crónicas periodísticas, no a piezas literarias que, por demás, no publicaba con frecuencia entonces.


Y seguidamente entramos en un aspecto interesante de esta dúplica suya. En mi artículo le preguntaba si conocía las estrechas relaciones de colaboración entre Martí y Pérez Triana. Ahora las alude someramente y dice que ambos fundaron en Nueva York (1887) la “Sociedad Literaria Hispano-Americana” (aclaro que el artículo antepuesto por Camacho al nombre de la institución no forma parte de él. Ojo con estas pequeñas pifias.), en cuya inauguración “Martí se expresó de una forma muy elogiosa sobre el colombiano” y a continuación cita unas pocas palabras del comienzo de ese “supuesto” discurso homenaje a Santiago Pérez Triana. Doble error en el texto de Camacho, aunque no achacables del todo a él. En primer lugar, esas palabras de Martí no se pronunciaron en la inauguración de la Sociedad en 1887, sino en un homenaje de la misma ocurrido al año siguiente, aunque ello no se precise en la edición de las Obras completas de la década de 1960 a cargo de Gonzalo de Quesada y Miranda. O sea, que la conclusión errónea de que las palabras fueron pronunciadas en la sesión inaugural es todo un aporte suyo. Pero, además, como defensor de Pérez Triana, Camacho debe conocer su vida y su obra; por tanto, si hubiese leído completo tal texto de Martí (algo que evidentemente no hizo para esta ocasión), cuando menos le hubiese asaltado la duda de si se refería en verdad a Santiago Pérez Triana (como se anota al pie en las OC y él acepta) o a otra persona de similares nombre y primer apellido, o sea, a su padre, Santiago Pérez Manosalbas (1830-1900), Socio de Honor de la Sociedad, llegado a Nueva York a mediados de abril de 1888 (o sea, cuando ya la entidad llevaba meses existiendo) y homenajeado por ella en una velada efectuada el 16 de junio de ese año, ocasión en que Martí ocupó la tribuna para pronunciar las palabras recogidas, con el error sobre la identidad del homenajeado y sin la precisión en la fecha de la celebración, en la edición citada de las OC, deficiencias que, suponemos, aparecerán rectificadas en el tomo correspondiente de la edición crítica en proceso de publicación. No voy a hacer más extensas estas notas citando aquellas expresiones del discurso martiano que cuando menos debieron alertar a Camacho, pero le sugerimos que lo lea completo con cuidado. Y, por favor, que no vaya a echar la culpa de los desaciertos de Quesada y Miranda a quienes nada tuvieron que ver con aquella edición.


Como poseo y he expuesto pruebas en mi parecer suficientes para mantener mi criterio de que “Irma” es de José Martí y que lo que hizo Pérez Triana fue “adaptarlo”, “adecuarlo” al conjunto en que lo incluyó o hasta “plagiarlo”, no considero haber hecho “acusaciones injuriosas” para “manchar la reputación” de Pérez Triana, si es que a él y solo a él se refiere Camacho bajo el sintagma “algún escritor”. No pongo en duda la amistad y la colaboración entre ambos y, aún más, asumo plenamente las informaciones y valoraciones de Enrique López Mesa en su enjundioso artículo en proceso de publicación “Santiago Pérez Triana: un colombiano singular”, que tuvo la gentileza de remitirme y podrá leerse oportunamente. No soy yo, por cierto, quien debería “explorar otras hipótesis que no sean las del ‘plagio’”, pues numerosas pruebas he aportado a favor de mi tesis y esta del plagio no estuvo nunca en mi pensamiento hasta que Camacho dio a conocer su tardía impugnación a la paternidad martiana del cuento y su atribución a Pérez Triana una vez detectada su “versión” en las Reminiscencias tudescas. Recomiendo a Camacho localizar publicaciones de entonces, rastrear en ellas no solo en busca del cuento, sino también de referencias indirectas que puedan permitirle algo más que suposiciones y sugerencias no bien fundamentadas. Aunque López Mesa demuestra fehacientemente que Pérez Triana fue consecuente con su posición a favor de Cuba y de Latinoamérica, que escribió un elogioso artículo con motivo de la aparición de Versos libres en 1891, no deja de llamarme la atención una frase de Martí en su carta testamento literario a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, donde le orienta que para completar seis volúmenes de sus obras en caso de necesidad, podría escoger los trabajos aparecidos en La Opinión Nacional, La Nación, El Partido Liberal, El Economista Americano y los de La América “hasta que cayó en Pérez”, frase que, en mi criterio, parece signo de distanciamiento suyo de la revista.


Por notas y comentarios sobre La América en la prensa habanera, conozco que hacia mediados de 1887 Pérez Triana compartía su dirección con Diego Vicente Tejera, pero para entonces no se mencionaban ya trabajos de Martí en las notas y comentarios de dicha prensa sobre la revista, donde, sin embargo, al menos en enero y marzo, se habían publicado artículos suyos no registrados en su bibliografía, aunque uno de ellos ha sido muy buscado. ¿Hubo alguna desavenencia en esos momentos entre Martí y Pérez Triana en torno aLa América u otra circunstancia, tal vez relacionada con el proyecto de la Sociedad Literaria Hispano-Americana sobre el que López Mesa asegura que Martí tuvo una “inicial reserva”? Para terminar con este aspecto de la dúplica suya le pregunto a Camacho si cree de veras que existan especialistas en la obra de Pérez Triana que puedan decirnos “dónde y cuándo publicó por primera vez estos cuentos”. Me temo que no, pero, al igual que él, dejo abierta la posibilidad.


Por un momento voy a darle un mínimo de credibilidad a su sospecha y sugerencia de que “Irma” apareció en otra (hasta el momento no ha hablado de ninguna) revista de Nueva York (o de cualquier otro sitio, podría acotarse), donde ambos vivían entonces, con el nombre equivocado o de forma anónima, y que quienes recibieron tal publicación fuera de Estados Unidos “reprodujeron el de Martí [no me queda claro si se refiere al cuento o al nombre] o simplemente asumieron que era suyo”. Hasta ahí esta sería una propuesta atendible para abrir una nueva perspectiva en la investigación al respecto. Pero tal tesis se me desmorona cuando comparo las versiones atribuidas por mí a Martí con la de Pérez Triana en sus Reminiscencias tudescas. Como ya expresé en otro lugar, la versión de La Lotería presenta variantes en relación con la de La Nación que la mejoran en algunos aspectos, por lo cual aventuré que tal vez fue el propio Martí quien la envió a la revista habanera de Triay con las correcciones (Se conoce cuánto se quejaba Martí de las atrocidades cometidas con sus textos periodísticos en el proceso editorial.). La versión de Pérez Triana es bien diferente de la de Martí en muchos aspectos, no solo en la inclusión del epígrafe en alemán y del extenso párrafo inicial. Quien erró en la atribución del cuento a Martí ¿además los suprimió y cambió otras cosas a su antojo? ¿Con qué objeto? ¿Cómo podría explicarse este asunto?


Me apena que Camacho haya asumido que yo tomé su crítica de una forma personal, pero me veo en la necesidad de replicarle que en ningún momento expresé que él la hubiese publicado “en este preciso momento para estropear mi viaje por Estados Unidos”, del que posiblemente no tuviese la más mínima noticia. Pero si en verdad su “propósito al escribir este ensayo [¿no quedamos en que se trataba de una breve nota, cuando más de un artículo? ¡Cuánta presunción la suya ahora!] fue rectificar la bibliografía de Martí y encaminar la investigación por otro rumbo”, ¿a qué tantos ataques, invectivas y mandatos, a quienes como yo y el Centro de Estudios Martianos en este específico caso, se entregan a esa labor que, al parecer, solo él puede llevar a cabo de manera correcta? ¡Cuánta soberbia!


Para concluir, exhorto a Camacho a continuar sus pesquisas en torno al asunto y a darlas a la publicidad, como acaba de hacer con sus dos pequeños volúmenes con textos martianos hasta hoy desconocidos para la contemporaneidad, pero también a que no se apresure demasiado. La prisa no es buena consejera en estos menesteres. Por mi parte, pronto retomaré gustosamente las mías desde una modesta e incómoda butaca de una calurosa biblioteca habanera donde colecciones únicas de polvorientos periódicos decimonónicos cubanos se deshacen a veces entre los dedos, copiando afanosamente a mano cuanta información relacionada con Martí pueda localizar con el único fin de salvar esa parte olvidada de su memoria para la “Patria [que] es humanidad”.








martes, 3 de mayo de 2016

Escamoteo y manipulación en “Historia de un error”

Réplica al artículo Historia de un error, aparecido en CUBAENCUENTRO


En su reciente y brevísimo artículo negador de la paternidad martiana del cuento “Irma”[1], reconocida por mí y por el Centro de Estudios Martianos desde el año 2000, el profesor Jorge Camacho, de la Universidad de Columbia en Carolina del Sur, ha realizado una labor que desdice mucho de su condición de académico, de su polémica bibliografía y de su dedicación —que no vamos a juzgar ni calificar aquí— al estudio de la obra y el pensamiento de José Martí.




Con una ligereza extrema impropia en un profesional de su fuste, no solo intenta desautorizar a un especialista que durante un cuarto de siglo trató de buscar pruebas suficientes para demostrar la paternidad martiana del cuento en cuestión y que mientras no las consiguió se abstuvo de publicar sus conclusiones, sino que también la emprende contra la institución cubana —el Centro de Estudios Martianos— que puso “por todo lo alto esta investigación” cuando, una vez obtenidos y dados a conocer los elementos probatorios de esa paternidad en su Anuario, incorporó el cuento a la edición crítica de las Obras completas de Martí a su cargo. Y hasta parece haberle molestado que Encuentro en la red publicara, en su momento (momento que, recuerdo, ocurrió hace ya más de quince años), “la noticia del supuesto hallazgo”. ¿Por qué semejante reacción a estas alturas? Me lo pregunto y se lo pregunto a Jorge Camacho. ¿Cuándo entró en contacto él con el libro de Santiago Pérez Triana en que éste, mientras no se demuestre lo contrario con pruebas fehacientes que Camacho no ha aportado, “plagió” a Martí al incluir a “Irma” como cuento suyo en susReminiscencias tudescas (1902), siete años después de que Martí hubiese caído en combate en Dos Ríos, o sea, cuando no podía defenderse de semejante tropelía del colombiano? ¿Conoce el académico Camacho las estrechas relaciones de colaboración entre Martí y Pérez Triana en la New York de la década de 1880 que tal vez ayudarían a aclarar más el asunto?[2] Son algunas de las preguntas que me hago y le paso a Camacho para que las responda si lo estima pertinente, en esta u otra publicación.


Mi intención en estos apuntes que desearía realmente breves (no como las siete amplias páginas en que resumí mis criterios demostrativos de la paternidad martiana de “Irma” en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, y que Camacho califica de “breve nota”), es no solo exigirle a Camacho, con pleno derecho porque mi trayectoria profesional como académico cubano ha sido puesta por él, públicamente, en entredicho, una aclaración y/o rectificación de sus escamoteadoras y manipuladoras interpretaciones de las pruebas aportadas por mí y asumidas por el Centro de Estudios Martianos en torno a la autoría martiana del cuento “Irma”.


Comencemos por aclarar que las llamadas por Camacho en su nota “razones” ofrecidas por mí no eran tales, sino aspectos de la “conclusión principal” de los apuntes en que se presentaba el cuento y que él mutila a su antojo para “arrimar la brasa a su caldero”. Veamos. Al referirse al primero de esos aspectos limita lo expresado a la idea de que Martí residía desde hacía varios años en New York, y omite que allí “desarrollaba una intensa actividad literaria, periodística y político-revolucionaria”; en cuanto al segundo, silenciaigualmente la parte final, donde se afirmaba, sobre las relaciones entre Martí y el director de La Lotería, que el primero “finalmente parece haber[lo] exonerado de culpas [en 1887] en torno a su actuación en los sucesos del 27 de noviembre”; en el tercero suprime otra vez el final, donde se manifestaba, respecto de otro texto martiano aparecido en La Lotería (1888), que este salió “mutilado en la parte en que criticaba males sociales” [es decir, Triay sabía bien quién era Martí y qué podía o no publicar en su revista, en medio de la censura que sufría la prensa entonces]; y por último, tras repetir lo ya expresado en la presentación en cuanto a su no inclusión en las Obras completas, se lleva de un plumazo lo que seguía: “sino que se ha[bía] obviado en cuantos estudios sobre su producción narrativa se han hecho hasta el presente [entiéndase, 2000], sin que se hayan aportado elementos para esta desatención”.


Hasta esta parte de la nota de presentación en el Anuario del Centro de Estudios Martianos llegó Camacho en su intencionada desinformación a los lectores de CUBAENCUENTRO. Pero, y he aquí una evidente y burda manipulación suya, no incluye, porque echaría [y echa] por tierra su desvirtuadora hipótesis de que el cuento es de la autoría de Santiago Pérez Triana, lo manifestado en aquella presentación en el sentido de que “en la primera página del ejemplar [del diario bonaerense La Nación donde Martí colaboraba asiduamente desde hacía varios años] del 20 de diciembre de 1884, aparecía ‘Irma’, con la indicación al pie ‘Nueva York, noviembre de 1884’ y firmado con las iniciales ‘J. M.’.” El hallazgo no lo realicé yo, sino el investigador del Centro de Estudios Martianos Ibrahim Hidalgo de Paz. Pero esta resultó ser, precisamente, la prueba que por veinticinco años estuve tratando de hallar. Entonces no hubo duda para nadie de que el cuento pertenecía a nuestro José Martí y que debía ser yo quien lo presentara a los lectores del Anuario del Centro de Estudios Martianos. En aras de no hacer más extensas estas notas omito aquí interrogantes que entonces dejé planteadas para indagaciones futuras.


Ante dos publicaciones de sitios tan distantes como Buenos Aires (1884) y La Habana (1885) en que apareció el cuento con las iniciales y el nombre completo de José Martí, respectivamente, y en ambas con la indicación “Nueva York”, ¿qué elementos puede aportar Camacho para negar esa paternidad y atribuírsela al hoy prácticamente desconocido colombiano Santiago Pérez Triana? ¿Que “Lo único que falta en la versión que se le atribuye a Martí es el primer párrafo del cuento, la cita en alemán que lo encabeza y algunas[destacado por mí. R.L.H.O.] frases que están modificadas”, según manifiesta él? ¿Por qué no se le ha ocurrido al académico de la Universidad de Columbia (Carolina del Sur) plantear lo contrario, o sea, que tal vez Pérez Triana conoció el cuento de Martí en alguna de las dos versiones hasta el momento localizadas (aunque no dudamos que pueda haber sido en alguna otra), consideró que se avenía con los propósitos de sus “Reminiscencias tudescas” (y además le aportaba otro tono al volumen porque su protagonista era la única mujer frente a los hombres de las seis restantes. No por gusto le cedió el primer lugar en la colección), lo tomó y le hizo, entre otras muchas (no “algunas frases”, como afirma Camacho) modificaciones, aquella que ubicó la acción en un lugar bien conocido por él (Leipzig, donde había estudiado) y no en la imprecisa “ciudad del norte de Alemania” del original martiano?[3]


O sea, hablando del modo más claro posible, Pérez Triana “adornó” el cuento de Martí para que su plagio —porque, al menos para mí, no hay duda de que se trata de esto—quedara oculto. Recuérdese que el libro de Pérez Triana fue editado en 1902, o sea, siete años después de la muerte de Martí. Mientras el académico Jorge Camacho u otro investigador no encuentre ese cuento “Irma” firmado por Santiago Pérez Triana en una publicación de fecha anterior a las de las versiones firmadas por José Martí en La Nación y en La Lotería, el cuento debe ser considerado de José Martí.


No parece serio, menos en un académico con varios libros publicados, tergiversar las ideas de un colega de profesión, ocultar elementos probatorios de sus aseveraciones, escamotear, a los ejecutivos y lectores de la publicación en que expone sus criterios, algunas informaciones de las fuentes negadas que, ciertamente, contradicen de modo claro sus planteos. Tergiversa mis ideas Camacho también cuando expone, por ejemplo, que yo me había preguntado en mi dilatada investigación en torno al cuento si Martí habría ido a estudiar a Alemania, cuando en realidad expresé en mi presentación que había realizado “averiguaciones sobre una posible visita de Martí a Alemania”.


Como quiera que Camacho utiliza a su favor valoraciones de Juan Valera en su prólogo a Reminiscencias tudescas, que no voy a comentar en ningún sentido por no parecerme pertinente y acorde a mis objetivos en estos apuntes, y aunque al inicio prometí brevedad, no puedo obviar citar in extenso la parte de mi presentación en que reflejaba los modestos primeros resultados de mi indagación (que Camacho ni siquiera menciona) para “tratar de ubicar a ‘Irma’ en el contexto de la narrativa hispanoamericana y contrastar sus rasgos definidores con textos narrativos tempranos de otros escritores modernistas”. Decía allí:


[…] Martí, al igual que otros modernistas como Darío —cuyo primer cuento se tituló precisamente “A las orillas del Rhin”[4] (1885 también, varios meses después de haber aparecido en La Lotería el que nos ocupa, que sería el segundo cuento de Martí publicado: el primero fue “Hora de lluvia”, aparecido anónimamente en Revista Universal de México el 17 de octubre de 1875, pero indudablemente suyo por las razones aducidas por el Centro de Estudios Martianos al darlo a conocer en su Anuario, en 1981)—, ubica esta narración en Alemania; pero su cuento, a diferencia del de Darío —que es una especie de leyenda medieval sobre amores frustrados (consumados después de la muerte casi simultánea de los enamorados: familias en discordia), castillos, secuestro, en un lenguaje nada coloquial— ofrece una historia del presente del narrador-personaje, también con amores no consumados (¿rechazo en este caso a la mezcla de dos civilizaciones tan diferentes ya para él?), pero por razones distintas, y en la que ambos personajes andan en busca de un ideal artístico que creen se encuentra en Alemania. En el cuento de Martí, además, Alemania, sus paisajes y personalidades artísticas son sólo el marco, el ambiente, pero la anécdota podría situarse en cualquier otro lugar del orbe.


Al referirse a “Hora de lluvia”, Luis Toledo Sande ha señalado algo que podemos ampliar para la posible caracterización de “Irma” como cuento modernista:


“Todo el texto alcanza una autonomía y una legitimidad literarias que lo sitúan entre las obras iniciadoras del cuento moderno en Hispanoamérica, las cuales [...] no acudían ya a pretexto alguno para justificar su derecho a existir. Desde entonces, además, la individualidad del autor se sentiría con poder para figurar en un plano a todas luces preponderante, y para hacer uso de esa prerrogativa sin disimulo alguno. (V. José Martí, con el remo de proa, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1990, p. 228)”.


A diferencia también de Darío, que en este cuento inicial al menos (aunque también en otros), utiliza a menudo un lenguaje arcaizante y denota una voluntad de imitar el laísmo y el leísmo españoles (V. R. Lida: Letras hispánicas, 1958, p. 242), así como un procedimiento de enmarcación y articulación (más frecuente en su producción narrativa total), en el de Martí el lenguaje es claro, con presencia de algunos giros y expresiones al parecer muy suyas (aunque sin llegar a la sintaxis característica de su prosa periodística, de gran complejidad y novedad), sin muestras del laísmo y el leísmo hispanos, descripciones precisas del entorno físico donde se desarrolla la acción y de aquel de donde provienen los protagonistas, con elementos de crítica, en especial para el de Irma, o sea, América del Norte: “lugar de su nacimiento, cruzado de ferrocarriles y cubierto de edificios monótonos en su modernismo.”[5]


En ninguna de las dos narraciones que contrastamos se perciben diáfanamente las voces de sus autores, pero ambas ofrecen destellos en frases y en temas y enfoques que habrán de aparecer (o ya aparecían en el caso de Martí: “veníamos de las lejanas comarcas americanas, en donde la humanidad es nueva y la tradición escasa”, “teníamos en nuestros ojos el reflejo postrero de los soles hundidos, y la fe en el día venidero; todos los tintes del crepúsculo, todas las luces de la aurora”, por ejemplo) más adelante en sus restantes textos en prosa o en verso.


Para concluir quisiera expresar que lamento verme envuelto en esta polémica y no poder acudir ahora a los materiales originales de la investigación, conservados en mis archivos personales en La Habana, por hallarme desde hace varias semanas en Estados Unidos, visitando algunas universidades para realizar presentaciones sobre otros novedosos hallazgos en torno a José Martí, obtenidos tras intensas búsquedas diarias en publicaciones periódicas cubanas de la década de 1880 existentes en bibliotecas de La Habana, trabajo desarrollado sin el apoyo logístico y tecnológico de que se dispone acá. Lamento asimismo tener que refutar públicamente las inaceptables e infundadas afirmaciones y suposiciones de Jorge Camacho sobre laindiscutible paternidad martiana del cuento “Irma” y denunciar sus escamoteos y manipulaciones, su atrevido “ordeno y mando” a los actuales editores de las Obras completas de Martí [léase Centro de Estudios Martianos] para que “retiren [a ‘Irma’] de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre”, así como sus expresiones francamente ofensivas hacia personas e instituciones que, como él, se esfuerzan día a día por alcanzar un más pleno conocimiento del quehacer y del decir de nuestro Apóstol. Disentir, colega Camacho, es ciertamente sano y productivo, tonifica el espíritu, ayuda a expandir el saber; pero solo cuando la discrepancia parte de criterios bien fundamentados y se despliega con rigor y honestidad intelectuales.









Historia de un error

“Irma”, un cuento mal atribuido a José Martí




Recientemente en la nueva edición de las Obras completas de José Martí, que está editando el Centro de Estudios Martianos de La Habana, se publicó el cuento titulado “Irma” que los especialistas del Centro atribuyen a la pluma del cubano. Este cuento lo dio a conocer Víctor M. Heres en 1942, en la revista Archivo de José Martí, y desde entonces los especialistas han tenido dudas e incluso han negado su paternidad. Porque como se sabe, Martí no era un “cuentista,” ni se movía con facilidad en este género a pesar de que es cierto que escribió y tradujo algunas piezas de este tipo. No obstante, en el año 2000, el crítico Ricardo Luis Hernández Otero retomó unas investigaciones que ya había comenzado en los años 70, y publicó este cuento en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, junto con una breve nota donde explicaba por qué él creía que había que considerar este cuento como de la pluma del cubano.

Las razones que dio entonces eran que no debíamos “continuar ignorando” 1) que “existe un cuento con la firma de José Martí y la indicación al pie Nueva York, donde nuestro José Martí residía desde hacía varios años”, 2) que “dicho cuento fue publicado en 1885 en una revista habanera dirigida por un español a quien nuestro Apóstol había fustigado desde México, había conocido después en La Habana”, 3) que “en la misma revista aparecería en 1888 otro texto suyo, este sí con la indicación precisa de la publicación de donde había sido tomado (de la cual era redactor principal, a veces único, José Martí)”, 4) que “el cuento que se analiza fue dado a conocer como suyo en la revista especializada Archivo José Martí en 1942; y sin embargo, no sólo no se le ha incluido en sus Obras completas…” (11).

Todas estas razones, que se entenderían mejor si se lee todo el artículo de marras, llevaron a los especialistas del Centro de Estudios Martianos a incluir en su última edición de las Obras completas, “el cuento titulado «Irma», de reciente adjudicación a Martí como autor” (OC 17, 6), con una breve historia al final poniendo por todo lo alto esta investigación. Hasta Encuentro en la red se hizo eco de esta historia y publicó la noticia del supuesto hallazgo.

¿Cuál es el problema entonces? El problema es que este cuento NO es de Martí. El cuento fue escrito y aparece con este mismo nombre, en el libro del escritor colombiano Santiago Pérez Triana (1858-1916)Reminiscencias tudescas (1902). Lo único que falta en la versión que se le atribuye a Martí es el primer párrafo del cuento, la cita en alemán que lo encabeza y algunas frases que están modificadas. El resto es exactamente igual. Esto nos dice que no es un cuento de Martí y que seguramente fue una versión anterior que Pérez Triana publicó en algún periódico y luego fue mal atribuida al cubano.

Juan Valera (1824-1905), el famoso crítico español, fue quien escribió el prólogo de la obra y ya entonces aclaraba que el libro presentaba animadas pinturas de “la vida y costumbres universitarias en Alemania”, adonde fue a estudiar Pérez Triana —y no fue a estudiar, por supuesto, Martí, como alguna vez se preguntó Hernández Otero. Su libro —no sólo este cuento— es una especie de tributo a los alumnos y profesores que conoció en aquel país. Varela explica, además, lo que quienes leían el cuento como si fuera del cubano, no podían entender. El “purismo” de la lengua de este escritor, —purismo entendido como dice Varela, en una forma “amplia y liberal”, pero al fin y al cabo, purismo, que no se aviene con la “selva” martiana, ni con el estilo metafórico de sus crónicas por esta época.

Todo el libro de Santiago Pérez gira, por tanto, alrededor de su experiencia de estudiante y los títulos de los cuentos nos dan una idea de lo que dicen. “Irma” es el primero y comienza con una cita de Schiller. “Otto” es el segundo, y comienza con otra cita de J. V. von Scheffel. “Karl” es el tercero, y está acompañado de una cita de Goethe. El cuarto, “Hans” comienza con una cita de Uhland. El quinto, “Herrmann” con otra de una canción popular Volkslied, y el sexto y el séptimo, con una de Schiller, y otra de Hoffmann von Fallersleben. Todas están en el idioma original, en alemán, que Martí tampoco hablaba, ni nunca escribió.

¿Por qué se publicó entonces este cuento con la firma de Martí en la revista La Lotería de La Habana? No lo sé, pero algo nos debe decir que Martí haya fustigado a su editor, un integrista, desde México. No tengo entonces que repetir que el cuento “Irma” está mal atribuido al cubano, y si algunos críticos lo pensaban pero no tenían la prueba, aquí está. Espero que ahora que sabemos quién es el verdadero autor, los editores de las Obras completas de Martí lo retiren de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre.

Obras citadas: