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sábado, 29 de abril de 2017

Cuba: comunicación, derechos y desarrollo sostenible

El modelo comunicativo imperante en el país necesita transformarse para que esté a la altura de las demandas actuales de la sociedad cubana.

SOCIEDAD José Ramón Vidal Valdez, Doctor en Ciencias de la Información 29 Abril, 2017 


Foto: Jorge Luis Baños_IPS
Ese modelo comunicativo se concreta, tanto en lo político como en lo jurídico, en el concepto del derecho a la comunicación, entendido este como el derecho a informar y ser informado, a hablar y ser escuchado, imprescindible para poder participar en las decisiones que conciernen a la colectividad.

Frecuentemente se escuchan, en escenarios diversos, quejas e insatisfacciones sobre el sistema de comunicación pública en Cuba. A veces se suscitan enconados debates sobre el tema desde imaginarios de prensa contrapuestos, pero existen también reflexiones más sosegadas, rigurosas e integrales,que se gestan, sobre todo, en el campo académico de la comunicación y la información y en el sector periodístico.

Estas reflexiones tratan de ubicar en contexto el sistema comunicativo y no solo de encontrar los orígenes históricos de sus rasgos peculiares, incluyendo sus fortalezas y sus debilidades, sino que intentan identificar, además, los retos que tiene ante sí, para el presente y futuro inmediato, y los posibles caminos para su mejoramiento.

El presente artículo pretende sintetizar algunas de las conclusiones más compartidasen el espacio académico de la información y la comunicación en Cuba –aunque, por supuesto, no unánimemente aceptadas–, acerca del sistema y el modelo comunicativo imperante en el país y las transformaciones que sería necesario realizar para que estén a la altura de las demandas actuales de la sociedad cubana.

Antecedentes

Las profundas transformaciones políticas, económicas y sociales desatadas por la Revolución Cubana impactaron también en la conformación del sistema de medios de comunicación que, en poco tiempo, pasaron a ser de medios comerciales a medios públicos.

Desde los primeros años de la pasada década del sesenta, la política editorial de los medios se subordinó por entero a la confrontación Revolución–contrarrevolución que, en el caso cubano, como se sabe, tiene un profundo matiz nacionalista, al ser ante todo la disputa entre Cuba y los Estados Unidos.

Cuba fue bloqueada económicamente (aún lo está), agredida por bandas terroristas y amenazada de intervención militar directa. Se desató una inmensa campaña diplomática y mediática con el propósito de aislarla del resto del mundo.

En ese contexto aparecen dos rasgos esenciales en el sistema comunicacional cubano: la propaganda en defensa de la Revolución, como función primera y esencial de los medios; y el secretismo, como mecanismo de defensa ante situaciones realmente excepcionales.

No obstante ello, durante la primera mitad de esa década la prensa fue escenario de debates de sumo interés público acerca del proyecto socialista y acogió no pocos trabajos periodísticos críticos.

En la segunda mitad de los sesenta se produjo la integración de los diarios Hoy y Revolución, que eran los medios vinculados al Partido Socialista Popular y al Movimiento 26 de julio, como expresión en la prensa del proceso de unidad de las fuerzas políticas de la Revolución. Surgió así Granma como órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Semanas más tarde nacería Juventud Rebelde, con el subtítulo de órgano de la juventud cubana, bajo la supervisión de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Según la apreciación del ya fallecido Julio García Luís, Premio Nacional de Periodismo,…” la reestructuración de la prensa diaria en 1965 no se revirtió de inmediato ni después, en un periodismo de mayor calidad al que ya se venía realizando”[1]. Varios factores incidieron sobre este resultado, desde la experiencia profesional de los nuevos periodistas y directivos, muchos de ellos improvisados, hasta un mayor control sobre los medios desde el sistema político.

Pero no fue hasta la década del setenta que se entronizaron en el sistema de medios mecanismos de control directo a imagen y semejanza con el modelo soviético, como parte de un proceso mucho más general de acercamiento a la URSS y al campo socialista europeo.

La autorregulación por convicción, sentido de responsabilidad y profesionalidad por parte de los periodistas y directivos de los medios no se consideró garantía suficiente para las estructuras del Partido y se intensificó la intromisión de su aparato auxiliar en la conducción cotidiana de la prensa.

Por supuesto, esto conspiró contra la profesionalidad y,fundamentalmente, contra el cumplimiento de las funciones diversas y complementarias de los medios en la sociedad. Se produjo entonces una hipertrofia de la función propagandística, con tintes apologéticos de la obra de la Revolución, en detrimento de la función informativa, de la crítica oportuna y necesaria para cualquier proyecto político y socioeconómico y del uso de los medios como plataformas de participación democrática de la ciudadanía en los asuntos públicos.

Estos rasgos se mantienen en lo esencial como características del sistema de los medios en Cuba, pese al tiempo transcurrido y las transformaciones de la realidad nacional y del entorno internacional, incluido el comunicacional, que a todas luces está pidiendo un cambio.

El proceso de esos cambios se sabe será difícil porque debe sobreponerse a una cultura verticalista, que tiende más al control que a la autonomía, a la trasmisión más que a la participación y el diálogo.

La insatisfacción con la labor de los medios

El funcionamiento del sistema de medios en Cuba deja insatisfecho tanto a gran parte de la ciudadanía, como a las propias instituciones públicas.

Desde la ciudadanía se pueden constatar esas insatisfacciones tanto en las opiniones que se expresan acerca de los medios de comunicación, como por la proliferación y credibilidad de rumores. Desde las instituciones se han realizado críticas y demandas a los medios y a los profesionales de la comunicación en múltiples espacios y momentos.

En particular, los congresos de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) han sido momentos para el análisis crítico de los medios, especialmente en sus dos últimas ediciones.

Algunos de los problemas que provocan esas insatisfacciones son:


  1. Escasa autonomía de los medios para establecer sus agendas de contenidos, lo que provoca notables desfases entre las agendas mediáticas y las agendas públicas.
  2. Imposibilidad de acceder a toda la información necesaria desde las instituciones públicas, dado el carácter restrictivo y secretista con que actúan en lo comunicacional.
  3. Los medios de comunicación no solo están afectados por el secretismo y el sistema de regulación de sus contenidos, sino que padecen graves déficit financieros y materiales.Por ejemplo, una crítica situación con sus medios de transporte afecta la labor reporteril.
  4. El personal que labora en los medios, como en muchos otros sectores del país, recibe salarios insuficientes y ello lo obliga, en no pocos casos, a dedicar tiempo y esfuerzos en encontrar otras vías de ingresos.

Todo lo anterior ha impactado en una lenta e insuficiente apropiación de las transformaciones que han ocurrido a escala global en los sistemas comunicativos caracterizados por la irrupción de redes y soportes digitales diversos, que crean la posibilidad de democratizar la producción y el acceso a la información y a la producción cultural.

Esta apropiación no se limita solo a lograr la conectividad y el acceso a la tecnología informática, lo cual tiene un notable retraso en Cuba, sino también la necesaria restructuración del sistema de gestión editorial y las culturas profesionales que se derivan de su asimilación.

A partir de estas insatisfacciones se ha intentado realizar algunos cambios regularizando las informaciones sobre el desempeño y los acuerdos de las instancias de gobierno, alentando trabajos periodísticos de corte crítico y la mayor presencia de voces de diferentes sectores sociales en la prensa. Las secciones de intercambio con los lectores se han fortalecido y constituyen una vía de participación y queja de la ciudadanía. Aparecen trabajos de opinión más diversos y plurales.Hay un incipiente desarrollo de la prensa digital. Se exige a los organismos del Estado una mejor organización de su gestión comunicativa.

Pero estos cambios no son suficientes. En realidad,desde hace décadas las máximas instancias de dirección del Partido han intentado ampliar la función crítica de la prensa y mejorar su labor informativa. Pero una y otra resolución termina por evaluarse como no cumplida porque, en realidad, en ningún caso se ha hecho una reflexión profunda y radical sobre el modelo comunicativo y las relaciones entre las instituciones del sistema político y los medios de comunicación, lo que ha implicado tratar de obtener nuevos resultados con viejos métodos y se sabe que eso no es posible.

Diversos documentos y pronunciamientos realizados en los últimos años establecen el propósito de perfeccionar los mecanismos de participación ciudadana en los asuntos públicos, pero como ha expresado en su tesis doctoral la destacada periodista Rosa Mirian Elizalde:

“No hay participación sin comunicación, por más que se declaren ambas como objetivos estratégicos. Las fallas del Sistema comunicacional pueden comprometer el ejercicio colegiado del poder político e impedir formas permanentes de control social que favorezcan la participación popular y tengan un papel activo en la lucha por la defensa de los derechos culturales de la nación”[2].


Los grandes retos actuales del sistema comunicativo cubano

La sociedad cubana está en momentos de dinamización de cambios y de crecimiento de su diversidad, lo que plantea nuevos y más complejos retos al sistema comunicacional.

Algunos de estos retos se derivan de la aparición de un sector no estatal de la economía y la ampliación del cooperativismo en diversos sectores. Esta diversidad de formas de propiedad hace emerger nuevos actores sociales que requieren tanto acceso a los medios como el control de estos sobre sus actuaciones.

También se han venido produciendo cambios institucionales, en los órganos de gobierno y en el sector empresarial, dirigidos a diferenciar adecuadamente las funciones de unos y otros, que incluyen una mayor autonomía a las empresas de propiedad social; el fortalecimiento de las regulaciones jurídicas y del derecho; y nuevas formas de planificar y dirigir la economía con procedimientos y políticas económicas y no solo con regulaciones administrativas. Estas transformaciones en el modelo de gestión económica requieren tratamientos diferenciados a las instituciones, desde lo comunicacional, y de informaciones amplias y de profundidad que contribuyan a crear conocimientos que favorezcan la comprensión y el apoyo a estos cambios.

También los medios –y la ciudadanía a través de estos–deben tener la posibilidad de observar críticamente sus impactos en la sociedad y,en particular, en la vida cotidiana de las personas, para alertar sobre posibles deformaciones en su aplicación o la necesidad de producir ajustes a tiempo para que se reviertan francamente en beneficio de la economía y la sociedad cubanas.

Otros elementos insoslayables que requieren tratamiento permanente e inteligente en los medios de comunicación son las consecuencias que genera la imposibilidad de la economía de remontar, definitivamente, las secuelas materiales de la profunda crisis de los años noventay, por supuesto, algo mucho más complicado, sus efectos subjetivos motivados por el proceso de empobrecimiento que se ha vivido y el consecuente deterioro de la credibilidad de las instituciones.

Los efectos de la crisis no están motivados solo por los duros años de aguda escases de productos de todo tipo y la disminución del salario real, sino por la ruptura brutal de la visión de futuro y los planes de vida de las personas y las familias. La sensación de que las reglas del juego cambiaron, que ahora todo está lleno de incertidumbres luego de haber vivido un periodo de seguridad y, sobre todo, de promesas que parecían alcanzables, deteriora el compromiso con el proyecto social y altera el cumplimiento de las normas sociales de civilidad y convivencia.

Estos asuntos tienen algún reflejo en la agenda mediática, pero más desde un discurso moralizante que desde el análisis de causa más profundo de estas conductas, que permita generar una reflexión colectiva que contribuya a corregir sus efectos perniciosos.

Otro componente de los cambios que se han originado en la sociedad cubana es la emergencia pública de expresiones culturales y espirituales generadas desde identidades diversas, de género, creencias religiosas, orientación sexual, color de la piel o generacionales que, como nunca antes, pugnan por su presencia y reconocimiento en el espacio comunicacional. La política cultural y la relacionada con las creencias religiosas, abiertas y garantes de los derechos culturales, han contribuido en mucho a diversificar en los medios las miradas sobre esta diversidad creciente, pero no dejan de ser un reto permanente a la sensibilidad, creatividad y profundidad del trabajo periodístico

El sistema comunicativo cubano tiene ante sí, además, los desafíos que entraña para lo comunicativo el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, que no diluye sino que transforma las disputas históricas entre ambos países y produce un tránsito del enfrentamiento frontal en los escenarios económicos y políticos hacia una confrontación,fundamentalmente en el orden simbólico y cultural. Ello sitúa la actualización y perfeccionamiento de las políticas comunicacionales como una prioridad insoslayable

Hay, además, demandas que se derivan del proceso de relevo de la generación histórica que hizo la Revolución, hacia una nueva generación de dirigentes que tiene que basarse más en la legitimidad de las instituciones y las leyes y la capacidad para generar consensos. Es decir, una nueva forma de gobernar que, inevitablemente, tiene que implicar una manera diferente de comunicarse con la ciudadanía.

Afrontar con éxito estos retos requerirá de cambios conceptuales y prácticos de profundidad en lo relacionado con todo el sistema de comunicación social y su relación con el sistema político

Referentes necesarios

Hay desarrollo teórico y propuestas provenientes de las luchas populares sobre la democratización de la comunicación que pueden ayudar a repensar las políticas y las regulaciones del sistema comunicativo en Cuba, lo que excede al sistema de medios e incluye a todos los actores involucrados en los procesos de comunicación a escala social e institucional.

Uno de los conceptos que debe constituir punto de partida en esas reflexiones es el de derecho a la comunicación.

La idea de que era necesario formular un nuevo derecho humano a la comunicación fue esbozada por primera ocasión por Jean D´Arcy[3], en el seno de la UNESCO. Este autor consideraba que el derecho a la comunicación tendría que ser, necesariamente, más amplio que los derechos de opinión, expresión e información, que fueron reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, la cual resultaba insuficiente como paraguas normativo para orientar la regulación del fenómeno de la comunicación en un contexto de acelerado desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) y de una creciente concentración a nivel mundial de los medios de comunicación masiva en empresas transnacionales de la información y la industria cultural.

En 1973, los países No Alineados plantearon en el seno de la UNESCO la idea de establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) como correlato en el campo cultural de las propuestas en favor de un Nuevo Orden Económico Internacional

En particular, la propuesta del NOMIC provocó fuertes confrontaciones en los escenarios internacionales entre los países que denunciaban la profunda asimetría que existía en los flujos internacionales de información y comunicación, y los países industrializados de Occidente, que argumentaban que las pretensiones de establecer políticas y legislaciones que regularan esas relaciones eran un atentado al libre flujo de información y a la libertad de expresión, lo que era violatorio de diferentes cartas y acuerdos internacionales.

Como parte de esas disputas se constituyó por la UNESCO una comisión de expertos que evaluaría el ordenamiento internacional de la información y la comunicación; esa comisión fue identificada por el nombre de su presidente Sean MacBride. Como resultado de su trabajo se presentó un informe resumen que tiene como título “Un solo mundo, voces múltiples”.

Su aporte al debate internacional sobre la comunicación fue trascendental, en tanto describía y denunciaba los desequilibrios en la producción y circulación de información y abordaba el tratamiento del derecho a la comunicación como una necesidad política, aunque aún sin forma jurídica precisa.En efecto, a manera de recomendaciones, se formularon orientaciones jurídicas para que los Estados regulen las nuevas relaciones provenientes de la actividad comunicacional y,especialmente, mediática.

En síntesis, según estas recomendaciones, eran necesarias disposiciones para consolidar el ejercicio de los derechos tradicionalmente relacionados con la comunicación (opinión, expresión e información), así como de los demás derechos humanos relacionados con estos. Pero también se proponía a los Estados intervenir para asegurar el acceso democrático a la información y a los medios de comunicación por parte de los individuos y de los colectivos sociales; evitar la concentración de la propiedad de los medios, así como el monopolio de la producción de información; y asegurar la posibilidad de libre elección de los individuos frente a la amplia gama de información ofertada.

Luego de adoptarse por mayoría las resoluciones para hacer avanzar el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación en correspondencia con las conclusiones del informe Mac Bride, los Estados Unidos y el Reino Unido comunicaron su decisión de retirarse de esta organización, argumentando que el NOMIC constituía un atentado a la libertad de información. Le atribuyeron un sesgo estatista y acusaron a las autoridades de la UNESCO de propiciar en los países del Sur la creación de estructuras comunicacionales de inspiración socialista.

En la confluencia de las pasadas décadas de los ochenta y noventa, el predominio casi absoluto de la ideología neoliberal como discurso e imaginario únicos hizo retroceder muchas de las conquistas logradas tras años y décadas de lucha. La propuesta de un nuevo orden mundial de la información y la comunicación fue una de esas conquistas postergadas.

Las políticas neoliberales aceleraron los procesos de concentración de la propiedad y desataron una ola de privatizaciones que debilitó en grado sumo los servicios públicos de información y comunicación y de las telecomunicaciones. Se agudizaron aquellos rasgos del orden mundial de la información y la comunicación que la comisión MacBride había definido como inaceptables[4].

Comenzó a prevalecer otro paradigma en el análisis de los problemas internacionales vinculados a la información y la comunicación. Un ejemplo de este nuevo paradigma lo constituye la Convocatoria de la ONU a la Cumbre Mundial de la Información (Ginebra 2003-Túnez 2005), cuya organización se encargó a la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y no a la UNESCO, como hubiese sido razonable, lo que llevó a omitir el debate en términos de derechos por un enfoque centrado en la forma de regular las relaciones comerciales y tecnológicas que generan el uso de las TIC en la globalización del mercado.

En contraposición a esas tendencias, los movimientos sociales y fuerzas progresistas resaltaron la relación que existe entre el derecho a comunicar y aquellos que garantizan la participación pública y el conocimiento y defensa de todos los derechos humanos.

La comunicación es concebida como un derecho de todos y todas, que implica el acceso y la participación en procesos individuales y colectivos de construcción del conocimiento; pero, también, de participación de los ciudadanos en los procesos de toma de decisión relacionados con los asuntos concernientes a sus vidas.

Se retoma la idea de establecer políticas de comunicación e información y las legislaciones correspondientes que den garantías al pleno ejercicio del derecho a la comunicación.

Los empeños por democratizar la comunicación durante décadas han dejado un sedimento de ideas, conceptos y prácticas que hoy día, tras un largo y accidentado derrotero, conforman un modelo alternativo, tanto al imaginario liberal de prensa, como al modelo imperante en las experiencias socialistas del siglo XX. Esto tiene una gran importancia para Cuba, que decidida a perfeccionar su modelo de desarrollo económico y social de orientación socialista debe actualizar su propio modelo comunicativo y las políticas y el marco jurídico que lo organice y regule.

Otro referente insoslayable está relacionado con la centralidad que tiene la comunicación en los planes de desarrollo económico y social. La jerarquía de la información y el conocimiento como factores en el desarrollo ha ido creciendo. Se evidencia en la actualidad un uso intensivo de la información y un valor creciente del conocimiento como factores diferenciadores y condicionantes del desarrollo.

No es que el capital no sea importante,pero no basta, hay que saber seleccionar, procesar y emplear eficazmente los altos volúmenes de información; generarlos conocimientos indispensables que garanticen la producción de bienes y servicios con la calidad requerida en las nuevas condiciones socio–técnicas y asimilar las nuevas áreas de desarrollo científico y tecnológico que han emergido a partir de la llamada “revolución digital” y su confluencia con diversas demandas sociales.

El factor que realmente establece la diferencia es la posibilidad de contar con una masa crítica de personas altamente calificadas en el manejo de la información, en la generación de conocimientos y en su capacidad innovadora para aplicarlos eficazmente en la actividad productiva o de servicios correspondiente.

Pero la calificación de las personas no se logra hoy solo con excelentes centros educacionales. Estos, claro, son indispensables; pero si los profesores, los estudiantes y los egresados no están conectados a los flujos mundiales de información, se descalifican rápidamente. La velocidad de generación de nuevos conocimientos es enorme y se realiza no solo en los grandes centros de investigación, sino que se construye, valida y socializa a través de las redes digitales.

Las nuevas tecnologías invaden la vida cotidiana y son utilizadas por miles de millones de personas. Desde las computadoras personales hasta el teléfono móvil, las tarjetas digitales, los comandos del televisor o de otros electrodomésticos, para poner solo algunos ejemplos de la cotidianidad, requieren conocimientos nuevos que deben ser aprehendidos masivamente.

Este factor nos indica la necesidad de contar con políticas y legislaciones en comunicación actualizadas, que contribuyan a aprovechar al máximo posible las oportunidades que surgen tanto en los procesos de desarrollo socioeconómico, como en el perfeccionamiento de los mecanismos de participación ciudadana.

Las relaciones entre la política y la comunicación exceden hoy día la antigua lógica de ver a la comunicación social, y en particular a los medios,como meros instrumentos. La comunicación es hoy un eje esencial en cualquier proyecto político, como lo es también con respecto a cualquier proyecto de desarrollo socio-económico. Por lo que las relaciones entre ambos sistemas solo pueden ser comprendidas en una lógica de mediación recíproca que obliga a garantizar la autonomía de ambos sistemas y no la subordinación del comunicativo ante el político a ultranza.

Las nuevas circunstancias tecnológicas y culturales amplían, además, los contenidos tradicionales de las políticas de comunicación que ahora deben incluir, de manera coherente e integrada, las políticas relacionadas con la instalación y apropiación de las tecnologías de información y comunicación digitales y las transformaciones culturales indispensables para poder hacer un uso provechoso de estas.

La llamada política de informatización de la sociedad tiene que estar integrada a una política pública de comunicación, de tal forma que se vea en toda su integralidad las trasformaciones en curso a nivel global y sus implicaciones para el país.

Para ello es necesario situar a este proceso en un marco que rebase, aunque por supuesto incluya, la óptica de la seguridad nacional y se abra a las perspectivas de entender las redes digitales y su uso como infraestructuras básicas para el desarrollo, como un asunto vinculado al derecho a la comunicación, al funcionamiento democrático y transparente de las instituciones públicas y como un proceso generador de bienestar y mejoramiento de la calidad de vida. Sin embargo, aún no se observan con claridad los lazos entre esa política y las transformaciones indispensables en el sistema de comunicación social.

Como se observa, hoy día las políticas de comunicación deben hablar tanto de política e ideología como de economía y desarrollo. La manera de concebir el modelo y el sistema comunicativo y sus regulaciones serán condicionantes importantes en el funcionamiento del sistema político y en la consecución de los planes de desarrollo económico y social.

Posibles caminos

La solución a las demandas sociales al sistema comunicativo cubano no puede salir de un modelo comunicativo centrado en el control y la información vertical, que resulte omiso en temas de alto interés social y escaso en espacios públicos de análisis y debate.

Lo más conveniente parece ser lograr un modelo comunicativo que favorezca el diálogo fluido a escala social, institucional y comunitaria.

Ese modelo comunicativo se concreta, tanto en lo político como en lo jurídico,en el concepto del derecho a la comunicación, entendido este como el derecho a informar y ser informado, a hablar y ser escuchado, imprescindible para poder participar en las decisiones que conciernen a la colectividad.

Para ello sería necesario avanzar en:

La transparencia de las instituciones públicas. Garantizar la realización del principio de que la información pública es un bien público. Sin una información oportuna, diáfana y profunda, no es posible lograr una participación calificada de las personas en los asuntos políticos y sociales; sin una transparencia pública de la labor de funcionarios y órganos de gobierno, no es posible el más mínimo control ciudadano sobre su gestión, lo que resulta indispensable en la lucha contra la corrupción y por el desarrollo de una verdadera cultura de participación. Sería deseable una legislación que obligue a las instituciones públicas a hacer visible, permanentemente, un conjunto de datos y de brindar a cualquier ciudadano la información que este reclame. Particulares facilidades deben tener los periodistas a la necesaria interlocución que aclare, amplíe y ayude a interpretar dichas informaciones.

Como no es posible una transparencia total, ciertas informaciones quedarán clasificadas. La ley debería regular cuáles requisitos debe cumplir una información para entrar en esa categoría, quiénes son los funcionarios autorizados a clasificar, cómo pueden impugnarse sus decisiones y a quiénes rinden cuenta del uso de esta prerrogativa. Es decir, no puede quedar a la discreción de cualquier funcionario la clasificación como secreta, confidencial o restringida de una información pública. Sería necesario, también, dejar establecido un sistema de sanciones para los funcionarios que violen lo establecido en dicha regulación jurídica.

Trabajar desde el principio en la transparencia informativa entraña un cambio trascendental en el funcionamiento de las instituciones del Estado que, en todas partes del mundo,han trabajado regularmente con más o menos espacios de opacidad.

Una política pública de comunicación: Que consagre el principio anterior y que dote a los medios de comunicación de mayores posibilidades para conformar su agenda, no solo a partir de indicaciones de las instituciones de Partido y Gobierno, sino con una lectura responsable y comprometida, ante la ciudadanía, de la agenda pública. Esta política, además, debe facilitar y respaldar la labor de los periodistas y contribuir a que los medios de comunicación –que en Cuba, por precepto constitucional, son de propiedad estatal o social– puedan cumplir de manera esencialmente autorregulada y equilibradamente sus diversas funciones sociales.

Legislaciones en comunicación. Que den fuerza legal a la política pública sobre comunicación social y establezcan las atribuciones, responsabilidades y límites de los diferentes actores que intervienen en el proceso de comunicación pública.

Actualización del modelo de gestión económica. Este es uno de los asuntos más complejos a resolver y para el cual es necesario ser más innovadores. Es bastante consensuado en el medio académico y en el sector periodístico que no debe modificarse el sistema de propiedad sobre los medios, pero que sí es posible ensayar formas diferentes de gestión. Hoy día los medios hacen muchas funciones publicitarias (anuncios y menciones promocionales, campañas de bien público y publirreportajes) que, en la generalidad de los casos, no se cobran. Establecer el pago por los espacios publicitarios por parte de las empresas cooperativas y organismos gubernamentales puede ser una decisión que contribuya a mejorar la sostenibilidad financiera de los medios que, además, deben continuar recibiendo las contribuciones presupuestarias posibles del Estado o de las instituciones sociales o políticas a las que pertenecen.

Actualización del sistema de gestión editorial de los medios y de sus rutinas productivas. Esto incluye la necesidad de repensar los conceptosy valores noticias con quese está operando y, en general,continuar fortaleciendo la cultura profesional de periodistas, editores y directivos de los medios para que puedan estar a la altura de los reclamos y desafíos de hoy. Una gestión editorial contemporánea requiere de un mayor y sistemático diálogo entre los medios y sus públicos, por lo que cualquier avance en la gestión editorial pasa por la creación de los mecanismos correspondientes a esa vital función. La prolongación de políticas que han quedado obsoletas desde hace tiempo han afectado la profesionalidad de los medios cubanos, por lo que es preciso incrementar y actualizar el ejercicio profesional del periodismo y la comunicación en general, para hacer viable la aplicación de nuevas políticas y legislaciones.

En el nivel de la comunicación institucional y local sería necesario también hacer transformaciones que contribuyan al mejor aprovechamiento de los recursos existentes en función del desarrollo, lo que supone incentivar una comunicación dialógica y no centrada en la difusión.

Para ello hay que habilitar sistemas de comunicación institucional y local y estrategias comunicacionales que incentiven la participación y el diálogo, lo que repercutiría en el aprovechamiento de la experiencia y los conocimientos colectivos e incrementaría la motivación y el sentido de pertenencia de las personas a esas instituciones y a los programas de desarrollo local.

Lo anterior supone que cada institución tenga una estrategia que le permita aprovechar las tecnologías digitales al máximo, teniendo en cuenta los requerimientos de seguridad indispensables, pero poniendo el énfasis en los beneficios para no quedar inmovilizados por los riesgos.

Este es un elemento central en la protección y ampliación de los conocimientos y la experticia de las y los profesionales cubanos que, salidos de las aulas universitarias con un nivel de actualidad aceptable en sus respectivos campos de actividad, quedan desconectados de los flujos mundiales de intercambio y socialización de saberes porque las instituciones donde trabajan no han creado las condiciones ni tienen las políticas más inteligentes para estimular el crecimiento continuo de sus conocimientos, que pasa hoy,entre otros factores, por la presencia activa en las redes digitales.

En resumen, hay un consenso acerca de que el modelo y el sistema comunicativo cubano deben ser modificados, pero aún está pendiente lograr un consenso acerca de la naturaleza y alcance de ese cambio, que debe incluir el modelo de comunicación que necesita el país, las políticas y legislaciones necesarias, los medios de comunicación (tradicionales o interactivos) que se deben ir conformando o transformando, el tipo de labor periodística y la comunicación institucional y,en los espacios locales y comunitarios que respondan adecuadamente, en las actuales circunstancias, a las finalidades del país. Para lograr ese consenso se requiere de un amplio debate público.

No es este un asunto privativo de personas expertas y entendidas, sino que debe incluir a los más variados sectores sociales para incorporar las necesidades y aspiraciones más amplias posibles y, a la vez, generar conciencia y cultura sobre el derecho a la comunicación y las maneras de ejercerlo, tanto entre los profesionales de la comunicación y los directivos de las instituciones, como en la ciudadanía. (2017)


[1]García Luis, Julio: Revolución, socialismo, periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, La Habana, Editorial Pablo, 2013, p.74.

[2]Elizalde Zorrilla, Rosa Miriam: Principios para una política de comunicación social desde la perspectiva de los periodistas cubanos. Tesis doctoral, 2013, p.44.

[3]D´Arcy Jean: (S/F) El derecho a comunicar, UNESCO, Serie de Estudios y Documentos de Información, Documento Nº 36, pp.1. Citado por Jurado Vargas, Romel: Hechos y Derechos de la Comunicación. Debate social y político sobre la resignificación de la libertad de expresión, Editorial Académica Española, Quito, 2012.

[4]MacBride, Sean: Un solo Mundo, voces múltiples, Fondo de Cultura Económica, México, 1980.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Participación y derecho a la comunicación, escuelas de ciudadanía




El Doctor José Ramón Vidal. Foto: Mesa Redonda

Cubaperiodistas

Conferencia del Doctor José Ramón Vidal en la constitución de la Cátedra de Información y Comunicación para el Desarrollo, de la Universidad de La Habana, el pasado 28 de febrero de 2017, en el Aula Magna Universidad de La Habana.

Buenos días. Quiero agradecer la invitación a pronunciar esta conferencia que abre las actividades de la cátedra de información y comunicación para el desarrollo. Cátedra que está llamada a estudiar y contextualizar las diversas aproximaciones que desde disciplinas afines al tema se han venido haciendo.

La relación entre la información, la comunicación y el desarrollo no es objeto de estudio privativo de las ciencias de la información, ni de ninguna de las áreas de estudio de las ciencias de la comunicación, sino que constituye una mirada obligada que debe remover postulados teóricos y prácticas de diversas expresiones profesionales desde el periodismo hasta la comunicación institucional para situar dos ejemplos.

Existe un área muy importante de la comunicación que se identifica como Comunicación para el desarrollo y que proviene de aquellas reflexiones y prácticas que antes denominábamos Comunicación educativa y comunitaria. Este sub – campo de las ciencias de la comunicación tiene una gran importancia en la actualidad ya que se ocupa de un espacio privilegiado para el desarrollo sostenible que es el espacio local. Además es un área que como ninguna otra ha asumido el modelo comunicacional basado en el diálogo y promotor de una genuina participación social.

En muchos lugares esta área se está denominando hoy como comunicación para el cambio social, entendiendo este no como un momento transcendental y generalmente traumático sino como un proceso permanente y necesario en el perfeccionamiento de cualquier sociedad. De cualquier manera en ningún caso podríamos circunscribir el estudio sobre las relaciones entre información, comunicación y desarrollo a estas propuestas teóricas y prácticas profesionales.

La intersección entre información, comunicación y desarrollo como objeto de estudio requiere también otros abordajes disciplinares entre los que se evidencian con mucha claridad los que provienen de la economía, la sociología, el derecho y la psicología social y organizacional.

Esa vocación multidisciplinar está presente en los fundadores de esta iniciativa lo que le augura un provecho grande a sus actividades.

En los minutos que siguen procuraré presentar una visión muy panorámica de esa relación compleja y sempiterna entre la utilización de los recursos de información y los procesos comunicacionales para la evolución y desarrollo de los seres humanos y las comunidades y sociedades que ha creado.

Bien sabemos que la comunicación, como una forma diferente de interacción, basada en el recurso de la información, es una conquista de la naturaleza. Está presente en la mayor parte de los animales.

Esta importante conquista de la naturaleza posibilitó la sobrevivencia de los antecesores de los seres humanos ya que estos eran menos fuertes, menos rápidos, veían o escuchaban menos que otras especies que competían por el territorio y la caza. La manera en que sobrevivieron nuestros antecesores más remotos fue realizando actividades gregarias para la defensa y la caza. El trabajo conjunto suplía su déficit y potenciaba sus posibilidades.

Esas actividades sólo podían lograrse con un intercambio más eficiente de información es decir comunicándose mejor. El trabajo colectivo abría nuevas posibilidades al intelecto de los homínidos hasta llegar a desarrollar en ellos el pensamiento abstracto y su envoltura material, el lenguaje hablado; lo que los distingue radical y definitivamente de las restantes especies.

No es difícil imaginar lo que ocurrió cuando algunos hombres ¿o acaso serían mujeres? descubrieron que frotando dos piedras podían iniciar un fuego. Puede pensarse con razón que ese nuevo y trascendental conocimiento fue aprendido por otros humanos viendo cómo se hacía pero es imposible que no imaginemos también cómo la comunicación desempeñó un papel crucial en su socialización. A lo largo de la historia se puede constatar repetidamente este proceso. Un nuevo descubrimiento se expandía como información mediante la interacción comunicativa y es justamente en esa extensión de nuevos conocimientos que inducían nuevas prácticas, que los humanos fuimos creciendo y llevando la vida humana hacía estados diferentes que le permitían no solo sobrevivir sino mejorar sus condiciones de vida.

Dando un salto enorme en el tiempo podemos constatar que en la modernidad los procesos de información y comunicación adquieren formas institucionales y prácticas más inclusivas. La aparición de la imprenta permitió que el conocimiento saliera de recintos cerrados y se abriera a un amplio espacio social. La creación de instrumentos de producción más complejos y productivos, que dependían cada vez más de un mayor contenido de conocimientos, hizo necesario crear renovadas formas de comunicarnos. El libro, la prensa periódica y los sistemas escolares brindaron la posibilidad de compartir más información y socializar de manera creciente los conocimientos acumulados.

Fueron las revoluciones industriales las que objetivaron en el dominio de la energía y las máquinas un mayor contenido de conocimientos. En un proceso relativamente breve la jerarquía de la información y el conocimiento fue creciendo hasta ocupar un lugar central en el desarrollo.

Dos hechos que no fueron interpretados en su trascendencia

En la década de los 50, en plena era industrial, ocurrieron dos acontecimientos, que vistos en la distancia, estaban anunciando un cambio trascendental. En 1956 el número de personas empleadas en los Estados Unidos en sectores de servicios se hizo mayoritario. En 1957, la entonces URSS, puso en órbita el primer satélite artificial de la tierra.

Para muchos analistas el primer acontecimiento significaba el inicio del tránsito de la sociedad industrial a la sociedad de los servicios. Sin embargo, transcurrido el tiempo se pudo apreciar que la proporción de personas empleadas en los servicios tradicionales no había crecido significativamente sino, que lo que venía ya creciendo y lo ha hecho ininterrumpidamente desde esa época, son las personas empleadas en la generación, tratamiento, conservación e intercambio de información. (Naisbit, 1983)

El segundo acontecimiento fue bautizado como el inicio de la era cósmica, pero, ya bien sabemos que por muy espectaculares que hayan sido los viajes de naves a otros confines del cosmos, la mayor significación práctica de este hecho radica en que posibilitó el inicio de la era de las comunicaciones globales.

Es decir se iniciaba un cambio jerárquico en los factores que determinan el desarrollo y se comenzaba a construir un nuevo ecosistema comunicativo.

Muchos nombres han intentado explicar los cambios que acontecen en el funcionamiento de la economía capitalista y de los sistemas comunicacionales y de su compleja interrelación. Sociedad de la información, Sociedad del conocimiento, era informacional, modo de desarrollo informacional, capitalismo cognitivo entre otros tantos. Tras cada nombre hay una propuesta de interpretación diferente que nos brindan puntos de análisis distintos y a veces complementarios. Esas interpretaciones no son neutrales en las grandes disputas ideológicas, toman y hacen parte de tales disputas.

Por eso nuestra tarea es analizarlas con sentido crítico, entendiendo por tal, no el rechazo a priori de aquello que no concuerde con las categorías y conceptos que tenemos preestablecidos, sino con actitud y capacidad de discernimiento para tomar de cada una, lo que nos muestra de las múltiples aristas de una relación compleja y de múltiples vías y a la vez para desentrañar los intereses que están en juego detrás de cada interpretación y enriquecerlas con nuestras observaciones críticas que tienen como base una ética y un compromiso con la vida y con los seres humanos.

Algunas de estas interpretaciones sitúan a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación como motor de los cambios. Su desarrollo vertiginoso, su espectacularidad y su ubicuidad contribuyen a apuntalar esta visión. Ellas son ciertamente un eje transversal de los cambios en curso pero ni la ciencia y la tecnología siguen solamente sus lógicas endógenas ni las sociedades humanas acogen cualquier nueva propuesta de tecnología. Debíamos preguntarnos si pueden comprenderse las causas y consecuencias de la Revolución Científica y Tecnológica, que se desató desde fines de los años 60 del pasado siglo, en particular la convergencia que dio lugar a las TICs, fuera de los contextos donde se generaron las demandas sociales que impulsaron esos desarrollos y facilitaron la incorporación a la práctica social de sus resultados.

Un análisis detenido de esos contextos nos muestra que hay una relación de inter determinación compleja entre las demandas originadas en las tendencias del desarrollo capitalista y la revolución científica técnica. La super – concentración del capital y la mundialización de la producción y los mercados demandó procedimientos y equipos capaces de manejar grandes volúmenes de información, en tiempo real y a escala planetaria. La “guerra fría” y el complejo militar industrial que creció desmesuradamente a su amparo, generó demandas y aportó desarrollos científicos y tecnológicos. La propia Revolución científico y tecnológica demandó la capacidad de procesamiento de volúmenes muy altos de información. Al responder a esas demandas, las tecnologías de la información y la comunicación han ampliado, modificado y acrecentado el ritmo y el alcance de los desarrollos económicos, militares y científico – técnicos.

Los procesos productivos se realizan cada vez más con dispositivos tecnológicos que para crearlos, programarlos y utilizarlos, requieren un mayor componente de conocimiento. De igual forma, los procesos de gerencia de las empresas y mercadeo de los productos y servicios dependen más de la calidad y oportunidad con que se generen, reciban, procesen y compartan informaciones.

Una parte importante de la alta tecnología contemporánea es de alto contacto (Naisbitt, 1983). Antes, las tecnologías más avanzadas solían ser empleadas por especialistas, hoy día muchas de estas tecnologías invaden la vida cotidiana y son utilizadas por miles de millones de personas. Desde las computadoras personales, el teléfono móvil, las tarjetas digitales, los comandos del televisor o de otros electrodomésticos, para poner solo algunos ejemplos de la cotidianidad, requieren conocimientos nuevos que deben ser aprehendidos masivamente.

Pero las transformaciones en curso no pueden imaginarse como un proceso homogéneo, determinado por las ofertas tecnológicas, sino diferenciado y contextualizado, teniendo en cuenta las diferencias culturales y las desigualdades en el punto de partida. Es preciso tener presente no solo las “brechas digitales” sino ante todo las “brechas de desarrollo” y las “brechas sociales” que separan a los países, las colectividades y las personas.

La preeminencia del factor tecnológico presente en muchos de los discurso contemporáneos se verá reforzada sin duda con los próximos desarrollos tecnológicos basados no solo en nuevas generaciones de equipos robotizados sino además interconectados automáticamente entre ellos sin mediación humana directa, la llamada “Internet de las cosas” y con la ampliación del uso de la realidad virtual y sobre todo de la realidad aumentada que tenderán a hacer más porosa la relación de lo real con lo virtual.

No es un simple error

Pero, no debería pasarse por alto el dato básico de que quienes diseñan, construyen, programan, mantienen y utilizan las tecnologías somos los seres humano y somos los seres humanos quienes generamos, compartimos, damos sentido e interiorizamos la información convirtiéndola así en conocimiento y en sentimientos y valores.

No es un simple error el de presentar lo tecnológico como el elemento central en el desarrollo y funcionamiento de la economía y la sociedad toda. “Fetichizar” la tecnología, es un nuevo y poderoso intento de mantener y reforzar la alienación de las personas del fruto de su trabajo y de sus creaciones y con ello situarlos en una posición de indefensión ante “el nuevo mundo que llega” como algo inevitable y con un sentido único.

El discurso que acompaña a los conceptos de Sociedad de la Información o Sociedad del conocimiento suelen prometer una transformación de la vida a escala planetaria y para beneficio de todas las personas

En realidad los cambios que han venido aconteciendo en las últimas cuatro décadas han modificado sí, la jerarquía de los factores que intervienen en el desarrollo y los modos de comunicarnos pero lo han hecho desigualmente porque han ocurrido dentro de las relaciones capitalistas.

No se puede obviar que los dramáticos cambios de la geopolítica mundial acontecidos en las postrimerías de la década del 80 y principios de los 90 contribuyeron a que la ideología neoliberal alcanzara carácter hegemónico e impulsara el libre intercambio de mercancías y capitales, la monetización de la economía y la reducción del papel de los Estados nacionales con la desregulación jurídica y política de la economía, el desmantelamiento de las políticas de carácter social y la privatización de las propiedades públicas.

Los resultados de esos cambios se expresan de manera compleja, algunos países en desarrollo han aprovechado sus ventajas competitivas y surgen con una economía emergente, basada sobre todo en mano de obra barata y en la introducción de tecnologías avanzadas que llegan de la mano de las transnacionales.

En cambio otros países se encuentran ante brechas de desarrollo mucho mayores y más difíciles de vencer porque la acumulación de conocimientos, que se torna decisiva en la nueva etapa, sólo se logra tras sostenidas inversiones en la educación, la ciencia y la tecnología, áreas debilitadas por la aplicación de las fórmulas neoliberales.

Por otra parte, en los países más industrializados, la emigración de capitales hacia zonas que garantizan mayor rentabilidad, incrementó los niveles de desempleo y precarizó las condiciones laborales, lo que debilitó a la clase media e incrementó el número de pobres. La resultante es que la desigualdad ha crecido y que el crecimiento económico cuando y donde se ha logrado no ha significado necesariamente un crecimiento del bienestar general.

Lo que si ha sucedido es que la producción de conocimiento pasa a ser la principal apuesta de la valorización del capital. En esta transición, la parte del capital inmaterial e intelectual, definida por la proporción de trabajadores del conocimiento y de las actividades de alta intensidad de saberes —servicios informáticos, I+D, enseñanza, sanidad, multimedia, software— se afirma, en lo sucesivo, como la variable clave del crecimiento y de la competitividad de las naciones.

Impacto crucial en la relación Norte-Sur

Esta evolución camina a la par con otras mutaciones mayores, que tienen un impacto crucial sobre la reestructuración de lo que se ha convenido en llamar relación Norte – Sur y sobre la elaboración de una estrategia de desarrollo.

– La primera está ligada a los límites ecológicos del crecimiento industrial, que invierten la positividad de este último —la producción en masa como lucha contra la escasez— en una fuerza de destrucción. Se advierte, de golpe, que la crisis ecológica hace inconcebible una extensión planetaria del paradigma industrial de desarrollo.

– En segundo lugar se pone en cuestionamiento la visión dualista que opone un sector moderno y un sector tradicional destinado a desaparecer con el desarrollo. Las crisis ecológicas locales y globales muestran que los saberes colectivos de las comunidades campesinas e indígenas que han permitido la evolución y la protección de la biodiversidad deben ser reconocidos, considerando que sus saberes no son ya primitivos sino que por el contrario pertenecen al futuro. La sinergia y la hibridación entre los saberes tradicionales y la investigación en nuevas técnicas que ahorren energía, y sean menos intensivas en materiales tomados de la naturaleza se encuentran en el corazón de un paradigma tecnológico y de desarrollo sostenible.

– En tercer término está la puesta en marcha de una nueva División Internacional del Trabajo fundada sobre principios cognitivos y en la que la regulación se apoya en las nuevas apropiaciones del saber y en la captación de los conocimientos y toda la producción simbólica en provecho de lo financiero. (Vercellone, 2004).

Los productos y servicios de información y comunicación y toda la producción simbólica así como las tecnologías con que se elaboran y distribuyen, no solo actúan como factores centrales de carácter transversal en el desarrollo, sino que son también mercancías con valores crecientes tanto en lo económico como en lo simbólico. Se erigen como un poderosísimo sector económico estructurado en grandes conglomerados oligopólicos que funcionan globalmente. Esto no solo tiene implicaciones económicas sino también de reforzamiento de la hegemonía capitalista.

A la vez por la vía de la publicidad se otorga un carácter simbólico al consumo de productos industriales, mediante el posicionamiento de marcas que ofrecen estatus a quienes las usan.

De este modo, aparece la actividad cultural como producción industrial (los productos simbólicos como mercancías) y la producción industrial como actividad cultural (los bienes de consumo como símbolos)

El proceso de globalización actual combina estrictamente los métodos tradicionales de la expropiación originaria y la tentativa de transformación en mercancías de la totalidad del mundo de la vida y del pensamiento. Se produce en ese proceso una “proletarización” de los trabajadores intelectuales que concurren en el mercado vendiendo lo que tienen: conocimientos, talentos y experticias.

Un nuevo ecosistema comunicativo

Estos procesos de carácter económicos y sociotécnicos han sido impulsados y a su vez han estimulado la aparición de un nuevo ecosistema comunicativo.

El nuevo ecosistema comunicativo trae como posibilidad y como necesidad el intercambio antes que la difusión, el diálogo antes que la persuasión.

La comunicación en redes va suplantando paulatinamente al modelo comunicativo basado en unos pocos centros emisores dirigidos hacia múltiples receptores. Se pasa en la práctica, de la comunicación como un proceso esencialmente de trasmisión, a la comunicación como un proceso de construcción social de sentidos. La red es la gente que la integra, las comunidades que se crean, los intercambios que la animan, que la constituyen y no los dispositivos interconectados, ni tampoco simplemente el contenido informacional vehiculado. La red es ante todo red humana, y no puede existir sino es a través y por los sedimentos culturales que se cristalizan tanto en los artefactos técnicos como mediante la práctica de la multitud de usuarios, productores de sentido.

Como ha dicho Jesús Martín Barbero:


… estamos ante la configuración de un ecosistema comunicativo conformado no solo por nuevas máquinas o medios, sino por nuevos lenguajes, sensibilidades, saberes y escrituras, por la hegemonía de la experiencia audiovisual sobre la tipográfica y por la reintegración de la imagen al campo de la producción del conocimiento. Todo lo cual está incidiendo tanto sobre lo que entendemos por comunicar como sobre las figuras del convivir y el sentido de lazo social. (Barbero, 2002: 83)

Estas transformaciones impactan en las formas de elaborar los productos y los servicios de información y en las maneras de consumirlos.

En la producción, las tecnologías digitales abren posibilidades casi infinitas a la imaginación y la creatividad, de tal manera que en el mundo audiovisual las fronteras entre lo real y la ficción se hacen borrosas con todas las consecuencias que se derivan de este hecho. La digitalización posibilita la democratización de algunos segmentos de la producción informativa y cultural al depender estas más de los conocimientos, la creatividad y la iniciativa de quienes elaboran las propuestas informativas y culturales, que del capital.

La información y los productos culturales que se consumen, requieren de una labor personal de selección y puede ser el inicio de un proceso de producción expresiva gracias a la interactividad de las redes. Las audiencias, de consumidores contemplativos de productos masivos, ahora tienden a transitar hacia la condición de selectivos consumidores – productores conectados en línea e integrantes de comunidades expresivas.

Estos procesos potencian la generación y la socialización de conocimientos y la emergencia de nuevas formas de relacionarnos y de construir comunidades, ahora no determinadas por la proximidad espacial sino por lo común que se comparte.

Los impactos en la subjetividad humana que provocan estos cambios son enormes, incluyen conocimientos y estructuras cognoscitivas que modifican los procesos de percepción, de atención, de aprendizaje y actúan sobre los sistemas de representaciones sociales interiorizados en las personas.

No se asegura ni la continuidad ni el reemplazo del capitalismo

Pero las consecuencias de esos impactos ni aseguran la continuidad del orden capitalista vigente ni tampoco su reemplazo. Lo que si podemos constatar es que generan contradicciones y por lo tanto posibilidades para el cambio en los ordenamientos políticos, económicos y sociales.

Esas posibilidades se pudieran convertir en realidades si hay una apropiación y una actuación consciente, organizada y crítica sobre la realidad existente en función de los escenarios que expresen los reclamos y los anhelos por una vida mejor y más digna para los humanos y una relación más armónica y respetuosa de la naturaleza. Es decir con un desarrollo sostenible.

La cultura de interacción en las redes puede transformar la participación y las maneras de relacionarnos y abrir su influencia hacia ejercicio de la ciudadanía. Aparece una posibilidad y un reto adicional; la posibilidad de que las redes amplíen la cultura del diálogo y la construcción colectiva de saberes y proyectos de futuro; y el reto está en evitar que las redes se conviertan en un recurso más de alienación y dominación, de aislamiento y pasividad.

El ejercicio pleno de la ciudadanía, no como una categoría formal, sino como una condición que incluye la apropiación consciente de los derechos y la capacidad de ejercitarlos sin exclusiones es un elemento central al imaginar los escenarios deseados en un proyecto de desarrollo sostenible y que desde nuestro punto de vista es posible en el socialismo, entendido y defendido ante todo no solo como un modelo socio económico sino como un proyecto de emancipación humana.

La participación y el ejercicio del derecho a la comunicación constituyen una de las principales escuelas de ciudadanía porque en las condiciones actuales es en el espacio público de la comunicación mediada tecnológicamente donde se dirimen las principales disputas de sentido.

Como hemos apuntado antes, se ha intentado situar como factor esencial las tecnologías, unos para esperar de ellas los cambios necesarios y otros para culparlas de todo lo negativo que existe, pero ha quedado evidenciado que lo realmente transformador es el resultado que puede obtenerse de su uso social, es decir el crecimiento del conocimiento y los valores socialmente compartidos, que solo puede lograrse con procesos comunicacionales que dejen atrás la noción de difusión e incorporen la interactividad, el diálogo de saberes, como su fin. Que tiene consecuencias en el desarrollo económico y social y también en los lazos sociales y las maneras de ejercer y defender nuestros derechos.

Otro elemento que queda soslayado en muchos de los enfoques que se hacen sobre el valor del conocimiento y la importancia de “gestionarlo” adecuadamente es el hecho incuestionable de que la actividad cognoscitiva de los hombres y las mujeres no transcurre separadamente de su actividad afectiva – valorativa. No se reduce entonces a procesos de gestión de la información y el conocimiento si no de procesos que asuman una noción de integralidad que sitúe a los seres humanos en el lugar central que les corresponde en todos estos procesos.

Pero nada de esto ocurre automáticamente con el acceso a las tecnologías digitales, ni el conocimiento de los códigos técnicos para su manejo habilita a las personas y a las colectividades para sacar de ellas el máximo provecho y encarar los múltiples desafíos que entrañan.

Entonces no podemos pensar que es suficiente “alfabetizar” a la sociedad en el manejo de las tecnologías. Alfabetizar remite a dominar un código o lenguaje y aunque efectivamente hay nuevos códigos y lenguajes que dominar, a la vez hay que desarrollar un nuevo componente cultural que nos dé la posibilidad de aprovechar los desarrollos tecnológicos y comprender plenamente los cambios culturales y económicos para ponerlos en función de mejoramiento de nuestras vidas.

De igual manera el término informatización si se entiende como la asimilación, instalación y uso de nuevas tecnologías de la información y la comunicación tampoco es suficiente para dar respuesta a las transformaciones que tienen lugar a escala global.

En la contemporaneidad es necesario fomentar una Cultura Informacional que modifique el modo de proceder ante la información y el conocimiento. Esa cultura debe partir de la comprensión de la importancia de éstos factores para el desarrollo y el bienestar, y debe incluir saberes, habilidades y hábitos que permitan identificar las necesidades de información, emplear las tecnologías correspondientes, acceder al conocimiento y utilizarlo productivamente en la actividad profesional y en la vida cotidiana. (Vidal Valdez, 2000: 21)

Hoy día asistimos a la expansión de valores que potencian la vida y la dignidad de los seres humanos. Ha crecido la conciencia sobre la necesidad de forjar una cultura de justicia de género, de hacer retroceder la homofobia, de amar y respetar a la naturaleza, de solidarizarse con los más desfavorecidos e incluso de identificar las causas sistémicas de la pobreza y la vulnerabilidad en la que viven miles de millones de personas. Sin embargo, a la vez persiste la violencia sobre la mujer, la intolerancia hacia la diversidad sexual, la depredación del medio ambiente, el egoísmo y el individualismo más primitivo. Resurgen además fundamentalismos religiosos o nacionales que generan discriminación, xenofobia y violencia. Proliferan la corrupción y el crimen organizado. La guerra sigue siendo una alternativa para los más poderosos.

Ni las nuevas tecnologías, ni la centralidad de la información y el conocimiento, ni los procesos comunicativos interactivos, por si mimos, nos conducen de manera automática al mejoramiento del mundo. Pueden ayudar pero también pueden contribuir a su degradación.

Depende de la conciencia y los valores que prevalezcan, depende de la capacidad de los seres humanos de organizarse y hacer valer el derecho a la vida digna que todos merecemos. La centralidad de los humanos en el desarrollo y las posibilidades de ampliación de los espacios de dialogo y construcción colectiva pueden ser buenas oportunidades. ¿Sabremos aprovecharlas? (Vidal, 2017)

Espero que esta cátedra se proponga contribuir a hacer afirmativa la respuesta a esta interrogante. Muchas gracias.

BIBLIOGRAFÍA

Martín Barbero, Jesús. (2001) De las políticas de comunicación a la reimaginación de la política. Revista Nueva Sociedad 175, Septiembre – Octubre <http://nuso.org/revista/175/cultura-medios-y-politicas/>, ISSN: 0251-3552

Naisbitt, John (1983) Macrotendencias: Diez nuevas orientaciones que están transformando nuestras vidas. Editorial Mitre, Barcelona.

Vercellone, Carlo. (2004) Las políticas de desarrollo en tiempos del capitalismo cognitivo. En Olivier Blondeau et al. Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. Editorial Traficantes de sueños. Madrid. 1ª edición

Vidal Valdez, José Ramón (2000) Información y Comunicación. Claves del desarrollo. Revista Ciencia, Innovación y Desarrollo # 1 2000 La Habana pág. 20 – 26

————————————– (2017) Sociedad de la información: ¿prevalencia de lo tecnológico o crecimiento de lo humano? Libro del XIII Congreso de ALAIC (en proceso de publicación)