Mostrando entradas con la etiqueta politico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta politico. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de agosto de 2016

Tesis sobre el suicidio en la historia política de Cuba

 Por Herminio Portell Vilá, Cubaencuentro



En la historia política de Cuba el suicidio juega un papel importantísimo para alterar la evolución del pueblo cubano en los momentos más decisivos.

[…]

A poco que el estudioso se dedique a comparar lo ocurrido con los grandes caudillos y directores de las guerras de independencia en los demás países de América, incluyendo la de los Estados Unidos, con la suerte que corrieron los más insignes libertadores cubanos, en seguida salta a la vista el hecho de que Washington y sus generales, como Bolívar, Páez, Santander y Sucre, en la Gran Colombia; San Martín en Argentina; O’Higgins en Chile; Iturbide, Victoria y Guerrero en México, etc., llegaron a ver el final de sus esfuerzos para independizar a los pueblos por cuya libertad luchaban. La circunstancia de que Máximo Gómez, el ilustre dominicano que fue el comandante en jefe del Ejército Libertador alcanzó a vivir, aunque por pocos años, la época de la independencia, hasta pudiera ser considerada como argumento adicional para destacar el hecho de que Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo, perdieron la vida en combates sin importancia específica y en los que nadie tenía derecho a esperar su participación activa y directa.

Después de lo que Céspedes había vivido, primero como jefe del Ejército Libertador hasta Guáimaro y luego como presidente de la República, con lo que él significaba para la Revolución Cubana y también para el despotismo español, la sorpresa de San Lorenzo y la muerte del Padre de la Patria no tienen otra explicación sino una especie de resignación fatalista con lo peor que pudiera ocurrirle, equivalente a un suicidio, y esta tesis se ratifica con su correspondencia y sus manifestaciones a lo largo del calvario recorrido desde Bijagual hasta San Lorenzo.

Agramonte, héroe magnífico de batallas campales importantes, no tenía por qué lanzarse a la hazaña del rescate de Sanguily. Aquello fue una gloriosa imprudencia de la que salió con vida; pero con ella se evidenciaba una suicida inclinación a la muerte, que le llegó en Jiguaní, sin la resolución para vivir para los grandes hechos históricos, en los cuales se habría necesitado de los más excelsos patriotas para que Cuba se librase del despotismo español y consolidase su independencia sin tener que pasar por la Enmienda Platt.

Nadie tenía derecho a esperar que José Martí, el héroe civil por excelencia, el hombre que había trazado los lineamientos morales, políticos, sociales y económicos de la Revolución Cubana y de la organización republicana de Cuba Libre, se lanzase contra las líneas españolas en el combate de Dos Ríos, en busca de la muerte a la cual había aludido con sus crípticas palabras de “Para mí ya es hora”, después de las dificultades, los sinsabores iniciales inclusive los de la Conferencia de La Mejorana. Hay motivos para pensar que Martí había perdido el entusiasmo por vivir, que se arriesgó más de lo que debía y que así perdió la vida.

En cuanto a Maceo, el héroe epónimo de las grandes batallas, el que había sobrevivido a los mayores peligros, y a gravísimas heridas, tampoco tenía necesidad alguna de verse envuelto en la escaramuza con la columna de Cirujeda, que fue una sorpresa fatal para él. Se había embotado su instinto de guerrero, dominado por las preocupaciones del momento, y ya no era tan dueño del sí como siempre lo había sido. El lugarteniente general del Ejército Libertador debió haberse abstenido de participar en lo que habría sido un tiroteo más, sin consecuencia, y reservarse para decisivas acciones de guerra, para aquel Ayacucho cubano que los mambises siempre habían querido.

Cuba Libre con libertadores como Céspedes y Agramonte, en la Guerra de los Diez Años, o como Martí y Maceo, al terminar la dominación española, en 1898, habría sido una República muy distinta de la que nos correspondió; pero todos ellos pusieron más empeño en arriesgar sus vidas en los combates, que en conservarse para la gran obra de establecer, impulsar y dirigir la nueva nacionalidad, que así dio sus primeros pasos con segundones. En mi opinión, habrían podido ser los excelsos libertadores y caudillos que de todos modos fueron, sin dejar de ser las primerísimas reservas de la Patria para instaurar y guiar la República de Cuba.

Hay en todo esto algo como un complejo nacional de sacrificio en la lucha que mucho se parece al suicidio, que de tiempo en tiempo reaparece en la historia de Cuba, hasta en años más recientes. La letra del Himno Nacional, al proclamar que “morir por la Patria es vivir”, hasta parece que desde octubre de 1868, en Bayamo, cuando alentó a los bisoños mambises vencedores del coronel Udaeta, estaba dando la consigna de que eso es, precisamente, lo que debe hacer todo cubano para serlo a plenitud.

El postrero año de vida del Dr. Antonio Guiteras Holmes (1934-1935), de nuevo presenta ese caso del caudillo que vive más peligrosamente de la cuenta, que se arriesga por demás en lo que no le corresponde a él por su misma condición de dirigente que tiene las fórmulas, la popularidad y la resolución necesaria para los grandes servicios a la Patria, guiándola por los caminos del progreso, de la prosperidad, de la justicia y de la libertad. Así llegó a su fin, en El Morrillo, la vida de “Tony” Guiteras, y su obra quedó trunca.

Como ya hube de relatar en otra ocasión, en estas mismas páginas de Bohemia, cuatro días antes de que Eduardo R. Chibás se disparase el trágico pistoletazo al terminar su radiotrasmisión dominical, pidió verme con toda urgencia y muy de mañana llegó a mi oficina, preocupado hasta la desesperación con la idea de que había perdido la confianza y la popularidad enormes de que disfrutaba. En el curso de la conversación, mientras yo le razonaba para hacerle ver su error, llegó a decirme que estaba dispuesto a suicidarse. Me alarmó su estado de ánimo y abrumado ante la tragedia que representaría para la potente cruzada de regeneración nacional que él encabezaba, lo que acababa de decirme, por primera vez expuse esta tesis del suicidio en la historia política cubana y le desarrollé todos estos argumentos y otros más para devolverle la fe en sí mismo y para convencerle de que sería un error fatal seguir con tales pensamientos. Recuerdo bien que quedó muy impresionado con la interpretación dada por mí a la frase del Himno Nacional que ya he citado, cuando le insistí en que lo verdaderamente trascendental del dirigente, del que tiene algo que hacer por la Patria, es VIVIR PARA ELLA y no poner en primer lugar la posibilidad de MORIR POR ELLA. La inmolación, la imprudencia ante los riesgos innecesarios, el injustificado desprecio por la vida útil a la Patria, es una tendencia suicida y perjudicial a la Patria misma. El que tiene una misión para con su pueblo y por su heroísmo y las circunstancias favorables le llega la oportunidad de cumplir con esa misión NO TIENE DERECHO AL SUICIDIO NI A CORTEJAR LA MUERTE CON IMPRUDENCIAS.

Cuando Chibás salía de mi oficina, en la acera unos obreros del Ministerio de Obras Públicas trabajaban en derribar un árbol y al verle se le acercaron para saludarle y hablarle con [el] mayor entusiasmo y sin importarles la posibilidad de represalias políticas. Se volvió para mí y animado por mis razonamientos y por aquella concluyente demostración de su popularidad, me dijo que se iba contento y con alientos pero poco después consumó su fatal propósito.

¿Se habría atrevido Fulgencio Batista a intentar el golpe usurpador del 10 de marzo de 1952 si Chibás hubiese estado vivo, con su tremendo arrastre popular, sus rápidas decisiones y su energía para la lucha? Es muy de dudar; pero de haberse atrevido, ni habría encontrado muchas gentes dispuestas a secundarle, ni habría tenido éxito con su intentona. Chibás con toda seguridad habría apoyado al gobierno constitucional contra el usurpador a pesar de todas sus diferencias con el doctor Prío Socarrás, y la historia reciente de Cuba sería muy otra. Batista jamás habría tenido ocasión para hacer todo el mal que ha hecho, nos habríamos ahorrado sangre, ruina, torturas y horrores, los cubanos, y ese hombre funesto que es Fulgencio Batista habría pagado entonces los crímenes cometidos sin poder realizar los de estos últimos años.

El suicidio en la historia política de Cuba presenta muy diversas variantes. La de Céspedes fue la de negarse a ponerse a salvo a menos que se le diese la satisfacción que reclamaba por los agravios recibidos; la de Agramonte y Maceo estribó en no regir la participación directa y personal en combate alguno; la de Martí reviste la característica de convertirse en combatiente en circunstancias desventajosas y de mortal peligro; en la de Guiteras vemos la de vivir en constante riesgo, burlándose de la muerte en todo momento, y en cuanto a Chibás el caso fue el suicidio deliberado, en un momento de desesperación, y con la esperanza de que el sacrificio sirviese para galvanizar al pueblo cubano en su lucha por el buen gobierno.

Hay abundantes señales de que el doctor Fidel Castro está al borde de vivir el complejo nacional del suicidio en la evolución histórica del pueblo cubano. En primer lugar, está viviendo como si la vida no le importase, agotando sus energías, corriendo todos los riesgos y hasta gozándose con ellos. En segundo término, ya hasta habla de la posibilidad de que él pueda desaparecer por causas naturales o por el crimen político, y dice que se han tomado las disposiciones adecuadas para que su obra revolucionaria no se pierda, cosa ésta que también pensaron Céspedes, Agramonte, Martí, Maceo, Guiteras y Chibás; pero sin que el éxito les acompañase en sus planes. Nadie puede pensar que si estos patriotas hubiesen tenido la menor duda de que con ellos se terminaba el esfuerzo consciente y eficaz para resolver los problemas de Cuba, hasta que surgiese un nuevo dirigente que les reemplazase en el impulso interrumpido, hubiesen cortejado a la muerte del modo que lo hicieron.

El vivir “pericolosamente” es un extravío. La vida tiene suficientes peligros como es para que uno se dedique a buscar otros, adicionales; pero cuando hay una idea central al servicio de la cual se han hecho grandes cosas de beneficio general, cuando un pueblo llega a identificar la realización de su anhelos de mejoramiento con la obra de un hombre y le mira como un guía y director, ese ciudadano ya no se pertenece y debe prescindir hasta de sus inclinaciones de muchos años en cuanto a correr todos los riesgos y disfrutar con ello, para hacerse prudente y para no poner en peligro la realización de los objetivos que se persiguen.

[…]

Encontré perfectamente justificado, a pesar de los riesgos que entrañaba, el recorrido del doctor Fidel Castro a lo largo del territorio nacional, porque le daba al pueblo cubano la oportunidad de ver de cerca y de escuchar la palabra del jefe del movimiento libertador, y eso necesariamente tonifica el patriotismo, puesto a prueba durante más de seis años de dictadura corrompida y sin escrúpulos. Respiré aliviado cuando se completó el recorrido por las calles habaneras hasta el recinto de la Ciudad Militar, en Marianao, porque tengo la absoluta seguridad de que no sólo hubo un caso de presunta tentativa contra su vida, como se publicó al día siguiente, sino de que hubo más que pasaron inadvertidos porque la misma muchedumbre los hizo de imposible realización.

[…]

¿No sería mejor para Cuba que, en vez de prodigarse peligrosamente, como ahora hace, se dedicase a impulsar las grandes reformas en la vida campesina, en la educación, en la defensa del país, en las comunicaciones, en el mejoramiento del nivel de vida, etcétera, como prometió la Revolución? Por todas partes, además del atentado del enemigo, que no debe descontarse, le acechan los otros peligros de la adulación, de los egoísmos y las ambiciones de los medradores, que no se detienen ante nada, y de la tentaciones de las delicias de Capua, que impidieron que Aníbal consumase su victoria sobre Roma. ¡No hay que dar oportunidad para el suicidio material o moral, ambos igualmente fatales! El doctor Castro corre mayores peligros ahora, en esta Capital frívola, expeditiva y sin escrúpulos, que tanto tiene que ofrecer, como si fuese una mujer hermosa, simpática y acostumbrada a la molicie, que cuando el desembarco del “Gramma” o en el ataque al “Moncada”, o en el combate de Pino Alto. Su mayor mérito estaría en que en él nuestra historia política se redimiese de la maldición del suicidio porque, conviene repetirlo, lo verdaderamente trascendental en la obra del libertador NO ES MORIR POR LA PATRIA, SINO VIVIR PARA LA PATRIA, y esto último es lo más difícil.

[1]Bohemia; año 51, n.º 5, La Habana, febrero 1, 1959, pp. 69, 112-114 (fragmentos).

domingo, 17 de abril de 2016

Calibán, el espejo y la política en Cuba


Por René Fidel González García


En Cuba, la reivindicación de la política es un imperativo. Contradictoriamente con los éxitos obtenidos por el actual equipo de gobierno cubano en el último año y medio, la reciente visita del mandatario norteamericano y la perfectamente estructurada finalidad política – también ideológica – de cada gesto, palabra y acto de los que aquí realizó junto a su sincronizado grupo de apoyo, son muy reveladores de esa necesidad.


No me voy a detener en ese caso ahora, pero un análisis de la intencionalidad y efectividad de los recursos políticos puestos en juego por ambas partes, no debería tratar nunca de las características de las personalidades involucradas.


Lo que me interesa abordar ésta vez es que desde hace mucho tiempo, pero sobre todo en el último año, el debate dentro de la Revolución cubana ha girado – y desde muchos ángulos –  a una reflexión colectiva del valor de la política entre nosotros. Concurren por lo menos cinco elementos que explican esa centralidad más allá de las coyunturas:


1) una creciente comprensión del papel que dentro de una Revolución juega la política como forma de lograr involucrar en ella a las mayorías y alcanzar la definición, elaboración, consenso y consecución de sus metas.


2) la existencia de síntomas de disfuncionalidad política en el Estado, las instituciones y la sociedad civil cubana.


3) el abandono, agotamiento y anquilosamiento de muchos métodos y medios de gestión y comunicación  política.


4) la desconexión y desmovilización de segmentos poblacionales de la vida política y la irrupción de una exitosa matriz de pensamiento global contra hegemónico al Socialismo.


5) la urgencia de formar una cultura ciudadana que permita el despliegue y empoderamiento de prácticas y comprensiones republicanas, y el fortalecimiento del espacio público contra la paulatina legitimación, en los imaginarios y las prácticas sociales, del capitalismo.


La reacción a la reciente publicación en el diario Granma del texto A menos de un mes del Congreso del Partido, subraya algunos de dichos elementos y se incorpora a ese debate. A contrapelo de definiciones anteriores acerca de la realización de un proceso previo de amplia consulta popular, la inminencia del cónclave de los comunistas cubanos a partir de un diseño organizativo diferente, sorprende hasta a su propia militancia.


Para ninguno de ellos, pero sobre todo para la población que ha seguido con especial atención todas sus ediciones anteriores, se trata de una reunión formal. Nunca lo ha sido. Esa importancia ha estado conectada a la propiedad de ser el proceso más políticamente inclusivo y cabalmente crítico de todos los que se producen en Cuba.


En El arte de ser ciudadano en Cuba, apunté hace muy poco tiempo que esa reunión ¨…será una holografía de lo que somos y podemos ser, de lo que queremos ser, pero no hay que olvidar que las finalidades de esa organización y su enorme influencia en la sociedad cubana, ha dependido sobre todo de su capacidad de interpretar el bien común y saber cómo alcanzarlo entre todos y con todos¨. Esa sigue siendo una expectativa válida. Como se sabe, no se juzga a una organización política por lo que proclama sino por sus actos.


Es casi imposible saber hasta qué punto influirán en los próximos tiempos procesos de envejecimiento ético y cultural, diversos tipos de parálisis paradigmática, o de crisis de autenticidad política y social que se verifican en la sociedad cubana. Pero el condicionamiento de prácticas anteriores y recientes que involucran a los ciudadanos como espectadores consultados del trabajo de especialistas, o de representantes escasamente determinados por las opiniones, deliberaciones y juicios de sus electores, es en cualquier caso un serio límite para lograr que el resultado obtenido exprese y forje la conciencia de efectividad de la ciudadanía que tan cara le ha sido siempre a la Revolución cubana.


Esto es algo que señala, también, la importancia que hay que prestarle al cómo se alcanzan los consensos sociales y se produce la toma de decisiones, sobrepasados ciertos puntos de equilibrio entre las contradicciones sociales, políticas y económicas y la hegemonía de un proyecto.


No hay que subestimar en ningún modo la idoneidad de esas prácticas para funcionar, coaligados con otros factores, como estímulos aversivos de la política para sectores cada vez más importantes de la población. Tampoco su intrínseca susceptibilidad para ser explotadas como divergencias por otras alternativas ideológicas sobre todo cuando las antiguas capacidades y cualidades de un sistema para responder a las contradicciones, empiezan a ser parte de su desgaste.


Tal es un dato a tener en cuenta para la agenda del próximo año, en que las reformas de la Constitución y de la Ley electoral tendrán que ser procesos realizados políticamente de abajo a arriba, o difícilmente tomarán contacto e involucrarán a la sociedad cubana en su trascendencia real. Hay que entenderlo de una vez. No es una cuestión sin importancia.


La subestimación de la política ha sido un error que hasta hoy han pagado los grupos que han surgido y desaparecido a lo largo de más de medio siglo como excrecencias parasitarias de los esfuerzos estadounidenses por organizar una oposición a la Revolución en Cuba. Pero no es un expediente que parezcan seguir actores que ya empiezan a ser definidos como representantes de un nacionalismo de derecha y que, en la búsqueda de zonas de influencias, han experimentado en formas muy flexibles, creativas y mediáticas  de organizar proyectos que pretenden articularse a corto y mediano plazo como plataformas de reflexión y activismo político.


Alguna vez parafraseando a Horkheimer y Adorno he dicho que la prohibición de la imaginación política abrirá siempre paso a la locura política, pero la cuestión de fondo en Cuba estará siempre en comprender que una Revolución lo es sobre todo por su manera original y desafiante de pensar y transformar la realidad políticamente sin dejar indiferente a nadie. Tal cosa no ocurre a través de los informativos de la televisión y mucho menos en los negros tipos gráficos de los periódicos, tampoco con multitudes que creen que la política es sucia.


Para evitar que dioses y desvelos claven aquí sus razas, tal como nos dice Rodolfo Tamayo, el Calibán cubano - la mujer y el hombre que hace su destino en éstas tierras -  tiene que evitar a toda costa el drama de Macbeth: ver el futuro y no comprenderlo. Para ello tiene que mirarse en el espejo, reivindicar la política.








Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor titular de Historia del Derecho en la Universidad de Oriente, Cuba.


viernes, 12 de febrero de 2016

Cómo funciona el sistema político en Cuba

Tania Chappi Docurro




Lugar: Centro Cultural Fresa y Chocolate. ICAIC.









Colmada se hallaba la Sala Fresa y Chocolate, del ICAIC, mucho antes de iniciarse el encuentro. Junto a habituales participantes se sentaban, o permanecían de pie al fondo del local, personas atraídas específicamente por una cuestión no ventilada, salvo raras excepciones, en los contextos formales de discusión pública que existen en la Isla.

A la derecha de Rafael Hernández, director de la publicación y moderador de UJ, tomaron asiento Andry Matilla, presidente de la Sociedad Cubana de Derecho Constitucional y Administrativo; Roberto Conde, secretario organizador del Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC); y Daniel Rafuls, profesor de la asignatura Teoría socio-política, en la Facultad de Filosofía e Historia de la UH, quien ha investigado sobre la participación ciudadana en esos ámbitos.

Tras la pregunta inicial del moderador, tendiente a definir la categoría sistema político y a precisar su relación con las de gobierno y Estado, los ponentes coincidieron en varios puntos. Intentaré resumirlos: dicho sistema es un complejo organizado de elementos que precisan funcionar en unidad y se relacionan con el acceso, la influencia y el ejercicio del poder.Constituye el conjunto de instituciones estatales y no estatales, normas de proceder y reglas articuladas alrededor del Estado, que ostentan un ordenamiento específico dentro del punto de vista jurídico.Se sustenta en el condicionamiento que genera una base económica concreta, de la cual se derivan valoraciones políticas y culturales en sentido general.



Ocuparon esta vez la mesa de expertos, de izquierda a derecha, Daniel Rafuls, Roberto Conde, Andry Matilla y, como moderador, Rafael Hernández. Foto Karel Pérez Alejo/Temas.

El Estado –recalcaron- es el elemento fundamental del sistema político, la organización de ese poder y el que cuenta conlos medios para desplegar su capacidad. No se puede identificar Estado con gobierno, que es solo una parte dentro del primero, organizada y pequeña en alcance, pero responsable de la conducción política de la comunidad.

Cada sistema político conlleva maneras específicas de expresarse, por ejemplo: dentro del capitalismo no es lo mismo el adoptado en Francia que el de los Estados Unidos; muestran fórmulas diferentes de articular las demandas ciudadanas.

Una precisión aportó Andry Matilla: todo sistema político goza, además, de connotación social y trascendencia cultural, histórica, jurídica. Roberto Conde enunció  que el Estado es usado por la clase dominante instaurada en el gobierno; y que los mencionados sistemas necesitan apellidos, para poder identificar sus características y fines. “El nuestro es socialista, genuino, se ha construido como parte de la rica historia y tradiciones de lucha del pueblo cubano y de la formación de la nación; tiene en cuenta la idiosincrasia, la identidad nacional, los mejores valores culturales y humanos de nuestra sociedad”. A él pertenecen organizaciones políticas y de masas; también algunas asociaciones que comparten el poder integradas en las diferentes formas asociativas cubanas.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.

Daniel Rafuls aludió a la génesis del término: no fue inventado por el marxismo, empezó a divulgarse a partir de 1953, cuando David Easton publicó un libro titulado The Political System. La finalidad de los politólogos era explicar lastransformaciones de los contextos políticos de diversos países en las realidades emergentes con posterioridad a la Segunda guerra mundial; llegaron a la conclusión de que su forma de evolucionar“ rebasaba las directivas y el funcionamiento de las estructuras del Estado (ministerios, instituciones militares, leyes)”, porque se enlazaba también con otros elementos de la vida social, como las personas y las organizaciones, las cuales actúan en un sistema donde rigen legislaciones, tradiciones y costumbres, muy interrelacionadas con la cultura y desarrollo de cada territorio. “Aunque se suele hablar de organismos no vinculados al sistema político, es muy difícil encontrar uno, e incluso a personas concretas, que de alguna manera no estén insertados en él”, pues en determinada medida su estilo de actuar y pensar refleja las características del sistema político al que corresponden. “Entrando en el desenvolvimiento de la sociedad cubana, al sistema político no solo pertenecen entidades que ponderan la defensa y eternización del socialismo, sino también instituciones que lo cuestionan”. Al decir de Rafuls, todo sistema político encierra en sí aristas positivas y negativas, en dependencia de la función que cumpla en cada momento histórico predominarán unas u otras; digamos, para ejemplificar, que el capitalismo –justamente criticado hoy- fue revolucionario y mejor en comparación con el régimen esclavista y el feudal.

Nuevas consideraciones de Rafael  Hernández instaron a asumir con espíritu reflexivo lo escuchado hasta el momento: las iglesias –al menos en la generalidad de las naciones- no fijan el devenir del sistema político, mas a veces se comportan como actores de la política; los movimientos religiosos suelen poseer un conjunto de conductas y valores asociados con  algún tipo de corriente ideológica que tiene una expresión política. Asimismo, las organizaciones cuyo objetivo consiste en defender los intereses de los campesinos y otros grupos frente al poder estatal se insertan en el sistema político. Las miles de personas que conforman la base del PCC y de la UJC, ¿se hallarán más cerca de la sociedad civil o del Estado? Luego formuló la tradicional segunda pregunta de Último Jueves: ¿Cuáles problemas afectan el funcionamiento adecuado del sistema político, o sea, del considerado más representativo, democrático yeficaz; específicamente en el caso cubano?

Conflictos universales y propios

“Rafael remite a dos planos esenciales, uno más abstracto y otro concreto. Como fenómeno general, los problemas pueden ser disímiles. Una gran problemática es la ordenación de ese sistema, cómo está organizado y a quién sirve. Hay una frase de Bertolt Bretcht que para mí es provocadora: ‘El poder proviene del pueblo, ¿pero a dónde va?’ El poder es medio, no fin; y los males de un medio son sobre todo los de las manos que lo pulsan. El primer error de todo sistema político es desvincularse de su destinatario, que es el ciudadano, este no un ente pasivo, sino un elemento fundamental”, opinó Andry Matilla.

Y en esa misma línea de pensamiento abundó: “Explicar que el poder es un mecanismo de dominación de una clase sobre otra es válido, pero resulta necesario ir más allá”; con independencia de las contradicciones ideológicas y de clases, no se trata de un mero ejercicio de imposición. “León DUGUIT, el más socialista, aunque no marxista, de los autores del Derecho Público francés, sostenía: el Estado no se debe entender solo como una persona o entidad que se impone sobre las demás, sino ante todo como una cooperativa de servicio público, un grupo de hombres cuya finalidad es servir a la colectividad desde la posición que ocupan”.


Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Otro perjuicio comienza cuando tanto quienes adquieren un puesto protagónico en el sistema político, como los receptores de ese poder, no conocen las reglas de funcionamiento y no saben hasta dónde están involucrados.

Según el parecer de Roberto Conde, el sistema político cubano consta de varios componentes estrechamente interrelacionados; cuando uno de ellos padece afectaciones, se resquebraja el conjunto. En la Isla los problemas fundamentales derivan del formalismo, la burocracia, la demagogia en determinados lugares, los métodos y estilos utilizados, la manera de vincularse con las masas y de representar sus intereses, de llevar hasta el final las preocupaciones de la población. “Cuando hablo del poder político no me refiero solamente al gobierno, hay una responsabilidad de todos los factores que integran el sistema; sería una responsabilidad colectiva, pero también individual de cada uno de los miembros”, acotó.

Existen elementos básicos en la conformación, diseño y funcionamiento de cualquier sistema político, el primero es cómo se arriba a él. Las vías usadas por los venezolanos, ecuatorianos, bolivianos, brasileños, argentinos, para llegar a esos que intentaron rediseñar, a partir de estructuras capitalistas, democráticas y liberales, no ha sido nuestro punto de partida. En América Latina proliferan durante los últimos meses atentados directos contra el avance de los nuevos proyectos políticos. Nosotros rompimos con todo lo que pudiera significar un enemigo interno, y en ese sentido nos fue más fácil iniciar la construcción de otro sistema. Sin embargo, este puede estar abocado al peligro de repetir la experiencia de la URSS y el resto de los países socialistas europeos, donde el socialismo no solo se hizo explotar desde afuera, sino que implotó. “La relación con los norteamericanos puede tener una influencia tremenda. No es que van a venir, ya están aquí”, discurrió Daniel Rafuls.


Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Simultáneamente con la forma de organizar el sistema político desde el punto de vista jurídico, actúa otro factor medular: el nivel de desarrollo económico, social y cultural de ese Estado, para llevar adelante sus objetivos estratégicos, prosiguió el disertante. Sobre tales condicionamientos se pueden explicar los aspectos positivos y negativos de la Revolución cubana. Al mismo tiempo, cualquier “proyecto que intente desmontar las estructuras liberales clásicas del capitalismo debe tener como centro al hombre, lo cual implica escuchar sus deseos, hacerlo partícipe de las decisiones; eso ha sido una carencia de cuantos han intentado abandonar el sistema capitalista, incluida Cuba”.

Debate al rojo vivo

A estas alturas no era yo la única que tomaba notas, varias personas lo hacían, algunas quizás con el objetivo de provecharlas como punto de partida para su intervención ante el micrófono. Porque la mayoría de quienes asisten con frecuencia a UJ se han habituado a no improvisar, a esgrimir sus criterios de la manera más coherente posible, a dialogar, polemizar con respeto y reflexionar. Esta vez el primero en interpelar al panel se contentó con una escueta interrogante: ¿Puede existir un sistema político sin Estado y sin gobierno?

Un investigador social tocó particularidades luego reiteradas desde el auditorio: “En la Constitución se plantea que el soberano es el pueblo, sin embargo, en el Artículo 5 se dice que el Partido es el que orienta, organiza, dirige, todos los sectores de la sociedad, ¿no hay una contradicción?” Él y otras personas pusieron como ejemplo de las atribuciones del PCC el que intervenga a la hora de proponer quién dirige la Central de Trabajadores de Cuba (CTC); y detente en los municipios y provincias, mediante los correspondientes secretarios y primeros secretarios, una autoridad mayor que la de los presidentes de la Asamblea del Poder Popular en esos niveles.

El desempeño interno de este último organismo motivó varios parlamentos. “¿Qué tipo de control ejercemos los ciudadanos cubanos en el gobierno a nivel municipal, provincial y nacional? ¿Qué función proactiva hace la población cuando las rendiciones de cuentas se han convertido en espacios inertes donde no interesa participar porque no se resuelve nada? ¿Por qué la Asamblea Nacional solo se reúne pocos días al año y no se implementa una verdadera contrapartida, surgida de investigaciones previas, a las informaciones de los ministros?, fueron algunos de los cuestionamientos.

Entre las preocupaciones expuestas aparece el peligro de que la sociedad cubana se despolitice; además, según una encuesta aplicada por una joven profesora a universitarios de 20 a 28 años de edad, parte considerable de los interpelados estima “que su proyecto de vida no se encuentra en el país, sino fuera”. En Fresa y Chocolate la docente sondeó a los expertos: “¿Tendrá esta crisis raíces en limitaciones del funcionamiento de nuestro sistema político?” Un juez retirado pidió criterios sobre cómo garantizar la legitimación de ese sistema, pues si bien por la forma en que nació ha tenido durante décadas un “consenso de amplio registro”, ahora “las nuevas generaciones plantean exigencias que incluyen transformaciones económicas y sociales”.

Los participantes abogaron por la “renovación de las relaciones ciudadanas para compartir espacios de toma de decisiones y trazar escenarios futuros”; por elevar la participación, la democracia y la autogestión; por una discusión pública sobre el sistema político cubano, previa al 7º Congreso del Partido.


Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Para una segunda ronda quedó otra media docena de personas interesadas en hacer uso de la palabra. El micrófono retornó a los integrantes del panel, quienes concordaron en que no puede haber un sistema político sin Estado y sin gobierno. De no existir ambos reinaría la anarquía, el cuerpo social no podría ser conducido ni organizarse adecuadamente procesos básicos, como impartir justicia, proteger la vida y los intereses de los ciudadanos, brindar educación, cultura y salud pública. Andry Matilla aprovechó la ocasión para aclarar un aspecto recurrente en numerosos análisis realizados en el país durante años recientes: “No podemos confundir gobierno con administración, incluso nuestra Constitución no lo hace, lo que dice es que el Consejo de Ministros es el máximo órgano ejecutivo y administrativo y gobierno, a un fenómeno le da dos condiciones”.

Durante su siguiente argumentación, Roberto Conde recalcó que el PCC “encuentra su base en el Partido Revolucionario Cubano, creado por José Martí para unir a los veteranos, en función de llevar adelante la guerra de independencia”; y que representa los interesesde todos los sectores de la sociedad, incluso de los no militantes. Ciertamente “hay un nivel de consulta para conocer la opinión” del Partido acerca de quién posee las mejores condiciones para dirigir una entidad como la CTC; no obstante, “la elección es el resultado de la voluntad de los reunidos en un congreso, pleno o consejo”; si los allí presentes –designados por los trabajadores- no votan por el candidato, no sale electo.

Prueba de que sí se tienen en cuenta los juicios de la ciudadanía es el Sistema de Opinión del Pueblo, una de las tantas vías mediante las cuales la máxima dirección del país recibe información sobre el sentir de los cubanos acerca de lo acontecido día a día en la Isla; tales datos son examinados antes de la toma de decisiones, aseguró el dirigente de la UJC. Y sobre todo alabó el proceso previo al 6º Congreso del PCC;  esa “expresión de verdadera democracia no se redujo a la consulta hecha en los núcleos, en los sindicatos, en los CDR”, sino que 86% de los Lineamientos sufrieron cambios a partir de las recomendaciones hechas por los consultados. “Otra de las mejores expresiones” de vínculo con las masas es tener “constantemente la presencia de los principales dirigentes de la Revolución a todos los niveles” en los lugares “donde se encuentran los medios fundamentales de producción, en contacto directo con el pueblo, sin miedo a ser enfrentados”.

Recordó el funcionario que en Cuba “no hemos sido testigos del pueblo desfilando con carteles frente a las sedes de Partido y el gobierno, reclamando que el sistema cese”. Él no aprecia síntomas de despolitización, al contrario, después del discurso pronunciado por Raúl en Camagüey, en 2007, para conmemorar los sucesos del 26 de julio de 1953, “se han abierto más espacios de debate en los cuales participa y da su opinión todo el que quiera hacerlo”. No obstante, sí cree en la conveniencia de perfeccionar el sistema político, pues no funciona tal y como está diseñado, “debido al comportamiento de los representantes de los ciudadanos, quienes tienen que hacerlo funcionar”. Asimismo, reconoció que “limitantes de carácter económico” afectan a los cubanos y “cuando la gente no ve su problema resuelto pierde confianza en los mecanismos existentes para defender sus intereses y los obvia”.

Seguidamente Daniel Rafuls calificó de reducida “la posibilidad de intercambiar con un auditorio como este, donde suelen hacerse preguntas muy complejas”; para exponerlas “la gente encuentra pocos espacios” de discusión pública. En torno al desempeño del PCC consideró: “Hasta hoy ha sido un partido verticalista. Esto no lo digo yo, los congresos del Partido lo reconocen cuando señalan que han estado usurpando funciones de otras instituciones”. Hoy se admite que “en la medida en que las organizaciones (CTC, UJC, FEU, las cooperativas…) se vayan independizando y jugando su papel como autoridad, el Partido, que en la actualidad constituye el centro del proyecto político cubano, por puro sentido práctico debe irse alejando de esas funciones”.

El investigador apoyó la propuesta de darle a los sectores populares mayor participación en las decisiones estratégicas; y la de implementar cambios que contribuyan a renovar la legitimación del sistema político cubano, mas este “no debe ser borrado, sino incidir en él, de manera que las estructuras de toma de decisiones se acerquen más a los problemas de la base y nos escuchen y expliquen”.

De acuerdo con Rafuls, la emigración de la juventud cubana es una problemática de gran relevancia, “que claramente tiene que ver con el sistema político”, pues “a pesar de ser un proyecto socialista y humanista no hemos logrado romper con la tradición de los países atrasados y subdesarrollados, de los cuales la gente emigra para buscar solución a sus problemas”.

Andry Matilla volvió a la Constitución de 1976, a su trascendencia, alcance y propósitos. Ella es la pieza esencial del diseño del sistema político cubano, aunque no lo conforma en su totalidad; e “hija genuina del proceso revolucionario cubano, con todas sus experiencias, aspiraciones y lunares”. No solo respalda un modo de ser, también significa un arma para defender una concepción triunfante. Así, al establecer en su Artículo 5 que el PCC representa “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los procesos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo”, busca conservar un estatus vivendi. Sin embargo, “no suplanta en la letra –una cosa es la letra de la norma y otra la praxis de la norma- al soberano”, reconocido en el Artículo 3 cuando se proclama que en la república de Cuba la soberanía reside en el pueblo.

Expuso el jurista que la actual permanencia de un partido único y rector no debe explicarse apelando solamente a los preceptos martianos, pues el Partido Revolucionario Cubano fue concebido por Martí con vida limitada, se disolvería una vez obtenida la independencia y nacida la República. En nuestra realidad hoy prevalecen condiciones políticas especiales; mientras existan, “la necesidad de unidad política histórica alcanzada en el proceso revolucionario cubano y que desemboca en el PCC estará muy viva; somos ‘plaza  sitiada’ por hostilidades externas y debido a ese asedio no es posible plantearnos la reconfiguración del modelo de un modo que ponga en peligro su existencia”.

Pocos minutos quedaban antes de las seis de la tarde -tope habitual el encuentro- cuando el uso de la palabra retornó a la concurrencia. Al final resultó necesario extender el plazo casi un cuarto de hora más. Dos seguidores de Último Jueves solicitaron al panel opiniones acerca de la reemergencia de clases sociales en Cuba y de una economía no estatal cuyos principales beneficiarios manejan millones de pesos. Un profesor de la universidad razonó: “Nuestro sistema político tiene importantes valores, y a la vez deficiencias significativas. La transformación no puede ser solo económica, como se ha debatido hasta hoy, debe implicar una actualización del modelo político, social, cultural e ideológico”. Otra persona insistió en que el Partido se ha concentrado en lo económico, con lo cual suplanta el papel del Consejo de Estado y de Ministros, y ha postergado el análisis de los aspectos políticos y sociales.

Tomar la opinión del pueblo en una parada, en un ómnibus, no es suficiente; los resultados de esos análisis deberían publicarse en los medios de comunicación. Si se trata de escuchar y explicar al pueblo, todavía queda mucho por andar. Millones de cubanos participaron en el análisis de los Lineamientos, a cinco años vistas solo se ha implementado una parte reducida y ningún responsable ha dado una respuesta seria, aseveró el siguiente orador.

Nadie puede negar que el sistema político cubano ha demostrado su pertinencia, porque ha resistido más de cincuenta y cinco años a los Estados Unidos, la potencia mundial número uno. No obstante, urge resolver serias limitaciones. Una prioridad es aprender a manejar el Estado. Para ello sería útil reinstaurar la carrera de Administración Pública, eliminada con la reforma universitaria acaecida a inicios de la Revolución. A la par necesitamos un Tribunal de Derecho Constitucional, expresó un veterano cuyo gracejo colocó una nota de humor en la sala.

Muy breves acotaciones pudieron hacer los panelistas en el tiempo restante.  Roberto Conde asoció las leyes y campañas de “países injerencistas”, tendientes a facilitar el “acceso al llamado sueño americano”, con el interés por emigrar que exhiben numerosos jóvenes cubanos. En cuanto al delegado del Poder Popular, adujo que “sí cuenta con poder, pero no con recursos para hacer frente a los problemas”. Relativo a la  Asamblea Nacional del Poder Popular, puntualizó que 50% de sus miembros son delegados de base; y en sus sesiones se brinda  una contrapartida a la visión de los ministros, mediante dictámenes elaborados por las comisiones permanentes de control y fiscalización. Sobre la participación de los ciudadanos en la vida nacional, afirmó: “El espacio sí está creado, lo que tenemos que hacer es aprovecharlo”. Destacó, igualmente, la existencia de las secciones Cartas a la dirección, del periódico Granma, y Acuse de recibo, en Juventud Rebelde; no obstante convino en la necesidad de recurrir más a los medios de comunicación.

Es cierto que precisamos un mejor mecanismo de control de la constitucionalidad, con independencia de su cuál sea su nombre, alegó Andry Matilla. Por su parte, Daniel Rafuls observó: “El liderazgo quiere que las masas apoyen el proceso y estas desean que la dirigencia les dé mayor participación, eso es parte del proceso contradictorio que estamos viviendo”.

Ya contra reloj, el director de Temas  exhortó a “fomentar la cultura política, porque todos carecemos de ella, no solo los de arriba de la sociedad. La variedad de sistemas políticos vigentes en el capitalismo, y también en el socialismo, forma parte de la realidad que necesitamos conocer. Debemos colocarnos en la perspectiva del mundo contemporáneo y no en la del aldeano capaz solo de mirarse a sí mismo, sin conectarse con el resto del universo”.