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domingo, 31 de diciembre de 2017

La fuerza de Fernando Martínez Heredia




Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.
No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.
Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.
Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo.
En ello, Martínez Heredia mantuvo una terquedad admirable a lo largo de su vida. Supo, pudo y se atrevió a hacer: publicó el marxismo occidental cuando era un “problema ideológico”; estudió la revolución de 1930 —“la más desconocida de las revoluciones cubanas”— cuando era conflictivo acercarse con enfoques renovados a la tradición nacionalista cubana, en momentos políticos en que, por otra parte, se deslegitimaba el “pasado” y se buscaba en lares teóricos exóticos las raíces del proceso revolucionario (como la alucinante descripción de Blas Roca sobre las etapas “feudal, capitalista y socialista” que Cuba habría vivido hasta entonces); y escribió el mejor libro producido en Cuba sobre el pensamiento integral de Ernesto Che Guevara, tras dos décadas de silencio analítico nacional sobre el “guerrillero heroico”.
No por casualidad, Martínez Heredia escogió a Julio Antonio Mella como tema de uno de sus primeros textos. Con “Por qué Julio Antonio” entendió el entronque de la tradición nacionalista democrática con el mejor marxismo crítico producido en la Isla. Mella recuperó la tradición patriótica de las luchas independentistas y la fusionó con el ideal de la liberación social, en clave de la emancipación de la dominación clasista. A partir de aquí, su lectura sobre Martí fue tan original como antagonista: el proyecto no es sustituir “al rico extranjero por el rico nacional”, “¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario [Cubano, de José Martí] de 1895 a 1928”. Desde este enfoque mellista—y contra una tesis extendida según la cual la revista Pensamiento Crítico se ocupaba solo de pensamiento “extranjero”— fueron elaborados números de esa publicación, asombrosos hasta hoy, como los dedicados a José Martí (No.49-50, 1971), y a la Revolución de 1930-33 (No. 39, 1970). Con ellos, el equipo de la revista, con Martínez Heredia a la cabeza, propuso nuevos enfoques y construyó nuevos archivos, documentales y de memoria, sobre la tradición nacionalista y la teoría marxista de las revoluciones.
Puede existir un número infinito de investigadores que compartan los rasgos personales y los compromisos políticos de Martínez Heredia. También pueden producir, y de hecho lo hacen, resultados analíticos por completo diferentes. El autor de La Revolución cubana del 30 explicó así las condiciones de posibilidad del enfoque teórico que combatió a través de su obra: “tanto la alabanza interesada de la república de 1902-1958 como el rechazo abstracto y en bloque de aquella época histórica tienen en común su falta de relación con la vida y los problemas de la gente común, y cierto hábito mental e ideológico de clases medias, muy lejanas a la brega por la sobrevivencia y por un fatigoso y lento ascenso social a la que están obligadas las mayorías.”(Martínez Heredia 2002)
Su comprensión del “pueblo” partió de una matriz teórica específica que operacionalizó de este modo: a) el pueblo se refiere a una polarización, no a una estratificación social; b) este grupo tiene más identidad desde la identificación del enemigo que desde la de sí mismo, y de los demás como “otros” (mismidad y otredad); c) existe un dinamismo: el pueblo no está dado de una vez para siempre, ni es igual a sí mismo; y pueden historiarse su composición, sus rasgos y sus motivaciones. (Martínez Heredia 1999)
Martínez Heredia explicó que su elaboración pertenecía a una corriente singular del marxismo —pues reconoció siempre la existencia de varios marxismos, como de varios socialismos, en Cuba, tanto en la historia pre como post 1959—. La suya es la tradición de Gramsci, que describió al pueblo, en el marco de sentido de “lo plebeyo”, como “el bloque social de los oprimidos”, opuesto al “bloque histórico” en el poder, con sentido similar a Rosa Luxemburgo. En la tradición política cubana, el concepto de “pueblo” más afín al trabajado por Martínez Heredia es el de Fidel Castro en La historia me absolverá: “llamamos pueblo, si de lucha se trata….” .
En esta perspectiva, la única sede del poder político es la comunidad política llamada “pueblo”, constituida a sí misma a través de su propia experiencia política. Esta noción no confunde al pueblo con la sociedad civil. El primero nace de reconocer diferencias sociales y plantearse la abolición de las formas de dominación nacidas de esas diferencias, que segregan ciudadanos de no ciudadanos, o ciudadanos de primera y segunda. En cambio, la “sociedad civil” no reconoce como punto de partida las asimetrías sociales existentes, pues opera como si ya existiese una comunidad universal de ciudadanos “iguales” entre sí. Martínez Heredia especificó su comprensión de este modo: “yo exploro las posibilidades de conocimiento a partir de considerar que las clases sociales solo se constituyen desde sus contraposiciones, percepciones y actitudes conflictuales, esto es, desde las luchas de clases”. (Martínez Heredia 1999)
Sin embargo, no compartió la perspectiva exclusivamente clasista, que hace la metonimia —tan clásica como reductora—, entre la clase y lo social, y que produce “historias del movimiento obrero” en lugar de “historia de los trabajadores”. Sus numerosos y eruditos estudios sobre el papel de la raza y el antirracismo en la formación del pueblo cubano, y en sus dinámicas sociales y políticas, así como sobre el cambio cultural y sus consecuencias para una revolución, bastan para demostrarlo.
Entre sus estudios sobre estos temas recuerdo con especial afecto los dedicados a Ricardo Batrell y a José Isabel Herrera (Mangoché), por las largas disertaciones que le escuché sobre la marca cultural y social de las personas “SOA”, “sin otro apellido”, y sus recitaciones —que a Carpentier le hubiese gustado escuchar— de canciones populares de la independencia (como también lo hacía con temas populares de la república, de la revolución y de la guerra en Angola). Esa masa de composiciones populares formaba parte de sus análisis y las citaba en sus textos, como hizo con “La clave a Maceo”, de Sindo Garay, que transcribió así: “Si Maceo volviera a vivir/y a su noble Patria otra vez contemplara/de seguro la vergüenza lo matara/y volvería a morir”. (Martínez Heredia 2001, p. 302)
Con tales recursos, se alejó de cualquier propensión hacia el nacionalismo de contenido étnico, que suele mantener relaciones horrísonas con la democracia política. Ese nacionalismo, como ha explicado Ramón Máiz, se fundamenta en el cruce con la idea de nación como tradición, origen común, historia y cultura compartidas, o sea, “el amor ridículo a la tierra [o] a la yerba que pisan nuestras plantas”, en palabras de Martí. La tradición y la adhesión a esos valores orgánicos son más determinantes en la formación de la nación que los valores políticos, esto es, el “odio invencible a quien la oprime […] el rencor eterno a quien la ataca”, otra vez en palabras de Martí. Ese discurso etnicista identifica un “espíritu nacional”, que es invocado en nombre de un pueblo homogeneizado en el discurso, e instrumentalizado políticamente.
Martínez Heredia adscribió a otra corriente de comprensión sobre el nacionalismo, que identifica cómo la nación y el nacionalismo llegaron a invocarse a través de la justicia social y la justicia racial. Es la tradición del cruce entre Fernando Ortiz, por un lado, y Rafael Soto Paz con Raúl Cepero Bonilla, por otro. Con el primero, comprendió que asentar la “cubanidad” sobre una base estrictamente cultural, era purgarla de toda connotación racial susceptible de ser usada en negativo; con los segundos, comprendió que el liberalismo oligárquico no defendía solo un concepto exclusivo y excluyente de la propiedad privada sobre bienes y recursos, sino defendía también la propiedad exclusiva y excluyente de la patria por parte de la nación blanca.
La comprensión de Martínez Heredia, como en esos tres autores —y también en Eric Hobsbawm, más que en Benedict Anderson—, discutía las teorías orgánicas y voluntaristas de la nación para lograr una construcción abierta: se es cubano por nacer en Cuba y formar parte de su comunidad de cultura, pero también por la “conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. Así lo escribió el autor de El corrimiento hacia el rojo: “Los cubanos no lo somos porque vengamos de la misma etnia, ni compartamos la misma religión, o nuestra historia sea milenaria y nuestra cocina autóctona variadísima. El gentilicio se hizo realidad por unas representaciones y una conciencia política compartidas que llevaron a una gesta nacionalista y a un holocausto, por una masa de acciones populares colectivas que llamamos la Guerra del 95, ampliada y afirmada por la acción política del pueblo durante la ocupación norteamericana. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta hoy.”(Martínez Heredia 2002)
Martínez Heredia combatió siempre el “purismo” doctrinal del “marxismo-leninismo”, del cual se deriva, necesariamente, una política sectaria. Un enfoque teórico abierto no es solo más perceptivo hacia lo social, sino habilita políticas también más abiertas hacia lo social. La historia del marxismo tiene capítulos trágicos de esa correlación entre teoría y política sectarias. En lo global, recuérdese el trato dado a la cuestión obrera y campesina durante la revolución china,[1] o a escala nacional empeños como “la faja negra de Oriente” en los 1930, o la discriminación y represión contra personas de diversa orientación sexual y la clausura de espacios de pensamiento crítico en el proceso pos 1959, la que Martínez Heredia experimentó en carne propia.
Sin embargo, nadie podrá invocar, con legitimidad, al autor de En el horno de los noventa para justificar comprensiones sectarias de la historia de Cuba, ni políticas represivas de la diversidad —ideológica, cultural, racial, etc— en el país actual: “Cuando solo denominamos neocolonial a la república, nos deslizamos hacia unas antinomias que falsean u oscurecen la comprensión de nuestro proceso histórico: “patricios vs.esclavistas”, “cubanos vs. españoles”, “cubanos vs. imperialistas”. De esa manera simplista queda implícita la actuación de bloques que, en la realidad, nunca existieron, al que pertenecerían todos los cubanos —exceptuados los “malos cubanos” o los “traidores”— y desaparece de la escena la clase de los burgueses cubanos, históricamente expoliadora del trabajo, sometida, racista y, cada vez que ha sido necesario, antinacional.” (Martínez Heredia 2002)
El radicalismo de Martínez Heredia tiene este componente, el mismo que explicó también al analizar el contexto de los primeros años 1960 y el triunfo del pueblo cubano en Playa Girón: “El componente nacionalista radical de la Revolución, y el entonces pujante orgullo de ser cubano, se imponían a los ´clasismos´ y los extremismos.” (Martínez Heredia 2002) Si queremos hablar de su carácter personal, supo también vivir como lo que predicó: tuvo legiones de seguidores que pertenecen a corrientes políticas distintas dentro de la política cubana actual. Entre ellos es muy probable que “no se hablen ni se traten”, pero tuvieron en Martínez Heredia un puente común en lo político, un maestro en el campo intelectual y una admiración compartida por su ética. En ella, su lealtad a los amigos/compañeros políticos fue proverbial: no se conoce de una palabra suya que deslegitimara sin base a un compañero, aun cuando no compartiese varias de sus ideas.
Con su enfoque teórico, con su ética personal, con su política hacia lo público, con ese amor —no hay que tenerle miedo a la palabra amor— por Cuba y por los cubanos, se entiende lo que Martínez Heredia llamó “la fuerza del pueblo”. Es también la propia, personal, fuerza, de su legado. La fuerza de Fernando Martínez Heredia es la de saber, poder y atreverse a admirar, respetar (y a hacer política con y hacia el pueblo de Cuba), como merece ese pueblo cantado en las cuartetas que tanto gustaba a Martínez Heredia recitar, con memoria de elefante, sonrisa guitarrona y, siempre, con un orgullo, muy contagioso, de ser cubano. Por todo esto, Fernando, diremos, contigo y con Ñico Saquito: si lo que quieren es tumba, tumba le vamos a dar.
Bibliografía
Fontana, Josep (2010): La historia de los hombres. El siglo XX. 1ª ed., 2ª reimp. Barcelona: Crítica (Biblioteca de Bolsillo, 81).
Martínez Heredia, Fernando (1999): “La fuerza del pueblo”. En Temas (no. 16-17, octubre de 1998- junio), pp. 82–93.
Martínez Heredia, Fernando (2000): “Nacionalizando la nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”. En Ana Vera Estrada (Ed.): Pensamiento y tradiciones populares. Estudios de identidad cultural cubana y latinoamericana. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Martínez Heredia, Fernando (2001): “Ricardo Batrell empuña la pluma”. En Orlando García Martínez, Fernando Martínez Heredia, Rebecca Jarvis Scott (Eds.): Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912. La Habana: Ediciones Unión (Colección Clío).
Martínez Heredia, Fernando (2002): “El pueblo de Cuba y el 20 de mayo”. En La Gaceta de Cuba (No. 4, UNEAC, La Habana, jul.-ago.).
Notas:
[1] Fontana lo ha explicado así: “El tema tomó una dimensión política inmediata con motivo de las discusiones respecto de la política que se debía seguir en China. Los que pensaban que la sociedad china estaba en una fase feudal propugnaban la alianza de los comunistas con la burguesía nacional para hacer la revolución burguesa como etapa previa a la socialista; los que suponían, como Trotski, que ya estaba en pleno capitalismo, no veían otra salida que la hegemonía del proletariado. Pensar, en cambio, que China se pudiera hallar en el tránsito del modo de producción asiático al capitalismo dejaba a los teóricos sin recetas para formular una línea de actuación. El resultado práctico de esta confusión fue el caos de la política china, que acabó en un desastre a costa de muchas vidas humanas.” Fontana 2010 imp, p. 63
es un jurista y filósofo político cubano, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, muy representativo de una nueva y brillante generación de intelectuales cubanos partidarios de una visión republicano-democrática del socialismo.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

¿Ajiaco made in USA?

 Por Carlos Luque Zayas Bazán
 LA PUPILA INSOMNE
Según el siguiente razonamiento, referido y limitado al acto deliberativo de masas durante la discusión de los Lineamientos pero extendido al debate actual: a) Si algunos ciudadanos hacen propuestas en relación de no impedir o permitir la concentración de riqueza en manos privadas, en “abierta contradicción con la esencia del socialismo”, y b) si el poder político no impugnó, no se manifestó en contra de, la legitimidad política de los ciudadanos que tienen esa opinión, de allí seguiría que, c) los ciudadanos pueden ejercer y ejercieron su legitimidad política para emitir propuestas contrarias al socialismo, con la aceptación del poder político.
Las premisas de esta argumentación hablan muy positivamente de la capacidad y libertad de expresión que se ejerció en aquel proceso, y también del carácter democrático, propio, cubano, específico de nuestro sistema, ese que tanto le cuestionan. La inferencia, aunque expresada con circunloquios, es la que amerita algunas precisiones.

¿Existe una “línea roja” respecto a la legitimidad política de los actores que hacen propuestas de cambio en Cuba?
Mi opinión es que, en efecto, existe. Y no es privativa de Cuba, sino universalmente aplicable e incluso punible: quien pretenda legitimidad política para hacer propuestas de cambios a un sistema legítimamente establecido – cambios políticos o económicos, o de cualquier otra índole, – si transgrede el principio moral, y también legal, – existente en todo ordenamiento político de no rechazar para la consecución de esos cambios cualquier tipo de asociación o vínculo directo o indirecto con entidades extranjeras y enemigas de las que se pueda probar o tener la certeza razonable, basada en hechos pasados y presentes, de que esas entidades o sus representantes, por sus acciones y concepciones políticas e intereses se oponen, quieren modificar o subvertir al orden político con respecto al cual se aspire la legitimidad de la intervención política, inmediatamente pierde esa condición.
La legitimidad política en uso de la cual, en sus centros de trabajos, organizaciones sociales o de masas, en sus comunidades, o en cualquier otra entidad, los cubanos han propuesto cambios, o modificaciones, o añadidos a los principios y lineamientos de la actualización en curso, ha sido ejercida sin transgredir aquel principio básico, incluso si han hecho una propuesta que exceda los límites que debe tener la probable acumulación de riqueza privada, o con respecto a cualquier otro tema en discusión.
Se pudiera admitir como hipótesis que uno o varios de esos cubanos que abogaron por la concentración de la riqueza privada en el examen de los Lineamientos, lo hiciera desde el presupuesto personal de que el sistema capitalista es preferible para Cuba, y no simplemente que se debe tolerar una determinada concentración de la riqueza privada. Pero si ese cubano no tiene una relación orgánica, logística u organizacional, no depende ni utiliza para posicionar públicamente su criterio el trampolín de una entidad extranjera, gubernamental, pública o privada, o, por cierto, “colindante” con ellas, y desde la cual pretenda y pueda hacer amplio proselitismo político por su idea, el uso de la legitimidad política que haría ese cubano en su acto de proponer, refutar, enriquecer, o complementar, lo estaría ejerciendo en coherencia con el ordenamiento político y moral que le reconoce el derecho a ejercer su criterio y hacer su propuesta. No se trata de que haga una propuesta determinada lo que le podría negar su legitimidad para hacerlo. Se trata desde dónde lo hace y con qué objetivo lo hace.
La intuición también existe en política. Cualquier cubano sabe o simplemente intuye y apoya el criterio de que la discusión popular de las políticas gubernamentales tienen como propósito contribuir a continuar el proyecto socialista, no a destruirlo. Sabe que hay compañías que son malas compañías. Y destruirlo es el objetivo del capitalismo mediante todas las vías posibles, las cruentas y las incruentas. Y entre las incruentas están las más o menos sutiles, la guerra cultural, la psicológica, la ideológica, pero también el uso de las academias aparentemente neutrales, los centros aparentemente independientes, el pensamiento aparentemente autónomo. Por ejemplo: La aceptación tácita de la participación en un evento para un proyecto de Constitución cubana con financiamiento del gobierno de Estados Unidos y una entidad perteneciente a la terrorista Fundación Cubano Americana aunque se pretenda escudar sobre un manto académico termina cualquier legitimidad en un debate.
La línea roja en el ejercicio de la política en Cuba es la que se pone a prueba cuando los cubanos, al proponer en cada barrio a sus representantes, no aceptan con su voto mayoritario, por ejemplo, que otro ciudadano, francamente relacionado con un poder extranjero, de cualquiera de las maneras que existen para ello, sea elegido.
La conclusión del razonamiento inicial evocado en esta nota es forzada, porque las premisas no consideran, precisamente la “zona” donde adquiere legitimidad la participación política en Cuba. Que está definida, entre otras, por la convicción de que cualquier tipo de asociación, relación, dependencia, o vínculo de cualquier tipo con un poder extranjero enemigo, sus entidades o sus representantes, se sitúa, automáticamente, “fuera de zona.” La pasada semana Pascual Serrano nos recordó una lección que, aunque bien aprendida, se debe estudiar continuamente: ¿quién es el que paga? He allí la cuestión.
Nota final necesaria:
Ya daba por concluido el texto anterior, cuando hoy en la mañana leí el que parece el más reciente artículo del Sr. académico Pedro Monreal, titulado El “oro de Soros”, el “ajiaco conspirativo” y el debate en Cuba. El asesor catedrático evidentemente aquí se ha descompuesto y por momentos parece abandonar y rebajar su habitual y sereno tono académico a la debilidad de la ofensa. La confianza en la solidez de los argumentos evita, no necesita, acudir al lenguaje ofensivo directamente personal de que hace gala el estudioso en esta especie de última ratio de la impotencia argumentativa.
En efecto, para cualquier lector medianamente informado, las consideraciones que hace el Sr. Monreal del papel que juega Soros en el mundo académico, financiero y político hacen, cuanto menos, sonreír. Como suele suceder, su argumentación, salpicada además ahora de términos ofensivos dirigidos a su contradictor (mentiras, bajeza moral, sordidez ética, étc.) ha sido el reconocimiento más evidente de que resulta imposible explicar y justificar esa “colindancia” de su proyecto. (para emplear un término del mismo Monreal que le señala “colindancia oficial” a este escriba.) Por lo tanto, me ahorro aquí tratar el tema de las relaciones de la entidad que el académico asesora con la Open Society, y que el Sr. Monreal se ha limitado a presentar con un binarismo muy curioso: tenemos a un Soros bueno, a un Soros malo, y una amplia gama de Soros-grises donde con tanta holgura se acomodan ciertas academias y la gente de pensamiento que el filántropo millonario atrae a su órbita aceptando, por esa “complejidad” que no tenemos en cuenta los pobres ignorantes de este mundo, que algunas iniciativas hagan daño, y otras, beneficios.
No es mi propósito devolver ofensa con ofensa. En verdad no lo necesito. La desigualdad de saberes no me rebaja a la impotencia de la injuria personal. Creo que el Sr. Monreal está honestamente convencido de la cosmovisión que guía su obra, por lo tanto no le supongo a priori una intención aviesa, ni un cálculo frío. Toda postura ideológica tiene un basamento filosófico. Los resultados que de una cosmovisión se derivan, pueden resultar tendenciosos, unilaterales, sesgados, pero un pensador, intelectual o investigador convencido de sus ideas, que no las trafique, prostituya, o adapte a circunstancias cambiantes con objetivos de medro, no es moralmente repudiable. Pero dicho esto debo declarar, sin ningún ánimo de ofensa personal, sino dirigido precisamente al plano de las ideas, que me resulta muy sorprendente que el Sr. Moreal califique meramente a George Soros y la Fundación Open Society como “controversiales” cuando muchas de las consecuencias de su actividad han sido francamente criminales.
No es posible extenderme aquí, a partir de los hechos probados, en consideraciones sobre los medios y los fines de este personaje y sus entidades que en el 2002 ya actuaban en más de 50 países, sobre qué significa realmente el tibio calificativo empleado por el Sr. Monreal. Baste saber esto: En 2002, George Soros declaraba: «En la antigua Roma, sólo los romanos votaban. Bajo el capitalismo mundial moderno, sólo los estadounidenses votan. Los brasileños, ellos, no votan» (Declaración pública de George Soros durante el Forum Social de Porto Alegre, Brasil. Citado por la Red Voltaire.). Sólo apunto algo que ya cualquiera sabe, cualquiera, por supuesto, que se informe sólo un poco: el apoyo del especulador financiero a “una amplia serie de entidades y causas que, en su diversidad, abarcan algunas de orientación “progresista”, “radical” y de “izquierda””, como afirma el Sr. Monreal, no se debe utilizar como argumento del lado positivo de la actividad de este personaje expresado con un enfoque de aséptica neutralidad desidelogizada. No es casual que el núcleo fundamental de los economistas que acompañan y ejecutan sus múltiples proyectos, sean neoliberales.
La historia de cómo y con qué objetivos se apoyan las causas y los intelectuales “progresistas”, “radicales” y de “izquierda”, y por cierto, también comunistas renegados o desencantados, creando y financiando medios, revistas, premios y simposios, se encuentra profusamente documentada y analizada en el libro de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural.
Todo esto recuerda una pregunta que Retamar dirigía a un escritor latinoamericano cooptado como director de una revista que después se confirmó era financiada por la CIA, pregunta plenamente vigente: “¿O debemos creer que el imperialismo norteamericano (…) se ha entregado de repente al patrocinio desinteresado de las puras tareas del espíritu en el mundo.?

El “oro de Soros”, el “ajiaco conspirativo” y el debate en Cuba




Foto: Calixto N. Llanes/ Juventud Rebelde


El compañero Carlos Luque, laborioso comentarista, de nuevo ha empleado muchas cuartillas para expresar cuatro cosas sencillas.

En primer lugar, admitir que incurrió en inexactitudes en su anterior escrito; en segundo lugar, explicitar, una vez más, sus desacuerdos con lo que he expuesto en mis textos; en tercer lugar, solicitar que le responda varias preguntas; y finalmente, tratar de descalificarme políticamente.

Las dos primeras cosas no merecen un comentario adicional. Creo que el compañero Luque se enreda tratando de explicar con nuevas inexactitudes los errores que ya había cometido anteriormente. De nuevo ha dicho cosas “de campeonato”, pero ya ese intercambio que el compañero se empeña en “estirar”, en un supuesto plano académico, se ha convertido en una lid aburrida, circular y sin sentido constructivo.

Por otra parte, me parece normal que existan discrepancias entre los participantes de un debate. Con eso no hay problema. Sabemos que los dos pensamos diferente, pero eso ha estado claro desde hace ya algún tiempo. No nos hemos entendido, aunque eso tampoco plantea una dificultad mayor.

Me queda claro que el compañero Luque opina que mi trabajo “contribuye a desacreditar al proyecto cubano”. Espero que al compañero le quede claro que considero que el sectarismo que defiende contribuye a destruir el proyecto socialista cubano.

No le encuentro sentido a que se intente hacer una discusión política -medianamente seria- sobre temas complejos de la economía, la política, la ideología y la sociedad cubana, si se insiste en hacerla endilgándole, a quien se critica, cosas que hasta ahora yo había pensado que eran inexactitudes, pero que a estas alturas del juego no me queda más remedio que calificarlas como mentiras.

Dos de las “perlas” más recientes permiten comprobar esto:

– El compañero Luque miente cuando afirma que “el Sr. Monreal le reprocha a Cuba no haber conseguido nada” en los últimos 3 o 4 años. (La cita, por favor…).

– El compañero Luque falsea cuando dice que “no he visto nunca un comentario del Sr. Monreal a los varios escritos que he publicado en La Pupila Insomne”. (Mi tiempo le dediqué en dos textos que publiqué el 14 y el 18 de agosto de 2017, en el blog El Estado como tal, pero parece que el compañero siente que su obra merece más atención).

Al fin las respuestas…

Para no dejar con las dudas al compañero comentarista, paso amablemente a responder las dos preguntas que parecen obsesionarlo. Francamente, considero que son temas aclarados en mis trabajos, pero para ver si se resuelve de una vez la inquietud del compañero, aquí van mis respuestas:

Pregunta # 1: ¿qué opina UD. de, o por qué cree que, la política gubernamental estadounidense de la “normalización” se propone estimular el auge de la propiedad privada en Cuba, pero a la vez excluye al Estado y Gobierno (cuya legitimidad paradójicamente dice reconocer y en la que afirma no querer influir) de esa política?

Respuesta: Aunque ya eso parece ser “historia antigua”, la “normalización” incluyó, de manera explícita, componentes que buscaban establecer alternativas al sector estatal, con una finalidad anti-sistema, muy diferente de los objetivos del proceso de diversificación de la propiedad, incluyendo el crecimiento del sector privado, que ya aplicaba el gobierno cubano. Por cierto, durante el interludio de la “normalización”, el principal interlocutor económico nacional con Estados Unidos fue el sector estatal cubano.

Pregunta # 2: ¿Pero es posible (¿es justo?) sostener que la propiedad estatal socialista no puede generar más empleo, o hacer crecer la economía a ritmos del PIB adecuados a sus necesidades, sólo por ser propiedad estatal?

Respuesta: No, no es posible. No, no es justo.

El talante moral de quien intenta ser juez descalificador 

Paso, entonces, al intento de descalificación política en la que parece haberse empeñado el compañero Luque.

Existen dos cosas elementales que deben tenerse en cuenta: en primer lugar, el intercambio con el compañero Luque siempre ha sido un debate político. Cuando hemos discutido sobre temas económicos, lo hemos hecho desde una perspectiva netamente política. Para ese tipo de discusión no se exigen requerimientos intelectuales, basta con ser un ciudadano.

El compañero ha tratado de darle apariencia “académica” a una discusión que nunca se ha movido en ese carril. El propio compañero ha expresado que no es un especialista, una de las pocas cosas en la que concordamos.

En segundo lugar, resulta pretencioso de parte del compañero Luque haber asumido que se debe responder a sus impertinencias. Por supuesto que no va a recibir explicaciones de ningún tipo acerca de los eventos a los que asisto. Puedo comprender que su ignorancia acerca de cómo funcionan los intercambios académicos lo lleve a realizar elucubraciones simplonas y tendenciosas, incluyendo la ladina mención que hizo de la “terrorista” Fundación Nacional Cubano Americana.

Debería informarse primero el compañero Luque acerca de cómo funciona el mundo académico antes de ponerse a decir majaderías. Quisiera ser indulgente con el compañero Luque, y hubiera preferido pensar que lo que ha dicho es la expresión combinada de lagunas informativas y de sectarismo, pero no de malevolencia. Sin embargo, haber colocado mi nombre en una misma oración donde menciona la palabra “terrorista” es una execrable muestra de bajeza moral.

Tratando de encontrarle el lado positivo al asunto, al menos ha quedado expuesta la sordidez ética de los comentarios que caben esperar del compañero Luque. ¿Habrá alcanzado su límite?

Las relaciones con las fundaciones: lo verificable

Queda entonces por abordar la cuestión del “oro de Soros”, una de las matracas descalificadoras favoritas del compañero Luque y de otros comentaristas, en especial cuando se trata de desprestigiar a Cuba Posible.

Tratemos de establecer objetivamente varios hechos:

Al gobierno cubano le asiste la moral, el derecho y el apoyo político de la mayoría del pueblo para proteger la seguridad nacional mediante la coerción estatal, una función que puede incluir limitaciones, prohibiciones, y el manejo de información que no necesariamente se hace pública.

Ciudadanos cubanos y entidades del país (de muy diverso tipo) han sostenido habitualmente relaciones de colaboración -incluyendo financiamiento- con instituciones y con fundaciones de Estados Unidos y de otros países, la mayoría de las cuales no son precisamente ni solidarias con Cuba, ni simpatizan con una ideología revolucionaria. Esas relaciones no se han conducido “por la libre” y su funcionamiento siempre ha sido monitoreado y evaluado por entidades estatales y políticas. Se han tomado acciones sobre el curso de esos intercambios cuando oficialmente se ha considerado como apropiado.

La información disponible muestra que George Soros y la Fundación Open Society son controversiales. Existe evidencia y análisis que relacionan sus actividades con procesos de desestabilización política en varios países, entre otros: Polonia y Checoslovaquia cuando estos eran países socialistas; las llamadas “revoluciones de colores” en países de la antigua URSS; la “primavera árabe”; Siria, Ucrania, Albania, Yugoslavia, y Venezuela. Ha sido divulgada, igualmente, la existencia de un documento sobre Cuba preparado expresamente, en 2013, en forma de background paper para la Fundación Open Society, pero cuyo contenido no se encuentra accesible actualmente en la red. Sin embargo, también existe evidencia y análisis relativos al apoyo que Soros y Open Society ofrecen a una amplia serie de entidades y causas que, en su diversidad, abarcan algunas de orientación “progresista”, “radical” y de “izquierda”.

No se conoce pronunciamiento público alguno, de parte de una autoridad oficial cubana, que limite o impida la participación de ciudadanos cubanos en actividades que incluyan a la Fundación Open Society. No se conoce ninguna indicación oficial directamente hecha a los responsables de Cuba Posible respecto a la interdicción de organizar o de participar en actividades que pudieran contar con el financiamiento de Open Society.

Existen participantes en el debate cubano que opinan que las relaciones de Cuba Posible con la Fundación Open Society -y también con la Fundación Ford- descalifican a Cuba Posible como entidad, y a quienes publican en ese sitio, como participantes carentes de justificación moral en el debate político en Cuba.

La “denuncia” se ha concentrado en Cuba Posible, a pesar de que existen ciudadanos cubanos e instituciones oficiales que han participado y siguen participando en actividades financiadas directamente o indirectamente por las dos fundaciones mencionadas. Esas “denuncias” se han originado principalmente en el blog La Pupila Insomne.

¿En qué consiste el “ajiaco conspirativo” fraguado contra Cuba Posible?

Consiste, esencialmente, en una especie de “deslegitimación por asociación”. Me he referido anteriormente a lógica ramplona en la que se basa la confección de ese ajiaco: las fundaciones Open Society y Ford tienen el potencial de convertir en subversivo, antipatriótico y plattista a cuanta persona o institución de la Isla se les aproximase.

Esas fundaciones son consideradas como una especie de “Chernobil” contaminante en el plano ético (dinero inmoral y especulativo), en lo ideológico (promoción del capitalismo), en lo político (injerencia anti-socialista en el debate interno), y en cuanto a la seguridad nacional (desestabilización del Estado). El corolario es evidente: mejor evitarlas, de lo contrario van a producirse “denuncias” que revelarían la falta de legitimidad de los “denunciados” para participar en el debate público nacional.

Sin embargo, la tierra no es plana. La realidad es mucho más compleja de lo que se intenta hacer pasar por una verdad incontestable. Como muchas otras instituciones capitalistas, esas fundaciones son entidades contradictorias. El listado de los recipientes de sus apoyos es muy extenso e incluye entidades y proyectos muy diversos, e inclusive antagónicos entre sí.

El argumento de que esas fundaciones exclusivamente apoyan entidades y proyectos reprobables –desde una visión del socialismo cubano- no se sostiene cuando se revisan los datos de la realidad.

Para el caso de la Fundación Open Society, esto pudiera comprobarse sin mucho esfuerzo revisando el sitio web.

La lista incluye algunas instituciones de un corte netamente progresista -en el contexto de Estados Unidos- como son: Alliance for Justice (activistas que se oponen a la designación de jueces conservadores), American Civil Liberties Union(conocida institución de la lucha por los derechos civiles, muy crítica de las restricciones impuestas bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo), American Friends Service Committee (muy activos contra la llamada “Acta Patriótica”), Arab American Institute Foundation (institución que critica a Israel por la brutalidad contra el pueblo palestino), Casa de Maryland (defensora de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos), MADRE (organización de defensa de los derechos de la mujer que plantea que el gobierno de Estados Unidos es el principal violador mundial de los derechos humanos), Malcom X Grassroots Movement (exige la reparación a la población negra por los daños infligidos por la esclavitud), Mexican American Legal Defense and Education Fund (MALDEF) (una de las instituciones más conocidas en el campo de la defensa de los derechos de la llamada población “hispana”) , NACCP Legal Defense and Education Fund (activismo defensor de los derechos de la población afronorteamericana), National Council of La Raza (defensora de los derechos de los inmigrantes), Planned Parenthood (defensa de los derechos de la mujer), Proteus Fund (apoyo a organizaciones de lo que se considera como una izquierda radical en Estados Unidos), Think Progress (plataforma on-line crítica del conservadurismo), Tide Foundation (también apoya lo que se considera como una izquierda radical en Estados Unidos), Urban Institute (defensora de la salud pública social y del alza de impuestos a los ricos), y Voto Latino (movimiento para incrementar los latinos registrados como votantes), entre otros.

El argumento de que cualquiera que se aproxima a esas fundaciones se contamina, falla cuando se comprueba la evidencia de que la Fundación Open Society habría financiado instituciones que son abiertamente solidarias con la Revolución cubana, como son Global Exchange y National Security Archive Project.

De hecho, la Fundación Open Society no ha financiado exclusivamente actividades sobre Cuba organizadas por Cuba Posible, como puede comprobarse en el sitio web del Programa Cuba del Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS) de la Universidad de Columbia (New York). Se dice textualmente: “El Programa Cuba es actualmente financiado por Open Society Foundations y Ford Foundation” (The Cuba Program is currently funded by Open Society Foundations and the Ford Foundation).

El “Programa Cuba” de ILAS incluye un Programa de Intercambio Académico entre la Universidad de Columbia y la Universidad de La Habana, bajo el cual se realizan visitas académicas entre ambos países. También ILAS ha mantenido un proyecto de colaboración con el Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI) del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, en La Habana.

En el caso de la Fundación Ford, que en La Pupila Insomne se ha dicho que tiene un “largo historial de trabajo con la CIA”, existe información pública sobre actividades de colaboración en la que participan instituciones cubanas. Por ejemplo, Hillary Pennington, vice-presidenta de la Ford Foundation sostuvo un encuentro en el CENESEX, el 29 de septiembre de 2016.

La Fundación Ford ha financiado también el proyecto “Cuban Oral History: Memories of the Cuban Revolution”, de la Universidad de Southampton, realizado bajo los auspicios del CENESEX.

Igualmente, la Fundación Ford apoyó el proyecto de donación a Cuba de una réplica de la estatua ecuestre José Martí, ubicada en el Parque Central de Nueva York. Ha sido recientemente colocada frente al Museo de la Revolución.

Deseo dejar bien aclarado públicamente que no veo problema alguno con esas actividades de colaboración. Todas me parecen bien. Esas son personas e instituciones cubanas que tienen experiencia en este terreno y existe sobrada evidencia de que han sostenido intercambios beneficiosos para Cuba. Son otros quienes ponen bajo “sospecha ideológica” y quienes ven “inclinaciones subversivas” en todo lo que sea “tocado” por esas fundaciones.

¿Entrará en escena la picaresca?

Esos argumentos los he expuesto anteriormente como comentarios en más de un blog donde se ha abordado el tema del “oro de Soros”. Obviamente, no se trata en lo más mínimo de defender a las fundaciones. Eso no es lo que hago, ni ese es el punto que se discute.

Lo que se debate es si mantener relaciones con fundaciones como Open Society y Ford le trasmite, automáticamente, “ilegitimidad” a las entidades y ciudadanos cubanos que participen en esas actividades.

En esencia, habría que responder dos preguntas:

– ¿Cuál es la evidencia concreta de que lo que se publica en Cuba Posible –que acoge puntos de vista diversos- sea el efecto de la influencia de fundaciones extrajeras y cuál sería la explicación de los mecanismos de causalidad de esa conjeturada influencia?

– ¿Se “contaminan” por igual todos los ciudadanos cubanos y entidades que se relacionan con las fundaciones extranjeras, o son algunos más “contaminables” que otros?

Respecto a la primera pregunta, no hay mucho que agregar a lo que ya se ha dicho anteriormente. Los “denunciantes” no han aportado prueba concreta de influencia, ni se han molestado en explicar causalidad alguna. La fórmula va por otro lado: “ajiaco conspirativo” y repetición vocinglera.

En cuanto a la segunda pregunta, no conozco la opinión del compañero Luque. Tampoco se la estoy pidiendo. No quiero hacer algo que pudiera ser entendido como una impertinencia.

Lo que me interesa es tratar de conducir cualquier posible discusión sobre esa segunda pregunta –si es que se produjese un intercambio- por el camino de un debate racional. Más de una vez he debido escuchar, con paciencia, el intento de explicar que, en realidad, determinados ciudadanos e instituciones cubanas no son “contaminables”, mientras que en otros casos –como Cuba Posible– la propensión a la “contaminación” no solo es consustancial, sino que es, además, deseada. Es un típico argumento de la picaresca y obviamente en ese tira y afloja no tiene sentido participar.

Queda clara la lógica arrabalera de ese tipo de acusaciones contra Cuba Posible, pero pudiera ser que la lógica nunca haya sido parte de las “denuncias”, en cuyo caso entonces la cosa se entiende mejor.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El partido de Cuba Imposible y la lista infeliz.

 Por Rafael Cruz

Parte I: El pueblo cubano sí tiene ideología

Luego de leer la declaración de fe de Roberto Veiga, el director de esa plataforma pública llamada Cuba Posible, proyecto de partido político destinado a apropiarse del poder en Cuba y con ello hundir la nación en lo imposible, me sentí animado a escribir unas reflexiones en interés de denuncia y también de entrenamiento, que esta guerra es de resistencia, pero en la medida que avanzaba con el discurso infeliz del raro espécimen de “candidato político sin ideología” descubrí que es imposible en el término razonable de un par de cuartillas señalar tanta necedad, a no ser con la síntesis de un exabrupto criollo- tenemos bastantes y muy buenos en nuestro idioma- pero eso sería sonoro y pintoresco pero no educado. Voy a esforzarme por la síntesis, cuando considere que estoy a punto de los bostezos, pongo al final del párrafo un visible punto y una nota amenazante “continuará”. 

El escarnio más visible en el texto de marras es el intento de poner a José Martí de su lado. Citado fuera de contexto, manipulando y ocultando, el centrista ofende al independentista. Si le damos crédito estaríamos poniendo a José Martí al mismo nivel del ideólogo autonomista José Fernández de Castro o con el anexionista José I Rodríguez Hernández quien conspiró contra el héroe cubano en la Primera Conferencia Internacional Americana. Ofende a Martí, niega su radicalismo, su toma de partido. Martí es el centro de una ideología, de una ética que se sostiene en el pensamiento y en la práctica revolucionaria. El señor Veiga debería, por decencia al menos, no poner en sus textos las palabras de un Mayor General del ejército libertador que murió en combate todo ímpetu, todo hombre, todo valor. Si continúo por ese camino terminaré en la ira y el exabrupto será mi texto, de modo que dejaré a otros, magníficos escritores y pensadores revolucionarios, quienes seguramente se sentirán estimulados a vindicar al Maestro con palabras más acabadas que las que yo, guajiro al fin, pueda decir. 

El señor Veiga afirma en su declaración: 

“No ocurrirá un desarrollo inclusivo de la pluralidad ideo-política del país. Sólo serán aceptados aquellos cubanos convocados a ratificar posiciones oficiales, preferentemente aquellas que expresen la mayor resistencia posible a todo cambio del actual modelo socio-político o la nostalgia en torno a épicas (y a errores) del pasado. De este modo, resulta obvio que tampoco se asumirán, de manera oficial, los cambios necesarios para desarrollar el país y hacer evolucionar el bienestar de la sociedad cubana (en aquellos aspectos que resulta imposible culpar al bloqueo estadounidense de los defectos y carencias que padecemos)”.

Y continúa con total desfachatez: 

“Quizás los defensores del inmovilismo puedan tener razones válidas; pero en ningún caso, a estas alturas de las circunstancias, ellas poseen la legitimidad política e histórica que pueda justificar el sostenimiento del lamentable estado de nuestra realidad. Sólo basta percibir algunos de los efectos de tal empecinamiento para comprender que están errados. Entre ellos podemos encontrar: pobreza, marginalidad, corrupción, incapacidad para generar desarrollo, desesperanza y frustración, así como la emigración continua de cubanos talentosos y capaces”.

San Jorge y el dragón

A lo interior del proceso de construcción socialista circulan, se contraponen, interactúan contradicciones y matices diversos, complejos algunos de ellos en los límites del antagonismo absoluto, ese proceso de constante movimiento es el responsable de la existencia misma de la sociedad cubana, de su sistema político y sobre todo de la constante transformación, contrario de negación. El trazado cartesiano de la ruta o las rutas a seguir para llegar al comunismo es dialéctico y contradictorio, lo cual se evidencia cada día en la realidad de los cubanos, en las decisiones y en los errores, en los avances, en la sobrevivencia en los que se van a otros lugares, en los que se quedan en Cuba. En una sociedad en transición, el sujeto es un sujeto en transición y no inmóvil o anclado. Digo sujeto y digo mucho más que persona, extiendo el concepto a los actores sociales y políticos, económicos que confluyen dentro del sistema. Desde el comienzo mismo de la revolución este país se transforma cada día. En los últimos años, la evidencia de ese cambio constante es el día a día de una nación.

Por tanto es absurda la tesis del inmovilismo, a no ser que se sostenga sobre la idea maliciosa de considerar como sinónimo de cambio la cesación del propósito socialista, y la imposición del capitalismo en cualquiera de sus variantes, entonces hay que decir con toda franqueza que en efecto, estamos ahí, en la construcción socialista, luchando con todas las fuerzas para impedir el retorno al pasado, el cual nos presentan disfrazado de futuro en HD, tercera dimensión, realidad virtual, promesas hipertextuales y todas las variantes posibles de la seducción en la postmodernidad. 

Del mismo modo es malicioso, pero sobre todo grosero, señalar a la revolución como responsable de los males que enfrenta y lucha por derrotar, los cuales son antinaturales en el proyecto socialista. Sobreviven como ya sabemos, porque durante la transición al socialismo, y un tanto más allá, conviven los males y las conductas propios de la sociedad capitalista no derrotada aún, mezclada en el tejido social, ardiendo bajo, como el fuego en la hierba húmeda. Existe dentro porque aún no ha sido extirpado y aquí deberíamos decir por qué no ha sido derrotados. Las razones son diversas, algunas tienen que ver con fallos en el mismo sistema, lógico en un proceso que se reproduce a si mismo, “sin calcos ni copias”, sin referentes ni mapas. 

Un proceso que avanza hacia lo ignoto por un camino laberíntico que se hace al tiempo que se avanza. Hay que ser torpe o venenoso para negar que el error es parte de la realidad. Se toman decisiones, se aprueban leyes se hacen políticas para resolver los problemas actuales, el mecanismo muchas veces se atasca y es preciso desarmarlo para desatascarlo, el fallo en ocasiones está en el mismo sistema, otras veces en las personas. Pero muchas veces ocurre que cuando las soluciones son la respuesta esperada, la vida nos cambia las brutalmente las preguntas. Es el caso de estos días ciclónicos, desastrosos, cuanto hubiéramos avanzado si nuestro archipiélago no estuviera en la ruta natural de los huracanes. La revolución es eso “luchar contra poderosas fuerzas dominantes”. 

Sobreviven esos males además porque llegan- incesantes como las olas del mar- desde el exterior. Cuba no está rodeada solamente de agua, sino también de capitalismo persistente, poderoso agresivo. La guerra cultural, la guerra económica contra la Isla rebelde está ausente de las declaraciones de fe de los fallutos políticos. Tendientes naturales al servicio del imperio, nunca o casi nunca denuncian el crimen del imperio, que es esa guerra de desgaste, genocida y cincuentenaria contra Cuba. El efecto sostenido, acumulativo, deformador del bloqueo, está excluido o es limitado en los textos serviles, como la principal variable que impide el desarrollo de la nación y si se menciona, así de soslayo- como en el texto aquí denunciado- se alude pero como arma arrojadiza contra la revolución, el bloqueo es una excusa una culpa en las consignas del “oficialismo” y no una terrible realidad.

Es su libro Cuba Revolución o Reforma, el que por cierto será lanzado nuevamente en los próximos días ahora en edición de Ocean Sur, Enrique Ubieta apunta “Se demoniza a Cuba por no haber podido impedir el resurgimiento de la prostitución, y la solución implícita, la capitalista, significaría la extensión de la prostitución. Se acusa a Cuba de no haber podido contener ciertas injustas diferencias sociales después del derrumbe del llamado campo socialista y la solución capitalista sería acrecentarlas, hacerlas más hondas, injustas e irreversibles.” (1)

Acusar a la revolución de la corrupción, la marginalidad (término discutible) la pobreza, es igual que acusar a San Jorge de la existencia y la maldad del Dragón. Sin embargo debo considerar esa idea con ciertos visos de razón. Sin el héroe el dragón es el todo. Sin la revolución, como pasa en otras naciones, la pobreza, la corrupción, serían el todo, la existencia misma del sistema, el producto natural del egoísmo eterno, desesperanzador natural. En el estado de la revolución, esos males son tan evidentes como perseguidos, tan ofensivos como acorralados, tan lacerantes como ajenos. El dragón no tiene paz, porque el héroe no se la da tampoco los males del capitalismo duermen tranquilos en un Estado, en un pueblo, en revolución socialista, que si tiene ideología marxista, martiana, fidelista.


¿Vale la pena este debate? Sí, lo que está en juego supera a las personas y las individualidades. Lo que está en juego es Cuba, su independencia y con eso no se juega. En ocasiones la gravedad de los asuntos, su naturaleza impide despersonalizar el debate, ojalá fuera posible, aunque solo significara no dar más publicidad a quien no la merece pero, lamentablemente este no es el caso. El director del proyecto de partido político Cuba Posible, y casi por obviedad su figura de cabecera en las aspiraciones al poder en la Isla, hace y pública en su página una declaración de fe, la cual semeja uno de esos pasquines de propaganda electoral propias de las campañas por el escaño mayor del Estado. Al final del texto, solo le faltó decir- aunque no le echamos de menos- “Vote por Mi”.

¿Anticomunista y cristiano?

El texto del aspirante a candidato está llenos de mensajes para atraer a los modernos reformistas, autonomistas, anexionistas, socialdemócratas y otras muchas variantes de la contrarrevolución. Su primera declaración es un mensaje bien claro para tranquilizar a los patrocinadores electores. Declara -casi con rudeza- que no es comunista.

“Quiero ratificar que no soy comunista. Pese a sus más iluminados análisis, diagnósticos y postulados, no alcanzo a simpatizar con tal teoría, filosofía, ciencia, ideología. (…) De la misma manera, siempre me inquieta cierto espíritu que le insufló a dicho ideal su fundador, Karl Marx”.El egoísmo es la única presa que hace el comunismo de la voluntad humana. Se opone al mercado y a la mercancía como centro de todo y en su lugar ubica al humanismo revolucionario, igual hace el cristianismo, comparte el pan y los peces, expulsa a los mercaderes del templo. Desde el lanzamiento del Manifiesto Comunista en enero de 1848 las acusaciones contra los militantes son las mismas que hace este candidato del partido burgués, matizadas lógicamente por el contexto histórico.

El comunismo se propone sustituir la libertad burguesa, sustentada en los tiempos actuales por el neoliberalismo en todos sus gradientes y defendida a capa y espada a lo largo de todos estos años por los dueños del poder hegemónico, que destroza la naturaleza, incrementa la pobreza y la desigualdad al tiempo que insiste en detener la historia, negar la lucha de clases, afianzar el poder de los ricos sobre los medios de producción.

La doctora Isabel Monal, Premio Nacional de Ciencias Sociales de Cuba, aseguró en una ocasión que no es posible interpretar el mundo actual, con certeza, si no es a través del marxismo. Ese que al decir del doctor Fernando Martínez Heredia es una epistemología del conocimiento social y esa afirmación rebasa el reduccionismo del marxismo a una ideología, teoría o ciencia. Es la interpretación de la realidad, de la historia, de los acontecimientos en los que interviene el ser humano junto a su entorno a partir del marxismo como metodología para el conocimiento. Es obvio que suscribo esas afirmaciones.

También subscribo, con ambas manos, la opinión de Frei Betto “El socialismo es el nombre político del amor” debido a la formación cristiana del “político sin ideología”, de la que tanto se ufana, debería serle más próximo este pensamiento de un probado seguidor de Cristo. Por cierto hay otro pensador revolucionario, no creyente, que llega a conclusiones similares a las de Frei Betto. “Un revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor” Ernesto (Che) Guevara. La sociedad a la que aspiramos los revolucionarios cubanos, está más próxima del ideal de Cristo que propuesta por Cuba Posible y su director.

Huracanes y sismos en la gente y en los bancos

Aún en medio de las carencias, el sistema político cubano, nuestra mayor conquista, ha sobrevivido a 50 años de guerra despiadada. ¿Qué son 50 años para un sistema social? ¿Qué son 60 años en el lentísimo devenir de los tiempos históricos? El capitalismo con cinco siglos no ha sido, ni lo será capaz de resolver los problemas de la humanidad, es más los acrecienta. ¿Cómo se puede acusar a la revolución cubana de fallida si apenas ha nacido, y su infancia ha sido traumática por los odios, las maldiciones, la guerra tangible, mortal, constante de los poderosos gobiernos gringos y los mafiosos de origen cubano? Al pueblo cubano debería reverenciarse por su heroísmo. Apoyar la destrucción del sistema social que ha escogido la inmensa mayoría de los cubanos y ha defendido con su propia sangre es un crimen.

Tres huracanes monstruosos y un sismo descomunal han devastados nuestras naciones. Solo una mirada a tan extremas circunstancias a la respuesta, la recuperación, el respeto a la vida humana deberían servir para comprender las diferencias cuando el gobierno revolucionario, el partido de vanguardia, no interesado en pujas electorales, sino al servicio de la gente, actúan en conjunto con el pueblo, en bien de todos, en el socialismo; con otras naciones donde los partidos políticos y los egoísmos de gobernantes y propietarios ponen, antes que las personas, sus cuentas bancarias. 

Me pregunto ¿Si en la sociedad para la que se postula Cuba Posible, el Estado reduciría o eliminaría los impuestos de los negocios privados afectados por el huracán, como ha hecho el gobierno revolucionario? ¿O se manejarían los fondos públicos como lo hace España- uno de los modelos de estos señores- para salvar a los bancos con el dinero de la gente, o como ha hecho Cuba, poner el dinero de los bancos para subsidiar a las carencias de la gente? No se pueden comparar los bancos de un país pobre y bloqueado como está nación del Caribe, con los poderosos bancos de las transnacionales imperantes en el mundo.

Político sin ideología o “Soy tan liberal como conservador”

El señor director no es comunista según el mismo dice, y seguidamente apunta “En cuanto a mi posición socio-política, nuevamente ratifico que, aunque reconozco la legítima naturaleza de las ideologías, no poseo ideología alguna y siempre me esforzaré para jamás tenerla”.

Seguidamente el aspirante se apresura a contradecirse:

“Sólo me aferro a un ideal (una República de y para la justicia social) y a unos pocos principios sin los cuales este sería imposible (libertad personal, desarrollo humano, seguridad legal y social, democracia ciudadana, gobierno eficaz, progreso económico, y equidad social)”.

Será que necesitamos de la bondadosa sociedad que nos promete el aspirante para garantizar el desarrollo humano en Cuba La respuesta está delante de nosotros mismos.

Según Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Entre las 188 naciones que presentan los datos de Desarrollo Humano al, Cuba ocupa esta vez el lugar 67, lo cual mejora en dos escaños su posición respecto al informe del 2014, y la sitúa, nuevamente, entre los países con Desarrollo Humano Alto. Hay mucho por hacer para mejorar esos índices, pero lo que hay que hacer, solo puede hacerse en el socialismo.

Tal y como dice mi compañera del equipo docente, profesora de filosofía, mi crítica más dura y amorosa: en los parámetros por los que se mide el desarrollo humano al mundo provienen de los ideólogos del capitalismo, los cuales desconocen la historia de saqueo de las metrópolis a las colonias y como esas deformaciones llegan a estos días como huellas y distorsiones de siglos de explotación y saqueo, pero no obstante, esos parámetros de la ONU, son los que tenemos.

Pero vale la pena seguir un poco más con el marketing político del aspirante a candidato electoral: 

“Por otro lado, también quiero confirmar de nuevo que, en cuanto a los instrumentos para realizar este ideal y estos principios, no tengo apego a ninguno de los que he propuesto. Estos, repito, siempre serán circunstanciales, porque nunca se refieren al fondo, o sea, al fundamento y al fin, sino a la forma que impone cada contexto, cada reto” y más adelante en el texto asegura que

“En este instante afirmo que no dejaré de trabajar por mi país y que lo haré sólo a favor de esa República prometida por el más grande de nuestros patriotas. Para ello, estoy dispuesto a cooperar con todos los cubanos de buena voluntad, militantes de los diversos “comunismos”, de los disímiles “socialismos”, de los diferentes “liberalismos”, de todas las proyecciones socialcristianas, etcétera. Todas las ideologías y orientaciones ideo-políticas pueden ser legítimas y enriquecedoras…”

De personajes así decía mi abuela “es un bicho” refiriéndose a sus maneras ladinas, a la astucia en sus movimientos para conseguir quedar bien con todos, como aquel político en los años 40 del siglo pasado que en un mitin electoral, ante el reclamo de un asistente por haber cambiado de bando afirmó sin tapujos “soy tan liberal como conservador”. El candidato o aspirante a candidato informa que pude cambiar sus “instrumentos” en cualquier momento y así satisfacer, según las circunstancias, a los potenciales electores o, como ocurre en las democracias burguesas, a los dineros que pagan las campañas pero compiten entre ellos.

Tenemos partido señores ¿Quién da más?

Finalmente, el anuncio oficial:

“Ante esta disyuntiva, los signos de los tiempos reclaman un activismo, también amplio e intenso, encaminado, sobre todo, a definir soluciones y la manera de hacerlas viables, así como exigir y asegurar que se realicen (…) Incluso, cuando sea pertinente y posible, será indispensable proponerse, además, la constitución de una agrupación política programática, sin la cual no serían factibles tales propósitos (a pesar de que dicha probabilidad se mantiene cancelada de forma oficial y anatematizada por sectores significativos de la sociedad)”…

A los votantes del futuro, animadores y sobre todo financistas del presente el señor director les promete que va a “exigir y asegurar” ¿la soberbia es pecado? Continúa la declaración anunciando que en el momento que sea “pertinente” constituirán una “agrupación política”. Partido político destinado a luchar por el poder en Cuba. Un partido opositor con toda la atención y mimos -en dólares y euros- de los enemigos de la revolución. Una estructura visible sobre la que llamar la atención ya que las creadas hasta el momento por la CIA, como esa esperpéntica cofradía de las Damas de Blanco están degradadas y por las que nadie apuesta un centavo.

Al leer el texto del aspirante no puedo evitar hacerme preguntas:

¿A quién se está ofreciendo este señor como candidato posible en una Cuba Imposible? ¿Cree hay condiciones favorables en Cuba como para apoyar una propuesta de migración al pluripartidismo y con ello favorecer una transición suave a la sociedad de mercado? ¿Tal vez cree poder convencer a la mayoría de los cubanos, los cuales apoyamos abrumadoramente el proyecto socialista de que cesen en ese apoyo?

En el escenario de la industria anticubana ¿Tal vez aspira a suplir la ausencia dejada por Oswaldo Payá, ausencia que en el pobre caleidoscopio de la contrarrevolución no ha sido suplida en todos estos años por ninguno de los relanzados como anticastristas “moderados o no confrontacionales” y mucho menos por los virulentos o caricaturescos sujetos del mercenarismo, lo cual deja abierto un espacio potencialmente solvente del mercado anticubano? ¿Será por eso que la autobiografía política del aspirante hace tanto énfasis en sus años al frente Espacio Laical o de Casa Cuba?

Lo que sí es obvio que el director de Cuba Posible y su equipo responden a un patrón de contrarrevolucionarios destinado a meter cuña en los próximos desafíos democráticos de Cuba, y a vender una imagen confiable a los norteamericanos influyentes en la política de EEUU hacia Cuba que apoyan el acercamiento, pero no el sostenimiento del sistema socialista, y a los europeos quienes encuentran total empatía con esas ideas de la socialdemocracia que le son tan familiares. En materia de marketing político esta declaración, el perfil editorial y toda su línea de mensajes en Cuba Posible es una muy clara oferta en busca de clientes con influencia y sobre todo con dinero.

Preguntas complicadas, pero igual también es un derecho cuestionar.

Por qué será que ya este discurso del director de Cuba Posible creo haberlo oído antes, tal vez es que me recuerda las palabras de Manuel Artime jefe civil de la derrotada Brigada mercenaria 2506 “revolución sí, comunismo no”.

O quizás se me parece a las palabras de Jorge Mas Canosa en los tiempos en que se alistaba como futuro presidente de Cuba bajo las promesas liberadoras de Reagan primero y de Bush padre después. “Es muy simple lo queremos para Cuba: libertad, respeto a los derechos humanos, pluripartidismo, democracia y elecciones libres periódicamente”.

Iguales de pragmáticos, iguales de anticomunistas, pero como ellos, el partido político de Cuba Imposible está destinado a engrosar esa lista infeliz que la historia de vez en cuando nos recuerda. Mientras tanto, el pueblo cubano mayoritariamente trabaja para conseguir una sociedad próspera y sostenible, esa que aún lejos, nos llena de esperanza ante un mundo caótico y brutal una sociedad que se llama comunismo donde el amor y no el egoísmo hagan realidad el sueño de Marx y el ideal de Cristo.

(1) Ubieta E. 2012. Cuba Revolución o Reforma, editora Abril, La Habana pág 114