viernes, 19 de mayo de 2017

José Martí y el abrazo de Fidel Castro





Por Luis Toledo Sande, Bohemia Digital, 

¿He de decir a usted cuánto propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad?

(Carta de José Martí a Manuel Mercado, 6 de julio de 1878)

Lector voraz como José Martí, Fidel Castro pudo haber escrito de sí palabras con que el primero se autocaracterizó: “Napoleón nació sobre una alfombra donde estaba la guerra de Europa. // Yo debí nacer sobre una pila de libros”. Pero el propio Martí plasmó en otro apunte una confesión que complementa la citada y es igualmente aplicable a Fidel: “el libro que más me interesa es el de la vida, que es también el más difícil de leer, y el que más se ha de consultar en todo lo que se refiere a la política, que al fin y al cabo es el arte de asegurar al hombre el goce de sus facultades naturales en el bienestar de la existencia”.

De no haber seguido ambos esa guía, habrían incurrido en un vacío esterilizante para el pensamiento y la acción: esperar hasta ver si de las metrópolis del mundo les llegaban las respuestas necesarias para interpretar y enfrentar los graves problemas que ellos se plantearon resolver creativamente. Eran desafíos que no se limitaban a Cuba: les llegarían asimismo de nuestra América, de la del Norte y aun del resto del planeta, y ambos fraguaron una guía contra el colonialismo cultural, viniera este de donde viniera, o —pensemos en hoy— venga de donde venga.

El camino para valorar con acierto la presencia en Fidel del hombre a quien él llamó “el más genial y el más universal de los políticos cubanos”, y “guía eterno de nuestro pueblo”, no se halla en buscar coincidencias de temperamentos —tema que desborda este artículo—, y menos aún en hacer meros cotejos textuales. De esto último se percató el articulista al hacer la selección y escribir el prólogo —los dos con firma institucional del Centro de Estudios Martianos— del volumen de páginas de Fidel titulado José Martí, el autor intelectual (1983).

Inmenso fue el abono textual en los actos de Martí y de Fidel, y en la imantación del primero sobre el segundo; pero un modo seguro para valorar la relación entre ellos no lo dará el criterio —de punta hegeliana— encallado en considerar que las ideas vienen no más de las ideas. Ambos fueron conscientes de la dignidad de estas, y de su valor para iluminar la práctica, pero sabían que sus raíces determinantes se hallan en el subsuelo de la realidad.

Ese hecho debe tenerse en cuenta al ponderar por qué Fidel declaró a Martí autor intelectual de los sucesos del 26 de julio de 1953, y en consecuencia —vale añadir— de la etapa revolucionaria que, desatada entonces, llega al presente y continúa viva hacia el futuro. Quien, como había hecho su predecesor en 1874 —aunque no obtuvo el título por falta de dinero para el pago establecido—, en 1950 se graduó de abogado, asumió su autodefensa cuando se le juzgó por aquellos acontecimientos, que él había encabezado. De algún modo eso recuerda al adolescente que en 1869 se irguió contra las autoridades colonialistas en el juicio en que se le impuso prisión y trabajo forzado.

En su alegato Fidel ratificó lo que había dicho en interrogatorios previos: Martí era el mentor de aquella acción revolucionaria. Pero no sentaba con tal declaración, ni con las páginas que citó o glosó del Apóstol, una mera estrategia discursiva para valerse del prestigio de su palabra. Apuntaba a los propósitos de la acción.

Metas heredadas

Protagonizada por combatientes de distintas partes del país, y con la actualización de miras necesaria entonces, la gesta buscaba abrirle camino de realización a lo que no le fue dado al proyecto martiano consumar. Para ello el líder que crecía acometió en los escritos —en las ideas— de Martí una búsqueda de la cual dejó huellas en el ejemplar de sus Obras completas que leyó en la cárcel con pasión apreciable en subrayados y anotaciones.

En acto de justicia histórica, ese lector pudo proclamar que los hechos de 1953, cuando se había celebrado el centenario del Apóstol, se habían concebido y llevado a cabo para impedir que él muriese de tanta negación sufrida por su legado. Aquel régimen era un instrumento de la potencia imperialista, ya en apogeo, que en 1898, cuando aún se consolidaba, perpetró planes que Martí quiso impedir a tiempo: consistían en apoderarse de Cuba y de Puerto Rico para, con esa fuerza más, dominar a nuestra América toda, y empezar a dislocar el equilibrio del mundo hasta convertirse en nación hegemónica.

Sin enfrentar semejante realidad sería imposible acometer a fondo el saneamiento de la República implantada en 1902, medularmente contraria a la república moral por la que luchó Martí. Esta, que no era una lección liquidada en el siglo XIX, merecía y debía retomarse como raíz de la Cuba revolucionaria, llamada a erigirse sobre bases republicanas nuevas y erradicar la herencia de la colonia y la presencia del neocolonialismo.

Al conmemorar, veinte años después, los ígneos sucesos de 1953, Fidel será particularmente explícito al decir: “Martí nos enseñó su ardiente patriotismo, su amor apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al despotismo y su fe ilimitada en el pueblo. En su prédica revolucionaria estaba el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada. Por eso dijimos que él fue el autor intelectual del 26 de Julio”. Y en el camino trazado por Martí se empinó en 1976 la República socialista fundada con la guía de Fidel y cuyaConstitución la preside esta aspiración martiana: “que la ley primera de la república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, artículo publicado en Patria el 17 de abril de 1894 y subtitulado “El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, Martí estampó lo que significaba la independencia de Cuba para toda nuestra América y para asegurar el equilibrio mundial. Por ello sostuvo: “Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”.

Esa idea —validada por la historia— la desarrolló en varios textos, como el Manifiesto de Montecristi. En este, fechado 25 de marzo de 1895, a la guerra iniciada el 24 del mes anterior la llamó “suceso de gran alcance humano y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. En la misma fecha, sabiéndose “en el pórtico de un gran deber” —pues marchaba a ocupar su lugar en la contienda de liberación nacional que él había preparado—, le escribió al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal la carta donde ratificó sus propósitos, y aseguró: “Yo alzaré el mundo”.

Palabras, ideas, hechos

Sin asomo de vanidad, expresaba así un optimismo que hace pensar en el de Fidel cuando, tras la dispersión causada en la tropa expedicionaria por el revés militar del desembarco del yateGranma, se vio rodeado de un exiguo grupo de compañeros con escasos pertrechos, y exclamó: “¡Ahora sí ganamos la guerra!”.

Martí expresaba la convicción que, declarada desde años atrás, ratificaría también el día antes de caer en combate, en otra carta testamentaria, la dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado: urgía impedir que se hicieran realidad los planes expansionistas de los Estados Unidos, y contra ellos enfilaba él sus actos, como le confesó a Mercado: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, aunque en lo visible se combatía contra el ejército español.

Esa senda de alcance planetario la tomó también el Fidel que, en la Sierra Maestra, reaccionó ante la destrucción de la casa de un campesino por una bomba estadounidense lanzada desde un avión de la tiranía. Entonces el líder rebelde le hizo a una compañera de lucha, Celia Sánchez, la confesión que no sería simple impulso emocional, sino todo un programa. Una vez lograda la victoria contra la tiranía, se dedicaría a lo que fue central en sus actos y en sus ideas, hasta su muerte: luchar contra el imperialismo.

Esa actitud era necesaria para poner a la patria en camino de erradicar la miseria que la mayoría del pueblo sufría, y crear las condiciones para el desarrollo educacional y las conquistas culturales que se insertaran definitivamente en el rumbo trazado por Martí: “Ser culto es el único modo de ser libre”. Tan sembrador concepto ubicaba lo cultural en una dimensión inseparable del libro y la lectura, pero irreductible a lo libresco academicista, y que requería ejercer el pensamiento propio.

No hay que asombrarse, pues, de que en la aludida autodefensa de Fidel en el juicio que se le aplicó en 1953 se halle, mucho más que citas de Martí, una manera de ver la realidad por sus ojos, y sin nubes pasatistas contrarias a la capacidad de germinación del legado martiano. Sobre tales bases, el 29 de mayo de 1955, desde las páginas de Bohemia, al desmentir falsedades de un esbirro sanguinario, afirmó: “es el Apóstol el guía de mi vida”. Para abrazar la herencia de Martí, su más logrado discípulo y continuador no se contentó con hallar en sus textos una fuente de aforismos elegantes, sino —homenaje raigal si los hay— una brújula para la vida.

La frase que da título al alegato, La historia me absolverá, remite al discurso que Martí pronunció el 17 de febrero de 1892 y se conoce como La oración de Tampa y Cayo Hueso. Con la convicción ética sobre lo que se hace, terminó refiriéndose a la labor unitaria que llevaría a fundar el Partido Revolucionario Cubano: “¡[…] la historia no nos ha de declarar culpables!”. En el alegato, donde Fidel insistió en cuán costoso habría sido para el pueblo cubano dejar morir a su Apóstol, la huella de este es tan omnipresente que el mejor modo de mostrarla es reproducir todo el texto.

Ante un apotegma del peso de “primero se hundirá la isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie”, ¿cómo no recordar la terminación del discurso de Martí en el Steck Hall neoyorquino el 24 de enero de 1880? Allí el orador sentenció: “¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!” También sostuvo: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”, idea que se siente en la base del concepto de pueblo sustentado en La historia me absolverá.

Memoria del corazón

Así de orgánico fue, es, el abrazo de Fidel a Martí. En español la etimología del verbo recordarhabla de lo que se vuelve a traer al corazón —como no solo en sentido figurado concierne a ese órgano el vocablo cordial—, y en otras lenguas aprender de memoria se dice aprender de corazón. Tal es la manera como procede entender la asunción de textos martianos por Fidel.

A lo visto con respecto a La oración de Tampa y Cayo Hueso y La historia me absolverá, añádase, entre otros posibles ejemplos, el pasaje de la carta del 15 de diciembre de 1893 en que Martí le dice a Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz”. Esa declaración la condensó Fidel en una máxima que ha recorrido el planeta: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Martí habló de la fama, y su discípulo, que alcanzó el poder y siempre se manifestó dispuesto a mantener a raya el asedio de la gloria, hizo de aquel texto una apropiación que rebasa el plano lexical.

Toda recreación legítima y de altura ofrece destellos sugerentes. El líder de la Revolución Cubana, refiriéndose al heroísmo de su pueblo, años después del triunfo de 1959, en medio de la brutal hostilidad imperialista, dijo que no solamente merecía la victoria y un sitio en la historia, sino también “un lugar en la gloria”. Al replantear aforísticamente lo dicho por Martí a Maceo subrayó, acaso sin proponérselo, el valor de lo elemental natural. A una eminente estudiosa de Martí, iluminada por el patriotismo y la poesía, le oyó el autor de este artículo decir al respecto: “Eso habla de lo grandes que son la humildad y un grano de maíz”.

El culto a la humildad por parte de Martí y de Fidel es el propio de los seres extraordinarios, no la resignación a la intrascendencia. Alguien como Martí puede sostener lo que, dicho sin su grandeza, puede parar en la injusticia y la ingratitud: “Nada es un hombre en sí, y lo que es, lo pone en él su pueblo. En vano concede la Naturaleza a algunos de sus hijos cualidades privilegiadas; porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una montaña”.

El pueblo solamente puede depositar la energía propia de la grandeza, y una confianza a esa altura, en quienes tengan fuerza para cargar con ellas. Tal relación entre individualidad y colectivo, entre líder y pueblo, explica la permanencia de Martí en la memoria y en la querencia de la patria, y la capacidad de Fidel para abrazar esa lección y darle continuidad fecundante en un camino donde ambos fijaron la estrella de su impronta personal.

Un logro de semejante envergadura sería impensable sin el talento que ambos tuvieron, y sin el valor que supieron dar a la unidad revolucionaria, fomentada por ellos con la autoridad moral de su entrega a la lucha con una actitud que recuerda la citada carta de Martí a Henríquez y Carvajal: “hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”.

En él, ese logro lo corroboró su capacidad de supervivencia tras la muerte, capacidad que se consumó por su propio poder de irradiación, por el empeño de luchadores lúcidos que retomaron su legado y por el fervor que merecidamente generó en el pueblo. Así la herencia patriótica y revolucionaria de quien en el presidio pasó “sereno entre los viles” se mantuvo incorruptible en medio del cieno de la República neocolonial.

De luz en luz

Asimismo el legado del líder de la etapa de luchas conocida por antonomasia como Revolución Cubana vivirá por encima de su muerte. Si brilló de un modo especial —recordemos palabras de Ernesto Che Guevara— en “los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe”, desde la noche del 25 de noviembre de 2016 le ha dado a la patria días tristes, por las dimensiones de la pérdida, pero también luminosos, por las reservas de potencialidad patriótica y revolucionaria que el pueblo ratificó ante su partida.

Al definir en Patria la naturaleza de la revolución que se gestaba para independizar y sanear el país, Martí expresó confianza en el pueblo. Lo hizo con la certidumbre que le proporcionaba comprobar que a los patriotas residentes en el país y a los que, como él, habían tenido que emigrar los unían ideales y acción.

Con esa luz apreció que en todos primaba la voluntad de servir a la patria: “Viles tenemos, pero más grandes que viles. Habrá un humilde para cada soberbio: seremos ala de aquella otra ala. Y con dos alas, volaremos mejor. No somos hombres aquí: somos amigos del hombre. No somos pasiones aquí: somos pabilo que se consume para que nuestro pueblo luzca: alfombra somos, para que pise nuestro pueblo”.

Tal era la tesitura de quien echaba su suerte “con los pobres de la tierra”, y así preludió la que Fidel definiría como revolución “de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Ni uno ni otro serían bien vistos por quienes aspirasen a perpetuarse sentados sobre las espaldas del pueblo, y que, por tanto, servirían al amo, yanqui o español —como escribe Martí a Mercado en su carta póstuma—, que les asegurase tal privilegio.

En esa carta, refiriéndose al eventual destino que pudiera asignarle la asamblea de representantes del pueblo insurrecto —aunque difícilmente se le hubiera confiado a otro, viviendo él, la guía de la República en armas—, afirmó: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Pensaba en la posible oscuridad del destino aludido, no en la suya, pues no la había en él. Hombre luz, añadió: “Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”.

Tras contingencias y tragedias históricas —en las cuales sobresalió su propia muerte en combate— fue necesario esperar a que, sobre la base de lo braceado después de la tragedia de Dos Ríos, la generación del centenario martiano, vanguardia conducida por Fidel, obrase para hacer realidad los planes del Maestro. En el camino labrado por esa avanzada patriótica —cuyo empeño condujo a la victoria de 1959— creció, afán tras afán, siembra tras siembra de ideales, logro tras logro, la significación de Fidel.

El culto a la memoria de Martí incluyó la diseminación de bustos y otros recursos iconográficos que —en medio de la realidad política dominante, que lo negaba— jalonaron la permanencia de su legado junto a la difusión de su obra escrita y a la prédica basada en sus ideas. Tras más de medio siglo de consumación de esa herencia a la altura de tiempos signados por ideales socialistas, Fidel coronó en vísperas de su muerte una idea que mantuvo a lo largo de su vida como líder: pidió que no se diera su nombre a instituciones, a sitio alguno del país.

Cimas contra la muerte

Con lealtad a su ejemplo, continuando por el camino correcto la obra que él abonó y dejó marcada por su grandeza —tan inimitable como paradigmática: Fidel es Fidel, se ha dicho, como también es justo decir Martí es Martí—, podrá el pueblo mantener vivo su legado junto al del Maestro. En la Cuba revolucionaria es cuestión de haber empezado ya a cumplir ese afán, para que generaciones futuras no tengan que levantarse con el fin de impedir que ellos mueran.

Sería absurdo sustituir el entendimiento de tal continuidad por el afán de escoger, como en un cuadrilátero de boxeo, a un triunfador individual, ignorando las diferencias de épocas y las calidades extraordinarias que hacen de ambos las cimas singulares que son. Tal vez Fidel, quien, como Martí, encarnó la capacidad zahorí de vislumbrar el futuro, quiso también prevenir que el entusiasmo y la falta de mesura —el no llegar o pasarse— condujeran a sobresaturaciones vaciadoras de sentido, cuando no patéticas.

Tal pudiera ser el caso de la sugerencia hecha por un profesional cubano de la información mientras reportaba para una televisora amiga, desde la Plaza de la Revolución José Martí, el tributo póstumo que allí la multitud conmovida rendía a Fidel y, por extensión, al Martí que daba cobijo histórico y moral a un acto de tan entrañable justicia. Según la peregrina sugerencia aludida, cabía rebautizar la Plaza con el nombre del líder recién fallecido.

En esa Plaza, que seguirá honrándose con el nombre y la imagen de Martí, y con la presencia del Fidel que allí protagonizó junto al pueblo imborrables capítulos de la vida revolucionaria de la nación, ambos viven, y vivirán como en todo lo bueno que se haga en la patria. Los une el abrazo con que asumió Fidel el legado del Maestro, cuyos restos mortales ya los suyos acompañan de cerca: los custodian.

Ambos seguirán convocando al pueblo a no olvidar ni traicionar su historia, a no cesar ni flaquear en la defensa de la justicia, de la equidad, de la independencia y la soberanía, a no sucumbir a tentaciones economicistas, a la prosperidad sin alma. Para cumplir el llamado que ellos hacen y harán será insoslayable mantener en alto las banderas del antimperialismo que los dos abonaron como deber fundamental y con una entereza que autoriza a repetir una vez más esta conocida convicción de Martí: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.



jueves, 18 de mayo de 2017

Una vez más, banderas

Por Luis Toledo Sande

Hace pocos días por calles de La Habana un hombre relativamente joven –no muchacho– arrastraba, llenas de viandas, dos cajas plásticas similares a las empleadas para empacar botellas. ¿Sería uno de esos mensajeros que llevan víveres a domicilio, o un revendedor? En ambas llevaba, prendidas a sendas pequeñas astas, banderitas cubanas de las que hace un tiempo se portan en actos públicos.

Esas banderas, por ser de un material mucho más duradero que el papel, no terminan profanadas en la basura, y pueden tener luego otros usos, como en las cajas de las que aquel hombre tiraba de un modo que al testigo le pareció que revelaba orgullo, como en los diplomáticos al engalanar su automóvil con la enseña del país que representan.

También –pensó el testigo, mientras deploraba no haber fotografiado la escena– el hecho contravendría normas legales vigentes sobre el empleo de los símbolos patrios. Pero, si algo infringía, ¿no sería preferible una transgresión como aquella antes que la flagrante proliferación de banderas de otras naciones por todo el país? Suelen aparecer entre indicios de pésimo gusto, a veces acompañadas de la cubana, ignorando el digno reclamo del poeta patriota Bonifacio Byrne, quien frente a la intrusión de la bandera imperialista enérgicamente declaró que aquí basta una sola, la nuestra.

Inflexibilidad no equivale a firmeza

En la proliferación de pendones foráneos predominan el británico y, sobre todo, el estadounidense, sean piezas enteras o motivos visuales que remiten a ellos. Los hay incluso con la presencia del águila que en el siglo XIX –lo denunció José Martí ante la ofensiva del panamericanismo imperialista– “apretaba en sus garras los pabellones todos de la América”.

Taxi privado.

Parecería que nada se ha instrumentado en el país contra la actual invasión de símbolos imperiales. Tampoco existe la flexibilidad legal que facilite el uso afectivo, no necesariamente protocolar, de los propios, sin mancillarlos como ocurre al usarlos como simples adornos, estampados en cualquier tipo de objeto: zapatos, ropa exterior e interior, pañuelos para protegerse el cabello o soplarse la nariz, delantales… Eso hace el mercado de los Estados Unidos con su bandera, que así es manejada también como invasor recurso propagandístico. ¿Debe Cuba imitar el despropósito?

Otra cosa sería que la inflexibilidad legal –quebrantada en los hechos– desaprobara el uso de acordes del Himno en una pieza de música popular, enraizada en el pulso de la nación y enfilada a enaltecerla. Salvando distancias de diversa índole, en este punto vale recordar una obra que no es tan conocida como merece: la Paráfrasis para piano con la cual Hubert de Blanck, nacido en Holanda en 1856 y radicado desde 1883, hasta su muerte, en Cuba –cuyo independentismo apoyó, y donde una insigne sala de teatro de la capital perpetúa su nombre–, honró con variaciones sobre el original el Himno creado en Bayamo por Perucho Figueredo.

La enseñanza y la persuasión son básicas para la sociedad. En ninguna parte las sustituyen las disposiciones legales, por muy importantes que estas puedan ser, y lo son, máxime donde se vivió una etapa colonial que fomentó, junto a otros males, esta idea patógena: “La ley se acata, pero no se cumple”. La educación es responsabilidad del hogar y de la sociedad toda –no solo de la escuela, llamada a ser particularmente eficaz–, y entre sus fines vitales debe sobresalir el abono del civismo y la civilidad y el respeto a las leyes. Son propósitos inseparables de la formación cultural: de la siembra, el cuidado y la cosecha de nociones arraigadas en hechos, conocimiento y sentido de responsabilidad.

¿Esperar por normas?

Martí, con su vida ejemplar, incluida su heroica muerte, sin mengua de su universalidad legó a la patria un inmenso legado moral de sabiduría y conducta. Aunque la celebración de su natalicio y la conmemoración de su caída en combate sean estimulantes para recordarlo, se le debe tener presente y asumirlo todos los días, como semillero de lecciones para pensar y actuar.


Foto: Desiderio Navarro. Las demás son del autor del texto.

El fundador no necesitó de ley ni de imposición alguna para tener la conducta que testimonió en el poema X de Versos sencillos, al recordar su disfrute, en Nueva York, de la actuación de la bailarina española, gallega, Carolina Otero: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”, dijo en la segunda estrofa, refiriéndose al pendón de España, la metrópoli que oprimía a su patria y a los propios pueblos españoles.

No se debe menospreciar la importancia de estudios sociológicos para saber bien quiénes usan en Cuba prendas de vestir en las cuales se reproducen la bandera de Gran Bretaña y, sobre todo, la de los Estados Unidos, o –ya sea en la cabina o fuera de borda– la ostentan en sus vehículos particulares, y hasta en los estatales que están bajo su cuidado. Pero ¿se necesita alguna investigación especial para suponer que se trata de hechos ante los cuales la gran mayoría del pueblo, integrada por patriotas conscientes, no podrá menos que sentir irritación, rechazo?

En un “almendrón” que está lejos de ser el único automóvil en circular por La Habana con la bandera de los Estados Unidos desplegada, se ha visto al chofer vistiendo una camiseta con esa insignia estampada en el pecho. Como ilustración de un texto donde se refirió a normas que, en Noruega, controlan o prohíben allí el empleo de banderas de otros países, el ensayista cubano Desiderio Navarro difundió la foto de una vivienda de Bauta, provincia de Artemisa, en cuyo techo se alza la bandera estadounidense a una altura y de un modo inexplicables como fruto de la casualidad.

¿Confiarse a la industria y el mercado?

Aunque descollante, ese caso es uno solo entre los numerosos de un mal que prospera sostenidamente ante la vista pública y distintos autores han repudiado. Quien escribe este artículo ha dedicado ya otros al tema: “¿Banderas nada más?”, “Banderas y más” (BOHEMIA impresa y digital); “Porque si está la bandera…” (Cubarte), “¿Se trata de símbolos?” (Cubadebate), con ilustraciones elocuentes, y reproducidos todos en espacios digitales. Que no intente repetir ahora todo lo dicho en aquellos textos se explica por apremios de espacio, no porque ignore el valor de la reiteración, que pedagogos, políticos, sacerdotes y otros propagadores de conocimientos e ideas saben necesaria.


Vehículo de propiedad estatal.

El asunto es preocupante en sí, y porque se ha instalado como una moda de larga duración. Para alarmar –diga lo que diga el “cosmopolita” avispero neoliberal, listo siempre a lanzarse contra quienes hablen de revolución y patriotismo– bastaría que expresara indolencia. Pero también pudiera revelar ansias anexionistas o una manera simbólica de emigrar sin salir físicamente del país, desvinculación del proyecto revolucionario, un paso hacia su abandono afectivo o factual.

Las justificaciones aducidas para portar banderas imperiales son indefendibles. Por confusión o por afán doloso, a veces se invocan las normas protocolares establecidas para reuniones políticas de representantes oficiales de dos o más países, o en encuentros internacionales de diversa índole. También se aduce que las banderas cubanas no aparecen en el mercado o son caras para la gran mayoría de la población. Pero en las luchas patrióticas se han enarbolado banderas hechas con amor y respeto por personas que no se sentaron a esperar soluciones industriales. La fértil iniciativa se manifestó asimismo ante la muerte del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, cuando hubo quienes quisieron rendirle homenaje llevando brazaletes del 26 de Julio.

A cubanas y cubanos patriotas les sobran razones e historia para no avalar que en su país se rinda culto acrítico –no digamos ya entusiasta– a la bandera que debería ser emblema de todo un pueblo, pero oficialmente representa a un imperio agresivo.

Extremos que se tocan

La voracidad de ese imperio se ha sufrido y se sufre en todos los continentes, y el actual césar la prolonga. Sus actos patean las ilusiones que hubo en quienes quisieron albergarlas viendo en el predecesor un estadista presto a actuar honestamente, y cuyo lema electorero We can! (¡Podemos!) evidenciaría cambios favorables para otros pueblos en la política imperial. Quizás la mayor celebridad la alcanzó al anunciar que, para que se levantara el bloqueo impuesto por su país a Cuba, daría pasos que ciertamente pudo haber dado pero no dio. Se quedó cortísimo, y no por falta de pista.

En general, dio curso a la deportación de inmigrantes en cifras comparables con las anunciadas por el nuevo césar y, usando como patente de corso el Premio Nobel de la Paz –que, venido a menos, se le regaló, al igual que a otros–, sobresalió desatando guerras. Por el mismo camino, su sucesor prometió poner fin al expansionismo belicista del imperio, y poco después de llegar a la Casa Blanca empezó a ejecutar –con “bomba madre” incluida– planes del poderío bélico-militar que domina al establishment regente, del cual forma parte, aunque algunas mentes quisieron creer que lo desafiaba, ¡y no faltó quien lo calificara de revolucionario!

Ser o parecer torpe al estilo de George W. Bush, o elegante como Barack Obama, o todo lo que ya se sabe de Donald Trump, puede aportar subterfugios a una potencia que busca salir de su crisis sistémica, de su decadencia, que es manifiesta, aunque sea prolongada. A ese imperio se le rinde pleitesía factual cuando se ostenta su bandera, y en eso las ingenuidades, si las hay, serían tan peligrosas como la ignorancia o la complicidad. La pleitesía puede apoyarse en extremos que se tocan, entre los cuales oscilaría el no llegar o pasarse que se tiene como sabia y críticamente advertido por Máximo Gómez.

Uno de esos extremos sería creer que lo único o lo más contrarrevolucionario es una consigna de ese carácter pintada en una pared o impresa en papel u otro soporte. Se soslaya así el efecto, como de bomba de tiempo, de terribles males voluntaria u objetivamente contrarrevolucionarios como la corrupción, la mala actitud ante el trabajo, la indisciplina social, la violación de las normas de convivencia, el irrespeto a los derechos y deberes colectivos, la desatención de la historia.

El otro extremo –¿asociado quizás al deseo de compensar impertinentes o excesivas interdicciones de otros momentos?– sería un peligroso dejar hacer. En él cabrán hasta pronunciamientos de algún alto funcionario que dé por bueno librar de muros de contención a la venta por particulares de los productos que a estos se les antoje comercializar, aunque pululen objetos mal habidos y discos piratas que han terminado en tremendos paquetes.

Y no es cuestión de adornos

En cuanto a conducta social, ese dejar hacer puede ser más peligroso que el acuñado en francés (laissez faire) para caracterizar a la burguesía cuando ella capitalizó el rótulo de liberal para actuar a sus anchas en la economía, no para desentenderse del control de la sociedad. Más recientemente ese rótulo –digno de mejor suerte– mutó en neoliberalismo, también recurso de dominación. No importa que el césar de turno haya amenazado con sustituirlo por la vuelta al proteccionismo: otra arma a la que el imperio puede seguir acudiendo para autoprotegerse y agredir a todo el mundo.


En Cuba, un mal entendido, trasnochado o timorato laissez faire puede abrir las puertas a letales caballos de Troya, no sublimados en una obra literaria clásica, sino infusos en burdas o sofisticadas fullerías políticas, cuyas consecuencias pudiera ser tarde enfrentar si se les deja tomar cuerpo. Frente a ello conforta saber que la lucidez patriótica, histórica, revolucionaria, cívica, ha garantizado la capacidad de resistencia, lucha y victoria de la mayoría del pueblo.

Con esa lucidez ha encarado y vencido Cuba los grandes desafíos que la han asediado, y ha de mantenerla como arma principal para conservar la independencia indispensable. Solo así podrán triunfar aquí planes justicieros por los que han luchado y muerto tantos hijos y tantas hijas de la patria. En ella un par de cajas usadas por un mandadero o hasta por un revendedor, y engalanadas con la bandera que la representa desde sus luchas por la independencia, siempre serán preferibles –dígase sin apoyar por ello un mayor desmadre de la ilegalidad– al espectáculo de una población disfrazada con insignias del imperio que por todos los medios ha intentado estrangularla, aunque no lo ha conseguido. Ni lo conseguirá mientras la mayoría del pueblo lo mantenga a raya, y eso incluye lo simbólico.

Luis Toledo Sande

miércoles, 17 de mayo de 2017

La utilidad de la historia

Fuente: CUBARTE

En el artículo que Fidel Castro escribió en su cumpleaños 90 –Granma, 13 de agosto de 2016– hay una confesión: 

Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine. Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer. 

Al repasar su niñez, se duele por no haber ido a un cine, a disfrutar del experimento cultural más novedoso de su época, y sabe que posiblemente muchos perdieron potencialidades, porque cuando no hay una enseñanza adecuada o una insuficiencia de educación en los primeros años de vida, medio para llegar a la cultura, esta privación resulta a veces insustituible en la adultez, porque influye o decide en muchísimas cuestiones esenciales de la existencia. Fidel, en su adolescencia y juventud, completó con creces la cultura de que careció en la niñez, pues sustituyó prontamente ese déficit, pero ni todos somos tan ágiles autodidactas como él, ni tenemos su privilegiada memoria, ni mucho menos su capacidad de razonamiento y de relación, una de las virtudes más sobresalientes de su intelecto. 

Fidel es un político culto –especie en extinción–; por ello puede adelantarse a la Historia. La incultura aplana al ser humano, y la falta de profundidad en los juicios sobre la sociedad imposibilita la construcción de un criterio político sólido y, por tanto, propio, carencia ideal para que otro se aproveche y presente ciertas «recetas», listas para la aceptación y el consumo. La ignorancia de los dirigidos es el paraíso de la dominación de no pocos políticos: somos más vulnerables en la medida en que desconocemos más. Quizás por ello en los momentos más difíciles del socialismo cubano, el líder de la Revolución aseguró que la cultura era lo primero que había que salvar. 

Entre las carencias de la preparación cultural, se encuentra el desconocimiento de la Historia, o su mal conocimiento, pues si la memoria histórica se resume a ser un azote improductivo para repetir lo que sucedió, no sirve y será inútil; la Historia tiene que ser herramienta para el entendimiento de la realidad de ahora mismo en toda su complejidad, e incluso, pedestal para avizorar el escenario que está por venir, es decir, el porvenir. Políticos y políticas que no tengan esto en cuenta, serán fugaces y tanto sus nombres como sus fracasadas acciones se olvidarán muy pronto.

Lejos de la densa, parcial, idílica, personalista y triunfalista visión de buena parte de los historiadores, enseñada en las escuelas con bastante frecuencia, la que día a día se establece en las memorias colectivas de los más jóvenes mediante diversas vías, aparentemente más sencilla, bipolar y contradictoria, objetiva y polémica, es la que contribuye realmente a la construcción epistemológica actual. No hacen falta métodos de aprendizaje con genealogías de poder y triunfo incorporadas a “biblias”, ni frases repetidas como recurso mnemotécnico, único medio para transmitir el conocimiento unidimensional en la antigüedad. Las civilizaciones, a partir de la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, han realizado fabulosas insurrecciones gnoseológicas, y han convertido los descubrimientos científicos en una asombrosa práctica, recientemente de manera casi inmediata y cotidiana, accesible incluso para los niños, que ha dejado rezagada, por pasiva, hasta a la novedosa televisión de nuestra infancia, pues hoy la interacción constituye un requisito indispensable para la comunicación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las sucesivas revoluciones de las tecnologías de las telecomunicaciones y la informática, las ciencias biológicas, y las del conocimiento general, incluida la robótica, alcanzaron una vertiginosa rapidez de aplicación, a tal punto que el científico holandés Paul Crutzen –Premio Nobel de Química en 1995 por sus descubrimientos en la destrucción del ozono atmosférico– ha nombrado a esta era geológica como Antropoceno, pues posiblemente después del paso de los humanos por el planeta, vendrá la séptima gran extinción masiva. 

Esta puede ser la realidad de un fin de una historia en el mundo por las prácticas de consumo que ha establecido el capitalismo, lejos del “fin de la Historia”, que agoreros neoliberales lanzaron con despliegue de publicidad y aparataje seudocientífico hace algunos años, y en la que no pocos incautos creyeron, cuando se derrumbó un tipo de «socialismo» que había torcido el camino sustituyendo una enajenación por otra y alejándose de la emancipación social. Cuba, desafiando las leyes de gravitación hacia Estados Unidos y con un ético programa de justicia e inclusión social, no solo resistió los embates de esa primera economía mundial que la bloqueaba, sino que emergió victoriosa hasta lograr su reconocimiento como país «diferente». ¿Pueden explicarse estos hechos a partir del texto de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre? 

Existe un cuantioso patrimonio audiovisual e iconográfico, que ha superado considerablemente el cine de la época de la niñez de Fidel, y que todavía espera por ser incorporado a la enseñanza. También hay publicados valiosos textos que es necesario tener ya en cuenta en los planes docentes, pues contribuyen a conformar la cultura histórica y política imprescindible para no perderse en el escenario mundial contemporáneo. Entre esos libros están los dos excelentes volúmenes de Ernesto Limia Díaz: Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, y Cuba Libe: la utopía secuestrada, ambos con dos ediciones cubanas, y ahora Cuba: ¿fin de la historia?, puntual síntesis de razonamientos concatenados para desentrañar la verdadera naturaleza de la relaciones de la Isla con el coloso vecino del norte, único modo de entender el nacimiento de la nación cubana, el transcurso de la república dependiente de Estados Unidos, qué retos venció y enfrenta hoy la revolución socialista después de la caída del muro de Berlín, y cuáles tendrá que asumir el país rebelde ante nuevos y complejos desafíos. Desde que Cuba forjó su identidad cultural en el siglo XVIII, mucho antes de ser nación, ha luchado contra todas las potencias imperiales del mundo. Dos líderes de estatura planetaria han conducido la ideología y la acción antiimperialista de su pueblo para construir la república y el socialismo: José Martí y Fidel Castro. 

La estructura del libro de Limia resume algunos momentos y procesos cruciales del nacimiento de la nación y los permanentes intentos de dominación por parte de Estados Unidos, hasta llegar al instante actual: desde la gestación de la nacionalidad basada en la identidad cultural y pensada por Félix Varela, un sacerdote católico que también fue, a juicio de Emilio Roig de Leuchsenring, «el primer intelectual revolucionario cubano»; la actuación de Estados Unidos frente a la revolución de 1895, concebida por Martí como «guerra necesaria» para fundar una república «con todos y para el bien de todos»; la persistencia norteamericana para ejercer el poder en la Isla a través de diferentes medios y tácticas, y posteriormente, a partir del triunfo de la Revolución de 1959, la lucha por defender la soberanía en los momentos en que las campañas neoliberales se creaban como plataforma neoconservadora, para recuperar un terreno perdido y hacer realidad el sueño de una zona de libre comercio favorable a sus intereses desde Alaska al Cabo de Hornos; por último, las nuevas tácticas de Estados Unidos a raíz de las negociaciones con Cuba, como sutiles maniobras vinculadas a una guerra cultural y mediática. Imposible comprender estas relaciones actuales, si no se revisa con objetividad el conflicto entre lo que se ha llamado el Tío Sam y lo que erróneamente se ha caricaturizado como Liborio, una caricatura del pueblo cubano que nunca ha sido ese sujeto obediente, ingenuo y asustadizo.

Cuba: ¿fin de la historia? comienza con el análisis del parto de la nación gestada en el período de la Ilustración española, cuyos ecos en nuestro continente coadyuvaron al espíritu independentista y a que la metrópoli perdiera casi todas sus colonias en América, hacia el primer cuarto del siglo XIX. El vasco Luis de las Casas, capitán general de la Isla, y colaboradores cubanos como Tomás Romay y el sacerdote católico José Agustín Caballero, iniciaron a partir de la última década del siglo XVIII un proceso de formación de la identidad cultural criolla. En el texto se explica con detalles la génesis de este proceso, y también, el surgimiento de una figura esencial que logró sintetizar la identidad cultural pensada como una todavía inexistente nación: el padre Félix Varela, quien aprovechando el movimiento constitucionalista de España, fue a dar allí la batalla política por Cuba; con la restauración monárquica lo acusaron de «conducta traidora» y tuvo que partir para Estados Unidos. Varela fue un convencido de dos elementos esenciales para pensar a una Cuba verdadera: el abolicionismo y el independentismo; nunca más pudo regresar a su Isla amada, pero dejó un legado patriótico recibido por la generación de jóvenes que iniciaron la primera guerra de independencia cubana.

El libro continúa con otro ensayo que primeramente analiza las causas del fracaso del primer intento independentista de 1868-1878, y después se detiene en el conocimiento que el más grande de los cubanos, José Martí, había adquirido sobre los intereses económicos de Estados Unidos en relación con la Isla en las últimas décadas del siglo XIX, favorecidos por el control del comercio marítimo y la concepción geoestratégica de ampliar su territorio, apoyada por estudios de las universidades de Harvard y Yale, y por los intereses declarados con el ascenso al poder de anexionistas como James G. Blaine. 

La nación estadounidense durante su época expansionista había desarrollado una estrategia, y para aplicarla comenzaba con la manipulación de la opinión pública como avanzada para ganar adeptos. El Apóstol, ante las intenciones de comprar la Isla a finales de los años 80, publicó «Vindicación de Cuba» en el diario The Evening Post, en respuesta a un artículo en The Manufacturer, en que se calificaba con términos humillantes a los cubanos; no fue réplica de amor propio herido lo que Martí expresó cuando se dirigía a los de «...la política fanfarrona o la desordenada ignorancia». Aunque parezca increíble, no ha cambiado mucho esta perspectiva en algunos políticos norteños de hoy, vinculados al proceso de las relaciones con Cuba. Por esta razón todavía «amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», aunque con el paso del tiempo hayamos sustituimos la palabra «tememos» por «vigilamos», pues los yanquis en la Isla ya han sido derrotados hasta militarmente. 

El conocimiento que Martí adquirió sobre el país donde vivía, de su vigorosa cultura y de su actualidad cotidiana, tan bien reflejada en sus hasta hoy no superadas crónicas de la sociedad norteamericana –atento lo mismo a las elecciones que a la intrahistoria del pueblo–, le proporcionó una aguda visión de virtudes y defectos, de lo que se podía esperar y hasta temer de sus gobernantes, porque se fundaba sobre lecturas y saberes comprobados en la práctica. La previsión del Apóstol ante la ofensiva de dominación estadounidense hizo que dedicara varios discursos y artículos de opinión a la Conferencia Internacional Americana, cuando se definía el futuro de las relaciones de Estados Unidos con la América al sur del río Bravo. No es lujo conocer bien este proceso que Limia describe teniendo en cuenta sus elementos fundamentales y que aún está vigente. En el discurso pronunciado por Martí en la velada celebrada en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889 en honor a los delegados a la Conferencia en Washington, se permitía una pregunta que él mismo contestaba: «¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola». Ante sucesivos convites, se mantiene hoy la misma respuesta. 

Con la muerte de Martí y Antonio Maceo, fue relativamente más fácil imponerle a Cuba la Enmienda Platt, el apéndice constitucional que garantizó la neocolonia. La Isla se convirtió en tema permanente de la agenda política del Congreso de Estados Unidos, y aún algunos de sus senadores creen que pueden legislar aquí. El tercer ensayo de Limia recorre la vieja política gravitacional norteña de la fruta madura y la doctrina del Big Stick o «gran garrote». Theodore Roosevelt, que había sido nombrado por el presidente William McKinley secretario adjunto para la Armada en la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba, fue uno de los que ideó el golpe publicitario de acusar a España de la voladura del acorzado Maine, aprovechada como pretexto para la entrada en la guerra en 1898; se alistó a la cabeza de un regimiento de caballería, los Rough Riders o «duros jinetes», y se ganó una desproporcionada fama de héroe, a tal punto que se nominó para recibir la máxima condecoración militar estadounidense y su imagen creció hasta ganar la presidencia; quizás por esta experiencia personal creía que «Cuba tiene que mantener con nosotros relaciones políticas mucho más estrechas que con ninguna otra nación», como cita Limia. Después fueron cambiando las tácticas para continuar la estrategia hacia la Isla, según las épocas: de la «diplomacia del dólar» al capitalismo de Estado, y de la histeria macartista al entreguismo batistiano. 

El ensayo de Limia demuestra que la lucha por la independencia y la soberanía cubanas continuó bajo diversos tipos de resistencias de eminentes figuras de la cultura nacional en todas sus manifestaciones, y con la lucha política de disímiles personalidades. Fidel Castro logró con el Movimiento 26 de Julio lo que parecía imposible: hacer una revolución social contra un ejército fuertemente armado a 90 millas de Estados Unidos; sus gobernantes quedaron sorprendidos y a partir de entonces su agenda política estuvo más activa que nunca, esta vez, para derrotar a la Revolución. Desde entonces, ha sido la obsesión de 11 administraciones; el texto ejemplifica algunos momentos con Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Richard Nixon, Gerald Ford y James Carter. Esta historia ha probado algo muy sencillo, pero que a los estrategas norteamericanos les ha costado trabajo entender, y tal vez aún no comprendan: no es posible derrotar a una profunda revolución social con amplio apoyo popular, por mucha fuerza y recursos que se empleen. 

El cuarto ensayo en Cuba: ¿fin de la historia? trata de los desafíos planteados frente a la extinción de la URSS y lo que se llamó «campo socialista europeo», y la escalada de la guerra de Estados Unidos contra la Isla, en medio de la borrachera neoliberal. Francis Fukuyama fue una de las cabezas visibles de la primera ofensiva ideológica del neoconservadurismo, con su libro The End of History and the Last Man, de 1989, traducido al español en 1992. Samuel P. Huntington y su equipo habían preparado durante una década las bases ideológicas de la nueva era, y la guerra económica encabezada por George H. Bush sería el colofón de la poshistoria proclamada por Fukuyama. Pero otra vez fallaron las tesis de laboratorio que desconocían la verdadera voluntad de los pueblos y la situación de los desplazados y marginados del sistema capitalista; aunque muchos descubrieron, con paralizante estupefacción, que la Unión Soviética no era el paraíso proletario, tampoco su destrucción conducía al triunfo capitalista definitivo, a pesar de que no pocos entusiastas «ideólogos» arrastraran desde entonces, como dijera Mario Benedetti, «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser».

Bush –padre– lanzó los proyectos de la Iniciativa para las Américas y el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, y algunos mexicanos ingenuos creyeron que se acercaba la hora de entrar al «primer mundo». Participé en enconadas y prolongadas discusiones en México con incautos que estaban convencidos de que llegaban al «sueño americano». Bill Clinton, el sucesor demócrata, firmó el Tratado de Libre Comercio, pero la historia, el «viejo topo», vino a aguar la fiesta, y justo el 1.0 de enero de 1994, cuando entraba en vigor, campesinos armados del estado de Chiapas ocuparon 7 cabeceras municipales y le anunciaron al mundo la existencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional; su líder visible, el subcomandante Marcos, proclamaba, no la toma del poder, sino algo mucho más difícil: la lucha por un mundo nuevo. A una nueva táctica sustentada por los poderes oligárquicos para ponerle fin a la historia, se oponía una vez más la resistencia de los pueblos, empeñados en construir otra historia. 

Cuando Fukuyama y los estrategas de Washington trataban de convencernos del fin de la modernidad, resurgía el desafío de la premodernidad indigenista. Lo que posteriormente fue conocido como ALCA –Acuerdo de Libre Comercio con las Américas–, sería liquidado en 2005, en Mar del Plata, Argentina, durante la IV Cumbre de las Américas, gracias a la ofensiva de los pueblos encabezado por el ALBA –Alianza Bolivariana para los pueblos de América–, proceso de integración de América Latina y el Caribe fundado por Hugo Chávez y Fidel Castro en 2004, año en que se conmemoró el 180 aniversario de la victoria de Ayacucho. El cacareado «fin de la historia» sirvió para organizar otra táctica de resistencia e iniciar otra etapa en la larga lucha por la emancipación.

La Alianza Transpacífica anunciada en 2013 por Barack Obama es continuación de los intentos de ponerle otro «fin a la historia». Ahora se cuenta con diversas alternativas en un sistema de redes del ciberespacio como medio atractivo para la guerra cultural, junto a películas, series, espectáculos televisivos, videojuegos, videoclips… producidos fundamentalmente por la industria del entretenimiento –vocablo muy preciso– norteamericano. Limia pone al desnudo los mecanismos de las corporaciones, contando con la opinión de un prestigioso intelectual como Joseph E. Stiglitz –Premio Nobel de Economía en 2001– o un político de alto reconocimiento entre jóvenes universitarios de su país, como Bernie Sanders –candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata en las elecciones de 2016. 

La cultura y el conocimiento no solo constituyen un requisito fundamental para trazar la política revolucionaria, sino que son imprescindibles para su ejecución, porque se necesita desentrañar los símbolos y paradigmas que actúan como agentes destructivos de la memoria histórica de los pueblos, columna vertebral de la actual guerra imperialista. Los políticos que no estén preparados para enfrentar esta nueva cruzada neoliberal sucumbirán inexorablemente; las políticas que no actúen en los campos de batalla en que se plantea la confrontación, con toda la inteligencia necesaria, no tendrán ninguna importancia para las nuevas generaciones. El texto demuestra cómo se hace coherente la vocación imperial con las declaraciones del presidente Barak Obama en su visita a La Habana; y su autor afirma que «...en esta batalla Cuba lleva las de ganar, como resultado de la profunda revolución cultural con que se edificó la nación a partir de 1959». 

En el último capítulo, «Para conectar desde los sentimientos», Abel Prieto se pregunta cómo lograr la cultura y la conciencia socialista en nuestros jóvenes, y se impone la respuesta: con la construcción de saberes estratégicos que tributen a un ideario patriótico y socialista, con maestros cultos y sensibles –no en balde José de la Luz y Caballero afirmaba: «Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra». Hay que continuar pensando cómo enseñar a pensar, hay que estimular y sensibilizar la «conexión de sentimientos» para lograr resultados de cultura, ciencia y conciencia patriótica. Limia examina cómo Estados Unidos, mediante sus emporios mediáticos, se dedica a hacer atractiva la lógica capitalista de la preponderancia de lo privado por encima de lo público; a Cuba no le queda otra alternativa que continuar trabajando para demostrar que con justicia social y preservación de sus políticas públicas, se puede garantizar una real sociedad de bienestar. 

Pero en los idearios martiano y fidelista, ni a la felicidad se llega solamente con la riqueza material, ni a la prosperidad se arriba con un apoliticismo desmovilizador. El consumismo corrompe y desvía las emociones hacia un egoísmo ajeno al socialismo cubano; históricamente es enemigo de la justicia social. El empeño por «empoderar» a algunos cubanos para hacer fuerte una clase media en sí y convertirla en para sí, plataforma que después la conducirá a ser «para ellos», está en la agenda norteamericana contra Cuba, en su intento de «apagar» a la nación. El autor demuestra este propósito con palabras de gobernantes, funcionarios e instituciones estadounidenses. La suposición de que con un cambio generacional se construirá «algo nuevo» es cierta, pero no en la dirección insinuada por Obama en sus discursos habaneros. Las nuevas generaciones, participando en el imaginario de su nación, completando su república y perfeccionando su socialismo con las armas de la cultura y los valores, seguirán labrando en el surco de la Historia.

Si con sus dos primeros y extensos libros Limia demostró –junto a una gran eficacia comunicativa, dotes para la narración y prosa cuidada– la resistencia, largo aliento y astucia del corredor de fondo, en el ejercicio de síntesis contenido en las páginas de este breve volumen, se nos revela como avezado velocista, concentrado, y apto para un eficaz remate. En ambas «modalidades» impone su emoción, porque la historia para él no es ejercicio académico, pasado muerto, pretexto para vacuas conmemoraciones, sino carne y sangre de un presente que estamos cada día construyendo y un tiempo futuro que, como gustaba repetir Julio Antonio Mella, tiene que ser mejor. Tenemos que hacer mejor.

martes, 16 de mayo de 2017

Intenta la CIA cambiar el sistema electoral cubano

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Por Arthur González.
58 años de fracasos en sus planes de acciones encubiertas, no le son suficientes a la CIA para admitir que Cuba tiene un sistema político, económico y social escogido por su pueblo y tienen que respetarlo.
Ahora intentan derrocar el sistema socialista mediante una nueva Operación subversiva, con el empleo de algunos de sus agentes entrenados para enturbiar el proceso electoral del año 2018, cuando el actual presidente de los Consejos de Estado y de Ministro, Raúl Castro Ruz, deje su cargo.
Para ejecutarlo instruyen a sus asalariados, a quienes preparan durante sus continuos viajes a Estados Unidos, aprovechando la nueva ley migratoria cubana.
El pasado 10.08.2015 sus jornaleros presentaron ante la prensa extranjera, la denominada Mesa de Unidad de Acción Democrática (MUAD), con la finalidad de dar los primeros pasos para recabar el apoyo de varios de los grupúsculos contrarrevolucionarios que sostienen financieramente en la Isla.
El agente CIA Carlos Alberto Montaner imparte las instrucciones
En el diseño de esta Operación, incluyen en la MUAD a grupúsculos radicados en Cuba y en Miami, como la llamada “Unión Patriótica de Cuba” (UNPACU), encabezada por el santiaguero José Daniel Ferrer, el desconocido “Frente Anti totalitario Unido”, a cargo del villaclareño Guillermo Fariñas, el nuevo engendro “Cuba Decide”, de la residente en Miami bajo el visado de refugiada política, Rosa María Payá Acevedo y la artista Tania Bruguera.
Realmente poner de acuerdo a estos asalariados es tarea bien difícil, por las características egocéntricas de los personajes y el interés desmedido por el dinero; no obstante, la CIA insiste en manejarlos bajo la promesa de apoyo en un futuro gobierno sin Castro.
Para alcanzar sus objetivos, preparan a varios contrarrevolucionarios para postularlos como delegados de base en las elecciones del Poder Popular del próximo año.
Igualmente, fue fabricada la llamada plataforma “Otro 18”, la cual desea ejecutar una hipotética consulta pública sobre las elecciones cubanas del próximo año 2018, bajo el supuesto de conformar una oposición interna con los divididos y enfrentados grupúsculos “disidentes”.
Ese conato de organización sueña con postular sus candidatos a las elecciones municipales del presente años 2017, como si el pueblo cubano, mayoritariamente comprometido con la Revolución, acepte que los peones de Estados Unidos desprestigiados por ser construidos por una potencia extranjera, los representen ante las autoridades del Gobierno. Para eso, preparan a algunos para que se auto propongan en municipios como Boyeros y Santa Cruz del Norte en la provincia de Mayabeque.
La Operación subversiva tiene entre sus tareas proponer una nueva ley electoral, otra de asociaciones e incluso una para la creación de partidos políticos.
Otros puntos son: realizar un plebiscito que legitímese esas propuestas, todo lo cual tiene el olor característico de los planes Made in USA y algo que los cubanos conocen muy bien, desde la maniobra de proponer en la naciente Republica en 1902, a un único candidato a Presidente, Tomás Estrada Palma, quien disolvió el Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí, liquidó el ejército mambí y entregó la Isla a los yanquis con la execrable Enmienda Platt.
Desde esa fecha hasta 1958 Cuba contó con una veintena de partidos políticos que nada resolvieron.
Una encuesta de 1957, respecto al nivel de vida de los obreros agrícolas cubanos, realizada por una de las agrupaciones religiosas existentes, arrojó que:
  • El 60 % de ellos vivía en bohíos con techos de pencas de palma real, piso de tierra, sin baños, ni agua.
  • El 44 % no asistía a la escuela.
  • El 90 % de esas viviendas no tenía electricidad.
  • No existían servicios médicos.
  • El 14% de esa población padecía de tuberculosis.
  • El 36 % sufría de parásitos intestinales.
  • 200 mil familias no tenían una vara de tierra donde cultivar.
Todo hace indicar que los asalariados de la CIA olvidaron que, en 1958 la tasa de mortalidad infantil en Cuba era de 60 por mil nacidos vivos y hoy a pesar de las dificultades causadas por la guerra económica impuesta por Estados Unidos, es de 4,2 por mil niños nacidos vivos y que existía un solo hospital rural en toda la isla con 10 camas y sin médicos.
Gracias a la Revolución socialista que pretenden destruir para reinstalar el capitalismo, Cuba posee un médico por cada 133 habitantes y es reconocida por la Organización Mundial de la Salud, la nación mejor dotada en este sector.
La Casa Blanca en su comunicado oficial del 17.12.2014 aseguró:
“Los cambios introducidos en nuestra nueva política potenciarán aún más nuestro objetivo de empoderar al pueblo cubano. […] El Congreso de EE.UU. financia la programación de la democracia en Cuba para proporcionar asistencia humanitaria, promocionar derechos humanos y libertades fundamentales […] La administración continuará implementando programas de EE.UU. enfocados en promover el cambio positivo en Cuba…Al final, los cubanos conducirán las reformas económicas y políticas”.
Repitiendo las indicaciones recibidas en Estados Unidos, uno de los afiliados al invento “CubaDecide”, declaró a la prensa extranjera:
“El cambio en Cuba no va a venir de fuera, ni lo traerá el papa, ni la Unión Europea, sino que lo tienen que hacer los cubanos, quienes deben movilizarse para reivindicar pacíficamente sus derechos, el cambio que se quiere potenciar desde la MUAD”
La Operación Subversiva pretende confundir a los jóvenes que no conocieron el pasado en Cuba, e incluso muchos desconocen el sistema electoral estadounidense, donde el pueblo no elige al Presidente.
Para edulcorar sus pretensiones, la CIA entregó encargos a cada uno de los grupúsculos. A Guillermo Fariñas le orientaron proponer un proyecto titulado “Urna Transparente”, a Cuba Decide la realización del “Plebiscito”. Además, quieren introducir otros temas como:
“AlternativaCuba2018”, el cual contempla los principios rectores del nuevo marco jurídico-electoral, entre ellos el supuesto pluralismo político, igualdad de condiciones y transparencia.
“Candidatos por el Cambio”, donde se exponen varias propuestas legales, entre ellas modificar la Constitución para excluir a los miembros de los cuerpos armados de las listas de votantes y la capacidad de ser elegidos a cualquier nivel de gobierno.
Para no dejar lugar a las dudas de quien esta tras esas propuestas, el grupúsculo de Rosa María Payá Acevedo propone iniciar la llamada “Transición a la Democracia”, la misma que propuso el ex presidente George W. Bush en el año 2014.
Esta asalariada que disfruta de los beneficios de haber viajado a Estados Unidos con un visado de “perseguida política”, y a la vez continua con residencia en La Habana, ejecuta una encuesta a través de las redes sociales, donde pregunta:
“¿Está usted de acuerdo con que se convoque a elecciones libres, justas y plurales, ejerciendo la libertad de expresión y de prensa; y organizándose libremente en partidos políticos y organizaciones sociales con total pluralidad? ¿Sí o No?”
Y como no puede faltar el negocio de obtener dinero fácil, este grupúsculo solicita “donaciones”, para seguir engañando a la gente como han hecho los del mal llamado “exilio cubano” en Miami, aclarándole a los futuros donantes que el dinero que envíen está exento de impuestos, bajo la Sección 501 (c) (3) del Servicio de Impuestos Internos (IRS), concedida a  “Fundación para la Democracia Panamericana”, y aclaran que igualmente se puede enviar un cheque a La Fundación para la Democracia con referencia a “CubaDecide”.
Las solicitudes van desde 25 usd para recargarle los teléfonos móviles a los contrarrevolucionarios en Cuba, hasta 10 mil usd para las actividades de promoción de la campaña a todos los niveles.
Es la misma historia de los años 60, 70 y 80, que a nadie confunde ni engaña en la Isla, pues como aseguró José Martí: “…en el pueblo cubano es tan grande la inteligencia como el valor”.

lunes, 15 de mayo de 2017

Para un diálogo productivo entre lo abstracto y lo concreto


Graziella Pogolotti • Juventud Rebelde


De manera natural, el tema de nuestra identidad se expresa en el ámbito cultural desde tiempos remotos. Su antecedente más lejano puede reconocerse en Espejo de paciencia, ese singular poema épico en tono menor inspirado en el contrabando. Luego se manifiesta en nuestros historiadores tempranos que, en el siglo XVIII, empiezan a interrogarse acerca del qué somos y del cómo somos. En dirección similar apunta la crítica formulada por el padre José Agustín Caballero a la escolástica dogmatizante. Los criollos comenzaban a marcar su diferencia. A partir de entonces, con conciencia creciente de nuestra condición colonial, fue cristalizando, en el reconocimiento de nuestro entorno, una rica obra de imaginación y pensamiento. En los 80 del pasado siglo, el Ministerio de Cultura auspició una investigación que abordaba el asunto desde la perspectiva de las ciencias sociales. El muy reconocido texto de Carolina de la Torre constituye uno de los resultados de aquel proyecto.

La globalización neoliberal, con sus repercusiones en todos los planos de la vida, coloca el tema en una dimensión más amplia. Se han emprendido numerosas investigaciones al respecto, orientadas casi siempre al estudio de los sectores juveniles. Sin conocer las premisas de estos trabajos, sus enfoques me llevan al planteo de varias interrogantes. Algunas giran en torno a la conveniencia de establecer un corte generacional prescindiendo de un contexto más complejo. Por otra parte, me pregunto acerca de las herramientas empleadas para abordar un delicadísimo problema en el cual confluyen factores intelectuales y afectivos.

Al nacer, la criatura carece de identidad. La construye en el contacto físico con la madre, en el despertar de los sentidos y en las circunstancias que configuran el ambiente que la rodea. En esta iniciación, lo afectivo ejerce un dominio absoluto. La paulatina adquisición de la palabra establece la intersección entre lo intelectual, lo afectivo y lo meramente sensorial. Acompañada de la voz, la palabra transmite nociones y con su tesitura modela sensibilidades.

El medio familiar constituye, pues, la matriz iniciática de la definición de una identidad cultural. Es la base constructiva de valores, de normas de relación entre los seres humanos, basadas en el respeto mutuo y en la doble capacidad de observar y escuchar. Desde lo más elemental, la cocina tradicional, la familia es un vehículo básico de transmisión de una memoria cultural fundada en las zonas más íntimas de la cotidianeidad, entre tantas otras, las anécdotas de padres y abuelos. De manera más o menos consciente interviene con peso decisivo en la formulación de proyectos de vida y en los modos de configurar la noción de la felicidad. La atmósfera de armonía, o su contraparte, el ejercicio de la violencia física o sicológica, marcan indeleblemente las conductas de las criaturas en formación. La vida moderna, con su ritmo apresurado y con la intromisión de entretenimientos invasivos del hogar, ha debilitado el papel de la familia. El fenómeno es universal, pero alcanza un grado alarmante entre nosotros.

A medida que va creciendo, la criatura amplía su círculo de interacciones. El barrio y la escuela se interrelacionan. Complementaria del medio familiar, corresponde a esta última una acción múltiple, formativa, en el diseño de una identidad cultural. Sin renunciar al factor afectivo, imprescindible en el vínculo entre alumnos y maestros, entra en juego la ancha zona que corresponde a los valores y al conocimiento. En el primer caso, ha de regirse por el principio insobornable de justicia. En el segundo, interviene de manera fundamental el dominio de la lengua como instrumento para la captación de matices, la enseñanza de la historia y el conocimiento de la literatura nacional.

Es el momento de acceder, con todas sus implicaciones, a la noción de patria, razón de ser y compromiso con las generaciones que nos precedieron. Siempre en lucha con la adversidad, nos dotaron en lo material y en lo espiritual de lo que tenemos, reconocible en la maravilla de nuestras ciudades, en la obra de escritores y artistas, tanto como en la existencia de quienes sacrificaron vida y juventud para dotarnos de un espacio propio.

Adentrarse a través del doble carril de la inteligencia y de los sentimientos en el proceso histórico de una isla pequeña y escasa de recursos, capaz de enfrentar con el valor y la astucia a adversarios que la superan en dimensión y poderío, transmite noción de pertenencia e infunde el orgullo de compartir la identidad propia con un proyecto colectivo. A lo largo de medio milenio, muchos han sido los sacrificios para forjar el perfil de lo que somos. Una nación que convoca e interpela con voz autorizada, porque alcanzó su independencia tras 30 años de lucha, término incomparable en duración y esfuerzo con el de ninguna otra del continente. Frustrada la victoria, recobró fuerzas y voluntad. Derrocó tiranos y encabezó las reivindicaciones de un Tercer Mundo víctima del neocolonialismo. Llegado el momento de negociar, lo hizo en paridad de condiciones. Ahogada por una guerra económica implacable durante medio siglo, ha sido capaz de resistir y seguir haciendo obra. Tuvo que pagar un alto precio, padecer necesidades y sufrir desgarramientos por la lejanía de quienes, familiares y amigos, decidieron tomar otros rumbos. Y, sin embargo, subsisten reservas morales. A ellas tiene que apelar la sociedad toda para sanar cicatrices, para combatir los vicios que amenazan corroernos y restaurar la fe en la capacidad infinita de levantarnos y continuar la marcha. Martí ridiculizó al aldeano vanidoso. Al mismo tiempo, supo rendir homenaje a quienes, con las armas y el obrar virtuoso, sembraron conciencia y templaron el alma para el enfrentamiento decisivo.

La nación se hace todos los días mediante el actuar eficaz de sus ciudadanos. En ese presente que nos envuelve y en la recuperación viviente de la historia construida entre todos, se reconocen los hechos concretos de la realidad. En el plano simbólico de lo abstracto está la síntesis que reverenciamos. La bandera y el himno se gestaron en la sangre, en la lucha, en el inmenso sacrificio de la existencia en los campamentos mambises y en el dolor infinito de los padres que ofrendaron sus hijos. Les debemos reverencia y respeto. No podemos vulgarizar su uso, sino enaltecer su presencia en los instantes excepcionales. Con sus peculiares ideas, sus arrestos y su voluntad de reafirmar su identidad, los jóvenes se integran a una comunidad intergeneracional, porque toca a ellos continuar nuestra lucha y sostener la defensa de una soberanía difícilmente conquistada.