jueves, 4 de agosto de 2016

Los más humildes también crearon la nación

Por: Fernando Martínez Heredia

Dos niños mataperreando en La Habana. Foto: Desmond Borland/ AP


 He escogido este tema por lo necesario e importante[1] que es hoy para nosotros. Las investigaciones culturales y el conocimiento que ellas aportan han logrado desarrollos muy notables en la Cuba actual, que pudieran ser influyentes en diferentes terrenos. Ante todo, ponen en relación aspectos entrañables de la vida del pueblo, los grupos sociales y las personas con las actividades científico sociales, lo que sin duda ayuda a estas a sentirse valiosas además de serlo, y a la sociedad a apreciar más a los conocimientos. Pero, sobre todo, por el provecho que se les puede sacar, y porque fortalecen y le dan más sentido a los contenidos emocionales y de valores que poseen el mundo espiritual y las formas y actuaciones culturales. Por eso es tan natural que presentemos resultados de investigación y los discutamos como parte de un evento cultural que con razón lleva el nombre de Fiesta. Esto mismo hicimos[2] la semana pasada en Santiago de Cuba, en el Seminario “El Caribe que nos une”, durante la Fiesta del Fuego.

Al mismo tiempo, el conjunto formado por nuestras dedicaciones y la vida cultural cubana enfrenta actualmente una situación que no oculta los desafíos tremendos que porta, y son obvios los riesgos que está corriendo la manera de vivir y el tipo de sociedad que hemos creado y desarrollado entre todos, a partir de que este pueblo y la nación se liberaron en 1959 de sus dominadores, explotadores y opresores. Esos desafíos y riesgos están determinados por su dimensión más general, en la que se ventila qué tipo de organización social regirá al país en toda una época por venir, y si sabremos defender eficazmente la soberanía nacional.


Ante nosotros están implicaciones de una importancia cardinal: la identidad nacional y las identidades que viven dentro de ella, la cultura popular nacional, las fuerzas espirituales, los valores de liberación, el patriotismo popular de justicia social. Tienen tanta importancia porque están en la entraña de las inmensas fuerzas con que cuenta el pueblo cubano, que si se ponen en marcha resultarán superiores a todas las insuficiencias, los errores, las deficiencias y las detenciones y retrocesos que hemos acumulado, a la inercia que nos corroe, al burocratismo empedernido y a las tendencias de retorno al capitalismo, la colonización y el entreguismo que existen en el país. Y serán capaces de vencer otra vez al enemigo externo, Estados Unidos, a pesar de su gran poderío y su determinación de acabar con la sociedad que hemos creado.


Confrontamos un alejamiento de la historia de las resistencias y luchas del pueblo cubano, y una escasa o adversa valoración del período de 1959 a hoy, sobre todo por desconocimiento de sus hechos, sus problemas y sus logros. Existe deterioro del orgullo de ser cubano. El sistema de educación es débil y el de medios de comunicación está lejos de cumplir sus funciones.


Hoy no pretendo destacar, sin embargo, los defectos y los enemigos, sino algunos de los elementos con que contamos para la lucha imprescindible que hay que entablar. Aun si tuviéramos un cien por ciento de razón en nuestras críticas, ellas deben ser un aspecto secundario al compararlas con nuestras actuaciones, porque estas son lo decisivo y lo que nos salvará y permitirá avanzar y triunfar.


Les pido que nos asomemos al protagonismo popular que caracterizó la formación de la nación y el pueblo cubanos. Sus consecuencias y su legado favorecieron mucho las luchas de liberación que obtuvieron en 1959 un triunfo histórico decisivo. Cincuentaisiete años después, no debemos permitir que ese protagonismo sea olvidado o escamoteado. Les advierto, y pido excusas, que debo ser muy selectivo, y también omiso. Resaltaré entonces cuestiones que me parecen imprescindibles, con el ánimo de presentar algunas afirmaciones y de incitar al estudio y la utilización de este tema.


Los más humildes –la gente de abajo– transformaron profundamente con su trabajo y la entrega de sus vidas la colonia que existía en la isla de Cuba desde el siglo XVI. Ellos fueron protagonistas anónimos de logros colosales entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y los dos primeros tercios del XIX. Tiene que cesar ya el silencio y el olvido abrumadores acerca de esos trabajadores que padece la mayor parte de la historia del país que consumen los grandes núcleos de la población. Necesitamos una historia del trabajo como parte importante e insoslayable de la historia de Cuba, que ayude a formar o fortalecer una conciencia que rompa con la subvaloración del trabajo, la superficialidad y las postales para turistas, formas de comportamiento colonizado del que son un ejemplo más los difundidos comentarios sobre la torre y los hermanos Iznaga, de Trinidad, hace dos años.


Un formidable dinamismo económico creó en el período mencionado una sociedad que estaba en la punta de los avances mundiales en tecnología y en organización empresarial, con formas urbanas de vida muy modernas y una cultura de élites muy sofisticada, occidental y capitalista. Fue también el ámbito vital de algunos pensadores notables. Pero ese impetuoso crecimiento no llevaba necesariamente hacia la construcción de una identidad nacional. La nueva formación económica produjo un salto terrible en los niveles de intensidad y explotación del trabajo y del dominio de unas personas sobre otras, porque el modo de producción para la gran exportación de azúcar y café al mercado mundial –que convirtió al país en el mayor exportador de azúcar del planeta– se basó en la introducción masiva de esclavos africanos y su utilización despiadada, solo regida por el afán de lucro y las leyes de la ganancia. Comprar y usar personas como esclavas, despojarlas de todos los rasgos de su condición humana y su cultura que pudieran perjudicar a su explotación, y estrujarlas en el trabajo hasta la muerte era una pasión de los dueños de los grandes negocios en una de las colonias más ricas del mundo, en medio de los procesos de independencia de América y del triunfo de la modernidad industrial con asalariados en Europa.


El modo de vida personal y familiar de esos propietarios y de otros ricos del país –y la demostración de su alta jerarquía social– dependió en gran medida de ser servidos por miles de criados, hombres y mujeres esclavos. Otro gran número de esclavos fue empleado en satisfacer una parte de las necesidades de bienes y servicios que crecían y se diversificaban; algunos de ellos adquirían habilidades y oficios. Burgueses emprendedores alquilaban esclavos para trabajar en tareas muy diversas, a una escala creciente.


El gran grupo social formado por la nueva masa de esclavos del siglo XIX –un millón de personas– no fue esclavo por ser negro, sino que fue convertido en negro por ser aquella masa enorme de esclavos. Como vía para legitimar la dominación en aquel complejo tipo de sociedad se abrió paso la exigencia de considerar seres inferiores por nacimiento y de por vida a los africanos y sus descendientes. Hasta la octava década, este racismo del siglo XIX era una rigurosa función de la formación económica. Era hijo de la modernidad capitalista y no se basó en antiguos usos ni en arcaicas castas. Fue inducido mediante una multitud de medios, legalizado hasta los registros civiles y la prohibición del matrimonio interracial, extendió sus efectos nocivos de un modo u otro a toda la población no blanca de Cuba y fue aceptado por casi todos los que así resultaban blancos. Se consideró totalmente necesario, y la gran mayoría de los señores cultos lo explicaron o lo aceptaron siempre; las demás personas lo vivieron y lo atribuyeron a causas menos elaboradas.


De esa manera, un millón de personas y sus descendientes fueron marcados con un estigma permanente por el color de su piel, y se le dio al racismo el carácter de hecho natural, lo que lo sustraía a las relaciones sociales –peligrosas por su potencial de conflicto y rebeldía– y lo hacía parecer algo dado desde siempre y para siempre. Se creó así una realidad que tendió a la permanencia y se convirtió en uno de los rasgos distintivos de la cultura del país.


Los habitantes de la isla estaban construyendo su identidad propia a través de la acumulación paulatina de rasgos específicos que en todos los casos va formando las comunidades nacionales, pero a lo largo de todas las coyunturas de aquel siglo la gran mayoría de los propietarios y empresarios renunciaron a promover la independencia y constituir una clase nacional. Su conducta ante los asuntos públicos se rigió por sus intereses económicos inmediatos y por acuerdos o subordinaciones que garantizaran sus negocios, sus propiedades, su dominio sobre personas, su preeminencia social y sus representaciones del orden y las jerarquías. La entrada de Cuba en la modernidad, a pesar de sus logros maravillosos, estuvo fundada en la negación de la libertad, la igualdad y la justicia.


Matanzas estuvo en el centro de la multiplicación del producto exportable y la riqueza en la etapa de ápice de aquella gigantesca aventura. Y también estuvo en el centro de sus terribles rasgos y consecuencias sociales. Todo el poder y todo el horror del inmenso negocio integrado al capitalismo industrial de Europa y Estados Unidos, que molió a centenares de miles de personas esclavizadas y les negó la condición humana y la dignidad, y privó de derechos políticos y sociales a la mayoría de la población, puede encontrarse estudiando la historia de Matanzas. Y toda la hipocresía y la doblez de la clase dominante y sus constelaciones sociales puede resumirse en el joven Miguel Aldama, que en diciembre de 1843, en cartas a su cuñado, Domingo del Monte, describe con gran admiración y elogios a los esclavos sublevados en ingenios matanceros –entre ellos, uno de su familia–, su actitud rebelde y su valentía frente a las torturas y el cadalso, y condena con duras expresiones a la trata y al régimen al que son sometidos los esclavos. “Mártires infelices de la libertad”, les llama, “los vemos rufianes y altaneros, desafiando la misma fuerza armada, pues ya la fuerza moral la hemos perdido enteramente”.[3] Aldama fue miembro del grupo Alfonso-Aldama-Madan, uno de los cinco primeros consorcios del comercio de esclavos del país, formado en 1820; en los años sesenta poseía unos cuarenta ingenios y quince mil esclavos, grandes almacenes portuarios y sólidas conexiones en España, Francia y Gran Bretaña.


Aquel sistema portaba muy fuertes contradicciones en numerosos terrenos: los índices de masculinidad y las relaciones sexuales y amorosas; grandes diferencias regionales; la motivación del trabajador y la preservación del orden en un régimen de trabajo esclavo generalizado; el deterioro del lugar social de las personas llamadas de color libres –por no ser blancos–; la necesidad de múltiples oficios manuales en un medio en que se subestimaba el trabajo manual; los cánones religiosos católicos de la moral dominante y la realidad de la complicidad abierta de la Iglesia institución con el sistema. Criollos cultos pertenecientes a la clase dominante cultivaban las ideas liberales europeas modernas, pero cuando le pedían a la metrópoli formas de organización política en la que ellos pasaran de ser colonos a ser súbditos siempre añadían que la población no blanca debía permanecer excluida de los derechos ciudadanos.


Toda dominación lograda y constituida es cultural, pero, aunque lo era, la de aquella Cuba tenía demasiados aspectos forzados, y varios monstruosos.


Parecía muy poco probable lograr una identidad de tipo nacional. Hubo numerosos ejemplos en la historia colonial del capitalismo en América y el Caribe en que esto no fue posible, y hasta hoy persisten en varios Estados de la región fuertes elementos en contra de esa unificación. La clase dominante de Cuba del XIX se negó a ser clase nacional, prefirió siempre conservar su ganancia, sus esclavos y su primacía social, y ser parte subordinada dentro de la monarquía española y el sistema capitalista mundial. Por consiguiente, tuvo horizontes, pensamiento y reacciones de colonizado, y fue activa contra todo movimiento revolucionario.[4] La contradicción social principal no podía tener una solución revolucionaria –como la tuvo en Haití–, y existieron entonces grupos sociales muy diversos, relacionados por la explotación, la opresión, los servicios forzados, las relaciones mercantiles, la hostilidad, los recelos mutuos o las vidas separadas. Casi hasta el final del siglo no hubo una cultura cubana, sino varias culturas en el país.


Durante el siglo XIX existieron dos opciones políticas que buscaban cambios en la colonia, pero eran opuestas a los intereses de las mayorías y al Estado independiente: el reformismo y el anexionismo. Del primero hablamos hace unos minutos. Casi noventa años estuvo solicitando reformas a la metrópoli, se conformó con las respuestas que recibía y se mantuvo fiel. Respondió siempre a los intereses de sectores de la clase dominante, jamás fue abolicionista y su ideología fue siempre colonizada, racista y antinacional. Aunque tuvo matices diversos, el reformismo solo se renovó a consecuencia de la primera revolución cubana.


El anexionismo a la gran república esclavista, Estados Unidos, era la otra posición de colonizado. Más de una vez fue utilizado como arma de presión, y a sectores minoritarios de clase dominante pudo parecerle una alternativa conveniente dentro de la relación básica que tenía la formación económica de la isla con los centros del capitalismo mundial. Desde su mismo nacimiento, la república norteamericana quería apoderarse de Cuba, y utilizó todo tipo de manejos en esa dirección a lo largo del siglo, mientras aumentaban sus vínculos económicos con la isla, que se volvieron decisivos en la última fase del XIX. Pero solo en esos últimos años de la centuria tuvo fuerzas Estados Unidos para intentar quedarse con Cuba; mientras, la geopolítica se lo impidió. En la colonia con mayor proporción de población blanca del Caribe, y bajo la rauda acumulación cultural occidental de su siglo XIX, la anexión también motivó en Cuba a algunos activistas sinceros, que veían en Estados Unidos el polo de modernidad y democracia que convenía al país. Pero después de la Guerra de los Diez Años, el anexionismo ya solamente pudo ser entreguismo, incapacidad de ser cubano o traición.


Carlos Manuel de Céspedes les exigió a sus compañeros ponerse de pie, y el 10 de octubre de 1868 destrozó los imposibles. Los iniciadores destruyen imposibles; los revolucionarios aprenden a domarlos y a trabajar con ellos. Los mambises que sostuvieron la pelea en más de media Cuba durante diez años tuvieron que volverse superiores a ellos mismos, no solo a sus circunstancias. La revolución comenzó como un acto ajeno a la política vigente, a lo que parecía viable, a la lógica del pensamiento político y a las motivaciones de gran parte de la población. Céspedes liberó a sus esclavos la primera mañana, pero el cálculo político, los valores heredados y el racismo les ponían obstáculos a la justicia en el amanecer de la libertad. La independencia y la abolición tuvieron que fundirse y ser una, y todo mambí ser abolicionista; la forma de gobierno tuvo que ser republicana y reunir la libertad personal y las libertades ciudadanas. En Guáimaro supieron dejar a un lado sus diferencias y unirse sectores de clase media para crear instituciones republicanas y convocar a todo el pueblo a pelear por la independencia nacional.[5] Pero esas instituciones se fueron tornando un factor conservador en la medida en que la guerra revolucionaria promovió cada vez más la participación de la gente humilde del campo y los mulatos y negros.


Para hacer realidad la hasta hacía poco impensable identidad nacional y poder reconocerse como cubanos, todos, líderes y pueblo, tuvieron que recorrer un camino largo y muy difícil.


La guerra revolucionaria cambió los términos de los problemas. Se alimentó del sacrificio, el heroísmo y la participación de muchos miles de personas humildes, hombres, mujeres, familias. Dar la vida, pasar hambre y todas las escaseces, combatir, sembrar, realizar una enorme cantidad de tareas diversas, perseverar: todas las formas de la entrega y el altruismo se hicieron cotidianas. Fue en ese trance que la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria se volvió sagrada, y la marcha, el campamento, el héroe, el amado y la amada, la jornada de sangre y de muerte, se expresaron en canciones.[6] Próceres y pobres de todos los colores aprendieron que la rebeldía política les daba a sus luchas y sus necesidades más sentidas probabilidades de éxito, o de ser presentadas con más fuerzas. Y todos aprendieron a sentirse hermanos mientras compartían todas las vicisitudes. En aquella fragua tremenda nació la identidad nacional cubana, de contenido y objetivos populares.


Aunque no pudo llegar más allá del oeste de Las Villas, la Revolución de 1868 introdujo una nueva realidad y fue decisiva a escala del país para el logro de una identidad cubana y el nacimiento del patriotismo nacionalista. Sus hechos y los sentimientos que ella desató, los heroísmos y sacrificios de miles de personas, y de activistas y jefes hasta entonces desconocidos, el nuevo campo de ideas que creó y las autoidentificaciones y el mundo simbólico que nacieron de esa revolución constituyen un primer capítulo prodigioso de la formación de la nación cubana.


En territorios en los que la mayoría de los vecinos eran recientes –esclavos estrujados en su trabajo y sus vidas, un buen número de pobres venidos de España, culíes chinos y empresarios ambiciosos–, en una sociedad tan opresora e incipiente, la insurrección contó con un gran número de soldados y una fuerte base social. ¿Qué los motivó, los decidió y los hizo persistir en las peores circunstancias? ¿Cómo pudo formularse en el campo revolucionario una ideología unificadora de las demandas, los sentimientos e intereses, las identidades y visiones del mundo de grupos tan heterogéneos? ¿Cómo pasaron tantos negros y mulatos esclavos y libres de sus formas propias de vida y resistencia a la participación masiva en una revolución? ¿Cuáles fueron las representaciones que los llevaron a ser revolucionarios? ¿Cómo relacionaron sus representaciones de libertad y vida digna con un ideal político general de independencia nacional? Porque la consigna de Cuba Libre, el Ejército Libertador, el patriotismo nacionalista y la República en Armas expresaban propósitos e ideas políticas mucho más generales. Estos rebeldes tuvieron que asumir una noción de libertad en la que cabría la libertad personal de cada uno, un proyecto de Estado nacional del cual serían ciudadanos y una futura legalidad que consagraría sus reclamos en forma de derechos.


Frente al final sin triunfo de la guerra, la Protesta de Baraguá fue la expresión mayor de la intransigencia revolucionaria cubana y como tal adquirió un extraordinario valor político y simbólico. Pero también hizo visible el tránsito experimentado por la bandera de la revolución, de los grandes y medianos propietarios a gente de origen popular.


Recojo la opinión de un adversario sagaz, el político autonomista matancero Eliseo Giberga, un analista burgués que conoció bien de relaciones entre clases sociales, hegemonía y construcciones raciales, y supo interpretar la historia y el presente para aconsejar una política burguesa futura. Giberga describe así en abril de 1897 a los negros de Oriente: “más celosos de sí mismos y de su raza, más ambiciosos de consideración y más inquietos”. La guerra, dice, “durante diez años los mantuvo en la independencia de los montes y las sierras y en igualdad con los blancos, y en el seno de una democracia castrense (…) es allí el negro menos humilde, menos respetuoso de la autoridad del blanco”. Giberga explica que en esta nueva guerra el país entero ha abrazado la causa revolucionaria y la contienda está perdida; por eso hay que apurarse y crear un sistema político que evite la revolución social: “No olvidarán los hombres de color que uno de ellos fue Maceo; y no renunciarán –téngase en cuenta— a cobrar en derechos el precio de su sangre”.[7]


Entre 1880 y 1895 se estableció una nueva forma colonial, que resultó la postrera, al tiempo que transcurría la fase final de la esclavitud y se implantaba un capitalismo pleno. La metrópoli, con su insuficiencia y tardía modernización, pretendió mantenerse y seguir esquilmando a su colonia en la nueva situación. La clase dominante del país mantuvo en lo esencial un control autoritario de la fuerza laboral, profundizó sus nexos económicos íntimos con Estados Unidos y pretendió que rigieran un régimen político colonial con ciudadanía restringida y un campo cultural más amplio y reformulado, pero controlado por ella y España. El nuevo reformismo del Partido Liberal Autonomista desplegó una estrategia “cubana” mediante la cual quiso suplantar al pueblo que subestimaba, pasar por representante politiquero de Cuba ante la metrópoli y ayudar a que no hubiera una segunda revolución.


Ese tipo de evolución era una posibilidad real, ya fuera sin autogobierno o con una organización estatal y política poscolonial. En el conflicto previsible se pondrían en juego las fuerzas, la conducción y la hegemonía, para decidir cuánta autodeterminación tendría el país y qué redistribución de la riqueza y el poder habría entre las clases sociales. En esos quince años se ventiló una polémica muy intensa alrededor de las cuestiones nacional, racial y social, íntimamente ligadas como no han vuelto a estarlo desde entonces.


Para ser revolucionaria, ahora la política tendría que ser muy creativa, ambiciosa y audaz, partir de los verdaderos problemas y, al mismo tiempo, convocar desde el complejo existente de conciencia, recuerdos, cultura política acumulada, rencores, ideales, intereses y afectos. Debía combinar un proyecto muy superior con una gran atracción de masas y unas prácticas inmediatas movilizadoras y eficaces.


Esa fue la propuesta de José Martí y el objeto de su trabajo ciclópeo: derrotar la posibilidad evolutiva y organizar y llevar a cabo una revolución de liberación nacional que fuera idónea para vencer al colonialismo y frenar el naciente neocolonialismo. Para triunfar, debía lograr que las energías de las mayorías se desataran y, mediante el fuego destructor y creador de la revolución, se construyera un pueblo independiente que amara el ideal nacional, creara una república democrática y luchara por ella, desarrollara sus capacidades individuales y colectivas desde sus diversidades sociales, y aprendiera a ejercer la ciudadanía y exigir la justicia social. Su “equilibrio de los elementos reales del país” solo podía lograrse con una nueva identidad nacional en la que los más diversos se vieran, y un real aumento de la fuerza efectiva de las mayorías, que le quitara a la burguesía de Cuba la posibilidad de usufructuar para sí la construcción nacional y a Estados Unidos la posibilidad de dominar a Cuba. La república solo podría ser con todos y para el bien de todos si la mayoría adquiría un gran peso y un grado notable de control en ella.


La insurrección solo podría iniciarse y ganar vigor y solidez si se unían los veteranos que seguían deseosos de volver a pelear y los jóvenes decididos a pelear. La labor magnífica de Martí creó las condiciones y el ámbito para ese inicio exitoso. Hay que insistir en que –a diferencia de 1868– la conspiración antes de la guerra fue plurirracial: activistas, contactos y jefes eran de todos los colores. Y en que al ser Oriente el teatro factible del inicio, el inmenso prestigio de Guillermo Moncada fue símbolo y llamado a luchar mientras se esperaba a Martí y Maceo. El protagonista de Baraguá era el héroe más admirado y famoso por su valentía, rectitud revolucionaria e inteligencia, y el pueblo de Oriente salió a la guerra cuando supo que había llegado a Cuba. La nueva política revolucionaria veía en Martí al apóstol y al presidente de la futura república.


Al calor de la Invasión a Occidente, el pueblo de la isla se fue en masa a la guerra revolucionaria, a conquistar la independencia, forjar la nación y crear el Estado cubano. Las cubanas y los cubanos se sacrificaron en el curso de la guerra, y el Ejército Libertador derrotó el colonialismo. Las culturas de Cuba, contiguas, alejadas o en conflicto durante el prolongado decurso colonial y el dinámico siglo XIX, habían ampliado mucho sus intercambios a partir de la Revolución de Yara, pero ahora se fusionaron en medio de aquella prueba suprema. Se plasmó así la cultura nacional cubana.


La violencia revolucionaria organizada constituyó una gigantesca escuela creadora de personas libres, de valores, fraternidad, dignidad, capacidades y ciudadanía para todos los participantes, los colaboradores y las familias de patriotas. Tuvieron experiencias formadoras, y el desarrollo que alcanzaron en la contienda resultó muy superior a lo que hubiera logrado una larga evolución, y muy diferente.


Se ha estimado que los negros y mulatos fueron mayoría en el campo de la Revolución. Su comportamiento emuló con el de los mambises blancos en cuanto a disciplina, valentía, sacrificios y renuncia a exigencias sectoriales, dentro de una terrible guerra total que provocó la muerte a cientos de miles de personas y la devastación del país. Las prácticas, los sentimientos y las ideas de la guerra revolucionaria hicieron retroceder el racismo en enorme proporción y por medios muy superiores a los evolutivos. Los negros y mulatos entraron a la Revolución como negros cubanos y en ella conquistaron con sus méritos una identidad nacional que nadie les donó, y de la que fueron tan creadores como el que más. La insurrección los reconoció como jamás lo hubiera hecho la vida social vigente, y su actividad política fue un enorme salto respecto a sus escasas experiencias cívicas previas y al alcance que habían tenido sus reclamos.La Revolución del 95 transformó al negro de Cuba en el cubano negro, y hasta hoy ese orden identitario nunca ha cambiado. La especificidad y el orgullo de raza se expresaron a través del patriotismo.


Jefes y oficiales negros y mulatos tuvieron por primera vez en Cuba presencia en el mando y en la política, junto a blancos pobres que alcanzaron iguales rangos. Su actividad político-militar destacada fue uno de los factores más importantes para la plasmación de la identidad nacional y la creación de la nación cubana. Antonio Maceo fue el principal líder político de la Revolución desde la muerte de Martí hasta su caída en combate. Como tal actuó desde Oriente en 1895, y la Invasión a todo el país– que dirigió junto a Máximo Gómez– lo convirtió en un gran líder político a escala nacional. Pero pasó en un aislamiento muy combativo sus últimos diez meses de vida. Aquella actitud de subordinar todo lo personal a la causa revolucionaria completó su grandeza.


El racismo no desapareció dentro del campo revolucionario, y se expresó como menosprecio, doble rasero e injusticias. Sin dudas se debió al carácter cultural que poseía, pero también a su relación con el conservadurismo social y político que existió dentro del campo heterogéneo de la insurrección, y que logró contrapesar al ala radical durante el curso de la guerra. Opuesto al ideal de una República en Armas que prohibía toda referencia a personas que no fuera la de ciudadana o ciudadano, tuvo que ser un racismo vergonzante. No hay que olvidar que toda revolución implica permanencias, y no solo cambios, pero el saldo fue sumamente positivo en cuanto a cambios cualitativos y disminución del racismo. La revolución transformó las relaciones de los negros y mulatos como diversidad social con la vida política y social cubana, con la conciencia social y con las representaciones de la identidad nacional, el patriotismo y la república.


Durante varias décadas existió una figura cívica de enorme prestigio, el veterano, que reunía por primera vez en Cuba en una categoría de gran reputación a blancos, mulatos y negros, sin excluir ni a los más pobres.


Desde la falsa aceptación de Cuba libre proclamada en la Resolución Conjunta de 1898, la intervención militar norteamericana se propuso y obtuvo la liquidación de las instituciones fundamentales de la Revolución. Estados Unidos mantuvo la ocupación hasta que impuso graves recortes a la soberanía cubana y un régimen neocolonial como condiciones a la existencia de la república, y se convirtió en el mandante de la nueva clase dominante en la posguerra, una burguesía cubana subordinada y cómplice. Eso contribuyó decisivamente a disminuir o desnaturalizar los logros de la revolución. La ideología dominante-dominada de la burguesía cubana asumió a Estados Unidos como el liberador del pueblo cubano, e intentó que toda la sociedad compartiera la creencia en esa mentira. El colonialismo mental viabilizó la aceptación de una convicción: la supuesta incapacidad de los cubanos para el autogobierno.


En la primera república se desplegó una compleja combinación posrevolucionaria de semiprotectorado, economía liberal, política democrática neocolonizada, sociedad conservadora, nacionalismo patriótico y racismo. El pueblo cubano venció al colonialismo español, se constituyó como nación y creó su Estado, los varones tuvieron todos los derechos políticos y la cultura nacional tuvo fuerza suficiente para impedir cualquier intento de absorción pacífica yanqui, reafirmar las formas y los valores de lo cubano y absorber a su vez a millón y medio de inmigrantes en solamente treinta años, sin desnaturalizarse. Pero la vida de las mayorías siguió siendo de pobreza, falta de servicios y derechos sociales y postergación, la soberanía nacional estaba sometida a Estados Unidos y a Cuba le era imposible desarrollar cualquier proyecto económico autónomo.


Uno de los mayores logros de las revoluciones anticoloniales cubanas del siglo XIX fue la formación y el carácter permanente de relaciones muy estrechas entre lo cultural y lo político. El que examina la cultura cubana advierte de inmediato la enorme carga de acumulaciones políticas que contienen sus dimensiones populares. En numerosos países, lo popular guarda distancia de lo político y, de paso, disimula la efectiva exclusión o la subalternidad de los populares respecto a la conducción de la política. Las relaciones que pueden advertirse suelen ser de lejanía, autonomía y desamparo, aunque un análisis que profundice puede encontrar manipulación, coerciones y resistencias culturales. Pero en Cuba fue imprescindible la participación de las mayorías en el proceso político, y que los sentimientos, las actuaciones y los sacrificios masivos por la libertad, la justicia social y la soberanía nacional y popular tuvieran papeles centrales en la plasmación de la identidad nacional y en la constitución política e ideológica de la especificidad nacional y del Estado propio.


Todo el mundo espiritual y una parte enorme de las formas culturales tuvieron que intervenir para que fuera posible la victoria y la permanencia de la nación, y en ese trance se relacionaron íntimamente y con lazos muy sólidos y perdurables la cultura del pueblo y lo político. Pese a lo que algunos creen, si analizamos las creaciones simbólicas fundamentales de la cultura política cubana veremos que ellas están más cargadas de sentidos populares que de proposiciones y elaboraciones de personalidades y grupos selectos. Así sucede con el patriotismo nacionalista, la unión entre justicia social y libertad, la vocación republicana democrática, la negación de la anexión a los Estados Unidos, el antimperialismo, y también con las ideas más contemporáneas de socialismo e internacionalismo.


Esto no se reduce, sin embargo, a unión y armonía. La construcción social lograda a partir de la fase final del siglo XIX tuvo que incluir cesiones y olvido en el campo popular. Me limito a mencionar un caso, como ilustración. Durante una época dilatada, el avance social de los no blancos estuvo relacionado con tomar distancia de lo que los acercara al origen africano y, por tanto, los hiciera parecer incivilizados o inferiores. Los dominados suelen verse en la necesidad de abandonar formas entrañables de sus culturas, al mismo tiempo que asumen elementos de la cultura dominante, para encontrar un espacio vital para ellos y para sus hijos en una sociedad que les presenta esas exigencias al grupo al cual pertenecen. Les dejo estas preguntas: ¿cómo se produce esto concretamente?; ¿mediante qué formas intermedias de aceptación, imitación y otras se transita, formas sutiles, traumáticas o monstruosas?; ¿cómo se produce la complejidad del proceso?; ¿cuáles son las renuncias, las resistencias, las asunciones y las creaciones que portan los resultados de cada abandono y cada asunción?


Les debo el tema del olvido esta vez. Pero hoy que hemos avanzado tanto contra las cesiones y el olvido, pido que no reduzcamos más el calificativo de “aportes” culturales a lo que provino de fuentes no europeas, que no usemos más esa noción en este campo, por razones obvias.


Me acerco al final desde la coyuntura actual. Cuba fue colonia o neocolonia durante cuatrocientos cincuenta años de su historia, desde que llegaron los colonizadores europeos hasta el triunfo de la Revolución en 1959. Durante poco menos de sesenta años ha estado liberada, y el pueblo cubano es el dueño de ella y de sí mismo. Cuba solo pudo lograr cambios colosales a favor de las personas, la sociedad y la nación mediante su sistema de socialismo de liberación nacional. En medio de la guerra cultural que se está librando hoy, es necesario que estemos conscientes de que Cuba puede ser recolonizada, pero solamente si nosotros mismos lo permitimos. Y que estemos conscientes de que únicamente podrá ser recolonizada mediante la restauración del capitalismo, que es el sistema de dominación mundial y es la base de todas las formas de colonización.


La naturalización del capitalismo, es decir, que todo parezca natural y no debido a relaciones sociales específicas de dominación y de promoción de comportamientos, motivaciones y sentimientos, es una necesidad fundamental para la implantación de ese sistema. Su éxito no dependerá de una gigantesca conspiración, sino de una progresiva aceptación que se vaya convirtiendo en consenso, y que reúna tanto la resignación como el entusiasmo, los intereses de lucro y poder y las esperanzas de gente común, las iniciativas y la inercia, los sucesos y las nuevas costumbres. No hay que desdeñar la intencionalidad que pueda existir dentro de un proceso de desarme ideológico que está en marcha y que es urgente frenar y revertir, y en la promoción interesada de motivaciones, normas, creencias y valores que corresponden al capitalismo. Pero lo esencial siempre será que esa transformación sea o no sea consentida, aceptada y asumida por grandes núcleos de la población.


Los que trabajamos en el campo cultural estamos conscientes del momento histórico que vivimos, y expresamos esa conciencia al dedicarnos a nuestras prácticas específicas.


La nación cubana se reconoce, ante todo, en su origen revolucionario, y ello es ostensible en su material simbólico. A ese material le toca desempeñar hoy papeles importantes en la defensa de Cuba, ante el gran peligro que se nos viene encima. Se impone, entonces, enfrentar un conjunto de preguntas desde la perspectiva del conocimiento, y desde una conciencia que comprenda las funciones que pueden tener los hechos históricos respecto a los logros y los conflictos culturales, sociales y políticos de las sociedades.


Los investigadores deben considerar los eventos sin ira y con estudio, renunciando al fácil recurso de condenar simplemente, o de hacer “crítica social”. Si profundizan, si buscan, por ejemplo, lo esencial de una época, que gobierna con hilos invisibles desde los sucesos que resultan naturales a ella para el sentido común hasta los sucesos que parecen negarla, pueden aportar conocimiento, conciencia y orientación.


Ustedes saben mucho más que yo sobre el tremendo ciclo de azúcar y esclavitud que vivió Matanzas, sobre lujos y miserias, crímenes y artes, hermosos edificios y abismos de maldad, deculturación de multitudes y trabajo manual sin fin, nuevas tecnologías y hambre, prosperidad y ruina. Saben que Martí sintetizó la promesa al decirle a inicios de 1895 al matancero Juan Gualberto Gómez: “implantaremos toda la justicia”. Y que el pueblo de esta provincia se alzó en masa al llegar la Invasión y protagonizó una guerra terrible, quizás la más terrible librada en el país, basando su heroísmo en sus sacrificios cotidianos.Por lo menos sesenta mil personas perecieron en ella, para una población total de doscientos mil en 1899.[8] Y que, sin desaparecer, las culturas más diferentes se fundieron en la epopeya de la patria.


Vengo a pedirles que esos conocimientos se divulguen, y que se haga con verdadera eficacia. Que forme parte de lo que se considera conocimientos imprescindibles, para la educación y para la persona culta. Que el sistema de enseñanza lo tome al fin, y lo levante y lo difunda, y que no lo haga como en el magisterio tradicional. Que, por ejemplo, en las escuelas de todos los municipios alumnos y maestros busquen y recuperen a los combatientes de fila y los colaboradores de las revoluciones cubanas, y que estudien las culturas diversas y riquísimas de los que han vivido en esta provincia: comidas, creencias, música, trabajo, costumbres, saberes, objetos de uso. Que los planes y programas docentes tengan íntimas relaciones con la vida. Que entre todos nos hagamos preguntas valiosas, y encontremos y levantemos el conocimiento de cómo se hizo esta tierra y este pueblo. Y que toda esta actividad forme parte de la conciencia, los valores, el patriotismo popular y el sentido de la justicia social como la estrella polar de la cultura y del mejoramiento humano.


Conocer la verdadera historia de Cuba es poseer un arma invaluable. Hoy es necesario divulgar y entregar esa historia a los niños, a los jóvenes, a todos. Hay que interesar, atraer, emocionar, compartir conocimientos y acendrar valores. Eso exige rigor y honestidad, no ocultar ni manipular, ser maestro y alumno, investigar con modestia, comunicar. Contamos con una ciencia histórica sumamente avanzada, una notable antropología y un buen número de investigadores sociales y culturales dedicados y capaces. Una dificultad que es obvia es el escaso aprovechamiento que se hace de esa gran riqueza, que no se vuelve guía de las políticas y las estrategias, ni se socializa a través de los vehículos educativos, de comunicación masiva y de otros tipos que tiene la sociedad cubana. Hay que romper la división entre élites y masa en este campo, y en cualquier otro también. Hay que hacerlo a través de las instituciones, que hoy están corriendo un fuerte peligro de sufrir un deterioro y un desprestigio que solo servirían a nuestros enemigos. Y se debe apelar, al mismo tiempo y sin esperar por nada, a iniciativas que movilicen y pongan en acción grupos de trabajadores y sectores sociales que cuentan con capacidad y con espíritu revolucionario suficientes para hacerlo.


Una de las principales tareas intelectuales es rescatar e interpretar con profundidad y compromiso el proceso de formación de la nación cubana, sus avatares y lo que ella nos brinda para enfrentar el presente y el futuro. Rescatar y resaltar el papel del sujeto popular como protagonista de una historia de rebeldías, resistencia, desgarramientos, heroísmos y privaciones en el largo proceso hacia la soberanía y la independencia nacionales. Desde una situación de terrible opresión social y colonial y una naciente sujeción económica neocolonial, la masa de la población de Cuba se fue a la revolución y se unió, por primera vez, en un propósito superior que permitió crear a los cubanos y a la nación. La solución revolucionaria ha sido, desde entonces hasta hoy, la única capaz de resolver los problemas fundamentales de Cuba.


Las revoluciones viven de subvertir una y otra vez lo establecido. Su objetivo es desatar energías suficientes, que sean capaces de cambiar y mejorar la sociedad, las relaciones sociales y a los seres humanos. Por eso sus historias pueden acudir hoy y pelear junto a nosotros. Toda historia verdadera de revolución es subversiva, porque desafía el presente y ayuda a guiar y desatar el futuro.



Nota: he utilizado algunos párrafos de textos antiguos o recientes míos en este trabajo, añadiéndoles precisiones o ampliaciones. Por esa última razón, y por ser del autor, me ha parecido innecesario anotarlos con citas. Lo importante para mí es que el conjunto contribuya al conocimiento, el debate y la divulgación, que tanto necesitamos.

Notas


[1] Conferencia en el XI Fórum Teórico Fernando Ortiz, convocado por el Grupo de Investigación y Desarrollo de la Dirección Provincial de Cultura de Matanzas, en la XII Fiesta de los Orígenes. Matanzas, 14 de julio de 2016.


[2] Director General del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.


[3] En Domingo del Monte: Centón Epistolario, Biblioteca de Clásicos Cubanos, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2002, volumen III, pp.212-214; 218-220.


[4] Ver Fernando Martínez Heredia: Andando en la Historia, ICIC Juan Marinello /Ruth Casa Editorial, La Habana, 2009.


[5] José Martí analizó a fondo aquel proceso veinte años después de Guáimaro y reclamó veneración para los que abrieron el camino revolucionario. Al mismo tiempo, escribió: “cómo atolondró al espantado señorío la revolución franca e impetuosa (…) cómo vició la campaña desde su comienzo, y dio la gente ofendida al enemigo, aquella arrogante e inevitable alma de amo con que salieron los criollos del barracón a la libertad” (“El General Gómez”, en Obras Completas, La Habana, 1963, t. 4, p. 446. Citado en La historia de Cuba pensada por Ramón de Armas, Ruth Casa Editorial, La Habana, 2012, p. 111.)


[6] Por ejemplo, esta décima que responde a un pie forzado: “Cuando asoma la mañana / alumbrando el firmamento / se escucha en el campamento / alegre el toque de diana. / Cuando la tropa cubana / se forma por compañía / y el sargento, al ser de día / pasa lista diligente, / al responderle ¡presente! / yo pienso en ti, vida mía.”


[7] Eliseo Giberga Galí: Apuntes sobre la cuestión de Cuba, por un autonomista, sin datos editoriales (1897), pp. 24 y 156.


[8] Ver, de Francisco Pérez Guzmán, Herida profunda, Ediciones UNIÓN, La Habana, 1898, un extraordinario libro de Historia que expone resultados de investigación acerca de la Reconcentración de la población, genocidio cometido por el colonialismo español durante la Revolución del 95. Contiene un gran número de informaciones sobre la provincia de Matanzas.




Conceptualizando el modelo cubano

Por: Harold Cárdenas Lema


El plan de gobierno para los próximos años ya es público, está en las calles para consulta y debate popular. Nunca sabremos si la idea inicial era esta o si fue producto de la inquietud que provocó el último congreso. Lo importante es que tenemos en nuestras manos una hoja de ruta concreta.


Muchos de los puntos expresados en el documento provocan nostalgia, expresan anhelos de construcciones inalcanzadas lejos de la realidad actual, pero es un horizonte posible. En ese sentido, la Conceptualización descrita es una aspiración tan cercana como el propio socialismo. En su contenido vemos reproducidos principios que son innegociables pero también algunos errores que amenazan perdurar. Como muchos de los tópicos expuestos en él son los que promovemos en este blog y nos preocupa el uso futuro de este documento, hace unos días hicimos llegar nuestra opinión al Consejo de Estado.


Reconforta tener esta Conceptualización, que llega con tardanza pero a tiempo de convertirse en herramienta. Su utilidad dependerá de nuestra capacidad para apoyar los sectores más revolucionarios en la estructura partidista y de gobierno. La supuesta homogeneidad de las fuerzas revolucionarias en Cuba fue necesaria para afrontar amenazas externas, pero también cortina de humo perfecta para enmascarar corruptos y demagogos. O lo que es peor, invisibilizar buenos dirigentes y gestiones exitosas.


Después de varios años impulsando un cambio de mentalidad en Cuba, en el 2016 ya sabemos quien cambió, quien nunca lo necesitó y quién nunca podrá hacerlo. Ya vamos discerniendo los revolucionarios de acción de los propagandistas de dogmas, con sumo cuidado, para no confundirnos con la contrarrevolución que gusta disfrazarse de izquierda. En manos de dirigentes que generen nuevos consensos y cuenten con respaldo popular, el documento ayuda a construir un socialismo superior.


Algunos amigos no reconocen sus potencialidades. Quizás porque las necesidades de la vida cotidiana no dan mucho espacio al pensamiento social o los matices. Quizás por la injusticia histórica que no ha premiado todavía a quienes se sacrificaron por el socialismo y sí a muchos que ya claudicaron dentro y fuera de Cuba. Quizás porque hemos tenido tantos planes en el pasado, perdidos en el tiempo sin saber a ciencia cierta el resultado, que algunos ya no creen, como una fábula de Esopo.


Entre las debilidades para la concreción de los puntos propuestos, está el inmovilismo de varias estructuras encargadas de ejecutarlo junto a la fragilidad de las instituciones para operar efectivamente. Generalmente por razones de escasez económica y la existencia de esa mentalidad obsoleta. El problema de esta línea de pensamiento arcaica, es que no se reconoce a sí misma sino que intenta convertirse en abanderada del cambio, secuestrando el discurso político como paladines de la transformación.


En realidad los cubanos todavía aspiramos a un mecanismo de participación política que implique una decisión más directa y tenga menos carácter consultivo. Esa búsqueda por encontrar formas cada vez más democráticas para construir consensos en el país, debe ser una constante. Violar este principio, incluso con las mejores intenciones, es un camino del que no se regresa.


Recuerdo cómo hace 5 años debatimos la propuesta de Lineamientos que definiría el futuro del país. Cuando me llegó el turno de opinar al respecto, expresé preocupación porque esos cambios necesarios venían sin un plan que mitigara su inevitable efecto de diferencia social, una brecha que hoy sigue ampliándose. Hace unos días un amigo me decía que el país no cuenta con recursos suficiente para dicha planificación, pero ni siquiera tenemos constancia de una voluntad política al respecto, algo que no pongo en duda pero solo podemos suponerlo al no recibir señales concretas al respecto. Una vez más, la credibilidad y el consenso se resienten ante la falta de comunicación política.


Esta Conceptualización se agradece porque constituye un plan de gobierno general, no limitado al accionar partidista. A propósito, aprovecho para remarcar que veo una idea entre líneas en este y otros documentos: el Partido como garante único de los principios que sustentan la Revolución. Si así fuera, un revolucionario sin carnet no podría ser tal. A ratos veo cómo el ansia por reforzar el liderazgo del Partido, nos hace olvidar que este es solo una herramienta para construir un proyecto mayor, quizás la más importante, pero no la única. Se puede ser revolucionario al margen del Partido, aunque no sea lo ideal. Yo siempre prefiero la militancia.


Hubiera sido bueno conocer los nombres de las personas implicadas en la redacción. Todo plan de gobierno debe nacer y transitar en un clima de la mayor transparencia posible. Las condiciones de agresión constante durante mucho tiempo han condicionado el comportamiento del Estado cubano, provocando una aureola de secretismo que en la actualidad hace más daño que bien. Provoca incertidumbre en la población y logra poca compartimentación real de la información. Seguramente la CIA conoce más detalles de su redacción que la totalidad del pueblo cubano.


La Conceptualización era una deuda desde hace mucho, pero es más una declaración política que una realidad. Necesitamos leyes reales que la implementen sin medias tintas ni funcionarios que jueguen al seguro. Necesitamos ser ágiles al respecto, el tiempo de los hombres es corto y tenemos varias generaciones que necesitan ver nuevas conquistas sociales.


La Revolución puede sobrevivir muchos años sin revolucionarse, pero el tiempo de salvar el proyecto socialista cubano, es corto. Y quien crea que no estamos ya en ese punto, está ciego o no quiere ver.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Enseñanzas de nuestra historia (I)

Armando Hart




Por ARMANDO HART DÁVALOS


La historia es la gran maestra de la política y en los tiempos que corren resulta imprescindible estudiar las lecciones del pasado porque los desafíos actuales tienen profundas raíces que en ocasiones se afincan en los siglos anteriores. Por ello, los cubanos estamos interesados en conocer mejor los hilos principales de la milenaria historia universal y promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes, que es la que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar y tan necesitada del acento utópico que los pueblos de raíz latina han mostrado junto a su capacidad de integrarse y renovarse en complejas y adversas condiciones, mientras otras culturas permanecen encerradas en sus estrechas fronteras.


Desde nuestra tradición y valores históricos debemos presentar como respuesta a los intentos de imponer un pensamiento único y patrones uniformadores, la solidez de nuestra cultura y su valor utópico encaminado al propósito de la integración y del equilibrio entre los hombres y las naciones. No llegaremos nunca a una identidad de propósitos con debates simplemente teóricos, nos podríamos perder en discusiones bizantinas que a nada conducen, sin embargo, si estudiamos la historia e ideas concretas de los mejores pensadores y próceres latinoamericanos y caribeños podríamos encontrar mejor el camino de nuestra identidad común.


Esta fue la prédica, la enseñanza y la acción de José Martí, tan cubano como iberoamericano y universal, quien proclamó, como suprema aspiración de la república que se propuso construir, que su ley primera fuera “el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Él representa, en el siglo XIX, la expresión más alta de una tradición jurídica que se continúa hasta nuestros días.


Cuba tiene una larga tradición y rica experiencia histórica sobre el tema del estado y el derecho, que debe conocerse por profesores e investigadores de estas disciplinas claves para esclarecer caminos en tiempos como los actuales.


La primera Constitución cubana expresó, desde 1869, los niveles más altos de la cultura jurídica, política y social de la nación entonces emergente. En cuanto a esta disciplina, se revelaron las más altas escalas de la llamada cultura occidental. La República en Armas, establecida en abril de 1869, a solo seis meses del levantamiento armado, encarnaba los intereses de la nación que emergía con un estado cubano de derecho.


Desde aquel tiempo, el tema del derecho ha sido un componente fundamental de las luchas políticas y revolucionarias cubanas orientadas a garantizar la independencia nacional y la defensa de los intereses de los pobres y explotados. Los decretos de abolición de la esclavitud constituyeron el primer eslabón de una cadena de ideas jurídicas encaminadas hacia la justicia en su acepción cabal, es decir, universal, y fundamentada en sólidos principios morales. Asimismo, en nuestra tradición jurídica ha estado presente la necesidad de la unidad del país frente a sus poderosos enemigos.


En esta primera Constitución quedó consagrada la igualdad de todos los hombres y mujeres ante la ley y la liberación de los esclavos. En aquella república, a medida que fue radicalizándose la lucha, se estableció un nexo indestructible entre la independencia nacional y la liberación social.


La Revolución iniciada en 1868, después de 10 años de duro combate no logra alcanzar el triunfo. Se continúa en 1895, esta vez bajo el liderazgo de José Martí y queda trunca con la intervención de Estados Unidos, en 1898, en la guerra que oponía a cubanos y españoles.


Aquel dramático desenlace fue la causa fundamental de que se frustrara el ideal de independencia radical de la nación cubana. Se dio paso a la república mediatizada instaurada el 20 mayo de 1902, que fue el primer ensayo neocolonial en el mundo. Esa república nació con un apéndice constitucional, la Enmienda Platt, aprobada por el Congreso norteamericano mediante el cual se le otorgaba el derecho a los Estados Unidos de intervenir en Cuba y se le concedían porciones del suelo patrio para la ubicación de estaciones navales y carboneras que dieron lugar más tarde a la Base Naval de Guantánamo. Asimismo, se segregó de la soberanía de la nación a la Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, y se dispuso que su status final se determinaría en un futuro tratado. Políticamente, y vinculada al proceso de expansión económica que Norteamérica asumiría desde principios de siglo, aquella república quedó sometida a los mandatos del imperio. En sus esencias se parecía bastante a un protectorado.


Estas circunstancias acabaron generando en el país un combate revolucionario que culminaría con la lucha contra la tiranía de Gerardo Machado en la tercera y cuarta décadas del siglo XX. En la línea primera de ese proceso estuvo lo mejor de la intelectualidad cubana entre ellos los juristas.


Tras el derrocamiento de aquella dictadura sangrienta, en 1933, se desencadenó un proceso revolucionario que intentaba hacer prevalecer los intereses del pueblo cubano que resultó frustrado nuevamente con la activa participación del Gobierno de Estados Unidos.


En 1934, y en virtud de un intenso trabajo de propaganda patriótica de treinta años, Estados Unidos aceptaba la suspensión de la Enmienda Platt que había sido decidida ya por el Gobierno Revolucionario que emergió tras el fin de la dictadura.


Como reflejo político asociado al estallido de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, se propició un proceso de carácter pacífico en el que intervinieron todas las fuerzas políticas del país para plasmar en la Constitución de 1940, con el consenso nacional, los puntos más avanzados del pensamiento político de la época. Su texto es el resultado histórico del proceso forjado desde las décadas precedentes.


No obstante estas profundas debilidades derivadas del sistema social dominante, la Carta Magna de 1940 fue una de las más progresistas entre los países capitalistas. Entre las naciones del llamado Occidente, fue una de las más cercanas a un pensamiento social avanzado. Estamos planteándonos promover entre los estudiosos de las ciencias jurídicas, investigaciones de derecho comparado de dicha Constitución con otros textos de la época. En esa Constitución se abolía el latifundio como expresión de la conciencia nacional a favor de una Reforma Agraria. Desde luego, el sistema político y social burgués impedía su aplicación y nunca se aprobaron las leyes complementarias que la harían posible. Ambos aspectos, abolición del latifundio y reforma agraria eran elementos claves que implicaban un desafío a las grandes empresas norteamericanas propietarias de enormes extensiones de tierra en todo el país y abrían el camino hacia transformaciones socialistas. Desde luego, sus medidas más avanzadas nunca se cumplieron porque los gobiernos corrompidos y entreguistas lo impedían.


Para el 1° de junio de 1952, en medio de la corrupción, el latrocinio y la entrega a los intereses de los Estados Unidos, se habían convocado elecciones generales en las cuales iba a triunfar un partido de amplia base popular. Menos de tres meses antes, el 10 de marzo de aquel año, Fulgencio Batista, con el apoyo norteamericano, derrocó al gobierno constitucional y abolió la Constitución de 1940. De esta forma impidió la victoria popular y afianzó el dominio económico de Estados Unidos del país. Sin embargo, los reaccionarios deben extraer todas las consecuencias de la lección que la historia dio del golpe de Estado, porque el rechazo del pueblo a aquel régimen tiránico generó un proceso revolucionario radical que culminaría con el triunfo de la Revolución. Así conquistamos la plena libertad y la independencia el 1° de enero de 1959.


En la lucha contra la tiranía influyó, de manera decisiva, la defensa de la Constitución de la República, la que teníamos como bandera. Ello tenía su fundamento en la tradición jurídica descrita y que se ejemplificó, de manera muy evidente, en dos momentos del período neocolonial (1902-1959). Hubo, en ese tiempo, dos gobiernos que de manera clara y descarnada violentaron la Constitución e instauraron una tiranía: los de Gerardo Machado (1926-1933), con la prórroga de poderes; y el de Fulgencio Batista (1952-1959), con su tristemente célebre golpe de Estado. Ambos generaron procesos revolucionarios radicales que tuvieron como punto de partida la lucha contra el quebrantamiento de la ley. El rechazo popular a la ilegitimidad de gobiernos tiránicos está en la médula de la cultura jurídica y política cubana.


Hay otra gran enseñanza de la historia transcurrida desde 1869 hasta nuestros días: se trata de la unidad de las fuerzas revolucionarias. En el siglo XX, fue Fidel Castro quien hizo posible la unidad asumiendo la tradición martiana y las enseñanzas del largo proceso que hemos descrito.


Estamos persuadidos de que la cultura de hacer política que Martí nos enseñó es el aporte principal de Cuba al acervo intelectual universal, que supera la vieja consigna conservadora de divide y vencerás, de antiquísima referencia, establece el principio de unir para vencer y postula una definición de la justicia como el sol del mundo moral. Ahí está la esencia de la acción política cubana y se basa en el principio enunciado por el Maestro de que ser culto es el único modo de ser libre.


(Continuará)




martes, 2 de agosto de 2016

Carta al PCC sobre Conceptualización

Por: La Joven Cuba


Varios miembros de La Joven Cuba depositamos esta carta en la Oficina de Correspondencia del Consejo de Estado. Nuestra intención es contribuir al debate aportando a la construcción socialista. Deseamos que esto ayude a materializar las utopías que refleja el documento.




Cro. Raúl Castro Ruz


Primer Secretario, Partido Comunista de Cuba


Asunto: Sobre la conceptualización del modelo


Luego de leer con atención el documento lo consideramos un paso necesario e impostergable en la construcción de un verdadero socialismo cubano. Idea con la cual nos sentimos plenamente identificados. Su carácter revolucionario tiene una dimensión histórica. Una conceptualización que ha nacido entre la urgencia y la posibilidad de los tiempos. Suponemos las muchas complejidades en su elaboración, en medio de la difícil tarea de mantener la unión. Sobre lo expresado en el texto tenemos en la mayoría de los puntos una opinión coincidente y en algunos de ellos, señalamientos críticos.


Atendiendo al llamado que se ha hecho, los miembros de La Joven Cuba hacen los siguientes aportes al proceso de discusión y debate sobre el texto de laConceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista:




  •  La Joven Cuba se siente representada en dicha Conceptualización en su párrafo 41 que dice: Existencia de una activa y diversa sociedad civil socialista, preparada y organizada en defensa de la Revolución. Así como en su párrafo 111: La información, la comunicación y el conocimiento constituyen bienes públicos y derechos ciudadanos que se ejercen responsablemente; preservando la soberanía tecnológica, con observancia de la legislación establecida en materia de defensa y seguridad nacionales.

  • Consideramos que aunque se trate de una conceptualización, en algunos casos se deben incluir elementos de referencia concreta que ayuden en su tránsito a la práctica. A menudo los documentos políticos, al tratar asuntos muy generales, se prestan a interpretaciones ambiguas. Existen referentes así en nuestra historia conPalabras a los Intelectuales o El Socialismo y el Hombre en Cuba. Los textos ambiguos caen fácilmente en manos de la subjetividad de aquellos encargados de aplicarlo, para protegernos de eso debemos buscar cierta especificidad.

  • Por su importancia debe ser incluida en esta Conceptualización, en su Capítulo 3 o en otro, la decisión de limitar a dos períodos de 5 años la permanencia de los cuadros en los principales cargos de dirección. En el caso de los cargos de Presidente y Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, consideramos que una vez electos por la Asamblea Nacional en cada período de 5 años, deben ser ratificados los mismos por referéndum popular, general y secreto. Así no solo mencionar que nuestro modelo de socialismo es democrático si no señalar desde ahora como puede serlo no solo de palabra sino también en la práctica.

  • En el punto 9 de la Introducción se menciona el proceso de construcción socialista para el cual es necesario una certera conducción y la participación activa del pueblo. Deben presentarse los mecanismos a través de los cuales el pueblo realiza esa participación. Mencionarse para un empoderamiento real los distintos niveles del Poder Popular. Las decisiones gubernamentales no pueden ir en contra de la voluntad popular, para lo mismo se requiere de encuestas, órganos de orientación legal, mayor divulgación en materia de derechos y la práctica de referéndums y plebiscitos de forma vinculante cuando se requieran.

  • En el punto 34 de la Introducción se explica cómo la economía está en el centro de la atención, nos parece prudente alertar de que esta tendencia no puede derivar en una tecnocracia desideologizada con una visión meramente economicista. Uno de los mayores peligros de nuestro tiempo.

  • En el punto 39 de la Introducción se menciona como fortaleza la universalidad de la política social, pero es importante distinguir entre qué beneficios de la política social deben ser universales y cuáles deben ser sectoriales. Que este punto sea la base de dejar de subvencionar a quien no lo requiere para ayudar más a quienes si lo necesitan.

  • En el punto 41 de la Introducción se menciona una activa y diversa sociedad civil socialista, preparada y organizada en defensa de la Revolución. Proponemos sustituir este fragmento por "una activa sociedad civil socialista, dispuesta a la defensa de la Revolución", para que en la redacción conste que tienen cabida aquellos proyectos que se han organizado por iniciativa propia para defenderla.

  • En el punto 59 de la Introducción se menciona el papel dirigente del Partido Comunista de Cuba como un principio que sustenta nuestro modelo. Sugerimos que la mención al Partido se traslade al inicio del Capítulo I antes de enumerar dichos principios porque el partido de vanguardia constituye una herramienta en la construcción política, no un principio en sí mismo.

  • Nos preocupa la posibilidad de que el punto 110 sobre la comunicación social como un recurso estratégico de dirección del Estado, en la práctica entre en contradicción con el punto 111 que menciona que la información, la comunicación y el conocimiento constituyen bienes públicos y derechos ciudadanos. Aun considerando que a todos los puntos se les concede la misma importancia, elementos diversos pueden privilegiar el 110 sobre el 111 manteniendo y fomentando la censura y otras lamentables situaciones en materia de comunicación que consideramos este texto aspira a corregir.

  • En el Capítulo 2 inciso a, referente a La propiedad socialista de todo el pueblo, el punto 124 dice: "Asume la forma de propiedad estatal, a partir de que el Estado actúa como representante del dueño, que es el pueblo", sugerimos que se le agregue: "por lo que funcionan bajo transparencia". Es importante especificar que una empresa de carácter estatal tiene la obligación de ser transparente a diferencia de las privadas.

  • En el Capítulo 2 inciso d, referente a La propiedad privada, el punto 184 dice: Se aplican políticas y normativas teniendo en cuenta los límites, espacios de actuación, y alcances de las diferentes escalas. En este u otro párrafo se debe agregar: "Aquellas actividades que sean consideradas sensibles por su impacto social, como el transporte público, la venta de productos agrícolas u otros que se consideren, no funcionarán bajo oferta y demanda, sino bajo regulación del Estado"

  • En el Capítulo 3 inciso c, La gestión del Estado, el punto 254 dice: Se fomenta la participación de los ciudadanos, la transparencia, el escrutinio público y la rendición de cuentas. Igualmente, la gestión integral y eficiente de los recursos humanos por todos los actores económicos y sociales. Consideramos que a esto se debe agregar: "La información referente a los Organismos de la Administración del Estado y sus integrantes son de dominio y divulgación públicas, con excepción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y en el caso del Ministerio del Interior, lo relacionado con la Inteligencia y la Seguridad del Estado".

  • En el Capítulo 4 sobre Política Social, el punto 274 menciona cómo los derechos económicos y sociales son materializados de modo cada vez más efectiva, de acuerdo con lo refrendado en la Constitución de la República. Consideramos importante que se constitucionalice la sociedad cubana en su conjunto y dentro de ella, las instituciones y su funcionamiento. Ello implicaría la redacción, discusión y aplicación de leyes complementarias a los artículos de la Constitución y la elaboración de los mecanismos que impliquen el amparo constitucional por parte de los ciudadanos. Sería fundamental la creación de una jurisdicción constitucional inexistente hoy, a cuya cabeza esté un Tribunal Constitucional en interés de proteger y garantizar la defensa de los derechos y la propia Constitución. Por último, consideramos esencial una alusión también a la protección de los derechos civiles y políticos, más conocidos como de primera generación.

  • En el Capítulo 4 sobre Política Social, el punto 293 menciona en relación a la migración interna que se incentiva la permanencia y retorno de las familias y jóvenes a las comunidades rurales, con énfasis en aquellas con potencialidades productivas. Consideramos que igualmente debe incluirse un párrafo 294 o inciso que atienda de manera similar la problemática de la migración internacional y la separación familiar de la siguiente forma: “se facilita el retorno de los ciudadanos emigrados y su reinserción en la vida social y económica del país".


Esta Conceptualización, significa sobre todo no refugiarnos en el inmovilismo ni condicionarnos por factores externos. Es el diseño de nuestro legado y en él va el de nuestros antecesores. Que emane entonces de ella la dignidad plena del hombre.


Atentamente,


La Joven Cuba



lunes, 1 de agosto de 2016

Estado, pueblo y medios de comunicación: ¿nos entregamos?


 Por Iroel Sánchez






El 15 de abril de 2009 el Jefe de la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba escribía en un cable que luego reveló Wikileaks “es improbable que el movimiento tradicional de disidentes reemplace al Gobierno cubano”, añadiendo que “blogueros, músicos y artistas plásticos, no pertenecen a organizaciones de disidentes”,  y  adoptan  “mucho mejor, posiciones rebeldes de gran impacto”.


Pero los nombres escogidos aparecían en la propias revelaciones de Wikileaks y en los reportajes de la agencia Associated Press que vinieron después, se desacreditaba así el nuevo proyecto y se perdía lo más importante para su eficacia: la conexión con la sociedad cubana.


Sacar a alguien de Cuba, prepararlo, asignarle un financiamiento no proveniente directamente del gobierno de EEUU, declarar transparencia en el origen y uso del dinero y proclamar preocupación por asuntos ciudadanos como el derecho a la información y los problemas de la comunidad insuficientemente atendidos por instituciones gubernamentales, organizaciones de masas y la prensa cubana era el procedimiento, pero se necesitaban nombres sin pasado contrarrevolucionario y si estaban conectados con la academia, los medios de comunicación y la naciente comunidad de blogueros cubanos, mejor.


Cuba creó una plataforma nacional gratuita para blogs pero entonces, o tal vez por eso mismo, ya los blogs no interesaban y, oh casualidad, tomaron auge los medios de comunicación privados, recogiendo las inconformidades de nuestra prensa, pagando lo que no pagamos y ocupando los vacíos que dejamos. Y el dinero hace maravillas: Quien en un medio cubano homenajeaba al Che, poco después lo irrespetaba allí donde pagan mejor.


Además, de acuerdo con las nuevas realidades el dinero gubernamental se ramifica y terceriza de manera que es cada vez más difícil saber quién está detrás. El Departamento de Estado de Estados Unidos anunció el 24 de diciembre de 2014 -exactamente una semana después de los acuerdos del 17D entre los gobiernos de Cuba y EEUU- que estaba buscando organizaciones estadounidenses o basadas en el extranjero interesadas en programas que “promuevan los derechos civiles, políticos y laborales en Cuba” para adjudicarles hasta $ 11 millones en subvenciones que van desde $ 500.000 a $ 2 millones cada una, declarando que daría prioridad a las propuestas que “hagan hincapié en el papel de los interlocutores cubanos en el desarrollo y el logro de los objetivos programáticos”. Las actividades a financiar abarcan “capacitaciones, becas de corta duración, o de compromiso”, no en la misión diplomática de Washington en La Habana sino en otros países, incluyendo EEUU.


En el mundo entero la prensa privada es unánime a la hora de juzgar a Cuba y señalarnos el camino que debemos tomar, es unánime cuando se enfrenta como un solo partido político a los procesos progresistas en América Latina y es unánime en coincidir con las estrategias de Estados Unidos en la región pero –vaya paradoja- se nos dice que tenemos que tener prensa privada para ser plurales. Y si preguntas dónde la prensa privada (o peor, la gubernamental que se concentra exclusivamente en nosotros desde medios públicos de EEUU y Europa), defiende a los de abajo, dónde da voz a los sindicalistas y los desempleados, entonces eres extremista. Resulta que el extremo estaría no en la minoría que controla todo eso o en quien le sirve pidiendo “una purga calcinante” de los últimos sesenta años de nuestra historia en el mejor estilo de los “tres días para matar”, sino en quienes lo denuncian.


Así se trate de medios gubernamentales con divisiones especiales dedicadas a la Isla, o de medios privados con gestores instalados al interior del país, la línea editorial que ocupa el centro de la prensa construida desde el exterior para conducir a Cuba al capitalismo es exhibir el éxito del individualismo frente al fracaso de lo colectivo. Pero para nuestros inteligentes consejeros eso no es propaganda.


En su vista panorámica de la autopista del capital no aparecen quienes se arrastran por sus márgenes, pero es más atractiva si junto al triunfador individual -“emprendedor” o emigrado- se colocan en primer plano los baches en el proyecto colectivo. Claro está, sin decir cuántos son fruto de las minas sembradas allí por quienes les pagan a quienes escriben el encargo.


Que se haga a través de la seducción mercantil no lo hace menos propaganda que la indicación explícita. Ya se sabe que para la CIA la “forma de propaganda más efectiva” es aquella en que el individuo actúa en la dirección en que se espera, por razones que cree son las suyas propias. En cuanto al uso de la censura, sobran los testimonios de que allí cuecen habas, pero es cierto que cuando manda el dinero hace menos falta porque como dijo el fundador del neoliberalismo, Milton Friedman:


“Cuanto más amplio sea el uso del mercado, menor será el número de cuestiones en las que se requieren decisiones expresamente políticas y, por tanto, en las que es necesario alcanzar un acuerdo”. 


Mucho tiene que cambiar nuestra prensa para ser el instrumento de control popular, participación ciudadana y crecimiento espiritual que Cuba necesita y para aprovechar en ella todo el potencial de nuestros jóvenes periodistas y nuestros intelectuales, pero no es con la ayuda interesada de quienes han convertido a Noam Chomsky en un desconocido en su propio país y con su persecución llevaron a la muerte al joven activista por el libre acceso a la información Aaron Swartz que lo lograremos.


¿O es gratuito que en esta estrategia esos medios promotores de la restauración capitalista coincidan con el planteamiento explícito del Presidente Barack Obama en su visita a La Habana oponiendo el pueblo y el estado cubanos, y atacando al Partido Comunista como garantía de ese poder?¿Ha dejado alguna vez el estado revolucionario de luchar en beneficio de los intereses del pueblo cubano?¿No es estatal la política de un medio privado que sirve a la estrategia de un estado extranjero?¿No son precisamente los que se han opuesto históricamente a los intereses de nuestro pueblo los que necesitan, y financian, una prensa hostil a nuestro estado?


Si alguna duda hay de qué lado está cada cual, que se revise qué postura adoptaron unánimemente esos espacios cuando el estado, para proteger la alimentación del pueblo, adoptó medidas para detener la especulación con los precios de los alimentos.


Cómo se relacionan estado, Partido y medios de comunicación en el socialismo para servir mejor al pueblo y vencer en la lucha ideológica frente al capitalismo es una cuestión no resuelta y donde se han cometido no pocos errores en muchas latitudes. Lejos estamos de haber hecho realidad lo planteado por Fidel en 1977 cuando expresó:


“En nuestro concepto, los periódicos y los medios masivos de divulgación pertenecen al pueblo. Y debe existir la más amplia libertad para que el pueblo utilice esos medios en favor de los intereses de la causa, en la crítica dura contra todo lo que esté mal hecho. Creo que mientras más crítica exista dentro del socialismo, eso es lo mejor…”


Pero el estado socialista al que aspiramos, cada vez más democrático y popular, y cuyo diseño discuten ahora mismo cientos de miles de cubanos en total libertad no es el problema, sino que puede ser la única solución para alcanzarlo. El gran periodista argentino Víctor Hugo Morales, que ha sufrido la censura, la persecución y el acoso de los medios privados en su país lo explica con claridad:


“El problema más serio de la democracia es la influencia de los medios de comunicación convertidos en partidos políticos, escudados en la libertad de expresión como un bien que está por arriba de todos los demás. La libertad real es la que está comprometida cuando los medios concentrados asfixian ese ideal. 


“De todas las corporaciones es la más poderosa, porque se ubica al frente de ese ejército que combate al Estado como si este fuese el causante de los males, y no su remedio, o por lo menos, un paliativo dentro de este mundo rendido a los pies del capitalismo. Solo el Estado puede regularlo y adecentar la derrota de las mayorías, porque hace más grande y más profunda la discusión política. 


“Fuera del Estado, para los más vulnerables no hay mundo, no hay dignidad, no hay nada que valga la pena. Y la guerra enmascarada en los valores de la libertad de expresión es impiadosa, constante, cruel y mentirosa. Sin Estado no hay democracia, porque es el que puede arbitrar en la despareja relación de las fuerzas en pugna.”


En esa guerra, donde nos jugamos el destino como Revolución de los humildes por los humildes y para los humildes, no tenemos derecho a entregar las armas de la comunicación a los ricos, por los ricos y para los ricos que son en definitiva quienes ya las controlan en la mayor parte del planeta.



La cultura del silencio en los medios de comunicación cubanos.

Por René Fidel González García, Cuba Posible




Y como el miedo crea hábito, nuevas clases de miedo han estado apareciendo con los años.
Rafael Alcides

Lo contrario de la fe no es la herejía, sino la indiferencia.
Elie Wiesel


En la primavera del año 2010, el extinto Alfredo Guevara Valdés, posiblemente uno de los últimos intelectuales renacentistas cubanos, sajaba a la prensa cubana en la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana, en un ejercicio de agudeza y consecuencia crítica. En aquel entonces Alfredo ponía en duda, con declarado optimismo, pero con un desamparo escalofriante, la existencia de un paradigma actual de periodismo en Cuba. Hablaba con estudiantes y profesores, y se preguntaba: “¿qué ejemplo de periodismo le podemos poner a ustedes?”(1). El último Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), con la presencia de directivos del instituto rector de la radio y la televisión, así como de altos funcionarios de organizaciones políticas y gubernamentales, trató también no pocas de las insatisfacciones de los profesionales de los medios cubanos de comunicación y las de la población.

Sin embargo, cuando Guevara señalaba la orfandad de paradigmas de los estudiantes cubanos de periodismo no hacía referencia a la ausencia de un modelo de formación profesional. Al margen de las críticas que se le pueden hacer, la calidad de escritura, la voluntad de predominio de un estilo pulcro y exigente en la mayoría de los trabajos, la altísima preparación post-graduada de muchos de ellos para un ejercicio ético y profesional superior y el despliegue de una agenda temática amplia y profunda por la diversidad de los temas y la seriedad de abordajes realizados, ajenos, casi absolutamente, a presupuestos de frivolidad y superficialidad(2) –por sólo citar algunas de sus cualidades positivas–, caracteriza en buena medida la producción periodística cubana. El rastro que dejaba su disquisición, que prosiguió luego desgranando en otras universidades del país, apuntaba, por el contrario, al desastre que entrañaría para la sociedad y el proyecto político cubano que el amasijo formado por la minuciosa oficialización de cada aspecto de la vida cotidiana, la censura, la autocensura y el secreto, se consagrasen, definitivamente, como el paradigma de los medios de comunicación cubanos.

Aunque la aparición de estos elementos negativos –y su oscura, clandestina, e inconstitucional normatividad– puedan estar condicionados por las contracciones de los retrocesos y deformaciones de la ética política revolucionaria ocurridas en los segmentos de peligrosidad histórica más agudos que se atravesaron en Cuba en las últimas cinco décadas, o al mismo tiempo, ser resultado de la importación del denso y opresivo sistema soviético de control de la información, es indudable que se instauraron con vocación de convertirse en un paradigma sistémico –también profesional– que quizás desde muy temprano no solo fue el nicho ecológico que proporcionó protección e impunidad a la burocracia y difuminó gradualmente (hasta lo imposible) las zonas de contacto de la ciudadanía y el Estado –sobre todo en provincias, municipios, caseríos y poblados–, sino que también, y contradictoriamente con el papel que debieron jugar los medios dentro del proyecto revolucionario, acabó por hacer de la extensa y complejísima realidad cubana su punto ciego por excelencia.

En otro sentido, la función propagandística de los medios(3), exacerbada, contaminada y orientada por idénticas funciones ejercidas por el aparato partidista cubano y el de muchas de las organizaciones de masas, fue la herramienta que limitó paulatinamente lo que había sido una de las plataformas más eficientes para propiciar y expresar auténticamente los comportamientos políticos de los cubanos y movilizarlos alrededor de un proyecto propio(4), y la que produjo, finalmente, la sobre-exposición de la población a proyectos, planes y cambios de visiones del futuro, y la aparición de un fenómeno que alguna vez he llamado “el hastío utópico”.

Tanto la tendencia de no asumir la complejidad de la realidad(5), como la de presentarla a través de untravelling inacabable de éxitos, retos y nuevos planes que invisibiliza al país y sus gentes –sus proyectos de vida y problemas, contradicciones, aspiraciones, fracasos e irrealizaciones, sus flaquezas y defectos– han sido incorporadas hasta hoy a las insatisfacciones de amplios sectores de la población cubana que valorizan los medios de información como espacios de conocimiento, debate, crítica, análisis, deliberación, juicio e información de la realidad de la sociedad, o por aquellos integrados por personas que han crecido en sus márgenes lúdicas y de entretenimiento, u otros, que se han desconectado cada vez más de ellos, saturados por su carga propagandística, o respondiendo, más que a una visión crítica propia, a la circulación y reproducción de estereotipos negativos sobre su funcionamiento y calidad(6).

En cualquier caso, y aunque aún resguardadas en el difuso borde existente entre las opiniones privadas y las públicas, ambas tendencias han contribuido, cada vez más, a una comprensión social común que las integra culturalmente como parte de una estrategia dominante que implementa lo gubernamental y lo político cubano en el manejo de los medios de comunicación.

Paradójicamente, los que se encontraron en las reuniones del último Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) quizás eran conscientes de que el hecho de que los medios de comunicación cubanos, y el propio trabajo periodístico, estuviesen dentro y fuera del plenario bajo fuerte cuestionamiento por la sociedad cubana en su conjunto, podía ser interpretado tanto como un indicador del valor y la trascendencia para la vida cotidiana que le otorgan sectores muy importantes de la población, como una expresión del desafío que supone la urgencia de replantear su función dentro del proyecto y el proceso revolucionario cubano.

En otra oportunidad he reflexionado sobre los conductos tendidos desde la familia y la educación por los que se puede experimentar, o aprender a usar, el silencio como estrategia, y de cómo este puede confluir al conjunto de instituciones de una sociedad, caracterizando las interacciones que en ellas se producen. Es algo que, en ningún caso, se puede ignorar, pero cuando esas dinámicas de reproducción del silencio alcanzan los medios de comunicación, ya sea como directrices de su funcionamiento, o como conductas e ideas culturalmente dominantes, se establecen entonces de una forma duradera en nuestra ecología personal.

En la diversidad de los medios, y dada la innegable centralidad y preponderancia que tienen en la vida cotidiana, el silencio muta rápidamente a su forma cultural más viral, puesto que la cultura del silencio que progresa desde las estructuras internas de la familia y de la educación, se distribuye luego a la sociedad a través de los medios de comunicación hasta hacer de estos –en su variedad y distintos alcances–, el tramo final de un ciclo cerrado de reproducción social sumamente eficaz y continuo.

En el caso de las estructuras e instituciones, las asociaciones e individuos que hacen parte de los medios de comunicación, incluso aquellas que existen en las comunidades, o en el espacio virtual de las redes sociales y la emergente blogosfera nacional, la importancia de asumir el desafío del replanteo de la función de los medios de comunicación en Cuba no trata solo de un “cambio de mentalidad”, como se ha intentado debatir en la sociedad cubana desde lo político, sino, más explícita y ambiciosamente, de sintonizarlos a la necesidad de un profundo cambio social y jurídico que advierta y lleve a la práctica, resueltamente, la interrupción de aquellas dinámicas de funcionamiento dentro las instituciones –y de la sociedad– que le puedan conducir a ser agencias de reproducción del silencio.

Aunque sea cierto que las instituciones pueden ser en última instancia, detenidas, entorpecidas y limitadas por la cultura de quienes participen en su funcionamiento, es su diseño y principios rectores, y sobre todo sus prácticas reales, sus normas y la existencia y posibilidad del control –y exigencia– público, los que determinarán dentro de ellas la cultura de los hombres y las mujeres que las integran.

Ese replanteo tendrá que hacer de la democratización de los medios de información, de su acceso ciudadano y control público, una de las metas más inmediatas. “Ciudadanizados” y reubicados dentro –y  como parte– de la esfera pública, los medios de comunicación podrán ser desplegados, entonces, en todas sus potencialidades.

Sin embargo, aunque crucial, la alta sensibilidad que ha tenido para el sistema político cubano cualquier cuestión relativa al diseño y funcionamiento de los medios de comunicación, no puede confundirse con la importancia real que estos tienen. Su blindaje y defensa como sector clave de la esfera pública de nuestra sociedad es también necesario y urgente, a corto plazo, en el campo jurídico(7), también en el de los valores y las creencias sociales. La emergencia de nuevas y múltiples formas sociales de trasmisión de contenidos puede, pese al aparente dominio que la centralización y uniformidad de los medios oficiales proporciona, acabar por acorralarles y aislarlos. La ritualización conduce a la parálisis.

De algo se puede estar seguro: las posibilidades de la restauración capitalista en Cuba, y el sucesivo empoderamiento, hegemonía y dominio de una nueva clase política y sus matrices económicas, estarán necesariamente vinculadas a su capacidad final de hacerse del control de los medios. Un control que será alcanzado siempre después de lograr desde el propio cuerpo del Estado –pasando por acelerados ejercicios de idiotización y alienación de la población, vitales para el logro de la hegemonía capitalista– su privatización y el despojo de sus funciones y características públicas. No hay por qué creer que ese control será inmediatamente material, por el contrario, la experiencia indica que las primeras posiciones a tomar serán las simbólicas e ideo-estéticas, por su potencial para producir –y gestionar– una rápida acumulación cultural.

Curiosamente, cuando discutía algunas de las ideas anteriores con un viejo amigo este me preguntó si de lo que hablaba era de desarrollar una versión tropical de una de las ramas de la perestroika. Le señalé entonces el valor y alcance de la paradoja que representaba un evento como el ciclón Sandy, que siendo muy dramático para una ciudad que se creía a salvo detrás de sus baluartes montañosos, permitió a los santiagueros descubrir con asombro, los extendidos cinturones de pobreza que le rodeaban –ocultos tras su topografía y flora– , y poderlos identificar como tales –desastres íntimos, dolorosos y pre-existentes de una ciudad orgullosa– dentro de las imágenes superpuestas de los devastadores daños ocasionados por el fenómeno meteorológico que trasmitía la televisión nacional, que eran –lo habían sido antes y lo seguirían siendo después–,  increíblemente omisas en cuanto a ellos.

El problema es que esa deuda de realidad presente en los medios de comunicación –y me refiero también al acumulado histórico de esa deuda–, es necesariamente societaria y, como todas las deudas, tiene una cualidad permanente y fatal: lastra. En nuestro caso nos impide tomarnos en cuenta, asumirnos, integrarnos, movilizarnos, al mismo tiempo que ofrece una coartada infinita a la mediocridad, la abulia, la codicia, la ambición y el poder, o a sus probables y casi infinitas combinaciones.

En ese sentido es que los medios de comunicación funcionan dentro de una sociedad como un sistema inmunológico: su fuerza, su eficacia y fortaleza no depende de ignorar lo que le hace daño al organismo, sino de identificarlo, asumirlo y combatirlo; lo contrario a eso lo hace débil, enfermo o, simplemente, inútil. La “paradoja de Sandy” señala, además, un déficit infame que ninguna consideración derivada de la política puede justificar seriamente sin comprometer, al mismo tiempo, la raíz pública de lo político: la complicidad –y responsabilidad– que colectivamente se puede tener con el silencio.

Cuba necesita reencontrarse consigo misma y con sus contradicciones, por más amargas que sean. Lo está haciendo ya –quizás lo ha hecho siempre–, pero esta vez lo está haciendo más desde las personalidades, las ínsulas, las islas que cada uno de nosotros somos. Ello realmente es imprescindible, pero ese proceso para que sea útil y trascendente, tiene que ser también colectivo, si no será –acaso solamente– egoísta, despiadado o, simplemente, estéril.

Reconocerse en sus múltiples identidades y singularidades, despedazar la imagen estereotipada(8) o total(9) que le han construido los medios de comunicación y que le impide verse completamente tal como ha sido y como fundamentalmente sigue siendo, como quiere ser, será imprescindible para impedir que detrás de esa imagen intrascendente, chata, vacía y desconcertante(10) –el país atomizado y atomizador– que se alza desde nuestras contradicciones y desigualdades sociales, logre e imponga, al país solidario, la hegemonía de la ética de la incertidumbre que tan cara es a sus propósitos.

Ese inaplazable despliegue mediático –también de sus profesionales y de los ciudadanos-, tendrá que asumir como parte del extenso catálogo de situaciones que atañen e impactan de diferentes formas al marco civilizatorio construido en Cuba, las profundas asimetrías regionales y sus orígenes y consecuencias; descubrir, enfrentar y compartir las historias de vida, los desafíos cotidianos de sus hombres y mujeres, de sus ancianos e infantes que están en condición de pobreza; constatar, discutir e interpelar las disfunciones, deformaciones y decisiones de nuestro sistema político y económico, las zonas de intermitencia, ruptura y falla de las estructuras de desarrollo social-humano-ecológico, y hacerlo desatando el protagonismo ciudadano y sus enormes potencialidades emancipadoras y éticas en la concepción y concreción de la idea del socialismo.

La vertebración de un eficiente y abierto sistema de formación de opinión pública y de retroalimentación de lo político-institucional y del corpus de la sociedad civil resultará en ese esfuerzo, una condición imprescindible para que nuestras metas como individuos sean contenidas dentro de las metas del país. Sin dudas, esta será clave para que la continuidad y el perfeccionamiento democrático del proyecto social que se ha ensayado en Cuba no sucumba entre su progresivo anquilosamiento y envejecimiento utópico y el peso de las ideas que históricamente han funcionado como su contrapartida. La coincidencia colectiva en ese proyecto –de la que eclosionó el Socialismo en Cuba– dependerá siempre –como en el pasado– tanto de la posibilidad de poderlo interpretar colectivamente como de ser capaces, y estar en situación, de negociar entre todos una realidad social y política común.

Definitivamente, cualquier lógica social o institucional presente entre nosotros que haga de los medios de comunicación compartimentos estancos de los intereses y necesidades de legitimación política a costa de su capacidad de funcionar como un instrumento de plasmación, crítica, concepción y proposición de la realidad, y eficaz herramienta de control del poder en todos los niveles y zonas de ejercicio, acabará ella misma por producir –y sucumbir ante– eventos de dominación –dominaciones– que subordinarán y reducirán la acción individual y colectiva presentes en los procesos sociales a típicas acciones concertadas desde ejercicios de poder, influencia y autoridad de élites, grupos e individuos.


Notas:

1.    Vid. Guevara, Alfredo: Dialogar, dialogar (escuchar, enseñar, afirmar, aprender), Ediciones Nuevo Cine Latinoamericano, La Habana, 2013, p.140.

2.    Para solo poner un ejemplo, en 2014, a propósito del Día de la Prensa Cubana, Theodor Friedrich, representante en Cuba de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) entregaba un reconocimiento a 8 periodistas cubanas de diferentes publicaciones y del Sistema Informativo de la Televisión Cubana, por la profundidad y sensatez con que abordaron asuntos vinculados a áreas de interés de la organización. Vid. La FAO reconoce a periodistas cubanas, en Juventud Rebelde, jueves 3 de abril de 2014, año 49, No. 139, p.8.

3.    En cambio, la sustanciación de la función educativa y de trasmisión social de valores de los medios cubanos, fue un poderoso y efectivo instrumento de cambio social que tributó al imago mundi de generaciones de cubanos, su sensibilidad y desarrollo civilizatorio.

4.    Como lo había demostrado, para solo citar dos ejemplos, el inédito y masivo proceso de transición a un consenso sobre el socialismo ocurrido entre 1959-1961, en un país marcadamente anticomunista como Cuba, o más recientemente en el tiempo, con la rearticulación socio político y constitucional de inicios de los años 90.

5.    Desconozco cuáles razones técnicas, financieras, o de otro tipo, si las hubo, pudieron provocar que las emisiones de TELESUR, de las que Cuba es fundadora, estuvieran restringidas a una selección de contenidos realizada por el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT)  –algo similar ocurrió también en Argentina–,  lo cierto es que incluso después de alcanzar una trasmisión de 12 horas, el ángulo de reflejo de la realidad cubana es muy bajo y casi inocuo en contraste con el de otros países. Sin embargo, programas como Dossier, conducido por el periodista Walter Martínez y retrasmitidos por el mismo canal, tienen entre los cubanos y cubanas una tele audiencia tan extraordinaria, exigente y culta como para influir en cambios de horario de retrasmisión del mismo, según insinuara su conductor.

6.    La irónica reflexión de una compañera apuntaba hace un tiempo atrás, refiriéndose a la televisión nacional, y recuerdo que citando a alguien más, que la programación de nuestros informativos parecía hecha por la KGB (Komitet Gosudárstvennoy Bezopásnosti, o Comité para la Seguridad del Estado) y la de entretenimiento por la CIA (Central Intelligence Agency)

7.    La “juridificación” de las libertades reconocidas por la Constitución es imprescindible. Una Ley de Medios de Comunicación sería necesaria como primer paso para ese blindaje que se deriva de su regulación constitucional. Después de más de cuatro décadas de su promulgación, el mandato constitucional que relaciona la libertad de prensa y de palabra, sigue siendo, junto a otras reservas de leyes, una ausencia dentro del plan legislativo de la Asamblea Nacional, pero también un serio límite para la democracia en Cuba.

8.    Desde hace más de veinte años los medios cubanos han servido sistemáticamente de plataforma de reproducción de estereotipos sociales negativos sobre habitantes de las provincias de Pinar del Río y de Santiago de Cuba. En el caso de esta última el uso peyorativo del término “palestino” es una referencia que engloba en realidad a los habitantes de la región oriental.

9.    Las producciones de la Televisión Serrana, de una calidad desde todo punto de vista muy notable, y cuya aportación a la identidad y la cultura de la población rural o urbana montañosa y al conocimiento nacional de sus aspiraciones, problemas, necesidades y logros serían fundamentales, tienen en la actualidad una presencia insignificante en la programación de la televisión cubana.

10.    Una entrega del programa humorístico Vivir del Cuento de la Televisión cubana, centraba su trama en el viaje de dos de sus personajes a una instalación turística cubana gracias a la invitación que les realizara un ciudadano extranjero. Su estancia fue, por decirlo de algún modo, una especie de  hoja de ruta de la satisfacción de muchas de las carencias materiales    –la mayoría de ellas muy primarias– y espirituales que enfrentan los cubanos en la vida cotidiana, o si se quiere, la estancia en una dimensión paralela –y opuesta– a ella. El programa, que tuvo una duración inusual, concluía con el despertar de ambos personajes: todo había sido un sueño. La ironía, el sarcasmo y otros recursos humorísticos empleados hasta ese momento para presentar la realidad, dejaron serias dudas de hasta qué punto se trataba de un abordaje de ella, o al mismo tiempo expresaba, consciente o inconscientemente, la burla de un sector de la población cubana y la subsiguiente humillación de otros, impedidos de vivir, fuera o dentro de las instalaciones de turismo, de acuerdo a los estándares de calidad de vida allí exhibidos. Curiosamente, los personajes involucrados pertenecen al grupo etario en que a menudo coinciden la condición de adulto mayor y pensionado, cuya atención y protección será en los próximos años el desafío social más importante que enfrentará el Estado cubano.