martes, 8 de agosto de 2017

Cubanidad y Cubanía

Por: Miguel Barnet



Bandera cubana en la Fortaleza de La Cabaña. Foto: Abraham Santana Díaz / Cubadebate
Intervención en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS, realizado en la facultad de biología de la Universidad de La Habana, 16 de mayo de 2017
Los conceptos de cubanía y cubanidad merecen una reflexión. Son peligrosos si se enfocan de una manera extrema, dogmática o reduccionista. En primer lugar cubanidad es la calidad de lo cubano. Y cubanía es la vocación de ser cubano.
La cubanidad como la cubanía son categorías del espíritu y también volitivas. No fueron muchos los estudiosos del siglo XIX que hicieron reflexiones teóricas sobre estos conceptos de cubanía y cubanidad.
Lo cubano como esencia o como matriz cultural etnográfica mucho antes de ser motivo u objeto de teorizaciones, se expresó primero en las artes. Yo creo que el artista siempre ha sido una figura emblemática de la vanguardia, en todos los sentidos sobre todo desde el punto de vista de la intuición. Si pensamos en la música, veremos que los elementos llamados criollos, o sea, de cubanos ya nacidos en la Isla, están en las danzas de Manuel Saumell, luego en las contradanzas de un gran músico y compositor, Ignacio Cervantes, y en la música popular, en las zarabandas, en los minuets, en las chaconas amulatadas en géneros que derivaron todos de ritmos y danzas europeas, sobre todo francesas. Y por ahí vamos entendiendo un poco dónde está el oído del cubano para percibir ciertos aires y expresarlos en un género, en una manifestación rítmica, en un estilo que ya se iba perfilando.
Y qué decir de la plástica, la plástica cubana, que se inició como casi todas las expresiones de este continente básicamente en la religión. Tuvo uno o dos artistas plásticos que definieron lo cubano poniendo en sus cuadros un hombre negro en un óleo religioso. Es el caso de Nicolás de la Escalera ¿Y eso sería suficiente para afirmar que este pintor, que se inspiraba quizás en una escuela europea, era un pintor cubano? Todos estos son cuestionamientos. Digo que los conceptos de cubanía y cubanidad son peligrosos porque, si no están asimilados con una visión dialéctica profunda pueden derivar en un nacionalismo estéril y hasta nocivo, que nos puede limitar la visión que debemos tener todos los cubanos que vivimos en la isla, donde las fronteras están abiertas; puede ser una visión peligrosa porque al final somos parte del universo.
Sin embargo, hubo un intelectual en el siglo XIX, un gran estudioso de la cultura cubana y de las zonas periféricas o marginales de la sociedad, que entró en esa abigarrada urdimbre, en esa masa compleja de factores y elementos, y fue José Antonio Saco.
José Antonio Saco, sociólogo empírico, pionero de la visión sociológica de la cultura, tuvo el valor de asumir ciertos estratos populares, entenderlos, analizarlos; estudió el juego, la vagancia, los males de la sociedad, de la “mala vida” y fue el verdadero pionero, de la sociología cubana y de los estudios etnográficos. Él fue la figura cubana a la que más se acercó el maestro Fernando Ortiz. Su paradigma.
Cuando uno lee la obra de Fernando Ortiz, uno dice: bueno, y por qué no está citado José Antonio Saco más profusamente. Él hablaba de Saco, como historiador y lo hacía con respeto. Y es que todo lo que hizo Fernando Ortiz, desde ese texto que tituló Los factores humanos de la cubanidad, fue tratar de colocar la obra de José Antonio Saco en la contemporaneidad. Fue de las primeras cosas que escribió, así como Entre Cubanos de 1913, un estudio de la psicología tropical, como la tituló.
Por eso pienso que la obra de Fernando Ortiz, es todavía una obra desconocida. Se habla de la transculturación, de que Cuba es un ajiaco, y citan a Don Fernando; pero yo retaría a los estudiantes universitarios y a muchos profesores universitarios a que me dijeran si han leído La africanía en la música folklórica de Cuba, si han leído los cinco tomos de Los instrumentos de la música folklórica de Cuba, si han leído Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba, si han leído El contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco, si han leído Una pelea cubana contra los demonios, si han leído sus ensayos, sus artículos en revistas como la revista Bimestre, donde se publicó por primera vez; los factores humanos de la cubanidad, y no voy a quedar satisfecho con la respuesta, porque es curioso que un hombre que es un símbolo y una referencia necesaria para cualquier interpretación de la vida cubana, ya sea de la cultura literaria y artística, o de la política cultural y de la educación no sea leído como merece. Ortiz se ocupó también de la primera reforma universitaria y de asuntos jurídicos porque era abogado. Y escribió sus primeras obras, modestas, de principiante, cuando tenía trece años en Menorca, y otras obras también, con esa visión tan preclara que siempre tuvo y tan dirigida al análisis y la valoración de la cultura popular, tomando siempre como ejemplo la obra del maestro José Antonio Saco.
Para tener una apreciación justa, equilibrada, de qué es la cubanía y qué es la cubanidad tenemos que –como se dice ahora– mirarnos por dentro; mirarnos por dentro sin prejuicios, sin limitaciones, pero siempre con una visión amplia, con una visión integral, nunca con una visión localista, porque caemos en un nacionalismo chato, en un nacionalismo pueril, que no conduce a nada, que es estéril y peligroso, como ya dije.
Don Fernando con todo su aparato teórico y su formación empírica como antropólogo y como historiador–porque él era, repito, un abogado, criminólogo, graduado en Derecho Público, todo lo que hizo fue estudiar, leer, estar al día y sobre todo consultar la obra de los grandes antropólogos, los grandes historiadores y los grandes etnólogos de su época como Enrico Ferri, César Lombroso y Manuel Salés y Ferré, su maestro de Sociología en Madrid.
Tuvo sus diferencias grandes con la Escuela de Chicago y con la figura de Melville Herskovits, que defendía el concepto llevado y traído de aculturación que al final es colonialista. Fue por eso que en su libro Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar introdujo esa nueva teoría, que es más que un neologismo, es un concepto que lleva un análisis muy riguroso de la fusión de los elementos de una cultura que, al fusionarse, crea una tercera categoría, o sea, un tercer producto, que tiene sus raíces en estos dos elementos duales, pero que ni uno choca con el otro, ni uno reduce al otro, los dos constituyen aportes fundamentales y crean eso que hoy nosotros podemos definir como lo nuestro, lo cubano, la cubanidad en este caso.
Un antropólogo polaco-norteamericano, Bronislaw Malinowski, de la escuela del noreste de Estados Unidos, la escuela de Yale, y también de Harvard, aunque él era profesor en Yale, sí apoyó este concepto de transculturación frente a la Escuela de Chicago, frente a la obra de Melville Herskovits, de Ruth Benetict y de otros antropólogos, de la propia Margaret Mead, y creo que Bronislaw Malinowski, que hizo el prólogo al libro Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, fue uno de los intelectuales norteamericanos que mejor entendió el propósito primario y fundacional de la obra de Fernando Ortiz. No solo por haber asimilado y adoptado el concepto de transculturación, que Don Fernando va creando ya mientras está escribiendo este libro, este pequeño opúsculo que nosotros convertimos en libro porque es un ensayo publicado en la revista Bimestre cubana en el año 1939, y que es el resultado de una conferencia que dio Don Fernando, como él dice, “en mi querida universidad”; querida universidad que le entregó el Honoris Causa después que la Universidad de Columbia se lo había dado. Así es la vida. Hay buenos cubanos y cubanos menos buenos.
Don Fernando no siempre tuvo la anuencia y la simpatía de todos los profesores universitarios. Había prejuicios hacia el negro, hacia las culturas de origen africano. Y él fue un precursor de los estudios sobre esas culturas, y un hombre que luchó contra muchos esquemas y que abrió muchas brechas; brechas necesarias para entender hoy justamente el término que él también llamó en este ensayo ajiaco; ese caldo donde se cuecen productos de todo tipo, de todos los elementos: una cazuela abierta. Dice él que eso era lo que comían los aborígenes. Bueno, él hacía sus conjeturas también, porque como intelectual creativo tenía su imaginación. Afirma que eso era lo que comían los aborígenes. Quién puede saber si ese caldo llamado ajiaco lo comían los aborígenes, lo que sí sabemos que los aborígenes comían pescado, plátano y comían yuca, comían lo que tenían a mano, hasta jutias y había ya en esa época. Pero, bueno, en este ensayo él introduce esta idea de que Cuba es un ajiaco, una especie de Melting Pot donde confluyen muchas tendencias, confluyen muchos elementos, confluyen todo tipo de corrientes: corrientes nacionales, corrientes religiosas, corrientes étnicas, corrientes culturales. Si Don Fernando Ortiz hoy estuviera impartiendo aquí una conferencia, diría; Caramba, ese ajiaco se ha enriquecido porque nosotros ahora no podemos hablar de lo cubano sin tomar en cuenta también la presencia rusa o soviética que tuvimos aquí durante muchos años. Es decir que este es un ajiaco que se ha ido cociendo gradualmente y sin prejuicios, sin descartar ninguno de los productos que constituyen ese precioso caldo.
Yo decía que las expresiones de lo cubano primero se han dado –y decía por eso que el artista es siempre un vanguardista, un pionero, un precursor– en la música, en el arte en general, y ahí están las muestras en nuestra cultura. Mucho antes que Don Fernando, José Antonio Saco, y más tarde en el siglo veinte Miguel de Carrión, Jorge Mañach, Elías Entralgo, Juan Pérez de la Riva y otros estudiosos que han indagado un poco en qué es lo cubano, esa gran pregunta, esa pregunta tan difícil a la cual yo no le hallo una respuesta definitiva ni concreta, porque está relacionada con la identidad que es su prima hermana; un concepto muy resbaladizo porque la identidad se está forjando desde que esta isla empezó a recibir influencia del exterior, cuando el famoso choque de culturas al que Don Fernando llamó encontronazo entre las culturas aborígenes llamadas taínas arbitrariamente porque taína en aquel momento no definía a una entidad o a una etnia; era un término, aruaco o arauaco, que quería decir “hombre de paz”, clima suave, u hombre bueno como está en los diccionarios. Figúrense, los indios cubanos, los aborígenes cubanos, llegaron aquí del noroeste de Venezuela huyendo de los Caribes, que sí eran agresivos, y estos eran los indios que había aquí. No había más de 130 mil, de acuerdo con las investigaciones que se han hecho por los arqueólogos y por los antropólogos y los yacimientos que se han encontrado en las excavaciones. Realmente según los restos humanos, no había más de 130 mil habitantes en la isla, mucho más concentrados en las provincias del este del país, de Mayarí, lo que es hoy Holguín, Banes, toda esa zona. También había en Pinar del Río y se definieron de alguna manera como guanahatabeyes, siboneyes, incluso Don Fernando cayó en esas clasificaciones y era lógico, era la época.
En el libro de Las cuatro culturas indias de Cuba se vio seducido por esas clasificaciones, que ahora han sido completamente superadas por estudiosos más recientes. Nosotros publicamos recientemente un libro en la Fundación Fernando Ortiz, de la estudiosa chilena Lilian Moreira, una contribución importante, donde ella define las culturas aborígenes, o sea, los llamados indios, por sus funciones, por el trabajo que realizaban, por el desarrollo que tenían, si eran ceramistas o preceramistas, si eran agricultores, si eran pescadores, y así. Y es como se tiene que definir y clasificar una cultura tan compleja como la cultura aborigen nuestra.
Pero, bueno, hubo también ideólogos del siboneyismo con sentimientos racistas porque estaban en contra de la pujante presencia africana en nuestro país, que fue decisiva y rotunda y lo es aún hoy. El siboneyismo nació entre otras cosas para combatir precisamente esa tendencia y esa literatura y esa poesía que desde Espejo de paciencia exponía factores visibles de la presencia de origen africano.
El siboneyismo inventó todas esas clasificaciones, en que cayeron seducidos tantos estudiosos. Pero el libro de Lilian Moreira aclara muy bien que el concepto o la definición étnica de taíno es muy imprecisa.
Hoy hasta en los museos de Francia, cuando se va a hablar de la cultura del Caribe, de la República Dominicana y de Cuba y Puerto Rico, se habla de taínos y se ha asimilado digamos ese etnónimo como una clasificación étnica. Y quedó patentizado así.
El caso es que Don Fernando fue pionero hasta en eso, hasta en los estudios de arqueología, y yo decía que después de la obra de José Antonio Saco y quizás de la obra de algunos costumbristas y viajeros notables-porque para conocer la cultura cubana, para conocer la historia de Cuba-no basta con leerse los libros de teoría o de sociología. La sociología que se estudió en esta Universidad no era la más adelantada. De Cuba no se hablaba casi nada. El doctor Roberto Agramonte daba Metodología de la Investigación Sociológica, pero muy poco se refería a Cuba. Nos enterábamos cuando Raúl Roa, Jorge Mañach o Fernando Ortiz hacían una conferencia. Después cerraron la Universidad y se acabó todo cuando los esbirros ocuparon esta universidad en el año 1956. Yo pasé a la Escuela de Publicidad porque quería conocer a los profesores de la Universidad, y así fue que tuve que pasar a una escuela de publicidad. A mí la publicidad no me interesó nunca, pero era donde estaban los maestros que habían perdido sus cátedras y sus puestos en la Universidad. Era una escuela de publicidad privada de influencia norteamericana en Cuba, en los años 1957, 58 y 59.
Don Fernando hizo cursos de verano en esta Universidad, eso sí y fueron muy importantes, en los años 1947 y 1948. Hizo dos cursos que llamó Escuela de Verano, pero yo era un niño y solo tengo información de esas escuelas por sus estudiantes. ¿Por qué digo esto? Porque la sociología que se estudiaba aquí era una sociología con una metodología que venía de la escuela europea, ni siquiera de la escuela de antropología de México, que era la escuela más importante de América Latina, ni la de Brasil, eran textos muy escuetos, muy fríos, gélidos casi, de manuales sociológicos, Metodología de Investigación, genérica. De Cuba no se hablaba; de Cuba hablaba Raúl Roa, de Cuba hablaba Fernando Ortiz, de Cuba hablaban José Lezama Lima y Cintio Vitier cuando daban una conferencia o Argeliers León, y uno se enteraba de qué era lo cubano. Pero por los estudios sociológicos que se hacían aquí uno no se enteró nunca de nada de eso. Recuerdo que en aquella Escuela de Publicidad Marta Vesa daba una asignatura que tituló Medio Social Cubano y allí si nos acercamos a la verdad, a lo que eramos como cubanos. No olvidaré aquellas clases, ahí estaban presentes las obras de Fernando Ortiz, de Juan Luis Martin, de Lydia Cabrera.
Y puedo decir, quizás exagere, que quien primero teorizó sobre lo cubano, así, propiamente sobre lo cubano y sobre la cubanidad, fue Don Fernando Ortiz en este texto publicado en la revista Bimestre y que después publicamos en la Fundación a Fernando Ortiz como un pequeño libro.
Este concepto de cubanidad y cubanía lo toma Don Fernando de una de las figuras que él más admiró en su vida. Él admiro mucho a hombres como Malinowski, incluso a Herskovits, Ruth Benedict, admiró mucho a Roger Bastide, Franz Boas a Curt Sachs. El estaba al día, increíblemente sin Internet, sin I pad, sin tabletas, sin celulares ni nada, Don Fernando tenía una información al día de todo, se escribía con el mundo entero. No creo que haya un escritor, un investigador cubano que haya tenido más relaciones con figuras del mundo, como Don Fernando Ortiz.
No se ha publicado la correspondencia de Lezama Lima, no se ha publicado la correspondencia de Mañach, de Raúl Roa, pero yo sé que el hombre que más se comunicó con el mundo fue él. Y por eso digo que los conceptos de cubanidad y cubanía son peligrosos, porque en Ortiz son universales, nacen de una visión proteica, no desde una visión localista o bastarda y estereotipada que nos llega del American way of life de Miami. Universalidad desde el enfoque antropológico de diversidad cultural. Esa es la visión de Fernando Ortiz.
Nosotros hemos publicado ya tres tomos de la correspondencia de Don Fernando compilados y acuciosamente comentados por la licenciada Trinidad Pérez, vicepresidenta de la Fundación. Y ahí verán ustedes las polémicas sobre lo criollo, sobre lo cubano, las polémicas con la Iglesia Católica, con el Padre Rubino; las polémicas sobre un tema tan vigente hoy como el clima, Don Fernando fue un precursor de los estudios climáticos y atmosféricos con El Huracán, su mitología y símbolos. ¿Qué símbolo era? El símbolo de la destrucción, el símbolo del demonio. Don Fernando fue un precursor en todo. Y creo, sin temor a equivocarme, que nadie teorizó sobre lo cubano y la cubanía, que es el tema de ustedes hoy aquí, como él. Nadie aterrizó en eso de esa manera, él aterrizó en un Boeing, no en una avioneta, porque él venía montado en un Boeing, él estaba en el mundo, mirando al mundo, y analizando qué decía por allá Arthur Ramos, Edison Carneiro, qué decía por acá Melville Herskovits, qué decía Miguel de Unamuno. Y a propósito de Miguel de Unamuno, uno de sus grandes modelos, uno de los hombres que él más admiró desde su primera juventud, y con quien estableció también una correspondencia. Fue a partir de la idea de la hispanidad y la hispanía en Miguel de Unamuno que Don Fernando traspoló estos conceptos.
Pero si ustedes leen las ideas de Fernando Ortiz sobre lo cubano, la cubanidad y la cubanía verán que todo es muy impresionista que no hay definiciones categóricas, que él no dice: lo cubano es esto y no esto otro, no, lo otro no. Lo cubano puede ser de intención volitiva, lo otro él no lo toca; lo que no es cubano él no lo toca. La cubanidad sí, porque son los factores ya materiales, etnográficos, que definen la cubanía.
¿Qué cosa es la cubanidad? La cubanidad es cómo nos comportamos, cómo hablamos, cómo sentimos, qué música nos gusta, qué arte nos gusta, es decir, la argamasa de lo cubano, Y la cubanía la puede sentir incluso una persona que no haya nacido en este país; una persona que viva en este país y que diga: tengo la voluntad de ser cubano. Pero, ¿qué es lo cubano? ¿Lo cubano que definió Fernando Ortiz en el año 1939 es lo cubano de hoy? ¿Es que no han pasado por aquí diferentes etapas en nuestro devenir y nuestra historia? Para terminar no, para continuar en el hoy que es el socialismo, que es más integrador, que tiene principios como la solidaridad, el humanismo, el nuevo humanismo; es un rescate del pensamiento martiano, del pensamiento de Félix Varela, de Ortiz, de los próceres de nuestra nación.
Entonces en las ideas de Fernando Ortiz tanto de lo cubano, de la cubanidad y la cubanía, no hay nada que sea estrechamente sellado o marcado por una visión categorizante, y es que Don Fernando, además de ser un pensador, era un gran escritor y apeló siempre en toda su obra al mundo tropológico. Y yo digo que un verdadero investigador, un verdadero poeta, un verdadero escritor, si no tiene su mundo de metáforas está perdido. Y él tenía su mundo metafórico. Por eso aplicó la idea de que Cuba es un ajiaco, que es una simple metáfora, pero que él definió de una manera muy acertada y original.
En las cartas de él a Miguel de Unamuno y en las de Unamuno a él, que no son muchas, pero son muy interesantes y polémicas, Unamuno se expresa con profunda admiración de la obra de Fernando Ortiz, porque entiende, como buen pensador y filósofo, que Don Fernando no está haciendo una investigación o un registro etnográfico por gusto. El hace todo eso, y lo entendió Unamuno y lo entendió su amigo Edison Carneiro, cuyas cartas yo leí cuando se las mandaba a Don Fernando, al hacer esa investigación tan abarcadora, tan meticulosa, no se le escapó un solo instrumento de los que existían en la época. Hasta la tumbandera en Pinar del Río. Fue allá a investigarla. La tumbandera es un instrumento de los cordófonos, como una caja enterrada y después, con un palo flexible y una cuerda, se tocaba, y tenía un sonido muy profundo, muy resonante, como un bajo, un instrumento congo de los congos de Pinar del Rio y de las comunidades haitianas.
Toda esa riqueza, ese tesoro que hay en los cinco tomos de los instrumentos está hecho para justamente tratar de explicarle al lector el poder simbólico –fíjense lo que digo–de esos instrumentos. Él se adelantó a Fernand Braudel en las teorías del simbolismo y se adelantó a las teorías de la mentalidad, a todas esas teorías que en su época, los años 40, 50 y 60 no estaban en boga, como se adelantó en El engaño de la raza, al ADN, y al concepto de que no hay raza. José Martí dijo no puede haber odio de raza porque no hay razas, pero él demostró científicamente por qué no había razas, sino diversidades biológicas que tienen sus características, pero que, si había discriminación hacia el negro, era por la esclavitud evidentemente. Y nos han querido convencer de que el negro era inferior porque llegó aquí esclavizado, pero un ente “inferior” que contribuyó a desarrollar la economía. Todo el mundo habla de la rumba y del mambo y de la santería y del palo monte y del abakuá, pero el aporte fundamental del negro a Cuba fue en la economía, levantó la economía de este país. Hicieron los castillos, las iglesias, hicieron las fortalezas y trabajaron arduamente en el sistema intensivo de plantación azucarera, que fue lo que enriqueció a este país y al mismo tiempo lo hundió porque nos enajenó al convertirnos en un país de monocultivo, y España y Estados Unidos se aprovecharon de eso y sembramos caña, sacrificando otros cultivos.
La cuota azucarera que vendíamos a Estados Unidos fue un arma de doble filo y una coyunda. Yo pienso que si uno analiza a fondo cada descripción que hay en Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba, de la teatralidad de los negros, en cada uno de los instrumentos que aparecen en los cinco tomos de los instrumentos, se dará cuenta de que Don Fernando estaba tratando de decirle al mundo: aquí hay una cultura, aquí hay una cosmogonía, aquí hay una filosofía que no es la nuestra, que es una filosofía occidental, pero hay otra filosofía y un imaginario y hay una cultura que ha contribuido al corpus identitario de nuestra nación, que la ha definido y esa influencia está en estos instrumentos, en estos bailes, en este teatro, en estas expresiones. Y es el signo que marca a todo el Caribe.
Hace años en España conocí a un discípulo de Julio Caro Baroja, un antropólogo de la escuela de la hispanidad; como Miguel de Unamuno. Y yo siempre digo que Don Fernando fusionó en su persona a estos dos extraordinarios intelectuales, que él admiró tanto, a Miguel de Unamuno con su concepto de la hispanía volitiva, el concepto de lo español unitario, no regionalista, con la obra de Julio Caro Baroja, que fue un estudioso de las periferias de los pueblos de España, y en cada uno de sus estudios de los pueblos de España está definido claramente, sin ser un teórico de las mentalidades o del simbolismo, definió Julio Caro Baroja, como lo hizo Fernando Ortiz, la mentalidad de estos pueblos de España, la diferencia entre un extremeño, entre un andaluz, entre un andaluz y un catalán, todos estos pueblos que él estudió. Ortiz es un poco, por poner un ejemplo de dos intelectuales prominentes de habla hispana, la fusión de los conceptos de Miguel de Unamuno y la obra etnográfica y sociológica de Julio Caro Baroja; pero supera por supuesto con creces la obra de Julio Caro Baroja, porque don Fernando va en el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar a hacer un análisis socioeconómico muy profundo de nuestra vida y nuestra economía, y es donde él denuncia justamente al terrateniente, al monocultivo y a los latifundios.
Voy a leer una frase de él. Dice Don Fernando: “Hemos dicho que la cubanidad es sobre todo una condición de cultura, la cubanidad es la pertenencia de la cultura cubana. ¿Pero cuál es la cultura característica en Cuba?”
Todo en él es así, en ese sentido también es un pensador dialéctico. Siempre se lo está preguntando todo. Para saberlo, habría que estudiar un intrincadísimo complejo de elementos emocionales, intelectuales y volitivos. ¿Cuáles son las culturas que se han ido fundiendo en Cuba? Toda la escala cultural que Europa pasó en más de cuatro milenios, en Cuba se ha experimentado en menos de cuatro siglos. ¿Qué pudiéramos decir ahora, que tenemos aquí…? Nosotros a todos los españoles les decimos gallegos, pero a los azerbaiyanos, a los armenios, a los de Uzbekistan, a los georgianos les decimos rusos. Somos iguales, es lo mismo, aquí cualquiera que venga de allá de lo que fue la Unión Soviética es ruso, y cualquiera que venga de España es un gallego.
Cito: “Como ocurre en el ajiaco, lo sintético nuevo está en el fondo, en las sustancias ya descompuestas, precipitadas, revueltas, fundidas y asimiladas en un juego común, caldo y mixtura de gente de cultura. La cubanía, que es conciencia y raíz de patria, surgió primero entre la gente aquí nacida y crecida, sin retorno ni retiro, con el alma arraigada en la tierra, la cubanía fue brotada desde abajo y no llovida desde arriba. La cubanía es la esencia de la que se nutre la cubanidad.”
Pero miren lo que les dice él en el año 1939 a los estudiantes: “El estudio de los factores humanos de la cubanidad es hoy de más trascendencia que nunca para todos nosotros.” Si eso lo dice en 1939, ¿qué podemos decir ahora que tenemos una aplanadora con elementos foráneos que están penetrando en nuestra cultura? Y no todos son positivos, porque a veces tenemos la idea de que todo lo que viene de fuera es lo bello, es lo hermoso. Todo lo que viene de Estados Unidos no es necesariamente bueno. Muchas cosas son muy buenas, el rock, el jazz, acabamos de tener el Día del Jazz. No podíamos hacer un Día del Jazz sin contar con Quincy Jones, sin contar con Herbie Hancock y con tantas figuras. Pero tenemos nuestros jazzistas maravillosos también, como Chucho Valdés y otros más. Y el jazz, como ustedes saben, en esa transculturación de la que habla Ortiz se enriqueció con Chano Pozo, con Mongo Santamaría, con Machito y Chico O´Farril, con Mario Bauzá y Graciela Pérez. Con toda esa gente que fue a Nueva York y allí crearon el jazz latino o el Afrocuban Jazz. Entonces esa teoría de la transculturación funciona perfectamente para definir este proceso.
El habla ya de transculturación en 1939 y durante el gobierno de Laredo Bru, después vino el gobierno de Fulgencio Batista, el primer gobierno de Fulgencio Batista, que hizo escuelas cívico-militares. Como todo dictador empezó a hacer cosas grandes, obeliscos y cosas así, hizo el obelisco de Marianao, hizo escuelas, hizo algunas cosas. Después se convirtió en un sicario, en un asesino.
Pero él dice aquí: “El estudio de los factores humanos de la cubanidad es hoy de más trascendencia que nunca para todos nosotros. Perdonadme lo esquemático y elemental de estos apuntes. Es a vosotros, jóvenes estudiantes cubanos de cubanidad y cubanía, a quienes corresponderá agotar esta investigación”. Él reconoce que la investigación no está agotada, porque la identidad es un proceso progresivo, continuo, permanente.
Y continúa: “A quienes corresponderá es a ustedes agotar la investigación, la experiencia, el juicio y hasta la práctica” –la práctica, muy importante la práctica. “No desmayéis en su estudio, en ello os va la vida.” Fue en 1939.
La vida demostró que tuvimos un proceso larguísimo, del 40 al 59, en que la cultura cubana fue despojada, fue distorsionada, maltrecha, fue víctima de situaciones realmente deplorables de mediocridad, también de figuras excelsas, como José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Virgilio Piñera o Nicolás Guillén. Se promovió un arte muy banal y muy mediocre en la televisión, en la radio, telenovelas muy insustanciales, muy banales. Y todo eso tratamos de rescatarlo a partir del 1959 con una visión distinta, más profunda, yo diría más científica, de cuáles son verdaderamente los valores que nutren nuestra identidad, no los valores que la deprimen o que la distorsionan y la empobrecen.
Eso fue lo que quiso decirnos Fernando Ortiz: vayamos a los valores sustanciales, vayamos a las esencias, vayamos a lo verdaderamente cubano, y no olvidemos que el concepto de cubanía tiene que poseer siempre una visión universal, no una visión manca, esquemática y localista.
Ese es el ejemplo que nos dio Don Fernando (APLAUSOS).
Intervención oral de Miguel Barnet en la Universidad de La Habana en Mayo de 2017.
Intervenciones durante el debate
Tú diste –se refiere a intervención de Enrique Ubieta- un marco sociopolítico ahí muy importante, porque yo creo que justamente, aunque Martí no mencionara el concepto de nación, lo que estábamos tratando de forjar con un gran esfuerzo dentro de la guerra, de la gran guerra de independencia, la Guerra de los Diez Años, en esa integración de todos los factores, étnicos, raciales, ya con esa fusión era como unas nupcias donde se producía, no una transculturación que ya existía, sino una fusión, que daba pie a acercarnos a un concepto de patria liberada, de patria que no estaba enajenada, que quería romper con esa colonia, como tú dices, que estaba ya tan agotada, tan desvencijada, y que había perdido el imperio que tuvo donde no se ponía el sol, y esos cubanos que lucharon igual esclavos, ex esclavos, ex cimarrones que se incorporaron a las guerras con los generales que son hoy los próceres. Eso estaba forjando ya una unidad, o por lo menos el principio de una unidad, que iba creando el concepto de qué cosa es Cuba, no hablamos de nación; es Cuba. Y al final se forjó la nación cubana.
No creo que esa integración de gente humilde con los hombres ricos terratenientes que se incorporaron a la batalla por la libertad de Cuba haya sido el primer paso. Yo creo que desde que llegaron aquí los andaluces después los primeros esclavos africanos y se produjo la miscegenación con los indígenas ya se estaba creando un nuevo ente, un nuevo ente social, un nuevo ente humano. ¿Cómo le llamamos? Criollo, cubano, no sé, pero ya empezó ahí. Luego en todos los procesos históricos, como tú defines ahí en las Guerra de Independencia, que fue ya la consolidación de esa unidad.
Eso lo entendió también muy bien José Martí, porque José Martí estaba convencido, cuando otros no lo estaban que los cubanos se iban a unir todos en un haz coherente de luz para lograr la independencia de Cuba de España. Él estaba convencido.
Esa fue su gran lucha, y por eso creó el Partido Revolucionario Cubano, donde integró a un grupo de mambises que venían de la Guerra de los Diez Años y se incorporaron al Partido y a la guerra necesaria, que fue la guerra de 1895. Otros no, ahí estuvieron las polémicas famosas con Enrique Collazo, con Ramón Roa y otros para qué vamos a entrar en eso. Martí sufrió mucho, mucha incomprensión.
Yo hice ahora en Nueva York una ruta que nunca había hecho. La hice con un amigo historiador cubano, Lisandro Pérez, hice la ruta de José Martí en Nueva York, casi todo en lo que se llama el Down Town, por allá por Wall Street, por Front Street, por allá abajo. Señores, estando yo ahí en los primeros días de marzo, había un frío tan grande que yo nada más que pensaba en Martí con el chalequito y la herida en la pierna y en el tobillo, pasando ese frío. ¿Qué cosa era Front Street frente a la Bahía? Un aire que venía como una ventisca que acababa con uno, que te clavaba como un cuchillo en el cuello. Y Martí sintió todo eso. Pero sintió también el dolor de la incomprensión de algunos de esos hombres próceres que tú dices, que pelearon en la Guerra de los Diez Años, que no entendieron que ese hombre allá en Nueva York estuviera forjando la unidad de la Patria. Y lo hizo.
Yo estoy de acuerdo con todo lo que él ha dicho -se refiere a Enrique Ubieta-; no estoy de acuerdo porque quiera irme, sino que estoy de acuerdo, es verdad. Hay una diferencia muy grande entre la cultura del tener y la cultura del ser. La cultura del ser es lo que quiso o intentó definir Fernando Ortiz como cubanía, es la cultura del ser, del ser ontológico, del ser existencial, es la cultura de defender los valores históricos, los valores de permanencia, no los valores transitorios. Y yo pienso que el término afrocubano y cubanoamericano… El término afrocubano lo utilizó el cronista Antonio Veitía en 1847, y fue la primera vez. Don Fernando se valió de ese concepto para una parte importante de su obra para establecer una diferencia cultural entre los elementos hispanos como factores importantes de nuestra cultura de los elementos de origen africano de nuestra cultura. Fue una apropiación de un término que no tenía sino una intención cultural, no racista.
Yo creo que hoy el concepto de afrocubano como el concepto de negritud son conceptos que están pasados de moda, que están viejos ya, caducos completamente, porque el concepto de negritud es un concepto de un nacionalismo enfermizo, exagerado, extremo, que reacciona frente a un poder hegemónico en África y en Europa.
El término afroamericano existe y todavía tiene vigencia en los Estados Unidos. Pero es válido en los Estados unidos porque allí todavía el hombre y la mujer negros están discriminados, están compartimentados en estancos, en nichos. Usted va a Nueva York, va a Harlem y allí ve una comunidad inmensamente mayoritaria de negros, va a la Quinta o Sexta avenida y ve unos cuantos. Es distinto. Hay una compartimentación, el sur de los Estados Unidos, lo que se llama el Bible Belt, el Cinturón de la Biblia, es básicamente de hombres y mujeres negros de religiones evangélicas. Entonces, como allí existe ese racismo brutal, despiadado, donde usted ha visto que los blancos matan a los negros y quedan impunes los blancos en la gran mayoría, a pesar de haber tenido un presidente negro, que no hizo más que responder a los intereses hegemónicos, la verdad es esa. Y lo que hizo aquí fue una payasada, lo que hizo aquí reuniéndose con los pequeños empresarios fue una payasada, porque a mí que no me digan que él representa a los pequeños empresarios, él representa a las transnacionales y a las corporaciones, y representa al poder hegemónico y a la cultura del tener. Pero, bueno, hizo algunas cosas buenas; ya lo estamos extrañando (RISAS). Yo sabía que lo íbamos a extrañar. Entonces decir aquí a un negro ahora…
(Se dirige a un compañero: ¿tú te consideras afrocubano? ¿Qué te consideras, cubano, no?)
(El compañero le responde: “cubano”)
Se dirige a otro compañero: ¿Y usted, profesor, cubano, verdad?)
(El compañero le responde: “cubano”)
¿Quiénes se consideran afrocubanos? Ah, les voy a decir, les voy a decir con todas sus letras quién: un grupo de llamados afroascendientes a las escalerillas de los aviones, que van a los simposios que hacen en los Estados Unidos y en Alemania y por aquí y por allá a hablar del racismo en Cuba. Aquí hay elementos y rezagos todavía de posiciones raciales, pero a mí que no me digan que aquí hay un racismo desmedido como el que hay en Estados Unidos.
Yo he dado conferencias en los Estados Unidos, y tengo que respetar a los que se consideran africanamerican, porque tienen necesidad de identificarse de alguna forma, de reconocerse frente al poder blanco hegemónico, y ese es su modo de defensa, porque la sociedad está compartimentada.
Pero yo estudié en una escuela norteamericana, ¿qué les parece? Ocho años. Y Fernando Ortiz, su primer idioma fue el menorquín. Yo puedo decir que mi primer idioma académico fue el inglés, porque yo estudiaba en una escuela de la Embajada Americana, en mi aula había dos cubanos nada más: Humberto Cortina, el nieto de José Manuel Cortina, que era mulatico claro, pero estaba ahí porque tenía mucha plata, podía pagar la matrícula, José Manuel Cortina hacía contribuciones a la escuela, un autobús, un VAN, y entonces el muchacho estaba ahí. Era un mulatico claro, podía pasar por blanco. El otro era Isidro Barredo, el dueño de una cadena de pollerías aquí, era una gente rica. Y yo no, mi padre era nada más y nada menos que agente de ventas de la Firestone y entonces yo aprendí el inglés… Yo no aprendí la gramática en castellano, yo no supe lo que era la gramática, eso que ustedes llaman gramática. Yo aprendí spelling, en inglés.
La única profesora que tenía de Español era la doctora Carolina Coronado, que daba una asignatura que yo extraño mucho, siento una gran nostalgia por ella, y se lo he dicho a la Ministra de Educación, que esa asignatura tendría que recuperarse. Era en español, se llamaba Moral y Cívica. Ahí se hablaba de los símbolos, de la bandera, del himno, de lo importante que era la nación, la patria. Pero esa profesora daba la clase esa un día a la semana, el resto de las clases eran todas en inglés: geografía, historia. Yo me sabía de memoria las capitales de todos los Estados de los Estados Unidos. Y si en aquel momento, en los años ’50, tú me hubieras preguntado dónde está Banes o Baitiquirí, no te hubiera sabido contestar; ahora, si tú me preguntas dónde está Madison, te digo que es la capital de Wisconsin.
Entonces, ¿qué pasó conmigo? Lo que pasó fue que vino la dictadura de Batista. Brutal. Mataron a compañeros míos, mataron a Oscar de Varona, que era un compañero mío no de clases, del barrio. Y yo empecé a tomar conciencia política porque ya yo estaba como en un misil, para allá. Mis padres eran… Ya yo tenía la beca y todo en una universidad en Illinois. Y vino el Comandante y mandó a parar.
Y yo te puedo decir a ti, y lo digo con emoción, que Fidel Castro me enseñó a amar a Cuba. Porque yo era, no un cubanamerican, yo era un proyecto de americanito nacido en Cuba.
Cuando yo empecé a estudiar la obra de Fernando Ortiz en el ’58 y a meterme en la santería a estudiarla, y en las reglas del Palo Monte y en la Sociedad Abakuá y todo eso, mi familia pensó que yo iba directo para un manicomio. Y a mí me hizo mucho bien que triunfara la Revolución si no, yo estuviera ahora a lo mejor manejando un ascensor en un hotel o de profesor de español en una universidad, quizás cuando más. No hubiera escrito mi modesta obra.
Entonces hay una cosa tremenda, voy a decir un disparate grandísimo. Yo no le temo a las modas, no le temo a las modas porque en aquellos años mis ídolos eran Patt Boone y Elvis Presley. Yo no bailaba rock and roll porque nunca he bailado ni un vals. Pero de pronto, cuando yo empecé a visitar el solar Miami, que estaba en la calle Calzada y J. Yo miraba desde mi edificio de Art Déco donde yo vivía, a los negros y a los chinos entrar ahí con los tambores…Y yo tenía 13 o 14 años, y tenía un amigo negro, Napoleón, que vivía allí en el solar y era del barrio, era hijo de un chofer amigo de mi papá. Y yo me fui con él un día al solar, me metí allí, y vi todo aquel mundo y aquella parafernalia y me resultó tan atractivo aquello, tan interesante, que cuando triunfó la Revolución yo fui a conocer a Argeliers León, y Argeliers León me introdujo a Don Fernando Ortiz. Y yo fui otro, mi vida cambió.
Yo creo que la cultura del ser se apoya en los valores espirituales, en los valores éticos, y valga la redundancia, en las expresiones culturales. Tú puedes ser un joven rockero, tú puedes pertenecer a una tribu de la calle G, lo que tú quieras. Ahora, esas tribus de la calle G, ¿qué cosa es lo que están traspolando a sus esquemas o a sus códigos? Lo abakuá, ¿sabías eso? Están traspolando la santería, están traspolando esas cosas y utilizando los signos de esas culturas. Claro, con intenciones no religiosas, no sanas. Pero es la cultura cubana, son elementos de la cultura de origen africano en Cuba. ¿Para qué hacen eso? Para destacarse, para crear estatus, porque lo importante es tener un estatus en la sociedad, lo importante en esos jóvenes es lograr un estatus, y cuando un joven no se siente identificado con un discurso oficial, va a buscar algo diferente, como un sello, como un signo, como un tatuaje. El que se tatúa es para mirarse al espejo. Tú no te tatúas y te viras de espalda, después que tú te tiras un tatuaje te miras al espejo: qué bonito me queda, me van a mirar. Eso es que estás buscando: tener una identidad diferente, y eso es legítimo. Pero todo eso es temporal, todo eso es temporal, todo eso pasa, cuando la gente de verdad adquiere una cultura. Y yo siempre digo que una puerta que se abre y no se cierra jamás es la de la cultura, esa sí no se cierra. Tú puedes tener otra vocación, otra cosa, puede gustarte un género musical y después no gustarte; pero una visión cultural profunda, que te alimente y te nutra, a la vez que tú la vas adquiriendo se convierte en un sano y fructífero vicio que te robustece.
Y a mí lo que me salvó de no ser un cuban american es la cultura, es haber estudiado la obra de los maestros, de José Martí, de Fernando Ortiz, y también de Elías Entralgo, de Jorge Mañach,de Lezama Lima, de Nicolás Guillén, de Alejo Carpentier, de Cintio Vitier. Eso es lo que nos da solidez, lo que nos da fuerza y nos hace resistir cualquier embate.
Y yo creo, y tú lo dijiste, Enrique, que la cultura es lo más importante. No por gusto Fidel dijo: “La cultura es lo primero que hay que salvar”. Lo dijo. Y yo creo que lo que nos salva a todos es la cultura, a ustedes la educación, los estudios que hacen aquí en la Universidad, las lecturas. Yo leería más a Martí, leería más a José Lezama Lima, leería más a Carpentier, a Guillén, a Fernando Ortiz, porque estoy seguro que ustedes han leído muy poco de Fernando Ortiz, no me lo tienen que decir, no se sientan culpables, muy poca gente ha leído la obra de Fernando Ortiz, porque es una obra muy voluminosa, son muchos tomos. ¡Pero la cultura salva! Lean hasta que se le irriten los ojos.

lunes, 7 de agosto de 2017

¿Es que el centro es el centro?

Por Aurelio Alonso

Con el título “Un debate ideológico necesario”, la primera página del Granma del 21 de julio remitía al artículo de su sección de opinión. Pensé que ese enunciado podía abrir el espacio a otros puntos de vista y envié a la Dirección del diario unas líneas, el día 29, las cuales no fueron publicadas ni puedo reconocer respondidas. Pues no se me ocurre identificar una respuesta en el anónimo titulado “El debate, el Arca de Noé y los reclamos al Granma”, irrespetuoso además para mi persona y para otros compañeros, aparecido en el blog Post Cuba, junto a otros textos igualmente acusatorios. Como no había hecho públicas mis líneas al diario, solicito ahora a Silvio que me permita una vez más hacer uso de su espacio Segunda cita para darlas a conocer. La unidad se fortalece tomando en cuenta las discrepancias dentro de la Revolución, y termino preguntándome si no habrá quien se regodee de habernos puesto a pelear en torno a un dilema teórico cuando enfrentamos el más complejo desafío práctico como Nación.
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Fue con un día de retraso que logré leer la entrevista de Enrique Ubieta en el Granma del viernes 7 de julio, y me pasó otro tanto con el artículo de Elier Ramirez del día 21. Confieso que por momentos he sentido deseos de decir que no quiero oír más de centrismo, pero sería meter la cabeza en la arena, como dicen que hace el avestruz. La existencia del centro en política, derivada de la oposición de fuerzas de izquierda y de derecha – conceptos cuya connotación es siempre relativa, sujeta a realidades históricas concretas –, es un hecho desde la transición de las monarquías absolutas al republicanismo burgués o la realeza formal en el siglo XIX europeo. Lo que quisiera añadir ahora es que lo que llamamos el centro es el más borroso de los territorios, pues puede ser caracterizado desde la moderación sistemática, la falta de radicalidad, la prudencia desmedida, la indefinición, la voluntad de permanecer apolíticos, la vacilación o la incertidumbre. Por lo tanto no siempre califica como tendencia. Una característica a tomar en cuenta del centrismo, cuando se le necesita para concertar alianzas, es que suele comenzar distanciándose de la izquierda para terminar barrido por la derecha. Lo delatan actuaciones pendulares. Omar Pérez Salomón, en La pupila insomne, usó una cita de Martí en 1882 para caracterizar retrospectivamente lo que sería, en su criterio, un centrismo autonomista: “soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla”. Pero Martí nunca les llamó centristas.

Una digresión, sin entrar en las respuestas de Ubieta, para señalar una discrepancia con su entrevistador de Cubadebate, en una apreciación que, por ser común, no dejo de considerar errada, y que afecta la mirada global. El mundo no dejó de ser bipolar, solo que se nos despejó la errática noción del bipolarismo Este/Oeste, como primario, para dejar inequívoco el dominio del bipolarismo Norte/Sur, que siempre estuvo ahí. Pienso que, en el fondo, nunca hubo dos mercados en competencia en el mundo, sino que el mercado moderno fue siempre uno, capitalista, a escala global, y que el CAME no pasó de ser una asociación para insertarse en él con condiciones más ventajosas. Su éxito fue relativo, aunque los presupuestos de la coexistencia entre dos sistemas resultaron inconsistentes. Pero este sería otro debate. 

Posiblemente uno de nuestros pecados – que no son de la dimensión de los atribuibles al socialismo soviético aunque tampoco los creo ajenos – ha sido no haberlo entendido antes, aunque no nos faltaran atisbos. Tuvo que derrumbarse el sistema socialista a escala mundial para que la necesidad nos llevara a descubrir que era posible (y necesaria) la asociación con el capital extranjero, la explotación del turismo como fuente de ingresos, la expansión de sistemas de propiedad cooperativa, una comprensión positiva de la autogestión, y la privatización en escala controlada; todo eso sin salirnos de las coordenadas del proyecto socialista. 

Confieso que interrumpí este artículo al ver que Pedro Monreal se había detenido en una oportuna defensa del significado de las estadísticas, y del dato probatorio (y otros puntos en textos igualmente certeros), y Humberto Pérez desmontó, con una síntesis impecable de referencias marxistas estratégicas, la quimera de que el capitalismo no tiene aporte que dar en una transición socialista. Nada que ver en ellos con la superficialidad de imaginar “terceras vías” o “juntar lo mejor del capitalismo y el socialismo” que se atribuye a los centristas camuflados. Estamos hablando de perfeccionamiento socialista, y de los Lineamientos que lo definen a través de las discusiones de muchos de nuestros propios criterios. Posteriormente apareció también un artículo –convincente por su rigor– de Julio César Guanche sobre el centrismo. Todo ello en el sitio web Segunda cita, donde debemos agradecer la solidaridad de Silvio Rodríguez al acoger las respuestas polémicas desde temprano, sin dejar de tomar posición con sus criterios personales.

Al igual que el día 7, el viernes 21 me sorprendió de nuevo Granma, dedicando completa la página de opinión a una contra-riposta de Elier, sin que se hubieran hecho llegar igualmente al lector las opiniones discrepantes que acabo de aludir, todas ellas incuestionables por su seriedad como por su perspectiva revolucionaria. Sin precisar a quienes responde, Elier habla de una “maquinaria de fango” (sic), de “improperios y manipulación” que yo no he hallado en los autores citados, y si se trata de otros autores habría que nombrarlos y no dejar acusaciones en el aire. De ningún modo dejarlos confundidos con la polémica de argumentos. También alude sin más datos a quienes “antes fueron defensores a ultranza del dogma y ahora se presentan como abogados de la mayor pluralidad de ideas…”. Bueno, solo puedo decir que la evolución a posiciones críticas de una inteligencia que se inició dogmática, al igual que la de un reformista que se radicaliza – sea uno u otro el caso– me motiva casi siempre reconocimientos, nunca reproches.

No excluyo que Elier se haya sentido ofendido; no lo he leído todo y no puedo saber si alguien incurrió en “improperios”, como dice. Pero en todo caso dudo que sean más graves que las acusaciones arbitrarias de desviarse, de manera intencional o por ingenuidad, del curso socialista, que Ubieta y él han lanzado con impunidad, hacia quienes no compartimos los criterios que les animan en este debate. A quien pueda seguir las dos posiciones en discusión – para lo cual, hasta ahora, tiene que entrar en Internet, porque Granma solo ha propiciado una mirada – se hace más fácil discernir quienes “eluden [verdaderamente] lo esencial del debate”, y cómo lo eluden.

Decir que “la fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero” – como afirmó Ubieta en la entrevista de marras – es válido, pero insuficiente, pues el centrismo no se define así. No obstante, de lo que se trataría aquí es de explicar cómo funciona al interior del socialismo; del nuestro específicamente. Situados ya en este plano, afirma que el centrismo “se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución”. Dicho en abstracto puedo compartir esa afirmación. Pero cuando en 2005 Fidel lanzó la dramática advertencia de que la Revolución no podía ser derrotada por el enemigo pero que existía el peligro de que la hiciéramos fracasar nosotros mismos, se refirió de manera explícita a la corrupción, no al centrismo. Aunque no excluyo que podamos ver también en la complacencia hacia el acomodo, la indolencia, el inmovilismo, la incompetencia tolerada, el oportunismo, la búsqueda de beneficios en los cargos públicos y todas las anomias que distorsionan los dispositivos de la administración socialista, una manifestación del centrismo. Una más íntima, que no se genera en estrategas de Washington. Ahí están los circuitos más generalizados de corrupción que afectan al sistema cubano, donde el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero, el robo de bancos, el terrorismo, la prostitución infantil, el tráfico de personas no existen o no alcanzan (todavía) una magnitud que pueda desordenar la sociedad (o reordenarla en consonancia con la aquiescencia imperial).

Pero no es ese el centrismo que parece preocupar a Ubieta y a Elier, sino la proximidad, real o aparente, de una corriente crítica, proyectada al cambio, con objetivos reformistas de corte socialdemócrata. Y tampoco es para subestimarlo.

Les preocupa que, con la generación histórica de la revolución envejecida, el 80% de los cubanos vivos – ellos mismos incluidos – no han vivido el capitalismo. En ese 80% se proponen distinguir los dispuestos a impedir que los planos del pasado nacional retornen a nuestra Isla, de los que querrían la restauración de la burguesía. ¿Pero cómo definir “el centro” simplemente a partir de la acusación a personas o a iniciativas institucionales dentro de la sociedad civil? ¿Y piensan que el peligro advertido por Fidel en 2005 se desvaneció solo?

Por cierto, aprovecho para recordarle a Ubieta que en el asesinato de Olof Palme, socialdemócrata amigo, en febrero de 1982, no puede verse, como él afirma, un hecho sucedáneo a la desarticulación de la Unión Soviética, que ocurrió casi una década después.

El problema es que la polémica que se ha abierto ahora no me parece dirigida realmente contra el centrismo sino contra el ejercicio de la crítica y la disposición de polemizar desprejuiciadamente, en el momento en que nuestra revolución más lo necesita y cuenta con más madurez para hacerlo.

Me he decidido a retomar estas líneas después de leer el día 21 “Tarjeta roja para el ‘centro’: respuesta a Elier Ramírez” de Monreal, por la carta enviada a Granma por Fidel Vascós, que el diario publicó solo en su página digital, y el comentario de Humberto Pérez sobre la asimetría en la difusión de este debate entre revolucionarios. Ninguna de estas notas ha llegado al gran público.

Hago llegar estas líneas a la dirección de Granma con la solicitud expresa de que aparezcan en la edición impresa, ya que ninguno de los textos omitidos – más importantes que lo que aquí expreso – han sido publicados en el diario. Lo hago porque creo, personalmente, que lo que se dirime en este debate –aun si quedara limitado solamente a dejar el problema expuesto con claridad –es de un talante que rebasa el marco de los planteos teóricos, y toca al dilema práctico de hacer sostenible (o sustentable, como prefiera decir cada cual) nuestro proyecto socialista.

Reconozco que tiene razón Elier, cuando afirma, al final de su último artículo, que “el tiempo se ocupará en definitiva de sacar a flote la verdad y colocar a cada quien en su verdadero lugar”.

28 de julio de 2017.

sábado, 5 de agosto de 2017

!!!!! Este articulo es la chusma que desprestigia la revolución lejos de defenderla !!!!!!!

Lo que pienso lo digo y el que se ofenda que me ofenda.

Por: Benigno Aguilar Rocadura.Post Cuba
A mi neófito entender, en el debate político que se está desarrollando fundamentalmente en las redes, ya los análisis erudiciales sobre el presente y futuro de nuestro proyecto social, han viajado lo suficiente en el tiempo y sobre la literatura de los clásicos, es hora en mi desautorizada opinión de aterrizarlo más en nuestra realidad, de ir a Fidel, al que se debió acudir como principal referente desde el principio.
Fíjense si todo este bregar ha sido intenso, que yo un ignorante sobre temas centristicos, ahora puedo batear lo que me tiren sobre ellos, así puedo identificar a:
El más ilustrado, sin dudas Pedro Monreal por sus 20 mil títulos académicos y su indescifrable lenguaje, juro que un día me empeñé en leer hasta el final un artículo suyo y sin jodedera por poco me da un derrame cerebral.
El más incoherente, Humberto Pérez, ayer furibundo defensor del socialismo real, hoy aboga por un hibrido con el capitalismo, el que lea sus intervenciones de sus días de esplendor y las compare con las de ahora, pensará que está leyendo a dos personas distintas. Vaya que se puede cambiar, pero no hay que exagerar.
El mejor disfrazado, Jesús Arboleya, durante muchos años contrario confeso a cualquier deformación del socialismo, hoy ambiguo como el que más, aquí si hay cambio, ¿A cuantos les habrá puesto el cartel que hoy defiende?
El de hipérbolas literarias más largas, angustiosas y manipuladoras, ni hablar Aurelio Alonso, yo de corazón lo digo, cuando este compañero la coge con algo es desesperante, yo no sé cómo Ubieta lo aguanta, estuve tres días tratando de leerme uno de sus panfletos y al final me dejó igual.
El más burdo, el premio mayor para Julio Cesar Guanche, hizo en su último post un verdadero homenaje a la alteración de la historia y eso que según tengo entendido está cursando un doctorado en historia en FLACSO-Ecuador, parece que tiene tupidas las entendederas, está faltando a clases o se queda dormido en ellas.
Los más desvergonzados, nadie lo discute, Lennier López, Roberto Veiga y Arturo López-Levy, los dos primeros despatillados tras George Soros y el ultimo quitándose el blusón.
La gatica de María Ramos, con este pasé un poquito de trabajo para conocerlo pero al final lo logré identificar, Carlitos Lage, hizo unos articulitos medio jodedores y unos jóvenes se los hicieron polvo, desde entonces esta frenado en uno que se declara culpable de no sé cuántas cosas, ninguna importante.
El de pensamiento más abierto, las palmas para Silvio Rodríguez, por publicar, publicó un ataque de Yoanis Sánchez a él, aunque tuvo su censurita para los posts contra el centrismo, bueno, lo justifico, esos son caprichos de político amateur. También en apretada pugna con Monreal se llevó el primer lugar en el ego más alto, considera que va a cambiar el país. Vamos poeta, que no es lo mismos hacer un concierto en un barrio, que cambiar el pensamiento de un pueblo.
El más mentiroso, Fernando Ravsberg, manipulador, de ética devorada por su propia vileza, no vale la pena extenderse en él.
El más hipócrita, Julio Antonio Fernández Estrada, se desvive por perfeccionar el socialismo y propone un “Estado de Derecho” al estilo occidental, lo que tiene en la cara es un adoquín, si Eusebio Leal lo ve por La Habana Vieja lo pone en una calle.
El más violento, Rene Rodríguez Rivera, ahí si hay guapo, ya se cansó de lanzar guaperías al aire, pero al principio, estaba de verdad imponente, llegó a hablar con añoranza de una metralleta que había tenido en su casa cuando Girón, rogué al cielo que se la hubieran quitado, también se lleva el premio al más sagas, es un Sherlock Holmes frustrado, de ahí puede venir su aversión por los segurosos, los envidia porque se enteran de más cosas que él.
El más torpe, Omar Everleny, Doctor en EconomÍa, que desconoce o minimiza los efectos del bloqueo, sin embargo escribe y esta suscrito al sitio Economist Intelligence Unit, un centro de estudio de la economia mundial de un alto prestigio, el cual tiene una opinión diferente de la que plantea el tan ilustrado doctor, aunque dicen que hizo un contrato de compra venta, donde compró el titulo y vendió la pluma.
Cuando se analizan los post que estos iluminados escriben, es fácil darse cuenta, que no es la falta de conocimientos los que los hace errar, sino, la intencion de hacerlo, ¿Por qué coño lo hacen?, simple, porque fueron “revolucionarios” de conveniencia, que supieron vivir de la Revolución.
De mi lista de no revolucionarios excluyo a Silvio, no solo para evitar que me rete a fajarme, como lo hizo con uno de sus opinantes que en nada lo ofendió, según pude leer, también lo hago porque más parece un adolescente desorientado en el medio de una balacera, que un hombre adulto cargado de malas intenciones.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los malabares del Ni-Ni.

Por Carlos Luque Zayas Bazán

2 AGOSTO, 2017 DE LA PUPILA INSOMNE
El escenario del debate  y de la lucha ideológica reciente en Cuba se ha ido despejando. Si algún tiempo atrás era un algo brumoso identificar a los contendientes, si en un principio el Rey deseaba hacernos creer que lucía sus mejores galas, no ha sido tan necesario que apareciera después el niño díscolo para  revelar que estaba realmente desnudo. Claro que no se pudo evitar el análisis y la denuncia del género que vestían sus iniciales intenciones. Pero al fin, las evidencias eran tan claras, que, en revelador concierto de varias declaraciones aparecidas casi al unísono, algunas figuras se han encargado de las autodefiniciones aceptando lo innegable. Esas reacciones  no hubieran sido tan urgentes de no resultar que el dedo venía hurgando en clásica llaga. Varias veces, abogando por la conciliación y el diálogo, y el llamado a no dividir las filas revolucionarias, pero  en una intención de abogar por una falsa unidad que debía ser esclarecida., quisieron negar la pertinencia del debate polémico y firme, al que repetidamente, calificaban del debate equivocado erróneo, provocador de cismas. Y si era tan gratuito, qué necesidad había de responderles. Con frecuencia el silencio que calla no otorga,  y el ruido de la protesta, revela.

Las evidencias históricas del fracaso en la búsqueda de una solución a los problemas de la humanidad que no sea el capitalismo, pero tampoco el socialismo, y menos el comunismo, son abrumadoras e innegables. Los intentos se acumularon rápidamente desde los tiempos mismos de Marx, Engels y después Lenin. Prosiguieron con los diversos revisionismos de los “marxistas” arrepentidos o renegados, y las “filosofías” occidentales. La radicalidad marxista y leninista repetidas veces se intentó diluir, adaptar, congeniar, contemporizar. La socialdemocracia, los presuntos “socialistas democráticos”, abandonaron una y otra vez a la clase obrera durante toda la sucesión de las -, de una u otra forma y por diversos motivos -, fracasadas Internacionales Obreras. Las causas específicas fueron circunstanciales, pero la esencia siempre era la misma: la adaptación “realista” a las coyunturas, y la incomprensión o el abandono de los aportes centrales del marxismo. Si el marxismo es una guía para la acción, la flexibilidad que encierre esa afirmación no significa el relativismo de las soluciones, porque puso la piedra basal inamovible que descubrió la invariante del conocimiento  que dicta el secreto de la lucha política y de clases: la contradicción antagónica insalvable entre Trabajo y Capital, la lucha de clases.
Cuando se trata de evadir la solución básica que tiene ese antagonismo, cuando se intenta sembrar en el imaginario social que a los intereses del capitalismo se les puede  vencer desde adentro mediante la lucha parlamentarista en política, o la aceptación acrítica de la propiedad privada en lo económico, o  conciliando o persuadiendo y educando en lo cultural; cuando se confunde lo que se puede y debe continuar en el socialismo de  toda la historia anterior porque es herencia común cultural de la humanidad – (eso que Lenin afirmaba que podíamos tomar del capitalismo porque eran conquistas invariantes del hombre y condiciones afirmativas de su universalidad – cuando se confunde eso de lo que, como específico del capitalismo, es inconciliable con una sociedad de aspiraciones socialistas, es cuando aparecen los intentos del equilibrio imposible: o se lucha coherentemente por un objetivo estratégico, lo que no significa rigidez en la táctica y la negación de toda la flexibilidad posible, o se sucumbe y traiciona por creer que existen soluciones intermedias, vías estratégicas distintas que intenten resolver la contradicción esencial apuntada al final del párrafo anterior. Es lo que no sólo los cubanos hoy, sino muy diversos pensadores sobre la política pasada y la presente, denominamos posiciones políticas centristas, o los engañosos y fracasados intentos socialdemócratas por congeniar la contradicción insalvable de la lucha de clases, y que tanto escozor concertado está  provocando su análisis y advertencia.
Hay que  destacar y revelar una y otra vez la direccionalidad ideológica, la intencionalidad política circunstancial de esas corrientes. Pero es urgente recordar también el fundamento filosófico esencial que sostiene la incompatibilidad de la conciliación ideológica y las soluciones que se pretenden no capitalistas, pero tampoco comunistas. Ambas direcciones de la polémica ayudarían a esclarecer mejor la manipulación que la socialdemocracia y el centrismo hacen del patriotismo.
Con respecto a la intencionalidad política, no resultan en iguales objetivos y consecuencias para el socialismo cubano declarar el propósito de acompañar a Cuba en un proceso de “cambio de régimen”, que pensar y actuar, con Cuba, con los cubanos, con su gobierno y desde dentro, en el desarrollo del socialismo, y en la revolución que pueda y deba devenir la específica modalidad que ha adoptado la democracia cubana. Aunque se quiera relativizar y justificar, acompañar el proceso cubano con la compañía, a su vez, de factores externos y extraños al proyecto cubano, en un indicio de una intencionalidad política que adversa, no colaborativa, no es oposición leal. Acompañar y compañeros son conceptos de raíz común con colaborar y cooperar con sus iguales de intereses de clases al interior de las naciones y en la lucha de clases internacional, que no es lícito enarbolarlos a la vez que se “acompaña” a Tirios y Troyanos.  
Con respecto a este punto se argumenta que en uno de esos círculos, el conocido como Cuba Posible, participan intelectuales de diversa tendencia y, en efecto, para este lector, algunos cuya obra le ha sido de utilidad y ha leído con delectación. Les animarán diversos motivos y racionalizaciones para hacerlo, pero otros partimos de un criterio nada ambiguo: participar en una plataforma cuya máxima dirección proclama la subversión interna de un orden social, y no aclarar la postura en el momento de ocurrir, es una forma de legitimarla, así sea por omisión. Si hay alguien que lo sabe, o debe saber mejor que nadie, es el intelectual, pues dentro del arsenal de medios que se utilizan hoy para los propósitos de los intereses del Capital,  la captación y cooptación de la intelectualidad sigue siendo la más efectiva vía, y mientras más parezca que gozan de independencia moral e investigativa y no sujeción a pagos y prebendas, mucho mejor. Ya van pasando esos tiempos en que podía seguirse con claridad la traza visible que relacionaba directamente, por ejemplo, a la CIA con el mundo cultural. Hay una historia completa de ello. Hoy los hilos son mucho más sutiles y transparentes y es por ello que algunos pueden desafiar ahora a que se les pruebe la conexión dolosa, sabiendo que hay muchas prácticas de cooptación que muy difícilmente están codificadas penalmente, pero así como existen las leyes no escritas, existe el error no tipificado. Se comprende la peculiaridad del pensador que duda, que investiga, que pone a prueba sus mismas ideas, que necesita de recursos para leer, viajar, investigar, publicar y los acepta, no como pago a su conciencia, sino como una oportunidad en la que puede mantener su independencia. Pero también ya es harto conocido que no en pocas ocasiones ese es el camino más directo para la deserción de las causas iniciales que se dicen defender, y que esas prácticas son el inicio del fin de lentas derivas al final de las cuales la persona está plenamente justificada ante sí misma. Nadie les niega el derecho. Que tampoco nieguen el derecho a revelarlo y no acusen de recicladas santas inquisiciones y oscuras intenciones a los que tienen el mismo derecho de analizar esas prácticas como otros a realizarlas. Cada uno hace sus opciones en la que Gramsci llamó guerras de posición.
La intencionalidad se revela también en la consecuente repetición de concepciones unilaterales y parciales, originados en la guerra cultural e ideológica imperial contra el socialismo, como el agotamiento de la radicalidad revolucionaria, el “empoderamiento” de la “sociedad civil”, torciendo, manipulando, podando u oscureciendo el sentido gramsciano  del concepto, martillando sobre las dificultades económicas cubanas como responsabilidad de y atribuida sólo a la forma de la propiedad social estatal con la minimización de las causas externas, o la desconfianza que se desea sembrar en la intelectualidad y la juventud con respecto al Partido Comunista como gestor y garante de la necesaria unidad de los cubanos en torno al  proyecto socialista.
Otro indicio que puede indicar el carácter de esa intencionalidad es la opción de apoyar la idea de que se debe negociar y contemporizar con,  y persuadir a, los intereses del capitalismo para que sea un poco menos salvaje y depredador, incluso aunque eso signifique soportar su presión hegemónica, asistiendo a sus cónclaves académicos, y no poniendo allí y al menos sobre la mesa con claridad y energía, las reivindicaciones cubanas, como hace la diplomacia cubana en el curso de la “normalización”, proceso este con el que han querido legitimarse, justificarse y compararse, en vez de, desmarcándose con meridiana claridad de aquella “compañía”, participar en la investigación, la propuesta de ideas y el debate sólo con sus propias fuerzas y recursos.
El sustrato filosófico de las concepciones que separan la radicalidad revolucionaria anticapitalista y efectivamente patriótica, de las posturas de una supuesta izquierda moderada, (lo cual es un contrasentido, cuasi un oxímoron, una contradicción ilógica en los términos, porque la moderación en los principios básicos ya deja de ser realmente de izquierda, y porque izquierda moderada siempre ha derivado o ha sido funcional al capitalismo) se ha revelado con mayor claridad en el reciente intercambio de criterios que han sostenido el socialdemócrata anticomunista Arturo López-Levy y el filósofo comunista cubano Enrique Ubieta. Su análisis puede aportar mucha más claridad acerca del fondo filosófico de la cuestión ideológica y política que está en la base de la polémica actual.
Un punto nodal de ese intercambio es el concepto de patriotismo, en el que, inobjetablemente, existe una diferencia inconciliable entre el sionista  académico López Levy y el que sostiene el escritor Enrique Ubieta – o al menos en la modalidad que el Sr. López Levy  es y  declara un anticomunismo incompatible esencialmente con la martianidad. Este punto es vital porque es en la asunción del legado martiano y en su peculiar interpretación del patriotismo  que, “en su mérito”, el socialdemócrata Lopez-Levy quiere legitimar la validez de su posicionamiento en el diálogo cubano, a la vez que sostiene  que no existe una contradicción entre la solución martiana del proyecto cubano y el (su) anticomunismo.
Ya antes del intercambio a que nos referimos, López-Levy había dado fe de su posición reescribiendo el apotegma de Fidel: “Dentro del Patriotismo todo, contra el Patriotismo nada”, sustituyendo Revolución por Patriotismo y de esa manera diferenciándolos como dos procesos no relacionados y proponiendo una Patria posible, una Cuba posible, sin Revolución, sin socialismo y mucho menos sin aspiraciones comunistas.
Lo primero notorio aquí es que todos aquellos que se han opuesto a la Revolución, y al comunismo, acuden en esencia a la misma concepción, postulando que el comunismo, o el socialismo cubano en el camino del esfuerzo de su construcción transicional, es un accidente evitable, ajeno, prescindible y artificial al curso de la formación de la nacionalidad cubana y su cristalización histórica. Para calzar ese modo de pensar, cuando acude  a la historia, Ya hemos señalado que ALL cita sólo a aquellos pensadores o políticos de nuestra historia que le allegan argumentos de apoyo. Así ocurre  con determinadas personalidades además del mismo Martí, pero no, por supuesto, con Baliño, Mella, Rubén o Guiteras, quienes no les servirían, pese a tener, como aquellos, tanto peso en la conformación histórica del perfil ideológico de nuestra nacionalidad, pero en la línea comunista y anticapitalista.
Por ello creo que se debe prestar cuidada atención a los argumentos de Ubieta y aunque basta con leer ese intercambio, mi deseo es enfatizar ciertos puntos del hilo argumentativo del debate porque revelar tanto la forzada interpretación histórica de ALL, como el consiguiente relativismo y manipulación que implica, pueden ayudar a esclarecer temas de fondo que en los meros intercambios en las redes se leen con premura por el espacio en que se producen.
Atendiendo a esos temas de fondo, ya no es lo más importante del debate, el anticomunismo que sostiene una posición, cuando se revela declaradamente, que es incompatible, antagónica y además, como con toda razón Ubieta aclara, ideológica y políticamente enemigo. No en el sentido personal – ya Marx nos hablaba del buen capitalista, magnífico padre de familia, filántropo y de buen corazón. En este sentido aquí no habría nada personal y tampoco desechar la valoración de los aspectos positivos y útiles de, por ejemplo, la defensa de la soberanía y la independencia, aunque por vías equivocadas, o el apoyo por la causa de los 5, o la oposición al bloqueo, algo que exigen hace mucho tiempo ha todos los países en la ONU, más la pasada abstención del grácil expresidente, todo ello sumamente valioso a no dudarlo.
Ubieta no evade el tema del patriotismo, como le señala ALL, sino todo lo contrario, le da cumplida respuesta y no equipara como una identidad comunismo a patriotismo, como también malinterpreta, o crea el falso argumento, su opositor. En su última respuesta el escritor cubano revela la sutilidad de la retórica de su opositor. Efectivamente este utiliza un recurso retórico harto reiterado por él, afirmando varias veces la razón del oponente para posicionar, – desde la simpatía que despierta en el lector ajeno ese recurso de reconocimiento-, sus propias ideas. Ubieta lo desnuda así:
“A menudo usted retoma mis palabras, aparenta situarse en ángulos visuales cercanos a los míos, e incluso, cuando polemiza, construye afirmaciones e introduce conceptos –pretendidamente opuestos a los que defiendo–, que pueden hallarse con otro sentido en la Conceptualización de nuestro Modelo Social y Económico”.
 Y para definiciones más claras que le hagan sortear los vericuetos de que “tiene ud razón en esto, pero”, el filósofo cubano le invita a la observación precisa:
“Si no es mi enemigo en ideología, tendrá que objetar el retorno al pasado en Cuba (no insista en que se opone al capitalismo “dependiente”, mi pregunta es sencilla: ¿se opone al capitalismo?)”
Y para buscar una respuesta plausible y airosa ALL tendrá que hacer los malabares propios del Ni-Ni, es decir, ni con esto ni con aquello, que está definido ya por el inefable Cantinflas, “ni esto, ni lo otro, sino todo lo contrario.”.
Por supuesto, ALL tiene una puerta de escape a la incómoda pregunta definitoria. Que la ha refugiado en el concepto de socialismo democrático. Y que es la razón por la que Ubieta subraye esta verdad, que no lo es, por supuesto para su no-enemigo:
“La contraposición de los conceptos de socialismo democrático y socialismo revolucionario es confusa; alude en todo caso a la existencia de un “socialismo”, el suyo, que respeta las rígidas normas de la democracia burguesa, imperfecta y no perfectible, y de otro, el nuestro, que establece un nuevo tipo de democracia, imperfecta pero perfectible.”
Téngase en cuenta que ALL cifra su esperanza para una Cuba con democracia burguesa, en el respeto capitalista no suficiente salvaje a los estándares y las normas internacionales  de convivencia y derechos humanos. Aquí el lector se queda con el deseo de la demostración, sobre todo en lo que va de siglo, de esa respetuosa actitud como realmente se manifiesta en varios puntos del candente planeta.
Contra el simplismo – que para mí es de corte oportunista al cebarse de las dificultades de los intentos socialistas – del argumento de ALL, que le señala a Ubieta un presunto intento de postular la identidad entre patriotismo y comunismo, Ubieta responde con acierto: “No se trata de otorgar a una ideología la representación de una identidad nacional”. La identidad nacional está formada por una diversidad de toda índole, incluida por supuesto, las opciones políticas y las cosmovisiones ideológicas. Lo que Ubieta subraya es que al intentar el imposible de vaciar el patriotismo de su contenido de clase, diluye o ayuda a tornar invisible la condición violenta de la explotación capitalista, su inevitable principio de maximización de la ganancia como condición indispensable de su existencia y por ello la orgánica imposibilidad de la “moderación” como principio de eficacia del patriotismo.  Así, ALL pasa tabla rasa sobre lo que le señala Ubieta: el proyecto de nación del patriota desposeído, pero con autoconciencia de clase, pero incluso aunque no tenga conciencia de ella, nunca podrá ser el mismo (para la efectividad de su patriotismo), que el proyecto de nación de aquel cuyos intereses se conecten por riqueza, o por ideología, por cuna o por opción, por interés o sinceramente, con la cosmovisión del sistema del capital, que no sólo es antipatriótico por definición, sino anti humanista y, por excelencia, enemigo mortal de la naturaleza y la civilización. Al no poder comprender ese corolario, el Sr. ALL, no le queda más remedio que enunciar que el capitalismo no siempre es salvaje y que por lo tanto se le puede persuadir. En efecto,  no siempre lo es, porque el capitalismo es el mejor de los sistemas de vida posible…para los capitalistas o para sus pensadores orgánicos.
La verdad no es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Por ello no puede existir Patria capitalista, en la realidad tercermundista, como le afirma Ubieta. Pero no creo que sólo para ella, aunque no haré aquí mención a la realidad europea actual. Es un contrasentido. Es por ello que en las naciones pudientes, “desarrolladas”, sus poblaciones viven en “Patrias” muy diferentes, aquellas delimitadas por las fronteras, no las del misterio al decir del poeta, las demarcadas dentro de su propia tierra por la desigualdad, la precariedad y el distinto acceso al disfrute de las bondades de su país. No es una identificación ideológica a priori y forzada la que hay entre la Patria que tenga la posibilidad de ser  construida idealmente con todos y para el bien de todos, y el socialismo de Ubieta, es decir, el nuestro, (de lo cual siempre nos acusarán los enemigos del socialismo y el comunismo, eso sí, enemigos de ideas y principios): la relación dialéctica (no la identidad) que hay entre patriotismo y socialismo, llegado un momento específico de la historia humana, es una relación de necesidad objetiva, de condición de posibilidad de realizar la Patria en el mundo hoy conocido, y en lo que coinciden cada vez más lúcidas mentes: lo que logre ser el socialismo mañana, lo que vaya siendo en su tránsito tremendo, mientras exista la tensión del capitalismo, es hoy por hoy lo único conocido que puede hacer que el patriota alcance una condición superior de posibilidad en su aspiración de hacer realidad su patriotismo: es por ello que el Che habló del revolucionario como la escala superior del ser humano. Allí no hay sesgo ideológico, como les gusta repetir a los ideólogos.
Aparte de que el contradictor de Ubieta se declara abiertamente no comunista, socialdemócrata y sionista, y con todo ello a la vez que martiano, lo cual explica ampliamente el basamento de sus concepciones y opciones, el fundamento de su posición está en la negación de lo más visible e innegable de la historia: la lucha de clases. Y eso limita tremendamente la capacidad de intelección de lo que le argumenta Ubieta, a saber, que “con todos y para el bien de todos” no significó en Martí, y menos aún hoy, “con los justos y los injustos”, que es una forma de decir que un proyecto de nación, cualquiera que sea, no puede en ultima instancia nunca realizarse con el concurso de todos, precisamente porque existen los intereses de clases antagónicos y enemigos que los enfrentará, tarde o temprano, en opciones distintas. Lo más que se puede hacer es lo que intentó Martí y lo que intenta todo político sagaz: procurar la mayor unión posible. Lo que es innegable es que cualquier revolución verdadera desea que sus conquistas se logren para el bien de todos, y si no resulta ni lo uno ni lo otro, es porque a la postre las diferencias de clase, intereses, cosmovisiones, deslindará  a los que siguen una dirección de los que se apartan de la ella.
Finalmente una tesis a desarrollar en la ocasión propicia: no es casual que esta clarificación de las posiciones, esta caída de los velos, y hasta los desafíos que por allí leemos, y el anuncio de la  puesta en marcha  atrás del reloj de la Revolución cubana, se haya intensificado en el transcurso de estos años, sobre todo desde Obama a la fecha, porque todo se cifra, en palabras de ALL, a las “oportunidades” que se abren “una vez que la política de cambio de régimen por coacción se derogue”. Porque se intenta aprovechar el curso complejo de la actualización, el cambio generacional en Cuba, el repliegue reaccionario en Nuestra América y la suerte de la experiencia bolivariana, con la hipótesis-aspiración-deseo de que todas esas variables combinadas puedan y deban facilitar, o un cambio de sistema sociopolítico en Cuba,  o una deriva “suave” al capitalismo.
 Ese “sueño-pesadilla” ya tiene más de medio siglo. Ni la cubanología, ni la politología cubensis foránea, ni los laboratorios de ideas, ni la intelectualidad orgánica afín, han acertado nunca con Cuba. Las  agoreras interpretaciones  de estos días anuncian “plausible” que la próxima presidencia del país se vea obligada a intentar más “reformas” para compensar una supuesta falta de liderazgo con un éxito económico, y suponiendo una pluralidad de “facciones” al interior del Partido. Desprecian que el apoyo cubano a su revolución ha pasado las peores etapas sin condicionarlo al éxito económico. Sino todo lo contrario. Nunca brilló más alto la entereza de este pueblo que en los angustiosos días de los primeros años de la década del 90. Desprecian y desconocen, al reflexionar desde los presupuestos de sus ideologías, el carácter colegiado de la política partidista, aun en vida de Fidel, principio que los cubanos le exigiremos cada vez más al órgano del cual formamos parte sus militantes y sus no militantes, como bien aclara Ubieta. Ignoran o no quieren aceptar que el Partido cubano, no el concepto de partido que conocen desde sus erudiciones y visiones teoréticas de la vida, fue, es, y sigue siendo “el alma visible de la Patria”. Eso le exigiremos al Partido quienes tenemos el derecho pleno de hacerlo, de ser sus miembros, estemos o no en sus filas, y es bueno que continúen dudándolo y haciendo sus cábalas, pues cuando coincidamos es cuando comenzaremos de veras a preocuparnos.

martes, 1 de agosto de 2017

Operación Milagro

1 agosto 2017 

Operación Milagro. Foto: Archivo

Le llaman “la Ceguera”. Es un conjunto de cuatro modernos edificios situado al suroeste de La Habana (Cuba), concretamente en el verde y boscoso municipio de Marianao. No lejos de la mundialmente conocida sala de espectáculos Tropicana y del que fuera colegio jesuita de Belén, donde cursó sus estudios secundarios Fidel Castro. Oficialmente se llama Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer y ahí es donde se inventó, el 9 de julio de 2004, a iniciativa de Fidel y de Hugo Chávez, la famosa “Operación Milagro” que le ha devuelto la vista a millones de personas ciegas y sin recursos no sólo en Cuba y Venezuela sino en decenas de países de América Latina y del mundo.

El hospital existía, en forma embrionaria, antes de la revolución cubana. Se llamaba “La Liga contra la Ceguera” (de ahí el nombre con el que aún se le conoce popularmente) y había sido fundado en 1956 por un grupo de oftalmólogos humanitarios, financiado por un patronato de beneficencia a base de donaciones voluntarias de la población. Pero la mayoría de sus médicos, después de la victoria de la revolución, abandonaron a sus pacientes y se marcharon a Estados Unidos.

Con el personal que no desertó y se mantuvo fiel al proyecto transformador, poco a poco, gracias también a un grupo de jóvenes oftalmólogos, se retomó el proyecto. Así fue consolidándose la idea de impulsar la creación de un Hospital Docente Oftalmológico enteramente financiado por las nuevas autoridades revolucionarias.

En 1988, a iniciativa del presidente Fidel Castro, se creó, en el seno de este hospital, con los más modernos equipos tecnológicos, el Centro de Microcirugía Ocular que pronto iba a situar a Cuba en los primeros puestos, a nivel mundial, en materia de cirugía de cataratas, miopía y glaucoma. De todo el planeta empezaron entonces a acudir pacientes para someterse a delicadas intervenciones. Y la excelente reputación del “Pando Ferrer” se fue extendiendo por el mundo entero.

“¿Cómo surgió la idea de la operación milagro?”, le pregunto al doctor Marcelino Ríos, director del Hospital Pando Ferrer. Acompañados por la Dra. Eneida Pérez, que dirige el departamento de cataratas, estamos en su modesto despacho en el que destaca una gran foto en blanco y negro, enmarcada –obra de Alberto Korda—, que muestra en primer plano a Fidel Castro encendiendo un cigarro junto a Che Guevara. El Dr. Ríos lleva su bata blanca bien abrochada por encima de una camisa azul, está sentado ante una mesa repleta de libros y documentos, y me cuenta: “Todo empezó un 9 de julio del 2004. Se cumplen ahora exactamente trece años. Yo estaba ya de director. Recuerdo que era un viernes, ya de noche, pasadas las siete de la tarde. Una gran parte del personal, como es lógico, ya se había ido a su casa. Empezaba el fin de semana… Y, de pronto, me anuncian que llega, de improvisto, Fidel. ¡Imagínese!”

El Dr. Ríos se echa las manos a la cabeza y hunde los dedos en su espesa cabellera gris mientras, abriendo bien grandes los ojos, trata de reproducir la traumática sorpresa de entonces: “Ignoraba a qué venía el Comandante… Y me puse a reunir a todos los doctores que, a esa hora, podía encontrar disponibles. No eran muchos, cuatro o cinco a lo sumo. Entre ellos estaba la jovencísima Dra. Eneida Pérez que no debía tener ni treinta años entonces… Llegó Fidel, con su uniforme verde oliva, sus botas altas, afable como siempre. Venía solo, sin ningún ministro. Nos reunimos en un salita pequeña. Expectantes… Y ahí, sin muchos preámbulos, bebiéndose un vaso de agua, Fidel nos pidió, como un favor, si podíamos recibir el día siguiente por la mañana –un sábado…— a un grupo de cincuenta pacientes venezolanos que estarían llegando de Caracas para ser operados de cataratas…”

“¿Ya dominaban ustedes la cirugía de las cataratas?”, le pregunto a la Dra. Eneida Pérez. Venerada por sus pacientes, amable y bondadosa, considerada como una de las mejores cirujanas oftalmólogas del mundo, la Dra. Eneida me explica: “Bueno, quizás no tanto como ahora con trece años más de experiencia… Pero ya realizábamos, en 2004, unas setecientas cirugías por semana… Y ya entonces, varios de nosotros, exactamente siete, dominábamos la más novedosa técnica quirúrgica, la Blumenthal, para el tratamiento de las cataratas, enfermedad que es responsable, hay que recordarlo, de la mitad de los casos de ceguera en el mundo.”


“Al día siguiente –prosigue el Dr. Marcelino Ríos— a las siete de la mañana, llegaban a nuestro hospital los cincuenta venezolanos anunciados por Fidel. Una hora después ya habían sido operados los primeros de ellos. Y el lunes siguiente, nuestros siete cirujanos, trabajando sin descanso, habían operado a todo el grupo. Me llamó Fidel para felicitarnos y preguntarme si podíamos operar a más gente… ¿A cuántos más? le pregunté. Y ahí es cuando me dice que, sin duda, se había expresado mal porque lo que él nos había pedido era de operar a cincuenta venezolanos… ¡por día! Además eso no debía perturbar el servicio a los pacientes cubanos que ya operábamos normalmente…”

“Tuvimos que traer a otros siete oftalmólogos del interior del país porque no dábamos abasto… –me explica la Dra. Eneida Pérez— Tuvimos que constituir dos grupos: el primero empezaba a las 7 de la mañana… Terminaba a final del día… Calcule usted, cada intervención en aquella época duraba unos 15 minutos… Y cada cirujano operaba a unos sesenta o setenta pacientes por día… En total, los catorce cirujanos operábamos a una media de unos 500 pacientes cada día… Fue un reto formidable. Tuvimos que sobrepasarnos. Dos meses después, habíamos operado a unos 14 mil pacientes. Casi todas eran personas sin recursos. Con anécdotas muy conmovedoras: madres o padres que veían a sus hijos por primera vez… Ciegos de nacimiento –porque hay cataratas de nacimiento…— que por fin recobraban la vista y descubrían el mundo… Muchos lloraban de emoción. Humanamente fue una experiencia fabulosa.”

“Fidel –recuerda el Dr. Ríos—, un tiempo antes, en una precedente reunión, me había preguntado: ‘¿Cuál es la mejor tecnología para la cirugía oftalmológica, sin contemplar precios pero obviamente que no sea norteamericana?’ Le dije, sin vacilar, que era la alemana o la japonesa. Y el Comandante, a pesar de las reservas expresadas por algún ministro, mandó importar lo mejor. Para dar el mejor tratamiento a nuestro pueblo. Ello permitió a nuestros médicos y a todos nuestros especialistas formarse a las técnicas más actuales, más avanzadas. Sin esos equipos de alta tecnología y sin esos progresos no hubiésemos estado a la altura del desafío que nos planteó aquel 9 de julio de 2004. Fidel lo tenía pensado, no me cabe duda, desde mucho antes. Recordemos que, con Hugo Chávez, ya habían lanzado con enorme éxito, en Venezuela, la ‘Misión Barrio Adentro’, enviando a miles de médicos cubanos a los barrios más pobres para atender a pacientes que, a veces, no habían visto a un doctor o a un dentista en toda su vida. Por eso, los dos Comandantes conciben la idea de lanzar la ‘Operación Milagro’. Pero no divulgan la iniciativa; la mantienen en secreto hasta ver si todo sale bien.”

“Durante más de un año –prosigue la Dra. Eneida Pérez— estuvimos operando a miles y miles de pacientes venezolanos. Se estableció un verdadero puente aéreo con Caracas. Cada enfermo venía, por razones obvias, acompañado de un pariente. Y a este pariente, nuestros servicios médicos lo sometían a un examen de salud completo, multidisciplinario. Y a menudo se descubría que padecían diversas afecciones de salud o padecimientos crónicos; y también se les trataban. O sea que paciente y acompañante regresaban a su país totalmente curados.”

“¿Cuándo se anunció públicamente la existencia de la ’Operación Milagro’?”, le pregunto al Dr. Marcelino Ríos. “Fue —me contesta— en el marco del programa de televisión ‘Aló Presidente’ que se realizó aquí en Cuba, en la provincia de Pinar del Río, en un poblado llamado Sandino, el 21 de agosto de 2005. Ahí es donde los presidentes Hugo Chávez y Fidel Castro anuncian que ya se han operado más de 50 mil pacientes y divulgan la existencia del convenio mediante el cual se crea la ‘Misión Milagro’ que plantea intervenir quirúrgicamente a seis millones de latinoamericanos, aquejados de enfermedades oculares, en un lapso de una década. Se le puso de nombre ‘Milagro’ porque es la expresión popular de centenares de pacientes que, al recobrar la vista, exclaman sorprendidos: ‘¡Es un milagro!’. Muchos de ellos nos contaban sus experiencias de peregrinar por los diferentes servicios de salud de sus respectivos países, sin recibir respuesta. Y ya habían abandonado toda esperanza de recuperar la vista algún día…”

“¿La ‘Operación Milagro’ —le pregunto al Dr. Ríos— se ha extendido a otros países además de Venezuela?” El año siguiente al anuncio hecho por los Comandantes Fidel y Chávez, o sea en 2006, abrimos varios de centros oftalmológicos en Venezuela, integrados por profesionales cubanos —un centenar de ellos trabajadores de nuestro hospital Pando Ferrer. Debo precisar que, en la ‘Operación Milagro’, participan unas 165 instituciones cubanas. Y se dispone, además, de una red de cincuenta centros oftalmológicos con 82 posiciones quirúrgicas en 14 países de América Latina y el Caribe. Porque, en efecto, Fidel y Chávez, a partir de la experiencia cubana, decidieron ampliar el servicio a otros países, incluyendo a varios Estados del Caribe, como Haití y San Vicente y las Granadinas. Bolivia fue la siguiente nación. Después se sumaron Guatemala, Honduras, Ecuador, Paraguay, El Salvador, México, Argentina, Uruguay… Hasta alcanzar una veintena, más otras decenas de establecimientos quirúrgicos abiertos por personal cubano en África y Asia. “

En el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay unos 45 millones de ciegos. Y, como nos lo precisaba la Dra. Eneida Pérez, la mitad de ellos, o sea unos 25 millones, lo son sencillamente a causa de las cataratas. Lo que significa que, con una simple operación quirúrgica, esos 25 millones de personas podrían recuperar la vista. Dicho de otra manera, esos 25 millones de personas son ciegas porque son pobres. Porque no pueden costearse una intervención quirúrgica de alto coste, o porque no viven en un país con un sistema público de salud que preste esa atención y asuma ese gasto. Esa es la tremenda injusticia que quisieron combatir los líderes de la revoluciones cubana y bolivariana. Igual que ambos combatieron y erradicaron por completo el analfabetismo en sus respectivos países, se propusieron erradicar la ceguera.

Algunos quizás se pregunten si todo esto que estoy diciendo no es más que propaganda. Para verificarlo, como yo era muy miope y con unas cataratas muy complicadas, decidí probar en mi propia persona la ‘Operación Milagro’ y someterme a cirugía en los dos ojos.

Después de los análisis pertinentes, mezclados con las decenas de pacientes que llenan los pasillos del Hospital Pando Ferrer, me sometí a la intervención. Con sus manos de ángel, la Dra. Eneida Pérez me operó. Una semana el primer ojo. La semana siguiente el segundo. Seis o siete minutos a cada vez. Cero dolor. Increíble. Totalmente ambulatorio. Apenas operado, te levantas de la mesa del quirófano por tus propios pies y, sin la ayuda de nadie, te marchas a casa. Dos horas después, te retiras tú mismo el esparadrapo que cubre el ojo operado. Milagro. Ya ves bien. Ya puedes hacer vida normal. Puedo dar testimonio de ello. ¿Cómo no pensar en los millones de personas que han vivido esta experiencia? ¿Cómo no estar eternamente agradecidos a los dos Comandantes que impulsaron este grandioso milagro?