miércoles, 25 de julio de 2018

Ni la mentira ni la mordaza pudieron ocultar la verdad

La prensa local y nacional echó manos a la manipulación y el silencio y el sistema frente a los acontecimientos del 26 de Julio de 1953. Foto: Fotocopias de In Scrap Book
1. ¿Qué vamos hacer con los sucesos de Santiago y Bayamo? ¿Qué pasaría si la ciudadanía se entera que unos cuantos civiles nos pusieron en jaque y estuvieron a punto de tomar la segunda fortaleza militar de la Isla?
¿Cómo quedaría el mito de la entereza del régimen, de la unidad monolítica y del clima de concordia que tanto hemos proclamado? ¿El General continuaría siendo el hombre fuerte?
¿Y si se llega a saber que el líder del movimiento es aquel joven abogado que el 14 de marzo de 1952, apenas cuatro días después del golpe en Columbia, había denunciado: «¡Revolución no, zarpazo!» y calificado a los autores como «liberticidas, usurpadores, retrógrados, aventureros sedientos de oro y poder», y desnudado la entraña del General al decir «usted, Batista, que huyó cobardemente cuatro años y politiqueó inútilmente otros tres, se aparece ahora con su tardío, perturbador y venenoso remedio, haciendo trizas la Constitución (…). Todo lo alegado por usted es mentira, cínica justificación, disimulo de lo que es vanidad y no decoro patrio, ambición y no ideal, apetito y no grandeza ciudadana? ¿No será mejor 
liquidarlo y hasta borrar su nombre, Fidel Alejandro Castro Ruz?».

¿Cómo quedaríamos si trasciende que la mayoría de los muertos en combate del bando de los asaltantes fueron asesinados? ¿O que las condecoraciones que repartimos a los fieles oficiales y soldados no se sustentan en acciones combativas sino en la ciega obediencia a la orden de matar a prisioneros?
¿De qué manera presentar los acontecimientos del 26 de julio de 1953 a la opinión pública para que esta nunca sepa la verdad?
Las respuestas a estas preguntas que rondaron por las mentes de los golpistas del 10 de marzo y sus secuaces se halla en las páginas de los diarios que circularon en Santiago de Cuba y el resto del país en los días sucesivos a los asaltos revolucionarios a los cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
Mentiras, manipulaciones, silencios y mordazas.
 

2. El lunes 27 de julio, un titular llama la atención en el diario Prensa Universal: «Censura previa a toda la prensa de la República». Debajo un bajante: «Designan censores para periódicos y revistas».
En la primera página, con gruesos caracteres, un cintillo no podía ocultar lo que todos los santiagueros conocían: «ASALTADO MONCADA». A continuación: «Loca aventura de un grupo de jóvenes que intentaron tomar la Fortaleza. Lograron hacerse fuertes en los primeros momentos. Varias bajas sufre el Ejército.
Persecución de fugitivos». Salvo lo de «loca aventura», hubo en esos momentos una aproximación a la verdad. Por ejemplo, al censor se le escaparían tres fotos de asaltantes ultimados. Con el correr de los días, con la aplicación de la censura, la narrativa de ese diario cambiaría por completo.
No faltaba más: Prensa Universal, uno de los tres diarios que circulaban en la capital oriental, era un feudo del coronel Alberto Río Chaviano, jefe de la plaza, aunque nominalmente la dirección estuviera ocupada por Raúl López.
De ahí que el propio día 27, al reflejar las declaraciones que formuló Chaviano en el cuartel pocas horas después del asalto, pusiera énfasis en una infamia: el acuchillamiento de  pacientes internados en el hospital Saturnino Lora por parte de los revolucionarios. Río Chaviano dijo: «…armados de cuchillos atacaron sin misericordia a los alistados enfermos». En el parte oficial de ese día, el coronel señaló entre los detenidos a «la doctora Melba Hernández y Haydée Santamaría, vecinas de la Calle 25 no. 164, La Habana», como responsables de haber «impedido que el personal atendiera a los heridos del Ejército y obligándolo a que atendiera a los rebeldes que habían resultado lesionados».
En ocasión del cincuentenario del asalto del Moncada, Marta Rojas, por entonces una joven periodista que visitaba a su familia en Santiago luego de graduarse, fue testigo excepcional de los hechos. Ella relató:
«Hubo más mentiras, insistentemente divulgadas desde el mismo 26 de julio en la conferencia de prensa del Jefe del Regimiento, quien además leería un informe oficial, enviado a Santiago de Cuba, desde La Habana, plagado de injurias y falsedades (…) Se dijo y publicó, oficialmente, que los asaltantes llevaban granadas.
Hubo un chiste al respecto en el transcurso del juicio. El abogado de los asaltantes, doctor Baudilio Castellanos, le preguntó al militar que lo aseveraba, si lo que él vio “volar”, y “alcanzó a tomar en sus manos”, no sería un anón en vez de una granada. Un miembro del Tribunal que gustaba hacer versos y décimas de ocasión comentó “que donde el cabo vio una granada, Baudilio descubrió un anón: cuestión de frutas cambiadas”. Echaron a rodar más falacias, sin desmentidos de ninguna clase, impunemente. Por ejemplo, que entre el grupo de asaltantes había mercenarios, nada menos que indios putumayos (…).
«Desde aquel día afirmaron que los asaltantes, con armas blancas y muy bien armados tocaban en las puertas de familiares de los militares para asesinar a la gente: mentiras crueles, que pueden ser corroboradas en las hemerotecas, y, yo doy fe de ellas, porque, al fin y al cabo, cincuenta años no es nada y lo recuerdo».
El diario Noticias de Hoy, del Partido Socialista Popular, fue clausurado el lunes 27 de julio. Diario de Cuba, otro de los periódicos santiagueros, no pudo publicar información gráfica; la cámara de su fotorreportero Ocaña fue destrozada por un casquito en el Moncada.
En La Habana, la censura se extendió a los diarios El Mundo, Prensa Libre y Pueblo. A los talleres de este último acudió la policía, que destruyó dos linotipos. Cuando su director, Luis Ortega, trató de impedir se consumara el atropello, fue brutalmente golpeado por los agentes de tal modo que hasta el ultraconservador Diario de la Marina pegó el grito en el cielo.
Por cierto, esta publicación, reconocida por su cariz reaccionario, mintió sobre los sucesos de Santiago:
«Manos criminales armadas con los dineros robados a la salud del pueblo y al Tesoro de la nación, penetraron sigilosamente, acuchillando a nuestros soldados apostados en las entradas del campamento y dispararon a quemarropa sus escopetas recortadas sobre el rostro de nuestros confiados hombres».
La revista Bohemia jugó cabeza a lo censores. El 2 de agosto de 1953 publicó un fotorreportaje, a partir de imágenes tomadas por Panchito Cano en el Moncada salvadas por Marta Rojas, que escondió los rollos en los amplios bolsillos de la saya plisada donde los trasladó a la capital. Panchito y ella se pusieron de acuerdo para entregar a los represores las películas sobre el Carnaval. Río Chaviano nunca olvidó el engaño. Un tiempo después, al encontrarse con Marta, le preguntó con sorna: «¿Tú no eres la muchachita que estaba en el  Moncada? Te recomiendo que no andes con malas compañías».
El 9 de agosto Bohemia publicó otro material, muy editado y ambiguo y guardó los originales de Marta y las fotos no divulgadas de Panchito. Aunque el 1ro. de noviembre, en la reaparecida sección En Cuba, redactada por la joven reportera, se incluyó una versión de los sucesos, sobre la base de la cobertura de la Causa 37 contra los asaltantes, solo estos reportajes pudieron ver la luz íntegramente en enero de 1959, en las llamadas Ediciones de la Libertad.
 

3.
Desde un inicio, el régimen trató de vincular a los jóvenes de la Generación del Centenario con intereses ajenos. Los diarios replicaron las declaraciones del jefe del Regimiento oriental en las que afirmó que el mandatario depuesto por Batista, Carlos Prío Socarrás, había financiado con un millón de pesos a los revolucionarios.
Por cierto, en Santiago, uno de los primeros en ser detenido fue José Villa, quien había sido jefe de la Policía hasta la asonada golpista y con un alto sentido del honor se había negado a servir a la satrapía. Villa estuvo a punto de ser asesinado en el Moncada. Le salvó la vida Abel Santamaría que se interpuso ante el esbirro que se disponía a matar a aquel: «Este hombre no es de los nuestros, se lo aseguro, usted lo puede comprobar». Villa había sido arrestado temprano en la mañana del 26  en la puerta de su casa.
Los periódicos reprodujeron la imagen de un distintivo con el mapa del estado norteamericano de la Florida, supuestamente ocupado por los asaltantes. Se trataba de conectar el proyecto revolucionario a políticos desplazados del poder por la tiranía.
Con esa misma intención publicaron facsímiles de cheques de uno de los bancos extranjeros que operaban en la Isla, lo cuales habían sido endosados a nombre de uno de los asaltantes y que en realidad respondían a un encargo laboral en el puesto que desempeñaba. Nada que ver con los fondos de la organización.
Dada su catadura moral, al régimen le costaba admitir que los revolucionarios dependieron de sus propios recursos y esfuerzos.
Quizá el infundio más delirante propalado por la dictadura fue el que atribuyó a los asaltantes la intención de hacerse con lo que llamaríamos hoy un arma de destrucción masiva. El 28 de julio Prensa Universal desplegó el siguiente titular: «Ocupan material de guerra en un barco que llegó de Canadá». Al detallar la supuesta carga incautada precisó: «Miles de guantes usados para ocultar huellas digitales y deflagración de pólvora». Y lo más absurdo: «bursato de cobalto, un material radioactivo de índole atómico».
 

La naturaleza criminal del régimen se reveló al difundir, en el diario Ataja, una falsa noticia: «Muerto Fidel Castro». Eso querían, pero en realidad mientras circulaba la información, Fidel todavía no había sido capturado. Fue el sábado 1ro. de agosto que el diario Oriente dio la información verdadera: «Capturado en la mañana Fidel Castro». Foto: Fotocopias de In Scrap Book
4.
El 28 de julio el diario Prensa Libre dejó un espacio en blanco de varias pulgadas. Solo en la parte superior, la foto del columnista, Mario Kuchilán Sol. Apenas una inscripción debajo de ella: «Aquí iba Babel». Así se llamaba la columna del periodista; la censura impidió su publicación. A un lado, la dirección del diario quiso dejar constancia de la intromisión de la dictadura; pero solo fue autorizado un párrafo; el resto de la declaración también fue censurado.
Años después, durante un conversatorio con sus colegas de la redacción de Bohemia, en julio de 1975 a propósito de la efeméride moncadista, Kuchilán recordó:
«Mi columna no era tan atrevida como para silenciarla. Yo tenía que cuidarme, pues ya había sido víctima en ese y anteriores gobiernos de represalias. De modo que cuidaba mis expresiones y con mucha cautela trataba de llegar con mis ideas y observaciones a la opinión pública. El director sabía cómo yo pensaba y por esos días me previno. Lo que molestó al censor fue que deslicé que era una falacia hablar de tranquilidad y seguridad cuando las garantías constitucionales estaban suspendidas (…) A los pocos días me tropecé con el censor y me dijo: “Chinito, se te fue la mano. Yo soy buena gente pero si te agarra otro la pasas mal. Cómo se te ocurre cuestionar lo que dijo el General acerca de la normalidad del país. Cómo se te ocurre dejar en blanco la columna. Que sea la última”. Al dejar el espacio vacío nuestra protesta iba en firme y la gente sabía leer entre líneas».
La dictadura tenía miedo. Batista declaró: «Había un plan para matarme». El dictador mostraba su hipocresía: «Soy el primero en deplorar la censura».
 

5.
La naturaleza criminal del régimen se reveló al difundir, en el diario Ataja, una falsa noticia: «Muerto Fidel Castro». Eso querían, pero en realidad mientras circulaba la información, Fidel todavía no había sido capturado. Fue el sábado primero de agosto que el diario Oriente dio la información verdadera: «Capturado en la mañana Fidel Castro». El libelo Tiempo, del gángster Rolando Masferrer, introdujo una falaz variante al sugerir que se había entregado mansamente a sus captores.
En 1955, luego de ser liberado junto a sus compañeros debido a la enorme presión popular, Fidel publicó en Bohemia –libre temporalmente de la censura- una formidable y estremecedora denuncia de las mentiras y la campaña de desinformación de la tiranía en relación con el 26 de Julio. El pie lo había dado Río Chaviano, quien había reaccionado airadamente a un emplazamiento de la revista para que explicara por qué dos locutores de una emisora santiaguera habían sufrido a manos de los esbirros bajo su mando. La fórmula del atentado era por entonces una práctica común; obligarlos a ingerir una gran cantidad del purgante conocido como palmacristi.
Fidel escribió con pulso firme:  
«El pueblo de Oriente conoce toda la historia; el pueblo de Oriente, en la más grande manifestación multitudinaria que se ha contemplado en la región, clamó delirantemente durante horas por los combatientes del Moncada, y el pueblo, señor Chaviano, no clama ni delira por criminales. En cambio ese mismo pueblo que aplaudía a los que fueron a darlo todo por el decoro de Cuba, gritó incesantemente también: “¡Abajo Chaviano!”.
«Pero ya que el señor Chaviano lo ha querido, ya que insiste en repetirlas, voy a decir de una vez por qué se fraguaron contra nosotros aquellas mentiras fantásticas. Está bien claro: para desmeritar el heroísmo, para justificar la bárbara masacre que vino después, para ahogar en el terror y en el fango el idealismo de una juventud que no quiso ni está dispuesta a ser esclava de nadie. (…) Desde las propias prisiones, a pesar de la incomunicación y el rigor, les ganamos la batalla de la verdad. ¿Para qué la censura previa durante noventa días, para qué la Ley de Orden Público, sino para que nunca se supiera la historia verdadera del 26 de julio?
«Es realmente extraordinario que con media docena de publicaciones clandestinas esa verdad se haya impuesto contra todo un aparato de propaganda oficial que con métodos goebbelianos repetía las mismas calumnias. Hoy, sólo alguno que otro tonto interesado (más interesado que tonto) –o un malvado sin conciencia, podría repetirlas. Esta vez, de la calumnia no quedó nada».
En ese propio artículo Fidel también dejó aclarado para siempre lo que aconteció el 1ro. de agosto:
«Menciona el señor Chaviano el hecho de que se respetara la vida del jefe de los revolucionarios cuando se rindió a las fuerzas armadas. Eso no es argumento. Dígase de una vez por todas, porque se ha querido tejer mucha maraña en torno a mi detención, que yo nunca me rendí al Ejército. Después de resistir durante una semana con diecisiete compañeros el cerco de 1 500 hombres, al amanecer del sábado 1 de agosto, encontrándome en unión de José Suárez y Oscar Alcalde, completamente extenuados por el hambre y la sed, una patrulla, al mando del teniente Sarría, nos despertó con los fusiles sobre el pecho.
«Acompañaban a Sarría el cabo Suárez, el soldado Rodríguez, el soldado Batista y varios números más. Ninguno de ellos me reconoció en el primer instante. Cuando algunos miembros de la patrulla se disponían a ultimarnos en pleno campo con las manos atadas a la espalda, el referido militar gritó con formidable energía: “¡No hagan eso, que las ideas no se matan!”.
«Al ver aquel gesto singular, me erguí delante de él y le di mi nombre, informándole mi condición de jefe principal de los combatientes. Por toda respuesta aquel caballeroso militar me rogó que guardara en secreto mi identidad, se constituyó en guardián mío y me condujo directamente al Vivac de Santiago de Cuba donde, enterado el pueblo y la prensa de mi presencia, fue ya imposible asesinarme. Habían transcurrido seis días de los hechos y en el pueblo se levantaba un inmenso clamor contra la matanza sin precedentes de prisioneros.
«Aunque en aquella ocasión guardé discreto silencio sobre las hermosas palabras del teniente Sarría, expresé por la Cadena Oriental de Radio, delante del propio Chaviano y de numerosos militares, la forma en que fui detenido. Toda Cuba lo escuchó.
«Ninguno pudo ni podrá negarlo. La entrevista, publicada por El Crisol, dio lugar a la recogida de la edición del lunes, 3 de agosto de 1953».

martes, 12 de junio de 2018

Fernando Martínez Heredia, te fuiste para apurarnos

Por: Alejandro Gumá

Fernando Martínez Heredia. Foto: La Tizza

A. “El anuncio de los tiempos que vendrán”

Siempre que alguien se ponía a la cabeza de una meta cuyo tamaño excediera las fuerzas propias –al menos las fuerzas conocidas y supuestas–, toda vez que una persona oponía su voluntad a valladares de semblante infranqueable, cuando cualquiera mostraba empecinamiento tras objetivos en desuso o mal usados, Fernando Martínez Heredia les apoyaba en el hombro un aserto: “Eres el anuncio de los tiempos que vendrán”. Quien lo afirmaba, sin embargo, no creía en destinos inexorables. Ningún tiempo llega solo. Ningún anuncio sin práctica puede traerlo. Tampoco, cualquier práctica.
Si asumimos bien las ideas que pasó la vida defendiendo, no haremos de ellas el fijador de un retrato suyo, el salvoconducto de algún capítulo de tesis, o la cita sin vocación, a la postre, traicionera. Si las asumimos bien tendremos que crearles instrumentos, sin confundir al instrumento con la idea; conducirlos, sin semejar la conducción con el monólogo; y desarrollarlos para que sigan dando de sí.
Anoto algunos principios que aprendimos en su voz entrecortada y tosedora:
1. Al plantearnos actuar en política debemos tomar en cuenta las condiciones de partida, no para someternos a ellas sino para trascenderlas –incluidas las condiciones creadas por la cuarta Revolución Cubana, de 1959. Esta superación mediante la práctica es el vector más importante de la reproducción ampliada de un proyecto de liberaciones y el modo de prefigurar un espacio futuro al cual referir las actuaciones del presente y sus promesas.
2. Para no ser cómplices de esa ganancia de la dominación que implica naturalizar los fenómenos sociales y los productos de la actividad humana, debemos estudiarlos –y comprenderlos– en su historicidad.
No asumir como “dados” los procesos o relaciones que pudieran impedir la liberación de las personas y las sociedades, pero tampoco, los que pudieran ayudarnos a hacerla avanzar. En el primer caso, para no suponer una predestinación que después de largos períodos de procesos revolucionarios estos se rutinicen o, al cabo, terminen siendo vencidos, idea que ya Fidel Castro había planteado con audacia en 2005 [1]. En segundo lugar, para no creer(nos) que es un resultado evolutivo la sociedad de bienandanzas y emancipaciones por la que Fernando pugnaba. Hay que ganarla luchando.

La historicidad es también un valor para la asunción de los legados y del pensamiento.
3. Consecuente con los dos puntos anteriores, Fernando no fue nunca martiano, fidelista y marxista de forma mimética. En su concepción de la cultura y de la lucha cultural, por ejemplo, se pone de manifiesto su capacidad –que es la misma de todo pensamiento revolucionario– de concebir ideas superiores a las condiciones vigentes. Fue sin dudas un martiano histórico al entender que la posesión de cultura –“ser cultos”– aunque nos predispone a ser libres, puede predisponernos también a no serlo. Valga aclarar que “ser cultos” para Fernando no incluye únicamente los atributos que desde un sentido común decimonónico encasillan esa cualidad, sino implica –sobre todo en el mundo de hoy– ser convivientes de procesos culturales, portadores de significaciones diferentes y hasta contradictorias, y reproductores en escalas desiguales de la cultura que portamos.
Por ello siempre encontramos en Fernando un cuestionamiento de los contenidos de la cultura que se posee, y la apelación a apoderarnos de y crear una cultura determinada, donde no caben las discriminaciones de ningún tipo, ni las jerarquías que justifican la explotación, ni el tratamiento de las identidades –personales o nacionales– como muñecos de feria.
Cuando José Martí escribió en “Maestros ambulantes”, 1884, aquella idea famosa que todos citamos [2], la ignorancia era el principal instrumento de dominación. Desde mediados del siglo XX comenzó a serlo la cultura misma.
Armado de esa certeza, por haber estudiado a fondo aquel tránsito, es que Fernando aboga por una emancipación que debe serlo también –si aspira a la sostenibilidad– en los contenidos de la cultura, y rebasa la explicación de esta última como antónimo de ignorancia. Por eso puede decir, en la madurez de su concepción, “la rebeldía es la adultez de la cultura” [3]. Y al conferirle valor político, amplía sus predios, le asigna nuevas tareas. Porque mientras ella no es rebelde permanece infante, sujeta, minusválida, postrada por el fardo secular de la opresión, que en la medida en que fue sofisticándose utilizó a la cultura como vehículo de oscurantismo y sumisión.
4. El socialismo no es en Fernando Martínez Heredia un lugar “al cual” llegar sino “del cual” llegar, a otro superior –el comunismo–. Por tanto, siempre usó el concepto de “transición socialista” –y no de “construcción del socialismo”– para llamar la atención sobre dos aspectos decisivos: a) el carácter que debía tener la transición para conducirnos a cotas de libertad y justicia superiores, y b) la condición conflictiva e inacabada de un camino donde solo en la medida en que cambiamos la vida, las relaciones sociales y a nosotros mismos de un modo revolucionario, nos acercamos al horizonte comunista.
Delante de esta idea para Fernando va Ernesto Guevara, con su llamado de “(…) empezar a construir el comunismo desde el primer día, aunque nos pasemos toda la vida tratando de construir el socialismo” [4].
Una consagración total a ese propósito basta, para que como le ha sucedido al Che, Fernando no sea tampoco visto como un hombre del pasado histórico de la revolución, sino de su futuro.
5. Más referida al trabajo de ciencia social y pensamiento social, el autor de Cuba en la encrucijada nos deja una lección que refrendó con su propia obra: la objetividad está en el modo como encaramos los objetivos, pero no en la ausencia de estos. Dos principios lo sustentan:
a). Que todo trabajo de ciencia social –y todo científico social– persigue objetivos “extra científicos”, tiene intereses ideológicos. Lo que resta valor a la ciencia social es la pretensión de neutralidad e imparcialidad, y no las finalidades políticas que le animan.
b). Que, por lo tanto, el medidor de “cientificidad” no está en la “pureza ideológica” –inexistente e improbable– de la ciencia social, sino en la seriedad, rigor y honestidad intelectual con que el científico social encara o sustenta sus filiaciones al hacer ciencia [5].
6. La combinación entre militancia y libertad es necesaria no solo al hacer trabajo intelectual, sino a la hora de conducirnos como ciudadanos, de pensar con cabeza propia, de imaginar futuros para los cuales el pensamiento no puede tener ataduras. Es preciso “convertir los ideales en militancia y la militancia en ideales” [6].

B. Los revolucionarios no enviudan

La clausura del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (1963–1971) y de la revista Pensamiento Crítico (1967–1971) [7], fue un episodio duro. Tan bien lo comprendió Fernando que no pudo secarlo el ostracismo ulterior. No transigió con la “autocrítica” que le sugirieron. No pactó. Supo distinguir entre la revolución y sus usufructuarios. En el tiempo que sobrevino chocó a consciencia una y otra vez con la misma piedra –solo así las piedras ceden–.
Y jamás enviudó. Tampoco los de su grupo, los de su estirpe. A no enviudar le ayudó la idea de que “se gana mucho con la derrota si uno no se convierte en un derrotado” [8]. Los inmaculados no han vivido jamás revoluciones, aun cuando su ciclo vital transcurra dentro del ciclo histórico de alguna. O aun cuando supongan actuar en su nombre, administrar sus legados, conducir sus estructuras. Debemos desconfiar de aquellos a los que siempre les va bien en las revoluciones. Y desconfiar de la prevalencia del carácter revolucionario en procesos donde la estabilidad de la norma obsede más que el ejercicio de su interpelación.
Llena de abolladuras nos entrega Fernando su indumentaria. Ninguna es moral. Él ha estado en revolución. En brega por un socialismo que no llegue a homologarse con el pedacito de poder personal de un grupo [9]. O que, como gustaba repetir, citando a Lezama, no se vuelva tan pequeño “que quepa en la chapita de una botella”. Él jamás permutó del centro de una batalla para evitarle al pensamiento la humillación de “adorno” o “actividad permitida”. Allí se mantuvo para volverlo un prefigurador de caminos y un chofer de la política.
Los inmaculados, ¿qué indumentaria exhiben?, ¿cuáles abolladuras?

C. Profeta, periodista, historiador

Fue decisivo aquel curso que impartiera Fernando en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, entre el 3 de marzo y el 12 de junio de 2015: “El marxismo de Marx, problemas de su conversión en instrumento revolucionario mundial” [10]. Quince sesiones de cinco a seis horas los martes y catorce de ocho horas los viernes. Recesos fugaces, como este suyo de ahora.
Fernando, renqueante, trepaba hasta el salón. Su esperanza ardía con la misma intensidad sobre 26 personas que sobre siete. Bromeó el primer encuentro con aquella premonición de Máximo Gómez cuando las tropas bajo su mando salieron hacia Occidente en la invasión: “En estas filas que hoy veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros”.
De Carlos Marx y La Gaceta Renana a José Martí y aquel opúsculo en La Edad de Oro donde Fernando nos enseñó a ver fundamentado el comunismo[11]. De las Cartas a Kugelmann [12] y Lenin pidiendo que todos las clavasen en las paredes de sus casas, al Che que desde Tanzania le dice a Armando Hart: “(…) ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar” [13].
En tamañas travesías se nos fue revelando cuán preciso era Fernando en aquella forma jocosa de describirse: “Yo he sido a un tiempo profeta, periodista e historiador. Primero me ha tocado alertar: ‘va a pasar esto’; luego decir: ‘está pasando esto’; y por último contar: ‘pasó esto’”.
Entendimos en toda su complejidad personal y social el valor de esa tríada al abordar en sus clases el segundo intento de universalización del marxismo, que a diferencia del primero, aconteció en el tercer mundo hacia la segunda mitad del siglo pasado. Y en el fragor de ese segundo intento, desde la Cuba de los 60, descubrir al imberbe que se fuga con su revólver de una escuela emergente cuando ante la Crisis de Octubre llega la orientación a los alumnos de permanecer estudiando [14]; que, cuatro años y varias broncas después escribe la pieza fundamental de su profecía: El ejercicio de pensar [15]; que analiza los reveses –con optimismo histórico– mientras suceden, en ese testimonio de la resistencia y el pase a la ofensiva que es En el horno de los 90 [16]; y que en las dos décadas siguientes argumenta –andando en la historia [17]–, por qué seguir abrazado(s) a idéntico mástil.
Era el mismo Fernando que nos insistía: “Ustedes la tienen más difícil que nosotros: nosotros lo teníamos todo más claro, ustedes lo tienen todo menos claro”, y añadía: “Quizás porque está todo menos claro ahora”.
Rumiando las posibles causas de esa menor claridad, se me ocurre que una de ellas está asociada a que la lucha por el relanzamiento de la revolución en Cuba debe vérselas con un asunto muy serio: el de las propias creaciones de la revolución. ¿Cómo lograr que esas creaciones se trasciendan sin negarlas? O dicho de otra manera: ¿cómo convertir la superación en causa principal de su pervivencia? ¿Cómo evitar el drenaje de sus contenidos? Las respuestas supondrán encontrarles rápido a nuestros vehículos un nuevo modo de funcionar, porque ellos también nos conducen.

D. Allí donde renazca, hacerlo envejecer

Nos contaba Fernando que en algún momento de su ostracismo su hija Liliana le preguntó: “Papá, ¿tú eres el jefe de la generación del silencio?”, a lo que él no supo responder. Después bromeaba con un pensamiento que lo asaltó en sordina: “Caramba, si esta muchacha sigue avanzando tendré que matarla”.
Me regocija que la suya, la de sus compañeros, no haya resultado ser la generación del silencio.
Muchos atribuyen lo anterior al fracaso del “socialismo” en Europa del Este, que interpretan como la coyuntura que les dio la razón y los colocó otra vez en la palestra. Yo prefiero asociarlo a algo no coyuntural: la permanencia en ellos de la idea, los principios y una forma específica de defenderlos.
La generación a que pertenezco tiene entre sus peligros el de la repetición o el adocenamiento, lo cual a la larga terminaría convirtiéndola en una generación del silencio, pero de uno peor: antes de ser acallados luchando, enmudecer sin haberlo hecho.
Entonces, nos corresponde hablar donde quiera que se abra un espacio digno, y martianamente, con los actos: como mejor se habla. Ser conscientes de que tan perjudicial e indecoroso resulta servir a emisarios de lógicas empresariales, los que colocan la motivación fuera de la idea, como a la poda de las ideas en nombre de la custodia del socialismo. Darnos nuevos medios de expresión y salvar entre todos los que existen. Saber distinguir bien cuáles son las demarcaciones de nuestro campo, para ensancharlas y volverlo el campo más grande. Las revoluciones no se administran, se hacen.
Si es con ojos de funeral que en derredor miramos, Fernando deja un claro terrible en tropas menos nutridas que antes. Pero esos son solo ojos de cristal, de ver afuera. Los suyos, los de afilada cuenca y bolsón debajo, nos dicen que entró a movernos mejor, con esa forma de “orientar” –¿o debería decir “proponer”?– a la que una pedagogía política en la transición socialista no puede dar espalda.
Falleció el 12 de junio de 2017. El mismo día, dos años antes, cerraba el último seminario del curso que nos cambió la vida.
Acertó aquel compañero suyo cuando en uno de los homenajes póstumos inició así su intervención: “A Fernando no digo ‘donde quiera que esté’, porque ‘Fernando está en todas partes’”. Tenía que estarlo para el amigo de tanto trecho.
Pero cuando apenas comenzaba a llenar partes de mi generación, se fue Fernando. Estoy por creer que para apurarnos.

Si ya provoca escándalo morirse a los 78 años sin geriatría, seguir siendo joven en la muerte es un bochorno para los vivos. Él sabe que volverá con frecuencia, pero quiere, necesita, regresar más viejo cada vez. Ayudemos al hereje. Ahora somos los responsables de su ubicuidad, que cambió el “don” por la conquista.

Notas

[2] “Ser culto es el único modo de ser libre” Martí, José (1884): “Maestros ambulantes” en José Martí. Obras completas — Edición Crítica, Centro de Estudios Martianos, 2016, p.124.
Nota del autor: Propongo la lectura completa y cuidadosa del artículo de José Martí para una mejor comprensión del uso que hace del concepto “cultura” y de los problemas específicos a que con él se enfrenta.
[4] Martínez Heredia, Fernando (2001): “El Che Guevara: los sesenta y los noventa”, en El corrimiento hacia el rojo, Editorial de Letras Cubanas, La Habana, pp. 254–255.
[5] Dos ejemplos clásicos paradigmáticos –y diferentes entre sí– son Karl Marx (1818–1883) y Max Weber (1864–1920).
[7] Para ahondar sobre las causas del cierre de ambos empeños, propongo la lectura de “Pensamiento social y política de la Revolución”, conferencia dictada por Fernando Martínez Heredia como parte del ciclo La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios. Puede verse en: Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio de pensar, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.
[8] Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio de pensar, Editorial de Ciencias Sociales, Ruth Casa Editorial, La Habana, p.76.
[9] Martínez Heredia, Fernando (2017): “No seamos siervos de ellas: trabajemos con ellas”, en: Cuba en la encrucijada, ob.cit., p.137.
[10] El curso está grabado en su totalidad y ya se edita para su publicación.
[11] “(…) y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz eléctrica”, Martí José (1889): “La última página”, en La Edad de Oro, p.128, disponible en:https://elsudamericano.files.wordpress.com/2017/06/jose-marti-la-edad-de-oro.pdf
[13] Carta del Che Guevara a Armando Hart Dávalos, Dar-Es-Salaam, Tanzania, 4 de diciembre de 1965, disponible en:https://www.rebelion.org/hemeroteca/argentina/filosofia310702.htm
[14] Ver entrevista a Fernando Martínez Heredia en: Suárez Salazar, Luis y Dirk Kruijt (2015): La Revolución Cubana en Nuestra América: El internacionalismo anónimo, Ruth Casa Editorial, libro electrónico.
[15] Véase en: Martínez Heredia, Fernando (2010): El ejercicio…, ob.cit., pp.139–158.
[16] Martínez Heredia, Fernando (2005): En el horno de los 90, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.
[17] Ver Martínez Heredia, Fernando (2009): Andando en la historia, Instituto Cubano de Investigación Cultural (ICIC) “Juan Marinello” y Ruth Casa Editorial, La Habana.
(Tomado de La Tizza)

martes, 22 de mayo de 2018

¿Polémica o batalla entre razones e insultos?



No es casual que –aparezca en una película o en cualquier otra parte– algo que insulte a José Martí desate un debate público. Es demasiado grande ese héroe, y mucho vive en el alma de la patria –y no solo en ella–, para que la afrenta quede sin respuesta. Hechos de tal naturaleza validan en la inmediatez cotidiana el criterio expresado por el sabio italiano Benedetto Croce: “La historia es siempre contemporánea”, o, como escribió en verso memorable el poeta cubano Víctor Casaus, “La historia no es un viejo animal muerto”.

Sin embargo, la contienda desatada por una película aludida en el inicio de estas notas, parece haberse extendido más de lo razonablemente aceptable, y tampoco ello es fortuito: en el abrazo y la defensa de los valores patrióticos no solo interviene la razón, sino también la emotividad, los sentimientos y el decoro. Pero el muy extraño sentido común parece apuntar a lo aconsejable que pudiera ser que quienes defienden esos valores pongan fin a su intervención en el debate o, por lo menos, impidan que este se mantenga fuera del punto en que debe ubicarse.

Desde el inicio se apreció que a los realizadores de la película –o a quienes entre ellos (y ellas) ostentaron su representación– les interesaba que estallara el conflicto, y mejor aún si generaba escándalo. Hasta donde este articulista sabe, fueron ellos quienes pusieron en las redes un diálogo que, para no hablar de talento artístico, algo que puede ser esquivo para las mediciones, solo una total indolencia podía llevar a suponer que pasaría sin el debido repudio. No hay indicios de que antes los más encarnizados enemigos de Martí y de Cuba –¿no son uno los dos?– hayan llegado a semejante grado de abyección. Alguien inteligente comentó: “Ni Posada Carriles se permitiría esos extremos”. ¡Y miren que ese engendro se ha permitido aberraciones, crímenes monstruosos!

Si no lo planearon –aunque todo apunta a eso–, el escándalo les funcionó a los promotores como pretexto para llevar el debate al punto donde ellos querían situarlo. Evadieron la realidad del asunto: la inaceptable falta de respeto al héroe fundador y el derecho de la patria y sus instituciones a impedir que se le injurie, y actuaron como si el conflicto se diera entre la libertad de expresión y la censura, en abstracto una y otra. Ello les facilitaba cuestionar el derecho de las instituciones cubanas a cumplir los deberes para los que se han fundado, y en función de los cuales han dado vida a proyectos y realidades como la propia Muestra Joven que los agitadores del griterío usaron para amplificar sus posiciones.

No les faltó astucia para impulsar su maniobra. A menudo hasta pareció que imponían sus reglas. Aducían que sus impugnadores condenaban la película sin haberla visto, y ocultaban que no pocas o la mayoría de las defensas que concitaba, afincadas en la confusión del planteamiento central, tampoco tenían de su lado haberla visto, y se desentendían de la índole del diálogo. En su escala patética, hicieron que muchos recordaran a los marinos yanquis que profanaron la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana. Pero hasta parece que lograron que se confundieran algunas personas cuya responsabilidad intelectual, y humana, debió haberlas librado de permitir que se les azuzara de tal modo.

Lecciones pudieran sacarse de los hechos. Las instituciones culturales deben cumplir su cometido, y en todas partes del mundo se promueven, se permiten o se impiden realizaciones determinadas. Pero, aunque actúen sin miramiento ético alguno, a otras no se les discute el derecho a hacerlo. Mientras que, aun cuando cumplan el suyo con acierto y honradez, a las de Cuba hay quienes les quieren negar sus derechos, cuando ellas deben defender una Revolución amenazada por fuerzas materiales terribles, en medio de una lucha cultural impulsada por el mismo poderío imperialista, aunque algunos intenten negar que eso ocurre, o simulen que no lo ven.

También está claro que las instituciones cubanas, por el mismo asedio que sufre el país, están llamadas a actuar sin equivocarse. Pero eso es más bien improbable, dada la falibilidad humana, y una revolución no es obra de arcángeles. Aplicar prohibiciones excesivas en un momento dado, puede conducir a que luego el complejo de culpa empuje a no aplicar las necesarias. Además, está visto que a menudo las prohibiciones generan estímulos promocionales contrarios a los fines con que ellas se aplican.

De ahí la vehemencia con que, avalando la grosería, o más, del diálogo aludido, los promotores de la película reclamaran que se les considerase víctimas de la privación de su derecho a expresarse, cuando lo que se les repudió fue haber sido burdamente irrespetuosos con un héroe sagrado. Sí, sagrado, aunque haya quienes –sobre todo si se tasan a sí mismos entre catorce y quince dólares para recibir mayores réditos en efectivo y en premios que los catapulten a un falso estrellato– nada entiendan de patria y valores irreductibles a cálculos inmorales. A cada paso se ve que hay pequeños y grandes mecenazgos planificados para quienes ataquen a Cuba y sus fundamentos históricos y éticos.

Ojalá el país nunca tuviera que pagar el precio de equivocaciones suyas. Pero estas, como en el arbitraje de la pelota, no se corrigen cantando bola en vez de strike para compensar el haber convertido antes en strike una bola. Haber cedido en algún momento –es solo un ejemplo– a tentaciones ateocráticas, no debe mover a la nación a olvidar que la rige un estado laico, ni a sentirse imposibilitado de castigar por delincuente a un religioso que se lo haya ganado. Tampoco debe dar pie a que falsos religiosos se pasen la vida cobrándole el sectarismo ateo en que ella haya incurrido. De igual modo, sería torpe rehuir la responsabilidad de aplicar interdicciones justas, por el temor a parecer que se reproducen excesos cometidos en otras etapas, y que demandan la debida autocrítica, sin que esta conduzca a una parálisis que sería suicida.

Nada que Cuba haga, por muy lúcido, sabio y acertado que sea, se lo perdonarán sus enemigos, cuyos voceros estarán prestos a condenarla por todo, poniendo en práctica todo tipo de subterfugios, tergiversaciones y calumnias. Si las instituciones de la patria no cumplen su deber, la patria peligra, y si lo cumplen, aunque lo hagan con el mayor tino, entonces puede ser todavía más enconada la rabia con que reaccionen quienes procuran denigrarla.

De eso habla el desconocimiento que ellos (y ellas) mostraron no solo ante la declaración del ICAIC respecto de la película aludida, sino también ante las de la UNEAC y de la Asociación Hermanos Saíz. Esta última organización representa precisamente a los artistas de menor edad, y la honra recordar con su nombre a dos jóvenes revolucionarios que tuvieron por guía el legado martiano y fueron víctimas de la sanguinaria tiranía contra la cual la patria se alzó inspirada en ese legado. La realidad no debe ignorarse como invitan a hacer quienes promueven falacias “posmodernas” según las cuales la historia es un mero relato, no sucesión de hechos.

Las diversas actitudes mostradas ante la historia se pusieron nuevamente en evidencia frente a un insulto que, lanzado contra Martí, si para algo sirvió fue –si es que ello hacía falta– para definir con mayor precisión de qué lado estaba o está cada quien. Siempre puede haber quienes se confundan y, aunque no sea ese su propósito, sean llevados a compartir, de momento al menos, posiciones contrarias a las que verdaderamente sustentan. Pero de eso también pueden sacarse lecciones: en primer lugar por parte de las personas confundidas. Es ni punto menos que doloroso imaginar cómo pudieran sentirse algunas de ellas al percatarse de qué compañías les proporcionó –lenguaje soez incluido– su confusión, aunque no fuera más que, repítase, momentáneamente.

Ante esa realidad, sobre todo frente a quienes siguen aferrados a su afán de condenar a Cuba y todo cuanto ella haga, no parece aconsejable que los defensores de la patria sigan dedicando tiempo a polemizar alrededor de la citada afrenta a Martí. Con respecto a ella han quedado bien delimitadas las distintas posiciones, aunque –reitérese– sea justo dejar abierta la puerta que confundidos de buena fe puedan merecer y necesitar para sus rectificaciones, cuando enemigos de la patria y su Revolución han buscado sacar provecho publicitario del debate, y que este les sirva de pedestal en que alzarse.

Las polémicas deben servir para afinar criterios. Pero no es eso lo que pretenden personas que se conducen como sordos voluntarios, y llegan a extremos como el intento de arrimar a sus sardinas –aprovechando que no están vivos para responderles– el fuego de patriotas como Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea y Guillermo Rodríguez Rivera; o ilustran sus réplicas antipatrióticas con imágenes tomadas de fuentes tan abyectas como la mal llamada Televisión Martí; o, en el colmo del cinismo y la desfachatez, llegan a decir que el aludido diálogo cinematográfico –que indigna recordar, no digamos ya reproducir– no insulta a Martí, sino le rinde homenaje. Tampoco han faltado indicios del daño que se puede derivar de no trazarse los límites necesarios entre pueblo y chusma, confusión contraria a criterios cardinales expresados por el propio Martí y que darían para otros textos.

Una vez que a esas personas se les ha dicho lo que merecen, ¿hay por qué seguir propiciándoles tarimas para que se exhiban? A cada quien, la atención pertinente. No se les alimente el ego a quienes ni al ser impugnados tienen estatura suficiente como para que sus nombres circulen junto con el del extraordinario ser humano insultado. Ni para atacar a quienes lo merecieran se permitía él bajar de la altura en que lo situaron su conducta, su pensamiento y su palabra. Incluso en una carta personal, no en un texto público, para calificar a quienes en su tiempo se enlodaban en el anexionismo y el autonomismo, el día antes de caer en combate los llamó “especie curial, sin cintura ni creación”.

Quería contar con todos, y fundar una república para el bien todos. Pero sabía que esa aspiración, brújula necesaria, tropezaba con quienes no estaban dispuestos a seguirla, y entre ellos estaban –y perduran hoy– los representantes de aquellas tendencias antipatrióticas. No hace muchos años que, en el camino del (¿neo?)autonomismo y el (¿neo?)anexionismo, alguien movido por ideas contrarias a la Revolución Cubana, y a Martí, quiso devaluar al héroe –a quien le reprochó que se guiara por la razón moral–, y se declaró identificado con el Enrique José Varona que, basado en la razón instrumental, justificó a la luz de la sociología positivista la expansión del imperialismo, contra el cual murió en combate el fundador del Partido Revolucionario Cubano.

Matices cabría introducir aquí en favor de Varona, pero lo antes dicho sirve para deslindar posiciones. Quien prefería (o prefiere) a ese pensador antes que a Martí, acusó a este de pretender “totalidades imposibles”. Nada más lejos de la verdad. En el mismo discurso programático donde expresó el afán de fundar una república con todos y para el bien de todos, Martí denunció actitudes contrarias a ese propósito.

En esa pieza oratoria identificó a enemigos de la revolución: entre ellos, junto a quienes atizaban el racismo y el miedo a la guerra necesaria, estaban –no eran los únicos– los que él llamó políticos de pisapapel, lindoros, olimpos y alzacolas. En otros textos expresó similar desaprobación hacia los lamerricos, y hacia los cultivadores de la yanquimanía. Se mantuvo siempre alerta contra aquellos que no tenían fe en su patria y, refiriéndose en particular a quienes tenían los ojos puestos con deslumbramiento en los Estados Unidos, repudió a los que consideraban que no había “elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas”.

Entre sus lecciones perdura la que dio al preferir condenar actitudes e ideas erradas antes que a personas. Podía pensarse que rehusaba herir innecesariamente a nadie en particular. Pero cuando creyó insoslayable refutar un libro que abonaba perspectivas contrarias a la lucha independentista lo hizo, sin vacilar, en el mismo discurso en que llamó a la unidad necesaria para alcanzar el bien de todos: no quería una unidad fundada sobre bases quebradizas o inmorales. Quien vio en la patria un altar para honrarla y sacrificarse por ella, tampoco desearía dar beligerancia individual a personas no merecedoras de que se les concediera una distinción que ellas, distantes de la honradez, tratarían de tomar como pedestal donde lucir una altura que no tenían. (Tomado de La Jiribilla.)

martes, 3 de abril de 2018

En Cuba la sociedad civil sí representa al pueblo

Por Miguel Angel García Alzugaray

sociedad-civil
El pasado 22 de marzo, los medios de comunicación nacionales e internacionales difundieron la noticia: la Asociación de Agricultores Pequeños (ANAP), que agrupa a más de 380 mil campesinos cubanos y los Comité de Defensa de la Revolución Cubana (CDR), la mayor organización de masas del país con más de ocho millones de ciudadanos miembros, fueron excluidos del Foro de la Sociedad Civil, convocado en la Cumbre de las Américas, a celebrarse en Perú el próximo mes de abril.

Si la legitimidad le viene dada a las organizaciones que integran la sociedad civil por representar a la mayoría del pueblo cubano, ¿cómo se puede entender esta alevosa medida de los organizadores del mencionado foro?
Al respecto, la activista social María del Carmen Barroso González, funcionaria del departamento de Relaciones Internacionales de la organización dijo ante esta provocadora decisión: “Esta es una exclusión injusta, arbitraria y selectiva de la ANAPP, cuyos asociados tienen la misión de producir alimentos para el pueblo de Cuba”.
Según esta mujer cubana, la exclusión se debe a que la ANAP “tiene la misión de denunciar lo que hoy está pasando en los campos del continente, donde se están apropiando de los recursos naturales que son de los pueblos, de la semilla, de las tierras, que se están asesinando líderes campesinos”.
Por su parte, Alfredo Pérez Alemany, especialista del Departamento de Relaciones Internacionales de los CDR, al denunciar el hecho aseguró que la organización envió las solicitudes con tiempo suficiente, pero no los aprobaron.
“Los CDR y la ANAP no fuimos aceptados por el comité organizador de la Cumbre, que no es más que la propia OEA, pero no nos amilana. Sabemos que no les conviene que los CDR estén allí, porque esa es la voz de más de 8 millones y medio de cubanas y cubanos que vivimos durante años enfrentados al imperialismo, a la OEA que es una organización que no tiene prestigio”, señaló.
Nada de esto debe extrañarnos, pues en 2015 alrededor de la Cumbre de las Américas en Panamá se desató también un intenso debate sobre la llamada “sociedad civil cubana” y la legitimidad de sus representantes. Casualmente sus instigadores eran los mismos: el gobierno norteamericano de turno y sus lacayos de la OEA.
Para profundizar en las motivaciones de lo ocurrido, considero oportuno realizar un breve análisis del alcance y contenido de la sociedad civil.
¿Qué se entiende con el término de Sociedad Civil?
La sociedad civil es un término con historia en el pensamiento político, filosófico y jurídico que se constituye por instituciones cívicas y sociales, así como organizaciones que dan forma a la fundación de una sociedad funcional.  En los círculos académicos se afirma que la presencia de una sociedad civil sólida es esencial para asegurar el desarrollo de un país.
En virtud de lo expuesto, a veces se consideran sinónimos los conceptos de organización no gubernamental y organización civil. En el sistema de Naciones Unidas, el concepto de organización no gubernamental (ONG) se ha definido de forma bastante genérica: toda organización sin ánimo de lucro que no sea gubernamental ni intergubernamental. En cambio, el término de Organización de la Sociedad Civil (OSC) es más amplio y contempla el ámbito en que los ciudadanos y los movimientos sociales se organizan en torno a determinados objetivos, grupos de personas, o temas de interés.
En las organizaciones de la sociedad civil tienen cabida tanto las ONG como las organizaciones populares- formales o informales- y otras categorías, como los medios de comunicación, las autoridades locales, y el mundo del arte, el deporte y las ciencias.
En los últimos tiempos, se aprecia un incremento del debate político filosófico en torno al binomio sociedad civil – Estado. Sin embargo, ocurre que no en todos los casos tiene idéntica significación, pues en dependencia de la corriente política y los puntos de vista que defienda el autor, será la interpretación para este concepto.
Este debate encuentra un espacio cada vez más importante en los medios alternativos de información y avanza en relación directa con la ampliación del acceso a estas tecnologías, las redes sociales e Internet.
Aunque algunos autores han rastreado el origen de esta expresión “sociedad civil” en la teoría política medieval e incluso en la Antigüedad, el término se convirtió en uno de los elementos básicos del pensamiento liberal.
Es necesario destacar que Marx defendió una relación dialéctica con la sociedad civil y la ubicó también en el ámbito de la economía, para resaltar las contradicciones presentes en toda “formación económico social” caracterizada por la lucha de clases, donde el Estado era un “producto” de este balance concebido no solo como el “administrador de los bienes sociales” (el gobierno), sino como el depositario del poder político de la clase dominante.
Las reflexiones de Marx permiten comprender que la categoría sociedad civil no es algo contrapuesto al Estado, sino es resultado de la relación orgánica con él.
Esto permite comprender que a una determinada sociedad civil le corresponde un determinado orden político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil. La asimilación del concepto de sociedad civil define ideologías y objetivos políticos a veces diametralmente opuestos, con un impacto práctico en el quehacer político concreto.
 Las manipulaciones derechistas de la sociedad civil
Aunque el término fue empleado en el discurso político desde el siglo XVII, cayó en desuso en el pensamiento occidental a mediados del siglo XIX.
A pesar de que Antonio Gramsci, en los años 20 del pasado siglo, desarrolló la teoría marxista de la sociedad civil desde un punto de vista metódico, para ubicarlo dentro de lo que llamó el “bloque histórico” y resaltar el papel de la cultura, la ética y la ideología en las luchas hegemónicas y contra-hegemónicas, que han caracterizado la vida política contemporánea, no es hasta finales de la década del 70 del siglo XX, que vuelve a ser utilizado.
A partir de entonces, el término aparece en el debate actual de manera recurrente y semánticamente imprecisa, aplicándose como slogan político por las fuerzas más reaccionarias de la derecha, que manipulan y distorsionan su alcance y contenido bajo la proclama a viva voz de que hay que “salvar a la sociedad civil”, “recuperar la sociedad civil”, “reconstruir la sociedad civil”. Además, se presenta como la consigna de un supuesto movimiento revolucionario como las mal llamadas “primaveras árabes”, que ya sabemos provocaron nefastas consecuencias de destrucción y muerte en esas naciones.
En particular, en el discurso de los más diversos representantes de la ultraderecha norteamericana, el concepto de sociedad civil nada tiene que ver con la concepción de los inicios. De modo tal que resulta, para el lector común, un poco complejo encontrar la verdad cuando se emplea dicho término.
Los ideólogos burgueses manipulan el concepto y lo convierten en objeto de ideologización. Hoy se utiliza con fines ideopolíticos para socavar el socialismo y el orden legalmente constituido en los países con este sistema social.
Fundamentalmente en Cuba se emplea para fomentar la oposición al Estado y proponer el modo de vida capitalista e imperial como la mejor opción de desarrollo para cualquier pueblo. En ese contexto, la sociedad civil es la suma de mercenarios pagados y de todos aquellos que se oponen al socialismo.
Estados Unidos, a tono con el proyecto ideológico neoliberal, ha intentado equiparar, además, el concepto de sociedad civil con el american way of life y otorgarle “valores universales” vinculados a la “democracia” para justificar así su intervención en los asuntos internos de otros países.
Sociedad Civil y Tercer Mundo.
Los movimientos sociales progresistas reivindicaron la existencia de una sociedad civil organizada, frente al desmantelamiento de las instituciones populares tradicionales que trajo consigo la ofensiva neoliberal y encaminaron sus luchas políticas a partir de esta lógica, hasta transformar en varios casos la propia naturaleza de los gobiernos de sus países, especialmente en América Latina.
Así, se aprecia con nitidez en varios países de la región, el protagonismo de actores vinculados a los sectores más pobres, humillados y explotados de la sociedad, como la propone, desde posiciones de la Teología de la Liberación, el teólogo chileno Pablo Richard.
Tal hecho ha provocado la inserción en las sociedades civiles de estos países de un amplio y variado abanico de nuevos actores sociales: movimientos de liberación de la mujer, juveniles, ecológicos, ambientalistas, de solidaridad, de defensa de los derechos humanos, de educación popular, de cultura y arte popular, movimientos de pobladores y barriales, de indígenas, sindicatos y partidos políticos populares y de izquierda, a los que se suman también los movimientos progresistas, movimientos populares de génesis religiosa, las acciones de la prensa que, como parte de una cultura contestataria han participado en la lucha de clases contra regímenes dictatoriales y militares fascistas, encaminan sus esfuerzos a la creación y el fortalecimiento de poderes alternativos, revolucionarios y democrático-populares, a la educación política e ideológica de las masas, la formación de nuevos valores éticos y humanistas, y su movilización para transformar la realidad ideológica cotidiana en esos países.
Existen diversas razones por las cuales las OSC juegan un rol importante en las sociedades de los países del Tercer Mundo explotados por el capitalismo.
Entre estas razones se pueden identificar tres principales:
  1. Porque muchas veces el mercado no ofrece soluciones para atender todas las necesidades sociales, ni a todos los sectores de la población.
  2. Porque el estado, especialmente en países en vías de desarrollo (conocidos a veces como del Tercer Mundo) tiene limitaciones para garantizar el bienestar social.
  3. La sociedad civil debe ser partícipe de las estrategias para su propio desarrollo social.
Así las OSC dan voz a la sociedad y se convierten en medios para la defensa de derechos que de otra forma serían ignorados.
De este modo, en estos países las Organizaciones de la Sociedad Civil se convierten en un medio de integración social y un potenciador de las capacidades individuales y colectivas.

En el caso cubano, es conveniente recordar no solo los aspectos teóricos metodológicos anteriormente tratados, sino cómo ha ocurrido el proceso de la asociatividad en Cuba. En muchas ocasiones, la sociedad civil cubana se ha visto manipulada por el surgimiento de algunos disidentes organizados y financiados por gobiernos extranjeros opuestos al proyecto socialista cubano, que se consideran exponentes de nuestra sociedad civil hacia lo externo.

A partir de 1959 la sociedad cubana se organizó en función de la defensa de la Revolución frente a las agresiones de Estados Unidos. Tal estructuración de las masas populares fue un aporte cubano al movimiento revolucionario internacional y un factor indispensable para explicar su capacidad de resistencia a lo largo de medio siglo.
Si aceptamos que la sociedad civil explica la relación de los individuos con el poder político, es difícil negar que las milicias nacionales revolucionarias, el ejército de alfabetizadores de 1961 o la organización de los Comités de Defensa de la Revolución, no han sido formas de organización de la sociedad civil cubana, solo para señalar algunos ejemplos.
Está claro que se estructuró en simbiosis con el Estado revolucionario, concebido no como un poder autónomo del resto de la sociedad, sino como el depositario del poder popular.
En el plano jurídico, se puede resumir el desarrollo de la sociedad civil cubana a partir del triunfo de la Revolución de la forma siguiente:
  • Desde 1959 a 1976. Se promulgó la primera ley pos neocolonial acerca de las asociaciones. Surgieron otras disposiciones que benefician las amplias masas populares y aparecieron nuevas formas de asociatividad con carácter masivo que se identificaron y convirtieron en sujetos determinantes en la ejecución de las medidas de contenido social y económico, lo cual constituyó la base de la hegemonía del embrionario sistema político que se conformó condicionado por el aumento progresivo de la agresividad de Estados Unidos.
  • Desde 1976 hasta la Reforma Constitucional de 1992. Con la institucionalización del sistema político cubano se promulgó la Ley 1320 de 1976 que regula el derecho de asociación. Luego, con la aprobación de la Constitución Socialista se legalizó la incorporación de algunas organizaciones al ejercicio de actividad estatal, se traspasó el registro de Asociaciones al Ministerio de Justicia, y en 1986 se reinscribieron de oficio, todas las asociaciones registradas en ese momento.
  • De 1992 hasta 2010. En esta etapa varios hechos marcaron una mayor dinamización del sistema asociativo: la crisis económica y social del país en la década del 90, la reforma constitucional de 1992, el incremento por parte de EE.UU. de las medidas económicas y políticas para destruir el sistema político cubano y el reconocimiento político que le hace el V Pleno del Comité Central del PCC a la sociedad civil.
Así, en ocasión del V congreso del PCC, en 1996, la dirección política del país reconoció oficialmente la existencia de esas organizaciones no gubernamentales, atendiendo a la batalla política que se librara luego del derrumbe del campo socialista con las falsas impugnaciones de enemigos acérrimos a la Revolución que negaban la existencia de una sociedad civil en Cuba.
Al respecto, en el Informe que presentara el miembro del Buró Político y Segundo Secretario del Comité Central al V Pleno el compañero Raúl Castro Ruz, expresó: “Para nosotros, la Sociedad civil no es la que refieren en Estados Unidos, sino la nuestra, la Sociedad civil socialista cubana que componen nuestras potentes organizaciones de masas (CTC, CDR, FMC, ANAP, FEU, FEEM e incluso los pioneros), las sociales, que como es sabido agrupan entre otros a los combatientes de la Revolución, a economistas, juristas, periodistas, artistas y escritores, etc., así como otras ONGs que actúan dentro de la legalidad y no pretenden socavar el sistema económico, político y social libremente escogido por nuestro pueblo, a la vez que aun cuando tienen personalidad propia e incluso su lenguaje específico, junto al Estado revolucionario persiguen el objetivo común de construir el socialismo”
En estas definiciones queda claramente expresado que en el caso cubano para pertenecer a las mismas no se exige una filiación política, sin embargo, tienen la particularidad de que los propósitos no se contradicen con el proyecto revolucionario. Por tal razón el carácter no gubernamental de una organización no implica en modo alguno una actitud antigubernamental como es frecuente encontrar en otros países.
Complementariamente, se modificó el artículo 7 de la Constitución y las asociaciones alcanzan un nivel mayor de autonomía funcional.
Dicha norma establece que: “El Estado socialista cubano reconoce y estimula a las organizaciones de masas y sociales, surgidas en el proceso histórico de las luchas de nuestro pueblo, que agrupan en su seno a distintos sectores de la población, representan sus intereses específicos y los incorporan a las tareas de la edificación, consolidación y defensa de la sociedad socialista”.
Fue necesario este reconocimiento por su amplia membresía, representatividad y capacidad de movilización. El sistema político cubano garantiza a estas organizaciones no gubernamentales amplios poderes y capacidad prepositiva, de consulta, opinión, y decisión en el ejercicio de la Democracia participativa instituida por el orden constitucional vigente.
En la actualidad, la sociedad civil en Cuba está integrada por más de 2200 organizaciones sociales y de masas y las asociaciones científicas o técnicas, culturales y artísticas, deportivas, de amistad y solidaridad y cualesquiera otras que funcionan en virtud de la Ley de Asociaciones (Ley 54)
Entre las organizaciones sociales y de masas aparecen algunas de larga trayectoria, y otras surgieron al calor del triunfo revolucionario por la necesidad de brindar a amplios sectores de la población la posibilidad de convertirse en actores directos del proceso de cambios.
La sociedad civil cubana es parte indisoluble de la nación. Actúa en la conformación y enriquecimiento continuos de la identidad nacional y los valores patrios; participa plenamente en los procesos de desarrollo de la entidad cultural; y defiende los más sólidos principios e intereses de la Revolución y es, en su esencia, reflejo y encarnación de la espiritualidad del pueblo.
Un Foro en Defensa de los Pueblos de América
Como parte de la sociedad civil cubana, en La Habana se reunieron representantes de esas más de dos mil organizaciones y asociaciones y participaron en el II Foro de la Sociedad Civil Cubana Pensando Américas.
El encuentro, realizado en la sede de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) previo a la VIII Cumbre de las Américas, se organizó para conformar las propuestas y recomendaciones que los actores sociales de la Isla llevarán a Lima, Perú.
En el teatro del edificio de la CTC, se debatió sobre “Gobernabilidad Democrática frente a la Corrupción”, tema central de la cita peruana.
Organizaciones internacionales y regionales con representación en el país, estuvieron presentes en el intercambio, donde se reflexionó sobre los tres ejes temáticos que se debatirán el 10 y 11 de abril en Lima, “desde la visión de actores, organizaciones y movimientos sociales de la izquierda de nuestro continente”.
Este II Foro nacional dio continuidad al realizado en 2015, igualmente previo a la Cumbre de las Américas celebrada en Panamá, cita en la que Cuba participó por primera vez en este tipo de encuentros.
Al finalizar sus fructíferos debates, los actores sociales y las organizaciones de la sociedad civil cubana, en representación genuina del pueblo cubano, reunidos en el marco del II Foro “Pensando Américas” adoptaron la siguiente declaración:
“Respaldando plenamente las respectivas intervenciones de la vocera de la Coalición “Por un mundo inclusivo y respetuoso” y el jefe de la delegación cubana en el Diálogo Hemisférico, acordamos:
1- Rechazar inequívocamente la presencia en Lima, en el marco del proceso preparatorio del Foro de la Sociedad Civil de la VIII Cumbre de las Américas, de ciudadanos de origen cubano y organizaciones mercenarias al servicio de gobiernos e instituciones extranjeras, que no cuentan con reconocimiento y legitimidad alguna, que persiguen revertir el orden interno, el bienestar social y el sistema político que hemos elegido los cubanos de manera soberana y democrática.
2- Demandar al Gobierno de los Estados Unidos el levantamiento del criminal bloqueo económico, comercial y financiero impuesto desde hace más de 55 años contra el pueblo de Cuba, el cual constituye una violación de sus derechos humanos e impedimenta para la consecución de los objetivos de desarrollo sostenible; así como la devolución incondicional del territorio que ilegalmente ocupa la Base Naval de Guantánamo.
3- Repudiar la pretensión imperial y de la oligarquía conservadora regional de imponer nuevamente los postulados de la tristemente célebre Doctrina Monroe y restaurar su hegemonía y el neoliberalismo que ha plagado de miseria a las naciones latinoamericanas y caribeñas.
4- Respaldar los principios y propósitos del Consenso de Nuestra América como guía práctica hacia la consolidación de un programa político en favor de las mayorías.
5- Denunciar todo intento  de agresión económica, política o militar contra cualquier nación latinoamericana y caribeña, así como la injerencia en sus asuntos internos por parte de gobiernos o instituciones, contrario a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y las normas del Derecho Internacional.
6- Apoyar expresamente al pueblo y gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, así como sus derechos a la libre autodeterminación y la independencia de elegir el sistema social para el bienestar de su nación.
7- Hacer un llamado a respetar los principios de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, aprobados en II Cumbre de la CELAC en La Habana, enero de 2014, como herramienta para alcanzar la estabilidad necesaria para hacer frente a la corrupción, erradicar la pobreza y la inequidad económica y social, y a alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible.
La Habana, 21 de marzo de 2018”
Conscientes de la importancia de lo expuesto, la delegación cubana alzará su voz en el Foro de la Sociedad Civil de la VIII Cumbre de las Américas prevista para abril en Lima, para defender una vez más el socialismo y sus conquistas.
Ello es posible, porque en Cuba la Sociedad Civil si representa al pueblo.