martes, 23 de enero de 2018

José Martí y su primera obra literaria




Por Wilfredo Alayón*

Matanzas, Cuba (PL) Con solo nueve años de edad, José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, vivió en la zona de Caimito del Hanábana, actual municipio de Calimete, ubicado al sur de la occidental provincia de Matanzas.

El pequeño José Julián acompañó en 1862 a su padre, don Mariano, quien fue nombrado capitán Pedáneo, máxima responsabilidad de aquella capitanía de tercera clase, distante unos 160 kilómetros al sureste de La Habana.

Durante su estancia, el infante conoció costumbres del campo cubano además de ejercer con eficacia la misión que lo alejó de la capital: la escritura de documentos oficiales inherentes a la responsabilidad del progenitor.

El 23 de octubre de 1862, Martí narró, 'con excelente caligrafía y lenguaje descriptivo', a su madre, doña Leonor Pérez, la primera carta de su amplia obra epistolar, comenta el investigador local Roberto Vázquez. Añade Vázquez que 'en la misiva contaba experiencias en un entorno diferente', y se la considera la primera pieza literaria de quien sería el Apóstol de Cuba.

Según el historiador Arnaldo Jiménez de la Cal, es probable que Martí escribiera otras esquelas a su mama desde el villorrio calimetense.

'Pero sólo se ha podido conservar esta', precisa Jiménez de la Cal, documento que en la actualidad permanece en el fondo patrimonial del capitalino Centro de Estudios Martianos.

CARTA A DOÑA LEONOR 

El texto, de puño y letra, está fechado: Hanábana y Octubre 23 de 1892, y comienza así: 'Estimada mamá: deseo antes de todo que ud. esté buena lo mismo que las niñas, Joaquina, Luisa, y mamá Joaquina'.

'Papá recibió la carta de id. con fecha 21, pues el correo el sábado que era 18 no vino, y el martes fue cuando la recibió: el correo -según dice él- no pudo pasar por el río titulado 'Sabanilla' que entorpece el paso para la 'Nueva Bermeja' y lo mismo para aquí'.

A continuación expresa: 'Papá no siente nada de la caída, lo que tiene es una picazón que desde que se acuesta, hasta que se levanta no le deja pegar los ojos, y ya hace tres noches que está así'.

'Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más brío', expuso.

Y añade: 'todavía tengo otra cosa en que entretenerme y pasar el tiempo, la cosa que le digo es un 'Gallo fino' que me ha regalado Don Lucas de Sotolongo, es muy bonito y papá lo cuida mucho, ahora papá anda buscando quien le corte la cresta ... dice que es un gallo que vale más de dos onzas'.

'Tanto el río que cruza por la finca de Don Jaime 'Sabanilla' por el cual tiene que pasar correo, estaban el sábado sumamente crecidos. Llegó el de acá a la cerca de don Domingo, pero ya han bajado mucho', añade.

'Y no teniéndole otra cosa que decirle, dele expresiones a mamá Joaquina, Joaquina, y Luisa y las niñas y a Pilar dale un besito, y ud. recíbalas de su obediente hijo que le quiere con delirio', concluye.

HORRORES DE LA ESCLAVITUD 

Pero además del campestre ambiente, Martí (1853-1895) obtuvo otra dolorosa enseñanza que lo marcaría para el resto de su corta pero fructífera vida.

En esa demarcación matancera, poco poblada por aquellos tiempos, tuvo experiencias sobre la esclavitud, el tráfico clandestino de esclavos, y los desmanes y abusos contra ellos.

Esos contactos, aseguran expertos en la vida y obra martiana, grabaron su producción intelectual y revolucionaria, que devino en claro matiz antiesclavista.

El niño permaneció en el área de Caimito del Hanábana entre abril y diciembre de 1862, tiempo suficiente para odiar el oprobioso régimen colonial.

Entre sus escritos posteriores señala: '¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera por siempre su redentor?. Yo lo ví, lo ví cuando era niño y todavía no se me ha apagado en las mejillas la vergüenza'.

Martí, excelsa figura cubana y continental, cayó en combate contra la ocupación española en la localidad oriental de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895.

* Corresponsal de Prensa Latina en Matanzas.

miércoles, 3 de enero de 2018

La entrevista que nunca se publicó

Por Lillian Lechuga, Segunda Cita



Recién llegada a Bohemia, mi primer trabajo como periodista entre el 69 y el 70, recibí una de las primeras tareas que me encomendó el entonces director, Enrique de la Osa: nada menos que la de entrevistar a Raúl Roa García, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores, llamado Canciller de la Dignidad por sus valientes enfrentamientos con los enemigos de Cuba. Fue igualmente uno de los hombres de mayor erudición de nuestra Isla donde, además, son bien conocidas sus valientes posiciones frente a todos los gobiernos encabezados por astutos gobernantes marrulleros desde la generación del 30 hasta el triunfo revolucionario del 59.
El ministro me citó un domingo a las siete de la mañana. Me enfrenté muy nerviosa a aquel hombre “desordenado, brillante e inquieto” como lo llamara Pablo de la Torriente Brau, su hermano en la lucha y en la vida. 
La encomienda era la de conversar con él sobre la reciente publicación del libro Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, dedicado a su abuelo Ramón Roa, coronel en la guerra del 68.
Antes de comenzar la conversación me preguntó sobre aquel objeto que yo había puesto sobre su buró. Cuando le contesté que se trataba de una grabadora, me ordenó que la sacara del despacho. Me quise morir. ¿Cómo iba yo a resolver aquel trabajo con las pocas anotaciones que pudiera tomar de su rápida y nerviosa conversación?
Estuve el fin de semana encerrada en mi casa tratando de cumplir con aquella difícil encomienda después del tiempo que me había dedicado Roa, dilucidando cómo podría interpretar en mis notas al menos algo de lo que aquel hombre tan culto e inquieto me hizo saber. 
Al llegar el lunes, satisfecha y nerviosa, al despacho del director de Bohemia sentí frustración y a la vez un gran alivio, cuando Enrique sin siquiera mirar mi trabajo. Me espetó: “Ah, no te preocupes que Loló de la Torriente, me envió una crónica inmediatamente que salió el libro a la luz y la publicaremos”.

Sobre Aventuras, venturas y desventuras de un mambí un siglo después

“Ramón Roa fue un mambí de pluma y machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. Era un hombre del 68”.

Con estas palabras, síntesis de una vida dedicada a luchar por liberar a Cuba de la dominación española, empieza a escribir Raúl Roa García la biografía de su abuelo. La idea de escribirla no había surgido recientemente, sino desde que, a los catorce años, leyó por primera vez A pie y descalzo, libro escrito por Ramón Roa donde narra las vicisitudes de la marcha desde Trinidad hasta Holguín después de su desembarco del buque El Salvador.
Pero la biografía tuvo que esperar. “Al incorporarme a la lucha revolucionaria contra la dictadura de Machado tuve que diferir la ejecución del empeño; mas, solo fue para convertírseme en obsesión”.
Años más tarde, en 1950, buscando en archivos y bibliotecas, logra reunir los escritos de su abuelo y los publica bajo el título Con la pluma y el machete. No fue hasta 1969 que “entre rollos diplomáticos y siembras de café” pudo disponer de algún tiempo para llevar al papel lo que tuvo en la mente durante largos años.
El libro es inclasificable, no responde a ningún patrón. Con palabras de Roa: “El libro es lo que es y salió como salió”. El personaje objeto de la biografía se diluye en ocasiones dentro del mare magnum de episodios y hombres del largo período de historia cubana que abarca el libro. Tiene que ser así puesto que no se puede juzgar y aislar a un hombre de la guerra, sin tener en cuenta la guerra misma, sin analizar minuciosamente todos los momentos.
Roa vindica a su abuelo que, como bien dice, es hombre de carne y hueso que ha cometido errores pero que también ha sido enjuiciado injustamente. Con motivo de su libro A pie y descalzo fue fuertemente atacado por Martí, quien lo acusa de propagar el miedo a la guerra. En relación a esto Ambrosio Fornet en su prólogo al libro escribe:

El culto a los héroes que recorre estas páginas es crítico, como ese a que alude Martí cuando aclaraba que “el culto a la Revolución sería insensato si no lo purgase el conocimiento de sus errores”. Aquí, el propio Martí es sorprendido cometiendo una injusticia personal en nombre de la guerra necesaria.

Resulta evidente que Martí utilizó la polémica con respecto al libro en nombre de la guerra necesaria. Roa lo explica de esta manera: “Aquella escaramuza dialéctica, acabaría, pues, por soldar los pinos nuevos y los pinos viejos en la obra común de liberar a la patria esclavizada. Esa es, precisamente su significación y su trascendencia. No importa ya, a los efectos del objetivo perseguido, y alcanzado, que para lograr la unidad revolucionaria se tomara como pretexto A pie y descalzo, hubiera tenido que dejar Ramón Roa jirones de su honra entre las dentelladas de la emigración y seguir a merced de póstumos detractores”.
Una carta escrita por Martí a su amigo Miguel Viondi, el 13 de octubre de 1879 desde Santander, reafirma la opinión de Raúl Roa: “No pudo serme –dice Martí a Viondi– menos desagradable la navegación. Del capitán, hombre entero y simpático; del sobrecargo Leandro Viniegra, generoso espíritu venido a este empleo después de recias tormentas en la vida, recibí incesantes y no comunes muestras de celosa consideración. Digo esto, porque me complace tener que agradecer. Por muy lisonjera para mí, no le envío la bella y entusiasta carta con que me dijo adiós en nuestro último día de mar el sobrecargo. Tres cubanos, Roa con su fidelísima memoria de cosas pasadas y su leal conducta para conmigo, un joven Ojea y Cárdenas, bueno y fiel, y Luis Más, un estimable y juicioso matancero, fueron mis únicos compañeros de viaje. En la cárcel, sin cesar los vi a mi lado. Hoy, al fin, luego de haber demorado su viaje en espera de resolución de Madrid sobre mí, se han ido los tres. Muy especialmente se ocuparon a bordo de evitarme impresiones penosas –que para mí no lo hubieran sido y no lo fueron– al llegar a tierra”.
El autor destaca el carácter internacionalista de las ideas de su abuelo, quien al llegar a los Estados Unidos se integra a la dirigencia de la Sociedad de Amigos de América, organización que se propone ayudar al pueblo dominicano. Luego se crea la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en la que Roa participa también. Colabora estrechamente con el chileno Vicuña Mackenna en Nueva York y, por último, es secretario de Domingo Faustino Sarmiento, designado en Washington por el gobierno de Argentina para desempeñar el cargo de ministro plenipotenciario. Al ser electo Sarmiento presidente de Argentina, Roa lo acompaña a Buenos Aires donde permanece hasta que se entera del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes y sale para Estados Unidos para más tarde venir a Cuba en la expedición de El Salvador.
Y así, entrelazándolo con los hechos y las figuras del 68, aparece y desaparece un patriota, que fue prolífero poeta y mambí decidido junto a Agramonte, Sanguily y Gómez.
“La vida –escribe Fornet– no es un bloque de mármol. Desde el ángulo de sus aventuras y venturas, Ramón Roa ofrecía claramente un rostro épico. Hubiera sido fácil trazar una raya y decir hasta aquí: la biografía de ese personaje que a los dieciséis años fue al destierro y once años después cruzó la Trocha a pie y descalzo, que había asistido a Agramonte y cargado al machete en la vanguardia de Gómez y Julio Sanguily, bien podía escribirse como una epopeya. Pero estaban también las desventuras. Visto desde este ángulo, Ramón Roa ofrecía un rostro dramático. No participó en la guerra del 95. El hombre que a los veintiséis años se imponía a todos los obstáculos, a los cincuenta se sentía aplastado por ellos…”
A través de las páginas de este libro se nos presentan juicios muy justos de las figuras más destacadas de la guerra, tanto para denunciar su falta de condición de revolucionario como para reafirmarlas en su heroísmo.
La figura del general Vicente García se sitúa en el lugar que le corresponde, su actitud deja mucho que desear. Era un hombre valiente, capaz de hacer cualquier cosa, pero es sorprendido constantemente por Roa –quien lo llama “la lechuza de la revolución del 68” tratando de tomar posiciones políticas sin importarle mucho la salud de la guerra revolucionaria. De él dice Roa:

No es necesario reconstruir por sabidos y sobados, los acontecimiento del turbio proceso que desemboca en la sedición politiquera y, por tanto, contrarrevolucionaria de las Lagunas de Varona. Baste señalar que se entretejen con el conato de sublevación del comandante Juan Ignacio Castellanos y el coronel venezolano Cristóbal Acosta y con la deserción en masa, en el campamento de Calixto García, de la caballería de Las Tunas, encabezada por el teniente coronel Sacramento León. En ambas ocurrencias, anda de por medio el secretario de la guerra, general Vicente García.

Roa califica su actitud como “lugareñismo de palangana” y “desapoderado afán de mando”.

Refiriéndose a Maceo, Roa escribe:

Maceo es, sin duda, el jefe insurrecto de más puro instinto revolucionario de la gran década y , por eso, en la hora de las definiciones, fue el más firme, el más audaz, el más decidido, el más intransigente. No podría, sin negarse a sí mismo, admitir ni aceptar la capitulación del Zanjón, paréntesis amargo en una lucha sin tregua. Sin pararse a ponderar obstáculos ostensibles, ni darle entrada a doctas razones, ni atender a miramientos por obligado que se sintiera –dígalo si no Máximo Gómez– Maceo se opuso a toda transacción, a toda concesión, a toda debilidad. Y, empinándose sobre su tiempo y la derrota, que también se le encimaba ineluctablemente, proclamó la necesidad de seguir combatiendo “hasta la última gota de sangre del último patriota”. La disyuntiva “independencia o muerte” no era una metáfora ni un imperativo de conciencia para él: era ineludible elección de su naturaleza revolucionaria.

De la actitud de Vicente García frente a la protesta de Baraguá, leemos: “Vicente García, que habíase arrimado a la protesta de Baraguá como la sardina a su brasa, es el último jefe que capitula. Urgido de comunicarle a la metrópoli la pacificación total de la Isla, Martínez Campos accedió a sus impúdicas exigencias para deponer las armas: setenta mil pesos oro por una finca de 150 caballerías de tierra que poseía en la costa norte de Oriente”.
Además de los acontecimientos finales de la guerra del 68, donde Roa se extiende dando detalles sobre las actitudes de los hombres y de los pormenores de los hechos, nos parece muy interesante también el análisis que hace desde finales de la guerra del 95 hasta la República mediatizada, período en el que deja ver con extremada claridad los factores que van dando origen y fuerza al neocolonialismo en Cuba. Dejemos hablar a Roa, quien refiriéndose a la Enmienda Platt dice:

Su texto contiene un preámbulo y ocho artículos, y aún hoy, cuando ni para papel higiénico sirve por las ronchas que levanta, su lectura incita a la mentada de madre. Y, a propósito, estoy seguro que perdí el sobresaliente en el examen de derecho internacional por haberle censurado ríspidamente al profesor de la materia, Antonio Sánchez de Bustamante –lumbrera entonces del santoral machadista–, la apologética interpretación de la enmienda que hace en una clase.
El primer aparato ortopédico del neocolonialismo constituye una cínica violación de los derechos soberanos, nacionales e internacionales, del pueblo de Cuba y un escarnio indignante a sus sacrificios, abnegaciones y proezas durante treinta años de combate por la independencia. Engarfia nuestro destino a los intereses y conveniencias políticas, económicos, militares y diplomáticas del gobierno yanqui. Este se reserva, en forma tan insolente como taxativa, la potestad de intervenir, cada vez que le venga en ganas, en los asuntos internos de la Isla, de quitar y poner los gobernantes, de imponer, para su defensa estratégica, la venta o arrendamiento de “los terrenos necesarios para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se consideren con el presidente de los Estados Unidos” y obligar al futuro gobierno cubano a insertar estas condiciones en un tratado permanente. 
Esta humillante y férrea camisa de fuerza constituía, como se ha dicho, el sustitutivo de la anexión y la garrocha del ulterior salto predatorio del imperialismo yanqui en el Mar Caribe y en el sur del continente. Corolario de la doctrina de Monroe, la Enmienda Platt le imprimiría fuerza internacional a este instrumento de hegemonía norteamericana en América.

El libro está lleno de datos importantes y de análisis muy valiosos. Es interesante la opinión del autor con respecto a la vanguardia revolucionaria que lleva al pueblo a la lucha armada tanto en el 68 como en el 95. El movimiento revolucionario en el 68 descansa sobre una vanguardia constituida en su mayoría por terratenientes ricos: “Pero serán precisamente desprendimientos de esta clase pudiente, ilustrada, conservadora e irresoluta –sus miembros más capaces, osados, progresistas, decididos y patriotas– los que, al abrazar y difundir los ideales e intereses de la nación, constituyen en las vísperas del 10 de octubre de 1868, el foco revolucionario de vanguardia que arrastrará a la lucha armada a los sojuzgados y desposeídos”. Roa resume esto en una sola frase: “se suicidan como clase y renacen como hombres”. Refiriéndose a la vanguardia de la guerra del 95 Roa escribe: “La vanguardia de la lucha de liberación que se avecina está compuesta básicamente por hombres oriundos de la cantera popular y se apoya en forma orgánica en la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, en la clase obrera agrícola y urbana y en los campesinos desposeídos. Por sus raíces sociales es una guerra del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Su vanguardia personifica la conciencia de los intereses de la nación en una fase más alta de desarrollo del proceso revolucionario.
La clase burguesa en Cuba no tomó parte como tal en ninguna de las dos guerras contra España. En la del 68 todavía no existía como clase. “Su embrión –dice Roa– se malogra al rehuir los grandes hacendados azucareros criollos la alternativa de desarrollo capitalista planteada por los hechos e injertar los métodos de producción y las innovaciones tecnológicas creadas por la burguesía en el sistema de trabajo esclavista, con el consiguiente endurecimiento de las relaciones jurídicas en que se asentaba el régimen de tenencia de la tierra”.
En la segunda etapa revolucionaria ya la clase burguesa está en proceso de formación pero todavía es débil y tiene gran dependencia con los hacendados cubanos y los comerciantes españoles. “Políticamente se adscribe al partido Autonomista. Es contrarrevolucionaria y colonialista. Fue desde sus orígenes, una genuina burguesía antinacional”.
El libro nos da una visión clara de lo que verdaderamente fue la Historia de Cuba en el período que abarca desde 1844 hasta 1912, época en que le tocó vivir a Ramón Roa. En la obra encontramos todo lo que ha necesitado el autor por lograr el fin que se propone: vindicar a su abuelo, y situar a cada cual en el lugar que debe ocupar de acuerdo con su participación y su actitud en la lucha revolucionaria contra los intereses españoles. Por eso el libro va más allá de la biografía, de la historia. Se lee como una novela, una vez que nos metemos en él llegamos hasta el final. Raúl Roa es un hombre de la generación del 30 pero su libro refleja el espíritu de un hombre de nuestra generación.

domingo, 31 de diciembre de 2017

La fuerza de Fernando Martínez Heredia




Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.
No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.
Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.
Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo.
En ello, Martínez Heredia mantuvo una terquedad admirable a lo largo de su vida. Supo, pudo y se atrevió a hacer: publicó el marxismo occidental cuando era un “problema ideológico”; estudió la revolución de 1930 —“la más desconocida de las revoluciones cubanas”— cuando era conflictivo acercarse con enfoques renovados a la tradición nacionalista cubana, en momentos políticos en que, por otra parte, se deslegitimaba el “pasado” y se buscaba en lares teóricos exóticos las raíces del proceso revolucionario (como la alucinante descripción de Blas Roca sobre las etapas “feudal, capitalista y socialista” que Cuba habría vivido hasta entonces); y escribió el mejor libro producido en Cuba sobre el pensamiento integral de Ernesto Che Guevara, tras dos décadas de silencio analítico nacional sobre el “guerrillero heroico”.
No por casualidad, Martínez Heredia escogió a Julio Antonio Mella como tema de uno de sus primeros textos. Con “Por qué Julio Antonio” entendió el entronque de la tradición nacionalista democrática con el mejor marxismo crítico producido en la Isla. Mella recuperó la tradición patriótica de las luchas independentistas y la fusionó con el ideal de la liberación social, en clave de la emancipación de la dominación clasista. A partir de aquí, su lectura sobre Martí fue tan original como antagonista: el proyecto no es sustituir “al rico extranjero por el rico nacional”, “¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario [Cubano, de José Martí] de 1895 a 1928”. Desde este enfoque mellista—y contra una tesis extendida según la cual la revista Pensamiento Crítico se ocupaba solo de pensamiento “extranjero”— fueron elaborados números de esa publicación, asombrosos hasta hoy, como los dedicados a José Martí (No.49-50, 1971), y a la Revolución de 1930-33 (No. 39, 1970). Con ellos, el equipo de la revista, con Martínez Heredia a la cabeza, propuso nuevos enfoques y construyó nuevos archivos, documentales y de memoria, sobre la tradición nacionalista y la teoría marxista de las revoluciones.
Puede existir un número infinito de investigadores que compartan los rasgos personales y los compromisos políticos de Martínez Heredia. También pueden producir, y de hecho lo hacen, resultados analíticos por completo diferentes. El autor de La Revolución cubana del 30 explicó así las condiciones de posibilidad del enfoque teórico que combatió a través de su obra: “tanto la alabanza interesada de la república de 1902-1958 como el rechazo abstracto y en bloque de aquella época histórica tienen en común su falta de relación con la vida y los problemas de la gente común, y cierto hábito mental e ideológico de clases medias, muy lejanas a la brega por la sobrevivencia y por un fatigoso y lento ascenso social a la que están obligadas las mayorías.”(Martínez Heredia 2002)
Su comprensión del “pueblo” partió de una matriz teórica específica que operacionalizó de este modo: a) el pueblo se refiere a una polarización, no a una estratificación social; b) este grupo tiene más identidad desde la identificación del enemigo que desde la de sí mismo, y de los demás como “otros” (mismidad y otredad); c) existe un dinamismo: el pueblo no está dado de una vez para siempre, ni es igual a sí mismo; y pueden historiarse su composición, sus rasgos y sus motivaciones. (Martínez Heredia 1999)
Martínez Heredia explicó que su elaboración pertenecía a una corriente singular del marxismo —pues reconoció siempre la existencia de varios marxismos, como de varios socialismos, en Cuba, tanto en la historia pre como post 1959—. La suya es la tradición de Gramsci, que describió al pueblo, en el marco de sentido de “lo plebeyo”, como “el bloque social de los oprimidos”, opuesto al “bloque histórico” en el poder, con sentido similar a Rosa Luxemburgo. En la tradición política cubana, el concepto de “pueblo” más afín al trabajado por Martínez Heredia es el de Fidel Castro en La historia me absolverá: “llamamos pueblo, si de lucha se trata….” .
En esta perspectiva, la única sede del poder político es la comunidad política llamada “pueblo”, constituida a sí misma a través de su propia experiencia política. Esta noción no confunde al pueblo con la sociedad civil. El primero nace de reconocer diferencias sociales y plantearse la abolición de las formas de dominación nacidas de esas diferencias, que segregan ciudadanos de no ciudadanos, o ciudadanos de primera y segunda. En cambio, la “sociedad civil” no reconoce como punto de partida las asimetrías sociales existentes, pues opera como si ya existiese una comunidad universal de ciudadanos “iguales” entre sí. Martínez Heredia especificó su comprensión de este modo: “yo exploro las posibilidades de conocimiento a partir de considerar que las clases sociales solo se constituyen desde sus contraposiciones, percepciones y actitudes conflictuales, esto es, desde las luchas de clases”. (Martínez Heredia 1999)
Sin embargo, no compartió la perspectiva exclusivamente clasista, que hace la metonimia —tan clásica como reductora—, entre la clase y lo social, y que produce “historias del movimiento obrero” en lugar de “historia de los trabajadores”. Sus numerosos y eruditos estudios sobre el papel de la raza y el antirracismo en la formación del pueblo cubano, y en sus dinámicas sociales y políticas, así como sobre el cambio cultural y sus consecuencias para una revolución, bastan para demostrarlo.
Entre sus estudios sobre estos temas recuerdo con especial afecto los dedicados a Ricardo Batrell y a José Isabel Herrera (Mangoché), por las largas disertaciones que le escuché sobre la marca cultural y social de las personas “SOA”, “sin otro apellido”, y sus recitaciones —que a Carpentier le hubiese gustado escuchar— de canciones populares de la independencia (como también lo hacía con temas populares de la república, de la revolución y de la guerra en Angola). Esa masa de composiciones populares formaba parte de sus análisis y las citaba en sus textos, como hizo con “La clave a Maceo”, de Sindo Garay, que transcribió así: “Si Maceo volviera a vivir/y a su noble Patria otra vez contemplara/de seguro la vergüenza lo matara/y volvería a morir”. (Martínez Heredia 2001, p. 302)
Con tales recursos, se alejó de cualquier propensión hacia el nacionalismo de contenido étnico, que suele mantener relaciones horrísonas con la democracia política. Ese nacionalismo, como ha explicado Ramón Máiz, se fundamenta en el cruce con la idea de nación como tradición, origen común, historia y cultura compartidas, o sea, “el amor ridículo a la tierra [o] a la yerba que pisan nuestras plantas”, en palabras de Martí. La tradición y la adhesión a esos valores orgánicos son más determinantes en la formación de la nación que los valores políticos, esto es, el “odio invencible a quien la oprime […] el rencor eterno a quien la ataca”, otra vez en palabras de Martí. Ese discurso etnicista identifica un “espíritu nacional”, que es invocado en nombre de un pueblo homogeneizado en el discurso, e instrumentalizado políticamente.
Martínez Heredia adscribió a otra corriente de comprensión sobre el nacionalismo, que identifica cómo la nación y el nacionalismo llegaron a invocarse a través de la justicia social y la justicia racial. Es la tradición del cruce entre Fernando Ortiz, por un lado, y Rafael Soto Paz con Raúl Cepero Bonilla, por otro. Con el primero, comprendió que asentar la “cubanidad” sobre una base estrictamente cultural, era purgarla de toda connotación racial susceptible de ser usada en negativo; con los segundos, comprendió que el liberalismo oligárquico no defendía solo un concepto exclusivo y excluyente de la propiedad privada sobre bienes y recursos, sino defendía también la propiedad exclusiva y excluyente de la patria por parte de la nación blanca.
La comprensión de Martínez Heredia, como en esos tres autores —y también en Eric Hobsbawm, más que en Benedict Anderson—, discutía las teorías orgánicas y voluntaristas de la nación para lograr una construcción abierta: se es cubano por nacer en Cuba y formar parte de su comunidad de cultura, pero también por la “conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. Así lo escribió el autor de El corrimiento hacia el rojo: “Los cubanos no lo somos porque vengamos de la misma etnia, ni compartamos la misma religión, o nuestra historia sea milenaria y nuestra cocina autóctona variadísima. El gentilicio se hizo realidad por unas representaciones y una conciencia política compartidas que llevaron a una gesta nacionalista y a un holocausto, por una masa de acciones populares colectivas que llamamos la Guerra del 95, ampliada y afirmada por la acción política del pueblo durante la ocupación norteamericana. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta hoy.”(Martínez Heredia 2002)
Martínez Heredia combatió siempre el “purismo” doctrinal del “marxismo-leninismo”, del cual se deriva, necesariamente, una política sectaria. Un enfoque teórico abierto no es solo más perceptivo hacia lo social, sino habilita políticas también más abiertas hacia lo social. La historia del marxismo tiene capítulos trágicos de esa correlación entre teoría y política sectarias. En lo global, recuérdese el trato dado a la cuestión obrera y campesina durante la revolución china,[1] o a escala nacional empeños como “la faja negra de Oriente” en los 1930, o la discriminación y represión contra personas de diversa orientación sexual y la clausura de espacios de pensamiento crítico en el proceso pos 1959, la que Martínez Heredia experimentó en carne propia.
Sin embargo, nadie podrá invocar, con legitimidad, al autor de En el horno de los noventa para justificar comprensiones sectarias de la historia de Cuba, ni políticas represivas de la diversidad —ideológica, cultural, racial, etc— en el país actual: “Cuando solo denominamos neocolonial a la república, nos deslizamos hacia unas antinomias que falsean u oscurecen la comprensión de nuestro proceso histórico: “patricios vs.esclavistas”, “cubanos vs. españoles”, “cubanos vs. imperialistas”. De esa manera simplista queda implícita la actuación de bloques que, en la realidad, nunca existieron, al que pertenecerían todos los cubanos —exceptuados los “malos cubanos” o los “traidores”— y desaparece de la escena la clase de los burgueses cubanos, históricamente expoliadora del trabajo, sometida, racista y, cada vez que ha sido necesario, antinacional.” (Martínez Heredia 2002)
El radicalismo de Martínez Heredia tiene este componente, el mismo que explicó también al analizar el contexto de los primeros años 1960 y el triunfo del pueblo cubano en Playa Girón: “El componente nacionalista radical de la Revolución, y el entonces pujante orgullo de ser cubano, se imponían a los ´clasismos´ y los extremismos.” (Martínez Heredia 2002) Si queremos hablar de su carácter personal, supo también vivir como lo que predicó: tuvo legiones de seguidores que pertenecen a corrientes políticas distintas dentro de la política cubana actual. Entre ellos es muy probable que “no se hablen ni se traten”, pero tuvieron en Martínez Heredia un puente común en lo político, un maestro en el campo intelectual y una admiración compartida por su ética. En ella, su lealtad a los amigos/compañeros políticos fue proverbial: no se conoce de una palabra suya que deslegitimara sin base a un compañero, aun cuando no compartiese varias de sus ideas.
Con su enfoque teórico, con su ética personal, con su política hacia lo público, con ese amor —no hay que tenerle miedo a la palabra amor— por Cuba y por los cubanos, se entiende lo que Martínez Heredia llamó “la fuerza del pueblo”. Es también la propia, personal, fuerza, de su legado. La fuerza de Fernando Martínez Heredia es la de saber, poder y atreverse a admirar, respetar (y a hacer política con y hacia el pueblo de Cuba), como merece ese pueblo cantado en las cuartetas que tanto gustaba a Martínez Heredia recitar, con memoria de elefante, sonrisa guitarrona y, siempre, con un orgullo, muy contagioso, de ser cubano. Por todo esto, Fernando, diremos, contigo y con Ñico Saquito: si lo que quieren es tumba, tumba le vamos a dar.
Bibliografía
Fontana, Josep (2010): La historia de los hombres. El siglo XX. 1ª ed., 2ª reimp. Barcelona: Crítica (Biblioteca de Bolsillo, 81).
Martínez Heredia, Fernando (1999): “La fuerza del pueblo”. En Temas (no. 16-17, octubre de 1998- junio), pp. 82–93.
Martínez Heredia, Fernando (2000): “Nacionalizando la nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”. En Ana Vera Estrada (Ed.): Pensamiento y tradiciones populares. Estudios de identidad cultural cubana y latinoamericana. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Martínez Heredia, Fernando (2001): “Ricardo Batrell empuña la pluma”. En Orlando García Martínez, Fernando Martínez Heredia, Rebecca Jarvis Scott (Eds.): Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912. La Habana: Ediciones Unión (Colección Clío).
Martínez Heredia, Fernando (2002): “El pueblo de Cuba y el 20 de mayo”. En La Gaceta de Cuba (No. 4, UNEAC, La Habana, jul.-ago.).
Notas:
[1] Fontana lo ha explicado así: “El tema tomó una dimensión política inmediata con motivo de las discusiones respecto de la política que se debía seguir en China. Los que pensaban que la sociedad china estaba en una fase feudal propugnaban la alianza de los comunistas con la burguesía nacional para hacer la revolución burguesa como etapa previa a la socialista; los que suponían, como Trotski, que ya estaba en pleno capitalismo, no veían otra salida que la hegemonía del proletariado. Pensar, en cambio, que China se pudiera hallar en el tránsito del modo de producción asiático al capitalismo dejaba a los teóricos sin recetas para formular una línea de actuación. El resultado práctico de esta confusión fue el caos de la política china, que acabó en un desastre a costa de muchas vidas humanas.” Fontana 2010 imp, p. 63
es un jurista y filósofo político cubano, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, muy representativo de una nueva y brillante generación de intelectuales cubanos partidarios de una visión republicano-democrática del socialismo.

sábado, 30 de diciembre de 2017

“Dialogar, dialogar”, también en formato de libro




De izquierda a derecha: Diana Lío, subdirectora editorial de la Casa Editora Abril; Raynier Pellón Azopardo, investigador e historiador; y Elier Ramírez Cañedo, Doctor en Ciencias Históricas y compilador del texto. (Foto: Autor)

El texto Hacia una cultura del debate, bajo el sello de la Editora Abril de la Unión de Jóvenes Comunistas, se presentó este 27 de diciembre en la capitalina Casa del Alba Cultural.

El volumen, el primero de varios previstos, compilado por el doctor en Ciencias Históricas Elier Ramírez Cañedo, recoge intervenciones de intelectuales cubanos en 13 de las ediciones del espacio Dialogar, dialogar de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Diversos temas trascienden de la sala de debates a las páginas de este libro: la interrogante mayúscula de un posible cambio de mentalidad en los actores de la sociedad cubana, en un país que se repiensa desde múltiples aristas; lo que significa ser revolucionario en la Cuba de hoy; ¿nuevas reglas en la economía cubana?; las tendencias actuales de la guerra cultural contra el socialismo en la Mayor de las Antillas; el desmontaje de la historia y cómo enfrentarlo; Cuba y los cubanoamericanos; así como José Martí en la hora actual de la nación.


Rodríguez Cañedo expuso que el título no solo ahonda en asuntos acuciantes del contexto contemporáneo, sino igualmente en pasajes de la historia de la Revolución del 59 en adelante.

“Van a ser 60 años de Revolución y tenemos que reconocer que esa historia no está del todo sistematizada y, precisamente, es ahí donde más vacíos tenemos cuando interactuamos con muchos jóvenes. Determinados temas que de alguna manera se han convertido en especie de tabús porque son polémicos. Es necesario que las nuevas generaciones se apoderen de todo ese legado histórico más reciente”, manifestó el también académico.

Quien subrayó que en los vacíos de conocimiento que dejamos, los enemigos del proceso político y social cubano ponen su mayor atención para crear una versión distorsionada y conveniente de la realidad nacional.

Durante la presentación del volumen, el joven intelectual Raynier Pellón Azopardo señaló que Hacia una cultura del debate es un libro de gran utilidad y trascendencia por ser una obra evidente de consensos y divergencias generacionales en torno a pensar y construir un país.

Asimismo, destacó que a la postre, el material tendrá un valor histórico y bibliográfico pues reflejará cuales eran las inquietudes de la juventud y la intelectualidad de la Isla alrededor del contexto atípico de actualización del modelo socialista de la sociedad cubana contemporánea.

El texto formará parte de las propuestas de la Editora Abril para la Feria Internacional del Libro 2018, y estará a la venta en el stand de la editorial en la fortaleza capitalina de La Cabaña.


Según Elier Ramírez Cañedo, coordinador y conductor de Dialogar, dialogar, este espacio surgió en el año 2013 para incentivar el debate y la polémica en los jóvenes y en los no tan jóvenes, fieles a la máxima de Fernando Martínez Heredia: “El debate es tan necesario para el socialismo como el oxígeno para las plantas”.

En medio del contexto nacional en que afirma que los desafíos ideológicos principales están en las ciencias sociales, abogan por crear ese sujeto crítico con capacidad de discernimiento para brindar resistencia cultural en el campo del pensamiento.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Las cuatro estaciones de Fernando Martínez Heredia

Por: Rosa Miriam Elizalde


Fernando Martínez Heredia. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Palabras en la presentación del libro Cuba en la encrucijada, de Fernando Martínez Heredia (Ruth Casa Editorial y Editora Política, 2017), en el Centro “Juan Marinello”, el 13 de diciembre de 2017.
En una nota a sus lectores, el autor de Cuba en la encrucijada comenta que ha hecho una selección de trabajos sobre problemas actuales, la mayoría frutos de la impronta periodística y pensados para el lector cubano, en diálogo con la historia del país. Explica que ha dividido los textos en cuatro grupos, de acuerdo con los temas y que, casi todos, se publicaron en los medios digitales –de hecho en Cubadebate, donde él colaboró regularmente desde el 2009, se pueden consultar 53 artículos suyos.
Para no repetir las razones de ese ordenamiento editorial, que tiene la mano y la inteligencia de un sabio, les propongo recorrer cuatro estaciones de Fernando Martínez Heredia, que se reconocen en el hilado de toda su obra anterior y se revelan también en este libro.

Primera Estación: Fernando, el Apóstol del Socialismo cubano

Independientemente de la fe que cada uno tenga, admitamos que Fernandoera un Apóstol. Se consagró durante toda su vida, con total coherencia, a la prédica de un socialismo que tenía apellido, “cubano”, un emblema honroso, digno de formar parte del lenguaje en una etapa civilizatoria cargada de esperanzas y peligros, y en la que conceptos aledaños como libertad, democracia, soberanía, derechos humanos, solidaridad, patria y hasta Dios se han vuelto tan livianos como el aperitivo, el selfie, las Kardashian, los crucigramas o el horóscopo.
Si alguien quiere hoy o mañana restituir la verdadera enjundia a esas dos palabras, “socialismo cubano”, que son el hilo conductor de cada texto de este libro, tendrá que pasar obligatoriamente por Fernando Martínez Heredia y concluir que la médula de su apostolado es la convicción de que sin conciencia revolucionaria no hay socialismo posible.
Él nos dice a cada paso que las revoluciones no son hechos arqueológicos, pero no basta con invocar las palabras “socialismo” o “revolución” cada tres por dos. Cuba no se va a revolucionar socialistamente por sí misma, es decir, sin la voluntad de los sujetos que abracen “el socialismo cubano, que tiene una profunda necesidad de apelar al patriotismo popular de justicia social” [1],como él subraya en uno de sus artículos.
Fueron diversos los campos en los que se ocupó su pensamiento, pero este apostolado socialista es el elemento central de su obra que explica el por qué de la atracción que ejerció y aún ejerce sobre muchos dentro y fuera de Cuba: la suya fue siempre una prédica centrada en el estudio de los procesos de producción de la subjetividad humana en el socialismo.
Después de varias décadas de predominio de un marxismo vulgar y de experiencias socialistas que se desvanecieron en el aire, los textos de Fernando Martínez Heredia apuntan en una dirección que permite asimilar creadoramente las nuevas formas de lucha y de expresión de la subjetividad social sin tener que abandonar para ello el fundamento que proporciona el paradigma de la importancia de la producción o la centralidad del concepto de lucha de clases.
Estas prosas tienen, además, el calor del contexto. Sus trazos, hijos en ocasiones de un titular del noticiero nocturno, revelan no obstante el rasgo más peculiar del talante político de Fernando que lo acompañó durante toda su vida. Capta los elementos nuevos, revolucionarios, que brotan de la acción misma del pueblo, sin dejar de tener en cuenta de manera realista las condiciones internacionales y las condiciones al interior de Cuba, que han cambiado mucho en los últimos diez años. Con una gran dosis de imaginación democrática, este Apóstol del socialismo cubano nos convence en estas páginas, de una y mil maneras, de que no debemos permitir la victoria de la dominación y que la única opción decente para nuestras vidas sigue siendo continuar el proyecto anti-capitalista y desenajenante en Cuba.
Un domingo, en uno de los encuentros del club “La pensadera”, como le llamábamos a las reuniones informales que armábamos en la casa de Rebeca Chávez y Senel Paz, Fernando me habló de una cita de La sagrada familia, de Marx y Engels, que parece un juego de palabras: “Si el hombre es formado por las circunstancias, será necesario formar las circunstancias humanamente”. Allí está toda la sustancia de un problema que para Fernando –y lo reitera en varios artículos de Cuba en la encrucijada– no se ha superado en ninguna parte, pero tenemos que resolver en este archipiélago donde la “normalidad” significa que el 90 por ciento de los 500 años transcurridos entre la llegada de Colón y la actualidad, han sido de dominación colonial o neocolonial. Lo dice en este libro y lo comentó entonces en “La pensadera”: es falso que estemos librando una pugna cultural entre el neoliberalismo y la economía estatal, como algunos lo enfocan. No, nuestra bronca es entre la dominación capitalista que recupera fuerza social y un socialismo cubano que tendrá que transformarse y ser cada vez más socialista, o perecerá tras esa breve existencia medida a partir de los últimos 500 años de nuestra historia. Y acto seguido, muy a lo Fernando, armó su propio retruécano con la frase de los padres fundadores que recuerdo, palabras más o menos: lo mínimo que podemos decir es que todavía no estamos formando las circunstancias todo lo humanamente que nos es posible para que se formen humanamente las personas.

Segunda Estación: Fernando, el antimperialista tozudo y militante

Quizás el artículo más comentado de Fernando en Cubadebate y en el ciberpotrero que habita en una esquina de Facebook, es el que encabeza esta antología: “Días históricos, épocas históricas”. Comienza con una declaración tajante: “El pasado viernes 14 no fue un día histórico”. Se refiere al 14 de agosto de 2015, fecha en que reabrió la Embajada de Estados Unidos en La Habana con tres Chevrolets del 59 como telón de fondo en la puesta en escena del Secretario de Estado John Kerry.
El Antonio Guiteras que Fernando llevaba por dentro planta aquí el trípode de la ametralladora y dispara con furia a las verdaderas intenciones de Estados Unidos en la nueva coyuntura política. Es decir, apunta contra “la esperanza de dividirnos entre los prácticos y sagaces, los que comprenden y los rabiosos y ciegos, los aferrados y anticuados.” Dispara “a la posibilidad de hacernos una guerra que no es de pensamiento, sino de inducción a no pensar, a una idiotización de masas”.
“Me llega a admirar –escribe Fernando- que funcionarios norteamericanos crean que hacer visitas y parecer simpáticos sea suficiente para que los cubanos se sientan reconocidos y gratificados, algo solamente explicable por la subvaloración del que se siente imperial y el desprecio que ya les conocía José Martí”. Por eso, clama por “desbaratar confusiones y desinflar esperanzas pueriles como una de las tareas necesarias”, y a ello dedicará varios artículos y entrevistas que desbordan el paréntesis de este libro.
En medio del discreto tono diplomático que tomó el discurso oficial y el entusiasmo desembozado por el giro de la política norteamericana en sectores dentro y fuera de Cuba, Fernando fue uno de los pocos intelectuales que en esos días dijo abiertamente que la brújula política del país, el antimperialismo, estaba una vez más siendo sometida a la prueba de las nuevas situaciones y necesidades nacionales.
Cuando Esther Pérez, su compañera, me llamó para que presentara este libro, lo describió como “los artículos de Fernando sobre Estados Unidos”. Obviamente, todos los textos que aquí aparecen no abordan directamente la nueva vecindad que se inició a fines de 2014 y se fue a bolina dos años después, pero sí fue este el leit motiv de buena parte de la producción de artículos y ensayos de Martínez Heredia desde ese año hasta su muerte en junio pasado. Pero en todos los textos, desde el primero hasta el que estaba escribiendo o soñando en su última madrugada, es posible reconocer las balas trazadoras de su antimperialismo militante y guiterista.

Tercera Estación: Fernando, el incómodo

Quizás convenga subrayar que el “socialismo cubano” de Martínez Heredia no es un concepto usable con cualquier norma de conducta. Significa ante todo una ejecutoria y una palabra que no admiten maquillajes, que no comulgan con el desarme ideológico ni con su opuesto, el voluntarismo ideológico. Por eso resultaba incómodo.
Más de una vez hablamos de esta “incomodidad” y algunas de sus consecuencias no deseadas, como la de ser citado alegremente lo mismo para afirmar un argumento que para contradecirlo. “Los manipuladores no me han tenido, no me tienen y no me tendrán”, comentó un domingo en “La pensadera”.
Fernando fue siempre un socialista incómodo, porque sus convicciones socialistas tenían una vena jacobina y otra vena clasicista, sístole y diástole de su pensamiento. Fue un filósofo difícil de clasificar porque la solidez de sus convicciones morales le empujaba a estar siempre con los de abajo, con la mayoría, mientras que su erudición marxista y su pasión por la historia lo alejaron siempre de las modas y de las instrumentalizaciones políticas. Y verán en este libro otra constante en la obra de Fernando: pocos como él en Cuba se han tomado tan en serio aquella frase de Gramsci que dice que la verdad es revolucionaria.
Fernando pelea contra la censura, el dogmatismo, el racismo que naturaliza la desigualdad y el economicismo ramplón, pero aún más contra la idea de un Imperio sin imperialismo, que ofende al sentido común. Se subleva contra los intentos de reducir al país a la fantasía de los buenos tiempos republicanos, cuando no imperaban “la chusma y los castristas”. Le va arriba a lo que llama “la democratización mercantilizada del consumo cultural” y dice que es “suicida quien crea que esto es solamente un entretenimiento inocente para pasar ratos amables”. Pone en su justo lugar al nacionalismo de derecha emergente en Cuba, que como ocurrió a inicios del siglo XX, no podría ser anexionista por presión de los de abajo, pero sí “cumplir su papel entreguista de cómplice y subordinado del imperialismo norteamericano”.
Llama por su nombre al autoritarismo trasnochado que pretende obstaculizar la utilización de los nuevos medios, y también, al conservatismo social que cree posible vivir “en digital” y modernizarse por imitación, ser apéndice de los objetos y las imágenes, y dejar de ser pueblo para convertirse en público. Protesta contra la inercia y la pasividad y usa frecuentemente el verbo “pelear”, porque “estamos en medio de una guerra: la contienda cultural entre el capitalismo y el socialismo en Cuba”. Planta ante el hecho bochornoso del uso de nuestra bandera en un acto para recibir turistas, pero exige que además de “establecer responsabilidades y motivaciones interesadas”, se analice la cuestión más seriamente y se busquen las causas de por qué “sectores de pobres priorizan un ingreso para resolver necesidades perentorias y no el rechazo a una ofensa a la dignidad y los símbolos nacionales”.
Leyendo este libro cualquiera se da cuenta de que no hay manera de encasillar a Fernando, que es incómodo tal vez porque sus frases y sus preguntas son como estiletazos capaces de condensar en una oración simple un pensamiento complejo y vital, que se resiste a ser clavado con alfileres como mariposas en el panel de un entomólogo.

Cuarta Estación: Fernando, el intelectual del pueblo

Este libro es coherente con la vida y el pensamiento de Martínez Heredia, porque nos dice: “primero la gente”, “todo con los pobres de la tierra y nada sin ellos”. Porque nos habla de la gran oportunidad que tiene la Cuba de hoy de privilegiar la justicia, de poner al ser humano en toda su dignidad como objetivo fundamental de la economía y no al revés. Porque demuestra que la ostentación a la que nos llama el capitalismo a ultranza, toda esa vida figurativa, está profundamente equivocada desde sus raíces.
La historia desde la perspectiva de los más humildes, dice Fernando, nos permite descifrar los valores rectores de nuestra existencia y comprender que la identidad nacional nació de los sacrificios de los próceres y de los pobres de todos los colores, en una fragua donde “todas las formas de la entrega y el altruismo se hicieron cotidianas”, en “un trance en que la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria se volvió sagrada, y la marcha, el campamento, el héroe, el amado y la amada, la jornada de sangre y de muerte, se expresaron en canciones”. E incluye a pie de página una décima que nos revela otra de las cualidades de Martínez Heredia: a la par que despierta el espíritu crítico, su prosa no renuncia a avivar las emociones sin las cuales la Historia, particularmente aquella en la que se reconocen los de abajo, termina en letra muerta:
Cuando asoma la mañana
alumbrando el firmamento
se escucha en el campamento
alegre el toque de diana.
Cuando la tropa cubana
se forma por compañía
y el sargento, al ser de día
pasa lista diligente,
al responderle ¡presente!
yo pienso en ti, vida mía.
En fin, les recomiendo fervorosamente este nuevo título tan Martínez Heredia, tan de puertas abiertas hacia nuestra cultura, a un modo de entender la vida, a un país; tan anudado a la idea de calado profundo que deja marcas, huellas y que se acerca bastante al sentido de la existencia de un hombre que hizo de la palabra una herramienta de trabajo, pero sobre todo un ámbito de reflexión existencial y política.
Si coincidimos después de leer Cuba en la encrucijada que en el socialismo antimperialista, incómodo, popular y cubano que soñamos se distingue precisa y nítida la imagen de Fernando, hagamos con sus estaciones lo que él nos pedía que hiciéramos con la obra del Che: “Vamos a tomarlo para hacerlo realmente nuestro, apoderarnos de él y vamos, sobre todo, a utilizarlo”.
(Tomado de Desbloquendo Cuba)

martes, 5 de diciembre de 2017

No hay razas, pero hay racismo

Por Luis Toledo Sande

Recientemente alguien dijo: “No hay racismo, porque no hay razas”, y otra persona exclamó: “¡Ojalá!”. La segunda reaccionaba ante una interpretación simplista de juicios luminosos como el que le permitió a José Martí adelantar en “Nuestra América” (1891) una verdad que tardaría más de un siglo en ser avalada por descubrimientos científicos.
El juicio martiano, acaso más citado que asumido a fondo, parte de expresar: “No hay odio de razas, porque no hay razas”, y atribuye a “pensadores canijos” el enhebrar y recalentar “las razas de librería”, ajenas a “la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre”. Luego afirma: “El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color”.
Martí se distanció raigalmente de lo que él —como se lee en su semblanza de Ralph Waldo Emerson— consideraba insectear en lo concreto, actitud propia del positivismo. Apreció que, por ostensibles que sean las diferencias entre los grupos que lo integran, el género humano encarna una abarcadora identidad y no está dividido en razas, como lo están otras especies del reino animal, en el que la humana se distingue por ser portadora de la razón, aunque aún no haya sido capaz de emplearla en plenitud.
Se reconoce que con la mundialización determinada por el capitalismo que se expandía, el pensamiento dominante aplicó a la valoración de la humanidad el concepto de razas, propio de la zoología. Tal manejo, con el cual se ha intentado justificar la opresión de las supuestas “razas inferiores”, creció desde el mal llamado Descubrimiento de América, hito en la interconexión planetaria. Hasta entonces era frecuente que compartieran matices de piel los esclavizados y los esclavistas, y estos últimos no necesitaban colorear la lucha de intereses, de clases.
Con el sojuzgamiento de los pueblos originarios de la que se bautizó como América, y de africanos traídos a ella por la fuerza, creció la aviesa construcción conceptual, que magnifica las particularidades étnicas. Revolucionario fundador, Martí solía hablar desde el deber ser, pero no ignoraba la realidad que enfrentaba, ni soslayaba las falacias en boga. Eso explica que, aunque convencido de la inexistencia de razas en el género humano, a las líneas antes citadas añadiera: “Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”.
Ese llamamiento era necesario entonces, y sigue siéndolo hoy, hasta en lugares donde la repudiable mistificación pudiera estimarse erradicada y contradiga los ideales de justicia cultivados. En Cuba, y no solo en el cuchicheo irresponsable, se oye hablar de grupos poblacionales diferenciados por edad, sexo —cuyas complejidades ni se rozarán aquí—, origen social —tan a menudo visto de manera mecánica— ¡y “raza”!
Profesionales afanados en educar a la ciudadanía en el cuidado de la salud —que se debe procurar no solo para el cuerpo, sino también para el pensamiento— incluyen entre los factores de riesgo para contraer determinadas enfermedades el pertenecer a una raza u otra. Ese criterio abona prejuicios, y se suma al de especialistas que, refiriéndose a los animales no racionales, llaman “ejemplares genéticamente sanos” a los de “raza pura”.
Lo que el sabio Fernando Ortiz —de rica y a menudo ignorada evolución en el tema, y que se propuso tener por guía la luz martiana— llamó “el engaño de las razas”, se ha fabricado de modo sistemático y nocivo hasta la inercia, y sigue causando estragos. Quiérase o no, aun al sostener la igualdad de “las razas humanas”, o negar los criterios con que las esgrime el pensamiento opresor, se asume que ellas existen.
Del racismo, enfermedad social, es malvado hasta el nombre, lo que no sucede con las fisiológicas. Aunque científicamente no se denominara Mycobacterium tuberculosis, es el bacilo de Koch —no la palabra tuberculosis, por aterradora que sea— lo que arruina al organismo infectado. Pero el término racismo perpetúa efectos de la perversión que él designa: al usarlo se gira en torno a la idea de raza.
Que, sin haber razas en la humanidad, se hable de ellas —no siempre involuntaria o ingenuamente— como si existieran, se debe a que el racismo sigue en pie, y no solo en cuestiones lexicales, cuya importancia, por otra parte, no cabe menospreciar, dada su íntima relación con el pensamiento. Este se lastra con malos usos, y con malversaciones conceptuales como las en boga con humanitario, daños colaterales y austeridad. La inercia lingüística parece eternizar el uso de racismo, hasta en afanes por condenarlo, a veces encaminados de modos que parecen calzar lo mismo que se quiere abolir.
Desde su llegada al poder en 1959, la Revolución Cubana derribó barreras contrarias a la dignidad de las personas. En la injusticia imperante en cuanto a derechos ciudadanos en general, relaciones laborales y acceso al bienestar operaban las barreras mayores, pero entre las más visibles estaban los clubes que separaban a “blancos” y a “negros”. Por muy explicable que pueda ser, resulta lacerante percibir que cincuenta años de brega revolucionaria no bastan para erradicar totalmente prejuicios sembrados durante siglos.
Ni siquiera es seguro que salga sobrando repudiar el estrabismo conceptual infuso en la suposición de que el antídoto contra el racismo que subiste en Cuba puede hallarse en instituciones —prensa, academia y otras— que han servido y sirven al pensamiento dominante de naciones donde el racismo ha imperado e impera. En los Estados Unidos la independencia se logró sobre las espaldas de esclavos “negros”, y crecieron engendros como el Ku Klux Klan y el supremacismo, cuyas secuelas perduran.
Aunque el homo sapiens proviene de África, vale respetarle a cada quien el derecho a proclamarse de un origen u otro. Pero, en un país mestizo como Cuba, es probable que quien por razones étnicas se considere afrodescendiente, venga también de ancestros hispanos, sin que eso agote sus abolengos. En el ajiaco cubano figuran el ingrediente chino y otros de menor cifra —franceses, árabes, japoneses, suecos…—, sin descontar el de vecindades caribeñas ni el aborigen. Este, a pesar del genocidio a que lo sometió la Conquista, sobrevive en la genética, en la lengua, en alimentos y en otras expresiones culturales.
Valdría indagar en qué medida el apogeo con que desde hace unos años, en Cuba, como en otras partes, ha prosperado la noción de afrodescendencia no solo ha obedecido a su factual legitimidad objetiva, sino también al influjo de realidades ajenas. En los Estados Unidos las clases dominantes, hijas putativas del muy racista imperio británico, usaron la mencionada noción para segregar —como a los pobladores aborígenes— a los de ancestros africanos, hasta infundirles, no obstante su peso en la integración nacional, la idea de que no eran, o no son, estadounidenses. Así se les ha querido negar el derecho y la responsabilidad de saberse parte de la nación, y transformarla.
Cuba tendrá hoy deformaciones inseparables de la herencia del colonialismo español y la dominación que el imperialismo estadounidense le impuso de 1898 a 1958 y cada día intenta reconquistar. Pero en esa realidad tiene su propia historia. En sus campañas por la libertad se mezclaron en las huestes emancipadoras Carlos Manuel de Céspedes y sus otrora esclavos, Mariana Grajales y Ana Betancourt, Máximo Gómez y Antonio Maceo, José Martí y Juan Gualberto Gómez, y en años posteriores brillaron Abel Santamaría y Juan Almeida, Gerardo Abreu (Fontán) y Frank País, para solo citar nos cuantos nombres emblemáticos. De ese crisol surgió el líder Fidel Castro Ruz.
Todos se sentían y eran cubanos, mientras que en las fuerzas de la opresión “brillaron” sucesivamente, para no abrumar con ejemplos, el “blanco” Gerardo Machado y el “mulato” Fulgencio Batista, que hicieron asesinar por igual a revolucionarios étnicamente diversos. El racismo podía, sí, asomar hasta en la lucha revolucionaria. Montada sobre la música de La Chambelona, una copla revolvió el origen étnico del último tirano: “Batista no tiene madre porque lo parió una mona”. Y no habrá faltado el cubano dispuesto a derramar su sangre por la libertad de África, pero no a tolerar como hecho natural el casamiento de su hija “blanca” con un “negro”. El matiz racista en las preferencias relativas a la pareja se trenza en una complejidad multilateral que requeriría un texto aparte para tratarla.
Experto en mentir y calumniar, el imperio viene de una tradición en la que dividir es un recurso preferente para dominar —sin prescindir de agresiones armadas, bloqueos, saqueos, genocidios— y se ha permitido tratar de darle a Cuba, y al mundo todo, lecciones sobre democracia, legalidad internacional y derechos humanos, que él viola sistemáticamente. Ha tenido asimismo la desfachatez de azuzar odios propios del racismo en la misma Cuba que tanto ha hecho por erradicar ese mal. ¿Sería sensato descartar que los farisaicos ardides imperiales hayan tenido algún grado de éxito?
Después de tanta historia, de tanta sangre de diferentes etnias vertida dentro y fuera de su territorio, Cuba merecería que en ella ninguna etiqueta demográfica fuera más entrañable que el gentilicio cubano, y cubana. Pero contra ello conspira no solo lo que viene del pasado, sino torcimientos entronizados hoy al calor de la creciente gestión privada, contra la que no procede enfilar cañones impertinentes, pero sí aspirar a que funcione el control legal necesario para impedir descarríos. A veces se busca una “buena presencia física” que parece apuntar a pretensiones de la eugenesia “aria”, a maniobras de un racismo contrario a las leyes, el espíritu y las tradiciones emancipadoras de la nación.
Con el reclamo de “buena presencia” se junta la proliferación del aristocratizante VIP, que privilegia a quienes son presuntamente very important persons y margina a quienes supuestamente no merecen ese tratamiento. Funciona, además, en inglés, y algún establecimiento privado —entre los que no faltan los que idealicen y le rindan culto al pasado de la nación, con Batista incluido— puede ostentar un nombre como VIP Havana. El asunto se torna aún más complejo porque desde antes del rescate del sector privado, en los aeropuertos y billetes de reservación aérea del país la capital no se llama La Habana, sino Havana, y el concepto de VIP —que ya algunos revolucionarios reclamaban en pos del confort que, debido a su rango, se les asignaba administrativamente por lo menos para viajes aéreos— asomaba en trámites protocolares oficiales.
En esa compleja y a veces indeseable realidad parece natural publicar, para revertir silenciamientos injustos, volúmenes no solo de textos escritos por o acerca de mujeres cubanas en general, sino, en particular, mujeres “negras”. De ser ello realmente necesario, porque alguien se sienta o sea excluido o negativamente discriminado —si lo fuera de modo meliorativo, ¿le molestaría?—, sería una señal que apunta a todo cuanto debe ser cambiado en la realidad, y ello remite al concepto de Revolución legado por el líder Fidel Castro. Pero, en Cuba, si tal distinción no es necesaria, reclamaría medidas persuasivas y funcionales para prevenir lo que pudiera ser búsqueda de espacios o el fomento, aunque fuera involuntario, de divisiones que, lejos de hacerle bien, podrían dañar a la nación.
No se habla de editoriales privadas —que, de existir, tampoco tendrían por qué estar exentas de todo tipo de control social sano—, sino de las que, obra de la Revolución, son parte de las propiedades de todo el pueblo, con las que el Estado tiene serias responsabilidades que cumplir. A todas las instituciones del país, y a la ciudadanía en general, las convocan el derecho y el deber de coadyuvar con labor educativa, con prédica cultural inteligente, con hechos prácticos —sin obviar las medidas punitivas que puedan ser indispensables—, a la erradicación de un mal como el llamado racismo.
Sobre o contra ese crimen de lesa humanidad queda mucho por decir y por hacer. Sus flechas, envenenadas, son herencia de un pasado del cual, junto con virtudes salvadoras, el país también ha recibido —y serían inaceptables aunque fueran mínimas— prejuicios, suspicacias y resquemores múltiples. Además de saber —y a menudo parece ignorarse— que en la especie humana no existen razas, urge cultivar y conseguir que se imponga gustosamente lo que no cabe confiar ni a resentimientos ni a la espontaneidad: el funcionamiento social y los valores éticos capaces de impedir que tampoco haya racismo, eso que Martí, aun discrepando de una herencia lexical que todavía hoy está lejos de haberse superado, llamó, para condenarlo, el odio de las razas.
 La Jiribilla, 4/diciembre/2017.