martes, 7 de marzo de 2017

Las visiones de Fidel en los nuevos escenarios de lucha

Por: Fernando Martínez Heredia

Niños camagüeyanos participando en el desfile pioneril martiano en homenaje al Apóstol cubano José Martí, en el aniversario 164 de su natalicio, y en recordación al líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, el 28 de enero de 2017. Foto: Rodolfo Blanco/ ACN.
“Yo soy Fidel”, fue una consigna asumida por el pueblo cuando el Comandante desapareció físicamente. En la imagen, niños camagüeyanos participan en el desfile pioneril martiano en homenaje al Apóstol cubano José Martí, en el aniversario 164 de su natalicio, y en recordación al líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, el 28 de enero de 2017. Foto: Rodolfo Blanco/ ACN.
El primer homenaje que recibió Fidel al morir fue una consigna de hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “yo soy Fidel”. Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y que cuando el pueblo entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible. En esos días del duelo, Fidel libró su primera batalla póstuma y volvió a mostrarle a todos, como en 1953, el camino verdadero.
Hoy, cuando vamos a compartir acerca de los caminos de las luchas — porque lo verdadero son las luchas — , es natural comenzar con la ayuda de Fidel, y emular con sus ideas y sus actos para sacarles provecho, no imitándolos, sino traduciéndolos a nuestras necesidades, situaciones y acciones.
Para sacarle provecho a Fidel, tenemos que evitar repetir una y otra vez lugares comunes y consignas. Conocer más las creaciones y las razones que lo condujeron a sus victorias, las dificultades y los reveses que Fidel enfrentó, lo que pensó sobre los problemas, sus acciones concretas, puede aportarnos mucho, y de esa manera será más grande su legado.
En el tiempo de su vida pueden distinguirse tres aspectos: Fidel, joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana y el líder latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial.
Fidel brinda un gran número de enseñanzas, tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales. Quisiera enumerar muy brevemente algunas de las características de su legado que me parecen importantes para nuestros objetivos:
1- Partir de lo imposible y de lo impensable, para convertirlos en posibilidades mediante la práctica consciente y organizada y el pensamiento crítico, conducir esas posibilidades actuantes hacia la victoria al mismo tiempo que se forman y educan factores humanos y sociales para poder enfrentar situaciones futuras, y mediante las luchas, los triunfos y las consolidaciones convertir las posibilidades en nuevas realidades.
2- No aceptar jamás la derrota. Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin cesar contra ella. Me detengo en cinco casos importantes en su vida en que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el proceso de rectificación y la batalla de ideas. En 1953 respondió a la derrota del Moncada con un análisis acertado de la situación para guiar la acción. Cuando todos creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario. En 1956, cuando el desastre del Granma, respondió con una formidable determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la lucha elegida, por saber que era la acertada.
En 1970, comprobó que lograr el despegue económico del país era extremadamente difícil, pero entonces apeló a los protagonistas, mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es poder”. En 1985, fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo que iba a hacer la URSS, que le traería a Cuba soledad, desastre económico y más grave peligro de ser víctima del imperialismo, pero su respuesta fue ratificar que el socialismo es la única solución para los pueblos, la única vía eficaz y la única bandera popular, que lo necesario es asumirlo bien y profundizarlo. Entonces movilizó al pueblo y acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos de la Revolución Cubana en la lucha para sobrevivir, lanzó y protagonizó la Batalla de Ideas, con sus acciones en defensa de la justicia social, su movilización popular permanente y su exaltación del papel de la conciencia.
3- La determinación de luchar en todas las situaciones. Sería muy conveniente considerar como concepto a la determinación personal, en el estudio de los que se lanzan a lograr transformaciones sociales. La praxis es decisiva.
4- Organizar, fue una constante, una fiebre de Fidel.
5- La comunicación siempre, con cada ser humano y con las masas, en lo cotidiano y en lo trascendente, es una de las dimensiones fundamentales de su grandeza y es uno de los requisitos básicos del liderazgo.
6- Utilizar tácticas muy creativas, y estrategias impensables, y sin embargo factibles.
7- Luchar por el poder y conquistarlo. Mantener, defender y expandir el poder. Se puede discutir casi eternamente acerca el poder en términos abstractos, pero solo las prácticas revolucionarias logran convertir al poder en un problema que pueda resolverse.
8- Crear los instrumentos y los protagonistas. Tomar las instituciones para ponerlas a nuestro servicio, no para ponernos al servicio de ellas.
9- Ser más decidido, más consciente y organizado, y más agresivo que los enemigos.
10- Enseñar y aprender al mismo tiempo con los sectores del pueblo que participan o que simpatizan, y después con todo el pueblo. Avanzar hacia formas de poder popular.
11- El gran logro cubano, unir la liberación nacional a la revolución socialista.
12- Ser siempre un educador. Hacer educación a escala del pueblo. Que el pueblo se levante espiritualmente y moralmente, para que se vuelva participante consciente y capaz de todo, complejice sus ideas y sus sentimientos y enriquezca sus vidas.
13- Que la concientización esté en el centro del trabajo político, no solo para avanzar y ser mejores, sino para que la política llegue a convertirse en una propiedad de todos.


“La mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962”, dice Martínez Heredia. En la imagen, Fidel en 1976, durante el discurso en el acto de masas en honor al General Omar Torrijos, Jefe de Gobierno de la República de Panamá, efectuado en la Ciudad Escolar “26 de Julio”, en Santiago de Cuba. Foto tomada de Fidel Soldado de las Ideas.
Siento que la mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962.
Desde hace un año estamos oyendo decir que la situación en nuestro continente se ha vuelto cada vez más difícil, por que acontecen hechos adversos a los pueblos, y por la ofensiva del imperialismo y sus cómplices de clases que son a la vez dominadas por él y dominantes en sus países. Aunque parezca que empiezo por el final, quisiera comenzar con un comentario acerca de las relaciones que existen entre dificultades y revolución.
Para los revolucionarios, y durante los procesos de revolución, hay momentos felices y procesos felices, pero en las revoluciones verdaderas no hay coyunturas fáciles. Cuando puedan parecernos fáciles es solamente porque no nos hemos dado cuenta de sus dificultades. Y es así porque estas revoluciones, a las que amamos y por las que estamos dispuestos a todo, son las iniciativas más audaces y arriesgadas de los seres humanos, que emprenden transformaciones prodigiosas liberadoras de las personas y de las relaciones sociales, a tal grado que nunca más quieran, ni puedan, volver a vivir en vidas y sociedades de dominación y de violencias y daños de unos contra otros, de individualismo y afán de lucro. Son revoluciones que pretenden ir creando personas cada vez más plenas y capaces, y realidades que contengan cada vez más libertad y justicia, donde entre todos se logre cambiar el mundo y la vida. Es decir, crear personas y realidades nuevas.
Si lo que acabo de decir le parece imposible al mundo existente y las creencias vigentes en la prehistoria de la humanidad, al sentido común y al consenso con lo esencial que mantiene a las sociedades sujetas al capitalismo, ¿cómo no va a ser sumamente difícil todo lo que hagamos y proyectemos? Si jamás las clases dominantes estarán dispuestas a admitir que se levante el pueblo y adquiera dignidad, orgullo de sí mismo y dominio de la situación, conciencia y organizaciones suyas, a su servicio y eficaces, que esté en el poder y que lo convierta en un poder popular, entonces hay que convenir en que en esas épocas todo se vuelve muy difícil para la causa del pueblo.
El joven Carlos Marx avizoraba bien cuando escribió que solamente mediante la revolución podrán los dominados salir del fango en que viven metidos toda su vida, porque los cambios y la creación de nuevas sociedades exigen también liberaciones colosales de los enemigos íntimos que todos albergamos dentro.
¿Cómo no van ser tan difíciles las revoluciones de liberación? Pero, si miramos bien y no nos dejamos desanimar, constataremos que el campo popular ya tiene mucho a su favor. Entremos con esas armas en un problema inmediato, que no es pequeño. La coyuntura actual expresa de manera escandalosa una carencia del campo popular que se ha ido acumulando en las últimas décadas, al mismo tiempo que esa carencia dejaba de ser percibida como una grave debilidad: la de un pensamiento verdaderamente propio, capaz de fundamentar su identidad en relación con su conflicto irremediable con la dominación del capitalismo, y capaz de servir para comprender las cuestiones esenciales de la época, las coyunturas, los campos sociales implicados y las fuerzas en pugna.
Un pensamiento, por consiguiente, fuerte, convincente y atractivo, al mismo tiempo que útil como instrumento movilizador y unificante de lo diverso, y como herramienta eficaz para guiar análisis y políticas acertadas que contribuyan a la actuación y a la formulación de proyectos.
Esa ausencia del desarrollo de un pensamiento poderoso del campo popular, crítico y creador, puede constatarse ante el estupor y la falta de explicaciones válidas que han abundado frente a los acontecimientos en curso en varios países latinoamericanos, que han registrado diferentes quebrantos, derrotas o retrocesos de procesos que han sido favorables a sus poblaciones y a su autonomía frente al imperialismo en lo que va de este siglo. En lugar de análisis coherentes, profundos y orientadores hemos escuchado o leído más de una vez comentarios superficiales revestidos con palabras que quisieran ser conceptos, o dogmas que quisieran cumplir funciones de interpretación.
Nada se avanza cuando se tilda de malagradecidos a sectores pobres o paupérrimos que mejoraron su alimentación y sus ingresos, y tuvieron más oportunidades de ascender uno o dos peldaños desde el fondo del terrible orden social, porque no han sido activos en defender a gobiernos que los han favorecido, o hasta les han vuelto la espalda en determinados eventos que les aportan triunfos a los reaccionarios. Y hasta se intenta explicar esos sucesos con retazos de una supuesta teoría de las clases sociales, como cuando se repite la proposición absurda de que “se convirtieron en clase media, y ahora actúan como tales”.
Es preferible comenzar por ser precisos ante los hechos y partir siempre de ellos, como cuando el dirigente del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, Joao Pedro Stedile, dice: “Tenemos muchos retos de corto plazo para poder enfrentar a los golpistas. La clase trabajadora sigue en casa, no se movilizó. Se movilizaron los militantes, los sectores más organizados. Pero el 85 por ciento de la clase sigue viendo novelas en la televisión”.
Tampoco se va lejos cuando se elaboran y discuten explicaciones de los eventos y las situaciones políticas e ideológicas candentes de la coyuntura a base de menciones acerca del fin de ciclos de altos precios de las materias primas, ni siquiera cuando economistas capaces ofrecen datos serios y añaden el descenso de la dinámica de la economía mundial y otros factores y procesos adversos.
Simplificando un poco más, habríamos tenido unos quince años de victorias electorales, gobiernos llamados progresistas y notables logros por medidas sociales, una fuerte autonomización de gran parte del continente respecto a los dictados de Estados Unidos y avances en las relaciones bilaterales y las coordinaciones de los países de la región hacia una futura integración, solamente porque tuvimos un largo ciclo de altos precios de exportación de las materias primas, algo que es explicable por los avatares de la economía mundial. Y como ahora esta se mueve en otro sentido y bajan los precios, debe terminar el ciclo político y social, y “la derecha” debe avanzar y recuperar sin remedio la posición dominante que había perdido.
Una persona con buena memoria y escasa credulidad se preguntaría enseguida cómo fue posible que a inicios de los años setenta del siglo pasado no sucediera en la región lo mismo que a inicios de este siglo, en cuanto a elecciones victoriosas, buenas políticas sociales y más autonomía de los Estados y horizontes integracionistas. Porque en aquella coyuntura subieron mucho los precios de las materias primas y, además, en buena parte de la región se vivían aumentos más o menos grandes del sector industrial, con ayuda de aquellos redesplazamientos jubilosos del gran capital en busca de maximización de ganancias que hoy tanto disgustan a Donald Trump.
Lo que sucedió entonces fue totalmente diferente: dictaduras, represiones que llegaron hasta el genocidio, conservatización de las sociedades y otros males, que no deben ser olvidados. Por consiguiente, hay que concluir, no es verdad que a determinada situación económica le “correspondan” necesariamente ciertos hechos políticos y sociales, y no otros.
En este caso estamos ante una de las deformaciones y reduccionismos principales que ha sufrido el pensamiento revolucionario, quizás la más extendida y persistente de todas: la de atribuir una supuesta causa “económica” a todos los procesos sociales. Detrás de su aparente lógica está la cosificación de la vida espiritual y de las ideas sociales que produjo el triunfo del capitalismo, que es aceptada por aquellos que pretenden oponerse al sistema sin lograr salir de la prisión de su cultura, y la consiguiente incapacidad de comprender que son los seres humanos los protagonistas de todos los hechos sociales.
Acto central conmemorativo por el XXXII aniversario del asalto al Cuartel Moncada celebrado en la provincia de Guantánamo en 1985. Pronuncia discurso. Foto: Editora Política.
Fidel en el acto central conmemorativo por el XXXII aniversario del asalto al Cuartel Moncada, celebrado en la provincia de Guantánamo en 1985. Pronuncia discurso. Foto: Editora Política.
Tres procesos sucedidos dentro las últimas cuatro décadas han tenido un gran impacto y muy duraderas consecuencias para nuestro continente. El estrepitoso final del sistema que llamaban socialismo real y sus constelaciones políticas en el mundo, con consecuencias tan negativas en numerosos terrenos. El de la imposibilidad para la mayoría de los países del planeta de lograr el desarrollo económico autónomo de un país sin que necesariamente saliera del sistema del capitalismo. La terrible realidad fue la continuación de regímenes de explotación, opresiones y neocolonialismo, sin que fuera posible desplegar economías nacionales autónomas y capaces de crecer en beneficio del pleno empleo, más producción y productividad, servicios sociales suficientes para todos y una riqueza propia que repartir. El tercer proceso fue el de la consumación del dominio de Estados Unidos sobre casi todo nuestro continente. El capitalismo en América Latina transitó un largo camino de evoluciones neocolonializadas, sobredeterminadas por el poder de Estados Unidos, que lo dejó mucho más débil y subalterno.
Las lecciones que nos brindan esos tres procesos están claras y son sumamente valiosas. Una, todos los avances de las sociedades son reversibles, aun los que se proclamaban eternos; es imprescindible conocer qué es realmente socialismo y qué no lo es. Hay que comprender y organizar la lucha por el socialismo desde las complejidades, dificultades e insuficiencias reales, sin hacer concesiones, como procesos de liberaciones y de creaciones culturales que se vayan unificando.
Dos, el capitalismo es un sistema mundial, actualmente hipercentralizado, financiarizado, parasitario y depredador, que solo puede vivir si sigue siéndolo, por lo que no va a cambiar. Las clases dominantes de la mayoría de los países necesitan subordinarse y ser cómplices de los centros imperialistas, porque no existe espacio ni tienen suficiente poder para pretender ser autónomos. La actividad consciente y organizada del pueblo, conducida por proyectos liberadores, es la única fuerza suficiente y eficaz para cambiar la situación. Para la mayoría de los países del planeta, serán los poderes y los procesos socialistas la condición necesaria para plantearse el desarrollo, y no el desarrollo la condición para plantearse el socialismo, como dijo Fidel en 1969.
Tres, Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades, como una sobredeterminación en contra de la autonomía de los Estados, el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de liberación de los pueblos. La explotación y el dominio sobre América Latina es un aspecto necesario de su sistema imperialista, y siempre actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio.
Como era de esperar, el capitalismo pasó a una ofensiva general para sacarle todo el provecho posible a aquellos eventos y procesos, y establecer el predominio planetario e incontrastado de su régimen y su cultura. El objetivo era, más allá de las represiones y las políticas antisubversivas, consolidar una nueva hegemonía que desmontara las enormes conquistas del siglo XX, manipulara las disidencias y protestas inevitables, y las identidades, impusiera el olvido de la historia de resistencias y rebeldías, y lograra generalizar el consumo de sus productos culturales y el consenso con su sistema de dominación.
Esa ofensiva no terminó, sino que se consolidó como una actividad sistematica, que sigue siéndolo hasta hoy. Es dentro de ese marco general que en cierto número de países de América Latina y el Caribe, que es la región del mundo con mayor potencial de contradicciones que pueden convertirse en acciones contra el sistema, movimientos populares combativos y victorias electorales produjeron cambios muy importantes de la situación general, a favor de sectores muy amplios de la población y de la capacidad de actuación independiente de una parte de los Estados.
La institucionalidad y las reglas políticas del juego cívico no fueron violadas para acceder y mantenerse en el gobierno, pero dentro de ese orden se han logrado reales avances, que sintetizo en seis aspectos: políticas sociales que benefician a amplios sectores necesitados; ejercicios de la ciudadanía mucho más amplios y mejores; cambios muy positivos en la institucionalidad en algunos de esos países; un rango apreciable de autonomía en el accionar internacional; más relaciones bilaterales latinoamericanas; y adelantos en las relaciones y coordinaciones de los países de la región, bajo la advocación de la necesidad de una integración continental.
No me detengo en esas nuevas realidades, que han alentado muchas motivaciones y esperanzas de avanzar hacia cambios más profundos, y han recuperado la noción del socialismo como el horizonte a conquistar, pocos años después de aquel colapso europeo que el capitalismo pretendió que fuera definitivo a escala mundial. Pero si quiero enfatizar dos cuestiones que el militante social y político debe analizar, conocer y manejar en sus prácticas.
Primera, cada país tiene características, dificultades, acumulaciones históricas y condicionamientos que son específicos de él y resultan decisivos, al mismo tiempo que existen rasgos y necesidades comunes a la región que pueden ser fuente de aumento de la fuerza y el potencial de cada país, si somos capaces de desarrollar la cooperación y el internacionalismo.
Segunda, los poderes establecidos en estos países confrontan enormes limitaciones, porque tienen muy poco control de la actividad económica, y padecen la hostilidad de una parte de los propios poderes del Estado y de los medios de comunicación.
Al hacer un balance de 2016, podemos constatar lo específico de cada país. La gran victoria electoral legislativa de la reacción venezolana no consiguió deponer a Maduro, y ahora se encuentra sin fuerza, unidad ni líderes suficientes para intentarlo. Pero en Brasil una pandilla de delincuentes logró todo lo que quiso, sin que haya fuerzas populares organizadas para resistir con alguna eficacia. Los procesos de Bolivia y Ecuador se mantienen fuertes y estables ante sus situaciones específicas, y en Nicaragua el FSLN acaba de ganar otra vez las elecciones muy holgadamente. En México no es probable un triunfo de partidos opositores en 2018, aunque el prestigio del equipo gobernante está muy deteriorado y existen manifestaciones de protesta y resistencia no articuladas.
Estas especificidades, y muchos otras de tamaño y sentido diferentes, podrían irse enumerando, pero seguiría en pie un problema de gran envergadura: Estados Unidos continúa su ofensiva general dirigida a recuperar todo el control neocolonial sobre América Latina –incluida una “ofensiva de paz” contra Cuba — , y el bloque que forma con los sectores reaccionarios y entreguistas de cada país continúa tratando de cancelar o ir debilitando los procesos de los últimos quince años de la región.
¿Será suficiente el voto, la voluntad popular expresada en las urnas, al menos para defender con éxito las políticas sociales, los funcionarios electos y la legalidad existente, y que ellos no sean burlados, quebrantados o eliminados por la reacción? ¿Podrán seguir existiendo los procesos basados en una institucionalidad sin cambios en el suelo social y político para lograr transformaciones que beneficien a la población y abran paso a sociedades más justas y mejor gobernadas? ¿O, en unos casos, esa vía solo franqueará una forma intermedia de reconstitución a mediano plazo del poder del capitalismo en la región, en apariencia más avanzada que las formas previas, pero que en realidad habría sido solamente su puesta al día, sin afectar a lo esencial del sistema de dominación? Mientras que en otros países del continente se ha permanecido bajo el control del sistema y de camarillas que detentan o administran el poder.
Nada está decidido, ni nuestros enemigos ni nosotros tenemos la victoria al alcance de la mano. Pero albergo la certeza de que las batallas ideológicas y políticas serán las que determinarán la decisión en el enfrentamiento general.
Destaco tres direcciones principales para el trabajo de análisis: a) buscar con rigor y sin omisiones todos los datos y todas las percepciones y formulaciones ideológicas que tengan alguna importancia –porque tanto unos como las otras constituyen las realidades que existen — , analizarlas por partes e integralmente, encontrar y formular lo esencial y describir al menos lo secundario; b) examinar y valorar los condicionamientos que sean relevantes para nuestra actuación, institucionales, económicos, ideológicos, políticos o de otro tipo; c) analizar y conocer las identidades, motivaciones, demandas, capacidad movilizativa y grado de organización con que contamos, y lo que está a favor de nuestros adversarios en esos mismos campos, es decir, la correlación de fuerzas. E insisto en que son las actuaciones de los seres humanos la materia principal de los eventos que mañana serán históricos.
La reacción no está proponiendo ideas, está produciendo acciones. No maneja fundamentaciones acerca de la centralidad que debe tener el mercado, la reducción de las funciones del Estado, la apología de la empresa privada y la conveniencia de subordinarse a Estados Unidos. No es a través del debate de ideas que pretende fortalecer y generalizar su dominio ideológico y cultural. El anticomunismo y la defensa de los viejos valores tradicionales ya no son sus caballos de batalla, ni los viejos organismos políticos son sus instrumentos principales.
Fidel pronuncia discurso en la Clausura del VII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, efectuada en el Teatro "Karl Marx". Foto: Estudios Revolución.
Fidel pronuncia discurso en la Clausura del VII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, efectuada en el Teatro “Karl Marx”. Foto: Estudios Revolución.
Desde hace veinte años vengo planteando que el esfuerzo principal del capitalismo actual está puesto en la guerra cultural por el dominio de la vida cotidiana, lograr que todos acepten que la única cultura posible en esa vida cotidiana es la del capitalismo, y que el sistema controle una vida cívica despojada de trascendencia y organicidad. Lamento decir que todavía no hemos logrado derrotar esa guerra cultural.
El consumo amplio y sofisticado, que está presente en todas las áreas urbanas del mundo, pero al alcance solamente de minorías, es complementado por un complejo espiritual “democratizado” que es consumido por amplísimos sectores de población. Se tiende así a unificar en su identidad a un número de personas muy superior al de las que consumen materialmente, y lograr que acepten la hegemonía capitalista. La mayoría de los “incorporados” al modo de vida mercantil capitalista son más virtuales que reales. Pero, ¿formarán ellos parte de la base social del bloque de la contrarrevolución preventiva actual? El capitalismo alcanzaría ese objetivo si consigue que la línea divisoria principal en las sociedades se tienda entre los incorporados y los excluidos. Los primeros — los reales y los potenciales, los dueños y los servidores, los vividores y los ilusos — se alejarían de los segundos y los despreciarían, y harían causa común contra ellos cada vez que fuera necesario.
La reproducción cultural universal de su dominio le es básica al capitalismo para suplir los grados crecientes –y contradictorios — en que se ha desentendido de la reproducción de la vida de miles de millones de personas a escala mundial, y se apodera de los recursos naturales y los valores creados, a esa misma escala. Para ganar su guerra cultural, le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las rebeliones, homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los sueños. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas a su dominación, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él, llegaremos a un consenso suicida, porque el capitalismo no dispone de un lugar futuro para nosotros.
El capitalismo no intenta imponer un pensamiento único, como ellos afirman, sino inducir que no haya ningún pensamiento. Está en marcha un colosal proceso de desarmar los instrumentos de pensar y la costumbre humana de hacerlo, de ir erradicando las inferencias mediatas, hasta alcanzar una especie de idiotización de masas.
La situación está exigiendo revisar y analizar con profundidad y con espíritu autocrítico todos los aspectos relevantes de los procesos en curso, todas las políticas y todas las opciones. Esa actitud y las actuaciones consecuentes con ella son factibles, porque el campo popular latinoamericano posee ideales, convicciones, fuerzas reales organizadas y una cultura acumulada.
Una enseñanza está muy clara: distribuir mejor la renta, aumentar la calidad de la vida de las mayorías, repartir servicios y prestaciones a los inermes es indispensable, pero no es suficiente. Alcanzar victorias electorales populares dentro del sistema capitalista, administrar mejor que sus pandillas de gobernantes, e incluso gobernar a favor del pueblo a contracorriente de su orden explotador y despiadado, es un gran avance, pero es insuficiente. Vuelve a demostrar su acierto una proposición fundamental de Carlos Marx: la centralidad de una nueva política en la actividad del movimiento de los oprimidos, para lograr vencer y para consolidar la victoria.
Estamos abocándonos a una nueva etapa de acontecimientos que pueden ser decisivos, de grandes retos y enfrentamientos, y de posibilidades de cambios sociales radicales. Es decir, una etapa en la que predominarán la praxis y el movimiento histórico, en la que los actores podrían imponerse a las circunstancias y modificarlas a fondo, una etapa en la que habrá victorias o derrotas.
Comprender las deficiencias de cada proceso es realmente importante. Pero más aún lo es actuar. Concientizar, organizar, movilizar, utilizar las fuerzas con que se cuenta, son las palabras de orden. No se pueden aceptar expresiones de aceptación resignada o de protesta timorata: hay que revisar las vías y los medios utilizados y su alcance, sus límites y sus condicionamientos. Y hacer todo lo que sea preciso para que no sea derrotado el campo popular. La eficiencia para garantizar los derechos del pueblo y defender y guiar su camino de liberaciones debe ser la única legitimidad que se les exija a las vías y a los instrumentos. Las instituciones y las actuaciones tendrán su razón de ser en servir a las necesidades y los intereses supremos de los pueblos, a la obligación de defender lo logrado y la confianza y la esperanza de tantos millones de personas. Esa debe ser la brújula de los pueblos y de sus activistas, representantes y conductores.
En la época que comienza se está levantando una concurrencia de fuerzas muy diferentes e incluso divergentes, a quienes unirán necesidades, enemigos comunes y factores estratégicos que van más allá de sus identidades, sus demandas y sus proyectos. Y solamente tendrá probabilidades de triunfar una praxis intencionada, organizada, capaz de manejar los datos fundamentales, las valoraciones, las opciones, la pluralidad de situaciones, posiciones y objetivos, las condicionantes y las políticas que están en juego.
La radicalización de los procesos deberá ser la tendencia imprescindible para su propia sobrevivencia. Serían suicidas los retrocesos y las concesiones desarmantes frente a un enemigo que sabe ser implacable, pero lo principal es que — dado el nivel que han alcanzado la cultura política de los pueblos y las esperanzas de libertad, justicia social y bienestar para todos — los movimientos, los poderes y los líderes prestigiosos y audaces solo podrán multiplicar las fuerzas populares y tener opción de vencer si ponen la liberación efectiva de los yugos del capitalismo en la balanza de sus convocatorias a luchar.
La política revolucionaria no puede conformarse con ser alternativa. La naturaleza del sistema lo ha situado en un callejón sin salida en general, pero su poder y sus recursos actuales le permiten un amplio arco de respuestas contra los procesos en curso, y también puede dejarle un nicho de tolerancia a algunas alternativas mientras combina la inducción y la espera hasta que se desgasten. En la medida en que vayamos obteniendo triunfos y cambios de nosotros mismos, convertiremos las alternativas en procesos de emancipación humana y social.
Mientras exista la opresión, la explotación y la dominación capitalista, no habrá soluciones ni regímenes políticos y sociales satisfactorios para las mayorías, ni serán duraderos. La liberación de los seres humanos y las sociedades es lo que abrirá las puertas a la creación de un mundo nuevo. ¿Parece demasiada ambición? Sí, naturalmente. Pero es lo único factible.
(Palabras del autor en el 12º Paradigmas Emancipatorios)

Tiene la palabra el camarada Ambrosio


Raúl Roa, y otros compañeros en presidio, a causa de su militancia en la Revolución “del 30”.

Por Julio César Guanche

Este breve diálogo con Ambrosio Fornet data de 2005. En él, Fornet rememora detalles de la célebre entrevista que le hizo a Raúl Roa García, texto que acuñó la frase “la revolución del 30 se fue a bolina”.

Esa imagen se ha usado desprolijamente, pero hace ya unos años viene generando estudios que “revisan” esa idea, entre otros, de Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodriguez, Ana Cairo y Berta Álvarez.

El propio Roa dio en profundidad su opinión sobre esa revolución en “Escaramuza en las vísperas”. (Se reproduce en El santo derecho a la herejía. El socialismo cubano «por la libre» en Raúl Roa García (1934-1959), (Compilación y prólogo de Julio César Guanche), Ruth Casa Editorial/ICIC Juan Marinello, 2011. Consultar aqui

Reproduzco ahora aquel diálogo con Fornet, para contribuir al muy loable empeño de Dayron Roque, profesor de la Universidad de la Habana, de hacer de sus clases, además, un espacio virtual y colaborativo. Se puede consultar aquí lo que viene haciendo:


Esta es aquella entrevista:

Donde se hace la historia de cómo un “luciferino entrevistador” se enfrentó al único canciller del mundo que ha puesto por escrito la expresión “músculo primo”.

En 1967, en las páginas de la revista Cuba, apareció, sin crédito, una entrevista a Raúl Roa que a poco devenía célebre. Su autor padecería en el anonimato aún después, cuando publicado el libro La Revolución del treinta se fue a bolina, por Ediciones Huracán, tampoco se dio a conocer el nombre del que Roa calificara de “luciferino entrevistador”. A diez de últimas, se sabría que fue Ambrosio Fornet, y no otro, el responsable de aquella entretenida y densa relación de preguntas, que provocó que la ya de por sí lengua suelta de Roa, se soltara con entusiasmo mayúsculo. Todavía pesan, cual macizos baldones, sus frases sobre aquellos a quienes Roa les infligió sus invectivas, de una gracia que a varios de ellos seguramente les arrancó una sonrisa. Más allá de ello, sus ideas continúan cargando hoy toda la sabia provocativa que le fuera tan consustancial al autor deBufa subversiva. Para los lectores de La Jiribilla, Ambrosio Fornet devela los pormenores de aquella histórica entrevista.

Usted, en el prólogo a La Revolución del treinta se fue a bolina, refiere haberse abalanzado, en acción al parecer “espectacular”, sobre la mesa de la librería donde se hallaban los últimos ejemplares de la edición que hiciera Samuel Feijóo de Retorno a la alborada. ¿Qué motivaba aquel entusiasmo?

Los dos tomos de Retorno a la alborada —de 1964, si mal no recuerdo— recogen numerosos ensayos y artículos de Roa, de diferentes épocas, y en aquellos años era imposible encontrar en librerías esos textos. Para sus admiradores, como era mi caso, la simple idea de quedarse sin la edición, y tener que pedirla prestada o ir a leerla a una biblioteca, resultaba aterradora. Por eso me lancé de cabeza sobre aquellos solitarios ejemplares.

¿Qué significa Roa, además de ser el “tipo más simpático” de ella, dentro de esa heterogénea generación que solemos llamar “del 30”?

Roa era como la confirmación del arquetipo, no de toda la generación, sino de parte de ella, porque jóvenes simpáticos y dinámicos eran otros también, como es el caso de su gran amigo, Pablo de la Torriente Brau. Pero además Roa representaba la integridad y la fidelidad a sus principios, lo que no puede decirse de todos los que habían sido sus compañeros de lucha durante el machadato.

¿Podría usted, Ambrosio, describir pormenores de cómo fue concebida y escrita aquella entrevista que se haría famosa apenas publicada en la revista Cuba, con el título de “Tiene la palabra el camarada Roa”?

Bueno, la idea se le ocurrió a Ernesto González Bermejo, periodista uruguayo que en aquella época era jefe de redacción de la revista. Conociendo mi admiración por Roa, me preguntó si me gustaría que lo intentáramos, y yo, naturalmente, le dije que sí. Roa aceptó enseguida, pero estaba tan complicado entre el trabajo y las tiñosas —los rollos diplomáticos y las siembras de café, como decía él mismo— que me sugirió que le sometiera por escrito un cuestionario, para ir respondiéndolo en sus ratos libres. Yo, por supuesto, me despaché preguntándole sobre lo humano y lo divino, pensando, te lo confieso, que él iba a escoger unas preguntas y desechar otras, pero resultó que en un tiempo récord, una o dos semanas, me parece, las respondió “todas”. Y no solo eso, sino que me dio una cita, en su oficina de Relaciones Exteriores, para ventilar cualquier duda que pudiera haber quedado. Para mí, fue una experiencia memorable. Era la primera vez que hablaba personalmente con él.

Parece que los lectores recibieron la entrevista no solo con interés, sino también con regocijo…

Sí, porque Roa no se cuidaba, era bastante deslenguado, en privado y en público, y hablaba del “músculo primo” y ese tipo de cosas, lo que parecía impropio de un Ministro de Relaciones Exteriores… salvo si ese Ministro resultaba ser él, precisamente. Por cierto, la entrevista apareció muy bien ilustrada, pero con una lamentable omisión involuntaria: sin el nombre del “luciferino entrevistador”, como me había calificado Roa. Así que en el número siguiente se procedió a hacer la aclaración.

¿Nunca hubo planes para un “continuará”, para una segunda ronda de preguntas y respuestas?

Me hubiera gustado —con sus recuerdos y comentarios podía haberse armado un magnífico testimonio—, pero no se nos ocurrió. Sin embargo, me quedó la satisfacción no solo de la entrevista, sino de la confianza que Roa me dispensó, porque un buen día me llamó Rolando Rodríguez a su oficina —era entonces director del Instituto del Libro, donde yo trabajaba— y cuál no sería mi sorpresa —como diría un novelista decimonónico— al ver que Roa estaba allí y me pedía que yo le prologara su nuevo libro, Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, que aparecería en 1970. Era algo insólito —creo que lo he comentado en otra ocasión—, algo que solo a alguien como Roa podía ocurrírsele: que un desconocido, bastante joven todavía, prologara un nuevo libro suyo. El discípulo presentando al maestro a petición suya. No recuerdo un caso semejante en toda la historia de la bibliografía cubana, salvo quizás el de Fernando Ortiz.


Ambrosio Fornet

Para remedar el tono de aquella entrevista: “¿Podría usted retratar o definir con una frase” a un hombre como Roa, como lo hizo él con algunos de sus contemporáneos?

La verdad es que no. No tengo ni su ingenio ni su capacidad de síntesis. Además, Roa era tan polifacético que es imposible encasillarlo.

¿Qué ganarían los jóvenes cubanos, intelectuales o no, descubriendo o redescubriendo a Roa?

Lo que gané yo, y habrán ganado otros tantos como yo: la sensación de estar en contacto con un ser humano excepcional y de poder sostener un diálogo vivo con tu propia historia. Como otros revolucionarios del 30 que fueron también revolucionarios de los 60, la sola presencia de Roa nos aportaba algo fundamental en aquellos tiempos de rupturas, que era el sentido de continuidad. Eso les daba coherencia a nuestras búsquedas.

lunes, 6 de marzo de 2017

“La máquina del tiempo me dijo que los dos seríamos absueltos”, Fidel


“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores (…) El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”. (1), es una afirmación cuya vigencia cobra cada vez mayor fuerza al cimentarse en la memoria histórica de los pueblos de este otro lado del mundo y de sus convicciones patrióticas y de unidad.

A partir de esta afirmación visionaria desprendida del pensamiento de uno de los hombres más grandes de nuestra América, José Martí, al igual que de la posición y lucha contra el coloniaje y la explotación de otro también inmenso como Simón Bolívar, El Libertador, fue inaugurada en la capitalina Casa del Alba Cultural la exposición fotográfica y video titulada Lealtad infinita, en homenaje a las figuras de los comandantes Fidel Castro Ruz y Hugo Rafael Chávez Frías.

Imágenes diversas de camaradería y de afecto ilimitados confluyen en ambos soportes; momentos de auténtica valoración humana entre un padre y un hijo;entre los principios y consejos del padre, viejo político sagaz y del hijo atento y evocador de cada uno de los designios del otro.

Como bien plantease el embajador venezolano en Cuba, Alí Rodríguez, ante un numeroso auditorio reunido para la celebración: “La amistad representa uno de los más elevados sentimientos del ser humano; una forma elevada del amor más noble. Si algo simboliza ese amor de un padre a un hijo y de un hijo a un padre es la relación entre estos dos grandes hombres (…) Hay que trasladar el pensamiento de los dos a nuestros días”. Ese pensamiento martiano-bolivariano hecho realidad por vez primera entre Fidel y Chávez es lección y tributo final a la memoria histórica de ambos países y pueblos, cuando todavía la fuerza imperial continúa amenazante. Todos conocemos acerca de la devoción de Martí por Bolívar, al igual que aquella imagen de Martí cuando describe su visita a Venezuela (…) Ante la fuerza imperial aún amenazante sobre nuestras tierras, debemos mantenernos alertas. Estamos obligados con nuestros pueblos y con la memoria de Fidel y de Chávez a continuar la lucha”.

“La máquina del tiempo me dijo que los dos seríamos absueltos”, le diría al final del video Fidel a Chávez. Ciertamente. La fuerza inconmensurable de la verdad, la justicia y de la lealtad infinita de dos gigantes de nuestra América así lo ha corroborado.


(1) José Martí, Obras Completas. Ensayo Nuestra América. Tomo 6, pp.15-23

Fuente: CUBARTE

jueves, 2 de marzo de 2017

Cultura de los símbolos y realidades de la cultura

Por Luis Toledo Sande

El pasado 16 de febrero viajé a Santiago de Cuba con el colega Arnold August para rendir tributo, ante sus respectivas tumbas, a José Martí y a Fidel Castro. Buen amigo de Cuba, sobre cuya realidad revolucionaria ha escrito libros y artículos basados en su conocimiento directo del terreno, August había venido como parte de la delegación de su país, Canadá, a la Feria del Libro de La Habana, dedicada este año a esa nación. Entre sus contribuciones personales a la cita destacó una ponencia —“Fidel Castro, el poder político y la nueva cultura”, que reprodujo Cubadebate—, en el coloquio sobre el líder de la Revolución.

Al margen de esa labor quiso también consumar —por su cuenta, sin carga para ninguna institución del país— el homenaje aludido. Por su programa en la Feria y en torno a ella, y por la fecha fijada para el regreso a Montreal la ciudad canadiense donde reside y trabaja, debía viajar a Santiago y volver a La Habana el mismo día, lo que se complicó porque ya no había espacios en vuelos a Santiago, sino a Holguín. Tuvo que reservar la ida y la vuelta para los vuelos CU 964 y 974, respectivamente, asignados a un Boeing 737, y, por ser vuelos chárter, más caros, en pesos convertibles para ambos viajeros.

Para los desplazamientos Holguín-Santiago-Holguín logramos un taxi tramitado por Ezequiel Hernández Gómez, vicepresidente de la filial holguinera de la Unión de Periodistas de Cuba. El conductor, Roberto Rodríguez Pérez, fue eficiente, respetuoso y cordial. Entre los taxistas privados y los de Cubataxi —que es su caso— contactados, fue el que puso el precio menos alto, algo de agradecer, sobre todo porque en el país lo primero que se le hace a un taxi, aunque sea un vehículo de estreno, es anularle el taxímetro.

Desde que el avión despegó hacia Holguín las informaciones se dieron solo en inglés, aunque los pasajeros eran de distintas nacionalidades, no pocos hispanohablantes, incluidos cubanos residentes en Cuba. Ya avanzado el vuelo, le pregunté a la amable aeromoza que nos atendía por qué se hacía así aunque viajábamos en un avión operado por Cuba, con boletos vendidos aquí por Cubana de Aviación y en un vuelo nacional. Se deshizo en explicaciones: que el avión no es cubano, que está alquilado a Italia, que lo opera no recuerdo qué agencia (cubana), que el sobrecargo principal es italiano… Le faltó aducir el dominio estadounidense sobre la multinacional Boeing, y el sabor de ese nombre.

Entonces —le dije— ¿por qué no dan la información en español, italiano e inglés, en ese orden, si creen que el inglés es el idioma del mundo y no la lingua franca de un imperio, por influjo de la cual en aeropuertos y reservaciones aéreas del país su capital se llama Havana, mientras que en aeropuertos de otras latitudes se llama La Habana? La respuesta última fue que eso no dependía de ella, contestación que encarna una tragedia nacional.

No obstante, a punto de aterrizar en Holguín, el mensaje final a los viajeros se dio en español, italiano e inglés. Lleno de ilusiones, pensé: ¿Será que la queja surtió algún efecto? De hecho la habían respaldado quienes viajaban en la misma fila que August y yo: un cubano de Cuba nacido en Birán —como Fidel— y un matrimonio de turistas: peruana ella; él, un mexicano a quien la alegría del viaje no le impidió comentar dignamente la realidad impuesta a su país por factores internos (¡ay, Ayotzinapa!) y por designios estadounidenses.

No se debe menospreciar el valor cultural, político, histórico y moral de los símbolos, ni sucumbir al pensamiento pragmático, al acomodamiento y la resignación, que llevan a ignorar “detallitos” como la importancia de que, quien esté en Cuba, sienta que se halla en este país, no en otro, y lo rodea la cultura cubana, no otra. Si se desestima —ya sea en aviones o en uniformes de peloteros— lo que representa a la nación, desde la lengua —que tiene nombre de otro país pero lo han creado pueblos que le han impregnado su alma— hasta la bandera, el himno y el escudo, ¿por qué asombrarse de que proliferen símbolos y expresiones del imperio que se las ha arreglado para poner en marcha una maquinaria cultural, o anticultural, dominante, con recursos para imponerse como si fuera un hecho natural, si no divino? Se trata del mismo imperio que, pese a todo, mantiene el bloqueo económico, financiero y comercial contra Cuba y sigue tratando de torcerle el camino.

El destino primero del viaje era el cementerio de Santa Ifigenia, y a él llegamos sin percatarnos del madrugón que casi nos había impedido dormir la noche anterior. Valió la pena. ¡Cuánta callada y apreciable veneración en quienes —de Cuba y de otros países— van hasta allí para honrar el último testimonio de la existencia física de héroes fundadores!

A la entrada está el austero mausoleo de Fidel, como una trinchera de piedra, y de ideas, puesta a amparar a Martí, cuyos restos se encuentran a pocos metros. Ni siquiera percibimos el exceso de molesto control que, según nos habían dicho, hallaríamos en torno a la roca natural que protege las cenizas de Fidel, ni hay por qué descartar que, con el paso del tiempo y una mayor aceptación de la pérdida física del líder, y sin ceder al descuido ni perder solemnidad, la necesaria custodia se torne cada vez menos perceptible.

Todavía la organización topográfica para los movimientos por el sitio dificulta ver el cementerio y tomar fotos desde algunos ángulos que harían de ellas imágenes más representativas aún. Pero es necesario cuidar el sitio con esmero, y cualquier escollo resulta pequeño ante la emoción de acercarse a los lugares donde reposan los que fueron los huesos de luchadores que jamás descansaron cuando se trataba de defender a la patria natal, y a esa patria mayor que es la humanidad, en la que también se nace, se vive y se muere.

No se esbozará aquí, ni de lejos, la historia de aquel cementerio, ni un inventario de los restos sagrados que alberga. Sobre eso hablan datos y juicios en textos de varios autores, y este artículo tampoco intentará —¿con qué palabras?— dar fe de lo que allí se siente. También sobre eso abundan y abundarán asimismo testigos y testimonios, aunque tal vez ninguno alcance la altura de la realidad y las emociones que los animan.

Llegamos asimismo al otro punto relevante planeado para el viaje: Birán. Conmueve y alecciona como sitio donde nació quien devendría líder de la Revolución Cubana. Allí sobreviven signos que recuerdan desigualdades económicas y sociales de aquella época: a no muchos metros de la casona de la propiedad, se ven varias barracas de yagua, techo de guano y piso de tierra donde se alojaban inmigrantes antillanos, en especial de Haití, que acudían a Cuba para buscarse la vida, o la muerte, en el corte de caña y otros menesteres rudos. Y se aprecia el deseo justiciero con que el dueño, Ángel Castro, padre de Fidel y otros revolucionarios, procuró que niños y niñas de la servidumbre y de los alrededores tuvieran una escuela, la misma donde iniciaron el aprendizaje sus propios hijos.

El enclave alecciona igualmente, o sobre todo, por lo que aporta como otra prueba de la capacidad de algunos seres humanos —así el líder cuya existencia hizo que aquel entorno deviniese histórico— para no atascarse en lo mezquino y, en vez de eso, pensar más en el bienestar colectivo que en el suyo. De lo contrario, Fidel Castro Ruz pudo haber sido un millonario más, un abogado lleno de riquezas materiales, como en sus circunstancias pudo haber hecho José Martí, a quien talento le sobraba para saltar muy por encima de su origen humilde —que honró con su conducta, con cada uno de sus actos, con su vida de asceta— y hacerse una fortuna. Pero escogió ser uno de los pobres de la tierra, y tuvo plena moral para proclamar la decisión, consumada, de echar su suerte con ellos.

La necrópolis de Santa Ifigenia yo la conocía de varias visitas, todas antes de la partida de Fidel, y hacía más de cuarenta años que había visitado Birán, y aquellos lares me aportaban algo nuevo, como ocurre con sitios de tal índole, de tal significación. Pero, aunque las imágenes me reanimaban sentimientos o me despertaban otros, me detenía a observar en especial —sin comentarle nada, para no interferir en ellas— las emociones que, en silencio, experimentaba Arnold. Percibirlas bastaba para confirmar lo que Cuba, su historia y su Revolución representan para el mundo que José Martí se propuso alzar con el proyecto de 1895 y para todos los tiempos, con un ímpetu retomado por Fidel, en especial desde los sucesos del 26 de julio de 1953 y sus preparativos.

No noventa, ni cien, ni mil, infinitas razones hay para comprender la importancia de salvar a Cuba y su experimento justiciero, un propósito en que no cabe descuidar nada, ni lo que pudiera parecer minucia. El 22 de julio de 1893, en una circular a los presidentes de los clubes del Partido Revolucionario Cubano, Martí plasmó un principio de conducta que también hizo suyo Fidel: “la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra que con pretexto de la pobreza suelen echar los hombres sobre sí”.

Con esos sentimientos llegamos al aeropuerto Frank País, para tomar el avión en que debíamos viajar hasta La Habana, pero nos llevamos una sorpresa: no vimos ningún anuncio sobre ese vuelo. Preguntando, topamos con una noticia escueta, como si no requiriese ninguna explicación, que tampoco tuvimos: estaba cancelado, y nos subirían a otro avión. La información no resultaba clara, y, aunque fuimos tratados con vocación de amabilidad —una vocación que, para realizarse en plenitud, en casos tales demanda hechos—, sentimos necesario reclamar que se nos asegurase el regreso esa noche.

Insistimos en ello desde que recibimos la inquietante noticia, y renovamos el afán al oír que llamaban a los viajeros de otro vuelo y, al parecer, no se nos tenía en cuenta. Cuando preguntamos, la respuesta fue que debíamos seguir esperando. Temimos quedarnos varados largamente en aquel aeropuerto, lo que habría dado al traste con citas que, como una en Prensa Latina, Arnold tenía concertada en La Habana para la mañana siguiente.

No nos quedamos allí varados, pero tampoco se indemnizó a quienes —como el amigo canadiense— habían hecho reservaciones para un vuelo que, por ser chárter y tener supuestamente determinadas características adicionales, era bastante más caro. “Cubana no indemniza”, fue en esencia la respuesta que recibimos, y que expresa una deficiencia de funcionamiento nacional que habrá que revertir —de manera orgánica, como cuando se trate, por ejemplo, de personas que sufran accidentes debido al mal estado de calles y aceras— para lograr el país que necesitamos, debemos y deseamos tener: con prosperidad y ética sustentables, como se demanda que sea.

Si aún no hay recursos para reparar las vías públicas, para devolver lo que se ha cobrado de más no parece que hagan falta inversiones muy significativas. Sentido de responsabilidad sí se requiere, y eso nada ni nadie puede ni debe acorralarlo. En una nación bloqueada, no solo su línea aérea puede tener déficits, carencias materiales explicables, pero sería suicida acostumbrarse a ellas con la inercia acuñada en “Eso no está a mi alcance” o “Ese no es asunto mío”, expresiones que de distintas formas son cotidianas, y percibimos desde el primer tramo del vuelo. Aunque, al menos, este fue puntualísimo, y felizmente desmintió lo dicho por la vendedora de la reservación en Cubana al preguntársele si, dadas sus características —mayor precio incluido—, se cumpliría el itinerario programado: “Cubana no es puntual”, dijo con una franqueza tan natural como escalofriante.

Si la nación no toma esos toros, y otros, por los cuernos, y no alcanza los logros que tiene el deber de cosechar, quedará lejos de lograr todo lo que está llamada a realizar “para merecer decir somos Fidel”, título de un texto publicado en este portal Cubarte y escrito por el mismo autor del presente artículo. En todo caso, llegar a ese merecimiento y no hacer tal proclamación será más honroso que hacerla sin merecerlo. La grandeza de la memoria y el ejemplo de Martí y de Fidel, y de otros muchos héroes fundadores, exige que su pueblo y todas sus instituciones se apliquen a rendirles homenaje de pensamiento y de actos, en forma permanente y a la altura de lo que ellos legaron a su patria y al mundo.

Esa realidad estuvo presente en lo dicho por Arnold August cuando ya volábamos hacia La Habana: “Siempre recordaré este día. Cumplí el sueño de rendirles homenaje a Martí y al Comandante en Santa Ifigenia. Ya olvidé lo desagradable ocurrido”. Agradezcamos al buen amigo su lealtad, su ejercicio de memoria selectiva para pasar por alto déficits que dañan no solo la imagen de Cuba —lo que ya sería grave—, sino también su funcionamiento. Pero nosotros no podemos olvidar los desaguisados, ni dejar de combatirlos, pues solo erradicándolos estaremos en condiciones de cambiar todo lo que debe ser cambiado, y cultivar las realidades de una cultura llamada a seguir, tesonera y creativamente, las lecciones de quienes trazaron el camino y lo abonaron con sus sacrificios y su inteligencia.

(Publicado originalmente en cubarte)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Queremos una Cuba cubana y no anglosajona (I)