jueves, 8 de diciembre de 2016

Para merecer decir “¡Somos Fidel!”

Por: Luis Toledo Sande
Fuente: CUBARTE
Categorías: LETRA CON FILO, POLÍTICA Y SOCIEDAD

En la Plaza de la Revolución José Martí, el pasado 29 de noviembre, mientras se le rendía homenaje multitudinario al líder fallecido cuatro días antes, Nicolás Maduro contó que, pocos años atrás, en medio de una conversación premonitoria en muchos sentidos, Fidel les dijo a él y a Evo Morales: “Yo hice ya mi parte. Ahora les toca a ustedes”. Más allá y más acá de esos dos políticos sudamericanos formados sobre sus propias raíces nacionales y culturales, y en la estela emancipadora que inició la Revolución Cubana, el reclamo del Comandante en Jefe puede tomarse como dirigido en especial a su propio pueblo, que debe leerlo también así: “Ahora les toca, les sigue tocando a ustedes, mucho más aún que hasta el presente”.

El ejemplo de Fidel tiene toda la fuerza necesaria para continuar siendo, a despecho de la muerte, un vigía guiador de la patria. Hasta el preciso instante en que fue inhumado, y sin que se pueda hablar de ello como de una acción pasada o ya interrumpida, estuvo brindándole aportes fundamentales a su patria, al empeño revolucionario que él encabezó para liberarla, para que nunca más vuelva a ser presa de colonizadores, imperialistas y opresores externos o vernáculos de ninguna índole.

Antes de que se depositaran sus cenizas en un mausoleo cuya austeridad es asimismo un digno tributo a su memoria, a su presencia, el último de sus aportes fue la revelación de un hecho fundamental: en el seno de su pueblo —de la mayoría de sus compatriotas, aunque esa la realidad va más lejos aún— hay reservas de patriotismo y vocación revolucionaria que la propaganda enemiga, y acaso cierta inercia intestina, o los agotamientos causados por una vida cotidiana poco amable, podían hacer suponer que menguaban. Tal revelación confirmó la existencia de una extraordinaria riqueza útil con vistas a realizar lo mucho que falta por hacer.

Para hacerse entender mejor, si no fuera porque tal expresión, signada por la herencia de la contabilidad pragmática, le desagrada en la médula, este articulista diría que esa revelación encarna un inmenso capital humano. Pero, al margen de la expresión que se prefiera usar o se desestime, lo que Fidel aportó hasta el final de su tránsito físico no se debe tomar como un cheque sin fondo. Es un préstamo generoso, sí, pero dignamente comprometedor, y se ha de aprovechar plena, honrada, inteligentemente para garantizar algo de lo que sería muy costoso que el pueblo cubano se viese privado: la supervivencia de su guía, un guía insustituible, aunque sus cargos —con nombres iguales o diferentes— sean y deban ser ocupados por otras personas.

Aunque no quiere el autor de estos apuntes repetir lo contenido en “Fi(d)eles a su ejemplo”, que circula en distintos medios, no eludirá reiterar sintéticamente lo que allí glosó del general de ejército Raúl Castro Ruz: únicamente un equipo de trabajo podría dar continuidad a la brega que protagonizó un líder cuya autoridad no volverá a tener nadie en Cuba. En esa realidad se inscribe en la decisión colectiva que el pueblo ha proclamado ante la pérdida del líder: “¡Yo soy Fidel!”, o “¡Somos Fidel!”, gritos que a su vez demandan meditación.

La permanente y lúcida participación a que está llamada la sociedad cubana para realizar su destino y salvaguardar su consistencia política y ética debe ser, mucho más todavía que el necesario condicionamiento de la autoridad de quienes a partir de ahora tengan la misión de orientarla, una fuerza impulsora que asegure la buena marcha del país. La periodista María Victoria Valdés Rodda publicó por estos días en Bohemia Digital (http://bohemia.cu/nacionales/2016/11/los-tres-regalos-y-las-tres-lecciones-de-fidel/) un artículo sobre “los tres regalos y las tres lecciones” que ella recibió en encuentros con Fidel. Todos son de interés, pero quizás ninguno más que el primero, ocurrido cuando ella tenía diez años.

Hija de Raúl Valdés Vivó, entonces embajador de Cuba en el Vietnam que le daba al mundo el ejemplo de su resistencia, al cabo vencedora, contra la criminal agresión de los Estados Unidos, la niña presenció la visita del Comandante a la Embajada cubana en aquel país. Para ilustrar la idea que aquí se intenta plasmar basta decir que en un momento el Comandante que venía de un recorrido intenso, arduo y peligroso, cruzó las piernas y, en busca del descanso necesario, las puso “sobre la mesa de la salita”. En ese momento María Victoria Rodda, madre de la niña, “a pesar del amor que le profesaba al líder de la Revolución Cubana”, dejó ver —“el ceño fruncido y la mirada dura”—, su disgusto, y el Comandante no tardó en bajar los pies de la mesa.

No se quedó en eso el líder. La testimoniante recuerda que él, antes de marcharse, la llamó y “en un susurro” le dijo: “Haz caso a lo que dice mamá. Ella tiene razón”, y que ese día aprendió ella una lección vital: “la importancia de los detalles”. Los hechos, incluida la humildad del líder que reaccionó como lo hizo ante el disgusto apenas insinuado por aquella mujer que ya tampoco existe, confirma además la importancia de que los gobernantes tengan ante sí como complemento —no es necesario siquiera hablar de contrapartes o contrapesos— la resolución, la sinceridad y, llegada la hora, el coraje del pueblo que les haga saber si han puesto los pies sobre la mesa, si han hecho algo que no es lo mejor, o que resulta incorrecto.

Esa actitud será también un deber de la sociedad cubana, de su mayoría revolucionaria, en primer lugar, para mantener vivo y en la mejor capacidad de influjo el ejemplo del Comandante. Ello hacer pensar una vez más en el grito antes citado, según el cual todos, al menos la aludida mayoría, somos Fidel. Otro similar, “¡Seremos con el Che!”, suscitaba la preocupación, entre otras personas, de una heroína que pensaba en hechos tan inevitables como que no todos los niños y las niñas que repetían y aún repiten esa consigna terminarían siendo personas adultas seguidoras, en su conducta diaria, del ejemplo del Guerrillero Heroico. Pero el lema continúa siendo válido como expresión de un desiderátum, de una meta a la que sería lamentable, para no decir más, renunciar.

De igual modo, proclamar “¡Yo soy Fidel!” se legitima solamente si de veras expresa la decisión de seguir su ejemplo, de luchar para hacer realidad los sueños que él abrazó creativamente guiado por las lecciones de José Martí y los reclamos de la realidad. Ello supone un esfuerzo permanente y eficaz para erradicar debilidades que se expresan en la mala actitud ante el trabajo, la corrupción y la indisciplina social; alcanzar la eficiencia económica indispensable y poner coto al afán de éxitos egoístas propalado como norma de vida por la maquinaria cultural del capitalismo, a la que sería ingenuo negarle efectividad: diariamente se anota en el mundo victorias fácticas que mellan la condición humana.

El Comandante, su ejemplo, merecía y merece que en sus honras fúnebres el pueblo dijera, como expresión de voluntad revolucionaria: “¡Somos Fidel!”. Pero a partir de ahora le toca al mismo pueblo demostrar, con hechos, que merece repetir ese lema, y no permitir que pare en una consigna sin sustancia y carente de los efectos transformadores que la Revolución necesita para no dejar de serlo.

Ni siquiera es solo cuestión de callarles la boca a los aspirantes a oráculos que andan por el planeta, a veces haciendo uso de su condición de otrora revolucionarios, difundiendo pronósticos como aquel que se creyó gurú y carga con el fracaso de haber vaticinado hace un montón de años ya la hora final de Fidel Castro. Lo que nos convoca es asegurar la marcha de una obra revolucionaria que no responde a la medida de pragmáticos, corruptos, acomodados y burócratas incapaces —o capaces de actuar mal—, aunque unos y otros puedan haberle hecho ya no poco daño.

Hasta ahora se han estrellado contra la realidad quienes han vaticinado la desaparición de la Cuba revolucionaria tras la muerte del líder y el tránsito de la denominada “generación de los históricos”, como si hubiera ser humano en este mundo que no estuviera insertado en la historia. Cuando en 2006 el Comandante se enfermó, algunos buitres se apresuraron a darse a conocer sin máscaras y celebraron su muerte. Otros, más “científicos” y “elegantes”, reforzaron la práctica de sembrar insidias y dieron su vaticinio sobre una supuesta “Cuba poscatro”. Entonces el dibujante Ares, que sabe tanto de artes visuales como de la mente humana —es siquiatra de formación—, en respuesta a tales “profetas” creó un cartel que reproduce con sesgo de infinitud, como representación de Cuba, la imagen de Fidel combatiente.

La obra gráfica, que por su propósito inmediato asumió como título contestatario aquel vaticinio, va siendo o pudiera ser rebautizada de distintos modos, que en esencia hablarían o hablan de una Cuba con Fidel multiplicado. La fortuna contenida en la revelación de fuerza patriótica y revolucionaria que la muerte del Comandante en Jefe ofreció al mundo, no se debe dilapidar ni dejar que se disipe en la inercia, en la pasividad, en la resignación a defectos que pudieran destruir la Revolución desde dentro, como él mismo afirmó en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005. Solamente conjurando e imposibilitando la consumación de ese peligro se hará realidad el grito que se sostiene como acto de fe y de certidumbre revolucionarias: “¡Viva Fidel!”.

¿Que no hay guerra cultural de EE.UU. contra Cuba?

Por: J. A. Téllez Villalón

Esa fue mi reacción ante la respuesta de un académico y ex diplomático cubano a la pregunta que él mismo se hace: ¿Hay de verdad una “guerra cultural”?, refiriéndose al proceso iniciado el 17D entre Cuba y los EE. UU. Respuesta que se suma a otros varios planteos del entrevistado, por un “foro alternativo” cubano, con los que –modestamente– discrepo.

Aquel día, pensé “comentar” el texto con dos párrafos de nuestro Héroe Nacional que resumieran ideas claramente contrarias a las contenidas en los empleados por el profesor; un intento espontáneo, pero tal vez menos efectivo que las siguientes notas, para “equilibrar” a ese “José Martí Otro” que se nos intenta “des-construir” –deliberativamente–, no tan antimperialista como “lo pintamos” los que recurrimos a Él - una y otra vez-, para no dejarnos engage-tusar.

Ya lo había señalado el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar refiriéndose al enemigo: “(…) consciente del alimento espiritual que nos es la labor de Martí, no se cansa de tergiversarla, esta vez con la peor intención, a partir del odio y no del amor, con vistas a privarnos de ese arsenal. Sobran ejemplos…” [1]

Esencialmente, porque –como destaca el Presidente de la Casa de las Américas–, Martí “… supo distinguir, tanto en lo político como en lo cultural, todo lo que el historiador Philip S. Foner llamó ‘los dos rostros de los Estados Unidos’”. Y he aquí, la columna vertebral que se nos ataca, en la guerra cultural que se nos hace.

Resulta, que el primer párrafo del que toma el entrevistado las “recomendaciones” de Martí que generan su “optimismo” en la normalización con los Estados Unidos, es también el primer párrafo de un artículo publicado en Patria en 1894 y titulado precisamente, La verdad de los Estados Unidos[2]. En este, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, advierte –como todo “hombre honrado” que observa a los Estados Unidos–, que en aquel país en vez de “resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen, (…) en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y la miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes el odio y la miseria” y que para opinar “con asomos de razón sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente , de los Estados Unidos”, no se ha de juzgar por “la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite”. ¿No nos recuerda esta última frase al encantador Obama de La Habana?

Es decir, como sí recomienda Martí, no es posible analizar un tema como este y juzgar a los Estados Unidos bajo los efectos del encantamiento, la seducción y la sensualidad de un marketing político que comparten con el marketing industrial especialistas y como herramientas, los procedimientos manipuladores de los “persuasores”.

Bien lo saben los teóricos del poder blando (soft power), definido por Joseph S. Nye–cofundador, junto a Robert Keohane, de la teoría del neoliberalismo de las relaciones internacionales– como “la habilidad de obtener lo que quieres a través de la atracción, antes que a través de la coerción o de las recompensas”. Su poder surge, “del atractivo de la cultura de un país, de sus ideales políticos y de sus políticas”.Además ha afirmado Nye: “Cultural diplomacy is an important tool in the arsenal of smart power” y “At the personal level, it is the power of attraction and seduction.” [3]

Hillary Clinton, al asumir como Jefa del Departamento de Estado en enero de 2009 expresó: “Debemos usar lo que ha sido llamado smartpower, la gama completa de herramientas a nuestra disposición, tanto diplomáticas, económicas y militares, como políticas y culturales; escogiendo la herramienta más acertada, o la combinación de las mismas, para cada situación. Con el smartpower, la diplomacia será la vanguardia de la política externa”. [4]

Una diplomacia cultural que se constituye en una dimensión más de la política exterior y como término vincula la diplomacia como un modo de hacer y la cultura como contenido, en el campo de la política exterior. Con propósitos y alcances determinados por los mismos intereses de la política exterior, los medios y los actores que la llevan a cabo. Un instrumento que emplean los Estados en la consecución de sus intereses, privilegiando un enfoque más sutil, entiéndase preponderantemente estrategias de soft power e integradas con la diplomacia pública.

En esta modalidad de diplomacia, participan y coordinan sus acciones el Departamento de Estado, la Fundación Nacional de las Artes (NEA), las fundaciones filantrópicas -como la Ford Foundation, o la Open Society - y las multinacionales de la industria cultural, como los emporios de Hollywood, la Universal MusicGroup o la editorial CondéNastPublications Inc. de VanityFair y Vogue, que ya han desembarcado en la capital cubana.

Ante lo que vale preguntarnos: ¿No son evidentes las acciones ingenierilmente consensuadas y sutiles de estos cuatros actores de la diplomacia cultural estadounidense en nuestra Isla? Acciones con resonantes impactos culturales en la Cuba de hoy, particularmente manifiestos y dirigidos en su dimensión simbólica, tal lo han descrito y denunciado varios intelectuales cubanos entre los que destaco a Graziella Pogolotti, Luis Toledo Sande, Fernando Martínez Heredia, Enrique Ubieta y Elier Ramírez.

Vale notar el empleo por El Maestro -al describir la cultura que reproducía masivamente el capitalismo monopolista “revuelto y brutal” que conoció-, de términos como “sensualidad” o “válvula de placer”. Así, apenas llegando a la América de Blaine, describe y cuestiona “esa vida de cartón y gacetilla”, “ese fluir urbano y disolución del par”, como en su crónica Coney Island de 1881: “Lo que asombra allí es el tamaño, la cantidad, el resultado súbito de la actividad humana, esa válvula de placer abierta un pueblo inmenso (…), ese cambio de forma, esa febril rivalidad de la riqueza (…), esa expansividad anonadadora e incontrastable, firme y frenética…” [5]

Martí logró entender la relación dialéctica entre lo que hoy llamamos “cultura material”, y “cultura espiritual”, entre el ordenamiento (y la dominación) material y espiritual. Interpreta la cultura como un complemento vital de la condición humana, en tanto lo libera de la fragmentación a que lo expone “esa expansividad anonadadora” y lo arraiga a la Humanidad Toda. Porque como también ha demostrado Retamar, Martí “ve la cultura como productor, como creador lo que se vincula con su concepción de la vida humana auténtica, como servicio”.

Otro - cual lo ha demostrado profusamente Enrique Ubieta-, de los campos donde se dirime el “¿quién gana a quién?” de Lenin; en el mundo todo y en Cuba especialmente: la “cultura del tener” o la “cultura del ser”.

¿No partieron también de su filiación “cultural”, las críticas de Martí al Norte político, económico y ético que tan bien conoció?

“El Norte –escribió El Apóstol en 1893-, ha sido injusto y codicioso; ha pensado más en asegurar a unos pocos la fortuna que en crear un pueblo para el bien de todos (…). Aquí se ha montado una máquina más hambrienta que la que puede satisfacer el universo ahíto de productos (…). Aquí se amontonan los ricos de una parte y los desesperados de otra. El Norte se cierra y está lleno de odios”. [6]

Es de esta interpretación martiana de la cultura, que brota su oposición a la disyuntiva occidental de “civilización o barbarie”, con la que se ha intentado separar a los hombres y a los pueblos hasta hoy. Separación hegemónica y “universalmente aceptada” como “democracia” y descritas por Jean-Paul Sartre en el prefacio a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, y por Noam Chomsky en su ilustrativo Fabricando el Consenso [7]:

De un lado, la “clase especializada” que ejerce “la función ejecutiva” y planifica “los intereses comunes”, que haciendo uso de esa “atracción” distrae al “rebaño desconcertado”. Del otro, los “estúpidos” que hay que asegurar como “espectadores”, porque si trataran de participar en la “gestión de los asuntos que les afectan o interesan”, lo único que harían sería “provocar líos”. Por eso, “el espectador”, cada 4 años goza del favor de “liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada”, al permitírsele decir “queremos que seas nuestro líder”, “porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario”.

A propósito, el padre de la propaganda Edward L. Bernays Freud, asesor tanto de presidentes estadounidenses como de grandes empresarios, dijo que la “ingeniería del consenso” es “la verdadera esencia del proceso democrático” es decir, la “libertad” -de los elegidos o poderosos- de “persuadir y sugerir”, mediante “la manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas”.

Frente a lo que es pertinente preguntarnos, ¿el Hegemón imperial, se cruzará de brazos frente a la cultura de resistencia de Calibán?, ¿les conviene al Capital y a las industrias culturales hegemónicas en específico, un mercado donde los potenciales consumidores se comporten bajo el apego de lo autóctono o afiliados a esa visión martiana de la cultura y por tanto del mundo?, ¿les dará la cuenta, como decimos aquí?

¿En qué medida la buena voluntad de un presidente –cual lo advertía Fidel en unas de sus reflexiones a finales de 2009-, previamente elegido por esa “clase especializada” de hombres, puede cambiar el tan arraigado “excepcionalismo” del “elegido” pueblo estadounidense, que desde su imaginario imperial observa a Cuba como la sedimentación arenosa del río Mississippi y a todos los cubanos como un “rebaño desconcertado” más?; credo y comportamiento que motivó la forja en 1889 - desde las mismas entrañas del monstruo-, de esa poderosa espada martiana que es Vindicación a Cuba.

Ya se dicho que una de las acciones tácticas de las Guerras de Cuarta Generación (4GW), tienen como objetivo la cultura del enemigo. Por ello, dos días después de los anuncios del 17D, el propio Obama confesaba que la efectividad de su nueva política hacia Cuba, con el uso combinado del “palo y la zanahoria”, dependería de la cultura, “it’sculturallyspecific” -dijo el presidente [8]. Por tanto, si la atracción es ingenierilmente consensuada para sus objetivos geoestratégicos de dominación mundial, con clara incidencia en la Isla, y contándose además con 30 millones al año para la “promoción democrática” en Cuba, ¿es descartable un programa específico “ingenierilmente consensuado” para con la cultura cubana?

¿No forma parte de esta guerra proyectos subversivos como la Fundación del Alma Cubana, financiado por la NED [9] para la “ayuda económica a artistas independientes para que puedan crear y producir su trabajo crítico a la sociedad que limita sus libertades y la democracia” y “colaborar con grupos de músicos para que organicen sus propios estudios y eventos donde puedan mostrar creaciones artísticas no acordes con la línea oficial”?

La diplomacia cultural diseñada para Cuba tuvo como primer indicio público la visita- solo un mes después de la del Dr. Obama a La Habana-, de una gran “comitiva cultural” presidida por el Comité Presidencial de Artes y Humanidades (PCAH) [10]. Con un programa y composición que combinó el intercambio con las instituciones culturales y el MINCULT -bilateralmente beneficioso-, con acciones consecuentes con el “cambio de política”, pero no de objetivos.

Dicha comitiva fue patrocinada por varias empresas posicionadas o con interés en la Isla y por la Ford Fundation, entidad con estrechos vínculos con la Agencia Central de Inteligencia (CIA), entre ellas el Congreso por la Libertad Cultural. Vínculo histórico iniciado en los años cincuenta, cuando la CIA- al decir de Michael P. Rogin- “cumplía las funciones que luego desempeñaría la NationalEndomnets of Art”[11]. El Centro para Democracia en las Américas (CDA) trabajó junto con el PCAH, en el desarrollo y organización del itinerario de la misión cultural. Entre los que financian los proyectos del CDA- como puede verificarse en su web [12]-, figuran la Ford Foundation y la Open SocietyFoundations de George Soros.

La otra señal pública de la preponderancia de este componente en el engagement, fue el Meridian’s Cuba Cultural Diplomacy Forum [13], celebrado en junio pasado en el Centro Internacional Meridian, en la capital del Imperio. Forum patrocinado por el sector privado y el cuerpo diplomático acreditado, presidido por la parte estadounidense por Ben Rhodes -el enviado por Obama para las negociaciones previas al 17D-, y que tuvo como apertura un discurso sobre las perspectivas de las relaciones entre EE.UU. y Cuba por Carlos Gutiérrez, quien se recordará, al ser el Secretario de Comercio de EE.UU. durante en el gobierno de George W. Bush, fue copresidente de la Comisión de Asistencia a una Cuba Libre.

Precisamente en el Centro Internacional Meridian, bajo los auspicios del Departamento de Estado, organizó en el 2013 la exposición JamSession, con instantáneas en varias ciudades del mundo de lo que fue el más importante precedente de la diplomacia cultural estadounidense, me refiero a la “Diplomacia del Jazz”. El empleo de cientos de músicos de la talla de Dizzy Gillespie, Louis Armstrong y DaveBrubeck, convocados por el Departamento de Estado, para participar en la “ingeniería del consenso mundial” a través del Jazz AmbassadorProgram [14]. Programa, orquestado secretamente por Edward L. Bernays y Allen W. Dulles, por orientación del presidente Thomas Woodrow Wilson; antecedente histórico de otro que no es descabellado imaginar en “pleno desarrollo” para Cuba como ya he descrito [15], mediante la instrumentalización de atractivas y “sexualizadas” figuras del pop y de la pasarela.

Por otro lado, ¿ha cesado, después del 17D, la manipulación de acontecimientos culturales o “artísticos” relacionados con Cuba para sus campañas difamatorias contra el Gobierno, las instituciones y la cultura misma, en clara oposición a la del estrechamiento de relaciones?

David Brooks, columnista especializado en política del New York Times y del programa televisivo PBS NewsHour, fue uno de los integrantes de la comitiva cultural de Obama y escribió desde La Habana, su artículo José Martí, the national poet [16], publicado el 22 de abril en el NYT. En este, repite Brooks lo que se planteó en el libro Transiciones desde un gobierno autoritario, promovido por el Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson: “Muchos países han tratado de la transición del socialismo revolucionario hacia alguna forma de capitalismo democrático; Cuba sólo pasa a ser el último”. O lo que el propio Obama señaló, pocas horas después de su visita a la Isla, “las personas de edad que llevan este esfuerzo están detenidas y congeladas. El mundo está cambiando a Cuba más rápido que lo que el estado cubano puede afrontarlo”. Comentó, además, que sus interlocutores apenas mencionaron las ideas de Fidel Castro. Evidencia de que David Brooks cita a Martí, pero no lo interpreta.

En agosto pasado, semanas después del anuncio de la donación a Cuba -con la contribución significativa de la Ford Foundation y el Museo del Bronx- de la copia de la estatua ecuestre de José Martí del Central Park de Nueva York; el NYT publicó un artículo donde se informaba que dicha donación y el intercambio con el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, habían generado la renuncia de dos ejecutivas y cuatro miembros de la junta directiva del Museo del Bronx, en Nueva York, porque dichos proyectos, al decir de las ejecutivas, “han traicionado la misión local del museo.” [17]

Un mes después, la “Dama Gris” publicó otro, Dos jóvenes tratan de subvertir el significado de disidente en Cuba [18], que generó otros titulares en los neoplattistas medios de desinformación también financiados por la NED: NYT elogia intento de redefinir concepto de disidencia en Cuba y La directora de Revolución y Cultura rechaza hablar con The New York Times. El artículo, de Ernesto Londoño, se refiere dos proyectos “artísticos”, con títulos tan “comerciales” como “Museo de la Disidencia en Cuba” y “Museo del Arte Políticamente Incómodo”. Más engendros de propaganda política que proyectos artísticos como tal y donde entre otras inconsecuencias meten en “un mismo saco” a Hatuey, Martí, Fidel y Payá. [19]

Sirvan estos ejemplos para transparentar, además, las acciones concertadas de los actores de la diplomacia cultural y de los emporios mediáticos, como parte del ordenamiento mediático y cultural que impone el Capital, basada en la asimetría por su poderío tecnológico.

Frente a esa guerra cultural que se nos hace, frente a la “yanquimanía” cultural de “los de excesivo amor al Norte”-como “expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogoso”-; tengamos más “AK” el arsenal martiano, sus ideas de “larga raíz” y de “suelo afín”. Su visión de los Estados Unidos y las “verdades útiles a Nuestra América” y plenas de vigencia que nos legó El Maestro en sus textos y a través de Fina, Cintio, Hart y Retamar.

Y concluyo con otra pregunta, hija de aquella de Retamar hecha en la década del ´60 a Rodríguez Monegal, “el flamante director” de ese instrumento de la CIA y  la Fundación Ford para la “Guerra Fría Cultural” contra la Revolución Cubana que fue la revista Mundo Nuevo, y recordada  años después por Néstor Koham en su esclarecedor texto La pluma y el dólar. La guerra cultural y la fabricación industrial del consenso [20]: ¿O debemos creer que el imperialismo norteamericano, al margen de ciertas hazañas en Yemén, Siria, Libia, Irak, Afganistán, o en Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia; se ha entregado de repente al patrocinio desinteresado de las puras tareas del espíritu en el mundo, sobre todo en nuestro mundo, y nos llama a  “cambiar”,  sin cambiar el sistema político cubano y la cultura de resistencia que nos identifica?

Notas:

  1. Ver de Roberto Fernández Retamar, Conferencia inaugural del Primer Congreso Internacional Cultura y Desarrollo, Palacio de Convenciones de La Habana (junio de 1999).

  2. Ver de José Martí, O. C. t.28, pp.290-294.

  3. http://publicdiplomacymagazine.com/soft-power-and-cultural-diplomacy/.

  4. Ver de Hillary Clinton, Use "Smart Power" In Diplomacy, CBS News, enero 13 de 2009.

  5. Ver de José Martí, O. C. t. 9, p. 125.

  6. Ver de José Martí, O. C., t.2, p. 367- 368.

7.http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Chomsky/Chomsky_ManufacturandoConsenso.htm#c10.

8.https://www.whitehouse.gov/the-press-office/2014/12/19/remarks-president-year-end-press-conference.

9.http://razonesdecuba.cubadebate.cu/articulos/el-plan-de-obama-contra-cuba-utilizando-la-ned/

  1. Ver de mi autoría: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=212930&titular=tras-las-rayas-ocultas-del-tigre-.

11.http://www.thenation.com/article/when-cia-was-nea/.

12.http://democracyinamericas.org/.

13.http://www.meridian.org/project/cuba-cultural-diplomacy-forum/.

14.http://iipdigital.usembassy.gov/st/spanish/pamphlet/2013/03/20130325144759.html#axzz4I5hFZbIg

15 Ver de mi autoría: http://rebelion.org/noticia.php?id=216434.

16.http://www.nytimes.com/2016/04/22/opinion/jose-marti-the-national-poet.html?_r=0

17.http://www.nytimes.com/2016/08/27/arts/design/resignations-at-the-bronx-museum-protesting-an-expensive-international-push.html?mtrref=t.co&_r=0NYT.

  1. http://www.nytimes.com/es/2016/09/07/dos-jovenes-tratan-de-subvertir-el-significado-de-disidente-en-.NYT MDC.

  2. Ver de mi autoría: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215147.

  3. Ver de Néstor Kohan, La pluma y el dólar, http://www.lahaine.org/b2-img13/kohan_CIA_FORD.pdf.

Publicado en Cubarte

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Fidel Castro y la represión contra los intelectuales

Por: Ignacio Ramonet




La muerte de Fidel Castro ha dado lugar -en algunos grandes medios occidentales-  a la difusión de cantidad de infamias contra el Comandante cubano. Eso me ha dolido. Sabido es que lo conocí bien. Y he decidido por tanto aportar mi testimonio personal. Un intelectual coherente debe denunciar las injusticias. Empezando por las de su propio país.

Cuando la uniformidad mediática aplasta toda diversidad, censura cualquier expresión divergente y sanciona a los autores disidentes es natural, efectivamente, que hablemos de ‘’represión’. ¿Cómo calificar de otro modo un sistema que amordaza la libertad de expresión y reprime las voces diferentes ? Un sistema que no acepta la contradicción por muy argumentada que sea. Un sistema que establece una ’verdad oficial’ y no tolera la transgresión. Semejante sistema tiene un nombre, se llama : ‘tiranía’ o ‘dictadura’. No hay discusión.

Como muchos otros, yo viví en carne propia los azotes de ese sistema… en España y en Francia. Es lo que quiero contar.

La represión contra mi persona empezó en 2006, cuando publiqué en España mi libro « Fidel Castro. Biografía a dos voces » -o « Cien horas con Fidel »- (Edit. Debate, Barcelona), fruto de cinco años de documentación y de trabajo, y de centenares de horas de conversaciones con el líder de la revolución cubana. Inmediatamente fui atacado. Y comenzó la represión. Por ejemplo, el diario « El País » (Madrid), en el que hasta entonces yo escribía regularmente en sus páginas de opinión, me sancionó. Cesó de publicarme. Sin ofrecerme explicación alguna. Y no sólo eso, sino que –en la mejor tradición estalinista- mi nombre desapareció de sus páginas. Borrado. No se volvió a reseñar un libro mío, ni se hizo nunca más mención alguna de actividad intelectual mía. Nada. Suprimido. Censurado. Un historiador del futuro que buscase mi nombre en las columnas del diario « El País » deduciría que fallecí hace una década…

Lo mismo en « La Voz de Galicia », diario en el que yo escribía también, desde hacía años, una columna semanal titulada « Res Publica ». A raiz de la edición de mi libro sobre Fidel Castro, y sin tampoco la mínima excusa, me reprimieron. Dejaron de publicar mis crónicas. De la noche a la mañana : censura total. Al igual que en « El País », ninguneo absoluto. Tratamiento de apestado. Jamás, a partir de entonces, la minima alusión a cualquier actividad mía.

Como en toda dictadura ideológica, la mejor manera de ejecutar a un intelectual consiste en hacerle ‘desaparecer’ del espacio mediático para ‘matarlo’ simbólicamente. Hitler lo hizo. Stalin lo hizo. Franco lo hizo. Los diarios « El País » y « La Voz de Galicia » lo hicieron conmigo.

En Francia me ocurrió otro tanto. En cuanto las editoriales Fayard y Galilée editaron mi libro « Fidel Castro. Biographie à deux voix » en 2007, la represión se abatió de inmediato contra mí.

En la radio pública « France Culture », yo animaba un programa semanal, los sábados por la mañana, consagrado a la política internacional. Al publicarse mi libro sobre Fidel Castro y al comenzar los medios dominantes a atacarme violentamente, la directora de la emisora me convocó en su despacho y, sin demasiados rodeos, me dijo : « Es imposible que usted, amigo de un tirano, siga expresándose en nuestras ondas. » Traté de argumentar. No hubo manera. Las puertas de los estudios se cerraron por siempre para mí. Ahí también se me amordazó. Se silenció una voz que desentonaba en el coro del unanimismo anticubano.

En la Universidad Paris-VII, yo llevaba 35 años enseñando la teoría de la comunicación audiovisual. Cuando empezó a difundirse mi libro y la campaña mediática contra mí, un colega me advirtió : « ¡Ojo ! Algunos responsables andan diciendo que no se puede tolerar que ‘el amigo de un dictador’ dé clases en nuestra facultad… » Pronto empezaron a circular por los pasillos octavillas anónimas contra Fidel Castro y reclamando mi expulsión de la universidad. Al poco tiempo, se me informó oficialmente que mi contrato no sería renovado… En nombre de la libertad de expresión se me negó el derecho de expresión.

Yo dirigía en aquel momento, en París, el mensual « Le Monde diplomatique », perteneciente al mismo grupo editorial del conocido diario « Le Monde ». Y, por razones históricas, yo pertenecía a la ‘Sociedad de Redactores’ de ese diario aunque ya no escribía en sus columnas. Esta Sociedad era entonces muy importante en el organigrama de la empresa por su condición de accionista principal, porque en su seno se elegía al director del diario y porque velaba por el respeto de la deontología profesional.

En virtud de esta responsabilidad precisamente, unos días después de la difusión de mi biografía de Fidel Castro en librerías, y después de que varios medios importantes (entre ellos el diario « Libération ») empezaran a atacarme, el presidente de la Sociedad de Redactores me llamó para transmitirme la « extrema emoción » que, según él, reinaba en el seno de la Sociedad de Redactores por la publicación del libro. « ¿Lo has leído ? », le pregunté. « No, pero no importa  –me contestó- es una cuestión de ética, de deontología. Un periodista del grupo ‘Le Monde’ no puede entrevistar a un dictador. » Le cité de memoria una lista de una docena de auténticos autócratas de África y de otros continentes a los que el diario había concedido complacientemente la palabra durante décadas. « No es lo mismo -me dijo- Precisamente te llamo por eso : los miembros de la Sociedad de Redactores quieren que vengas y nos des una explicación. » « ¿Me queréis hacer un juicio ? Un ‘proceso de Moscú’ ? Una « purga » por desviacionismo ideológico ? Pues vais a tener que asumir vuestra función de inquisidores y de policías políticos, y llevarme a la fuerza ante vuestro tribunal. » No se atrevieron.

No me puedo quejar ; no fui encarcelado, ni torturado, ni fusilado como le ocurrió a tantos periodistas e intelectuales bajo el nazismo, el estalinismo o el franquismo. Pero fuí represaliado simbólicamente. Igual que en « El País » o en « La Voz », me « desaparecieron » de las columnas del diario « Le Monde ». O sólo me citaban para lincharme.

Mi caso no es único. Conozco -en Francia, en España, en otros países europeos-, a muchos intelectuales y periodistas condenados al silencio, a la ‘invisibilidad’ y a la marginalidad por no pensar como el coro feroz de los medios dominantes, por rechazar el ‘dogmatismo anticastrista obligatorio’. Durante decenios, el propio Noam Chomsky, en Estados Unidos,  país de la « caza de brujas », fue condenado al ostracismo por los grandes medios que le prohibieron el acceso a las columnas de los diarios más influyentes y a las antenas de las principales emisoras de radio y televisión.

Esto no ocurrió hace cincuenta años en una lejana dictadura polvorienta. Está pasando ahora, en nuestras ‘democracias mediáticas’. Yo lo sigo padeciendo en este momento. Por haber hecho simplemente mi trabajo de periodista, y haberle dado la palabra a Fidel Castro. ¿ No se le da acaso, en un juicio, la palabra al acusado ? ¿Por qué no se acepta la versión del dirigente cubano a quien los grandes medios dominantes juzgan y acusan en permanencia?

¿ Acaso la tolerancia no es la base misma de la democracia ? Voltaire definía la tolerancia de la manera siguiente : « No estoy en absoluto de acuerdo con lo que usted afirma, pero lucharía hasta la muerte para que tenga usted el derecho de expresarse. » La dictadura mediática, en la era de la post-verdad, ignora este elemental principio.


Santiago de Cuba, tierra sagrada, rebelde

De Santiago de Cuba, tierra sagrada y rebelde, -o sagrada por rebelde-, me han llegado dos poéticos textos que describen el ayer, el ahora y el mañana con Fidel. Lo firman Mirna Figueredo Silva y Reynaldo García Blanco, con sus palabras va mi abrazo.



 Los días. Las Luces




Por Reynaldo García Blanco

Sábado 26 Noviembre
En la madrugada suena el teléfono. Largo y tendido. No llegué a tiempo. No pude responder. Pensé que era un equivocado. Un bromista. Tal vez un familiar con noticia poco grata. Avanzó la mañana en un silencio raro. A la hora del café la radio trajo a casa la tristeza.
Entonces pensé en la paloma sobre el hombro del protagonista de la historia, del mítico, del Caballo. Busco su foto donde aparece en el Ayuntamiento. Un discurso soberbio, altivo y generoso. Una puerta abierta para siempre al corazón de muchos.



Los locos bajitos de la escalera vinieron por fotos, por banderas, por canciones.
En la tarde un torrencial aguacero anunciaba la semilla, el crecimiento, la continuidad.
En la noche, cenamos frente al televisor.

Domingo 27 Noviembre


Día del Señor. Las iglesias dejaron a un lado las panderetas y los címbalos. Un culto de oración al hombre luz.
Abro al azar el Libro de las Promesas que tengo junto a los discos de Joan Manuel Serrat: He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y verdad. Es el libro de Jeremías. Capítulo 33. Versículo 6. Un profeta de otros tiempos me habla de un profeta de este tiempo. De esta eternidad.Lunes 28 Noviembre
Fuimos a firmar el compromiso. No faltaba más. El concepto de Revolución no es una simple planilla. Es un código de honor.
El día se antoja extremadamente luminoso. Desde mi balcón puedo ver La Gran Piedra. Salí por un rato a la carretera que lleva a la Granjita Siboney. Traje unas flores silvestres.
Fuimos a casa de un amigo. Volaron las anécdotas leídas y recordadas.
Se me ocurre decir que si Lezama dijo que Martí es el misterio que nos acompaña, Fidel es el asombro de la permanencia.Martes 29 Noviembre

Revisé el correo electrónico. Quico y María Antonia desde Barcelona nos abrazan y se unen al dolor. Eduardo Méndez, en su inhóspito New Jersey se pregunta si es verdad. Lina Caffarello y Ángel Kandel, en Buenos Aires y la Iris en su frío Neuquén se unen al dolor de la pérdida.
Vuelven los locos bajitos de la escalera a pedir fotos, poemas, banderas.Miércoles 30 Noviembre

Reunión con Educadores Populares. Compartimos poemas y canciones de Silvio. En tono bajo escuchamos El necio. Casi se nos fue el tiempo en reflexionar por el devenir del país. Las maneras más útiles de seguir el legado.
El Fiel dialoga con el Ernesto, con el Che, con la luz.Jueves 1 Diciembre

De nuevo a la ciudad. Un silencio sonoro como diría el poeta. Banderas y fotos tremolan.
En la Librería Ateneo me encuentro con Mauri Hernández Correoso. Fidelista de marca mayor. Me comparte un texto que quiere llevar a la radio:

Yo contigo


Si trato de llegar hasta a tu altura
He de escribir el resto de mis días.
Me niego abrumarte con palabras.
Fue tuyo el triunfo
Ahora te reinventas como luz
Que a la sombra no le dará tregua.
Eres catalejo y evangelio
Rara avis de transparentes alas.
Podría llamarte mito
Alba
Iluminado.
Eres maestro de juntar
Patria
Pabellón
Escudo.
Siempre serás, Fidel
Yo contigo.

Y el Fiel conversa con el Gallardo. El Ignacio. La Amalia. Firma la Constitución. Cabalga también sobre una palma escrita.Viernes 2 Diciembre

Avanza el protagonista de La Historia. Dicen que cenizas. Yo digo fuego. Hoy en Bayamo. Tres días de peregrinar. Volver al origen. Volver al antiguo nacimiento.
Voy por un pan. El barrio vocinglero y lenguaraz anda de puertas abiertas pero el corazón callando.
Mi mujer escribe un poema. Me comparte el principio:
Para ser don elegiste venir a este mundo, encarnar un cuerpo hecho de tierra, agua, aire, fuego y troncos… materiales finitos, otrora polvo de estrellas.
Elegiste tener un corazón, esa brújula, aguijón, huésped que no admite impurezas, para que no olvidaras tu origen, ese lugar al que ahora vuelves, totalmente desnudo, hecho luz, así de inapresable, así de eterno.
Me asomo al cielo. Encapotado. La luna me parece cuarto menguante. Parece una nuez vuelve a decir mi mujer.
Otra vez el himno. Otra vez el clamor.

Sábado 3 Diciembre


La mañana es rotunda. Rutila. Bayamo le cobijó unas horas. La caravana centellea. Se va con los acordes de la clarinada y el himno. De Guisa bajan los agradecidos. Lloran. Vitorean. En Santa Rita meriendan. Le regalan una caja de tabacos. En Jiguaní vuelven a juntarse los mambises. De Dos Ríos y Baire llega un clamor. Tal vez para estos días el Contramaestre no esté crecido pero allí lo espera su Maestro. Viene del monte. Viene del arroyo de la Sierra. Huele a cedro. Huele a pólvora. El Río Cauto lo sabe.
Sigue la caravana. El armón. Palomas. Gestos. La Cuba profunda tiembla.
Al filo de las 12 entra a la ciudad. Hervidero. Abrazos. Subir lomas hermana hombres. Banderitas en las manos. Corazones en ristre.
Cae la noche. La plaza se desborda. Heroica. Rebelde. Hospitalaria. El adiós se hace presente.Domingo 4 Diciembre

Sale el sol en el Oriente. Un hombre se despide breve y profundo del Titán de Bronce. La Avenida Patria es un río de gente. La mañana quiere ser pujante pero hay un algo, un misterio, un asombro que le impide sobresalir. Luto. Tristeza. Otra vez dolor. Piedra blanca. Piedra negra. Piedra eterna. Entonces se oye la voz del Maestro: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida; truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron.
No habrá monumentos, estatuas, plazas, calles que lleven su nombre. Pero será semilla, metáfora, futuro.
Vendrán los días. Vendrán las luces. Vendrá Fidel.
………………………


Para Fidel, de regreso en el camino de Santiago


Para ser don elegiste venir a este mundo, encarnar un cuerpo hecho de tierra, agua, aire, fuego y troncos… materiales finitos, otrora polvo de estrellas.
Elegiste tener un corazón, esa brújula, aguijón, huésped que no admite impurezas, para que no olvidaras tu origen, ese lugar al que ahora vuelves, totalmente desnudo, hecho luz, así de inapresable, así de eterno.
Pudiste elegir otras maneras para hablarnos, quizás lluvia de oro, silbo acariciador, centella o lava; pero viniste humano, con un verbo brioso y unos párpados, alertas aun cuando cerrados, cuando los otros dormían, cuando la densidad tendió velos de fango sobre las perlas.
Elegiste el Camino de Santiago, otro Santiago igual de iniciático y retador, un camino de piedra, hallazgos y utopías. Allí te encontramos, la mirada profética, llameante de quien tiene una alucinación muy parecida a la verdad y sabe que El Dorado existe, esa Tierra sin males, ese cielo en la tierra… Te creímos, marchamos junto a ti, un fósforo encendido en el fondo del túnel.
Y viniste en tu reino; pero sentarse a tu diestra no era el trofeo sino estar en la mira, para salir proyectado contra el miedo con los ojos llameantes de quien tiene una alucinación…
Pudiste partir sin dejar rastros, desvanecerte en forma de arcoíris, ascender entre nubes, simplemente marcharte en un carro de fuego; pero elegiste esperar sin pausa, que el tiempo, juez tridimensional, sometiera tu carne al capricho de Cronos.
Y aquí estás, de nuevo en el camino, vuelto polvo de estrellas, fetiche para no olvidar que un día estuviste entre nosotros y nos contagiaste un sueño muy parecido a la verdad, tu especial modo de re-crear la vida, de ser un don.Mirna Figueredo Silva
Santiago de Cuba, 2 de diciembre de 2016.

martes, 6 de diciembre de 2016

A su paso



Motivada por diversas opiniones (a favor, en contra, discretas unas, acaloradas otras), y ante la pregunta de ambas partes (“¿no vas a decir nada?”), me decido al fin. Si de adherencias se trata, me apunto, sin ninguna duda, al bando de los dolientes. Todavía cuesta creer que Fidel no esté. No Castro, ni El Presidente, ni Comandante, ni Compañero, ni Combatiente, ni Primer Secretario, ni El Caballo ni El Hombre ni El Jefe. Solo Fidel, ese nombre que solíamos pronunciar acompañado del gesto de una barba que ya no estará más entre nosotros, sus sobrevivientes.



Llevamos un duelo que nadie sabe cuánto va a durar, pero que sentimos hondo y se cuela hasta el tuétano: un luto que, aunque luchemos por evitarlo, nos paraliza. Han sido días plomizos: más de una semana que pareció infinita en su lentitud sin piedad, pese a lo cual, hubiéramos querido eterna. Como si pudiera ser posible decirle a una urna “No te lo lleves todavía”. Muchos amigos de muchos países envían hermosos mensajes de condolencias; desfilamos por la Plaza; hicimos enormes colas para llegar al Memorial; acudimos luego a la  calle para despedirlo agitando banderas; escuchamos grabaciones con su voz; vimos montones de documentales; asistimos a más de una despedida; y, sin embargo, todavía no damos crédito a su muerte. De cierta manera, llegamos a creer que Fidel era inmortal. Que siempre estaría ahí, al alcance.

No puedo calcular con exactitud los años que han pasado desde la última vez que este pueblo se movilizó masivamente con tanto vigor, con tanta disciplina, con un respeto inusitado entre nosotros, bulliciosos, caóticos y desbordantes por naturaleza. Quizás fue en octubre de 1976. Tener quince años y contemplar las calles y la Plaza repletas de hombres, mujeres y niños llorando por los rincones, en las aceras y en los portales, esperando qué diría Fidel cuando fueron masacrados los ocupantes de un avión que estalló en el aire de Barbados, marcó mi vida. Es buen momento para confesarlo. Las primeras lágrimas cubanas que vi brotar en público, justo es decirlo, anteceden en casi  una década a ese 1976, pero es un recuerdo más bien borroso. Fue cuando asesinaron al Che. Los niños y las maestras lloramos en el patio de la escuela, y luego vimos llorar a nuestros padres, y a un Fidel contenido a duras penas mientras leía la carta y daba la noticia.


Desde entonces, millares de actos nos convocaron, pero como el de estos días, ninguno. Un amigo de Santa Clara me comentó “Solo vi tanta gente reunida cuando entró Fidel por esta ciudad”. Paradojas de la vida, pienso, multitudes se agolparon para recibirlo en 1959, y ahora, en 2016, en un gesto luctuoso.  No viví ese año que estremeció a Cuba y a gran parte del mundo, pero si fue así como me cuenta mi amigo, (y le creo, claro está), entonces Fidel lleva en sí el privilegio del amor de un pueblo que lo recibió y lo despide con igual intensidad. Parece mentira que hayan pasado cincuenta y siete años, y, sin creerlo aún muerto, sigamos inclinándonos a su paso.


7 de diciembre, 2016



domingo, 4 de diciembre de 2016

Eusebio Leal: “Fidel se entregó sin límites a la causa de su patria y tuvo por patria al mundo”

Por: Magda Resik Aguirre



 Eusebio Leal junto al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.





El triunfo de la Revolución abrió todas las puertas a varias generaciones de cubanos. “Seguir las palabras de Fidel, que eran compartidas por todo un pueblo, fue para mí más que una sensación y una vivencia, un magisterio.”


Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, tenía entonces mucha avidez de conocimiento y le había sido negada en la pobreza familiar la educación escolar anhelada.


Las oportunidades posteriores fueron de gran provecho para quien hoy tiene sus espacios ganados en disímiles academias y altas casas de estudio de Cuba y el mundo. Pero ante cada lauro, la reacción siempre es de gratitud a quien le permitió integrarse al proceso revolucionario desde su singularidad, su condición de cristiano, su devoción por una historia patria despojada de arquetipos y omisiones y su probada pasión por la defensa del patrimonio nacional.


Una noche intercambiaron pañuelos bordados con las iniciales, y Leal correspondió a la deferencia: “Le doy mi Lealtad a cambio de su Fidelidad”. Y la lealtad y la fidelidad coronaron una amistad incondicional: “cuando tuve algún problema personal, se apartaba rápidamente de lo que estaba haciendo, me escuchaba, y si estaba en sus manos, daba una solución.”


Así Leal fue comprendiendo cómo el liderazgo de ese cubano universal se había inspirado en el ideario de José Martí “el más agudo, el más intenso intérprete de la realidad de su tiempo, el más profundo conocedor de los cubanos”. Fidel rechazó todo dogma, reinterpretó continuamente la realidad y creyó sinceramente en las capacidades del hombre, en la vocación redentora de todo revolucionario. No le gustaban el engaño y la simulación. Con él “había que estar dispuesto a la verdad”.


Pero el atractivo mayor fue descubrir en “Fidel a un hombre de la cultura, a un pensador que se prepara, estudia y nunca cree suficiente el conocimiento adquirido”. Frente a él “no se podía improvisar” y contrario a lo que algunos suponen, dada su inmensa capacidad como orador – podía hablar horas ininterrumpidamente -, en el brazo de su butaca quedó la huella del pequeño hoyuelo marcado por el golpe seco de su dedo durante las largas horas que dedicó a escuchar el testimonio de otros y a cultivarse en la sabiduría ajena.


“Cuando conocí de él a partir de los testimonios de su propia vida – asegura Leal – supe que, por ejemplo, en los estudios universitarios era capaz de llevar muchas asignaturas al mismo tiempo, estudiar y a la vez, como está consignado en su expediente académico demostrar la enorme lucidez y capacidad  para emplearse a fondo en muy diversas materias.


“Ha sido un lector incansable, ha leído de todo lo necesario para el conocimiento de la historia de la humanidad, de la cultura, la literatura, el arte. Ahí entran muchas apreciaciones cruzadas en mi memoria, de intelectuales que conocí que lo conocieron; de amigos y compañeros de lucha que compartieron con él momentos muy trascendentes y una de las cosas que a todos más nos impresionó fue su capacidad de adquirir conocimientos y proyectarlos en sus relaciones y en su discurso político.


“Una convicción le acompañó desde los primeros años de su vida: su destino estaba ligado indisolublemente a una causa de justicia social por la cual sacrificaría fortuna, tiempo, momentos para los amigos… todo cuanto fue necesario dejar a un lado para llevar adelante lo que él consideró justo, conveniente y necesario para Cuba”.


—Esa capacidad intelectual y ese cultivarse en el ejercicio constante del conocimiento le facilitaron sin dudas convertirse en el estadista y el hombre de connotación universal que es. ¿Qué hitos nos resaltaría hoy de esa impronta global de Fidel?


—Hay que depositar todo eso dentro de una personalidad muy singular. Un hombre pulcro, atildado, muy cuidado en su imagen en todo tiempo, un caballero, quiere decir, alguien que con cualquier persona, de cualquier ideología, de cualquier confesionalidad, podía hablar, conversar y traducir en su palabra ese sentimiento de respeto que su propia cultura y conocimiento humano le confirió como una virtud y una capacidad.


Lo recuerdo delante de mí conversando con figuras tan importantes como Rajiv Gandhi que era un hombre también de gran refinamiento personal; lo recuerdo hablando con el Papa Juan Pablo II y su impresión en relación con Su Santidad; lo recuerdo conversando con diferentes líderes revolucionarios latinoamericanos; lo recuerdo en las incontables visitas en las cuales guié a mandatarios que él acompañó al Centro Histórico habanero.


Tuve la oportunidad de estrechar la mano a distintos líderes mundiales y latinoamericanos con los cuales él sostuvo una intensa relación como fue, por ejemplo, Salvador Allende a quien saludé por intermedio de Fidel como senador visitante en Cuba primero y luego en su visita presidencial.


En sus encuentros, más privadamente, Fidel siempre expresó aquél comedimiento, ese sentido que lo llevaba a saber desde cómo comportarse a la mesa, cómo hablar y sentarse, cómo dirigirse a las personas. Ejercía una especie de magnetismo sobre los demás. Y es que, a diferencia de lo que algunos creen, Fidel tenía una gran capacidad de escuchar al mismo tiempo que una gran capacidad para lograr ser escuchado.


—Entre esos hombres universales resalta la amistad de Fidel con Hugo Chávez que se expresó cual amor entrañable entre un padre y un hijo. Usted fue testigo del surgimiento de esa relación ¿cómo se produjo ese abrir la puerta a una amistad para toda la vida?


—Tengo fundamentos para creer que la persona con la que tuvo la mayor empatía, la que le sorprendió tremendamente por su capacidad, su patriotismo que era como un manantial que brotaba de manera espontánea, también un lector voraz, poseedor de una memoria fotográfica increíble, fue Hugo Rafael.


Tuve la suerte de estar entre los primeros cubanos que le conocieron. Estuve presente en el recibimiento cuando llegó por primera vez a Cuba y en la primera conversación entre los dos. Recuerdo la fascinación que Fidel sintió por aquél joven que venía tras las huellas de los próceres y con el interés de visitar los escenarios progresistas latinoamericanos y conocer de otras experiencias de militares comprometidos. No olvidemos a Omar Torrijos, a la revolución de las fuerzas armadas en el Perú…  por ese camino andaba él inicialmente. Era un camino que debía lógicamente recorrer pues había sido un soldado formado, un oficial nacido en el seno de la academia, que tuvo muy buenos maestros, que conocía al dedillo la historia de su supremo mentor que era Simón Bolívar, quien lo fue también para Martí y Fidel.


Estaban creadas las condiciones para que Chávez se convirtiera en lo que fue. Recuerdo el momento en que estando juntos en Venezuela – tuve el honor de acompañar al Comandante Fidel – el venezolano le hace la solemne promesa de no defraudarlo. Y efectivamente, así fue con la vida y con la muerte.




Fidel Castro y Hugo Chávez en Canaimahugo-chavez-fidel-castro-580x320.




—Evocaba a José Martí quien fue el asidero y la raíz del ideario del Comandante en Jefe. El Apóstol de Cuba en su tiempo dijo que cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres… ¿Qué relación establecería usted entre esos dos grandes iluminados de la historia patria?

—Fidel fue profundamente martiano, no de fragmentos de la obra de José Martí sino de leer todas las biografías escritas, el epistolario sobre todo y podía recordar a la perfección distintos momentos no sólo de la vida sino de la obra política unitaria del Apóstol. A él le fascina cómo Martí logra de las causas y razones que perdieron la Guerra de los Diez Años abogar por y crear y convertirse en el factor de la unidad.

Esa idea de la unidad va a estar permanentemente en el ideario político de Fidel. Nada que desuna es para él importante. Nos dice como Martí que hay que estar siempre ardiendo en la luz del sol y no a la sombra. Nos dice que debemos situarnos en el hecho político que Martí supone y en toda la historia del país, al tiempo que reverencia a aquellos que se sacrificaron en aras de ese ideal y no lograron alcanzarlo.

Por eso su admiración por Bolívar o por Carlos Manuel de Céspedes. Profundamente cespediano, profesó una devoción al Padre de la Patria. Fidel fue un revolucionario que estaba movido por un gran patriotismo, de un alto sentido del deber que se impuso él mismo como disciplina.

Si de Martí se pudo decir que subía y bajaba escaleras como quien no tenía pulmones, que pasaba días enteros en vigilia, visitando y hablando, de Fidel igual. Lo he acompañado en jornadas inacabables que han comenzado por el día y por la noche también. Su más grande obsesión era dejarle al pueblo cubano una bandera. El servicio más grande o el último que ha prestado en vida a su patria no es solamente el haber dejado un acumulado de ideas, proyectos, iniciativas y obras, sino también habernos dejado en este momento crucial una bandera no sólo de resistencia sino de triunfo.

En el momento en que escuchamos expresiones groseras de unos pocos y a otros que irrespetuosamente celebran la muerte, nosotros asistimos al espectáculo conmovedor de la despedida multitudinaria y universal de alguien que ha luchado tanto por la vida. Y la expresión del pueblo cubano en este instante, la que apreciamos y sentimos contenida en ese silencio que percibimos por las calles, es la más grande manifestación de respeto a un hombre que se entregó sin límites a la causa de su patria y tuvo por patria al mundo.


Eusebio Leal junto al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eusebio Leal junto al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.




—Hay quienes auguran que después de Fidel Castro la Revolución cubana desaparecerá, que las jóvenes generaciones no están preparadas para continuar ese legado, que el país definitivamente se convertirá en esa fruta madura que caerá destruyendo a la nación independiente por la cual él tanto luchó junto a su pueblo. ¿Qué nos diría usted?

—Un hormiguero es lo que verán esos agoreros cuando traten de tocar al país en su yaga, en sus debilidades o defectos… un hormiguero. El pueblo cubano en este momento está tranquilo pero muy celoso de la dignidad de la cual Fidel ha sido un símbolo absoluto.

Tengo fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud y en la vida futura como decía Martí. Y sé lo que él ha significado y lo que significará para las futuras generaciones. No se podrá escribir la historia universal del siglo XX, ni se podrá escribir la historia de nuestro país sin mencionarlo a él. Será como lo que respondió una vez Máximo Gómez ante una provocación: prueben a escribir la historia de Cuba sin mencionarme a mí.

—La corbata negra que usted porta hoy es como la encarnación simbólica de los momentos de más intimidad que compartió con Fidel. Usted hablaba del gran caballero que fue y sé que conoció de la inmensa bondad y también de la cólera de un hombre muy especial. ¿Cómo era ese Fidel que usted pudo disfrutar más próximamente?

—Fidel me honró con su amistad y honró con su amistad a mi madre que era alguien muy importante para mí y que él apreció en su valor como testigo de una época dura en la cual a ella le tocó vivir. Ella coincidió un poco generacionalmente con él aunque le llevaba casi veinte años. Por eso estoy muy cerca del sentimiento humano, de la capacidad de ser por un instante ese ser humano tan cálido y próximo; porque él – vale la pena aclararlo – era un político ante todo y todo el tiempo pues comprendió el valor de la política y sacrificó sentimientos muy propios. Pero cuando le planteabas alguna situación personal enseguida se apartaba y atendía ese tema.


Sé lo que significa su abrazo en un momento oportuno y sé lo que significa su mano en un momento oportuno. No era cosa que se regalaba y prodigaba. Él sabía ser severo, austero e ignorar la adulación que le molestaba extraordinariamente. Tenía un gran sentido de la cultura del refinamiento, vanguardista diría.


Yo tenía una corbata que llevaba por otras razones, siempre negra. Un día le dije a él: quiero pedirle algo, e inmediatamente abandonó lo que estaba atendiendo sentado a la mesa y me preguntó: ¿De qué se trata? Le planteé que necesitaba una corbata negra porque la mía se había deteriorado. Enseguida mandó las suyas y escogí entonces una. Es esta que llevo puesta hoy y que desde hace veintitantos años utilizo en ocasiones de gala. Siempre anudada porque entre mis tantos defectos está el no saber hacer el nudo de la corbata. En algunos lugares está raída, pero lo que no está raído es el recuerdo del que me la dio.


—El que se la dio le entregó muchos de los bienes personales que le habían obsequiado a lo largo de los años, en nombre de la nación cubana y para ella, y también muchos de lo que hoy se consideran bienes patrimoniales y se muestran en instalaciones museales del país. ¿Cómo se produjo ese legado?


—Cuando murió Celia (Sánchez) me ocupé personalmente por una designación de él de ordenar y clasificar todo lo que como jefe de estado había recibido. En ese sentido fue muy pulcro porque allí estaba absolutamente todo, desde un pañuelo bordado con sus iniciales, un libro dedicado, hasta cualquier objeto que le hubiesen entregado. Si un campesino en un campo de caña le había entregado una mocha de corte allí estaba.


Pero también había regalos primorosos de presidentes de diversos sitios del mundo. Recuerdo la biblioteca donde habían libros dedicados desde el Papa Juan XXIII hasta la madre de Gandhi, Indira. Un día en medio del período especial me acompañó al lugar donde estaba depositado todo pues ya me había ordenado distribuir aquello en todos los lugares donde fuera útil a Cuba.


Esa noche observó todo con detenimiento por última vez, en presencia del secretario del consejo de estado, el Doctor José Miyar (Chomi), quien le sirvió con una lealtad y modestia ejemplar. Le ordenó que levantara un acta y escribió el mismo de su puño y letra dándome ese legado y la responsabilidad histórica. Unas pocas horas después estábamos llevando a los asilos de ancianos la ropa y los abrigos que debieron ser adaptados por las monjas a las tallas propias del anciano que los usaría.


A los museos de toda la isla de Cuba desde Sandino hasta Baracoa llevamos esas cosas personales con la sola condición de que no se podía poner en leyenda alguna o referencia que eso lo había entregado él. De ninguna manera, independientemente de que muchas piezas bordadas en objetos manufacturados de América Latina y el mundo llevaban grabado su nombre.

Recuerdo que en una Mesa Redonda en la televisión, ante una calumnia, fue que entonces autorizó a contar esta historia y se reveló lo que con mucha prudencia, sentido común y silencio había hecho.

—Fidel fue un amante de las artes y las letras y un defensor consciente del patrimonio. ¿Cómo nos ejemplificaría Leal esa condición de Fidel?

—Ahí está el Museo Nacional de Bellas Artes que se amplió a dos edificios y se reinauguró en momentos muy difíciles para el país. Otras voces siempre querían salvar a cambio del patrimonio pero Fidel nunca. Tengo un escrito de él en relación con un automóvil muy bello que estaba a la venta por parte de una familia y él ordenó comprarlo y pagar lo que la familia pedía para luego poner una nota que decía: que no se venda a ningún precio. O el reloj del Padre Félix Varela regalo de José Antonio Saco con el que pasó lo mismo.

Y está el Decreto Ley 143 del Consejo de Estado firmado por él que considero es el monumento a la política más avanzada a escala mundial en la preservación del patrimonio de cualquier nación. Concedía personalidad jurídica, capacidad de poseer bienes patrimoniales y subordinaba mucho al interés de salvar la Habana Vieja que la veía como un bien extraordinario del país y serviría de ejemplo para un movimiento nacional de restauración y rescate del patrimonio.

Con la mente siempre puesta en los precursores, en los que habían luchado y en otros compañeros a los cuales había encomendado esa tarea, viendo que en ese momento me correspondía, pues me dio esa facultad. Hace unos pocos días tuve la satisfacción de hacerle llegar un mensaje cuando convertimos en una lápida de bronce sus palabras del decreto, para convertir en perpetua memoria ese avanzado proyecto de preservación patrimonial. Está colocada sobre las piedras del antiguo Palacio de Gobierno en la Plaza de Armas y así lo comuniqué al General Presidente, su hermano Raúl, también amigo y benefactor de la gran obra a favor del patrimonio.


Este tema me resulta particularmente sensible y quisiera hoy agradecerle a él, a su memoria dedicarle estas palabras porque el tiempo pasa también para mí, por todo lo que hizo por el pueblo cubano, por la humanidad y por qué no, también por mí. Quisiera agradecerle a su familia y enviarle mi profundo pesar a su viuda Dalia Soto del Valle, a sus hijos todos, a su hermano Raúl, a sus hermanas y a todos los cubanos y a todas las personas del mundo que en este instante sienten como suyo el dolor de su transitoria partida. Como dijo una vez Martí: mi verso crecerá bajo la yerba y yo también creceré. Él también crecerá.





Eusebio Leal junto al Comandante en Jefe, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eusebio Leal junto al Comandante en Jefe, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.




—Hoy, después de conocerle de tantas maneras, ¿cuáles cree el historiador que fueron las condiciones que en los orígenes de su vida allá en Birán – como si se tratara de un viaje a la semilla – condicionaron la naturaleza y el carácter de Fidel?


—Las recientes publicaciones de la obra hecha por Katiuska Blanco, son a mi juicio un aporte fundamental para el conocimiento de Fidel, la familia y de esa primera historia. He leído otros textos también y he tenido el testimonio directo, a lo largo de muchas conversaciones, con sus hermanos, Ramón, Raúl, con sus hermanas… todas me dieron en algún momento un testimonio de lo que fueron aquellos años.

Birán es toda una explicación. Él tuvo un culto particular por sus padres como lo han tenido todos sus hermanos. Un culto particular por Lina y un culto particular por Ángel el soldado español que vino a la guerra de Cuba, levantado en las quintas españolas y que llegó a esta tierra y se enamoró del país. Estuvo enfermo en los hospitales de campaña, en la trocha de Júcaro a Morón y posteriormente, es embarcado de regreso con las tropas exhaustas, vencidas y enfermas. Pero apenas un año después regresa y en una proeza personal y con amigos fieles, logró la tierra que se fue convirtiendo en una especie de pequeño reducto entre los grandes cañaverales de los grandes latifundios norteamericanos.

Birán fue en cierta medida una utopía. Veintisiete construcciones entre las cuales destaca la escuela, cosa que no era común de ninguna manera en una finca particular, en una casa de familia. Poseía una distribución que permitía tener ciertas condiciones muy excepcionales para los trabajadores que allí operaban en especial los trabajadores negros haitianos que allí llegaban forzados a emigrar de su país, a los cuales Fidel y Raúl siempre se han referido con mucho afecto y compasión.

Birán fue siempre el punto de regreso pero también el punto de partida. Hay un momento en que la partida se hace definitiva porque los hijos de Ángel deben ir a enfrentar la populosa Habana. Ya no era el ambiente coloquial y familiar de Santiago de Cuba. Ahora sería la gran Habana, la urbe donde estaba la única institución de alta docencia en Cuba, la universidad.

Y ahí llegaron los hermanos y Fidel con el más pequeño, con Raúl. Entonces comienza el gran debate. Muchas de las cosas aprendidas en Birán aparecen con fuerza, la disciplina, el amor a la tierra, a la montaña… Fidel narra su aventura subiendo a los montes, esos pinares que siempre recuerda, de Mayarí. Recuerda con mucha ternura la vida campesina que le confirió un sentido muy humano y particular a su vida. Me refrenda la idea de que el ser humano se forja en el seno de una familia y a partir de ciertas virtudes fundamentales como son el espíritu de trabajo, la honradez, la compasión hacia los demás, el sentido de la justicia… sobre esa base se levantan luego las virtudes políticas.

—Fidel se refirió al Che alguna vez de este modo: Hay personas que da trabajo resignarse a la idea de su muerte. ¿Qué le diría hoy al pueblo cubano al cual le cuesta mucho resignarse a la idea de la muerte de Fidel?

—Él tenía su propia medicina reservada. Así nos lo expresó en su última comparecencia en el congreso del partido. Fidel era profundamente martiano y Martí dijo: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida. Ahí está la clave.

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viernes, 2 de diciembre de 2016

Lo que Trump no entiende de Cuba











 WASHINGTON. Donald J. Trump nunca se ha sentido obligado a jugar con reglas convencionales –ni en los negocios ni en la política– y esa iconoclastia lo ha convertido en multimillonario y en presidente electo de Estados Unidos. Pero si él cree que puede utilizar sus prácticas empresariales en el extranjero como modelo para  negociaciones con gobiernos extranjeros, tendrá un brusco despertar, en especial con Cuba. Los negocios extranjeros del señor Trump han sido lucrativos, pero solo ejemplifican el tipo de compadrazgo y negocios dudosos que caracterizaron las prácticas de negocios en Cuba antes de la revolución de Fidel Castro –prácticas que alimentaron el nacionalismo cubano, incrementaron la popularidad del señor Castro y provocaron la confiscación de más de mil millones de dólares en propiedades estadounidenses.

En una escena en El padrino (2), el dictador de Cuba, Fulgencio Batista, muestra un teléfono de oro puro en presencia de líderes empresariales estadounidenses que se lo regalaron en agradecimiento por sus políticas amistosas hacia la actividad empresarial. La compañía telefónica cubana, de propiedad estadounidense, realmente hizo ese regalo en 1957.


En otra escena, los líderes de familias mafiosas de EE.UU. cortan una torta con merengue que forma la palabra “Cuba”. Esa escena es apócrifa, pero el crimen controlaba la industria  cubana de la hospitalidad en la década de 1950 –hoteles, casinos, bares y clubes– junto con los vicios asociados de drogas,  juegos de azar y prostitución. La policía miraba para otro lado, y Batista recibía una mordida de los ingresos.


Para el señor Castro y para muchos otros cubanos, tal comportamiento era una afrenta a la dignidad y la soberanía nacionales. En 1963, un reportero francés citó al presidente John F. Kennedy cuando este dijo en una entrevista, “Ahora, tendremos que pagar por esos pecados”.



Un desfile para Fidel Castro en La Habana, Cuba, en 1959, celebró la caída de Fulgencio Batista. Foto: Associated Press.
Un desfile para Fidel Castro en La Habana, Cuba, en 1959, celebró la caída de Fulgencio Batista. Foto: Associated Press.

Los amargos recuerdos de esos años hicieron que el señor Castro expulsara los negocios estadounidenses y cerrara la industria turística. Pero este tipo de sucia connivencia entre los negocios y el gobierno ha sido rutinaria en las operaciones extranjeras del señor Trump, como ha reportado el Times. El señor Trump hasta envió consultores a Cuba en 1998 para investigar un negocio hotelero, aunque eso violara las sanciones económicas estadounidenses.


¿Llevará el señor Trump ese estilo de hacer negocios a la Casa Blanca? Hasta ahora ha sido vago en cuanto a cómo trazará él una línea divisoria entre sus operaciones comerciales y la presidencia. El presidente electo se vanagloria de ser un extraordinario negociador, así que no hay razón para pensar que, como presidente, enfoque las negociaciones de una manera distinta a lo que ha hecho como hombre de negocios –duro, violento, amenazante. Después de todo, le funcionó en la campaña electoral.


La muerte del señor Castro alentó al señor Trump a reiterar una promesa de campaña que hizo: A no ser que Cuba esté dispuesta a negociar mejores términos con Washington, él dará marcha atrás a la política de acercamiento del presidente Obama. “Si Cuba no está dispuesta a dar un mejor tratamiento al pueblo cubano, al pueblo cubanoamericano y en general a  EE.UU., terminaré el acuerdo”, tuiteó el lunes.


La relación Estados Unidos-Cuba que el señor Trump heredará del presidente Obama no es realmente el resultado de tan solo un trato, sino un complejo entramado de muchos “acuerdos” –más de una docena de acuerdos bilaterales y una variedad de relaciones comerciales en telecomunicaciones, hospitalidad, transporte y atención médica.


¿Qué clase de resultados puede esperar el señor Trump de un nuevo acuerdo? Durante dos  años, las negociaciones diplomáticas entre Washington y La Habana han avanzado con gran rapidez, con una docena de nuevos acuerdos firmados desde protección del medio ambiente a la cooperación de aplicación de la ley contra traficantes de drogas. Cuba no es contraria a otras conversaciones y está dispuesta a encontrar un terreno común. Incluso ha estado dispuesta a discutir la compensación por propiedades estadounidenses nacionalizadas en la década de 1960, y el delicado asunto de los derechos humanos.


Pero la soberanía es otra cosa. Raúl Castro, como su hermano, siempre ha descartado la negociación de la organización política y económica nacional de Cuba. Durante la política de normalización del presidente Obama, Cuba ha mostrado un cierto modesto progreso en cuanto a libertad religiosa, liberalización económica e incluso libertad de expresión. Pero no fueron resultados de negociaciones o exigencias directas de Washington. Son subproductos de la reducción de tensiones entre Estados Unidos y Cuba, atribuibles al acercamiento en sí.


En otras palabras, si los negociadores del presidente Trump dan puñetazos en la mesa exigiendo a Cuba concesiones políticas, no llegarán muy lejos. Los cubanos no se asustan fácilmente, después de sobrevivir a medio siglo de planes elucubrados en Estados Unidos para derrocar al señor Castro –Bahía de Cochinos, la guerra secreta de la CIA, intentos de asesinato, embargo económico y amenazas de ataque directo. Nada de eso obtuvo concesiones. Una amenaza por parte de Estados Unidos de cerrar su embajada o de eliminar los viajes turísticos de sus ciudadanos tampoco funcionará.


El señor Trump tiene bastante experiencia en negociaciones como para saber que ambas partes tienen que estar de acuerdo para lograr un negocio. Si él quiere realmente lograr uno con Cuba, en realidad hay varios que discutir –acerca de la compensación de reclamaciones, términos para comercio e inversiones, y una plétora de temas de mutuo interés.


Lo que seguramente no conseguirá es la clase de ganga que ha conseguido en otros lados la Organización Trump, aunque sueñe aún con inaugurar una Torre Trump en La Habana. Los cubanos no tienen ningún interés en regresar a esa clase de capitalismo de compadrazgo. Pero como presidente, él podría realizar acuerdos que servirían a los intereses tanto del pueblo estadounidense como del cubano. Un regreso  a la hostilidad, a los insultos y a la bravuconería como política no serviría a los intereses de nadie y sería un enorme y conspicuo fracaso del arte de la negociación.


(*) William M. LeoGrande, profesor de gobierno en la American University, es co-autor, junto a Peter Kornbluh, de Canales traseros a Cuba: La historia oculta de negociaciones entre Washington y La Habana.


(Tomado de The New York Times)






miércoles, 30 de noviembre de 2016

Fi(d)eles a su ejemplo

Por Luis Toledo Sande


Desde el seno mismo de la obra revolucionaria que él fundó, de distintos modos se ha dicho que nadie volverá a tener en Cuba la autoridad que décadas de consagración a su pueblo concentraron legítimamente en Fidel Castro. Al vaticinio se suma la comprensión de que se trata de un ser humano cuyos cargos podrán o deberán necesariamente ser ocupados por otros, pero él —de tan excepcional— es insustituible. El propio Raúl Castro, que por méritos propios y de manera constitucional lo remplazó al frente del Partido y de los consejos de Estado y de Ministros, ha proclamado que únicamente un equipo de trabajo podría dar continuidad a la brega que protagonizó el líder cuya existencia física ha cesado.


Contra especulaciones tendenciosas sobre el futuro de Cuba, a las que remiten las comillas del título, el cartel de Ares adelantó lo corroborado ante la muerte física del líder: una Cuba siempre con Fidel, llena de cubanas y cubanos fi(d)eles a su ejemplo.


Pero el requerimiento colectivo ni empieza ni termina en las estructuras gubernamentales y partidistas: concierne a todo el pueblo, llamado a seguir con tanta disciplina como exigencia participativa y crítica, creativa, no como una mera masa obediente, a quienes lo dirijan hoy y en el futuro. Aunque el Comandante respondió, como responde todo ser humano, a condiciones históricas, y en su caso ello resulta especialmente ostensible a la luz de su descomunal relevancia, insistir en considerarlo el líder histórico de la Revolución pudiera limitar la noción de su alcance.


Lejos de agotarse en la historia entendida como pasado, ese alcance es fuerza impulsora que lo sobrevivirá. Fidel continúa siendo, sin linderos frustrantes, el guía por antonomasia de la obra revolucionaria a la que él dio vida entregándole la suya. Pero la capacidad de supervivencia de su legado no sería plena, o pudiera desdibujarse, si se confiara a la inercia, a lo mecánicamente espontáneo. En estos días de duelo Ricardo Alarcón de Quesada, soldado de la Revolución guiada por el Comandante en Jefe, lo ha dicho para una entrevista de la televisión en términos que el autor del presente artículo no podría superar, por lo que intenta reproducirlos de memoria: “A partir de ahora la vida de Fidel está en nuestras manos”.


Sin descartar —hacerlo sería propio de un pensamiento aldeano, mezquino— la contribución que en otros lares se esté en condiciones de aportar o se esté aportando ya, puesto que él personificó al internacionalista en ideas y en actos, la vida que Fidel pueda seguir teniendo, y no solo en Cuba necesitamos que tenga, se encuentra medularmente en manos de su pueblo. A este lo convoca la responsabilidad de cultivar su presencia, más que su memoria, no de modo abstracto o como rito improductivo, sino procurando, día a día, que la patria siga el camino de soberanía y justicia social que él fertilizó con denuedo y sabiduría desde antes incluso de preparar y dirigir los hechos fundacionales acometidos el 26 de julio de 1953.


Con él físicamente vivo nos sentíamos amparados por una fuerza irradiante: por la autoridad política y moral que brotaba de él y no era fruto de formalidades jerárquicas, sino de su indetenible tesón revolucionario, con el cual, al tiempo que actuaba, imantaba a las masas. Tal era, es, la autoridad en la que el pueblo intuía, sabía, que radicaba su poder para propalar hechos e ideas, o frenar —desde sus entornos más inmediatos hasta la nación toda— tendencias o actitudes que pudieran dañar un proyecto cuya legitimidad no se garantiza con la buena voluntad si a esta no la calzan, orgánicamente, los actos que garanticen su eficacia. Menos aún asegurarán su realización los fueros del mercado, los valores imperantes en un mundo donde campean las tentaciones del acomodamiento, modos de vida signados por el individualismo, las ansias de lucro y el sálvese quien pueda.


El proyecto que Fidel fraguó estaría condenado al fracaso si se le separase de la sed de equidad y el fundamento ético heredados conscientemente por él de José Martí, su mentor directo, en quien supo ver —son sus palabras— al “más genial y universal de los políticos cubanos” y al “guía eterno de nuestro pueblo”. Esa es asimismo la estirpe del propio Fidel, revolucionario que, por serlo plenamente, no se conformó con lo posible y se planteó lo imposible.


Así lo hizo Martí al proponerse metas que cualquier pragmático de su tiempo habría considerado inalcanzables: librar a su patria del viejo colonialismo y del sistema de colonización que los Estados Unidos imperialistas se disponían a ensayar en nuestra América, contra el cual el fundador del Partido Revolucionario Cubano se proponía lograr que la independencia de Cuba ayudara a salvar “el equilibrio del mundo”, e incluso “el honor dudoso y lastimado” de la que entonces era potencia emergente y crecía como el monstruo que es.


Atento a las lecciones de Martí, Fidel halló en la obra del Maestro la claridad con que este advirtió que en aquella nación se gestaba a finales del siglo XIX el imperialismo contra el cual esencialmente hizo él todo cuanto hizo y haría, según declaraciones testamentarias suyas: el mismo imperialismo que hoy sigue en pie. Aunque lo administren presidentes de elegante astucia u otros que encarnen una decadencia estilo neroniano —propia de un imperio en declive—, continúa siendo un peligro mayor para la humanidad y empeñado en apoderarse de Cuba. Que lo haga con agresividad flagrante o con tácticas diplomáticas supuestamente refinadas no pasa de ser episodios de su esencia imperial. Frente a esa realidad continúa aportando luz el pensamiento del Fidel que sabía denunciar a quienes pretendieran pasar por amigos o hermanos sin serlo.


Los desafíos eran y son ingentes. Pero cuando un pragmático —al que no habría por qué negarle necesariamente buenas intenciones— le aconsejó a Martí que no se desperdiciara en los propósitos que había abrazado como programa de vida cuando —según el pragmático— no había en Cuba “atmósfera de revolución”, el revolucionario radical le respondió: “Usted ve la atmósfera; yo, el subsuelo”. También Fidel tuvo la mirada de zahorí necesaria para calar en las honduras de la historia y vislumbrar el porvenir.


Aun si cupiera tal vez reconocer alguna razón práctica en el pensamiento regido por el pragmatismo —sin ignorar que este, en raíces y en proyección, es propio del sistema capitalista—, una realidad contundente se yergue para desautorizarlo desde la base. Gracias a que Martí se planteó imposibles históricos tales, con trincheras de ideas y con una bien organizada guerra de liberación nacional de implicaciones planetarias, y a que Fidel asumió resueltamente esa herencia en su tiempo, existe hoy la Cuba soberana capaz de proponerse construir una sociedad justa.


Fidel puso toda su creatividad política, su fertilidad ideológica, su capacidad de lucha, en camino de dar continuidad, para salvar a Cuba e impedir que el Apóstol muriese, a las metas que este abrazó y las circunstancias, incluida su muerte, le impidieron lograr. A un empeño similar está convocada por la historia, por la vida, la mayoría revolucionaria del pueblo cubano para que su Comandante no muera. Ello significa, entre otras cosas, no renunciar al propósito de que no haya un niño sin aula, aunque para instruirlo, por vivir aislado en las montañas, sea necesario mantener una escuela en la cual él sea el único alumno.


Esa decisión, que abona el futuro de la patria, es parte de una revolución hecha con los humildes, por los humildes y para los humildes, en la senda que Martí señaló, e hizo suya, al echar su suerte con los pobres de la tierra. Nada de eso debe terminar en simple consigna, sino seguir siendo brújula, y también para afirmar ese propósito será fundamental mantener vivo a Fidel.


En general, lo que para el pueblo cubano significa la partida de su líder —precedida por realizaciones que el contexto histórico y deficiencias internas le imposibilitaron a la vanguardia patriótica cubana de finales del siglo XIX consumar— pudiera compararse con lo que para una familia representa la muerte de un padre extraordinario a cuyas autoridad y grandeza se ha confiado la suerte del hogar. Cuando ese padre falta, la familia tiene una disyuntiva: o se resigna a perder el rumbo y a hundirse en el quebranto y la disolución, o sus integrantes se unen resueltamente para elevarse a la continuidad reclamada por el ejemplo heredado del padre.


Solo una disposición tal, que no cabe dejar solamente en manos de gobernantes y funcionarios por muy brillantes y honrados que estos fuesen, le permitirá al pueblo cubano mantener en pie el legado de su Comandante. Se trata de un logro indispensable para seguir el camino gracias al cual llegó Cuba a ser lo que crecientemente ha sido desde el alba de 1959: una honrosa anomalía sistémica en un mundo donde predominan las reglas capitalistas, las fuerzas imperiales. Lograr que Cuba fuera “un país normal” habría sido fácil: bastaba dejarla a merced del mercado y de la voracidad imperialista de la cual su pueblo fue capaz de librarla, guiado por la vanguardia revolucionaria que Fidel condujo y alumbró.


Ese logro sería insuficiente si no se afincara en un funcionamiento que no solo dé a Cuba un erario próspero y sustentable, sino también las condiciones de un país plenamente vivible con una alegría cotidiana que no debilite la necesaria capacidad de sacrificio. Se requiere para ello, a no menor altura que la eficiencia económica y material, una eticidad firme que caracterice a una ciudadanía honrada en su conjunto y en la acción diaria, individual, de sus integrantes, en quienes el afán revolucionario estaría manco sin la correspondiente disciplina en las normas de convivencia.


Fines tales no se conseguirían si se dejara morir el legado del Comandante. Para las metas que él se trazó como base para el bienestar material y moral del pueblo no servirá el pragmatismo economicista, para el que todo puede reducirse a finanzas y saldos. Unas y otros deben tenerse en cuenta, atenderse; pero, si se quiere que sirvan de veras a los afanes de la justicia social y la dignidad humana, no han de considerarse fines, sino requisitos para asegurar la soberanía de la nación y los grandes ideales redentores.


De ahí la importancia de cultivar la pasión con que, frente a la pérdida física del líder, la gran mayoría de su pueblo honra su memoria y expresa la decisión de mantenerlo vivo. Eso reclama que entre todos seamos Fidel, que tengamos como guía de conducta su estatura histórica y política, lo cual sería tonto entender como que cada uno de nosotros las emulará. La cuestión está en que seamos fi(d)eles a su ejemplo, a su obra, a su tesón, a su voluntad de desafiar y vencer imposibles.


Así como para el ateo Ernesto Guevara, otro grande de su estirpe, el “Patria o Muerte” podía repetirse como un “Ave María purísima” en una obra de transformación que une a los llamados no creyentes y a los creyentes, ante la expresa voluntad popular de mantener vivo a Fidel, de conservar activa la brújula de su ejemplo, cabe decir con fuerza de reclamo: ¡Amén!


Luis Toledo Sande


Publicado en Bohemia Digital:



El ángel de Fidel.

Por Jorge Mañach*



Por Jorge Mañach*/Diario de la Marina**.- Escuchábamos la otra noche a Fidel Castro por televisión. Había allí amigos de distintos matices: revolucionarios, conservadores, intermedios... Los había entusiastas sin flaqueza y aprensivos sin tregua. Se interrogaba al líder de la Revolución sobre todo lo divino y lo humano. La implacable curiosidad periodística, en rigor no hacía falta. Fidel todo lo dice. Cada pregunta le da pie no para una, sino para diez respuestas. Nada se calla; nada disimula; de nada se abstiene. Lo quiere explicar todo, y de todo está enterado.


La cosa empezó a esa hora de la noche en que aún hierven los ruidos ciudadanos. Pasaban los faros de los automóviles a cada momento, rasgando la sombra del portal en que le escuchábamos como sumidos en un rito. Fueron transcurriendo también las horas. Cuando Fidel terminó, soplaba ya el friecillo de la madrugada, y el silencio arropaba a la ciudad.


—¿Qué te ha parecido? —pregunté al más conservador de mis amigos allí reunidos, un abogado de grandes empresas, de factura mental muy sólida, de fina puntería dialéctica y de espíritu cubano sobrio, sin aspavientos.


Se quedó un momento en silencio. Luego respondió laboriosamente, como quien refleja un conflicto interior.


—Este muchacho me tiene desconcertado. Hay momentos, muchos momentos, como esta noche, en que le escucho con algo más que simpatía: con una profunda emoción. Se le ve tan sincero, tan férvido, tan entregado a su causa, tan manifiestamente animado de un anhelo de justicia, de dignidad y de bienestar para todos, que parece realmente un milagro humano... Sí, un milagro... cubano. Algo como Martí. Pero...


—¿Pero?


—Luego me sacudo de ese trance casi hipnótico en que sus palabras lo ponen a uno. Pondero ciertas manifestaciones, comparo la realidad con las cosas que dice; exploro, sobre todo, el sentido que tienen (o que no tienen) ciertos argumentos, particularmente de orden económico... Y te confieso que entonces me alarmo, disiento, me pregunto si no estará construyendo peligrosamente una utopía sobre premisas hijas de su deseo más que de la realidad... Y esto me tiene sometido a un conflicto interior.


Yo no dudo que mi amigo era sincero; desinteresadamente sincero, sin cálculos. Creo que a muchos otros cubanos, aun sin ser conservadores, aun de los que no representan intereses, como él, les ocurre algo parecido.


Por de pronto, es cierto eso de que Fidel "seduce". Yo diría que tiene eso que los españoles llaman "ángel". Un ángel dialéctico y hasta de espada flamígera, como los del paraíso. Pero ángel. A veces se le percibe como en un revuelo de alas. Otras, en la fulguración, en el blandir del anatema. ¡Y qué fuerza de persuasión! Se está, a lo peor, lleno de aprensiones. Que si los fusilamientos; que si las pobres viudas afectadas por la rebaja de los alquileres; que si el comunismo; que si una tendencia a calificar de reaccionarios a cuantos disientan... A muchos, esto los tiene no ya preocupados, sino irritados.


Pero sale Fidel a explicar. Parece siempre que despierta de un vasto cansancio. Parpadea frente a las luces, pone en ángulo las cejas, se rasca un poco la patilla aguerrida. Y empieza a hablar, con la voz ya algo ronca. Explica, arguye, impreca, advierte... Va disolviendo aprensiones. No halaga ni miente seguridades imposibles; pero pide por el bien de todos, por Cuba que le duele. El conservador (hablo del conservador de voluntad generosa, no del acorazado de egoísmos) se siente conmovido. Ve que este hombre, que hace meses puso en la revolución su brazo, ahora está poniendo su alma... El público del programa aplaude desde sus butacas para nosotros invisibles. Fidel baja la cabeza, deja devanarse el aplauso, con el lápiz clavado en el papel, con cierto aire dulcemente adusto en el rostro, con no sé qué expresión grave e infantil a la vez.


Los conservadores de buena voluntad guardan silencio. Cuando Fidel termina, alguno se lanza a decir que sí, que está bien, pero que habla demasiado... Yo, que no gusto de lisonjas, y menos en momentos como éstos, me limito a hacer observar que Fidel se ha echado encima, abrumadoramente, una tarea indispensable de apóstol, de mentor revolucionario del pueblo.


— Pero, en sustancia —me estrecha mi amigo— ¿qué piensas tú? ¿No compartes mis aprensiones, mis temores?


Y ya no tengo más remedio que ser explícito.


—Te diré. Nos hemos pasado la vida (al menos me la he pasado yo, como escritor público) pidiendo una honda y total rectificación de la vida cubana. Más de una vez escribí que esto necesitaba "una cura de caballo", "una cura de sal y vinagre". Y ahora que eso ha llegado, me parece de canijos asustarse...


—Pero ¿son de veras rectificaciones?


—¡Qué duda cabe!... Por lo pronto, la Revolución ha logrado ya aquello que Martí pedía: poner de moda la virtud. Y yo creo que esa proscripción de la venalidad, de la frivolidad, de la irresponsabilidad, ha llegado con tal fuerza acumulada de voluntad y con tanto ímpetu, que no va a ser una simple "moda" pasajera.


—¿Y qué más?


—Eso es algo cardinal. Otra cosa cardinal es esta: la vida pública cubana, cuando no fue siniestra y sórdida, como en los últimos años, era algo chato, menguado, sin nobleza alguna en los empeños. No había voluntad de nación. Vivíamos, a lo sumo, acogidos a un optimismo rutinario, con el cuento aquel de que la Isla era de corcho... Ahora hay altura de propósitos en el ambiente, voluntad creadora, decisión de ser... Esto me parece enorme. Al lado de eso, todo lo demás cuenta muy poco.


—¿Cómo?, ¿qué cuenta muy poco ese atacar a los ricos, ese antiamericanismo innecesario, esa infiltración comunista, esos despojos inmerecidos?


—Me parece que todo eso se exagera, francamente. Sobre todo, se lo mira sin sentido integral e histórico. Una revolución democrática como esta no es cosa que pueda hacerse sin desquiciamientos, sin desajustes, sin tanteos, sin riesgos más o menos graves. Mucho peor que esto esperábamos a la caída de Batista: esperábamos una hecatombe... Lo que importa es la visión global —no mirar las cosas desde el ángulo estrecho de los personales intereses— y la visión histórica: no contemplarlas en relación con el hoy, sino con el mañana... Lo accesorio siempre puede rectificarse. Hay que estar a lo esencial.


No sé si convencí a mi amigo. Yo no podía ser más claro, ni él entenderme del todo. Estábamos rendidos de sueño. 


*Jorge Mañach Robato Eminente intelectual y político cubano. Doctor en Filosofía y Letras y notabilísimo escritor y periodista. Publicó importantes libros y cientos de artículos en los principales diarios y revistas cubanas. Participó en la Protesta de los Trece contra el gobierno de Alfredo Zayas y perteneció al Grupo Minorista. Ver: Jorge Mañach.

**Diario de la Marina, 4 de abril de 1959, p. A-4.

Artículo tomado de La Jiribilla.

Fidel en la Universidad Habana el 27 de noviembre de 1960. Foto Liborio Noval