miércoles, 23 de agosto de 2017

Carta abierta a Enrique Ubieta

Por Aurelio Alonso, Segunda Cita

Después de hacer pública la nota que Granma desestimó, tomé la decisión de no volver al tema. Habían quedado claras para mí las reglas del juego, y al propio tiempo mis criterios estaban a luz. No obstante, apareció “La respuesta esencial” de Enrique Ubieta, en su blog La Isla desconocida. Aclaro de antemano que las líneas que siguen se limitarán a expresar mi inconformidad con un discurso ofensivo que me siento obligado a rechazar. Si su propósito era hacerme reaccionar, lo logró. Pero intentaré hacerlo sin entrar en polémica, que no concibo bajo una refriega de insultos personales.

He sopesado mucho lo que digo a continuación, para no contribuir a distanciamientos no deseados, ya que me resulta imposible quedar en silencio.

Releí con atención mis notas del 9 de julio en Segunda cita comentando un artículo de Elier Ramírez sobre las Palabras a los intelectuales de Fidel, y no encontré nada que pueda inducir el “descrédito de Elier”, de lo que me acusa Ubieta . Creo que al contrario, le expreso reconocimiento; de otro modo ni me hubiera molestado en dedicarle las líneas que publiqué. Su respuesta en el mismo blog, con sus discrepancias, no la percibí ofendida. No suelo reaccionar cuando creo que no vale la pena, y los artículo de Elier en Granma no son el caso. Dice también Ubieta que lo hago en “un texto ajeno a mi temática”. No tengo idea de por qué se siente con la competencia de definir cuál es “mi temática”, y qué implicaciones le atribuye a sus facultades. Me parece pedante de su parte, por decir lo menos, y es el calificativo más fuerte que me haya permitido hasta ahora en este intercambio donde he tenido que soportar más de una ofensa.

También releí lo que solicité a Segunda cita que publicara el sábado 5 de agosto y me parece haber cuidado del debido respeto a quienes puedan considerarse aludidos. Si Ubieta se sintió irritado porque me referí a su confusión cronológica al vincular el asesinato de Olof Palme con el derrumbe del sistema soviético, desliz que él mismo admite ahora como “peccata minuta”, le aclaro que yo tampoco le doy mucha importancia, aunque rectificarlo ante los lectores me parecía imprescindible. 

Le recuerdo a Ubieta –me parece necesario– que Fernando Martínez no solo fue mi amigo, sino un hermano: el compañero en la lucha por defender desde la revista Pensamiento crítico, y desde el aula universitaria lo que él había definido como “el ejercicio de pensar”. El luchador intelectual con quien volví a reunirme en el Centro de Estudios de Europa Occidental en los setenta y en el Centro de Estudios sobre América y la revista Cuadernos de Nuestra América en los noventa. Soy miembro fundador de la Cátedra Antonio Gramsci que creó en el Instituto Juan Marinello y hemos estado identificados hasta sus últimos días. Es un vínculo de medio siglo. Ubieta debe saberlo. ¿A qué viene introducir sin ton ni son a Fernando en esta respuesta a mi nota del 5 de agosto? ¿Es que piensa que tiene que “protegerlo” de mi amistad, o es que quiere protegerse a costa suya de alguna crítica? Me satisface mucho, como es obvio, cuando veo que se acude a su obra y sus enseñanzas, pero comienzo a preguntarme también si habrá siempre sinceridad en quienes lo están haciendo. 

Ahora me percato de que todo, o casi todo lo que quería responderle a Ubieta está en el primer párrafo de su artículo. Me satisface que me quede poco para terminar, porque como él mismo ha dicho, “es una tarea fatigosa volver a repetir ideas que ya han sido formuladas por otros colegas”. También resulta fatigoso repetirse una y otra vez sin atender los argumentos del otro. En el debate en torno a… ¿el centrismo, en Cuba, hoy? creo que ya sabemos cómo pensamos todos. Así que me ahorro fatigas innecesarias. Me salto el recuento referencial de Ubieta sobre lo publicado en sus artículos y libros y los de otros, así como sus comentarios críticos a mis apreciaciones aunque no los comparta –no polemizo con él, prefiero cederle el privilegio de la última palabra. Lo que motivó mi misiva a Granma, fue que anunciaba un debate del que solo daba a conocer una posición, omitiéndose los criterios distintos, de los cuales cité algunos de los que me lucían más interesantes. Solamente un anónimo, escrito en un estilo bastante parecido al de este artículo de Ubieta, asumió la tarea de defender, en Post Cuba, de mi supuesto atrevimiento, al órgano del partido. 

Quiero detenerme, para terminar, en sus últimas líneas, donde introduce el “origen de esta polémica, tendenciosamente olvidado: Cuba posible”. Tendenciosamente olvidado, aclaro, porque siendo el blanco de sus críticas, Ubieta , y otros colegas, han preferido caracterizarlo desde el principio mismo como una peligrosa tendencia centrista. Me pregunto si han leído lo publicado porque hasta ahora su argumentación se ha centrado en condenas a priori más que en la discusión de contenidos.

Claro que no hay que ignorar intereses y movidas de quienes, fuera y dentro del país se pronuncian y trabajan en contra del futuro socialista del proyecto cubano. Esas posiciones surgen y van a surgir alrededor de cualquier iniciativa crítica sobre la cual vean la posibilidad de influir. Es parte del desafío, como también creo que lo es propiciar la existencia de un abanico de reflexión con la mayor amplitud de posiciones. 

No sé si las esferas de dirección del país debieron propiciarlo ellas mismas, o permitir simplemente que se tomara la iniciativa desde la sociedad civil. Cuba posible se creó en esa perspectiva, como foro de reflexión. Se excluía en aquella iniciativa solo lo que en la teoría o en la acción respondiera a las proyecciones de los enemigos del proyecto social cubano. Pero, hecha esa salvedad, sería un espacio para que participaran contribuciones que merecieran ser tomadas en cuenta, vinieran desde la izquierda, el centro o la derecha; verla como centrista puede ser incluso un reduccionismo. Porque de la derecha, cuando no responde al canon del enemigo, y aunque no aceptemos sus soluciones, nos debieran interesar las críticas. Suelen conocer nuestros errores tanto como los que estamos comprometidos a fondo con el ideal socialista que nos guía, que, por otra parte, nos vemos atrapados a veces entre conformismos y vacilaciones. 

Lo que sobre un tema dado piensen Roberto Veiga y Lenier Gonzalez – como cualquier otro autor – es lo que piensan ellos y no algo consensuado. Sus posiciones habría que debatirlas con ellos y no con Cuba posible. Yo puedo no compartir sus tesis, pero creo que tienen el derecho, en una democracia socialista, de defender lo que piensan, y que Ubieta debe respetarles ese derecho tanto como yo. O más que yo porque tiene funciones que permiten accesos más elevados y responsabilidades de mayor alcance que las que yo pueda tener. Y también discutirles – sobre todo si cree que es tan peligroso el desafío – y propiciar que otros puedan discutir sus criterios. 

De repente tengo la impresión de que Ubieta me está criticando con la mirada puesta en otro lugar. No sería mucho pedirle que se atuviera, para hacerlo, a lo que yo haya dicho o publicado, allí o fuera de allí. En el fondo lo que justifica estas líneas, es la necesidad de rechazar, de una sola vez, la sarta inaceptable de insultos que ha lanzado contra mi persona, frente a los cuales, cercano ya a los ochenta, pienso que mi conducta y mis posiciones revolucionarias no deja lugar a dudas. 

Además, insisto en que para juzgar con objetividad, lo primero sería tomar en cuenta el apreciable caudal de reflexión que ha producido y difundido, desde su constitución, Cuba posible. No pienso que todo lo publicado sea igualmente valioso pero estoy convencido de que contiene una contribución de utilidad en nuestra sociedad real, hoy; la que ha vivido la mitad del siglo XX bajo el bloqueo y posiblemente tenga que seguir viviendo buena parte del XXI sin poder sacudírselo. Una contribución a comprender sus problemas viejos y los nuevos, a identificar los errores, y medir los desafíos. Creo sinceramente que Cuba posible merece existir, y padecer todos los encontronazos polémicos que pueda generar su existencia. 

Ese es el espíritu con el que recuerdo que se creó y me gustaría que logre mantener. No trato de definirla. A veces las definiciones congelan las cosas, y las cosas cambian, no son estáticas. A veces sus cambios se generan desde dentro, a veces se les empuja desde fuera a ser algo distinto. Y cuando ya no son lo que creímos que serían, o dejan de existir, pueden llegar otros, que harán lo que queríamos hacer, pero dándole otro nombre, o harán algo distinto bajo el mismo nombre.

martes, 22 de agosto de 2017

El sendero de las teorías que se bifurcan…

Por Carlos Luque Zayas Bazán
22 AGOSTO, 2017 DE LA PUPILA INSOMNE
El economista cubano Pedro Monreal (PM) ha publicado varios artículos dedicados a exponer su criterio acerca de los trabajos incluidos en una recopilación de textos sobre las tendencias políticas centristas en Cuba.
En su texto más reciente, PM sostiene su análisis   en el argumento según el cual los textos de la antología  definen el centrismo como equivalente a contrarrevolución. A partir de esa afirmación PM precisa la segunda premisa de su análisis definiendo por su parte que es contrarrevolucionario en Cuba  postular  a) “…la necesidad y/o conveniencia de acabar con el control del poder político por parte del Partido Comunista de Cuba (PCC)”  y b) demandar “…que los medios de producción fundamentales no sean de propiedad social. Es decir, cuando una posición política atenta contra cualquiera de los dos pilares de un modelo comunista.”
En párrafo anterior el analista acepta que “pudieran ofrecerse diferentes definiciones” de la posición política contrarrevolucionaria en Cuba. Pero a fin de cuentas se decanta por las dos (a y b) señaladas, y desde allí despliega su tesis apoyado en la premisa mayor, que como vimos,  establece que el anticentrismo se limita a denunciar a la contrarrevolución y sólo definida por esos dos rasgos.
De paso, hay que advertir que acudiendo a Lenin y a Gramsci, el autor pretende: a) legitimar y ensalzar las supuestas bondades o la eficacia de las posiciones políticas centristas y b) a la vez reitera la tesis según la cual la distinción de posiciones de izquierda, derecha y sus matices intermedios es inoperante o errónea,  tesis muy común también últimamente en el debate de aquellos que se oponen a lo que llaman la radicalidad ortodoxa, u oficial o dogmática.
Se advierte bien claramente que esa tesis, planteada ahistóricamente, sin análisis contextual de cada escenario de la lucha política, pretende prestigiar y colocar las políticas centristas como si existieran en una especie de terra incognita de la política. En la citada carta a su amigo comunista, más adelante el mismo Gramsci utiliza profusamente esas distinciones que son y le resultan inevitables para analizar el campo político italiano y los temas que allí trata. Como también, por sólo mencionar una valoración reciente, Immanuel Wallerstein en su texto Dilemas de la izquierda radical, publicado en La Jornada.
Este aspecto del análisis de PM no merece mayor detenimiento ahora, que la advertencia de la manipulación que contiene para inficionar y contaminar el imaginario político e introducir modos de pensar que conviertan la lucha ideología en un terreno confuso, elástico y líquido, algo muy característico de todo centrismo.
No comentaré extensamente aquí la posición de “centro político” que se le atribuye a Lenin. Es un recurso muy débil y totalmente erróneo por antihistórico el intento de prestigiar u otorgarle pertinencia a esa posición política en las condiciones concretas actuales de Cuba acudiendo a Lenin, pero mucho menos a Gramsci con respecto a aquel. Pero esto merece un comentario.
Casual (¿o quizás premonitoriamente?) releía en estos días Un paso adelante, dos pasos atrás y sólo porque lo reencontré organizando algunos libros. Apenas uno se puede resistir a la angustia que provoca no poder leer o releer un libro valioso que asome a la vista. Y no podía imaginar que alguien trajera a Lenin a colación, insinuando que si alguna vez fuera de “centro” en política, ello podría servirle a los centristas de esta época para tranquilidad de sus almas.
Como se sabe, Lenin hace en ese texto un meticuloso análisis de las actas del II° Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), celebrado en 1903, en Bruselas y, por razones de seguridad, trasladado después a Londres. La primera reacción-placer que nos regala Lenin es disfrutar de su genial exposición analítica y de su estilo polémico, exacto, duro, irónico y directo (entre compañeros de lucha), que hoy levantaría tantos lamentos y victimizaciones entre los moderados que suelen reaccionar con quejas y lamentaciones. Los revelados en las actas de aquel congreso y textos posteriores a que se refiere Lenin , de hecho, son casi la copia y el calco de los recursos defensivos de los supuestos perseguidos o criticados que ahora a veces se leen en Cuba durante las confrontaciones ideológicas. La segunda fue constatar con cierta tristeza racional, o de la razón, (si eso existe, o se puede expresar así) y casi con alguna conmiseración posterior, cómo se intenta de manera tan pedestre y elemental manipular hoy los hechos y los conceptos.
En aquella ocasión Lenin celebraba el paso adelante que significaba la posible unificación y consolidación en un Partido de la dispersión organizativa que existía en el campo de la lucha política e ideológica, formada hasta ese momento por diversos grupos, círculos y tendencias, y lamentaba los dos pasos atrás por la escisión sobrevenida entre los mencheviques (minoría, en ruso) y los bolcheviques (mayoría).  Lenin demuestra con meticuloso rigor ​la postura oportunista y girondina de los primeros, (son sus expresiones), frente al jacobinismo radical de los segundos. Allí, entre esas posturas se delineó claramente lo que se denominaba en aquella cultura política “la charca”, (en Alemania, “el pantano”) es decir, el centro político con respecto a los temas que se discutían y en el contexto específico en que ello se manifestó.
No se puede ni pretender, así sea un acotado comentario en este medio que exige la mayor brevedad posible, y con respecto a un texto que se debe disfrutar directamente. Es muy conveniente, como aconsejaba el Che, leer hasta el último papelito escrito por aquel genio. Pero como se intenta escamotear qué significa ocupar el centro político en distintos contextos y circunstancias históricas al afirmarse con ligereza, sin mayor precisión, que Lenin dijo “alguna vez” que “era de centro”, debe disculparse que al menos se recuerde que la división se manifestó en aquel Congreso entre algunas propuestas de Lenin, apoyado inicialmente en algunos temas también por Plejanov , de un lado, y los anti-iskristas, en el otro polo, apoyados por los del “centro”. Y, vacilando entre ellos, unas veces de parte de unos, y otras a favor del contrario, los que Lenin llamó los vacilantes, el centro, o “la charca” (*).
A nadie se le ocurriría, o se le debiera ocurrir (¡pero por lo visto, sí!) comparar a “la charca” de aquel momento, o de momentos posteriores de la historia del partido bolchevique, con nuestra charca actual. Entre otras razones por el “detalle” difícilmente despreciable de que entonces se enfrentaban visiones, propuestas, diferencias, entre camaradas, entre concepciones y personalidades que discutían temas específicos para lograr un objetivo común, es decir, el derrocamiento del zarismo: discutían la estructura organizativa, programática e ideológica de un partido para acompañar y guiar la lucha obrera contra el zarismo y encabezar y conducir la revolución. Ni la valoración citada de Gramsci es pertinente en los actuales contextos donde los polos con respecto a los cuales se sitúa la concepción centrista no son posiciones de matices o antagonismos entre compañeros de lucha, sino de fondo, y esencialmente, entre el socialismo y el capitalismo. (El estudio detallado del escenario actual del debate sería muy útil que se hiciera por especialistas competentes para deslindar matices y posiciones que no se pueden reducir a la propuesta simplista, antonómica y maniquea de Monreal.)
Cuando mucho después la socialdemocracia europea devino esa “ruedecilla” más y funcional al capitalismo, cooptada por el parlamentarismo burgués y traicionando a la causa obrera, (término este, el  entrecomillado aquí, que usa con sabrosa ironía Lenin),   aquel centro ya devendría una significación política concreta cualitativa y funcionalmente distinta al centro que se formó durante aquel Congreso, centro del que Lenin, por cierto, no formaba filas, y que no se puede confundir  al muy distinto al papel de Lenin como dirigente que se esfuerza por construir la unidad alrededor de las fuerzas dispuestas a la lucha en aquellos tiempos. El tema, entre otros, con respecto a los cuales se definió el centro en aquel momento del II Congreso fueron el centralismo democrático como principio organizativo del Partido, propuesto por Lenin, y el autonomismo o federalismo político y organizativo defendido por los opositores que deseaban mantener la existencia independiente de los círculos o grupos de lucha. Aquellos eran los polos, sobre todo con respecto a un elemento organizativo, y es en relación a ese aspecto y otros que surgieron con él relacionado, que se situaba el centro, la “charca”, que como siempre, depende para ser definido y localizado por los elementos claramente opuestos con respecto al cual se sitúa. El centro está condenado a la movilidad porque se define con respecto a cómo se sitúan sus extremos, de ellos depende, y por esa razón le caracteriza la vacilación y, al final, la selección de una de las posiciones en debate y la acción, si es que no se retira de la lucha y la causa que declara defender. Lo curioso es que en múltiples ejemplos conocidos – y en aquella ocasión también – opta por el lado derecho, oportunista o girondino, como demuestra Lenin que ocurrió en aquel evento. 
No es posible ceder a la tentación de extenderse en las sugerencias que para  hoy  emanan de aquellos sucesos analizados minuciosamente por Lenin, muchos de ellos tan actuales en nuestras circunstancias. Sólo apunto que hay, por ejemplo, una asombrosa similitud entre los argumentos esgrimidos por la “charca” y los oportunistas de entonces, y los que hoy leemos entre algunos de nuestros centristas. Precisamente porque las posiciones vacilantes gozan de cierta universalidad e invariantes cuando  tratan de establecer equidistancias y Lenin las revela genialmente en su análisis. Aunque debe notarse con claridad que ahora no se puede establecer ni siquiera similitud entre las posiciones que entonces se oponían entre sí con las que hoy definen una posición de centro político.  Porque aquel se daba en el seno de un proyecto común, y además, no sólo por la obvia verdad de Perogrullo de que son eventos tan distintos en épocas tan diferentes, sino porque ahora la posición centrista no se manifiesta  como alternativas o matices en el seno de un proyecto,  del proyecto de la Revolución Socialista, aunque algunos lo afirmen o quieran sugerirlo, o parecerlo.
Un aspecto de aquel debate, era por ejemplo, a quiénes admitir en el Partido, qué relación debía tener este con el campesinado en la llamada cuestión agraria, si debían admitirse los círculos con autonomía política, cómo debían estar compuestos los órganos del partido, etc. En cambio, ahora el núcleo duro del centrismo  radica en proponer el pluripartidismo bajo el manto de la democracia y contra el “totalitarismo” político, con la divisa de ser una izquierda, cuando lo proclaman, ideológicamente moderada, defender la transición, pero no la del socialismo, sino la de un “régimen” totalitario a uno “democrático”, etc., y por esa razón es que reciben el apoyo y beneplácito de personas y organizaciones que no pretenden esconder, como los centristas, su clara oposición al gobierno, al estado y la Revolución cubanas. Es un sueño de la Razón evocar aquel centrismo, del cual Lenin no era parte, en nombre del actual.
El centrismo hoy suele esconderse detrás de una reivindicación de la democracia y del autogobierno obrero.  Un argumento que aparece en los textos de los fundadores de Cuba Posible y ocasionalmente esgrimido por otros, y  que de manera explícita aparece en aquella declaración en la que sus directores solicitan ser enjuiciados, es el derecho que todo cubano tiene a expresar sus opiniones sobre el destino de Cuba. Ese derecho no se pone en duda, y a nadie se le pregunta su filiación ideológica para ello. La trampa es que en realidad lo que se exige es el derecho de las diferentes tendencias ideológicas a participar en la disputa del poder y sin que nos importen sus vínculos organizativos y logísticos con entidades foráneas. De allí surge la “necesidad” de restituir el multipartidismo, que es la base programática de Cuba Posible.
La historia es la señora que siempre tiene la última palabra.  Con el tiempo se reveló en los hechos duros y tenaces que el centro político, – como muchas veces se advierte en la “antología” aunque sin pruritos ni métodos o aspiraciones académicas-, deviene siempre funcional al capitalismo. Su objetivo en Cuba no remite ni se identifica como mera  opción contrarrevolucionaria.  Anticentrismo no equivale fundamentalmente a una denuncia de la contrarrevolución, sino a la revelación y denuncia de opciones y conceptos que son funcionales al capitalismo mientras postula que sus propuestas deben conducir a la verdadera República democrática, y esto último es lo importante, y es su rasgo esencial y, por lo tanto está excluido por Monreal de su propuesta clasificatoria del centrismo=contrarrevolución y contrarrevolución definida del modo como vimos más arriba. El anticentrismo es anticapitalista y antimperialista, antineoliberal y antieconomicista, pero sólo por eso, en principio y a partir de allí, opuesto a la contrarrevolución, en cuanto la contrarrevolución no puede ser anticapitalista, antimperialista y antineoliberal. Si el Partido pierde el poder político a Cuba no le espera otro destino que ser deglutida por el imperialismo estadounidense. Es por esto último que se define lo contrarrevolucionario, en las concretas condiciones actuales. La definición destacada en negrita es la que desea escamotear la reducción que consiste en sostener que sólo la disputa del poder político partidista y el rechazo de la propiedad social estatal sean los rasgos que definirían a la contrarrevolución y por lo tanto al centrismo. Y no es así, porque en ocasiones se manifiesta y mimetiza como todo contrario: al centrismo sin máscaras, y al solapado que no se reconoce como tal, lo podemos encontrar  aceptando la legitimidad de la Revolución, como Obama, y también la existencia de la propiedad social y estatal, junto a otras modalidades de propiedad. Necesita de ello, es parte de su táctica. Su perfil o retrato político no se agota en la simple y engañosa antinomia reductora centrismo = contrarrevolución. Las plataformas y determinadas personalidades que aúpan y difunden el centrismo no quieren pasar por contarrevolucionarias, (de lo contrario no podrían confundir y pedir un lugar legítimo en el debate cubano), siendo sutilmente procapitalistas no porque apoyen los crímenes de ese sistema, (no faltara más), sino porque ponen sus esperanzas de solución en ese sistema o en una combinación imposible entre él y el socialismo, a la vez que descreen profundamente en el marxismo y arrastran a otros o se han dejado arrastrar por el descrédito sembrado con respecto al socialismo. Es por eso que el centrista rechaza los métodos frontalmente mercenarios de aquellos que son directamente pagados al cash por embajadas y gobiernos.  Pero también es por ello que dirigen cuanta crítica pueden tratar de fundamentar, no desde y para continuar la transición hacia el socialismo, no para argumentar la importancia de la unidad en torno al Partido, nunca se lee esa expresión en un verdadero centrista, sino toda su acción teórica pretende, supuestamente, democratizar, horizontalizar, consensuar, desestatizar, persuadir, lograr un amplio despliegue de la propiedad privada, pero regulada por el estado, etc. Por su lenguaje, sus medios, las sedes de sus reuniones y sus amigos los conoceréis. Leed el amplio análisis leninista y veréis qué asombrosos paralelos se pueden encontrar entre los términos y los argumentos cuando se trata de aparentar que no se defiende ni una posición ni otra en un tema en que sólo se puede optar con coherencia por una de ellas.
Más evidentemente contrarrevolucionario es- aunque fuera sólo desde el punto de vista ético-, beneficiarse, bajo el pretexto de la objetividad académica, del financiamiento facilitado por organizaciones  que son notoriamente enemigas de la Revolución Cubana y enemigas de todo gobierno o política que surja en cualquier rincón del planeta que atente contra los intereses del capitalismo. Cuando ello ocurre, hay, además de procapitalismo, potencialmente o no, verdadera contrarrevolución aunque se proclame estar del lado de los obreros y de la democracia .
Injerencia, y contrarrevolucionaria, es pretender influir en la política cubana y dictar normas a su futura Constitución desde foros convocados y sostenidos por la NED. En mi opinión, un centrista convencido, por ejemplo, de que el estado puede regular la depredación capitalista, o que sostenga la sincera esperanza de que puede existir el capitalismo de rostro humano, y que espere que al menos atempere su salvajismo, puede, al defender esa convicción, no hacer contrarrevolución militante, efectiva y directa. Pero un centrista o no, que haga propuestas en el debate cubano y sostenga su actividad o asista a eventos financiados por órganos foráneos de probada vocación contrarrevolucionaria y proimperialista, ya adquiere un carácter en ese caso bien diferente y de todos los rasgos esenciales al centrismo puede definirse por contrarrevolucionario porque  se pone al servicio, deséelo o no, del imperialismo.
Por último, si nos atenemos a la metodología de PM, una organización como Cuba Posible podría calificarse de contrarrevolucionaria, al menos claramente con respecto a la primera condición y de modo nada ambiguo. La condición a) de PM define como contrarrevolucionario, recordemos, aquel que “postula la necesidad y/o conveniencia de acabar con el control del poder político por parte del Partido Comunista de Cuba (PCC).” Pues bien, por medio de su director, ya sea postura personal, ya sea objetivo de la entidad, o de sólo algunos de los que allí publican, CP se ha declarado partidaria del pluripartidismo, trabajar por la transición de “régimen” en Cuba, intensificar sus vínculos extranjeros e, incluso, no desecha la intención de organizarse en un partido político para la disputa del poder si ello fuera necesario. Además, en varios escritos publicados allí se propone que el Partido Comunista sea un partido más entre otros. Y en otros textos, aunque a veces no se declara abiertamente, se cuestiona que la propiedad estatal sea una forma de expresarse y protegerse  la propiedad social y los intereses comunes de los cubanos. ¿Hacen falta otros argumentos que los mismos declarados por sus mismos voceros? Creo que, al menos, no con respecto a la taxonomía de Pedro Monreal. 
(*) Que Lenin define como aquellos “elementos inconstantes que vacilan entre los que luchan”. “Entre los círculos y organizaciones de lucha contra el zarismo que acudieron al II Congreso, el grupo socialdemócrata “Yuzhni Rabochi” (El Obrero del Sur), a la vez que sostenía su acción en principios que entonces se podrían considerar de izquierda- énfasis en la lucha política para derrocar al zarismo,  condena del terrorismo como método de lucha, extensión el movimiento revolucionario de masas, al mismo tiempo que estos rasgos, sobreestimaba el papel de la burquesía liberal y menospreciaba el papel del campesinado.”

Manda el que dice la verdad.

 Por Iroel Sánchez

De manera reiterada el Presidente cubano, Raúl Castro, ha venido denunciando la introducción en Cuba de “plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial”: 

“Me refiero al reto que nos impone la permanente campaña de subversión político-ideológica concebida y dirigida desde los centros del poder global para recolonizar las mentes de los pueblos y anular sus aspiraciones de construir un mundo mejor.

“En su brillante definición del concepto “Revolución” formulada el primero de mayo del año 2000, en la Plaza de la Revolución, en La Habana, Fidel enunció, entre otras ideas, las siguientes:

“Revolución es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional;”

“es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio;”

“es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”.

“En nuestro caso, como sucede en varias regiones del mundo, se perciben intentos de introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial, enfiladas contra las esencias mismas de la Revolución Socialista a partir de una manipulación premeditada de la historia y de la situación actual de crisis general del sistema capitalista, en menoscabo de los valores, la identidad y la cultura nacionales, favoreciendo el individualismo, el egoísmo y el interés mercantilista por encima de la moral.

“En resumen, se afanan engañosamente en vender a los más jóvenes las supuestas ventajas de prescindir de ideologías y conciencia social, como si esos preceptos no representaran cabalmente los intereses de la clase dominante en el mundo capitalista. Con ello pretenden, además, inducir la ruptura entre la dirección histórica de la Revolución y las nuevas generaciones y promover incertidumbre y pesimismo de cara al futuro, todo ello con el marcado fin de desmantelar desde adentro el socialismo en Cuba.” (Acto por el 55 Aniversario del triunfo de la Revolución, en el parque Carlos Manuel de Céspedes, Santiago de Cuba, 1ro de enero de 2014)

“La influencia en nuestra realidad de las complejidades del mundo en que vivimos, la política de hostilidad y acoso, las acciones dirigidas a introducir plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración capitalista apoyadas por una perversa estrategia de subversión político-ideológica que atenta contra las esencias mismas de la Revolución y la cultura cubana, la historia y los valores que en ella se han forjado, la innegable existencia de problemas acumulados en la sociedad, a lo que se suma el propio proceso de implementación de los Li­neamientos y los profundos cambios en que nos encontramos inmersos, así como el nuevo escenario en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, son hechos que imponen elevados desafíos al trabajo ideológico. Esos programas van dirigidos hacia los sectores que el enemigo identifica como los más vulnerables y abarca a los jóvenes, la intelectualidad, los trabajadores asociados a las formas no estatales de gestión y las comunidades con mayores dificultades materiales y económicas.” (Informe Central al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, 16 de abril de 2016. Palacio de las Convenciones de La Habana) 

“Hoy estamos doblemente amenazados en el campo de la cultura: por los proyectos subversivos que pretenden dividirnos y la oleada colonizadora global.” (Carta de felicitación a la UNEAC por su aniversario. 22 de agosto de 2016)

Desde esas mismas plataformas se rasgan las vestiduras cuando se pone nombre y apellidos a lo que Raúl viene denunciando hace años. Es entendible, en la política que conciben lo que se dice en público se contradice en privado, y la mentira es moneda corriente. El ladrón, cree a todos de su condición y juzga a partir de sus propios antivalores, pero se equivoca una vez más, ya lo dijo Martí:

“Manda el que dice a tiempo a la verdad. La verdad bien dicha, dicha a tiempo, disipa, como si fuesen humo, a sus enemigos”

sábado, 19 de agosto de 2017

La “antología” sobre el “centrismo” en Cuba: Lenin y los otros.

Por Pedro Monreal

Independientemente de la manera en que se construyeron los conceptos expuestos en la “antología” Centrismo en Cuba: Otra vuelta de tuerca hacia el capitalismo, la proposición esencial que se postula en los textos analizados es que el “centrismo” es contrarrevolucionario.
En un análisis sobre la “antología” lo que revestiría mayor interés no es el concepto de “centrismo” en sí mismo sino poder verificar la validez de la proposición de que el “centrismo” es contrarrevolucionario.
Después de todo, una marca política como la de “centrismo” no debería ser muy preocupante para muchos a quienes recientemente parece habérseles endilgado esa etiqueta en Cuba pues hasta del propio Lenin se dijo alguna vez que su posición política era de “centro”.
El colega Julio César Guanche ha llamado la atención acerca de que eso no lo hizo un analista cualquiera sino Antonio Gramsci: “Por lo que se refiere a Rusia, yo he sabido siempre que, en la topografía de las fracciones y tendencias, Radek, Trotski y Bujarin ocupaban una posición de izquierda, Zinóviev, Kámenev y Stalin una posición de derecha, mientras que Lenin estaba en el centro y actuaba de árbitro en toda la situación. Eso, por supuesto, en el lenguaje político corriente”.
De hecho, en relación con ese tipo de etiquetas el propio Gramsci consideró que “Como es sabido, el núcleo que suele llamarse leninista sostiene que esas posiciones «topográficas» son absolutamente ilusorias y falaces, y en sus polémicas ha demostrado continuamente que los supuestos izquierdistas son pura y simplemente mencheviques, que se mimetizan con lenguaje revolucionario, cuando en realidad son incapaces de estimar las reales correlaciones de fuerza”. (Ver Antonio Gramsci, “Carta a Togliatti, Terracini y otros”, 9 de febrero de 1924. http://www.gramsci.org.ar/1922-26/14-cartaa-togliatti-fe-24.htm)
La valoración de las proposiciones de la “antología” pudiera ayudar a comprender si esta tiene la capacidad para estimular el diálogo y el debate útil, o si, por el contrario, a lo que tiende es a provocar una polarización poco productiva de la discusión política en Cuba.
¿Proposiciones válidas?
El punto crucial del análisis de contenido de los textos radica precisamente en examinar la validez de esa proposición y ello implica hacer un análisis para evaluar las diversas maneras en que se enuncia tal proposición en diferentes textos de la “antología”.
Expresado en términos sencillos, la validez de una proposición, inferencia, o conclusión de un texto, consiste en poder constatar si el argumento lógico que se ha construido logra reflejar la realidad de una manera lo más objetivamente posible.
Como se conoce, el tema de la objetividad en la producción de ideas, tanto científicas como de otro tipo, es un asunto polémico. Al nivel de la valoración que aquí se hace, que no debe ser tomada como un análisis acabado, quizás sea suficiente considerar que la constatación objetiva se produce cuando la proposición no existe solamente en la mente de quien la ha formulado. Es decir, cuando la proposición opera como una entidad intelectual que es aceptada como razonable por otros y que pudiera ser examinada en sí misma.
Debido a que no se hace aquí una valoración de textos científicos, los cuales exigen una particular evaluación de validez, nos limitaremos a expresar consideraciones desde la perspectiva más general de cómo debe operar el pensamiento lógico.
En ese plano, existen cuatro niveles de validez, cada uno de ellos relacionado con una pregunta relevante:
  • Validez de conclusión: ¿Existe una relación entre el concepto clave y otras variables presentes en la proposición?
  • Validez interna: Asumiendo que existiera una relación entre el concepto y las otras variables, ¿existe una relación de causalidad entre ellas?
  • Validez de “construcción”: Asumiendo que existiera una relación causal, ¿puede saber el autor si la “construcción” (representación ideal de la realidad) se ha convertido en algo que pueda ser examinado y entendido por otros?, es decir, que haya dejado de ser solamente una idea en la mente del autor.
  • Validez externa. Asumiendo que existiera una relación causal, ¿es generalizable la proposición a otras entidades distintas a las involucradas en la observación directa que hizo el autor?
 La validez de las proposiciones de los textos de la “antología” expresaría dimensiones distintas -y complementarias- respecto a la manera en que se relaciona el concepto clave (“centrismo”) con la variable “contrarrevolución”.
Por esa razón, para el análisis es imprescindible precisar qué debería entenderse por una posición política contrarrevolucionaria en la Cuba de hoy. Seguramente pudieran ofrecerse diferentes definiciones y por ello aquí se hace explícita la que se ha utilizado en este análisis.
Existe una posición contrarrevolucionaria en Cuba cuando ocurre, al menos, una de las siguientes dos circunstancias: a) se postula la necesidad y/o conveniencia de acabar con el control del poder político por parte del Partido Comunista de Cuba (PCC); y b) se demanda que los medios de producción fundamentales no sean de propiedad social. Es decir, cuando una posición política atenta contra cualquiera de los dos pilares de un modelo comunista.
En el terreno de las ideas políticas, una proposición válida no aspira necesariamente a la eternidad. Su validez y su efectividad discursiva están ligadas a su aquí y a su ahora. Es inseparable de su contexto ideológico de producción y de su contexto político de operación.
Para algunos especialistas, la ideología no debería entenderse solamente como principios, creencias, actitudes y valores, sino también como una forma de conocimiento, es decir, que debe considerarse que los actores políticos tratan sus opiniones sobre el mundo como conocimiento, algo a lo que se le ha denominado “ontología social”. (John Levi Martin y Matthew Desmond, “Political Position and Social Knowledge”, Sociological Forum, Vol. 25, No. 1, March 2010).
Ello ayudaría a entender la razón por la que en esta reciente discusión sobre el “centrismo” en Cuba, además de posibles cuestiones de principios y quizás hasta de intereses, también pudiera estar ocurriendo que quienes se encuentran en distintos lados del debate no consideren que están observando una misma “cosa” a la que evalúan aplicando distintos valores, sino que pudiera suceder que consideren que están mirando “cosas” distintas, denominadas con un mismo término.
Se asume, por tanto, que en el contexto actual esa discusión difícilmente se produzca de la manera nítidamente delineada que se ha esbozado en la definición de “contrarrevolución” anteriormente apuntada. La política es un sistema complejo y sus debates expresan esa complejidad. Esto hace más difícil el análisis, pero no lo impide.
Variantes de la proposición esencial de los textos
Los doce textos analizados, escritos por nueve autores, enuncian proposiciones claramente identificables. De ese conjunto, existen diez textos cuyas proposiciones no llegan a satisfacer el nivel básico de validez de conclusión: los dos textos de Gómez Sánchez, los dos textos de Luque, y las contribuciones de Ubieta, Ichikawa, Hernández Pérez, Luque, Capote y Lagarde.
Existen otros dos textos cuyas proposiciones satisfacen el criterio de validez de conclusión, pero no los restantes criterios. Se trata de los dos textos de Iroel Sánchez, que en esencia retoman proposiciones de Ichikawa, aunque se trata de aquellas que fueron formuladas por este último autor en un texto que no fue publicado en la “antología”.
La proposición de que el “centrismo” es contrarrevolucionario en la Cuba actual implicaría tener que aportar evidencia de que el “centrismo” –como postura ideológica o posición política- es irremediablemente contrarrevolucionario, o sea, que inexorablemente manifiesta una posición política favorable a la eliminación de cualquiera de los dos pilares del modelo actual (control político por parte del PCC y propiedad social sobre los medios de producción fundamentales).
En el caso de que la proposición hubiera sido formulada de una manera que existiera la posibilidad de que algo a lo que se le denominase “centrismo” pudiera no ser contrarrevolucionario, según la definición de esto último que se ha adoptado aquí, el criterio de validez de conclusión no se cumpliría. Obviamente, la utilización de una definición distinta de contrarrevolución pudiera cambiar la valoración de validez.
A continuación, se presenta un sumario de proposiciones que se consideran que no satisfacen el criterio de validez de conclusión:
Javier Gómez Sánchez: “En ese centro fabricado caen muchos que son verdaderamente de izquierda, socialistas y revolucionarios cubanos, sin percatarse del daño que les hacen a esas causas, que no son perfectas, pero son mejorables y no deben ser abandonadas” (pág. 51) y “El centrismo y sus exponentes son y seguirán siendo por su naturaleza parte de la contrarrevolución” (pág. 173)
Comentario: El “centro”, concebido como “trampa”, implica que es un “lugar” que puede incluir revolucionarios. El “centro” no sería, por tanto, algo inexorablemente contrarrevolucionario. La indefinición en el texto de la supuesta “naturaleza” contrarrevolucionaria del “centrismo” no permite apreciar una relación entre el concepto crucial (“centrismo”) y una imputada postura contrarrevolucionaria.
Luque Zayas-Bazán: “Se diferencian claramente los participantes en ese debate ciberespacial: los que se alinean sin dudas con la Revolución, sin hagiografías triunfalistas pero sí con posturas críticas constructivas, de los que declaran admitir la legitimidad de la Revolución y su actual gobierno pero la valoran algo menos que ya inoperante y fracasado” (pág. 71) y “Ante esas perspectivas, que no por sólo probables deben desconocerse o minimizarse, esas propuestas para el rumbo de Cuba se pueden considerar erradas e irresponsables” (pág. 88).
Comentario: La declaración de aceptación, por parte de alguien, acerca de legitimidad de la Revolución y la opinión simultánea de una percepción de inoperancia y de fracaso del gobierno no entraña necesariamente una posición contrarrevolucionaria. Habría que probar que ese desencanto o frustración se traduce en una acción concreta que buscase eliminar los pilares del modelo vigente, una evidencia que el autor no aporta. Por otra parte, en el texto se critican propuestas “erradas e irresponsables”, pero eso es algo muy distinto a que sean propuestas contrarrevolucionarias.
Elier Ramírez Cañedo: “Hoy vemos como ese nacionalismo de derecha que se estimula por quienes nos adversan, bajo el ropaje engañoso de centrismo, no tiene otro objetivo que el intento desesperado de restaurar el capitalismo en Cuba” (pág. 29).
Comentario: La supuesta conexión que establece el autor entre “centrismo” y nacionalismo de derecha se basa en la falacia de atribuir a Martínez Heredia tal conexión. No se ofrece evidencia alguna respecto al mencionado objetivo de restauración del capitalismo. Puede que el autor “lo vea”, pero eso no es suficiente cuando se trata de hacer una proposición lógica.
Ubieta: “Cuba Posible (la teoría) se hace acompañar de OnCuba (la descripción minimalista). Ambos procuran golpear los espacios de prestigio de la Revolución: la igualdad, la solidaridad, el heroísmo” (pág. 136).
Comentario: La referencia a dos entidades catalogadas como “centristas” incluye dos posibles relaciones con una posición contrarrevolucionaria: intencionalidad de “golpear” y los temas específicos en los que ello se manifestaría. El texto no ofrece prueba concreta respecto a la intencionalidad, y en el plano de la realidad -por fuera de la mente del autor- ambas publicaciones incluyen contenidos verificables que contradicen la afirmación generalizadora respecto a los “espacios” que supuestamente son “golpeados”.
Hernández Pérez: “Este centrismo, tropical e instantáneo, trabajosamente deslizado entre el sector más joven, y coherente con su intención de regreso al sistema de Partidos Políticos, se muestra más como un intento de programa electoral que como una plataforma social de alguna perspectiva futura, al menos si depende de sus propios preceptos y no de alguna fuerza exterior que lo coloque “por encima de la sociedad”, como al estado burgués. Una de las pruebas de ello es ver hasta qué punto sus argumentos se quedan en la manipulación de síntomas, o sea, en el modo de diagnosticar acerca de las carencias y necesidades de la sociedad cubana” (pág. 152) y “su difusión pasa por el financiamiento que sale del departamento del Tesoro estadounidense para lo que llaman el programa de reinstauración de la democracia en la Isla. Una y otra vez se han desclasificado, o se han puesto al descubierto por ejercicio periodístico, las vías de inyección de ese financiamiento y sus objetivos de destino” (pág. 150).
Comentario: No queda claro en qué pudiera consistir la imputada “manipulación de síntomas”, esgrimida como “prueba”, pero incluso si tal manipulación hubiera ocurrido, una manipulación de ese tipo de diagnóstico no se relaciona con una posición política que inevitablemente proponga desmantelar los pilares del sistema vigente en el país. Se dice que el “centrismo” es financiado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, pero no se aporta evidencia alguna.
Capote: “Los representantes de llamado centrismo en Cuba, que se presentan como una tercera opción, una vía intermedia entre el capitalismo y el socialismo, etc., tratan de demostrar con una serie de sofismas, lo inoportuno de la vía revolucionaria, niegan, como negaron a finales del XIX los Autonomistas, a la Revolución” (pág. 175).
Comentario: No se aporta evidencia concreta que permita establecer una relación entre el “centrismo” y la supuesta negación de la Revolución. La negación de los pilares de un modelo político y social vigente siempre se expresa en posicionamientos concretos, pero sobre eso el autor no ofrece datos.
Lagarde: “A la par, ofrecen fórmulas para replantear el socialismo desde nuevos paradigmas políticos y filosóficos (multipartidismo, reformas constitucionales y democráticas, sistema electoral, papel de vanguardia del PCC)” (pág. 5).
Comentario: Ofrecer fórmulas para “replantear” el socialismo es diferente de ofrecer fórmulas para prescindir de alguno de los pilares del socialismo.
Ichikawa: “el “centro” político; una posición que se percibía a sí misma como “moderada”; o mejor, cautelosa. Distante de la “extrema izquierda” fidelista y de los “anticastristas radicales”, relacionados simbólicamente con Miami. Estas personas, sin una base social definida, serían la élite del “golpe suave” que derrocaría al gobierno cubano; o que por lo menos extremaría las reformas raulistas” (pág. 127).
“Ese sector de “centro” se pondría realmente muy nervioso de entrar en diálogo con posiciones de “anticastrismo extremo”; con las que sin embargo comparte expectativas políticas respecto al fin del comunismo y el fidelismo en Cuba. Se tienen repulsa foral, pero son aliados políticos potenciales” (pág. 129).
Comentario: Aunque el concepto de “centro” de Ichikawa es el más preciso de la “antología”, las dos proposiciones identificadas en el texto de Ichikawa publicado en la “antología” contienen indefiniciones relativas a otras variables de las proposiciones que dificultan aceptar la validez de conclusión. Dependiendo de lo que pudiera entenderse por “reformas raulistas” -algo que no es aclarado en el texto-, la posibilidad de adoptar una posición política que fuese favorable a “extremarlas”, que tampoco se precisa qué es, no tendría que ser inevitablemente una posición contrarrevolucionaria. Por otra parte, las expectativas políticas se manifiestan y son observables. Sin embargo, el texto no precisa de qué manera el “centrismo” se asocia con posiciones contrarias a algo indeterminado a lo que se le denomina “fidelismo”. Parecería asumirse, cuando menos, una diferencia entre dos posiciones a las que se le denomina “raulismo” y “fidelismo” que, al no ser precisadas, dificulta la formulación de una proposición validable.
Proposiciones con validez de conclusión, pero con otras brechas de validez.
Los dos textos de Iroel Sánchez, escritos con aproximadamente un año de diferencia, contienen la que es probablemente la proposición mejor encauzada de todo el volumen.
Se trata de una proposición originalmente formulada por Ichikawa en marzo de 2015 -asociada a la definición del “centrismo”- que Sánchez retoma: el “centrismo” critica al “régimen político de la isla”.
Específicamente criticaría uno de los pilares del sistema político vigente: el poder del PCC en el marco de un sistema político unipartidista.
Es una proposición afín a los argumentos tradicionalmente planteados por Sánchez, expuestos con anterioridad a la profusa utilización del término “centrismo” a partir de abril de 2016.
En “La hoja de ruta y la tercera vía”, el cual es cronológicamente el primer texto de la “antología” (25 de marzo de 2015), se establece una conexión directa entre esa proposición y algunos debates anteriores, específicamente los que se reflejaron en La Pupila Insomne en abril y mayo de 2014 (pág. 69).
“El “corrimiento al ´centro´”, el cual es cronológicamente el segundo texto más antiguo del volumen (18 de abril de 2016), fue con el que La Pupila Insomne comenzó a colocar sistemáticamente el término “centrismo” en el debate nacional. En ese texto, Sánchez retoma el concepto de “centrismo” de Ichikawa para reiterar la proposición de que el “centrismo” es contrarrevolucionario, esta vez conectándola con una entrevista al destacado intelectual Fernando Martínez Heredia, en la que se proyectó la falsa imagen de que Martínez Heredia había utilizado el término “centrismo” (pág. 45-47).
La proposición originalmente formulada por Ichikawa y adoptada por Sánchez de que el “centrismo” es contrarrevolucionario porque critica uno de los pilares del sistema político vigente (poder unipartidista del PCC) es una proposición con validez de conclusión. Se basa en una observación directa de casos y es verificable el hecho de que una serie de personas y de plataformas habrían expresado posiciones políticas favorables al pluripartidismo en el marco del debate actual en Cuba (pág. 66-67).
Quizás pudiera esgrimirse que el pluripartidismo no sería necesariamente un ataque contra uno de los pilares del sistema vigente. Sin embargo, en el contexto específico de Cuba no cabe esperar que tal noción (la aceptación de que el pluripartidismo no es contrarrevolucionario) tenga probabilidades de ser aceptada como un argumento válido por la mayoría de los actores que participan en los debates. Como he señalado anteriormente, la validez y efectividad discursiva de ese tipo de proposiciones están ligadas a su aquí y a su ahora. Es inseparable de su contexto ideológico de producción y de su contexto político de operación.
Obviamente, la proposición de que el “centrismo” es contrarrevolucionario debido a que atenta contra uno de los pilares del sistema vigente en Cuba fue reproducida -con variada presencia e intensidad- por otros textos de la “antología”. Se ha hecho énfasis aquí en los textos que la presentaron originalmente (los de Sánchez) porque los artículos publicados con posterioridad se limitaron esencialmente a repetir la proposición.
A pesar de que es una proposición que cuenta con validez de conclusión, la manera en que esta ha sido reflejada en los textos de la “antología” ha impedido que pueda satisfacer otros criterios de validez (interna, construcción y externa).
La explicación de causalidad entre “centrismo” y contrarrevolución (necesaria para la validez interna) exige un tipo de elucidación que permita establecer convincentemente la causa (“centrismo”) como la condición necesaria y suficiente del efecto (contrarrevolución).
El manejo impreciso de lo endógeno y de lo exógeno en los textos, así como el énfasis en derivar el “centrismo” de una teoría más general (“tercera vía”) parece haber reducido el peso que han tenido las explicaciones causales -que siempre son concretas y precisas- en el marco de la “antología”. Esa carencia de argumentación convincente de causalidad crea inevitables brechas de validación en los siguientes dos niveles (construcción y externa) pues estos descansan en la premisa de que tendría que existir una relación de causalidad.
Posiblemente sea la ausencia de validez externa la deficiencia de argumentación lógica que pudiera tener un efecto más negativo para la credibilidad de la “antología”. En el volumen está presente una tipología de “centrismo”, estilo “gran saco”, que ha sido utilizada de un modo impreciso, de manera que mucha gente parece haberse sentido aludida.
La reiterada generalización de una proposición, que, siendo apropiada para una serie de observaciones directas realizadas, no son pertinentes ni extensibles a otras personas que quedasen fuera de aquella observación directa, pudiera explicar la respuesta crítica que se ha observado por parte de personas ubicadas en un amplio espectro de opiniones políticas.
Lo que parecería estarle causando un problema de efectividad política a la “antología” no es tanto el concepto de “centrismo” sino la formulación de una proposición (“centrismo” = contrarrevolución) que para muchos presumibles “centristas” no solamente sería inaplicable sino políticamente ofensiva.
El problema no consiste en que la “antología” sea un panfleto, sino en que es un mal panfleto.
La presencia de algunos textos mejor escritos y más precisos no logra salvar a la compilación en su conjunto.
Como argumento político, la crítica al pluripartidismo debería haber funcionado como una tesis efectiva para la “antología”. Ese es un asunto puntual, fácilmente definible, y ampliamente aceptado en Cuba como algo que no es compatible con el sistema político actual. Es un tema potencialmente mucho más efectivo que el relativo al otro pilar (propiedad de medios fundamentales).
Sin embargo, lo que se refleja en la “antología” es un manejo disperso y llano del primer argumento (pluripartismo) y un embrollo en el manejo del segundo (lo económico). Esto último se explicaría por el exiguo conocimiento que sobre temas económicos evidencian los autores de la “antología”.
De manera sorprendente, lo que pudo haber sido el punto articulador de una narrativa con robustez lógica -la conexión entre “centrismo” y pluripartidismo- es, sin embargo, un tema con muy poca presencia en la “antología”. En realidad, además de los artículos de Sánchez, solamente otros dos textos analizados abordaron el asunto: Luque (pág. 123) y Ubieta (pág. 134).
Habría que tener en cuenta que las posiciones políticas favorables al pluripartidismo -las que se plasman por escrito- no parecen ser mayoritarias ni predominantes, inclusive en algunas de las plataformas usualmente caracterizadas como “centristas”. Ello pudiera haber limitado de todas maneras la efectividad de la “antología”, aun en un hipotético escenario en el cual los autores del volumen hubiesen sido capaces de articular mejor los argumentos contra las posiciones que defienden el pluripartidismo.
Aunque el tono predominante de la “antología” es el de una denuncia combativa caracterizada por un exaltado contexto narrativo, unos pocos textos no son panfletos estándares, al menos en lo que al lenguaje se refiere. Sin embargo, muchos textos publicados evidencian más denostación que argumentación.
Si a ello se une la adjudicación impropia de citas sobre el “centrismo” a Martínez Heredia y la ausencia selectiva de elementos en las definiciones aportadas por quien ha sido el conceptualizador más preciso de la “antología” (Ichikawa), el balance final apunta hacia una “antología” que exhibe carencia de calidad en su lógica narrativa.
Un comentario final
La “antología” es un hecho y parece existir la intención de “aumentar sus páginas”. Esto plantea la conveniencia de considerar la posible trayectoria y modalidades del debate que ya existe. En ese sentido, cabría la posibilidad de que quienes hasta ahora hubieran asumido que tiene sentido hacer una discusión razonada frente al pensamiento panfletario representado en la “antología”, dejasen de intentar hacer una interacción razonada.
Pudiera llegarse a la conclusión de que lo panfletario –por su naturaleza- no busca el diálogo ni el entendimiento, ni tampoco le interesa ser constructivo porque el panfleto lo que persigue es la demolición de otras ideas y la imposición de las ideas del panfletista. Un escenario posible pudiera ser entonces que se llegase a la conclusión de que discutir de manera racional y constructiva no sería algo políticamente efectivo.
De llegar a predominar la visión de que el panfleto político no tiende puentes, sino que profundiza la brecha, entonces pudiera llegarse a una batalla de panfletos porque, después de todo, un panfleto no se responde con resultados de investigación social, sino con otro panfleto mejor.
¿Nos quedaremos entonces con una “topografía” política polarizada en la que se intercambien panfletos?
¿Es eso lo que viene?

miércoles, 16 de agosto de 2017

Fidel: Estratega de la democracia socialista

A propósito de acercarse los primeros comicios generales en que no estará físicamente presente el Comandante en Jefe, recordamos algunos momentos en que se refirió al sistema electoral cubano

Por IGOR GUILARTE FONG

En el momento que ejercía su derecho al voto el 3 de febrero de 2013. (Foto: ISMAEL FRANCISCO/ cubadebate.cu)

Puntual, a las seis de la mañana del 3 de febrero de 2013 abren sus puertas los 29 957 colegios habilitados a lo largo y ancho de la Isla. Los pioneros –no gendarmes– armados con pañoletas y sueños custodian las urnas. Los representantes de las organizaciones de masas y las autoridades electorales se funden en los trajines de la jornada electoral, convocada con el objetivo de votar por los delegados a la Asamblea Provincial y diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Pocos minutos antes de que el reloj marque las cinco de la tarde, repentinamente, aplausos y murmullos rompen la calma que hasta ese momento ha reinado en el colegio electoral número uno, de la zona 13, circunscripción 13, en el capitalino municipio de Plaza de la Revolución. Los presentes, y muchos más que corren a sumarse tras propagarse la voz por el barrio, dan una calurosa bienvenida al elector número 28. Todos quieren saludar a su eterno e invicto Comandante en Jefe.

El Fidel del pueblo entabla con periodistas y vecinos un diálogo que dura hora y media. Con su habitual amenidad y capacidad discursiva, conversa sobre temas diversos. Economía cubana y global, política nacional e internacional, retos de la Cuba actual, nuevas tecnologías, guerras, agricultura, Chávez, unidad latinoamericana, antigüedad de la especie humana, y hasta viajes de exploración a Marte, evidencian su afán por estar informado.

De vez en vez, matiza la seriedad de sus análisis con pinceladas de humor. Eso también lo caracteriza. Al ser interrogado por las elecciones, explica que si bien no puede revelar por quién ha votado, en tanto significaría violar la ley, lo ha hecho por las mujeres, “y claro, también por un hombre que había en la boleta, para evitar que estos se pongan bravos”.

Además, pregunta por la cifra de personas que ya han acudido al colegio, así como por las cantidades de electores y colegios a nivel nacional. Al aproximarse a los pioneros que amparan la urna se interesa por sus estudios, edades y lugares de residencia.

“Aquí las elecciones no son como en Estados Unidos, donde apenas vota una minoría. No podemos dejar que eso pase nunca, porque aquí manda el pueblo”, asegura.

“Este es un pueblo valiente. No tenemos que probarlo. Cincuenta años de bloqueo y no han podido derrotarnos… Solo decirle que el pueblo lo es todo, sin el pueblo no somos nada, sin el pueblo no habría Revolución”, enfatiza como parte de un mensaje dedicado a sus compatriotas.

Ese domingo. Acontecen lluvias e interrupciones de la electricidad en varias localidades del país, pero la participación masiva no desmaya. Así fue el día de los últimos comicios generales en los que habría de participar, físicamente, Fidel.

Por esta democracia

La vinculación con el pueblo no ha sido cuestión de coyunturas, responde a la filosofía de la Revolución y al ejemplo nacido de su principal líder desde los primeros días del triunfo. (Foto: Autor sin identificar)

En el ideario del líder histórico, desde los inicios de su práctica política y lucha revolucionaria, se visualiza la importancia que otorga a la participación popular como motor impulsor de las tareas y puntal en la consolidación de la obra de la Revolución.

Basado en esa concepción y en las tradiciones patrias, proyecta una visión nacionalista que otorga a la democracia un nuevo sentido. Para Fidel no es este un concepto abstracto, sino que depende de las condiciones sociales, la justicia social, participación de las masas, igualdad plena de los ciudadanos, acceso a la asistencia médica, la educación y demás derechos humanos elementales.

Él asocia la democracia al ejercicio de un gobierno supeditado a los intereses colectivos, que las autoridades desplieguen la dirección social y política en función de los derechos integrales de las mayorías. Por eso, tempranamente, durante el acto conmemorativo por el primer aniversario de la huelga de abril de 1958, insistió en la necesidad de poner el poder en manos del pueblo:

“La democracia que existía aquí antes era el derecho a comprar libremente las conciencias, era el derecho de corromper libremente al pueblo, era el derecho de la oligarquía a gobernar, nunca el derecho del pueblo. Y la democracia que nosotros vamos a implantar es una democracia donde el gobierno sea de verdad un gobierno del pueblo, y que el gobierno no sea de las oligarquías, sino un gobierno de la mayoría del pueblo”.

Un año después, el 1° de mayo de 1960, en el discurso pronunciado con motivo del día internacional de los trabajadores, ratificó el modelo de democracia que aspiraba para Cuba. En la entonces Plaza Cívica enunció: “Te inventaron una democracia, una rara y extraña democracia en que tú, que eres la mayoría, no contabas para nada; en que tú, campesino y obrero, que eres el que produce la mayor parte de las riquezas, y que conjuntamente con los trabajadores intelectuales, produces el total de la riqueza; tú que lo producías todo ni siquiera tenías oportunidad de aprender muchas veces a firmar tu nombre. […] ni siquiera existías políticamente dentro de la sociedad. […] Te hablaban de derechos que nunca existieron para ti.

“¡Y a eso llamaban democracia! Democracia es aquella en que las mayorías gobiernan; democracia es aquella en que la mayoría cuenta; democracia es aquella en que los intereses de la mayoría se defienden; democracia es aquella que garantiza al hombre, no ya el derecho a pensar libremente, sino el derecho a saber pensar, el derecho a saber escribir lo que se piensa, el derecho a saber leer lo que se piensa o piensen otros; el derecho al pan, el derecho al trabajo, el derecho a la cultura, y el derecho a contar dentro de la sociedad. ¡Democracia, por eso, es esta, esta democracia de la Revolución Cubana!”.

Aplausos prolongados y exclamaciones de vivas a Cuba, la Revolución y sus líderes, que son coreados por la multitud, interrumpieron sus palabras por espacio de 20 minutos.

En vísperas de la invasión mercenaria por Playa Girón, Fidel sentenció que “esta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. En esa intervención trascendental proclamó el carácter socialista de la Revolución.

Esas sí son elecciones

En varios procesos electorales, Fidel ponderó las condiciones y méritos de los candidatos por los que le correspondía votar y, con proverbial modestia, aseguró verse en un dilema a la hora de elegir. (Foto: cubadebate.cu)

Consecuente con esos principios de democracia, Fidel defiende la implementación de mecanismos de promoción, postulación y elección distintos a los existentes en la sociedad burguesa que imperó hasta 1959. Esta nueva tipología no fomentaría la exclusión de los humildes, sino todo lo contrario. Se basaría en el reconocimiento del mérito, la capacidad, la modestia, la dedicación a las tareas revolucionarias y al trabajo para satisfacer las necesidades populares, como factores decisivos de la confianza que la misma sociedad deposita en aquellos que elige.

A raíz de comenzar a implementarse el actual sistema electoral, Fidel usó de la palabra en la clausura de la sesión de constitución de la Asamblea Nacional –en su cuarta legislatura– para esclarecer el papel de los delegados provinciales y los diputados a la Asamblea Nacional. En alusión a estos últimos advirtió que “[…] no deben olvidarse jamás de que representan a la nación, porque van a tomar medidas y a adoptar decisiones que afectan a la nación, y en nombre de la nación. Pero también representan al municipio y al distrito de donde provienen, tienen una doble representación, y no pueden olvidar el municipio ni el distrito que los eligió, ni pueden olvidar la necesidad de los contactos”.

Más adelante, en el propio encuentro efectuado en el Palacio de las Convenciones, celebrado el 15 de marzo de 1993, delineó la responsabilidad del parlamentario en la sociedad y que debe ir siempre con la verdad ante el ciudadano. El diputado, expuso entonces Fidel, “debe hacer todo lo que pueda por su distrito, y cuando no pueda hacer nada, hablar con los electores cada vez que pueda y explicarles qué se hace y qué no se hace, qué puede hacerse y qué no puede hacerse. Constantemente hay que estar dando explicaciones”. Así el líder marcó un estilo nuevo en el trabajo de los cuadros del gobierno y en el acercamiento a la gente.

En varias ocasiones el Comandante en Jefe valoró como logro de la Revolución la creación de un sistema electoral autóctono, basado en la unidad de consenso y el respeto a los intereses de las mayorías. Muchas veces resaltó que ya no es un partido quien postula, sino los propios vecinos que escogen en reuniones a sus representantes.

El 26 de julio de 1974, durante el acto conmemorativo por la histórica fecha, que tuvo por sede la provincia donde se había experimentado la constitución del Poder Popular, subrayó: “Las elecciones que acaban de tener lugar en Matanzas han sido las más puras en la historia de nuestro país: elecciones sin componendas, sin fraudes, sin demagogia, sin politiquería. Nadie tuvo necesidad de aspirar, porque no fueron las aspiraciones personales las que determinaron la nominación de un candidato sino las aspiraciones colectivas. Sin campañas electorales, porque la campaña electoral aquí es la propia vida del hombre, nominado por el pueblo; su campaña electoral es su propia biografía, su conducta a lo largo de su vida, y su página de servicios a la patria.

“¡Jamás se produjeron unas elecciones con tanto entusiasmo! Jamás en Cuba –ni en la época en que votaban hasta los muertos– hubo una participación de más del 90 por ciento en las elecciones. […] Primera vez que en Cuba se celebran unas elecciones sin bayonetas y sin fusiles a las puertas de las escuelas. Y esto es lógico, porque estas no eran elecciones de rapiña, no era una pugna por repartirse un botín, sino las elecciones del pueblo revolucionario, organizadas por el pueblo revolucionario, y para el servicio del pueblo revolucionario, con la participación incluso de los pioneros. […] ¡Esas sí son elecciones!”, afirmó.

Siempre que se manejó la intención del voto unido esclareció: “Si hay quien no quiere votar por alguno, está en su pleno derecho de no votar por alguno. Tiene derecho a votar por todos, por varios, por uno o por ninguno, debe sentirse realmente libre el ciudadano. El valor del voto unido es que exige un trabajo de persuasión, de educación, de formación, y es una apelación a la conciencia, no a la disciplina”.

Validez de un legado

No solo debemos defender nuestro concepto de democracia, sino que debemos sentirnos orgullosos de él, aseveró Fidel. Hoy el pueblo lo respalda. (Foto: radiorebelde.cu)

A lo largo de cinco décadas ha quedado de manifiesto la convocatoria de la dirección de la Revolución para que el pueblo ejerza la democracia de manera plena, orgánica y consciente. Y en esa aspiración, la huella de Fidel Castro Ruz, su líder histórico, resulta incuestionable.

Bajo la visión fidelista, la democracia no queda en un significado teórico sino que para él dicho término conlleva una aplicación práctica dentro de la sociedad, donde la participación popular en la toma de decisiones encarna la dignificación del individuo.

En defensa de una obra de conjunto, reiteró siempre que la esencia de la democracia cubana radica en la batalla ineludible por garantizar la justicia social, el bienestar colectivo, la unidad del pueblo, la independencia nacional, la solidaridad con países hermanos, el enfrentamiento a la voracidad imperialista.

Lo más importante es la participación. Fue esa la máxima del Comandante en Jefe en días en que correspondió poner las urnas a voluntad del pueblo. Cuba le respondió en varias oportunidades con más de 90 por ciento de asistencia.

A las puertas de un nuevo proceso electoral, el primero que se celebrará sin la presencia física de Fidel, su máximo inspirador, el desafío mayor está en mantener presente su ejemplo y su prédica; participar y confiar en el futuro. Así, jamás morirá su legado.