sábado, 25 de marzo de 2017

No puede sentirse uno más feliz en la tierra.

Por Luis Alberto González Nieto

Luis Alberto era entonces como él relata un joven más. Luego fue asumiendo responsabilidades en la UJC donde llegó a ser Segundo Secretario. Pasó al MINCULT y durante años fue vicepresidente del ICAIC. Luego volvió a Angola como funcionario de ANTEX y entonces volvió a visitar Cuito y a relatar sus recuerdos. Sigue siendo con menos pelos un joven con idéntico coraje que entonces. Mazola


El 23 de marzo de 1988 marcó la derrota definitiva del Apartheid, como bien reconoció Nelson Mandela. Ese día las tropas sudafricanas cayeron estrepitosamente ante las fuerzas cubano-angolanas en Cuito Cuanavale. Mi amigo Nieto, compañero en aquella gesta, me ha enviado este texto, y lo más importante, ha tenido la oportunidad de visitar aquellos lugares 18 años después en lo que llamábamos la dirección Menongue-Cuito para darme mucha envidia. 

Cuando a mediados de 1987, se realizaban las conversaciones para alcanzar la paz entre la República Popular de Angola y Sudáfrica, con la “supuesta” mediación de los Estados Unidos, gobernado por el entonces Presidente Ronald Reagan, quien hacía el papel de juez y al mismo tiempo mantenía la política de “compromiso constructivo” con el régimen racista del Apartheid, yo estaba terminando mis estudios universitarios de Ingeniería Civil, en la CUJAE, en La Habana. No pasaba por mi mente entonces que en pocas semanas tendría el honroso privilegio de ser seleccionado por la Unión de Jóvenes Comunistas y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, para integrar el contingente de más de 50 mil soldados y oficiales cubanos, que llegamos para reforzar las posiciones de las FAPLA, y decididos a contribuir a resolver definitivamente la estabilidad de la independencia de Angola, alcanzar la de Namibia y acercar la victoria definitiva del ANC y del pueblo sudafricano sobre aquel oprobioso régimen. Se cumplía con la renovada petición de ayuda del camarada Presidente José Eduardo Dos Santos, a nombre del hermano gobierno y pueblo de Angola, ante la crítica situación militar creada en torno a Cuito Cuanavale.

Mi familia, como parte de nuestro pueblo patriótico e internacionalista, tenía información y conciencia de lo que era la larga lucha del pueblo angolano por su independencia contra los colonialistas portugueses y las pretensiones imperialistas, luego de la declaración de su independencia y, como muchas otras, tenía varios familiares que habían aportado sus vidas o sus mejores años a esa justa causa. Hacia 10 años que mi padre había cumplido misión internacionalista en Angola y participado en la primera “ofensiva final” para expulsar a las tropas sudafricanas por la frontera sur, entre 1976 y 1977. Eran ya conocidos en mi familia lugares como Cahama, Chibemba, Xangongo, entre otros.

Con 23 años, al comenzar mi vida laboral, fui ubicado en una empresa de proyectos de construcción civil, y luego de un urgente entrenamiento en unidades de combate cubanas, en pocas semanas llegaba como joven oficial al campamento de Futungo, en Luanda. Después de un nuevo e intensivo entrenamiento en el Centro de Formación de oficiales en Funda, fui ubicado como político de tropas, específicamente como Secretario de la UJC del 61 Grupo Táctico de la 60 Brigada de Tanques de Jamba, en el poblado de Dongo, en la sureña provincia de Huila. Luego de volar en un carguero hasta Lubango, llegué a Dongo en mi primera caravana en Angola, junto a Iroel, compañero siempre, desde los días de la FEU en la CUJAE, quien fue destacado en Jamba, y Tony, joven de Campechuela.


Con algunos compañeros en Funda. Me faltan los nombres de dos compañeros que sí me acuerdo eran de la Isla de la Juventud. El segundo a la izquierda es Daniel, le sigue Leticia , Tony al centro, yo, y a su derecha, Nieto (el autor).

Sin tiempo para conocer el lugar, pues la unidad se alistaba para desplazarse urgentemente más de 200 km al este, a reforzar las posiciones ante la muy delicada situación creada en torno a Cuito Cuanavale, organizando la marcha, preparando los medios de combate, agrupando municiones, alimentos, medicinas, medios de campaña, no hubo olvido de una tarea entrañablemente humana. Se me encomienda la misión de avanzar unos km para entregar un cargamento de juguetes rústicos, recientemente terminados por mis nuevos compañeros para los niños y niñas del poblado de Kuvango. Hechos de madera de cajas de proyectiles, latas de alimentos, cuerdas, plásticos o semillas diversas, no podían esperar para entregarse en la fecha prevista, el ya próximo 6 de enero de 1988, Día de los Reyes. El amor y el ingenio de aquellos combatientes se ponía al servicio de los niños, quienes en medio de la herencia del colonialismo y de las secuelas terribles de la guerra, no tenían acceso a los medios de un niño en un país de paz y no lograban comprender por qué aquel joven blanco vestido de uniforme de FAPLA, en un día de diciembre les hablaba en español y le regalaba juguetes. No llegaba a mi primer mes en Angola y comprendí en carne propia, en mi primer contacto con niños angolanos, lo justo de nuestra presencia en esta tierra y la verdadera esencia del internacionalismo proletario. Me despedí del comisario, quien los reunió en torno a la humilde escuelita del pueblo, lamentando no conocer el portugués y con un nudo en la garganta.

Eran los días posteriores a la contraofensiva de las FALA (brazo armado de la UNITA), apoyadas por las tropas élites de las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica (FDSA), luego del nuevo intento de las FAPLA de tomar Mavinga, fracasada Operación “Saludando Octubre”, ejecutada con asesoría soviética. Era una muestra evidente más de la grosera intromisión sudafricana en el conflicto, en la profundidad del suelo angolano y lo que pretendían con la toma de Cuito Cuanavale era asumir una posición de fuerza y aniquilar una de las más importantes agrupaciones de las FAPLA.

En lo que se conocería como la Batalla de Cuito Cuanavale, que no era una acción aislada, sino que formaba parte de la estrategia trazada por nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, y compartida plenamente por el presidente Jose Eduardo Dos Santos, a nuestra unidad se le asignó entonces, a inicios de enero de 1988, sortear obstáculos naturales, zonas minadas e intensas lluvias, para ubicarnos más de 30 km al este de la cuidad de Menongue, en dirección a Cuito Cuanavale. En esa misión, conocimos y lamentamos las graves heridas de un combatiente de nuestra unidad, quien marchaba algunos metros adelante, al impactar una mina el carro de combate en el que se desplazaba, en las inmediaciones del poblado de Cuchi, casi fantasma y con huellas de ametrallamiento por doquier.

En lo adelante, nos correspondería dar el aseguramiento combativo a una extensa zona, al oeste de río Cuatir, protegiendo la única vía terrestre y su segmento de espacio aéreo que daba acceso a la ciudad de Menongue a las poblaciones angolanas martirizadas y de las unidades ubicadas en la línea Longa, Maseca y Cuito Cuanavale.


El autor (a la derecha) en el río Cuatir, 1988.

Allí aprendimos a convivir con nuestros hermanos angolanos, pues nuestra mixturada unidad preveía que la convivencia y todas las acciones combativas que organizábamos las compartiéramos entre los soldados y oficiales cubanos y angolanos.

Eran días difíciles, pues prácticamente no existían noches en que no recibiéramos hostigamientos artilleros. Los días avanzaban en medio de exploraciones, guardias, instalación de emboscadas terrestres o aéreas, operaciones artilleras, mientras dábamos cobertura permanente al traslado de armamento, alimentos, medicinas y todo tipo de vituallas a las tropas cubano-angolanas que ocupaban la primera línea, en medio de intensos combates en el poblado de Cuito.

Allí compartimos las jornadas del frío invierno de 1988, pues en duras condiciones de campaña, a pesar de medicinas y prevenciones, es difícil no llegar a conocer el paludismo o la fiebre tifoidea.

Allí aprendimos a construir de conjunto nuestras trincheras, nuestras casas, abrigos para la técnica, polvorines, almacenes y panaderías bajo tierra, a compartir nuestro alimento y a aprender del “funche” y la “kisaka”.

Allí aprendimos a conocer la nobleza del joven angolano, allí vimos a las sufridas familias trasladarse largas jornadas y recorrer innumerables kilómetros desplazados por la guerra sobre camiones militares de todo tipo, único medio seguro para hacerlo.

Allí aprendimos a llamarnos primos y más, a llamarnos hermanos.

Un día, el 18 de enero de 1988, cumplía mi labor de oficial de guardia, cuando dan la voz de “avión”, provenía de los exploradores aéreos, quienes nunca descansaban. Se corre a las posiciones, a las trincheras y refugios. Un estruendo remueve la tierra, en instantes caen esquirlas, polvo, y luego el silencio. Nos reponemos para hacer recuento. Corre la noticia, la batería artillera de BM-21, al borde de nuestra cuidada carretera, fue el blanco principal del ataque aéreo sudafricano. El joven campesino Jorge Luis García Luna, de solo 18 años, cae bajo la metralla, a pocos metros de mi posición. Su hermano, también de nuestra compañía de BM, acompañaría el cuerpo inerte de su hermano hacia Luanda, nunca hacia Cuba, pues como dijera a su madre, cuando supo de la noticia: “…me quedo en Angola hasta el final, como mi hermano también hiciera…” Años después, tuve el honor de trabajar voluntariamente sembrando caña de azúcar en la cooperativa que lleva su nombre en Ojo de Agua, Placetas, Villa Clara, lugar donde naciera. Profundo fue el dolor y redoblada la combatividad de toda la unidad, cuando plantamos un monumento en el lugar donde alcanzó la gloria, hecho de vainas de proyectiles con su nombre repujado con martillo y clavos.

Al siguiente día volvió a entrar la aviación y se le tiró hasta con pistolas, pero sin resultados.

El 20 de enero, al parecer, se creían imbatibles, y justo al mediodía, como los dos días anteriores, un Mirage F1 de la Fuerza Aérea Sudafricana despachó su carga letal, al tiempo que los jóvenes de la batería de los “Shilka”, al borde del río Cuatir, le hacía impacto directo y lo derribaba. El mayor sudafricano Every caía abatido como símbolo de la derrota que estaba próxima a llegar. Su libro de vuelos delataba sus misiones aéreas de días anteriores en la zona. Desechos del fuselaje de su avión derribado se mostraría en lo adelante en nuestra unidad, de modo permanente, con la máxima de: “Así quedarán quienes intenten pasar nuestras líneas”. Nunca más entró la aviación invasora. El cielo del río Cuatir, de Cuito Cuanavale y de Menongue permaneció en manos de su genuino dueño: el pueblo angolano.

Dos meses más de resistencia conjunta angolana-cubana, en intensos combates, hicieron morder el polvo de la derrota a los racistas sudafricanos, aquel 23 de marzo de 1988, en los campos minados de Cuito Cuanavale y su estampida posterior. Esta resistencia heroica, unida al avance indetenible por el Oeste en toda la línea sur, hicieron retroceder, le obligaron a olvidar su arrogancia, y a sentarse nuevamente en la mesa de negociaciones para firmar la paz y cumplir la Resolución 435/78 de la ONU, que garantizaría la Independencia de Namibia. Estrategia y conducción que demostraron ser correctas. Momentos todos de enorme alegría, que seguíamos cuando lográbamos sintonizar en las noches las ondas de la Radio Nacional, en el lejano sur angolano.

Fui un joven más, que modestamente cumplió con su deber al llamado de la Patria y que tuvo el enorme privilegio de ser parte de la epopeya conjunta de los pueblos angolanos y cubanos. Epopeya que, al decir del Comandante en Jefe Fidel Castro, logró que “el patriotismo y el internacionalismo, dos de los más hermosos valores que ha sido capaz de crear el hombre, se unieran para siempre en la historia de Cuba”.

La sangre cubana y angolana derramada no fue inútil al caer por una causa justa y además regresamos a la Patria con la victoria de los pueblos africanos y del espíritu internacionalista de la Revolución Cubana, que es sinónimo de la independencia, soberanía y paz logradas por Angola, además de la independencia de Namibia y la derrota del Apartheid en Sudáfrica.

Lo hicimos, pues sabíamos que detrás nuestro estaba un país entero; y que la vida y la salud de cada uno de nosotros era preocupación constante de nuestros líderes y jefes.

Fidel dijo en el entierro de nuestros caídos en Angola: “Nuestros camaradas de armas fueron los heroicos combatientes de las Fuerzas Armadas Angolanas. Ellos ofrendaron la vida de decenas de miles de los mejores hijos de ese extraordinario pueblo. La unidad y la cooperación más estrecha entre ellos y nosotros hicieron posible la victoria”.

Regresamos victoriosos, felices, orgullosos, al seno cálido y emocionado de nuestras familias. “Se alcanzó aquella paz con honor y se alcanzaron con creces los frutos del sacrificio y del esfuerzo. Los internacionalistas cubanos, militares o civiles, cuentan y contarán siempre con el respeto de las presentes y futuras generaciones de su pueblo”, dijo Fidel.

La memoria de los caídos inspira también hoy a los internacionalistas cubanos que, en cualquier lugar de la geografía angolana, cooperan en importantes obras de la construcción, como nuevas carreteras y el Aeropuerto “23 de marzo”, en Cuito Cuanavale; asesorando en las más disímiles esferas de la sociedad y la economía angolanas, combatiendo la Malaria o la Fiebre Amarilla, alfabetizando niños, mujeres y hombres, hasta alcanzar el millón de alfabetizados en agosto de 2015, empleando el método cubano “Yo sí puedo”; en las aulas universitarias y medias, formando cuadros de la salud o técnicos, en Cuba y en Angola, que dirijan su desarrollo, según su rumbo escogido, bajo la conducción del presidente José Eduardo Dos Santos y el MPLA.

Significa una tarea de enorme satisfacción, para los profesionales cubanos, contribuir con Angola hoy, después de largos años de conflicto armado, para dejar definitivamente en el pasado las secuelas de siglos de colonialismo, en un complejo contexto de crisis del neoliberalismo global, para que se convierta en un referente social y económico para África.

Los combatientes internacionalistas cubanos en Cuito Cuanavale lo hicieron convencidos de que junto a Fidel y nuestro pueblo, “saldamos nuestra propia deuda con la Humanidad”. Por eso, honramos siempre su memoria.


El autor de la bandera del MPLA en aldea Rìo Cuatir, 2016

Por eso en mi nueva misión de colaboración civil he vuelto a Cuito Cuanavale y al río Cuatir. Allí compartí un abrazo con el soba de su aldea, en la que ondea en la bandera del MPLA, 25 años después, ya nunca más escondido en la “mata” por la guerra, sino digno y feliz, junto a los suyos. Allí, en Cuando Cubango, otrora remoto sur angolano y “a terra do fin do mundo”, donde estuvo nuestra unidad angolano-cubana, se ha plantado una escuela primaria (la No. 83), para los niños de esa aldea. No puede sentirse uno más feliz en la tierra.


Frente a escuela No 83 Rìo

jueves, 23 de marzo de 2017

La realidad doblada como un papel: manía clasificatoria y debate político en Cuba.


Pedro Monreal González, Cuba Posible


Marzo 23, 2017


CompartirTuitear  Foto: Mary Newcombe (CC BY 2.0)

Lo que a veces se escucha en el debate político cubano recuerda las cosas de Miguel de Unamumo, pero sin la genialidad del vasco, claro está. Como le ocurría a Don Fulgencio Entrambosmares (personaje de novela que prepara los “Apuntes para un tratado de cocotología” –es decir, el arte de hacer pajaritas de papel o papirolas) existen hoy comentaristas políticos sobre el tema cubano aquejados por una especie de manía clasificatoria.

En vez de doblar hojas de papel para hacer figuritas que luego se clasifican, estos comentaristas tratan de doblar la representación de la realidad, una y otra vez, para ver en qué pudieran transfigurar las ideas, instituciones y personas que no encajan en sus particulares visiones ideológicas.

Nótese que utilizo el término de comentaristas pues no hacen “análisis político”, aunque parecen esforzarse por dar esa impresión. El análisis requiere conocimiento teórico, disponibilidad de evidencia, método y oficio, precisamente lo que no se observa en los escritos que, desde hace algún tiempo, nos han presentado nociones como “corrimiento al centro”, “centrismo” , o la “oposición de izquierda”, concebidas más como “lodo político arrojadizo” que como conceptos que expliquen algo realmente existente y que tenga relevancia práctica para el debate político nacional. Quien tenga dudas puede revisar esos textos. Proporcionan etiquetas concebidas para descalificar a otros.

La más reciente ocurrencia ha sido la de tratar de potenciar la circulación del término “neo-contrarrevolución”. Javier Gómez Sánchez, animador de la idea, clasifica irresponsablemente a otros en esa “categoría”, algo que en sí mismo pudiera no haber tenido mucha relevancia en el caso de que hubiese reservado ese pensamiento para él y para sus amistades. Es comprensible que la gente intente encontrarle sentido a las cosas que no entienden, tratando de clasificarlas y de asignarles cierto orden en sus propios mundos mentales. Es una reacción humana. Con eso no hay problema. Obviamente, Gómez tiene derecho a expresarse libremente de la manera que mejor entienda, pero le convendría apreciar mejor las limitaciones de sus pensamientos.

Dada la improvisación con la que se ha promovido esa idea, resulta espinoso hacerla pasar como el producto de un proceso intelectual razonado. La clasificación, probablemente influida por ese mundo interior nítidamente etiquetado en que parecería querer habitar Gómez, choca con una realidad que la contradice, pues el enfoque de una política cubana donde “solo existen dos posiciones, revolucionario o contrarrevolucionario” nunca ha sido sostenible en la práctica. En realidad eso no sucede tan “sencillamente” como se imagina Gómez. La política cubana, como casi todas, es compleja y no encaja en esquemas maniqueos del tipo, o conmigo o “sinmigo”.

Como la clasificación que se aventura a exponer Gómez seguramente será tomada como un agravio político por otros, lo mejor que puede hacer es estar preparado para escuchar a quienes, siendo amables, le pudieran hacer la observación de que una cosa es que alguien pueda creerse sus propias elucubraciones mentales y, otra bien distinta, es pregonarlas en plan de taxonomista político.

Lo que voy a decir ahora, lo digo de manera respetuosa, simplemente porque es la pregunta que siempre debe hacerse cuando alguien trata de plantear una idea aparentemente novedosa. ¿Qué tipo de credenciales intelectuales puede, exactamente, mostrar Gómez para que pudiéramos aceptarlo como una fuente creíble de la tipología política cubana?

La verdad es que parece que ninguna. Si se utiliza cualquiera de las cuatro principales bases de datos que informan sobre la legitimidad y la visibilidad de los resultados de investigación (el Social Sciences Citation Index – SSCI de Web of Science, Scopus, Redalyc y SciELO), el resultado siempre es el mismo: no se encuentra mención alguna a Gómez. Para otras bases de datos como Google Scholar y Publish or Perish, este autor tampoco existe. Es fácil verificarlo. Trato de ser objetivo. Ese tipo de revisión es lo que se hace habitualmente cuando se desea hacer una comprobación preliminar de la calidad del pensamiento social contemporáneo.

Expresado de otra manera, Gómez no es un autor científico, ni anda cerca de serlo, y por ello no puede aspirar a acreditar capacidades que no posee en materia de tipología política. Pudiera repartir etiquetas políticas a diestra y siniestra y estaría en su derecho, pero eso fundamentalmente lo que revela es una manía. No mucho más que eso. Lo digo con afecto.

Aclaro que no tengo nada en contra de que los comentaristas expresen opiniones en el debate político. De hecho es muy positivo que quienes no son analistas, ni políticos profesionales, participen activamente en el debate. Es un derecho que tiene todo ciudadano cubano. Además, el debate participativo amplio es muy útil para la política. Entonces me parece muy bien que los comentaristas se manifiesten todas las veces que puedan hacerlo.

Lo que no resulta apropiado es hacer taxonomía política “de oído”. Nadie interesado en escuchar ideas de calidad aceptaría eso. Sería como tomar en serio a un alquimista. La clasificación –sea de especies naturales o de posiciones políticas- se hace desde el método científico. Ni Darwin ni Linneo en las ciencias naturales, ni Marx ni Huntington en las ciencias sociales, hicieron clasificaciones a partir de opiniones y comentarios. Se pudiera estar de acuerdo o no con las taxonomías que plantearon, pero todas están afincadas en una interpretación científica de la realidad.

Clasificar lleva muchas horas de trabajo intelectual, usualmente agotador. Requiere volver, una y otra vez, sobre los resultados para refinarlos. Una clasificación rigurosa no se logra en poco tiempo, ni es algo que pueda hacerse desde las tertulias de un blog. “Sencillamente” porque la ciencia no opera de esa manera. Cualquiera que posea un entrenamiento elemental sobre la manera en que funciona la producción del conocimiento entiende eso.

Me detengo para hacer una breve aclaración. Las personalidades de la política habitualmente crean tipologías para descalificar a sus adversarios. A veces ponen etiquetas con una prodigalidad asombrosa, pero eso es parte del oficio. Usualmente, no pretenden que se les considere como analistas. Lo que desean es que se entienda bien que pueden golpear políticamente al adversario, inclusive adjudicándoles epítetos que, aunque no vengan mucho al caso, una parte de la gente acabará aceptándolos como válidos. Eso sería un claro indicador de la fortaleza de un político, pero ello solamente funciona si se cuenta con una maquinaria política y con apoyo popular. Dicho esto, cabría la posibilidad de que Gómez fuese un líder político y por eso dice lo que dice, pero no tengo evidencias de que ese sea el caso.

El problema es que, cuando clasifica, Gómez niega realidades y denigra. Asumo que entiende perfectamente que cuando le dice “neo-contrarrevolucionario” a la gente, sin detenerse a probarlo, hay muchos a quienes eso los pudiera ofender profundamente.

Gómez hace, al menos, dos afirmaciones que convierten sus proposiciones en una contorsión: primero, clasifica a Cuba Posible como uno de “los grupos políticos contrarios a la Revolución apoyados por los Estados Unidos”; y segundo, dice que Cuba Posible ha hecho una “campaña contra el debate de la conceptualización del socialismo cubano”, algo que es una extraña manera de concebir la participación en un debate como una campaña contra el debate. Aquí hay un evidente doblado de la representación de la realidad.

El hecho de que se discrepe en el marco de un debate no significa que se haga una campaña contra el debate. Para que sea creíble la aseveración de que se ha hecho una campaña en contra de algo, hay que aportar pruebas de intencionalidad. Tomo asiento y espero pacientemente a que Gómez trate de demostrar –a partir de lo que se publica en Cuba Posible– que ha existido la intención de hacer campaña contra el debate de la conceptualización. Con mucho gusto le ofrezco una pista: humildemente lo invito a leer mis textos. Soy, casi seguramente, quien más ha publicado en Cuba Posible sobre la conceptualización.

Considero que no hay necesidad de dedicarle más tiempo a refutar esas dos falsedades. No utilizo aquí el término de manera peyorativa sino como se entiende en la lógica, como uno de los “valores” que indica la veracidad de una proposición. Ocuparse minuciosamente de desmontar falsedades puede representar, a veces, una pérdida de tiempo.

La reacción primaria de un analista pudiera ser exigir las evidencias detalladas en las que pudieran sustentarse ambas afirmaciones, pero en este caso no tiene sentido insistir en algo que Gómez parece no entender: la función de la evidencia en el debate público. Por suerte, no es algo insoluble. Con las lecturas adecuadas pudiera resolverse esa laguna de formación, que es inexcusable para alguien que intenta hacerse escuchar en el debate intelectual cubano.

Sin embargo, transitando en sentido opuesto, es abundante la evidencia de que sus dos proposiciones son falsas. Esa evidencia, consiste en cientos de textos publicados en Cuba Posible, a los cuales obviamente Gómez no hace una sola referencia. Es una representación de la realidad que el comentarista parece preferir doblar para poder fabricar la pajarita de la “neo-contrarrevolución”. El “ninguneo” de textos de quienes desea criticarse es un desliz de aprendices. Ningún comentarista avezado deja descubierto ese flanco en un debate. La buena noticia para Gómez es que, con práctica, es un error superable.

La idea “aterrizada” que supuestamente se presenta es el gastado argumento de las relaciones de Cuba Posible con fundaciones de otros países, específicamente de Estados Unidos; algo que en rigor es una práctica extendida –desde hace décadas- en el terreno intelectual cubano y que abarca una amplia diversidad de instituciones nacionales, siendo hoy una buena parte de ellas, si no la mayoría, entidades estatales. Sobre eso nada se dice, probablemente para tratar de proyectar la falsa imagen de que, en Cuba, relacionarse con fundaciones extranjeras es solamente una felonía cometida por unos pocos. Aquí hay otro doblado de la representación de la realidad.

Desde Cuba Posible no se intenta convencer a nadie de que haya algo malo o bueno en esas relaciones. La extensión de estas es un hecho observable, pero la evaluación de su impacto normalmente no es predecible, requiere un análisis. El posible efecto de esas relaciones pudiera ser diverso y sin dudas habría casos negativos, quizás muchos, pero afirmar a priori y de manera tajante que relacionarse con determinada entidad extranjera implica necesariamente una influencia política negativa para la entidad o persona de Cuba, parece cosa de autismo político. En cualquier caso, para medir el posible impacto de ese tipo de relaciones, habría que utilizar una métrica precisa que debería ir más allá de la simple mención de la existencia de una relación. Este, que parece ser el principal “indicador” que Gómez utiliza, puede ser problemático.

Debería tomarse nota de que razonamientos de ese tipo pueden conducir a conclusiones como a las que ha llegado otro autor –esta vez un académico reconocido- que le ha imputado a una entidad del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (el Centro de Investigaciones de Política Internacional, CIPI) el haber permitido que una fundación extranjera (alemana) haya “conseguido imponer sus propias condiciones” en el diseño de un evento organizado en La Habana. .

En ese sentido, desde la lógica con la que Gómez parece operar, Cuba Posible y el CIPI deberían compartir la misma categoría en el árbol clasificatorio de las “especies” institucionales de la política cubana. Sorprendentemente, la clasificación de “neo-contrarrevolución” se le aplica a Cuba Posible, pero Gómez parece no atreverse con el CIPI. Aquí hay un doblado interesante de la representación de la realidad. No solamente Gómez clasifica, sino que deja claro que tipifica según le salga de su pensamiento, ofreciendo como única explicación la enigmática, y sobre todo ridícula, máxima pseudo- filosófica de que “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, algo que recuerda aquello que se le ha atribuido a algún boxeador olímpico cubano –dicen que injustamente- de que “la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica”.

La primera y la última pregunta que quizás deberían hacerse los comentaristas políticos cubanos aquejados por la manía clasificatoria es simple: ¿atenta lo que se publica en Cuba Posible contra la aspiración de alcanzar una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible?

Seguramente se darían respuestas diferentes, pero si en realidad desea avanzarse en una discusión medianamente seria y constructiva, sería apropiado evitar los fárragos que sobre el socialismo muchas veces se escucha entre ciber-tertulianos que participan en el debate nacional y a los que Gómez contribuye cuando dice cosas como que: “Es cierto que nadie sabe cómo construir el socialismo, y el propio Fidel Castro mencionó una vez en un momento el pretender saberlo como un error, no tanto respecto a nosotros como a la Unión Soviética y sus manuales. Pero no lo repitió constantemente, y si lo repetimos nosotros, en un estribillo que tal vez la contra nos esté componiendo, llegaría a parecer que como nadie, absolutamente nadie, sabe cómo lograr hacer el socialismo, y mucho menos el ideal, entonces es algo irrealizable, y por lo tanto no debemos perder nuestro tiempo dedicándonos a eso”.

Se trata de un embrollo resultante de no saber cómo lidiar con la palabra “nadie”, que lo lleva inicialmente a decir que es “cierto” –o sea, indiscutible-, que “nadie” –es decir, ninguna persona- sabe cómo construir el socialismo pero, que luego, al darse cuenta de que eso de “nadie” funciona contra él, entonces conecta la marcha atrás y lo que se le ocurre es decir que si aquello de que “nadie sabe” no se repite en un estribillo –como en un conjuro maldito- el asunto no es tan grave. Parece cosa de Harry Potter, pero así fue como le salió el párrafo a Gómez.

¿Tiene sentido empecinarse en cultivar una especie de cocotología política criolla que intenta doblar la representación de la realidad para fabricar papirolas que encajen en el maniqueísmo de algunos ciber-tertulianos?

En mi modesta opinión, no tiene sentido alguno, pero trato de ser realista. Habrá que intercambiar fraternal y constructivamente con ellos. Son parte del contexto actual. Están ahí. Forman parte de esta Cuba más heterogénea que hoy existe, y siempre está la posibilidad de que personas como Gómez pasen de ser comentaristas improvisados a analistas políticos competentes, sobre todo, si se van a dedicar a categorizar y a dictar cátedra . Hay que asumirlos con espíritu positivo, como parte del debate democrático, amplio y diverso, que necesita el país.

Fernando Ravsberg: “El principal aporte de los nuevos espacios informativos ha sido demostrar que otro periodismo es posible en Cuba”.

María Isabel Alfonso, Cuba Posible

Marzo 23, 2017


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Foto tomada de laventana.cult.cu

Cuba Posible, en su esfuerzo por dar continuidad a las reflexiones sobre la prensa y la esfera pública en nuestro país, ha entrevistado al periodista de origen uruguayo Fernando Ravsberg, quien ha sido corresponsal de diversos medios de prensa extranjeros en nuestro país, y mantiene, desde hace varios años, el reconocido blog Cartas desde Cuba.

¿Cómo es que llegaste a hacer periodismo en Cuba y por qué te decidiste a quedarte en la Isla?

Llegué, como muchos otros colegas en el año 1990 para cubrir el desenlace político de Cuba frente a la desaparición de la URSS y del Campo Socialista europeo. Desde el viejo continente había la percepción de que la Revolución cubana no sería capaz de sostenerse sin el apoyo soviético.

En el año 1997 intenté convencer a los medios para los que trabajaba de la conveniencia de cambiarme por otro colega, pero no conseguí el apoyo en las redacciones. Todos insistieron en que me mantuviera “hasta el fin de la película”; seguían con la tesis de 1990. Poco tiempo después caía en las redes de esta nación, me enamoré de ella y fui yo el que no quiso irse a pesar de haber tenido una par de ofertas muy interesantes de trabajo. Por otra parte, mi independencia de criterio es más apreciada como corresponsal que como miembro de una redacción.

¿Cómo concibes el periodismo y cómo se parece el que tú practicas al que concibes como ideal?

Yo concibo el periodismo como un servicio público y a los periodistas como trabajadores al servicio de la sociedad; como los basureros, por ejemplo. En este sentido mi ideal es una sociedad en la que todos los medios sean de propiedad pública, regido por leyes que protejan a los periodistas frente a los poderosos y también a la población ante el ejercicio poco ético del periodismo. A pesar de que Cartas desde Cuba no es un medio de prensa, sino simplemente mi blog personal, hago una selección de noticias buscando prestar un servicio a los cubanos. Hace algún tiempo una dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) me dijo que me leía pero que a veces no estaba de acuerdo con algunas cosas que yo publicaba. Le respondí que yo también estaba en desacuerdo con algunas cosas que publicaba, pero que lo hacía porque consideraba que eran cuestiones de interés público. Así he informado sobre la migración ilegal y los riesgos que implica, sobre las propuestas de senadores de Estados Unidos para quitar las ayudas sociales a los cubanoamericanos, etc.

Los medios de comunicación en Cuba son estatales, es decir, no están en manos de poderes privados. Pero, ¿son realmente medios públicos? ¿Cuál es la diferencia? ¿Cuál es tu preferencia?

Los medios en Cuba son, en un 99 por ciento, de propiedad estatal; yo diría, incluso, que partidaria porque el máximo poder lo tiene el Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba (PCC). El modelo es calcado del soviético y se mantiene a pesar de que en la URSS se convirtió en una herramienta clave para desmantelar el socialismo. Sin embargo, el hecho de que todos los medios sean estatales le da a Cuba una oportunidad única de transformarlos en medios públicos sin tener que enfrentarse, como en otros países, con poderosos propietarios particulares. De todas formas, la burocracia pondrá todas las zancadillas posibles a ese paso porque la independencia de los medios pondrá al descubierto la corrupción e inoperancia de muchos sectores.

Para que haya medios públicos es necesario que la sociedad cuente con leyes que regulen el ejercicio de la profesión como explicaba antes; esa ley de prensa se retrasa en las gavetas de la burocracia pues teme que esta afecte sus intereses económicos.

La posición de atrincheramiento adoptada por un sector del periodismo y la blogosfera cubanos parecen ir en contra del espíritu de “actualización” y transformación que, promovidas por el gobierno, atraviesa la sociedad. ¿A qué crees que se debe esto?

Yo creo que en todo momento de cambio (y este lo es), hay fuerzas que empujan la carreta hacia adelante, otras que la intentan frenar metiéndole palos en las ruedas y muchas que se quedan indiferentes esperando el desenlace.

Son variadas las razones por las que los inmovilistas actúan con el extremismo que lo hacen en la sociedad (la blogosfera es solo un reflejo). Están los corruptos que viven del río revuelto y no quieren que la economía se ordene, porque eso afectaría sus ganancias. Por otra parte, hay un buen grupo de oportunistas que protegen sus puestos en el aparataje “político ideológico” porque este les da privilegios, viajes, gasolina, automóvil, etc… Finalmente están los que sinceramente creen que los cambios traerán el fin del socialismo, la instauración del capitalismo y la dependencia de Estados Unidos.

No sabría decirte cuántos hay en cada uno de estos grupos, pero te puedo asegurar que las reformas de Raúl Castro tienen muchos enemigos que, en su conjunto, ejercen una poderosa fuerza contra los cambios. El contrapeso y principal apoyo del Presidente reside en que la población, en su mayoría, desea cambios que les permita una vida más próspera.

¿A qué atribuyes la emergencia de espacios alternativos en los campos del periodismo y la blogosfera en Cuba? ¿Qué aportan estos medios? ¿Qué limitaciones tienen?

Yo creo que el principal aporte de los nuevos espacios informativos (me resisto a utilizar las palabras “medios” y “alternativos”), ha sido demostrar que otro periodismo es posible en Cuba, que se puede hacer dentro de la Isla y con periodistas nacionales. Lo que queda patente con la apertura de estos nuevos espacios informativos es que Cuba tiene excelentes periodistas y una pésima prensa. La causa de esta problemática es, sin lugar a dudas, la relación Partido-Prensa, que ha llevado a los medios nacionales a perder su credibilidad.

La mayor limitación de estos nuevos espacios informativos es la económica. Es muy difícil obtener financiación sin que los blogs oficialistas, de inmediato, te acusen de “mercenario”. Esos mismos que reciben dinero en abundancia de las arcas del Estado. Fue el caso de Harold Cárdenas, quien trabajó para “El Toque”, de Radio Nederland y con lo que ganaba ahí sostenía, en parte, a su blog La Joven Cuba. Llegaron al absurdo de acusarlo de trabajar para la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), porque Holanda es miembro de esa organización. Es por esta razón que, a pesar de haber recibido ofertas de apoyo económico de las más variadas fuentes, sigo optando por pagar los gastos de Cartas desde Cuba con mis ahorros.

La violencia física contra los periodistas es una constante en muchos lugares del mundo. En Cuba se han promovido estándares de respeto hacia los profesionales del periodismo y, en general, aunque hay mucho por cambiar, la Isla está muy lejos de la caricatura que pintan los grandes medios en Estados Unidos. Sin embargo, hace poco sacaste una nota denunciando un comentario de violencia (e incluso, xenofobia) de un bloguero cubano contra tu persona. ¿Piensas que esto es una tendencia que puede seguir proliferando, o una lamentable y aislada excepción? ¿Crees que a pesar de esto, se han ampliado los espacios de aceptabilidad y pluralismo?

Pienso que uno de los mayores logros de la nación durante el último medio siglo fue eliminar la violencia social que existía en Cuba antes de 1959. Era tanta la violencia que el Presidente de la República tuvo que reunirse con los gánsteres para negociar con ellos. Era tanta la violencia que muchos estudiantes universitarios iban a las aulas con pistolas.

Yo creo que la amenaza que recibí, la cual fue festinadamente reproducida por la periodista cubana Norelys Morales, muestra una escalada en la violencia del debate público. Pero los violentos no son los estrategas de esta presión, los verdaderos actores intelectuales son quienes, sin la menor prueba, señalan a los nuevos espacios de información como parte de un complot para destruir a la Revolución cubana. A partir de ese enfoque surgen exaltados que sueñan con tener paramilitares como en Colombia o sicarios como los Zetas mexicanos para ajustarnos cuentas a los periodistas. Y, además, lo escriben en sus blogs. Realmente, con los antecedentes violentos de esta sociedad, creo que cualquier manifestación de este tipo debería ser atajada a tiempo.

¿De qué manera un periodismo más investigativo y menos pasivo nos convierte en ciudadanos con mayor capacidad de participación/ transformación?

Yo creo que Internet ha creado un espacio nuevo para la construcción de mensajes combinados entre periodistas y lectores. La posibilidad de que los lectores comenten y aporten nuevos elementos hace que la nota no esté terminada hasta que el último lector dé su opinión.

Algunos periodistas han cerrado el espacio de comentarios en Cuba, Colombia y otros países por el trabajo que cuesta la moderación de ese debate. Yo creo que cerrar la interacción es castrar el periodismo digital, convertirlo en estéril. En Cartas desde Cuba hemos logrado que revolucionarios, anticastristas y personas sin una posición tomada puedan debatir en base al respeto en el desacuerdo. Creo que debatir con los que piensan diferente y forman parte de la nación es la mejor forma de alcanzar la unidad en la diversidad, en momentos en los que hasta el Presidente de la República cuestiona la falsa unanimidad.

Sin embargo, ahora no solo hace falta exigir a los periodistas profesionalidad, también es necesario plantearles a los lectores seriedad en sus comentarios, avalando con datos y fuentes lo que afirman.

Has comentado en tu artículo “La Revolución digital de Cuba”: “Es inútil intentar contener el río de información que circula por Internet construyendo diques. La nación ganaría si esos recursos se dedicaran a enseñar a los cubanos a navegar, dándoles las herramientas que les permitan sortear hasta la más engañosa de las corrientes”. ¿Cuán importante es promover prácticas de aceptabilidad y accesibilidad a Internet hoy en Cuba?

Entiendo que debe haber leyes que sancionen, por ejemplo, el terrorismo o la pedofilia en Internet; pero dados los avances tecnológicos creo que el uso responsable de la red depende, fundamentalmente, del usuario. En este sentido me parece una torpeza prohibir en Cuba el acceso a determinadas páginas cuando hasta un niño puede hoy sortear el bloqueo. Esta situación obliga a apostar por preparar al usuario para que navegue con responsabilidad, para que no crea todo lo que aparece en Internet, para que sepa separar “la paja del trigo” e, incluso, para que conozca cómo buscar la información que necesita entre miles de millones de informaciones. Creer que con “policías ideológicos” se puede controlar Internet, es una ilusión o una forma de intentar continuar viviendo del cuento.

Algunos de tus críticos en Cuba se centran en que eres colaborador de un medio “español” (Público), pero no explican que se trata de una de las publicaciones digitales españolas de izquierda de mayor seguimiento en ese país y en la red. ¿Cuáles son sus contenidos y políticas editoriales? ¿Qué representa colaborar para un periódico como éste en el contexto del panorama mediático español actual?

Efectivamente, trabajo para el mayor periódico de izquierda de España y el único de los grandes que trata la situación cubana sin prejuicios ideológicos. Se trata del medio que apoyó a “Podemos” desde el inicio del movimiento, cuando ningún otro órgano de prensa les daba un espacio. Por otra parte, fue el primer gran periódico que dio el salto al ciberespacio, cerrando su versión de papel, experimentando un gran crecimiento en el número de lectores (lo cual hoy se demuestra que fue un gran acierto y otros grandes periódicos intentan imitarlo).

A nivel editorial no tengo ningún problema, mis notas se publican sin cambios, por lo que soy responsable de cada palabra que aparece en ellas. Creo que el “encuentro” entre Público y yo no fue casual, ni un amor a primera vista, sino un acercamiento gradual e intelectual.

Los extremistas me acusaron antes de ser un mercenario al servicio de la BBC, ahora siguen diciendo lo mismo aunque trabaje en Público y pague Cartas desde Cuba de mi bolsillo. Son como un disco rayado, tienen poco talento hasta para elaborar infamias.

La censura parece estar hoy a la orden del día en Estados Unidos, país que se vanagloria de practicar los estándares de la “prensa libre” (me refiero, en concreto, a la prohibición a The New York Times, CNN, Político, Los Ángeles Times, y otros medios de prensa, a participar en las sesiones informativas de la Administración Trump). ¿Qué nos dice esto de las dinámicas informativas globales, y de las particularidades de Cuba?

Creo que los derechos de los periodistas se están reduciendo en todas partes del mundo, los atropellos van desde Honduras hasta Francia, aunque los más floridos sean los de Trump. En parte tienen responsabilidad los medios de prensa, los cuales toman posiciones editoriales demasiado marcadas a favor o en contra de algunos políticos. También tenemos responsabilidad los propios periodistas, que somos incapaces de levantarnos e irnos cuando un colega es agredido por los matones de un político. En el caso de Cuba ya ves cómo cuando un extremista amenaza a un periodista con una golpiza pues la colega Norelys Morales se solidariza públicamente… con el agresor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Cultura e identidad

Por ARMANDO HART DÁVALOS

En su esencial ensayo titulado Nuestra América, José Martí proclamó: Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Hoy debemos abordar el tema del tronco, es decir el de nuestra cultura e identidad y su estrecha vinculación con la cultura universal.

Vivimos un momento verdaderamente crítico de las varias veces milenaria historia del hombre sobre la Tierra y al mismo tiempo en medio de una etapa muy importante y compleja del más de medio siglo de existencia de la Revolución triunfante. El estudio de nuestra historia y de los factores diversos que condujeron al alumbramiento de la nación cubana constituye un elemento esencial para su supervivencia.

Se ha afirmado que la historia es, o debe ser, maestra de la política. Sus lecciones se nos presentan en dos planos a estudiar: el primero se refiere a la información y descripción de los hechos y acontecimientos que marcan su recorrido en el tiempo; el segundo, a la evolución de las ideas contenidas en el “hilo invisible que –dice el Apóstol– une a los hombres de las distintas épocas”.

La existencia y fortaleza de la nación cubana han estado siempre fundamentadas en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural y Fidel Castro que al evitar que “el Apóstol muriera en el año de su centenario” (1953) –como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país– hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la patria.

En este siglo XXI, la perdurabilidad de la Revolución tendrá, como garantía decisiva, la unidad alcanzada, la cual se nutre de las ideas y los sentimientos que ocho generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura. Nuestra tarea consiste en interpretar y actualizar el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y mucho más complejo que el que tuvimos que enfrentar en la segunda mitad del siglo XX y en el actual.

El papel de la cultura resulta esencial para asegurar estos objetivos. Veamos primero qué entendemos por cultura. La singularidad humana en la historia universal está en que el hombre toma conciencia de su propia existencia, de su pertenencia a la naturaleza y se plantea como exigencia descubrir y descifrar el misterio de lo desconocido. Es el único ser viviente que tiene ese reto, de ahí nace la cultura hasta convertirse en segunda naturaleza. Ella es, a la vez, claustro materno y creación de la humanidad. No hay hombre sin cultura y esta no existe sin el hombre, y este afán por descubrir lo lleva al extremo de intentar encontrar el sentido de su creación. No hay, obviamente, respuesta racional a este interés humano, sin embargo, en parte la puede hallar aquí en la Tierra cuando asume que todos los hombres sin excepción tienen derecho a una vida plena de felicidad tanto material como espiritual y, por tanto, facilitar que supere la enajenación social a que está sometido. Ahí nacen la ética y la necesidad de ejercer la facultad de asociarse que Martí sitúa como el secreto de lo humano.

Alguien me dijo una vez críticamente que yo consideraba que todo era cultura. Le respondí: ella está en todo y donde no se halla se encuentra la ignorancia, el camino de la barbarie y también la mediocridad carente de entusiasmo creativo. Recordaba Luz y Caballero que el entusiasmo nunca fue patrimonio de los mediocres.

Hagamos un poco de historia. Es precisamente a partir de las características singulares de la formación económico-social de nuestra nación y la conjunción de varios factores condicionantes que la Revolución Cubana pudo llegar a ser lo que es y lo que su ejemplo representa para otros procesos en marcha en América Latina. Es muy importante que saquemos conclusiones que nos permitan abrir horizontes al nuevo pensamiento que se necesita hoy para llevar a cabo las transformaciones que demanda nuestra región latinoamericana y caribeña a partir de una interpretación antidogmática y creadora de las ideas de Marx y Engels.

Para entender la singularidad de Cuba, es necesario tener en cuenta que Cuba sin la Revolución no es Cuba. Como se ha dicho, la Revolución nacida el 10 de octubre de 1868, fue la que creó la nación cubana. En otras partes ha habido naciones que hicieron revoluciones, repito aquí fue la revolución la que hizo una nación. De esta forma –como ha dicho Cintio Vitier– este país tuvo la originalidad de ser una nación pensada, concebida y proyectada. Presenta una identidad inconfundible que se proyecta hacia el presente y hacia el futuro con un legado ético y jurídico de enorme significación.

Así, se identifican nación y revolución sobre el fundamento del más absoluto respeto al inmenso abanico de ideas, emociones y sentimientos que ofrece lo que Fernando Ortiz llamó el “ajiaco”, es decir, la cultura nacional. Y ella emergió con dos principios en sus esencias: la independencia total del país y la liberación social radical; sin estos valores no hay Cuba.

Esta identidad nacional tiene carácter y vocación universal en tanto fue síntesis de los mejores valores espirituales forjados por la humanidad en más de 500 años de historia, es decir, desde Fray Bartolomé de las Casas hasta Fidel Castro.

En la primera mitad del siglo XIX, los grandes poderes del mundo occidental: España, Estados Unidos, Inglaterra y Francia tenían a Cuba y las Antillas como una de las claves de su política hegemónica. Al extremo de que el pensamiento conservador cubano, representado germinalmente por José Antonio Saco en estos doscientos años, aspiraba a libertades políticas y económicas bajo la tutela de la metrópoli española, porque temía que el país cayera en manos norteamericanas y que una rebelión en Cuba provocara un conflicto armado entre las grandes potencias de la época. Es decir, el alumbramiento de la nación tuvo lugar en medio de conflictos y contradicciones inmensas entre las más grandes potencias de la época anterior a 1868.

En la cultura cubana, desde los tiempos forjadores de la nación, los principios éticos de raíz cristiana adquirieron un papel clave en nuestro devenir histórico. La ética ha sido durante milenios el tema central de las religiones. Por ello he afirmado que la importancia de la ética para los seres humanos, la necesidad de ella, se confirma por la propia existencia de las religiones.

Su valor y significación son válidos tanto para los creyentes como para los no creyentes pues ella se relaciona con las apremiantes exigencias del mundo actual. Los creyentes derivan sus principios del dictado divino. Los no creyentes podemos y debemos atribuírselos, en definitiva, a las necesidades de la vida material, de la convivencia entre los seres humanos. Puede apuntarse como una singularidad de nuestra tradición cultural el no haber situado la creencia en Dios en antagonismo con la ciencia, se dejó la cuestión de Dios para una decisión de conciencia individual. Así se asumió el movimiento científico moderno y ello permitió que el fundamento ético de raíz cristiana se incorporara y se articulara con las ideas científicas lo cual abrió extraordinarias posibilidades para la evolución histórica de las ideas cubanas.

Desde los tiempos de gestación que comenzaron en los finales del siglo XVIII y, sobre todo, a partir del alumbramiento de la nación el 10 de octubre de 1868, hasta el presente, la nación cubana ha estado marcada por una identidad, que se fundamenta en la cohesión y unidad del pueblo cubano. Esta es la que representaron Félix Varela y Luz y Caballero en la educación durante la primera mitad de aquella centuria cargada de sabiduría, y la que representaron Céspedes y Agramonte, Gómez, Maceo y Martí en la segunda mitad del siglo XIX.

Esta identidad en el siglo XX, viene marcada por maestros como Enrique José Varona, y con revolucionarios militantes como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y los combatientes del Moncada, de la Sierra, del Llano, de la clandestinidad y de la victoria de enero. Esa identidad es la única que puede facilitar la diversidad en la cultura y en la vida espiritual cubana. Quienes la asuman podrán enriquecerla; quienes no la asuman sólo pueden aspirar al caos, la disociación y el desorden.

Esta misma realidad enfocada desde una óptica revolucionaria y con alta conciencia iberoamericana y universal es la que confirma objetivamente la cultura de José Martí. El Apóstol aportó en esto abundante y enriquecedora literatura. Su pensamiento surge en los tiempos posteriores a la Guerra de Secesión de Estados Unidos y madura en ese país entre 1880 y 1895, es decir, en Nueva York, cuando llegaba a la ciudad el más amplio y universal entrecruzamiento de ideas que haya tenido lugar en el hemisferio occidental y en los momentos del ascenso norteamericano a potencia mundial, y descenso de España como tal.

La idea martiana de la independencia de Cuba y las Antillas como una contribución al equilibrio entre las dos Américas y del mundo, es una de las claves de la historia de la cultura política cubana.

En la década del 20 del pasado siglo se ensamblaron definitivamente la tradición patriótica y antimperialista que venía del siglo XIX y cuya figura descollante es José Martí, con el pensamiento socialista europeo. El pensamiento antimperialista de Martí con su proyección universal asumió el liberalismo latinoamericano, lo trascendió y presentó las primeras ideas y programa antimperialista. Este pensamiento fue el que se articuló con el pensamiento socialista en el siglo XX.

El símbolo más representativo de esa fusión es, sin duda, Julio Antonio Mella junto a Rubén Martínez Villena y los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba en 1925.

Los ideales patrióticos, antimperialistas y por la justicia social inspiraron el combate de la llamada Generación del 30 contra la tiranía de Gerardo Machado. De ese proceso emerge la figura de Antonio Guiteras como su más radical y consecuente representante.

Sobre el fundamento de esa tradición, diversos procesos y hechos históricos de la década del 30 y principios de la del 40, influyeron decisivamente en la formación política de la Generación del Centenario.

No fue casual que ante la pregunta del fiscal a Fidel Castro en el juicio por los sucesos del Moncada sobre el autor intelectual de aquella acción armada él respondiera sin vacilación: José Martí. Esos hechos y procesos son, entre otros, los siguientes:

-El pensamiento liberal latinoamericano que nos representamos en Miranda, Bolívar, Simón Rodríguez, Juárez, Alfaro y Céspedes. Ese pensamiento adquirió en nuestras tierras un sentido y una proyección bien diferente al norteamericano y al europeo. Las ideas expuestas por Benito Juárez, en enero de 1861, constituyen una buena demostración de la radicalidad alcanzada por el pensamiento liberal latinoamericano. Dijo Juárez: “A cada cual, según su capacidad y a cada capacidad según sus obras y su educación. Así no habrá clases privilegiadas ni preferencias injustas (…)” “Socialismo es la tendencia natural a mejorar la condición o el libre desarrollo de las facultades físicas y morales”.

-Las concepciones más progresistas de la Revolución mexicana de 1910 y 1917, tal como las representaba, en su tiempo, Lázaro Cárdenas.

-Las ideas nacidas de la Reforma Universitaria de Córdoba, de las cuales empezaron a emerger, con gran vigor, las concepciones sociales más avanzadas del siglo XX en América Latina.

-Las ideas y luchas antimperialistas de Augusto César Sandino.

-Las ideas más progresistas en la lucha a favor de la República Española, su expresión en la presencia internacionalista cubana en aquella lucha y la continuidad de la misma en el combate contra el régimen de Franco.

-Las luchas contra el fascismo en Alemania e Italia en la década del 30 y la solidaridad hacia las fuerzas antifascistas que participaban en la II Guerra Mundial.

-Las ideas revolucionarias que se forjaron en el proceso de la Constitución de 1940 y en su aprobación. Este texto constitucional llegó a ser el más avanzado en su época entre los llamados países occidentales.

-Las ideas de contenido social puestas en práctica por Franklin Delano Roosevelt, para combatir la recesión en Estados Unidos y el llamado New Deal en las relaciones hacia América Latina promoviendo una política más inteligente y cultivada que los anteriores y posteriores gobiernos de Estados Unidos.

-Los ideales sociales, políticos, antimperialistas y socialistas de América Latina simbolizados en Mella, Mariátegui y Aníbal Ponce, entre tantos otros.

-La lucha contra el golpe de Estado de Fulgencio Batista, violatorio del orden constitucional, y el enfrentamiento a la tiranía impuesta con el respaldo del imperialismo.

Sobre estos fundamentos, la generación forjadora de la revolución socialista de Cuba, tenía lazos profundos con los pueblos de América, del mundo y con las raíces de la cultura occidental, en cuya fuente más remota está la religión de los esclavos de Roma, el cristianismo.

A nosotros se nos educó en que el sacerdote católico Félix Varela y los maestros predecesores retomaron de la mejor tradición cristiana el sentido de la justicia y de la dignidad humana y, desde luego, de las revoluciones europeas y de la tradición bolivariana. Se nos enseñó que los padres fundadores de Cuba relacionaron todo este acervo cultural con el pensamiento científico. Se nos explicó que en las esencias de la cultura nacional y de la revolución de Martí no podía tener cabida la intolerancia. En todo caso no estaba en el espíritu de la Revolución Cubana. En Cuba la intolerancia no tiene fundamentos culturales ni siquiera religiosos; cuando se han presentado ha sido por incultura o por dependencia a ideas ajenas a la tradición patriótica nacional.

Se nos educó, sin embargo, en principios éticos y se nos dijo que el mejor discípulo de Varela, el maestro José de la Luz y Caballero, forjó a la generación de patriotas ilustrados que se unieron a los esclavos para proclamar la independencia del país y la abolición de la esclavitud en 1868. Él estaba y está en nuestro recuerdo agradecido y él nos sirvió también de enseñanza para promover el hilo de nuestra historia. El Apóstol lo llamó el silencioso fundador. En Martí se encarnaron estas ideas y sentimientos, y él les dio profundidad mayor y alcance universal. Podemos visualizarlo en la decisión de echar su suerte con los pobres de la tierra, no solo en Cuba, sino en el mundo.

Esta fue la cultura que, tras una larga evolución llena de contradicciones y luchas políticas y sociales, llevó a la Generación del Centenario a las ideas socialistas. Desde luego, también estuvo presente el hecho de que el imperialismo siempre apoyó a Batista y los peores regímenes de la seudorrepública. Estados Unidos tenía su suerte echada con el régimen golpista del 10 de marzo. Estos fueron el resultado de la expansión norteamericana, que había sido la gran preocupación de José Martí.

Aspiro a que maestros y políticos interesados en buscar símbolos y señales puedan hallar en nuestra historia los fundamentos más puros de la cultura y la identidad de la nación cubana. Asimismo, quizás filósofos y científicos sociales, puedan hallar los elementos de objetividad escondidos, lo que se ha llamado utopía cubana.

Quiero en otro elemento clave a tener en cuenta para definir nuestra identidad como nación, es lo que he llamado la cultura jurídica que está presente desde los decretos aboliendo la esclavitud del Padre de la Patria, la Constitución de Guáimaro y todas las constituciones mambisas hasta llegar a la Constitución de 1940, y nuestra actual Constitución socialista. La cuestión jurídica estuvo presente también en la tragedia de 1898 cuando un poder extraño e intruso se introdujo en nuestra guerra liberadora e impuso la Enmienda Platt.

Los imperialistas de la década del 50 solo disponían de la ilegalidad y el crimen y de su alianza con la peor escoria que representaban los violadores de la ley, es decir, los mandos militares integrados en su mayoría por asesinos y criminales de la peor especie. Los estudiantes y trabajadores, interpretando un sentimiento nacional, rechazaron el régimen ilegal mientras que las instituciones políticas y sociales de la sociedad neocolonial, por venalidad y entreguismo, resultaron impotentes para enfrentar la nueva situación creada.

El sistema pluripartidista y las organizaciones fundamentales de la llamada sociedad civil neocolonial eran impotentes e incapaces para este propósito porque tenían su destino indisolublemente unido a los intereses imperialistas y se sumaron al golpe o lo combatieron solo verbalmente sin poder ofrecer respuesta adecuada.

Así, en la década del 50, la lucha contra la tiranía y el golpe de Estado de Batista se inició como un enfrentamiento a los que violentaron la legalidad constitucional. Sin este hecho, la historia no hubiera sido como fue y el principio de juridicidad se ha mantenido vivo en estas más de cinco décadas pues tiene, además, una enorme tradición en nuestro país desde los tiempos de Yara y de Guáimaro.

Nuestra tradición jurídica y ética viene de una historia llena de complejidades y contradicciones, como todas ellas, nacida en los tiempos gloriosos de la Asamblea de Guáimaro, en 1869, que estuvo viva en el proceso forjador de la guerra necesaria y de la fundación del Partido Revolucionario Cubano de Martí, que, como es sabido, con Gómez y Maceo integra el núcleo central de nuestra gesta libertaria del siglo XIX.

Los dos grandes momentos revolucionarios de los primeros 60 años de la Cuba del siglo XX, estuvieron fundamentados por una lucha en favor de la legalidad. Por esto, nadie puede venir a darle lecciones al pueblo cubano en relación con su más sana vocación jurídica. El derecho en Cuba ha sido siempre bandera de los revolucionarios y han sido invariablemente los enemigos de la Revolución quienes han apelado a la ilegalidad. 

Sería muy útil investigar y estudiar la historia de la tradición jurídica cubana y dentro de ella también la de Fidel. Porque desde los tiempos en que aspiraba a ser elegido como representante al Parlamento antes de 1952 concibió proponer una legislación complementaria a la Constitución de 1940 para hacer efectiva la disposición que establecía la abolición del latifundio. Cuando se produjo el golpe de Estado de Batista, el 1º de marzo de 1952, publicó un trabajo desenmascarando la afirmación del dictador de que se trataba de una revolución. Fidel tituló aquel trabajo ‘’Revolución no, Zarpazo’’. Posteriormente en su alegato de autodefensa La historia me absolverá presentó un programa revolucionario que tenía sólidos fundamentos jurídicos. Esta ha sido una constante que hay que estudiar y que está presente en toda su acción política. Un ejemplo sobresaliente se produjo también en 1976 cuando fue aprobada por abrumadora mayoría, en plebiscito popular, la Constitución socialista y la ratificación radical de ese carácter por la Asamblea Nacional siguiendo los procedimientos previstos en la ley vigente. Esa ratificación fue acompañada de una amplísima movilización popular con un destacado papel de las organizaciones de masas. Esto debe tomarse en cuenta no solo hoy sino para cuando por ley de la vida otros revolucionarios asuman la dirección en un tiempo que desearíamos fuera bien lejano. Entonces, quien intente gobernar en Cuba sin fundamentos jurídicos o con artimañas legales le abriría el camino a la contrarrevolución y al imperialismo. Esto, desde luego, no ocurrirá entre otras razones porque hemos educado a generaciones de cubanos en el respeto a la juridicidad y el socialismo está ensamblado en la más rigurosa cultura moral y de derecho de la nación cubana.

En la articulación, de manera creadora, de la cultura, que tiene en la justicia su categoría principal, con la política culta, que toma muy en cuenta la tradición intelectual de la nación cubana con su aspiración a una cultura general integral, está la clave para alcanzar la invulnerabilidad ideológica a que aspiramos.

En Cuba esa articulación se fundamenta en sólidos principios éticos que nos vienen de una larga tradición y que podemos resumir en aquella frase memorable del fundador de la escuela cubana José de la Luz y Caballero: “Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”.

He ahí una de las claves para abordar el tema del nuevo pensamiento filosófico que requiere el siglo XXI y que debe servir de punto de partida para alcanzar ese mundo mejor al que aspiran millones de seres humanos en todo el planeta.

Para ello debemos desterrar definitivamente los ismos que debilitan la actividad creadora del hombre y apoyarnos en el método electivo de la tradición filosófica cubana del siglo XIX, que se sintetiza en aquella fórmula del propio Luz y Caballero: Todos los métodos y ningún método, he ahí el método. Consideremos a los sabios, llámense Einstein, Newton, Marx, Aristóteles, etc., o llámese también Che Guevara, no como dioses que todo lo resolvieron adecuadamente sino como gigantes, que descubrieron verdades esenciales que son puntos de partida para descubrir otras verdades que ellos, en su tiempo, no podían encontrar. Esto es, afirmarse en el pensamiento del Che Guevara, de Marx, Engels, Lenin, Martí y de todos los grandes pensadores de la historia universal.

Hoy no hay tarea más apremiante que asumir la defensa de la ética y el derecho. Partiendo de las realidades del mundo de hoy, Fidel Castro planteó con insistencia los peligros que gravitan sobre la existencia de la especie humana. El imperialismo hegemónico está empeñado en conducirnos hacia una guerra de incalculables consecuencias para hacer prevalecer su política de saqueo a escala planetaria. Hay que continuar uniendo voluntades para hacer frente a esa política brutal y bárbara.
Reitero la idea de la necesidad de articular, con la pericia y sensibilidad de orfebres, la cultura y la política concebida por Martí como un arte.

lunes, 20 de marzo de 2017

A un año del viaje de Obama a Cuba




Foto: The White House.
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20 Marzo, 2017


Por:
 Arturo López-Levy, OnCUBA
En varias ocasiones, Barack Obama expresó una visión sobre la presidencia estadounidense como una carrera de relevo. La eficiencia de su gestión en la Casa Blanca implicaba la responsabilidad de entregarle el batón a su sucesor en una situación mejor que la que él heredó del presidente Bush en 2009.

Desde esa perspectiva, el viaje histórico que el entonces presidente de EE.UU. hizo a Cuba hace hoy un año, fue un éxito rotundo. Estados Unidos y Cuba están ahora en mejor situación para hacer avanzar sus intereses nacionales y valores, manejando más constructivamente sus conflictos.

La visión norteamericana oficial sobre Cuba, expresada en la directiva presidencial de octubre de 2016 es mucho más realista, y entiende mejor sus prioridades, oportunidades y retos que en ningún momento de la historia de las relaciones bilaterales después de 1959.

El legado del viaje

Tras la aproximación en las relaciones Cuba-EE.UU. con el acuerdo del 17 de diciembre de 2014, el viaje del presidente Obama a Cuba procuró acelerar las negociaciones entre los dos países, y hacer irreversible el cambio de imagen de Cuba en EE.UU. y de EE.UU. en Cuba.

El viaje a La Habana era, en sí mismo, un símbolo y mensaje nuevo a los pueblos cubano y estadounidense. El presidente Obama desplegó todo su carisma, enfatizando la utilidad de dialogar con países con los cuales EE.UU. ha tenido una relación accidentada y promover lógicas de ganancia mutua. Lo hizo a su aire, combinando la discusión respetuosa de gobierno a gobierno con iniciativas y mensajes dirigidos a una mayor interacción entre las sociedades a ambos lados del estrecho de la Florida.

A los norteamericanos les ratificó la pertinencia de actualizar su visión sobre Cuba. De ser considerada Cuba una amenaza a EE.UU. en el lenguaje oficial estadounidense —incluida injustamente en la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo hasta mayo de 2015– la isla fue presentada en la cobertura del viaje en marzo de 2016 como un país en cambio, en transición a un modelo más abierto y más orientado al mercado, con más oportunidades y posibilidades para viajes, negocios, comercios e interacción.

Socavando la lógica de enemistad y prohibición de viajes, el ocupante de la Casa Blanca, de conjunto con la primera familia norteamericana de entonces, se convirtió en el viajero en jefe a un país donde las leyes estadounidenses todavía prohíben viajar. El presidente acompañó el nuevo discurso con una apertura sustancial de licencias generales y autorizaciones para vuelos comerciales directos que alivian el costo y la gestión administrativa de los viajes.

Con actividades difícilmente calificables como “no turísticas”, como pasear por La Habana Vieja, comer en sus restaurantes privados (denegación palpable de la imagen de La Habana como una Pyongyang en el Caribe), y mirar un juego de béisbol en el mismo palco con el presidente Raúl Castro, Obama incitó a sus connacionales a visitar una Cuba que los esperaba, saliéndose ya de los moldes de la guerra fría.

El desfile de hombres de negocios, instituciones científicas y educacionales, grupos filantrópicos y norteamericanos en general no se hizo esperar poniendo frente a las dos sociedades una nueva matriz de oportunidades de prosperidad e interacción constructiva dependiente del cambio en las políticas públicas a ambos lados.

Tras la visita de Obama, varios jefes de Estado de países aliados de EE.UU. en Europa, América Latina y Japón visitaron la isla, ratificando el espaldarazo al nuevo curso de relaciones entre los dos países, y aprovechando el deshielo con Washington para explorar opciones que avanzaban sus intereses económicos y políticos.

El deshielo con Washington creó también un ambiente favorable en las negociaciones económicas y políticas de Cuba con otros actores como la Unión Europea y el Club de Paris en materias de deuda. Difícilmente esas negociaciones habrían producido los resultados positivos alcanzados por Cuba si su obstrucción hubiese sido para la Administración Obama una prioridad.

Con su discurso en el Gran Teatro de La Habana, Obama tiró al ruedo público tanto la urgencia del fin del embargo / bloqueo de Washington como del abandono de la mentalidad de economía de comando y de control social predominantes en los círculos de poder en La Habana. Obama expuso con transparencia ante cubanos y norteamericanos, como ya lo había hecho en breve en su último discurso sobre el estado de la Unión, las bases para una política diferente.

El bloqueo y el intento de dominación por coerción fueron presentados como un anacronismo ante las potencialidades para Estados Unidos en Cuba de una política hegemónica y de persuasión. Los mejores instrumentos de EE.UU. en esa lógica no serían las sanciones ni las imposiciones de un cambio de régimen sino su poder suave, su capacidad de atraer, negociar, comerciar, exponer sus libertades.

Para el liderazgo cubano a emerger a partir de 2018, que carece del carisma de Fidel Castro y la legitimidad revolucionaria de la generación del centenario, el reto de una política de hegemonía por persuasión es más complejo pero menos dañino que el bloqueo y las amenazas de seguridad. Más viajes y más comercio e intercambio con EE.UU. representan un mundo más amistoso a las reformas cubanas en curso, que son esenciales para construir nuevas zonas de legitimidad intra-sistémica.

Obama puso sobre la mesa de cálculos de las nuevas generaciones de políticos cubanos en el Estado y la sociedad, la posibilidad de una normalización asimétrica, con respeto norteamericano por la soberanía cubana y deferencia cubana hacia el estatus de gran poder estadounidense.

Obama viajó a Cuba con impunidad. Pocos eventos han causado más desolación y destrucción al grupo pro embargo en Washington, que hasta entonces disfrutaba de una aureola de poder que no se justificó. Si algo quedó claro al señor Trump si se quiere enterar, es que los partidarios del embargo a los actos de Obama se tuvieron que calar el viaje completo sin poder montar ninguna resistencia ni en la opinión pública estadounidense ni en las instituciones. El precio a pagar en la presidencia o el Congreso por avanzar un curso constructivo de negociación con Cuba es apenas el de comprar los pasajes.

Después del viaje de marzo, Cuba y EE.UU. aceleraron múltiples negociaciones sectoriales coordinadas desde una comisión bilateral en la que se contemplaron también aquellos temas como soberanía, democracia y derechos humanos donde existen profundas diferencias. La administración Obama entendió que la dignidad de una gran potencia democrática y el peso de la asimetría de poder le permitían a EE.UU. negociar con un Estado pequeño como Cuba en su vecindad sin la cortedad de miras de un enfoque transaccional de tip por tat. Tal enfoque le produjo créditos políticos internos y de política exterior, como el reconocimiento recibido por el presidente Obama desde la ya muy dividida comunidad cubano-americana y en la cumbre de las Américas en Panamá.

El mensaje del presidente visitante a los cubanos también implicó un cambio en las narrativas. En las vísperas de la primera transición intergeneracional en la cúspide del Estado cubano post 1959, Obama llamó a los cubanos a no ser rehenes de conflictos históricos entre los dos países y buscar alternativas para construir un país más próspero y una relación constructiva entre las dos sociedades.

No le toca a EE.UU., no es su responsabilidad, conducir los cambios que Cuba necesita. EE.UU. abandonó, por lo menos temporalmente, el simplismo de mirar la política de Cuba con la obsesión por derribar a Fidel, Raúl Castro y el gobierno del Partido Comunista. Es difícil que después del viaje del presidente y sus diálogos con los sectores empresariales emergentes y la sociedad civil cubana, EE.UU. regrese a una visión tan estrecha de Cuba.

Las opciones del presidente Trump

Queda al presidente Donald Trump tomar la oportunidad de avanzar por un camino menos accidentado en los próximos años o insistir en retrotraer la relación con Cuba a las lógicas de confrontación que no produjeron nada positivo. Queda también a su equipo de política exterior evaluar con criterio objetivo las posibilidades de los actores y procesos políticos que tienen lugar en la isla.

Para ese ajuste, sería conveniente que el presidente Trump se informe mejor sobre las agendas y actores más relevantes en el panorama cubano. Si opta, por ejemplo, por escuchar a algunos de los opositores más rabiosos hacia el gobierno cubano, restituyendo sanciones o limitando licencias que Obama abrió, puede terminar dañando más al gobierno que a los nuevos sectores emergentes de mercado y propiedad privada en la isla. Esos sectores son hoy más relevantes que los opositores preferidos de Washington y Miami, en el proceso de liberalización.

El nuevo equipo diplomático y de seguridad en Washington tiene el reto de escapar a la versión reduccionista sobre derechos humanos y apertura en Cuba que predominó hasta los últimos años de la administración Obama. Hasta 2014, cualquier conversación sobre democracia, derechos humanos, o modernización en Cuba pasaba siempre en el Washington oficial por una exagerada referencia a elecciones multipartidistas inmediatas y la entrega del poder a aquellos sectores preferidos –ya fuese por el Miami más derechista o el Washington de Obama, más liberal pero no menos intervencionista. El viaje de Obama a Cuba en marzo de 2016 comenzó a cambiar esa perspectiva.

La política de Obama hizo más por los intereses comerciales y de inversión estadounidense, y por promover la agenda estadounidense de seguridad y migración en el Caribe que todas las décadas de hostilidad. Así lo afirmó en su momento el general John Kelly, hoy Secretario de Seguridad Interna, quien avanzó varios de los programas de comunicación entre las fuerzas armadas y de orden de Cuba y EE.UU., cuando era jefe del Comando Sur. Así lo registró la Cámara de Comercio de Estados Unidos, y los centenares de abogados y negociantes que visitaron Cuba después del viaje presidencial. Hoy, Starwood, una cadena de hoteles estadounidenses maneja su primera instalación en La Habana. Para avanzar más los intereses norteamericanos, la administración Trump debería ampliar y no reducir el diálogo, la negociación y los intercambios con Cuba.