martes, 26 de abril de 2016

El “centrismo político” en Cuba: una etiqueta y tres sugerencias

Por Pedro Monreal , Cuba Posible

Existe una diferencia esencial entre la taxonomía política y el etiquetado ideológico. La taxonomía, en tanto aplica un método científico para la clasificación de grupos, aporta directamente conocimiento (1). El etiquetado ideológico no se sabe claramente a lo que contribuye. Siempre necesita explicaciones adicionales para poder ser entendido. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se afirma que existe en Cuba una “derecha” que “invoca posturas centristas” (2), o cuando en otros lugares del mundo se dice que existe un “socialismo de derecha”. Ambas etiquetas, y otras parecidas, difícilmente puedan ser consideradas como conceptos de las ciencias políticas.





Lo anterior no significa, en modo alguno, que deba desconocerse o minimizarse la utilidad política que pueden tener las etiquetas ideológicas. Muy por el contrario, estas son capaces de desempeñar funciones políticas precisas y, de hecho, algunas etiquetas ideológicas pueden ser muy efectivas (dañinas o beneficiosas, según el caso) en determinados contextos políticos.

Utilizarlas en clave de descrédito y de “arrinconamiento” político es una opción frecuente para el uso de las etiquetas ideológicas, como ocurre en los casos de “extrema izquierda” y “extrema derecha”. En otras ocasiones se utilizan para establecer zonas nebulosas que contribuyen a maximizar la captación de votos, como puede ser el caso de “centro- izquierda” o “centro-derecha”; términos que, por cierto, parecen indicar claramente las limitaciones de la utilidad práctica de un eje explicativo basado en los criterios de “izquierda” y de “derecha”.  

No obstante, las etiquetas ideológicas pueden tener una función educativa –cuando se les emplea adecuadamente- en el contexto de los debates políticos, pues no necesitan acudir a una disertación científica para destacar los posicionamientos ideológicos esenciales de determinados grupos. Ese pudiera ser el caso de la definición sintética expresada por Frei Betto en el sentido de que “ser de izquierda es, desde que esa clasificación surgió con la Revolución Francesa, optar por los pobres, indignarse ante la exclusión social, inconformarse con toda forma de injusticia” o, como decía Bobbio, “considerar una aberración la desigualdad social” (3). Incidentalmente, se trata de una posición esencial respecto a problemas específicos (justicia social, desigualdad, e inclusión social) que comparte mucha gente en Cuba, aun cuando no se les ocurra o no les interese considerarse de “izquierda”.

Para poder hacer una discusión sobre este tema con los pies sobre la tierra, es decir, haciendo referencia concreta a las circunstancias actuales de Cuba, lo primero que se necesita es precisión analítica, la cual es una condición indispensable para resolver un problema apuntado por Marx y Engels cuando expresaron: “... que mientras en la vida vulgar y corriente todo tendero sabe perfectamente distinguir entre lo que alguien dice ser y lo que realmente es, nuestra historiografía no ha logrado todavía penetrar en un conocimiento tan trivial como éste. Cree a cada época por su palabra, por lo que ella dice acerca de sí misma y lo que se figura ser” (4). Distinguir por lo que realmente se es, o sea, hacer una valoración sustantiva del “ser” político, es entonces el primer requerimiento del método para identificar con precisión la posición ideológica de individuos y de organizaciones en Cuba.

Para ir al grano, sugiero ahorrarnos la trillada exposición acerca del surgimiento de los términos políticos de “izquierda” y de “derecha” durante la época de la Revolución Francesa, que como ha dicho, con fino humor, el político español Luis Carlos Rejón, “viene de por donde le dio el capricho de aposentar sus posaderas a los presuntamente pretendientes padres de la patria en 1789 y en demás años subsiguientes” (5).  No tiene sentido reproducir aquí una discusión sobre la que se han vertido ríos de tinta. Vayamos directamente al tema del eje “izquierda-centro-derecha”, una de las posibles perspectivas del análisis del panorama político nacional. En ese sentido, modestamente propongo tomar nota acerca de tres sugerencias analíticas sobre el tema.

En primer lugar, sería conveniente adoptar un enfoque epistémico –o sea, para entender las cosas en su esencia y en sus causas- que utilice mecanismos de verificación a partir de datos de la realidad. El posicionamiento ideológico no se refiere esencialmente a un enunciado normativo (sobre el deber ser), sino que es, sobre todo, un enunciado descriptivo (el ser) (6).

No digo que esto baste para investigar el tema, lo que afirmo es que resulta un punto de partida imprescindible. La identificación de posturas ideológicas y de sus conexiones con la política se refiere a procesos concretos que existen en la práctica social y que pueden ser evaluados con bastante precisión. Las ciencias sociales llevan muchos años haciéndolo. La ideología debe ser entendida como algo sustantivo (7). No debe ser entendida por su ubicación, generalmente arbitraria, en un espectro político visualizado en forma de un eje organizado a partir de estereotipos como “izquierda”, “centro” o “derecha”.

Esa comodidad de lo geométrico –que representa las posturas ideológicas como puntos discretos a lo largo de un eje- tiene como gran desventaja su falta de precisión explicativa. Es, si se me permite la expresión, “andarse por las ramas” en materia de tipificaciones ideológicas. Lo que verdaderamente fija la posición ideológica de alguien o de algo es el tipo de respuesta que se da ante un problema específico de la política.

¿Cuáles problemas pudieran definir sustantivamente posiciones ideológicas diferenciadas en Cuba? En principio muchos, pero me limito a mencionar seis: los mecanismos para la participación política, la sociedad civil como espacio para promover el cambio social, la forma social de apropiación del excedente económico, las funciones del Estado, la justicia social, y la inclusión social.

En segundo lugar, una vez que se hubiese podido establecer un fundamento sustantivo de las posiciones ideológicas que pudieran existir en el país, conviene complementar el análisis con el examen de los posibles ejes que inevitablemente influyen en las discusiones ideológicas. Como he expresado antes, no considero que los ejes sean el plano esencial del análisis, sobre todo porque se fundamentan en estereotipos que generalmente son construidos según criterios arbitrarios. Por ejemplo, la decisión de que alguien esté dentro o fuera de la “izquierda” usualmente depende de la valoración de actitudes frente a determinados aspectos fijados por quien hace la clasificación. El problema es que esas dimensiones por separado no explican una ideología. Tampoco la suma de esas dimensiones. Se puede conocer la teoría marxista, ser antimperialista, y mostrar solidaridad con otros –características que normalmente se asocian al estereotipo de la “izquierda”- y ser también una persona corrupta plegada al capital extranjero.

La cuestión de los ejes es ineludible en las valoraciones sobre la ideología y debe ser considerada en los análisis, pues pudiera enriquecer la perspectiva esencial que previamente hubiese ofrecido el análisis sustantivo. No me refiero solamente al eje “izquierda-centro-derecha” sino también a otros posibles ejes que cruzan los debates ideológicos. En el caso de Cuba hay al menos otro eje relevante: el “nacionalismo-plattismo-anexionismo”. Coloco los términos entre comillas porque obviamente son controversiales, pero es sin duda un eje importante en las discusiones ideológicas y políticas del país, inclusive desde mucho antes de 1959. Insisto en que no considero que una perspectiva axial sea la manera adecuada de comprender la ideología como algo sustantivo, pero puede aportar matices útiles para el análisis una vez que antes se haya explicado lo esencial.

En tercer y último lugar, el análisis de posicionamientos ideológicos en Cuba debe considerar dos necesidades de la práctica política en los que tales posicionamientos se manifiestan. De una parte, las posiciones ideológicas de individuos y de organizaciones no son inmutables, sino más bien todo lo contrario: pueden cambiar con rapidez y a veces en direcciones insospechadas. La noción de que la gente opera políticamente a largo plazo sobre la base de ideologías más o menos fijas que han aprendido o que se les ha inculcado es una noción frecuentemente refutada por la realidad. El individuo interioriza la ideología bajo la influencia de sus experiencias reales de vida, incluyendo sus intereses y la manera en que estos se modifican. Por ejemplo, las mutaciones ideológicas que han tenido lugar en Cuba durante el último decenio en materia de “igualitarismo” y sus relaciones con las políticas públicas de la “actualización” no solamente representan un interesante caso de estudio sobre el tema, sino que constituye una de las áreas donde casi todo el análisis está todavía pendiente de realizar.

Por otra parte, el sujeto político contemporáneo en Cuba se sitúa entre un referente de experiencia pasada y una perspectiva de experiencia futura. Pienso que es evidente, aunque acepto que pudiera ser discutible, que para muchos cubanos existe una carga de experiencia que influye en la manera de pensar y de actuar, pero que consideran que lo crucial de sus vidas es lo que está por venir, y eso no se limita al caso de los jóvenes. Las visiones que proponen el pasado como asidero paradigmático parecen ser percibidas crecientemente como un pensamiento conservador (8). Tomar en cuenta las ideologías como esquemas generales que enmarcan modos de pensar es sin dudas algo útil. Sin embargo, debe tenerse presente que lo que ocurre en la realidad es mucho más complejo, pues el pensamiento de la gente siempre incluye ideas originales a pesar de tener una base en experiencias previas y en las ideologías aprendidas.

Las implicaciones para la política pueden ser significativas porque dificulta el funcionamiento de ideologías propuestas desde “arriba”, no importa la etiqueta que lleven.

En términos del análisis de posiciones ideológicas en la Cuba contemporánea lo que parece ser pertinente ahora es hacer un examen sosegado y riguroso. Esto incluye, obviamente, la necesidad de considerar la contribución de perspectivas críticas. En cambio, las etiquetas ideológicas operan generalmente en el plano de la retórica fácil y son propicias para fomentar la intransigencia. Lo que se requiere, por el contrario, es el diálogo constructivo sobre la base de un conocimiento relevante.  

Notas:

1.    Un ejemplo típico de taxonomía política es la relativa a la taxonomía de las políticas económicas y la taxonomía de las políticas públicas, temas sobre los que existe una amplia bibliografía.

2.    Iroel Sanchez, “Centrismo, nacionalismo de derecha y anexionismo simbólico. Por Fernando Martinez Heredia”. 17 de abril de 2016. El texto reproduce la respuesta del intelectual cubano Fernando Martínez Heredia a una pregunta de la periodista Rosa Miriam Elizalde durante una entrevista divulgada en video y Podcast por Cubadebate el 17 de marzo de 2016. Ver el texto de Iroel Sanchez en https://lapupilainsomne.wordpress.com/2016/03/17/centrismo-nacionalismo-de-derecha-y-anexionismo-simbolico-por-fernando-martinez-heredia/ . La transcripción completa de la entrevista en Cubadebate puede ser consultada en http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/03/17/obama-no-pierda-la-oportunidad-de-hacer-algo-historico-podcast-video-y-fotos/#.VxekdWdXpaQ

3.    Frei Betto, “Cómo derechizar a un izquierdista”, Cubadebate, 22 de septiembre de 2012. http://www.cubadebate.cu/opinion/2012/09/22/como-derechizar-a-un-izquierdista/#.VxeYimdXpaQ

4.    Carlos Marx y Federico Engels (1845-1846). La Ideología alemana. Editorial Pueblos Unidos, Montevideo, 1958.

5.    Luis Carlos Rejón. “El torticero concepto de izquierda”, periódico El Mundo, Madrid, 4 de enero de 2016.

6.    Hillmann, Karl-Heinz y otros (2001). Diccionario enciclopédico de sociología, Editorial Herder, S.A., Barcelona., 2001.

7.    Angel Rodríguez Kauth (2001). “Izquierda y derecha en la política”. Realidad: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas Nº. 82, 2001, págs. 467-480.

8.    Se trata de un tema que ha sido examinado en el contexto más amplio del marxismo contemporáneo. Ver, Omar Acha (2008). “El marxismo de derecha: elementos para su definición y crítica”. Revista Herramienta Nº 37. Buenos Aires. Marzo de 2008.



lunes, 25 de abril de 2016

Soliloquio a propósito de una propuesta para una Cuba imposible.

Por Carlos Luque Zayas Bazánn,

Cuba Posible es una publicación que se autodefine como “…un ”Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas”. En el Quiénes somos de su web puede leerse que se propone no sólo cumplir ese objetivo con trabajos teóricos y abstractos sino, “participar e influir en el desempeño social y político” del país, y aunque a seguidas advierte no ser un entidad con aspiraciones partidistas, declara estar “comprometida con un quehacer socio-político distinto”. Ese distinto quehacer –que no precisa con respecto a qué sería distinto, pues para entender el concepto de diferencia se necesita el referente- estaría, sin embargo, encaminado a consolidar, cohesionar y equilibrar cosmovisiones diversas y, como después se lee en su objetivo primero, de manera que las ideas y dinámicas que desarrolle su laboratorio, se entiendan “como el compromiso para desarrollar el país por medio de la participación protagónica de toda la pluralidad socio-política”.


Resumiendo, la gestión de Cuba Posible estaría dirigida a cohesionar, consolidar y equilibrar visiones diversas, y aunque no se proponga promover un partido para la participación política, sí se compromete con un quehacer socio-político dado, calificado de distinto, que tenga como objetivo dar protagonismo a toda la pluralidad socio-política.


Resulta un objetivo complejo e interesante y muy peculiar el de Cuba Posible, con evidente similitud con lo que se conoce con el anglicismo de think tank: los posibles equivalentes en español de estas instituciones son precisamente: laboratorio de ideas, instituto de investigación, centro de reflexión…


Es una propuesta interesante porque, como su apellido de Posible habla de la voluntad de contribuir a la edificación de una Cuba que puede llegar a ser, a partir su propuesta de pluralidad socio-política, seguramente el término de futuridad implícito en el calificativo de Posible no excluiría lo que Cuba ha sido y lo que Cuba es. Pero la perspectiva dominante de Cuba Posible parece estar orientada, principalmente, hacia lo que Cuba debe o habría de ser, según esas ideas y dinámicas que se propone gestionar, y mediante la consolidación, cohesión y el equilibrio de miradas políticas y culturales dispares y sobre todo fundada en una pluralidad política.


Conviene, pues, tener muy en cuenta lo que piensan y proponen esos especialistas con respecto a esa posibilidad de futuro. Observando las contribuciones que allí se publican no se trata de un ejercicio de futurología, sino de esforzadas reflexiones y arduos estudios, que casi siempre, fieles a los objetivos declarados, toman la forma de propuestas y críticas comprometidas con la pluralidad y con el quehacer socio-político, que, si en principio no se proponen devenir un partido de disputa del poder, es lógico suponer que podrían ser acogidas como prácticas políticas de alguna eventual organización que decida nutrirse de sus propuestas, pues no se entendería bien cómo puede existir un quehacer socio-político sin, precisamente, protagonismo o participación política que llámese como se llame, puede tomar la forma de un partido.


Vivamente interesado en esas publicaciones, recientemente me encontré en Cuba Posible un artículo que hace estas dos reflexiones-propuestas, enfocadas en el quehacer posible socio-político cubano:


“Se trata de vertebrar (en Cuba) una democracia donde los intereses de la mayoría respeten y tomen en cuenta los criterios de la minoría.”
“Si nos adentramos en el análisis del contexto actual, entenderemos por qué resulta vital hacer de nuestro país una sociedad más democrática, como paso indispensable para la preservación de su soberanía y la adecuada definición de su sistema político.”
Resultan dos tesis tan especiosas que me impulsaron de inmediato a preguntarme por qué mi primera impresión era de extrañeza. Mis reflexiones fueron tomando forma de búsquedas, por ejemplo, con respecto a la proposición # 1: ¿cuál sería el ejemplo de algún país que nos muestre el magnífico ejemplo del respeto de la mayoría por los intereses de las minorías? Sobre todo teniendo en cuenta este norte: ¿de qué mayoría y de qué minoría estaríamos hablando? Como esas son categorías que no debieran analizarse en abstracto, y sobre todo pensando en Cuba, me parecía lógico hacerme esas preguntas.


Estreché mi búsqueda a la historia latinoamericana pasada y reciente, madre nutricia. Primero experimenté la incómoda dificultad de no encontrar rápidamente un país donde gobernaran sin lugar a dudas, las mayorías. Y cuando al fin me acordé de algunos casos recientes en Latinoamérica donde las mayorías habían decidido en las urnas, constaté que casi siempre había sido por muy poco tiempo, o con muchas dificultades, penurias y obstáculos en su camino, porque tozudamente esos gobiernos siempre se ganan unas enemistades muy peligrosas que le hacen la vida imposible. Pero seguí adelante.


Casi todos queremos que en Venezuela, Bolivia y Ecuador sobrevivan gobiernos votados por sus mayorías, en la misma liza que nos quieren imponer como la única democrática, es decir, son países que usando las mismas reglas de juego impuestas como modelos democráticos, tienen gobiernos votados por las mayorías. Aunque todo parece indicar que no tienen allí bien amarrado el poder económico, y eso les está trayendo consecuencias indeseables. Por otra parte, no me quería poner el ejemplo de Cuba, para no acusarme en mi soliloquio de chovinismo, aunque me decía que Cuba tiene un modo de seleccionar su gobierno desde los vecinos de cualquier barrio hasta el parlamento nacional, itinerario al que no se le quiere reconocer su peculiar y cubano carácter democrático. Que, cierto es, tiene costuras y desgarrones que arreglar. Pero bueno, eso no es para asombrarse mucho tampoco si miramoss en torno. Entonces recordaba la lupa de Galeano.


Después de cosecha tan exigua de mi búsqueda, martillaba mi pobre entendimiento esta pregunta en particular: ¿lo realmente existente no es lo contrario, es decir, que las minorías que tienen el poder político y económico no respetan, traicionan y socavan sistemáticamente los intereses y criterios de las mayorías que las eligen? ¿Lo realmente existente no es que aún en los casos en que más de una decena de veces el pueblo de un país vota por un tipo de gobierno (Venezuela), los defensores de la “democracia” no quieren reconocer “esa” democracia? Pero me decía que por el hecho de que no existieran muchos países que negaran lo anterior, no se justificaba que no le reclamáramos a Cuba que se propusiera el noble objetivo de que las mayorías en el gobierno respetaran los criterios políticos de las minorías, entiéndase bien, los intereses políticos, aunque no podamos olvidar que esos intereses siempre suponen a la larga la aspiración de sustituir en el poder a las mayorías.


Salvo ese pequeño detalle a tener en cuenta, reconocía no sólo justo, grandioso, sino que tenía que reconocer que es una hermosa meta democrática esa de que las mayorías en el gobierno deban reconocer los intereses de los que quedaron en minorías. Además, uno se acostumbra a que a Cuba se le hagan las máximas y más insólitas exigencias, así que esa exigencia tenía una larga tradición.


El mundo puede estar lleno de indigentes durmiendo en las aceras y protegiéndose con periódicos, pero si aparece uno en Cuba, es noticia. Pensaba que muchas veces lo que es noticia sobre Cuba no lo es en ninguna otra parte, aunque ocurra lo mismo o algo peor, y que lo que no sea buena noticia en muchas partes del globo, pero sí algo digno y logrado, algo de alabar o reconocer en Cuba, se silencie en toda la gran prensa. Que aunque Cuba tenga algunas cosas (vamos a evitar con prudencia la palabra conquistas, porque le da urticaria a algunos) “cosas” que las instituciones internacionales ponen de ejemplo ante otros muchos países de economía no bloqueada, eso no se reconozca como resultado de su gobierno, su concepto de los derechos humanos y su democracia. Me atormentaba tratar de comprender a qué se deben, si no. Pero dejé a un lado ese pensamiento triunfalista que es mal visto, demodé y oficialista, y aunque la famosa lupa de Galeano no dejaba de planear sobre mi afiebrada cabeza, me propuse seguir adelante.


Además, con respecto a la afirmación # 2 del citado trabajo: me preguntaba ¿cómo se puede lograr la democracia sin soberanía? Pero lo dejé para el final porque son dos cuestiones muy arduas para llevarlas a la par.


Entones traté de enfocarme en la propuesta # 1.


En numerosos países hoy los gobernantes acceden al poder mediante la elección popular. La anterior afirmación esconde todo un sofisma, pues los candidatos ganadores suelen ser los que mayor dinero allegan de los donantes poderosos. Pero eso no parece óbice para negarle al procedimiento su carácter democrático, se supone entonces que cuando eso ocurre, las mayorías gobiernan. Es decir, son ejemplos de lo que se considera la democracia y deben escuchar las exigencias de los intereses que quedaron en minoría. Pero tan sosegada reflexión me la cuestionaban una serie de tozudas realidades. A saber: las altas cifras de abstenciones, las votaciones que apenas se diferenciaban por muy estrecho margen, algunas sospechosas de manipulación y otras de probada manipulación; el olvido de las promesas candidatas una vez en el poder; el acceso al poder a través del dinero y el manejo y la compra y manipulación de los medios; las modernas tecnologías para influir en las decisiones del votante cuando no la compra solapada de los votos, las espurias tecnologías comunicacionales políticas tan alabadas últimamente, el hecho de que sólo pueden ser candidat@s los que tienen o reciben millonarios recursos de los grupos de intereses que después van a representar y favorecer; la fusión, el maridaje y colusión política entre el empresariado y el poder político, todo ello que es característico de esas democracias.


Con la ingente información que se tiene en estos tiempos y que no han transcurrido dos siglos de capitalismo por gusto, ya no hay que estudiar ciencias políticas para saber que esos gobiernos realmente no gobiernan, no de facto, todo ello como prueba de que las votaciones solo sirven para legitimar un uso ilegítimo del poder de una minoría sobre las inmensas mayorías. Ese recuerdo me llevaba circularmente con tozudez nuevamente a la pregunta: ¿Dónde, en qué país, funciona la famosa separación de poderes en favor de las mayorías? Y sobre todo, ¿no era lo realmente existente el gobierno de las minorías desconociendo los intereses de la mayoría que los había elegido? ¿Y si eso es incuestionable hoy día, y esos gobiernos ni escuchaban a sus mayorías, cómo podían escuchar a otras minorías que no fueran a sus propias minorías internas, es decir, aquellos que tenían solamente otra idea de cómo hacer lo mismo? Recordé que esas minorías son las contradicciones que existen entre las propias élites, porque según declaró uno famoso, ellos no tienen amigos, tienen intereses.


Continué mi soliloquio con la historia, resumiendo que de todas formas, y aunque la realidad lo niegue constantemente, la piedra basal de la teoría democrática supone el gobierno de las mayorías sobre las minorías. Aunque lo que sucede es exactamente al revés, pero es muy difícil encontrar hoy una persona que desee pasar por cuerda y que se atreva a confesar en público que hay algo mejor o que parezca mejor, o más justo como forma de gobierno. No importa que bajo el manto de la democracia incluso se violen los mismos principios del liberalismo clásico. Hoy Argentina es un ejemplo de ello con una feroz arremetida neoliberal en sólo los primeros 100 días contra esos mismos principios.


Pero también tenía un problema con las palabras “equilibrio” y “cohesión”, que me evocaban el espectáculo de las falsas democracias latinoamericanas, esas que ilustran lo que realmente significan las políticas de los “consensos” equilibrantes, que nunca son tales consensos, porque sus resultados se limitan a la negociación “en la medida de lo posible”, y entre las fuerzas poseedoras del poder económico, con el objeto de dirimir sus propios conflictos. Es decir, nunca se negocia realmente entre las mayorías y las minorías, que difícilmente se ven representadas. Porque “lo posible” ante las mayorías y cuando las minorías son escuchadas, siempre llega hasta una línea roja: cuando los intereses de los capitalistas son amenazados. “Lo posible” es lo que se puede aceptar hasta el punto justo en que se ven en peligro sus ganancias y sus intereses. Allí mismo salta lo imposible en esas democracias: que es precisamente que la minoría gobernante escuche a las mayorías.


Por eso saltan las alarmas del observador cuando los políticos que más hablan de diálogos y búsqueda de consensos “democráticos”, son aquellos que forman los parlamentos y los estados clientelares y neoliberales en la mayoría de los gobiernos del mundo de hoy, pues no es difícil observar que los tales políticos están estrechamente relacionados con las grandes empresas privadas, o muchos de ellos son precisamente empresarios, o lo serán después, porque casi siempre hacen uso de las puertas giratorias entre la política y el mundo empresarial, o vienen de esos círculos empresariales o en ellos terminan sus vidas como pago a sus servicios, o después de cumplidas sus funciones “públicas”, reciben las prebendas gerenciales.


Por supuesto, me decía, que esas realidades “democráticas” son propias de los países capitalistas neoliberales. Y seguía suponiendo que los consejeros y estudiosos de Cuba y sobre Cuba, por ejemplo los de Cuba Posible, también debieran negarse a que el proyecto cubano sea ni capitalista, ni mucho menos neoliberal. Cuba, o al menos por voluntad de una mayoría que no ha sido negada hasta el momento con razón, quiere ser socialista, y aunque ahora algunos gusten de repetir que el socialismo ha fracasado, no se debería olvidar que una cosa es perder una batalla y otra perder la guerra, me decía. Es decir, el socialismo sigue siendo la meta y única solución de la mayoría de los pobres de este mundo y ya hasta la salvación de misma tierra que habitan y padecen, aunque en esta época, y en medio del predominio absoluto de la cultura y la economía capitalistas, los proyectos socialistas intentados no hayan podido llegar al éxito completo. Lo que nos llevaría también al dilema de precisar qué tiene el socialismo de imposible o en qué medida han impedido que sea posible. Pero como ese es otro tema traté de seguir el curso en mis reflexiones.


Todo lo anterior que me vino a la mente me hacía suponer que la propuesta de un desarrollo de la democracia en Cuba, seguramente no era esa que hoy conocemos en otros lugares, esa no podía ser. Los hechos desmienten con elocuencia el carácter verdaderamente democrático de lo que hoy quieren imponer como democracia. Entonces, ¿cuál es? Por supuesto, las proposiciones de los estudiosos y académicos se suponen honestas y además, fruto de profundos y serios estudios. Aunque hay aspectos que no me quedan claros como simple lector en algunos trabajos, siempre se supone que se hable de la democracia que debe tener el socialismo, sea lo que sea, lo que realmente se concrete como socialismo, porque ya se sabe que es una obra en construcción. Pero sea lo que sea, de manera que se diferencie por algo esencial del capitalismo. Entonces debemos convenir que la democracia socialista está también en construcción. La respuesta no puede ser otra. Pero resulta que la democracia tiene una fuerte teoría detrás y hasta hoy el principio del derecho de las mayorías obtenido en las urnas no parece en la práctica puesto teóricamente en cuestión. Los Padres Fundadores de la nación norteamericana crearon toda aquella maraña de los llamados contrapesos jurídicos y parlamentarios para “evitar la tiranía de las minorías”, pero eso no obsta para que ellos mismos lo propongan como modelo e incluso lo impongan, lo que no parece muy democrático. Pero en fin…


Finalmente, con todos esos pensamientos en la cabeza, me pregunté ¿a qué minoría, en la Cuba de hoy, para no ser especulativos y tratar de concretar y aterrizar la propuesta, se refiere esa afirmación número 1 del artículo de Cuba Posible, cuyos intereses deben respetar las mayorías, en Cuba? ¿Cuál es esa minoría en Cuba, y sobre todo qué pretende?


Empecé a desechar por exclusión. Primero pensé que debía ser una minoría que no tuviera la posibilidad de amasar un poder económico y una relación con los grandes circuitos y conglomerados del capitalismo mundial, y que le permitiera las mismas prácticas que antes recordaba. Porque sería el suicidio de esa mayoría, si es que alguna vez se podía dar el caso. Sucede que cuando hay una masa crítica suficiente que llega a determinado nivel de poder económico, ya es tarde, y está entronizado o por sentarse en el trono del poder político.


De manera que a continuación hice un esfuerzo de imaginación e intenté construir un escenario básico en que se podría verificar el caso de que una mayoría política en el poder escuchara las exigencias políticas de la minoría que pretendiera el poder. Porque de eso se trata, de la política y del poder. Aunque se adornen las palabras al final damos, es una metáfora, con la Iglesia, como advertía el caballero andante, que fue a su modo una mayoría tratando de desfacer los entuertos creados por una minoría en el poder.


Supuse ese escenario posible, pero se me antojaba un poco idílico: un estado de cosas casi paradisíaco, casi cercano a una perfección incontaminada de la democracia, en que el ágora de la cosa pública se abarrotara por una ciudadanía donde no se viera ninguna cabeza maliciosa representante de intereses de grandes poderes económicos y que guardara secretos propósitos malévolos de hacerse del poder político para sostener, garantizar y defender los intereses de esos poderes económicos. Ni grupos financiados por molestas externalidades. Sería, pensé ingenuamente, si existiera allí una minoría, una que sólo tiene ideas diferentes de cómo hacer lo mismo, pero no propósitos antagónicos, sobre todo no intereses políticos y económicos antagónicos, sino soluciones diferentes de cómo llegar a un puerto común. Me acepté que a esa minoría sí que habría posibilidad y hasta la obligación democrática de escucharla y hasta eventualmente, satisfacer, si es que sus ideas demostraban ser buenas o mejor solución para los problemas de la comunidad y el bien común. Me decía que una minoría económicamente poderosa puede imponer sus exigencias sin mucha necesidad de ser genial, aunque les hace mucha falta la inteligencia de intelectuales y académicos con ocio (y finanzas) suficientes para dedicarse a estos temas, pero ser de una minoría, porque se tengan ideas diferentes sobre un mismo objetivo claramente común, no tiene por qué ser una minoría equivocada.


Desperté de mi soliloquio y mi quijotesco ensueño. Mi escenario me parecía sospechosamente iluso, y además, me temía que muchas minorías de ese carácter existían en Cuba, en cuanto a la meta de apoyar su revolución, incluso una buena variedad de minorías de ese tipo, casi tanto cubano como hay. Pero había claramente otra minoría que no encajaba en mi sueño de equilibrio y paz. Una minoría que clama por una “reconciliación”, que habla de batallas finales, agotamiento del socialismo, y cosas de ese tenor. Así pues, si no es a la minoría que pertenece a la mayoría, entiéndase, si no era a la natural diversidad dentro de una mayoría que había optado por un sueño común y apoyaba la forma de gobierno que se había dado, ¿cuál era la minoría a que podía referirse el pensamiento número # 1, en la concreta realidad cubana y a la que habría que escuchar, lo que significa siempre darle participación en el quehacer político?


Si esa minoría tiene programas, concepciones políticas e ideológicas, cuando las tiene, para llegar al poder y que garantizaran intereses económicos, opuestos a los intereses de las mayorías, me preguntaba, ¿debiera recurrirse al diálogo con ella, a la política de los consensos, a la negociación con ella? Imaginaba una clase media en ascenso que haya sido empoderada económicamente, a intelectuales orgánicos de esos intereses, grupos que hayan mejorado muy visiblemente sus condiciones de vida, digamos los ganadores de una fractura social, ante una masa mayoritaria que no gozara de esa prosperidad, pero que todavía tenía un gobierno que no la había traicionado. Y me acordé de las propuestas de un cierto presidente que le hizo una visita a un cierto país.


Hasta donde se conoce, la minoría política, por cierto exigua, que se puede identificar con claridad hoy en Cuba, es la financiada “disidencia”, que no es propiamente una disidencia leal, ni una minoría válida para garantizar la soberanía del país, primero porque no tienen otro programa que no sea la anexión cultural, o la conversión de Cuba en una sociedad capitalista, o cuanto menos, neocolonial, y segundo porque no tiene base social, como lo han reconocido incluso funcionarios y analistas norteamericanos. Me pregunté, ¿es esa minoría la que debe ser escuchada? ¿Es esa minoría la que debe tener acceso a la prensa para difundir sus ideas? ¿Es esa minoría la que debe tener acceso al poder? ¿Es esa la que debe formar partidos y participar en elecciones? Porque el poder es la cuestión que está en debate, aunque no se confiese. Más concretamente: ¿si hay una minoría en Cuba que desea un sistema capitalista, o propone soluciones que lleven al país a perder su soberanía, esa es la minoría a la que la mayoría debe escuchar y dar oportunidad de gobierno y acción política? ¿Ese es el deber de la democracia? ¿de cuál democracia? ¿se deben seguir los esquemas de esas democracias que no respetan ni escuchan ni a las mayorías que los han elegido? ¿O se me dirá que naturalmente no, que hay otra que llamamos democracia socialista? ¿se podría describir como hoy se puede estudiar y describir el sistema que más conocemos que es el capitalista? ¿Valen entonces las simples generalizaciones y lo poco que se ha validado en la práctica sobre las democracias?¿Vale únicamente lo que se quiere imponer como democracia?


Finalmente me pregunté, ¿será esa minoría que hay que escuchar, la formada por cierta intelectualidad y por un cierto sector más acomodado, junto a ciertos aliados externos que visiblemente muestran una opción “centrista”, (es decir, no socialista) pero que no se quiere reconocer de esencia de derecha, que se cree distinta (recordemos esta palabra en la definición de Cuba Posible) y optan por la pluralidad política? ¿Es el centrismo hoy un camino al socialismo, propuestas que creen que una economía mayoritariamente basada en la propiedad privada y la concepción capitalista de los derechos humanos, algo distinto al tipo de democracia que no sea la que realmente conocemos? ¿Un gobierno de ese tipo escuchará a las mayorías e incluso, escuchará a otras minorías que no sean las suyas? Me temo que hasta ahora no podemos tener esa ilusa esperanza política.


Hasta que la proposición de estos estudiosos no identifique claramente cuál es esa concreta minoría, pero en las actuales y concretas condiciones de Cuba, en su composición social y económica de este momento y con una evaluación de toda la complejidad geopolítica del país, nada han dicho. Sólo peligrosas generalidades. Peligrosas porque esconden el deseo del retorno a la “normalidad” capitalista. Es la consecuencia del uso abstracto de las categorías de democracia y empoderamiento, el seguimiento de tradiciones que se han de actualizar, además de una muy curiosa definición. Se pudiera aceptar su buena intención, si la hubiere, lo que no se entiende es su concreta pertinencia, en Cuba, ni a qué minoría (política) se refiere.


Una enseñanza de la historia cuya letra ha entrado con mucha sangre y sufrimiento, demuestra que cuando existen diferencias antagónicas de intereses de clases, no se puede hablar sino de gran ventaja de los que tienen la economía en sus manos. Si en Cuba los niveles de igualdad que existieron hasta los comienzos de la década de los 90, posteriormente no han sido los mismos, y por causas muy bien concretas, no puede afirmarse con propiedad que la sociedad cubana esté seriamente fracturada por la existencia de clases sociales antagónicas, no existen en Cuba los intereses de grandes propietarios capitalistas opuestos a los intereses de la mayoría de la población. Lo que sí existe es una intromisión externa y un sector interno que ahora afina nuevos canales y procedimientos que estarán presente en cualquier escenario del quehacer socio-político propicio a sus objetivos. Supongo que esa no sería la minoría que debe escuchar la mayoría. ¿O sí?


Ahora: si el consenso de que se habla es entre, y dentro de, esas fuerzas sociales mayoritarias que han votado muy cerca del ciento por ciento en todas las votaciones por la actual forma del gobierno cubano, si se trata de un diálogo entre personas y sectores que tienen un mismo objetivo socialista y apoyan, aunque críticamente para mejorarla, las formas democráticas que se ha implementado, si es entre la sociedad que ve y acepta el papel rector que cumple el Partido Comunista en el país, por supuesto que el debate, la búsqueda de consenso y el diálogo continuo es imprescindible y ha sido sistemáticamente utilizado de una forma u otra, como una forma de la democracia que Cuba ha querido y ha podido darse a sí misma. Pero en ese escenario no pueden tener un lugar minorías que quieren hacer bogar la nave hacia otros rumbos muy distintos. Los que hablan de “consensos”, diálogos y empoderamientos desde esas minorías que abogan por sacar de la Constitución el carácter socialista de la nación cubana están claramente a favor del capitalismo. Hay que decirlo claramente y denunciarlo.


Cuba (y ningún país que ha intentado algo diferente a lo que exige el pensamiento único del modelo de la democracia burguesa) nunca ha dejado de ser objeto de ataques a su autodeterminación. Ni lo será ahora pese a las promesas de normalización, sino que estos se agudizarán y se harán más sutiles y mucho más difíciles de visualizar y contrarrestar.


Por otra parte, hoy la historia nos demuestra hasta la saciedad que incluso en aquellos países que hacen uso de los mecanismos democráticos que se tienen como los únicos válidos (los sistemas pluripartidistas, etc.), las opciones en beneficio de las mayorías son atacadas por todas las vías posibles, aunque hayan sido legitimadas por las vías de las votaciones populares. Venezuela es el más claro ejemplo. Y Brasil ahora. Y Honduras antes. Y así ha sido siempre y será.


Los gobiernos progresistas que han alcanzado el poder por la vía de las elecciones en Latinoamérica, han cometido el pecado capital, o no han podido, desmontar las estructuras básicas del capitalismo en sus países y están comenzando a pagar sus consecuencias. Incluso gobiernos o personalidades que sólo se propusieron un capitalismo de rostro humano y disminuyeron la pobreza, como en Argentina o en Brasil, se ven como enemigos de los intereses capitalistas mundiales y son objeto hoy del mismo ataque de siempre.


Hoy al capitalismo mundial no le interesa tanto cómo se denomine un sistema, o cómo se alcance el poder, o haga lo que haga un país, siempre que no se atreva a lo único que no permiten: que se dañen sus intereses y se vea en peligro su hegemonía. En Europa, Grecia aplicó la democracia: hizo un referéndum y las fuerzas combinadas de la Troika la castigó ejemplarmente con más sometimiento. En resumen, donde quiera que la aplicación de lo que hoy se tiene por democracia no da los resultados esperados, se pasa por encima de ella, es decir, la aplastan sin democracia alguna.


Entonces, ¿por qué Cuba ha de adoptar lo que no hay ninguna duda que no respetarán nunca? ¿Por qué Cuba tiene que dar espacio y lugar a esas minorías? ¿O hay otra en Cuba?


¿Dónde los estudiosos de estos temas muestran y demuestran, así sea con algún grado de plausibilidad y factibilidad, las ideas, los proyectos que tienen o tendrían esas minorías no políticamente antagónicas? Son necesarias algo más que sugerencias generalizadoras como diálogo, debate, empoderamiento, consenso, negociación, minorías que deben ser escuchadas, más democracia, pluralismo político, concepciones distintas. Resulta muy cómodo desde alguna academia hacer ciertas reivindicaciones conceptuales, sin otros resultados a presentar que esas reivindicaciones. De una academia se esperaría mucho más.


En mi opinión, eso no basta. Todo lo que proponen: diálogo, debate, consensos, empoderamiento, más democracia, es algo obvio y justo mientras cada uno de esos conceptos tenga un adjetivo: socialista, que es la opción que ha escogido y ratificado, aun en medio de durísimas pruebas, el pueblo cubano. Cuba necesita y necesitará siempre mejorar su sistema político y de gobierno, pero precisamente en un diálogo interno entre las fuerzas mayoritarias escuchándose entre sí todas las minorías que se formen dentro de ella, mientras no sean las minorías que proponen un proyecto distinto al que Cuba debe seguir para continuar asegurando su soberanía.


Finalmente el pensamiento número # 2. En cuanto a la relación de los conceptos soberanía y democracia se ha propuesto una curiosa inversión. Recordemos esta afirmación # 2: “resulta vital hacer de nuestro país una sociedad más democrática, como paso indispensable para la preservación de su soberanía y la adecuada definición de su sistema político.”


¿No sería lógico pensar que es al revés? Cuba debe seguir asegurando su soberanía para que pueda seguir aspirando su proyecto de lograr un socialismo cada vez más democrático. Pero con su democracia. Toda la lucha de Cuba ha sido una defensa agónica de la soberanía, y es el principal mérito de su gente y de su forma de gobierno. No hay nada más allá, si ya no se tiene soberanía. No hay pueblo, ni nación, ni identidad, ni dignidad, ni posible democracia incluso, nada, sin soberanía. Estos dos conceptos no pueden verse por separado, son vasos comunicantes, pero si tienen una prioridad, esa es la soberanía. Sin soberanía socialista ninguna otra cosa será posible. Ni mucho menos si se le presta atención y espacio político a ciertas minorías que pretenden hacer a Cuba, a su soberanía e independencia, tan imposibles como lo fueron hasta 1959.


 

domingo, 24 de abril de 2016

Silvio Rodríguez: “Los vientos de cambio en Cuba deben salir de nuestros pulmones”





Por Nora Navarro

El cantautor cubano Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 1946) actúa este domingo en el Cuartel de Artillería de Murcia, dentro de una gira por varias ciudades españolas, que comenzó el pasado día 3 y en la que presenta el disco Amoríos, una selección de temas que tenía inéditos desde finales de la década de los sesenta y en las que el amor vuelve a ser protagonista.

En esta entrevista, realizada por cuestionario, el artista habla de la gira, de su música y de los vientos de cambio en Cuba.

Amoríos rescata composiciones inéditas de 1967-80, ¿por qué decide recuperarlas? ¿Cuál fue su criterio de selección?

No es que piense que todas las canciones que he compuesto valen la pena. Es que estuve componiendo desde unos 10 años antes de grabar mi primer disco y nunca he logrado emparejar lo que edito con las que me parecen publicables.

Este álbum se compone de 14 canciones, todas inéditas salvo “Óleo de mujer con sombrero”. ¿Cuál es el significado de esta canción? ¿Por qué siente que cala tanto en el público?

“Oleo de mujer con sombrero” está en Amoríos porque forma parte de Exposición de mujer con sombrero. En Amoríos edito por primera vez ese trabajo completo, Oleo no se me podía quedar afuera.

¿En qué consiste Exposición de mujer con sombrero, suite de cuatro canciones que redondea el disco?

Es una tetralogía que compuse en 1970, todas en la misma semana y todas sobre una misma situación. Es una azarosa historia de amor y desamor.

Una vez más, el amor como espina dorsal de su música. ¿Por qué? ¿Y a qué tipos de amor se refiere?

Amoríos trata sobre amores de pareja, es un disco que desde hace muchos años tenía en mente.

¿Cuáles son esas canciones inevitables, que no pueden faltar en un concierto?

Las selecciono, siempre pongo algunas, aunque cambian según la gente y a veces los países. Hay coincidencia en temas como Ojalá, Unicornio, Te doy una canción.

¿Cómo ha concebido los conciertos de esta gira?

Se trata de una selección de Amoríos, de algunas canciones de Segunda cita, mi disco anterior, y de un puñado de temas que me han acompañado desde casi siempre.

Su generación puso voz a la revolución con la Nueva Trova Cubana, ¿sigue deseando «jugar a lo perdido y rezar a fondo un hijo nuestro»? ¿Hacia dónde deben soplar los vientos de cambio en Cuba?

Siempre he creído que la voz de la Revolución Cubana fue Carlos Puebla. Pienso que mi generación fue más indagadora. Cuando se pierde algo valioso continúan las ganas de encontrarlo. No sé si se haya entendido que «rezar a fondo un hijo nuestro» fue la opción que escogí, antes que rezar un Padre Nuestro. O sea, una apuesta por el futuro. Los vientos de cambio en Cuba deben salir, y creo que están saliendo, de los pulmones de nosotros los cubanos.

¿Sigue tomando parte en este cambio con sus giras por las calles de los barrios de La Habana? ¿Qué significado revisten estos conciertos para usted, a nivel profesional y personal?

Hacemos un concierto cada mes, excepto julio y agosto, que son demasiado calurosos. Acabamos de anunciar el concierto número 74, para el 27 de mayo. En septiembre hará 6 años que estamos en esto, con la colaboración de muchos artistas cubanos de todas las disciplinas de la música, con actores, cómicos, escritores. También donamos una pequeña biblioteca de unos 300 tomos a cada barrio, con colaboraciones del Instituto del Libro, del Centro Pablo de a Torriente y los Estudios Ojalá. Hacer estos conciertos, sacar la música de los teatros y llevarla a los barrios, para mí es apostar por los menos favorecidos y también dar continuidad a lo que vi hacer a artistas desde los 60: al ballet nacional, al Cine Cubano y también a lo que siempre hemos hecho generaciones de trovadores: cantarle al pueblo.

Usted ha acogido positivamentela visita de Obama a Cuba, ¿qué sensaciones le transmite este proceso de renovación de los vínculos entre ambos países?¿Siente que puede ser positivo para Cuba?

Creo que puede ser positivo para Cuba y para Estados Unidos. Cuba es el único país del mundo que los norteamericanos no pueden visitar más que a través de programas prescritos o de recorridos de barcos cruceros. Hay muchas empresas norteamericanas que llevan años tratando de comerciar con nosotros y no pueden. Hay muchos norteamericanos que ven esas limitaciones como faltas a sus derechos.

Dice que su esperanza es que «el presidente de los Estados Unidos entienda de una vez la verdad de Cuba y, sobre todo, actúe en consecuencia». ¿Cuál es su principal temor con respecto a esto?

Eso lo dice Guillermo Rodríguez Rivera en un post que hizo para mi blog, Segunda cita, y yo por supuesto que lo suscribo. «La verdad de Cuba» es que queremos amistad pero no sometimiento; que queremos el cese total los muchos mecanismos de asfixia económica del bloqueo; y también que nos sea devuelta la parte de nuestro territorio que los Estados Unidos ocupan en contra de nuestra voluntad desde hace más de un siglo: la zona donde tienen la Base Naval de Guantánamo.

Asegura que «la canción es una especie de grito con pocos decibelios». ¿Cree en la música como manifestación, como guerrilla, como abanderaba la ‘canción protesta’?

Creo en la música como arte. Los decibelios de una canción, más que del talento del compositor o el intérprete, por desgracia dependen más de los recursos electroacústicos que disponga quien la proyecta, y también del apoyo que tenga de los medios y del aparato difusor de los que manejan la música en el mundo.

¿Sigue viva la música del cantautor en Latinoamérica y España?

En Latinoamérica sigue siendo una lucha por la supervivencia de expresiones a las que nunca les ha sido fácil, aunque hay algunas voces consolidadas por su trayectoria y calidad. En España al parecer sucede parecido, aunque últimamente conozco menos el panorama.

En los últimos años, España ha sufrido los peores recortes, entre otras cosas, en el ámbito de la cultura, ¿España también necesita una canción urgente?

A los españoles les corresponde saber lo que necesita España. Lo que sí puedo agregar es que el mundo entero necesita volverse hacia expresiones culturales verdaderas, las que vienen de las viejas tradiciones y son enriquecidas y recreadas por voces emergentes.

Con tantas canciones inéditas en la mochila, ¿planea seguir componiendo o seguirá tirando de este hilo de música sin editar?

En el último año he estado grabando también unas cuantas canciones recientes. Las cosas hay que irlas haciendo de una en una. Todo a la vez es muy confuso.

(Tomado de La Opinión, de Murcia)


Daína Chaviano: “Continúo soñando con mundos mejores”

 Por:Marilyn Bobes , OnCuba







A Daína Chaviano, la muchacha que revitalizó la ciencia ficción y la literatura fantástica en Cuba en la década de los ochenta, debo recuerdos entrañables. Senel Paz, Daína y yo ganamos el Premio David de 1979 cuando los tres éramos solo proyectos de escritores. Daína decidió marcharse de Cuba en los noventa pero ni sus lectores ni sus viejos amigos la olvidan.

Modesta, talentosa y bella, nunca tuvo enemigos y su dulzura y carisma siguen cautivando a quienes se le acercan, a pesar de que es uno de los nombres de la literatura cubana más conocidos y premiados en el panorama internacional.

Recientemente, Ediciones La Luz, de Holguín, publicó su libro de poemas Confesiones eróticas y otros hechizos. En ellos está nuestra Daína de siempre, sus mundos esotéricos, su vocación por lo maravilloso y extraño y su amor terrenal y desprejuiciado traducido en una escritura enigmática y sobreabundante.

Apenas terminé de leer este libro sentí la necesidad de comunicarme con ella. Y así lo hice. Reveladora de sus cualidades humanas y su culto a la amistad fue la rápida respuesta que dio a mi cuestionario a pesar de que me habían advertido que para las entrevistas ella era “muy especial”.

En la actualidad, Daína Chaviano está considerada una de las autoras más relevantes del género fantástico en Hispanoamérica. La parapsicología, lo sobrenatural y la magia y la complejidad de las relaciones humanas, son algunas de sus obsesiones más arraigadas. Además de dos premios obtenidos en Cuba (el ya mencionado David y La Edad de Oro) ostenta otros de gran relieve internacional como el Anna Seghers, de la Academia de Artes de Berlín, el Azorín de novela en 1998, el Fernando Gallardos en 2003 y el Malinalli en 2014. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas.

Sin embargo ella confiesa seguir siendo la misma Daína de siempre. Las respuestas que dio paraOnCuba confirman su fidelidad a sí misma y a sus lectores de Cuba y fuera de ella, y evocan lo mejor de sí misma: su vocación por la conciliación y el diálogo entre la Isla y su diáspora. He aquí mis preguntas y sus valiosas respuestas.

¿Por qué publicar en Cuba estos poemas, escritos en los años ochenta en la Isla y no otros libros más recientes?

La publicación del poemario se debe a una invitación que me hizo Adalberto Santos Leyva, editor de Ediciones La Luz, quien me contactó a través de mi página de Facebook. Desde el inicio, la propuesta fue ese poemario. La acepté con gusto, después de que mi agente literaria no pusiera reparos. Aunque había sido escrito en los años 80, se trataba de un libro que no se conocía en la Isla, así es que sería nuevo para los lectores cubanos.

Dedicas tu poemario a Luis Rogelio Nogueras. ¿Qué recuerdos personales y qué valoración literaria tienes de esa persona?

Wichy ha sido una de las personas más importantes en mi vida. Lo conocí poco después de ganar el premio David de ciencia ficción, a principios de la década de los 80. No sé si recordarás que fuiste tú quien nos presentó en el portal de la UNEAC. A partir de ese día se convirtió en mi sombra, en una especie de cómplice y guía existencial que no se separaba de mí. Era un hombre sumamente inteligente, de una memoria extraordinaria, con un sentido del humor muy fino, siempre en función del conocimiento y del chiste intelectual, sin que ese término, en su caso, significara pedante o impostado; todo lo contrario, era un tipo muy chispeante e ingenioso. Me dio a conocer maravillas literarias, desde poetas raros hasta clásicos del erotismo. Fue una relación de cinco años que para mí representaron siglos de aprendizaje. Dejó una huella tan profunda en la joven que yo era entonces que, no solo muchos poemas de esa época, sino incluso dos de las novelas que escribí fuera de Cuba están inspiradas en conversaciones y lecturas que compartí con él. Sigo admirando su poesía, que aún me parece tan buena como la primera vez que la leí.

¿Cómo ha sido tu vida desde que te fuiste de Cuba?

Muy variada y llena de giros inesperados. He pasado momentos difíciles, aunque otras experiencias han sido espléndidas. En términos profesionales, fui traductora, reportera y columnista; también editora y directora de revistas como Discover, Newsweek y Architectural Digest. Impartí clases en la Universidad Internacional de la Florida, mientras hacía un doctorado que finalmente abandoné cuando La isla de los amores infinitos se tradujo a 25 idiomas. Desde ese momento me dediqué a escribir a tiempo completo. Por otra parte, he disfrutado la posibilidad de explorar y acercarme a temas esotéricos que siempre me han interesado, de conocer países y lugares mágicos, de interactuar y moverme en ambientes muy heterogéneos. He recibido reconocimientos y galardones que no esperaba, tanto en universidades como en ferias del libro. Y más importante aún, tengo nuevos lectores que me escriben desde todas partes del mundo. En ese sentido, no me puedo quejar.

¿Qué opinas de la literatura cubana que se escribe tanto dentro como fuera de la Isla?

Como ocurre siempre, hay de todo en calidad y estilos. El problema mayor, a mi modo de ver, es la separación editorial y comercial entre los autores que viven dentro y fuera de la Isla. Los primeros no tienen a su alcance el mercado internacional y los segundos carecen de sus lectores naturales. Esto es algo que obstaculiza el crecimiento y la promoción de cualquier literatura. Es cierto que hay autores que brillan por sí mismos, pero si la nación (y me refiero al conjunto formado por sus habitantes, vivan donde vivan) aspira a contar con una literatura de peso, la peor política posible es el mantenimiento de esa separación. Lo ideal sería que tanto los autores que viven dentro de la Isla como los que viven fuera pudieran publicar libremente en el extranjero y en Cuba, para que los lectores cubanos (estén donde estén) puedan tener acceso a sus autores. Sé que esto dependerá de los cambios internos en la Isla, así es que habrá que esperar.

En Cuba tienes aún muchos lectores, ¿te seduce la idea de publicar toda tu exitosa obra en tu país de origen?

No descarto la idea. Un reencuentro con los lectores de la Isla sería un gran regalo. Siempre me sorprende la cantidad de personas que me escriben desde allá. Pese a las dificultades con Internet, me encuentran a través de las redes sociales, ya sea por mi sitio web, mi blog o mi cuenta en Facebook.Muchos de ellos no habían nacido o eran muy pequeños cuando me fui. Eso me indica que sigue existiendo una conexión entre los libros que publiqué allí y una generación que nació y creció más tarde. Me gustaría mantener esa continuidad con mis libros posteriores.

¿Qué opinas del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos y en qué medida crees que favorecerá la relación de la Isla con su diáspora?

Creo que la Isla crecerá cuando abra sus puertas a Estados Unidos, no solo económica y socialmente, sino espiritual y culturalmente. Por un lado, hay casi dos millones de cubanos viviendo en Estados Unidos. Nunca antes Cuba había contado con una reserva humana tan grande en el exterior, deseosa de impulsar el desarrollo de su país de origen. Por otro lado, los propios Estados Unidos han cambiado mucho en los últimos cincuenta años .Su presidente actual (y los que vendrán) eran apenas bebés o no habían nacido cuando surgió el conflicto entre ambas naciones. Podrán existir desacuerdos, pero esas diferencias no significan una enemistad obligada. Hay que pensar más en las generaciones presentes y venideras, y menos en nuestros propios dolores y rencores. No vale la pena malgastar tanta energía en conflictos que, a la larga, no producen ni conducen a nada útil.

¿Ha cambiado algo en la Daína Chaviano que conocimos y la que hoy es una de las autoras cubanas más conocidas en el mundo?

Creo que, en esencia, sigo siendo la misma. Continúo soñando con mundos mejores.

¿Cuáles son los proyectos literarios en los que trabajas actualmente?

Acabo de entregarle a mi agente una novela que me ha llevado diez años de trabajo, debido a la cantidad de investigación que requería. Ahora me tomaré un tiempo para realizar otras actividades, como impartir un taller de escritura en el Miami Dade College y preparar la ponencia para un panel sobre literatura fantástica en México. Después decidiré entre tres libros que he dejado a medias, y de nuevo a escribir.





sábado, 23 de abril de 2016

La propiedad y sus derechos



Lugar: Centro Cultural Fresa y Chocolate





Fecha:


31 - Marzo 2016








Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Cuando llegué, la habanera Sala Fresa y Chocolate, del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, estaba repleta. Frente al público se desplegaba un panel compuesto por la abogada Lía Rodríguez, quien durante años fue asesora jurídica en el ICAIC; Ernel González Mastrapa, profesor de Sociología de la Universidad de La Habana, reconocido investigador sobre problemáticas rurales en Cuba; Ileana Díaz, profesora del Centro de Estudios de la Economía Cubana;  y Jesús García Brigos, del Instituto de Filosofía, uno de los autores del libro Cuba: propiedad social y construcción socialista.


“La cuestión de la propiedad no compete solo a los juristas, a la ley, pues refleja las relaciones sociales. Eso es lo que tratamos de colocar aquí en el centro del debate”. Así introdujo la sesión Rafael Hernández, director de Temas y moderador habitual de estos encuentros mensuales. Y aseveró que la profesionalidad de los disertantes constituía garantía de un conversatorio fructífero, a pesar de la lamentable ausencia de un grupo de instituciones invitadas, las cuales “por diversos motivos no han podido venir”: el Ministerio de Justicia, la Dirección Jurídica del Ministerio de la Agricultura, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, el Centro de Derecho de Autor y la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.


De manera bien concreta presentó Lía Rodríguez la esencia y el significado de los derechos de propiedad, según aparecen en el Código Civil cubano. Tal derecho “es el más completo, exclusivo y excluyente que se puede tener sobre un bien de cualquier naturaleza, ya sea material o inmaterial; esa sería la definición jurídica. Implica que el titular del bien posee tres facultades fundamentales: el uso exclusivo; el disfrute, el cual incluye el derecho a gozar de todos los frutos producidos por ese bien; y la disposición, o sea, la potestad de decidir su enajenación, su destrucción o su trasmisión, dentro de los límites que la ley establezca”.


Sobre las especificidades inherentes a las relaciones agrarias manifestó Ernel González Mastrapa: “La propiedad de la tierra tiene en sí misma una contradicción, porque la tierra es bien público, un recurso natural. Por lo tanto, estamos apropiándonos de algo no construido por el trabajo humano”. Ese proceso de apropiación por determinado grupo de personas va a ser avalado por el poder. A la par, ocurre “una distinción muy importante entre propiedad y tenencia; la segunda significa el uso tradicional del recurso, sin adentrarse en los orígenes de este. Como es lógico, detrás hay un soporte jurídico y político que establece quién es el dueño, los arrendatarios, los precaristas, o si son tierras del Estado o de alguna comunidad ancestral”. Durante el capitalismo evolucionaron otras formas de propiedad y “en estos momentos son muy sofisticadas”; entre ellas se encuentran la industrial, la intelectual y las vinculadas con el mundo de las finanzas.


Voy a referirme a la separación entre el propietario y quien gestiona la propiedad, una práctica que viene desde el capitalismo. Cuando hay tal separación, el primero delega en el gestor la autoridad para tomar decisiones y asumir riesgos. Aquí comienzan problemas asociados al control que debe ejercer el propietario, en tanto sus objetivos y los del encargado de la gestión pueden no estar alineados; o haber asimetrías de información entre ambos, generalmente a favor del gestor. En el caso del socialismo, estamos hablando de una propiedad social (llamada también de todo el pueblo, o estatal), realizada a través del Estado”, discurrió Ileana Díaz e introdujo un elemento de suspense: “¿Quién entonces posee en realidad la propiedad de empresas y demás recursos?”.


Jesús García Brigos insistió en la importancia de concebir la propiedad como un sistema que incide en el vínculo individuo-sociedad-naturaleza, y no circunscribirla únicamente a leyes, resoluciones y modelos. Según su criterio, responder con absoluta claridad qué son y significan los derechos de propiedad precisa antes dilucidar otros aspectos, por ejemplo el concepto de derecho y sus implicaciones en las diversas formaciones sociales. Sin embargo, el corto tiempo asignado le obligó a un ejercicio de síntesis. “Esos derechos surgen en el sistema de propiedad privada” –el cual descansa en que una parte de la sociedad dispone sobre el resto y establece regulaciones para preservar ese tipo de relaciones sociales–, ellos “interpretan, refrendan, garantizan la esencia de dicho sistema: la posesión. No obstante, propiedad es mucho más que posesión”. Para apoyar su punto de vista, el orador citó a Carlos Marx: “La propiedad privada nos ha hecho  tan estúpidos y unilaterales que un objeto es solamente nuestro cuando lo tenemos, cuando él existe para nosotros como capital, o cuando es directamente poseído, comido, bebido, vestido, habitado, etcétera. Dicho brevemente, cuando es usado por nosotros”.


Las leyes sobre la propiedad “hay que verlas en su relación con la política, la economía, las estructuras sociales, las clases, los grupos, la familia; y constituyen reguladores de la actividad social, pero externos al individuo. Esto es fuente de alienación”, del divorcio de la persona respecto de los otros seres humanos, continuó el ponente. “Los derechos se han mantenido como expresión reduccionista de la propiedad como posesión, pero si la concebimos así, “¿cómo vamos a hablar de propiedad de todo el pueblo? Yo no poseo una termoeléctrica. Tenemos que entenderla de modo diferente”.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


En la Cuba de hoy


Un abanico de interrogantes, todas relacionadas con la actualidad nacional, abrió Rafael Hernández ante sus invitados. Entre otras: ¿Los derechos de propiedad vigentes en la Isla responden a nuestro desarrollo económico? ¿Cuáles limitaciones presentan? ¿Cómo los problemas en torno a la propiedad están dificultando el avance y la profundización del socialismo?


“Cuando se dictan, las normas jurídicas reconocen en Derecho lo que de hecho ha venido desarrollándose en la vida de manera mediata”. Empero, las leyes cubanas “están un poco desfasadas. Hablamos de un país que actualiza su modelo económico y sus relaciones sociales; eso tendrá un impacto en la jurisprudencia y creo que una de las incidencias más directas será en relación con la propiedad”, estimó Lía Rodríguez.


Los derechos de propiedad se hallan limitados en casi todas las legislaciones del mundo, por un principio general de convivencia. Existen restricciones de paso hacia determinadas propiedades, otras impuestas por comunidades de vecinos o las juntas de propietarios de inmuebles, etcétera. En Cuba las limitaciones “se han ido matizando”. Hace unos años cambió lo dispuesto en torno a la transmisión de la vivienda, aunque subsiste la regla de un solo inmueble por cada propietario, excepto en el caso de uso y disfrute de edificaciones de playa o de campo; “es una limitación que tiene un carácter de equidad social o de voluntad política”.


Otras delimitaciones señaladas por la abogada fueron: la tierra es trasmisible a los herederos siempre que la trabajen. Solo están reconocidas la propiedad estatal y la cooperativa. La Constitución pauta la explotación de recursos naturales, su preservación ecológica y todo lo relacionado con la defensa del medio ambiente. Además, rigen normativas en las relaciones monetario-mercantiles y  bancarias. “Todas ellas inciden en poder efectuar o no determinados actos de disposición sobre el derecho de propiedad de bienes”. En cuanto a la propiedad intelectual, “no es de las más limitadas”. Ahora bien, la Ley de Derecho de Autor (promulgada en 1977) y la Ley de Propiedad Industrial para marcas, patentes y otros símbolos distintivos, necesitan ser actualizadas; ya no se ajustan a la realidad del país.


Especificó la panelista que persisten limitaciones a “la participación real en la propiedad colectiva. El Código Civil reconoce la propiedad estatal socialista de todo el pueblo sobre la tierra, los recursos naturales o vivos, las fábricas… Pero no todos poseemos, dirigimos la empresa de modo individual. Esa facultad está delegada de múltiples maneras”.


Para González Mastrapa, “el debate más profundo, complejo y no resuelto que se da sobre la propiedad  y el derecho radica en la cuestión agraria”. La Primera Ley de Reforma Agraria transformó en dueños a quienes trabajaban terrenos de otros (arrendatarios), excepto a los obreros agrícolas. Después de la Segunda Ley, “más de 70% de las tierras pasa al Estado, que se convierte en el gran propietario, en nombre de toda la sociedad cubana. Se crean empresas estatales, más adelante llamadas socialistas. Ahí comienza uno de los grandes problemas: quien labora en ellas asume el papel de asalariado, no tiene control ni derechos sobre la propiedad desde el punto de vista de cómo se conduce la entidad. Aquí hay una contradicción”. Durante algún tiempo se ensayaron variantes para lograr que los obreros intervinieran activamente en la toma de decisiones en la empresa, pero no prosperaron. “Se mantuvo la dicotomía entre la forma de propiedad y el modo de explotación de la tierra y de participación del trabajador, quien no logra adoptar un papel adecuado”.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Al llegar los años 90, “se produce la crisis y hay un reordenamiento. Comienza a vislumbrarse una estructura agraria donde el cooperativismo tenga un papel central. El proceso empieza con el surgimiento de las UBPC”, cuyos integrantes reciben la tierra en usufructo. “Sin embargo, la verticalidad de nuestro sistema productivo y la tendencia histórica a la centralización, hacen que se mantenga la empresa, la cual ya casi no produce, da servicios solamente, pero decide todo sobre la cooperativa”. Fue necesario el paso de dos décadas para que “a las UBPC y al resto de las formas de organización y producción en la agricultura no estatales se les otorgara el nivel de autonomía que requieren”. Aun así,  el camino no ha quedado expedito.


El proceso de desestatización iniciado necesita de “una readecuación de las formas y los derechos de propiedad”, sostuvo el analista. No se trata de privatizar la tierra –“numerosas naciones no enajenan sus recursos naturales, los conceden para un tiempo de explotación determinado y después renegocian ese permiso”–, sino de desterrar la visión verticalista y resolver “el problema de fondo: garantizar un nivel de igualdad para todos los actores presentes en la agricultura. Por supuesto, ellos deben responder a determinado plan, o metas, pero no es posible que tengan condiciones desiguales en cuanto a sus derechos”. Y en el plano de la estructura productiva en general, no solo en la actividad agropecuaria, si la actualización del modelo implica que los actores económicos van a desempeñar papeles muy diversos, hay que viabilizar ese desempeño y “buscar soluciones desde el punto de vista jurídico”.


Ileana Díaz retomó su disertación justo en el punto donde la había dejado. “Me pregunto quién actúa por el Estado como propietario, cuando hablamos de empresas estatales. El ministerio no debe responder a la vez por funciones estatales y funciones productivas; y  supuestamente estamos en camino de separarlas. ¿Debiera ser la Junta de Gobierno?, tal vez. Pero ella está conformada por funcionarios de los ministerios globales, de los ministerios sectoriales, de las OSDE, y no aparece ninguna representación de los trabajadores ni siquiera del Sindicato. La regla del juego no queda clara. ¿Hasta dónde llega el Estado como dueño? No aparece escrito en ningún lugar; la Resolución 281 y la modificativa posterior aunque estipulan lo que tiene que hacer la empresa estatal, nada explica acerca del nexo con el propietario”.


Regidas por planes que han concebido instancias superiores, en extremo detallados y de obligatorio cumplimiento, las empresas estatales –las cuales generan 80% del PIB– carecen de autonomía. Supuestamente quienes trabajan en ellas, ya sean obreros o dirigentes, forman parte de los propietarios. En realidad, otros deciden su gestión, los aspectos legales, la distribución de las utilidades. Un elemento que agrava esta problemática es el control, prosiguió la economista. Lo ejerce “todo el mundo, el ministerio, la Contraloría General de la República, la OSDE, etcétera. De ese modo no dejan trabajar a las empresas y no pueden darse en buena ley las relaciones sociales de producción, recordemos que las relaciones de propiedad son la parte más importante de ellas”.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Con una alerta inició sus reflexiones García Brigos: la pequeña propiedad privada surgida en la Isla no constituye el factor primordial del progreso económico cubano, pero “mal introducida puede generar tendencias opuestas al sentido socialista de desarrollo”. Se han expuesto contradicciones que es necesario resolver, añadió. Marx y Lenin insistían en atender en primera instancia los problemas generales. Debemos seguir ese criterio, de lo contrario no habrá coherencia ni en nuestro conjunto de regulaciones ni en el vínculo entre los derechos de propiedad, el proceso de dirección del país y la política. “Si sacamos leyes, sin tomar en cuenta las interacciones de la sociedad como sistema, vamos a estar siempre entrampados”.


En opinión del investigador, a pesar de decirse a menudo que la propiedad también es un sistema, “no se trata como tal, se ve la política por un lado y la economía por otro”. Le parece una equivocación escindir, como se está haciendo en la Isla, gestión y propiedad; “las dos cosas son inseparables”. Asimismo, no se ha deliberado todo lo necesario acerca de qué significa el concepto de propiedad social socialista. Simplemente la hemos identificado con propiedad estatal, cuando lo más adecuado es entenderla como una vía “para trascender un orden del capital. Trascenderlo no se reduce a destruir el capitalismo, expropiar a los explotadores, ni otras soluciones parciales”. Una limitante del actual proceso de cambios es que todavía “no hay una visión consensuada de qué entendemos por propiedad y sobre todo a dónde queremos llegar”. Urge definir las concepciones que de forma general están sustentando las transformaciones del modelo cubano.


Antes de entregar el micrófono al público, el director de Temas propuso deliberar sobre tres aspectos: ¿En Cuba, cómo se relaciona la propiedad con el poder? ¿Es o no la propiedad una mercancía; solo puedo considerar mío lo que puedo vender o comprar? Por último: al parecer la sociedad carece de iniciativa para autogenerar acciones y de organizarse por sí misma en relación con la propiedad.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Diálogo sin cortapisas


Preguntas repetidas, de diversas maneras, por parte de quienes hablaron desde el auditorio fueron  ¿quién es el dueño, el Estado o el pueblo? ¿Cómo creer que somos dueños de algo sobre lo cual no se nos rinde cuenta, mientras los administradores actúan como propietarios?


Entre los criterios aplaudidos por los espectadores estuvieron los de un señor de avanzada edad, parsimonioso, pero muy lúcido. Durante más de cincuenta años la población cubana ha dependido de funcionarios omnipotentes. Se ha instaurado una división entre propietarios activos (los que de verdad deciden) y propietarios pasivos (solo son dueños nominalmente). Es preciso establecer un vínculo real entre cada ciudadano y la propiedad estatal. Está en juego la sobrevivencia de la Revolución, dijo.


 Asistentes habituales a Último Jueves afirmaron: en la empresa estatal se mantiene, igual que en el capitalismo, el trabajo asalariado, enajenado. Es necesario no solo la participación de los colectivos de trabajadores en la dirección de las empresas, sino el control ciudadano sobre la economía nacional y los funcionarios que la trazan y dirigen. La viabilidad de la empresa estatal socialista representa la viabilidad del socialismo. El modo en que se relacionan el sistema político y los problemas inherentes a la propiedad resulta fundamental. Este tema, unido a la conceptualización del término socialismo y a las transformaciones que se implantarán durante Cuba los años venideros, demanda una discusión democrática de todo el pueblo cubano.


La concurrencia aludió a que en el país coexisten distintas relaciones sociales de producción, e irán expandiéndose; apremia redefinir el marco legal dentro del cual deben actuar. Casi 30% de la fuerza laboral pertenece al sector no estatal. Y sí tenemos propiedad capitalista, el trabajo por cuenta propia ya pasó al nivel de pequeña y mediana empresa y hasta despuntan grandes entidades. Sin embargo, no sabemos bien cómo aprovechar esa opción.


“Debemos abrir espacio a la propiedad privada, pero al mismo tiempo distinguir entre la propiedad social y la gestión estatal de esa propiedad. El Estado no es el dueño, solo un usufructuario de nuestros bienes. En mi opinión, caben todas las formas de propiedad, siempre que ese sistema esté subordinado a la comunidad”, sentenció otro sujeto.


Un joven preguntó cuáles son los parámetros para poder registrar la propiedad intelectual. Otro resaltó un contrasentido: quién garantiza los derechos de autor, admitidos por ley, cuando el propio aparato estatal reconoce entre los cuentapropistas una figura que se encarga de reproducir y vender productos audiovisuales; es decir, sin autorización del artista disponer de lo creado.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.


Catorce personas habían hablado, tocaba al panel responder, comentar; en escasos minutos “pellizcar” la mayor cantidad posible de asuntos.


“El derecho es la voluntad de la clase dominante erigida en ley, por lo tanto las normas jurídicas se construyen según la cosmovisión política y la ideología de la clase que llega al poder, ya sea en el capitalismo o en el socialismo.


“Tenemos que revisar y actualizar las formas de propiedad: personal, estatal, cooperativa –en torno a ellas persisten grandes lagunas y problemas–, incluso para salir de ese eufemismo de los cuentapropistas; muchos viven, piensan, funcionan, contratan como una empresa, poseen decenas de empleados.


“Me parece un error total la creación de la categoría de cuentapropista que reproduzca y venda discos, u otra creación artística reconocida en la ley y protegida de manera particular”, expuso Lía Rodríguez.


En pequeña medida Ernel González Mastrapa contrapunteó con su predecesora. Aceptó que el mercado informal afecta la propiedad intelectual, pero agregó: “A nivel internacional se debate si democratizamos el uso de las nuevas creaciones, o las convertimos en propiedad privada que sea un nicho para determinados grupos sociales. El capitalismo ha hecho del derecho de autor un elemento clave de su forma de dominación, porque le permite controlar la tecnología”.


Las relaciones de poder “lo definen todo”, declaró a continuación. Siglos atrás se establecieron derechos de propiedad “porque algunas personas tenían poder y querían marcar la diferencia entre lo suyo y lo que todavía podía ser de otros”. Acerca de cómo debe ejercerse el control opinó: “Tenemos la tendencia histórica a sustituir el control ciudadano, popular, por el estatal, realizado mediante comisiones y auditorías que siempre actúan más bien con una mirada política del problema”. Si la actuación de instituciones como la Contraloría General de la República no va acompañada de un control social paralelo y con similar o mayor poder que los otros, no será eficaz, porque falta capacidad técnica para asumir esa tarea en todo el país; además, las entidades del Estado tienden a conciliar ciertos aspectos.


 “Sí hay una separación entre gestión y propiedad, en el capitalismo y en el socialismo”, discrepó Ileana Díaz con el autor deCuba: propiedad social y construcción socialista. Además, solicitó una institucionalización clara para cada una de las formas de propiedad, que permita interrelaciones entre ellas y el desarrollo sano de todas. Su propuesta incluyó aumentar la autonomía de las entidades estatales, dar espacio a sus empresarios, ya que dicha empresa, “como han dicho otros compañeros, tiene y tendrá un papel importante”.


Para cerrar, Jesús García Brigos redondeó algunas ideas de sus parlamentos anteriores, e incorporó dos afirmaciones que merecían una atención imposible de darles ya pasadas las seis de la tarde y, por consiguiente, concluido el tiempo permitido para el encuentro. La primera: ahora el quehacer de los sindicatos cubanos es más complicado, ya que deben actuar a tenor de las diferentes formas de propiedad. En segundo lugar: “No podemos perder de vista que la reproducción de las relaciones sociales en Cuba está ocurriendo en medio de un sistema de capital y con específicos vínculos con los Estados Unidos”; o sea, los nexos entre ambas naciones “también tienen que ver con el sistema de propiedad cubano”.


Tal vez el próximo Último Jueves –dedicado a La normalización con los Estados Unidos en la vida cubana– despeje algunas de las expectativas que, al menos en mí, despiertan esas frases.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.



Foto: Karel Pérez Alejo/Temas.



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jueves, 21 de abril de 2016

Para mucho más que dos

A Juanita Ganzo, María Eugenia Muriel y Choni Pazos, republicanas


Detalle del cartel de las Jornadas

Detalle del cartel de las Jornadas




Del tema que nos convoca nada pasa inadvertido: ni para la querencia ni para la ojeriza. Los tiempos que corren, con no pocas izquierdas en repliegue y menguadas por divisiones internas —a veces sería más elocuente decir intestinas—, parecen favorecer la hostilidad, incluyendo calumnias, contra la República asesinada. Un escritor de oficio, prestigioso, con aureola académica y —fundadamente, según se dice— acusado de plagio, capitaliza un relato en el cual las víctimas del fascismo quedan tan mal paradas como los terroristas victimarios, o más. Si un joven honrado, pero con la “culpa” de tener vocación marxista, le sale al paso, es blanco de comentarios sañudos.

Dueñas del mayor poderío económico, militar y mediático, las derechas se especializan en pasar por objetivas cuando intentan borrar sus crímenes y desautorizar todo lo que se les enfrente. Las izquierdas —sobre todo si son verdaderas, no las que un amigo español define como sedicentes y hedonistas— ni media palabra pueden decir sin que se les acuse de dogmáticas, de retrógradas, de cuanto se pueda fabricar contra ellas.

Hace pocos días, en una reunión de personas buenas y consideradas de izquierdas, alguien citó la denuncia que otro escritor relevante ha hecho de supuestas o reales atrocidades atribuibles a verdaderos o presuntos marxistas, comunistas, entre las cuales también le echó los perros a la República que estamos recordando. El grupo en pleno atendía, y uno de sus integrantes se permitió acotar: “Ese autor se expresa desde el anticomunismo”, y casi no pudo terminar de decirlo. Otro de aquellos amigos le reprochó: “No seas sectario. Si fueron atrocidades, lo fueron, y no hay que darles más vueltas”.

Al parecer, se cierra la posibilidad de defender algo que parezca verdaderamente de izquierda, mientras que la derecha no necesita ser defendida: sus actos, aun los más genocidas, son propios de su naturaleza y hasta sirven, supuestamente, para salvar valores sagrados. ¿Hasta cuándo será así? ¿No dependerá, en buena medida, de la lucidez y la decisión con que las izquierdas asuman el papel que les corresponde, sin permitir que ni medios imperantes ni acomodamientos les tuerzan las ideas y las priven de voz propia?

La sociedad es un todo dentro del cual el cine ocupa un lugar no precisamente autónomo, y requiere su propio estudio. Pero esta ponencia no es más que un saludo pensado desde Cuba. Trata sobre Una vida para dos (1984), documental patrocinado por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, que se fundó en 1959, pocos meses después del triunfo revolucionario. La película es una de las primeras realizadas por Gerardo Chijona, quien se había entrenado como asistente de dirección.

Estos apuntes solo rozan algunos elementos básicos de una obra sobre la cual no intentan hacer la valoración concentrada que merece, ni pormenorizar los créditos correspondientes. Pronto conquistó numerosos premios, desde el Tercer Coral reservado a los mejores documentales presentados en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, pasando por la mención que en esa misma cita habanera le otorgó la Organización Católica Internacional del Cine y del Audiovisual, y lauros en concursos de la Unión de Periodistas y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y el Instituto Cubano de Radio y Televisión, hasta ser incluida por la crítica cinematográfica entre los filmes más significativos del año en el país.

Transcurre con el testimonio de dos ancianos que hablan de su vida. Empieza y termina en el Malecón de La Habana, no como escenario atractivo para turistas, sino como un componente visual y afectivo de identificación. La atinada banda sonora sirve de fondo a lo dicho por los protagonistas: el español Miguel Amántegui, de Menorca, y la cubana Francisca Pérez, Panchita, de La Habana probablemente. Desde la lealtad a la Historia con mayúscula, se combinan la historia de amor entre ambos y la del contexto en que la han vivido.

El resultado es inseparable de la Segunda República Española y, en el sentido más profundo del término, de su cultura. Al recrear las trayectorias de dos seres humanos, rinde homenaje a quienes se aplicaron a construir y perfeccionar esa República, democrática, y la defendieron contra el bando fascista que tuvo la complicidad de fuerzas trasnacionales afines a él. Rodado en Cuba, lejos del escenario de los acontecimientos centrales que trata, el documental constituye un homenaje permanente a los luchadores republicanos y antifascistas. Estas Jornadas se adelantan a otros encuentros españoles que han anunciado su proyección al servicio de la buena memoria histórica.

Ilustrado en gran parte con imágenes de archivo, evidencia voluntad de síntesis, a tono con propósitos comunicacionales, estéticos, y tal vez determinada por los recursos disponibles, entre ellos el tiempo de realización y el margen reservado al documental en las programaciones de los cines cubanos de la época. Entonces el público, más que esperar, antes de la película principal exigía y disfrutaba los noticieros, dirigidos en general por Santiago Álvarez, y otros cortometrajes, con frecuencia documentales.

La sobriedad de los protagonistas de Una vida para dos, que se alternan o coinciden en la pantalla la mayor parte del tiempo, favorece un discurso fluido, sin alegatos ajenos a sus voces, y legitima tanto el gesto heroico como la ternura cotidiana. El migrante español llegó en 1924 a Cuba, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera: no dice por qué, pero la misma necesidad de huir y sus actos posteriores lo sugieren.

En La Habana se casó con una joven de familia pobre y que había tenido que abandonar los estudios para ponerse a trabajar en una cigarrería cuyo nombre, así como las vitolas mostradas, recuerdan, aunque no hubiera sido esa la voluntad del realizador, al Federico García Lorca que en su “Son de negros en Cuba” menciona esa marca entre otras estampas comerciales de tabaco cubano: “Y con la rosa de Romeo y Julieta / iré a Santiago”.

En 1933, año en que la lucha popular puso fin en Cuba a la tiranía de Gerardo Machado, el matrimonio, ya con su unigénito, viaja a España. No es un viaje de reacomodo familiar sin más. Manuel pensaría que en España, con la amnistía decretada —y, sobre todo, pudo haber dicho también, con la proclamación de la República el 14 de abril de 1931—, se resolvían muchos problemas. Pero sus preocupaciones políticas, revolucionarias, perduraban y lo prepararían para hacer frente a lo que vendría o ya se gestaba en las sombras. De vuelta a su isla, junto a compañeros que permanecían en ella o habían regresado de Cuba como él, se entrega a organizar el partido comunista. No es casual que, al estallar la Guerra Civil, la República tenga en él un soldado presto a defenderla, y su compañera lo sigue aunque deba hacerlo desde la retaguardia, también necesaria, útil.

En la vejez lo aguijonea un solo remordimiento: el haberse visto empujado por las circunstancias a una rendición que él personalmente —como tantos otros— se negaba a aceptar, y que le impidió ayudar a la salvación de compañeros quedados en el frente. Las fuerzas fascistas, usando tropas mercenarias, habían derrocado a una República llamada a dar frutos que hoy siguen convocando a su realización. Una de las tareas será impedir que, desprestigiada como está la monarquía, la construcción republicana venga de manos de la peor derecha, heredera de la que hace ochenta años pisoteó las leyes e impuso una cruenta guerra civil cuyas secuelas aún están vivas de distintos modos.

Como otros compañeros de lucha, los protagonistas de Una vida para dos no se resignaron. Llevados a Francia, sufrieron el conocido trato dado por el gobierno de ese país —no precisamente a la altura de lemas tan dignos como los fundacionales de la República Francesa— a los representantes del pueblo español forzados a exiliarse. Mantuvieron sus ideas y su voluntad de lucha, y, además de sufrir las condiciones de los campos de concentración en que se les separó, Manuel y Panchita continuaron siendo republicanos indoblegables. Él, siempre apoyado por ella, luchó contra los nazis.

La posibilidad de ver el documental libera al comentarista de la impertinencia de contarlo. Ello implicaría detenerse en núcleos de la acción como los ya esbozados, y otros como las peripecias del protagonista para zafarse de su envío a Alemania —“aquello parecía una película”, dice al recordarlo— y volver a encontrarse con la coprotagonista, quien ocupa su propio lugar en la trama. Bastaría para ello su actitud ante los nazis que apresaron al marido y su pelea cuerpo a cuerpo con el traidor que contribuyó a que lo apresaran.

Sucesos tales expresan el valor de quienes, con sobriedad conmovedora, protagonizan el documental. Sobresalen su condición humana y la naturalidad con que dan testimonio de sus vidas. Acaso lo que más se disfruta, lo que más alecciona, sea la ternura que mutuamente se prodigan, y que se confirma en las imágenes que los muestran junto a la familia en Cuba y en plena incorporación al proceso revolucionario. Manuel confiesa que no sabría vivir sin Panchita, y quisiera precederla en la muerte. Emociona ver cómo se miran.

Todo es saldo de vida, de luz. La delicadeza con que se tratan es, concentrado en ellos, un indicio de virtudes asociadas a una república que se vio forzada a defenderse. La violencia se la impusieron los terroristas anticonstitucionales que se alzaron para derrocarla e implantar una dictadura de consecuencias conocidas. ¡Allá los equilibrados “equidistantes” que sostengan otra cosa!

Ante el título del documental viene a la memoria una canción que pudo haberse creado para los protagonistas: la compuesta en 1976 por Alberto Favero para la intérprete Nacha Guevara sobre el poema “Te quiero”, de Mario Benedetti: “si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos”. Hoy, plantear ese nexo pudiera tildarse de cursi, pero la acusación expresaría un mérito ante tanto pragmatismo deshumanizado y propio de una ola neoliberal en cuyas raíces culturales, si así puede llamárseles, se halla una modernidad que el pensador francés Michel Leiris llamó merdonité.

El documental no podría, ni en su naturaleza ni mucho menos en su tamaño, lograr una representación exhaustiva de la realidad, ni habría que exigírsela. Tal vez el mayor elogio se lo haya hecho Alfonso García Osuna en su libro The Cuban Filmography. 1897 through 2001 (2003), que cito por su edición digital (http://www.amazon.com/Cuban-Filmography-1897-Through-2001/dp/0786427272): “Mi única objeción es que una historia como la de estos personajes merecía algo más de dieciocho minutos. Nos deja pidiendo más”. Pero, mayor importancia que oír o leer acerca de esta obra, tiene disfrutarla, conmoverse con ella, con los sentimientos y enseñanzas que aporta para mucho más que dos.

Es natural que un saludo cubano dirigido a estas Jornadas, y cuyo borrador se ha escrito parcialmente en Majadahonda —cerca, pues, de donde el próximo 19 de diciembre hará ochenta años que Pablo de la Torriente Brau murió defendiendo la República asesinada— recuerde algunos hechos: mientras en España un colectivo de personas entusiastas logra que se rinda homenaje a la Segunda República por los ochenta y cinco años de su proclamación, en Cuba se celebran los cincuenta y cinco de sucesos que culminaron en Playa Girón con el aplastamiento de la invasión mercenaria.

A esa victoria —y vale la alegría rememorarlo una vez más— se refiere Alejo Carpentier en La consagración de la primavera. En esa novela, summa narrativa, un combatiente cubano que toma vida de uno de los brigadistas internacionales defensores de la República Española, le dice a uno de sus compañeros: “Esta nos desquita de otras que hemos perdido […] En la guerra revolucionaria, que es una sola en el mundo, lo importante está en ganar batallas en cualquier parte”.

Luis Toledo Sande

Leído por el autor en las XIV Jornadas sobre Cultura de la República [Española], que tuvieron lugar del 12 al 15 de abril (en la Universidad Autónoma de Madrid, como las anteriores),  y este año trataron La República en la gran pantalla.

Se publicó en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana: