miércoles, 19 de abril de 2017

Notas eventuales sobre educación e identidad cultural.

Por Luis Toledo Sande

Aquí eventuales remite a la acepción, secundaria pero más bien dominante, que en Cuba y en otros países de nuestra América —y tal vez en camino de extenderse o ya extendida más allá—, tiene el vocablo evento, no la que da nombre a lo que ocurre de manera más o menos casual o no programable, sino esta, según la Academia Española de la Lengua: “Suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva”.

Puesto que va siendo característico, por lo menos, de una nación, ese uso se ubica en la zona de atención de estas notas, que refieren expresiones conductuales apreciadas por el autor en —dicho a la cubana— eventos de relevancia y alcance diversos, y en hechos concretos vinculados de algún modo con ellos. Tanto como la educación ha de abonar los elementos deseables que nutren la identidad de un pueblo, debe encarar los repudiables.

Para ser plenamente bien educado se deben conquistar, y llevarlas de manera natural, virtudes fundamentales. Una de ellas radica en la puntualidad. Es lamentable cargar con la fama de impuntuales y, encima de eso, ostentarla como si fuera un blasón simpático. Quien haya participado en foros nacionales de diversa índole, salvo quizás cuando se trata de los más altos jerárquicamente en la vida del país, habrá visto —y sufrido si valora el uso racional del tiempo— cuán inútil acaba siendo el esfuerzo hecho para establecer los horarios convenientes.

No pocas veces los mismos organizadores violan el programa, o propician que sea violado. Un invitado especial, capaz de suscitar atención o curiosidad, o a quien resulte justo y hasta elegante reservarle espacios protocolares, puede bastar para que lo programado se sustituya por diálogos con él —o ella—, al margen del auditorio convocado. Se charlará sobre asuntos que, en muchos casos, luego se tratan masivamente, pero ya de manera atropellada o sin el esperado concierto, dado el escaso tiempo que finalmente queda para hacerlo. Si es de veras necesario tener algún diálogo en un ambiente de cierta privacidad, ¿por qué no se hace en otro horario, sin ocasionar pérdida de tiempo al auditorio?

Hasta parece que incumplir el horario es, de hecho, una expresión de autoridad para manejar el tiempo ajeno, aunque se pague con perjuicio colectivo. A ello se suma otro hecho que abona la mala educación, a menudo por parte de las mismas personas que, haciendo uso de sus prerrogativas, contribuyen a quebrantar el programa: deben abordar asuntos de tanta importancia que es frecuente verlos conversar entre ellos mientras conferenciantes, ponentes o panelistas intentan cumplir la tarea que les corresponde. Otro tanto puede ocurrir mientras se consuma una actuación artística.

El palique se da igualmente dentro del auditorio, ya se esté en un foro que abarque a varias instituciones o en la asamblea de una organización particular dentro de un centro de trabajo. Por semejante camino podría volverse “aconsejable” habilitar locales para que conversen libremente quienes decidan no atender el desarrollo de la reunión. Así por lo menos el considerar que han asistido de veras a ella —por lo que hasta diplomas pueden recibir, o al menos ahorrarse críticas, amonestaciones— se haría sin afectar a quienes se afanan en atender lo tratado. No pocas veces a quienes reprueban la falta se les responde: “Es que somos cubanos”, y así supuestamente se zanja toda discusión posible.

No se han mencionado aún aquí otros morbos de la época: entre ellos el uso impertinente del teléfono celular. Hay quienes ni lo apagan ni lo ponen en modo de silencio, y propician el bullicio de las alarmas telefónicas. Alguien ha comentado que algunas de esas alarmas justificarían que los dueños de los respectivos teléfonos se remitieran a sicólogos que les valoren su gusto por hacerse notar, cuando no, o sobre todo, a cursos pro buena educación. El comentario será discutible, o aceptable; pero hay hasta quienes atienden llamadas o las hacen, sin levantarse de sus asientos, aun en medio de un concierto o una función teatral. Así que el asunto llega a lo dramático.

Si los denominados eventos sirvieran solamente para fomentar la buena educación, ya por ello merecerían celebrarse. Si no sirven para eso, su función está llamada a la insuficiencia, o al fracaso. ¿A qué llegarán si no cuentan con la atención respetuosa y concentrada necesaria para asimilar lo tratado, siquiera sea para contradecirlo lúcidamente, que acaso sea también una buena manera de aprovecharlo? Considérense asimismo el dinero y los esfuerzos que puede costar un foro, aunque sea modesto.

No se le ocurre al autor suponer que los llamados eventos, por importantes que resulten, bastan para transformar una sociedad y dotarla de valores y conductas apetecibles. Pero pueden contribuir a ese fin. Además, lejos de ser hechos aislados, permiten recordar, por su relación con la sociedad en que se llevan a cabo, algo que José Martí planteó desde su conocimiento del mundo: “Un pueblo es en una cosa como es en todo”.

Aquí no se habla de intenciones —en general, las mejores—, pero en los nexos de los foros con la sociedad se inscriben el estado de la educación y otras expresiones del funcionamiento de un país, como la relativa al burocratismo. Ese lastre puede expresarse no únicamente en lo concerniente en general a la planificación, el financiamiento y la organización de un foro, sino asimismo en detalles “mínimos” como la identificación, en el programa y en otros documentos promocionales, de quienes participan en el encuentro.

Hay una visible tendencia a estimar que a un conferenciante lo acreditan más su ubicación laboral, y de manera particular sus cargos, que el acopio logrado con su obra. Pero esta es a fin de cuentas lo que da base de legitimidad a ubicaciones y nombramientos. A veces para mostrar que tienen sobre sus invitados el conocimiento del que realmente carecen, o con el deseo de no lastimarlos haciéndoles notar que son poco conocidos, ni tomarse el trabajo de buscar con un mínimo de rigor la información necesaria, empezando por sus nombres, organizadores de foros cometen indelicadezas mayores: les endilgan a sus invitados ubicaciones por las que estos han pasado años o décadas antes.

En ocasiones el “problema” se “resuelve” con comodines como mencionar premios que corren el peligro de pasar de merecido reconocimiento a rótulos burocráticos. En torno a los premios nacionales —de literatura en particular— un colega se ha pronunciado contra la propensión a homogeneizar, mencionando esos lauros, a quienes los tienen. Claro que un premio es un premio y, bien otorgado —no es seguro que siempre ocurra así, ni tratándose del Nobel: el de la Paz, por ejemplo, ha venido perdiendo prestigio crecientemente—, su mera mención puede dar una determinada idea sobre la persona que lo ha recibido.

Nada sustituye en plenitud a la obra concreta que cimienta los méritos de un autor. Eso vale en general para las diversas ocupaciones representadas en un foro o en otro. Y más indelicado que pedirle a un invitado la información que tampoco se busca a pesar de las facilidades que ofrecen las tecnologías informáticas, es atribuirle ubicaciones laborales y jerárquicas caducas, o que nunca tuvo, con lo cual si algo se evidencia es que no se le conoce. El programa de un foro, o el de una función artística, es o debe ser un documento informativo de valor profesional.

Los foros no empiezan ni terminan en sí mismos: son parte de la realidad que los rodea y condiciona. Muchas maneras habrá de comprobarlo, y entre las más eficaces puede estar el trasladarse a un foro determinado, o de un foro a otro, en medios de transporte público. Puede ocurrir, por ejemplo, que, para ir en Cuba a un encuentro que rendirá homenaje a la cultura cubana, sea necesario reclamar que se retire de la pizarra del ómnibus —que transportará a buena parte de los participantes— la bandera estadounidense puesta en él como parte de la proliferación de ese y otros símbolos imperiales.

Conste que se habla de un vehículo de propiedad social: o sea, de todo el pueblo y administrada por el Estado. En la medida en que los derechos y deberes de la sociedad se violan —sea en lo económico, en lo representacional o en lo ético, todo lo cual forma parte de la cultura, y la nutre o la mina—, se genera de hecho un proceso de expropiación contra la sociedad. Que ese proceso no sea eficazmente denunciado en medios de información ni condenado legalmente como debería serlo, no lo hace menos real. Tal vez lo torne más dañino aún, porque lo convierte en hábito, o en hecho tolerado.

Establecimientos gastronómicos y vehículos de transporte público —privados o estatales— actúan cada vez más como medios de difusión de productos artísticos o seudoartísticos. Para solamente hablar de los vehículos, los almendrones de La Habana quizás sumen casi tantos destinatarios de tales productos como una emisora de radio. No hablemos de la agresión acústica en lo tocante a decibeles. Y en cada ómnibus viajan unos cuantas personas que, aun siendo de edades tempranísimas, pueden ser bombardeadas con la peor música y —en ómnibus que tienen reproductores de videos— con películas de violencia a tope, y con videoclips que —se ha dicho— en no pocos casos parecen querer competir en códigos, estilos y perspectivas con los foráneos que promueven modos de vida propios del capitalismo y del éxito que, supuestamente, ese sistema les propicia a todos los seres humanos.

Las cosas se complican porque en dichos videoclips —de realización variopinta— pueden aparecer artistas que gozan de popularidad, calzada a menudo por su presencia en los medios públicos —estatales— de promoción cultural. No por gusto habrá quienes piensen que tampoco en esos medios faltan piezas que, símbolos y recursos más, símbolos y recursos menos, podrían haber sido hechas en cualquier país capitalista.

En el ómnibus en que recientemente este articulista viajó desde Holguín —donde había participado en la celebración que este año la prensa cubana dedicó a José Martí y a Fidel Castro— hasta Sancti Spíritus —donde lo haría en un encuentro dedicado asimismo a ambos héroes, y a la educación universitaria— se pusieron grabaciones de artistas cubanos. En una de ellas la locutora presentó a un reguetonero de nombre terrorífico y lo alabó de manera exultante diciendo: “¡Más yuma que los yumas!”

Sobran ejemplos para que, quienes lo deseen, conozcan las falacias de la propaganda que ensalza al capitalismo, régimen basado en la inequidad social. Pero también se debe contar con los asideros que quienes desean edulcorar tal realidad, o ignorarla —y aceptemos que tal vez también personas desprevenidas—, encuentran en los déficits de la propiedad social mal administrada y defendida. En un panel que en el aludido foro espirituano abordó la identidad cultural y la juventud, el lúcido moderador apuntó que la educación debe cumplir un papel de primer orden en la formación de valores, incluidos los estéticos, para lograr que lo indeseable y burdo, lejos de gustar masivamente, sea rechazado por la mayoría. Pero ese fin, importante sin duda, lo desborda la realidad.

En la cultura —nombre que viene del cultivo del terreno para conseguir, en los suelos correspondientes y con la sabiduría y las prácticas adecuadas desde lo raigal hasta la cosecha— lo deseable no estriba en prohibir. Pero tampoco es fértil la tolerancia extrema, que pudiera venir de complejos de culpa asociables a prácticas prohibitorias de otros tiempos. A la regulación inteligente le está dado también un espacio significativo como importante recurso para la cultura, aunque nada sustituye a la creatividad culta.

La ostensible tendencia migratoria —que sería suicida ignorar— apunta por directo a necesidades culturales básicas. No basta con dejar de considerar política toda la emigración, y calificarla de económica. A la inextricable interrelación entre economía y política se debe añadir la evidencia de que abandonar a Cuba para irse a un país capitalista —no digamos ya al cuartel general del imperio— constituye un tributo factual a ese sistema por parte de quienes deciden ser explotados por él con tal de reunir algunos ahorros.

Para Cuba lograr un desenvolvimiento económico satisfactorio para toda su población no es meta que empieza ni termina en la economía: tiene profundas implicaciones éticas y sociales: culturales. El país y su ciudadanía —no solo la juventud, aunque el empeño tiene en ella un sector primordial— deben prepararse para que sean cada vez menos quienes opten por emigrar. No es solo un fruto artístico dado lo que se debe aspirar a que lo prefiera crecientemente la mayoría: son una nación y su cultura las que merecen esa preferencia. No habrá mejor camino para defender y salvaguardar la identidad cultural de la patria, y para ello se necesita que —eficiencia y productividad mediante— el salario garantice una vida cotidiana amable.

martes, 18 de abril de 2017

Prensa cubana: Domingo de Resurrección.

 Por Javier Gómez Sánchez


En la mañana del pasado domingo 16 de mayo, cuando tomé el Juventud Rebelde recordé cómo cada mañana durante años recogí en mi puerta lejos de la Patria, el paquete de periódicos que en la madrugada me tiraba el carrito fantasma de una compañía de distribución.
En nylons sellados contra la lluvia, acompañados de catálogos de supermercados, de anuncios de rebajas navideñas, de cupones de descuento de Pizza Hut o de Papa Jones. Algunos periódicos eran de distribución gratuita, pagados con la publicidad, y te los lanzaban sin uno pedirlo. Otros eran por suscripción pagada.
Sacaba el mío sacudiéndolo de los sobres con logotipos de bancos dirigidos a mis vecinos, que contenían tarjetas de crédito que no habían solicitado, promociones de préstamos para viviendas y pago de estudios, o ya con advertencias legales por no pagar los plazos.  
En Cuba, mis reflejos han perdido la práctica de halar para abrir el nylon y sacar la alfombra de papel de varias libras que venía dentro, gesto que se vinculaba luego con el de lanzarlo hacia atrás en el auto, después de hojearlo durante casi una hora en la intermitencia de los tapones de tránsito. Por el asiento trasero de aquel Nissan debe haber pasado la pulpa equivalente al Parque Metropolitano de La Habana.
Después en el canal de televisión, los abría en varias ventanas de Internet y leía lo que me interesaba, cerrando las saltarinas publicidades. En definitiva, para el Productor de una Revista Informativa leer la prensa nacional es parte de su trabajo.
Todos esos recuerdos pasaban por mi mente mientras giraba el alambrito para liberar el ligero rollo, algo menor que un batón olímpico, del Juventud Rebelde dominical. Para luego, hojeándolo completo en un par de minutos y seleccionar los mejores artículos para disfrutarlos en la tarde o en los días siguientes, diciendo: ¨este está bueno¨, ¨este también¨, ¨este igual¨, pasando las pocas páginas gris-azules con fotos en blanco y negro.
Al poco rato, luego de pasar el suplicio de la lentísima conexión, me encuentro un post de Iroel en La Pupila Insomne, que era pura telepatía. Escribí entonces el siguiente comentario, al que agrego algunas líneas:
Me leíste el pensamiento Iroel, pues fue lo mismo que pensé cuando abrí el Juventud Rebelde de hoy, uno de esos días en que uno dice: !Qué bueno está hoy el JR! Como mismo otras veces uno lo dice también del Granma (Su edición del viernes 14 fue muy buena). 
No puede ser que los árboles no nos dejen ver el bosque y que nos extraviemos en una cantaleta constantemente negativa sobre el periodismo cubano y sobre los medios cubanos. Que ya el  lagrimeo y el ¨cría fama y acuéstate¨… no nos dejen ver  el buen periodismo y las buenas ediciones completas de periódicos de calidad en Cuba.
Hay que seguir exigiendo pero también hay que ser capaz de ver cuánto a cambiado y cuánto a ha respondido el periodismo y el trabajo editorial en estos años. Si nuestros periódicos tienen pocas páginas, no solo es por la falta de papel, sino porque no tienen clasificados dónde lo mismo te venden un pistola de segunda mano que un servicio sexual. No tiene páginas y páginas de publicidad de bancos, telefónicas, cervezas, seguros médicos, supermercados, partidos políticos, candidatos, y que a la larga se convierten en censura comercial para los periodistas pues a esos consorcios que mantienen el periódico con su publicidad no se les puede criticar ni con el pétalo de una flor. La censura publicitaria, gran desconocida en Cuba donde tanto se habla de censura.
Ni traen páginas dedicadas a horóscopos, ni al resultado de la lotería, ni a poner fotos gigantes a color de celebrities con senos de silicona (que ellas mismas pagaron para que aparecieran) o crónica roja, con fotos de los hechos sangrientos.
Doy fe, que la edición de JR de hoy, es muy, pero muy superior a gran parte de las ediciones de los periódicos que salen a diario en América Latina, llenos de textos y titulares sensacionalistas que no dicen nada. Con periodistas que logran un espacio ahí para el clientelismo político, empresarial y periodístico, para emitir elogios, críticas o chantajes que luego se traducen en depósitos en sus cuentas bancarias.
Para evadir mil veces más de lo que se evaden en nuestro periodismo los problemas del país, por mucho que se esfuerzan los periodistas de nuestra prensa en enfrentarse a quienes se lo impiden. Pues en aquella  prensa, por naturaleza, se evaden los verdaderos problemas sociales y estructurales de la violencia, de la delincuencia, de la exclusión, de la marginalidad, de la incapacidad política, de la corrupción, y nunca, nunca o muy pocas veces, entran de verdad a criticar el origen de los males, de las oligarquías y de los intereses que los producen.
No dejo de pensar tampoco que con todo lo humildes que pueden parecer nuestros periódicos, se deben en contenido al nivel cultural de su masa de lectores, que hace que en Cuba y no puede imaginarse de otra forma, la página cultural se llame como su concepto :¨Cultural¨ y no con nombres como ¨Vida¨, ¨Alegría¨, ¨Espectáculos¨,  ¨Variedades¨, ¨Pasarela¨,¨Farándula¨…
Esa es la prensa, que siendo la mayoría, en Latinoamérica, en USA, en Europa, nos quieren vender como la maravilla del paradigma periodístico. Por cada artículo o edición buena en el NYT, en La Nación, en el Excélsior, en El Mundo, hay toneladas de papel dedicadas a basura periodística.
Los que practican en nuestro país el peor periodismo, fomentando rumores para crear el caos, difundiendo mentiras, verdades y verdades a medias, mezclando, aprovechando para hacer periodismo carroñero, nunca admitirán eso, aunque abran igual que nosotros el mismo JR de hoy.
Aseguro, porque lo conozco y no solo porque viví en él, sino porque que de eso viví, que ninguno de los periódicos que se editan en el país latinoamericano más cercano y más parecido culturalmente pero más históricamente diferente a nosotros, República Dominicana, tierra de Máximo Gómez, de Juan Pablo Duarte, de Francisco Caamaño, un país donde se vive aún hoy un post trujillano bajo una dictadura aún más brutal: la dictadura del dinero.
En ese país, donde trabajan periodistas que quisieran hacer un mejor periodismo y no pueden, porque la censura de los intereses imperantes no los dejan, porque los grupos empresariales propietarios de los medios no los dejan, porque los narcos no los dejan, porque los políticos no los dejan, porque la censura religiosa no los deja, porque la censura intelectual y temática no los deja.
Ninguno de esos periódicos a full color tiene la calidad periodística, literaria y social que ha tenido el  Juventud Rebelde de hoy: Ni el  Listín Diario, ni el Hoy, ni el Diario Libre, ni El Día, ni El Caribe, ni El Nacional, todos propiedad de grupos empresariales que también son dueños de los bancos, de las telefónicas, de los supermercados, de los canales de tv y de las emisoras de radio.
En esos periódicos, con partidos pero sin ideología, como me dijo la subdirectora de uno de ellos, hija rubia de la oligarquía en un país de mulatos: ¨No somos ni de izquierda ni de derecha, somos como la República Dominicana¨
Entonces uno dobla amorosamente, con ese amor patrio de la pertenencia que es el que se siente sin chovinismo y que es así porque se sabe por qué se tiene, porque se trajo de donde no se tenía. De patria grande por tener patria chica. Doblando esa edición mientras se piensa que es así como tienen que ser nuestros periódicos y nuestro periodismo: la calidad concentrada.
La calidad y sensibilidad concentrada en pocas páginas que produce el socialismo.

lunes, 17 de abril de 2017

A propósito de la expulsión de una estudiante de la Universidad Central de Las Villas

Arturo López-Levy
Abril 17, 2017

Foto tomada de la web de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas


Acabo de leer la comunicación de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la Universidad Central de Las Villas (UCLV) sobre el caso de una estudiante expulsada por pertenecer a un grupo opositor. Con la calma y experiencia de haber sido expulsado del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), en 1991, cuando era estudiante del mismo por “ideas y conductas que no son compatibles con la disciplina y lo que se espera de un futuro diplomático cubano” (fue lo que se me dijo entonces por el rector Oscar García), siento el deber de solidarizarme con la víctima de esa arbitrariedad y repudiar la decisión tomada.

En mi caso, debo decir que el ISRI rectificó la decisión incorrecta, y se me permitió terminar mis estudios, graduándome en 1993. Gracias a esa rectificación, y al apoyo de personas que en su mayoría siguen apoyando hoy al gobierno del PCC o aun discrepando del mismo (pues son nacionalistas y patriotas), pude terminar mis estudios. Aun cuando discrepo con algunas de las ideas de esos compatriotas y sigo teniendo las ideas socialdemócratas que desde entonces empecé a cultivar, no albergo ningún resentimiento ni al ISRI, ni al Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), ni a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) -donde fui a cumplir el servicio militar como soldado, como periodo probatorio-, ni a mis compañeros de entonces. No albergo resentimiento, pero sí recuerdo y constato que varios de los que apoyaron mi expulsión son hoy los mayores anti-comunistas y rabiosos anti-gubernamentales. Su pasión hoy, al alinearse con lo peor de la derecha reaccionaria y racista cubana, o el callarse solo preocupados por su beneficio personal, es coherente con el oportunismo y la lacaya actitud de entonces. Cambian de collar, pero son lo mismo.

La UCLV es una institución que quiero mucho. No estudie en sus aulas, pero sí crecí y me eduqué entre la gente buena que enseña y estudia allí, donde mis padres eran profesores. No soy quien para erigirse en fiscal y emprenderla ahora en contra de los que tomaron la decisión descalificándolos como cubanos, ni como personas. Sé de los errores que se cometen por gente noble cuando se actúa con pensamiento de grupo y se aceptan criterios impuestos por los que tienen más poder o son mayoría. Por eso, más que apelar o cuestionar la bondad de las personas, prefiero preguntar si las instituciones tienen el diseño apropiado para que las decisiones que toman sean guiadas por lógicos y justos criterios de ciudadanos que viven una vida de auto-reflexión y diálogo. Los que defienden que en Cuba hay un estado de derecho, deben empezar por ubicarse en que para que exista tal estado tienen que haber derechos e instituciones que los garanticen.

Es evidente que tan mala decisión de la FEU de la UCLV contra Karla María Pérez González contradice la Declaración Universal de los Derechos Humanos en lo que a la igualdad ante la ley y el derecho a la educación se refiere. No es la federación de estudiantes la encargada de decidir en estos menesteres. Tal acción solo puede ocurrir como resultado de una decisión de la dirección del plantel, con todas las connotaciones legales que eso conlleva. El derecho a la educación es un derecho inalienable, en cuya realización progresiva la Revolución cubana ha invertido un gran capital y prioridad. Aunque nada borra ese esfuerzo desde la alfabetización hasta hoy, usar una “selectividad política” para la concesión de un derecho sí lo demerita. Ojalá los dirigentes de la educación superior cubana rectifiquen esta metedura de pata, con la que ya están haciendo zafra sus adversarios mas rabiosos.

Estoy consciente de que varios de los que hoy se rasgan las vestiduras por esa joven han sido cómplices, o hasta participantes, en claros actos contra la libertad de expresión en Miami; nunca reclaman por ninguna pluralidad de ideas en la discusión del tema Cuba en las emisoras de esa ciudad, ni por el derecho de réplica en sus periódicos, ni en las universidades de esa ciudad. Tengo el honor de casi sufrir un “acto de repudio” en un panel de la Conferencia de la Asociación de Estudios de la Economía Cubana (ASCE), en 2011, con un moderador de panel que lejos de imponer orden se prestó para serias desviaciones de las practicas académicas.

No me conmueve nadie que coquetea y se calla cuando habla en Estados Unidos (algunos vienen ahora de Cuba como parte de la sociedad política opositora o de la sociedad civil emergente, como favoritos de liberales y conservadores del lado de acá del Estrecho) sobre el embargo/bloqueo norteamericano contra Cuba. Guárdense las lágrimas de cocodrilo los ciegos a conveniencia que no ven las múltiples violaciones de una derecha cubana que ha fijado límites estrictos sobre el discurso que se puede ejercer en todo lo que controlan, que es bastante en Miami, donde deciden quiénes son los contratados e invitados a sus centros y universidades. No le reconozco mérito moral a los cómplices, que condenan el embargo de boca para afuera en un post, pero nunca se les enfrentan de cara a sus gestores cuando están en sus predios y corren ahora a condenar a la UCLV. Que empiecen por solidarizarse con los excluidos en los sesgos estructurales escandalosos de los programas de conferencias del ICCAS, de la Universidad de Miami, del CRI de Florida International University, los periódicos, radios, canales de televisión y otros foros en el sur de la Florida. Ni de mercado libre de ideas pueden hablar, pues el gobierno de Estados Unidos los subsidia en Radio y TV Martí.

Esa gente sigue allí porque tienen el dinero de los contribuyentes, botado a raudales por el gobierno de Estados Unidos, pero no engañan al que no se quiere dejar engañar. Hablan de racismo y homofobia en Cuba, pero no lo tocan en el exilio. Tratan con suavidad a los de la derecha pro-embargo, como si fueran gente noble equivocada, mientras se reservan toda denuncia dura contra el gobierno cubano. Son “pluma vendida”, que es pluma muerta. Hipócritas, que se acuerdan de los derechos humanos los martes y jueves (cuando les conviene) y se olvidan de la libertad de expresión y de los derechos los lunes, miércoles y viernes, cuando sus aliados son los violadores. Para ser demócrata hay que serlo la semana entera.

Pero nada de eso justifica una expulsión de una universidad en Cuba por pensar diferente. Es un ultraje al nombre de José Martí usar el adjetivo martiano en un acto de naturaleza represiva al pensamiento, como lo hace el comunicado. El Apóstol fue condenado por escribir una carta a un apóstata, al que le recordaba la pena que se le aplicaba a los de su clase en la antigüedad, pero jamás abogó por imponerle a la brava a nadie una forma de pensar. La persuasión y el apelar a la moral y la dignidad del ser humano fueron su prédica y acción.

Martí llamó a crear repúblicas nuevas, “naturales”, ajustadas a los pueblos que se gobierna, pero tenía principios de libertad muy claros. Desde ese espíritu martiano, no soy partidario de copiar en Cuba, el absolutismo de la primera enmienda norteamericana, en términos de libertad de expresión irrestricta en áreas como el tratamiento a los símbolos patrios, la apología al terrorismo, o la autorización a organizaciones que promuevan el odio racial o la concesión a poderes extranjeros de prerrogativas que caen exclusivamente bajo soberanía cubana (como lo hace el embargo/bloqueo norteamericano).

Las universidades son espacios para pensar lo impensable y decir lo indecible. Son el reservorio primero de la libertad de pensamiento en una nación. A la universidad se va a debatir, cuestionar, y reflexionar, no a reafirmarse en la comodidad de ideas preconcebidas, ni a ser “becario del pensamiento oficial”. Muchas de las ideas que llevaron a los progresos más importantes de la historia de Cuba, incluida la independencia y la Revolución, no eran apoyadas inicialmente por una clara mayoría.

Es en esos predios donde la liberación se alcanza por el ejercicio de la cultura. La educación no puede ser tal si no se logra en y para la libertad. En todos los lugares los debates de ideas tienen márgenes estructurales, explícitos e implícitos. La ampliación de esos márgenes, y un movimiento hacia mayores libertades, es una necesidad nacional dictada por un país y una sociedad que es cada día más plural. La democratización ordenada de las estructuras y foros es funcional al interés nacional para un mayor desarrollo e integración con estabilidad política. Lo patriótico no es apisonar y reprimir la diferencia, sino canalizarla dentro de valores nacionalistas. Un patrón preocupante parece emerger con el cierre del contrato al profesor Julio Fernández Estrada por sus artículos, y ahora se expulsa a una alumna por ser miembro de un grupo opositor que quiere presentar candidatos en las elecciones del propio sistema político. Es manipulador mezclar por tirios y troyanos visiones históricas de contextos completamente diferentes. No es lo mismo resistirse a que la UCLV sirva para rendir honores al guerrillero anti-castrista Porfirio Ramírez, cuyo grupo estaba insurreccionado en alianza con un poder extranjero en su lucha armada y terrorista contra el gobierno de su país y matando maestros, que usar el discurso revolucionario para acallar opiniones pacíficas sin vínculo conocido con las políticas norteamericanas de cambio de régimen.

La defensa de la Revolución -como la quieran entender los que la arguyen- no puede ser más importante que el respeto a derechos humanos que son inalienables estándares internacionales. Allí terminan los intereses de Cuba, los martianos, y empiezan los de aquellos que pretenden proteger su arrogancia y pretensión de superioridad con prácticas totalitarias. Para defender eso tendrán frases de Lenin, pero no de José Martí. “Ser cultos para ser libres” dijo el más grande de todos los cubanos, que pidió de todos sus compatriotas un culto a la dignidad plena de todos, de la tuya, de la mía, de la de aquel o aquella que tiene un pensamiento diferente.

viernes, 14 de abril de 2017

Arnold August: confundiendo la paja con el trigo


El señor Arnold August parece considerar que ha hecho una “contribución original” al actual debate sobre Cuba. Se trata de “la deconstrucción de la ideología contrarrevolucionaria ´izquierdista´” que dice que existe en el país. Pensemos, por un instante, ¿qué interés pudiera tener algo como eso para el ciudadano promedio cubano?

Confunde August la paja con el trigo en el debate que hoy se hace en Cuba para renovar el socialismo. Lo que se necesitan son soluciones efectivas y eso requiere diagnósticos precisos y propuestas que pudieran tener utilidad práctica para resolver problemas concretos. Los intelectuales pudieran contribuir, a condición de que se concentren en lo útil, analicen la realidad y pongan a un lado discusiones estériles. Empeñarse en descalificar a otros en un debate –sin discutir el contenido de las ideas- no aporta un ápice a resolver las dificultades de la gente en Cuba. Es, para decirlo rápido, “peso muerto” en el debate.

Después de haber leído tres textos de August todavía no logro entender qué tipo de problema específico de utilidad práctica analiza ni qué medidas relevantes propone.

Ya que August habla tanto de la “izquierda” -la que considera como “verdadera” y la que califica de “falsa” o de “oposición”- sería oportuno que aclarase qué representa para él ser un izquierdista “verdadero” en relación con Cuba, pero por favor, que no se mantenga en el plano de sus abstracciones y deconstrucciones.

Que nos aclare, por ejemplo, como explica un izquierdista “verdadero” la causa de la desigualdad que existe hoy en Cuba, y que nos ilumine con una propuesta concreta para reducir esa desigualdad.

Que nos ilustre, por ejemplo, acerca de cómo la “izquierda verdadera” propone crear empleo decente –en los próximos cinco años- para los miles de trabajadores que dejan de encontrar empleo en el sector estatal.

Digo esto para empezar a conversar en serio sobre lo que pudiera ser una posición de “izquierda” en Cuba, o por lo menos para enterarnos qué es lo que piensa August sobre temas relevantes que son relevantes para los cubanos. Ya sabemos que a August le causa alborozo adjudicar epítetos, pero la verdad es que eso no tiene interés ni importancia.

Dice August que está determinado a desenmascarar una farsa.

Por mi parte, estoy determinado a ayudar a desenmascarar la suya.

jueves, 13 de abril de 2017

PRÓLOGO DE RICARDO ALARCÓN DE QUESEDA PARA CUBA Y SUS VECINOS: DEMOCRACIA EN MOVIMIENTO

Por Arnold August

El largo camino hacia la Utopía

Con demasiada frecuencia se publican libros sobre Cuba y su Revolución carentes de rigor académico y seriedad profesional que, sin embargo, encuentran favorable acogida en el mercado y dan a sus autores la reputación de especialistas. Abundan entre los “cubanólogos” quienes sin conocer a fondo la historia y la experiencia real de lo que juzgan, por no mencionar el idioma español, insondable misterio para algunos ganan fama — y dinero —, gracias a obras producidas tras un par de rápidas visitas a La Habana. Les bastaba interpretar la realidad desde afuera, desde su propio punto de vista cargado de prejuicios incrustados en sus mentes, dogmas que, quizás sin advertirlo, los mueven como mecanismos reflejos.

Cuba y sus vecinos: Democracia en movimiento es algo completamente diferente como lo es su autor, Arnold August. Al igual que otros estudios suyos1este es fruto de un trabajo acucioso y sistemático, basado en una “investigación de terreno” en largas temporadas que August ha pasado en Cuba participando como un cubano más en reuniones y actividades de las comunidades con las que convivió y en numerosas entrevistas y encuentros con centenares de personas, académicos, políticos y sobre todo gente común, del pueblo llano, protagonistas esenciales de nuestro proyecto democrático.

El resultado es una visión objetiva, desde adentro, sobre una realidad, como todas, cambiante, en movimiento, con logros y deficiencias, con aciertos y errores. El lector podrá coincidir o discrepar con los criterios que el autor emite, aquí o allá, tal como sucede constantemente entre nosotros en la vida cotidiana. Este libro contribuye a la reflexión necesaria sobre nuestro sistema político y es un instrumento útil para perfeccionarlo y hacerlo cada vez más auténticamente democrático.

August pudo lograrlo porque aborda el tema despojado del eurocentrismo, o usacentrismo, característico de un amplio sector de la academia occidental que suele tratar el tema de la democracia asumiendo en el lector una ignorancia que se empeñan en solidificar.

Quienes presentan la democracia como si fuese patrimonio exclusivo y creación del capitalismo desarrollado quieren hacernos olvidar que el concepto fue una mala palabra hasta tiempos relativamente recientes. La idea de que la sociedad norteamericana se cimenta en el ideal democrático provocaría el rechazo y la burla de los Padres Fundadores.

Basta leer los textos recogidos en The Federalist2 para darse cuenta de que para Madison, Hamilton y Jay — y para los intereses que ellos encarnaban— la República que organizaron no era una democracia sino algo diferente, incluso antagónico. La Constitución que diseñaron, respetando las prerrogativas de cada estado dentro de la Federación y el cuidadoso equilibrio entre los tres poderes supuestamente separados —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— se proponía garantizar, ante todo, que el país fuese gobernado por los grandes propietarios. La llamada “Revolución” norteamericana del siglo XVIII fue en grado determinante la rebelión de los esclavistas temerosos de la inminente abolición que se anunciaba desde Londres e interesados en romper las restricciones que la Corona británica imponía a su expansionismo hacia el Oeste. Por eso durante un siglo pervivió la esclavitud en la nueva República que, en su marcha hasta el Pacífico, avasalló también a las poblaciones autóctonas.

Avanzaba el siglo XX cuando el presidente Woodrow Wilson creyó descubrir la naturaleza del problema: “El Gobierno, que fue concebido para el pueblo, ha caído en las manos de sus jefes y de sus patronos. Un imperio invisible se ha establecido por encima de las formas de la democracia”.3

Pero, en verdad, esas “formas” habían sido concebidas por los fundadores, precisamente, para que no fuese el pueblo quien gobernase sino “sus jefes y sus patronos”. Ya lo había escrito el Federalista: “Los propietarios del país deben gobernarlo”.4

Pese a su aversión inicial por la “mala palabra” con el andar del tiempo los propietarios trataron de apropiarse del término aunque castrándolo, pretendiendo reducir el ideal democrático a la “democracia representativa”.

Bajo ese rótulo se vende aún, en pleno siglo XXI, un producto tan antiguo como la aparición de los estados nacionales europeos. Su principal falla es un “defecto de fábrica” que, irónicamente, le fue señalado desde que surgió por primera vez.

Lo hizo, desde entonces, Jean Jacques Rousseau en análisis que conservan plena validez.5 Sistema semejante, explicó, “no sirve más que para mantener al pobre en su miseria y al rico en su usurpación”, ya que “las leyes son siempre útiles a los que poseen, y perjudiciales a los que no tienen nada”. Para el ginebrino, la soberanía es intransferible y en sociedades basadas en la desigualdad entre los hombres la “representación” es necesariamente ficticia. Para que fuese real habría que alcanzar primero la igualdad y con ella, además, instaurar mecanismos para asegurar que los representantes actuasen siempre conforme a la voluntad colectiva acatando su “mandato imperativo”. En resumen la democracia sería el modo de organizar la sociedad cuando ésta superase el capitalismo que entonces daba sus primeros pasos. Democracia era, en consecuencia, la utopía.

La búsqueda de ese ideal, factor importante entre los jacobinos y otros actores durante la Revolución francesa, estuvo presente en la sublevación de algunos sectores populares de las Trece Colonias y acompañó las luchas de obreros y artesanos a lo largo del siglo XIX.

La historia política en los países donde impera la “democracia representativa” ha girado en gran medida alrededor de la cuestión de la “franquicia”. ¿Quiénes tienen derecho a votar para elegir a sus representantes?

Lo que comenzó como un privilegio exclusivo de los nobles feudales que querían compartir el poder absoluto de sus monarcas ha recorrido una ruta prolongada hasta llegar al reconocimiento formal, aparente, de ese derecho a la mayoría de los ciudadanos. Las restricciones sin embargo han sido y continúan siendo innumerables: por razones de género, color de la piel, escolaridad, ingresos personales y otras. En el caso norteamericano, por ejemplo, mucho se habla de que la mayoría de las personas con capacidad para votar se abstienen de hacerlo. Pero se olvida que una cifra semejante la componen los ciudadanos que, por diversos motivos, carecen de ese derecho o no pueden ejercerlo por los obstáculos que deben vencer para integrar las listas de electores o votar en un día laborable.6

El otro tema que se discute desde los tiempos de Rousseau es el de la intención reduccionista que limita la idea de la democracia a una jornada, la del día de las elecciones, que conduce a una contradicción clave: democracia representativa versus democracia directa. ¿Es posible esta última a escala de la sociedad contemporánea? ¿O será condenado el ciudadano a depender completamente de su “representante”?

Hans Kelsen, filósofo del Derecho, autor de textos fundamentales sobre esta materia7 y redactor principal de la Constitución de la República austríaca, encontró la respuesta en la experiencia de los soviets en la etapa inicial de la Revolución bolchevique: “Dada la impracticabilidad de la democracia directa en los grandes estados económica y culturalmente evolucionados el esfuerzo para establecer el contacto más constante y estricto posible entre la voluntad popular y los representantes necesarios del pueblo, la tendencia a acercarse al gobierno directo, conduce ya no a una eliminación, y ni siquiera a una reducción, sino más bien a una hipertrofia insospechada del parlamentarismo”. De ese modo se disuelve la ilusión de un parlamento único supuestamente depositario de la soberanía popular, cuyo carácter ficticio lo condena irremisiblemente a su aislamiento de la sociedad real —más que “representantes” del pueblo, sus miembros se convierten en personajes de una representación teatral que el pueblo contemplaría cuando no tuviese un espectáculo más atractivo—,8 se crea “todo un sistema de innumerables parlamentos, superpuestos lo unos a los otros”, lo cuales “deben convertirse de simples «reuniones de charlatanes» que eran, en asambleas de trabajo”. Se alcanza así que el ciudadano “de administrado se volvería administrador de sí mismo, de objeto, sujeto de la administración. Por otra parte, no directamente, sino por mediación de los representantes electos. Democratizar la administración es ante todo y simplemente parlamentarizarla”.9

Con las palabras citadas Kelsen describía lo que a su juicio era la única solución: la democracia participativa que plenamente desplegada conduciría a la parlamentarización de la sociedad.

El libro de August examina la experiencia cubana en el desarrollo del poder popular, un sistema de democracia participativa en el que, por supuesto, aun nos queda mucho por andar. Sus raíces se hunden en el origen mismo de la Nación cubana que brotó de dos ingredientes esenciales: la incesante lucha de los esclavos por su libertad y la búsqueda de un modo de pensar, y un pensamiento, propio, autónomo, que nos legaron Varela, Luz, Martí y otros maestros. La fusión de ambos, el 10 de Octubre de 1868, cuando al decir de Antonio Maceo “Cuba enarboló la bandera de la guerra por la justicia”10 y dio inicio a una Revolución que, tras recorrer incontables avatares continúa hoy aferrada a sus ideales originarios: independencia absoluta y solidaridad humana.

Transformar al espectador en protagonista, además de cambios radicales en la sociedad y de una aplicación sistemática y consecuente de la democracia socialista y los mecanismos del control popular, requiere de una modificación profunda en la conducta ciudadana que sólo vendrá de la praxis y la educación, una verdadera revolución cultural. Es, necesariamente, un proceso de continuo movimiento, en el que la insatisfacción con lo logrado y el espíritu creador son las brújulas indispensables. Después de todo se trata de realizar la utopía. O ¿a qué nos convocaba el Padre de la Patria al proclamar que la República debería basarse en “la perfecta igualdad”?11


1 Especialmente su libro Democracy in Cuba and the 1997-1998 Elections (Havana and Montreal: Editorial José Martí and Canadá-Cuba Distribution and Publishing, 1999) y el capitulo Socialism and Elections en Cuban Socialism in a New Century: Adversity, Survival and Renewal, edited by Max Azicri and Elsie Deal (University Press of Florida, Contemporary Cuba series edited by John M. Kirk, Gainseville FL, 2004).

2 The Federalist, New York Modern Library, 1937. Reúne la colección de 85 ensayos publicados en 1787 en The Independent Journal y otras publicaciones neoyorquinas escritos por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay en su campaña a favor de la Constitución.

3 The New Freedom, p. 36. Con ese título Wilson publicó sus discursos durante la campaña electoral de 1912.

4 The Federalist, ibídem.

5 Jean Jacques Rousseau: El contrato social, Ediciones Orbis, Aguilar S. A. Barcelona, 1984. El mismo volumen incluye otro texto fundamental de Rousseau: Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

6 Al respecto hay abundante bibliografía. Resulta útil Why Americans Don’t Vote, Pantheon Books, New York, 1989. Sus autores, Frances Fox Piven y Richard A. Cloward, miembros del establishment liberal, demuestran cómo las regulaciones electorales perjudican a los negros, los latinos y en general a los pobres haciendo que allí la mayoría del electorado, sea según ellos, blanca, anglosajona y de clase media alta.

7 Hans Kelsen escribió extensamente sobre el problema de la democracia en la sociedad contemporánea. Dedicó un capítulo completo a la ficción de la representación en su “Teoría General del Estado”, Editorial Labor S. A., Barcelona, 1925. Las citas recogidas en este párrafo son de otra obra fundamental: Hans Kelsen Esencia y valor de la Democracia, Editora Nacional, México D. F., 1974).

8 La comparación del ciudadano con el espectador que, sentado en la última fila, apenas entiende lo que ocurre en el escenario pertenece a Walter Lippmann, eminente periodista norteamericano que mucho escribió en defensa del liberalismo. Una amplia colección de sus trabajos fue recogida en “The Essential Lippmann- A Political Philosophy for Liberal Democracy”, editado por Clinton Rossiter y James Lare (A Vintage Book, Random House, New York, s/f).

9 Hans Kelsen: Esencia y valor de la democracia, Editora Nacional, México D. F., 1974.

10 Exposición a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, (30 de septiembre de 1895) en El pensamiento vivo de Antonio Maceo, José Antonio Portuondo, Editorial de Ciencias Sociales.

11 Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo (comp.): Carlos Manuel de Céspedes-Escritos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.


Saludos muy cordiales,

Arnold August

Ética y espiritualidad ante los desafíos contemporáneos

Por ARMANDO HART DÁVALOS, Bohemia

Patria es humanidad, sentenció el más excelso de los cubanos, José Martí, con lo cual proclamaba la irrenunciable vocación universal de nuestra patria. Ese concepto forma parte de la raíz y recorre el alma de la historia y de las esperanzas de Cuba.

En nuestro país apreciamos los valores espirituales de la cultura universal y nos esforzamos por tender puentes de amistad y entendimiento común, a pesar de las distancias geográficas, porque sabemos que lo más importante es la identidad de sentimientos y la comunión de empeños en favor de la redención humana.

Enumeremos los desafíos que enfrenta hoy la civilización occidental, un mundo al que no somos ajenos puesto que con la globalización de la vida social y económica de los últimos años los problemas también se han globalizado. Hagámoslo desde una perspectiva cultural, en tanto estoy convencido de que es en ese campo donde se debate y decide el drama de la contemporaneidad.

Ahí está el reto que tienen ante sí la civilización y la cultura occidentales. Solo puede salvarse del caos y de la muerte exaltando sus más hermosas tradiciones humanistas y asumiéndola en todas sus consecuencias, es decir, no para servir al apetito insaciable de una parte de los individuos, sino para defender los derechos e intereses de todos. Esto se puede comprender y alcanzar si se estudia y analiza el profundo significado de una expresión martiana: Ser cultos es la única manera de ser libres.

La cultura está comprometida con el destino humano. Ejerce un papel funcional en la historia. Situada en el sistema nervioso central de las civilizaciones, sintetiza los elementos necesarios para la acción y el funcionamiento de la sociedad como organismo vivo.

El pragmatismo y, su hermano gemelo, el pensamiento tecnocrático fragmentan las diversas categorías de la vida social, sitúan sus variados contenidos en departamentos estancos, obstaculizan sus vasos comunicantes –que son los que le dan el más profundo valor humano y social a la cultura. Hay que superar la noción pragmática para enriquecer y diversificar los conocimientos, formar los espíritus en un sentimiento raigalmente humanista y desencadenar así las energías necesarias para promover nuestras acciones y, por lo tanto, la voluntad social de transformación de la realidad en favor de la justicia.

Los cambios en las civilizaciones humanas surgieron a partir de la reconquista de antiguas ideas y nobles tradiciones dejadas a un lado. Reconocerlas y asumirlas, ponerlas en movimiento y proyectarlas hacia el futuro, es válido a escala nacional y para cada comunidad en concreto.

Una época que se proponga superar la edad moderna debe plantearse retomar con fuerza los valores que quedaron truncos. Precisamente lo que se dejó a un lado o no se coronó, fueron las mejores disposiciones de los hombres a crear un futuro de justicia, a exaltar la esperanza y la utopía. Se impusieron los peores instintos humanos.

Hay que ir al rescate del legado espiritual del hombre moderno. Para ello debemos reconocer el valor de los símbolos y de los mitos en su sentido más amplio.

La modernidad rechazó muchos de los mitos existentes porque venían distorsionados por las más viles pasiones humanas pero, de hecho, acabó promoviendo los de la razón, la ciencia y la técnica. Detrás de esos mitos, se revelan necesidades consustanciales a la evolución social. La inconsecuencia no ha estado en aceptar la validez de paradigmas y de móviles ideales, sino en no partir de estos para buscar sus raíces y causas fundamentales. Sin estos valores y sus expresiones formales desaparecerían las civilizaciones, el sentido de la vida y el papel funcional de la cultura.

La exaltación de la razón, y de la ciencia por la civilización occidental tuvo el mérito de echar abajo, en lo conceptual y ya era algo importante, las atávicas tendencias a la irracionalidad. Sin embargo, para superarlas en el plano real no basta el pensamiento racional ni siquiera las más altas escalas del pensar dialéctico.

Es necesaria la acción en la educación y la cultura que propicie la transformación del hombre en favor del hombre, solo así se alcanzará una ética digna del nivel de conocimiento e información logrado por la humanidad. No hay otro modo de ser libres.

La capacidad humana de asociarse conscientemente con fines de interés común fue uno de los primeros peldaños de la cultura, es un atributo que tiene fundamentos biológicos y antropológicos dados por una larga historia natural y social.

Promover la solidaridad no es ajeno a las bases científicas de la vida social, e incluso de la historia de la naturaleza orgánica, nada de esto contradice a la realidad material en movimiento, cambio y constante desarrollo, está insertado en ella.

Para alcanzar la victoria definitiva de la razón, esta debe ser coronada por principios éticos. Es imprescindible promover y fortalecer, desde la cuna hasta la tumba, la facultad de asociarse de cada hombre con los demás hacia fines que correspondan a los intereses comunes. A esto se llega orgánicamente haciendo crecer nuestros conocimientos, sentimientos y emociones hasta llegar a eso que llamamos amor y que es la fuerza real y objetiva de la vida y de la historia como lo prueba la evidencia.

Sin esta comprensión y sin la dialéctica entre las voluntades individuales y las de carácter social, la civilización moderna no saldrá adelante, sino que, por el contrario, acelerará su aguda crisis. El asunto es tan grave que hay quienes sostienen que puede llegar a ser la última.

Cuba defiende su identidad en medio de la crisis de valores éticos, políticos, e incluso, jurídicos, que se expresan en el inmenso vacío y la angustia espiritual de la moderna civilización. Lo hacemos a partir de una cultura, que el eminente polígrafo cubano Fernando Ortiz caracterizó como la síntesis lograda de una diversidad de procesos universales. Afectar la integridad de esta nación, como lo han pretendido las últimas nueve administraciones norteamericanas, es un crimen de lesa humanidad.

Somos una consecuencia histórica de los mejores ideales de la Edad Moderna. Cuando tales valores han sido lanzados por la borda por el materialismo vulgar y grosero impuesto en el mundo que llaman unipolar, nuestra Patria se yergue como estandarte de la dignidad humana.

martes, 11 de abril de 2017

Margarita Mateo Palmer: Un Premio Nacional para una transgresora

La doctora, ensayista y novelista cubana es una de las intelectuales más integrales con que cuenta hoy la literatura cubana.




El ministro cubano de Cultura, Abel Prieto, entrega el Premio Nacional de Literatura a la profesora y crítica literaria, Margarita Mateo.

Foto: Tomada de Cubaliteraria

La doctora Margarita Mateo Palmer recibió el Premio Nacional de Literatura 2016 mientras trataba de limpiar una mancha del piso de su terraza. Había estado nominada en otras ocasiones pero la noticia, dice, la sorprendió. Su primera reacción fue, confiesa, “reir de alegría y un sentimiento de mucha gratitud” hacia todos los que han contribuido con el desarrollo de su obra.

El entrevistador Carlos León la definió para La Gaceta de Cuba como una transgresora. Y es cierto, Maggie —como le dicen sus amigos— ha sido desde una “chica mala” hasta una compositora de canciones y, sobre todo, alguien capaz de ejercer la docencia y escribir desde posiciones nada ortodoxas, rompiendo barreras entre los géneros y dando a sus alumnos los instrumentos para que piensen con cabeza propia.

¿Con cuál de las muchas Maggie que es se siente más a gusto?


Uno no suele hacer esos deslindes, me responde, y de pronto tengo que revisar una trayectoria donde todo ha estado profundamente imbricado. Te diría que mi labor como profesora ha estado en el centro de todo lo que he hecho. Mi dedicación a la docencia universitaria durante más de cuarenta años ha sido un ejercicio intelectual arduo que se ha nutrido del diálogo con los estudiantes y de todo el esfuerzo que supone la preparación de los cursos.

No obstante, afirma que es en su labor como ensayista donde ha tenido una trayectoria más sostenida y fue desde ese género que comenzó a incursionar seriamente en la escritura.

“De hecho uno de mis libros de ensayo, Ella escribía postcrítica, me acercó a la que luego sería la actividad con la cual me he sentido más a gusto: la ficción narrativa”.

Habría que señalar que la doctora Mateo Palmer realizó en este libro una interesante fusión entre la prosa reflexiva y lo autobiográfico dando lugar a un libro sorprendente por su originalidad en la década de los noventa, fecha desde la cual la Premio Nacional se dedicó también a estudiar la producción de los entonces llamados “novísimos”, gente muy joven que daba sus primeros pasos en la narrativa.

Afirma con alegría que le gustan los jóvenes: “su espontaneidad, el ímpetu y la pasión con que se involucran en proyectos en los que creen, su tendencia transgresora, su rebeldía, la mirada nueva y desprejuiciada que suele acompañarlos, su necesidad de soñar”.

Yo agregaría que todas estas características son también las de Maggie. Ella, además, ama su lengua materna, disfruta sus sonoridades, sus cadencias, sus posibilidades expresivas y le da mucho placer ese diálogo tan intenso con la palabra que implica la escritura.

No por gusto ha dedicado gran parte de sus estudios a figuras como Carpentier, “uno de los escritores cubanos con los que me siento más identificada, dice. Pero también a Lezama (“su lectura fue para mí una experiencia liberadora desde el punto de vista de la creación”) y a otros que incorpora a sus programas de estudio, sin seguir rígidamente los requerimientos metodologicos que se le imponen, como Severo Sarduy, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, Guillermo Cabrera Infante, Rául Hernández Novás y, por supuesto, José Martí “uno de mis escritores más entrañables”.

En estos momentos, Mateo Palmer está dándole vueltas a un proyecto que ella considera de mayor alcance, relacionado “con los muchos diarios que escribí en mi adolescencia y que son testimonio de una época especial y muy intensa”.

Tal vez ella se refiera a sus experiencias cuando formó parte de un grupo juvenil llamado Quinta y B, que floreció en El Vedado, barrio en el que siempre ha vivido y que era una suerte de pandilla juvenil, no delincuencial, que se caracterizaba por la osadía de sus miembros en actividades de alto riesgo y por su amor a la música de Los Beatles y de los Rolling Stones.

“Es un ejercicio que realizo lentamente pues a veces llega a ser muy fuerte desde el punto de vista emocional recuperar ese pasado de la década de los sesenta. Espero el momento de comenzar a ver con mayor claridad la forma que va a tener. Ahora es solo un deseo, una intención más bien difusa”.

La Premio Nacional de Literatura 2016 opina que hay muchas obras valiosas escritas en la actualidad por autores cubanos de diferentes generaciones “aunque a veces no alcancen la visibilidad que requerirían para lograr un reconocimiento mayor por parte de los posibles lectores”.

Creo —insiste— que a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho para la promoción de la literatura cubana (concursos, premios, becas de creación, publicaciones, actividades divulgativas…) no ha habido una estrategia realmente eficaz para difundir lo más valioso de la producción actual.

“En muchas ocasiones, obras que han alcanzado una gran demanda del público y que se han agotado con rapidez en las librerías no son reeditadas. Esto implica que, lejos de crecer, su posible impacto de debilita por convertirse en textos inalcanzables para el lector”.

Tampoco está satisfecha nuestra entrevistada con “la escasa presencia de una crítica orientadora, capaz de evaluar la producción literaria en su inmediatez” por lo que califica el panorama como “algo sombrío”.

Dice que son muy pocos los espacios de la prensa dedicados a la literatura cubana actual. “Yo misma que me muevo en el mundo literario siento que es difícil estar al tanto de lo más valioso que se está escribiendo”.

Uno de los rasgos que más valora de lo que se escribe actualmente en Cuba es su diversidad. Hay muchos creadores —asegura— con poéticas muy diferentes que están realizando una obra valiosa.

Entre los libros que ha escrito Maggie Mateo selecciona tres: Del bardo que te canta, el primero que escribió y que tiene gran valor afectivo para ella; además de Ella escribía postcrítica porque la acercó a la ficción, y Desde los blancos manicomios.

Esta última la califica como “una novela que no solo significó para mí la zambullida total en la novela sino que constituyó un ejercicio muy liberador espiritualmente”.

Maggie Mateo, la transgresora, es además una feminista. Lo demuestran aquellas composiciones musicales que guitarra en mano interpretó cuando era muy joven y su actitud hacia la vida.

Su premio fue recibido con regocijo en una unanimidad poco frecuente. Será porque ella es un ejemplo de autenticidad y sabiduría. Alguien que, con Premio o sin Premio, es uno de esos seres indispensables para las letras cubanas. Todos esperamos de ella mucho más y, estoy segura, nos lo seguirá entregando. (2017)

lunes, 10 de abril de 2017

Poderes vs Poder Popular

 Por Javier Gómez Sánchez
10 ABRIL, 2017 La Pupila Insomne
javiergosanchez09@gmail.com

La creación de los Órganos del Poder Popular marcó la intención de la Revolución Cubana y su modelo de socialismo de apartarse de las formulas presidencialistas y multipartidistas en la búsqueda de una verdadera democracia. Ha llovido mucho desde entonces y hoy se cuestiona como nunca antes su papel. Se habla de participación, de presupuestos ejecutados y de transparencia. 

En el más reciente Congreso del PCC, se le agregó el tercer apellido que debe llevar nuestro modelo socialista: próspero, sostenible y democrático. 

Mientras ahora comenzamos a cuestionarnos qué entendemos socialmente por prosperidad, sin habernos detenido mucho aun, en mi opinión, en lo que lo haga sostenible, paradójicamente lo democrático fue llevado a debate desde mucho antes.

Dándonos cuenta que la Revolución Cubana de 1959 superó la ficticia democracia capitalista de entonces, con una democracia real pero en construcción. Esa ¨democracia en construcción¨, por ser inédita, significa que no tenemos aún toda la que quisiéramos, pero sí mucha más que la inexistente que nos achacan nuestros enemigos.

En una época en que la neo contrarrevolución intenta regalarnos la manzana envenenada de la socialdemocracia, se hace necesario afincar el carácter revolucionario de ese poder popular y para que sea así tiene que ser, por su capacidad, un ¨poder real¨

Un ¨poder real¨ significa que no existan lagunas o zonas de incidencia sobre la sociedad en las que no pueda intervenir. Un poder popular real y revolucionario tiene que tener la capacidad en cada uno de sus niveles de enfrentar cualquier afectación a la ciudadanía desde el Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí.

Todo aquello que ponga en duda esa capacidad real y esa posibilidad revolucionaria de transformar la situación que lo requiera a favor de los ciudadanos, pone en duda el carácter y el sentido mismo de una sociedad socialista.

Viendo esto, no son entonces los procedimientos democráticos, ni los esquemas, ni la asignación de fondos o ejecución de presupuestos, los temas principales del Poder Popular en la Cuba de hoy. Esos son todos retos indudables, no el principal.

El mayor reto que tiene el Poder Popular en la Cuba actual es poner bajo su autoridad a las nuevas estructuras empresariales tanto estatales como privadas que funcionan en esta sociedad en que vivimos hoy.

Cuando digo ¨nuevas¨, lo hago teniendo en cuenta las décadas que tiene la organización e inicio del Poder Popular, que nacido en los años 70 y 80 fue concebido en una realidad distinta a la posterior.

Durante los 90, aparecieron en la sociedad cubana elementos que en esa época no estaban concebidos y ni siquiera imaginados: servicios en doble moneda, cadenas de tiendas y supermercados, telefonía comercial y celular, sistemas bancarios informatizados, industria hotelera, inversión internacional, cooperativas diversas y negocios privados.

Lo que se le debe exigir hoy al Poder Popular es la capacidad de asumir el control popular y democrático de esos nuevos elementos. La situación extrema en que surgieron muchos de ellos en medio del Periodo Especial, bajo la etiqueta (hoy ya más que obsoleta) de su concepción de entonces de ¨recaudadoras de divisas¨, hizo que la gran mayoría de la población (incluyendo a los mismos delegados y diputados) al no poder acceder ellos, los consideraran algo fuera de la acción del Poder Popular.

Eran entonces, algo nuevo, distanciado, opcional, privilegiado, y por lo tanto no se veían como dentro de lo ¨popular¨. Pero unos cuantos años después ya el nivel de incidencia sobre la vida y los derechos de la población, por extendidos, son incuestionables.

Al mismo tiempo, gran parte de los gerentes de esas empresas consideran –como parte de una mentalidad tecnocrática sin ideología ni concepto social- que estas están ¨fuera¨ o ¨por encima¨ del alcance de cualquier reclamo de una comunidad de ciudadanos.

Esa ¨barrera democrática¨ se refleja también en los propios electores, que al intervenir en las Asambleas o al dirigirse a las instancias del Poder Popular Municipal o Provincial, e incluso Nacional, con frecuencia no consideran que estos puedan incidir sobre esas estructuras comerciales cuando son víctimas en ellas del maltrato, de la precarización de los servicios, del irrespeto por su tiempo, de la corrupción, del acaparamiento, de la complicidad con el contrabando, del desabastecimiento negligente y de horarios excluyentes.

Entonces uno se pregunta cuando pide la palabra para hablar en la humilde Asamblea: ¿Por qué de la bodega sí, y de las TRD no? ¿Por qué de la farmacia sí, y del Cupet no? ¿Por qué del policlínico sí, y de Etecsa no?

¿Por qué no pueden los ciudadanos exigir justicia y decencia a una cooperativa a la que el Estado le ha entregado un espacio de propiedad pública para la venta de alimentos agrícolas?

Esa conciencia ciudadana, que sabe reconocer de dónde le vienen sus problemas, se está manifestando en las páginas de los periódicos pero no acaba de cuajar en el Poder Popular.

Recuerdo haber leído en la prensa una carta de un ciudadano, indignado e impotente, que decidió escribir ahí para denunciar el mal funcionamiento que sufría su comunidad en la única tienda que disponían, y mencionaba que nada se había solucionado en las varias veces que lo había planteado en la Asamblea. No olvido la sensación que me produjo que un ciudadano pensara, acertado aunque infructuosamente, en usar el Poder Popular para defender su derecho a formas dignas de consumo.

En la anterior Asamblea de mi barrio, junto a los temas ¨tradicionales¨ se habló de los temores que suscitaba en los vecinos la próxima apertura de un bar privado y se lo logró que en la obra se aumentara la insonorización. Hubo quejas por el semi bloqueo de una calle por parte de los autos de un taller de mecánica privado. Sin embargo se quedan en el aire siempre, con el rostro contrariado del delegado, muchos de los otros problemas en este texto mencionados.

Las mayores frustraciones del Poder Popular en mi barrio fueron cuándo hace anos años una empresa se negó a hacer de una antigua dulcería cerrada una tienda para la venta de alimentos de procedencia industrial que los vecinos querían, para convertirla en un tugurio de venta de alcohol que en nada los beneficia. La respuesta oficial de la empresa al delegado fue que el local era de su propiedad y que pondrían ahí lo que ellos determinaran. La contra-respuesta de los electores fue que el local de quien era propiedad era del Estado y si ellos pedían en la Asamblea una tienda para comprar alimentos era lo que debía ponerse y si esa empresa en cuestión no se dedicaba a eso, que el Estado se lo entregara a otra… Conclusión: Pasados los años, lo que hay en el lugar es el etílico expendio de bebidas.

Luego, otra tienda determinó cerrar su departamento de alimentos para extender todo el espacio para electrodomésticos y material de oficina, los vecinos, especialmente lo ancianos que deben caminar varias cuadras para llegar a la otra tienda de alimentos más cercana, reclamaron. Fue en vano, el poder del Poder Popular no llegaba a tanto.

La próxima fue cuando Etecsa decidió cerrar y retirar el quiosco-oficina más cercano, a pesar de ser el único local de esa empresa en varios kilómetros a la redonda. Luego de varias Asambleas, la indiferencia de la telefónica terminó imponiéndose para vergüenza del impotente delegado y la indignación colectiva de sus electores.

La más reciente experiencia fue todo un aprendizaje. Luego de años clamando por la reapertura de una antigua lavandería-tintorería, de aquellas llamadas Lavatín, finalmente se logró. El viejo local cerrado por el Período Especial fue entregado a un inversionista privado. Las expectativas aumentaban mientras una brigada de contratistas dejaba lugar impecable y se instalaban modernas lavadoras y secadoras de nuevas marca. Algunas amas de casa del barrio recordaban los tiempos de esplendor del viejo Lavatín adonde tantas veces acudieron.

La nueva lavandería es espléndida y se anuncia con afán publicitario. Ningún vecino del barrio va a ella como cliente, pues las expectativas terminaron en la tablilla de precios. Es una lavandería de lujo.

Las palabras del delegado fueron dichas sin alegría cuando anunció como ¨un logro¨ del período la ¨reapertura¨ del añorado Lavatín. 

Estos ejemplos demuestran lo difíciles que pueden ser los retos que tienen hoy el Poder Popular y el ejercicio de la democracia participativa en Cuba. Enfrentarlos ahora es definitorio. A los que tratan de adormecernos con los cánticos hipócritas de la neo contrarrevolución, nunca les interesará que este pueda superarlos. Por el contrario, prefieren que este se sienta aplastado e impotente. Saben que un Poder Popular creado y mantenido por la Revolución Socialista, pero débil e incapaz, es la situación más favorable para ellos y para sus pretensiones de futuro.

Un Poder ciudadano, socialista, fuerte y realmente popular, solo interesa sinceramente a los verdaderos revolucionarios.